Follet, Ken - La caída de los gigantes

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- Soy yo -dijo, y entró en la habitación.
Katerina estaba sentada en la cama con un bebé diminuto en los brazos. Grigori se
sintió arrobado de felicidad.
- ¡Ya ha llegado el bebé! ¡Es precioso!
- Es una niña.
- ¡Una niña!
- Me prometiste que estarías conmigo -le dijo Katerina con tono reprobatorio.
- ¡No lo sabía! -Miró al bebé-. Es morena, como yo. ¿Qué nombre le ponemos?
- Te envié un mensaje.
Grigori recordó al guardia que le había dicho que alguien lo buscaba. «Algo sobre
una comadrona», habían sido sus palabras.
- Oh, Dios mío… -se lamentó-. Estaba tan atareado… -Magda estaba atendiendo otro
parto -dijo Katerina-. Tuvo que atenderme Ksenia. Grigori se sintió acongojado.
- ¿Sufriste mucho?
- ¡Pues claro que sufrí mucho! -le espetó Katerina.
- Lo siento… Pero ¡escucha! ¡Ha habido una revolución! Una revolución de verdad
esta vez… ¡Nos hemos hecho con el poder! ¡Los bolcheviques están formando
gobierno! -Se in clin sobre ella para besarla.
- Eso es lo que suponía -repuso ella, y volvió la cara.
Capítulo 29
Marzo de 1918
I
Walter se encontraba de pie en el tejado de una pequeña iglesia medieval de Ville
franchesurOise, un pueblo cercano a San Quintín. Durante algún tiempo había sido una
zona de descanso y ocio para la intendencia alemana, y los habitantes franceses,
aprovechando las circunstancias, se dedicaron a vender a sus conquistadores tortillas y
vino, cuando conseguían provisiones. «Malheur la guerre -decían-. Pour nous, pour
vous, pour tout le monde.» Maldita guerra; para nosotros, para vosotros, para todo el
mundo. Desde entonces, los discretos avances de los aliados habían ahuyentado a los
residentes franceses, arrasado la mitad de los edificios y acercado el pueblo a la primera
línea; en esos momentos era ya una zona de reunión.
Más abajo, en la angosta carretera que cruzaba el centro del pueblo, soldados
alemanes marchaban en columna de cuatro en fondo. Llevaban haciéndolo horas, miles
de ellos habían desfilado ya. Parecían cansados pero alegres, aunque debían de saber
que se dirigían a la primera línea. Habían sido trasladados desde el frente oriental.
Francia en marzo era mejor que Polonia en febrero, supuso Walter, al margen de lo que
les aguardara.
Lo que veía le alegró el alma. Aquellos hombres habían sido liberados por el
armisticio entre Alemania y Rusia. En los últimos días, los negociadores de
BrestLitovsk habían firm ado un tratado de paz. Rusia había abandonado la guerra
definitivamente. Walter había parti cipado en su consecución, apoyando a Lenin y a los
bolcheviques, y la escena que tenía frente a sí era el triunfal resultado.
El ejército alemán contaba ya con 192 divisiones en Francia, frente a las 129 del año
an terior; la mayor parte de este incremento lo componían unidades desplazadas desde
el frente oriental. Por primera vez tenían allí a más hombres que los aliados, con 173
divisiones, según los servicios secretos alemanes. En numerosas ocasiones a lo largo de
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