LA EXPERIENCIA DEL MOVIMIENT01 A TRAVES DE LA BAILARINA

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LA EXPERIENCIA DEL MOVIMIENT0 1
A TRAVES DE LA BAILARINA
Lilian González Arce
En el mundo de la danza, existen varios elementos que se
conjugan a través de uno solo de ellos: El bailarín. Un ser humano,
común y corriente, pero con una innata atracción y curiosidad
por el movimiento.
Si bien es indispensable la vocación, el talento, la entrega y la
formación académica para convertirse en un profesional de la
danza, es la experiencia escénica y de la vida la que le permite a
un ser humano desarrollar su expresividad y su creatividad.
El acceso a este espacio creativo del bailarín implica un proceso
previo, que inevitablemente, involucra el aporte coreográfico,
escénico y técnico de una obra.
En este proceso creativo de la danza, el coreógrafo hace uso
de objetos comunes: espacio, sonido, escenografía, vestuario y
hasta el mismo bailarín y los convierte en objetos de arte a través
de su propuesta coreográfica. Pero en este juego de creatividad
y transmisión de conceptos, el coreógrafo tiene una limitante en
la transmisión del mensaje y llega inevitablemente a un punto en
el que le entrega al bailarin este cúmulo de conceptos, ideas y
sueños quizá, para que éste tome la información, la adopte y
aporte entonces, como ser artistico autónomo, su parte estética
proyectando asi su propia interpretación de lo que le ha transmitido.
Se permite para si, ser creativo.
1.
Ponencia presentada en la mesa: El cuerpo desde el Arte. VIII congreso Internacional de
Filosofía, Universidad Rafael Landívar, agosto de 2009, Guatemala.
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Naturalmente, cuado esto se da, el bailarín tiene la
responsabilidad de interpretar el concepto lo más cercano a lo
que el coreógrafo pide, pero esto entonces exige otro proceso
más, ese que solo el bailarín vive: Memoriza la secuencia de pasos,
o bien, improvisa frases de movimiento para aportar material al
coreógrafo, si éste así lo pide. Detecta las dificultades en la
ejecución de los movimientos. Para corregir esas dificultades,
utiliza la técnica y se apoya en imágenes que le ayudan a ejecutar
los movimientos con las cualidades específicas que el coreógrafo
pide.
Aún si el concepto total de la obra sigue siendo ajeno o
quizá confuso, el bailarín se esfuerza al máximo para acercarse
cada vez más a éste. Intuye el camino que debe tomar para tener
acceso a su interioridad y confía que la experiencia que tiene en
el ámbito de la danza y en la vida misma, posteriormente lo
llevarán al punto en que el concepto de la obra ya no será más
ajeno, pues éste tiene la capacidad de procesar en su interioridad
los conceptos, permitiéndole así amalgamar movimiento e
interpretación.
Repite durante horas las mismas secuencias sin percatarse,
a veces, que los músculos duelen, que las articulaciones se resienten.
Que los pies se queman y comienzan a sangrar. Puede sentir el
cansancio, y el sudor recorriendo su espalda y su cara. Puede sentir
el calor intenso que invade su cuerpo, pero siendo el bailarín una
persona apasionada, determinada, sumamente disciplinada y
entregada a su trabajo, no se permite reparar en esos detalles, que
a su parecer en ese momento, no son tan importantes como el
hecho de superar todas las dificultades en la ejecución de las
secuencias de movimiento.
Hace de nuevo cada paso, una y otra vez, con cierta obsesión,
hasta lograr ejecutarlo con la técnica correcta. Recopila todo tipo
de referencias: referencias visuales, espaciales y sensoriales: Qué ve,
hacia donde va, qué sensaciones le da cada movimiento. Aunque
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esta parte del proceso puede durar semanas, el bailarín no desiste.
Desde sus años de formación, a través del rigor de la enseñanza,
éste desarrolla el potencial de auto-exigirse más allá de las
limitaciones aparentes y ponerse a prueba. Lo que continúa
haciendo durante toda su carrera en cada proceso creativo sin
excepción. Todo esto lo logra a través de la fidelidad que provee
la memoria muscular. (La capacidad del cuerpo y la mente de
crear nuevos hábitos musculares, más útil para el bailarín en el
escenario) .
De pronto, se embriaga de una sensación de logro, de "prueba
superada", pero siempre se esfuerza por hacerlo mejor.
Poco a poco, conforme la obra se va completando, el bailarín
va encontrando en cada movimiento el espacio para dejar fluir su
expresividad. La confianza que en un principio intuyó, ahora se
convierte en un hecho. El concepto ya no es más algo ajeno.
Ahora, a través de la misma repetición comienza a apropiarse
d.e la obra. Cada movimiento es suyo. Antes ejecutaba, ahora
empieza a bailar. Echa mano de su propia experiencia en la vida
para expresar y transmitir el concepto. En cada ensayo, en cada
momento, encuentra un espacio más para imprimir su sensibilidad.
Se apasiona por lo que expresa y profundiza aún más en esa
pasión.
Conforme más cerca está de la puesta en escena, el bailarín
se conecta cada vez más con su interior. En esos últimos ensayos
recuerda cada corrección, recopila toda la información obtenida
durante el proceso creativo. Sigue intentando superar pequeñas
dificultades técnicas que ante el escenario, se vuelven aterradoras.
Los nervios se apoderan, en algunas ocasiones, de todo y la duda
surge. Todo por lo que se ha trabajado, ese momento puede llegar
a estar en tela de juicio.
Una vez en el teatro, todo se vuelve confuso. El cuerpo no
se ubica tan fácilmente en el nuevo espacio. Nuevos errores y
dificultades comienzan a surgir. Algunos movimientos que en el
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estudio podian ejecutarse a plenitud, ahora deben ser reducidos
por que no hay lugar suficiente para ejecutarlos de igual manera.
Los compañeros están mucho más cerca o demasiado lejos. Las
luces lo ciegan un poco y el sentido del equilibrio no es igual. De
todas las referencias visuales almacenadas, ahora solo existen un
par de ellas. El piso puede ser muy áspero, muy liso, muy duro.
Los movimientos, las distancias, las velocidades, todo tiene que
ser re acondicionado al nuevo espacio.
Hay una cierta tensión en el ambiente. Ocasionalmente los
pasos se olvidan o se dan pequeñas colisiones entre compañeros.
Los qius musicales no se escuchan tan claramente aquí como en
el estudio. El vestuario no es tan cómodo como la ropa de ensayo.
A este punto, el cansancio es tal, que el cuerpo no responde.
Los ánimos comienzan expresar cierta rabia al ver, que todo el
esfuerzo puesto en el trabajo hecho hasta entonces, parece afectarse
ante esas situaciones. Pero nuevamente, el bailarín no se rinde.
En este momento es cuando acude a la memoria muscular y
continua. El proceso que una vez tardó meses en consolidar una
obra, ahora, en el espacio del teatro, se repite, pero esta vez debe
concretarse todo en uno o dos ensayos. Ya no quedan más meses
para darse el tiempo.
El momento por el que trabaja a diario con tanta
determinación, ha llegado: La escena. Recorre el escenario una
vez más, se concentra lo más que puede. Los nervios aún
persisten. Pero en el momento en que el telón se abre y el bailarín
da el primer paso dentro del escenario, quedan tras bambalinas
los nervios, los miedos, las dificultades. Lo hecho, hecho está.
Ahora es momento de bailar. El bailarín está completamente
conectado con su interior. Una absoluta pasión invade todo su
ser y comienza a transformarse. Pasa de ser un simple ejecutante,
a un ser que desnuda su alma.
Toda la expresividad proveniente del interior de la persona,
el bailarín la expone en escena. Su espíritu encuentra la manera
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de engrandecerse a través del cuerpo, y trasciende. Trasciende el
dolor, el cansancio, la distancia entre el público y él.
Mira sin mirar, pero está absolutamente presente, embriagado
de su propia sensibilidad. En una fracción de tiempo
indeterminable, él se ha convertido en coreografía refinada, es
música bella, es la danza pura, es bailarín, porque para eso ha
nacido.
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