el desarrollo del lenguaje en las primeras etapas

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Rev. Logop. Fonoaud., vol. V, n.º 1 (13-15), 1985.
EL DESARROLLO DEL LENGUAJE
EN LAS PRIMERAS ETAPAS
Por Carme Triadó
Psicóloga. Universidad de Barcelona
lenguaje es una de las actividades mas interesantes y complejas del ser humano. No sólo
es la forma principal de la comunicación humana, sino que también está íntimamente relacionado con procesos tan importantes como el pensamiento, el conocimiento, el aprendizaje y la solución de problemas (H. E. Fitzgerald y cols., 1981).
Podemos decir que en el estudio del desarrollo del
lenguaje debemos considerar los aspectos lexicogramaticales, cognitivos y sociológicos; así pues, el lenguaje es la integración de la forma, el contenido y el
uso, lo cual contempla lo lingüístico, lo cognoscitivo
y lo comunicativo (Bloom, 1978).
En el desarrollo del lenguaje infantil observamos
dos etapas: la prelingüística, llamada comúnmente
etapa del prelenguaje, y la lingüística donde se da
ya el lenguaje hablado. La primera abarca hasta los
18 meses o 2 años y la segunda a partir de esta
edad, en que el niño ya ha accedido a la función
simbólica y es capaz de unir dos palabras formando
una unidad; aquí empieza lo que podemos llamar
las primeras frases cuyo desarrollo se hará con gran
rapidez.
Durante la etapa prelingüística el niño aún no es
capaz de utilizar la lengua de su entorno, es decir,
lo que habitualmente llamamos lenguaje, pero sí es
capaz de emitir una serie de sonidos y vocalizaciones cuya evolución se da en tres fases:
E
L
Grito: Son los llantos y gemidos del recién nacido
que no ponen en funcionamiento ninguna actividad
articulatoria bien definida.
Balbuceo: Emisión de sonidos en diferentes situaciones y fuera de los momentos de llanto. Respecto
al balbuceo hay diferentes teorías. Fry (1966) considera que durante esta etapa el niño está experimentando los mecanismos de la futura habla, combinando fonación y articulación y por tanto controla su aparato articulatorio, y está asimilando el efecto acústico de hacer ciertos movimientos para, de
este modo, descubrir cómo repetir su movimiento
y así volver a obtener más o menos el mismo resultado. Otros autores como E. Lenneberg (1978), creen
que el balbuceo no tiene ninguna relación con el lenguaje posterior, es un proceso de maduración condicionado por factores motores —o del tipo que
sean— sin relación aparente con el fenómeno de
desarrollo del lenguaje. Para Lewis (1975) las primeras vocalizaciones tienen una naturaleza expresiva; el recién nacido manifiesta su malestar con gritos parecidos a vocales que varían entre e y a, generalmente nasalizadas, pronto interviene la semiconsonante u, seguida de 1, n, y finalmente aparecen
las consonantes frontales m, n. Contrastando con
estos sonidos se dan otros que expresan situaciones
de bienestar.
Hacia los seis meses aproximadamente, el niño
puede imitar los sonidos que oye a su alrededor; es
la etapa llamada de la ecolalia.
Alrededor de los doce meses el niño va adquiriendo un vocabulario, las primeras palabras
suelen ser monosílabos reduplicados, mama, papa,
tete, etc., que el refuerzo del entorno acaba convirtiendo en palabras del lenguaje infantil. Estas
Correspondencia: Carme Triadó. Facultad de Psicología. Av. de Xile, s/n. 08028 Barcelona.
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ORIGINALES
primeras palabras tienen una fuerte carga afectiva;
después serán los signos que representarán objetos,
situaciones, acciones, tendrán sentido y gracias a ellas
el lenguaje aparentemente afectivo, ganará en valor
representativo (Gregoire, 1934). La palabra «mama»,
tiene desde los diez meses aproximadamente un papel importante que se transforma en un verdadero
signo verbal, que se llamará palabra, si el lenguaje
corriente le reconoce este uso; esta palabra primero
expresa la impaciencia, después el niño dirá «mamá»
cuando se refiere a la madre.
Poco a poco entre los 12 y 18 meses, el niño
aprende el vocabulario de las cosas de su entorno, aprende a denominar y a referirse a los objetos
con un signo lingüístico, pero muchos de estos signos,
es decir, palabras, son generalizaciones (Piaget, 1977):
el niño sabe el nombre del objeto y lo generaliza a
otros que tienen características comunes, por ejemplo: dice «guagua» para nombrar el perro, pero utiliza la misma palabra (en este caso una onomatopeya) para referirse a gatos, pájaros, etc. Al mismo
aprende a denominar y a referirse a los objetos con
siderar como «palabras frase» o «holofrases», esto
significa que el niño quiere expresar algo más que
una sola palabra; el análisis de estas palabras capta
las habilidades del niño a nivel comunicativo. Dore
(1975) distingue entre «significado referencial», es
decir, la representación conceptual expresada por la
palabra, y la «propuesta del hablante» que tiene que
ver con la entonación y el contexto en que se produce. Así la palabra «papa» emitida por el niño
cuando señala la chaqueta de su padre tiene un significado comunicativo diferente que cuando el niño
la emite al llegar a casa y darse cuenta que su padre
no está.
Hacia los dos años ya podemos hablar de adquisición de la forma lingüística ya que el niño no sólo
es capaz de utilizar un vocabulario sino que combinará dos o más palabras para, muy pronto, realizar las estructuras gramaticales de su lengua.
Los precursores del contenido lingüístico se adquieren durante el periodo sensoriomotor. Durante
este periodo hay una coordinación gradual de las
acciones por medio de asimilaciones recíprocas. Desde el nivel sensoriomotor, la coordinación de las
acciones da lugar a la diferenciación sujeto-objeto y
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se orienta en dos direcciones: la primera consiste en
reunir, disociar, poner, ordenar, etc.; la segunda
consiste en aplicar a los objetos una organización
que será el punto de partida de las estructuras causales. La principal tarea consiste en seguir paso a
paso la transformación del esquema sensoriomotor
en concepto, y en considerar la socialización y la
verbalización de los esquemas como constitutivos de
una de las dimensiones solamente de esta transformación general (Piaget, 1971).
El niño accede a la función simbólica en el momento en que es capaz de representar una cosa por
otra y esto supone la existencia de un sistema de
signos simbólicos en el que el significado es representado por un significante. Al nivel sensoriomotor
corresponde el nivel preverbal en el cual el niño
coordina sus acciones y los objetos. Al nivel simbólico corresponde el nivel verbal, es decir, el lenguaje. Pero si bien es cierto que el lenguaje tiene una
función representativa, que permite el acceso al significado, es decir al contenido, no es menos cierto
que para que esta forma y contenido se desarrolle,
es necesario que el niño viva en un medio social que
le posibilite la comunicación, porque el lenguaje se
usa en situaciones sociales y es, por tanto, un instrumento para la comunicación; en este sentido nos
referimos al uso del lenguaje, es decir a la pragmática del lenguaje. Durante la etapa de los 0 a los 18
meses, si bien el niño no utiliza la forma lingüística,
sí que es capaz de establecer comunicación o intercambio con los demás mediante el llanto, mirada,
sonrisa, gestos, etc., y al mismo tiempo el adulto se
comunica con el niño; podemos decir que hay una
contribución tanto del niño como del adulto en el
proceso de socialización. El recién nacido tiene una
serie de comportamientos y el adulto se adecua a
estos comportamientos, esto pone de relieve la existencia de una estructura diádica (Bruner, 1975), que
tiene una gran importancia en el desarrollo social
del niño.
Podemos, pues, decir que el desarrollo del lenguaje tiene que ver con alguna cosa más que la adquisición de una estructura. Así, el desarrollo del lenguaje es el dominio progresivo de un potencial funcional (Halliday, 1975); esto supone un concepto de
transmisión cultural y, por tanto, implica un proceso
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de interacción entre el niño y los otros seres humanos lo que presupone la comunicación. Pero para
comunicar debe haber intento o propósito (Bruner,
1975); cuando el niño es muy pequeño, la madre o la
cuidadora atribuye intenciones comunicativas a las
expresiones de los niños ya sean gestuales o vocales;
el adulto da intenciones a las conductas del niño y, a
la vez, éste responde a las conductas del adulto;
poco a poco la intención pasa al niño, éste ha aprendido a instrumentalizar sus conductas y se va creando
una situación recíproca entre los dos. Son la intencionalidad y la reciprocidad los prerrequisitos básicos para el uso del lenguaje.
A partir del momento en que el niño puede coger
los objetos y desearlos ya no solamente expresará
sus necesidades fisiológicas, comer, placer, malestar,
etcétera, sino que requerirá objetos, preguntará, protestará, negará, etc., y para ello antes de los 18 meses usará el gesto (Triadó, 1982). El niño mirará
un objeto y lo querrá coger para jugar, mirarlo o lanzarlo al aire, pero quizá no alcance a coger el objeto
por estar demasiado alejado; en este caso mira al
adulto y señala el objeto extendiendo el brazo y el
dedo índice y el adulto se lo da. En esta situación
podemos decir que la comunicación del niño tiene
una función «instrumental». Pero quizás el niño
quiera que el adulto le guarde el objeto en una caja;
en este caso también puede valerse del gesto de indicación pero su comunicación tendrá una función de
control de la acción del otro, por lo tanto «reguladora». Tanto en un caso como en el otro el niño
usa el gesto, será más tarde cuando podrá evocar
objetos y acontecimientos ausentes cuando utilizará
la lengua hablada.
Estas reflexiones sobre el desarrollo del lenguaje
tienen sus implicaciones pedagógicas. La educación
del lenguaje debe empezar mucho antes del momento
en que se considera que el niño debe aprender la forma lingüística, ya que mediante la interacción niñoadulto y la coordinación gradual de las acciones el
niño accede al lenguaje y esto debe tenerse en cuenta
desde la más temprana infancia.
BIBLIOGRAFÍA
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Recibido: febrero de 1985.
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