locos por el arte

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Edgar Allan Poe (Escritor 1809-1849)
Maestro de los cuentos cortos y rey del horror, el estadounidense Edgar Allan Poe aún pone
a temblar a sus lectores. Su rítmico poema El cuervo es el emblema de una literatura repleta
de intervenciones sobrenaturales y signada por una estética gótica y casi siempre siniestra.
Abandonado por su padre y huérfano de madre a los dos años, fue adoptado por el matrimonio Allan, una pareja adinerada sin hijos. Obligado a abandonar la universidad por su
afición al juego y expulsado de la academia militar por negligencia en el deber, se casó con
Virginia, una sobrina que no llegaba a los 14 años. Su muerte en 1847 empeoró su adicción a
las drogas y al alcohol. Dos años después, a la temprana edad de 40 años, el precursor de la
novela policíaca fue encontrado delirante frente a una taberna. Sus últimas palabras: “que
Dios se apiade de mi alma”.
locos por el arte
Gérard De Nerval (Escritor 1808-1855)
Célebre por su traducción del Fausto de Goethe –que
le valió elogios del propio escritor alemán– su obra
lo convirtió en uno de los emblemas del romanticismo francés. Noctámbulo empedernido y reconocido
bohemio, Gérard de Nerval revela en sus escritos las
visiones y fantasías que amenazaban constantemente su cordura. Ya aquejado de los nervios, quedó
seriamente trastornado luego de la muerte de su
esposa en 1842. En Aurelia, para algunos la primera
mirada moderna a la locura –a la que definió como
el “derramamiento del sueño en la vida real”–, toca
los temas del amor perdido y la salvación religiosa.
Precursor de los simbolistas y surrealistas, sentó
las bases de la literatura moderna. Empobrecido
y desorientado, quien fuera calificado por Proust
como el genio más grande del siglo XIX francés, se
ahorcó en una farola de París en 1855.
Robert Schumann (Músico 1810-1856)
Considerado la máxima expresión del romanticismo de mediados del siglo XIX, el músico, compositor y también poeta alemán Robert Schumann vivió entre la depresión y la
hiperactividad. Los amores contrariados son tema recurrente en su obra, quizá porque
durante años debió enfrentarse con su suegro antes de poder desposar al amor de su
vida, la pianista Clara Wieck. “A menudo tengo deseos de destruir el piano; me parece
demasiado limitado para desarrollar plenamente mis pensamientos”, llegó a decir de su
instrumento favorito, que se vio obligado a dejar de tocar por una luxación en un dedo,
luego de utilizar medios mecánicos para incrementar su movilidad. Perturbado por las
voces intensas que no paraba de escuchar, trató de suicidarse en las aguas del Rin. A la
semana tuvo que ser recluido en un sanatorio para enfermos mentales, donde falleció
dos años después.
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