Intencionalidad y metarrepresentación:

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Intencionalidad
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Una perspectiva evolutiva1
Ángel Rivière
Durante la última década, se ha hecho un gran esfuerzo de investigación
en torno al estudio de ciertas capacidades específicas del razonamiento
interpersonal. El concepto de “Teoría de la Mente” ha jugado un papel
organizador en esta investigación. Una teoría humana de la mente es un
sistema conceptual independiente del lenguaje. Este sistema se asocia con
(al menos) mecanismos de inferencia relativamente “modulares” y posee,
como elementos básicos, “actitudes proposicionales” tales como intenciones,
creencias y deseos. En los humanos, este sistema conceptual tiene un grado
muy alto de desarrollo. Implica una “actitud intencional” generalizada
(Dennett, 1987), y es un prerrequisito para el desarrollo de diferentes
psicologías naturales cuya naturaleza y relaciones con la psicología científica
han sido objeto de acalorados debates en la filosofía y psicología de los
últimos años (ver, por ejemplo, Fodor, 1991).
Desde una perspectiva cognitiva, un sistema conceptual “Teoría de la
Mente” totalmente desarrollado implica metarrepresentaciones (MR), es
decir, representaciones no literales en las que están suspendidas las relaciones
normales de referencia y verdad respecto a los “estados del mundo” (Leslie,
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Texto inédito. Versión en español del Abstract de la Conferencia Intentionality and
Metarepresentation: A Developmental Perspective impartida por el autor en el III
International Colloquium on Cognitive Science (ICCS), celebrado en San Sebastián en
1993. (Trad. del inglés: M. Belinchón).
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1988). En el modo o “sintonía” metarrepresentacional, se hace siempre
atribución de estados epistémicos de creencia. La intensionalidad es un
índice lógico de MR, dado que implica la suspensión, en ciertos contextos
intencionales, de las relaciones usuales y extensionales de verdad y referencia
entre las representaciones y los estados del mundo.
Decimos “en ciertos contextos intencionales”, porque, en realidad, no
todos los enunciados que remiten a contextos intencionales son intensionales
(por ejemplo, los enunciados de la memoria y la percepción no son
intensionales ni implican metarrepresentaciones). Este hecho puede explicar
ciertas inconsistencias aparentes en la investigación de la Teoría de la
Mente: personas con autismo, con un déficit en “metarrepresentación”
pueden resolver ciertas tareas que, vistas de un modo superficial, parecen
ser estructuralmente comparables a las tareas clásicas de Teoría de la
Mente. En realidad, estas tareas, que pueden ser resueltas por personas
con autismo inteligentes, no implican un razonamiento
metarrepresentacional, y pueden ser comparadas con situaciones que
requieren una “atribución de memoria (y no de creencia)” (Rivière, Sotillo
y Núñez, 1991).
A primera vista, una teoría metarrepresentacional de la mente totalmente
desarrollada parece ser una condición para la posesión por los humanos
de una “intencionalidad recursiva”. La intencionalidad recursiva es la
capacidad para tener estados mentales intencionales (I) sobre estados
mentales (I) (de uno mismo o de otros) que se refieren, a su vez, a estados
mentales (I), lo que define estructuras del tipo (I [I {I}]). Según Bennett
(1976), estas estructuras son necesarias para realizar funciones lingüísticas
declarativas u ostensivas (es decir, de transmisión de conocimiento
proposicional entre mentes). Sin embargo, en este caso, se da una paradoja
aparente en el curso del desarrollo de los niños humanos: aunque es posible
observar funciones ostensivas claras a partir del segundo año de vida, la
solución de las tareas clásicas de Teoría de la Mente no se observa hasta
los cuatro-cinco años (Astington, Harris y Olson, 1988; Frye y Moore,
1991; Perner, 1991; Wellman, 1990; Whiten, 1991).
El desarrollo de la comunicación ostensiva en el segundo año de vida
coincide con el desarrollo del “hacer como si” (pretending) que, según
Leslie (1988), implica también capacidades MR. En el penetrante análisis
de Leslie, las propiedades psicológicas del juego de ficción son paralelas
a las propiedades lógicas de los enunciados intensionales. Esto es así,
porque tanto el juego de ficción como la atribución de estados mentales
de creencia dependen del uso de metarrepresentaciones. Con independencia
del análisis lógico y psicológico (de Leslie), la ausencia o déficit conjunto
de comunicación ostensiva y juego de ficción en los niños con autismo
(ver, por ejemplo, Frith, 1991) constituye una evidencia fuerte a favor de
la naturaleza metarrepresentacional de ambas capacidades. Pero, si se
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acepta este análisis, es necesario explicar por qué los niños menores de
cinco años no pueden resolver las tareas clásicas de Teoría de la Mente.
La distinción entre conocimiento “tácito” y “explícito” puede ser utilizada
para explicar este aparente conflicto: mientras que tanto las comunicaciones
ostensivas como el juego de ficción parecen requerir sólo el uso de
metarrepresentaciones, las tareas clásicas de Teoría de la Mente requieren,
en cierto sentido, “pensar sobre metarrepresentaciones”. Así, estas tareas
parecen implicar un nuevo nivel (en realidad, un diferente nivel) de
recursión: una teoría de la mente reflexiva y explícita. La diferencia entre
Teoría de la Mente tácita y explícita puede explicar las aparentes paradojas
cronológicas en la investigación sobre Teoría de la Mente.
La Teoría de la Mente explícita (es decir, la Teoría de la Mente de carácter
reflexivo) debe ser cuidadosamente diferenciada de las “psicologías
populares” (folk psychologies) explícitas. La ausencia de esta distinción
ha tenido, por lo general, consecuencias devastadoras en las discusiones
filosóficas sobre el significado y naturaleza de los “conceptos mentalistas”
(Greenwood, 1991). Una Teoría de la Mente (en el mismo sentido en que
el concepto se usa en la literatura cognitiva y evolutiva) no es “una teoría”,
en absoluto. La utilidad de la Teoría de la Mente no es “explicar” la mente,
sino manipularla. Por tanto, una Teoría de la Mente es un instrumento
pragmático, desarrollado a lo largo de la evolución humana, que se basa
en un núcleo conceptual y en mecanismos especializados de inferencia.
Una Teoría de la Mente es un subsistema cognitivo, adaptativo y profundo,
dedicado a atribuir, inferir, predecir y comprender estados mentales en el
curso de interacciones dinámicas. Por otro lado, las “psicologías populares”
son, en realidad, “prototeorías”: explicaciones y “relatos” explícitos sobre
la mente, que varían histórica y culturalmente. El desarrollo de la Teoría
de la Mente es un prerrequisito para el desarrollo de las psicologías
populares, pero Teoría de la Mente y psicología popular no deben
confundirse. Esta tesis se ve apoyada por el hecho de que la Teoría de la
Mente es universal. En un estudio trascultural, se comparó a niños
zapotecos, niños de la ciudad de México y niños españoles, de cuatrocinco años y seis-siete años de edad, en tareas de Teoría de la Mente y
operatorias, y en su atribución “popular” de funciones mentales a diferentes
seres y objetos. Aunque se observaron diferencias significativas entre los
tres grupos en las atribuciones populares y la solución de tareas piagetianas
operatorias, no hubo diferencias en la solución de tareas de Teoría de la
Mente de primer y segundo orden (Quintanilla y Rivière, 1992). Este
resultado apoya fuertemente la tesis de la universalidad de la Teoría de la
Mente, y la necesidad de diferenciarla de las psicologías populares.
Desde una perspectiva cognitiva, la Teoría de la Mente universal no
puede ser reducida a “mecanismos generales” de inferencia; parece tener
una cierta naturaleza “modular” (en un sentido amplio del término), es
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decir, una cierta independencia de los mecanismos “isotrópicos” y
“quineanos” dedicados al “razonamiento impersonal”. Esta idea está
apoyada por un experimento de Rivière y Castellanos (1986), en el que
se plantearon a niños con autismo y alto nivel de funcionamiento, y a
niños con desarrollo normal, tareas de Teoría de la Mente, toma de
perspectivas y operatorias. En el primer grupo, encontramos una relación
clara y significativa de contingencia entre la solución de las tareas de Teoría
de la Mente y las tareas operatorias piagetianas; sin embargo, esta relación
no fue observada en los niños con desarrollo normal. Este resultado podría
parecer muy sorprendente, pero tiene una explicación clara y fascinante
si analizamos la tarea clásica de Teoría de la Mente desde un punto de
vista operatorio. En realidad, las tareas de Teoría de la Mente “son”
estructuralmente operatorias: parecen implicar conservación y reversibilidad
(en un sentido piagetiano). Sin embargo, los niños con desarrollo normal
pueden resolver esta tarea operatoria a los cuatro-cinco años, es decir,
mucho antes de que puedan resolver las tareas operatorias clásicas. Estos
resultados parecen indicar la existencia, en los niños con desarrollo normal,
de un subsistema mental muy eficaz, muy precoz y complejo,
específicamente dedicado al razonamiento interpersonal. Este sistema es
al que llamamos “Teoría de la Mente”.
¿Cómo se desarrolla la Teoría de la Mente? En las investigaciones
evolutivas, la sorpresa producida por la repentina solución de las tareas
clásicas de Teoría de la Mente a los cuatro-cinco años ha sido un obstáculo
para el reconocimiento de la naturaleza gradual del desarrollo de este
complejo sistema conceptual. Lo que nosotros proponemos es un modelo
evolutivo, según el cual los primeros y más precoces índices del desarrollo
de una Teoría de la Mente primitiva pueden verse alrededor de los seis
meses. Estos índices son las conductas anticipatorias, que indican un
reconocimiento rudimentario de “intenciones primitivas” que están
estrechamente ligadas a la conducta de los otros. En los últimos meses del
primer año, sin embargo, las intenciones se separan cada vez más de las
conductas. Es necesario destacar la importancia de dos factores en el
desarrollo de la Teoría de la Mente como un sistema conceptual mentalista,
complejo, poderoso e “independiente de la conducta inmediata”. Estos
dos factores son: a) el valor adaptativo de interpretar “conductas
instrumentales de alto nivel”; y b) el valor adaptativo del engaño, y del
reconocimiento del engaño, en los humanos.
Aunque el “engaño” (en un sentido muy general) es un fenómeno
bastante generalizado en el mundo animal, los primates parecen tener una
“capacidad conceptual” para el engaño. Como en otros casos, el índice
de “conceptuabilidad” es aquí el carácter flexible, independiente del
contexto, inventivo y espontáneo de las conductas de engaño observadas
en primates. En los humanos, la capacidad para engañar es (claramente,
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aunque quizá desgraciadamente) mucho mayor que en otras especies.
Además, esta capacidad es muy precoz y parece implicar, desde el segundo
año de vida, la misma “Teoría de la Mente tácita” que está implicada en
la comunicación ostensiva y el juego de ficción. En dos experimentos con
niños normales de cuatro-siete años, Rivière, Núñez y Sotillo (1991) Rivière
y cols. (1992) demostraron que la solución de tareas de Teoría de la Mente
de primer y segundo orden era mucho más fácil para los niños de cuatrocinco años en situaciones en las que los personajes tenían malas vs buenas
intenciones (es decir, intentaban engañar). Estos resultados están en
consonancia con los datos de Cosmides (1989) sobre el razonamiento
adulto en la tarea de las cuatro tarjetas, y con su propuesta de un
mecanismo cognitivo modular dedicado al “cómputo de los costes y
beneficios en situaciones de intercambio social”. Más allá de las diferencias
en cuanto a los paradigmas experimentales de las tareas de Teoría de la
Mente y las cuatro tarjetas, hay razones de peso para pensar que estas
tareas implican —al menos en los sujetos humanos normales— el uso de
un único e idéntico subsistema mental para el razonamiento interpersonal,
es decir, una Teoría de la Mente.
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