Tras la muerte de Marulanda

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03/07/2008
Tras la muerte de Marulanda
Medófilo Medina ::
Según el comunicado-discurso que leyó Timochenco, Marulanda falleció el 26 de marzo de 2008. Las FARC surgieron con Marulanda pero es claro que le
sobrevivirán por largo tiempo. Será una organización notablemente diferenciada de aquella que dejó a su muerte su principal estratega.
Evocación de una entrevista
El hombre se colocó frente a los pliegos. Asumió la actitud entre escéptica y decidida del maestro que está a punto de iniciar una prolija exposición sin poseer la
certidumbre de si el auditorio estará en condiciones de entenderla. El expositor era el Comandante Supremo de las FARC-EP y el público era yo. La escena había
sido precedida de saludos cordiales y un tinto ritual. Corrían los últimos días del mes de febrero de 1986. Era un tiempo político peculiar. Hacía cerca de cuatro
meses se habían precipitado frente a un país atónito la toma demencial por el M-19 del Palacio de Justicia y la sangrienta retoma del mismo por parte de las Fuerzas
Armadas. El proceso de paz que se había iniciado entre el gobierno de Belisario Betancur y las FARC no se había roto formalmente pero ya no alimentaba las
esperanzas de nadie. Se había iniciado el implacable exterminio de la Unión Patriótica.
La corriente de turismo político y periodístico que por esos años se había fijado como destino Casa Verde ya se había cortado. Arribé a la “casa” del Comandante de
las FARC situada a una cierta distancia del campamento de Casa Verde y en un lugar más escarpado de la montaña, en mi condición de profesor universitario, autor
de la Historia del Partido Comunista de Colombia, cuyo primer tomo había sido publicado en 1980. Justamente enmarqué mi visita a Manuel Marulanda y Jacobo
Arenas en la búsqueda de información para la etapa de la investigación que se proyectaba como el segundo tomo del libro. La exposición de Marulanda se prolongó
largo tiempo por cuanto una y otra vez resultó interrumpida por las comunicaciones de radio y por los mensajes directos que le entregaba un guerrillero. Cuando
Marulanda enrrolló el último pliego con los esquemas de su exposición me dijo ya sin énfasis: “Esto es lo que yo enseño en los cursos de Estado Mayor”. Necesité
tiempo para asimilar que lo que había escuchado y visto en cuadros, era un plan estratégico a largo o mediano plazo, según como se le mirara. Recuerdo las fases
iniciales puestas en números: 8.000, 12.000 hombres… acotadas en años. Quedé con la viva impresión de un talento militar excepcional y de un ejercicio del
mando incontrastable. Autoridad ejercida llanamente, como sabría por lecturas posteriores, por un lado sobre guerreros de origen rural con quienes no pocas veces
lo unieron lazos de parentesco y compadrazgo y por otro, sobre miembros de dirección venidos de otras procedencias políticas y culturales.
La figura histórica
Según el comunicado-discurso que leyó Timochenco, Marulanda falleció el 26 de marzo de 2008. Las FARC surgieron con Marulanda pero es claro que l e
sobrevivirán por largo tiempo. Será una organización notablemente diferenciada de aquella que dejó a su muerte su principal estratega. Hace unos cinco años Elvira
Cuervo, directora entonces del Museo Nacional, aludió a la posibilidad de que objetos como la infaltable toalla en el hombro de Marulanda pudieran ser parte de la
colección del Museo. En torno a la ocurrencia se produjeron ásperas declaraciones y a la directora, intelectual de incontrastables lealtades laureanistas, se le hizo
objeto de enconados agravios e incluso de amenazas. Es posible que la modesta prenda nunca se exponga en aquel lugar oficial de la memoria del país, pero
sobre lo que no cabe duda es que la figura del comandante desaparecido no saldrá de la historia nacional. Si se mira la curva trazada por la historia de las FARC
desde los preámbulos de los grupos de autodefensa en las veredas de Chaparral en 1949 hasta 2008, se encontrará que Pedro Antonio Marín alcanzó en el plano
militar buena parte de lo que se propuso. En particular en lo relacionado con la conversión de formaciones guerrilleras en un ejército sui géneris. La Sexta
Conferencia Nacional de la organización celebrada en 1978 estableció para tal proyecto las bases que consolidó la VII Conferencia realizada en 1982. Jacobo
Arenas señalaría en 1985 con respecto a este evento: “… la Séptima Conferencia le dio al movimiento una clara concepción operacional y estratégica para un
Ejército Revolucionario, lo que marcó un reajuste en todos sus mecanismos de dirección y mando”.
La amnistía decretada en los albores del Gobierno de Belisario Betancur, en noviembre de 1982, encontró a las FARC en el despliegue de una ofensiva. En la VIII
Conferencia se había adicionado el segundo componente de las FARC – EP. Fue el comienzo para la insurgencia fariana de cruciales desencuentros entre el diseño
militar estratégico y la realización del programa político.
La estrategia no se queda en el papel
En el decenio de 1990 la acción militar de las FARC mostró que la estrategia militar no era algo para alimentar los cursos de Estado Mayor que impartía Marulanda.
Una saga de golpes espectaculares colocó al Ejército Nacional en una situación muy comprometida. León Valencia contó dieciséis episodios consecutivos ocurridos
entre 1996 y 1998. Los más espectaculares fueron siete: Puerres en Nariño en abril de 1996, Las Delicias en Putumayo en agosto de 1996, San Juanito en el Meta
en febrero de 1997, Patascoy en Nariño en diciembre de 1997, El Billar, Caquetá, en marzo de 1998, Mutatá, Antioquia, en agosto de 1998, Miraflores, Guaviare,
agosto de 1998. Los golpes nombrados arrojaron un total de pérdidas para las Fuerzas Armadas de 226 muertos, 83 heridos y 230 prisioneros. Marulanda como
Jacobo Arenas, quienes nunca menospreciaron al alto mando militar, afirmaron siempre que el aprendizaje y las adecuaciones eran mutuos. El Estado se embarcó
desde 1998 en un plan de modernización y reingeniería de las Fuerzas Armadas que empató con el Plan Colombia y que en lo fundamental se realizó en el tiempo
de vigencia la Zona de Distensión del Caguán ( noviembre de 1998 – febrero de 2002). Desde la ofensiva bélica que se inició en 2003 y que en su primera etapa
culminó con el desalojo de las FARC de la región de Gutiérrez en Cundinamarca, el proceso militar comenzó a revertirse. Los golpes que han recibido las FARC
desde junio de 2007 han sido evidencias de la nueva situación.
La personalidad social de las Farc
La prolongada historia de las FARC en comparación con la trayectoria de otros movimientos guerrilleros en América Latina no podría explicarse únicamente en
factores subjetivos del movimiento armado colombiano. La atención debe dirigirse en primer lugar a un fenómeno de orden sociológico: la colonización; y a un tipo
sociohistórico: el colono. Se ha redundado en el lugar común sobre las FARC como movimiento armado campesino. En dicha expresión el término campesino tiende
a tomarse como sinónimo de población trabajadora rural. Tan sumaria identificación resulta equivocada. La propiedad de un predio y la subsistencia de la familia en
relación con la inversión de trabajo en él, es elemento clave de la categoría campesino. El colono como individuo tiene rasgos de categoría en transición hacia otra
condición, aunque el fenómeno de la colonización como proceso colectivo haya sido fenómeno de la larga duración en la historia colombiana. Por colonos estuvo
integrada la pequeña corriente humana que se refugió en el estrecho valle de Marquetalia a comienzos de los años sesenta. Colonos son los raspachines entre los
cuales se encuentran los grupos que han apoyado a las FARC en las zonas de producción de coca desde los años ochenta. No se trata de precisiones académicas;
la argumentación se relaciona con el tema de la personalidad sociológica y de la condición geohistórica de las FARC. La discusión también remite al contexto de una
historia agraria nacional con una frontera agraria, al parecer perennemente abierta, en un país donde terratenientes y ganaderos han estado representados en
exceso en los órganos colegiados y han tenido una influencia decisiva en la rama ejecutiva. Esto último explica la pertinaz oclusión de las vías del reformismo
agrario desde el inicio de la República hasta los días que corren.
La abigarrada historia de las guerrillas de Marulanda ha entrelazado su suerte, no de manera exclusiva, pero si muy notoria, con los proceso de colonización y con el
mundo cultural de los colonos. Este es un camino válido también para explorar el compromiso de las FARC con el narcotráfico además de las cuestiones inherentes
a la financiación de una guerra inevitablemente costosa.
Una etapa de transición
Todo parece indicar que con la desaparición de Marulanda se está cerrando un ciclo del conflicto interno colombiano. No por el hecho en sí mismo, que por supuesto
tiene su importancia específica, sino por las circunstancias en las que se ha producido. De la primera generación de las FARC, la de los llamados “marquetalianos”
no sobrevive nadie en el Secretariado. Quizá con la excepción del Mono Jojoy todos proceden de la ciudad, la mayoría tiene estudios universitarios cursados en
algunos casos en el exterior. Igualmente la mayoría llegó a las FARC luego de una militancia política previa. Las anteriores características de la composición del
órgano de dirección superior de las FARC no deben quedar por fuera del análisis. ¿Hacia dónde se orientará la dirección de las FARC en el futuro inmediato? Al
país le convendría que el ascenso de Cano significara el paso de la política al primer lugar en el orden de urgencias.
Para el Gobierno el único camino deseable parece ser el de mantener la escalada de la guerra. Hace tiempo en el establecimiento de la Seguridad Democrática se
sostiene la idea que se está en el “final del final del terrorismo”. Los intelectuales de esa ubicación vienen hablando de que el país habría entrado en la era del
posconflicto. Esas expresiones obedecen a la equiparación de la liquidación militar de la insurgencia con una victoria con fecha precisa o con una declaratoria
explícita de capitulación incondicional. Una guerra irregular como la que por decenios se ha librado en Colombia tendría más oportunidades para una cesación en un
esquema incluyente de negociación política. Aún asumiendo que el camino militar siga cosechando triunfos, el escenario de unas FARC fragmentadas y sin mando
centralizado reconocido sugiere un horizonte prolongado de sufrimientos para grandes sectores de la población y de descomposición inimaginables de una guerra
que ya se ha descompuesto demasiado. La búsqueda de interlocutores competentes resultaría infructuosa. Además el país y sus instituciones en general seguirán
descendiendo por una pendiente antidemocrática y de prácticas masivas del pragmatismo amoral. Se fortalecerá la indiscernible asociación y confusión entre el
cultivo de valores legítimos con valores de muerte. Que el narcotráfico continúe alimentado más allá de un acuerdo nacional entre el Estado y la Insurgencia
plantearía una situación distinta en la medida en que no podrían invocarse motivos políticos y menos justificaciones éticas.
Al analizar las reacciones recientes del gobierno no parece que quisiera abrirse un compás de espera, no se contempla siquiera la concesión del beneficio de la
duda. Resultaron en extremo crudas las declaraciones de guerra dadas por el Ministro del Interior y Justicia Holguín Sardi, dirigidas a Cano: “Si quiere obstinarse
como ha sido la política de las FARC y como fue la actitud de (Manuel) “Marulanda” de mantenerse en la guerra y en la criminalidad, pues está también la total
decisión del Gobierno, de las Fuerzas Armadas y de la Policía de perseguirlo, hostigarlo, reducirlo y finalmente exterminarlo” ( El Tiempo, 27 de mayo de 2008, 1-3 ).
No parece sensato que el Ministro de la política levante en esta precisa coyuntura la divisa del exterminio. Pero cabría esperar que una inspiración por el acuerdo
humanitario y la búsqueda de la salida política al conflicto pueda ser bandera para enarbolar por los familiares de los secuestrados, por los voceros de los
desplazados, por los familiares de las victimas del paramilitarismo y la violencia y por los sectores de la opinión que cifran sus esperanzas en un futuro democrático
para Colombia. El peor escenario político sería el representado por una opinión pública inerte, si es que no existiera una contradicción en los términos.
* Sobre Manuel Marulanda recomiendo leer:
Arturo Alape, Tirofijo: los sueños y las montañas, Planeta Editorial, Santafé de Bogotá, 1995.
Jacobo Arenas, Cese el Fuego. Una historia política de las FARC, Oveja Negra, Bogotá, 1985.
Manuel Marulanda Vélez, Cuadernos de campaña, ediciones Abejón Mono, Bogotá, 1973Medina Carlos, FARC –EP 1958 – 2006, Bogotá (inédito)
Medina Medófilo “La resistencia campesina en el Sur del Tolima en Pasado y presente de la Violencia en Colombia, Gonzalo Sánchez y Ricardo Peñaranda,
(compiladores), La Carreta Histórica, Bogotá, 2007. pág.269 -297.
León Valencia, Adios a la política, bienvenida la guerra, Intermedio, Bogotá, 2002
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