Cuatro botones dorados - El Avisador Malagueño

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CONTRAPORTADA
Diego Ceano González
EUSEBIO VALDERRAMA
La obra que tiene en las manos, es el texto en que se narra la vida
y mil peripecias de un ser entrañable, Eusebio Valderrama.
Este es un libro de aventuras, de historias de España y sus gentes
y sobre todo es el libro donde se muestra lo que se puede hacer con voluntad y sacrificio. Este entrañable artista malagueño ha pasado por muchos
y duros apartados de la vida. Pequeños enamoramientos y grandes amores, guerra y paz, intolerancia y comprensión, prisión y libertad. Eusebio
ha sido un ávido guerrero que a lo largo de su vida le ha tocado luchar en
muchos frentes abiertos, de los que ahora, después de muchos años, podemos decir que ha salido victorioso.
Conozca la España de la guerra y la dura posguerra, la España de
las hambres. Vea cuan dura fue la lucha de un ser que nunca quiso entrar
en ese armario metafórico, al que muchos entraron y en el que aún siguen
colgados de las perchas del miedo. Cambios y transiciones políticas vividas, por él, en Irán, Iraq, Turquía, Siria, Chipre etc. En definitiva, este
libro es la historia y las vivencias de ese gran artista que ha vivido, las
memorias de España y el mundo, a golpe de taconeo.
“Cuatro botones dorados”
Esta obra a nadie dejará indiferente. Es inevitable, como
inevitable es que exista en la especie humana esa diversidad de
personas que nos hacen ser un género extraordinario.
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Portada: Antonio Montiel
© De los textos:
© De las fotografías:
© Ediciones
Depósito Legal:
Diego Ceano
Eusebio Valderrama
Gabirol
Ma -1776-.2004
La reproducción total o parcial de este libro, no autorizada
por los propietarios del Copyright, viola derechos reservados.
Cualquier utilización debe ser previamente solicitada.
Impreso en España – Printed in Spain
Edita Ediciones Gabirol
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DEDICATORIAS
Esta biografía, está dedicada a la
memoria de José Gallego Sánchez.
Mi madre me parió y Pepe me
aguantó y nuestra maravillosa amistad
tendrá en el cielo, su continuidad.
Eusebio Valderrama
Como Presidente de la Asociación de Esclerosis Múltiple, y como
portavoz de todos y todas los que padecemos esta cruel enfermedad, gracias
por devolvernos la alegría y las ganas
de vencer en nuestra batalla, ya que si
la medicina no ha encontrado remedio
todavía, nosotros hemos encontrado
una medicina que se llama, Eusebio
Valderrama.
Baltasar del Moral Majado
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ÍNDICE
PRÓLOGO ......................................................................................... 8
INTRODUCCIÓN ........................................................................... 10
CAPÍTULO I .................................................................................... 12
La Málaga de los años 30.- ....................................................... 13
El nacimiento de un artista.- ..................................................... 14
Su primer encuentro con la homosexualidad.- ......................... 17
CAPITULO II .................................................................................. 24
La iglesia y la Guerra Civil española.- ..................................... 24
El debut artístico de Eusebio Valderrama.- .............................. 29
Una loca tourné.- ...................................................................... 31
Su instrucción.- ......................................................................... 34
Sus comienzos como artista.- ................................................... 36
Alegría –Valderrama.- .............................................................. 39
Recorriendo España.- ................................................................ 44
CAPITULO III ................................................................................. 50
Barcelona.- ................................................................................ 50
Pepe, su amigo, su hermano.- ................................................... 59
CAPITULO IV ................................................................................. 62
De vuelta a Málaga.- ................................................................. 62
90 días en la cárcel.- ................................................................. 66
Antoñita Vidal.- ........................................................................ 72
Las desgracias no vienen solas.- ............................................... 75
Cholito.- .................................................................................... 78
Las Sisís de Montserrat.- .......................................................... 80
CAPITULO V................................................................................... 84
El Servicio Militar.- .................................................................. 84
CAPITULO VI ............................................................................... 100
Volver a empezar.-.................................................................. 100
Malditos papeles.- ................................................................... 102
El horrendo crimen de la calle Carretas.- ............................... 106
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París, París.- ............................................................................ 107
Roma – París.- ........................................................................ 117
Picasso, ese señor bajito.- ....................................................... 128
La fiesta.- ................................................................................ 131
Otra vez París.- ....................................................................... 136
Italia, un país maravilloso.- .................................................... 141
CAPÍTULO VIII ............................................................................ 146
Cuatro botones dorados.- ........................................................ 146
CAPÍTULO IX ............................................................................... 158
El mágico Oriente Medio.- ..................................................... 158
Lágrimas como perlas.- .......................................................... 162
Turquía.- ................................................................................. 165
Tanques en la calle.- ............................................................... 169
Un amor a prueba de fuego.- .................................................. 175
CAPITULO X ................................................................................. 180
¡Vivan los novios!.- ................................................................ 180
De vuelta a Beirut.- ................................................................. 183
1969. El Ballet de Pepe y Eusebio.- ....................................... 186
CAPITULO XI ............................................................................... 204
Despedidas.-............................................................................ 204
CAPÍTULO XII.............................................................................. 220
Siempre Málaga.- .................................................................... 220
Una fiesta con Glamour.- ........................................................ 226
MIS CONVERSACIONES CON EUSEBIO.- ............................. 230
Agradecimientos de Eusebio (Trascripción) ................................. 238
Conclusión.- ............................................................................ 240
Albún de fotos.- ...................................................................... 242
Adhesiones.- ........................................................................... 246
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PRÓLOGO
A mi amigo Eusebio Valderrama
Escribir sobre Eusebio es fácil y difícil a la vez. Con las palabras de éste prólogo no sé si podría expresar mi admiración ante tanta sabiduría, grandeza y arte.
Dicen que el hombre se realiza cuando tiene un hijo, planta
un árbol y escribe un libro.
Eusebio tiene infinidad de hijos, que somos sus amigos. No
ha plantado un árbol, pero en todos los países que ha recorrido, ha
dejado la semilla de su arte. En cuánto al libro, aquí lo tenéis.
En él, Eusebio cuenta con total libertad sus vivencias a lo largo de tantos años de recorrer medio mundo, sin esconder nunca su
condición sexual, que por cierto bendita sea.
Todo está en este libro, la palabra viva, el amor, el desamor, a
veces la agradable compañía y a veces la soledad. En él, al leerlo
vamos recorriendo países y culturas como si hubiéramos estado allí,
y además narrado por la gracia y el salero de Eusebio, que nos lleva a
unirnos a las artes plásticas, al cromatismo, a la pintura o a la orfebrería, y al fin, a considerar este libro como un joyero donde Eusebio
guarda su más preciado tesoro: sus recuerdos.
El libro es un ejemplo de grandeza y de libertad creativa, y en
él, Eusebio cuenta lo que piensa, cuenta lo que ha vivido y de ahí su
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originalidad, que te
hace no pasar de largo ante él, sino que te
hace detenerte, observarlo, estudiarlo y
empaparte del mensaje que, también
lleva, la gran inspiración de éste singular
artista y poeta, lleno
de sabiduría, bondad,
tolerancia y sobre
todo amor y arte,
pero no arte menor ni
arte mayor, sino arte
con mayúsculas.
Quiero manifestar que mi experiencia personal con
Eusebio es única e
irrepetible para mí y
mi familia. Es una
persona que rebosa la
tranquilidad y la entereza, que dan los años. Ir a su casa es casi un
ritual, ya que Eusebio te colma en atenciones y tras sus conversaciones piensas enseguida: ¡qué vida!, ¡cuántos recuerdos!, y sobre todo
¡qué prodigiosa memoria!
Os pido encarecidamente que leáis este libro hasta el final, ya
que un libro sin leer es como un pájaro al que le cortan las alas.
Sé que cuando vayáis avanzando en su lectura, a Eusebio le
querréis más, le admiraréis más, le respetaréis más y al fin y al cabo
le cuidaréis más, como otro patrimonio de nuestra querida Málaga
que si entre otras cosas tiene su Catedral, su Alcazaba, su Castillo de
Gibralfaro, tiene también a Eusebio Valderrama. Que Dios te bendiga.
Baltasar del Moral
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INTRODUCCIÓN
Para mí, como investigador de las cosas de Málaga, el descubrir a Eusebio Valderrama ha supuesto una experiencia, que calificaría como de entrañablemente mágica.
Eusebio Valderrama es como esa caja de Pandora que cuando
se abre se desatan todos los vientos. Los vientos de lo mucho trabajado; de lo mucho sentido; de lo mucho amado; de su mucho arte; de
su grandeza como persona... los vientos de lo mucho vivido.
Después de leer este libro, ustedes podrán llegar a las conclusiones más peregrinas y posiblemente cada uno emita comentarios
diferentes, en función a lo que su conciencia le dicte, pero en lo que
todos coincidiremos, es que Eusebio no ha perdido el tiempo. Cuando le llegue el día en que se tenga que presentar ante las puertas del
cielo, seguro que San Pedro le dará unas palmaditas en la espalda y
le dirá socarronamente: “Anda, pillín, que no te has aburrido”, a lo
que él contestará con gracia, su escueto y particular “Ole”, a la par
que le dedicará un bailecito.
Escribir una obra biográfica es una tarea harto complicada,
especialmente, porque si el biografiado vive, suele ponerle al escri10
tor, mil y un impedimentos y correcciones, a los que si el escritor
presta demasiado caso, se termina desvirtuando la obra y escribiendo
una novelita rosa. En el caso que me ocupa, la circunstancia ha sido
bien diferente, Eusebio no quiere que nada se quede en el tintero, ni
lo bueno, ni lo malo, ni sus aciertos, ni sus errores, como ustedes lo
podrán comprobar. Eso dice mucho de la grandeza de este singular
personaje.
Mi trabajo ha consistido en dar forma y orden a un ingente
cúmulo de extraordinarios recuerdos que Eusebio ha ido plasmando
sobre las hojas de una libreta. Es de justicia decir que en este trabajo,
ni quito ni pongo un solo dato, me atengo simplemente a transcribir
de forma cronológica y novelada, la historia que Eusebio me ha contado.
Eusebio es una persona que tiene el corazón con grandes alforjas y éstas van cargadas de amor, de ese amor hacia todos y que ha
ido repartiendo generosamente a lo largo de su vida, a manos llenas.
La vitalidad de este artista, está siempre presente, parece que
no se cansa, está en todos lados, especialmente si se trata de ayudar a
los que necesitan de él, por eso, a lo largo de su dilatada existencia,
se ha granjeado el cariño de grandes y pequeños, de plenipotenciarios
y de mendigos, de artistas y de gente corriente, pero es acérrimo
enemigo de los intolerantes, de los miserables de corazón, de los insolidarios y de esas gentes grises que no tienen más horizontes que la
punta de sus narices.
Eusebio pertenece a esa raza de grandes artistas, que ha dado
este glorioso rincón del Paraíso al que dieron en llamar, Málaga. Un
edén de luces, que parecen concentrarse en la paleta multicolor de
Antonio Montiel, o esa brisa marinera que dio el ser a la voz de aquella nereida de los mares del cante y el celuloide, a la que llamamos
Marisol. Y si la luz y la brisa crearon a estos grandes artistas, el rebalaje malagueño con su inconmensurable danza, creó como lo hizo
con Afrodita, a este virtuoso del baile.
Pasen, pasen y lean... ante ustedes la gran vida de este singular personaje malagueño, Eusebio Valderrama.
Diego Ceano
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CAPÍTULO I
No olvides que eres actor en una obra, corta o
larga, cuyo autor te ha confiado un papel determinado. Y ya sea este papel el de mendigo,
príncipe, cojo, o de simple particular, procura
realizarlo lo mejor que puedas. Porque si ciertamente no depende de ti escoger el papel que
has de representar, si el representarlo debidamente.
EPICTETO
He querido comenzar el presente trabajo biográfico, sobre la
extraordinaria figura, de un singular artista trotamundos, con una cita
de Epicteto, que bien se podría trasladar a la obra de la vida de este
gran personaje como es Eusebio Valderrama.
Ha Eusebio le ha tocado representar un duro guión en el teatro de su vida, pero como los grandes actores ha sabido interpretar su
papel con la dignidad extrema de los dioses de la farándula o más
simplemente con la grandeza de las gentes buenas de la Tierra.
Como podrán comprobar la vida de Eusebio Valderrama no
ha sido un camino de rosas; ha supuesto un duro deambular por un
camino lleno de obstáculos, generalmente provenientes de gentes, de
esas que llamamos grises, porque sus vidas son grises y solo aspiran
a apagar los colores rutilantes de las gentes de bien y que generalmente tienen mucho que aportar.
Como dirían algunos miembros de la farándula, y nuestras
vidas no son más que momentos de esa farándula en que a todos nos
ha tocado vivir, ¡pasen, pasen y vean!, pasen y descubran la vida
prodigiosa de un notable malagueño, que ha vivido como le ha dado
la gana, que ha besado los labios de los dioses, que no le debe nada a
nadie y al que todos le debemos, como mínimo, un gran cariño y
admiración.
Pasen, pasen y lean...
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La Málaga de los años 30.Permítanme que incluya unas líneas sobre las principales
efemérides de la época, para que nos podamos situar en el tiempo en
que naciera nuestro protagonista.
Fue este año de 1929, un año que dejó su trágica efeméride en
el libro de la historia. A consecuencia de la terrible depresión económica que sufrieron los Estados Unidos de América y por ende todos los países del mundo, aunque unos en mayor o menor medida, la
economía mundial sufrió un fuerte retroceso. La Banca Morgan se
hizo tristemente famosa y aquellos sucesos constituyeron un mazazo
en la economía mundial, que parecía despuntar y recuperarse después
de la devastación de la I Guerra Mundial, amen de otros sucesos relevantes por todos conocidos y que ahora, todo este conjunto de vicisitudes, llevaría a la humanidad a vivir un nuevo orden, a que azuzaran las llamas del descontento para muchos y de las ambiciones para
otros, un campo de cultivo que culminaría con la proclamación de la
II Guerra Mundial y entre otros, ayudaría al nacimiento de los “ísmos”, fascismo, nazismo y franquismo.
Málaga era en aquellos años, una ciudad deprimida económicamente, culturalmente y en todos los sentidos. Era una sociedad en
blanco y negro, de muchas desigualdades sociales y de género. Una
sociedad donde el poder establecido, determinaba, con la prepotencia
que daba la costumbre, como se gobernaba, muchas veces de manera
despótica... pero eso era lo que había.
Era la sociedad de los señoritos andaluces, esos que en los
pueblos decidían quienes trabajaban o quienes se veían en el duro
trance de emigrar o bien morirse de hambre, una sociedad donde parte de la jerarquía eclesiástica, se mantenía en unos roles que para
muchos eran intolerables. Gobernantes con ninguna sintonía hacia
los acusantes problemas sociales. Un conjunto de problemas que
llevaron a la gran mayoría de la sociedad a verse sumida en una continua depresión que terminaría con revueltas y guerras cruentas, donde como siempre terminarían pagando los más débiles.
Málaga estaba formada, en su generalidad, como todas las
sociedades de la época, por una colectividad que en su gran mayoría
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era inculta, pobre, tendente a las supercherías y a prestarle oídos a los
cotilleos más insólitos. Era una sociedad, como todas las sociedades
incultas, poco tolerante y muy dada a cotillear, llegando al escarnio
más sangrante.
Eusebio Valderrama vio las primeras y meridianas luces de
esta ciudad, en el barrio del Perchel, en la Calle Ancha del Carmen y
fue en la iglesia, dedicada a la advocación de la patrona de las gentes
de la mar, la antigua iglesia del Carmen, donde este extraordinario
personaje recibió las primeras aguas bautismales. Nació un 28 de
febrero, un día tan bueno como otro para nacer o para morir, un día
que muchos años después, con la entrada de la democracia, se consolidaría como el día más grande para los Andaluces.
El nacimiento de un artista.Nadie sabía ni se podían imaginar, aquel 28 de febrero, que
en aquella antigua y humilde casa de la calle Ancha del Carmen, no
solo llegaba al mundo un malagueño perchelero, sino que además
nacía uno de los artistas más internacionales que Málaga ha tenido.
Eusebio Valderrama Sevilla, nació en el seno de una familia humilde
y trabajadora, su padre, Antonio Valderrama (se desconoce el segundo apellido), era natural de Málaga, trabajaba como vendedor de alfalfa e hierbas para alimentar a los animales en una tienda que tenía
en la calle Cuarteles, su madre Emilia Sevilla Alcaina, era natural de
Málaga, con ascendencias aloreñas. Se dedicaba a mantener un hogar, donde la supervivencia era, como en otros muchos hogares malagueños de aquellos años treinta, la primera tarea de cada día.
Era Eusebio el segundo de tres hermanos. A su hermano mayor le pusieron Antonio como su padre y al más pequeño Ezequiel
como un tío suyo.
De aquella primera época, en la que nuestro protagonista contaba con solo tres años, pervive un recuerdo que ha acompañado a
éste artista durante toda su vida, un recuerdo agridulce que de alguna
manera le marcó como tantas otras cosas que iremos viendo.
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Recuerda que era una mañana, que a él, debido a su corta
edad, se le antojaba feliz y luminiscente. En la calle, una algarabía de
niños, jugaban despreocupadamente. A Eusebio le impresionó ver
llegar a su padre a lomos de un corcel blanco como la nieve, que tiraba de un carro de aquellos que llamaban bateas y que iba cargado
de balas de alfalfa y sacos de hierba, para su tienda y también con los
que alimentar a los animales que tenían en la casa.
Padres de Eusebio Valderrama
El padre, una vez descargada la batea, besó a su esposa, la
que aún no había pasado la cuarentena del alumbramiento de su tercer hijo, y contento les dijo a los niños que les iba a dar un paseo.
Aquella trouppe desgarbada de infantes revoltosos saltaron de alegría. Poco a poco todos fueron subiendo al carro, pero cuando llegó
el turno de Eusebio, quizás por su corta edad, no le dejaron subir.
Aquello le hizo estar toda la tarde atacado presa de un gran e incontinente llanto. Un berrinche que era parte de rabia y de incomprensión
ante tal injusticia.
Lo que Eusebio no sabía era que aquella iba a ser la última
vez que viera con vida a su padre. Dos o tres días después, la madre
les comunicó a Eusebio y a su hermano Antonio, que su padre había
fallecido.
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No se tiene muy claro de qué murió su padre. Eusebio recuerda que cuando le preguntaba a su madre, ésta le contestaba, que había muerto de tanto comer. Esto puede parecer una paradoja, sobre
todo en aquellos años donde escaseaba todo y había tanta hambre. Al
parecer el padre de Eusebio padecía de bulimia y aquello le llevó,
posiblemente a contraer alguna enfermedad del tipo del colesterol o
diabetes o cualquier otra enfermedad que entonces no se controlaba y
aquello acabó con su vida.
Hubieron de venir malos tiempos, la madre, viuda y con tres
niños hubo de irse a vivir a la casa de su hermana, donde le habilitaron un exiguo espacio. Emilia trabajó de sol a sol para que a sus niños no les faltara lo imprescindible. Aunque fueron muchas las necesidades que pasaron, jamás les faltó un poco de pan con aceite con el
que contener las revueltas tripas de aquellos niños, antes de acostarse. Para Eusebio siempre ha tenido un valor especial, cualquier cosa
que le han regalado, quizás sea porque en su subconsciente rememora de forma callada el valor que aquellos niños le daban al regalo de
una simple alpargata de esparto.
A mi padre
De mi padre solo guardo un recuerdo,
aquella vez, que me cogió en sus brazos
y me estrechó contra él.
Él llegó en su caballo
y no me quiso montar,
solo por miedo al daño
que me pudiera ocasionar.
Tenía solo tres añitos
y no he podido olvidar,
a mi padre en su caballo,
como un jinete Real.
A partir de aquel momento,
fue la última vez que le vi,
mi madre me dijo un día,
“la muerte vino por él”.
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Y yo clamo al cielo,
¿porqué Dios, porqué?
¿Porqué te lo llevaste,
con solo treinta y tres años,
y me dejaste sin sus caricias,
besos y abrazos?
A mi me hubiera gustado,
volver a ver su caballo otra vez,
que me cogiera entre sus brazos,
y me llevara con él.
Ya solo me queda un sueño,
el que un día se hará realidad,
ver a mi padre en el cielo,
convertido en un jinete Real.
De Eusebio Valderrama
Su primer encuentro con la homosexualidad.Otro de los recuerdos que luchan por abrirse paso entre esa
vorágine de remembranzas por él vivida, está aquel que tuvo lugar
cuando apenas contaba cinco años. Su colegio se encontraba en la
Avda. de Manuel Agustín Heredia. Allí pasaba mucho tiempo junto a
sus compañeros y aquella peculiar maestra a la que a él se le antojaba
grande y espigada como la Catedral malagueña.
En aquel centro escolar pasó los dos únicos años que Eusebio
tuvo la oportunidad de asistir al colegio regularmente. Primero y segundo de parvulario. Con aquellos escuetos conocimientos Eusebio
se tuvo que enfrentar al mundo, pero esa inmensa universidad de la
calle, del día a día, del trabajo, del abrirse paso sin pisar a nadie, le
otorgó una gran Matrícula de Honor.
Este artista ha trabajado incansablemente a lo largo de su vida, realizando grandes puestas en escena, montando coreografías
para sus grupos y para otros que se lo pedían. Aprendió a hablar inglés, francés, italiano, griego y turco y se relacionó con los más
grandes personajes del mundo, como podrán comprobar.
A pesar de su corta edad, fueron muchos los sinsabores que
Eusebio hubo de vivir en aquella escuela. Aquellos niños y los no tan
niños, llevados por sus cortas luces, llegaron a ser crueles con Eusebio.
Los más mayorcitos, solían darle caza en el patio del colegio
y tras sujetarlo fuertemente comenzaban a pegarle y a burlarse de él.
Le proferían insultos que él apenas conocía, palabras como: eres un
“Mariquita azúcar”, o un “Zaraza”, que era como las niñas o que era
de “la cáscara amarga” etc. Eusebio lloraba desconsoladamente, sin
comprender muy bien que alcancen tenían aquellos insultos. Generalmente venía la maestra y le socorría de aquel tormento infantil.
Tan vez fuera esa la razón que para Eusebio, la figura de aquella
maestra, esté retenida en su memoria como una maestra que fue una
gran mujer.
Aquella maestra era alta, enjuta en carnes y con el pelo recogido con un moño tirante en su nuca. Era una mujer de aspecto rígido
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y severo, era con Eusebio toda ternura, posiblemente se sentía protectora de él al ver lo frágil que era.
La maestra, cuando le rescataba de aquellos bárbaros e imberbes agresores, le solía sentar en su regazo y para que se calmara,
le contaba bonitas historias de reyes y princesas, pero de reyes y
princesas reales, así Eusebio llegó a conocer las historias de D. Alfonso XII, doña María de las Mercedes y su hijo D. Alfonso XVIII, y
doña María Victoria Eugenia. Les contaba como tuvieron que salir de
España y un sin fin de detalles que a ella le gustaba. A Eusebio lo
que más le gustaba eran los pequeños regalos que ella le prodigaba
para que se calmara, regalos en forma de pequeños caramelos. Allí,
en el colegio pasaba casi todo el día, un día que terminaba con la
esperada merienda. Aquella merienda era siempre la misma, un buen
tazón de leche y un trozo de pan al que se le había quitado un poco
de miga y se le había añadido aceite y azúcar. También solían repartir, ¡cuando había!, unas pastillas cuadradas de chocolate que a los
niños les encantaban, pero que como castigo se les negaban a aquellos que le habían insultado. Aquel castigo hacia los niños, le satisfacía, como era natural, bastante.
Eusebio no podía ocultar su homosexualidad y en verdad, no
habría tenido porqué, pero en aquellos años, la incultura era mucha y
muy osada y eso traía problemas a muchos homosexuales que se vieron en la tesitura de intentar camuflar su condición de mujer encerrada en un cuerpo de hombre. Su familia aceptaba sin más esa desbordante carga de feminidad que siempre ha acompañado a Eusebio. Su
familia le aceptaba, excepto su hermano Antonio, tres años mayor
que él y por azar del destino, convertido a tan temprana edad, en padre, protector y hombre de la casa. Tal vez fuera esa razón la que le
hacía mostrase sobre protector con Eusebio y no toleraba sus arranques femeninos.
Eusebio a pesar de su corta edad se daba cuenta que él no era
como los demás, él era y sentía más como las niñas que él conocía
que como sus brutos amigos y vecinos del barrio. A tan temprana
edad, ya sabía que él era homosexual, lo que no sabía si aquello era
normal, era una enfermedad, un castigo divino o que puñetas era,
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pero lo que si adivinaba era que esa condición le iba a llevar a tener
muchos problemas en el futuro.
Antonio, el hermano de Eusebio, siempre intentó conducirlo
por el “buen camino”, es decir, hacer de él un machote, por lo que no
aceptaba a los que les decían que su hermano era “mariconcillo” o
sin más contemplaciones “maricón”.
Un buen día acudió a la fiesta que se celebraba por aquellos
años en el popular barrio de la Trinidad.
A esas fiestas todos acudían, era un momento de expansión
que se le ofrecía y que les costaba lo que quisieran gastarse. Unos se
conformaban en escuchar flamenco u oler los efluvios de los churros
fritos o incluso ver como otros se subían y gritaban en aquellas endemoniadas norias gigantes.
Siempre se procuraba
ahorrar algún dinerillo, aunque este escaseaba, para
destinarlo a la feria del barrio. Con unos endebles ahorrillos que Eusebio había
conseguido juntar, se marchó
a la Feria del barrio de La
Trinidad. Para muchos, la
atracción más importante de
aquella feria era, como el
cateto de la coplilla, subirse
a la noria gigante. Aunque
Eusebio era el benjamín del
grupo se juntó con otros
amigos, también homosexuales. Entre ellos estaba el genial Miguel de los Reyes
Joven Eusebio
(q.e.p.d.). Cuando la cabina
de la noria se encontraba en la cúspide de su circunferencia y mientras cargaban la cabina inferior, aquellos amigos, llevados por la alegría comenzaron a cantar y a tocar palmas. Eusebio contagiado por
aquella alegre algarabía no pudo por menos que ponerse a bailar en
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el reducido habitáculo. Aquel alegre alboroto congregó a muchas
gentes que pasaban por la zona y que reían ante tan desgarbado espectáculo. De pronto, en uno de los movimientos, Eusebio miró hacia
abajo, viendo aterrorizado, como su hermano, con la cara desencajada, le hacía señas para que se sentará y no diera el espectáculo. Por
señas el hermano le hizo saber que cuando bajara se le iba a caer el
pelo de la paliza que le iba a propinar.
Nada más se hubo detenido la noria, el joven Eusebio saltó
como una exhalación corriendo a todo correr hacia su casa, más concretamente hacia los brazos protectores de su madre. Eusebio llegó
gritando como un desesperado y saltó a los brazos de su madre. Al
momento llegó el hermano casi sin respiración con ganas de “meterle
mano”. Eusebio gritaba: ¡No me pegues, no me pegues! La madre se
puso delante de Antonio y con voz gruesa le dijo: “a Eusebio no le
pega nadie nada más que yo”.
Su madre sabía que él era homosexual, pero jamás le hizo
ningún comentario al respecto, no obstante siempre trató a su niño de
una manera especial.
Un rasgo que hacía patente esa diferenciación que su madre
hacía de él con respecto a sus dos hermanos era que en aquella época
los niños iban pelados al rape, es decir con la cabeza monda y lironda, a fin de evitar que los parásitos, los piojos, tan frecuentes en
aquellos años, no hicieran su hogar en sus infantiles cabezas, sin embargo Eusebio mostraba una melenita rubia que le caía hacia los
hombros y un flequillo que le llegaba hasta cerca de las cejas.
Aquel signo diferenciador, hacía que los demás niños se burlaran de él, pero a él lo que le importaba era estar guapo y pasaba de
los insultos. Otra diferencia con respecto a sus hermanos, era que la
madre a la hora de ponerles de comer, a sus hijos, les ponía a todos lo
que en aquel tiempo había, batatas o coles, pero a escondidas, a Eusebio le daba además algún trozo de queso o salchichón con pan,
quizás esta distinción era porque aquella madre, como madre, trataba
de proteger al hijo que ella veía más indefenso.
Existía también una gran diferencia con respecto a sus hermanos, él era de aspecto frágil y pequeño, tanto que llegaron a pensar
que aquel niño se quedaría enano.
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La verdad es que Eusebio no ha sido nunca una persona de
mucho comer, él se contentaba con poca cosa, un poco de queso
blanco o manchego con pan y aceitunas rellenas o el plato nacional
por excelencia, las patatas fritas con huevos fritos. Él suele comentar
que en eso de comer se parece a Sara Montiel o a su entrañable amigo Pepe. Eusebio tenía más de niña que de niño y eso se hacía especialmente patente, como no, en los juegos. Él jugaba con las niñas a
las casitas o peinando a las pocas muñecas que entones habían. Su
hermano Ezequiel, al ser tres años más joven que él, apenas se peleaba con Eusebio, ya que no entendía eso de las inclinaciones sexuales,
pero su hermano Antonio era otra cosa, siempre estaba encima de él,
porque no quería que su hermano fuera “mariquita”, por eso cada vez
que podía le propinaba una ejemplarizante paliza para que cambiara,
y le llamaba “maricón”, pero como es lógico, Eusebio no podía cambiar por muchas tundas que le dieran. La madre, siempre omnipresente, salía en su defensa y para nada trataba de cambiarlo, tal vez,
veía en él, a aquella niña que nunca tuvo y que se le malogró en el
parto, aquella niña que hubiera sido gemela de su hermano Antonio.
Viuda y con tres hijos varones y ninguna niña, a aquella luchadora
mujer se le rompió la esperanza de poder tener una niña, pero como
dice Eusebio, no importaba, porque “yo le salí graciosillo”.
Fue aquella una época realmente dura para una mujer sola
con tres niños que mantener, a pesar de tener el apoyo de su hermana. Tal era así que una familia del barrio y que regentaba una pequeña tienda, al no poder tener descendencia le aconsejó a la madre de
Eusebio que lo diera en adopción, que al niño no le iba a faltar de
nada y que ella viviría sin tantos ahogos económicos.
Era tal la insistencia de aquella familia que la madre harta de
que no entendieran que ella, por nada del mundo se separaría de sus
hijos, que un día llegó a decirle, con desaire “¡Digo!, querer que yo
le dé en adopción a mi niño del alma, aunque me tuviese que meter a
puta o me dieran todo el oro del mundo, jamás abandonaría a mis
niños del alma”.
Aquellos tiempos eran especialmente malos, España había entrado en una cruenta guerra civil, las penurias se multiplicaron y
aquella familia, seguía con la intención de quedarse con uno de sus
21
hijos. Emilia, se sentía especialmente mal, cada vez que le hacían
aquella proposición, tanto es así que incluso llegó a amenazarles con
denunciarles al cuartelillo si seguían insistiendo. Ella solía decir que
sus hijos no tenían más madre que la que la que los parió.
Claro está que aquella actitud beligerante le llevó a Emilia el
tener que cambiar de tienda, lo que no era cosa fácil, dado que habían
pocas y menos que le fiaran hasta final de mes, que era cuando ella
cobraba los trabajillos de costura que hacía para el vecindario.
Fue aquella mujer, en boca de Eusebio, una mujer extraordinaria y una maravillosa madre, que siempre fue consciente de la homosexualidad de su hijo y que nunca trató de cambiarlo, solo le reprimía algo, cuando Eusebio con pocos años y pocas luces aún, le
presentaba a algún amiguito y le decía, a su madre, que era su novio.
La madre le reprimía aquellos comentarios y le hacía ver que luego
las gentes hablaban más de la cuenta.
Eusebio tuvo ese importante apoyo que a otros homosexuales
les faltaron, gentes que aún esconden su condición por temor al escarnio de los que les rodean. Eusebio fue siempre valiente y se enfrentó de cara con el toro de la estupidez humana, Eusebio no tuvo
que “salir del armario”, puesto que él mandó a “freír monas” a ese
supuesto armario al que nunca llegó a entrar.
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YO NO SALGO DEL ARMARIO
Yo no salgo del armario,
porque nunca estuve en el,
me muestro tal como siempre,
he sido, soy y seré.
Y su angustia era tan grande,
y su agobio tan brutal,
que algunos desesperados,
se llegaron a matar.
Así mi madre me parió,
y así me he de morir
y aunque no les guste a muchos,
al menos me gusto a mi.
De niños jugueteaban
con muñecas de cartón,
y los soldaditos de plomos
los guardaba en un cajón.
¡Cuántos quemaron su vida,
sin atreverse a escapar,
de algún armario maldito,
por miedo, al que dirán!
Pero al pasar de los años
ya muñecas no querían
preferían lo soldados
del cuerpo de infantería.
Otro muchos se escondieron
porque sentían vergüenza,
en un santo matrimonio,
sufriendo su peor condena.
A los que están escondidos,
yo les quiero aconsejar
que se muestren sin tapujos,
¡Basta ya de falsedad!
de Eusebio Valderrama
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CAPITULO II
Mucho habría que hablar de aquellos tiempos de la infancia,
un tanto tumultuosa de Eusebio, una España difícil para todos, ahora
con la Guerra Civil, el llegar a la noche sin que lo mataran a uno ni
nada, se convertía en una tarea bastante difícil, no era algo baladí el
sobrevivir cada día, sin que te dieran el paseíllo, primeros unos y
después los otros.
Era cosa de locos, de una sociedad loca de venganza, donde
cada día morían en el frente, en las calles, en cualquier camino o en
las tapias del cementerio de San Rafael, multitud de personas inocentes que nada habían tenido que ver con aquella estúpida contienda.
La iglesia y la Guerra Civil española.Eusebio califica a este capítulo, como“un recuerdo olvidado”.
Como recuerdo, es obvio que no se puede olvidar, pero lo que sí
puede la mente humana, es relegar en los recovecos más recónditos
del sótano de nuestra mente, aquellas evocaciones del pasado que nos
son ingratas.
Cartel Nacional
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Cartel Republicano
Eusebio, al igual que muchos homosexuales, son gentes profundamente respetuosos con las enseñanzas de las divinidades que
sus padres les enseñaron. Nuestro personaje es una persona profundamente creyente y eso a pesar de los palos verbales que la iglesia, a
través de su clero, ha infringido a los homosexuales y lesbianas de
todo el mundo.
Para el clero, el ser homosexual no era un grano que le había
salido, en la moral, a algunas personas, no era algo que se pegara
como un virus loco, era algo peor, era un pecado mortal. Aún hoy no
se tiene muy claro que porras pasa con la homosexualidad dentro de
los preceptos eclesiásticos.
Muchos sostienen que la desviación sexual, masculina o femenina, es en muchos casos alteraciones o diferenciaciones genéticas
y por lo tanto impuesta por Dios, entonces ¿porqué los hombres queremos enmendarle la plana a nuestro Hacedor?
Dicen los sagrados escritos, que Dios escribe torcido pero con
un fin recto.
La iglesia no se ha visto libre de la homosexualidad dentro de
sus miembros y es algo que podemos ver de vez en cuando en las
noticias. Por otro lado no tiene nada de particular. En el grande e
imaginario armario de la homosexualidad caben todos, independientemente de la profesión, las razas o los credos que se practiquen, lo
que sería verdaderamente importante es que a ese armario lo quemaran una noche de San Juan, porque ya no tuviera utilidad. Como digo
al principio, Eusebio es un profundo creyente, sabe que allá arriba
está el Padre de todos, el que, en su infinita benevolencia, nos ha de
juzgar por nuestros actos y no por lo que podamos haber sido o por
nuestras apariencias. Eusebio sabe que un día pasará por ese pórtico
del cielo para encontrarse con los suyos.
Una vez le preguntaron a Eusebio, si él había leído la Biblia,
él no queriendo mentir contestó que no, pero que no se acostaba una
sola noche sin rezar un Padre Nuestro y sin pedir por todos los suyos.
Cuando sale, no pone un pie en la calle sin antes persignarse y
en un lugar destacado de su casa, está la Señora, la Virgen del Carmen, esa Virgen perchelera que le trae recuerdos de la fe que su madre sentía hacia esta advocación tan suya.
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Eusebio, a pesar de ser un convencido cristiano, admite sentir
una serie de discrepancias hacia el modo en que algunos entienden el
ser cristiano.
Tenía Eusebio siete años, cuando estalló la guerra española.
Una noche que la familia se encontraba durmiendo, un gran revuelo
se hizo patente por las calles de Málaga, las gentes huían portando
hatillos en los hombros, o algunos enseres sobre carretillas o bicicletas. Todos huían en dirección a Granada, por la carretera de los montes o la de la Cala del Moral. Un comentario había corrido de boca en
boca “¡Huyamos, que vienen los moros y vienen cortando cabezas!”.
La situación se antojaba dantesca, mujeres llorando, hombres angustiados intentando salvar a su familia y lo poco que tenían y un miedo
que se alojaba en la boca, transformando la saliva en tuera amarga
que les ahogaba.
Alguien llamó a la casa de la hermana de Emilia, donde vivían y les conminó a que huyeran, a que les siguieran si no querían
perecer a manos de los moros. Emilia, atribulada, no se creía lo que
estaba pasando, sabía que si huía tenía pocas posibilidades de sobrevivir y de permanecer todos unidos, ante aquella dramática situación
decidió encerrarse en la casa y afrontar como pudiera lo que el destino les dispensara. Ella gritó a los que a pesar de todo querían que se
fuera con ellos: “Yo no tengo donde ir, me quedo en mi casa con mis
hijos, no creo que nadie tenga valor en hacerle algo a una madre
con tres hijos pequeños, yo me quedo aquí y que Dios cuide de nosotros”.
Afortunadamente la familia superó aquel primer incidente.
La guerra no llegó de pronto. Hacía tiempo que las gentes se
sentían nerviosas ante las noticias de los acontecimientos, pero todos
seguían, aunque con preocupación, con sus quehaceres. Recuerda
Eusebio, como se reunían grupos de hombres en las esquinas y en los
bares y cuchicheaban a la par que miraban con desconfianza de un
lado y a otro, sintiéndose espiados. Recuerda que hablaban de rojos y
nacionales, pero que podía entender un niño y muchos hombres de
entonces sobre lo que era un rojo o un azul.
Eusebio estaba asustado como lo estaban todos. Aquella noche en que les despertaron diciendo que venían los moros, Eusebio
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escuchó estruendos en la lejanía, sabían que aquello no eran cohetes,
a pesar de su corta edad, sabia que aquellos estruendos, eran los infames tiros segadores de vidas humanas.
A la mañana siguiente, un silencio espectral rodeaba el ambiente, solo se rompía aquella dura quietud silenciosa ante el sollozo
de alguien que sufría.
Emilia, aterrada, conminó a sus hijos que no salieran a la calle
hasta que ella no lo dijera. Pero la curiosidad de Eusebio pudo más
que los consejos de su madre y se escapó de la casa para ver, con sus
propios ojos lo que había ocurrido.
Junto a su hermano Antonio, fueron a las “Pellejeras”, un
lugar que se conocía con ese nombre y en la que ahora está ubicada
la cárcel, junto a la Cruz de Humilladero y curiosamente, donde vive
en la actualidad nuestro personaje, en el camino de San Rafael.
Eusebio, parapetado junto a unas chumberas, quedó inmovilizado, sus ojos se abrieron como queriéndose salir de sus órbitas, su
boca abierta y sus piernas temblonas denotaban que había sufrido un
choc emocional ante la esperpéntica escena que estaba contemplando. En el Camino de San Rafael, se había dispuesto una gran hilera
de cuerpos yertos y ensangrentados que nos hablaban de la tragedia
vivida aquella noche. Junto a algunos cuerpos, mujeres que lloraban
sin consuelo, mujeres que caían desmayadas al ver el cuerpo ensangrentado de un hijo o esposo, pero lo que más impresionaba era el
ver a otras mujeres que ni lloraban ni gritaban, había sido tanto su
dolor, que se les rompieron el alma y se volvieron locas. No sabe
por qué, pero Eusebio volvió a ir al día siguiente, sentía que debía
verlo todo bien, para algún día poderlo contar.
En esta ocasión Eusebio sabía lo que iba a ver, pero volvió a
quedarse perplejo y tragándose las lágrimas pudo observar, como a
aquellos cadáveres, que ya comenzaba a emitir un fuerte hedor, le
habían metido en las bocas, y a algunos entre sus testículos, un higo
chumbo. Algunos inconscientes reían y se mofaban de aquellos pobres muertos.
Junto a aquellos cuerpos ultrajados, se colocaron unos toscos
carteles de cartón con una inscripción que decía: “Por rojo y por cabrón, aquí te encuentras maricón”. Aquello no había hecho nada más
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que empezar, los horrores se sucedieron primero unos y después los
otros, las barbaridades no eran exclusivas de un bando en particular,
parecía como si todos nos hubiéramos vuelto locos.
Pasaron los años y hubimos de pasar mucha hambre, mucha
miseria, muchas injusticias y muchos miedos.
Un día el cielo de Málaga, ajeno a las estupideces humanas,
con su habitual luminosidad, parecía decirle al mundo que se dejaran
de guerras y de puñetas, que la vida es bella. Pero de pronto, aquel
luminiscente cielo se vio cruzado por un escuadrón de rugientes
aviones, poco después, estos escupieron bombas tras bombas.
Aquello significó la muerte para muchas personas, pero también el comienzo del fin de la guerra, poco tiempo después llegó la
paz. Ahora la guerra la vivían otros y de otro modo.
La cara de Eusebio pierde viveza cuando recuerda estas tragedias humanas, esta guerra y otras que él habría de vivir a lo largo
de su vida, pero que prefiere encerrarlas en ese cajón del sótano de
sus recuerdos.
Las chumberas como flores
Las chumberas como flores
la tierra como ataúd,
madres y esposas llorando,
como María en la Cruz.
El camino era siniestro,
un recuerdo de horror,
aquellas hileras de muertos
¡Dios mío, cuánto horror.
¡Anoche mataron uno!
¡Anoche mataron tres!
Triste lamento de bocas
con almas de mujer.
Las chumberas, algunos
años después
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Y de aquella despiadada
sangrienta guerra civil,
lo más terrible de todo,
no fue la contienda en sí,
si no que fuera tu hermano
el que disparara con el fusil.
Por ideas diferentes,
Hijos de una misma madre,
Se arrebataban la vida,
De forma ruin y cobarde.
No se comprende la barbarie
Ni su gran magnitud,
Las chumberas como flores
La tierra como ataúd.
Poesía original de Eusebio Valderrama
El debut artístico de Eusebio Valderrama.Muchas cosas suceden por puro azar y fue el azar o el designio de los dioses, el que puso a Eusebio en el camino del arte y la
fama.
Celedonia, la prima de Eusebio, era hija del hermano de su
madre, su tío Ezequiel, vivía en Álora, al igual que los parientes naturales de su madre.
Su tía Concha, había sentido siempre una especial predilección por Eusebio, ya que al igual que su madre le protegía de los demás por su particularidad sexual.
Su tía le pidió a su madre que le dejara ir al pueblo durante
una temporada, que le iba a sentar muy bien.
Jamás Eusebio pudo imaginar que allí comenzaría lo que sería
una larga carrera profesional que le llevaría a los más altos escenarios del mundo.
Como quiera que Eusebio cantaba hasta durmiendo, un día
que hacía lo propio en el patio de la casa de su tía, acertó a pasar una
señora que era amiga de su prima Celedonia, la cual al oír a Eusebio
cantar, no pudo por menos que asomar la cabeza por el ventanuco del
patio de sus tíos y contemplar aquel espectáculo. Aquella señora, tras
escuchar a Eusebio, intuyó que en aquel diminuto cuerpecillo dormitaba un torrente inmenso de arte. Tras preguntarle a Celedonia de
quien se trataba, ésta le contó los pormenores y la invitó a que le pudiera escuchar cantar acompañándole al piano. Aquella señora pertenecía A la recién fundada Sección Femenina y se encargaba de organizar espectáculos en el pueblo. Tras oír cantar una y otra vez a Eusebio se decidió y le pidió permiso a su tía para que éste pudiera actuar en el teatro principal del pueblo, en el festival que se iba a celebrar a favor de la Falange Española de las JONS. Los tíos no pusieron inconveniente, por lo que tras esta primera premisa le fueron a
preguntar a Eusebio. Ni que decir tiene que Eusebio se volvió loco de
contento, aceptando la invitación enseguida y de buen grado.
Como ya he apuntado, fue el pueblo de Álora el que tuvo el
honor de ver por primera vez, actuar a Eusebio Valderrama.
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Aquella tarde, las gentes, ávidas de sensaciones agradables,
que habían ido al Teatro Principal de la localidad malagueña, quedaron impresionados contemplando el arte y la templanza de un niño de
solo nueve años, que con toda soltura y desparpajo, cantaba la conocida canción de Estrellita Castro “Me gusta, me gusta”, metiéndose
al público en el bolsillo.
Como quiera que al niño, había que aviarlo para la ocasión y
hacerle parecer un artista, vieron de buscarle un traje apropiado. Lo
más apropiado que encontraron fue un traje blanco de comunión, que
su tía pidió prestado y al que le quitaron todos los adornos.
Eusebio tenía nueve años pero su frágil figura le hacía aparentar algunos menos, lo que hizo que el público se entregara aún
más. En medio del escenario se podía ver una caja de cartón con un
gran lazo rojo y un piano a un lado.
La señora que le había llevado al teatro, subió por unas escalerillas y se dirigió al piano. Al momento comenzaron a resonar los
acordes de la canción que Eusebio iba a cantar. Unas niñas, que pertenecían a la Sección Femenina, aparecieron en el escenario y tirando
del lazo, abrieron la caja, apareciendo del interior de ella, Eusebio.
Cuando éste comenzó a cantar, las gentes del público enloquecieron,
aplaudieron hasta cansarse, los loes y los vivas se escuchaban desde
la calle. Una vez concluida la actuación, sacaron a Eusebio en brazos, como a los grandes toreros y lo llevaron a la casa de sus tíos, a la
par que le aplaudían y les lanzaban vivas.
Aquella actuación causó tal impacto, que se corrió la noticia
por todo el pueblo y aquella noche, muchas de las gentes de la villa
se concentraron a las puertas de los tíos de Eusebio, pidiendo a gritos
que saliera el niño. Celedonia pidió a los congregados que se marcharan, que por ese día había sido suficiente y que el artista estaba
dormido. Aquella noche Eusebio estaba feliz, se le había despertado
el gusanillo del espectáculo, ya sabía a que se quería dedicar. Solo
una cosa echó de menos en tan memorable día, sintió la falta de su
madre, la que sin duda se hubiera sentido orgullosa y feliz de su hijo
Eusebio, de ese hijo que era diferente a los demás.
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Una loca tourné.“La Mari”, era un “mariquita”, que en aquellos años de la
posguerra española debía rondar los cuarenta años, vivía con un
hombre que a Eusebio le llamaba la atención. Era alto, fornido y vasco, Eusebio le llamaba el vikingo. Decían que era empresario bilbaíno y novio de “La Mari”.
A Eusebio le gustaba ir a la casa de “La Mari”, porque allí era
bien tratado y además escucha historias increíbles que a él le maravillaban. “La Mari” les contaba de cuando había estado con el malagueño Miguel de Molina, que comenzaba a despuntar en el espectáculo. También iba a estas reuniones un tal Enrique, el cual decía
que había estado trabajando con Miguel de Molina, en un burdel. Les
contaba que había tenido la intención de marcharse a Madrid con
Miguel, pero como no sabía bailar o cantar se arrepintió y se quedó
en Málaga. Según él, Miguel de Molina cantaba muy mal y fue él el
primer sorprendido del éxito que comenzaba a alcanzar, el de Capuchinos. Puede que el genial Miguel de Molina, no tuviera una gran
voz, pero le sobraba personalidad y arte, para codearse con lo más
estrellado del mundo del espectáculo.
Cada tarde iba a la casa de “La Mari”, con su amigo Pepe de
los Ríos “La Gambi” que era otro chavea de su misma edad. En la
casa de “La Mari” cantaban y bailaban al eco de los palillos. Desde
que en Álora pisó por primera vez un escenario, sabía que aquello era
lo que le gustaba y a lo que se quería dedicar.
El novio de “La Mari”, le propuso que se fueran con él para
que actuaran en los pueblos de Málaga. “La Gambi” y Eusebio se
volvieron locos de contentos y estaban impacientes por comenzar
aquella gira. Al igual que él, “La Gambi” era huérfano de padre y el
vasco les dijo que primero tenían que hablar con sus madres para que
les diera el pertinente permiso.
El vasco pensó que podía ser comprometido estar de tournet
con dos niños de diez años y recién terminada la Guerra Civil, por lo
que se lo pensó mejor y desistió en sus intenciones.
Eusebio y “La Gambi”, estaban muy exaltados con la idea de
trabajar cantando y bailando por lo que la decisión del vasco les sen31
tó muy mal. A pesar de todo y de sus pocos años, no se amilanaron y
decidieron emprender la aventura por su cuenta.
Sin decirle nada a sus madres, “La Gambi” y Eusebio se marcharon a Cártama y allí recorrieron los bares de la estación cantando
y bailando. Eusebio se subía a una mesa que le servía de escenario y
cantaba la popular canción El Tranvía, mientras “La Gambi”, tocaba
los palillos y pasaba el platillo para recoger los donativos de un público, que les escuchaba encantado, pero a los que no les sobraba,
precisamente, el dinero.
La idea era de hacer algún dinerillo y volverse a Málaga, pero
como la cosa iba muy bien y tenían fondos en los bolsillos, se entusiasmaron y decidieron recorrer otros pueblos por su cuenta.
El viaje lo hacían en tren, en aquellos vetustos trenes de madera. Como quiera que no adquirían los billetes del pasaje, para ahorrarse el dinero, se solían meter debajo de los asientos de aquellos
trenes, para que el revisor no los viera y así viajar gratis, además corrían el riego que si el funcionario les veía solos, les podía denunciar
a la Guardia Civil y ahí terminaría su aventura. Generalmente se metían debajo de los asientos, en los que iban mujeres con voluminosos
trajes y vestidas de negro. Mujeres que se dedicaban al estraperlo y
llevaban muchos bultos, gallinas y panes catetos para venderlos en
otros pueblos o en la capital. Otras venían de la capital, donde en el
puerto habían comprado, de los barcos que venían de Melilla, el tabaco rubio, la mantequilla etc. para venderlo en sus pueblos.
A Eusebio le llamaba la atención la indumentaria de aquellas
pobre mujeres, vestidas de riguroso luto, de los pies hasta la cabeza y
eso a pesar del calor reinante. Eran mujeres que habían perdido a sus
maridos y a hijos en la recién terminada contienda española.
Eusebio y “La Gambi”, no pasaban más de un día en un mismo pueblo, dado que de lo contrario estaban en peligro que los arrestara la Guardia Civil y los devolvieran a sus casas. Por la noche buscaban algún pajar a las afueras de los pueblos y pasaban la noche.
Eusebio se sentía medianamente contento, por un lado le satisfacía el estar haciendo dinero con el que ayudar en su casa, pero
por otro lado no podía dejar de pensar en la preocupación de su madre. Pero pensaban que mientras más tiempo estuvieran trabajando
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por los pueblos, más dinero le llevarían a sus madres y más contentas
se pondrían.
Aquel dinero lo guardaban en unos bolsos que llevaban atados alrededor de sus escuetas cinturillas.
Había que ingeniárselas y aprovechaban todo cuanto veían,
dormían en mullidas camas de paja de cualquier pajar y se aseaban y
lavaban sus ropas en las cristalinas aguas de los ríos y arroyos que se
encontraban a su paso. Para ellos el ir limpios y con buena presencia
era fundamental, ellos eran artistas y no indigentes.
En la Línea de la Concepción se encontraron con unos artistas
que les hacían la competencia, ellos eran un cantaor joven de unos
veinte años y una guitarrista ciega, que al igual que ellos, se dedicaban a recorrer bares recaudando algunas monedas.
Como quiera que a Eusebio y a su amigo, quizás por su corta
edad le daban más dinero, los cuatro decidieron juntarse y montar
una especie de compañía. Aquel cancionero, más adelante, llegaría
alcanzar una cierta fama, sería conocido como Tomás de Antequera.
Más tarde, Tomás se juntó con una bailarina que hacía la danza del
vientre y que la llamaban Dora la Cordobecita.
Los cuatro montaron aquella primera “compañía” que actuaban por bares, hoteles, restaurantes y donde se terciara.
En las noches, Eusebio miraba aquella luna mora y le parecía
ver en ella la cara de su madre, no paraba de pensar que debía ir a
verla, pero como, si ahora estaban haciendo más dinero.
Una noche que dormía Eusebio en un pajar junto a sus amigos, se detuvo ante ellos un hombre alto y de aspecto galante, era un
oficial moro de la Guardia de Franco.
Después de bajar de su caballo se dirigió a Eusebio y le preguntó que porqué dormían en un pajar, que aquel no era lugar para
un niño. Eusebio le respondió inocentemente de que en las casas
hacia mucho calor. Aquel hombre invitó a dar un paseo al niño, pero
lo que hizo fue abusar de su inocencia.
Eusebio estaba muy asustado. El hombre aquél se despidió y
le dijo que volvería el día siguiente.
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Pero al día siguiente habían puesto tierra por medio y se dirigieron a Antequera, allí actuaron en una venta que había a las afueras.
Fue allí donde apareció la Guardia Civil y les detuvo, llevándoseles al cuartelillo. Poco después sus aventuras como artistas se
habían acabado, volvían a Málaga con sus madres.
Cuando llegaron a la estación de Málaga, Eusebio y “La
Gambi”, se encontraron con un cuadro curioso y emocionante, allí
estaban sus familiares llorando a moco tendido al poder volver a
abrazar a aquellos dos impetuosos niños.
Fue en aquellos instantes cuando Eusebio comprendió lo que
él había hecho sufrir a su pobre madre. Aquello le sirvió de lección,
de una lección que no olvidaría nunca.
Su instrucción.Aquella aventura vivida por Eusebio, le hizo tener la seguridad de lo que quería, de que quería ser de mayor, ARTISTA, de ahí
que se afanara, según le aconsejaron a que se apuntara en una academia para que perfeccionara su estilo de cante y baile, pero para
entrar en la academia necesitaba dinero y él no disponía, ni tan siquiera, de los fondos necesarios para comer todos los días.
Un amigo le propuso recoger la carbonilla que se desprendían
de los trenes que pasaban por el puerto y que quedaban en los raíles
de las vías. Aquella era una práctica que algunos realizaban y que
después con la venta de ese carbón a particulares o a carbonerías, se
sacaban unos exiguos ingresos. Aquella acción estaba prohibida, por
lo que más de una vez Eusebio y su amigo hubieron de correr delante
de los guardias del Puerto, para que no les arrestaran. En una ocasión
uno de aquellos guardias le disparó en la pierna al amigo de Eusebio,
dejándole cojo de por vida.
Aquello, como era lógico asustó a Eusebio y decidió dedicarse a prácticas menos peligrosas, de ahí que para conseguir el dinero
necesario, se dedicara a vender lechugas, ajos y limones a las puertas
del mercado de Salamanca, también llamado del Molinillo, en el barrio de Capuchinos. Aquel barrio le traía muy tristes recuerdos, ya
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que era allí donde muchos días, en tiempos de guerra y posguerra,
iba a por un tazón de potaje, que les daba el Auxilio Social. Recordaba las colas de gentes hambrientas, con latas vacías en las manos,
para que les pusieran ese poco de comida que a duras penas les harían aguantar hasta el día siguiente. Lo peor es que después de haber
aguantado las largas colas, cuando muchos llegaban al caldero, se oía
una voz que decía: “Lo siento pero ya no hay más”. Fueron unos
tiempos muy duros.
Eusebio a la par que vendía los ajos y limones, se dedicaba a
acudir a cualquier sarao que se organizara, principalmente, en los
barrios de Capuchinos y la Victoria. Allí bailaba y cantaba, consiguiendo hacerse con algunas pesetas con la que pagar, la academia
del señor Galiani, a la que comenzó a ir. Como ven, no sin grandes
esfuerzos económicos.
Era tanta la precariedad en la que se encontraba aquella arruinada academia, que la clase de zapateado la daban en vez de hacerse
acompañar por los acordes de un piano, lo hacían tatareando el ritmo.
Poco después contrataron a un pianista al que llamaban “Paquito er
de los Güevos” y la clase mejoró. Con el tiempo, Málaga llegaría a
contar con tres buenas academias de baile, la del señor Galiani, a la
que he hecho referencia, la afamada academia del maestro Rosen,
padre de nuestro querido artista y bordador de Semana Santa, Juan
Rosen y la de doña Angelita Didier.
A las fiestas de los barrios iba casi siempre acompañado de
sus amigos, los que formaban un grupo de actuantes, unos tocaban
las palmas, otros bailaban y cantaban y otros hacían lo que podían,
entre estos amigos se encontraba el que fuera gran amigo de Eusebio,
el gran Miguel de los Reyes, con el que tenía mucha confianza y el
que era muy querido por doña Emilia.
Había una señora que le gustaba ver cantar y bailar a Eusebio,
ésta era doña Rosario, le hacía especialmente gracia verle cantar la
copla de Morena Clara y era porque esta señora era la madre de Imperio Argentina y aquella copla la cantaba, magistralmente su hija.
Entablaron una estrecha amistad, tanto es así que fueron muchas las veces que doña Rosario, invitó a Eusebio a comer a su casa
de la Malagueta, en los alrededores de la Plaza de Toros. Allí cono35
ció aquel ángel de gracia sin límites como era Malena, su Malena, la
artista más grande que ha pisado un escenario, en boca de Eusebio y
de otros muchos.
Sus comienzos como artista.Cuando uno tiene una ilusión, no piensa más que en el día en
que esta se haga realidad, pero el deseo es tan fuerte que la realización de esas justas aspiraciones se suelen ver muy lejanas e incluso
en horas bajas llegamos a pensar que nunca llegaran a hacerse realidad. Eusebio estaba preparado para lanzarse al mundo, quería oír
aplausos en un escenario, quería ganar dinero, quería que su madre,
que siempre confió en él, se sintiera orgullosa, quería que muchos de
los que se reían de él y le decían “mariquitazuca”, se tragaran la lengua de envidia, en definitiva quería comenzar a cosechar, aunque
solo fueran pequeños triunfos.
Sus comienzos como han visto fueron muy difíciles, pero eso
es la constante de casi todos los grandes artistas, por ejemplo, nuestro
querido Antonio Banderas, tuvo que trabajar de acomodador en un
cine, para pagarse sus estudios de arte dramático.
Eusebio espera oír la campanita de la oportunidad esa que
llega de vez en cuando y que hay que estar muy atentos para oírla y
aprovecharla.
Un buen día, llegó a Málaga un teatro portátil de la compañía
Hermanos Lagos y que instalaron en el barrio de Capuchinos.
A Eusebio le ha gustado siempre el teatro y por esa razón no
perdía la ocasión de disfrutar con alguno de aquellos espectáculos.
Unas veces, cuando tenía dinero, pagaba su entrada y veía la función,
otras, la mayoría de las veces, como no tenían nada, solían hablar con
el dueño para que les dejara pasar gratis a cambio de hacer de clac.
Es decir de ser los iniciadores de los aplausos al terminar las funciones.
Eusebio y sus amigos eran como una olla a presión, no desaprovechaban ningún momento para bailar y cantar, de ahí que en
los entre actos, ellos se ponían a bailar y cantar entre el público de
aquel improvisado patio de butacas.
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Un día, uno de aquellos empresarios, el Sr. Lagos, le vio actuar, en una de sus improvisadas actuaciones y le llamó la atención el
arte y el desparpajo de aquel niño que bailaba, según él, como los
ángeles. Ese señor, le preguntó a Eusebio si quería ser artista e ir en
su teatro. A Eusebio, como era de esperar, aquella proposición le
volvió más loco aún. El empresario le pidió que le llevara a ver a su
madre y fue a hablar con ella.
Cuando aquel hombre llegó a la casa de Eusebio la madre,
Emilia, se asustó pues creía que era un policía disfrazado que quería
detener a su hijo por algún motivo relacionado con su homosexualidad. En aquellos años de la posguerra, ésta estaba muy perseguida y
a los pobres mariquitas, aquella sociedad totalmente homófoga, les
hacían verdaderas perrerías.
El empresario, tras tranquilizarla, convenció a doña Emilia de
cual eran sus intenciones, de lo que tendría el niño que hacer, de
donde iban a estar, de cuanto le iban a pagar, es decir le mostró las
condiciones a las que Eusebio se debía atener si quería ir con su
compañía de teatro.
Eusebio estaba feliz ante la oportunidad que se le brindaba.
Con toda seguridad aquella era esa oportunidad que él estaba esperando. En su barrio, como era una persona muy querida, todos, especialmente por las mujeres, se sintieron muy felices por la noticia y es
que para ellas Eusebio era también un poquito de todas.
Ahora surgió otro problema, este radicaba en que Eusebio necesitaba contar con un mínimo vestuario para sus actuaciones y él no
tenía ni una peseta para emplearla en tal menester. Todo el dinero
que había ganado, trapicheando por las calles, fiestas y mercados lo
había empleado en pagarse la academia y en dárselo a su madre, para
poder ir subsistiendo.
Las vecinas enteradas de lo que le pasaba a Eusebio y queriéndoles ayudar para que no perdiera tan preciada oportunidad, se
pusieron de acuerdo para que un modisto le hiciera un pantalón negro, que parecía el del Zorro, otra vecina le regaló una camisa rosa,
otra, unos zapatos de gitanas y otra le regaló un fajín de lunares, con
esto, ya estaba vestido, aunque mínimamente, aquel futuro artista que
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se había convertido en la ilusión de todas aquellas madres, vecinas,
que le estaban ayudando.
Primero ensayó con un pianista y prepararon los números que
Eusebio debía interpretar. Con aquella indumentaria y estrenado el
nombre artístico de “Eusebio El Malagueñito” debutó por primera
vez de forma profesional, en La Caracola, obteniendo tal éxito que le
hicieron repetir la actuación tres veces.
La mañana del debut, el barrio de Capuchinos amaneció plagado de carteles, donde se anunciaba a esa nueva promesa del cante y
Primeros recortes donde se anunciaba El Malagueñito y después a la pareja
Alegría Valderrama
del baile, con un lema que decía “Cada noche, el gran estilista de la
canción juvenil, Eusebio El Malagueñito”.
Poco tiempo después, ya era medianamente conocido en Málaga. Había trabajado mucho en los barrios de la capital, pero sus
deseos de volar y conocer otros escenarios, eran muy fuertes.
Un día apareció en la casa de la Madre de Eusebio, un señor
que se identificó como el Sr. Doménech, representante de artistas. Le
38
pidió a Emilia que le dejara ser el representante artístico de su hijo y
tras unos momentos de conversación, Emilia aceptó muy gustosa.
De la mano de este señor, Eusebio, comenzó a recorrer los
escenarios, de los pueblos de la provincia de Málaga.
Habían cambiado bastante las cosas, ahora viajaba a los pueblos sin tener que ocultarse de la Guardia Civil, cantaba y bailaba en
teatros y no en aguaduchos de mala muerte y dormía en pensiones en
vez de aquellos pajares de triste recuerdo.
Eusebio recorrió con un enorme éxito toda la geografía provincial malagueña, su fama comenzó a extenderse por todos lados.
Aquello le aseguraba una continuidad y unos fondos con los que hacer frente a los gastos de su formación y de su casa.
Cuando hubo terminado aquella tournet por los pueblos, volvió a integrarse en el teatro de los Hermanos Lagos, donde volvió a
actuar con una mayor categoría en la capital.
Alegría –Valderrama.Fue en aquel teatro, de Los
Lagos, donde conoció a Conchita, una
preciosa jovencita que bailaba vestida
de marinerita. Eusebio quedó prendado
de la gracia y el arte de esta joven y le
propuso el que bailara una canción que
él interpretaba.
Quedó tan bien y gustó tanto
que al poco tiempo formaban pareja
bajo el nombre artístico de “Alegría Valderrama”.
Ahora los dos, Conchita y Eusebio estaban decididos a comerse el
mundo, por lo que comenzaron los
preparativos y la coreografía de sus
números.
El primer problema al que se hubo de enfrentar Eusebio radicaba en el hecho de que ellos necesitaban un buen vestuario y él ca39
recía de ese imprescindible elemento. Conchita tenía un buen ajuar
para las actuaciones, pero Eusebio se debía hacer ropa y además sin
disponer del dinero que le hacía falta.
La madre de Conchita, convino con el costurero, “Paquito La
Tranca”, que le hacía la ropa a su hija y que era uno de los mejores
que había en Málaga, para que él confeccionara también la de Eusebio y que éste le iría pagando poco a poco con las actuaciones que
fuera realizando.
El primer traje que le confeccionaron fue un traje negro de
fandanguillos con grandes claveles y un sin fin de caireles y lentejuelas, que brillaban con la misma intensidad que los ojos de Eusebio
cada vez que salía a un escenario. El otro traje era blanco con unas
hojas de parra de color plateado; otro traje azul y otro blanco entremezclado con adornos negros.
Eusebio tenía solo 15 años, era el año 1944 y a aquel ilusionado joven perchelero se le comenzaron a abrir las puertas del éxito
y las expectativas de un mundo mejor. Sus ingresos, como los de
todos los artistas que comienzan y más debiendo pagar las deudas de
vestuarios etc. eran más que modestos, pero para ellos, era todo ex-
Invitación de la época
40
traordinario, sobretodo cuando Eusebio recordaba que hasta hacía
poco había estado vendiendo ajos en el mercado y con pocas esperanzas de tener una proyección artística. Ahora eran conocidos y les
saludaban por la calle con respeto y admiración.
Eran pobres. Pobres como tantas familias que vivían la angustiosa recuperación de una España devastada por la guerra.
He hablado de la casa de Eusebio de manera muy abstracta y
quizás esto nos haga hacernos una idea equivocada sobre como era
aquella casa, por eso y por que viene ahora a cuento, me permito
hacer una descripción de como era aquel hogar. La casa solo tenía lo
que entonces se conocía como una pieza, es decir, una única habitación donde vivía como podían la madre y sus tres hijos varones. Como mobiliario tenían una cómoda y una cama. A la hora de dormir,
dos dormían en la cabecera y dos hacían lo propio a los pies. Aquello
se pudo, medio soportar, en los
años en que los niños eran pequeños, pero estos habían crecido y
ya apenas entraban los cuatros en
aquella esforzada cama.
Un día les visitó la madre
de Conchita, la que se había hecho muy amiga de Emilia y viendo la situación en que vivían le
hizo ver a Emilia que aquello no
podía ser.
Le propuso que dejara,
que al menos, su hijo Eusebio,
por el que sentía una especial
veneración, pudiera dormir en su
casa, Allí ella disponía de una
habitación donde dormía su padre
y podrían acoplar una cama más,
con lo que Eusebio estaría más
cómodo y descansado.
Para la madre aquello suRecorte de prensa de la época
puso un duro golpe, a ella no le
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gustaba separarse de sus hijos y menos de Eusebio que era la alegría
de su vida y de su casa, pero la mujer comprendía que aquello era lo
mejor para su hijo. Él tenía que trabajar y descansar y las condiciones
en que estaban viviendo no eran las más idóneas. Un día Eusebio
abandonó su casa para irse a vivir a la casa de Conchita, pero aquello
no significaba que él los abandonara, todo lo contrario estaba siempre pendiente de sus hermanos y con especial cariño de su madre a la
que tanto quería.
La madre de Eusebio, a pesar de todo, comprendiendo y
agradeciendo aquel inmenso acto de generosidad de su amiga, despidió a su hijo con lágrimas en los ojos y con el corazón eternamente
agradecido.
María, la madre de Conchita, tenía la casa muy cerca de la
Fuente de Los Cristos, junto a la calle de Ollerías. Allí en aquella
casa, Eusebio pasó algunos años.
Al igual que Eusebio, su amigo Miguel de los Reyes, comenzaba a hacerse un nombre en el loco mundo de la farándula.
Por aquellos años Miguel de los Reyes, ese genial artista
Invitación de la época
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malagueño, se encontraba haciendo el servicio militar en el acuartelamiento del Campamento Benítez, por esa razón muchas veces,
cuando Conchita y Eusebio iban a actuar a Torremolinos, se lo encontraban en el tren vestido de militar, un militar de ínfima graduación, pero a Eusebio le parecía tan guapo y altanero que para él, no
era un soldado, era el mismo Espartero.
Alegría Valderrama se había ganado con su arte un espacio en
el mundo del espectáculo de Málaga, incluso los habían contratado
como plantilla en el teatro Gran Olimpia de Málaga. El eco de su arte
trascendió fuera de Málaga y a consecuencia de ello, recibían muy a
menudo invitaciones de cafés cantantes y teatros de otras provincias
españolas, pero a ellos, aunque la idea de abrirse horizontes era atractiva, habían muchas cosas que les retenían en Málaga.
Un buen día decidieron que debían experimentar en otras capitales y así lo hicieron.
Los dos, Conchita y Eusebio, tenían el ángel de los artistas
pegados a sus espaldas, no había un lugar donde actuaran que no
fueran fuertemente aplaudidos. Aquel éxito les llevó a recorrer todas
las provincias andaluzas y algunas del resto de la “piel de toro”,
Teatro principal – Málaga -
43
como Orense, Vigo, León o Zaragoza.
Tras aquella gira triunfal, volvieron a Málaga rodeados de un
gran halo de gloria. Volvieron no para descansar sino para incorporarse de inmediato a sus actuaciones en el Teatro Olimpia, e incluso
en el Teatro Cervantes, donde, tras un duro examen les concedieron
el carnet de artistas profesionales. Para ello tenían que ser apadrinados por otros artistas, y para ello contaron con el apadrinamiento de
los relevantes artistas, Juanita Reina, Pepe Pinto y Ramper.
Esas credenciales le daban la posibilidad de ser contratados
en lo que entonces se conocía, como cabeza de partido, es decir en
las poblaciones importantes. También actuaron en Melilla, donde sus
apariciones en público eran multitudinarias y donde eran considerados casi como ídolos de la canción.
Recorriendo España.El Teatro Gran Olimpia
ofreció al público un magnífico
espectáculo, donde la estrella
principal, en aquella ocasión,
era el gran cantante Juanito
Valderrama (q.e.p.d.). Entre
todos montaron un espectáculo
que algunos consideraron memorable.
Un día Eusebio recibió
una citación del Sindicato de
Artistas, esas cosas asustaban
bastante, debido a la represión
y al férreo control, que por
aquellos años existía en España. Cuando se presentó, se encontró con el representante
artístico de Juanito Valderrama, al que no le hacía mucha
44
Sus comienzos
gracia que Eusebio se llamara como su representado. Allí le requirieron algún papel que demostrara que era su nombre de nacimiento.
Aquel hombre, pensaba que era el nombre artístico que Eusebio se había puesto, aprovechando la popularidad del cantante Juanito Valderrama.
Incluso llegaron a pedirle, que para no confundir al público se
cambiara el nombre artístico. Eusebio que ya era conocido por ese
nombre y que gozaba de éxito, incluso fuera de la provincia de Málaga, rechazó tal petición. Aquel hombre tras comprobar que el nombre de Valderrama no se debía a un capricho o a una mera especulación y que correspondía al legítimo nombre de su malogrado padre,
aceptó el deseo de Eusebio y le pidió disculpas de forma muy cortés.
La sorpresa de Eusebio fue mayúscula, cuando por la noche,
cuando iban a realizar el espectáculo, Juanito Valderrama, se acercó
a él y se deshizo en disculpas, aduciendo que aquello había sido cosa
de su representante sin que hubiera contado con él.
De todos es conocida la gran altura como persona y como
artista de esta deidad de la canción española, como ha sido y seguirá
siendo en el recuerdo de todos, don Juan Valderrama.
También, una de aquellas noches glamorosas del Olimpia,
Eusebio conoció a una artista que iba siempre acompañada de su
madre, se hacía llamar, Antoñita Moreno. Debido al carácter abierto
y servicial de Eusebio, pronto se hicieron inseparables. Entre ellos
surgió la costumbre de tomarse un heladito en los veladores del teatro mientras hablaban de sus cosas, de sus anhelos y sus vivencias.
En una ocasión que habían viajado a actuar a Melilla, a un
pueblo que se llamaba Villa San Jurjo, se encontraron, que junto a
ellos habían una compañía cinematográfica que estaban rodando una
película. Entre los actores se encontraba, un jovencísimo Toni Leblanc, en sus primeros tiempos.
Cuando aquellos artistas terminaban el rodaje, acudían al teatro portátil que tenían montado y allí después del trabajo, se reunían
todos para compartir un poco de vino, salchichón y trozos de queso
de bola, a la par que reían, cantaban y se lo pasaban en grande. En
una ocasión, comieron tanto queso y salchichón, que a Eusebio que
no era de mucho comer, le provocó una gran indigestión.
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Eusebio se seguía hospedando, como de costumbre, en la casa
de Conchita. Un día se desplazó hasta la casa de Conchita un representante del Teatro Olimpia, para que firmara un nuevo contrato.
Eusebio estaba ya hasta las narices de tanto Teatro Olimpia y de repetir hasta la extenuidad las mismas actuaciones: “La Tani”, que ha
vuelto a sonar después de tantos años, “Currito de Loja” o aquella
famosísima copla del malagueño Miguel de Molina, “Las cosas del
querer”.
Cuando la madre de Conchi entró en la habitación para avisarle que estaba ese representante esperándole, ésta se encontró que
Eusebio no estaba. La razón de su desaparición era bien sencilla,
Eusebio se había escondido debajo de la cama, para no tenerle que
decir que no, que no quería actuar más en el Olimpia.
Es curioso, pero la vida de Eusebio se asemeja, en algunos
aspectos a la vida que se narra en la película “Las cosas del querer”,
sobre la vida de Miguel de Molina. También es curioso reseñar, que
antes que la película internacionalizara aquella canción, Eusebio estaba ya aburrido de tanto cantarla.
Como quiera que debían dinero a la sastra y a pesar de que las
cosas les iban bien, no se podían andar con tonterías y consiguieron
volver salir de Málaga para actuar en el norte de la península. Una
gira por Vigo, Orense y Bilbao, pero no pudieron actuar en la capital
de España. Madrid era el sueño de todos los artistas, ya que allí se
cocía todo lo referente al mundo del espectáculo.
Un día en que Eusebio y Conchita paseaban por la Gran Vía
madrileña, se apercibieron de que alguien les llamaba, cuando se
acercaron pudieron comprobar que era Toni Leblanc. Como todos
sabemos Toni Leblanc, además de haber llegado a ser un mito en la
historia del cine español, es una gran persona. Aquella extraordinaria
condición humana hizo que se esforzara en conseguirle algún contrato en Madrid, con el que poder continuar sus éxitos, en esta ocasión
en la Meca del arte español, Madrid.
A pesar del interés que se tomó Toni Leblanc, para que a
aquellos chiquillos le hicieran un contrato, no pudo conseguir nada
debido a su juventud, por lo que aquellos ilusionados artistas malagueños, hubieron de hacer con pesar, las maletas y venirse a Málaga.
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Aquí en su tierra natal, hubieron de seguir cantando en teatros y cafés
cantante como lo habían hecho antes.
A pesar de todo, soñaban con despegar definitivamente y actuar en los grandes teatros de Madrid, pero ocurría una cosa muy
curiosa, aquella exultante juventud que los dos mostraban y que le
hacían gozar del cariño del público, en Madrid se convirtió en su
obstáculo más grande.
Conchita y Eusebio seguían alternando sus actuaciones en
Málaga y en diferentes provincias andaluzas, donde como ya he comentado, eran muy bien recibidos. En una de las actuaciones que
realizaron en Almería, a Conchita hubo que operarla urgentemente
de apendicitis, por lo que hubieron de regresar a Málaga para que ella
pudiera tener una convalecencia adecuada junto a su madre.
Tras aquel incidente, volvieron a salir a cantar y a zapatear
los escenarios de Málaga y la provincia. En Antequera y Bobadilla
realizaron sus siguientes actuaciones.
Consiguieron que les contrataran por fin en Madrid y en Lisboa. Aquello les ilusionó de gran manera, pusieron todas sus ilusiones en aquellas actuaciones, pero el castillo de ilusiones que habían
montado, se les rompió en mil pedazos, ya que de nuevo, aludiendo a
su juventud, les rescindieron el contrato.
Después de cinco años como pareja artística, habían reído y
disfrutado mucho, pero ahora, aquella absurda circunstancia les hizo
llorar amargamente.
Conchita conoció a un joven que la adoraba y que era, eso
que en Málaga damos en llamar, “una bellísima persona”, se llamaba
Juan Vergara, y a ella, él le gustaba desmesuradamente.
Aquella decepción y el amor que ella sentía por su novio
Juan, hizo que se plantease el deshacer aquella bonita unión artística
que duró un maravilloso lustro de éxitos.
En aquellos tiempos eran muy pocos los niños que actuaban
en los escenarios, ya que los tachaban de mariquitas y sus padres
queriéndoles preservar no les daban la pertinente autorización para
que pudieran actuar, en el caso de Eusebio era evidente su amaneramiento y él nunca lo negó, pero algunos, formaban pareja con una
chica y se presentaban como novios, a fin de mitigar las habladurías.
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En el caso de Eusebio todos sabían que en aquella pareja solo había
arte a raudales. Eusebio fue el artista más joven, en aquellos años que
pisó los escenarios de Málaga y muchas provincias españolas.
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Alegría - Valderrama
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CAPITULO III
Barcelona.Hacía tiempo que Eusebio estaba pensando en marcharse a
vivir a Barcelona. Le habían contado que en esa ciudad se le abrían
las puertas a los artistas y que podría encontrar allí su gran oportunidad. Como quiera que la madre de Conchita no quería que su hija se
marchara fuera de Málaga, ahora, cuando la pareja se había disuelto,
Eusebio se vio libre para emprender esa nueva aventura.
Una mañana, salía en barco desde el puerto de Málaga, junto
a su amigo Alfonsin, quien quería intentar trabajar en Barcelona como caricato, es decir como cómico. Este le acompañó en la aventura,
con destino a Barcelona. Los ojos de Eusebio se nublaron, porque
aquí dejaba su madre y muy buenos amigos. Cuando el barco comenzaba a alejarse, aquellos muchachos que aún no habían cumplido
los veinte años, comenzaron a llorar y entre sollozos, Eusebio le dedicó una canción a su Málaga de sus amores.
Cuando aquel barco enfiló el puerto de Barcelona, lo primero
que les llamó la atención, fue la enhiesta figura de Colón con su brazo inquisidor, que parecía estar diciéndoles que se marcharan por
donde habían venido.
Al bajar, Alfonsin y Eusebio tomaron un taxi y le pidieron al
taxista que les llevara a una pensión de las baratitas.
Su primera residencia la establecieron en una pensión que
había en la calle Conde de Asalto, una calle que se encontraba en el
centro de la movida en la Barcelona nocturna.
Nada más llegar se dirigió a una sala de fiesta que le habían
recomendado. A esa sala acudió acompañado de una carta de recomendación que le había dado en Málaga, su buen amigo, Miguel de
los Reyes.
A Eusebio y Alfonsin, aquella Barcelona cosmopolita les encantó, estaban felices y maravillados, parecía como su hubiesen llegado al edén del espectáculo. Salas de fiestas, teatros, cines, cabaret
etc. Toda una vorágine de establecimientos que parecían estar di50
ciéndole a aquellos jóvenes ilusionados, que Barcelona se rendía a
sus pies.
La misma noche de su llegada, lo primero que hicieron fue
echarse a la calle y pasear por aquella increíble ciudad, que por la
noche, parecía volver a renacer.
Los dos muchachos se dirigieron a la Sala de Fiestas que le
habían recomendado, con la carta de Miguel en la mano. Hubieron de
esperar a que se abriera el establecimiento, luego entraron preguntando por el dueño de la sala. Eusebio se llevó una sorpresa, dado
que dentro de aquel lugar, se encontró con un buen amigo, artista
como él y que habían coincidido en actuaciones en Granada, se llamaba, Virgilio Azahára. Con la ayuda de la carta de Miguel y la entusiasta recomendación verbal de Virgilio, consiguieron que el dueño
de la sala les hiciera una prueba al día siguiente.
A pesar de sus tablas Eusebio estaba asustado, sabía que se
jugaba mucho en aquella prueba, pero al día siguiente bordó la actuación, bailó un pasodoble titulado “La puerta de Triana”. Su amigo
Alfonsin no tuvo tanta suerte, dado que en aquel local no se realizaban números humorísticos. El pobre Alfonsin quedó abatido, pero
Eusebio con ese corazón que solo tienen los grandes, le animó y le
dijo que no se preocupara, que por lo menos él iba a trabajar y a ganar dinero para los dos y él mientras podría buscar trabajo sin tenerse
que preocupar de los gastos que tuviera.
Eusebio estaba feliz, trabajaba como a él le gustaba, le respetaban y apreciaban su arte. Así pasó muchas noches, trabajando y
divirtiendo al público, un público que curiosamente solía venir de
Madrid los fines de semana para divertirse en la noche de Barcelona.
Un público que según Eusebio, provenía de los abarrotados armarios
madrileños y que los fines de semana se quedaban vacíos. La noche
catalana, se llenaba de baile, cante, artistas, putas, chulos, gentes de
todo tipo y entre estas, una legión de homosexuales.
En aquel remolino de sensaciones y experiencias nuevas, Eusebio tuvo muchas aventuras con distinguidos y conocidos señores,
que por no molestar a nadie, prefiere no decir sus nombres.
Allí conoció a muchos artistas y grandes personalidades del
mundo de la cultura o los negocios.
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Conoció a la actriz de Hollywood, Bette Davis, e incluso estuvo sentado de tertulia con el famoso naviero Aristóteles Onassis.
Cartel del Barcelona de Noche
Las noches de jarana en aquella Barcelona nocturna eran
impresionantes, se sabía cuando se comenzaba, pero nunca se sabía
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cuando iban a terminar. Había una hora de cierre del local, pero el
mismo dueño tenía enfrente de aquella sala de fiestas, un bar, donde
después de terminar en la sala, se iban con algunos clientes a seguir
la parranda de cante y baile. En aquel local, tocaba la guitarra, por
esos años un joven guitarrista al que apodaban “El Pescailla”, ni decir tiene que era el mismo que poco después se casó con la cantante
por excelencia española, la gran Lola Flores.
El pescailla era delgado, de buenas hechuras y de bigote prominente. Cuenta Eusebio, que tenía a todos los mariquitas del local,
enamorados y suspirando por sus huesos.
De igual forma solían acudir a estos locales estrellas del fútbol de entonces, futbolistas que al igual que hoy, se solían dar un
relajo sexual a escondidas con las chicas que les esperaban y que
después de aquella noche loca, no era raro ver a algunos encaminarse
a su casa apenas sin ropa.
Otro de los asiduos de la Barcelona de noche era Antonio
Gades, asiduo en estos establecimientos, donde él había comenzado
su carrera.
En una ocasión en que se encontraba Eusebio junto a Antonio
Gades, éste le preguntó a Eusebio si conocía a una bella joven que
acababa de entrar en el local. Eusebio le dijo que era Paquita Rico y
Antonio le pidió que se la presentara. De aquella reunión salió el
compromiso de trabajar en una película que por entonces se estaba
rodando en Barcelona y en la que intervenían bailaores y cantantes.
Eusebio llegó a participar en algunas escenas de aquella película. Aquello, además de ser para él un gran sueño, suponía un respaldo importante para su carrera artística, por lo que estaba extremadamente ilusionado.
En aquellos años, el séptimo arte era muy apreciado por todos
los públicos y era la forma de hacerse famoso con más rapidez.
Uno de los días que fueron a rodar, le comentaron que habían
sido sustituidos por una pareja de Sevilla, paisanos de Paquita Rico.
Al parecer la quisieron agradar con esto, pero a Eusebio y su pareja
le fastidiaron de gran manera. Tanto es así que Eusebio, cayó en casi
una depresión llegando a contraer una gran anemia que le recluyó en
cama durante un mes. Como quiera que Eusebio necesitaba constan53
tes cuidados, llamaron a Emilia, la madre de Eusebio, quien se personó en Barcelona para atender a ese hijo que tanto amaba. Ahora
Eusebio necesitaba más que nunca de los abrazos de su querida madre.
De su estancia en Barcelona, concurrieron sucesos graciosos
y otros que lo son menos, algunos con tintes claramente dramáticos.
Recuerda Eusebio que un día, después de su actuación en el
Barcelona de Noche, estaban como de costumbre en el local de enfrente, en el que habían montado una jarana de grandes proporciones.
Los clientes eran integrantes del equipo de fútbol del Barcelona, futbolistas que de incógnito y a espaldas del entrenador y del presidente
del club, decidieron echar unas canitas al aire. Aquellos fulbolístas
tenían la costumbre, que tras terminar en el local, se marchaban al su
club deportivo y allí, a espaldas de las autoridades del club Barcelona, montaban unos impresionantes saraos. Como era de esperar, en
aquella ocasión no faltó el cante y el baile, así como tampoco faltaron las chicas. Cuando la fiesta
estaba en lo mejor, acertó a aparecer por el local, el presidente
del Club Barcelona, avisado por
el sereno. Llegó hecho un basilisco y les montó un impresionante
pollo, acabándose de inmediato
aquella divertida algazara.
Hasta ahí todo normal, lo
que no fue normal es que al día
siguiente, estos futbolistas, lejos
de seguir las indicaciones del abnegado presidente, volvieron a las
andadas, esta vez se habían asegurado que el sereno no les acusara y le dieron, para ello, una buena propina.
Eusebio Valderrama con la meEra el año 1949. El local
dalla de la Virgen de Guadalupe
al cuello
disponía de unos palcos reservados para gentes que querían diver54
tirse pero que deseaban permanecer en el anonimato o por lo menos
gozar de una cierta intimidad, lejos de las miradas de las gentes.
Un buen día ese palco fue reservado por un señor y unos amigos suyos. Tras presenciar la actuación que se celebrara en el Barcelona de Noche, aquellos señores, le pidieron al dueño que subiera el
bailarín y dos amigos. Eusebio y dos amigos, subieron al reservado.
El organizador, es decir el que llevaba la voz cantante, era un señor
maduro, de buen porte, agradable en sus maneras y con un acusado
acento mejicano, al igual que sus acompañantes. Vestía un elegante
traje de alpaca oscuro, lo que denotaba que no era cualquier persona,
aquel hombre era alguien importante.
Cuando Eusebio y sus amigos subieron al reservado, sabían
muy bien lo que estros señores querían, pero también ellos sabían a
lo que iban.
Aquellos tiempos eran muy duros y aunque tenían trabajo, sus
sueldos lo tenían que suplementar con los regalos que algunos clientes les hacían.
Aquel enigmático caballero mejicano, pidió champagne, pero
no cualquiera, exigió que fuera Don Perignón. Pasaron la velada de
forma muy agradable, tanto que Eusebio estaba prendado del porte y
la gallardía de aquel hombre moreno y de simpático bigotito, que le
había regalado el oído haciéndole un sin fin de piropos.
La velada terminó y Eusebio pensó que allí acababa todo,
pero este hombre le preguntó que tenía que hacer para reservar aquel
palco y Eusebio se encargó de todo. Su sorpresa es que lo reservó
para todo un mes y durante ese mes fue asistiendo él solo a aquel
reservado para verse con Eusebio. Incluso llegó a proponerle que se
fuera con él a México, que allí no le iba a faltar de nada, pero a Eusebio aquello de irse fuera a vivir una incierta aventura no le atraía
demasiado.
El último día en que se vieron, aquel hombre le pidió a Eusebio que fuera al día siguiente, acompañado de una chica de su confianza, para no despertar sospechas, a las cinco de la tarde, al hotel
donde se alojaba porque quería hacerles un buen regalo.
Aquel magnífico hotel, se encontraba frente al Teatro Liceo
Barcelonés
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Eusebio, pensaba que era allí donde aquel hombre quería rematar la faena, pero él sentía un cariño especial hacia aquel ser, que
no le había prodigado más que atenciones y buenas propinas.
Acompañado de su gran amiga Blanca, llegó al hotel. Después de unos momentos, los dos vieron bajar por las escaleras del
hotel a su anfitrión. Sus caras palidecieron, sus expresiones se tornaron en un poema, las bocas las tenían abiertas, a consecuencia del
asombro y la sorpresa que se llevaron, al fin aquel enigmático ser se
mostró tal como verdaderamente era.
Por aquellas escaleras bajó el mexicano, luciendo hábitos de
integrante de la alta curia mexicana. Cuando él estuvo frente a Eusebio y Blanca, no pudo reprimir una exigua sonrisa, consciente del
choc que ambos habían sufrido con su aparición.
El mexicano, se metió la mano en el bolsillo y sacó de él una
medallita de la Virgen de Guadalupe, una medallita que no era corriente; era de oro e iba bordeada de brillantes. Le pidió con todo
agrado que se quedara con ella, que la Virgen le traería suerte.
Hay que decir que con el tiempo, aquella medalla, fue empeñada, para subsanar alguna de las tantas necesidades que tenían por
aquellos duros años.
Cuando volvió se enteró de que había reservado el palco, una
semana más y sobre la mesita, una botella del famoso Don Perignón,
con una nota que decía, “para que no te olvides de mí”.
Más tarde, Eusebio se enteró que aquel hombre había estado
en Barcelona, asistiendo a un Congreso Eucarístico que en aquel año
se celebró en la Ciudad Condal. Algún tiempo después, Eusebio seguía recibiendo cartas de él e invitaciones a ir a México.
Una noche en el Barcelona de Noche, ocurrió una cosa curiosa.
A la sala había entrado una pareja formada por un conocido
torero de entonces y una guapa chica. Eusebio, se vio atraído y cautivado por la prestancia de aquel gallardo matador de toros. Era joven,
apuesto, en definitiva, un efebo que dislocó los sentidos de Eusebio.
Después de la actuación, le invitaron a subir al palco reservado para
felicitarle. Éste encantado subió y estuvieron un buen rato de entretenida y agradable charla. La Chica que acompañaba al torero era muy
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resuelta y no hacía más que hacerle preguntas un tanto insidiosas y
personales a nuestro artista. En un punto de la conversación, le preguntó a Eusebio si era homosexual, él le contestó, como no podía ser
de otra manera de forma afirmativa, ella insistió: ¿Entonces no has
hecho el amor con ninguna mujer?. “No eso es superior a mis fuerzas”. Contestó
Ella continuó su interrogatorio:
¿No serías capaz de hacer el amor conmigo? “Imposible”, respondió.
“Y con mi novio, ¿serías capaz?”. “No solo sería capaz, sino que me
encantaría”. Le contestó de forma socarrona.
La chica que era bastante atrevida, le comentó algo al oído al
torero. Los dos rieron en un gesto de complicidad, luego le hizo a
Eusebio una insólita propuesta: “A mi no se me ha resistido nunca un
hombre y yo soy capaz de hacer que tu hagas el amor y disfrutes
conmigo”. Eusebio sabía que para él eso era imposible.
Ella continuó: “Te propongo una cosa. Si te acuestas conmigo y no eres capaz de hacer el amor, te dejo que lo hagas con mi
amigo”.
Eusebio sabiendo que tenía la apuesta ganada de antemano,
aceptó de muy buen grado, aquella aventura.
Una vez terminado su trabajo en el local, los tres se fueron en
el coche del torero, a un curioso hotel que había en el barrio de Pedralbes. Un hotel que se había dedicado, desde la más absoluta discreción, a ofrecer a su selecta clientela, todo aquello que sus fantasías
sexuales quisiesen demandar. A través de un jardín, entraron el garaje del hotel. Allí un ascensor les invitaba a pulsar al piso que quisieran ir, pero con la particularidad que no se hacía mención a las plantas y sí a la decoración de las mismas, de ese modo estaban reseñados, El Salón Chino; Salón Oriental; Salón Caribe y Salón Parisién.
El torero le preguntó a Eusebio: ¿A cual quieres subir?, la respuesta
de Eusebio no se hizo esperar. Al Parisién, que es un país donde hay
amor libre.
Al momento los tres estaban en uno de aquellos confortables
dormitorios, de sobra conocidos por muchos de los famosos de la
época. El torero entró en el cuarto de baño, para darse una ducha,
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mientras aquella atractiva chica se dedicaba en hacerle sentir algo,
que Eusebio sabía que era imposible que ella lograse.
La chica empleó sus habilidosas dotes de seducción, haciendo
patente sus habilidosas artes. Lentamente se mostró desnuda ante él.
Sus prietas carnes y sus turgentes senos parecían invitar al desenfreno total, pero después de un buen rato en que la chica, empleó
todas sus habilidades, hubo de convencerse de que aquello era una
misión imposible. Rindiéndose, llamó al torero, diciéndole: “Lo siento querido, pero he perdido la apuesta”. El torero reía como haciéndole ver que aquello era normal que ocurriera.
Cuando salieron los tres de la habitación, la chica le preguntó
a Eusebio: Qué ¿te ha gustado? Eusebio en unos de sus arranques le
contestó sin parpadear y mirando al torero tiernamente: “Esta ha sido
la mejor faena de tu vida, si yo fuera el presidente, no te daba las
orejas y el rabo, te daba el toro entero”.
Como es natural se omite el nombre del torero, que por aquellos años era muy famoso y estaba de moda en España y en un país
de Hispanoamérica de donde es natural.
De aquel encuentro, Eusebio guarda con cariño una foto dedicada, que tanto antes como ahora, haría las delicias de la prensa del
corazón y que solo unos pocos, como el que esto escribe, han podido
ver. Esas fotos y esos recuerdos, donde no faltan nombres y apellidos
de famosos, se quedarán para siempre en el cajón de lo inconfesable,
no porque a él le preocupe que se sepan las cosas, lo hace para salvaguardar a las personas que una vez le dieron su amistad y cariño.
Eusebio antepone su honradez a los pingües beneficios que la declaración de esos nombres podría acarrearle en cualquiera de las cadenas de televisiones de ahora.
Trabajando y viviendo múltiples anécdotas fue pasando sus
años en Barcelona, una Barcelona de noche, de Barrio Chino, de
Ramblas noctámbulas con aromas rosas y claveles marchitos, de gentes curiosas, de artistas, de putas, de mariquitas, en definitiva de gentes que luchaban por sobrevivir en una España dura y atrasada, en la
que aún faltarían muchos años para que se disiparan los nubarrones
de la intolerancia y los fanatismos.
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Pepe, su amigo, su hermano.Hay que decir en honor a la verdad, que Eusebio siempre tuvo
la suerte de estar acompañado de personas que le querían y que le
prestaban la ayuda que necesitase a la par que él hacía lo mismo. Una
de aquellas personas que siempre han estado a su lado y que hace
enternecerse a Eusebio cada vez que rememora las vivencias vividas
por ellos, es su amigo y su hermano del alma, Pepe.
La primera vez que vio a Pepe, fue de una manera casual.
Una prima de Eusebio que se llamaba Lola y que era especialmente
guapa y aparente a la que podríamos calificar de extraordinaria por
sus muchas cualidades, era amiga de Pepe y de otro al que llamábamos Sánchez. Cada tarde merendaban en la casa de su tía Eladia,
madre de Lola y tía materna de Eusebio. Aquella casa era la casa
donde se fueron a vivir, cuando su madre se quedó viuda. Su tío se
volvió loco y al poco tiempo murió. También su tía Lola, la mujer de
su tío Ezequiel y madre de Celedonia, se volvió loca y falleció al
poco tiempo.
Un día que volvía a la casa de sus tíos, después de haber estado en el colegio, fue a darle un beso a su prima Lola, a la que quería
especialmente y a la que no podía pasar un día sin que le diera un
beso. Conforme Eusebio se iba acercando a la casa, unas rítmicas
notas, provenientes de unas castañuelas se dejaban oír cada vez con
más claridad. Aquello dejó paralizado a Eusebio, ¿qué era ese sonido
que a aquel niño le parecía tan fascinante?.
Eusebio se presentó donde estaba su prima y Pepe, que era
quien tocaba las castañuelas. Aquel niño de apenas unos cinco años
se mostró impresionado ante tal derroche de arte, que para él era algo
totalmente novedoso. Lola le miró al igual que hizo Pepe. Pepe le
preguntó, ¿Niño, qué te ha pasado en la cara?
Eusebio, tenía la costumbre de coger unos papeles que iban
tintados de rojo y untándole saliva hacía que se desprendiera el color
y él que ya mostraba sus tendencias femeninas, se daba coloretes,
con bastante profusión en los carrillos y los labios, tanto que quedaba
un tanto grotesco.
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Junto a Pepe había otro joven que cantaba, eran casi dos niños
pero con mucho arte. Pepe después de preguntarle aquello de la cara
le dijo a su prima: ¿Este niño es mariquita?
Su prima que siempre salía en defensa de Eusebio, le recriminó a Pepe: Parece mentira que digas eso de un niño de cinco años.
Pepe le contestó: “Un niño que se pinta la cara y los labios es, mariquita, seguro”.
Los dos jóvenes sabían de lo que hablaban ya que ellos eran
también homosexuales. Pepe siempre estuvo al lado de Eusebio y al
Eusebio, junto a su amigo y hermano del alma Pepe Sánchez
que llamaban Sánchez, le perdió de vista. Con el tiempo supo que
este joven se había hecho sacerdote y estaba ejerciendo de cura en
Zaragoza.
Cada día, salía corriendo de la escuela para ir a casa de su
prima y reunirse con aquellos dos jóvenes, para escucharles cantar y
beber de su arte. Él no sabía, por su corta edad, que era todo aquello
de mariquitas y homosexuales, él solo sabía que disfrutaba como un
enano escuchando cantar y viendo bailar a aquellos jovenzuelos. Un
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día, aquellos jóvenes dejaron de ir y Eusebio se apenó bastante. Después llegaría la comentada Guerra Civil y pondría más distancia entre ellos, tanta que incluso llegaron a perderse de la pista, sin saber
donde se encontraban o que había sido de cada uno de ellos.
El reencuentro de Eusebio fue muy curioso. Él se encontraba
actuando como gran artista profesional, en una sala de moda y muy
famosa en Zaragoza que se llamaba Oasis. Un día apareció Pepe, que
entonces ya se llamaba Pepe Montes y la alegría del reencuentro fue
enorme. Con aquellos abrazos y aquellos besos de alegría, firmaron
un pacto sin papeles, ni notarios que lo certificaran, firmaron su
unión como amigos de por vida. Más tarde llegaron a trabajar juntos.
Lo hicieron en Málaga en el teatro cine Avenida en un programa que
se llamó Cara a Cara. También llegaron a actuar en el Paralelo de
Barcelona. Aquella magnífica relación de amistad continua en la actualidad, son más que amigos, son familia, esa familia que se hace a
fuerza de roce y cariño. Tengo que decir, como amigo de ambos, que
Pepe y Eusebio son totalmente diferentes, son el Alfa y el Omega, la
cara y la cruz de una misma moneda, pero quizás sea esa la razón que
les hace ser tan amigos. Por si alguien lo está pensando, hay que
aclarar que entre ellos, después de tantísimos años juntos, no existe
nada más que una sincera y demostrada amistad, pero nunca han
compartido cama o sexo. Pepe es Cáncer y Eusebio Piscis, como
podrán comprobar son dos signos muy diferentes.
En Barcelona, Pepe estaba viviendo en la casa de una bailarina catalana y que actuaba con Pepe en uno de sus exitosos números.
A ella le salió un contrato para actuar en Gibraltar durante un año,
por lo que Pepe se quedaría solo en el piso. Ella le propuso a Pepe
que le alquilara una habitación a algún amigo y así se ayudara a costear los gastos de la casa. Al poco tiempo, Eusebio dejaba la pensión,
donde se sentía incómodo y se trasladaba, muy ilusionado a aquella
casa de verdad y junto a su mejor amigo. En aquella casa de la Calle
Conde de Asalto, se fueron a vivir, su amigo Adolfin, Pepe Montes y
Eusebio, una casa de locas malagueñas en un edificio habitado por
desabridas familias catalanas.
En relación a esta calle y este piso, narraré unos hechos curiosos más adelante.
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CAPITULO IV
De vuelta a Málaga.Después de seis meses en Barcelona, Eusebio sentía una especial añoranza por volver a su Tierra. Era el mes de febrero de
1950, tenía casi 21 años.
Eusebio y sus amigos le pidieron permiso al dueño de la sala
para acompañar a Málaga a su madre, ya que ésta desde que llegó a
Barcelona para cuidar de Eusebio, no había vuelto ver Málaga, ni a
ver a sus hijos y familia. El dueño del local, un hombre simpático les
dio el correspondiente permiso, advirtiéndoles que no podían estar
ausentes más de un mes. Ellos, estando de acuerdo, le agradecieron
de gran manera las atenciones que tenían para con ellos y se dispusieron a marchar.
Llegó el día que todos partieron para Málaga. Esta vez no lo
hicieron en barco, viajaron en tren y en vez de hacerlo en tercera, lo
hicieron en segunda, no había cambiado su condición de emigrantes,
la única diferencia era que ahora lo eran, pero con trabajo. Tampoco
esta vez iban cargados de maletas, con los vestuarios de artista etc.,
ahora solo llevaban un pequeño baulito de lata, donde llevaban todo
lo necesario.
Adolfín era uno de los que se vinieron para Málaga, pero a
diferencia de ellos, él lo hacía para quedarse en la ciudad. No había
tenido suerte como cómico. Aquel número cómico de vendedora de
lotería, que tanta gracia les hacía en Andalucía, en aquellas tierras
catalanas parece que no acabó gustar y no terminó por ser aceptado
por el público. Eusebio siempre ha pensado que la vida, a veces, muchas veces, es injusta y con Adolfín, lo fue. Puede que este cómico
no fuera de primera fila, pero era lo suficiente artista como para que
alguien le hubiera contratado algunos bolos por los pueblos o en salas de segunda fila etc.
La suerte de Adolfín no estuvo en los escenarios pero si en
sus amigos, esos que nunca le abandonaron y que siempre le estaban
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dando dinero y regalos, especialmente le animaban para que no se
sintiera mal.
Aquel tren llegó a Málaga, la locomotora resoplaba como un
toro viejo, después del largo viaje. Por sus narices expelía una gran
oleada de vapor y humo, que hacía que la estación se nublara a la
vista. Eusebio, su madre y sus amigos miraban con ahínco queriendo
ver, por entre aquella cortina blanca, a alguien conocido, cuando esta
se esfumó, por entre aquella efímera nube comenzaron a dejarse ver a
amigos y familiares, que como querubines en lo alto de una nube
saltaban y agitaban con ganas sus brazos queriendo que Eusebio y
sus amigos se percataran de su presencia. Al bajar del tren todo fueron abrazos y besos, allí se habían congregados los hermanos de Eusebio, la hermana de Pepe y una trouppe de enfervorizados amigos
de los tres, que no les dejaban ni respirar. El comentario más oído era
el que hacían sobre Pepe y Eusebio: “Qué guapos y qué modernos”.
También, otro comentario fue el de: ”Eusebio, qué gabardina más
bonita llevas”.
Ya todos habían llegado y visitado a los parientes, todo parecía volver a la normalidad. Al poco tiempo, el día 28 de febrero se
celebraba el 21 cumpleaños de Eusebio y lo celebraron por todo lo
alto, es decir en la casa de unos amigos que vivían en el barrio de la
Trinidad. No faltaron ni tan siquiera los regalos que recibió de sus
amistades de Barcelona.
Eusebio pasaba el tiempo visitando a amigos y amigas, como
Conchi con su novio Juani. Pepe de los Ríos, al que llamaban “El
Gambi”, aquel niño que le acompañó en su primera aventura, se unió
a ellos y los tres iban juntos de un lado para otro, pasándolo lo mejor
que podían. El Gambi era bailarín de poca fortuna; había formado
pareja con una muchachita que al poco falleció por culpa de una tuberculosis, luego él cayó en una media depresión y dejó de bailar y
ellos, creyendo en su arte, le aconsejaron que les acompañaran a Barcelona.
Hay que decir que Pepe de los Ríos “El Gambi”, aunque la
fortuna le era adversa, era un bailarín excepcional que bailaba, la
coreografía de la Opera Carmen de Biset, como pocos.
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Ya se iba acercando la hora en que Eusebio y Pepe se debían
marchar a su Barrio Chino barcelonés y agotaban de la mejor manera
que podían aquellos últimos días que les quedaban.
Un día, un amigo de Eusebio, que se encontraba en Valencia,
se enteró de que éste estaba en Málaga y ni corto ni perezoso se vino
a Málaga con unos amigos que querían conocer a Eusebio, ya que en
Valencia habían oído hablar mucho de él. Aquel amigo se llamaba
“Rafaelito Conde, El Titi”. Éste le presentó a un amigo suyo que era
bailarín y cancionero y que decía que él era como Eusebio en sus
comienzos.
Paella en el Monte Coronao
Eusebio estaba ya casi a punto de tomar el tren para volverse
a aquel mundo de luces y de sombras, de juergas y penas, un mundo
que desde fuera podía parecer divertido, pero que desde dentro, solían tragarse muchas lágrimas.
A fin de hacer una despedida en condiciones, Eusebio organizó una paella en el Monte Coronado. A la falda de este monte, que
entonces estaba rodeado de vídes y chumberas, donde el sonido de
aquel escenario campestre lo ponían los gallos de las granjas cerca64
nas o los gorriones que les acompañaban por ver si les robaban alguna miga de pan, se reunieron los amigos de Eusebio y Pepe y el
nombrado “Rafaelito”, al que llamaban, la segunda “Comina”, dado
que la primera “Comina” era Eusebio que le llevaba diez años a “Rafaelito”. Eusebio era inmensamente feliz, incluso llegó a pensar si
tanta felicidad tuviese un final. Bueno sabía que se iba a Barcelona,
pero él, eso es lo que quería, no obstante, ignoraba que le estaba rondando y envolviendo, el halo hediondo y fatal de la mala suerte.
Le habían comentado que en el teatro cine Capitol, actuaba un
amigo suyo llamado Juanito Peña, un joven cancionero con una voz
privilegiada, pero con poca gracia en sus movimientos y maneras, era
un artista a medias, le faltaba ese otro don que Dios otorga a los elegidos y que algunos llaman, gracia ángel o salero. Un artista que le
falte voz o salero es un artista a medias. El padre de Juanito tenía una
mercería en el barrio de la Trinidad, lo que le daba para ayudar a su
hijo, en sus ilusiones como artista.
Aquel día, fue el día en que a Eusebio se le marcaría la fecha
a sangre y a fuego en su generoso corazón. Por la mañana sacaron los
billetes para el tren de Barcelona, que salía al día siguiente. Un viaje
que compartirían, Eusebio, Pepe Montes y Pepe de los Ríos.
No se resistían a abandonar el día y con ello la última noche
en Málaga. Aquella última noche, habían sacado unas entradas para
ver a Juanito Peña, pero tuvieron que ir a la casa de Conchi a cenar
dado que le habían organizado una fiesta de despedida. La fiesta,
como era de esperar fue encantadora, pero llegado el momento de
marcharse y cuando salieron a la calle, decidieron ir a ver a Juanito
Peña, a pesar de la hora que era, por lo menos aprovecharían el segundo acto.
Cuando llegaron, las luces brillaban en la noche de los artistas, en el escenario Juanito Peña lanzaba sus armoniosos gorgoritos a
la par que un guitarrista hacía vibrar su guitarra con arpegios de hadas encantadas.
Los tres muchachos entraron y buscaron sus localidades, que
eran numeradas. Las localidades estaban ocupadas, pero después de
presentar las entradas, les dejaron los asientos libres, excepto uno
que estaba ocupada por una señora de prominente culo y magra figu65
ra, que les pidió con toda amabilidad, si la podían dejar en ese sitio,
que le dolían las piernas y para ella era muy dificultoso el desplazarse. Como era de esperar aquellos jóvenes no vieron inconveniente
alguno y como ellos, al contrario que la señora, lucían un culillo y
cinturita de esas que dicen de avispa, decidieron sentarse juntos en
una misma localidad. A pesar de estar un poco incómodos en un
mismo asiento, decidieron aguantar, al fin y al cavo aquella segunda
parte no tardaría mucho en concluir.
Las gentes les miraban con curiosidad, porque iban vestidos
muy modernos, especialmente Eusebio, que lucía una magnífica gabardina con un montón de bolsillos.
Cuando en el escenario el telón tocó las tablas y las luminarias artificiales de aquel teatro se encendieron, todos se dispusieron a
salir a la calle y los tres amigos hicieron lo propio. En ese momento
en que se disponían a salir por el vestíbulo, camino a la calle, unos
policías secretas les hicieron una señal con el dedo para que se acercaran. Hay que decir que aquel gesto con el dedo del policía, le ha
acompañado en su mente y es un gesto que Eusebio detesta desde
entonces. Cuando estaba al borde de la puerta, Pepe Montes, que se
olió lo que iba a pasar, salió corriendo sin que lo pudieran atrapar.
Aquellos dos fornidos policías agarraron como si nada a Eusebio y la Gambi y les dijeron con voz amenazadora: “Ahora se os va
acabar el mariconeo”.
90 días en la cárcel.Los policías les agarraron. A Eusebio, el policía le metió un
dedo por una de las presillas de la gabardina y tirando hacia arriba,
casi lo levanta del suelo, a Pepe, “El Gambi”, que tenía por costumbre llevar la gabardina por encima de los hombros, el policía lo cogió
de las hombreras. En ese momento Pepe asustado se agachó y asustado salió corriendo como una liebre sin que el policía lo pudiera
agarrar. El policía se quedaba, solo con la gabardina en sus manos.
Al momento llegaron dos guardias más que habían ido tras Pepe
Montes sin conseguir cogerle, venían de “mala leche”.
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Eusebio estaba conmocionado por lo que se había liado en un
momento y de lo que él no tenía culpa alguna. Él estaba extremadamente asustado, no podía ni tragar saliva, eran tantas cosas las que le
estaban pasando a la vez que no podía casi ni digerirlas. Para rematar
aquel caos estúpido, no faltaron las gentes que al salir del teatro hacían chuflas y se reían de aquel pobre mariquita que nada había hecho. Otros no se reían pero eran peores, decían barbaridades y le acusaban de un sin fin de degradaciones que a Eusebio le dolió de tal
manera, que aún hoy retumban aquellos insultos en sus oídos.
Sacaron a Eusebio del cine, como si hubiesen capturado a un
perseguido criminal, de malas maneras, a empujones y algún tortazo
fue a parar a la cara huesuda de Eusebio. Él no paraba de llorar, entre
llanto pedía que le dijeran que era lo que había hecho. Desde calle
Mármoles al Palacio de la Aduana, que era donde estaba la comisaría, lo llevaron a empujones a la par que le iban insultando.
De entre lo que él iba oyendo de los policías, dedujo que todo
era porque ellos se habían sentado dos en el mismo asiento, para hacer lo que fuera, que sus enfermizas mentes pensaron que estaban
haciendo.
Eusebio, convulsionado por el maltrato físico y psicológico
que estaba recibiendo, trataba como un naufrago que lo ve todo perdido, aferrarse a una exigua tabla de salvación, intentaba sin éxito y
sin que apenas le oyeran, explicar que los dos estaban juntos en el
asiento porque no quisieron hacer que se moviera la pobre gorda del
teatro.
Desaliñado, vilmente ultrajado, como si un huracán hubiese
pasado por encima de Eusebio, éste fue metido de un empujón en un
calabozo oscuro y mal oliente.
Una nimia mirada le bastó para ver que estaba rodeado de
ladrones, criminales, putas, muchos pobres mariquitas y tal vez algún
inocente como él. Eusebio no tenía consuelo y el miedo le ahogaba
sin dejarle apenas respirar. Eusebio lloraba y lloraba y de vez en
cuando se le acercaba alguno de los que había allí y le preguntaban:
¿Qué has hecho tú? Y Eusebio lloraba con más ganas. Incluso pudo
observar como algunas de aquellas mariquitas, pintarrajeadas, se
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acercaban a él y comenzaban a mal imitar cantando y bailando a Juanita Reina o a Doña Concha Piquer.
Al cabo de una hora entró un enorme policía que lo cogió de
un brazo y lo llevó casi suspendido en el aire delante del comisario
que se encontraba en otro calabozo, a solas.
Nada más verle, se puso delante de él y le propinó dos sonoros guantazos que resonaron en su cabeza como dos bombas. No sabe por qué, pero en aquel momento se acordó de las dos bofetadas
que Glend Ford le dio a su famosa Gilda. Tras estos guantazos le
dijo: “Ahora mismito me estás diciendo donde viven los otros dos
maricones”. Eusebio con más miedo que otra cosa y sabiendo que si
cogían a sus amigos lo pasarían peor, movió la cabeza de un lado a
otro en señal de negación. Otras dos bofetadas sonaron en aquel pequeño habitáculo de poco mas de quince metros cuadrados.
“Me parece que de esta no sales vivo, maricón”. Dijo aquel
innoble policía.
Eusebio, con dificultades para articular palabra y apenas sin
Cárcel de Málaga
que se le entendiera le respondió, con ese valor o ese miedo que les
hace, a los desesperados, ser osados: “Me puede usted pegar hasta
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matarme, o pegarme un tiro si quiere, pero no conseguirá que le
diga quienes eran o donde viven, porque no los conozco, ellos estaban en el teatro cuando yo llegué”.
El primer puñetazo lo recibió el estómago, luego en el suelo,
siguió recibiendo un sin fin de patadas en el vientre y en la cabeza.
Eusebio se convirtió en un pequeño juguete en manos de aquel innoble grandullón.
Después de aquella paliza, era inútil que le preguntaran, estaba inconsciente y reventado a golpes.
Tras de pasar veinticuatro horas en el calabozo, decidieron
ingresarlo en la cárcel de Málaga, la cárcel que está en la barriada de
Santa Julia.
Curiosamente Eusebio, vive en una casa cercana a aquella
cárcel de tan tristísimos recuerdos y cada día la ve, y ve ahora desde
afuera, los barrotes de aquella ventana que durante tres meses, fue
testigo mudo de sus miedos, de sus soledades y de sus ríos de lágrimas.
Durante aquellas veinticuatro horas, corrió de boca en boca
que Eusebio Valderrama, el de Alegría – Valderrama, estaba detenido en los calabozos de la comisaría. Como quiera que él había actuado gratis para la policía, los bomberos etc., en actuaciones benéficas
a favor de los huérfanos de la guerra, tenía el favor y la gratitud de
muchos policías, que en su gran mayoría era y son gentes de bien.
Eusebio, a pesar de todo, no deja de aclarar que en todo cesto de garbanzos hay uno negro y no por esos todos los garbanzos son malos.
Estos policías se interesaron por él e incluso indignados por el motivo por el que lo habían encarcelado quisieron mediar, pero la actitud
de aquel terrible comisario hizo que, a pesar de todos los esfuerzos,
nada se consiguiera. El comisario aludía a que ya se había tramitado
el escrito de ingreso en prisión y ya nada se podía hacer.
Casi sin poder mantenerse en pie, como un pingajo, sacaron a
Eusebio y lo metieron en un furgón de la policía; su destino, la cárcel.
Cuando entró en la cárcel, ayudado por dos agentes, un funcionario se limitó a decirle sin mirarle a los ojos: “Tienes 90 días de
prisión”.
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En su casi inconsciencia y por lo que le dijeron los policías
que le fueron a visitar al calabozo, pensaba que lo más que tendría
que penar, serían unos quince días, por eso cuando le comunicaron
aquella sentencia, él pensó de inmediato que ese sería su fin, que
jamás saldría vivo de allí.
El funcionario le leyó cual eran las alegaciones de culpa, el
texto decía: “Por escándalo público, por inmoralidad, por desobediencia a la autoridad y por maricón”.
A Eusebio le dolieron los golpes que le habían infringido, le
había dolido la impotencia ante tan grande injusticia, le habían dolido
las burlas de las gentes, pero el dolor más grande lo sufría, cuando
cada tres días venía a visitarle su pobre madre, una madre curtida en
el dolor, que hacía lo indecible para llevarle un trozo de alegría a su
hijo, que estaba pasando tan duro trance.
La primera vez que su madre le vio dentro de aquel inmerecido encierro, los dos rompieron a llorar desconsoladamente. Las férreas rejas del ventanuco mediaron entre las dos mejillas, mejillas
que a duras penas encontraron aquel tan deseado dulce roce maternal.
Entre sollozos, Eusebio no podía olvidarse de sus amigos por lo que
le pidió a su madre que les dijera, que salieran corriendo para Barcelona, que no le esperaran, que de esa manera él se sentiría más tranquilo. Una fría mañana de Marzo, Pepe Montes y Pepe de los Ríos
(El Gambi), partían escondidos en un tren, hacia Barcelona. Ellos se
marchaban porque no tenían más remedio, pero sabían que su corazón se quedaba en aquella celda de la cárcel de Santa Julia.
Era habitual que a los nuevos presos, los tuvieran incomunicados las primeras cuarenta y ocho horas. Eusebio cumplió aquel
precepto, pero ocurrió que la primera noche que pasaba en aquel desabrido lugar, a media noche Eusebio escuchó el descorrer de un cerrojo, lo que le hizo estar alerta. La puerta de su celda se abrió y ante
él, se presentó el carcelero de noche, que se había enterado que habían encerrado a un maricón, por lo que pensó que se podría aprovechar de él. Delante de Eusebio, aquel asqueroso carcelero, se bajó los
pantalones mostrándole sus órganos sexuales. Eusebio saltó como un
tigre, a pesar de tener sus fuerzas menguadas y comenzó a gritarle
como una loca, como un poseído. “Salga de la celda o me pongo a
70
chillar”. Aquel carcelero se asustó y salió inmediatamente a la par
que se subía nerviosamente los pantalones. Mucho tiempo pasó Eusebio pensando lo curiosa que era la vida; de modo que lo habían
metido allí por supuesta inmoralidad y ahora uno de aquellos defensores y custodios de las buenas maneras lo había querido violar.
¿Qué curiosa es la vida?
Los miedos de Eusebio, hacia lo que él creía que se iba a encontrar en la cárcel, se fueron mitigando. Se llevó la sorpresa, que
pese al terrible pelado casi al cero que le había dado y a todo lo demás, aquella cárcel, no era tan terrible como él se había imaginado.
Pasó como pudo, los noventa días encerrado junto a otro preso, pero
no fue tan mal. Lo que peor llevaba y lo que paradójicamente necesitaba como el respirar, era el ver cada dos o tres días a su pobre madre. Una mujer valiente que se sobreponía y le daba ánimos a aquel
hijo, que ella veía tan desvalido.
A través de su madre y de los amigos que iban a visitarle,
sabía de sus amigos. Que su amigo Pepe de los Ríos, estaba trabajando en el Barcelona de Noche. Como era peligroso decirle al dueño
del local, que Eusebio estaba en la cárcel, porque aquello le podría
cerrar las puertas de las salas de fiestas, le dijeron que había sufrido
una operación de apendicitis, poco antes de volver a Barcelona y que
se había quedado reposando hasta que se curara.
Cuando Eusebio cumplió aquella injusta condena, le estaban
esperando en la calle, sus hermanos y amigos, la madre se quedó en
su casa porque sentía que le iban a faltar las fuerzas cuando viera a
su hijo salir de la prisión. Cuando Eusebio entró en su humilde casa,
su madre y él se abrasaron en un abrazo tal que parecía se fueran a
fundir los dos cuerpos.
Después de que saliera libre, Eusebio se metió en la casa y
por nada salía a la calle. El que quería verlo tenía que ir a su casa y si
quería leer el periódico, mandaba para que se lo llevaran. Por allí, por
aquel cuchitril donde vivía, pasaron muchos amigos que no querían
que él se sintiera solo, entre ellos Rafael Conde “El Titi”.
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Antoñita Vidal.Ya tenía todo preparado para volverse a Barcelona, pero unos
días antes sucedió algo que volvió a hundir a Eusebio. A él le gustaba leer el desaparecido periódico de sucesos El Caso, y uno de esos
días en que se encontraba leyéndolo, se fijo en una noticia, que primero le dejó incrédulo y luego le hizo llorar amargamente.
La noticia hacía referencia a la muerte de una joven bailarina
de Barcelona, quien se había abrazado al prendérsele el vestido que
llevaba para su actuación.
La joven tenía solo diecinueve años, se llamaba Antoñita
Vidal y actuaba en la Sala de Fiestas La Moga, en el barrio de Pedralbes.
Antoñita
Vidal
era la hermana de su gran
amiga Blanca. Esta, tenía
un nudo en la garganta y
como pudo, cuando vio a
Eusebio le contó lo que
había pasado.
Aquella fatídica
tarde tenía que actuar
como bailarina una amiga de Antoñita, pero ésta
se sintió indispuesta y le
pidió a Blanca que buscara a alguien que la sustituyera. Blanca se lo dijo
a su hermana Antoñita y
ésta de buen grado aceptó la sustitución. Una vez
terminado el número,
bajó del escenario y se
encontró con un amigo
Eusebio con Antoñita Vidal
que estaba tomando unas
copas en la barra de la sala. Sin darse cuenta se le cayó el cigarro a
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aquel hombre entre los pliegues del vestido de Antoñita. Aquel era
un vestido muy ceñido y confeccionado con lentejuelas y elementos
sintéticos altamente inflamables. En unos momentos de la conversación Antoñita notó un fuerte olor ha quemado y volviéndose, como
queriendo ver la procedencia del fuego, vio como su vestido se prendía en llamas. Ella, asustada salió corriendo, con lo que las llamas se
avivaron. De nada sirvió la rápida intervención de los camareros que
le vaciaron cubos de agua o la de aquel hombre que intentó apagar
las llamas a golpes de chaqueta.
Antoñita Vidal quedó muy mal, estaba totalmente quemada.
Recuerda Eusebio, como unos meses antes, fueron a un cine,
a esos que por entonces llamaban “cines de la golfa”, porque comenzaban a proyectar las películas, cuando las Salas de fiestas cerraban
sus puertas, eso que ahora se llama “la hora golfa”.
Fueron al cine, Eusebio y unos amigos y Blanca con su hermana Antoñita. Ésta estaba sentada junto a Eusebio. La película en
cuestión era Juana de Arco, que interpretaba Ingrid Bergman. Antoñita que era una joven muy modosita e impresionable, se pasó toda la
película cogida a la mano de Eusebio, salvo cuando llegó la escena
de la hoguera, en que ella, impresionada se tapó la cara. Luego a la
salida comentaba horrorizada: “Qué muerte más terrible tiene que
ser morir quemada”. Nada les hacía sospechar que meses más tarde,
ese sería su trágico final.
Su caso no era excepcional, unos meses antes había fallecido
otra chica en las mismas circunstancias y es que aquellos vestidos
estaban realizados con una especie de celuloide que les daban prestancia, pero que eran extremadamente combustibles.
Blanca pasó los últimos días de vida junto a su malograda
hermana. A Antoñita la llevaron a la unidad de quemados de un hospital de Barcelona, que estaba atendido por monjas. Allí le intentaban, sin mucho convencimiento, curar tan terribles secuelas que le
habían dejado las llamas. Antoñita estaba vendada e inmovilizada,
pero mantenía la conciencia. Ella no hacía nada más que preguntarle
a Blanca: “Dime Blanca ¿me he quemado la cara?” Blanca le respondía siempre igual: “Que no, que no te preocupes que la cara la
tienen perfectamente”.
73
Una mañana que la fueron a sondar, la monja que procedía a
ponerle la sonda hizo un comentario un tanto estúpido y cruel, si tenemos en cuenta en las condiciones en que se encontraba la paciente.
La monja dijo: ¡Anda que raro, pero si es virgen y eso que trabaja en
un cabaret! De la manera que dijo aquella estupidez, daba entender
que cualquier chica que trabajaba en un cabaret era, irremisiblemente
puta. Puede que aquella monja hiciera ese comentario sin ánimos de
ofender y que fuera solo el resultado de su estupidez, pero eso hizo
que Blanca, que llevaba aguantando mucho tiempo aquel dolor contenido, saltara como una leona e increpara a la poco afortunada monja.
En aquellas salas
de fiestas habían de todo,
gentes virtuosas y gentes
que no lo eran para nada,
pero era más la fama que
tenían aquellos establecimientos, que para algunas personas eran sinónimos de “perversión”,
que lo que de verdad se
vivía día a día. La que
quería hacer la carrera, es
decir, dedicarse a la prostitución lo tenía fácil,
pero la que decidía no
tener relaciones, lo podía
hacer sin problema alguno. Antoñita se dedicaba en exclusividad a lo
que era su gran pasión, el
baile. Era una excelente
Antoñita Vidal con el tristemente célebre
bailarina.
vestido que fue pasto de las llamas.
Eusebio
había
74
dicho muchas veces, que aquella chica poseía una extraña belleza,
tenía, a pesar de ser de Zaragoza una belleza gitana, o como
también decía, era una belleza
perchelera.
Poco después, fallecía
Antoñita, a consecuencia de las
terribles heridas sufridas. Al
parecer las lentejuelas del vestido, al calentarse se introdujeron a través de las tres capas de
piel, perforándole los intestinos, lo que le llevo, a aquel
ángel de solo diecinueve años,
a fallecer de un modo irremediable.
Antoñita Vidal y Eusebio
Las desgracias no vienen solas.También Eusebio hubo de asistir a otro trágico suceso, que al
igual que en el caso de Antoñita, lo sufrió otro amigo suyo.
No sabemos porque razón, pero Dios nos tiene reservado un
destino a cada uno de nosotros, un destino incierto, que muchas veces los mortales no llegamos a entender.
Ese fue el caso y la triste historia de aquel joven de 21 años,
amigo de Eusebio.
Una tarde, antes de que comenzara a desperezarse el trepidante mundo de los noctámbulos en el Barrio Chino, se encontraba Eusebio, tomándose placidamente un café en una cafetería del Paralelo,
junto a Federico, un amigo de Eusebio que era hermano de otro chico
que también se dedicaba al baile.
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De la manera más distendida pasaban la tarde, contándose
cosas y hablando de sus aspiraciones para el futuro. En un punto de
la conversación, Federico miró el reloj y un tanto sobresaltado comentó:¡Dios mío que tarde es, como no corra voy a perder el tranvía! Con un ¡adiós Eusebio, nos vemos otro día!, salió corriendo del
local. Aquel tranvía pasaba cada cuarto de hora y si no lo cogía tendría que esperar otro rato y con toda seguridad llegaría tarde a su
trabajo. Su intención era ir a su casa y volver al Paralelo, ya que él
trabajaba en el teatro Cómico.
Eusebio se quedó sentado en la cafetería, apurando el café y
con la intención de salir, al momento, del local.
Proveniente de la calle, comenzó a escucharse un chillerío
que denotaba que algo grave había sucedido. Eusebio pagó los cafés
y salió a la calle, queriendo ver que había ocurrido. Jamás se podría
haber imaginado lo que estaba a punto de ver.
Federico con gafas oscuras – Eusebio con unos amigos
Sobre las vías del tranvía, se encontraba tendido su amigo en
un gran charco de sangre y sin piernas, éstas estaban algo más distantes de aquel cuerpo mutilado. Las emociones se les agolparon a Eu76
sebio, quiso gritar de espanto, pero su garganta se quedó muda, quiso
llorar pero las lágrimas se habían congelado. Eusebio estuvo a punto
de perder el sentido ante aquel horror tan grande.
Federico, salió corriendo del local y vio que el tranvía se le
escapaba, por ello decidió dar una carrera y cogerlo en marcha.
Aquella acción, un tanto temeraria no revestía ninguna dificultad
para él dado que lo había hecho muchas veces. Su exultante juventud
y su gran agilidad, le hacía que no dudara en realizarlo, pero aquella
vez fue diferente, parece ser que al subir, resbaló y el cuerpo fue a
caer delante de las ruedas del tranvía y este se las seccionó de un
tajo.
Todo Barcelona se hizo eco de la tragedia y a los artistas,
parecía como si se les hubiesen apagado las luces de la ilusión. Algunos se preguntaban, que si para quedarse como se iba a quedar
Federico, no hubiera sido mejor que hubiera muerto, ya que él vivía
de su arte, de sus piernas, de su agilidad.
Este artista al igual que la inmensa mayoría no disponía de
dinero, ya que como he comentado, eran apreciados y valorados por
su arte, pero en lo económico hacían verdaderos sacrificios para sobrevivir, de ahí que la mayoría, después de las actuaciones, buscaran
el ganarse alguna propina o regalos, generalmente económicos con
los que poder hacer frente a sus muchos gastos de artistas.
Para ayudar al infortunado Federico, los artistas que trabajaban en el Paralelo de Barcelona y otros que vinieron de Madrid y de
otros puntos de España, organizaron un soberbio espectáculo benéfico, y otras actuaciones benéficas y colectas, que aportaron algún dinero y que le ayudaron a subsistir.
Lo que es la vida, poco tiempo después Federico, había rehecho su vida, nunca podría llegar a ser un famoso bailarín, como a él
le hubiera gustado, pero ahora se había convertido en un famoso modisto en silla de ruedas.
La vida continuó haciendo rodar sus ruedas del destino, un
destino que era más benévolo con algunos que con otros. Eusebio por
su parte, no pasaba un solo día sin que dirigiera sus ojos al cielo y
tras santiguarse le diera gracias a Dios por lo poco o lo mucho que
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tenía, ya que ahora a pesar de todas las tragedias pasadas se sentía
discretamente feliz.
También se acordaba de su madre, de la familia y sus amistades y también se acordaba de Málaga, aquella Málaga gris que no
admitía a los mariquitas, a tantísimos homosexuales que hubieron, un
día, de entrar en ese armario que, por miedo, les hacía ocultar sus
verdaderas tendencias sexuales, como si eso le tuviera que importar a
alguien. Gentes decentes, trabajadoras, de todos los colores, capas
sociales o credos religiosos, que hubieron de vivir condenados de por
vida a vivir una vida que no era la de ellos, que no era como ellos
hubieran querido vivirla.
Algunos como Eusebio, nunca tuvieron la necesidad de entrar
en ese maldito armario, pero hubieron de “apechugar”, con las consecuencias, con los insultos, con las amenazas, con la incomprensión
y como en el caso de Eusebio, con la cárcel.
A Eusebio, de vez en cuando, le rondaban los nubarrones negros del recuerdo de lo pasado en Málaga, esa ciudad tan querida
para él y a la que dudaba por aquellos años, si volvería a visitarla
alguna vez.
Ahora su vida transcurría en el Paralelo, en el Barrio Chino,
entre El Molino Rojo, El Barcelona de Noche, La Buena Sombra o
El Andalucía de Noche, casi todos frente al Teatro Liceo, frente al
Teatro Poliorama. Eusebio era el Rey o la Reina de la noche barcelonesa.
Cholito.En aquella época actuaba junto a Eusebio y sus amigos, un
joven al que llamaban Cholito. Él era un chico argentino de padre
militar y de familia muy tradicional en sus costumbres y creencias.
Él era también homosexual y su padre, militar de alto rango
en Argentina, al no poder ocultarlo, renegó de él y lo envió a España
junto a unos familiares que vivían en Bilbao, pero a él no le gustaba
el ambiente aquel y decidió irse a vivir a Barcelona. Al poco de llegar, era conocido en los ambientes artísticos de la zona del Paralelo.
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Él era muy femenino pero su cuerpo y facciones, como dice Eusebio,
correspondían más a un carretero que a una mujer.
Cada noche, tras acabar su actuación, gustaba de bajar y saludar al público a la par que lanzaba al viento, su grito de guerra, con
claro acento criollo: “Buenas noches, yo soy Evita la pecadora”.
El nombre de Evita, era por Eva Duarte de Perón, mujer de
Domingo Perón, presidente de Argentina en aquella época, y a la que
él le tenía ciertas simpatías, por lo que aquello de Evita la pecadora,
no lo hacía con el ánimo de ultrajarla.
Los salones de la sala de fiestas se llenaban cada noche de señores, de parejas, de matrimonios y éstos invitaban a los artistas a
sentarse con ellos, es decir estos artistas hacían, lo que se conocía
como “hacer la sala”, a cambio de algunas generosas propinas.
En uno de los palcos del local se encontraban una serie de señores muy elegantes que fueron a ver el espectáculo. Cuando ellos se
percataron de Cholito, pidieron que le dijeran que querían conocerlo.
Al poco tiempo Cholito llegaba al palco y les saludaba como era su
costumbre: “Buenas noches señores, yo soy Evita la pecadora”.
Aquellos hombres se levantaron y le contestaron con un escueto “
¡Pues muy bien!”, se levantaron y se marcharon sin decir palabra. Lo
único que Cholito pudo notar era que aquellos señores eran argentinos.
Él se quedó sorprendido por la extraña actitud de aquellos
hombres, pero no hizo más caso y siguió trabajando.
Al día siguiente, cuando él y Eusebio se disponían a entrar en
la sala, a las diez de la noche, cinco policías de la secreta, le estaban
esperando a la puerta del local. Cuando les vieron llegar les preguntaron: “¿Quién es el Cholo, ese que dice que es Evita la pecadora?”
Cholo, muy asustado les contestó, “soy yo”. Uno de aquellos policías, con voz agria le dijo. “Pues anda, que te vienes con nosotros a
comisaría”. Cholito casi llorando de miedo, les preguntó: ¿A comisaría, pero qué he hecho yo? Aquel agente le informó que allí le estaba
esperando el cónsul de Argentina.
Efectivamente aquellos hombres que la noche anterior le habían pedido que subiera al palco, eran el cónsul de Argentina, natural
de Buenos Aires y otros camaradas.
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A Cholito se lo llevaron arrestado y a Eusebio le temblaban
las piernas, solo de acordarse por lo que él pasó en Málaga y por lo
que ahora iba a pasar, seguramente, su amigo Cholito.
Luego supieron que de la comisaría, lo trasladaron al consulado argentino donde le interrogaron, sobre el porqué decía aquello
de Evita la pecadora, que era un insulto hacia la primera dama de
Argentina. Para aquellos hombres, el decir en aquellos tiempos, que
era Evita la pecadora, era como si en España se hubiera alguien atrevido a decir que era Carmen Polo la pecadora. Aquella gracia le valió
a Cholito el pasar seis meses de cárcel. Incluso estuvo a punto de que
lo deportaran a Argentina, lo que hubiera sido peor, pero su padre,
valiéndose de sus influencias consiguió que lo dejaran en España y
que fuera aquí donde cumpliera la condena que fuera. Para aquel
padre con ideas paleolíticas, no le importaba su hijo ni la condena, lo
único que no quería era que trascendiera el escándalo a Argentina y
su familia se viera involucrada.
Decía el poeta sevillano, que todo pasa y todo queda, un buen
día hubieron pasado los seis meses que Cholito hubo de cumplir por
un hecho tan absurdo, pero lo que quedó, fueron las secuelas del
miedo, al igual que a Eusebio le quedaron de por vida. Cholito, tras
salir de la cárcel, volvió a trabajar en aquella sala y volvió a hacer lo
mismo, lo mismo pero con una sola diferencia, ahora cuando bajaba
donde se encontraba el público, el ya no decía lo de “Yo soy Evita la
pecadora”, ahora su grito de guerra era “Buenas noches señores, yo
soy la Nati, la que lo da todo gratis”. Los compañeros esperaban que
dijera la frase de rigor, no sabían que iba a hacer o que iba a decir,
por esa razón todos estaban expectante, cuando él se arrancó y dijo lo
de “La Nati”, todos rieron e incluso lloraron y le aplaudieron acaloradamente.
Las Sisís de Montserrat.Enterados dos amigos homosexuales argentinos de Cholito,
de la detención de su amigo, no dudaron en coger el avión y venir a
Barcelona para ver a su amigo y darle la sorpresa el día en que lo
liberaron. Estos dos argentinos, se presentaron a Eusebio con unos
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pomposos abrigos que, al parecer eran la moda en Argentina, pero
que en España, por menos les hubieran enviado a hacerle una vista a
la cárcel a su amigo. En España la moda eran los abrigos y gabardinas estilo alemanas, de esas de las S.S.
Por donde quiera que paraban aquellos dos argentinos se formaba el alboroto y es que iban ejerciendo de locas mariquitas, cosa
que entonces no se solía ver en las calles españolas.
Tras un emocionado encuentro con Cholito, estos argentinos
quisieron conocer Barcelona y Eusebio organizó un viaje al Monasterio de la Virgen de Montserrat, una Virgen que a él le gustaba en
gran manera, para pedirle a la Moreneta que cuidara de ellos. Se
formó un grupo de ocho mariquitas y en dos taxis se fueron a visitar
el monasterio.
Fiesta Gay – Eusebio, Pepe y un grupo de amigos
Una vez allí, un monje les hizo pasar y ellos les dijeron que
querían conocer aquella impresionante abadía, ver a la Virgen y probar los afamados licores que ellos expendían. El monje les hizo pasar
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a una soberbia estancia y les pidió que se esperasen un momento que
iba a llamar a un hermano para que les acompañara en aquella visita
guiada y a probar los acreditados licores que los monjes elaboraban.
Cuando se quedaron solos, sus ojos recorrieron todos los ángulos de aquella sala. Era una estancia sobria pero elegante, adornada
con añejos cuadros de épocas pasadas, cortinajes, candelabros y espléndidas lámparas.
Uno de los argentinos dijo: ¿No creéis vos, que estamos en el
salón del palacio en que se hacían los bailes de Sisí la emperatriz?
Todos se fueron calentado y cada vez perdían más el norte de
donde se encontraban, para ellos, aquel monasterio se había convertido en unos momentos en el Palacio de Sisí.
Ellos se imaginaban como podrían haber sido los bailes en
aquel lugar, cómo hubieran lucido unos valses en aquellos recintos
monacales.
Primero
fue el pensar
toda esas cosas, luego quisieron experimentar, por lo
que sin pensar
surgieron cuatro parejas y a
la par que tarareaban un vals,
comenzaron a
bailar,
olvidándose
de
donde estaban
y a lo que habían ido. El Las “Sisis”, es decir Eusebio, Cholito y sus amigos, el
ruido fue cre- taxi y el taxista
ciendo a medida de que aquellos visitantes se iban calentando. En uno de aquellos
momentos se escuchó un grito: ¡Basta, basta!
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Los jóvenes quedaron aterrados y dejaron de inmediato el baile y el alboroto. Pudieron observar que el grito provenía de detrás de
un cuadro que representaba a un santo. También se percataron que a
aquel cuadro le había practicado unos orificios a la imagen del santo
en la zona de los ojos, al igual que en las películas de terror, y que
desde allí les habían estado espiando.
No daban crédito a lo que estaba pasando y sin apenas poder
hablar entre ellos se presentaron tres monjes muy mal encarados que
le instaron a que se marcharan inmediatamente de aquel lugar. Ellos
intentaban disculparse pero entró otro monje más con el habito remangado y gritando que si no se iban inmediatamente iba a hacer
sonar la alarma.
Uno de los argentinos a la par que era empujado hacia la
puerta le gritaba a los mojes: ¿y de los licores qué? Los monjes le
respondían. ¡Licores,
veneno eso es lo que
os vamos a dar!, ¡fuera, fuera!
Cholito
que
estaba recién salido de
la cárcel estaba blanco
como la pared, el
miedo no se le había
pasado y no ganaba
para sustos. Corriendo
todos se subieron a los
taxis y se alejaron de
aquel lugar. Primero
criticaron a los monjes, pero luego, reconociendo que se habían pasado, comenzaron a reír de buena
gana.
Eusebio con Antoñita Colomé
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CAPITULO V
El Servicio Militar.Por circunstancias de la vida, Eusebio, ni pudo, ni nadie le
propuso hacer la Primera Comunión, tanto es así que ahora a sus setenta y pico de años se ha planteado hacerla, aunque sea con un poco
de retraso.
Aquello, el no haber recibido los santos sacramentos cuando
niño y siendo él un devoto creyente, lo lleva como una espinita clavada en su corazón.
Sin embargo a él le hubiera gustado que nadie se hubiera
acordado de llamarle para hacer el Servicio Militar, pero eso sí, de
prestar ese servicio a la patria no se escapaba ni “El Tato”.
Eusebio vivía sabiendo que un día lo habrían de llamar para ir
a la Mili y para él, eso era como ir a la cárcel otra vez. Además, cabía
la posibilidad que lo enviaran cerca de Málaga o a Granada y su miedo por volver a estar cerca de aquellos guardias era tal que se pasaba
las noches sin dormir.
Tenía Eusebio veintiún años y aquella temida citación para
que se incorporara a filas le llegó como cabía esperar.
¿Qué pintaba Eusebio en medio de tantos hombres, que presumían de machotes y que se reían de los mariquitas? Horror le entraba con solo pensarlo.
Aquella citación le exhortaba a que se presentara en Capitanía
de Barcelona, donde le comunicarían la fecha y el destino en que se
tenía que incorporar.
Como a muchos jóvenes, aquel paréntesis en la vida de cualquier muchacho les partía por la mitad, les hacía perder trabajo y
estudios y en el caso de Eusebio, podía ser peor, porque podía vivir
el peor periodo de su vida.
A Eusebio le dolía dejar de ver a su amigo y hermano Pepe,
dejar su trabajo y sus amistades, pero lo que peor llevaba eran los
comentarios que escuchaba sobre lo mal que lo pasaban los homose84
xuales en la Mili. Decían que los mandos se ensañaban con los mariquitas, que los pelaban al cero y les daban duchas frías etc.
Cuando se dirigió a capitanía iba con el temor de que le tocara Granada, una ciudad que él adora pero que estaba muy cerca de
Málaga y él no se fiaba ya que algún policía de Málaga o alguien que
se desplazara a Granada le podrían reconocer.
Cuando llegó a la Capitanía de Barcelona, le comunicaron su
día de incorporación y además le dijeron que tenía que presentarse en
el acuartelamiento de Infantería de Granada. Su grácil cuerpo se
tambaleo y hasta le dio un pequeño vahído al escuchar aquella, para
él “sentencia”.
Las noches para Eusebio se convirtieron en un duermevelas
constante, no hacía más que pedir a Dios y a su Virgen del Carmen,
que no le abandonaran, que le ayudaran. De este modo se pasaba las
noches, rezando y llorando.
Antes de continuar hay que decir que las plegarias de Eusebio
fueron escuchadas y la Mili no fue tan mala como él se esperaba.
Le habían dicho que tenía dos meses por delante para presentarse en Granada y que tenía tiempo suficiente para poner sus cosas
en orden antes de partir.
Él le comunicó a don Antonio, el dueño de la sala Barcelona
de Noche, en la que estaba trabajando, que se tenía que marchar a
servir a su patria. Ese hombre, que era serio pero entrañable, le organizó una bonita fiesta de despedida, a la que no faltó ninguno de sus
amigos y amigas.
A pesar de todo, Eusebio tenía un nudo en la garganta, se
sentía feliz por las muestras de cariño de sus compañeros, pero lloraba por dentro y por fuera viendo como su hermano y amigo Pepe,
lloraba sin consuelo al ver que se quedaba solo sin saber como estaría su amigo del alma.
El día de la partida, los andenes de la estación de Barcelona
estaban repletos de amigos que se habían concentrado allí para darle,
la más cálida de las despedidas. En palabras de Eusebio, había tantos
mariquitas que parecía que allí se estaba celebrando el día del Orgullo Gay.
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Durante el viaje, Eusebio tuvo tiempo para meditar y hacerse
unas reflexiones. Pensó que a pesar de tener solo veintiún años, había
vivido experiencias que muchos no pasan en toda la vida: su escapada de casa por los pueblos de Málaga, la guerra, sus actuaciones, sus
carreras delante de los guardias cuando cogía carbón, su etapa de
vendedor de ajos, la cárcel, la muerte de Antoñita, la mutilación de
Federico, las muchas penas y las pocas alegrías que había vivido etc.
Llegó a Granada muy temprano y lo primero que hizo fue
dirigirse a una pensión, que le habían recomendado y que estaba especializada en acoger a soldados. Allí en aquella pensión viviría los
siguientes catorce meses de los veinticuatro que tenía que cumplir
del servicio militar.
Cuando las dueñas de la pensión, que eran una madre y su
hija, vieron a Eusebio, comentaron: “Pero si no pareces un quinto,
parece como si solo tuvieras dieciséis años”. Ellas decían que se
parecía a un artista de cine, que venía de rodar una película. Eusebio
les contó de donde venía, que se era cancionero y bailarín y el miedo
que tenía por verse metido en un cuartel.
Aquellas mujeres le cogieron desde el principio, un gran afecto, tanto es así que incluso fueron ellas las que, en un taxi, le llevaron
al cuartel donde se tenía que incorporar.
En la puerta del cuartel, un soldado gallego montaba guardia.
Como fue al primero que vio, se dirigió a él. Le dijo que iba a incorporarse al destacamento de infantería y el gallego le informó que los
nuevos soldados se habían marchado ya a otro acuartelamiento para
hacer las prácticas. Le dijo que subiera, que arriba había un sargento
de infantería y que se presentara a él. Subiendo aquellas adustas escaleras cuartelarias, Eusebio sentía un miedo inmenso, ¿qué le pasaría ahora, cómo sería aquel sargento, qué le harían, dónde lo mandarían?, en definitiva, iba que se salía del traje, del miedo que llevaba.
Eusebio se presentó delante del sargento y le dijo quién era y
a lo que iba. El sargento, levantándose y poniéndose con los brazos
en jarras delante de él, le miró de arriba a bajo y exclamó: ¡Hombre
por fin ha llegado el artista de Barcelona, un poco más y llegas al
final de la mili! A Eusebio se le cuajó la sangre de su cuerpo, ya había metido la pata.
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El sargento le tranquilizó y le informó sobre lo que tenía que
hacer. Por lo pronto se iría al pabellón hasta que le llamaran para
hacerle entrega de su ropa de militar.
El sargento le dijo: “No puedes ocultar que eres un artista,
tienes pinta de eso, ¿cuánto pesas? Eusebio contestó cincuenta y dos
kilos. El sargento volviéndose a la mesa murmuraba, ”vaya clase de
soldado”.
Aquella mañana le entregaron los ropajes de soldado. Eusebio
los miraba y no sabía si reír o llorar. A las camisas le sobraban de
todo, mangas, cuello etc., a los pantalones le hubieran ido holgados a
cualquier camionero y Eusebio se perdía en ellos, las botas eran como dos barcas de pesca, duras como piedras y enormes. Con ellos
puestos Eusebio andaba, más que con aires marciales, con aires de
artista interpretando a Frankestain o la Pato Donall. También le entregaron uno “calzoncillos blancos”, él preguntó al verlos, ¿pero esto
qué es?, ¡si aquí entramos todos mis amigos del Paralelo!
En aquel cuartel pasó su primera noche. Mal durmió en un
dormitorio que le recordaba la cárcel de Málaga.
A la mañana siguiente le llevaron al campamento que le había
dicho, lo que no le dijeron era que ese campamento, que estaba a
unos cincuenta kilómetros de Granada se encontraba hecho una ruina
y los soldados lo estaba rehabilitando. Cuando llegó pudo ver tiendas
de campaña y cientos de soldados que trabajaban, al igual que en las
películas de egipcios, acarreando ladrillos y afanados en levantar
aquella “pirámide” cuartelaria. Entre aquel maremagno de soldados
que iban y venían, le acompañaron a ver al capitán. El capitán resultó
ser un joven militar de unos cuarenta años, simpático, cariñoso y
dicharachero que le acogió amablemente. El primer saludo militar
que otorgó nuestro soldado, fue dedicado a aquel capitán bigotudo y
simpático. Después de unos momentos de charla en que el capitán se
interesó por la vida de Eusebio, se dio perfectamente cuenta de su
condición de homosexual. Éste le preguntó, con cierta sorna ¿A ti te
gusta acarrear ladrillos y trabajar de albañil?, a lo que Eusebio le
contestó sin pensar ¡huy, no por Dios, cómo me va a gustar a mi hacer eso! El capitán sonriendo le preguntó si le gustaría ser asistente
del coronel. Un hombre mayor, buena persona, que le quedaba poco
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para jubilarse y que estaba en el acuartelamiento de Granada. Eusebio vio que aquella era una opción mejor que la de los ladrillos, por
lo que aceptó de inmediato.
Pero Eusebio se llevó otra gran sorpresa a medida que iba
viendo el campamento. Allí había más mariquitas o como dice Euse-
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bio, “habían más locas que en un manicomio”. Aquellos militares,
habían tenido la delicadeza de integrar a los homosexuales en tareas
que no les fueran muy penosas, funciones de asistentes, cocineros,
lavandería, limpieza, modistas etc. lo cual era muy de agradecer y
decía mucho en favor de aquellos militares.
Allí conoció a mariquitas que se les conocía por su nombre de
batalla, así podíamos ver a “La gasolina”, “La retraía”, “La Caldo”,
”La pastelera”, “La Melilla” y la “Sara Bernard”.
Pude comprobar que, por lo menos donde estaba, no existían
ni los malos tratos, ni las humillaciones, no las vejaciones que le habían contado. Él miraba al cielo y pensaba que su Virgencita perchelera del Carmen había escuchado sus angustiosas plegarias.
Aquel día en el comedor, muchos se acercaron a saludarle y a
darle la bienvenida, especialmente las mariquitas de aquel lugar. Eusebio les contaba sus andanzas en Barcelona y les hablaba de los artistas que él conocía etc.
Eusebio se había fijado en el vestuario del regimiento de esquiadores, unos hombres que llevaban una gabardina blanca parecida
a la que él había llevado el famoso día del Capitol, unos gorros muy
confortables y unos sacos de dormir, forrados de blanco que estaban
muy bien. Un día se lo comentó a su viejo coronel, militar del que él
era el asistente. Aquel amable coronel le dijo a Eusebio: “Mire Valderrama, su capitán es muy amigo del capitán de ese cuerpo y quizás
él pueda hacer que le trasladen a él”.
Aquel capitán le dijo que por su parte no había inconveniente
y que trataría de complacerle.
Efectivamente al poco tiempo su capitán le hizo llamar y
cuando se entrevistaron le presentó al que sería su nuevo capitán, un
joven de 29 años, natural de San Sebastián que dirigía aquel destacamento de montaña. A Eusebio le había tocado la lotería con aquel
traslado, no solo entraba en ese cuerpo que a él tanto le gustaba, sino
que además iba a ser el asistente de aquel joven capitán. Además
tenía permiso para dormir fuera del cuartel y de vestir de paisano. A
pesar de que aquella ropa de esquiadores era muy bonita, Eusebio se
la ponía solo cuando iba a Sierra Nevada y la reservaba para cuando
hiciera la Jura de Bandera.
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Antes de terminar el campamento y volver a Granada, se organizó una gran fiesta de despedida donde todas las “locas” del cuartel se vistieron de mujer y realizaron una simpática función.
Como no podía ser de otra manera, Eusebio actuó, acompañado de “La Melilla”, haciendo un número que él había hecho antes,
cuando formaba el dúo Alegría – Valderrama. Pero en honor a la
verdad, la gran revelación de aquella jornada fue aquel mariquita al
que llamaban “La Caldo”. Representó un número en el que hacía de
cupletista frívola, interpretando la famosa canción de la Pulga. Aquella que se metía en el cuerpo de la mujer sin que nadie se la pudiera
sacar.
Eusebio en pie de guerra
Los soldados y los oficiales se tronchaban de la risa y como
se dice ahora, con un buen rollo, terminó aquella primera etapa del
campamento.
El nuevo capitán de Eusebio era un joven vasco de veintinueve años, jovial y alegre y con muchas ganas de juerga, por ello la
llegada de Eusebio como asistente de él, fue como el arrimar el fuego
a la gasolina.
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El capitán era bastante mujeriego y bebedor, incluso llegaba a
emborracharse, pero con unas de esas borracheras que llaman dormilonas, por lo que no molestaba a nadie.
A Eusebio le entregaron aquellos ropajes de esquiador que a
él le gustaban y a los pocos días se marchó su regimiento, con destino a las níveas montañas de Sierra Nevada.
Allí, entre montañas y nieve habría de pasar, nuestro protagonista, los dos siguientes meses, era el periodo de instrucción, un
tiempo en el que debía de hacer practicas de esquí y otras funciones
como escalada etc.
Eusebio se acordaba de un amigo suyo, bailarín, que se había
partido las dos piernas y ya jamás volvió a ser lo que era, por ese
motivo, Eusebio estaba preocupado, si se ponía los esquíes era fácil
que se cayera y las consecuencias podían resultar nefastas. De ahí
que Eusebio se armara de valor y dirigiéndose a su joven capitán, le
comentó sus cuitas: “Mi capitán, mándeme usted que haga lo que
quiera, pero no me obligue a que me ponga estos esquís, porque como usted sabe yo soy bailarín y mi futuro depende de mis piernas, si
usted quiere, cuando tengamos que escalar, seré el primero en llegar
a la cima”.
Como quiera que Eusebio había caído en gracia a su capitán,
éste estuvo de acuerdo y nuestro bailarín jamás hubo de calzarse los
esquíes, es decir solo se los puso, para hacerse las fotos.
Aquel trato de favor, hacía sospechar a los demás compañeros
del regimiento, que aquel capitán bebedor, juerguista y mujeriego,
había incluido a Eusebio como parte de sus diversiones sexuales,
pero la verdad es que entre ellos solo existía una gran simpatía y una
complicidad que les hacía ser muy amigos.
Aquel capitán, era muy responsable en su trabajo como militar y mostraba una igual dedicación en sus momentos de ocio, sin
que esto influyera en su trabajo.
El capitán vivía en la residencia militar de solteros. Eusebio,
no se quedaba a pernoctar en el cuartel, él se iba a dormir a la pensión que antes hemos referido, al amparo de aquellas dos mujeres
que tanto le querían.
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Aquel capitán vasco, se reía constantemente de las gracias de
aquel asistente andaluz, mariquita y un poco “loca”.
Cada mañana lo primero que hacía Eusebio era ir a aquella
residencia, para recibir las ordenes de su capitán. En muchas ocasiones lo primero que le pedía era que le llevara su ropa de paisano a la
casa de su amante, Rosa, una mujer malagueña de unos cuarenta años
y que regentaba un prostíbulo.
El capitán solía pasarlo en grande en aquella mancebía, con
su amante y las demás niñas. Tras una tarde de juerga solía largarse
con Rosa de marcha, pero no de la militar, de ahí que necesitara la
ropa de paisano. Los dos eran grandes bebedores y se sentían muy a
gusto el uno con la
otra o las otras.
La estrecha
amistad que existía
entre el capitán y
Eusebio, llegó a molestar a Rosa. Ésta
llegó a increpar a su
amante diciéndole:
¿Qué te hace ese
asistente que lo tratas mejor que a mí?
En contestación él se
reía y no le hacía ni
el más puñetero caso.
Los celos de Rosa,
venían, porque el
capitán solía prodigar muchas atenciones a Eusebio, y que
con ella apenas tenía.
Nuestro artista con compañeros de cuartel
Por ejemplo, cuando
salían a tapear a algún bar o tasca de Granada, él siempre le preguntaba a Eusebio, aunque sabía lo que le gustaba, sobre que quería tomar. Eusebio, con
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gracia y un toque de coqueteo, le pedía unas gambitas a la plancha,
unos boqueroncitos fritos y como no, un cervecita fresquita.
A ella no le preguntaba y le pedía directamente lo que él creía
oportuno. Eso hacía que Rosa estuviera molesta con su amante y se
sintiera relegada por su amante. Aquella manera de actual del militar
le hizo hacer comentarios medio en broma y medio en serio y que a
Eusebio le molestaban mucho. Cometarios como el que hizo que
Eusebio se peleara un día con ella. Ella comentó: “Toda la noche he
estado aguantando a este borracho y a mí todavía no me ha dicho si
quiero tomar algo. ¡Aquí, hay gato encerrao!”
Eusebio tomó aquellas palabras como una ofensa hacia su
capitán y saltó como una Juana de Arco en salvaguarda del honor de
su capitán. “Mire usted señorita: Puede usted gastarle todas las
bromas que quiera o que él le deje, pero delante de mí, a mi capitán
no lo ofende nadie, ni tan si quiera de broma. Él es mi capitán y mi
amigo y estaré a su lado y a sus ordenes mientras que él quiera o
hasta que me licencien, así que mucho cuidao”.
El servicio militar, le suponía un gasto económico a Eusebio,
dado que él pernoctaba en la pensión, en vez del cuartel, por ese motivo, a lo largo de su permanencia en el servicio militar, le pidió a su
capitán que le diera algunos permisos para poder desplazarse a Barcelona, para realizar algunas actuaciones y volver con algún dinerillo
con el que atender a sus gastos. El capitán siempre se sintió comprensivo y favoreció sus escapadas al Paralelo barcelonés.
Por la noche, solían ir a las cuevas del Sacromonte, donde el
militar bebía y pedía que le cantaran y bailaran hasta caer dormido.
Esa era la ocasión que aprovechaba Eusebio para darse una vuelta
por el Sacromonte y visitar a sus amistades.
Por la mañana, cuando todo había pasado, el capitán llamaba
a Eusebio para ajustar las cuentas de los gastos ocasionados. El capitán le preguntaba: ¿Cuánto te ha costado todo?
Eusebio, tras ajustar las cuentas le decía lo que se había gastado.
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El capitán, mirándole de reojo le volvía a preguntar: “Y tú,
¿cuánto me has costado?” Al principio Eusebio negaba, pero después ante la insistencia de su capitán, él se rendía y le confesaba:
“Pues como yo también he estado toda la noche cantando y bailando, me he quedado con una parte, pero si a usted no le parece bien,
se lo devuelvo ahora mismito”.
Eusebio en la nieve
El capitán rió de buena gana al tiempo que le decía que no se
preocupara, que sabía que ese dinero estaba bien pagado.
Un día su capitán le dijo que si quería que le invitara a conocer a su padre y Eusebio, como no podía ser de otro modo, aceptó de
buena gana. Nunca había oído hablar del padre de su capitán, no sabía si era militar, o si vivía en Granada o en las entonces llamadas
Vascongadas.
Aquel día en que iban a ver a su padre, en vez de ir a algún
otro lugar, se metieron en un cine de Granada que estrenaban, la película “Debla, la virgen Gitana”, precisamente la película en la que
“medio” intervino Eusebio.
El misterio se resolvió pronto. Al comenzar el NO-DO, aparecía el general Franco acompañado de otro importante militar inau94
gurando una clínica en San Sebastián. El capitán le dijo a Eusebio:
“Ese es mi padre”. Eusebio con la boca abierta le preguntó: “¿Franco?” El capitán riéndose le dijo: “No, hombre no me seas burro, el
otro, el militar que va a su lado”.
Viendo aquellas imágenes, Eusebio comprobó lo que le habían comentado en muchas ocasiones, que su capitán pertenecía a
una larga estirpe de militares de la que él se sentía muy orgulloso.
En el tiempo que Eusebio permaneció en Granda, conoció a
dos hermanos que también eran homosexuales, uno era peluquero y
el otro modisto, con ellos entablaría una estrecha relación.
Eusebio gustaba de ver los atardeceres en el Sacromonte. Era
uno de esos momentos del día en el que él se sentía un ser especial,
un privilegiado. Las rojizas nubes entreveradas de rojos, rozas y multitud de tonalidades de blancos, hacían que Eusebio creyera oír como
éstas al pasar por la corona de la Alhambra, le saludaban y les cantaban por fandanguillos.
Muchas veces, mirando el cielo aborregado de los atardeceres
Granadinos, le parecía reconocer la cara de su madre, a la que él
echaba tanto de menos. No podía evitar que una lágrima recorriera
furtiva su mejilla, y él, a aquella nube anónima que le recordaba a su
madre, le lanzaba un beso con la mano y un te quiero con el corazón.
Granada está cerca de Málaga y muchos podrán pensar que
Eusebio podía haber ido a verla más a menudo, pero se daban dos
curiosas circunstancias. Después de su desgraciada estancia en la
cárcel de Málaga, Eusebio tenía un miedo atroz, ante la posibilidad
de poderse encontrar con aquellos animales que le detuvieron y le
pegaron. Por otra parte, su madre vivía siempre deseando ver a su
hijo, pero tampoco ella quería que fuera a Málaga, no quería volver a
vivir la pena de ver a su hijo ultrajado y humillado de la forma que lo
había visto.
Como ya he comentado, nuestro artista necesitaba dinero para
sus gastos, entre los que se incluía pagar el alquiler de la pensión,
incluso el capitán, muchas veces, le dio dinero de su bolsillo, para
liquidar algún que otro mes de alquiler. Eusebio le pidió a su capitán,
una de sus acostumbradas solicitudes de permiso, para ir a actuar a
Barcelona y como era de esperar, el capitán accedió de buena gana.
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Eusebio, que llevaba tiempo pensando, a pesar de todo, darse una
escapadita para ver a su madre, le dijo que antes iba a pasar por Málaga, que además estaba en ferias, para ver a su madre. El capitán le
dijo que él tenía la intención de ir a la Feria de Málaga. Por ello quedaron en verse al jueves siguiente en la caseta de un amigo de él.
Eusebio aceptó y se marchó a Málaga.
Eusebio estaba feliz en Málaga, con su madre y sus amigos,
tan a gusto se encontraba que incluso olvidó acudir a la cita que tenía
con su capitán, aquel jueves, en la caseta de la Feria.
Luego se marchó a Barcelona y tras hacer una serie de actuaciones y ganar algún dinerillo, volvió a Granada, junto a su capitán.
Aquella mañana, después de haber vuelto de Barcelona, se
dirigió a la residencia de oficiales para, como era costumbre, recibir
las órdenes del día.
Él solía irrumpir cada mañana en su habitación, a la hora fijada, y con un: “A las ordenes de usted, mi capitán”, comenzaba el día.
Aquel día, al entrar, como siempre, encendió las luces y dijo:
“A las ordenes de usted, mi... huy, por Dios ¿qué es esto?”.
Eusebio hizo el ademán de volverse, después de ver como su
capitán estaba desnudo en la cama con dos señoritas, de igual guisa y
que pertenecían al establecimiento de Rosa.
El capitán se levantó tranquilamente a la par que se cubría sus
vergüenzas y le dijo a Eusebio que no se marchara, que aquellas señoritas ya se iban. Las chicas comenzaron a vestirse mal humoradas
a la par que comentaban: “¿Éste es el asistente?, pues vaya coñazo
que nos ha dado contigo guapo, anda y que te aproveche”.
El capitán abrió las ventanas a la par que Eusebio recogía
todo lo que había por el suelo, adecentando aquella caótica habitación.
El capitán se mostraba serio, con respecto a otras veces, los
dos estaban callados y Eusebio notaba que algo pasaba, aquella situación se mantuvo hasta que el capitán le dijo una cosa que le resonó en la cabeza a Eusebio como si le hubiesen pegado un tiro. Le
dijo: “Ahora cuando termines de recoger, lo primero que tienes que
hacer es irte a la barbería y que te pelen al cero”.
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Eusebio aterrado y cogiendo sus rubios cabellos con las palmas de las manos, como queriéndolos proteger de un incierto futuro,
se pudo delante de su capitán, en actitud suplicante y con la voz que
apenas le salía del cuerpo, por la impresión recibida, y sin siquiera
querer saber el porqué de
aquella orden, le dijo:
“¡Ay no, por Dios, no me
haga eso, mi capitán, no
me obligue a que me pelen. Mis cabellos son parte de mi imagen, ¿cómo
voy yo a salir a un escenario pelao como una
bombilla?!
El capitán que era
buena persona, al verlo
con aquella congoja y con
aquel miedo a ser privado
de sus cabellos dorados, se
vino a razones, (quizás
solo quería darle un buen
susto), y le comentó: “¿Te
parece a ti bonito dejarme
plantado en la caseta de
la Feria?, ¿Tú sabes la
Eusebio esquiador
vergüenza que pase con
mis amigos, a los que les había hablado de ti de tu arte y de tu gracia?, ¡vámos, después de todo lo que he hecho por ti y vas y me dejas
plantado!”
Eusebio se deshizo en sinceras disculpas, pues sabía que no
había estado bien, pero aquel jueves, se le fue el santo al cielo y no se
acordó de la cita, porque tenía otra más importante, una cita con la
que le dio la vida, su querida madre, la que hacía mucho tiempo que
no veía. El capitán le perdonó y continuaron la vida de igual manera
que hasta ahora la venían viviendo.
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Por fin llegó el día de la esperada Jura de Bandera. Eusebio
estaba vestido, al igual que sus compañeros, con su traje de esquiador, su gorra y todos los complementos de soldado tan poco apropiados para una persona tan femenina como es Eusebio.
El desfile comenzó y él, de soslayo iba oteando por la zona
del público, para localizar a su querido capitán. Lo localizó en la tribuna de los oficiales. Allí estaba él junto a otro compañero y Eusebio
veía como aquellos militares le señalaban con el dedo y se reían de
buena gana.
Eusebio, desfiló, con más “garbo que el resto de sus compañeros”, sobretodo cuando pasó delante de su capitán.
Al finalizar el desfile, el capitán le mandó llamar, y le dijo:
“Eusebio, se supone que esto es un desfile militar y tú lo que has
hecho es un desfile de modelos”.
Con anécdotas como esta y muchas más Eusebio cumplió los
primeros catorce meses de mili, es decir, llegó el tiempo en que le
dieran la licencia provisional. Con esta licencia podría hacer su vida
casi normal y no tendría que volver al cuartel, ni a Granada, era casi
libre. La licencia definitiva, se la daban a los soldados, diez meses
después, al cumplir los veinticuatro meses estipulados.
A Eusebio, a pesar de haber sido, gracias a la benevolencia de
su capitán, un soldado privilegiado, aquellos catorce meses le parecieron catorce siglos, pero por fin ya todo había terminado.
El capitán le dio el billete de tránsito con el destino Granada Málaga, pero Eusebio le pidió, que se lo cambiara por el de Granada
– Barcelona, ya que su intención era irse a la ciudad condal y comenzar en serio, otra vez, su interrumpida carrera.
El oficial sabía que lo iba a echar de menos y por la amistad
que se habían tenido, éste quiso organizarle una fiesta de despedida.
Aquel militar reservó un local a las afueras de Granada, conocido como El Rey Chico y allí, como todos ustedes se podrán imaginar, se formó la marimorena. No faltó de beber, ni de comer, ni cante, ni baile y la diversión fue completa. En aquella celebración estuvo
el célebre cantante malagueño, Antonio Molina, al que Eusebio conoció cuando era niño.
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Uno de los invitados a aquella fiesta, le comentó públicamente a Eusebio: “¡Anda, por fin eres libre, ya no tendrás que pintarle
más las botas a tu capitán!” Aquello le hizo gracia a Eusebio y para
sus adentros pensó: “Anda que si superan que nunca les di a las botas, betún, que solo las limpiaba con saliva”. El comentario no dejó
impasible al capitán, este le contestó, con un cierto desaire a aquel
invitado: “Eusebio no ha sido nunca mi asistente, él ha sido y seguirá siendo un gran amigo”.
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CAPITULO VI
Volver a empezar.Eusebio, partió rumbo a Barcelona, a comenzar de nuevo esa
vida que había dejado para prestar su servicio a la Patria. Esta vez lo
tenía claro, como no quería estar más tiempo lejos de su añorada madre y a su querida Málaga apenas iba, por miedo, decidió que su madre se fuera a vivir con él.
La vuelta a Barcelona, en aquel tren que parecía
no querer llegar nuca a su
destino, se hizo insoportable.
Eusebio jamás ha podido
dormir en un tren y en ese
menos aún. Quizás la culpa
no fuera del tren, quizás las
circunstancias fueran las que
le hacían estar especialmente
nervioso.
Curiosamente
iba
triste. Había dejado detrás de
él, muchos amigos, muchos
recuerdos entrañables.
En aquel duerme velas y con el traqueteo del
tren, de fondo, Eusebio recordaba, como cuando hacía
catorce meses iba asustado y
angustiado a enfrentarse al
Servicio Militar y como le
pedía a Dios y a su Virgen
Perchelera que les echaran
una mano. De los labios de
En plena actuación
Eusebio... por lo bajito...
100
solo él podía escucharla, comenzó a musitar una sencilla oración de
agradecimiento.
Aquel tren de los años cincuenta, llegó por fin a su destino.
Eusebio estaba sumamente cansado, aquel tren no era precisamente
el Orient Express, pero cuando bajó al andén, pudo comprobar que le
estaban esperando muchos de sus amigos, que venían darle la bienvenida y la enhorabuena por su recuperada libertad.
Eusebio notó enseguida que volvía a estar en su mundo, rodeado de amigos que le querían y le apoyaban.
A los pocos días, Eusebio estaba totalmente integrado y trabajando como si nunca se hubiese ido de Barcelona, de aquel Barrio
Chino y de su ambiente. Volvía a escuchar los entusiastas aplausos
de su público, volvía a ser el rey ¿y porqué no?, la reina más loca y
querida de la noche barcelonesa.
Don Antonio, el empresario del Barcelona de Noche, había
inaugurado otro establecimiento en las Ramblas de las Flores, al que
siguiendo la tradición y su vocación por los espectáculos nocturnos,
la llamó Andalucía de Noche.
Como quiera que necesitaba dotarlo de artistas de primera calidad, ya que las Ramblas de las Flores, no era el Barrio Chino y allí
iba toda clase de público, le pidió a Eusebio que se trasladara para
actuar en aquel nuevo establecimiento que se encontraba justamente
enfrente del Liceo de Barcelona y que tenía más categoría.
La censura gubernamental, en aquella época, era férrea y en
ocasiones, a los artistas se les antojaba caprichosa y sin sentido.
Aquellos censores de la época, habían dispuesto que en ese salón no
podían actuar cancioneros porque, según ellos, todos eran mariquitas,
sin embargo no ponían objeciones al cuerpo de baile, es decir a los
bailarines.
Según me cuenta Eusebio, en aquella época, cancioneros y
bailarines, en su gran mayoría, andaban cogidos de la mano, es decir,
que pocos había que no fueran homosexuales.
Eusebio es contratado en el Andalucía de Noche en calidad de
bailarín, siendo el único barón que se contrató para aquel espectáculo
y que provenía de un cabaret del Barrio Chino.
101
Para Eusebio aquello supuso un mayor reconocimiento en su
carrera artística y él estaba encantado.
Cartel donde se puede comprobar que Eusebio era el único joven que integraba el espectáculo
Malditos papeles.A poco de estar actuando en el Andalucía de Noche, le presentaron a don Ricardo Liaño, un conocidísimo empresario que se
dedicaba a la búsqueda de talentos artísticos, para que actuaran en la
ciudad de las luces, París. Su hermano era el conocido Pedro de Córdoba, bailarín de fama, que había actuado en lugares tan afamados
como el Follie Bergere o el Casino de París. Ricardo Liaño era conocido en el mundo del espectáculo por ser la persona que más y mejores artistas había llevado a París, era un hombre trabajador, visionario y un gran conocedor del marketing empresarial.
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Liaño, le propuso a Eusebio que se fuera con él para actuar en
reconocidos establecimientos de París y Eusebio, que era un trotamundo incansable y que desde que le habían hablado de que detrás
de los Pirineos, comenzaba una nueva vida, sin dictaduras, con libertad de pensar y actuar, sin que su condición homosexual, fuera motivo de persecución, aceptó de inmediato, era su gran sueño hecho
realidad.
En el Andalucía de Noche firmó su contrato para irse a París.
Una de las cláusulas del contrato decía, que por si alguna razón el
artista no pudiera debutar, aquel contrato quedaría anulado por ambas partes.
Eusebio sabía que existía un gran problema. Hasta que no
cumpliera completamente con su servicio militar, es decir con los
meses que le restaban y que tenía que cumplirlos en la reserva, sería
muy difícil que le dieran la “Absoluta” y se pudiera desplazar a París.
Él solicitó el pasaporte y su licencia, aludiendo que tenía que
mantener a su madre que era viuda. Aquella alegación le vino de103
vuelta, con un “no a lugar”, ya que su madre se había quedado viuda
por causas naturales y no a consecuencia de la contienda civil española.
Con el corazón destrozado y llorando por dentro y por fuera,
hubo de llamar a Ricardo Liaño, para decirle que el contrato quedaba
rescindido muy a pesar suyo.
Ricardo le animó, le alentó y sabiendo la ilusión que Eusebio
tenía por actuar en París le dijo, que no se preocupara, que le volviera
a llamar cuando hubiera arreglado los papeles.
Durante ocho meses era el monotema de conversación de
Eusebio, el arreglar aquellos malditos papeles que le tenía como a un
canario enjaulado.
Ocho meses después, Eusebio consigue su libertad, sus papeles y su ansiado pasaporte. Lo primero que hizo fue llamar a Liaño
por teléfono, para comunicarle la noticia. Liaño, se mostró muy contento pero solo se expresó en el sentido de que cuando fuera a Barcelona hablaría con él.
Eusebio, aunque no daba nada por perdido, llegó a pensar que
aquello podría haber sido una excusa y que la oportunidad se le había
ido de las manos.
Quince días después, Ricardo Liaño llegó a Barcelona y se
entrevistó con aquel manojo de nervios que se llama Eusebio.
Le habló de un proyecto que él estaba apadrinando y que pensaba, él sería una de sus grupos más importantes. El proyecto consistía en montar un espectáculo musical y de baile, patrocinado por los
artistas, es decir con carácter de cooperativa. En él, todos tendrían
que trabajar y todos se repartirían los gastos y las ganancias en partes
iguales.
Para no tener otra cosa a Eusebio le pareció bien y aceptó a
unirse a aquella compañía. Aquella era un compañía que luego resultó estar formada por artistas jovencísimos, jóvenes de 13, 15, 18
años, él era el mayor, contaba en aquellos años con 23 años.
Luego le comentó que se iba a montar un espectáculo para
inaugurar, nada más y nada menos que el Olimpia de París, un teatro
que abría sus puertas después de haber permanecido treinta años cerrado al público.
104
Antes de marchar a París, debían pasar un tiempo en Madrid,
ensayando los números, para que todo estuviera bien preparado.
Eusebio, partió a Madrid, sin saber quienes serían sus nuevos
compañeros, sin saber como sería acogido, en fin una serie de lógicas
dudas que muchas veces nos invaden ante una situación incierta.
Lo peor de todo, fue partir y dejar a su madre y a su querido”hermano” Pepe. “¿Dios mío, cuándo los volveré a ver?” Aquel
pensamiento y aquella congoja hicieron que Eusebio pasara gran
parte del camino con su rostro cruzado por las lágrimas.
Su sorpresa fue, que a su llegada a la estación de Atocha, en
Madrid, todos les esperaban y le vitoreaban como si hubiese llegado
Ava Gatner. Futuros artistas, familiares de ellos, Ricardo Liaño, en
definitiva, le recibieron unas gentes maravillosas con las que hoy en
día, en algunos casos, mantiene una relación, casi familiar.
Eusebio, se fue a vivir con Pastrana, el modisto y encargado
del vestuario de la compañía y al día siguiente se desplazaron a los
afamados estudios de Amor de Dios.
Eusebio, viendo aquellos compañeros tan jóvenes, pensaba,
que él era el mayor y tenía que darles ejemplo. Él, por circunstancias,
había vivido, a pesar de su corta edad, una vida muy dura, una vida
de guerra, de cárcel, de incomprensiones y de miserias y aquellos
imberbes compañeros estaban sin rodar y él les debía de ayudar.
Eusebio dejó de un lado, su vida un tanto promiscua, sus fiestas e incluso intentó disimular sus amaneramientos, ya que Madrid
no era Barcelona y lo último que quisiera era que lo metieran en la
cárcel otra vez.
Lo único que se permitía era ir con Pastrana, el modisto y
compañero de casa, a visitar algunas salas de fiestas, una vez terminados los ensayos.
La última noche que pasaban en Madrid, Pastrana le llevó a
una sala, llamada “El Chispero” donde Eusebio se llevó la grata sorpresa de volverse a reencontrar con su antiguo amigo de correrías,
Tomás de Antequera. En ese local actuaba cada noche con un gran
éxito, especialmente cuando cantaba una canción de moda que se
titulaba “Zambra de mi soledad”.
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Allí se abrazaron y recordaron momentos vividos por ellos,
como cuando iban cantando por los bares a cambio de unas monedas
o su estancia en la Línea de la Concepción.
Aquella, se convirtió en una buena noche, para una buena
despedida.
El horrendo crimen de la calle Carretas.Antes de que viera por fin, sus papeles en regla, vivía como
de era habitual en el Paralelo, en su casa de C/ Carretas 3. En realidad no era su casa, era la de una bailarina que se la había cedido a
Pepe y a Eusebio, mientras ella atendía un contrato de un año en Gibraltar.
Cada noche, después de las actuaciones, se reunían los tres,
Pepe del Río, Pepe Montes y Eusebio Valderrama para tomarse un
bocadillo antes de irse a la cama. Ese era el momento para comentar
y hacer balance de lo acontecido en ese día y en el caso de Eusebio, a
seguir con su angustioso tema del arreglo de papeles.
Un buen día, serían las cuatro de la mañana, los tres se encontraban de tertulia, cuando vieron a través de la ventana, como un joven de diecinueve años, sobrino de la familia de aquella casa, afilaba
un cuchillo de grandes proporciones. Los tres se fijaron en él y comentaron: “¡Anda que la hora que ha buscado el mocito para afilar
el cuchillo!”
Sabían quien era, pues se lo habían cruzado muchas veces en
las escaleras, de aquel edificio de cinco plantas y sin ascensor.
Ellos continuaron con su conversación y dando buena cuenta
de los bocadillos.
A esas horas de la madrugada, la noche era especialmente silenciosa y las calles comenzaban a estar vacías, tras el cierre de muchos de los locales de noche.
En medio de aquel silencio, un aterrador grito resonó por todo
el edificio. A Eusebio y sus amigos se les heló la sangre, no pudieron
por menos que pensar, durante un brevísimo instante, en el joven que
había estado afilando el cuchillo.
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Todos salieron a ver que estaba ocurriendo, el edificio se
lleno de vecinos y vecinas que acudieron para interesarse sobre lo
que estaba pasando, especialmente después de haber oído aquel significativo grito de terror.
Aquel joven, al parecer tenía perturbadas sus facultades mentales y en un arrebato de locura, cosió, a sus parientes, a puñaladas, a
su tío le cortó de un tajo la cabeza. Esta según se pudieron enterar
por la policía y por las crónicas que se editaron en la prensa local y
nacional, había salido rodando por el piso.
Aquel suceso, conmocionaron a los tres jóvenes, que habían
sido, casi testigos directos de tan tremendo magnicidio.
El crimen de calle Carretas fue muy comentado durante mucho tiempo en Barcelona y cada vez que se contaba, hacía que a las
gentes se les pusieran los bellos de punta.
Cuando Eusebio o alguno de sus amigos invitaban a algún
amigo a subir a su piso y estos se enteraban que vivían en la calle
Carretas nº 3, salían corriendo asustados.
París, París.Ya estaba todo ensayado, cada uno sabía a la perfección lo
que tenía que hacer, el vestuario estaba a punto y los artistas estaban
anhelantes de comenzar a actuar cuanto antes.
Se despidieron de sus familiares y aunque se vieron muchas
lágrimas, el poder de seducción de ese mundo fantástico de lentejuelas y trajes de lunares, les hacía afrontar con ilusión, aquella incursión en lo desconocido.
Eusebio actuaría como cancionero solista y bailarín, interpretando unas bonitas bulerías conocidas como “Las de Merino”.
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A Eusebio que no le gustaba viajar en tren, porque apenas
descansaba, ahora se tenía que enfrentar a un largo viaje. Primero de
Madrid a Barcelona y después rumbo a París. El viaje fue muy duro,
Eusebio no conseguía pegar un ojo y menos cuando Ricardo Liaño,
que iba en su compartimiento, comenzó a roncar desaforadamente.
Eusebio miraba la boca de Liaño y como ésta hacía graciosas
maniobras para dejar escapar el aire, con un sonido atronador.
A medida que el tren se iba aproximando a Francia, Eusebio
veía como subían gentes que hablaban en francés y para él aquello
era motivo de alegría, era como si se fuera acercando a las puertas de
otro país, de la libertad y de la antesala del éxito que todos esperaban
abrazar. No cabe duda que
Ricardo Liaño, sabía hacer
bien las cosas. Fue un 11
de febrero de 1953, cuando Eusebio, pisó por primera vez tierras extranjeras. Cuando llegaron a la
estación de París, un gentío les esperaba, gentes
que habían acudido a
aplaudir a ese grupo de
baile y cante que llegaba
de España, ante la expectación que Liaño había
despertado entre el público parisino. Igualmente se
habían concentrado muchos periodistas que iban
a cubrir la noticia de que,
desde España, llegaba a
París una compañía que
debutaría en la inauguración del Olimpia de Paris.
Fotografía que Eusebio envió a su madre,
Aquellos noveles
nada más llegar a París – Campos Elíseos
artistas e incluso Eusebio,
108
que sabía que eran los aplausos del público, quedaron sorprendidos
por tan calurosa acogida. En las paredes de la Estación, unos monumentales carteles, anunciaban a bombo y platillo a esa compañía de
artistas españoles y que según decía, actuarían en la Inauguración del
Olimpia, a su paso por París, en triunfal gira por Europa. Aquellos
carteles hicieron que Eusebio se riera de buena gana, Liaño era un
maestro del Marketing.
Después de posar para los fotógrafos y después que el manager del grupo realizara unas grandilocuentes declaraciones a la prensa parisina, se trasladaron a sus lugares de acogida.
Eusebio se subió en un elegante coche rojo, propiedad de Pedro de Córdoba que él mismo conducía, al que le acompañaba la famosa actriz del cine francés, Brigitte Aubert, la que fuera la descubridora del excepcional actor, Alain Delón. Antes de llevarlo a su
residencia, decidieron darle un paseo
en coche para que
de ese modo descubriera la grandeza
de París. Pasaron
por el Arco del
Triunfo en su culminación de los
Campos
Elíseos;
pasaron por el puente de Alejandro, en
el Sena; pasaron por
impresionantes monumentos, pero lo
que curiosamente a
Eusebio más le llamó la atención de
París, fue un enorme cartel de cine
Eusebio actuando con el Ballet Andalucía
que anunciaba una
película, titulada “Lucrecia Borgia”, con Pedro Almendariz y la ac109
triz Martín Carol. Lo sorprendente del cartel es que presentaba a una
Lucrecia Borgia totalmente desnuda, junto a unos esclavos en taparrabos que le echaban por encima leche, se supone que de burra. El
detalle estaba, amén de la desnudez, de la actriz, en el excesivo bello
púbico que la artista lucía en el retrato, lo que a Eusebio le llevó a
hacer un comentario que provocó las risas de la pareja: “Vaya melenita que tiene la gachí”.
Cartel inaugural
Por primera vez, Eusebio veía una cosa que para él tenía la
misma importancia, que cualquiera de los grandes monumentos parisinos, un cartel público donde se veía a una mujer totalmente desnuda. Lógicamente la femenina desnudez de aquel retrato, a Eusebio no
le despertaba pasiones, eso sí, hizo una paradita para fijarse mejor en
los taparrabos de aquellos fornidos esclavos. Lo que sí pudo comprobar, era el hecho de que por fin estaba en un país donde había respeto
110
hacia las ideas de los individuos y sus individualidades. No existía la
censura y existía la libertad de expresión.
También pudo ver otro cartel, donde se anunciaba a la famosísima cantante Jullieta Grecó, una cantante que con el tiempo compartiría cartel con él, en lugares como Niza, La Costa Azul y como
no, en París.
Después de aquella improvisada tournet, por París, se
dirigieron al hotel. Eusebio estaba impresionado por todo lo que
había visto, por toda esa grandeza de un país que se brindaba a
él y a todos los artistas para que
dieran de sí, todo lo que fueran
capaces de dar. Carmelita Meller
y Eusebio, eran los que habían
ido por primera vez a París y
lógicamente eran los que más
impresionados estaban de todo
lo que habían visto. Los jóvenes
bailarines, de aquel cuerpo de
baile, habían estado con anterioridad en la ciudad de las luces, actuando bajo el nombre de Ballet, chavalillos de España. A Eusebio le
asignaron una habitación que habría de compartir con otro joven
compañero que se llamaba Juanjo. Ese muchacho se mostraba serio, reservado y algo enigmático. Eusebio sospechaba lo que él ocultaba. Unos días más tarde, Juanjo confesó a Eusebio que él también
era homosexual, pero aquello lo llevaba en secreto, ya que su familia
era muy tradicionalista y si se llegaran a enterar, eso les supondría un
gran dolor y un escándalo. Ese fue el motivo de que Juanjo, no se
atreviera a “salir del armario”, y llevara con resignación, dolor y
amargura su condición homosexual. Juanjo decidió salir por fin de
ese maldito armario y confesar, algo que todos sospechaban. A partir
de ese momento, Juanjo se sintió más feliz, más integrado, era otro
Juanjo. Sin perder tiempo, se pusieron a ensayar, para ese acontecimiento tan esperado por todos como era la inauguración del Gran
111
Olimpia. Estuvieron tres días ensayando con los músicos del Olimpia
que eran franceses y que apenas entendían a aquellos bailarines y
cancionero.
Los ensayos se convirtieron en una tortura, apenas si comían y al
acabar la jornada estaban extenuados y todo por aquellos músicos
que no se adaptaban a aquel tipo de espectáculo. En uno de aquellos
Integrantes del ballet Andalucía
ensayos, Eusebio se sentó y comenzó a quitarse los botines, el director de escena le preguntó “¿Qué estas haciendo?” A lo que él le contestó, “¡Ya está bien, ya no ensayo más, todo lo que tenía que ensayar ya está ensayado!” Sin embargo en el local, La puerta del Sol de
París, la cosa cambiaba, allí todo resultó muy fácil y es que los músi112
cos eran en su mayoría españoles. Allí, en La Puerta del Sol de París,
solo ensayaron dos días, lo cual era normal, ya que ellos lo traían
todo ensayado desde Madrid.
El anuncio de la inauguración del teatro Gran Olimpia, se
había hecho a “bombo y platillo”. Todos hablaban de aquel acontecimiento. Al fin, después de treinta años, de permanecer cerrado, se
iban a abrir las puertas y con un cartel sumamente atractivo.
Todos los medios de comunicación, así como la cartelería
callejera anunciaban aquel acontecimiento. Para Eusebio y sus compañeros, aquello significaba el vivir un emocionado hecho histórico,
un acontecimiento que algún día contarían a sus familias y amigos.
Aquel teatro se encontraba, concretamente, en el número 28
del Boulevard des Capucines, es decir de las Capuchinas, nombre
que recibe esta calle en recuerdo de un antiguo convento de monjas
Capuchinas. Frente al teatro, la afamada tienda de Cristian Dior, establecimiento de vestidos increíbles, como increíbles eran y siguen
Clamoroso éxito en el Olimpia de París
113
siendo sus precios.
A Eusebio le chocó ver a las gentes parisinas, que, entonces
vestían bastante mal y que resultaba paradójico, siendo tierra de
grandes modistos y siendo la tierra de la Moda. Pero claro está, el
glamour de la moda, solo estaba al alcance de algunos privilegiados
que luego salían en los documentales cinematográficos, como artistas
y gentes adineradas, pero en París, como en todas las partes del mundo, existía, eso que llamamos, pueblo, es decir gentes sencillas que
trabajan y que hacen engrandecer un país, pero que jamás podrán
acceder a las altas cumbres de las clases opulentas.
Eusebio estaba feliz, pero encontraba dificultad en relacionarse, debido al carácter seco de los parisinos. También encontraba dificultad a la hora de comer, la comida de ese país, a pesar de ser famosa, especialmente por la fama de establecimientos como Máxin etc.
Era bastante parca y en opinión de Eusebio y de muchos que lo hemos comprobado, la gastronomía española, es mucho más rica y está
mejor elaborada.
Otra cosa que le llamaba la atención, era que como ahora iba
la compañía en plan de cooperativa, eran ellos los que tenían que
pagarse sus vestidos, lo que muchas veces le hizo pensar en los tiempos en que había estado actuando con su querida Conchita.
Por fin llegó el gran día. Los monumentales carteles anunciaban las actuaciones. Se podía leer: Orquesta Aime Barelli, con Lucien Delile (Esposa de Barelli) Cantante y Ballet Andalucía y Gilbert
Becaud.
El éxito fue impresionante, todos los medios se hicieron eco
de aquella inauguración y alabaron a todos los componentes. París
hablaba del Olimpia y del gran ballet de Andalucía, pero hay que
decir en honor a la verdad, que los más elogiosos comentarios, se lo
llevaron la orquesta Barelli y en especial Gilbert Becaud, una joven
promesa que comenzaba y que llegó a ser una de las principales figuras de la canción francesa.
Eusebio y sus amigos vivían en una nube de felicidad.
Cada noche, Eusebio escribía a su amigo Pepe, contándole,
con detalle, todo lo que le estaba ocurriendo y como no, diciéndole
cuanto le estaba echando de menos.
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En cuestiones de corazón, Eusebio y Juanjo habían entablado
relaciones con otros dos jóvenes de un grupo de cante, que por aquel
tiempo estaban actuando en París y se les conocía como “Los compañeros del cante”. Juanjo se había enamorado de uno de ellos, en
palabras de Eusebio: “Era el más guapo, parecía un galán de cine”.
La relación, para Eusebio con el otro joven era más un pasatiempo
que otra cosa.
Durante algún tiempo, Juanjo y Eusebio, al terminar las actuaciones se marchaban al hotel de sus amantes y allí estaban, sin que
nadie se diera cuenta, hasta las seis de la mañana.
Tanto era el trabajo y el ajetreo que la compañía, Ballet Andalucía traía, que Eusebio no vio la Torre Eiffel, hasta diez días después de su llegada a París.
Después de seis meses en París, Eusebio no estaba contento.
Trabajaban como burros, tenían toda la fama que hubieran querido
tener, pero el dinero no acababa de llegar y todo lo que entraba era
para pagar los trajes, zapatos etc.
A fin de sacar más rendimiento a aquella cooperativa que habían montado, no hacían asco a cualquier actuación que les saliera y
actuaron en muchos locales de París, bajo el nombre de Ballet Sevilla, Ballet Falla etc.
Eusebio perdía muchas comidas a fin de ahorrarse algún dinero para cubrir muchos de sus gastos. Tenía cuidado de no volver a
enfermar de anemia, como cuando estuvo en Barcelona.
Tras aquellos primeros meses de exitosas actuaciones, comenzaron a realizar galas por diferentes partes de Europa, despuntando por Suiza: Ginebra, Monterauz, Lausane, en Bélgica: Bruselas,
Brujas, Aner y de vuelta a Francia en Lyón, Burdeos, Marsella y en
la Costa Azul, Montecarlo, Cannes, Niza y Saint Tropéz.
Como ya he comentado Eusebio a pesar de todo no estaba
contento con el rendimiento económico que el espectáculo estaba
teniendo y ante ésta preocupante situación, se estaba planteando dejar la compañía.
Estando actuando en Roma, en la sala Rupert Tarpea, Carmen, Eusebio, Benito y Amelio, decidieron no seguir en la compañía,
por lo que hablaron con Ricardo Liaño, persona por la que sentían
115
mucho afecto y les comentaron sus decisiones. Como no querían
causar ningún problema a Liaño, le dijeron que sus compromisos
hacia él, durarían hasta que finalizase su contrato en Roma y que
después, el grupo se separaría.
Aquel local, el Rupert Tarpea, era el lugar de encuentro de los
actores y actrices del cine americano, italiano y francés y que se prodigaban en las pantallas de
todo el mundo. Para Eusebio, el poder ver a sus ídolos
del celuloide en “vivo y en
directo”, le producía una
sensación inenarrable, para
él era como codearse con los
dioses del Olimpo del séptimo arte.
Su contrato en este
local, “La Metro Golwing
Mayer”, como Eusebio le
llamaba, duró tres meses.
Estando trabajando
En el Rupert Tarpea, unos
señores de la Rai (Radio
Italiana), le propusieron a
Eusebio ir a sus estudios
para grabar un programa de
televisión. En aquella incipiente televisión que comenEusebio y Pepe a la sombra de la Torre
zaba a formarse en Italia. En
Eifell
España aún no existía la televisión. Ellos necesitaban a un chico y a una chica. La chica aguardaba en un improvisado plató de televisión, una chica que al igual
que Eusebio, no eran conocidos. Aquella chica le pareció a Eusebio,
un tanto vulgar, era una mujer de grandes pechos y sensuales y carnosos labios. A poco de conocerla, comprobó que estaba equivocado,
ella era una mujer encantadora y con el tiempo llegaría a ser un símbolo de su país, ella era, nada más y nada menos que la gran .
116
Por aquellos años, la popularidad más absoluta la poseía otra
actriz italiana, Gina Lollobrigida.
Sofía Loren solo había actuado en dos películas, “Ragaza del
fiurne” y en la película que recreaba la opera “Aida” de Guiuseppe
Verdi. En esta ópera, la voz de Sofía Loren era doblada por la soprano Renata Tabaldy, que era la adversaria artística de una de las
sopranos más grande que ha dado la lírica, María Callas.
Después de que Eusebio y sus amigos dejaran el Ballet Andalucía, formaron otro grupo, un trío al que llamaron “El Trío Albeniz”.
Carteles de época donde actuó Eusebio Valderrama y sus compañeros
Roma – París.Eusebio, echaba de menos a su querido amigo y “hermano”,
Pepe, especialmente porque a él le iban las cosas discretamente bien
y estaba acostumbrado a compartir con su amigo, todo lo que le
acontecía y ahora a pesar de tener una legión de amigos, le faltaba a
él lo más importante, su amigo Pepe Montes.
117
Eusebio decidió que Pepe se tenía
que ir a vivir con él a
París y habló con
Ricardo Liaño, para
que le hiciera un contrato para trabajar en
el Puerta del Sol de
París, un contrato que
le sirviera para que
Pepe pudiera arreglar
los papeles y pudiera
salir de España.
Liaño aceptó,
hacerle un contrato,
que aunque no era
muy efectivo en lo
laboral, si le permitiría salir de España,
nada más hubiese
arreglado el pasaporte.
Los gastos del
papeleo corrieron a
cargo de Eusebio y al
cabo de treinta días,
Pepe se reunía, por
fin, con él.
Antes de partir a París, le escribió una carta en la que le decía
que le iba a dar una sorpresa. Eusebio, que es un casi brujo, pensó
que la sorpresa era el que Pepe se había operado la nariz, ya que recordaba como en alguna ocasión le había comentado cuanto le gustaría operársela. Efectivamente, esa fue la sorpresa que Pepe le tenía
guardada a Eusebio.
118
Con un contrato de seis meses, partieron, el Trío Albeniz,
para actuar en Roma, en un local, donde la primera estrella, era una
jovencísima y encantadora cantante, Gloria Lasso.
Gloria Lasso con Eusebio y unos amigos
La dulzura de Gloria y la suave cadencia de su voz cautivaban
a Eusebio y a todos cuantos la escuchaban. Eusebio puede presumir,
junto a Pepe de haber sido en aquellos años, muy amigos de la cantante, aunque ésta era un poco arisca y no entablaba amistad con facilidad.
Pepe les acompañaba y les ayudaba en todo, pero todavía
esperaba su oportunidad.
El Trío Albeniz actuó en las salas más importantes de Francia
y Roma, como fueron, el Teatro Olimpia, la Puerta de Sol de París, el
Palacio de Chaillón (en el Trocadero), el Sable Pleyer, el Salle Vagrán. Locales muy famosos donde solo contrataban a los mejores
artistas del momento. De ese modo actuó junto a figuras como la
mencionada Gloria Lasso, Yves Montand, Maurice Chevalier, George Braceen, Julliete Grecó, Edit Piaf y sobretodo con Gilbert Becaud.
119
Eusebio estaba en la cresta de la fama. Su arte era reconocido
y comenzaba a ver algo más de dinero, además estaba con su amigo
Pepe y aunque echaba de menos a su madre, él se sentía realizado y
feliz.
Un buen día,
estando actuando en
Roma, le visitaron
unos señores que le
propusieron realizar
sus números en Dinamarca. A Eusebio
aquello le sonó,
como si le hubiesen
propuesto ir a actuar
al fin del mundo.
Pero Eusebio y
aquel Trío Albeniz,
a los que no les
asustaban los retos,
decidieron aceptar y
partieron, con ilusión a Copenhague.
Tenían una gran
incertidumbre sobre
como sería aquel
público nórdico, no
sabían si en aquellos
países helados, las
gentes eran tan frías como su clima. Podrían no gustarle a aquel público, pero tenían que comprobarlo.
Lo primero que Eusebio notó al llegar a Copenhague, fue
aquel gélido clima que les congelaba hasta los pensamientos. Eusebio se preguntaba muchas veces: “¿Qué puñetas hace un malagueño
en una tierra de tanto frío?”. Cuando entraban al hotel, el contraste
era tremendo, debían quitarse inmediatamente todos aquellos gruesos
120
abrigos y quedarse en camisa, el calor dentro del hotel era infernal.
De ese modo, pasaban del frío al calor constantemente.
Con una cierta preocupación, el Trío Albeniz debutó en Copenhague, en el teatro Nuevo Scala. El éxito de aquellos andaluces
fue total, no podían haber deseado, más aplausos ni más reconoci-
Notas de prensa
mientos que los que recibieron aquella noche.
A la mañana siguiente, la actuación del Trío Albeniz, venía
reflejada, con grandes titulares, en las primeras páginas de los principales periódicos de Copenhague. Tan fue el eco que obtuvieron tras
121
sus actuaciones, que comenzaron a visitarles empresarios de Estocolmo y Finlandia, con suculentos contratos.
Como quiera que ellos tenían
firmados contratos
con el Gran Olimpia de París, se
veían, muy a pesar
suyo en la tesitura
de volver y de
posponer la firma
de aquellos jugosos contratos hasta
que terminasen su
compromiso
en
París.
París
en
aquellos años, estaba lleno de artistas españoles. Habían
proliferado
los cafés cantantes,
es decir, lo que en
España se conocía
como
Tablaos
Flamencos y a los
buenos artistas se
los rifaban.
Benito, se
había enamorado
Eusebio por los Campos Elíseos de París
perdidamente,
a
sus veinte años, de una bailarina clásica nórdica de nombre Merrete y
por nada del mundo quería volver. Aurelio tampoco quería dejar pasar la oportunidad y Carmencita, su hermana que era la novia del
guitarrista, iría donde fuera su hermano Aurelio, ninguno quería vol122
ver, excepto Eusebio que no le hacía gracia marcharse a un lugar tan
frío.
Eusebio había conocido a un médico, el que tras verlo actuar
se había enamorado de él. A Eusebio aquel doctor le hacía gracia
pero no sentía ninguna atracción hacia él.
Aprovechándose de ese enamoramiento que aquel doctor sentía hacia Eusebio, éste le propuso al doctor que le hiciera un falso
parte médico, para excusarlos en el Gran Olimpia, donde alegara que
no podían actuar por problemas en los tobillos y que debería permanecer en reposo una temporada.
Aquel doctor, aceptó la propuesta, a cambio de mantener relaciones con Eusebio y él sabiendo que las cosas cuestan, muchas
veces muchos sacrificios, le pagó religiosamente aquel favor.
Los papeles llegaron al cónsul español en París y a los empresarios del Gran Olimpia. El contrato quedó sin efecto, sin más problemas.
Fue en Copenhague, cuando Pepe Montes, comenzó a sentirse
mal, perdió peso, tenía una tos persistente y se sentía sumamente
débil.
Lo primero que hizo Eusebio, fue llevarle a su doctor y amante para que lo reconociera, pero aquel doctor no encontró nada que
fuera causa de alarma. Eusebio, no estaba contento y lo llevó a otro
doctor, porque intuía que algo pasaba, para que le dieran una segunda
opinión.
Aquel doctor no hablaba en español y según él decía que hablaba en francés. Cuando le preguntó a Pepe que le pasaba, Pepe
muy compungido le dijo que estaba desganado, que no tenía ganas de
comer y que se estaba quedando en huesos y pellejo.
El doctor repetía una y otra vez una palabra que ni Eusebio ni
Pepe no entendían, decía algo así como “Petetre”. A pesar del miedo
que los dos tenían aquello les hizo gracia y no paraban de reír. Al
final y gracias a Dios, este galeno le recetó unas gotas para la tos y el
Petetre. La cuestión es que poco a poco Pepe se fue recuperando para
la alegría de todos sus amigos.
123
Tras haber estado unos meses en Copenhague, siguieron actuando por el norte de Europa, esta vez sería Suecia, Estocolmo, allí
actuaron durante dos meses en la sala China Variettes.
Estocolmo es una ciudad maravillosa y llena de encanto, pero
Eusebio notó que aquel público era más serio y costaba
más ganárselo.
El empresario, del
China Variettes, Sr. Monteuse, era íntimo amigo de un
cómico muy famoso en aquellas tierras y que se había hecho muy rico. En uno de los
descansos que tuvo el trío, les
invitaron a que pasaran unos
días en la isla particular que
éste hacendado cómico poseía.
Nic Pope, el anfitrión,
invitó de igual manera a otras
personas. Cuando Eusebio
llegó a la isla, se quedó con la
boca abierta, para él, aquello
era algo maravilloso. Allí, el
cómico Nic Pope, había construido una inmensa casa de
madera, al estilo de las casas
Foto dedicada de Nic Pope a Eusebio
nórdicas. Pero la sorpresa más
grande fue el encontrarse con otra invitada, la gran actriz del cine
alemán Zara Leander, una actriz que Eusebio había visto muchas
veces en el cine Plus Ultra de su barrio del Perchel. Zara Leander, se
veía ahora, algo más cambiada, un poco mayor y entrada en kilos,
pero para Eusebio, ella era otra diosa bajada del Olimpo.
Durante una semana en la que estuvieron invitados, lo pasaron muy bien. Eusebio se reía y hacía bromas de sus amigos “Romeo
124
y Julita”, es decir de Benito y su novia Merrete. Pepe estaba como
nunca, se le había quitado la tos y tenía apetito. Eusebio estaba feliz.
Después de trabajar dos meses en Estocolmo y dos meses en
Finlandia, donde habían estado actuando en un Restaurante – Teatro,
dieron otro salto y pasaron a Alemania, a la ciudad de Hamburgo.
Para Eusebio, aquella ciudad era el no va más de las libertades de entonces, sobretodo cuando descubrió el barrio de San Paulí y
sobre todo la Rue Bamba. La Rue Bamba era una calle larga, llena de
cabarets, salas de fiestas y cafés cantantes, pero además de esos locales, Eusebio pudo comprobar que habían unos balcones que se habían
convertido en escaparates, donde se exhibían prostitutas e inclusos
travestís operados.
En el tiempo que los Albeniz estuvieron en Hamburgo, ocurrió un suceso que dio mucho que hablar.
En uno de aquellos escaparates se exhibía un travestido operado que se hacía llamar Carmen. Por vestuario, solo llevaba una
peineta en el cabello y una flor tapando sus zonas “pudendas”. Por el
nombre y por la peineta Eusebio creyó, acertadamente que el chico
era español y así lo pudo comprobar en una de las ocasiones en que
éste solía ir al local en que Los Albeniz actuaban.
Se enteraron que aquel chico se llamaba Paco y que estaba
enamorado de otro chico alemán, que era su novio.
Un día éste joven tuvo una terrible pelea con su novio, produciéndose la ruptura de relaciones. Despechado, el ardiente Paco, no
tuvo otra idea, que delante del público que pasaba frente al escaparate donde él se anunciaba, cortarse las venas. Por suerte un hombre
que pasaba en ese momento por la calle, al verlo sangrar, rompió el
escaparate y pudo acceder dentro para atenderlo. Por suerte el chico
se salvó y en la localidad, dado a lo espeluznante del caso, no se hablaba de otra cosa.
Después de actuar en esa capital, partieron hacia la ciudad de
Ginebra, pero esta vez los harían sin Aurelio, el pobre guitarrista, con
un disgusto tremendo, hubo de partir para España para realizar su
servicio militar. Eusebio estaba muy apenado, ya que aunque a él no
le hubieran ido las cosas mal, él sabía que no todo el mundo había
tenido la suerte suya.
125
Aquel Trío Albeniz, que muchas veces estuvo formado por
cuatro miembros, ahora eran tres, Carmencita, Benito y Eusebio.
Ginebra y después Suiza y desde allí volvieron a París, a la
Puerta del Sol, donde tantas noches de éxitos habían protagonizado.
Ahora compartían actuación, con unos artistas que Eusebio y
Pepe habían conocido en el Barcelona de Noche, Titina Vela. Era
una artista con un temperamento genial, muy especial y la que tras
haberse quedado sin pareja, le propuso a Pepe, que fuera su pareja,
para actuar en un local árabe - español. Pepe que había estado en “el
dique seco” una temporada, estaba encantado de poder volverse a
subir a un escenario.
Más tarde, Pepe con Titina y su esposo Angelillo, actuaban en
un local Parisino y el Trío Albeniz, en El Puerta del Sol.
Después de llevar actuando tres meses en París, Ricardo Liaño, les volvió a proponer hacer una tournet por la Costa Azul. Era
prácticamente volver a repetir la gira
que antes, ellos ya habían hecho.
Pero ocurrió algo que les
dejó a todos muy preocupados. Titina, llamó a Eusebio por teléfono
muy exaltada y llorando: “Venid
enseguida, Pepe se ha puesto muy
malito”. Inmediatamente salieron
corriendo acudiendo a la angustiosa
llamada de Titina.
Cuando vieron a Pepe, todos
quedaron espantados, a Eusebio se
le heló la poca sangre que llevaba.
Sobre un sofá, aun vestido y
con los botines puestos, se encontraba Pepe, el color de su tez se había trocado en blanco intenso y la
pechera de encajes blancos que tenía
para actuar, estaba totalmente teñida
Eusebio junto a la famosa Bride rojo. Un repentino vómito de
llite Aubert
sangre truncó el color de aquella
126
nívea pechera.
Estaban esperando a que llegara Eusebio y sus amigos, para
llevarlo, de urgencia, al hospital. Rápidamente llamaron a una ambulancia que tardó diez minutos en llegar, diez minutos de un incesante
llanto por parte de Eusebio, que se encontraba angustiado en impotente ante el panorama que presentaba su amigo Pepe. Por fin llegó la
ambulancia y Pepe fue trasladado al Hospital Clínico, donde le atendieron con la propiedad que le hubiera hecho falta cuando visitaron a
los dos doctores anteriores, el amante de Eusebio y el que ellos llamaban, Dr. Petrete.
Le diagnosticaron una inflamación de la pleura, es decir una
pleuritis aguda. Para su recuperación, les recomendaron que lo llevasen aun hospital de la montaña donde debía permanecer, por lo menos un año.
A través del local donde estaban trabajando, consiguieron que
Pepe ingresara, subvencionado por el gobierno francés y sin coste
alguno, en un hospital que se encontraba a unos treinta kilómetros de
París. Pepe estaba tan agradecido a las autoridades francesas, que
habían propiciado el que se pudiera curar en aquel hospital, que
siempre andaba diciendo: “Merci, le president Cotí”, ya que en
aquella época el presidente del gobierno era Renée Cotí.
Para Eusebio, el tener que trabajar en aquella tournét por la
Costa Azul, poniendo buena cara al público, mientras su amigo del
alma estaba en el hospital, se le hacía muy cuesta arriba. Todo le
recordaba a su amigo Pepe y por menos de nada comenzaba a llorar.
En otras circunstancias, Eusebio hubiera sido muy feliz en aquella
tournét, pero con Pepe en el Hospital, todo era muy distinto. A pesar
de que tenía con él, contacto telefónico, la angustia de saberlo postrado le oprimía el corazón. Cada noche rezaba a Dios y a su Virgen
del Carmen, para que estuvieran al lado de Pepe, para que le cuidaran
y le salvaran.
Tras aquel triste suceso, no tuvieron más remedio que dejar a
Pepe para seguir con las galas que tenían programadas. Comenzaron
actuando en el famoso Casino Palms Beach.
127
Picasso, ese señor bajito.Durante un mes, antes de
partir de tournét, estuvieron visitando cada domingo a su amigo
Pepe. El domingo era el día de
visita y ese día Carmencita, Benito y Eusebio, lo aprovechaban
para pasarlo con Pepe. Aquel lugar era idílico, según Eusebio, se
parecían aquellos parajes, a los de
Austria, a los paisajes donde Julie
Andreu intervino como institutriz
en la película “Sonrisas y Lágrimas”.
En el hospital había una
monjita de Zaragoza, era una persona cariñosa y entrañable, apenas alzaba del suelo metro y mePicasso
dio, pero era una dulce polvorilla
que siempre estaba animando a los hospitalizados.
El día que se tuvieron que despedir de Pepe, aquella monjita
que le había tomado un especial cariño, les dijo, con palabras reconfortantes y con una cadencia en la voz, que les hacía desearla abrazar: “Quedad, tranquilos y marchad con el alma en paz”. Dejamos a
Pepe o al “petite espagnol”, como le llamaban en el hospital y esta
vez con más pena que ilusión, se marcharon a recorrer la Costa Azul.
Comenzaron a trabajar como siempre... baile cante y éxito allí
donde actuaban. Locales que ya conocían, en la mayoría de las ocasiones, por haber actuado en ellos con anterioridad.
Un día el empresario de la sala donde estaban actuando, les
pidió que fueran a actuar a la sala de “Juan le Pin al Maxín”, que
tendrían que actuar para un señor español, que iba a celebrar su cumpleaños y que les pagarían bien. Ellos aceptaron de buen grado, aquello supondría un dinerillo extra y como el local no estaba lejos, no
perderían de actuar en Cannes.
128
Era el año 1954. Cuando llegaron a la puerta del local “Juan
le Pin al Maxin”, tuvieron que esperar durante unos momentos. Se
había instalado una mesa a la entrada del local para recibir a los invitados y en aquel momento estaban atendiendo a una pareja, que resultó ser el Aga Kan (el que fuera esposo de Rita Hayworth), con su
compañera Ivonne de Carlo.
El señor de la mesa, les decía a la pareja, que no podían pasar
esa noche, que la fiesta era privada. El Aga Kan e Ivonne de Carlo,
optaron por marcharse. Eusebio no daba crédito a lo que estaba viendo, ¿cómo le podían prohibir la entrada a tan ilustres y famosísimos
personajes?
La pareja se marchó pero, Eusebio que le seguía con la mirada, fascinado por haber conocido a aquellos dos dioses de Hollywood, observó como aquellos artistas, jugueteando, se colaban por la
cocina. Más tarde, Eusebio pudo comprobar que los dos se habían
colocado en una esquina del local sin que nadie se percatara de su
presencia. El Aga Kan, iba vestido con un atuendo muy español, pantalón negro y camisa de lunares. Eusebio que no perdía detalle, pensó
al ver a Ivonne de Carlo, que era, por su estatura, casi una enanita.
Una vez dentro del local, el metre les acompañó para presentarlos al señor que organizaba la fiesta, su fiesta de cumpleaños.
Aquel señor, bajito, con el pelo blanco le preguntó, para sorpresa de
Eusebio, en correcto andaluz, que de ¿dónde eran? Eusebio, muy
altanero le contestó: “De Málaga, mesié”. Aquello sorprendió a aquel
señor que les replicó con un “Coño, igual que yo. Yo también soy
malagueño”. La cara de aquel señor bajito y canoso, se iluminó por
unos instantes, era como si les hubiesen alegrado el día.
Después de realizar su actuación, aquel señor les llamó para
felicitarle, diciéndole: “Se ve que sois grandes artistas y a ti se te
nota que eres malagueño, vaya genio y vaya arte”.
Cuando se iban a marchar, Aquel señor, les dio un rollo grande de papel, donde él había dibujado unas curiosas figuras mientras
habían estado bailando. Él, a la par que le dala aquel rollo de papel al
empresario para que se lo diera a Eusebio y su compañero, le dijo:
“Souwenirs por le spañoles”. Eusebio y su amigo, tras recibir aquel
129
obsequio, le dieron correctamente las gracias sin siquiera desenrollarlo.
Cuando estuvieron a solas, Eusebio desenrolló el papel y pudo comprobar que era un dibujo, a lápiz negro, que firmaba un tal
Picasso y que representaba a Eusebio y su compañero, bailando.
Aquel dibujo, era una muestra de la etapa creativa, en la que Picasso
se sentía como pez en el agua, experimentando con la pintura cubista.
Rita Hayworth
Aga Kan
Ivone de Carlo
A lápiz y en estilo abstracto, pintó a los dos artistas, los que al
no conocer la grandeza del malagueño Pablo Ruiz Picasso y desconociendo el valor de la pintura, hicieron algunos comentarios despectivos hacia la obra. Eusebio dijo: ¿Pero esto qué es?, ¿qué es lo que
ha pintado éste gachó?, ¡éste no soy yo, éste parece una mona!
Era normal que Eusebio o sus compañeros o millones de españoles, no supieran que existía un pintor de las características de
Picasso. En España era tabú ya que se le consideraba rojo y por su
juventud, nunca habían oído hablar de este singular personaje.
Tan poca gracia les hizo aquel dibujo, que inocentemente lo
rechazaron y se lo dieron al empresario del local.
Ahora, ya nada tiene remedio y Eusebio se lamenta, como es
natural, de haber renegado de aquel dibujo, por feo. ¿Qué se le va a
hacer?
130
La fiesta.En Cannes, Eusebio y sus compañeros de espectáculo Benito
y Carmen, vivían en una casita alquilada a pocos metros de la playa.
Allí pasaban el tiempo que tenían libre, escuchando música, escribiéndole a Pepe y bronceándose al sol.
Una tarde fue a visitarle, a su casa, un empresario Italiano,
propietario del Jardín Sinfónique, que preguntaba por Eusebio.
Aquel señor italiano le dijo que iba de parte de una familia
americana, para que hiciera el favor de acompañarles en la cena, que
se iba a dar en su local. Querían que fuera él solo y aquello no le hizo
mucha gracia a Eusebio que estaba acostumbrado a compartirlo todo
con sus amigos. A él no le gustaba salir con gentes que no conocía.
Además tenía el problema que cuando iba a comer o cenar con alguien y estaba nervioso, comía con una rapidez tal, que cuando los
demás comensales estaban terminando los primeros platos, él estaba
listo para comenzar los postres. La etiqueta no era lo suyo y eso le
inquietaba. Aquel empresario italiano, le dijo que se habían informado de que aquella noche no trabajaba y que no podía desaprovechar
la ocasión, pues ello supondría una gran oportunidad para él. También le dijo que se trataba de una familia muy honorable americana
de Hollywood.
El anfitrión resultó ser, el famoso Zanuck, el que fuera director de
producción de la Warner Bros desde
1931 y en 1935 pasara, designado para
el mismo cargo en la nueva Twentieth
Century Fox, en la que impulsó producciones arriesgadas como (Las uvas
de la ira, 1940) y apoyó el uso del
cinemascope y el color De Luxe. Se
retiró en 1956 para dedicarse a la producción independiente, de 1962 a 1971
fue presidente de la Fox.
Darryl F. Zanuck
131
Eusebio conocía poco de pintura, como habrán podido comprobar, pero que en cuestión de cine era un astrólogo que se conocía
a todas las estrellas del firmamento Hollywulence, sabía perfectamente quien era
aquel manager, lo
había visto en revistas, en el cine etc. Un
hombre al que se le
podía ver, en las
principales revistas,
luciendo un gran puro habano y rodeado,
siempre de una constelación de estrellas,
que eran la envidia
de todos los mortales.
Eusebio
se
enteró, que quien
tenía verdadero interés por conocerlo era
la hija de Darryl
Suzanne Zanuck y Eusebio
Francis Zanuck, Suzanne Zanuck, primogénita y ojito derecho de Darryl Francis.
Eusebio me comenta, riéndose de buena gana, que si en vez
de la hija, se hubiera enamorado de él, el padre, seguro que habría
hecho el protagonista de “Lo que el viento se llevó.
Eusebio tenía 24 años, un talle escultural, un dorado moreno
de playa y un ser que le hacía caer bien donde quiera que fuera.
Como no podía ser de otra manera Eusebio aceptó gustosamente aquella enigmática invitación.
Cuando Eusebio apareció por las puertas del local, un aviso
de uno de los empleados hizo que las gentes enmudecieran y que
fuera recibido por los acordes de un piano, que comenzó a lanzar los
entrañables tonos musicales de la “Malagueña de Lecuona”.
A Eusebio le temblaban las piernas, ¿qué estaba ocurriendo?,
sería una broma o qué sería aquello que parecía el argumento de una
132
película. Tras aquel inusitado recibimiento el público, se puso de pie
y rompió en aplausos hacia Eusebio, él que ya, estaba totalmente
nervioso, saludó, con una reverencia a los presentes.
Tras saludar a su anfitrión se sentó en la mesa que le habían
asignado, desde allí pudo observar que en aquel salón del Jardín Sinfónique, estaba lo más granado del mundo de los famosos de aquel
año 1954.
En una mesa contigua, volvía a ver al Aga Kan e Ivonne de
Carlo; en otra mesa pudo ver a la famosísima actriz de Hollywood,
Geni Tiernee, la que más tarde se volvió loca y una de las componentes de las hermanas Dolly, famosas actrices en todo el mundo. En
una mesa para dos, estaban el Duque de Winsor y su esposa, un linajudo caballero, que abdico del trono por amor y se casó con una plebeya y divorciada americana. Aquella señora, la señora Wally, duquesa de Winsor, era una mujer elegante, callada y prudente, extremadamente delgada. Iba vestida con un traje azul oscuro, que hacía
realzar aún más su estilizada figura. El duque, también delgado, parecía ausente, permanecía con la mirada extraviada.
Después de la cena se organizó un pequeño baile. En un momento de este baile, el duque invitó a bailar a la esposa de Darryl
Francis Zanuck y la duquesa para no ser menos, pidió a la orquesta
que interpretaran un pasodoble, que quería bailarlo con el joven español.
Eusebio estaba encantado de compartir pasos del pasodoble
con tan principal dama americana, lo que no sabía, era que ella no
daba pasos, ella le daba pisotones, tantos que terminó con los dedos
de los pies doloridos.
Al igual que brillaba el glamour de tan singulares personalidades, brillaban las alhajas que éstas lucían. Diamantes, rubíes, perlas etc. Colgaban como si nada, del cuello de la duquesa de Winsor,
la esposa de Darryl Francis Zanuck o la hermana de Dolly. A Eusebio, los ojos les echaban chiribitas.
Tras finalizar aquel sarao, a las doce de la noche, decidieron
continuar la fiesta en una discoteca que había cerca del local. Allí
estuvieron hasta las cuatro de la mañana, hora en que todo acabó.
133
Suzanne se reía y se divertía mucho con las ocurrencias y la
gracia de Eusebio. Llegaron a hacerse muy buenos amigos. Tras la
fiesta, quedaron en verse otro día.
A las cuatro de la noche, a Eusebio se le volvieron “las zapatillas de cristal”, en zapatillas de baile, volvió a ser el de siempre y de
allí, de aquella impresionante fiesta, solo obtuvo un bonito recuerdo
que jamás olvidaría.
A través de la relación de amistad que mantuvo con Suzanne,
conoció a muchos actores y actrices del cine americano, que para él
constituía todo un sueño.
A partir de entonces, casi todos los días, Suzanne y Eusebio
tomaban café en la grosserie del Hotel Cartón de Cannes. Con toda
seguridad, aquella habría supuesto una gran oportunidad para Eusebio, podría haber pasado a América con su amiga y con toda seguridad hubiera, incluso haber probado fortuna en el mundo del cine,
Eusebio junto a Mister Universo y Gina Martierneé
134
como le había propuesto Suzanne en diferentes ocasiones, pero la
mente de Eusebio estaba en otro lugar, estaba en aquel sanatorio de
montaña donde se encontraba recluida, una de las personas que él
mas quería y aquello le hacía que perdiera la ilusión por muchas cosas.
Fue en Cannes, en plena Costa Azul, cuando un señor de
nombre Jorge y que se dedicaba a la industria del carbón, se enamoró
perdidamente de él. La verdad es que aquel amor no era correspondido, ya que, Eusebio valoraba la amistad que había surgido entre
ellos, pero Eusebio no sentía ningún tipo de atracción hacia aquel
señor.
El enamoradizo caballero era un millonario y prodigaba todo
tipo de regalos a Eusebio, incluso le regaló una tarjeta de crédito para
que él pudiera comprar lo que quisiera, una tarjeta, que para Eusebio
y para muchos más, era una novedad. Esta recién instituida forma de
pago, comenzaban a circular tímidamente por los comercios y solo la
poseían personas de un alto nivel económico. El enamorado millonario, le llegó a pedir a Eusebio que se fuera a vivir con él, y que dejara
el mundo de la farándula. Le ofreció todo tipo de bienes materiales,
le dijo que le compraría una casa, un coche, que le engordaría la
cuenta del banco, en definitiva, que no le iba a faltar de nada. Eusebio, que además de no sentir amor hacia aquel amante y ni de lejos
pensaba dejar el mundo del espectáculo, por lo que rechazó de pleno
aquella generosa invitación. Para Eusebio su profesión era más que
un oficio, era la posibilidad de ver mundo, de conocer gentes y como
no de sentirse admirado por un público que cada noche les aplaudían
a rabiar. A pesar de poder comprar lo que quisiera, con aquella tarjeta de crédito, Eusebio no quiso abusar de la bondad de aquel señor y
apenas hacía uso de ella, si bien el amante, al ver que él no se compraba apenas nada, le prodigaba con constantes regalos.
Por otro lado, también Suzanne le propuso de manera firme,
el que se fuera a vivir con ella, pero él sabía que aquello no podría
salir bien, por mucho que lo intentase, él jamás sería un hombre para
una mujer. Se acordaba de aquella apuesta, aquella prueba que le
puso en Barcelona, la amante del torero y que finalmente terminó
perdiendo.
135
En otra ocasión, Eusebio se llevó una gran sorpresa. Él sabía
que existían muchos homosexuales que permanecían en ese armario
que parece que no tuviera fondo y que existían otros que eran conocidos en el mundo del espectáculo, pero algunos eran tan varoniles que incluso una persona, con la experiencia de Eusebio, jamás habría sospechado de la homosexualidad de alguno de ellos.
Un buen día, se encontró con un amigo
también homosexual. Era un afamado bailarín
de baile clásico y que trabajaba en la compañía del actor Bob Hoppe y que como él se
encontraba alojado en el Hotel Hiltón.
Subieron a su habitación para ver el
Rock Hudson
álbum fotográfico que éste joven tenía con
fotos de famosos. Tras repasar aquellas fotos, donde su amigo aparecía con los más afamados actores del momento, topó con una que le
llamó la atención. En aquella foto se veía al archifamoso Rock Hudson, en actitud muy cariñosa con su amigo. Eusebio tras observar la
foto, solo hizo un comentario: ¡¿Es posible?!, su amigo le asintió con
la cabeza. Eusebio acababa de descubrir que aquel del que estaban
enamoradas todas las mujeres del mundo y casi todos los mariquitas,
era homosexual. Lo curioso es que Eusebio, a pesar de verlo con sus
propios ojos, tardó en asumirlo. Su amigo le contó que su nombre
verdadero no era Rock Hudson, sino Roy Harold Scherer y que ese
nombre artístico se lo había dedicado a: Rock, a la roca de Gibraltar
y Hudson, al río Hudson de EE.UU.
Otra vez París.Tras seis meses de continuas actuaciones en la Costa Azul, el
Trío Albeniz, volvía a París. Suzanne y sus padres también se marcharon unos días antes a su casa de la capital de Sena, en los Campos
Elíseos.
136
Suzanne le pidió a Eusebio, que cuando llegara a París la llamara, que iba a organizar una gran fiesta de bienvenida, donde no
iban a faltar, la flor y nata de los artistas del momento.
Cuando Eusebio llegó a París, lo primero que hizo fue llamar
a su amiga Suzanne, tal y como habían acordado, quedando para reunirse en la fiesta que ella había organizado en su honor, aquella
misma noche.
Para Eusebio, la prioridad más grande, era ir a ver a su querido hermano y amigo Pepe, que tanto lo había echado de menos.
Nada
más soltar los
bártulos,
el
grupo se dirigió a ver a Pepe, que se encontraba en el
hospital
del
campo. Quiso
la casualidad,
que aquel día
se
celebrara
una fiesta dentro del recinto
hospitalario,
unas fiestecillas que montaban los mismos enfermos
a fin de distraerse un poco. Unos actuaban como
cómicos, con
más o menos
Pepe y su acompañante negro en la famosa exhibición
gracia,
otros de baile en el hospital
cantaban
o
137
tocaban algún instrumento, con más o menos acierto y Pepe había
ensayado en baile de un tango, en el que él aparecía vestido de mujer,
acompañado de un fornido chico negro.
Eusebio y su amigo Pepe
Cuando Eusebio y su grupo llegaron al hospital, les recibió la
encantadora monjita española, de diminuta figura, pero vivaracha y
alegre, una monjita que hacía que los corazones de las gentes, especialmente de los enfermos, se llenaran de esperanza y optimismo.
Ella les contó que Pepe no era el mismo, ahora se encontraba muy
bien, aunque tendría que terminar el tratamiento, les contó lo de la
138
fiesta y a Eusebio y su grupo, que eran “fiesteros” por naturaleza,
aquello les encantó y se dispusieron a compartir con ellos esos momentos de sana alegría.
Pepe y aquel negrazo, salieron al escenario que el hospital
había preparado. Pepe se había transformado en una guapa mujer, sus
hechuras y maneras le hicieron exclamar a la monjita, que dicho sea
de paso, para ella, Pepe era su ojito derecho: ¡Qué guapa es! Es una
mujer de verdad, se parece a una hermana mía!
Cuando comenzaron a bailar, la monjita se tronchaba de la
risa y mientras todos reían a Eusebio se le escaparon unas clandestinas lágrimas de gozo, que recorrieron sin freno las mejillas del bailarín. Él le había visto muy mal, incluso, aunque no lo dijo, creyó que
lo perdería y ahora le veía lleno de vida, repuesto y con ganas de
vivir. Por eso mientras los demás reían y lo pasaban en grande, Eusebio, en silencio musitaba un Padre Nuestro a su compañera de toda
la vida, a su Virgen del Perchel, en agradecimiento por el milagro
que sin duda, ella había obrado en su amigo Pepe.
Allí estuvieron de fiesta, de risas y contándole de viva palabra
todas sus andanzas a Pepe, tan abstraídos estaban, que a Eusebio se
le olvidó por completo el compromiso que tenía con Suzanne, solo
cuando iban de regreso, su mente libro un hueco para que Eusebio se
acordara de otras cosas, y exclamó: ¡ Dios mío, la fiesta de Suzanne!,
miró su reloj, pero ya todo era inútil.
A la mañana siguiente, como era costumbre, Eusebio estaba
desayunando en la cafetería de El Lido. Allí llegó un señor, que era
artista y amigo de Suzanne, con un encargo de ella, él le dijo: “No te
pongas delante de la Zanuck, está muy enfadada contigo y no es para menos. Anoche organizó una fiesta, en tu honor, de las que hacen
época, fueron los más grandes artistas, e incluso sus padres y tú se
lo has pagado, dejándola plantada y en ridículo delante de tantas
gentes.
Eusebio, sabía que había obrado mal, pero también sabía que
no habría fiesta en el mundo que le separara de su amigo Pepe.
Eusebio, queriéndose disculpar, inventó una ridícula excusa,
le pidió a aquel hombre, que le dijera a Suzanne, que le perdonara,
139
que había tenido un accidente en el ascensor del hotel y que por eso
no había asistido a la fiesta.
Aquello fue el fin de una bonita amistad, ya jamás la volvería
a ver. Curiosamente en el año 2004, Eusebio estaba viendo un documental en la televisión, cuando vio que hablaban de Darryl Francis
Zanuck y aparecía su hija Suzanne. Para Eusebio aquello supuso un
choc emocional muy grande. Muchos años después, a través de la
televisión, volvieron a rondarle en su cabeza, aquellos fantasmas del
pasado.
Los siguientes seis meses, Eusebio y su grupo, estuvieron
actuando en diferentes locales de París, fueron seis meses muy duros,
ya que hubieron de vivir la ruptura de Carmencita y su guitarrista
Amelio y la de Benito con su novia, la bailarina Merrete.
Pasado aquellos seis meses, Pepe salió totalmente recuperado
del hospital y eso les llenó de alegría a todos. Ahora el grupo lo
componían, Carmencita, Benito y Eusebio, además de Pepe que era
el que les ayudaba en todo.
El futuro de aquellos artistas pasó por momentos inciertos,
tanto fue así, que el músico Xavier Cugat, que entonces estaba en la
cresta de la ola de la fama, a pesar que muchos lo relacionaban con la
mafia americana, les propuso irse con él, para actuar en las Vegas, en
los Estados Unidos. Cugat, pretendía que se fueran con él, el cuerpo
de baile, pero el guitarrista debía quedarse, dado que él tenía guitarristas en su orquesta, pero ellos, a pesar de que sabían que perderían
El Trío Albeniz en el Moulin Rouge de París
aquella gran oportunidad, decidieron seguir juntos.
Una vez los cuatro juntos, decidieron aceptar unas actuaciones que tenían programadas en Roma.
140
Allí estuvieron actuando hasta que a Benito, le llegó la hora
de volverse a España para hacer su Servicio Militar, algo que todos
estaban esperando que ocurriera de un momento a otro.
Italia, un país maravilloso.Para ellos, el estar en Italia era algo diferente, Italia les era
más próxima, los italianos eran más parecidos a los españoles y menos estirados que los franceses. La luz era también distinta, en Italia
los colores eran intensos y la luz les hacia estar vitales todo el tiempo. Habían dejado a tras un París maravilloso, pero frío y gris.
Eusebio ya conocía Italia pero no dejaba de asombrarse ante
la magnificencia de aquel país.
Nada más llegar, dispusieron su cuartel general, es decir alquilaron una casa en Milán y desde allí realizaban sus desplazamientos para sus actuaciones en las diferentes provincias italianas. Actuaron en: Roma, Florencia, Nápoles, Torino, Venecia, Génova, Milán,
Capri, Viorregio, Bulsano y San Vicente.
El primer contrato lo firmaron para actuar en una sala de Roma, que tenía clientes muy exclusivos, pertenecientes, en su mayoría
a la alta sociedad de Roma, el local se llamaba “Open Gay”, obtuvieron un resonado éxito. También actuaron en el Rupert Tarpea, una
sala de fiestas en la que Eusebio ya había actuado con el ballet Andalucía, ahora lo hacían bajo el nombre del Trío Albeniz.
Las tardes que Eusebio tenía libre, le gustaba pasear por Roma. Un
día que iba paseando, abstraído por la belleza de la
Plaza de España, escuchó
una voz que le era muy
familiar y sobre todo, al
escuchar aquella peculiar
voz bronca, que desde un
Paco Rabal y Carmen Sevilla
lateral de la plaza, gritaba:
“Eusebio, Eusebio”.
141
Eusebio volvió la mirada y se encontró con su amigo Paco
Rabal, un actor que comenzaba a despuntar y que él había conocido
en Jerez de la Frontera y coincidido, más tarde, en Barcelona, era un
asiduo asistente a las actuaciones en las que intervenía Eusebio y de
ahí su amistad con él.
Paco Rabal se encontraba en Roma, interviniendo como actor
en una película que dirigía Antonioni y en la que además de él y
otros actores famosos, intervenía, Monica Viti.
Aquel encuentro les causó una gran alegría a los dos, tanto
que quedaron aquella noche para tomar unas copas en el Rupert Tarpea. Paco Rabal, que era un gran enamorado de su Tierra, se pasó
toda la noche contándole cosas de España.
A pesar de que Eusebio siempre sentía morriña de España, se
sentía muy a gusto en Italia, era el país de las libertades, ese país
donde nadie le decía mariquita o le miraba mal, por el solo hecho de
ser homosexual.
En Italia le ocurrieron mil y
una anécdotas. Una de ella fue el
hecho que el Rey Faruk de Egipto,
tras verle actuar, en el Florida Jardín, les invitara a actuar para él, en
privado, en su villa romana de Villa
Borguesse. Tras la actuación de
Carmencita y Eusebio, aquel dadivoso rey, les colmó de regalos.
Otro de los amigos entrañables de Eusebio, fue Jorge Mistral.
Jorge Mistral era un hombre simpático y atento que disfrutaba con la
amistad de Eusebio, al que se lo
había presentado su amiga Antoñita
Rey Faruk de Egipto
Colomé, en Barcelona; tanto era su
amistad y confianza que cuando Eusebio terminaba la actuación, se
solían ir juntos a tomar copas por otros locales de la noche romana.
Algunas noches terminaban en su casa, junto a otros amigos. Una
anécdota la constituye una fotografía que Mistral le dedicó a Euse142
bio, en la que se puede leer: “A mi gran amigo Eusebio, el que más
jamón come del mundo”. Esto venía a cuento, porque cuando iban al
apartamento de Mistral, él tenía un jamón colgado y Eusebio se hacía
de un cuchillo y daba buena cuenta de aquella suculenta pata de marrano.
Mistral poseía una cámara fotográfica sorprendente. Era una
cámara Polaroid, un endiablado artefacto que revelaba las fotos al
momento y que Eusebio nunca había visto.
Eusebio se quedaba extasiado ante tan gran invento de la técnica.
Mercelo Mastrollani; Silvana Pampanini; Eusebio Valderrama; Pies Bresman; Sergio Rimaldi; Marco Vicario, entre otros.
Eusebio luce un traje de Valenciaga, realizado por el modisto para la ocasión
y que según Eusebio le costó un...
Jorge se encontraba en roma participando en una película en
la que intervenía otra amiga de Eusebio, Sofía Loren. En la película
actuaba también, el afamado actor Alan La.
143
Jorge Mistral
Algún tiempo después, la desgraciada muerte de Jorge Mistral
sumió a Eusebio en una pena que le duró bastante. Eusebio quedó
mudo cuando un día leyó, que su querido amigo Jorge Mistral, se
había pegado un tiro en la boca, en su casa de México.
Como pareja con Carmencita, lograron muchos éxitos y fama,
tanto es así que tuvieron que desplazarse para trabajar en dos televisiones de fuera de Italia, las televisiones de Montecarlo y la de Bruselas. En Venecia, conocieron a Raf Valone y a la famosísima actriz
144
de los años sesenta María Chell. Entre ellos surgió una bonita amistad. María le invitó a que asistiera a la entrega de premios de la Academia del Cine Italiano.
Como no podía ser de otra manera, él aceptó muy gustoso. De
pronto, Eusebio se vio metido entre grandes artistas italianos, franceses y americanos, artistas que tantas veces había admirado en las
pantallas de su Plus Ultra malagueño y ahora estaban allí, delante de
él, de carne y hueso. Fue una experiencia única para Eusebio.
También en una ocasión fueron invitados a la isla de Capri,
por unos amigos. A Eusebio le encanta aquella isla tan bella y con
tanto embrujo. Pero lo que, un día, más le llamó la atención, fue el
encontrarse en un bar, sentada al lado suyo, a la archiconocida Jacqueline Kennedy, que estaba en la isla de incógnito.
Corría el año 1957 y el Trío Albeniz se marchó a Madrid para
acompañar a Benito que debía
incorporarse a su Servicio Militar. Por suerte le tocó en Madrid. La noche antes de volverse a España, fueron invitados,
para celebrar una fiesta de despedida, a la casa de otro de los
amigos de Eusebio, el actor
cómico italiano Ugo Tognazzi.
Aquel actor haría celebre, años
más tarde, la simpática película
“La jaula de grillos”.
Aquella fue una magnifica velada, en la que degustaron los platos que su anfitrión
Ugo Tognazzi, había cocinado
para ellos. Ugo Tognazzi era El famoso actor Ugo Tognazzi, amigo
considerado por sus amigos de Eusebio
como un excelente cocinero.
Asegurándose el empresario del local “Le Roy”, el señor Bemenatti,
que a su vuelta ellos actuarían en su local, les hizo firmar a Carmen y
a Eusebio un contrato donde se establecía el compromiso.
145
CAPÍTULO VIII
Cuatro botones dorados.Aquellos integrantes del magnífico cuerpo de baile, El Trío
Albeniz, decidieron tomarse unas mini vacaciones en España y aprovechar Carmencita y Eusebio para ensayar su nuevo número antes de
volver a Italia como pareja de baile.
Se alojaron en Madrid, en la casa de la familia Donis, una
Eusebio y su famosa chaqueta con cuatro botones dorados
146
familia cariñosa y padres de uno de los integrantes del Ballet Andalucía, que les abrió sus puertas. La mujer se llamaba doña Concha y
el marido don Ángel, también vivía con ellos, la que le decían “la tita
Goya”.
Eusebio aprovechó para pedirle a su madre que se reuniera
con él en Madrid, no podía estar más tiempo sin verla.
Cuando por las noches se encontraban todos juntos, parecían
que estaban celebrando la verbena de la Paloma, todo eran risas,
chascarrillos, cante y baile.
Cada mañana, Eusebio y Carmencita iban a los estudios de
Amor de Dios, para ensayar el número que estaban preparando para
actuar en Roma.
Por aquellos conocidos estudios madrileños pasaron muchos
de los artistas españoles, entre ellos nuestro querido Antonio Gades
(q.e.p.d.), exesposo de nuestra Pepa Flores y padre de la talentosa y
guapísima actriz María Estévez .
Un día, Eusebio se enteró de que su amigo Juanito, aquel que
conoció, cuando realizaba su servicio militar en Granada y con el que
había hecho tantas migas, se había instalado en Madrid. Había montado una peluquería de lujo en la Gran Vía madrileña, de nombre
Ana Bolena y las cosas le iban estupendamente. Eusebio fue a verlo
y la alegría fue grande cuando se reencontraron tan buenos amigos.
Un día, cuando tan solo faltaban tres días para que Carmencita, Pepe y Eusebio se marcharan a Italia, Juanito les llamó y les dijo
que tenía tres entradas para el teatro, para ver el Ballet de Pilar López, y a Antonio el bailarín, que luego participarían en la película
“Orgullo y Duende del Flamenco”, y que dirigió Edgar Neville.
Aquella noche los tres juntos asistieron al espectáculo.
Eusebio iba especialmente elegante, tanto que llamaba la
atención. Su vestuario era italiano: pantalón gris, camisa blanca, corbata azul y chaqueta azul, con dos botones dorados en las bocamangas y la pechera cruzada, con CUATRO BOTONES DORADOS.
A Juanito se le ocurrió la idea de ir a tomar unas copas a la
Sala de Fiestas, El Rincón Cordobés.
Aquel era un local muy particular, donde se daban cita, artistas consagrados y artistas que aspiraban serlo, homosexuales, gentes
147
con poderío económico y gentes que iban a su amparo. También se
daban cita chaperos, prostitutas y gentes de dudosos oficios.
En
definitiva,
aquel local era como la
paleta de un pintor, donde se congregaban todos
los cromatismos de la
noche madrileña.
Eusebio, que la
vida le había hecho ver el
peligro, aquel local no le
parecía seguro, era el
típico lugar donde no
sería raro que realizaran
una redada policial.
A Pepe tampoco
le gustó y tras mucho
insistir para que se fueran de allí, él optó por
marcharse solo a dormir
y terminar la noche tranquilamente.
Eusebio le hizo
Eusebio y la famosa chaqueta
ver a Juanito lo peligroso
que podía ser, entrar en
un local de aquellas características. Juanito le reprochó que no quisiera entrar y le dijo que él estaba traumatizado por lo que le había
pasado en Málaga, pero que ahora las cosas eran diferentes, España
había cambiado y las gentes eran más tolerantes con los homosexuales.
Después de unos momentos de incertidumbre y de tiras y
aflojas, Juanito harto de insistir desistió de entrar al local.
Aquel local era lo más parecido a las famosas Sodoma y Gomorra de la Biblia. Allí cada uno iba a su aire, cada uno hacía lo que
le daba la gana y a nadie parecía importarle lo que estuviera haciendo
su vecino.
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Los chaperos y prostitutas captaban clientes, algunos “gigolós”, acechaban a sus presas, bien fueran mujeres solas o mujeres
acompañadas, en definitiva, aquello era una jaula de locos, donde se
concentraba, lo bueno y lo más deplorable de la noche madrileña.
Eusebio se vio tentado a entrar, sobretodo porque allí interpretaban cada noche, las coplas de dos de sus amigos, Tomás de Antequera y Antonio Amaya.
Desde que llegaron a aquel lugar, Eusebio sintió una sensación rara que le atenazaba el corazón, sentía como si esa noche fuera
a ocurrir algo malo, una premonición que luego, tristemente, se haría
realidad.
En la calle, Juanito le reprochaba aquella actitud mojigata,
impropia de Eusebio, pero nuestro protagonista sentía la imperiosa
necesidad de alejarse de aquel abrigadero de problemas. Nada más
hubieron andado unos metros, Juanito le pidió que fueran a tomar
una última copa al bar de un amigo portugués. Cuando entraron, pudieron comprobar que el bar estaba casi vacío. Por lo intempestivo de
la hora, solo se encontraban el portugués y un empleado, que mataban el aburrimiento jugando al dominó.
Eusebio, a sabiendas que se estaba poniendo muy pesado, le
pidió a Juanito que se marcharan también de aquel lugar. Juanito no
daba crédito viendo aquel Eusebio tan altanero y ahora tan asustadizo.
Cuando se disponían a salir del local unos coches, SEAT
1500 negros, entraron de pronto en la calle, haciendo chirriar los
neumáticos contra el asfalto, tras una brusca frenada.
De aquellos coches salieron varios hombres, que por sus caras, sus formas e inusitada rudeza, les hacían comprender que eran
policías. Del local salieron los dos que estaban sentados y que también eran policías. Aquellos dos hombres les detuvieron a la par que
podíamos oír gritos y alboroto que provenían del Rincón Cordobés.
Al instante hizo su aparición una camioneta con toldo de lona, que
abrió su portezuela trasera, pusieron una rampa de madera y allí les
fueron subiendo. Eusebio vio como aquella camioneta se llenaba por
momentos de hombres, mujeres y como no, de homosexuales. Pare149
cían corderos que iban al matadero, más de cien personas calculó
Eusebio que iban en aquella luctuosa camioneta.
El vehículo se dirigió a la comisaría del distrito y allí, poco a
poco fueron haciendo una purga de personas. A unos, tras un breve
interrogatorio les dejaban ir, a otros los apartaban y los volvían a
meter en la dichosa camioneta.
Cuando Eusebio se presentó delante del policía, la reacción
del funcionario fue decirle de forma despectiva: “Vaya, quien tenemos aquí, a la Celia Gámez”, “a ver, dame los papeles”. Eusebio
llevaba dos pasaportes, uno que había caducado y el otro que estaba
en vigor. De su chaqueta, con el nerviosismo, le dio el primero que
encontró y que era el caducado. El agente al verlo le increpó “¿Esto
qué es, no vez que está caducado?” . Eusebio se disculpó y le entregó el que estaba al día y que ponía “Al corriente y al día”.
El policía, comenzó a leer y a pasar las hojas del pasaporte y
con cara de extrañeza le preguntó: “¿Tú has estado en todos estos
países?”. Eusebio, muy asustado, con la poca voz que le salía del
cuerpo le contestó: “Si señor, es que soy bailarín, ¿sabe usted?”. El
funcionario sin levantar la cabeza de la mesa le contestó de forma
desagradable: “¡ni lo sé ni me importa!”. Soltando, aquel pasaporte
junto a otros que habían amontonados en un rincón de la mesa, le
ordenó a los agentes que estaban allí apostados: “A la camioneta con
él. A ver otro”. Eusebio fue conducido junto a otros muchos a la comisaría de la Puerta del Sol, no era la Puerta del Sol parisina donde
tantas noches de gloria había vivido, ahora eran a los calabozos de la
comisaría de la Puerta del Sol, madrileña.
Allí, permanecían amontonados unos con otros a la espera de
que se aclarar su situación y de vez en cuando se escuchaba un nombre, cuando el anunciado se aproximaba, el comisario le decía, a la
calle o al calabozo.
Eusebio sabía que si habían pedido su ficha policial a Málaga,
no le iba a salvar nadie de ir al calabozo. Por ello le pidió a Juanito,
que si él no salía, le dijera a Carmencita y a sus amigos, lo que había
ocurrido, pero que su madre, ¡por Dios! no se enterara.
Cuando el policía le llamó, al verlo le dijo: “Esos botones son
una mariconada” y Eusebio, quizás por el miedo, quizás por su rabia
150
contenida, pronunció unas palabras que mejor no las hubiera dicho
jamás y de las que se arrepintió toda su vida, comentó: “¿Qué estos
botones son una mariconada?, pero si el otro día vi en el NODO,
como el caudillo estaba pescando unos peses gordísimos y llevaba
una chaqueta como esta y con botones dorados y todo”. El comisario
le miró con rabia, fijamente a los ojos, quizás pensando si le daba un
guantazo o se lo comía allí mismo, Eusebio había ofendido, según él,
nada más y nada menos que a su caudillo. El comisario se contuvo y
solo, musitó unas palabras que resonaron en la cabeza de Eusebio,
como si le hubiese caído una bomba, le dijo en voz baja y casi al oído: “Te vas a enterar, maricón”.
De aquella comisaría fue trasladado a la cárcel de Carabanchel.
El informe que habían recibido de Málaga era totalmente calumnioso y difamatorio, pero ¿cómo demostrarlo?
Cuando entró en Carabanchel, el funcionario le dijo, con un
lacónico tono de voz: “Te han caído noventa días de cárcel”.
Benito, enterado de lo que había ocurrido, fue a hablar con el
comisario jefe, pidiéndole que intercediera por él, que era buena persona y que en tres días tenía que debutar en Milán. El comisario jefe
le dijo, lo mismo que le dijeron a Eusebio en Málaga: “Ya nada se
puede hacer, la sentencia está dictada”.
A pesar de todo tuvo suerte, pues aquella condena no le repercutiría en su pasaporte, al no haberle aplicado la ley de “Vagos y
Maleantes”.
Días más tarde, Eusebio, no podía dejar de pensar en los dichosos botones dorados y en la tontería de nombrar a Franco, en
aquella situación tan delicada, que le había llevado a ganarse tres
meses de cárcel. ¿Quién le había mandado a él abrir la dichosa boquita?
Su amigo Benito, estaba, como todos, tremendamente angustiado, por lo que se dedicó a tocar a todas las puertas de gentes que le
pudieran favorecer un indulto para su querido amigo.
Con resignación, Eusebio se dispuso a pasar el tiempo, lo mejor que pudiera en aquel lugar, una cárcel donde convivía con ladrones, criminales, idealistas políticos y muchos homosexuales.
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Eusebio compartía celda con el portugués amigo de Juanito,
al que también había metido en el trullo, otro era el famoso decorador Vitín Corteso y dos homosexuales que decían, eran matrimonio,
es decir, lo que hoy llamaríamos una pareja de hecho.
A uno de ellos lo habían condenado a veinticinco años de prisión, por robo, a su pareja, solo quince días, por escándalo público.
Un día pasó algo que a Eusebio le llamó mucho la atención, a
aquel homosexual que habían condenado a solo quince días le dieron
la libertad, todos se alegraron, pero al cabo de tres días volvía a entrar con otra condena de quince días. Lo raro era que él entraba feliz
y contento.
Eusebio, apesadumbrado le preguntó: ¿Hombre ¿qué te ha
pasado esta vez? Aquel joven, al que se le veía exento de pena o
afectado lo más mínimo, le contestó con un escueto: “Pues que me va
a pasar, lo de siempre”. Eusebio se quedó muy intrigado y le preguntó a otros compañeros que llevaban más tiempo en aquella forzada
reclusión.
Le contaron que lo de aquel preso era algo singular. Como
quiera que estaba muy enamorado del que él decía era su marido,
cuando lo ponían en libertad, hacía los recados que tuviera que hacer
e inmediatamente después, se vestía de mujer y se iba a la comisaría
de la Puerta del Sol y delante de algún guardia, comenzaba un paripé
de querer seducir al guardia. El agente, unas veces le daba dos tortas
y le metían en prisión, que era lo que él quería u otras veces lo metían sin las tortas. La cuestión es que aquel joven enamorado, se pasaba la vida recibiendo totazos y entrando y saliendo de Carabanchel,
pero feliz porque al menos pasaba quince días con su “marido”.
La vida de Eusebio, como la de cualquier penado era monótona y rutinaria. Por la mañana paseos en el patio, buscando las recachitas de sol y por la tarde a la celda. Los viernes por la tarde tenían
función de cine, un momento que esperaban todos con ansiedad. Por
unos momentos se inhibían de sus problemas y viajaban con su imaginación a lugares que muchos jamás conocerían. Eusebio veía, con
lágrimas en los ojos, películas donde intervenían artistas que él meses antes había tratado.
152
Habían pasado cuarenta y cinco días de condena, le quedaba
juntamente la mitad, pero aquel día iba a ser diferente.
Eusebio estaba en la cola de los presos que iban a entrar para
ver el cine, cuando el altavoz de la cárcel le nombró: “Atención, Eusebio Valderrama Sevilla, preséntese con sus pertenencias al cabo
de guardia”.
A Eusebio le temblaban las piernas, ¿qué era lo que ocurría?,
¿le iban a trasladar?, la libertad estaba aún lejos, pensaba.
Temblando de miedo, con un hatillo, en el que había metido
la poca ropa que tenía, se dirigió al Cuerpo de Guardia. Se había despedido de sus compañeros, camaradas que se pusieron a llorar pensando que algo malo le iba a pasar.
Eusebio llegó al Cuerpo de Guardia, como cordero que lo llevan al desolladero. El guardia, al verlo le preguntó ¿Eres tú Eusebio
Valderrama? Con una casi imperceptible voz, él dijo: “si señor, soy
yo” y quedó esperando lo que el destino le fuera a deparar.
El guardia solo le dijo: “Qué suerte tienes, maricón, te han
concedido el indulto”.
Aquella noticia, retumbó en su mente como si se la hubieran
golpeado con un martillo. Las piernas le fallaron y hubo de agarrarse
al reposa brazos de madera de una de las sillas que había en aquella
pequeña habitación. El choc había sido tan grande que no sabía si
llorar, reír o incluso echarse a los brazos del agente. Era algo fantástico. Eusebio se vistió a toda prisa, con las ropas que había en el paquete que el funcionario le entregó y después de firmar los papeles,
que le dieron de su ansiada libertad, salió corriendo, llorando y riendo a la vez, con los cordones de los zapatos aún en la boca, los zapatos en chanclas y la camisa fuera del pantalón. Eusebio salió corriendo por el portalón y allí afuera, recibiría otra sorpresa.
Una viejecita, vestida de negro con la cara cruzada por el dolor, le extendía los brazos, era su madre que había ido a esperarlo.
Los dos se abrazaron fuertemente y lloraron a la par. En un rincón de
la calle, estaba Benito, Carmen, Juanito y su inseparable amigo del
alma, Pepe. Aquello se convirtió en toda una escena, todos blandían
pañuelos que se llevaban a los ojos para mitigar aquellos ríos de lá153
grimas emocionadas. Al cabo de unos momentos todos se abrazaban
como jamás antes lo habían hecho.
Después de mucho batallar, Benito había logrado que indultaran a su amigo Eusebio y gracias a él, ahora era, por fin, LIBRE.
A los pocos días, ya todo estaba arreglado, Eusebio no quería
permanecer ni un minuto más en España, en aquella España gris de
terribles injusticias.
Su madre volvió a Málaga, con los suyos y Eusebio, Carmencita y Pepe, a finales de 1957 marcharon a Milán. Tras acabar el Servicio Militar, Benito se volvió a incorporar al grupo En Italia estuvieron actuando hasta el día 8 de enero, de 1959.
De Italia apenas salieron para actuar en otros países, solo lo
hicieron, con el permiso del señor Benerrotti, el empresario del Le
Roy, para actuar en un programa de la BBC de Londres, en la que
hubieron de permanecer una semana para grabar solo siete minutos
de programa, las cosas de la televisión eran así.
Otra actuación que recuerda Eusebio y de la que hablaron
mucho fue, una a la que acudieron invitados para actuar en la celebración de una boda, el local se encontraba en Nápoles y se llamaba
“Tía Teresa”. Ellos solo sabían que la boda era de la hija de un señor
muy adinerado Italiano y que vivía en América y que había venido a
Nápoles, especialmente para asistir a la boda de su hija.
Como era de esperar, la actuación del trío Albeniz, constituyó
un total éxito y al final todos cantaron y bailaron. Cuando Carmencita, Benito, Eusebio y Pepe se encontraban recogiendo toda la ropa
para marcharse, después de haber recibido una generosa paga, cinco
hombres muy bien trajeados y con sombreros, se acercaron hasta
donde ellos estaban. Uno de ellos era amigo del padre de la novia,
éste señor fue a felicitarlos por la actuación. Él se presentó: “Soy
Lucky Luciano y venía a felicitaros por vuestra magnífica actuación.
Si vais por América no dejéis de ir a verme”. Tras darle la mano a
todos, se marchó junto a aquellos hombres. Ni que decir tienen, que
aquel personaje no era otro que el famoso gángster mafioso Ítaloamericano Lucky Luciano.
154
Como se suele decir, cuando
los cuatro salieron del local, “los pies
le daban en el culo”, corrían para perderlo de vista. No solía ser bueno para
la salud, actuar para un gángster, especialmente tras haber visto películas
donde las fiestas solían terminar en un
baño de sangre y donde las gentes bailaban movidos, no por la música, sino
por el funesto eco de las ametralladoras.
Durante mucho tiempo estuvieron hablando de aquella especial acLucky Luciano
tuación.
Tras el éxito que obtuvieron en la BBC de Londres, otras cadenas le pidieron que actuaran para ellos; televisiones como la de
París y la de Milán y en la de Londres, donde, después del éxito, hubieron de volver como grandes artistas.
Un día, Benerrotti, les mandó llamar a su despacho. Allí les
presentó a un señor bajito, elegante y con una prominente joroba, que
era un conocido empresario árabe, llamado Artín Behadurian. Aquel
hombre les quería hacer una proposición.
La oferta radicaba en la firma de un contrato de tres meses,
para actuar en países del Oriente Medio, Beirut. El Cairo y Teherán.
Las condiciones del contrato eran estupendas, les pagaban especialmente bien, se incluía pasajes de ida y vuelta para el Trío Albeniz e incluso para su modisto, su querido Pepe.
Con el permiso de Benerrotti, todos estuvieron de acuerdo y
firmaron el contrato.
Quince días más tarde, la embajada libanesa en Milán, les hizo llegar los visados en regla; ya se podían marchar.
155
Eusebio y su grupo actuando para la televisión
También le concedieron el poder llevar cien kilos de equipaje
de atrezzo y veinte kilos cada uno de equipaje personal.
Como era natural, muchas cosas se quedaron en su casa de
Milán. Recuerdos de muchos países y álbumes de fotos de sus familiares etc., pero pensaban que a los tres meses, después de sus actuaciones se volverían a reencontrar con ellos.
Aquel día 8 de enero de 1959, partían hacia el Oriente Medio
con la intención de estar tres meses actuando, lo que no sabían era
que aquellos tres meses se convertirían en treinta años, en toda una
vida, ya que hasta 1995, no volverían a España para quedarse definitivamente.
156
Eusebio en Teherán
157
CAPÍTULO IX
El mágico Oriente Medio.El primer lugar de Oriente Medio en que fueron contratados,
fue en Beirut. Aquel era un país encantador, poseía grandes y maravillosas playas, también poseía una zona montañosa muy bella, era
un lugar muy cosmopolita, con una gran cantidad de personas de
todos los países que iban y venían. Poseía un espléndido casino, que
nada tenía que envidiar al más flamante de las Vegas, de los EE.UU.
Allí estuvieron contratados durante seis meses, en la Sala de
Fiestas Chez Eve.
Tras esos seis meses,
marcharon al Cairo, a la Tierra de los faraones. Si Beirut
le gustó a Eusebio, el Cairo le
dejó impresionado. Aquello
era diferente a todo lo que
hasta ahora había visto. Era
un país totalmente exótico
tanto en costumbres como en
Anuncio del Chez Eve
su maravilloso paisaje. Pirámides, palmeras y aquel Nilo
cruzado por barcas que parecían anunciar, que de un momento a otro
iba a pasar la falúa de Cleopatra y Marco Antonio. Eusebio, solo tenía que cerrar los ojos, para sentirse trasladado al antiguo Egipto y
verse vestido con una clámide de reina y alhajas cubriendo su cuerpo.
En aquel paradisíaco lugar, estuvieron contratados durante
tres meses, en el famoso hotel del Cairo Semirami, que se encuentra
cercano al Nilo. Sus actuaciones fueron muy comentadas y cada noche el local se llenaba para ver actuar a aquel Trío Albeniz.
Tras el cumplimiento de este contrato les volvieron a contratar para actuar sobre las tranquilas y apacibles aguas del Nilo, es decir en un gran barco, que había pertenecido al Rey Faruk y que ahora
158
cumplía la función de restaurante y sala de fiestas flotante. Había
sido el barco de aquel monarca que precisamente ellos habían conocido en Roma.
El barco se dividía, entre otros habitáculos, en Restaurante,
Cafetería, Sala de Fiestas y los camarotes para la tripulación y los
artistas.
A ellos les dieron dos camarotes, uno que compartían Carmencita y Benito y el otro, que curiosamente llevaba el letrero de
Suite Real y que había pertenecido al Rey Faruk y a su esposa, para
Pepe y Eusebio. Aquello les hizo mucha gracia a Pepe y a Eusebio,
sobre todo porque a la hora de elegir lecho. Habían dos camas en
aquel lujoso camarote, y esto hizo que los dos se pelearon, eso sí en
broma.
La cuestión era que en los cabeceros de las camas habían sendos remates de madera talla que representaban la corona real de
Egipto, uno de estos remates era, con diferencia, más grande que el
otro, por lo que dedujeron que en la cama con el escudo grande había
dormido el rey y en la otra cama, la reina. Pepe y Eusebio, querían
acostarse en la cama de la reina, para sentirse como si ellos fueran
aquella noche, la reina de los egipcios.
Al final lo echaron a suertes y Pepe ganó el honor de dormir
Crucero de recreo por el Nilo
159
en aquella cama.
El barco se llamaba Caser – Herr y cada noche actuaban delante de un público muy variopinto pero de gran poder económico.
Un día, Eusebio “perdió”, un capote que tenía para sus actuaciones, un capote bordado en blanco con flores multicolores que había bordado el famosos modisto español Pastrana, era un capote que
tenía un gran valor crematístico, pero para Eusebio era más el valor
sentimental de aquel capote, dado que se lo había regalado en París,
uno de sus más fervientes admiradores. De la noche a la mañana, el
capote desapareció ante la gran pesadumbre de Pepe y Eusebio. Nunca de supo que pasó con aquel capote, solo sabían que de algún modo, se lo habían robado.
Eusebio a lomos de un camello delante de las milenarias pirámides de
Egipto
Ya llevaban nueve meses en aquellos países de los cuentos de
las mil y una noches, tres en Beirut y seis en el Cairo.
Eusebio me confiesa que conoció todos los monumentos, pirámides, jamanes (baños árabes), mezquitas, misteriosas calles y co160
mo no a un nutrido de jóvenes cairotas con los que mantuvo relaciones sentimentales.
Como quiera que el Trío Albeniz, es decir los cuatro amigos,
veían que su estancia se iba a prolongar bastante más de lo que en un
principio habían pensado, decidieron llamar a su amigo de Milán,
Rinodurello, para que hiciera acopio de las cosas que se habían dejado y se las enviase a El Cairo.
Tras unas gestiones, Rinodurello, les llamó para decirle, que
su antiguo casero había fallecido y al tomar otro señor la propiedad,
se había deshecho de todo lo que había en el inmueble, es decir lo
habían perdido todo.
Para el grupo, aquello
supuso un duro golpe, no porque
aquellas pertenencias que habían
perdido tuvieran un alto valor
pecuniario, sino porque aquellos
álbumes de fotos, souwenirs de
todo el mundo y ropa, constituían la historia de sus andanzas
por esos caminos de Dios a lo
largo de sus trayectorias artísticas. Ahora todo estaba perdido.
Tras aquella primera estancia en Egipto, salieron para
actuar a la isla de Chipre. Aquel
era un país convulsionado que
trataba de sobreponerse tras el
reciente conflicto interno que
acababan de sufrir.
Desde que se proclamó la
independencia de la República
de Chipre en agosto de 1960 la
Impresionante anuncio de preseninestabilidad de la isla amenazatación del Trío Albeniz
ba continuamente con la explosión de un conflicto armado. En 1974, un movimiento greco chipriota favorable a la unión de la isla con Grecia llevó a cabo un golpe de
161
Estado. Como respuesta, Turquía invadió la zona norte de Chipre
alegando la violación de los derechos de la comunidad turca, con lo
cual la isla quedaba dividida en dos zonas: la parte del sur continuaba
estando bajo influencia griega, y el tercio septentrional de la isla pasaba a estar bajo dominio turco. Desde entonces Chipre ha pasado a
ser uno de los puntos calientes de la geografía universal a causa de la
tensión provocada por la fuerte militarización de la frontera que separa la isla entre los greco chipriotas y los turco chipriotas.
Para Eusebio Chipre tenía un encanto especial, tenía playas
maravillosas y montañas que parecían pertenecer a otro mundo. Les
encantaban, especialmente, dos de sus ciudades, Limosol y Lamarca,
sin embargo la ciudad de Nicosia, capital de la isla, no les parecía tan
atrayente como las demás. Quiera que no, para un malagueño perchelero, a una ciudad que no tenga playas es como si le faltara el corazón.
En Chipre coincidieron con otros artistas españoles, algunos
ya conocidos como Rafael de la Rosa y su compañera Paquita Tomás
y otro trío, en el que actuaban Marietina, con Antonio y Mario. Cada
mañana, aquel grupo de artistas malagueños se iban a descansar sobre las doradas arenas de las playas chipriotas. Algunos días cambiaban y hacían excursiones por los maravillosos bosques de la isla.
Tras seis meses de actuaciones, el manager del Trío Albeniz,
que era el mismo que el de los otros artistas españoles, les comunicó
que se tenían que poner en marcha y trasladarse a Teherán, en Persia,
para actuar en una sala de fiestas.
Lágrimas como perlas.Llegaron a Teherán y ellos pensaban que se iban a encontrar
con otra ciudad parecida al Cairo, una antigua Persia llena de grandeza, de monumentos etc.
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Lo que allí encontraron fue una ciudad tremendamente deprimida y atrasada, con muchas diferencias sociales, una ciudad donde unos eran tremendamente ricos y los más,
eran
tremendamente
pobres.
Las casas estaban carentes de algún
atisbo de belleza e incluso carecían de retretes. Eso sí, podían ir,
previo pago, a los que
existían públicos. La
pobreza se podía oler
por las calles. Una legión de pedigüeños,
especialmente niños les
abordaban y acosaban
incesantemente por las
calles. Tampoco había
donde ir, una vez terminado el trabajo. Los
cines solo proyectaban
Exaltación de la actuación de Eusebio
películas de producción
nacional y si entonces decíamos que las películas españolas eran malas, las de Teherán eran totalmente abominables.
No existían apenas cafés ni nada que les hiciera más agradable su estancia.Debutaron en un local muy exclusivo llamado Sherezade, y compartieron cartel con los famosos “Los Panchos” (los primeros), durante siete meses.
Un día, un señor les pidió que fueran al palacio del Cha de
Persia, es decir de Mohammad Reza Shah Pahlevi, para actuar en una
de las muchas fiestas que en el palacio se solían organizar.
Cuando aquellas inmensas puertas del palacio se abrieron ante ellos, la luz del interior que contrastaba con el ambiente grisáceo
de la calle, les cegó. No es que sus ojos se vieran iluminados, de
163
pronto, de luz, sino que sus corazones se encogieron al ver ese contraste tan dramático para ellos, entre la opulencia del interior a la
miseria del exterior. Los cuatro entramos con la boca abierta. Miles de
impresionantes lámparas colgaban
del techo; espejos en las paredes que
potenciaban aquel mar de luces.
Muebles de estilo, bañados en oro;
porcelanas, cuadros impresionantes,
alfombras majestuosas y aquellas
gentes del palacio, lucían sobre sus
cuerpos, una cascada de perlas, brillantes y esmeraldas, joyas que colgaban de las opulentas señoras que
paseaban de aquí para allá, fijándose
Cha de Persia y esposa
de forma impertinente, en los artistas,
como si estuvieran viendo alguna especie exótica de un zoológico
cualquiera. Eusebio y sus compañeros no estaban a gusto y a pesar de
la grandeza, en lo material, de aquel lugar, ellos no se sentían bien y
estaban deseando marcharse. Tras la actuación y los aplausos, el Trío
Albeniz se marchó. Antes de marcharse, según las costumbres del
lugar, a los artistas, a aquellos “titiriteros” que es como se sentían, les
dieron unos paquetes de comida y con ellos salieron a la calle.
Nada más salir a la calle, se encontraron otra vez con el terrible contraste, otra vez la luz se había convertido en tinieblas y la
opulencia en miseria. Eusebio y su grupo, vieron como, cuando iban
hacia sus apartamentos, unas mujeres que iban tapadas con túnicas
roñosas y negras, que dejaban solamente ver sus ojos negros y que
portaban entre sus brazos a niños semidesnudos, se les acercaron y
con las manos extendidas les solicitaron algo que les pusiera aliviar,
aunque fuera momentáneamente, sus aflicciones. No era la primera
vez que las había visto, pero ahora, después de ver lo que habían visto, aquellas estampas de pobreza se les antojaba aún más indecentes.
Eusebio se acercó a una de aquellas mujeres con la intención
de darle algunas monedas, la miró fijamente a los ojos y pudo ver por
primera vez, como detrás de aquellos andrajos, habían unos grandes
164
ojos negros que carecían totalmente de vida, eran más las oquedades
de un muerto que el de una mujer. Eusebio rompió a llorar amargamente y sus compañeros, que también sentían aquella dura injusticia,
rompieron a llorar con él. Sin haber convenido nada, Eusebio y sus
amigos, sacaron los paquetes de comida, que le habían dado en el
palacio y se los entregaron a aquellas pobres mujeres. Estas agradecidas les cogieron las manos y se las besaron llenas de gratitud. En
aquella sombría plaza, sin luz, ni joyas y sin nada que no fuera reprochable, solo unas joyas tenían valor, aquellas perlas del sentimiento,
aquellas lágrimas como perlas que brotaron profusamente del alma
de los artistas.
Turquía.Muchas veces habían compartido actuaciones con una artista
sevillana, guapa como ella sola y de una figura que parecía haber
salido de las gubias de Miguel Ángel o de los mágicos pinceles de
Antonio Montiel.
Ella siempre iba acompañada de su madre, la que le ayudaba
a preparar las actuaciones. Esta chica había hecho una gran fortuna,
con su arte y con “su gracia”. Esta última cualidad dirigida hacia el
género masculino del que consiguió sus mayores beneficios.
Era algo distantes con sus compañeros y compañeras de profesión, era lo que ahora diríamos una niña, algo “pija” y creída.
La madre llevaba siempre pegado al pecho, un maletín que
contenían las joyas de la niña y que ésta solía lucir en contadas ocasiones y siempre en actuaciones.
No era para menos el celo que aquella madre ponía al proteger el maletín, aquellas joyas estaban valoradas en tres millones, de
las pesetas de los años sesenta, una verdadera fortuna.
Un día la niña hubo de actuar en la televisión de Teherán y su
madre y ella tomaron un taxi que la llevaría a los estudios. Al llegar,
nada más bajar del taxi, fueron agasajadas por el personal de los estudios, tanto revuelo se formó, que la madre entusiasmada se olvidó
el maletín en la parte trasera de aquel taxi. El taxi se marchó con las
joyas, pero le dieron tiempo de apuntar la matrícula y tras localizarlo,
165
horas después, el maletín había desaparecido, según el taxista, tras
aquellas mujeres se habían subido varios pasajeros más y cualquiera
pudo llevárselo.
Las dos mujeres lloraban desconsoladas, en un momento se
había ido por la borda, el fruto de tantos años de trabajo. Lo que a
Eusebio y su grupo les hizo gracia, fue ver a las dos, madre e hija,
llorando al unísono y reprochándose, una a la otra, el haber perdido
aquellas joyas, envidia de todos los que las habían visto.
En una de las escapadas que hizo desde Turquía para actuar
en Bagdad, a Eusebio le ocurrió algo espantoso que jamás llegaría a
Eusebio en Estambul
olvidar. Un día al salir de la Sala de Fiestas donde trabajaba, un taxista le preguntó: ¿Taxi señor? Eusebio confiado se introdujo en
aquel vehículo y le dijo las señas de su domicilio. Conforme iban
avanzado, Eusebio se percató de que aquel taxi se había confundido
de camino y en vez de llevarlo a su dirección, le conducía a las afueras de Bagdad. Eusebio le decía, mediante señas, que se había equivocado, una y otra vez, pero aquel taxista no le hacía el menor caso.
166
Eusebio comenzó a sentirse asustado, pero no podía hacer otra cosa
que esperar para ver donde le conducía aquel taxista.
Ya en las afueras de Bagdad, llegaron a una casa que había en
un lugar bastante solitario y el conductor le dijo a Eusebio: “Salga
que se va a llevar una sorpresa. Unos amigos le están esperando”.
Eusebio muy extrañado salió del taxi y acompañó de la manera más
inocente a aquel enigmático taxista.
Nada más entrar en la casa se encontró con tres hombres de
aspecto rudo, bronco en sus formas y vestidos con trajes de la milicia
del país. Cuando Eusebio entró, ya sabía que iba a ocurrir. Intentó
salir, pero la puerta la habían cerrado con llave. Ellos reían a la par
que jugaban a acosarle. Eusebio corría por la habitación tremendamente asustado, a la vez que estos tres individuos proferían una
grandes risotadas viéndole tan atemorizado. Uno de ellos se desnudó
y comenzó a hacer gestos soeces que a Eusebio le aterraron. Después
de aquel jueguecito, uno le agarró por la espalda retorciéndole el brazo y el otro le propinó un puñetazo que lo dejó semi inconsciente.
Uno tras otros le fueron violando. Eusebio estaba pávido y en
actitud casi catatónica ante lo que estaba viviendo.
Cuando todo acabó, cuando aquellos animales se cansaron, lo
subieron en un coche y le llevaron cerca de su casa, allí lo tiraron del
coche, como si fuera un pelele de feria, para que él se fuera solo.
Casi desnudo, con las ropas rotas y sucias, la camisa llena de
sangre y en un estado de choc, se condujo como pudo hacia donde
estaba hospedado. Nada más verle, algunas personas de allí le auxiliaron y le condujeron a su habitación.
Todos estaban espantados y atemorizados por lo que le había
pasado a Eusebio. Le dijeron que no denunciara nada porque en ese
país y siendo él homosexual, encima era posible que acabara en la
cárcel.
Aquella violación, le provocó un choc que tardaría en superar.
A pesar de todo, él le echó coraje y estuvo actuando hasta terminar el
contrato.
Tras finalizar, por fin aquel contrato en Teherán, el manager
les envió un telegrama, para que se desplazaran a Estambul, en Tur167
quía. Allí debían acudir todos los artistas españoles que él representaba.
Como quiera que los pasajes de avión y la facturación del
gran montón de equipaje que llevaban, les iban a resultar muy caro,
decidieron, aquellos doce artistas, alquilar un autocar para que les
llevara a Estambul junto a sus equipajes. Aquella idea era más incómoda pero ellos se ahorraban bastante dinero.
Eusebio con una de sus sobrinas
De Teherán hasta Estambul, había siete días de viaje, por lo
que de día hacían kilómetros y kilómetros y de noche, paraban en
algún pueblo para dormir.
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Conforme iban haciendo camino se iban quedando fascinados
por las impresionantes puestas y salidas del sol, por los incomparables paisajes de aquel país. También podían comprobar que existía
mucha pobreza y atraso cultural, parecía como si con cada metro que
avanzaban, fueran retrocediendo en el tiempo, hacia una Edad Media
paupérrima, que desgraciadamente en aquellos lugares aún estaban
viviendo.
Pasaron por multitud de pueblos con casitas bajas y pobres
hechas de adobe y cañas o madera.
Cuando por cualquier motivo paraban en uno de aquellos
pueblecitos, las gentes se agolpaban, respetuosamente en silencio y
les observaban como si allí, hubiera aterrizado un platillo volante con
unos marcianos y marcianas un poco locas.
Muchos de ellos, jamás habían visto a una mujer europea y
moderna, sin los toscos ropones que ellos utilizaban. Ellas iban lo
ligeritas de ropa que la época permitía, pero para aquellos hombres,
era como si de repente se hubieran bajado mujeres en “pelota picada”. Cuando bajaban del autocar para ir a algún establecimiento para
hospedarse, las gentes en respetuoso silencio les acompañaban detrás
de ellos. Pepe se sentía incómodo y algo temeroso, sin embargo, para
Eusebio aquello era algo tan curioso, que le hacía comportarse algo
alocado y extravagante.
Después de tres días de duro viaje, por fin pasaron por el último pueblo que les abriría las puertas de Estambul, El Sourum.
Tanques en la calle.Cuando el autocar llegó a las puertas del Murad Hotel, que
era el lugar donde se había convenido que se alojaran, se encontraron
con que en él estaban hospedados los integrantes del equipo de fútbol
de Ankara y a las puertas del hotel se habían congregado algunos
seguidores. Al llegar el autocar con los artistas, las atenciones de
aquellas personas se desviaron hacia ellos. No sabían quienes eran,
pero por sus atuendos y portes europeos, denotaban que eran artistas.
169
Las gentes comenzó a aplaudir, hasta los futbolistas se unieron en
aquel clamor popular y espontáneo de aquellas buenas gentes.
Eusebio tenía la sensación que por unos momentos se había
convertido en una glamorosa estrella del cine, por lo menos en una
Sofía Loren. Ni que decir tiene que lo pasaron en grande, y que Eusebio viviera algunas cortas aventurillas con varios de aquellos
musculosos deportistas.
Aquel hotel se encontraba muy bien situado, muy cercano a la
famosa plaza de Taxibelodie y a unos veinte metros del Museo Toxcapi, un extraordinario museo donde se exhiben las joyas de todos
los emperadores que rigieron los destinos del pueblo turco.
La habitación era enorme y lujosa, tenía tres camas y una
enorme balconada desde la cual se podía ver, en un primer plano la
plaza de Taxibelodie.
Aquella habitación la compartían Pepe, Mario y Eusebio. Mario y Pepe eran como dos máquinas de roncar, por lo que el sueño de
Eusebio se convertía, muchas veces en algo difícil de conciliar.
Aquella noche, a pesar del cansancio acumulado después del largo
viaje, Eusebio presenciaba impotente, aquel concierto de ronquidos y
bufidos que sus compañeros de habitación le estaban obsequiando.
A las tres de la madrugada, Eusebio intentaba dormir como
podía y en aquel duermevelas, escuchó de pronto un ruido atronador
que provenía de la calle, parecía como si todos los coches de Turquía
se estuvieran concentrando en los alrededores del hotel.
Eusebio corrió al bacón y mirando tras los cristales pudo observar una imagen que hizo que se le helara la sangre. En aquella
plaza, se habían concentrado 30 tanques y una gran cantidad de militares deambulaban de un lugar a otro. Eusebio durante unos instantes
comenzó a dar vueltas por la habitación, muy exaltado, no sabía que
pasaba, lo único que sabía era que aquello no era bueno.
Se decidió despertar a sus amigos. Los dos dormían tan profundamente que Eusebio hubo de zarandearlos para que se despertaran. Mario tendido en la cama y con un ojo abierto y otro cerrado,
preguntó, mientras se negaba a cambiar su posición en la cama:
“¿Qué, pasa, qué pasa?”
170
Eusebio alarmado, le contestó: ¡La plaza se está llenando de
tanques y de soldados!
Mario sin hacerle mucho caso y rendido a los placeres de
Morfeo, le dijo: “No te preocupes, es que será la fiesta nacional y se
estarán preparando para el desfile”.
Desgraciadamente,
aquello no se trataba de la
preparación de un festivo
desfile militar, por el contrario, en aquellos precisos
momentos se estaba desarrollando un levantamiento
militar, en contra del gobierno que presidía, el presidente turco, Méndez.
Aquel ajetreo fue
intensificándose, tanto que
de vez en cuando se oían
sordos y aislados dispaRevuelta en Turquía
ros.
Al poco de comenzar la mañana, todos los que estaban en el
hotel se encontraban asustados y expectantes ante el giro que pudiera
dar aquella deflagración política.
El manager les llamó al hotel y les dijo, con poca convicción,
que se trataba de un golpe de estado realizado por los militares y que
en tres días estaría todo resuelto, que mientras durara el conflicto, no
salieran a la calle.
A lo largo de la mañana, Eusebio y sus amigos, observaban
aterrados como la situación se iba caldeando cada vez más. Todos los
establecimientos estaban cerrados, las pocas gentes que iban por la
calle, lo hacían corriendo como locos. Poco después hicieron su aparición, gentes armadas que disparaban indiscriminadamente. También escucharon el atronador retumbar de unas bombas que por el
sonido, no debían de haber explotado muy lejos del hotel.
Pasaron los tres días que les dijo el empresario y siete más. Es
decir llevaban diez días encerrados en el hotel sin poder salir y escu171
chando los aterradores comentarios, sobre a quienes habían matado,
o a quienes iban a matar.
Una mañana, pudieron ver desde las ventanas de su hotel a
unos militares golpistas que conducían a dos hombres vestidos de
blanco y con capuchas en la cabeza, les pusieron una cuerda al cuello
y desde un balcón de aquella bonita plaza, les lanzaron al vacío, quedando aquellos cuerpos pendulando en la pared, sujetos del cuello.
Eusebio, ante la vista de tan dantesco espectáculo, sufrió una gran
conmoción, aquello era algo terrible que le hizo recordar, aquellos
años de su niñez, cuando había sido testigo de los tiros y desmanes
que sufrieron, él y su familia, en la trágica y estúpida guerra civil
española.
Al poco tiempo se enteraron de que uno de aquellos dos hombres que habían sido ahorcados era el presidente Méndez y el otro, se
suponía que era uno de sus más allegados lugartenientes.
Desesperados llamaron al manager y les dijeron que se querían ir de Turquía, que les arreglara los papeles para salir del país.
El manager les hizo una propuesta. Les dijo que el que se quisiera ir, lo podría hacer pero el que se decidiera a quedarse, podría
ganar mucho dinero.
Les contó, que como quiera que el toque de queda, se abría a
las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde, un coche americano
les recogería para llevarlos a una base americana, de las que había en
el país. En aquella base actuarían y se quedarían a pasar la noche,
hasta el día siguiente que les llevarían a otra y de este modo recorrerían todas las bases americanas, animando a los soldados con su espectáculo.
Aceptaron la proposición y a los pocos días estaban actuando
para las tropas americanas. Cobraron espléndidamente y en dólares,
pero como las bases tenían tiendas con productos americanos, que no
se encontraban en Europa y que eran muy demandados, lo mismo
que ganaban aquellos dólares, se lo gastaban en aquellas sugerentes
tiendas americanas.
De ese modo, estuvieron seis meses en Turquía, actuando
principalmente en las bases americanas.
172
En ese tiempo, Benito, tuvo un idilio con Lolita, una chica catalana que bailaba en el ballet de Mario y Antonio.
Carmen, la hermana de Benito, siempre ponía pegas a las relaciones de su hermano y Benito hacía lo propio con las de Carmen.
Se querían tanto que nadie les parecía bien para el otro. Ahora aquella situación se había recrudecido tras la ruptura de Carmen con Aurelio. Aquello era solo la consecuencia del cariño que se tenían y de
la sensación de dependencia que se tenían el uno con el otro. Desde
niños, nunca, aquellos hermanos se habían separado y aunque no
fueran consientes, rechazaban sistemáticamente a las ocasionales
parejas que estos tenían, porque podría ser la causa de su separación.
Benito estaba harto de aquella situación y pensó que por el
bien de los dos lo mejor sería distanciarse.
Un día le dijo a Eusebio que él iba a dejar el grupo y que se
volvía a Madrid y le contó a Eusebio los verdaderos motivos de
aquella marcha, de cómo se sentía asfixiado ante el continuo y férreo
control de su hermana.
Eusebio sintió un gran dolor, al ver que aquellos grandes
amigos y casi hermanos, se iban a distanciar y a separar del grupo.
La prudencia le hizo a Eusebio, el mantenerse al margen y no emitir
comentarios u opiniones sobre algo tan complicado como era la relación entre esos dos hermanos.
Eusebio decidió con todo el dolor de su alma, el no inmiscuirse entre ellos y una mañana Benito y Carmen se marcharon para Madrid a comenzar una nueva vida.
Al romperse el grupo, Eusebio formó pareja con la catalana
Lolita y como tal, hicieron bolos en diferentes salas de Turquía, salas
de categoría como el Caravan, el Saray, compartiendo cartel con artistas famosos de la época como Enrico Masías, Jorge Brett o un joven jienense que entonces comenzaba y que cantaba como los ángeles y que se llamaba Raphael. Si, nuestro querido Raphael, un cantante que les llenaba de orgullo a todos los españoles que estaban
fuera de nuestras fronteras.
173
Por aquellos años, el ballet
Griego necesitaba
dos componentes.
De ahí que Pepe y
Lolita se presentaran para entrar en
su grupo y como
no podía ser de
otra manera, pues
a estos dos artistas
les sobraba el arte,
fueron admitidos
de inmediato.
Eusebio
entró a formar parte de un trío con
dos jóvenes que
decían ser hermaPepe y Eusebio
nos, ya que al
principio el trío lo componían tres hermanos pero después de una
serie de vicisitudes, aquel trío se había formado con artistas que no
tenían parentesco alguno, pero seguían llamándose hermanos.
Eusebio diseñó unas coreografías para el ballet Griego y otra
para aquel trío de falsos hermanos.
Tras ensayar aquellos números de baile, partieron para hacer
galas en Beirut, un lugar que Eusebio adoraba. Eusebio estaba feliz,
porque después de tanto tiempo y enfermedades superadas, su gran
amigo y hermano volvía a subirse a un escenario y a encandilar al
público, con ese arte que tenía dentro y que parecía quererle explotar
dentro si, no lo dejaba salir.
Eusebio no podía por menos que sentirse emocionado, cuando
veía a Pepe, volar... bailar de una manera tan sublime, sobre aquellos
escenarios ante la mirada retenida de cientos de espectadores, que
apreciaban aquel modo tan mágico de hacer arte.
174
Un amor a prueba de fuego.A Eusebio se le arroba la mirada, cuando escudriña entre los
recuerdos de aquella época.
Para todo hay una primera vez, y ¿cómo no?, para el amor
también lo hay y es una primera vez que te deja huellas que nadie
puede ver, pero que quedan tatuadas a fuego en el corazón.
Eusebio había vivido muchas aventuras e incluso se había
encariñado de algunos amantes, tanto que llegó a pensar que el amor
sería eso que él había experimentado en algunas ocasiones. Pero
cuando el amor le llegó a Eusebio, sabía que aquello no era como lo
sentido en otras ocasiones, aquello no era sexo, aquello no era aventura, aquello que él había sentido era mucho más, muchísimo más,
era dependencia, era no poder dormir pensando en su amor, era no
poder comer porque un nudo en el estómago se lo impedía, era el ir
con cara de tonto y con la mirada perdida. En definitiva Eusebio se
había enamorado perdidamente.
Y ustedes se preguntaran ¿cómo ocurrió?, pues aquello sucedió como suele suceder en las películas y tratándose de Eusebio no
iba a ser menos.
En el hotel de Beirut, en que se hospedaban, un día se produjo
un conato de incendio.
En el piso de arriba de donde estaba viviendo Eusebio, una
bailarina había encendido una estufa portátil y olvidándose de apagarla se marchó a la calle. Luego una corriente de aire hizo que se
prendieran las cortinas y comenzara, en aquella habitación, un pequeño incendio.
De pronto unos gritos alertaban a los huéspedes de aquel hotel. Eusebio, que vivía en el piso de abajo, se asustó al oír aquellos
angustiados chillidos. Al momento, el humo y las carreras se sucedieron por su planta, tanto que Eusebio no sabía si quedarse en la
habitación o salir “pitando”. La cuestión es que al momento, una
cuadrilla de fornidos bomberos irrumpieron en el local, desalojando a
todos cuantos estaban en el interior. Uno de ellos entró en la habitación de Eusebio y lo cogió en brazos, sacándolo a la calle.
175
Eusebio se sintió como una princesa a la que le rescataba, su
príncipe azul, de las garras de
un malvado dragón. En los
brazos de aquel fornido bombero, creyó estar viviendo la
escena de la película “El coloso en llamas”, aquella en la
que Charlton Hestón, rescataba a Ava Garner de las llamas.
Joseph, el bombero,
era un joven corpulento,
musculoso, de ojos azules, de
veinticuatro años y de una
sensibilidad muy especial.
Pasado aquel conato de incendio, Eusebio fue a ver a su
bombero para agradecerle el
haberlo salvado, o por lo menos, el haberlo llevado en
Eusebio con Joseph
brazos como a una reina.
Eusebio sabía que algo pasaba, él se había enamorado por
primera y única vez hasta entonces, se le había despertado el amor,
pero él pensaba, que sería por lógica, un amor no correspondido.
Cuando Eusebio estuvo delante de él, se miraron a los ojos y sin abrir
la boca se estableció una bonita complicidad entre ellos. Eusebio
había descubierto que su amor era correspondido.
Meses después el bombero y Eusebio se estuvieron viendo y
saliendo juntos. Eusebio se fue a vivir a una casa de la Plaza de los
Caños, donde permanecería durante dos meses.
Como quiera que aquel trío de baile y su pareja, no acababan
de funcionar, como antes lo había hecho el Trío Albeniz o en ballet
Andalucía, decidieron retomar la situación y plantearse el reorganizar
el grupo nuevamente.
El hermano de una compañera, les dijo que él conocía en
Alemania a unas chicas, altas, rubias y guapísimas que estarían dispuestas a integrarse en el grupo. Además, decía que él conocía, en
176
Alemania, un establecimiento donde preparaban atrezzos de categoría, con exóticas plumas multicolores.
Determinaron que mientras ellos se iban a Teherán a cumplir
un nuevo contrato, el hermano de la compañera, se iría a Alemania,
con los ahorros que habían obtenido en Beirut, para ultimar las gestiones. Además, Eusebio debía enviarle treinta dólares diarios, (de
los años sesenta) para
los gastos que le iban
surgiendo.
Eusebio
se
sentía feliz. Era la segunda vez que marchaba a Teherán para
actuar, pero además lo
hacía acompañado de
las dos personas que
más quería, su amigo
del alma, Pepe y como
no, su novio el bombero, que también les
acompañaba.
Después
de
actuar en Teherán y en
su televisión nacional,
volvieron al cabo de
dos meses a Turquía.
A Eusebio solo
Eusebio y el bombero
le intranquilizaba una
cosa, el hermano de su compañera, ese que se había ido a Alemania a
por froiláns y plumas, pero al que no se le veía por ningún lado el
plumero.
Como quiera que Eusebio sospechaba que el “hermanito”, se
había pasado de listo y aquello no era más que un timo, decidió pedirle a la hermana de él, que le dijera que volviera y se dejara de engaños y que a partir de ese momento se cerraba el grifo y ya no le
enviaría más dinero.
177
Mientras se arreglaba aquel penoso problema, actuaron en
una gran sala de Turquía. Allí estuvieron acompañados por la famosa
orquesta Lia Delvi, la cual tenía una vocalista excelente que era valenciana y que comenzaba a cosechar muchos éxitos. Allí, coincidieron con el ballet
de Isa Perena, una
mujer que Eusebio
conoció en su época
del Barcelona de Noche y en sus actuaciones en el famoso Carrousel de París. También coincidieron con
el famoso compositor
de coplas español, el
señor Monreal.
Precisamente,
en ese local conoció al
gran Cocínele, un genial transformista que
Fotografía con una cariñosa dedicatoria a
no dejaba de sorprenEusebio de Dña. Concha Piquer
der a Eusebio.
Este solía entrar vestido de soldado francés y a los pocos
momentos salía transformado en una mujer guapísima y que imitaba
a la genial artista de cine Martine Carol.
Como quiera que sabían que Eusebio estaba haciendo intentos
para reorganizar su grupo de baile, dos chicas andaluzas se ofrecieron para entrar en esa compañía que él proyectaba. Eusebio no tuvo
inconveniente, pero su amiga Isa, le aconsejo que no las contratara,
que no eran de fiar y que allí no durarían ni dos meses.
Eusebio, decidió no hacer caso y las contrató, ya que ellas
eran dos mujeres de bandera y con la frescura necesaria que ese tipo
de espectáculo necesitaba, para hacerlo más atractivo y comercial.
178
Con aquella, recién inaugurada compañía, llegaron a Estambul. Donde se prodigarían sus actuaciones y sus éxitos.
Eusebio recibió noticias de su amigo Pepe, que por aquellos
meses se encontraba feliz y actuando en Bagdad. Sería, Iraq, un país
donde habrían de actuar en incontables ocasiones. Eusebio recibió,
estando en Turquía un telegrama que le lleno de felicidad. Su amiga
Carmencita, después de haber hablado con su hermano y haberlo
dejado todo claro, decidió que cada uno tomara el camino por su lado. Ella le escribió aquel telegrama para que si Eusebio la quería otra
vez en el grupo, le enviara el billete de avión para que ella se reuniera con él inmediatamente. A la media hora, el billete de Madrid –
Estambul, salía para España y al poco tiempo Carmencita se reunía
con Eusebio, que no cabía en si de gozo.
También llegó por aquellos días el famoso hermano de la
compañera, que se había ido a por las alemanas, ahora volvía, sin las
germanas, sin las plumas y sobretodo sin un duro en el bolsillo.
Durante aquellos siete meses que permaneció en Alemania,
aquel joven se había “pegado la vida padre”, sin reparar en gastos,
eso si con unos dineros que les eran ajenos.
Por aquella época, Eusebio, a pesar de no parar de trabajar, se
encontraba muy mal de dinero, la compañía le suponía un gran gasto,
por otro lado, aún se resentía del dinero que le había enviado al de
Alemania y además ahora tenía otros gastos ya que el amor de su
vida, había dejado de trabajar para estar con él y los gastos los sufragaba Eusebio.
Aquella situación se hizo insostenible, por lo que un día les
comunicó a los integrantes del grupo, que él no podía seguir en aquella situación, especialmente después de haberse casi arruinado con el
dichoso hermanito de la compañera. Ahora emprendería un nuevo
camino con Carmencita, trabajando los dos como pareja.
179
CAPITULO X
¡Vivan los novios!.Durante algunos años Eusebio vivió más tranquilo, actuando
en muchos lugares, pero siempre como pareja de su querida amiga
Carmencita. Al cabo de unos años, necesitaban hacer algo nuevo y
tuvieron la idea de pedirle a Lolita, la hermana de Carmencita, que
era una excelente bailarina, que se uniera a ellos, ella se mostró feliz
y al poco tiempo estaba con ellos ensayando un nuevo número que
ahora llevaría el nuevo Trío Albeniz.
Por aquel tiempo, el amor de Eusebio, Joseph, recibió la noticia de que su padre había fallecido y aquello, como era natural le
afecto mucho. El pobre Joseph, o Chuchú, como Eusebio le llamaba,
se marchó a Beirut junto a su madre y su familia, se marchó hecho un
mar de lágrimas, unas lágrimas que contagiaron a todos y todos lloraron a su partida.
Habían estado trabajando interrumpidamente en Turquía y
aunque las cosas les iban bien, ellos sentían la necesidad de cambiar
de aires y “recargar las pilas”.
Se fueron a trabajar a Grecia y Atenas y fue en su estancia en
el país Heleno, en el que vivieron una curiosa historia.
Una noche, el metre de un local que se llamaba Maxin´s y que
estaba situado en la Plaza de Sindarma, les comunicó que tres señores españoles, que les habían visto actuar, les invitaban a brindar con
champagne, por la felicidad de un compatriota que se casaba con una
señorita griega, en aquellos días.
Ellos aceptaron encantados y se reunieron con aquellos señores, que resultaron ser muy agradables y simpáticos. Uno era español
y los otros dos griegos.
Ellos comentaron que por aquellos días se iba a celebrar una
boda importante, la del príncipe de España, entonces exiliado con
una princesa griega, de nombre Sofía.
De ese asunto Eusebio y sus amigas, sabían muy poco, apenas
conocían lo que habían oído.
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Uno de aquellos hombres les preguntó: ¿Qué les parece a
ustedes que el príncipe de España se case con una griega? Eusebio
con su habitual desparpajo les dijo: “Nosotros estamos encantados,
porque según hemos oído es una boda por amor y no como antes que
las arreglaban sus padres”.
Uno de aquellos hombres se rió de buena gana, por aquellas
palabras que Eusebio había dicho y todos le siguieron en la risotada,
incluso Eusebio, aunque éste pensaba que lo que había dicho no era
para tanto. Luego aquel hombre de la risa comentó: “Los griegos
estamos de enhorabuena, el príncipe de España, es un muchacho
encantador y además nos no hubiera gustado que la princesa Sofía,
se hubiese casado con un alemán, como su madre, la Reina Federica”.
Entre bromas y en un ambiente totalmente distendido, el español, les preguntó a Eusebio y sus compañeras, sobre si iban a ver la
boda, a lo que Eusebio les contestó: “Pues verá usted, no tenía yo
muy claro eso de meterme en bulla, pero después de hablar con ustedes, me ha entrado el gusanillo de verlos y con toda seguridad iré
a verlos y a saludarles aunque solo sea de lejos”.
En ese momento uno de los griegos levantando su copa, propuso un brindis, que a los tres dejó más frío que la cubitera del hielo,
aquel hombre dijo: “Brindemos pues, por los que mañana serán
príncipes de España, Su Altezas Reales, Don Juan Carlos de Borbón
y Doña Sofía” . Todos se levantaron de sus sillas y levantando la
copa, brindaron. Luego tras aquel primer trago, aquel señor siguió
con el brindis: “Y por su Alteza Real, el padre del novio, D. Juan de
Borbón”. Todos volvieron a brindar, pero antes de que pudieran llevar aquellas copas a los labios, el señor español dijo: “Por vosotros”.
Ese comentario no lo entendieron, en aquel momento los artistas que desconocían quienes eran aquellos anfitriones tan agradables, pero pronto se descubrió todo. Uno de los griegos, extendiéndole la mano le dijo: “Majestad, le felicito de corazón y le deseo que
esta unión de su hijo con nuestra princesa, sea feliz y le dé muchos
nietos”.
Aquel simpático señor español, resultó ser, nada más y nada
menos que el padre del que sería el futuro rey de España.
181
Eusebio, se puso tan nervioso, que no sabía si darle la mano,
hacerle una reverencia, o echársele al
cuello y darle un beso.
Don Juan de Borbón, les dijo
a todos, aunque mirando especialmente a los artistas: “Os pido que
recéis por mi hijo y mi futura hija,
que Dios le dé sabiduría y entereza
para que puedan afrontar los tiempos
que les han de tocar vivir. Tiempos
muy complicados y decisivos para el
futuro de la gran nación española”.
Cuando se marchaban, don
Don Juan de Borbón
Juan de Borbón, haciendo gala de una
gran sencillez y simpatía se dirigió a
Eusebio y le dijo: “Mañana acudid al cortejo y poneros de forma que
yo os pueda ver”.
Conforme se marchaban al hotel, comentaron, si aquello no
había sido una broma, si aquel hombre era en realidad lo que decía
que era. Decidieron comprobarlo a la mañana siguiente.
Aquel 14 de Mayo del 62 despuntó
luminoso y Eusebio, Carmencita y Lolita,
además de otros amigos que se habían
enterado de lo ocurrido, se encontraban a
primeras horas de la mañana, junto a las
puertas de la iglesia, que estaba situada en
una plaza que había muy cerca del hotel
donde el Trío Albeniz se hospedaba. Estaban en primera fila, para saludar a sus
príncipes y sobretodo a aquel simpático
español, que resultó ser el rey de España
en el exilio. Cuando la comitiva pasó deBoda Real en Atenas
lante de ellos para entrar con toda solemnidad y parsimonia a la iglesia, Eusebio y sus amigas vieron que
aquel señor que les invitó la noche antes a champagne, era efectiva182
mente el padre del príncipe. Eusebio en un acto de euforia y queriéndose hacer notar, grito: “¡Vivan los príncipes, viva el rey de España!” Era aquel momento, en el que pasaba delante de ellos, don Juan
de Borbón y su guapísima esposa, Doña María de las Mercedes. En
un momento don Juan, se percató de la presencia de los artistas y
mirándoles, les brindó un simpático guiño, que todos pudieron ver y
que celebraron entusiasmados.
Cuando concluyeron sus contratos en Grecia y Atenas, Eusebio tenía muchas ganas de volver a Beirut, no solo porque era una
ciudad que le encantaba, sino porque además, allí se encontraba su
“Chuchú”, su amor y hacía mucho tiempo que no le veía.
De vuelta a Beirut.Aquel amor que sentía Eusebio se había vuelto una obsesión.
Escribía tres cartas diarias a su bombero y en cada una de ellas le
contaba cosas distintas. Ese amor tan desmesurado le llevaba a sentir
celos, a no poder conciliar el sueño, a llorar y a reír, a discutir aunque
no existieran motivos. En definitiva era el tormentoso estado de una
persona que estaba profundamente enamorada.
Llegaron a Beirut, donde tenían previsto pasar al menos seis
meses, que era el tiempo por el que les habían contratado.
En la casita que tenían alquilada. Vivian Carmencita y Loli,
Joseph y Eusebio y la pequeña Baby, una pequeña perrita pekinesa
de padres españoles, que era una delicia para todos los de la casa.
Pasaron los seis meses y volvieron a marcharse a Teherán.
Como venía siendo habitual, con un contrato de seis meses.
A este viaje, no vino Joseph. Él se quedaría junto a su madre,
por lo que Eusebio se sintió un poco abandonado, tanto que en vez de
escribirle, las famosas tres cartas diarias, ahora solo le escribía una
cada día.
Cuando llegaron a Irán, se vieron sorprendidos pues en el
tiempo que ellos no habían estado en aquel país, las cosas habían
cambiado ostensiblemente. Ahora, habían más cines, más salas de
fiestas, más tiendas, en definitiva, parecía como si ese atrasado país
quisiera salir del letargo secular que venían sufriendo, y daba la sen183
sación que había tomado un camino al estilo occidental, para conseguirlo.
Las gentes de la calle, veían como en muy poco tiempo, el
Cha, parecía querer modernizar el país, un país con añejas costumbres y con miles de miedos debido a tantos años de opresión.
Aquellas centenarias costumbres y
modernismos occidentales, no eran asumibles, por lo menos a
corto plazo, por aquel
pueblo tan atrasado y
oprimido.
Tras
aquellos
meses de actuaciones en
Irán, partieron para
Bengasi, en Libia. A
Eusebio ese nuevo destino le encantaba, sobretodo porque en esa
ciudad estaban actuando el Ballet Griego,
donde bailaba, con mucho éxito, su amigo
Pepe.
Al salir del coche, nadie se prestó a
recogerles las pesadas
maletas, cuando llegaron al hotel de Bengasi.
La famosa Marie France y Eusebio
Como pudieron, casi
arrastrándolas, las entraron al hotel, pero una vez allí, ningún botones se hizo cargo de
ellas, por lo que ellos mismos las que tuvieron que subir a las habitaciones. Aquello le chocó a Eusebio y le preguntó a Pepe, que ya tenía
más experiencia, el porqué nadie les había ayudado con las maletas.
184
Pepe le hizo ver que cada país tenía sus propias costumbres y en
aquel lugar, el coger las maletas de otros era una humillación para
ellos.
Una vez más, terminado el contrato, decidieron volver a Beirut, pero esta vez Eusebio se llevó una gran sorpresa.
Su querida amiga Carmencita, se había enamorado de un joven francés y Eusebio pensó que aquello no sería más que una aventurilla de las tantas que habían vivido, pero la sangre de Eusebio se
heló cuando esta le dijo que no se podía ir con ellos a Beirut, porque
se encontraba embarazada de cuatro meses.
Eusebio, al saber quien era el padre, le reprochó a Carmen el
que se hubiera enamorado de un hombre que estaba casado y con una
hija. Ella le contestó que él estaba en tramites de separación y que se
casaría con ella.
Pero para Eusebio y para cualquiera, aquel hombre tenía otros
impedimentos que hacían inviables una normal unión. Aquel francés,
además de ser un hombre casado y con una hija, era diez años mayor
que ella.
Ella fue feliz mientras duró su unión con el francés, de él tuvo
dos preciosas niñas, pero un día todo acabó.
Tras la separación de Carmencita con el francés, decidieron
volver a Madrid por lo que enviaron un telegrama a su empresario en
Beirut en la que le contaban que por causas mayores se tenían que
marchar, por un tiempo, a Madrid.
Eusebio estaba enfadado, estaba molesto con Carmencita, con
el francés, con París, con Madrid, estaba molesto hasta con él mismo.
Aquella situación le había cambiado la vida y los proyectos que se
había hecho, pero ahora sentía que debía de volver a retomar su vida.
A la semana de llegar a Madrid, Eusebio volvió a Málaga para abrazar a su madre, la que hacía mucho tiempo que no veía y a la
que tenía deseos y necesidad de fundirse en un abrazo, en uno de
esos abrazos que tanto había echado de menos en esos países de
Dios. En el tren pensaba, como habían pasado ya cuarenta años de su
vida, una vida llena hechos trágicos y alegres que otros necesitarían,
al menos dos vidas para vivirlas.
185
Cuando llegó a la estación de Málaga se encontró con su madre, una mujer diminuta que parecía una virgencita. Se la encontró
muy cambiada, más viejecita pero con la misma carita de ángel que
se le ponía cada vez que veía a su niño, a su Eusebio del alma. Ahora
se le habían pasado los enfados. Viendo a su madre no podía por menos que estar feliz. También, su amigo Pepe le había escrito que
pronto se reuniría con él en Málaga.
1969. El Ballet de Pepe y Eusebio.Eusebio vio como ya no podía vivir junto a su madre. Ésta se
había ido a vivir con su hermano Antonio, en la calle Jiménez, del
Eusebio junto a la única mujer de su vida, su madre.
barrio del Perchel y éste solo contaba con una casita minúscula, en
una antigua casa “corrala” o de vecinos, donde solo disponían de una
habitación, una salita y una pequeñísima cocina, en la que apenas si
podían guisar con una mínima holgura. El retrete era común y estaba
186
en el patio, un retrete que era compartido por los diez inquilinos que
vivían en el inmueble.
Su prima Celedonia, de la que ya he hablado cuando hacía
referencia a los comienzos de Eusebio, vivía en una de aquellas casitas que eran de Protección Oficial y en que la renta era muy exigua.
Ésta al ver la situación de su primo, le pidió que mientras estuviera
en Málaga, se fuera a vivir con ella. Ella tenía verdaderos deseos de
conocer las mil y una aventuras que su querido Eusebio había corrido
por el mundo.
Aquella situación, la de estar en Málaga y no tener un lugar
propio donde vivir, le hizo reflexionar a Eusebio. Él recapacitó sobre
que había llegado la hora de pensar en el futuro ya que él deseaba
acabar sus días en la tierra que le vio nacer, por lo que decidió que se
compraría una casita en la que vivir cuando se retirase.
Cuando Pepe llegó a Málaga, los dos decidieron buscar un
piso, para cada uno, que les conviniera. Al poco tiempo encontraron
los pisos que en la actualidad están ocupando, en el Camino de San
Rafael. En una misma planta están situados los dos pisos, uno a la
derecha y otro a la izquierda. Conforme se sale del ascensor nos encontramos a mano derecha, el piso de Pepe, el que Eusebio llama con
sorna, el piso de Cleopatra y al suyo, el de Nefertiti. En el piso de la
derecha vivieron Pepe y sus hermanas, Anita y María. En el piso de
la izquierda vivió Eusebio con su madre.
Las puertas de aquellas dos casas, estaban, como en la actualidad, abiertas, por lo que parecía que vivían en un piso corrido.
Siempre estaban juntos.
Como tenían que trabajar, Pepe y Eusebio decidieron formar
un grupo de baile. A él se unieron dos sobrinas de Eusebio y otra
chica. Los ensayos los realizaban en la academia de la señora, doña
Angelita Ridie. Montaron el espectáculo e hicieron nuevos vestuarios. Esta vez se los realizó un gran modisto amigo de ellos llamado
Terry, que había sido amigo y compañero de Eusebio en tiempos del
Servicio Militar.
187
Terry era
un famosísimo
modisto que se
había especializado en trajes
para artistas. El
traje que él confeccionó y que
más sensación
causó, fue el que
le hizo a la guapísima Amparo
Muñoz, la Miss
Mundo
malagueña.
Con el
grupo de baile
preparado, un
grupo
muy
compacto formado por Pepe,
Eusebio, la sobrina de Eusebio
y dos chicas
Eusebio en su piso, junto a miles de recuerdos
más, y el número muy ensayado, Eusebio envió la documentación del nuevo grupo,
así como sus características a su manager. Surgió un problema que
radicaba en que las chicas que le iban a acompañar, eran en 1969,
menores de edad, es decir no habían cumplido los 21 años, que entonces, en España, otorgaba la mayoría de edad. Pero aquello no era
un problema infranqueable, los visados se los concederían aportando
los permisos paternos. Eusebio estaba un poco preocupado, pues se
había convertido en el responsable de aquellas menores e iban a partir a un país de Oriente Medio, donde podía pasar de todo.
Con la documentación en regla, volvieron a salir para recorrer
los escenarios del mundo.
188
Durante aquel nuevo periodo, que duraría muchos años, vivieron miles de aventuras, unas buenas y otras malas como suele ser
cosa natural. Eusebio tiene una especial facilidad, para guardar en el
cajón de los malos recuerdos que le hicieron sufrir, todo aquello que
El famoso humorista Miguel Caixeo ,en la casa de su amigo Eusebio
le puede quitar la alegría de su rostro o ese carácter positivista que a
todos nos trasmite. Por ello, generalmente se acuerda, con más profusión, de esos momentos positivos y alegres e incluso de algunos tristes que fueron trascendentales para su vida y su carrera, pero pasa de
soslayo cuando se trata de hablar de las malas gentes, que también
las hubo en su vida y convierte el relato de su existencia, no en un
drama peliculero, sino en una simpática comedia, digna de ser interpretada por los más avezados artistas del séptimo arte.
189
Desde Málaga, el grupo se desplazó a El Líbano, un país en
que entonces se comenzaba a hablar de posibles conflictos armados y
que tenía preocupado a Eusebio.
Debutaron con un éxito impresionante en la sala de fiestas
Venur. En aquel local, Eusebio había trabajado con anterioridad, como Trío Albeniz y aquel sonado éxito le hacía presagiar que comenzaban otra etapa triunfal y de éxitos en su carrera.
Allí trabajaron con dos cantantes que tuvieron sus días de gloria,
el cantante era además doctor. De su
condición de galeno, Eusebio no se
enteró hasta mucho tiempo después y
eso que incluso llegaron a compartir
camerino durante más de un mes.
Aquel cantante se llamaba Luis y
ella, una mujer con una voz deliciosa,
era Frida Boccara. Poco tiempo después, aquel cantante se hizo famoso
porque se casó con la hija de su manager y que en España es altamente
conocida, me refiero a la eurovisiva
Massiel.
Luis Recadero
A pesar de que tuvieron un
gran éxito, de que lucían un vestuario que haría envidiar a los más
grandes del espectáculo y que la coreografía era excelente, Eusebio
veía que a aquellas niñas les faltaban las tablas que a él y a Pepe les
sobraban.
Por aquel local en que estaban contratados, pasaban los mejores grupos que había entonces y aquella pequeña dificultad, hacía que
a pesar de ser muy bien acogidos y tener mucho éxito, Eusebio y el
empresario sintieran que debían hacer rodar, por un tiempo al grupo,
en otro local de menos categoría para que las niñas fueran cogiendo
tablas. Así lo hicieron, a los quince días se trasladaron a otro local
que tenía el mismo empresario y allí cada noche hacían las delicias
de su público.
190
Eusebio y Pepe se habían convertido en los padres y las madres de aquellas niñas, que con dieciocho años cumplidos, era consideradas menores de edad. Además, era la palabra que ellos habían
hipotecado con los padres de ellas para que cuidaran de las niñas, lo
que les hacía estar siempre atento ante cualquier circunstancia que
fuera a malograr a alguna de aquellas chicas.
Una de ellas trajo de cabeza a Pepe y a Eusebio. Tenía dieciocho años, era guapa y tenía un cuerpo escultural, pero también tenía
el defecto que se enamoraba perdidamente de cualquier hombre que
le dijera cosas bonitas. Eusebio y Pepe la tenían muy vigilada y atada
en corto, hasta que un día se enteraron de que aquella chica, cuando
todos se iban a dormir, pasado unos momentos se marchaba del hotel, acompañada de un hombre que la iba a recoger.
Aquello hizo que sus padres en el Líbano, es decir Pepe y
Eusebio se pusieran muy serios con ella. Tras el disgusto que ésta les
había dado, le dijeron muy en serio que si ella no cesaba en aquellos
enamoramientos o “calentones” como los denominaba Eusebio, la
tendrían que enviar, irremisiblemente, para Málaga.
Partieron para Beirut, para actuar, como siempre, seis meses
en una famosa sala de fiestas. Pepe y Eusebio no disfrutaban como
ellos hubieran querido, pues no se fiaban ni un pelo de la fogosa niña
que tantos problemas les estaba dando. Las sobrinas de Eusebio, se
comportaban como ellos esperaban que actuasen, sobre todo porque
ellas se podrían meter, fácilmente en un lío, especialmente en un país
de hombres como eran esos países de Oriente Medio.
Ahora puede parecer una estupidez, pero en aquellos años
sesenta y nueve o setenta, el que las chicas estuvieran “enteras”, es
decir que mantuvieran su virginidad intacta era muy importante, si
ellas llegaban a España siendo vírgenes, eran unas buenas artistas,
pero por si el contrario regresaban habiendo perdido aquel “sellito de
garantía”, serían consideradas por muchos, como unas fulanas. Y la
palabra dada, a los padres de las chicas, de Eusebio y de Pepe estaba
comprometida.
Aquellos seis meses en Beirut pasaron pronto, un tiempo en
que incluso llegaron a intervenir en una película que por aquel año se
estaba rodando en ese país.
191
De Beirut salieron para Teherán, un país de cuento de hadas
pero con costumbres muy diferentes a las occidentales y que Eusebio
ya conocía.
El éxito en Teherán fue tremendo y ellos se sentían muy contentos.
Tras ocho meses en el país, llegó el santo Ramadán de los
musulmanes. Allí, sus costumbres eran muy radicales, especialmente
para los occidentales que las contemplábamos. En esa fiesta grande
del pueblo musulmán, las gentes gritaban por la calle, ¡Ala, Ala! Y
algunos se flagelaban las espaldas hasta que estas comenzaban a sangrar.
A los extranjeros que se encontraban en Teherán, les pidieron
que no salieran a la calle, especialmente las mujeres, durante los siete
próximos días.
El querido amigo de Eusebio, Benito, se encontraba en aquellos años en Teherán, con un ballet que había montado con su, ahora,
mujer Mercedes Moreno. Benito les llamó al hotel para que se
reunieran con ellos y Eusebio y Pepe tomaron un taxi para ir al hotel
donde ellos se encontraban. Eusebio le había encargado a sus sobrinas que vigilaran a aquella casquivana jovencita, de la que ya he hablado, ya que en el hotel había una orquesta, donde tocaba un músico
que se había fijado en la joven y que era famoso, no solo por tocar el
saxofón, sino por tocar otras cosas.
Eusebio y Pepe se reunieron con Benito y su esposa, y a pesar
de que lo estaban pasando muy bien, Eusebio sentía que debían volver al hotel, pues no estaba tranquilo con la dichosa niña, que tantos
problemas le estaba ocasionando.
Eusebio estaba especialmente intranquilo, presentía como en
otras ocasiones, que algo terrible iba a suceder.
Cuando llegaron al hotel Eusebio fue corriendo a ver a sus
sobrinas y les preguntó sobre el paradero de la compañera y ellas le
dijeron que estaba sola en su cuarto. Todo parecía estar correcto,
pero Eusebio seguía intranquilo. Le dijo a Pepe que le acompañara
que iban a verla a su cuarto. Pepe sentía que Eusebio se había vuelto
histérico, pero a Eusebio le recorría por su garganta ese sabor amargo
192
de la tuera, que otras veces había sentido, cuando algo malo estaba a
punto de ocurrir.
Llamaron a la puerta de la habitación una y otra vez, Pepe ya
alarmado dijo de ir a la recepción por las llaves, pero antes de que
Pepe se diera la vuelta, Eusebio le dio una patada que la abrió de par
en par.
Sobre aquella cama de sábanas blancas, yacía la joven, completamente desnuda y echando unos espumarajos por la boca.
Junto a ella, un tubo de pastillas completamente vacío.
Inmediatamente acudió la ambulancia y tras unos lavados de
estómago, pudieron salvar a aquella problemática joven. Los médicos que la atendieron, le dijeron a Eusebio que si hubieran intervenido una hora más tarde, con toda seguridad la chica habría fallecido.
La razón de que hubiera hecho aquella estupidez, fue otra
estupidez. Las chicas estaban en el bar del hotel junto al músico
enamoradizo y en un momento de la conversación la chica le dijo a
éste que en dos días cumpliría dieciocho años. Una de las sobrinas de
Eusebio la corrigió, diciéndole: “No, tú lo que vas a cumplir son
veinte años”. Ella se sintió muy ofendida y diciendo que nadie le iba
a dejar por embustera, se marchó a su cuarto para buscar el pasaporte
y enseñárselo.
Al no poder demostrar que era verdad lo que ella había dicho
y sintiéndose ridícula, tomó el irreflexivo camino que su inmadurez
le llevó a emprender. Posiblemente solo pretendía llamar la atención
y que todos estuvieran pendientes de ella, pero si no es por el pálpito
que le dio a Eusebio, con toda seguridad ella no lo hubiera podido
superar aquel conato de suicidio.
Cuando la chica se hubo restablecido, Eusebio le comunicó su
determinación. Le dijo que prepara sus cosas que se iba para Málaga
inmediatamente, que ellos no le dirían nada a nadie pero que con
ellos no podía seguir. Ya estaban hartos de sustos.
Aquella joven se tiró llorando a los pies de Eusebio y le pidió
que por favor no la hiciera volver, que le juraba que jamás volvería a
hacer algo que les disgustara.
193
Eusebio junto a unos amigos y la famosa actriz española Mercedes
Vecino, recientemente desaparecida (q.e.p.d.). De sus labios salió el
primer beso que filmaron las cámaras españolas.
Como sabemos los que le conocemos, Eusebio tienen un corazón muy grande y no nos ha de extrañar que ante aquel acto de
contrición y aquel mar de lágrimas, Eusebio decidiera darle otra
oportunidad.
Después de aquello, viajaron a la ciudad de Isfagán, una ciudad que parecía haber salido de los cuentos de las mil y una noches.
Aquel era el pueblo en que naciera, la que fuera reina de Irán, Soraya
y que fue repudiada por el Cha, al comprobar que no le podía dar
herederos.
Fue en ese lugar, cuando un día Eusebio se topó con una mirada lánguida y tierna, con un ser que le demandaba ayuda con la
mirada. Eusebio la encontró en una polvorienta carretera donde ella
iba cojeando a no se sabe donde. Aquel ser compartiría con Eusebio
los próximos catorce años de peregrinación de sala en sala de fiestas
en aquellos países de Oriente Medio. Ella era musulmana y bonita
como pocas, no era muy alta pero se sentía feliz junto a Eusebio. Él
la llamaba Julia y se convertiría en su inseparable compañera hasta
194
que murió, catorce años después, en Arabia Saudita. Era su perrita,
era su amiga, la que tantas confidencias había oído de aquellos labios
del artista y que habían aflorado en sus horas bajas.
Dicen que el hombre es el animal que tropieza dos veces en la
misma piedra y Eusebio no iba a ser la excepción que confirmara la
conocida regla.
Un día le visitó un peluquero, al que iban las chicas a peinarse
y le dijo muy alterado: “Eusebio mira lo que me ha pasado, la rubia,
(era la famosa malagueña de las pastillas) se ha metido en mi cuarto, se ha desnudado y cuando he ido, me ha dicho que la haga mujer
y como tu comprenderás conmigo va de culo”. Efectivamente, con él
se había equivocado ya que él, según palabras de Eusebio, tenía más
plumas que un gallinero.
Eusebio despertó a Pepe. El pobre se estaba recuperando de
una operación de cirugía ya que según su amigo se quería parecer a
la famosa Ava Gardner. Pepe escuchaba con la misma cara de asombro que había puesto Eusebio. Tras llamar a la rubia, esta desmintió
todo y les quiso hacer ver que todo era mentira.
Al día siguiente sacaron un billete para Málaga y no fiándose
de ella, Pepe la acompañó. Cuando la chica volvió a Málaga contó
una sarta de embustes a sus padres, pero Pepe. Persona prudente
donde las haya, permaneció callado, como pensando, “con su pan se
la coman”.
Los padres la llevaron al médico para ver si era aún virgen y
el médico pudo confirmar este término, una circunstancia que sin la
férrea vigilancia de Pepe y Eusebio no se habría producido, pero
aquel médico, después de escuchar y examinar a la chica, les dijo,
delante de Pepe, que su chica padecía de furor uterino agravado por
unos brotes de esquizofrenia.
Las familias comenzaron a oír una serie de chismes que ésta
había divulgado, quizás llevada por la animadversión que sentía hacia ellos y como es lógico, sus familias estaban muy preocupadas,
tanto que las sobrinas de Eusebio se vieron en la necesidad de escribirle una carta a sus familiares para contarle lo que realmente había
ocurrido. Tras esto, todos se quedaron más tranquilos.
195
Cuando Pepe volvió a Beirut y le contó todo, Eusebio se sintió muy mal durante mucho tiempo.
Tras terminar el contrato en aquella sala de Beirut, partieron
para la ciudad de Abú Dhabi, una ciudad que jamás había visto un
espectáculo como el que ellos llevaban y que como era de esperar
obtuvieron un enorme éxito.
Visitaron nuevamente lugares donde ya había actuado pero
que les reclamaban para verlos nuevamente actuar, Líbano, Persia
Chipre, Atenas, Damasco y tras ese periplo volvieron a Málaga para
descansar, eso sí Eusebio volvió acompañado de su amor Chuchú, el
bombero, al que había recogido en Turquía.
Tras un merecido descanso en Málaga, volvieron a partir para
Oriente Medio, a Kuwait, otra vez a Abú Dhabi y a Iraq, Bagdad etc.
Fue en este periplo de actuaciones cuando sus sobrinas conocieron a dos chicos, uno americano libanés y el otro sueco, que terminarían casándose con ellas. Eran bien parecidos y muy buenas
personas. En la actualidad, los dos han fallecido.
Persia, Bagdad, Líbano, Grecia, esos eran los lugares donde
durante muchos años estuvieron actuando dentro de un periplo que
no parecía acabar nunca. Ellos estaban contentos, porque eran muy
bien acogidos por el público de cualquier lugar donde actuaban.
Estando trabajando en la Sala de
fiestas y cabaret Venur, comenzó la sangrienta guerra del Líbano. Otra guerra
más vivida por Eusebio y su grupo. Ellos
habían vivido guerras y conflictos como
los de la llegada de Joméini, que provocó
el exilio del Shah, Reza Pahlevi etc.,
pero entre todas, quizás fuera la de Beirut la que nunca podrá olvidar.
En 1961, el Shah inició un programa de reformas conocido como la
Ayatollah Ruhollah
"revolución blanca". Encabezó un estado
Jomeini
pro-occidental en los límites de la Unión
Soviética. El proceso de modernización económica y la migración
rural, que desató el auge petrolero, terminó por conformar un sinnú196
mero de descontentos que iban desde las clandestinas fuerzas comunistas, hasta la oposición más exacerbada del clero musulmán. En
1978 los enfrentamientos internos desembocaron en un violento proceso revolucionario que desarticuló a las fuerzas armadas y al Estado. Mohammad Reza Shah Pahlevi fue sustituido por un gobierno
liberal pro-occidental que no pudo contener la caótica situación, y los
grupos islámicos, comandados por sus líderes espirituales llevaron al
poder a su máximo dirigente, el Ayatollah Ruhollah Jomeini, exiliado en París durante 15 años. Un día el empresario del local les llamó
para que fueran a su despacho, él era una persona muy seria y correcta, además de ser un gran admirador de ellos y en especial de una de
las sobrinas que se había destacado bailando sola, la famosa danza
del vientre. Esta, bailaba tan bien que incluso en muchas ocasiones
fue invitada a los estudios de la televisión del país para bailarla. Parecía toda una mujer musulmana, nadie podía sospechar que era malagueña y perchelera. Aquel señor les llamó para comunicarle que la
Sala debería cerrar al menos durante los próximos quince días, debido a los graves disturbios que se estaban produciendo en el país y
que tras ese periodo, él esperaba que el orden se hubiera restablecido
y podrían volver a actuar.
Ellos pensaron que podían aprovechar aquellas mini vacaciones, para volver a Málaga y volver con los suyos, aunque solo fueran
unos días. El problema era que trasponer con todo el equipo era muy
complicado y tampoco era cosa de dejarlo solo en ese país tan alterado por la guerra, además Eusebio tenía también a la perrita y a Joseph y para él era complicadísimo volver a España para estar tan pocos días. Por esta razón decidieron que Eusebio se quedara en el Líbano y que Pepe y las niñas volvieran a España, ligeros de equipaje.
El lugar donde vivía Eusebio con Joseph, era una pensión
donde se hospedaban casi todos los artistas que pasaban por el Líbano, una pensión que se encontraba muy cercana a los famosos hoteles del país y al puerto deportivo, donde se concentraban cientos de
yates, de gentes multimillonarias.
197
Una
de
aquellas
tardes,
Eusebio se encontraba, como era su
costumbre, sentado en la terraza de
la pensión que
daba a una plaza,
cuando pudo observar como un
soldado, armado
con una ametralladora, se apostaba
Tanque Israelí en la Guerra de El Líbano
en un extremo de
la plaza, acechando a otro del bando contrario que hacía lo propio en
la otra esquina.
Aquello alteró la tranquilidad de Eusebio, que tan a gusto se
encontraba sentado en primera fila de lo que parecía, se iba a convertir en un conflicto bélico. Eusebio alarmado, pero tranquilo le preguntó al propietario de la pensión, que andaba por allí: “¿Mohamé,
qué es lo que está ocurriendo, qué es lo que están haciendo esos soldados ahí?”
Mohamé, que no se había percatado, al ver a aquellos dos
soldados, llamó por teléfono a algún lugar y le comunicaron, algo tan
tremendo como que, en media hora iba a comenzar la guerra.
Eusebio y los demás huéspedes que se encontraban tan tranquilos en aquella terraza entraron en el establecimiento visiblemente
preocupados.
Al cabo de unos pocos minutos, se comenzaron oír atronadoras explosiones de fuego de mortero, luego un continuo disparar de
ametralladoras y también se podía oír y ver a gentes que cruzaban las
calles gritando. Los coches que aquella guerra les había pillado en
plena calle, luchaban por abrirse camino entre un caos de tiros, bombas y gritos. Aquella situación se convirtió en un terrible infierno, se
vivieron escenas dantescas, las gentes caían muertas y desmembradas
en plena calle, por la acción de las bombas, la sangre teñía de rojo, el
198
frío gris del asfalto, aquel luminoso cielo se tornó oscuro y su atmósfera irrespirable. El mundo parecía que se acababa en apenas unos
minutos.
Unos militares entraron a la pensión dando voces, Eusebio
creía que de ahí no salía con vida, pero lo que aquellos soldados les
estaban diciendo es que se tenían que marchar de inmediato a otro
lugar más seguro, ya que ese lugar por su proximidad al puerto era
susceptible de ser bombardeado o impactado por algún cañonazo.
Todos salieron con lo puesto hacia otro hotel que se llamaba
Pearlbeach. Aquel grupo de pocas personas y un perro corrían con la
cabeza agachada por entre aquellas calles, en las que antes habían
paseado placidamente. La perrita de Eusebio, asustada por tan atronadores bombardeos, no paraba de ladrar, sabiendo que algo terrible
estaba ocurriendo.
Eusebio sentía una gran intranquilidad, pero curiosamente no
era por el peligro que pudiera estar corriendo, sino porque presentía
que en Málaga, todos estarían muertos de miedo, sabiéndole allí, en
el epicentro del infierno.
Eusebio y los demás huéspedes del hotel, se veían prisioneros
de las circunstancias, sin poder salir a la calle. La única actividad que
tenían durante el día era estar pegados a la radio para escuchar las
noticias y estar al tanto de los acontecimientos.
Lo más curioso es que la zona de beligerancia se había centrado, en el distrito donde se encontraban los hoteles, fuera de ese
distrito la vida era algo más normal, pero Eusebio y los demás del
hotel estaban en el mismo núcleo del conflicto.
Como era de esperar, aquel asedio, hizo que todo se fuera
acabando, tanto es así que tuvieron que tomar la decisión de racionar
la comida. Todos estaban asustados y desesperados y a cada uno le
daba por algo. A un chico argentino, llamado Mario le dio por estar
todo el día bañándose y poniéndose colonia a la par que no hacía más
que cantar tangos de Carlos Gardel y Libertad la Marques. A Eusebio
se le podía ver por los pasillos como un alma en pena, sollozando y
acordándose de sus amigos y sobretodo sin tener noticias de Joseph.
El Líbano llegó a esta situación se llegó como resultado de
una serie de factores, siendo los más importantes, por un lado el pro199
ceso continuo de degradación de la situación interior del país, sobre
todo desde 1958; y por otro, desde 1969, por la implicación creciente
de El Líbano en el conflicto árabe-israelí con la presencia y acción de
los palestinos desde 1967, y después tanto de Siria como de Israel
con sus intervenciones en el país. Estos dos problemas se superpusieron y actuaron de manera conjunta. Los musulmanes, nacionalistas
árabes, consideraban como sus aliados a los palestinos, mientras que
los cristianos, nacionalistas libaneses, los consideraban como intrusos que no respetaban la soberanía del Estado libanés y ponían en
peligro su seguridad frente a Israel.
Durante dos semanas estuvieron encerrados, ya casi sin alimentos. La perrita de Eusebio, Julia, se había quedado con solo la
piel y los huesos. Pero aquello que ellos estaban sufriendo, era la
tónica general de lo que estaba ocurriendo en los otros hoteles de la
zona. En ellos quedaron encerrados muchos turistas, hombres de negocios y musulmanes de los emiratos árabes que se encontraban cerrando fabulosos negocios de hidrocarburos.
Ahora todos eran lo mismo, unas marionetas de las circunstancias.
Una mañana que se encontraban escuchando la radio, oyeron
una noticia que les devolvió la esperanza. La radio informó que se
había establecido una tregua de dos horas, para que todo extranjero
que se encontrara en los hoteles, pudieran abandonarlos, pero que
recordaran que solo tenían dos horas.
El argentino dejó de cantar tangos y Eusebio de llorar, sin
pensarlo, todos salieron a la calle al momento, prácticamente con lo
que llevaban puesto. Eusebio corría con la perrita entre sus brazos y
Mario les acompañaba. Como Mario sabía conducir, al ver un pequeño coche abandonado que había en la calle y que tenía las llaves
puestas, lo tomaron y huyeron en él. Aquel era un coche que probablemente había pertenecido a alguien que lo había dejado para huir a
pie. Se subieron en el vehículo y Eusebio le indicó al argentino que
se dirigiera al barrio Jazmín, que él le iría indicando. En aquel barrio
vivía Joseph, cuando llegaron a la puerta de su casa, no sabían si él
estaría dentro o se habría marchado. Al momento la puerta se abrió,
apareciendo Joseph. Éste al ver a Eusebio, se puso tan nervioso, que
200
abrazándole y estrujándole, le besaba, lloraba, se reía, parecía que se
había vuelto loco.
De camino a la casa de Joseph, el argentino y Eusebio se quedaron impresionados, ya que veían a las gentes como si nada estuviera ocurriendo. Había gentes sentadas en las cafeterías, los cines estaban abiertos, algunas personas pescaban en el puerto, en fin que parecía como si aquella guerra no fuera con ellos. Curiosamente la guerra se había circunscrito a la zona de los Hoteles Junis, el resto del
país estaba tranquilo.
Desde la casa de Joseph llamó a su manager para decirle donde se encontraba, lo que no pudo fue llamar a España, ya que las líneas con Europa estaban cortadas.
A pesar de aquella imagen de tranquilidad que aparentaban
los libaneses, la verdad era que estaban muy preocupados y pendiente de los giros que fueran tomando la guerra.
Un día, el manager de Eusebio, le llamó instándole para que
saliera urgentemente de El Líbano. El manager le dijo que cogiera lo
más necesario y que saldría en dos taxis que él había contratado con
destino Siria y después para Damasco. Eusebio volvía a dejar en manos del destino sus recuerdos, trajes etc. Metidos en tres baúles que
se quedaron en la casa de Joseph.
Se despidió de Joseph y de su familia, también lo hizo del
argentino que, al igual que Eusebio, también se marchaba, aunque su
destino era Amán. Eusebio se disponía a marcharse a la ciudad de
Damasco. Joseph les acompañó en el coche hasta donde pudo. El
camino, por donde pasaba aquellos dos taxis, se veía salpicado de
sacos que cubrían los cuerpos yertos de palestinos que habían caído a
consecuencia de los tiros o las bombas.
Cuando llegaron a la frontera del Líbano, las imágenes que se
sucedían eran tremendas. A Eusebio, otra vez, le volvieron a acompañar las trágicas escenas vividas por él, en tiempos de la guerra civil
española.
Aquellos dos taxis se encontraban al final de unas agobiantes
hileras de coches, queriendo salir del país. Las imágenes que se sucedían unas a otras eran tremendas. Gentes corriendo con sus fami201
lias, otros llevaban las maletas sobre bicicletas, viejos y viejas que
marchaban acelerando el paso y mucho miedo en el ambiente.
Conforme iban avanzando se topaban con muchos cadáveres
que yacían, unos tapados y otros aún descubiertos al borde de la carretera. Un horror imposible de ser descrito.
Los dos taxis que le había proporcionado su manager, llevaban, en uno todo el equipaje que pudo meter y en el otro solo iba
Eusebio, la perrita y el taxista.
Aquellos taxis estaban al final de una interminable y larguísima cola de coches que esperaban desesperados su hora para poder
pasar la frontera.
Mientras esperaban, Eusebio decidió salir para darle un corto
paseo a la perrita y de ese modo poder estirar las piernas. A pocos
metros del taxi vio un bulto que le llamó la atención. Llevado por su
natural condición, se acercó para comprobar que era aquello. La sorpresa y el horror fue tal, que Eusebio no pudo reprimir un grito de
espanto. Aquel bulto era un saco donde yacía un cadáver ensangrentado, era un cadáver más, pero lo que más le impresionó, fue que
aquella bolsa dejaba al descubierto un brazo manchado de sangre aún
fresca de aquel anónimo cadáver. Eusebio se fijó en el brazo y pudo
darse cuenta que pertenecía a una chica joven, quizás occidental, un
brazo delgado terminado en una mano de largos dedos y uñas pintadas de rojo. Eusebio rompió a gritar y a llorar, pensando que podía
ser el cuerpo yerto de cualquiera de las artistas jóvenes que habían
trabajado con él. Entre sollozos, cogió en brazos a su perrita y corrió
a refugiarse en el taxi, allí no pudo por menos que hacer lo que hacía
siempre que se sentía angustiado, rezarle a su Virgen del Carmen
para que ayudara, si no al cuerpo, si al alma de aquella infortunada
joven.
Tras concluir la oración, un soldado pegaba con los nudillos
en la ventana del taxi. Eusebio se sobresaltó y bajando la ventanilla,
sin palabras y con solo su mirada le preguntó que quería.
Aquel soldado le dijo que había observado que llevaba dos
taxis y que en uno iba el equipaje y que en el otro solo iban él, el
taxista y la perrita. Le preguntó si le permitirían que llevasen a otro
pasajero. Eusebio contestó sin apenas pensarlo que sí. El soldado les
202
dijo que no se preocuparan que les dieran los pasaportes y se salieran
de la fila, que ellos pasarían inmediatamente.
Así lo hicieron. Al momento apareció aquel soldado con una
señora mayor, vestida de negro que no hacía más que llorar en silencio a la par que no paraba de musitar ¡Ala, Ala!, Eusebio volvió a
romper en lágrimas, porque aquella mujer le hizo aflorar los recuerdos que él guardaba de la niñez, cuando su madre asustada clamaba
al cielo ¡Dios mío, Dios mío!
Al momento aquel soldado, subido por fuera, al escalón del
taxi, les fue abriendo camino hasta colocarlos al principio de la cola
para ser los primeros en pasar la frontera.
No sabían quien era aquella mujer que llevaban en el taxi,
quizás solo fuera la madre de aquel soldado.
Cuando por fin llegaron a Damasco, les estaban esperando el
empresario del local Alcazaba y un militar que resultó ser el hijo de
la mujer que habían transportado.
Les abrazaron al verlos. El militar le cogió con las dos manos
la cara de Eusebio y emocionado y casi a punto de ponerse a llorar,
no hacía más que decirle ¡Mercí, mercí, Ala, Ala!
Aquel empresario que había mantenido comunicación con el
manager de Eusebio, sabía de cómo iban las cosas y tuvo la deferencia de llamar a Pepe, en España para contarle los últimos acontecimientos que se iban sucediendo, para que estos estuvieran más tranquilos. Por fin cuando Eusebio llegó a Damasco, pudo comunicarse
con Pepe y sus sobrinas, que como es lógico, tras ver las noticias en
la televisión, estaban muy angustiados.
203
CAPITULO XI
Despedidas.Tras la llegada de Eusebio a Siria, las cosas parecían irle mejor. Después de haber vivido aquel infierno, ahora se sentía como si
estuviera viviendo en el paraíso, no carecía de nada y sobre todo lo
que más valoraba era la tranquilidad que había recuperado.
Una sola cosa le inquietaba, el hecho de llevar dos meses en
Siria y no haber podido contactar con Joseph. Las líneas telefónicas
se habían interrumpidos y era casi imposible tener una comunicación
con El Líbano. Era tanta la insistencia de Eusebio, que a través de un
amigo que trabajaba en el servicio de telecomunicaciones de Siria,
logró una comunicación con su Chuchu.
Eusebio llevaba varios días con una idea absurda en la cabeza, aquel pensamiento que no le dejaba vivir, era que su novio Joseph, se había casado. Era una idea tonta, sobretodo porque ni Joseph
tenía novia, ni estaban las cosas en el país como para andar de fiestorros. No obstante, Eusebio tenía ese raro presentimiento y temía a
esos extraños augurios que tantas veces se habían hecho realidad.
Eusebio logró telefonear a El Líbano, la llamada la cogió la
madre. Ésta le comunicó que su hijo se había casado y que se había
ido de luna de miel a las montañas.
Eusebio se quedó sin palabras, como era posible que pudiera
haber adivinado algo que hasta hacía unos momentos era tan absurdo. Pero sobretodo, aquella revelación le hizo que se sintiera angustiado, traicionado, engañado etc. porque de pronto había perdido a la
persona que, junto a su madre, era la que él más había querido.
El amor que Eusebio sentía hacia su bombero era tal que por
mucho que quisiera no podía odiarle por haberle dejado. A pesar de
todo, Joseph siguió manteniendo una bonita amistad con Eusebio,
tanto es así que a los cinco meses de casado, fue a Damasco a visitarle junto a su encantadora esposa. Y Eusebio correspondió a las invitaciones que la pareja le hacían, visitándoles y pasando algunas no204
ches en su casa. Incluso, pasado el tiempo, Joseph, vendría a Málaga,
con su mujer y su hija, para visitarle.
De esta manera terminó la relación de Eusebio y Joseph.
Siria era una ciudad extraordinaria y que a Eusebio siempre le
llamó la atención, especialmente la ciudad de Alepon Amán. Esta era
un ciudad milenaria con impresionantes monumentos, con bellísimas
mezquitas, con antiquísimos molinos de agua, que ahora, se habían
convertido en una de las atracciones principales de los turistas y sobre todo, tenía unas gentes especialmente amables y serviciales que a
Eusebio le recordaba constantemente, las gentes de su tierra andaluza.
Gentes musulmanas, que en la actualidad se ven un tanto
marginadas del mundo, al ser injustamente adjetivadas como terroristas islámicos, sobre todo después de los sucesos, que tristemente se
vienen desarrollando y que tienen un alcance mundial. A Eusebio le
duele que esto esté pasando, él como nadie conoce a los musulmanes
y sabe que ellos son gentes de paz, arraigados a sus ancestrales tradiciones y para nada son como muchos nos quieren hacer creer.
Tras nueve meses en Damasco, fue llamado para bailar en una
sala de Bagdad y al poco de llegar fue contratado para actuar en uno
de los palacios del tristemente famoso Sadan Husein.
El palacio era, al igual que el del Cha de Persia, impresionante. Aquel lujo resultaba insultante y de mal gusto, sobretodo en un
país donde había tanta pobreza. Pero esos países eran así, son países
de grandes contrastes, donde unos viven en el derroche, mientras
otros, la gran mayoría mueren de hambre y miseria.
La actuación en el palacio de Sadan Huseín, constituyó, como
no podía ser de otra manera, un gran éxito, tanto fue así, que antes de
que Eusebio se marchara, Huseín, se personó para felicitarles. Una
vez que Sadan Huseín, estuvo delante de Eusebio, éste le tendió la
mano al bailarín y con un fuerte apretón de manos, le felicitó y le dio
las gracias por haber acudido al palacio. Lo que a Eusebio le llamó
más la atención, eran las grandes manos de aquel dictador, manos
rudas, fuertes y enormes que hicieron que la delicada mano de Eusebio se perdiera entre la suya.
205
Tras pasar un tiempo en Bagdad, marchó a Teherán. Volvía
otra vez a los lugares en que antes había admirado y actuado. Le llamó la atención Teherán, esta ciudad había cambiado en muy poco
tiempo, Mohammad Reza Shah Pahlevi, se había propuesto modernizar el país, introduciendo en muy poco tiempo, costumbres occidentales que el pueblo, a pesar de su secular atraso y necesidad de despuntar hacia la modernidad, no entendía. Las gentes acusaban al
Shah, quizás llevados por las consignas de sus dirigentes religiosos,
de ser un ladrón que se estaba enriqueciendo a costa de su pueblo.
Teherán había cambiado, ahora se podían ver salas de fiestas,
cines, supermercados etc. Una serie de establecimientos que una gran
mayoría de iraníes, especialmente “chiítas” no veían de buen grado,
pues sentían que, estos modernismos, vulneraban muchos preceptos
del Corán.
En Teherán, Eusebio y su grupo, ahora nuevamente reunidos,
habían alquilado un chalet con piscina, desde donde se desplazaba
para sus actuaciones. Un día, un joven estudiante, amigo de él, llamado Manulle, le hizo una extraña pregunta: “Eusebio, ¿cuándo tiene que volver a pagar el alquiler?”, Eusebio le contestó que en quince días. Aquel joven le dijo que cuando llegara la hora, no lo abonara, que esperara unos días, que ya le contaría. Luego se marchó y
Eusebio dejó de verle, durante algún tiempo.
Un día, la hermana de Manulle, llamó a Eusebio, para preguntarle por su hermano, dado que hacía unos meses que no sabía nada
de él. Ella había encontrado el número de teléfono de Eusebio de
entre unos papeles que su hermano tenía en su casa. Él le dijo a la
hermana que hacía al menos una semana que no le veía y que había
dejado de ir al cabaret.
Eusebio estaba extrañado, no sabía lo que aquel joven estaba
tramando, pero aquello no le quitaba el sueño, por lo que él seguía
como siempre a lo suyo sin preocuparse nada más que de su trabajo.
A los pocos días, un matrimonio Italiano, invitaron al grupo a
ir a su chalet, en las afueras de Teherán, para pasar el fin de semana.
Estando con aquella familia, comenzaron a dejarse oír cañonazos.
Otra vez los malditos cañonazos que parecían perseguir al bailarín.
206
No mucho tiempo después se enteró que había comenzado la
guerra que derrocaría al Shah de Persia para implantar un férreo gobierno Chiíta, dirigido por el exiliado Ayatolá Jomeini.
A Eusebio no le hacía gracia, el ahora amenazado Reza Pahlevi, pero tampoco veía con buenos ojos que Jomeini y por ende, el
Chiísmo se implantara en el país, sobre todo porque sabía que con
este nuevo régimen, muchos correrían peligro, especialmente los
homosexuales y tendrían que marcharse rápidamente del país.
Asustados salieron de la casa de aquellos amables anfitriones
y se marcharon para su chalet. De allí no quisieron salir hasta que no
tuvieron más remedio que abandonar su encierro para ir a trabajar a
la sala de fiestas.
En un taxi se dirigieron a la sala de fiestas. Cuando llegaron
al cabaret, se encontraron con que delante de sus puertas se habían
concentrado cientos de exaltados iraníes que portaban palos y barras
de hierro, en actitud, claramente amenazante. Aquella multitud al
verlos llegar, se les echaron encima. Ellos estaban aterrados y pensaban que de allí no iban a salir vivos. El cabecilla de aquella insurrección les preguntó de mala manera que quienes eran y a donde iban.
Eusebio les dijo que eran bailarines españoles y que iban a actuar al
cabaret.
La actitud de aquellos exaltados manifestantes varió bastante
al saber que ellos eran españoles, aquel cabecilla se tranquilizó y les
recomendó que se fueran a su casa y que no salieran a la calle, que
era muy peligroso y que su trabajo en Irán había acabado, ya no se
abrirían más aquellos lugares impuros.
El taxi que llevaba a Eusebio y su ballet, les condujo sin más
problemas, al chalet y allí se encerraron todos, esperando acontecimientos.
Desde la ventana podían ver como frecuentemente pasaban
gentes enardecidas, portando grandes fotos de Reza Pahlevi y su esposa Faradiva, y muñecos de cartón en la que se les mostraba ahorcados.
La ciudad se había convertido en un apocalíptico escenario,
donde nadie estaba seguro y donde nadie sabía que le podría ocurrir
en las próximas horas.
207
Eusebio y los demás españoles no podían salir del país, ya
que los pasaportes estaban en la comisaría de extranjería y por el
momento se quedarían allí. El empresario les dijo que no se preocuparan que aquello sería cosa de unos pocos días, (Eusebio había escuchado eso mismo en la guerra de Turquía) que su emperador era
poderoso y que acallaría las voces de aquellas gentes exaltadas.
Como es lógico, aquellas palabras, después de lo vivido por
Eusebio en Turquía, carecían de cualquier elemento tranquilizador.
Desde las ventanas del chalet, podían ver como las gentes
tiraban a la calle cientos de televisores y luego los destrozaban a pedradas y dándoles porrazos con barras de hierro. Igualmente se
amontonaban miles de botellas de licor, rotas que habían sacado de
los distintos establecimientos que expendían bebidas.
Ahora entendía a su amigo Manulle, cuando le dijo que no
pagaran el alquiler, él sabía lo que se avecinaba y quiso que se ahorraran los dos mil dólares del alquiler, que pagaban entre todos.
Revuelta Iraní
Tras un mes de encierro en el chalet, sin apenas poder salir,
asustados, angustiados y sin saber si vendría alguien para encarcelarlos o matarlos, salieron por fin un día en dirección al aeropuerto. Allí
208
se concentraban cientos y cientos de extranjeros y muchos iraníes
que por miedo huían sin rumbo fijo, hacia donde fuera.
Eusebio había vivido en aquella última época muchas guerras
y revueltas, el solía decir que más que un bailarín, parecía un corresponsal de guerra.
Y no era para menos, había vivido los conflictos, en mayor o
menor medida, de Turquía, Líbano, Irán, Chipre.
Ahora aquel asustado grupo que formaba Eusebio, Pepe y sus
sobrinas, salían para la ciudad de Alepo, en Siria.
Por suerte, todos estaban en contacto con sus familias y con
sus novios. Una de sus sobrinas le comunicó a Eusebio, que cuando
terminara en la ciudad de Alepo, se volvería a Madrid, donde su novio la esperaba para casarse, que su padre, es decir el hermano de
Eusebio, ya estaba al corriente de todo.
Como estaba previsto, sucedieron las cosas. Una vez terminado las actuaciones en Alepo, volvieron todos a España, es decir a
Madrid y a Málaga. Eusebio habló con su hermano para que supiera
que su responsabilidad hacia su querida sobrina terminaba en Madrid, sobretodo porque sus niñas eran ya mayores de edad.
El volver a Málaga fue impresionante, se habían agolpado
muchos de sus amigos para, después de muchos años, tener la oportunidad de darles un gran abrazo.
Para Eusebio y Pepe, el volver a Málaga, sabiendo que tenía
una casa donde poder vivir, era una experiencia nueva.
Tras un breve periodo de tiempo, comenzaron a actuar los
tres, es decir Pepe, la sobrina soltera y Eusebio. Aquella sobrina,
parecía no tener muchas ganas de casarse, por lo que formaron un
grupo que estuvo actuando, desde 1969, hasta 1981, que fue cuando,
una vez más, deshicieron aquel compacto trío.
En aquellos once años, hubo de todo, momentos gloriosos y
momentos muy desagradables. Pepe y Eusebio, pensaron que a sus
cincuenta y pico de años, debían ir sentando la cabeza y echar raíces
en Málaga, una ciudad que había cambiado y en la que ya no sentía
miedo por el solo hecho de ser homosexual.
209
Los dos, pensaban que debían montar un negocio en Málaga
para cuando se retiraran. Pepe siempre había soñado con regentar una
perfumería, especialmente de perfumes caros importados y Eusebio,
le aconsejaba que lo mejor era poner una charcutería, que era un negocio seguro ya que todo el mundo comía y los perfumes eran para
ocasiones especiales. Pero a Pepe, el solo hecho de oír hablar de salchichones, morcillas y manteca “colorá”, hacía que se pusiera enfermo.
Pepe y Eusebio junto a su recién inaugurada mecería y perfumería
Después de muchas deliberaciones, Pepe ganó y decidieron
montar una perfumería. Para ello adquirieron un local que estaba en
construcción y que pagarían en “incómodos plazos” durante cinco
años.
Pepe se quedó en Málaga para montar la perfumería y Eusebio, junto a su sobrina soltera, partieron otra vez para actuar para
Damasco.
Julia la perrita de Eusebio, también les acompañaba, pero esta
vez iba un poco enferma, debido a que tras operarla de un quiste, las
210
heridas no se le habían cicatrizado correctamente y eso hacía que se
sintiera incómoda.
Salieron de Málaga, nuevamente a Siria. En Damasco obtuvieron un éxito sensacional, dado que su sobrina además del baile
clásico, dominaba a la perfección el baile del vientre, un baile que
era acogido con entusiasmo por el publico de los países árabes. Se
había convertido en una exótica bailarina que parecía totalmente musulmana, podría haber sido una gran artista en ese género pero sus
miras no pasaban por ser reconocida como una gran estrella del baile,
sino que sus objetivos estaban más a ras del suelo, ella soñaba con
formar un día, una familia y retirarse.
De Damasco marcharon a Kuwait. Este era un país que Eusebio conocía, dado que con anterioridad había actuado con su inseparable Pepe. No era un país que a él le gustara demasiado, dado que
era un país, que aunque era muy rico y donde ellos salían ganar bastante dinero, era como una isla rodeada de abrasadora arena por todas
partes y un aire caliente que les hacía no querer salir a la calle, por lo
que siempre que tenían tiempo libre, lo pasaban en lugares interiores
bajo el abrazo agradable del aire acondicionado.
Cuando llegaron a Kuwait, se hospedaron en le hotel Cheraton. En esa ocasión llegaban al hotel, Eusebio, su sobrina y la perrita,
la que hacía tiempo que había dejado de ser perrita para convertirse
en leona. Aquel indefenso animal que Eusebio había rescatado se
había convertido, con el paso del tiempo y con los cuidados de Eusebio, en un enorme animal.
Al ser alojados, el director le dijo que había un problema con
el animal, ya que a muchos clientes árabes les daba miedo la perra,
por lo que le propuso que ésta se quedara fuera. Eusebio no consintió
que le separasen de su perrita, sobretodo porque sabía que ésta al no
verle, estaría todo el tiempo llorando y él no estaría tranquilo.
El director en su afán de complacerle le propuso que si querían podían ofrecerle, una casita de madera que tenían, dentro del
recinto del hotel y que disponía de todo, aire acondicionado, televisión, baño etc.
Eusebio aceptó encantado aquella oferta, ya que de este modo
no se tendría que separar de su “Julita”.
211
Aquella casita de madera era de película americana, no le
faltaba de nada y sobre todo lo mejor era que estaba totalmente independiente del resto del complejo hotelero, por lo que no tenía que
pasar por recepción y podía invitar a quien quisiera sin ser controlado
por las gentes de servicio del Cheraton.
Cada noche, cuando Eusebio se marchaba a hacer sus galas,
la perrita, que ya estaba acostumbrada, se quedaba tranquila esperando a que su dueño volviera de su trabajo.
Eusebio le dejaba la puerta entornada, porque ella no quería
permanecer encerrada y allí no existía problemas de que les fueran a
robar. La perrita, cuando Eusebio se marchaba, salía de la casa y se
daba un breve paseo, luego volvía y se tumbaba a esperar.
Entre Eusebio y Julita, existía una cierta complicidad, si hubiera sido humana, hubiéramos dicho que estaba enamorada de Eu-
Julita, aunque musulmana, vestida de andaluza
sebio. Por esa razón, cuando ahora Eusebio la miraba a los ojos, le
212
notaba una cierta tristeza que a él le preocupaba. Además, observó
como cada día, estaba más gorda e incluso las patas se les hinchaban.
Eusebio llegó a pensar que en uno de aquellos paseos, que ella solía
dar sola, algún perro la había dejado preñada. Un día aquella perrita
comenzó a expeler un desagradable olor y ella, se quejaba y lloraba
sin querer levantarse. Inmediatamente Eusebio buscó a un veterinario. Éste era un señor inglés que tenía una clínica de animales. Tras
reconocer a Julita, le dijo unas palabras que para Eusebio, fueron
como un tiro que le hubieran dado en las sienes. “Lo siento mucho
pero a la perra hay que sacrificarla, no se pude hacer nada por salvarla”.
Julita tenía la cicatriz de la operación que se le realizó en España, totalmente infestada y su cuerpo estaba invadido de pus, su
estado era tan grave que como dijo el veterinario, ya nada podría
salvarla.
Entre un mar de lágrimas, Eusebio se negó a que sacrificaran
al pobre animal. Se la llevó a su casita de madera y allí estuvo junto a
ella, los tres días que permaneció con vida.
Ni que decir tiene que para Eusebio aquello supuso un duro
golpe, había muerto su perrita, un animal que para él era como un
miembro más de la familia, un animal que muchas veces le defendió,
le animó en horas bajas, que le hacía reír con sus carantoñas, que
parecía preocupada cuando Eusebio lo estaba y que se mostraba radiante, cuando veía feliz a Eusebio. Una perrita que vivió junto a su
amo, muchas guerras y circunstancias adversas. Ahora se iba y lo
hacía como un gesto triste y resignado por perder de vista al que tanto la había querido. Eusebio, mirando a aquella luna mora, pensaba
en aquellos buenos momentos que ellos habían vivido, de cuando la
disfrazaba de gitana o árabe o de reportera y ella plácidamente se
dejaba hacer. A pesar de su hondo dolor, una breve sonrisa se le escapaba por entre la comisura de aquellos labios que se veían invadidos por salobres y sinceras lágrimas de pena.
Curiosamente, Eusebio la había recogido, un día, en las blancas arenas del desierto persa y ahora era enterrada en otras arenas
blancas, esta vez de Kuwait.
213
Eusebio seguía trabajando y enviando dinero a Pepe, para sus
asuntos de “Perfumes”, como él solía denominar a la construcción y
adecuación del local de perfumería. Eusebio siempre sintió que Dios
y su Virgen del Carmen le acompañaban, que eran como esos amigos
invisibles a los que él acudía cada vez que tenía algún problema. A
ellos les pidió que no se encontrara con problemas a la hora de enviarle el dinero a Pepe, porque entonces, todos sus sueños se podrían
ir al traste. Gracias a Dios y a su Virgen perchelera, tuvo suerte y con
lo único que se encontró fue con facilidades de todo tipo.
Eusebio y su
sobrina, volvieron a
Bagdad, allí eran
muy conocidos por
las gentes de la calle. Durante tres
años, antes de que
se disolviera el ballet español de Pepe
y Eusebio, habían
estado
actuando
cada jueves y cada
domingo en la televisión del país por
lo que eran muy
conocidos y famosos, tanto que les
Aunque lo pudiera parecer, no se trata de Laurenpedían autógrafos y
ce de Arabia, es la imagen de un perchelero vestido
las gentes les salude árabe, Eusebio Valderrama.
daban en los autobuses o por la calle. En Bagdad, su sobrina se reunió con su novio.
Eusebio sentía un complejo de culpabilidad, dado que según habían
pactado, Eusebio y ella estarían de gira para poder enviarle el dinero
a Pepe para la perfumería y ella iría ahorrando para casarse, pero él
214
sentía que aquel noviazgo se había alargado por su culpa y eso a pesar de que su encantadora sobrina, jamás le reprochó nada.
Un día en que estaban actuando en una sala de Atenas, Eusebio vio como el novio americano de su sobrina, la miraba embelesado desde la mesa que había en primera fila. Eusebio sintió que ya era
hora de que ellos emprendieran su vida en pareja, así que nada más
terminada la actuación, Eusebio muy emocionado, porque la quería
como si fuera su propia hija, le dijo: “Dile a tu americano, que este
compromiso ha sido el último que tenemos los dos, a partir de que
terminemos en esta sala, tú te podrás marchar con él y casarte”
La sobrina, estaba emocionada, habían sido muchos años de
trabajar juntos y mucho lo que ellos habían vivido. Ella conmovida,
le dijo casi sollozando: “Tío, eres tú el que decides que acabemos
con nuestras actuaciones, por mi parte, si tu quieres, podemos seguir
trabajando hasta que se arreglen tus problemas con lo de la tienda.
Quiero que quede muy claro, que eres tú, quien lo ha decidido libremente, que yo jamás te abandonaría y especialmente cuando más
lo necesitas”.
En la actualidad, Eusebio la sigue teniendo muy presente en
su recuerdo, aunque por motivos de distancia, se ven muy poco. Él
sabe que ella es feliz y que vive en Los Ángeles de California
(EE.UU.), junto a sus queridos hijos y que trabaja, como directora de
un supermercado americano. En la actualidad, aquella pobre niña
malagueña y perchelera, vive muy holgadamente y adquirió la nacionalidad de su esposo.
De Atenas volvieron para Málaga. Desde el avión miraba
hacia la tierra, pensando y sollozando, porque allí, en las arenas de
aquellos países se quedaba su querida Julita.
Cuando llegó a Málaga se fue a vivir a su piso del Camino de
San Rafael junto a su madre, la que cada vez encontraba más viejecita.
El negocio de los perfumes, fue todo un fracaso, las gentes no
estaban por aquellos perfumes caros y en ese empeño, se les fue casi
todo el dinero. Eusebio le recriminaba al pobre Pepe: “Lo vez, si en
vez de perfumes hubiéramos puesto la charcutería, con salchichón
215
de Cártama, morcillas del Colmenar y yogurcitos para los niños, lo
mismo nos hubiera ido mejor”.
Pepe estaba apesadumbrado, pero Eusebio le animaba diciéndole que lo más importante ya lo tenían, que era la salud para seguir
luchando y que cada día, tanto al acostarse como al levantarse, había
Eusebio y su novio “El griego”
216
que darle muchas, muchísimas gracias a Dios, por lo que la vida les
había dado.
Otra vez Eusebio, después de un mes, salió para Madrid, para
montar una coreografía junto a una primera bailarina de un ballet que
estaba actuando en Madrid. Tras conseguir los visados del consulado
iraquí, volvió a trabajar en aquellos países bíblicos. Volvió a visitar
la que fuera Sodoma y Gomorra o la Torre de Babel o aquel, que
decían era el Jardín del Edén, un Iraq maravilloso y que solo se veía
enturbiada su belleza por las acciones de sus dirigentes.
Durante los tres siguientes años, estuvo actuando, en los escenarios más importantes de Bagdad, El Cairo, Beirut (zona libre)
Turquía, Chipre y Atenas.
En aquel viaje, conoció a un joven de veinticuatro años del
que se enamoró perdidamente. Fue uno de esos enamoramientos salvajes que hasta duelen por su intensidad.
Un día recibió una carta de su hermano Antonio, en la que le
decía que, su madre estaba muy mayor, que no paraba de preguntar
por él y que no estaría de más que se dejara de tanto viaje y se viniera a Málaga a estar con su madre y a cuidarla, por lo menos en esa
última época de su vida. Su madre había estado viviendo con su hermano Antonio y su familia desde el año 1950.
A finales de 1983, volvió a España, con la intención de quedarse y de no salir más de galas por esos países, donde tantas experiencias había vivido. Ahora Eusebio tenía cincuenta y cuatro años y
aunque en su interior hervía el fuego eterno de los volcanes de los
artistas, él sentía que era hora de retomar su vida y cambiar de rumbo
hacia puertos más serenos.
Llegó a Málaga, acompañado de su amor griego, con él y su
madre, se instalaron en el piso. Aquel joven adonis de 24 años, no
tenía trabajo por lo que era una carga más para Eusebio, quien a pesar de todo, nunca se quejaba, ya que este joven era muy buena persona y quería a su madre como si se tratara de la suya propia. La
ayudaba a acostarse, la llevaba de paseo y a tomar un cafetito a los
bares próximos a la casa, en definitiva, era esa persona que le daba
tranquilidad a Eusebio, para que éste estuviera intentando abrirse
paso en la vida.
217
Tras el fracaso de la perfumería, montaron una droguería que
fue otro fracaso. Un día decidieron montar una academia de baile,
para enseñar Sevillanas y otros bailes que eran muy demandados en
los años ochenta.
Eusebio había vivido toda la vida muy a gusto con su trabajo,
pero ahora aquella academia de baile le estaba quitando el sueño. El
enseñar a gentes que no tenían ni dotes, ni idea y ni tan siquiera afición por el baile y que lo único que iban buscando eran no hacer el
ridículo en ferias y saraos, donde se bailaban sevillanas, estaba esquilmando la paciencia de tan gran artista.
De todas formas, como había que comer todos los días, decidieron compartirse las horas de enseñanza en la academia, por la mañana iba Pepe a enseñar y por la tarde lo hacía Eusebio.
Mientras tanto, Eusebio estaba muy pendiente de su pobre
madre. Algunas veces, ella se marchaba de la casa y la pillaban por
las escaleras o saliendo del portal. Cuando Eusebio la veía, le preguntaba “Pero, ¿se puede saber a dónde vas sola?”, a lo que la ma-
Madre de Eusebio
218
dre le respondía de forma muy malagueña: “¡Mira éste!, pues a dónde voy a ir, a mi casa con mis niños”. Ella se refería a la casa de su
hijo Antonio, donde tantos años había pasado y sus niños eran sus
nietos. Ella contaba con ochenta y cinco años cuando falleció. Otra
vez Eusebio sufrió un duro golpe. La muerte de su madre era como el
haber perdido las raíces invisibles que le sujetaban a la tierra.
Una vez más Eusebio, ese culillo de mal asiento, volvía a
sentir la necesidad de despegar y eso le llevó a dejar la academia de
baile para formar un nuevo ballet con cuatro chicas y otra coreografía
con la que volvieron a actuar en Atenas, Chipre, Turquía y El Líbano.
Eusebio, Pepe y la que sería su amiga de toda la vida, su queridísima
Malena, La gran Imperio Argentina.
219
CAPÍTULO XII
Siempre Málaga.La relación con su amante griego se había terminado y lo hizo
tan impetuosamente como empezó. Aquel amor nació como las llamas del Vesubio, pero ahora parecía apagado y pensaron que lo mejor sería dejarlo como estaba, por lo que cada uno decidió seguir su
camino por su cuenta.
Tras aquella tournet, Eusebio volvió a Málaga, porque ahora
tenía claro que, aunque esporádicamente tuviera que cumplir compromisos en el extranjero, su casa estaba en Málaga y era a allí donde
poco a poco se iría retirando de ese mundo encantador, pero agotador
de las galas, los aplausos y la constante aventura.
Desde un rincón de su casa, muchas veces lanza sus pensamientos a aquellos momentos vividos, se pregunta para sus adentros,
sobre dónde estará aquel inseparable baulito de lata que tanto le
Eusebio; Paco Jurado; Antonio de Canillas y Adela
220
acompañó. Recuerda momentos por él vivido, junto a amigos y familiares que ya fallecieron, su hermano Ezequiel, el más joven, que
murió cuatro meses después de su madre, o su hermano Antonio que
falleció en el año 2002. La poca actividad que ahora tenía Eusebio le
hacía sentirse muchas veces como si las páginas de su libro, ese libro
de nuestras vidas en el que todos escribimos, se le fueran agotando y
eso le angustiaba, especialmente a una persona tan jovial, vitalista y
tan “joven”, si, tan joven como es Eusebio.
Aunque en un principio había pensado que dejaría el baile definitivamente, sentía como un fuego interior, un brazas que se habían
apagado pero que los rescoldos de su arte hacían que volviese a resucitar.
Eusebio volvió a crear una coreografía y junto a la bailarina
Anilo Luque, estuvieron actuando durante dos años en las salas de
fiestas de la Costa del Sol, con el nombre de Ballet, Zambra. Tras
estos dos años, su amigo Vicente Jimeno, le invitó a unirse a su grupo, un ballet que iba a actuar en Grecia, y ¿cómo no?, Eusebio volvió
a hacer las maletas, aunque él sabía que aquella salida le serviría para
matar el gusanillo, pero que volvería pronto. Ya no quería estar fuera
de su Tierra por mucho tiempo.
Tras estas actuaciones, Eusebio pensó que ya era hora de retirarse, había trabajado mucho en su vida y había trotado por esos
mundos de Dios, como pocos lo habían hecho. Él pensó que a partir
de ese momento se dedicaría a vivir su vida y si había que trabajar, lo
haría en algo que a él le satisficiera.
Su amigo, el bailaor, Pepe Marchena, le propuso que se uniera a él, para actuar con unos grupos de gentes mayores, artistas, con
más o menos reconocimiento y que venían de toda Andalucía. Unos
artistas que actuaban, simplemente por divertirse. Pepe Marchena
(bailarín), le propuso que montara un número de transformismo o
Drak Queens, pero eso no iba con él. Eusebio le dijo que prepararía
un número del que quedaría maravillado. Su amigo Pepe y él, prepararon un número de imitadores de folclóricas a la que llamaron “Las
Divinas”. Aquel número se ganó las simpatías y el reconocimiento de
todos cuantos los veían actuar. Eso sí, este número, no quiso Eusebio
que se hiciera a nivel profesional, por lo que nunca actuaron en salas
221
comerciales, donde ellos tenían un extraordinario cartel como artistas
de baile. Con ese espectáculo, en el que se lo pasaban en grande, solo
actuaron en salas no comerciales, para gente mayor y en el tablao que
poseía, Pepe Marchena.
Gracias a estar actuando en este tablao, conoció a una gran
persona, un portentoso pintor y un fenomenal amigo, Antonio Montiel.
Desde aquel momento, surgiría entre ellos, esa magnifica
complicidad que da la amistad y el cariño.
Como autor de esta biografía, debo decir, que sentirse atraído
por la grandeza de éste excepcional pintor, no es algo extraño. Antonio Montiel tiene algo que engancha y que nos hace sentirnos especialmente bien en su compañía. Tal vez sea esa inmensa luz que ex-
Antonio Montiel, Eusebio Valderrama y Diego Ceano
222
pele su lama, tal vez sea la grandeza de su sencillez, tal vez sea ese
corazón que no conoce puertas que impidan la entrada a todos, especialmente, a las gentes buenas, sencillas y justas, lo que nos hace
quererle. Sus cuadros, son posiblemente, el resultado de esa tranquilidad espiritual que él y su escuela, le trasmiten.
A través de Antonio Montiel, Eusebio conoció a otras personas de indudable mérito humano. Conoció a Baltasar del Moral, un
hombre dedicado en cuerpo y alma en ayudar a los enfermos de Esclerosis Múltiple, una enfermedad que él mismo padece.
Eusebio descubrió en Baltasar, la bondad hacia los demás, el
trabajo duro sin percibir nada o
casi nada a cambio. Casi nada
porque, Baltasar recibe millones de satisfacciones, cuando
ve a sus asociados y asociadas,
como poco a poco van alcanzando unos logros que antes
parecían inalcanzables. Logros
en forma de asistencia médica
y terapéutica, en forma de
vehículos que les trasladan
desde cualquier parte de la provincia de Málaga para ser atendidos, pero además se les da
algo que no se encuentran en
los vademécum del mundo,
Baltasar del Moral Majado
amor y ganas de seguir adelante en ese duro trajinar con sus
terribles enfermedades.
Ese virtuoso hombre, como es Baltasar del Moral, tras conocer a Eusebio le pido que fuera a su asociación, la A.M.E.M. (Asociación Malagueña de Esclerosis Múltiple), para ayudar a Pepa Flores, entrañable mujer, también entregada en cuerpo y alma a la asociación, para ayudar a las enfermas y enfermos. Le dijo que él les
podría bailar a las enfermas que iban cada día a sus instalaciones. Era
el año 2001, cuando ese joven de setenta y dos años comenzó a
223
Eusebio con el grupo de cante de Esclerosis Múltiple, junto a su inseparable Pepa
Flores.
colaborar desinteresadamente con la Asociación de Esclerosis Múltiple y cuando comenzó a trabajar en dicha entidad junto a su querida
Pepa Flores. Para Eusebio aquello fue algo proverbial. De pronto
conoció a unas personas maravillosas y que él presentía que necesitaban de su jovial vitalidad, que necesitaban de alguien que les entretuviera y les hicieran abandonar todas esas tristezas que arrastraban
inherentes a su enfermedad.Eusebio sintió que volvía a nacer, que
descubría un mundo distinto a todo cuanto había conocido, un mundo
en el que valía la pena entregarse en cuerpo y alma. Para él significó
aquel encuentro, como el despertar de una vocación, casi sacerdotal,
una manera de dar a los demás ese amor que llevaba concentrado y
que ahora luchaba por aflorar de tan impetuosa manera, un torbellino
que casi le llegaba a asustar.Eusebio con la ayuda de la extraordinaria mujer, Pepa Flores, nuestra queridísima Marisol, abanderada de la
asociación por su cariño mil veces demostrado, comenzaron a formar, entre aquellas pacientes, un grupo rociero que aparte de cantar a
las mil maravillas, hacía que esas cuitas que ellas y ellos arrastraban
veinticuatro horas al día, se redujeran en un buen número de horas.
Tenían ahora algo nuevo en que pensar, con quien compartir y con
quien reírse y bromear. Posiblemente no existan fármacos en el mundo, que consigan un bienestar mayor, que el que estas encantadoras
224
personas sienten con el arte y el cariño que estos dos malagueños
extraordinarios les trasmiten. Dos malagueños que han vivido vidas
paralelas, vidas cargadas de ilusión y desilusiones, de trabajo duro
desde su infancia, de una infancia y adolescencia inexistente, donde
todo era trabajar y crecer, con fama pero con carencias importantes,
como eran los abrazos de sus seres queridos o el simple jugar con
niños de su edad. Toda ese desazón, hace mella y ahora después de
tantos años, ellos se sienten contentos y felices de poder dar amor y
compartir tanta ternura que por circunstancias de la vida a ellos se les
negó. Pepa Flores, es para Eusebio su tierna “Cuchu cuchu”, una
Antonio Montiel; Pepa Flores y Eusebio.
El destino se cruzó en su camino y el arte les unió.
palabra que en turco significa, pequeña. Eusebio ha sabido granjearse
el cariño de todos, de ahí que incluso, fuera llevado, engañado, al
conocido programa de la televisión andaluza, Canal Sur, “Senderos
de Gloria”, donde recibió un merecidísimo homenaje a toda una vida
de arte y de ayuda a los demás.
225
Una fiesta con Glamour.Después de muchos años, la encantadora amiga de Eusebio, la
que fuera una de las más populares cantantes de los años setenta y
ochenta, Encarnita Polo, invitó a sus amigos más allegados a la presentación de su nueva gala. Este acontecimiento tuvo lugar en un
conocido local, llamado “El Castillo” de la capital de España, el 25
de junio de 2004. Allí se dieron cita lo más granado del mundo del
espectáculo y en definitiva del arte.
Nuestra querida y entrañable amiga Encarnita Polo con Eusebio.
Una fiesta con mucho glamour, a la que no faltaron artistas de
casi todos los géneros: coreógrafos, pintores, bailarines, actores y
226
actrices de teatro, cine, modistos y estilistas, gentes entrañables, como el internacional pintor malagueño Antonio Montiel, etc.
La actuación de Encarnita Polo estuvo sobrada de arte, cantó
en vivo, alejándose del Playback. A Eusebio se le antojaba estar
viendo a aquellas grandes y míticas artistas francesas que derrochaban personalidad, cuando pisaban las tablas del escenario y que él,
tantas veces había presenciado en vivo. Allí, delante de todos ellos,
esa Edith Piaf tan nuestra, esa Encarnita Polo, que se paseó, con aires
de gran señora por el escenario, arrebolando los corazones de los que
se habían concentrado en aquel local para asistir al rebautizo de esta
gran cantante.
Encarnita fue presentada magistralmente, mostrando un derroche de cariño, por Antonio Montiel, un hombre de corazón grande
y generoso que como siempre embelesó a los asistentes ante tan bellísimas y emotivas palabras.
Encarnita agradeció las palabras de Antonio Montiel y después hizo lo propio con los asistentes casi de forma individual, nombrando en público a sus grandes amigos. En un momento dado, expresó sus más emotivas gracias a Eusebio Valderrama por haberse
desplazado desde Málaga, para acompañarla en un día tan especial
para ella.
Muchos de los artistas que se encontraban en la sala, reconocieron inmediatamente a Eusebio, a pesar de haber pasado muchos
años sin haberse visto. Aquel fue un momento indeleble para la memoria. Muchos le recordaban por la entrañable relación que mantuvo
con Vitin Cortezo, en la Ciudad Condal.
Entre los asistentes, un famosísimo actor de los años 50, una
persona muy conocida a la que he de omitir el nombre, debido a que
la historia que protagonizó es un tanto curiosa y digna de un guión de
Almodóvar.
Cerca de la mesa de Eusebio había un señor que no dejaba de
derramar la vista de soslayo para mirar a Eusebio. Valderrama que se
había dado cuenta, le miraba con curiosidad, también disimuladamente. Aquel hombre no sabía a quien le recordaba Eusebio y a éste
aquella cara enigmática le hacía resucitar la imagen borrosa de alguien que él sabía que conocía pero que no acababa de recordar. Los
227
dos se devaneaban los sesos intentando hacer memoria. Fue al final,
en el preciso momento en que todos brindaron con cava, por el éxito
de Encarnita, cuando tras nombrar nuevamente a Eusebio, el enigmático personaje se acercó a él para decirle, con una voz cálida: “ he
estado toda la noche mirándote, porque sabía que te conocía y no
recordaba de dónde. Ha sido al escuchar tu nombre que mis recuerdos se han aclarado”. Eusebio le contestó: “ Pues he de confesarte
que a mí me ha pasado lo mismo, he estado un buen rato dándole
vueltas a la cabeza sin saber de donde puñetas te conocía”.
En ese momento un torbellino de recuerdos afloraron en la
cabeza de Eusebio. Una cabeza repleta de emociones, de recuerdos
buenos y de recuerdos malos, una cabeza donde todavía resuenan los
tronantes aplausos que hubo de cosechar a lo largo de su dilatada
vida de éxitos en los escenarios de todo el mundo.
La historia que ambos protagonizaron no dista mucho de las
historias curiosas y casi imposibles que se han inventado para el cine,
sin saber, que muchas veces, la cotidianidad del ser humano es capaz
de hacer realidad los sucesos más increíbles. Fue en el verano de
1950, cuando Eusebio volvió a Barcelona, después de haber pasado
90 días “a la sombra”, es decir en la cárcel, en su querida Málaga. Si
triste es que a una persona le priven de libertad, el caso es aún peor
si vives bajo las luces y las sombras de una ciudad como Málaga.
Eusebio se quedó a vivir en la casa que compartía con sus
amigos Pepe de los Ríos y Pepe Montes y que una bailarina de nombre Perlita, se la habían alquilado. En aquellos duros años, de hambres, miserias y represiones de todo tipo, los artistas ganaban poco o
muy poco por sus actuaciones y la gran mayoría se la debían de ingeniar para procurarse otros ingresos adicionales. Eusebio ganaba
unas 90 pesetas por actuación, y esto no daba como para tirar cohetes
y eso que él era uno de los que más ganaban por actuación.
Algunas noches en que la sala se veía especialmente concurrida de señores elegantes, señoritos con ganas de juerga, aquel cuerpo de baile les incitaban a seguir la juerga en privado. Algunos de los
admiradores de Eusebio pasaron por el piso que tenían alquilado a
Perlita y se dejaban buenos dineros tras una noche de intensa juerga
donde no solía faltar de casi nada. Uno de aquellos admiradores era
228
precisamente aquella persona que no le había quitado ojo desde la
mesa de al lado. Aquel artista anónimo.
“A pesar de los años, te conservas espléndidamente bien, estás guapísimo. Todos cambiamos con los años y con la vida”.
Tras presentarse y decirle quien era, le hizo una confesión: “Nunca
podré olvidar aquella aventura que tuvimos en la casa de aquella
señora de Barcelona, cuando teníamos 19 maravillosos años. Aquello fue para mí, mucho más que una aventura, toda la vida lo he recordado”.
Eusebio recordó a este admirador y de igual manera recordó
un hecho curioso que este hombre le hizo rememorar. De la boca de
Eusebio se escapó, furtiva, una sonrisa y es que no era para menos.
En aquellos años de 1950, era muy complicado y peligroso
para un homosexual, poder llevar a su ocasional pareja, a un hotel,
pensión o casa particular, de ahí que Eusebio agudizara su ingenio.
Como quiera que él disponía de una casa donde poder verse con sus
amantes, lo tenía más fácil, pero para optimizar el beneficio y darle
un ambiente de seguridad a sus acompañantes, pidió a su amigo Pepe
Montes que se disfrazara de mujer. Al poco tiempo se podía ver, cada vez que nuestro personaje se dirigía acompañado a la casa, a un
Pepe Montes, con peluca, vestido de mujer y grandes pechos postizos. Cuando la pareja llamaba a la puerta, desde dentro se escuchaba
una voz atiplada de supuesta mujer que preguntaba quienes eran,
luego les abría la casa y les ofrecía pasar. El acompañante solía hacer
regalos en metálico a su amante y a la señora le pagaba 200 pesetas
por el detalle de haberles dejado la habitación y un extra por el cava
que ésta les había proporcionado.
Pepe Montes hacia grandes esfuerzos para contener la risa,
ante la charlotada que montaban. Pepe del Río falleció muy joven.
Aquella era una época desgraciada donde las gentes eran, para muchos, lo que aparentaban, un tiempo de etiquetas de desprecio hacia
los que eran diferentes, unos años en los que la supervivencia hizo
que no fueran muy escrupulosos, si querían seguir viviendo, unos
años que hicieron, que tal vez Pepe del Río, se marchara un día sin
grandes alharacas y sin añoranza por lo que, en la Tierra, dejaba.
229
MIS CONVERSACIONES CON
EUSEBIO.Como habrán podido comprobar, nuestro personaje es un ser
peculiar y muy especial, una persona a la que se le llega coger un
gran cariño, pero es una persona tan compleja que por mucho que yo
escribiera, si no se le conoce en persona, jamás usted, querido/a lector/a, se podrá hacer una idea de la dimensión de éste singular personaje.
Por ello he querido transcribir unas de mis conversaciones
con Eusebio, tal y como es, con ello, solo espero acercaros más a la
idea real que se vayan a formar de él, de su desparpajo y de su infinita gracia.
Tras repasar el borrador del libro Eusebio me dijo:
“¿Verdad Diego, que no te esperabas una vida tan fascinante? Mi vida parece una novela. Muchas veces me pongo a pensar y
me digo que parece como si tuviera doscientos años. ¡Dios mío!
Cuánto he vivido.
He sido muy feliz y también he sufrido mucho, pero sobre
todo siempre hice lo que a mí me gustaba, el mundo del espectáculo,
con sus pros y sus contras, pero si en la vida uno hace lo que siente
sin hacer daño a nadie, seguro que tiene ganado el cielo.
Pero no todo son recuerdos de bailes, canciones o artistas
famosos, muchas veces puede más el recuerdo de la pena que durante la vida uno pasa.”
Eusebio, llegado a este punto de tu biografía, ¿piensas que se nos
ha olvidado algo?
“¡Uy!, son muchas las cosas que no se han puesto, ya que
necesitaríamos un libro mucho más gordo, pero Diego, en esta biografía se me ha olvidado contarte lo que le pasó hace muchos años a
mi querida prima Lola. ¿Sabes?, la que hizo que conociera a mi
230
amigo Pepe. Ello tuvo una infancia maravillosa, colegios de pago,
caballos propios, casa en propiedad, pero si su infancia fue muy
feliz, su juventud fue toda una tragedia.
Se quedaron sin nada, ya que el padre se volvió loco se llevaba lo que cogía de la casa y lo regalaba todo. De entre las cosas que
regaló iba la escritura de la casa. Lo pero vino después de la guerra.
Lola conoció a un chico que hacía el servicio militar y era sevillano,
ella creyó sus promesas de amor eterno y se entregó a él, luego
cuando terminó su servicio militar, se marchó a Sevilla y ya no volvió. Ella se enteró luego que él a pesar de su corta edad estaba casado. A mi adorada Lola todavía le quedaba por pasar lo peor, le
salió otro novio, del que no puedo decir su nombre.
Ella le contó que no era virgen y él le dijo que no le importaba. Se casaron en los años cuarenta. En aquellos años, ser una mujer que se había entregado a otro hombre, era lo pero que le podía
pasar a una chica.
Se casaron y parecía que todo les iba bien, por lo que lo pasado, quedaba pasado.
El hijo de puta comenzó a pegarla y a echarle en cara de que
no había ido virgen al matrimonio, ¡y venga palizas!, cada vez que
llegaba borracho y eso pasaba casi a diario.
Un día, estando embarazada de tres meses, nos llamaron del
Hospital Civil, como yo no estaba, fue mi hermano Antonio el que
acudió a verla.
Yo nunca he podido olvidar a mi adorada Lola y nunca la he
olvidado en mis plegarias.
Se estaba muriendo de una de aquellas palizas, dejaba tres
hijos. Según mi hermano, le dijo “él me ha matado, me ha reventado
por dentro en la última paliza que me ha dado”.
Al otro día cuando fui a visitarla, la cama del hospital estaba
vacía. Había muerto y la habían enterrado en una fosa común.
Lo curioso fue que yo estaba trabajando en Bobadilla y allí le
compre tela para un vestido y cuando entré en Málaga, algo me dijo
que mi Lola había muerto, ¡así de sencillo!
Cuando llegué a mi casa le dije a mi madre que traía un regalo para mi Lola. Ella se echó a llorar y me contó que había muer231
to. No me dijo que fue a causa de una patada en el vientre estando
embarazada, solo me dijo que murió, lo de la paliza me enteré más
tarde.
Qué curioso, como escuché dentro de mí, que mi Lola había
fallecido.
Han pasado muchos años y aún tengo a mi prima en mi mente. Hasta que yo me reúna con ella, siempre estará velando por mí.
¿Verdad Diego que es una historia triste?”
Efectivamente es una historia muy triste, como triste es
también que desgraciadamente, historias de ese tipo se sigan
produciendo.
¿Qué cosas curiosas dirías que te han pasado en la vida?
“La verdad es que leyendo lo que has escrito me he dado
cuenta que a mí hay muchas cosas que me han ocurrido dos veces en
la vida. Fui violado dos veces, la primera vez a la edad de cinco
años, - bueno aquello fue más abusos que violación – por un carbonero de mi calle, que entre una montaña de sacos de carbón hizo lo
que quiso. Como tú sabes que yo no miento, quiero que sepas que
aquello no fue una tragedia para mí, es más me gustó y cada mañana me sentaba en la puerta por si pasaba el carbonero y me llevaba
donde él tenía aquella pirámide de sacos de carbón. Pero al parecer
aquel hombre cogió miedo y jamás se volvió a interesar por mí. A mí
en cambio desde aquel día sentí fascinación por los hombres con
grandes bigotes ya que el carbonero tenía unos enormes.
¡Diego, pareces sorprendido! Pero hijo si eso es algo que está pasando a diario, incluso es más sorprendente la televisión, donde
podemos ver como son incluso algunos padres los que abusan de sus
hijos o hijas”.
¡Hombre Eusebio, es que lo tuyo es muy fuerte! La otra
violación fue la de los turcos y de la que ya he hecho referencia
en el libro, pero lo del carbonero, ¿porqué dices que fueron dos
en tu vida?
232
“Pero Diego, ¿ya no te acuerdas de lo que te conté del parisino?
Con los años, en París, conocí al carbonero parisino, el que
me dio la tarjeta de crédito y que me quería retirar. Éste no tenía
sacos, como el primero, éste tenía las fábricas donde se hacía el
carbón.
Tuve como te estoy contando, dos violaciones, dos carboneros, dos grandes amores, dos tíos locos, dos hermanos muertos, dos
operaciones de hernias de tanto bailar, dos veces tuve que salir huyendo de la guerra (Líbano y Persia), dos veces estuve preso y dos
veces por tres meses de condena... ¿Diego te estoy aburriendo, con
tantas historias dignas de Julio Verne?”
Para nada, lo que ocurre es que sigo sorprendiéndome con
esas impresionantes historias que tú dices que son dignas de Julio
Verne.
“Te voy a contar otra cosa que tuvo mucha gracia.
El Ballet Andalucía había terminado en París y salimos para
Ginebra. Juanjo había perdido el miedo y proclamaba a los cuatro
vientos que era mariquita. Tuvo muchas aventuras, tarde pero bien
aprovechadas. Juanjo y yo tuvimos dos grandes admiradores en Ginebra, pero el de Juanjo era mejor que el mío, pero ¡coño! No comprendía que él tuviera mejor suerte que yo. Es decir, su amante tenía
bigotes y el mío no y eso tendría que haber sido diferente. Estos señores tenía 35 años cada uno y nos recogían en un Cadillat maravilloso y nos llevaban a visitar muchos lugares maravillosos y cuando
terminamos en Ginebra, nos regalaron dos relojes. En Suiza el regalar relojes no tenía mucha importancia, aquello era como regalar
boquerones en El Palo de Málaga. La verdad, Diego, aquel reloj me
pareció una completa horterada. Era un reloj plano con los números
de piedras de colores verdes que brillaban, yo pensé que serían relojes de serrín, pero cuando salimos de Suiza para Bélgica, mi sorpresa fue enorme, aquellas piedras eran esmeraldas y brillantes. Naturalmente lo vendí, nada más que tuve ocasión, con ello me quité algunas trampas de vestuario y mandé dinero a mi madre. Ese no fue
233
el único reloj que me regalaron, en Abuddavi, en Arabia Saudita me
regalaron otro de oro puro, pero ese se me perdió un día que paseaba con mi perrita Julita en la arena de aquel desierto. Por más que
lo busqué jamás apareció. ¿Qué te parece?, ¿Cómo te has quedao?,
Pues así podríamos estar hablando, yo charlando y tu riéndote de
mis cosas y es que mi vida es de risa”.
La verdad Eusebio es que no dejas de sorprenderme y si
me río con tus cosas, en ocasiones, escuchándote se me hace un
nudo en la garganta y es que tú vida ha sido muy variopinta.
Después de lo mucho vivido y trashumado por esos mundos de
Dios, ¿Cómo te encuentras?
“No, dímelo tú, ¿cómo me ves?”
Tú lo sabes porque lo he dicho muchas veces, eres un joven de setenta y cinco años, lleno de energía, salud y vitalidad.
“La verdad es que me encuentro joven y no aparento los años
que tengo y tengo ganas de bailar por eso le doy todas las noches
gracias a Dios”.
¿Qué te da miedo?
“La oscuridad, no soporto la oscuridad, Diego, no la soporto, eso es superior a mis fuerzas”.
Y la muerte, ¿te da miedo?
“Hombre miedo no me da la muerte, me da miedo el dolor
que muchos pasan hasta llegar a ella, pero la verdad es que nunca la
invitaría a cenar. Tú dices que cuando yo muera y San Pedro me
abra las puertas del cielo, yo le saludaré con un malagueño ¡Ole! Y
le cantaré una copla. El ole se lo daré seguro pero lo de la copla,
pediré que venga mi amigo Miguel de los Reyes, ¡pobresillo!, para
234
que sea él quien la cante. Le diré: Miguel canta una s malagueñas
para que yo las baile. ¿Qué te parece?”
Sé que has sentido pasión por Julita, tu perrita y eso es
otra cosa de las que te han pasado dos veces. Has tenido dos
grandes amores en esas dos perritas, Julita y la actual Lili. ¿Qué
me podrías contar acerca de tus amores perrunos?
“¡Uy que gracia! Trabajábamos en Isfahan, en Persia y nos
hospedábamos en el hotel Cheraton. Allí se hospedaban también la
trúpe de artistas que estaban trabajando en la película americana de
Caravana, en la que actuaba como principal actor el genial Anthony
Quin.
Cerca del hotel había una casa en ruinas y un día en que pasé por allí escuché unos lamentos de perritos y entré, encontrándome
con una camada de preciosos perritos persas. La madre de aquellos
cachorritos era estupenda y sus crías no debían tener más de quince
días. Después de aquello, yo le llevaba comida cada día y ella me
dejaba acariciar a sus cachorritos.
Aquello me acarreó una preocupación y es que yo sabía que
aquellos lindos perritos tendrían un mal futuro, con suerte algunos
sobrevivían para deambular buscando comida en los estercoleros de
la ciudad. A mi se me ocurrió una idea. Les dije a los actores de la
película caravana, que mi perrita Julita, de la que estaban todos
enamorados, había parido siete cachorritos y que eran auténticos
perritos españoles. Ante aquellas explicaciones todos quisieron tener
un cachorrito de mi Julita y cada día les daba uno hasta que los tuve
colocados todos. Mi Julita se convirtió en la perrita más famosa del
Cheraton. Aquellos americanos se llevaron los perritos persas pensando que eran españoles y de mi perrita, sin saber que eran abandonados”.
Ahora estás acompañado de la encantadora Lili, ¿te recuerda a Julita?
235
“¿Qué si me la recuerda?, pero si Lili es la reencarnación,
en chica de Julita, son como dos gotas de agua, Lili hace las mismas
cosas que hacía la pobre Julita, es increíble.
Muchas veces pienso que cuando un día se me vaya mi Lili, será
como si se me hubiera ido otra vez mi Julita y lloraré dos veces, como lloré en Arabia”.
Eusebio, para terminar quisiera preguntarte algo que
siempre he tenido curiosidad, ¿te hubiera gustado haber incurrido en el mundo del celuloide?
(Eusebio riéndose) “¿Pero qué dices? Si yo fui una gran estrella del cine.
Mira Diego, la pantalla de cinemascope se perdió un gran
actor cinematográfico, es decir, yo. En ese campo tuve mala suerte.
De mi se habría que haber enamorado Darryl Zanuck y no su hija,
quizás ahora mi historia se escribiría de otra manera.
Qué pena, con lo que me hubiera gustado ser artista de cine.
Intervine en algunas películas, como actor de relleno, haciendo de latino. También hice de bandolero español en el cine turco. La escena era muy curiosa, yo entraba por la ventana y raptaba
a una joven muy bella que había en la cama. La tenía que sacar en
brazos por la ventana, pero como a la gachí le sobraban kilos, se me
calló varias veces al suelo y tuvimos que repetir la escena una infinidad de veces hasta que desesperado yo le dije al director que no
podía con la gorda. El director optó por ponerme un doble más forzudo que pudiera con la gorda. Aquella chica era monísima pero con
la figura que demandaban los turcos, es decir a aquellos turcos les
gustaban jamonas. A quien se le ocurre poner a bandido mariquita
de apenas cincuenta y cuatro kilos, cargando con una gorda. También hice el papel de modisto parisino y de bailarín en una película
libanesa.
¿Qué como se te ha quedado el cuerpo?”
Perdóname si me río, pero es que te imagino de bandido
con la gorda en brazos y no puedo evitarlo. ¿Después de estas
236
experiencias en el cine, no te contrataron como actor, por lo menos, aunque hubiera sido cómico?
“Na de na, aquello fue como eso que dicen de que el que tiene un tío en Graná, que ni tiene tío ni tiene na.
Pero peor para ellos, tú con tu risa me estas demostrando
que el mundo se ha perdido un maravilloso actor”.
237
Agradecimientos de Eusebio
(Trascripción)
Agradezco de todo corazón, dando las gracias a mis amigos
por haber colaborado para que este libro salga a la luz. Ellos saben
que todo cuanto digo es la pura verdad, pero si alguien lo duda, está
en su derecho.
Qué puedo decir de Antonio Montiel, mi amigo y mi hermano.
Como persona es lo mejor que una madre pudo parir. Gracias a la
idea de mi Antoñito se ha hecho esta biografía y gracias a él he conocido a don Baltasar del Moral, ese gran hombre todo corazón, un
guerrero que lucha para vencer esa terrible enfermedad que él mismo padece, esclerosis múltiple.
Para mí es algo que Dios puso en mi camino, creo que soy
para él y para su adorada Tina, su mujer, como uno más de la familia. Gracias, junto lucharemos para vencer a la esclerosis múltiple.
A Diego Ceano, todo mi agradecimiento. Él dice que se ha
pasado el verano acostándose con Eusebio y levantándose con Eusebio, claro está que de forma metafórica, porque se ha pasado el verano obsesionado con mi historia. No tengo palabras para agradecerle bastante el interés, el cariño y el apoyo, que se ha tomado en
este libro de los Cuatro Botones Dorados.
A mi querida Pepa Flores (Marisol), una mujer de un gran
corazón que me dedica una carta y que puede decir que es mi hermana y mi amiga a la que quiero. Sé que la tengo siempre que la
necesito. Gracias Cuchu cuchu.
Gracias a Cajamar y a sus maravillosas gentes que forman
parte de esa entidad, que tanto está ayudando a los artistas malagueños.
Gracias a las chicas que junto a Tina, me han ayudado a escribir mis notas.
Gracias de corazón de vuestro Eusebio.
238
¡La meta puede esperar!
Cuando miro la ventana
de mañana al despertar,
doy con fervor gracias a Dios, gracias
por gozar de un día más.
Lo digo, porque mi tiempo
(esto es pura verdad)
está rozando la raya
para su “meta” cruzar.
Cuando un se siente joven,
jamás se para a pensar
que más tarde o más temprano
todos hemos de alcanzar
esa meta que por miedo
nos gustaría evitar.
Al final de mi camino
yo le doy gracias a Dios,
por lo mucho gozado
de la tierra, el mar y el sol.
y espero cruzar la meta
sin temor y sin dolor,
pues sin salir de la tierra
he conocido al Señor.
He tenido mis pecados,
errores y debilidad
y los susurros del diablo
tentador, llegue a escuchar
por eso le pido a Dios
cuando me voy a acostar
que al despertar de mañana
me permita contemplar
la luz desde mi ventana
¡La meta puede esperar!
De Eusebio Valderrama
239
Conclusión.La vida de Eusebio, ha pasado por diferentes estadillos, pero
todos han revestido un carácter intenso y en muchas ocasiones se ha
visto atenazada de una especial rudeza.
Ha sido querido por sus amigos y familiares, ha sido amado
con pasión por sus muchos amantes y ha sido odiado por los más
intransigentes.
Ha conocido los laureles del éxito y ha conocido etapas en las
que dudaba si todo aquel esfuerzo merecía la pena.
Ha conocido la cara de la generosidad humana y la terrible de
la violación en todas sus facetas.
Ha conocido a ricos y a pobres, a grandes y a pequeños, a
gentes de valía y a gentes mediocres, a gentes de la calle y a famosos
de todo el mundo.
Quizás esa vida intensa y esa grandeza de corazón le ha hecho
repartir amor a manos llenas incluso llegando a la promiscuidad.
Eusebio es un señor y una gran dama y sobretodo es y lo ha
demostrado a lo largo de su vida, es una gran persona.
Bien podría estar escribiendo sobre las andanzas de este Quijote, vestido de corto; sobre la vida de este bailarín que se ha pasado
la vida dando saltos en los escenarios de todo el mundo, como queriéndose agarrárse a las barbas de San Pedro, pero es hora de concluir
y eso a sabiendas de que aún me queda mucho más que escribir. Pero
la vida de Eusebio, podríamos decir, esta volviendo a escribirse, la
vida de un “joven” bailarín, estilista y cancionero, que va cargado de
años, de arte y de ternura. Su jovialidad y su ser impetuoso le hace
que constantemente esté abriendo las páginas de su particular libro
para dotarlas de acontecimientos dignos de ser contados.
Como autor de esta biografía, tengo que apuntar, que para mi
ha sido un verdadero placer indagar en lo bueno y en lo menos
bueno, que la vida de éste artista le haya deparado. Y digo esto porque de todo he aprendido. Me ha hecho ver las maldades de la vida,
pero también me ha descubierto que detrás de los pantanos cenagosos, casi siempre existen prados fértiles. Que la vida es dura, pero
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que somos nosotros, con nuestro optimismo los que la tenemos de
ablandar.
La homosexualidad de Eusebio, quizás haya sido y siga siendo considerada por algunos, como una tara de su personalidad, sin
saber que la verdadera tara, suele encontrase en las estrechas mentes
de los que piensan de esa manera.
No cabe duda que Eusebio ha sido un ser valiente, que siempre le ha puesto cara y le ha hecho frente a los malos momentos. Ha
llorado y ha gritado, muchas veces de rabia e impotencia, pero eso no
es signo de cobardía, eso es solo una muestra de su gran condición
humana, su valor a consistido siempre en sobreponerse a las dificultades y en haber guardado en ese armario del sótano de su corazón,
solo las cosas malas para que no le dañaran y ha perdonado a todos
cuanto le hicieron daño, de ahí, de esa actitud, que Eusebio sea una
persona medianamente feliz y con un alma limpia como pocos.
Quiero hacer constar, que cuando muchos amigos de Eusebio
se enteraron de que estaba realizado esta biografía, quisieron colaborar aportando sus muchos granitos de arena. Unas colaboraciones en
forma de cuadros, poesías, comentarios etc. Eran tantos que decidí, y
espero que me sepan perdonar, no incorporarlos y dejarlos para otra
ocasión, porque el libro se habría dimensionado en exceso. No obstante desde aquí quiero agradecerle a todos ellos y a todas ellas, ese
espontáneo ofrecimiento fruto del cariño que todos le tenemos a éste
singular personaje. Solo se ha incluido el hermoso dibujo que embellece la portada, obra del pintor Antonio Montiel y poesías de Eusebio, así como cartas de Pepa Flores y el prólogo de don Baltasar del
Moral Majado.
Con respecto a las fotografías, me ha sido imposible poner,
por razones de obvias de espacio, todas las que hubiera querido. Eusebio posee una enorme colección de fotografías con gentes famosas,
políticos, artistas de cine etc. que ilustran y dan más credibilidad a lo
que en este libro se narra.
Como pienso que algún día podré escribir otro libro con los
cientos de apuntes que se me han quedado en el tintero, será entonces
cuando incluya muchas de las fotografías y colaboraciones que en
esta ocasión no he incluido.
241
Albún de fotos.-
242
Eusebio y Alegría
Eusebio y Alegría
Actuaciones de Eusebio
Actuaciones de Eusebio
Fiesta con Jorge Mistral
Homenaje a Eusebio como despedida, al tener que marcharse a hacer la mili
243
Eusebio con Alegría y dos admiradores americanos en los Baños La Estrella de
Málaga
Eusebio y Pepe, junto a Miguel de los Reyes
244
Eusebio en Barcelona, año 1950
Eusebio con Paco de Lucía
245
Adhesiones.Carta de nuestra queridísima Pepa Flores.
Trascripción:
Eusebio haces las cosas y las cuentas, sin ningún tipo de intelectualidad. Y eso es la verdad y la verdad a veces le molesta a algunos, pero es el lenguaje del pueblo. Como Miguel Hernández y García Lorca, eso eres tú, un poeta del pueblo.
Pepa Flores (Marisol)
246
Otra carta de Pepa Flores, en muestra de cariño.
Trascripción:
Opinar sobre un personaje tan versátil como Eusebio Valderrama, no es tarea fácil. Para mi es como una especie de enciclopedia de la vida, de la que aprendo cada vez que tengo la suerte de
charlar con él.
Eusebio es una fuente de energía cósmica que no tiene límites.
Cuando le conocí le dije que no tenía edad, por eso le llamo
“El hombre sin edad”, pues a lo largo de mi vida, no he conocido a
nadie que se le parezca. Inagotable, creador y un ser humano maravilloso.
Eusebio está hecho de barro, de necesidad, de gente humilde,
de una inteligencia natural que te da la vida, cuando no tienes más
remedio que buscártela, como sea, desde muy chico, en unos tiempos
muy duros, donde los niños no podían serlo porque tenían que traba247
jar como los adultos para contribuir a la economía familiar, que era
muy poca.
Te hacían ser hombre, apenas cumplías los seis años.
Admiro y valoro a Eusebio como un tesoro que me han puesto en el
camino.
Gracias por abrirme las puertas de tu corazón.
Gracias por tu generosidad.
Gracias por admitidme en tu mundo, aceptarme y quererme
tal como soy.
Pepa Flores.
Una hermana de luz
Tu Ruchu.
248
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