El arbitraje y su interacción con el juicio de amparo

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El arbitraje y su interacción con el juicio de amparo
Adalberto Eduardo Herrera González
Juez Primero de Distrito en el Estado de Tamaulipas
Sumario: Introducción; I. Concepto de arbitraje; II. Ramas del arbitraje, “ad hoc” e institucional; III. El laudo, su homologación y ejecución; IV. Concepto y teleología del juicio de amparo; V. Imposibilidad
jurídica para iniciar un juicio de amparo en contra de un laudo arbitral; VI. Control constitucional del arbitraje; Bibliografía.
INTRODUCCIÓN
E
l procedimiento arbitral, es probablemente, el medio de solución de
controversias, extra jurisdiccional, más usado en el mundo, pues debido
al proceso de globalización en el que se encuentran insertos la mayor
parte de los países del orbe, tal institución se ha perfilado como una de
las formas más eficaces para dirimir conflictos, sin la necesidad de acudir a la jurisdicción de los tribunales estatales.
Ahora bien, no obstante la reciente inserción en nuestro Código de
Comercio, de la Ley Modelo sobre Arbitraje Comercial Internacional,
adoptada en la Convención de Nueva York, en el año de mil novecientos ochenta y cinco, la institución del arbitraje, continúa siendo incomprendida, al grado que existen leyes, tanto de orden federal como local,
que establecen arbitrajes forzosos, e incluso hay disposiciones legales que
prevén la procedencia del juicio de amparo en contra de los laudos
arbitrales. Asimismo, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ha
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emitido, recientemente, jurisprudencias por contradicción de tesis, en
las que sostiene la procedencia del juicio de garantías en contra de ese
tipo de actos.
Lo anterior obedece a la necesidad de mantener un control constitucional respecto de los procedimientos arbitrales, lo cual es entendible,
ya que si bien es cierto, que el arbitraje es un contrato que solamente
involucra a las partes interesadas, también es verdad, que no puede permitirse que en los procedimientos arbitrales se dejen de observar las
garantías consagradas en los artículos 14 y 16 constitucionales.
Sin embargo, tal control no se puede ejercer estableciendo la procedencia del juicio de garantías en contra de los laudos arbitrales. Es por
ello que, mediante el presente trabajo, se pretende hacer un estudio
integral de la institución del arbitraje orientado a buscar sus puntos de
relación con el juicio de amparo, con el propósito de llegar a dos conclusiones fundamentales.
La primera de ellas, es que un laudo arbitral nunca puede ser impugnado a través del juicio de garantías, sin que pueda estimarse lo
contrario, por el hecho de que el laudo en cuestión, haya sido emitido por
una institución estatal.
La segunda conclusión a la que se arriba, es que la única forma de
lograr el control constitucional del arbitraje, es a través del juicio de garantías indirecto, promovido en contra del acuerdo de homologación de
un laudo arbitral. Pues tal juicio permite al juzgador de amparo, analizar
la posible violación de garantías individuales, en la que puede incurrir el
juez de instancia, en el evento de que éste homologue un laudo, que no
reúna los requisitos previstos en la ley para poder ser ejecutado.
I. CONCEPTO DE ARBITRAJE
Adentrarse en la historia del arbitraje resulta un cuanto difícil, ya que
es una institución antiquísima, al grado que algunos estudiosos han
sostenido que antes de que surgiera el proceso jurisdiccional estatal, ya
había nacido el proceso arbitral como un medio de solución de controversias; asimismo hay quienes afirman que ambos procesos surgieron
simultáneamente (Tamayo, 1984).
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Por tal razón conviene dejar a un lado las raíces históricas de la
institución y comenzar diciendo que el arbitraje es ante todo un medio
heterosolucionador (Silva, 1994). Es decir, es una forma de resolver
controversias mediante la intervención de un tercero que cuenta con
facultades de decisión; lo que lo diferencia de los medios autosolutivos,
tales como la mediación, la conciliación y la transacción, en los que son
las mismas partes las que proponen la solución del conflicto.
Bajo esa tesitura tenemos que el arbitraje se presenta como un medio solucionador de controversias análogo al procedimiento judicial
estatal, ya que en ambos, las partes encomiendan a un tercero el fallo
del asunto contencioso; sin embargo, la diferencia sustancial entre
uno y otro, es que el arbitraje resulta de un pacto voluntario de las
partes litigiosas, permitido por la ley; mientras que el proceso judicial
estatal emana de la facultad que detenta el Estado para decidir las controversias que se suscitan entre los particulares.
Es de suma importancia destacar que el arbitraje es posible gracias a
que el derecho objetivo lo permite, esto es, la facultad de las partes para
pactarlo resulta de la inserción de dicha figura en los cuerpos legales
aprobados y sancionados por el Poder Legislativo del Estado; sobre el
particular resulta ilustrativo lo sostenido por el maestro Hugo Alsina,
al decir: “En ciertos casos, la ley permite a las partes, bajo determinadas condiciones, substraerse de la intervención de los órganos jurisdiccionales del Estado
para someter la decisión de sus controversias a jueces de su elección, que toman
el nombre de árbitros a fin de distinguirlos de los magistrados.” (Alsina, 1965).
Con base en lo anterior, podemos dar una definición previa del
arbitraje, considerando a éste como el derecho que tienen las partes de
dirimir sus controversias ante un árbitro particular, en lugar de someterlas a la decisión del juez estatal.
Ahora bien, la definición anterior no puede tenerse como un concepto definitivo, ya que para establecer la concepción integral, es indispensable precisar los elementos esenciales que componen al arbitraje,
los cuales Francisco R. Paganini O’Donohoe, en su obra El Arbitraje en
México, los resume de la siguiente forma: “a) Un acuerdo de voluntades
plasmado en un compromiso o en una cláusula compromisoria, según sea el
caso, por el que las partes, en ejercicio del derecho que les confiere la ley, someten sus diferencias, presentes o futuras a este tipo de procedimiento. b) El
árbitro o árbitros (...)” (Paganini, 1997).
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Dado que no se puede llegar a un concepto íntegro de esta figura,
sin exponer al menos sintéticamente los elementos esenciales que la
componen, debemos comenzar diciendo que tanto el compromiso arbitral, como la cláusula compromisoria, son las fórmulas que contienen
el consentimiento de las partes para someter alguna cuestión controvertida al arbitraje, esto es, constituyen las bases para que exista el juicio arbitral, ya que en uno o en otra aparece la manifestación de voluntad
para aceptar tal procedimiento (Arellano, 1987).
Así tenemos que el compromiso arbitral es entendido en la doctrina como un convenio mediante el cual las partes entregan la resolución
de sus diferencias al juicio de árbitro o a la amigable composición (De
Pina, 1977). Esto es, constituye un acuerdo de voluntades en el que las
partes pactan someter una controversia, presente o futura, a una decisión arbitral, y el clausulado de tal contrato se ocupa de detallar todo lo
relativo al juicio arbitral, procurando no incurrir en omisiones.
Por su parte, la cláusula compromisoria es una de las estipulaciones
contenidas en un convenio o contrato, en la que se prevé que de surgir
alguna controversia relativa a la interpretación o cumplimiento del convenio o contrato, tal cuestión contenciosa se someterá a decisión arbitral (Arellano, 1987).
El árbitro en una acepción coloquial, es la persona elegida por las
partes litigantes, sin ser juez oficial, para solucionar un conflicto o litigio (Diccionario de la Lengua Española Larousse).
Tal definición es un tanto incompleta, por lo que es conveniente
hacer ciertas precisiones en torno a dicha figura.
Comenzaremos diciendo que el árbitro puede ser nombrado por el
juez en omisión de las partes. Esto es, constituye facultad primaria para
las partes el designar el árbitro o árbitros que habrán de resolver la
controversia, pero si no lo hicieren, no se invalida el sometimiento
al arbitraje, ya que en tal evento, el juez estatal toma la nueva o la primera designación bajo su dirección. Basta citar a manera de ejemplo, lo
dispuesto por el artículo 612 del Código de Procedimientos Civiles
para el Distrito Federal, que establece: “Si no hubiere designación de árbitros, se hará siempre con intervención judicial, como se previno en los medios preparatorios a juicio arbitral.”
Asimismo el árbitro o árbitros no necesariamente deben ser personas físicas, puesto que no hay impedimento legal para que las partes
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designen a una persona moral, la que evidentemente actuará por conducto de sus representantes.
A diferencia del juez estatal, quien tiene obligación de fundar su
sentencia en el derecho sustantivo y adjetivo aplicable al caso concreto,
al árbitro le está permitido resolver en equidad, esto es, sin necesidad
de fundamentar su decisión en preceptos legales, aunque también se le
puede sujetar por las partes a que resuelva estrictamente conforme al
derecho objetivo aplicable.
La injerencia del árbitro en el desempeño de la función jurisdiccional, se encuentra limitada a la cuestión controvertida que le sometan las
partes, en el compromiso arbitral o en la cláusula compromisoria. Por
lo tanto, la resolución que emita no podrá abarcar otros aspectos que los
estrictamente convenidos para tal efecto.
El árbitro tiene la potestad de aceptar o desechar la sugerencia para
fungir como tal en determinada controversia, lo cual, no puede hacer
un juez estatal a menos de que se encuentre impedido legalmente.
Tomando como base las anteriores consideraciones nos atrevemos
a definir al árbitro como la persona física o moral, designada por las
partes interesadas o por el juez estatal, para que desempeñe una función cuasi jurisdiccional respecto de la cuestión controvertida que se
haya convenido someter a su decisión, la cual podrá ser tomada en conciencia o atendiendo al derecho objetivo aplicable, según lo hayan acordado las partes contendientes, siendo potestad de éste, el aceptar o
desechar la propuesta para arbitrar el conflicto.
No nos pasa desapercibido que la anterior definición puede generar cierta confusión, dado que en ésta se dice que el árbitro realiza una
“función cuasi jurisdiccional”.
En efecto, de acuerdo con el maestro Hugo Alsina (Alsina, 1965),
la jurisdicción supone la existencia de los siguientes elementos:
a) Notio, que es el derecho a conocer de una cuestión litigiosa determinada.
b) Vocatio, que es la facultad de obligar a las partes a comparecer a
juicio.
c) Coertio, que es la posibilidad de hacer uso de la fuerza pública para el cumplimiento de las medidas ordenadas dentro
del proceso.
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d) Iudicium, que consiste en la facultad de dictar sentencia, poniendo término a la litis con carácter definitivo.
e) Executio, que implica el contar con imperio para la ejecución
de las resoluciones judiciales, mediante el auxilio de la fuerza
pública.
El árbitro cuenta con casi todos los elementos precisados, sin embargo carece de los referidos en los incisos c) y e), ya que por si mismo, no puede emitir medidas coercitivas para llevar a cabo un adecuado
desarrollo del proceso, sino que necesita acudir al juez estatal, para que
éste dicte tales medidas en su auxilio.
Tampoco tiene, la facultad de usar la fuerza pública para obligar a
las partes a cumplir con el laudo; de tal suerte que un laudo que no es
acatado voluntariamente, sólo podrá llegar a ejecutarse forzadamente,
si éste es homologado por el juez estatal, mediante un procedimiento
previamente establecido para tal efecto.
Por las anteriores consideraciones, creemos que resulta adecuado
sostener que el árbitro realiza una función cuasi jurisdiccional, toda vez
que si bien éste no cuenta con “coertio y executio”, sí posee los restantes
elementos de la jurisdicción, pues tiene “notio”, dado que las partes le
otorgan el derecho de conocer del conflicto, a través del compromiso
arbitral o de la cláusula compromisoria; también tiene “vocatio”, ya que
debido a la autoridad que le confieren las partes al convenir el arbitraje,
éste tiene la capacidad para obligarlas a acudir al proceso arbitral; finalmente, es evidente que el árbitro tiene “iudicium “, pues precisamente
la voluntad de las partes, es que éste emita un laudo, mediante el cual
ponga fin a la litis con carácter definitivo, esto es, con efecto de cosa
juzgada.
Ahora bien, una vez que se han sido precisados los elementos que
componen al arbitraje, se puede introducir ya un concepto integral de
esta figura jurídica, para ello, consideramos pertinente citar la que nos
brinda Francisco R. Paganini O’Donohoe, en su obra anteriormente
referida, que es del siguiente tenor: “Arbitraje es la institución jurídica
por la cual la ley autoriza a las partes, a través de una cláusula
compromisoria, o bien en un compromiso, a someter sus diferencias presentes o futuras a la decisión de una o más personas llamadas árbitros.”
(Paganini, 1997).
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II. RAMAS DEL ARBITRAJE, “AD HOC” E INSTITUCIONAL
Una vez precisado el concepto de arbitraje, se hace necesario hacer el
distingo entre el llamado arbitraje ad hoc y el institucional.
Humberto Briseño Sierra considera que el arbitraje ad hoc es el de
mayor espontaneidad ya que inicialmente parte de la simple voluntad
de los interesados, sin más reglas que las que la experiencia o su inspiración les aconsejen (Briseño, 1997).
En efecto, el arbitraje ad hoc es aquel que pactan las partes interesadas, ya sea, mediante un compromiso arbitral o por cláusula compromisoria. El cual, es eminentemente casuístico, esto es, se presenta caso
por caso, sin atender a ningún criterio de especialización.
El arbitraje institucional nació gracias a la organización de algunos
sectores que conciben a esta figura como un instrumento para la conservación de las relaciones mercantiles y sólo secundariamente como
un medio de solución de controversias, de tal manera que han visto en
ella, la posibilidad de crear instituciones arbitrales que con cierto grado
de especialización diriman los conflictos que puedan suscitarse por
motivo de una determinada operación comercial, lo cual genera que las
negociaciones se desarrollen en un clima de confianza, al evitar tener
que acudir a los tribunales estatales.
Briseño Sierra, clasifica al arbitraje institucional de la siguiente
manera:
a)
b)
c)
d)
Institucional privado.
Institucional oficial.
Institucional trasnacional.
Institucional internacional (Briseño, 1997).
El arbitraje institucional privado halla su razón de ser en las cámaras de comercio, de industria, de navegación, de minería y de industrias
y servicios en general, y principalmente, en asociaciones de bancos e
instituciones financieras.
Tales cámaras y asociaciones al ser reconocidas como instrumentos
de estructuración corporativa, se han encargado de crear, con el apoyo del
legislador estatal, tribunales arbitrales especializados, esto es, la ley ha
pasado de la simple autorización para el ejercicio del arbitraje al reco-
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nocimiento de su papel prioritario en el ámbito gremial, al grado de
regularlo como una condición de procedibilidad para el juicio público,
obligando a su agotamiento previo antes de acudir al proceso oficial; un
ejemplo de ello, lo constituye el artículo 136 de la Ley de Instituciones
y Sociedades Mutualistas de Seguros, que establece que los tribunales no darán entrada a ninguna demanda enderezada en contra de una
empresa de seguros, sin que el actor proteste haber agotado el procedimiento conciliatorio, que dicha ley “inconstitucional” contempla.
El arbitraje institucional oficial, se diferencia del institucional privado, porque nace plenamente controlado por el poder estatal con el
objeto de reducir el número de litigios ante los tribunales estatales.
El arbitraje institucional oficial nació como una respuesta a movimientos populares que demandaban el surgimiento de vías rápidas para
solucionar conflictos en cierto tipo de relaciones de alta litigiosidad,
tales como la que se genera entre proveedores de bienes y servicios y
consumidores o en los arrendamientos de inmuebles.
En diversos países se han creado instituciones arbitrales de protección al consumidor, las cuales generalmente funcionan como organismos
descentralizados que se encargan de recibir denuncias de irregularidades
y convocan a las partes interesadas a conciliar o en su caso a someterse
a un arbitraje.
Al respecto, creemos que es importante hacer un acotamiento en el
sentido de que la circunstancia de que a través del arbitraje, las partes
encarguen a una institución estatal, la solución de un determinado conflicto, no implica que tal institución deje de fungir como árbitro privado, ya que su función emana precisamente del pacto compromisorio
celebrado por las partes interesadas, quienes son las únicas que se encuentran vinculadas a acatar la decisión arbitral.
En algunos países el sometimiento al arbitraje es obligatorio como
una condición de procedibilidad para litigar el conflicto ante los tribunales estatales. En el caso de México la Ley Federal de Protección al
Consumidor (art. 16) establece que el arbitraje es optativo, de tal manera que de no aceptarse quedan a salvo los derechos de las partes, pero
hay otros ordenamientos como lo es la referida Ley de Instituciones y
Sociedades Mutualistas de Seguros, que en su numeral 136, establece
el procedimiento arbitral como obligatorio.
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Desde nuestro punto de vista, todos aquellos ordenamientos que
establecen arbitrajes forzosos, resultan completamente contrarios a la
esencia del “arbitraje”, toda vez que éste necesariamente debe ser convenido, ya que parte de la premisa de que las partes son libres y que por
ende no están obligadas, ni puede obligárseles a acudir a él.
En este orden de ideas, resulta válido sostener que las legislaciones
que establecen arbitrajes forzosos, están generando una institución distinta al “auténtico arbitraje”.
En efecto, tales ordenamientos crean una figura jurídica que más
bien se asemeja a la idea de un tribunal estatal especializado. Un ejemplo de ello, son las llamadas Juntas de Conciliación y Arbitraje, pues
éstas en realidad no ejercen una función arbitral, sino de completa jurisdicción, por lo que para estar más acorde con su naturaleza jurídica,
deberían llamarse tribunales o juzgados del trabajo.
Ahora bien, volviendo al tema, resulta importante señalar que de
acuerdo con el maestro Humberto Briseño Sierra, el llamado arbitraje
institucional trasnacional obedece a dos situaciones precisas: a) que el
arbitraje es un fenómeno de derecho privado, de manera que no se
confunde con lo que se ha llamado el arbitraje internacional público o
entre Estados; y b) que el arbitraje privado no respeta fronteras, no se
detiene en una aduana, y no tiene limites territoriales por lo que el
prefijo “tras” hace pensar en la personalidad de las comúnmente invocadas soberanías (Briseño, 1997).
En efecto, tal concepto se refiere a la organizaciones dispersas en
diversos países que practican el arbitraje internacional; son organizaciones que cuentan con los medios e instrumentos suficientes para desempeñar las tareas principales y secundarias del arbitraje, tales como la
Asociación Italiana para el Arbitraje, La Cámara Internacional de Comercio, el Banco Internacional para el Desarrollo y la Reconstrucción
(World Bank), la Comisión de las Naciones Unidas para el Derecho
Mercantil Internacional (UNCITRAL), The Chartered Institute of Arbitration, por mencionar sólo algunas.
El arbitraje institucional internacional se diferencia del rubro anterior (arbitraje institucional trasnacional), no por la índole de los organismos que intervienen en él, sino en función de la calidad de los asuntos,
esto es versa sobre negocios privados que de alguna manera adquieren
interés para los Estados. Generalmente se trata de contratos suscritos
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entre inversionistas privados y extranjeros con países en desarrollo, en
los cuales se pacta el arbitraje como una solución a las diferencias que
en un momento dado pudieran surgir.
III. EL LAUDO, SU HOMOLOGACIÓN Y EJECUCIÓN
La función más importante que tienen a su cargo los árbitros es evidentemente la de resolver el conflicto emitiendo una decisión final dentro del término fijado por las partes en el compromiso arbitral o en la
cláusula compromisoria, o en caso de haber sido omisas al respecto,
dentro del tiempo que falte por transcurrir para que se cumpla el plazo
señalado en la legislación procesal civil.
Tal pronunciamiento definitivo es conocido en la jerga jurídica como
“laudo”; según el maestro Hugo Alsina tal término obedece solamente
para distinguirlo de las sentencias que dictan los jueces (Alsina, 1965).
A nuestro entender el laudo es la resolución de fondo emitida por
el árbitro o árbitros respecto de la controversia sometida a su potestad,
dictada con apego a las reglas de derecho o conforme a la conciencia y
a las máximas de equidad, según haya sido pactado por las partes.
Paganini O’Donohoe considera que los aspectos que deben analizarse en relación al laudo son: el término para dictarlo, el contenido, la
forma, las costas, la notificación y publicación y las diferentes clases de
laudos (Paganini, 1997).
En efecto, coincidimos que el término es de trascendental importancia, ya que si las partes no previeron el plazo en que habrá de emitirse el laudo, éste debe pronunciarse en el término señalado por la ley, so
pena de que se extinga el compromiso arbitral.
El Código de Procedimientos Civiles para el Distrito Federal, contiene una disposición tajante en ese sentido, toda vez que en su artículo
617, establece: “que el juicio arbitral será válido aunque no se fije término del juicio arbitral y que, en este caso, la misión de los árbitros durará
sesenta días contados a partir del momento en que se acepte el nombramiento”; por su parte el diverso 622, fracción V, de ese mismo ordenamiento adjetivo dispone: “El compromiso arbitral termina: (...)
V.- Por la expiración del plazo estipulado o del legal a que se refiere el
artículo 617.”
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En relación al contenido, coincidimos en que el laudo debe referirse
a cada uno de los puntos que las partes hayan sometido a su consideración, esto es, debe observar los principios de congruencia y exhaustividad
que se le exigen al juez estatal al momento de dictar sentencia; al respecto el maestro Hugo Alsina opina: “Los árbitros deben pronunciar
su fallo sobre todos los puntos sometidos a su decisión; y esa resolución
debe ser en forma definitiva. Por consiguiente no podrán dejar una
cuestión para un pronunciamiento posterior, ni resolver en forma condicional, ni someterla a otros peritos arbitradores. Por otra parte, deben
limitarse a resolver las cuestiones propuestas, sin perjuicio de que también puedan, como vamos a ver, pronunciarse sobre cuestiones incidentales.” (Alsina, 1965).
La forma del laudo se refiere a los elementos de identificación que
debe contener, los cuales deben ser análogos a los de una sentencia
judicial. Por tanto, debe precisarse: la fecha de su expedición, el nombre
de las partes, el nombre del árbitro o árbitros, y debe constar su firma
respectiva.
Para el caso de que las partes no lo hayan fijado en el compromiso
arbitral o en la cláusula compromisoria lo relativo a la condena en costas
dentro del arbitraje, que se refiere básicamente al pago de los honorarios de los árbitros, el laudo deberá contener pronunciamiento al respecto.
En cuanto a la notificación y publicación del laudo, estimamos que
debe prevalecer lo que hayan regulado las partes en el compromiso arbitral o en la cláusula compromisoria, sin embargo, para el caso de que
haya omisión al respecto, coincidimos con Paganini O’Donohoe, en
cuanto a que tal notificación deberá hacerse con las mismas formalidades establecidas en la ley adjetiva respectiva (Paganini, 1997).
Jorge Alberto Silva considera que los laudos se pueden clasificar
atendiendo a las siguientes circunstancias: 1) a la extensión de la pretensión resuelta; 2) a la pretensión resuelta; 3) a la complejidad estructural; y 4) al tipo de decisión (Silva, 1994).
En atención a la extensión de la pretensión resuelta el laudo puede
ser exhaustivo, excesivo o incompleto, dependiendo si resolvió todas las
pretensiones o fue más allá de las pretensiones o le faltaron pretensiones por resolver.
Tomando en consideración la pretensión resuelta el laudo puede
ser meramente declarativo, constitutivo o condenatorio.
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Atendiendo a la complejidad estructural los laudos pueden ser simples, interpretados, rectificados o adicionales. Es simple cuando resuelve la controversia; interpretado cuando a consecuencia de la solicitud
desentraña su sentido; rectificado o corregido cuando el tribunal que
emitió el laudo rectifica lo resuelto; y adicional cuando el tribunal resuelve las pretensiones no resueltas en el laudo simple.
Atendiendo al tipo de decisión el laudo podrá ser en conciencia o
de estricto derecho.
Ahora bien, una vez que ha quedado claro el concepto del laudo, es
importante plantearnos la siguiente interrogante: ¿cuándo surte efectos?
Coincidimos con Jorge Alberto Silva en el sentido de que el laudo
surte efectos desde que es pronunciado (Silva, 1994), ya que a partir de
que es dictado y es considerado como definitivo, éste adquiere plena
eficacia obligatoria para las partes que se sometieron al procedimiento
arbitral. El laudo adquiere la naturaleza de una fuente de obligaciones, ya que por virtud de él, las partes quedan vinculadas por la relación jurídica, en los términos en que quedó constituida o declarada
en el fallo.
Cuestión distinta a la eficacia obligatoria del laudo, lo es, su eficacia ejecutiva; en efecto, tal como dijimos, el laudo en si mismo constituye una fuente de obligaciones para las partes; el aspecto de su
ejecutividad se contempla cuando las partes no cumplen voluntariamente con las cargas obligacionales que emanan del laudo, ya que en
ese evento se hace necesario acudir al Estado a fin de que reconozca su
eficacia, para así poder lograr su ejecución forzosa.
Tal reconocimiento de eficacia es conocido como “homologación
del laudo”, dicho término proviene del griego, que significa aprobación, consentimiento (Instituto de Investigaciones Jurídicas de la
UNAM, 1996).
De acuerdo con la definición del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, la homologación es el reconocimiento que hace un
tribunal público de la regularidad de un laudo pronunciado por un árbitro nacional o extranjero, para poder proceder a su ejecución coactiva
(Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, 1996). Dicho de
otra forma, la homologación de un laudo, es el acto jurídico a cargo de un
juez estatal, mediante el cual le da su aprobación, y en consecuencia lo
dota de una eficacia jurídica que antes no tenía. Resulta de trascenden-
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tal importancia destacar que para que el juez pueda otorgar tal aprobación, el laudo así como el procedimiento del cual emane, deberán de
contar con una serie de requisitos previstos en la ley.
Visto de esa manera parece que la homologación se refiere a la
mera aprobación del laudo como consecuencia de que éste reúne los
requisitos previstos en la ley, sin que tal homologación implique necesariamente la orden para su ejecución. Esto es, primero debe homologarse el laudo, para luego pedir que éste sea cumplido forzosamente;
sobre el particular resulta importante señalar que la doctrina mexicana
se ha inclinado hacía la idea de que los laudos nacionales no requieren
aprobación judicial, lo cual se puede ver reflejado en el texto del artículo 632 del Código de Procedimientos Civiles para el Distrito Federal,
que dispone: “Notificado el laudo, se pasarán los autos al juez ordinario
para su ejecución, (...).”. No obstante, la no exigencia de esa aprobación
judicial, y aun cuando el mencionado ordenamiento adjetivo no contenga disposición expresa, es inconcuso que los jueces ordinarios están
facultados para negar la ejecución del laudo, cuando a su juicio en tal
resolución arbitral se violen principios que no pueden dejar de observarse de conformidad con lo dispuesto en ese propio ordenamiento.
Según nuestro criterio, carece de todo sentido práctico hacer un
distingo entre homologación y ejecución, ya que si bien es cierto que
en términos de nuestra legislación procesal civil puede entenderse que los
laudos nacionales solamente necesitan del acuerdo para despachar su
ejecución, también lo es, que el juez estatal al proveer sobre la ejecución
de esta clase de laudos, implícitamente los está homologando.
En efecto, en nuestro concepto la homologación y ejecución de
laudos se da en un sólo acto, sin que sea óbice para considerar lo
contrario, el hecho de que la ley no prevea la necesidad de un reconocimiento previo de los laudos nacionales antes de despachar su ejecución, ya que el proveído que ordena la ejecución de un laudo implica
necesariamente su previa homologación, y viceversa, el acuerdo de homologación de un laudo conlleva automáticamente a su ejecución.
Tal afirmación se robustece más, si consideramos que los requisitos
que debe observar un juez para homologar un laudo extranjero, son
necesariamente los mismos a los que debe atender para despachar su
ejecución, prueba de ello, es la redacción del artículo 1462 del Código
de Comercio.
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IV. CONCEPTO Y TELEOLOGÍA DEL JUICIO DE AMPARO
Una vez que han quedado precisados tanto el concepto como los elementos fundamentales que componen al arbitraje, intentaremos aproximarnos a una definición del juicio de amparo, así como a explicar la
razón de ser de esta institución en nuestro sistema jurídico; sin embargo, es pertinente advertir que el estudio de estos temas se aborda con el
único afán de evidenciar los puntos de divorcio y de unión que existen
entre ambas figuras, por lo tanto, es obvio que van a quedar intocados
infinidad de aspectos relevantes de la institución del juicio de amparo.
Ignacio Burgoa para brindar una definición del juicio de amparo parte
de su dualidad, esto es, lo analiza como medio de control de la constitucionalidad y como medio de control de la legalidad; sostiene que el
amparo tiene una finalidad dual, simultánea, inmediata e inseparable
pues al proteger al gobernado contra cualquier acto de autoridad
que infrinja la Constitución y, por ende todo ordenamiento legal secundario, preserva concomitantemente el orden constitucional y el normativo no constitucional (Burgoa, 1995).
En efecto, el juicio de amparo, ante todo debe ser definido como un
medio de control de la constitucionalidad, ya que surge a la vida jurídica de México, gracias al impulso social, canalizado por sus forjadores,
de proteger los llamados: “derechos del hombre”; esto es, se instituye
como un medio para salvaguardar los derechos públicos del gobernado,
los cuales se encuentran tutelados en nuestra Constitución con el nombre de “garantías individuales”.
De tal manera que las llamadas garantías individuales son esencialmente los derechos básicos y fundamentales del hombre que la Constitución otorga a los habitantes de la República frente a las autoridades,
consecuentemente al estar dichos derechos contenidos en nuestra Ley
Fundamental, adquieren el rango de constitucionales.
En tal virtud, el juicio de amparo entendido como medio de control constitucional, y de conformidad con el artículo 103, fracción I, de
nuestra Ley Fundamental, no puede definirse sino como el instrumento jurídico que ocupan los gobernados con el objeto de salvaguardar sus
garantías individuales frente a los órganos del poder público.
Sin embargo, nuestro juicio de amparo, a través de la garantía de
legalidad consagrada en los artículos 14 y 16 constitucionales, tutela la
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Ley Fundamental no solamente en los casos específicos a que se refiere
el artículo 103, sino que su elemento preservador se extiende hasta los
ordenamientos legales secundarios, ensanchándole hasta convertirlo en
un medio de protección a todo orden establecido por la Constitución.
En efecto, el artículo 14 constitucional reza: “A ninguna ley se le
dará efecto retroactivo en perjuicio de persona alguna. Nadie podrá ser
privado de la vida, la libertad o sus propiedades, posesiones o derechos,
sino mediante juicio seguido ante los tribunales previamente establecidos, en el que se cumplan las formalidades esenciales del procedimiento y conforme a las leyes expedidas con anterioridad al hecho. En los
juicios del orden criminal queda prohibido imponer, por simple analogía y aun por mayoría de razón, pena alguna que no esté decretada por
una ley exactamente aplicable al delitos de que se trata. En los juicios del
orden civil, la sentencia definitiva deberá ser conforme a la letra de le ley,
ya falta de ésta se fundará en los principios generales del derecho.”
La garantía que consagra el precepto constitucional de mérito, es
muy extensa, pero el artículo 16 de la Ley fundamental contribuye aun
más a operar la ampliación teleológica del juicio de amparo, toda vez
que en su primera parte dice: “Nadie puede ser molestado en su familia,
domicilio papeles o posesiones, sino en virtud de un mandamiento escrito de la autoridad competente, que motive y funde la causa legal del
procedimiento”.
En efecto, al través de los conceptos causa legal del procedimiento y
fundamentación y motivación de la misma, surge la garantía de legalidad
frente a las autoridades en general, haciendo consistir los actos violatorios
ya no en una privación como lo hace el artículo 14, sino en una mera
molestia, por lo que su alcance es mucho mayor.
De tal manera que el juicio de amparo en aras de hacer respetar el
orden constitucional ha extendido su protección al grado de erigir a los
jueces de Distrito, Tribunales Unitarios, Tribunales Colegiados y a la
Suprema Corte como revisores de los actos de todas las autoridades
judiciales que no se hayan ajustado correctamente a los ordenamientos
secundarios.
Ahora bien, de lo expuesto en líneas anteriores, y para efectos de
nuestro estudio, nos enfocaremos a analizar dos conceptos que se encuentran profundamente enraizados en la naturaleza jurídica del juicio
de amparo: el acto de autoridad y el gobernado.
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ADALBERTO EDUARDO HERRERA GONZÁLEZ
Burgoa Orihuela sostiene que acto de autoridad es cualquier hecho
voluntario o intencional, negativo o positivo, imputable a un órgano del
Estado, consistente en una decisión o en una ejecución o en ambas
conjuntamente, que produzcan una afectación en situaciones jurídicas
o fácticas dadas, y que se interpongan imperativa, unilateral o coercitivamente (Burgoa, 1995).
Como podemos apreciar de dicho concepto, el acto de autoridad
puede manifestarse de diversas maneras, sin embargo, las constantes son
que éste emana de un órgano del Estado y produce una afectación jurídica.
Consideramos importante apuntar que la definición que nos brinda el maestro Burgoa no indica que el acto de autoridad tenga que ser
violatorio de garantías, sin embargo, no es una deficiencia en el concepto, toda vez que el acto de autoridad debe entenderse como un presupuesto procesal para iniciar la acción de amparo, esto es, tiene que
existir tal acto para que proceda la acción constitucional, de tal manera
que el análisis respecto de su constitucionalidad o inconstitucionalidad
será reservado hasta el momento de emitir el fallo definitivo en el juicio
de amparo.
Para precisar el concepto de gobernado, basta con señalar que es
aquél que es dirigido y ordenado por el gobernante, esto es, es el sujeto
pasivo en la acción de gobernar, la cual, invariablemente recae en el
poder público que es propiamente el Estado.
Ahora bien, para efectos del juicio de amparo el gobernado se transforma en sujeto activo, ya que éste es quien tiene la potestad de iniciar
la acción constitucional en contra de determinado acto de autoridad
que considera lesivo de sus garantías individuales, de tal manera que el
ente gubernamental emisor del acto tildado de inconstitucional se
constituye como sujeto pasivo, generándose de esta forma, las partes
sustanciales en el juicio de amparo que son: el quejoso, que es siempre el
gobernado y la autoridad responsable, quien invariablemente resulta ser
la emisora del acto de autoridad.
V. IMPOSIBILIDAD JURÍDICA PARA INICIAR UN JUICIO DE AMPARO EN
CONTRA DE UN LAUDO ARBITRAL
Una vez que nos hemos aproximado al concepto y a la teleología del
juicio de amparo, podemos ya, adentrarnos en uno de los aspectos centra-
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les de este trabajo, que consiste en esclarecer si los laudos arbitrales son
o no susceptibles de impugnarse mediante el juicio de garantías.
Aun cuando pareciera que este tema ya ha sido suficientemente
abordado por diversos tratadistas, consideramos que todavía existen
lagunas que no nos permiten pisar tierra firme al sostener que: los laudos arbitrales no pueden ser materia de impugnación mediante el juicio de garantías.
En efecto, tal como lo hemos dejado asentado en el anterior capítulo, el juicio de amparo es incomprensible sin la idea del acto de autoridad, ésta a su vez se encuentra indisolublemente ligada con el concepto
llano de autoridad; sin embargo, existen distintos enfoques sobre ese
concepto, ya que en uno de ellos está siempre presente la figura del
Estado y hay otro de índole general que abarca tanto la esfera pública
como la privada.
Así pues, Rafael de Pina entiende por “autoridad” a la potestad
legalmente conferida y recibida para ejercer una función pública, para
dictar al efecto resoluciones cuya obediencia es indeclinable bajo la amenaza de una sanción y la posibilidad legal de su ejecución forzosa, en
caso necesario (De Pina, 1977).
Ignacio Burgoa opina en forma similar toda vez que sostiene que:
autoridad es aquel órgano estatal, investido de facultades de decisión o
ejecución, cuyo desempeño, conjunto o separado produce la creación,
modificación o la extinción de situaciones generales o particulares, de
hecho o jurídicas, o bien produce una alteración o afectación de ellas,
de manera imperativa unilateral y coercitiva (De Pina, 1977).
Don Gabino Fraga afirma que: cuando la competencia otorgada a
un órgano implica la facultad de realizar actos de naturaleza jurídica que
afectan la esfera jurídica de los particulares y la de imponer a éstos sus
determinaciones, es decir, cuando el referido órgano está investido de
facultades de decisión y de ejecución, se está frente a un órgano de autoridad (Fraga, 1987).
Como podemos apreciar en los anteriores conceptos, la figura del
Estado es parte esencial; sin embargo, es evidente que dichos autores se
refieren a la “autoridad” desde el punto de vista del derecho público,
pero si queremos referirnos a una acepción amplia, resulta eficaz el concepto que nos brinda el Diccionario Jurídico Mexicano del Instituto de
Investigaciones Jurídicas de la UNAM, en donde se opina que tiene au-
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ADALBERTO EDUARDO HERRERA GONZÁLEZ
toridad jurídica aquel que está facultado jurídicamente para realizar un
acto válido, lo cual presupone la posesión de capacidad o potestad para
modificar válidamente la situación jurídica de los demás (Instituto de
Investigaciones Jurídicas de la UNAM, 1996).
Tomando como base el concepto lato, se puede sostener que los
árbitros sí tienen autoridad jurídica la cual se materializa al momento
en que emiten el laudo.
Se afirma lo anterior, en primer orden, por que el arbitraje se encuentra legitimado por el derecho positivo, y en segundo, debido a que
los particulares al celebrar un compromiso se obligan a someter sus
diferencias a la decisión de un tercero a quien invisten de autoridad,
toda vez que ese hecho contractual determina la conducta y la voluntad
de las partes y, por ende, el laudo que dicta el árbitro es una condición
necesaria para que se pretenda “dicho el derecho” y cumplido el contrato,
entendiendo éste como una heterocomposición privada de conflictos.
En efecto, atento a lo anterior es innegable la jurisdicción del
árbitro así como las facultades legales que tiene para imperar sobre las
partes; sin embargo, la interrogante consiste en determinar si tales características imperativas y vinculantes inherentes al laudo arbitral son
suficientes para que pueda ser considerado como un acto de autoridad
para efectos del amparo.
Para el maestro Ignacio Burgoa, el concepto de acto de autoridad
se basa en la idea de: “las relaciones de supra y subordinación”, y al efecto
las define como: “aquellas que se entablan entre sujetos colocados en planos
diferentes, o sea, entre los particulares, por un lado, y el Estado, por el otro, en
ejercicio de sus funciones de imperio desplegadas a través de sus diversas dependencias gubernativas”; de ahí, sostiene que el acto de autoridad debe
contar con las siguientes notas o atributos esenciales: “la unilateralidad,
la imperatividad y la coercitividad” (Burgoa, 1995).
Basándonos en las consideraciones del maestro Burgoa, podemos
sostener que el laudo arbitral si reúne las atributos de unilateralidad e
imperatividad; en efecto, las relaciones de supra y subordinación se dan
claramente dentro del arbitraje, toda vez que el árbitro y las partes vinculadas por virtud del acuerdo arbitral, se encuentran en planos diferentes, ya que éstas, con autorización de la ley se someten a su decisión y
una vez iniciado el procedimiento arbitral no pueden influir en su res u l t a d o.
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Sin embargo, toda esa autoridad que tiene el árbitro sobre las partes, se encuentra dentro un ámbito privado, lo cual a nuestro juicio, es
la razón más importante para sostener que un laudo arbitral jamás podrá confundirse con un acto de autoridad impugnable mediante el juicio de amparo.
En efecto, la función del árbitro es eminentemente privada, toda
vez que éste es designado por la voluntad libre de las partes, y son éstas
quienes determinan los límites de su oficio en el compromiso que celebran, por lo tanto, la decisión que llegue a tomar el árbitro a través de la
emisión del laudo, sólo afecta a las partes contratantes, de tal manera que
el laudo siempre debe concebirse como un acto de particular en contraposición con el acto de autoridad pública, que cuenta por su propia
naturaleza, con facultades autónomas de ejecución.
En correlación con lo anterior, debe decirse que si bien el laudo
arbitral tiene eficacia obligatoria para las partes vinculadas, no cuenta con
eficacia ejecutiva para el caso de que alguna de ellas no cumpla voluntariamente con la condena impuesta en éste, de tal manera que para
adquirir tal eficacia necesita ser homologado por un juez estatal, para que
así pueda llegarse a ejecutar forzosamente.
Por lo tanto, es inconcuso que el arbitraje carece de la nota de la
coercitividad, ya que ésta implica la posibilidad que tiene un ente
para hacerse respetar y ejecutar coactivamente por sí solo.
En tal virtud, es claro que un acto de autoridad para que pueda
impugnarse mediante el amparo debe emanar forzosamente por una autoridad pública estatal, es decir por un órgano del Estado, que cuente
con la facultad de ejecutar coactivamente sus decisiones.
Sin embargo, cabe apuntar que la sola circunstancia de que ciertos
laudos sean emitidos por instituciones arbitrales oficiales, verbigracia, la
Procuraduría Federal del Consumidor, no implica que éstos puedan ser
impugnables mediante el amparo, ya que tal como se dijo en párrafos
precedentes, tales instituciones no dejan de actuar como árbitros privados, por ende su actos deben entenderse para efectos del amparo, como
actos de particulares; amén de que aun cuando son órganos estatales no
cuentan con los medios para hacer cumplir coactivamente sus resoluciones, de tal manera que los laudos no pueden ser ejecutados por la
propia institución arbitral oficial que los emite, sino que necesitan ser
homologados por los tribunales del estado, quienes sí tienen facultades
para emplear la fuerza pública.
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ADALBERTO EDUARDO HERRERA GONZÁLEZ
Tal criterio es el que sustenta la Suprema Corte de Justicia de la
Nación, el cual se refleja en la siguiente jurisprudencia:
AUTORIDADES PARA EFECTOS DEL JUICIO DE AMPARO.El término “autoridades” para los efectos del amparo, comprende a todas
aquellas personas que disponen de la fuerza pública en virtud de circunstancias, ya legales ya de hecho, y que, por lo mismo, están en posibilidad
material de obrar como individuos que ejerzan actos públicos, por el
hecho de ser pública la fuerza de que disponen.
Por su parte, los Tribunales Colegiados han sostenido el siguiente
criterio respecto de lo que debe entenderse por autoridad para los efectos del amparo:
AUTORIDADES, QUIENES LO SON, PARA LOS EFECTOS
DEL AMPARO.- Conforme a la tesis de jurisprudencia visible con el
número 54 en la página 115, de la Sexta Parte del Apéndice al Semanario Judicial de la Federación, publicado en 1965, autoridades son para
los efectos del amparo, todas aquellas personas que de hecho o de derecho ‘disponen de la fuerza pública’. Esa tesis, formada con ejecutorias
que van del Tomo IV al Tomo LXX de la Quinta Epoca del Semanario
citado, necesita ser afinada en la época actual, en que las funciones del
Poder Ejecutivo se han desplazado con complejidad creciente a organismos descentralizados y paraestatales. Y se tiene que llegar a la conclusión de que si los particulares no pueden por su voluntad unilateral, ni
por estipulación respecto del tercero (artículos 1860, 1861, 1868 y relativos del Código Civil aplicable en materia federal), imponer a otros cargas que sean exigibles mediante el uso de la fuerza pública, ni directamente
ni indirectamente (acudiendo para ello a los Tribunales, por ejemplo),
uno de los elementos que viene a caracterizar a las autoridades para los
efectos del amparo (artículo 103, fracción I, de la Constitución Federal),
es el hecho de que con fundamento en alguna disposición legal puedan
tomar determinaciones o dictar resoluciones que vengan, en forma cualquiera, a establecer cargas en perjuicio de terceros, que puedan ser exigibles mediante el uso de la fuerza pública (según que dispongan ellas
mismas de esa fuerza, o que haya posibilidad de un camino real para
acudir a otras autoridades que dispongan de ella). Y cuando esas cargas
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sean en alguna manera exigibles mediante el uso de la facultad económico coactiva como impuestos, derechos o aprovechamientos (artículo 1°,
fracción I, del Código Fiscal de la Federación), se estará frente autoridades facultadas para dictar resoluciones de carácter fiscal.
Con base en lo expuesto resulta incuestionable que los laudos arbitrales
al ser emitidos por particulares carentes de coercitividad, no pueden constituir actos de autoridad para efectos del juicio de garantías.
Tal afirmación se ve robustecida al tomar en cuenta que el artículo
103 de la Constitución nos da la pauta para la procedencia del juicio de
amparo, al señalar que éste es procedente por leyes o actos de autoridad
que violen las garantías individuales; de lo que necesariamente tenemos que concluir que cuando los actos emanen de un particular el juicio de amparo no es procedente.
Así, lo ha sostenido la Suprema Corte de Justicia de la Nación, a
través de la jurisprudencia número 16, consultable en la página 12, del
Apéndice al Semanario Judicial de la Federación 1917-1995, Tomo
VI, que dice:
ACTOS DE PARTICULARES. IMPROCEDENCIA.- No pueden
ser objeto del juicio de garantías, que se ha instituido para combatir los
actos de autoridades que se estimen violatorios de la Constitución.
Asimismo, existe una tesis que analiza el punto concreto, es decir si
los actos emitidos por los árbitros son o no impugnables mediante el
amparo, la cual es del siguiente tenor:
ÁRBITROS, IMPROCEDENCIA DEL AMPARO CONTRA
RESOLUCIONES DE LOS.- De acuerdo con la fracción I del artículo 1° de la Ley de Amparo, en relación con la fracción I del artículo 103
Constitucional, el amparo sólo procede contra actos de autoridad que
violen las garantías individuales. Ahora bien, aunque los árbitros, por
disposición de la ley, tienen la facultad de resolver los conflictos jurídicos
que las partes sometan a su consideración, como aquéllos emanan de un
compromiso formado entre particulares, su función es privada e igual
carácter tiene el laudo que dictan. La función jurisdiccional es una función pública del Estado, por lo que sólo puede ser conferida por el Esta-
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ADALBERTO EDUARDO HERRERA GONZÁLEZ
do mismo. Y como quien nombra a los árbitros y determina los límites
de su oficio, no obra en interés público, esto es, en calidad de órgano del
Estado, sino en interés privado, se deduce lógicamente que las funciones
de los árbitros no son públicas. En tal virtud, no pueden los mismos
árbitros conceptuarse como autoridades del Estado por lo que los amparos que se intenten contra las resoluciones que se dicten, resultan improcedentes, mientras no exista un mandamiento de ejecución que libre el
Juez competente, cuando es requerido por los árbitros para el cumplimiento del laudo; exequatur que es indispensable para que la resolución
arbitral pueda causar algún perjuicio a las partes. El laudo, una vez que
se decrete su cumplimiento, se eleva a la categoría de acto jurisdiccional,
y es hasta entonces cuando el agraviado deberá acudir en demanda de
amparo, ya sea porque en su concepto se hayan cometido violaciones a
los términos del compromiso o porque se hayan desatendido los requisitos esenciales del procedimiento como la falta de recepción de pruebas,
de audiencia, o porque se ataquen en el laudo disposiciones de estricto
orden público.
Con base en lo expuesto, ha quedado suficientemente claro que los
laudos arbitrales no pueden ser impugnables mediante el juicio de garantías, no obstante, existen algunas disposiciones en ordenamientos
tanto de carácter local como federal, que establecen la procedencia del
amparo en contra de los laudos arbitrales.
En efecto, el artículo 635 del Código de Procedimientos Civiles
para el Distrito Federal, dispone:
(...) Contra las resoluciones del árbitro designado por el juez cabe el amparo de
garantías conforme a las leyes respectivas.
La razón histórica del citado precepto, proviene de lo dispuesto por
el artículo Noveno Transitorio del Código de Procedimientos Civiles
para el Distrito Federal, que establece:
Los juicios ordinarios pendientes en el momento de entrada en vigor el
presente Código y que se encuentren en primera instancia, deberán terminarse por sentencia en un plazo no mayor de ocho meses. Si transcurrido este plazo no se hubiere citado para sentencia, el juez de oficio o a
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petición de parte, llamará a su presencia a los litigantes y procurará
avenirlos. Si no lo lograre, les prevendrá que designen un árbitro de común acuerdo, el juez lo designará de entre los abogados cuya lista forme
al efecto el Tribunal Superior a elección por mayoría de las tres cuartas
partes del pleno, y cuya remuneración, si las partes no lo convinieren, se
hará de acuerdo con la Ley Orgánica de Tribunales (...)
Atento a lo transcrito, es incuestionable que la figura del arbitraje se
desdibuja totalmente, ya que éste debe provenir invariablemente de un
acuerdo de voluntad de las partes, por lo que es completamente absurdo
pensar en la posibilidad de un arbitraje forzoso como lo prevé el citado Transitorio.
Con independencia de lo anterior, estimamos que el artículo 635
del Código de Procedimientos Civiles para el Distrito Federal, carece de
toda técnica legislativa ya que la Ley de Amparo es la reglamentaria
de los artículos 103 y 107 constitucionales, y ninguna otra puede establecer contra que actos cabe o no el juicio de garantías, pues esa facultad no les fue conferida a las entidades federativas ni al Distrito Federal
por nuestra Constitución.
Asimismo, es necesario insistir, que resulta contrario a la naturaleza del arbitraje, el establecer la procedencia del amparo por el simple
hecho de que el árbitro sea designado por el juez estatal, ya que dicha
circunstancia no implica que éste deje de actuar como árbitro privado,
además de que el laudo que llegue a emitir, necesariamente tendrá que
homologarse, por lo tanto, es claro que en el laudo dictado por un árbitro designado por un juez, no es un acto de autoridad, sino un acto de
particular carente de coercitividad.
Por otro lado, el artículo 135 la Ley General de Instituciones y
Sociedades Mutualistas de Seguros, establece que el laudo que dicte la
Comisión Nacional se Seguros y Fianzas, sólo admitirá como medio de
defensa el amparo.
Tal disposición tiene un carácter más complejo ya que por virtud de
ese artículo, la Comisión Nacional de Seguros y Fianzas se erige como
un verdadero tribunal estatal, toda vez que de acuerdo con su fracción
VIII, corresponde a la Comisión, la ejecución del laudo que pronuncie
para lo cual mandará pagar a la persona en cuyo favor se hubiere dictado el laudo, del monto de la reserva constituida e invertida en términos
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ADALBERTO EDUARDO HERRERA GONZÁLEZ
de la fracción I, del propio artículo, amén de que el numeral 136 de la
ley en cuestión, dispone el arbitraje forzoso, lo cual como ya se dijo, es
contrario a la naturaleza jurídica del arbitraje.
Atento a lo anterior, consideramos que el procedimiento seguido
ante la Comisión Nacional de Seguros y Fianzas, no es propiamente
un arbitraje, ya que dicha Comisión no necesita del imperio del juez
estatal para hacer cumplir sus resoluciones, puesto que se constituye
como un tribunal estatal especializado, cuya naturaleza jurídica y constitucionalidad no se abordará por no ser materia de este ensayo.
Por otra parte, es necesario decir, que ante la ausencia de una disposición concreta que establezca la procedencia del amparo en contra
de los laudos arbitrales, ha sido el propio Poder Judicial Federal, el
que desafortunadamente, se ha encargado de establecer a través de la
emisión de criterios jurisprudenciales, la procedencia del amparo contra esta clase de actos.
En efecto, un tribunal colegiado sostuvo que el amparo procede
contra los laudos dictados por la Procuraduría Federal del Consumidor, argumentando lo siguiente:
PROCURADURÍA FEDERAL DEL CONSUMIDOR, EN CONTRA DE LOS LAUDOS EMITIDOS POR LA, PROCEDE EL
JUICIO DE AMPARO. Los laudos emitidos por la Procuraduría Federal del Consumidor son actos de autoridad, pues en primer lugar, son
unilaterales ya que es una sola de las partes en la relación jurídica la que
los emite, es decir, el árbitro, sin el consentimiento de los particulares
sometidos al arbitraje, y aun cuando éstos en la controversia se someten
al arbitraje voluntariamente, no por ese hecho el laudo deja de ser unilateral, pues la voluntad de ellas está determinada al sometimiento del procedimiento arbitral, mas no a la creación, modificación o extinción de
situaciones generales o especiales de hecho o de derecho, alteración o afectación de las mismas, lo cual es propio del árbitro, es decir, de la Procuraduría Federal del Consumidor; en segundo lugar, son imperativos, pues
el particular, en contra de quien se dicte, tiene la obligación de acatarlo,
no obstante que para ello tenga que solicitarse la actuación de un Juez
común, cuando sean de naturaleza ejecutiva; y en tercer lugar, son coercitivos, pues son emitidos por la Procuraduría Federal del Consumidor, a
quien la ley de la materia le otorga facultades jurisdiccionales. Por otro
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lado, tiene la calidad de cosa juzgada, característica que sólo la tienen las
resoluciones dictadas por un ente revestido de la imperatividad que se
conoce jurídicamente como autoridad, y aun cuando deba ser ejecutado
ante una autoridad jurisdiccional no merma la calidad de cosa juzgada,
puesto que ésta tiene ya el elemento de inmutabilidad, es decir, no puede
cuestionarse su valor jurídico y si el árbitro se equivoca o violenta diversos derechos de las partes, ninguna otra autoridad ordinaria puede trastocar el sentido del laudo; por tanto lo único que procede en su contra es
el juicio de amparo.
Dicho criterio entró en contradicción con el sustentado por otro
tribunal colegiado, que en esencia sostenía que el amparo resultaba
improcedente contra los laudos emitidos por la Procuraduría Federal
del Consumidor, en virtud, de que tal institución, no realizaba funciones diversas a las de cualquier árbitro privado, por lo que era intrascendente que ésta fuese una institución estatal, pues siempre
actuaría dentro del ámbito privado circunscrito al pacto arbitral celebrado por las partes interesadas, además de que no contaba con facultades para ejecutar por si misma sus propios laudos.
En virtud de la discrepancia de criterios, se denunció la contradicción de tesis número 76/99, la cual fue resuelta por la Segunda Sala de
la Suprema Corte de Justicia de la Nación, mediante la emisión de las
siguientes jurisprudencias:
PROCURADURÍA FEDERAL DEL CONSUMIDOR. SUS LAUDOS ARBITRALES SON ACTOS DE AUTORIDAD PARA
EFECTOS DEL JUICIO DE AMPARO.- Esta Segunda Sala de la
Suprema Corte de Justicia de la Nación, sustentó la tesis 2a. XXXVI/99
de rubro: ‘AUTORIDAD PARA LOS EFECTOS DEL AMPARO.
TIENE ESE CARÁCTER UN ÓRGANO DEL ESTADO QUE
AFECTA LA ESFERA JURÍDICA DEL GOBERNADO EN RELACIONES JURÍDICAS QUE NO SE ENTABLAN ENTRE PARTICULARES’, conforme a la cual, se sostuvo que la teoría general del
derecho distingue entre relaciones jurídicas de coordinación, entabladas
entre particulares en materias de derecho civil, mercantil o laboral, requiriendo de la intervención de un tribunal ordinario con dichas competencias para dirimir las controversias que su susciten entre las partes; de
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ADALBERTO EDUARDO HERRERA GONZÁLEZ
subordinación, entabladas entre gobernantes y gobernados en materias
de derecho público, donde la voluntad del gobernante se impone directamente y de manera unilateral sin necesidad de la actuación de un tribunal, existiendo como límite a su actuación las garantías individuales
consagradas en la Constitución y las de supraordenación que se entablan
entre órganos del Estado; y que tales parámetros resultan útiles para distinguir a una autoridad para efectos del amparo ya que, en primer lugar,
no debe tratarse de un particular, sino de un órgano del Estado que
unilateralmente impone su voluntad en relaciones de supra a subordinación, regidas por el derecho público, afectando la esfera jurídica del gobernado. Por consiguiente, los laudos que emite la Procuraduría Federal
del Consumidor, en su calidad de árbitro, constituyen actos de autoridad
para efecto del juicio de amparo, pues si bien es cierto que actúa por
voluntad de las partes, también lo es que ejerce facultades decisorias a nombre del Estado y como ente público establece una relación de supra a
subordinación con los particulares que se someten voluntariamente
al procedimiento arbitral, ya que al dirimir la cuestión debatida entre el
consumidor y proveedor, de manera unilateral crea, modifica o extingue,
por sí o ante sí, situaciones jurídicas que afectan la esfera legal de éstos,
sin necesidad de acudir a los órganos judiciales ni de obtener el consenso
de la voluntad del afectado.
PROCURADURÍA FEDERAL DEL CONSUMIDOR. LOS LAUDOS QUE EMITE EN SU CALIDAD DE ÁRBITRO CONSTITUYEN ACTOS JURISDICCIONALES.- Si se toma en consideración que de conformidad con lo dispuesto en el artículo 110 de la Ley
Federal de Protección al Consumidor, los laudos que emite la Procuraduría
Federal del Consumidor, en su calidad de árbitro, tienen el carácter de
cosa juzgada y, de ser condenatorios, tienen efectos de título ejecutivo,
por traer aparejada ejecución, lo que obliga al Juez competente a dictar
un acto de ejecución si así lo pide la persona legitimada, ya que hacen
prueba por sí mismos de la existencia de una obligación patrimonial,
líquida y exigible, sin necesidad de ser completados con algún reconocimiento, cotejo o autenticación, esto es, que no requieren de aprobación
judicial que les dé fuerza jurídica o que los convierta en sentencia verdadera con eficacia ejecutiva, pues cualquier que sea su sentido, son susceptibles de crear, modificar o extinguir por sí o ante sí, situaciones jurídicas
REVISTA DEL INSTITUTO DE LA JUDICATURA FEDERAL
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que afectan la esfera legal de los gobernados que se sujetaron al arbitraje,
sin precisar del consenso de su voluntad, es inconcuso que dichos laudos
constituyen verdaderos actos jurisdiccionales, pues se traducen en resoluciones sobre el fondo de las cuestiones sometidas a la decisión de la
citada procuraduría, y que por disposición de la ley son irrevocables e
inmutables.
Tal como se desprende de la lectura de la primera jurisprudencia
transcrita, las razones por las cuales la Segunda Sala considera que los
laudos emitidos por la Procuraduría Federal del Consumidor son
impugnables mediante amparo, son las siguientes:
a) En virtud de que tal institución no es un particular, sino un
órgano del Estado que impone unilateralmente su voluntad
en relaciones de supra a subordinación.
b) Debido a que mediante la emisión de laudos, la citada institución crea, modifica o extingue, situaciones jurídicas que afectan
la esfera legal de las partes interesadas, sin necesidad de acudir a
los órganos jurisdiccionales, ni de obtener consenso de la voluntad del afectado.
Ahora bien, la razón sintetizada en el inciso a), no resulta convincente, ya que tal como se ha dicho, cualquier árbitro, sin importar que
éste sea un órgano del Estado, se sitúa en una relación de supra a subordinación, frente a las partes contratantes, toda vez que éstas al pactar
el arbitraje, invisten al árbitro de autoridad, colocándolo en un plano
superior, por lo que en consecuencia, éste está facultado para emitir en
forma unilateral, un laudo que resulta vinculante y obligatorio para las
partes contratantes.
Tampoco, consideramos convincente la razón referida en el inciso
b), toda vez que todos los laudos arbitrales, sin importar que éstos sean
emitidos por un órgano del Estado, tienen como finalidad crear, modificar o extinguir situaciones jurídicas.
Efectivamente, es obvio que cualquier tipo de árbitro, al resolver la
controversia sujeta a su conocimiento, necesariamente va a crear, a
modificar o a extinguir situaciones jurídicas, sin que para ello, necesite
de la intervención de los tribunales estatales, pues precisamente el fin
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ADALBERTO EDUARDO HERRERA GONZÁLEZ
que persiguen las partes al pactar el arbitraje, es que el conflicto sea
dirimido por el árbitro, sin intervención alguna del Estado, de tal suerte, que las cuestiones de fondo pronunciadas en el laudo arbitral, no
pueden llegar a ser modificadas, con la salvedad de que las partes hayan
pactado la procedencia de algún tipo de recurso en contra del laudo.
Ahora bien, el carácter de ente privado del árbitro, no puede estar
sujeto a la circunstancia de que el árbitro designado sea una institución
estatal o un particular, pues tal carácter emana de la naturaleza propia
del arbitraje, toda vez que tal institución, antes que cualquier otra cosa,
es un contrato.
En tal virtud, y dado que es indiscutible que los contratos constituyen la piedra angular sobre la descansa la gran rama del derecho, llamada “derecho privado”, resulta evidente que el ámbito de acción del árbitro
se constriñe al pacto arbitral celebrado por las partes interesadas, por
ello, el laudo que éste emita, invariablemente deberá entenderse como
un acto emitido por un ente privado.
Atento a las anteriores consideraciones y dado que la primera jurisprudencia no expone argumentos convincentes para apoyar su conclusión, debe entenderse que ésta se complementa con la diversa
jurisprudencia que ha sido transcrita, de cuya lectura se desprende que
la Segunda Sala, estima que la Procuraduría Federal del Consumidor,
realiza funciones de plena jurisdicción, en atención al texto del artículo
110 de la Ley Federal de Protección al Consumidor, el cual, en la parte
conducente dice:
Los convenios aprobados y los laudos emitidos por la Procuraduría tienen fuerza de cosa juzgada y traen aparejada ejecución, lo que podrá
promoverse ante los tribunales competentes en la vía de apremio o en
juicio ejecutivo, a elección del interesado (...)
A nuestro juicio, la redacción del citado artículo, no puede llevar a
la conclusión de que la Procuraduría Federal del Consumidor, realice
funciones completamente jurisdiccionales al emitir un laudo arbitral.
En efecto, el hecho de que tal precepto establezca que el laudo
tiene fuerza de cosa juzgada, es algo consustancial a los fines del arbitraje, ya que se insiste que precisamente lo que buscan las partes al
pactarlo, es que el árbitro resuelva en forma definitiva la controversia
REVISTA DEL INSTITUTO DE LA JUDICATURA FEDERAL
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sometida a su decisión, razón por la cual el árbitro cuenta con iudicatum,
tal como se dijo, cuando se analizó la naturaleza del árbitro.
Tampoco puede ser razón válida para estimar que la citada institución realiza funciones de plena jurisdicción, el hecho de que el artículo
en comento, establezca (con una deficiente técnica jurídica), que el laudo emitido por la Procuraduría Federal del Consumidor, trae aparejada
ejecución y que por ende, el interesado podrá acudir a los tribunales,
para solicitar la vía de apremio o para iniciar un juicio ejecutivo.
Efectivamente, si se quiere enfocar de tal manera, resulta válido
sostener que cualquier tipo de laudo, trae aparejada ejecución, pues
éste cuenta con la presunción iuris tantum, en el sentido de que emana
de un pacto celebrado por las partes, así como de que en el procedimiento arbitral respectivo se respetó la garantía de audiencia, y de que
no contraviene disposiciones de orden público; por lo tanto, una vez
verificados tales requisitos, el juez debe proceder a la homologación del
laudo, lo que automáticamente implica disponer lo necesario para su
ejecución forzosa, ya que tal como lo hemos sostenido en este ensayo:
“el proveído que ordena la ejecución de un laudo implica necesariamente su previa homologación, y viceversa, el acuerdo de homologación de un laudo conlleva automáticamente a su ejecución”.
En tal virtud, es claro que no puede existir una diferencia sustancial,
entre un laudo emitido por la Procuraduría Federal del Consumidor, y
otro emitido por un diverso tipo árbitro, por la sola razón, de que en la
ley respectiva, se establezca que los laudos emitidos por la citada institución, traen aparejada ejecución, pues tal circunstancia, no puede relevar al
juez estatal de su obligación de constatar, tanto la legalidad del laudo
como la del procedimiento del cual emana, antes de proceder a despachar la vía de apremio o a dictar el auto de exequendo, según sea el caso.
Para corroborar lo anterior, basta pensar en un pagaré, el cual es un
titulo ejecutivo que trae aparejada ejecución, sin embargo, es incuestionable, que el juez antes de despachar el auto de exequendo, debe verificar que tal documento reúna todos los requisitos que establece el artículo
170 de la Ley General de Títulos y Operaciones de Crédito, ya que de
lo contrario, deberá desechar la demanda.
Tal verificación resulta análoga tratándose de un laudo arbitral
emitido por la Procuraduría Federal del Consumidor, pues sería insostenible estimar que el juez está obligado a despachar la vía de apremio
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o a dictar auto de exequendo, aun cuando advierta que el procedimiento arbitral seguido ante dicha institución, fue llevado a cabo sin respetar las formalidades esenciales del procedimiento, como lo es, la de
brindar la oportunidad al demandado de contestar la demanda, así como
la de ofrecer pruebas.
Por otra parte, debe decirse que la jurisprudencia de mérito, pasó
por alto, el hecho de que la Procuraduría Federal del Consumidor, al
realizar funciones arbitrales, no cuenta con dos de los elementos fundamentales de la jurisdicción, que son “la coertio” y la “executio”, toda
vez que del contenido de la Ley Federal de Protección al Consumidor,
no se desprende que dicha institución tenga la facultad de hacer uso de
la fuerza pública para hacer cumplir las medidas que tome durante el proceso arbitral y tampoco se advierte que cuente con la facultad de ejecutar por si misma los laudos que emite.
Asimismo, la referida Segunda Sala, emitió resolución jurisprudencial respecto de la diversa contradicción de tesis número 14/2001,
en la que el tema es esencialmente el mismo, pues la discusión versaba
respecto si procede o no el amparo, contra los laudos emitidos por la
Comisión Nacional de Arbitraje Médico.
COMISIÓN NACIONAL DE ARBITRAJE MÉDICO. SUS LAUDOS ARBITRALES SON ACTOS DE AUTORIDAD PARA
EFECTOS DEL JUICIO DE AMPARO.- Los laudos que emite la
Comisión Nacional de Arbitraje Médico, en su calidad de árbitro, constituyen actos de autoridad para efectos del juicio de amparo, pues si bien
es cierto que actúa por voluntad de las partes, también lo es que ejerce
facultades decisorias a nombre del Estado y como ente público establece una relación de supra a subordinación con los particulares que se someten voluntariamente al procedimiento arbitral, ya que al dirimir la
cuestión debatida entre el prestador del servicio médico y el usuario de
éste de manera unilateral e imperativa crea, modifica o extingue, por sí o
ante sí, situaciones jurídicas que afectan la esfera legal de éstos, sin necesidad de acudir a los órganos judiciales ni de obtener el consenso de la
voluntad del afectado.
Tal como ya se dijo en líneas precedentes, las razones que esgrime
la Segunda Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, para
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sostener la procedencia del juicio de amparo en contra de los laudos emitidos tanto por la Procuraduría Federal del Consumidor, como por la
Comisión Nacional de Arbitraje Médico, resultan aplicables para toda
clase de árbitro, es decir, sin importar que éste sea una institución estatal.
En tal virtud, la parte perjudicada con la emisión de cualquier tipo
de laudo arbitral, podría alegar válidamente, la procedencia del juicio de
amparo, en contra de éste, haciendo uso de la argumentación analógica
o de identidad jurídica, lo que conllevaría prácticamente a la muerte de
la institución del arbitraje, pues la razón fundamental que tienen las
partes para pactarlo, es precisamente que los tribunales estatales no resuelvan el fondo de la controversia.
Ahora bien, no debe pasar desadvertido que debido al proceso de
globalización, el arbitraje se ha perfilado como uno de los medios más
eficaces para solucionar controversias, pues los inversionistas extranjeros ven en esta institución, la forma de dirimir un posible conflicto, sin
tener que acudir a la legislación estatal, por lo tanto, el hecho de que se
permita la procedencia del juicio de amparo en contra de un laudo arbitral, podría resultar desalentador para la inversión extranjera, y por
ende sería perjudicial para la buena marcha de la economía del país,
razón por la cual, hacemos votos para que los criterios jurisprudenciales
de mérito, sean rectificados, a fin de adecuarlos a la verdadera naturaleza jurídica del arbitraje.
VI. CONTROL
CONSTITUCIONAL DEL ARBITRAJE
Una vez que hemos expuesto las razones que imposibilitan la procedencia del amparo en contra de un laudo arbitral, surge la siguiente interrogante: ¿es posible controlar que la institución del arbitraje cumpla con las
garantías consagradas en los artículos 14 y 16 constitucionales?
La pregunta, parece muy obvia, y efectivamente lo es, ya que precisamente el procedimiento de homologación previsto en la legislación
secundaria, es el único medio con el que cuenta el Estado, para asegurarse de la legalidad y por ende constitucionalidad de los laudos
arbitrales.
En efecto, si bien es cierto que un laudo arbitral no puede constituir acto reclamado para el juicio de garantías, también lo es, que el
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proveído emitido por un juez estatal por el cual decide respecto de la
homologación del laudo arbitral sometido a su consideración, sí es un
acto que reúne todas las características necesarias para impugnarse
mediante el juicio de amparo indirecto o bi-instancial.
La procedencia del juicio de amparo indirecto se encuentra claramente establecida en las fracciones que integran el artículo 114 de la Ley
de Amparo, y es precisamente la fracción III, la que nos da la base para
sostener el derecho de impugnar la resolución que decide sobre la homologación de un laudo arbitral a través del juicio de garantías.
Así pues, en la citada fracción se establece que el amparo se pedirá
ante juez de Distrito:
(...) Contra actos de tribunales judiciales, administrativos o del trabajo
ejecutados fuera del juicio o después de concluido. Si se trata de actos de
ejecución de sentencia, sólo podrá promoverse el amparo contra la última resolución dictada en el procedimiento respectivo (...)
Partiendo de la base de que el procedimiento arbitral se equipara a
un juicio seguido ante los tribunales estatales, resulta claro que la homologación de un laudo arbitral se ajusta con precisión a la norma
transcrita, toda vez que es un acto emitido por un tribunal judicial con
posterioridad a la conclusión del juicio, el cual, tiene el carácter de último en el procedimiento, dado que el juez estatal al homologar un laudo
a la vez está despachando su ejecución.
Basta agregar que la anterior Tercera Sala de la Suprema Corte de
Justicia de la Nación, sentó jurisprudencia por contradicción de tesis, la
cual es consultable en la Gaceta al Semanario Judicial de la Federación
número 72, diciembre de 1993, página 41, que dice lo siguiente:
LAUDO ARBITRAL, ACUERDOS DE HOMOLOGACIÓN Y
EJECUCIÓN DEL. PROCEDE EN SU CONTRA EL JUICIO DE
AMPARO INDIRECTO, EN TÉRMINOS DEL ARTÍCULO 114,
FRACCIÓN III, DE LA LEY DE AMPARO, Y NO EL DIRECTO
A QUE ALUDE EL 158 DEL MISMO ORDENAMIENTO.Cuando se reclama en juicio de garantías un laudo arbitral homologado
a los acuerdos tendientes a declararlo, así como los actos de ejecución en
relación al mismo, el procedente es el juicio de amparo indirecto ante los
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tribunales federales, atento a lo que al respecto dispone el artículo 114,
fracción III, segundo párrafo, de la Ley de Amparo, ya que por complejidad de los mismos actos que se impugnan no se está en el caso de sentencia definitiva que constituye el laudo arbitral homologado, para
reclamarlo en amparo directo, conforme al señalamiento del artículo 158
del mismo cuerpo legal.
Ahora bien, nuestra legislación secundaria, en diversos ordenamientos, establece procedimientos de homologación de laudos arbitrales.
El Código Federal de Procedimientos Civiles, en su artículo 571,
establece:
Las sentencias, laudos arbitrales privados de carácter no comercial y resoluciones jurisdiccionales dictados en el extranjero, podrán tener fuerza
de ejecución si cumplen con las siguientes condiciones:
I.- Que se hayan satisfecho las formalidades previstas en este Código en
materia de exhortos provenientes del extranjero;
II.- Que no hayan sido dictados como consecuencia del ejercicio de una
acción real;
III.- Que el juez o tribunal sentenciador haya tenido competencia para
conocer y juzgar el asunto de acuerdo con las reglas reconocidas en la
esfera internacional que sean compatibles con las adoptadas por este
Código;
IV.- Que el demandado haya sido notificado o emplazado en forma personal a efecto de asegurarle la garantía de audiencia y el ejercicio de sus
defensas;
V.- Que tengan el carácter de cosa juzgada en el país en que fueron dictados, o que no exista recurso ordinario en su contra;
VI.- Que la acción que les dio origen no sea materia de juicio que esté
pendiente entre las mismas partes ante tribunales mexicanos y en el cual
hubiere prevenido el tribunal mexicano o cuando menos que el exhorto
o carta rogatoria para emplazar hubieren sido tramitados y entregados a
la Secretaría de Relaciones Exteriores o a las autoridades del estado
donde deba practicarse el emplazamiento. La misma regla se aplicará
cuando se hubiera dictado sentencia definitiva;
VII.- Que la obligación para cuyo cumplimiento se haya procedido no
sea contraria al orden público en México; y
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VIII.- Que llenen los requisitos para ser considerados como auténticos.
No obstante el cumplimiento de las anteriores condiciones, el tribunal
podrá negar la ejecución si se probara que en el país de origen no se
ejecutan sentencias o laudos extranjeros en casos análogos.
Por su parte el Código de Procedimientos Civiles para el Distrito
Federal, en su numeral 606, dispone:
Las sentencias, laudos y resoluciones dictados en el extranjero podrán
tener fuerza de ejecución si se cumplen las siguientes condiciones:
I.- Que se hayan satisfecho las formalidades previstas en el Código Federal de Procedimientos Civiles en materia de exhortos provenientes del
extranjero;
II.- Que no hayan sido dictados como consecuencia del ejercicio de una
acción real;
III.- Que el juez o tribunal sentenciador haya tenido competencia para
conocer y juzgar del asunto de acuerdo con las reglas reconocidas en la
esfera internacional que sean compatibles con las adoptadas por este
Código o en el Código Federal de Procedimientos Civiles;
IV.- Que el demandado haya sido notificado o emplazado en forma personal a efecto de asegurarle la garantía de audiencia y el ejercicio de sus
defensas;
V.- Que tengan el carácter de cosa juzgada en el país en que fueron dictados, o que no exista recurso ordinario en su contra;
VI.- Que la acción que les dio origen no sea materia de juicio que esté
pendiente entre las mismas partes ante tribunales mexicanos y en el cual
hubiere prevenido el tribunal mexicano o cuando menos que el exhorto
o carta rogatoria para emplazar hubieren sido tramitados y entregados a
la Secretaría de Relaciones Exteriores o a las autoridades del estado donde deba practicarse el emplazamiento. La misma regla se aplicará cuando
se hubiera dictado sentencia definitiva;
VII.- Que la obligación para cuyo cumplimiento se haya procedido no
sea contraria al orden público en México; y
VIII.- Que llenen los requisitos para ser considerados como auténticos.
No obstante el cumplimiento de las anteriores condiciones el Juez podrá
negar la ejecución si se probara que en el país de origen no se ejecutan sentencias, resoluciones jurisdiccionales o laudos extranjeros en casos análogos.
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El capítulo concerniente al procedimiento arbitral, en el Código
de Comercio, fue sujeto hace algunos años a una reforma, la cual fue
fruto de la Ley Modelo sobre Arbitraje Comercial Internacional, adoptada en la convención de Nueva York, en el año de mil novecientos
ochenta y cinco; tal reforma ha representado un gran avance en la
regulación del arbitraje comercial, por lo que es certero afirmar que
nuestra legislación mercantil se sitúa en esta materia, entre las más
progresistas del mundo.
Por lo que respecta a la homologación del laudo, el artículo 1,462,
del referido código, establece:
Sólo se podrá denegar el reconocimiento o la ejecución de un laudo arbitral, cualquiera que sea el país en que se hubiere dictado, cuando:
I. La parte contra la cual se invoca el laudo, pruebe ante el juez competente del país en que se pide en reconocimiento o la ejecución que:
a) Una de las partes en el acuerdo de arbitraje estaba afectada por alguna
incapacidad, o que dicho acuerdo no es válido en virtud de la ley a que las
partes lo han sometido, o si nada se hubiere indicado a este respecto, en
virtud de la ley del país en que se haya dictado el laudo;
b) No fue debidamente notificada de la designación de un árbitro o de
las actuaciones arbitrales, o no hubiere podido, por cualquier otra razón,
hacer valer sus derechos;
c) El laudo se refiere a una controversia no prevista en el acuerdo de
arbitraje o contiene decisiones que exceden los términos del acuerdo
de arbitraje. No obstante, si las disposiciones del laudo que se refieren a
las cuestiones sometidas al arbitraje pueden separarse de las que no lo
están, se podrá dar reconocimiento y ejecución a las primeras;
d) La composición del tribunal arbitral o el procedimiento arbitral no se
ajustaron al acuerdo celebrado entre las partes o, en defecto de tal acuerdo, que no se ajustaron a la ley del país donde se efectuó el arbitraje; o
e) El laudo no sea aún obligatorio para las partes o hubiere sido anulado
o suspendido por el juez del país en que, o conforme a cuyo derecho, hubiere sido dictado ese laudo; o
II. El juez compruebe que, según la legislación mexicana, el objeto de la
controversia no es susceptible de arbitraje; o que el reconocimiento o la ejecución del laudo son contrarios al orden público.
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Ahora bien, de las anteriores transcripciones, se advierte que tanto
el Código Federal de Procedimientos Civiles, como el Código de Procedimientos Civiles para el Distrito Federal, pretenden dar un tratamiento uniforme a las sentencias extranjeras y a los laudos arbitrales,
no comerciales, dictados en el extranjero.
Lo anterior, denota que el legislador al crear tales disposiciones, no
comprendió cabalmente la institución del arbitraje, ya que de conformidad con lo expuesto en el presente trabajo, resulta evidente que una
sentencia emitida por un juez estatal, guarda grandes diferencias con
un laudo emitido por un árbitro; por lo tanto, es fácil advertir que
los requisitos exigidos en las fracciones I, II, III, V, y VI, se relacionan
con una sentencia extranjera, no así con un laudo arbitral, independientemente de que éste sea nacional o extranjero.
Por lo tanto, debemos convenir, en que los únicos requisitos que
podrían aplicarse para proceder a la homologación, de los laudos
arbitrales, son los mencionados en las fracciones IV, VII y VIII, que en
esencia consisten en: verificar que en el procedimiento arbitral, se haya
otorgado a las partes, la garantía de audiencia, esto es, que las partes
involucradas hayan tenido la oportunidad de ser oídas por el árbitro;
que el pacto arbitral, no contravenga disposiciones de orden público y que
no exista duda respecto de la autenticidad del laudo.
Cabe apuntar, que el Código Federal de Procedimientos Civiles,
no contiene ningún capítulo relativo al procedimiento arbitral, por tal
razón, y dado que este ordenamiento no contempla supletoriedad alguna, es de sostenerse que para homologar un laudo, el juez solamente
tendrá que observar las formalidades mencionadas, con excepción de la
de “verificar la autenticidad”, ya que tal requisito únicamente lo prevé
el Código de Procedimientos Civiles para el Distrito Federal.
Asimismo, debe decirse que el ordenamiento de mérito, no contiene una disposición especifica para homologar laudos arbitrales nacionales, por lo tanto, por aplicación analógica, debe acudirse al precepto
indicado.
El Código de Procedimientos Civiles para el Distrito Federal, sí
contiene un capítulo relativo al arbitraje, por lo que es importante volver a hacer mención del artículo 632 de dicho ordenamiento, el cual
como ya dijimos, implícitamente establece que los laudos nacionales,
no necesitan ser homologados, al disponer:
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Notificado el laudo, se pasarán los autos, al juez ordinario para su ejecución ... .
Sin embargo, como ya lo mencionamos, resulta intrascendente que
tal ordenamiento, no prevea la figura de la homologación de los laudos
nacionales, ya que propiamente no existe diferencia entre: “homologar
un laudo” y “despachar a su ejecución”; toda vez que un juez estatal al
ordenar la ejecución de un laudo arbitral, necesariamente lo está
homologando.
Por lo tanto, es inconcuso que el juez previamente a ordenar la
ejecución de un laudo nacional, deberá verificar que se encuentren satisfechos una serie de requisitos que se desprenden del contenido del
Titulo Octavo del Código de Procedimientos Civiles para el Distrito
Federal, que se refiere al procedimiento arbitral.
En efecto, el juez a quien se le solicite la homologación, tendrá que
verificar conforme a lo dispuesto por el artículo 616 del Código de
Procedimientos Civiles para el Distrito Federal, si en el compromiso
arbitral se estableció con claridad el negocio o negocios sujetos al arbitraje, así como el nombre de los árbitros, ya que de faltar el primer
requisito el compromiso será nulo de pleno derecho, y si no hubo
designación de árbitros, deberá revisar si se practicaron los medios preparatorios para tal efecto.
También, deberá revisar la capacidad de los compromitentes
atento a lo dispuesto por el numeral 612 del citado ordenamiento adjetivo civil; tratándose de tutores que hayan comprometido en arbitraje
los negocios de los incapacitados, el juez tendrá que analizar si tal tutor
cuenta con aprobación judicial para ello.
En caso de un albacea tendrá que constatar si éste cuenta con el
consentimiento de todos los herederos, y si es síndico con el de todos
los acreedores, tal como lo prevén los artículos 613 y 614 del citado
cuerpo de normas.
De suma importancia es que el juzgador verifique si el compromiso
arbitral no fue sobre los negocios que expresamente prohibe su arbitrabilidad el artículo 615 del Código de Procedimientos Civiles para el
Distrito Federal, por ser de orden público, que son: el derecho a recibir
alimentos, los divorcios, exceptuando la separación de bienes y otros
aspectos de índole pecuniario, las acciones de nulidad de matrimonio;
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las concernientes al estado civil de las personas, así como las demás que
prohíba expresamente la ley.
Relevante también, es que el juez constate si en el procedimiento
arbitral las partes fueron debidamente escuchadas, si les fueron recibidas todas sus pruebas, así como sus alegatos, de conformidad con lo
dispuesto por el numeral 619 del ordenamiento adjetivo en cita. Asimismo deberá verificar si el laudo fue emitido dentro del plazo estipulado o el legal a que se refiere el diverso 617.
Por su parte, el numeral 1462 del Código de Comercio, establece
varios aspectos que debe tomar en cuenta el juez, cuando procede a
determinar sobre la homologación de un laudo comercial; cabe destacar que dicho precepto, se refiere a laudos de procedencia extranjera,
sin embargo, a falta de una disposición específica para laudos nacionales, tal artículo deberá aplicarse analógicamente para homologar laudos
nacionales en materia mercantil. Asimismo, en lo conducente, debe
acudirse supletoriamente a la legislación procesal civil local.
Ahora bien, la fracción I, del citado numeral, establece una serie de
requisitos, que esencialmente consisten: en analizar la capacidad jurídica de las partes; en constatar que en el país de origen, se encuentre
prevista la institución del arbitraje; en verificar que en el proceso arbitral se haya dado oportunidad a las partes para hacer valer sus derechos;
en analizar que el laudo sea congruente con la materia del arbitraje; en
verificar que tanto composición del tribunal arbitral como el procedimiento arbitral, se hayan ajustado a los términos del acuerdo celebrado
entre las partes; y, en verificar que el laudo no haya sido anulado en su
país de origen.
Por su parte la fracción II, del citado precepto, obliga al juzgador
a verificar la arbitrabilidad del conflicto, esto es, que de acuerdo con la
legislación mexicana, el objeto de la controversia sea susceptible de someterse al arbitraje, y que el reconocimiento o la ejecución del laudo no
sea contrario al orden público.
Con base en lo anterior, es de concluirse que el juzgador de amparo
que conozca de un juicio de garantías en el que el acto reclamado se
haga consistir en el acuerdo de homologación de un laudo arbitral, ya
sea nacional o extranjero, en aras de la protección a la garantía de legalidad tutelada por los artículos 14 y 16 constitucionales, deberá verificar que el juez de instancia haya dictado su acuerdo de homologación,
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en estricta observancia de las disposiciones legales conducentes, y de no
ser así, deberá conceder el amparo a la parte quejosa, a efecto de que la
autoridad responsable ajuste su actuar a tales disposiciones legales.
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