calidad de vida laboral y organización del trabajo

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«CALIDAD DE VIDA LABORAL
Y ORGANIZACIÓN
DEL TRABAJO»
AMANDO E IÑAKI DE MIGUEL
MTAS, Colección Informes y Estudios
Madrid, 2002 (155 páginas)
El objeto de la presente publicación es la
realización de un análisis detallado de la
Encuesta de Calidad de Vida en el Trabajo
(en adelante, ECVT) publicada en el año 2000
por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. La Encuesta se ha basado en una amplia
muestra (más de 6.000 casos) de ocupados,
residentes en las 17 Comunidades Autónomas y se propone ofrecer una información
sobre la mentalidad de la población ocupada
en relación con el trabajo.
Comienzan los autores abordando el tema
de la satisfacción en el trabajo, que la encuesta la cifra en un 87% de los trabajadores, que
es el resultado de sumar el 47% que está más
bien satisfecho y el 40% con satisfacción
intermedia.
En cualquier caso, indican los autores que
estamos ante un sentimiento difuso que
manifiesta pocas variaciones. Ni la región de
residencia ni el sexo de los entrevistados aclara nada respecto a la aplicación de la escala
de satisfacción laboral. La edad explica algo.
Así, el 50% de los ocupados de 45 a 64 años se
sienten más bien satisfechos, proporción que
baja hasta el 42% en los jóvenes.
Por otra parte, los datos de la ECVT
demuestran que la satisfacción laboral
aumenta sensiblemente con los ingresos hasta llegar al escalón de una posición acomodada, a partir del cual empiezan a contar otros
factores extraeconómicos. A partir de un cierto nivel económico y profesional lo que se
demanda es tiempo, que es un bien cada vez
más escaso según se sube por los escalones de
la carrera profesional.
En cuanto al nivel de estudios, sólo el 36%
de los ocupados que no tienen estudios más
allá de los primarios se encuentran satisfechos, pasando el porcentaje al 46% en cuanto
tienen estudios primarios o secundarios. El
bachillerato no supone una mejora sustantiva en el aspecto considerado, pero sí el
siguiente salto a la Universidad, sintiéndose
satisfechos laboralmente el 54% de los universitarios.
Por sectores, de la encuesta se deduce que
sea cual sea el nivel de estudios, el hecho de
trabajar en el sector público eleva considerablemente la actitud de satisfacción en el trabajo. En cambio, en el sector privado interviene definitivamente el hecho de tener estudios
universitarios.
En otro orden de cosas, comentan los autores que las personas más religiosas y las
situadas en la derecha del espectro ideológico
son también las que están más contentas con
su trabajo.
Resulta revelador el hecho de que los ocupados destaquen mucho más el gusto y la
vocación por el trabajo conforme ascienden
por la pirámide educativa. En ese sentido,
puede que muchos licenciados tarden en
tener un empleo fijo y proporcional a su formación, pero una vez que ingresan establemente en el mercado laboral, su situación es
francamente satisfactoria.
Por otra parte, el trabajo satisface por una
razón difusa, pero, cuando desagrada, lo es
por motivos muy concretos, Destaca la combinación de bajo sueldo y mal horario, que es
típica de las ocupaciones ancilares, rutinarias y pesadas.
Atendiendo a la rama económica, lo fundamental es el nivel ocupacional: cuanto más
alto, más satisfacción en todas las combina-
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ciones de rama económica y relación laboral.
También pesa mucho el hecho de ser autónomos o asalariados: los primeros se encuentran más satisfechos, sea cual sea el nivel
ocupacional o la rama económica. La rama
económica cuenta poco, aunque los servicios
dan más satisfacción laboral que el resto.
personas. En cambio, los varones que también son supervisores se distinguen por ejercer esa tarea sobre grupos más amplios, de
siete o más personas. De modo sintético,
observan los autores, las mujeres son propiamente «supervisoras» y los varones son
más bien «jefes».
A continuación, los autores analizan el
carácter jerárquico del ejercicio laboral: la
facultad supervisora. En este sentido, la
ECVT indaga el dato de cuántos ocupados
tenían a su cargo tareas de supervisión,
alcanzando esa cualidad al 17% de los entrevistados (20% los varones y 11% las mujeres).
La razón de ese contraste no es tanto la posible discriminación contra las mujeres como la
persistencia de la pauta femenina de retirarse temporalmente del trabajo por razones
domésticas.
El capítulo siguiente versa sobre la organización del trabajo. El 17% de los entrevistados está «muy satisfecho» con la organización
del trabajo que existe en el centro donde se
emplean. Añádase un 52% que se encuentran
simplemente «satisfechos». El 21% demuestra cierta «indiferencia» y sólo el 9% se halla
«insatisfecho».
Por lo que respecta a la edad, en el grupo
de personas mayores hay un 38% de tareas de
supervisión si son varones frente al cero por
ciento cuando son mujeres. La diferencia de
sexos es todavía considerable en el estrato de
los talludos (25% y 10% respectivamente),
pero prácticamente se anula en el estrato de
los jóvenes (11% y 9%). Está claro que la diferencia de jerarquía por sexos, dicen en este
caso los autores, se debe fundamentalmente
a que la incorporación masiva de la mujer al
trabajo remunerado ha sido reciente.
En cualquier caso, señalan los autores que
la mayoría de los puestos que llamamos de
supervisión son bastante modestos en el sentido de que cerca de la mitad (48%) sólo
supervisan una, dos o tres personas. En
muchos de esos casos se trata de pequeñas
unidades empresariales que trabajan como
subcontratadas para grandes empresas.
En ese sentido, el sexo de los entrevistados establece una gran diferencia. Las mujeres que supervisan el trabajo de otros empleados se concentran en controlar a una o dos
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Por sectores, en el sector público, cuantos
más estudios, menor satisfacción con la organización del trabajo. En el sector privado
sucede lo contrario: cuantos más estudios,
más satisfacción.
El sector económico no ejerce ninguna
influencia. Lo decisivo es el influjo de la distinción entre autónomos y asalariados. Tanto en los servicios como en el resto de los sectores económicos, los autónomos se encuentran mucho más satisfechos que los asalariados. En conjunto, el 83% de los autónomos se
encuentra satisfecho con la organización del
trabajo, mientras que sólo lo está el 64% de
los asalariados. Por otra parte es lógico,
puesto que los asalariados no dominan las
condiciones de trabajo; más bien se las imponen.
Otra particularidad que destacan los autores es que, normalmente, la satisfacción con
el puesto de trabajo sube conforme avanza la
edad. Pero lo más llamativo es que el salto
más descollante es el que tiene lugar al pasar
la barrera de los 65 años.
Otro dato a destacar es que las personas
que no han ido a la escuela o no han pasado de
la primaria son las más temerosas de las nuevas tecnologías. Sin embargo, los empleos
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que suelen desempeñar esas personas con
menor instrucción son los menos susceptibles
de ser sustituidos por los adelantos informáticos.
A continuación se detienen los autores en
el tema de la comunicación en la empresa. En
este sentido, el primer dato responde a la pregunta de la frecuencia con que los entrevistados experimentan la sensación de que «pueden dar sus opiniones sobre lo que respecta a
su trabajo». El juicio conjunto resultante es
que los asalariados gozan de una alta participación laboral; en concreto, el 53% de los consultados considera que sus opiniones son
tenidas en cuenta de manera regular. Incluso, el mínimo del 35% de los asalariados sin
estudios que son escuchados en su trabajo se
puede considerar como un porcentaje aceptable.
Los porcentajes disminuyen un tanto
cuando se estima la frecuencia con que los
jefes consideran las sugerencias de los asalariados. Un 47% considera que siempre o
muchas veces y un 20%, pocas o nunca. En un
29% de los casos, algunas veces.
De las respuestas relativas al grado de
conocimiento por parte de los asalariados en
lo referente a los objetivos del centro de trabajo, al organigrama de la organización o al
convenio colectivo, es difícil concluir que el
grado de comunicación en los centros de trabajo sea alto o bajo. Los datos manifiestan
que la mayor parte de los asalariados tiene
un conocimiento suficiente (mucho o bastante) de los objetivos del centro de trabajo
(63%). Es un poco menos cuando el conocimiento se refiere al organigrama (58%) y
todavía menor cuando apunta al conocimiento del convenio o equivalente (38%).
El siguiente apartado va dedicado al estímulo de participación, comenzando por el juicio que merece el ambiente del centro de trabajo. El 12% considera el ambiente «muy esti-
mulante», el 39% «bastante estimulante», el
28% «algo estimulante» y sólo el 18% «poco o
nada estimulante». Puede decirse, pues, que
un 51% (suma de los dos primeros porcentajes)
considera el ambiente como estimulante.
El factor que interviene con más fuerza es,
una vez más, el educativo. Claramente, los
universitarios son los que encuentran más
estimulante el ambiente de trabajo (58%).
En cuanto a las relaciones laborales, las
relaciones horizontales (entre compañeros)
son mucho mejores que las verticales (entre
jefes y subordinados). El 76% de los entrevistados considera aceptables las relaciones con
los compañeros; la proporción es del 60%
cuando nos referimos a las relaciones con los
jefes.
A continuación, pasan los autores a comentar lo relativo al tiempo de trabajo. La
mayor parte de los entrevistados trabaja con
jornadas que podríamos considerar aceptables: sin turnos (83%), sólo por el día (80%),
con jornada continua (51%). En el otro extremo están los que trabajan de noche, aunque
sea en ocasiones (17%), tienen turnos de trabajo (17%) o se acomodan a la jornada partida
–mañana y tarde– (49%).
Un dato curioso es que la mitad de las personas que viven separadas se apuntan más a
la jornada continua, al trabajo nocturno y al
sistema de turnos.
La implantación de la jornada continua tarda mucho en imponerse. Es muy corriente en
el sector público (por razones históricas), pero
mucho más rara en el privado. Por otra parte,
son los asalariados los que han entrado más
por el sistema de jornada continua (56%). Dentro de los asalariados sobresalen más los servicios (fundamentalmente la Administración
Pública) y el nivel ocupacional bajo.
La jornada reducida es típica de las mujeres de cierta edad, de los universitarios y de
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las personas que se emplean en los servicios.
El 62% se mantiene entre las 36 y 40 horas y
un 22% trabaja todavía más de 40 horas. En
lo que respecta a las preferencias de jornada
en relación con el sueldo, un 59% prefiere trabajar el mismo tiempo y ganar el mismo dinero y un 6% preferiría trabajar menos horas y
ganar menos dinero.
Concluyen los autores este apartado señalando que el grado escolar (tan relacionado, a
su vez, con la especialización de las tareas)
mantiene una conexión ambigua con la alienación laboral. Por un lado, según se sube por
la escala educativa, el trabajo se hace menos
pesado, seguramente porque resulta variado.
Pero, por otra parte, los ocupados con carrera
universitaria se quejan de que el trabajo les
absorbe, quizá porque requiere más responsabilidad.
La calidad de vida laboral se cumple también por las condiciones materiales en las que
se trabaja, es decir, la seguridad en el trabajo. En este sentido, pocas veces se encuentra
un grado tan alto de satisfacción. El porcentaje de insatisfechos es meramente testimonial. Sólo cabe apuntar que las personas adscritas a la clase acomodada son las más satisfechas. Otras particularidades que se observan es que los autónomos están más satisfechos que los asalariados, los directivos más
que los trabajadores manuales y los de servicios más que los de los otros sectores.
En lo que se refiere a la formación laboral,
comentan los autores que de todas las facetas
de la satisfacción laboral analizadas hasta
ahora, la de las posibilidades de ascenso es la
que arroja un resultado más crítico. Sólo el
18% de los asalariados ve posibilidades suficientes de ascender en el trabajo desde la
posición actual. La sensación se incrementa
sólo hasta el 23% con la condición de seguir
estudiando o formándose. Incluso en el estado más esperanzado, el de los universitarios,
el porcentaje sigue siendo relativamente bajo
(entre un 33% y un 38%) de los que perciben
posibilidades de ascender.
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Por lo general, los funcionarios perciben
más posibilidades de ascender que los asalariados que se emplean en el sector privado,
pero en el estrato de los universitarios sucede
lo contrario: ascienden más los del sector privado.
A pesar del pesimismo que destilan los
datos anteriores, la gran mayoría de los
entrevistados (8 de cada 10) reconoce que el
puesto de trabajo que desempeña se corresponde con el grado de formación recibida y
sólo el 14% considera que existe subempleo
desde su posición personal (el puesto es más
bajo que el nivel de formación).
Un dato complementario para estimar las
posibilidades de movilidad es el de la proporción de centros de trabajo que cuentan con
alguna actividad de formación para sus
empleados: el 24%, si bien en el caso del País
Vasco y Navarra los porcentajes son bastante
más altos (43% y 32%, respectivamente).
El siguiente capítulo lo dedican los autores
a la compensación por el trabajo. Es lógico
pensar, en ese sentido, que las personas más
calificadas estarán más satisfechas con los
ingresos que reciben por su trabajo. Y así es.
Pero cabe introducir un pequeño matiz según
trabajen para el sector público o el privado. Si
se considera el nivel de estudios, la afirmación anterior se aplica sólo al sector privado,
que es el mayoritario. En el sector público no
se asegura que, cuanto más alto sea el nivel,
mayor sea la satisfacción dineraria. Así, los
funcionarios modestos se sienten más sastisfechos con el sueldo que los trabajadores de
su mismo nivel en el sector privado. En cambio, en los otros niveles se anula la disparidad
entre los dos sectores.
Un último capítulo lo dedican los autores a
las actitudes en el puesto de trabajo. La ética del
trabajo es un concepto muy amplio, pero se puede operativizar a través de cinco dimensiones,
según planteaba la encuesta. Se puede afirmar
que la mayoría de los consultados están orgullosos de su trabajo (74%) e incluso de la empresa o
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centro de trabajo donde se emplean (61%).
Menos entusiasmo hay respecto a trabajar más
de lo obligado (44%), por lo mismo que es moderada la resistencia a cambiar de trabajo (44%).
Del mismo orden es la actitud que considera que
los problemas del centro de trabajo son como si
fueran propios (43%).
Los autónomos consideran los problemas
de la empresa como propios en un porcentaje
mucho mayor que los asalariados (89% frente
al 33% en el sector servicios; 86% frente al
29% en agricultura e industria).
Otro dato interesante es que, con independencia del grado escolar, el sentimiento de
orgullo por el trabajo es mucho mayor en los
funcionarios que en el resto de los ocupados.
El contraste se aprecia menos en el grupo de
los que no han pasado de la escuela primaria.
En lo que respecta al tiempo libre, se
encuentran más satisfechos los directivos y
profesionales asalariados (muchos de ellos
funcionarios).Aparecen más quejosos los trabajadores manuales. Está claro que la cuestión no es tener más o menos tiempo libre
sino qué hacer con ese excedente.
dencia a que las personas de clase acomodada
se consideren algo más felices que el resto,
pero la afirmación no puede ser tajante. Algunas investigaciones han mostrado que la sensación de felicidad se relaciona positivamente
con la posición social. Más que por el dinero,
la sensación de felicidad puede provenir del
ajuste entre distintos medios de integración
social, entre ellos un buen empleo. Se confirma, concluyen los autores, la importancia que
tiene la calidad de vida laboral para determinar la calidad de vida sin más.
Si bien el mérito principal de todo lo dicho
radica en la Encuesta de Calidad de Vida en
el Trabajo, hay que decir que los autores han
sabido explotar los resultados de la misma
presentándonos un trabajo que, al mismo
tiempo que es ameno, es de lo más ilustrativo,
abarcando un campo de lo más variopinto que
incluye aspectos poco estudiados en trabajos
anteriores sobre el tema.
GUILLERMO RODRIGUEZ FOLGAR
Como síntesis final, consideran los autores
la escala de felicidad. La mayoría (un 69%) se
considera «bastante feliz». Por encima está el
19% de «muy felices» y el resto, «poco o nada
felices». Es decir, ocho de cada diez entrevistados se consideran razonablemente felices.
Ese porcentaje es muy similar al obtenido en
diversas encuestas dirigidas a la población en
general, tanto en España como en otros países. Otro resultado que, según los autores, se
repite en las encuestas es que las variaciones
de los porcentajes según diversas características biográficas son poco reseñables. Quizá
estemos, señalan, ante un estereotipo que
considera la norma de mostrarse «bastante»
feliz, ni poco ni mucho. Por eso tampoco
encontramos variaciones de interés a lo largo
de los datos biográficos. Ni siquiera se pude
probar la correspondencia con el nivel de
ingresos. Es decir, no es posible asegurar que
«el dinero da la felicidad», pero tampoco lo
contrario. En todo caso hay una ligera tenREVISTA DEL MINISTERIO DE TRABAJO Y ASUNTOS SOCIALES
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