DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO 23 DE ABRIL I CERTAMEN DE RELATOS CORTOS 2011 “Lee, escribe...¡Entrena tu mente! Autor/a: Jairo Iglesias LA FINAL, EL PRINCIPIO Llevaba 17 años esperando ese momento. Un momento que su destino había decidido que llegara demasiado tarde. Pero nunca es tarde para marcar el gol decisivo. Había soñado con ponerse las zapatillas, atarse los cordones y vestir la camiseta de su equipo preferido, al que animaba cada sábado. Soñó con tener su número, el 17, grabado en la camiseta, al lado de su nombre. Quería salir a la pista y ser recibido con aplausos y el sonido de la mejor afición. Quería correr por la banda como había hecho hace tiempo. Llegar a ese último balón, recortar, y marcar. Celebrarlo con los que siempre estuvieron ahí apoyándole, en lo bueno y en lo malo, cuando marcaba y cuando fallaba. Después llegaría la bocina final, los brazos en alto, la medalla de campeón y el ser recordado para siempre. Ser parte de la historia. Pero aquel accidente de coche había roto sus sueños. Una noche mojada el coche de su padre resbaló y se fue fuera de la pista, destrozando a una familia y las piernas de un niño de 12 años. Sobrevivió de milagro pero se quedó sin padre y sin piernas; unas piernas que le habían hecho destacar entre todos los chicos de su edad, y un padre que sabía que su hijo llegaría lejos. Durante muchos años lo más duro fue ver a sus compañeros de clase marcar los goles que él ya no podría marcar y vestir las zapatillas que él ya no podría vestir. Su padre le había enseñado que el fútbol sala era un deporte de equipo, si uno fallaba fallaban todos, pero él se encontraba más sólo que nunca. Fue creciendo y con el paso de los años se dio cuenta de que el destino le había hecho perder el partido de su vida, y entonces comprendió que era hora de cambiar las cosas. 17 años después se enfrentó a lo que no pudo enfrentarse por miedo, y por la creencia de no poder cambiar algo que le habían impuesto. El vestuario era diferente a como él lo recordaba. Se puso una camiseta verde, y le pidió a quien le acompañaba que le escribiera con bolígrafo el número 17 en la parte posterior. Se tumbó en la camilla y recorrió el túnel de vestuarios mirando a los fluorescentes del hospital. En el quirófano le esperaban todos los médicos con aplausos, como la mejor de las aficiones. Y entonces soñó. Y los sueños se cumplieron. Volvía a tener piernas, de metal, pero eran piernas. Volvió a ponerse las zapatillas y atarse los cordones. Comenzó a correr por la banda, y a llegar a esos últimos balones para recortar y marcar. Marcó los goles que le habían robado, y los celebró con cada persona que estuvo ahí, en lo bueno y en lo malo, su madre y su familia, los médicos, sus profesores…y su padre, que aunque ya no estaba le seguía apoyando desde el mejor de los palcos. Cuando llegó la bocina final, la de decir adiós a la rehabilitación, levantó los brazos porque sabía que había ganado el partido de su vida, con el gol más importante de todos. Su padre tenía razón, llegaría lejos.