Modest Prats, el cura que llegó a sabio

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251457
1812000
18880 €
452 cm2 - 40%
Fecha: 31/03/2014
Sección: OBITUARIO
Páginas: 41
Modest Prats, filólogo y teólogo, en 1999. / pepe durán
Modest Prats, el cura
que llegó a sabio
CARLES GELI
De notable corpulencia y voz
acorde que se hacía notar en el
púlpito y en las aulas, tenía un
carácter parejo a su físico, fuerte
dentro de una razonada y máxima cordialidad, con esa bonhomía que suelen desprender
las grandes humanidades. La sinceridad inquebrantable la manifestó dos veces en la vida pública: en 1984, con una carta en la
que se quejaba del escaso poder
de los Servicios Territoriales del
Departamento de Cultura de la
Generalitat de Cataluña, que estrenaba un Max Cahner excesivamente “monolítico”, decía, pero
que le había nombrado apenas
tres años antes primer delegado
en Girona de su flamante departamento. El otro momento fue
en 1989, cuando publicó
Meditació ignasiana sobre la
normalització lingüística, donde
aseguraba que la lengua catalana pasaba por un momento crítico y denunciaba el clima de optimismo sobre la situación social
de su uso que, en su opinión, no
era tan boyante.
Fallecido la noche del sábado
a los 77 años, según trascendió
ayer, el filólogo y teólogo Modest
Prats (Castelló d’Empúries, 1936)
era correoso y tierno porque fue
en el fondo, como todos, fruto de
su infancia. Casi a los tres meses
exactos de su nacimiento su padre, de 25 años, era fusilado en
las cercanías de Barcelona, en
esos embrollos fraticidas connaturales a toda guerra civil.
Ahí crecería la sombra discretísima de su madre, Enriqueta,
que con la sabiduría innata de la
gente modesta fue forjando el ca-
rácter de su hijo. Ella y su formación en el seminario de Girona,
donde estuvo de los 10 a los 22
años, acumulando lecturas.
Intelectualmente inquieto,
fue justo cuando fue ordenado
sacerdote, en 1959, cuando empezó su formación de filólogo en
la Universidad de Barcelona
(que le daría la base para sus
notables estudios sobre escritores capitales como Joaquim Ruyra, Josep Carner, Jacint Verdaguer y Josep Pla) y la de teólogo
(con estudios que amplió en Roma y París).
El resultado fue un Modest
Prats “de una sabiduría inabarcable y de un compromiso intelectual con la lengua y la cultura
catalana como pocos”, como reconocía ayer el hoy consejero de
Filólogo y teólogo,
fue autor de una
seminal ‘Historia de
la lengua catalana’
Cultura catalán Ferran Mascarell. Sí, era reverenciado por los catalanistas cultos pero también
respetado por los contrarios, en
una admiración que se ganó en
encuentros intelectuales donde
se demostró un temible polemista, correoso en el cuerpo a cuerpo de las altas ideas y afable en
las tertulias, capaz de encadenar
la cita más erudita con la anécdota más relajante, como cuando
en 2002, en la lección de despedida de la Universidad de Girona
donde ejerció de profesor, resumía el episodio del Libro de los
jueces sobre los 42.000 efraimitas descubiertos por los galaditas, que fueron degollados “por
no saber pronunciar una palatal
inicial”. Y luego añadió: “Nada es
inocuo en el mundo de las letras”. Por ese carácter y esa erudición, un Pla en sus últimos
tiempos de vida le buscaba como
interlocutor y otro responsable
de Cultura, Joan Rigol, le incluyó en el prometedor, por insólito
y plural pero breve e irrepetible,
Consejo Asesor de la Cultura.
Tocado por una facilidad oral
que se forjó en los púlpitos de
parroquias gerundenses y en las
aulas, escribía tanto como hablaba. Entre su ingente labor, que le
valió la Creu de Sant Jordi en
2004 e ingresar en el Institut
d’Estudis Catalans en 2005, destacan los dos seminales volúmenes de la Història de la llengua
catalana, que redactó entre 1982
y 1996 con Josep Maria Nadal.
Prats apareció en público por
última vez en Girona hace tres
años, para la presentación de Homilíes de Medinyà, que recogía
sus sermones y conferencias. Hacía dos años que le habían diagnosticado Alzheimer, la misma
enfermedad que Pasqual Maragall. “Sí, claro que me acuerdo:
es el capellán sabio de Girona”,
dijo el expresidente de la Generalitat. Hablaron tres horas. Maragall le recomendó escuchar música, leer aunque fueran diarios
y ver fútbol. Le hizo bastante caso. A fin de cuentas, quien había
traducido a Racine había superado ya a los personajes de su admirado dramaturgo galo: había
escrito su destino libre de las presiones de vida y condición y trabajó y habló sin inhibiciones.
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