Este libro se centra en Valencia durante la guerra civil

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Este libro se centra en Valencia durante la guerra civil española (19361939). Todos los personajes, fechas y lugares son ciertos y sus vivencias,
reproducción de las que me fueron relatadas personalmente por los principales protagonistas o a través de sus memorias, contrastadas y completadas
con las publicaciones históricas. Vaya por delante mi agradecimiento a
estos, los verdaderos autores:
– José Alfonso Vidal, periodista y escritor republicano.
– Sento, metalúrgico anarquista.
– Mis abuelos, fervientes católicos.
– Mi padre, Pepe, y su hermano Benito, franquista convencido.
– Luis Molero Massa, abogado falangista.
– Manuel Nebot «Nelo», barbero.
– Salvador Pérez «Boro», libertario.
– Marcelo Usabiaga, soldado comunista.
– Eugenio de Azcárraga, alférez nacional.
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L
a sublevación militar que se avecinaba no era un secreto ni en una
ciudad provinciana como Valencia... había sido hasta anunciada por
la radio el día 11 de julio de 1936, tras la toma de la emisora Unión Radio
por un grupo de falangistas. Pero el país estaba tan acostumbrado a los
Golpes de Estado1 que no parecía inquietarse demasiado.
Valencia, la tercera ciudad de España, era como un pueblo grande, tranquilo y huertano. Con 318.000 habitantes, constituía un polo de atracción
no sólo regional, sino también de las provincias limítrofes de Cuenca,
Albacete y Teruel. La capital acogía a los terratenientes y rentistas que
abandonando sus pueblos de origen se habían instalado en la ciudad para
dejar de ser de pueblo y vivir allí del producto de sus huertas o naranjales.
Era una burguesía adinerada que se transformaba rápidamente en urbana
distanciándose de sus orígenes y adoptaba el castellano como lengua.
El comercio y, sobre todo, la agricultura –de vocación exportadora–
constituían el principal recurso económico de la ciudad, cuyo entorno
era la afamada huerta valenciana. Cuando ésta acaba, daban comienzo
interminables campos de naranjos que se extendían por el norte hasta
Castellón y por el sur a los límites de la provincia de Alicante. El arroz se
producía en cantidades importantes en la Albufera y otras marjales de la
costa. De la relevancia económica y demográfica del mundo rural da fe el
censo provincial que triplicaba al de la capital alcanzando el total de un
millón de habitantes.
Solamente La Unión Naval de Levante, astilleros sitos en el Puerto y los
Altos Hornos de Sagunto, podían considerarse como verdadera industria.
El resto no pasaba de talleres artesanales del textil o del mueble.
Como si fuera otro pueblo, separado del centro unos dos kilómetros
hacia el Este se encuentra El Grao, puerto de Valencia, y desde allí continuando hacia el norte, el barrio pesquero de El Cabañal y la playa de
1 En 1923, Miguel Primo de Rivera, padre de José Antonio, propició con su exitoso Golpe la dictadura conocida por su propio nombre. En la memoria reciente estaba el Golpe de 1932, del General
Sanjurjo, la sanjurjada, que fracasó y le llevó al exilio en Portugal, después de conmutarle la pena
de muerte, y desde donde conspiró como verdadero ideólogo del golpe de Estado de 1936.
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La Malvarrosa, con sus villas a orillas del mar, residencia que fue de bohemios, escritores y artistas, como Blasco Ibáñez y Joaquín Sorolla. Que
quiso ser como la playa de la Concha, y hasta se construyó el edificio que
debía albergar el Casino, pero que se quedó en Hospital Marítimo de La
Malvarrosa.
En aquellos tiempos, la cuna marcaba de por vida. Se nacía rico o pobre
para siempre. Las distancias sociales eran enormes y no existía la clase media, sólo ricos y pobres que se diferenciaban ya desde su indumentaria.
Era época de divergencias extremas e ideologías radicales, de odio de
clases, pero como estas venían ya definidas, la ostentación del dinero se
consideraba una obscenidad y se valoraba a las personas por lo que eran
y no por lo que tenían. Existía el honor, la lealtad, la dignidad, el compromiso. Se reconocían las cualidades personales con independencia de que
les reportara mucho o poco dinero. Había paraula…
En el paisaje urbano de la ciudad en 1936 convivían los carros tirados
por caballerías con escasos automóviles y el tranvía. La burguesía urbana
circulaba altiva con sombrero y traje, sus señoras lucían aparatosos vestidos y llamativos tocados. Abundaban los curas y las monjas: ellos con sus
negras sotanas, ellas tocadas con almidonadas alas blancas.
Los resultados de las elecciones de febrero de 1936 dieron el triunfo al
Frente Popular por mayoría absoluta en el conjunto del Estado español.
También venció ampliamente en Valencia ciudad y, por menos diferencia,
en el resto de la provincia. La derecha estaba entonces representada por
la DRV2 aliada de la CEDA3 que consiguió en total 5 diputados, por 17 del
Frente Popular que incluía al PSOE, IR,4 UR, PC y EV.
La derecha conservadora, incapaz de digerir la victoria del Frente Popular, atemorizada por su política de Reformas y viendo peligrar sus privilegios, se radicalizó hacia el extremismo de Falange o en grupos paramilitares como punta de lanza de las organizaciones de la derecha clásica,
como la CEDA, la DRV o los Requetes.
La cultura y el dinero eran exclusivos de una burguesía que trabajaba
poco, incluso nada, y se podía permitir numeroso personal a su servicio.
2 DRV: Derecha Regional Valenciana
3 CEDA: Confederación Española de Derechas autónomas.
4 IR: Izquierda Republicana; UR: Unión Republicana; PC: Partido Comunista de España; EV:
Esquerra Valenciana.
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Sirvientas, cocineras, costureras, labradores, aparceros, jornaleros, administradores de fincas rústicas, constituían su ejército de dependientes
personales con los que raramente trataban más allá de sus obligaciones.
Los agricultores minifundistas ocupaban la huerta que rodea la ciudad
viviendo en las denominadas barracas o en los pueblos cercanos. Eran
normalmente propietarios o aparceros de un pequeño terreno que les
permitía vivir a fuerza de trabajar toda la familia, pero no tenían un status
de propietarios sino condición de llauradors.
La Falange, ausente en las Cortes Parlamentarias, no era por entonces
más que una organización clandestina, sin influencia en la sociedad valenciana, que pretendía notoriedad a costa de actos violentos en su afán por
desestabilizar el sistema y propiciar un golpe militar clásico. Poco antes del
18 de julio de 1936 su jefe en Valencia era Adolfo Rincón de Arellano.
La Comunión Tradicionalista, los Requetés, fieles a sus convicciones
que resumían en sus principios de «Dios, Patria, Rey y Fueros», eran monárquicos absolutistas profundamente religiosos y partidarios de la rama
carlista pretendiente al Trono de España. En Valencia eran prácticamente
inexistentes, únicamente en el interior de Castellón podían encontrarse
algunos herederos de Ramón Cabrera (el Tigre del Maestrazgo), por lo
demás sin influencia.
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Entrada, desde la calle San Vicente, a la plaza de Emilio Castelar (hoy plaza del
Ayuntamiento), en una imagen de los años treinta (Foto Bayarri. B.V.)
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I. Valencia, julio de 1936
H
acia las 9 de la noche del 11 de julio de 1936, una escuadra falangista al mando de Manuel Ortuño Soler,5 que se había instalado en
Valencia huyendo de la policía en Murcia, se desplazó hasta las cercanías
de la calle D. Juan de Austria, donde tenía su sede la emisora Unión Radio,
y apostando dos de sus miembros en la puerta para cubrir la retirada, entraron por la fuerza en el estudio armados con pistolas, cortaron los cables
del teléfono y, ante el estupor de los locutores, Ortuño leyó su proclama:
«En estos momentos Falange ocupa militarmente el estudio
de Unión Radio. ¡Arriba el corazón! Dentro de unos días la revolución sindicalista estará en la calle. Aprovechamos la ocasión
para saludar a todos los españoles y particularmente a nuestros
correligionarios».
El día 15 por la noche eran detenidos 40 falangistas, entre los que se
encontraba José Valero de Parma. Al día siguiente, Luis Molero Massa, en
su condición de Letrado, correligionario y amigo, visitó en los locutorios de
la Cárcel Modelo de Valencia a los detenidos y al acabar, Valero le arengó
diciendo:
«¡A los cuarteles! Acudid a los cuarteles y no os olvidéis de
nosotros. Nosotros no saldremos de aquí más que a la gloria
entre los sones de nuestro himno o la muerte, porque vendrán a
matarnos a las celdas».
Pero ni los falangistas acudieron a los cuarteles, ni los militares podían
contar con ellos, sobre todo, porque pocos quedaban con los que contar.
José Alfonso Vidal era un escritor de Monóvar nacido con el siglo en una
familia acaudalada. Tierras de cultivo propiedad de madre y el ejercicio de
la medicina por parte de padre, daban a la familia una envidiable posición
5 Jefe de 1ª Línea de Falange, murió, ya iniciada la guerra, en un enfrentamiento a tiros con
agentes del gobierno en la carretera de El Saler
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económica que, por aquellos tiempos, era garantía de tener en el pequeño
de sus vástagos un señorito crápula, como así lo era D. José, hasta que sentó
la cabeza casándose «como Dios manda». A sus 36 años su curriculum
como escritor se limitaba a las colaboraciones en diversos diarios, siempre
de corte republicano y algún libro. Estaba afiliado al Partido Radical.
Impulsado por las necesidades económicas que le exigía ahora su familia, emigró a la capital del Turia en busca de nuevos horizontes profesionales, dejando en Monóvar a su mujer y sus hijos. En la noche del 16 de julio,
nada más salir de la Estación del Norte, cayó rendido en una habitación
de la pensión El Faro. A pesar de su innegable ilustración periodística,
que le obligaba a estar al día de los acontecimientos, no era consciente
del trascendental momento en que vivía, ni del lugar donde había elegido
para buscarse un sueldo como escritor.
A la mañana siguiente, los diarios no recogen más que pequeños altercados con intervención de las fuerzas del orden, pero la tensión entre las
gentes es la nota dominante que se resume en la frase más pronunciada
por todos los habitantes de la ciudad: «Creo que va a pasar algo».
Impecablemente vestido con un inmaculado traje de alpaca, corbata y
sombrero, inicia su periplo callejero, tocando timbres y llamando puertas
por todo el centro de la ciudad, que bien conoce de sus tiempos de estudiante, y así, después de una mañana de infructuosas visitas, cuando ya
se dirigía a comer una paella a Casa Perol, en una travesía del Mercado
cerca de la Lonja, se tropieza por sorpresa con un amigo de juventud que
se alegra enormemente de verle. Va con otros dos compañeros que visten
mono azul Menorca,6 sin mangas y espardenyes,7 a quienes presenta como
«camaradas» y juntos entran en una bodega. Frente a una botella de vino
peleón y unas tapas, la conversación trascurre distendida:8
—Es un amigo de confianza, un buen escritor republicano. ¡Y de los de
antes! —Le presenta el amigo al resto de la tropa.
—¿Está usted enchufado? —pregunta uno de los camaradas.
—He venido a Valencia buscando una colocación. La República por lo
visto no me quiere —respondió José Alfonso.
6 Se denominaba «azul Menorca», igual que las camisas de falange, por fabricarse la tela en
esta isla.
7 Alpargatas de esparto atadas con cintas
8 Relato de su libro: Levante 36. La increíble retaguardia.
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—¡Son un hatajo de pancistas todos! ¡Esto es una pocilga de burgueses!
—toma la palabra un tal Sento—Nosotros somos libertarios y partidarios
de la revolución social, que ya está cerca.
—¿Qué garantías nos puede merecer una república que le dio una cartera a Gil Robles?
—Pero ahora gobierna el Frente Popular —replica tímidamente José
Alfonso.
—¡Me importa un huevo! Nosotros somos de la FAI. Anarquistas de verdad y no participaremos en el Gobierno.
—Que sepas que la cosa ya está madura —aclara Sento.
—¿Qué es lo que está maduro? —interroga Alfonso.
—¡La revolución social! Camarada. ¡No van a quedar ni los rabos! —Finaliza Sento.
Lo de la revolución social dejó obnubilado a Alfonso que sin tiempo de
reaccionar, se vio ya en la calle despidiéndose.
—Cuenta con nosotros para lo que necesites. —Se despidió su amigo.
—Gracias camaradas —responde aturdido José Alfonso.
—¡Salud camarada!
—¡Salud!
Inició Alfonso la tarde en el Trinquete Pelayo viendo un buen partido
de pelota a escala i corda entre Guara y Fusteret, las figuras del momento, que amenizan el espectáculo con sonoras blasfemias, acrecentando
las admiraciones de los espectadores que disfrutan de las exclamaciones
anticlericales tanto como del espectáculo del Trinquet.
Terminó en los billares de la calle Mossen Femades, para luego cenar
en el Perol y allí, cuando bien alimentado, tras los postres, pide una café,
el puro y la copita, nota cierto revuelo en el local. De mesa en mesa corre
la noticia que acaba de difundir la radio:
«¡El General Franco se ha sublevado en África!»
En Valencia, la noticia provocó una indignación masiva. El gentío se
lanzó a la calle dando gritos de ¡Viva la República!
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Son los obreros que desde el extrarradio ocupan el centro de la ciudad,
pero también acuden de la huerta camiones y carros de agricultores ataviados con sus típicos blusones, las pequeñas boinas negras caladas hasta
las sienes,… Hay mayoría de hombres, con algunas escopetas de caza, pero
también mujeres empuñando cualquier tipo de herramientas a modo de
armas.
La ira reprimida del proletariado hacia los poderosos se reventó incontenible, tan visceral como explosiva. Era el «odio de clase» que la República
había contenido con la democracia y las profundas reformas que con
tantas dificultades y tibieza se iban implantando. La República, aun con
sus imperfecciones, era la esperanza proletaria de una vida mejor. Significaba la ilusión del poder civil y democrático por encima de la oligarquía
económica, sostenida por sus grandes pilares: el ejército y la Iglesia. La
sublevación militar anunciaba el fin de las reformas, la muerte de lo que
habían logrado y, sobretodo, el triste despertar de unos sueños que cada
uno había ideado a su manera.
Con la llegada de la II República y tras ser proclamada España como
un Estado sin religión oficial, se inició una secularización de la vida política y social española con la supresión de las subvenciones a la Iglesia y
otras medidas que incluían el divorcio y la enseñanza laica, hasta entonces controladas por las órdenes religiosas. La Iglesia católica, predicaba
la virtud de la pobreza, pero ejercía de lo contrario. Siempre apostó por
los poderosos y estos por ella. Su influencia directa en la política había
desaparecido, pero la inmensidad de sus riquezas, el boato y la tradición
de los que se rodeaba, las propiedades terrenales de las que disfrutaba,
y el ejército de clérigos, seculares y de las órdenes religiosas, constituían
una fuerza social impresionante que el Estado laico amenazaba con arrebatarle. Las pastorales de los obispos y las homilías de los curas, que se
apropiaban en exclusiva de la redención de los pecados y otorgar la vida
eterna en el paraíso (lo que sin duda es el mejor producto posible que se
puede ofertar) se transformaron en discursos sin freno contra el Gobierno
desde los púlpitos. La conservadora burguesía apegada a las tradiciones, a
la familia y a sus bienes, era pues su fiel aliada natural frente a un pueblo
descreído, falto de fe y de confianza en la Institución por excelencia.
En un país donde la tasa de analfabetismo se acercaba al 50%, ser
Bachiller ya era un «don». Los profesionales liberales constituían la élite
ilustrada de la sociedad. Ingenieros, arquitectos, farmacéuticos, médicos
y abogados, podían permitirse poseer una masía con naranjos para com12
pletar su estatus social no sólo de bienes materiales, sino también de solaz
disfrute vacacional. Pero alcanzar tan altas distinciones universitarias
únicamente estaba al alcance de muy pocos hombres de las familias más
adineradas, por cuanto lo normal era trabajar desde los doce años en la
agricultura o el comercio.
Existía la figura del rentista, tan socialmente respetable como improductiva. Como, además, la gente moría joven, los ricos de cuna heredaban
con prontitud y ni siquiera se iniciaban en el trabajo, teniendo a gala ser,
de profesión rentista.
Manifestación en la calle D. Juan de Austria, reprimida por la Guardia de Asalto (Foto Finezas. B.V.)
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Soldados montando guardia en la Estación del Norte (Foto Bayarri. B.V.)
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II. La asonada militar
A
l mando de la IIIª División Orgánica se encontraba el general
de Brigada Fernando Martínez Monje-Restoy, y a sus órdenes, el
general Mariano Gamir Ulibary, jefe de la brigada de Infantería, y el general Eduardo Cavanna del Val de la IIIª Brigada de artillería. Como jefe
de la Guardia Civil de la Zona, el general Luis Grijalvo Celaya. Ninguno
de estos pertenecía a la UME9 ni estaban comprometidos con el Golpe
dirigido por Mola.
El general andaluz Manuel Gómez Carrasco llegó a Valencia con órdenes directas del general Mola para hacerse cargo de la sublevación en
la 3ª División Orgánica, con sede en esta capital. Emboscado y arropado
por militantes radicales de la DRV (Manuel Attard, Francisco Pérez de
los Cobos, Joaquín Maldonado y otros) conspiraba impulsado por el comandante Bartolomé Barba, fundador de la UME y verdadero motor de
la sublevación en Valencia.
Nada más llegar, Carrasco sondeó, a través del teniente-coronel Cabellos,
a los cuatro coroneles-jefes de los Regimientos con sede en Valencia: Jesús
Velasco Echave, de Infantería Otumba 9; Leopoldo Gómez de Nicolás,
Infantería Guadalajara 10; Juan Muñoz, Caballería Lusitania 8 y Vicente
Fornall Bort, quinto de artillería ligera.
Cabellos se personó en el escondite del General para darle el parte de
la situación:
—Mi general. Todos los coroneles con mando, menos Velasco, están a
sus ordenes.
—¿Qué pasa con los generales? —le preguntó Gómez Carrasco.
—A ellos no hemos tenido acceso directo porque no son de los nuestros.
—Respondió el teniente-coronel.
9 Unión Militar Española. Germen de los conjurados contra la República.
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—¿Pero estarán con nosotros? —preguntó el general.
—Llegado el momento seguro que estarán con sus compañeros de armas.
—afirmó Cabellos.
—¿Cómo tenemos la colaboración civil?.
—Contamos con los grupos de choque de la DRV y algunos miembros
de falange.
—¡Bien! —respondió Carrasco.—¿Y la Guardia de Asalto?.
—Son mayoritariamente republicanos y no se someterán a sus ordenes
hasta que no controlemos Gobernación.
En la madrugada del 18 de julio se recibe el esperado radiograma en
el cuartel de Paterna con la confirmación de que el Ejército de Marruecos
se había alzado contra la República instando a todas las guarniciones a
sublevarse, pero Carrasco se muestra timorato y dubitativo, pospone y
cambia los planes en varias ocasiones desconcertando a los conjurados.
Por último, Gómez Carrasco, decide iniciar el Pronunciamiento a las 5
horas de la madrugada del domingo 19 de julio en todos los cuarteles, ordenando que la mayor cantidad de jefes y oficiales, uniformados y armados,
se reúnan con él a las 11 de la mañana en las inmediaciones de la Plaza
Tetuán, para juntos acceder a la Ciudadela10 y exigir a Martínez-Monje,
capitán-general de la Región, que le traspasase el mando.
Entretanto, el capitán-general, optó por mantener las guarniciones acuarteladas, lo que para algunos fue interpretado como una acción prudente,
para otros tuvo la consideración de una indefinición irresponsable que
alentó el desconcierto de los ciudadanos. La ausencia de los soldados y la
Guardia Civil en las calles contribuyó en mucho a que las verbenas de la Feria de Julio, muy animadas en aquella época, se transformaran en Fallas.
El comandante Barba, llevando como chófer a Joaquín Maldonado, por
entonces jefe de las Juventudes de la DRV, se personó en el escondite de
Gómez Carrasco para trasladarle a la Plaza de Tetuán.
—¡A sus órdenes, mi general! —se presentó el comandante Barba.
—¿Cómo está la situación? —preguntó Gómez Carrasco.
10 La denominada Ciudadela era un gran recinto militar amurallado que ocupaba en la orilla
derecha del río desde el Puente del Real hasta lo que hoy se denomina Porta de la Mar. En la actualidad sus dimensiones son mucho más reducidas y se limitan sólo a parte de la fachada norte
de la Plaza de Tetuán.
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—Todo preparado, mi general.
—¿Con qué fuerzas contamos?
—Los jefes y oficiales están en Tetuán junto con doscientos civiles armados que, situados en la sede de la DRV esperan sus órdenes. —Afirmó
el comandante.
—¿ Qué sabemos de la Guardia Civil?
—De momento no van a intervenir. Esperan la toma de posesión para
ponerse a sus ordenes.
—¿Se han Pronunciado los cuarteles?
—No tenemos constancia.
—Comandante: en esta situación comprenderá que no puedo atravesar
Valencia y menos sin saber lo que me voy a encontrar en Tetuán. ¡Compruebe el terreno y venga a informarme!
—¡A sus órdenes mi general! —Se despidió Barba.
Pero mientras esto sucedía, los nerviosos civiles conjurados, atrincherados en la sede de la DRV, un palacete justo enfrente de la entrada a la
División,11 ametrallaron un coche de milicianos que casualmente pasaba
por la plaza, matando a varios. Alertada la Guardia de Asalto, acudió al
lugar y cundió el pánico y la desbandada.
Cuando el comandante Barba llegó a la Plaza de Tetuán sólo halló un
pelotón de Guardias de Asalto y algunos oficiales dispersados entre los
jardines de los alrededores. Regresa al encuentro del general Carrasco
para informarle:
—Mi general. La situación se ha complicado. Frente a la Jefatura de la
División hay ahora una Compañía de Guardias de Asalto al mando de un
teniente.
—¿Y los nuestros?
—Parece que se han escondido.
—¿Escondido? ¿Cuántos oficiales ha visto?
—Seis o siete. Mi general.
—¿Cómo es posible tanto gallina?
—¡Con esta tropa, yo no voy a ninguna parte! —Sentenció el general.
11 Palacio de Cervelló.
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Ajeno a las intrigas militares, José Alfonso Vidal merodeaba por las
céntricas calles de Valencia con la curiosidad propia del periodista y la
parsimonia de quien no tiene casa, ni familia donde recogerse. Empezó a
sentirse testigo de la historia cuando se tropezó sin esperarlo con el asalto
a la Catedral por una multitud encolerizada.
En la plaza de la Virgen12 han montado una falla arrojando al fuego
todo cuanto encuentran combustible en la Catedral: bancos, cuadros, imágenes de santos y los confesionarios de madera, forman una pira que va
tomando fuerza.
Luis Molero, desde el terrado de su céntrica casa, observa atónito las
llamas y el humo en diferentes partes de la ciudad como si fuera la nit del
foc. Pero no son las Fallas ni sus esperados militares y falangistas quienes
han tomado la calle.
La Guardia de Asalto interviene con dureza en la Plaza de la Virgen…
Entran por la calle del Miguelete pegando con sus porras a todos los congregados. Aquello parece ahora un carnaval. Tíos con casullas corren hacia
la calle Caballeros. Otros con sotana y bonete, llevando a su espalda un
trabuco, salen a trompicones de la plaza. Los más están tirados por el suelo
y les cuesta ponerse en pie. Todos son objeto de gomazos carabineros. José
Alfonso puede esconderse en un portal y ver el esperpento de las carreras
y la juerga de los mirones.
Arde la Iglesia de Santo Tomás y la de los Santos Juanes. Los curas
y monjas aterrados se deshacen de sus hábitos y huyen despavoridos a
refugiarse donde pueden. Pocos cuerdos hay en la calle y menos aún que
tengan la valentía y el coraje para enfrentarse a los exaltados. El Dr. Peset Aleixandre, diputado del Frente Popular, acompañado de unos pocos
amigos, entre los que se encontraba el Dr. Rafael Vilar Sancho –mi abuelo
paterno– impidió con su presencia y prestigio que la Iglesia del Patriarca
fuera asaltada. No hizo falta más que una postura intransigente y mucha
dosis de labia convincente por parte del Dr. Peset.
Juan-Bautista Peset Aleixandre tenía por aquel entonces 50 años. Hijo
de un eminente médico valenciano, contaba con 5 carreras y 3 doctorados, catedrático de Toxicología y Medicina Legal. Había sido rector de la
Universidad de Valencia. Su dedicación a la medicina, la docencia y la
investigación no fueron suficientes para colmar su insaciable capacidad
12 Por entonces se denominaba plaza de la Constitución.
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intelectual, de trabajo y de servicio en ayuda a todo el mundo. En principio
dentro de su órbita médica, fomentó y dirigió campañas de vacunación
para erradicar las epidemias en Valencia y, asociado con el Dr. Vilar Sancho,
fue pionero en la elaboración industrial de medicamentos a través de la
empresa Laboratorios PESET, creada por ellos. Sus convicciones personales
le llevaron a la política y en ésta a ser presidente de Izquierda Republicana
en Valencia, resultando diputado en las elecciones de febrero de 1936, por
esta circunscripción, donde ganó en todos los distritos.
Rafael Vilar Sancho, doctor en medicina y especialista en otorrinolaringología, contaba 48 años. También hijo de un eminente médico valenciano.
Con su clínica principal en la calle Colón de Valencia, pasaba consulta
semanal en otra de Barcelona. Su popularidad era producto de su gran
profesionalidad y buenas manos. De profundos sentimientos religiosos
y, sin embargo, republicano. De derechas pero republicano, cuando esto
significaba no ser monárquico ni admitir la dictadura.
Mientras en el centro de la ciudad acontecen estos hechos vandálicos,
en los Regimientos reinan las intrigas y el desconcierto. En las salas de
banderas se suceden las reuniones, las visitas, el tanteo y las desconfianzas.
Ni siquiera entre los conjurados hay unanimidad de criterios. Oficialmente
dicen «estar acuartelados, no sublevados».
Los obreros y agricultores, a través de sus sindicatos, a la vista de la
situación de los cuarteles y ante el temor, más que fundado, de que las
tropas acuarteladas dejen de estarlo para unirse a la sublevación y tomen
la ciudad, deciden movilizar a todos sus afiliados y decretar la huelga
general.
El desconcierto es absoluto. El Gobernador Civil, Braulio Solsona, y el
jefe de la IIIª División Orgánica, Martínez-Monje, lanzan proclamas por
la radio y los diarios llamando a la serenidad, manifestando la lealtad a la
República y su Gobierno de todos los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad a
sus órdenes, pero la actitud de los militares desmiente sus afirmaciones
y provoca la cólera ciudadana que reacciona colapsando la ciudad con
barricadas y los gobernantes se ven ampliamente superados por los acontecimientos.
A los obreros del extrarradio y sus mujeres, todos con el mono de trabajo, se le unen ahora agricultores y artesanos de los pueblos del interior,
que se distinguen de los «llauradors de L’Horta» porque en lugar de blusón,
visten «jupetí» y fajín enrollado a la barriga.
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Debió ser algo así como el canto de La Internacional: «¡En pie parias
de la tierra...!»
Los miembros del Frente Popular y los anarcosindicalistas de la CNT,
forman el Comité Ejecutivo Popular y piden armas al Gobernador, que se
las niega. El día 21 de julio llega a Valencia una comisión presidida por
Diego Martínez Barrio y a la que se denominó Junta Delegada del Gobierno con amplios poderes para culminar el doble objetivo de acabar con la
huelga general y la desobediencia cuartelaria.
El primer encontronazo de la Junta se produce con el Comité Ejecutivo
Popular, pues únicamente el PCE e IR se someten a su autoridad. El resto
de las organizaciones del Frente Popular desconfían de la Junta, de la que
se dice ha iniciado negociaciones con los militares, y deciden crear las
Milicias Voluntarias para la defensa de la República, otorgándole el mando
al antiguo capitán de la Guardia Civil Manuel Uribarri.
No obstante las dificultades, la Junta Delgada consigue la desconvocatoria de la huelga general, la «obediencia» de la Benemérita y la organización
de patrullas conjuntas de Guardias y Milicianos para vigilar las calles, donde grupos incontrolados se han aprovechado del descontrol para cometer
todo tipo de atropellos sobre los bienes y las personas supuestamente
partidarias del Golpe.
La Junta también logra formar algunas columnas de militares y guardias
civiles, aparentemente leales, junto con milicianos, para ayudar a defender
Madrid y Córdoba y a recuperar Albacete y Teruel.
El río Turia era la frontera norte de la ciudad, y aunque al otro lado
seguía su término municipal, vivir a esa orilla ya no era ser de Valencia,
sino poco menos que de la huerta. Allí, junto al Paseo de la Alameda, donde
pomposamente se dejaba ver paseando toda la pudiente sociedad de la
época, sobre todo durante la Feria de Julio, se encontraban (y allí siguen)
los cuarteles de caballería e infantería; detrás de ellos, el Cuartel de la
Guardia Civil de Algirós. Al principio de la Alameda se ubicaba el Palacio
de los Marqueses de Ripalda,13 junto con el edificio principal de lo que
había sido la exitosa Exposición Regional, trasformada luego en Feria de
Muestras. Los aun existentes chalets, denominados «de los Periodistas»,
junto a la Facultad de Medicina, constituyen un enclave especialmente sin13 Desaparecido tras la vorágine depredadora inmobiliaria, para acabar construyéndose allí uno
de los edificios más señalados en la actualidad, popularmente conocido como «La Pagoda».
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