introducción - Centro de Estudios Cervantinos

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José Manuel Lucía Megías, Antología de libros de caballerías castellanos (2001)
INTRODUCCIÓN
“-VERDADERAMENTE, señor cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudiciales en la república
estos que llaman libros de caballerías y, aunque he leído, llevado de un ocioso y falso gusto, casi el
principio de todos los más que hay impresos, jamás me he podido acomodar a leer ninguno del principio
al cabo, porque me parece que, cuál más, cuál menos, todos ellos son una mesma cosa, y no tiene más
éste que aquél, ni estotro que el otro”1.
Con estas palabras el canónigo de Toledo sentencia los libros de caballerías impresos
en su tiempo (recuérdese, principios del siglo XVII). En la escena se encuentran presentes el
cura, Sancho Panza y un don Quijote encantado en una jaula, camino de su aldea. Es el
capítulo XLVII de la primera parte del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
Esta idea, la del género caballeresco compuesto por una serie de textos monótonos,
idénticos en sus historias y en sus desarrollos, de los que sobresalen sólo unos títulos, por
todos conocidos y por algunos leídos y admirados (Amadís de Gaula, Palmerín de Olivia, Tirant lo
Blanc...) ha terminado por convertirse en un lugar común en la crítica de la prosa de ficción de
los Siglos de Oro.
Pero, sin duda, diversa hubiera sido la imagen de los libros de caballerías si se hubieran
tenido en cuenta otros párrafos del mismo capítulo. En un momento determinado, el
canónigo no puede dejar de admirarse de que alguien pueda creer que sea verdad lo que los
libros de caballerías cuentan, demostrando una lectura más atenta de la que habría confesado
en primer encuentro:
Y ¿cómo es posible que haya entendimiento humano que se dé a entender que ha habido en el
mundo aquella infinidad de Amadises, y aquella turbamulta de tanto famoso caballero, tanto
emperador de Trapisonda, tanto F[e]lixmarte de Hircania, tanto palafrén, tanta doncella
andante, tantas sierpes, tantos endriagos, tantos gigantes, tantas inauditas aventuras, tanto género
de encantamentos, tantas batallas, tantos desaforados encuentros, tanta bizarría de trajes, tantas
princesas enamoradas, tantos escuderos condes, tantos enanos graciosos, tanto billete, tanto
requiebro, tantas mujeres valientes y, finalmente, tantos y tan disparatados casos como los libros de
caballerías contienen?
Y ello puede encontrarse en los libros de caballerías castellanos, en un género que se
mueve a lo largo de dos siglos entre el didactismo y el entretenimiento.
Pero volvamos a los lectores de los libros de caballería. Sólo una persona, después del
hidalgo de La Mancha, se ha propuesto el reto de conocer y leer todos los libros de caballerías
castellanos: el reverendo John Bowle (1725-1788). El primero, en sus ratos de ocio; y el
segundo, como un medio de conocer hasta la extenuación cada palabra, cada referencia del
Quijote. El primero vendió gran parte de su hacienda para comprar sus libros (que luego serían
en su mayor parte quemados, como todos sabemos); el segundo, lo consiguió (que no del
todo) gracias a sus esfuerzos y a la biblioteca de Thomas Percy.
Otros factores han venido a potenciar este lugar común (“son todos iguales”) de la
crítica de los libros de caballerías castellanos, como es la complejidad de concretar el corpus
caballeresco (formado por más de setenta títulos), la extensión de los textos, sin olvidar la
1
Las citas del Quijote remiten a la edición del Centro de Estudios Cervantinos realizada por Florencio Sevilla y
Antonio Rey Hazas.
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José Manuel Lucía Megías, Antología de libros de caballerías castellanos (2001)
inexistencia de ediciones modernas2, lo que obliga a la lectura de los mismos en ediciones
antiguas o en testimonios manuscritos, con la consiguiente dificultad de su localización, ya que
algunos sólo se conocen gracias a ejemplares dispersos en varias bibliotecas de todo el
mundo3. Y con la tan citada frase “son todos iguales” se ha sentenciado un género con casi
dos siglos de vida, compuesto por casi setenta títulos diferentes, de los que se hicieron decenas
de ediciones durante los siglos XVI y XVII, y se imprimieron miles de ejemplares, difundidos
por toda Europa y América; género que es una de las columnas vertebrales de la industria
editorial hispánica en el XVI (en especial para algunos talleres, como los de la dinastía de los
Cromberger en Sevilla) y que conforma la base del imaginario de la ficción en español (cuando
lo español se convirtió en el modelo cultural y literario de la Europa de su tiempo) y del
nacimiento de la novela moderna
Por este motivo, se hacía necesario una antología del corpus completo de los libros de
caballerías castellanos de los que, hasta hoy, tenemos noticia; una antología que huyera de los
episodios más conocidos4 y de las obras más citadas, para intentar ofrecer, aunque sólo de un
modo general por falta de espacio, la riqueza de matices de un género al que se han acercado
escritores de muy diferente calidad con intenciones también diversas; un género que ha sabido
apoyarse y utilizar elementos propios de otros géneros narrativos triunfantes, como la ficción
pastoril o la ficción sentimental; un género que fue capaz de crear una literatura de
entretenimiento, que culminará con el Quijote y, de la que, en el fondo, somos todavía hoy
deudores.
Muchos aspectos se repetirán en sus páginas, algunos de ellos de un modo tópico
(combates bélicos y amorosos, ritos de investidura, victorias sobre el mal), pero también es
cierto que en todos ellos aparecen otras voces, otros matices, otros detalles, dignos también de
ser tenidos en cuenta; los únicos que explican su éxito, más allá de cualquier geografía y de
cualquier cronología. O al menos, esa ha sido el norte a la hora de confeccionar esta antología.
Don Quijote y su autor lucharon contra la caterva de los malos libros de caballerías,
contra aquellos libros, impresos y manuscritos, que se leían y escribían a finales del siglo XVI y
principios del XVII. Pero Cervantes escribió con su Ingenioso Hidalgo un libro de caballerías de
entretenimiento, un libro de caballerías que, como Los cuatro libros de Amadís de Gaula, según la
reelaboración de Garci Rodríguez de Montalvo, pudiera ser origen de una restauración del
género caballeresco. En este sentido, la crítica cervantina estaría dirigida contra los “malos
libros de caballerías” y no contra el género caballeresco, al que el canónigo de Toledo defiende
con vehemencia en las últimas palabras de su intervención:
2
En este sentido, en 1997 comenzó su andadura los Libros de Rocinante del Centro de Estudios Cervantinos
(Alcalá de Henares), colección dirigida por Carlos Alvar y José Manuel Lucía Megías que pretende editar el
corpus completo de los libros de caballerías castellanos; hasta la fecha se han publicado los siguientes
volúmenes: [1] Platir (por Mª Carmen Marín Pina), [2] Flor de caballerías (por José Manuel Lucía Megías), [3]
Primaleón (por Mª Carmen Marín Pina), [4] Felixmarte de Hircania (por Rosario Aguilar), [5] Tristán de Leonís (por
Luzdivina Cuesta Torre), [6] Tercera parte de Florisel de Niquea (por Javier Martín Lalanda), [7] Arderique (por
Dorothy A. Carpenter) y [8] Segunda parte de Clarián de Landanís (por Javier Guijarro). Para la difusión del
género caballeresco también se ha abierto en el Centro de Estudios Cervantinos una colección titulada Guía de
lectura caballeresca (véase Bibliografía).
3 La Bibliografía de los libros de caballerías castellanos de Daniel Eisenberg y Mª Carmen Marín Pina (Zaragoza,
Prensas Universitarias, 2000) ofrece un catálogo de todos los testimonios manuscritos e impresos
conservados de todas las ediciones conocidas de las mismas.
4 No deja de ser un error metodológico la comparación sistemática del Amadís de Gaula, un texto refundido de
un original medieval que conocemos gracias a una edición de 1508, con el Quijote, escrito un siglo más tarde.
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José Manuel Lucía Megías, Antología de libros de caballerías castellanos (2001)
-Y siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere
posible a la verdad, sin duda compondrá una tela de varios y hermosos lazos tejida, que, después de
acabada, tal perfeción y hermosura muestre que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que
es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. Porque la escritura desatada d’estos libros da
lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que
encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria; que la épica también
puede escrebirse en prosa como en verso.
La Antología de libros de caballerías castellanos pretende acercar un poco de luz, más allá de
los textos particulares, a un género, el caballeresco, que, aún hoy, sigue siendo una de las
asignaturas pendientes de la filología; uno de los géneros castellanos que más repercusión ha
tenido en toda Europa, y que ha sido, en el fondo, el que ha hecho posible el nacimiento de la
narrativa moderna.
Aquí se encontrarán emperadores justos, reyes traicionados, caballeros valientes,
damas guerreras, hermosas doncellas, aventuras fantásticas, monstruos horribles, espadas
encantadas, gigantes invencibles, trajes riquísimos, ciudades encantadas; pero también consejos
prácticos (de cómo las mujeres han de tener los dientes blancos) y normas de conducta
cortesana, discursos didácticos y excursos moralizantes. Y algunos de ellos escritos en un estilo
más apacible que otro, demostrando unos más invención que otros, pero siempre dando
cabida a lo lírico y a lo épico, a lo cómico y a lo trágico: risas y lágrimas, sonetos y arengas se
dan cita en las páginas de esta Antología de los libros de caballerías castellanos; se dan cita en el
género caballeresco.
DE LOS TÍTULOS QUE ENTRARON A FORMAR PARTE DE LA ANTOLOGÍA
REFLEXIÓN SOBRE EL GÉNERO EDITORIAL CABALLERESCO)
(CON
UNA
LOS LIBROS DE CABALLERÍAS CASTELLANOS, desde el Amadís de Gaula refundido por Garci
Rodríguez de Montalvo (seguramente a finales del siglo XV: nº 2) hasta la Tercerca y cuarta parte
de Espejo de príncipes y caballeros (nº 34), último libro de caballerías en folio impreso en la
Zaragoza de 1623, sin olvidar algunos libros de caballerías posteriores a esta fecha, como la
Quinta parte del mismo texto (nº 35), constituyen el género de ficción más complejo, por su
geografía, por su cronología, por sus diferentes registros y múltiples influencias, de las letras
castellanas. La conciencia que se tenía en su época de la existencia de un género caballeresco
determinado está fuera de dudas... sólo hay que hablar del “linaje de Amadís” para que el
lector (u oidor) coetáneo supiera ante qué texto se va a encontrar5; y esto mismo sucede con
los grabados de las portadas, con determinadas palabras en el título, codificadas por los usos
de la imprenta (esforçado, por ejemplo) o por el propio tamaño de los libros. Marcas externas
que se complementan con otras textuales, por todos conocidas: desde el escrutinio de la
biblioteca del hidalgo Quijana (o Quexana), al sueño del prólogo del Olivante de Laura (nº 56),
desde el enfrentamiento de Belinflor (nº 40) a las pinturas en la Casa del Amor en el Felixmarte
de Hircania (nº 38).
Pero el problema de establecer un corpus de los libros de caballerías castellanos no
radica tanto en los mínimos como en los máximos; o en otras palabras, ¿qué criterio utilizar a
5
No hay que decir más en una crítica, moralista o literaria, a los mismos para que todos los libros que forman
parte del género fueran incluidos; varios ejemplos pueden encontrarse en el volumen de Elisabetta Sarmati, Le
critiche ai libri di cavalleria nel Cinquecento spagnolo (con uno sguardo sul seicento). Un'analisi testuale, Pisa, Giardini Editori,
1996.
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la hora de delimitar un corpus, que pretenda ser completo, de los libros de caballerías
castellanos? ¿Uno o varios criterios? En el caso de los textos de los siglos XVI y XVII, el corpus
puede ampliarse a límites casi inabarcables, en donde las fronteras no siempre quedan claras,
ni para nuestra comprensión actual ni para la realidad de su época. No hemos de olvidar que
durante el siglo XVI el arte de imprimir (es decir, de difundir la letra escrita) se convierte en una
industria del imprimir (es decir, de ganar dinero a partir de la letra escrita), por lo que un
nuevo factor (el de las estrategias editoriales y empresariales) puede afectar la creación y
difusión de los textos. Tampoco olvidemos que este cambio (el del arte a la industria) en
tierras castellanas tiene un protagonista: los libros de caballerías. De este modo, a la hora de
realizar un acercamiento al corpus caballeresco durante los Siglos de Oro, es necesario tener en
cuenta tanto factores internos (narratológios y literarios) como externos; en otras palabras: es
necesario tener en cuenta tanto el texto (literatura) como el libro (industria).
Los criterios que, de manera mayoritaria, se han utilizado para la delimitación del
corpus de los libros de caballerías castellanos se han basado exclusivamente en aspectos
internos: el contenido de los mismos (lo que permite además establecer una clasificación de
los libros que forman parte del género) o su naturaleza de texto original o texto traducido6.
Pascual de Gayangos en su Catálogo razonado de los libros de caballerías que hay en lengua
castellana ó portuguesa hasta el año 1800 (Madrid, 1857) realizó la que puede ser considerada,
incluso hoy en día, la más ambiciosa de las clasificaciones realizadas de los libros de caballerías.
El único criterio que utilizó es el del contenido, basado en el “origen” de los textos objeto de
estudio, como así indicó en su introducción:
Para tratar de estos libros con el debido órden, convendrá dividirlos en tres grandes ciclos: el bretón, el
carlovingio y el greco-asiático. Los dos primeros son, con alguna ligera excepción, exclusivamente
franceses; y el tercero fué engendrado en la Península por la brillante imaginación de nuestros escritores.
A este último habrá necesariamente de agregarse otra multitud de libros, así en prosa como en verso
que, estrictamente hablando, no son más que una modificación del género, como son la novelacaballeresca-sentimental, los libros de caballerías morales ó á lo divino, los que están fundados sobre la
historia de España, y por último, las bellísimas epopeyas caballerescas traducidas ó imitadas del
italiano (1874: VI).
De acuerdo con este criterio, los títulos (y sus caballeros) irán situándose en las
siguientes casillas:
[1] Ciclo bretón: Merlín y sus profecías, El libro del Baladro, La Demanda del Santo Greal,
Lanzarote del Lago, Tristán de Leonís y Tristán el Joven, Tablante de Ricamonte y Jofré, hijo del
conde don Ason, Sagramor y segunda Tabla Redonda.
[2] Ciclo carlovingio: Crónica fabulosa del arzobispo Turpin, Carlomagno y sus doce pares,
Segunda parte, Tercera parte, Espejo de caballerías, Guarino Mesquino, Morgante, Renaldos de
Montalbán.
6
Además de los dos ejemplos que comentamos, hay que recordar la clasificación de Juan Ignacio Ferreras “La
materia castellana en los libros de caballerías Hacia una nueva clasificación”, Philologica Hispaniensia in honorem
Manuel Alvar, tomo III: Literatura, Madrid, Gredos, 1986, pp. 121-141), que amplía los límites cronológicos y
lingüísticos ya que presta su atención también a obras compuestas y difundidas exclusivamente en la Edad Media y
a textos escritos en portugués.
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[3] Ciclo Greco-Asiático
[3.1] Sección primera: los Amadises [...].
[3.2] Sección II: Los Palmerines: Palmerín de Oliva, Primaleón, Polindo, Platir,
Flotir, Palmerín de Inglaterra, Don Duardos II de Bretanha, Don Clarisel de Bretanha.
[3.3] Sección II: Libros independientes de las dos séries anteriores: Arderique,
Belianís de Grecia, Belindo, Caballero de la Luna, Caballero de la Rosa, Cifar,
Cirongilio de Tracia, Clarián de Landanís, Claribalte, Claridoro de España,
Clarimundo, Clarindo de Grecia, Clarisel de las Flores, Cristalián de España,
Dominiscaldo, Caballero del Febo, Febo el Troyano, Felix Magno, Felixmarte de
Hircania, Floramenta de Colonia, Florambel de Lucea, Florando de Inglaterra, Florimon,
Floriseo, Gellio el Caballero, Leon Flos de Tracia, Leonis de Grecia, Lepolemo, Lidaman
de Ganail, Lidamante de Armenia, Lidamor de Escocia, Lucidante de Tracia, Lucidoro,
Marsindo, Olivante de Laura, Oliveros y Artus, Philesbian de Candaria, Policisne de
Boecia, Polindo, Polisman, Reymundo de Grecia, Tirante el Blanco, Valeriano de
Hungría, Valfloran.
[4] Historias y novelas caballerescas
[5] Libros caballerescos fundados en asuntos históricos, principalmente españoles
[6] Traducciones e imitaciones del Orlando y otros poemas caballerescos en
castellano.
Por otro lado, en la reciente, e imprescindible, Bibliografía de los libros de caballerías
castellanos de Daniel Eisenberg y Mª Carmen Marín Pina (Zaragoza, Prensas Universitarias de
Zaragoza, 2000) se considera un criterio diferenciador el ser escrito originalmente en español
o ser una traducción (del francés, del italiano, del portugués o del catalán). Por este motivo,
quedan fuera de la antología el Tirante el Blanco (nº 69), los dos primeros libros de Espejo de
caballerías (nº 29 y 30), el ciclo de Renaldos de Montalbán (nº 65-67), Palmerín de Inglaterra (nº 57),
Morgante (nº 55), Guarino Mezquino (nº 47) o Arderique (nº 12). Pero muchos de ellos aparecen
en la biblioteca del hidalgo Quijana dentro del grupo de los libros de caballerías, así como
también en otros textos coetáneos.
Todas estas obras aparecen en nuestra antología; de la misma manera que algunos de
los textos analizados por Pascual de Gayangos no han encontrado un hueco en nuestras
páginas, ¿por qué razón? ¿Qué criterio o criterios hemos utilizado para establecer el corpus de
los libros de caballerías castellanos?
Frente a los citados criterios de clasificación que, sin duda, son los que han marcado y
marcan la comprensión de un género tan complejo como el de los libros de caballerías
castellanos7, puede resultar más esclarecedor tener en cuenta esa doble naturaleza del libro de
caballerías antes indicada (texto y libro, es decir, mensaje y canal), y que se ha denominado género
editorial8. Este fue el criterio que utilicé para establecer el corpus de mi Imprenta y libros de
caballerías (Madrid, Ollero & Ramos, 2000), y el que he seguido a la hora de concretar los
títulos que formarán parte de esta antología, con algunas modificaciones.
7
Está todavía por hacer una clasificación y bibliografía de las traducciones de los libros de caballerías
castellanos durante los siglos XVI y XVII. Sin duda, las traducciones mejores conocidas son las francesas del
Amadís de Gaula, ya que se consideran como muestra de la prosa francesa durante el siglo XVI. Sobre este
asunto concreto, véase Les “Amadis” en France au XVIe siécle, París, Éditions rue d’Ulm, 2000.
8 Véase Víctor Infantes, “La prosa de ficción renacentista: entre los géneros literarios y el género editorial”, Journal of
Hispanic Philology, 13 (1989), pp. 115-124). [publicado también en Antonio Vilanova (ed.), Actas del X Congreso de la
Asociación Internacional de Hispanistas (Barcelona, 21-26 de agosto de 1989), Barcelona, PPU, 1992, tomo I, pp. 467-474.
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José Manuel Lucía Megías, Antología de libros de caballerías castellanos (2001)
¿Qué se quiere decir cuando se habla de género editorial? En el género editorial se
engloban tanto las características internas que hacen posible que una serie de textos
compartan una unidad genérica literaria, como aquellas externas que marcan vinculaciones
(tipográficas e iconográficas) entre ellas. En otras palabras, el género editorial abarca tanto al
lector (relacionado con el texto) como al comprador (relacionado con el libro), y todo ello gracias a
unas determinadas expectativas de recepción, muy codificadas y (re)conocidas por todos, que
pueden ser utilizadas por los libreros o impresores para hacer más atractivos sus productos9.
De esta manera, no debe extrañar que el canónigo o el barbero cuando entran en la biblioteca
del “ingenioso” hidalgo vayan primero a los libros de cuerpo “grande”: ¡estos son los de
caballerías! Cuando los hayan visto todos, pasarán a otro género editorial, el pastoril, de un
tamaño menor, gracias al que el cura puede decir: “Estos no deben de ser de caballerías, sino
de poesía”.
De este modo, a la hora de establecer el corpus de los libros de caballerías
castellanos hemos tenido en cuenta dos criterios: el interno (textos extensos, escritos en
prosa, en donde se relatan las aventuras de varios caballeros, con una estructura narrativa
compleja, dividido en libros y partes, y con un final abierto en la mayoría de los casos)10 así
como el externo (libros en formato folio, a dos columnas, con un grabado en portada normalmente representando un caballero jinete-, y un título en donde se especifican
aquellos elementos -bélicos, amorosos, didácticos, maravillosos o humorísticos- que
pretende cubrir unas determinadas expectativas del receptor).
Por este motivo, quedan fuera del corpus de los libros de caballerías castellanos, los
textos que conforman otro género editorial: el conocido como historias caballerescas, libros en
formato cuarto, de poca extensión que difunden textos sencillos de materia caballeresca,
muchos de ellos de origen medieval11. El corpus del género editorial de las historias
caballerescas ha sido concretado por su editora, Nieves Baranda (Madrid, Turner, 1995), en
los siguientes títulos: Corónica del Cid Ruy Díaz, Historia de Enrique fijo de doña Oliva, La historia
de los nobles cavalleros Oliveros de Castilla y Artús d’Algarbe, Libro del conde Partinuplés, Historia de la
reina Sebilla, La crónica del noble caballero el conde Fernán Gonçáles, La espantosa y admirable vida de
Roberto el Diablo, Libro del rey Canamor, La historia de los dos enamorados Flores y Blancaflor, La
corónica de los nobles caballeros Tablante de Ricamonte y de Joafré, La historia de la linda Melosina, La
Poncella de Francia, Historia del emperador Carlo Magno y de los doze pares de Francia, Historia del
caballero Clamades y La historia del noble cavallero París y de la donzella Viana. A este corpus, a
pesar de sus diferencias -especialmente literarias- habría que incluir el Rosián de Castilla de
9 Como crónicas que aparecen con el disfraz de un libro de caballerías, gracias a su grabado de portada y
determinadas palabras en su título, como así sucedió con la edición de La historia del emperador Carlomagno y de los
doce pares de Francia τ dela cruda batalla que vuo Oliueros con Fierabras Rey de Alexandria hijo del grande almirante balan, que
Jacobo Cromberger temina de imprimir el 24 de abril de 1521 en su taller sevillano y que, para aprovecharse del
éxito comercial de sus ediciones caballerescas, arropa con los ropajes externos de un libro de caballerías, dejándole
en formato folio, con sólo 46 folios.
10 Por este motivo, hemos dejado fuera del corpus dos textos que por su vinculación a modelos medievales
(Crónica del cavallero Zifar) o a modelos estructurales propios de obras más breves (Oliveros de Castilla) no
comparten las características internas antes mencionadas. El hecho de que ambos textos, en Burgos y en
Sevilla, en 1499 y en 1512 respectivamente, se publiquen con las características externas de los libros de
caballerías castellanos, ha de ser entendido como una estrategia editorial de ofrecer, con las vestiduras
caballerescas, textos que sólo marginalmente lo son, justo en un momento de una gran demanda de nuevos
libros de caballerías.
11 Víctor Infantes y Nieves Baranda anuncian para este año la publicación de una Bibliografía de este género
editorial en la que llevan trabajando hace tiempo.
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Joaquín Romero de Cepeda (Lisboa, Marcos Borges, 1586), ya que comparte todas las
características externas de este género editorial.
Por su parte, las traducciones, teniendo en cuenta los dos criterios antes indicados,
forman parte, con todo derecho, del corpus del género editorial de los libros de caballerías
castellano. Son libros que han sido editados compartiendo unas determinadas
características externas y que fueron recibido en su época al mismo nivel que los textos
“originales”, ya que todos ellos van a compartir el tópico de la “traducción”12; unos desde la
“falsedad” (los textos originales) y otros desde la realidad (las traducciones).
En el escrutinio de la biblioteca del hidalgo Quijano, tantas veces indicado, aparece
junto al libro de Amadís de Gaula, de Belianís de Grecia o de Olivante de Laura, el Tirante el
Blanco o el Palmerín de Inglaterra, sin hacer en ningún momento alusión a su naturaleza; una
naturaleza particular, la de la traducción, que en su realidad comparte espacio con la ficción
del resto de los textos caballerescos. Una vez más, dentro del género caballeresco, realidad
y ficción se dan la mano, se confunden en un abrazo. Éstos títulos, como los Espejos de
caballerías, Guarino Mezquino, Morgante o el ciclo de Renaldos de Montalbán merecen, tanto por
sus características internas como externas, formar parte, de pleno derecho, del corpus del
género editorial de los libros de caballerías castellanos.
Por otro lado, la Antología de libros de caballerías castellanos pretende ser completa, por
lo que se han incluido también los libros de caballerías manuscritos13; textos que, al margen
de la difusión de la imprenta, se convierten a partir de finales del siglo XVI en el medio de
supervivencia del género caballeresco. La más de una veintena de títulos (los que hoy
conocemos)14, que van desde algunos de principios del siglo XVI (Adramón [nº 1] y Marsindo
[nº 53]), a los que no llegaron nunca a imprimirse por problemas económicos (Tercera parte
de Florambel de Lucea [nº 42]) a mediados de la centuria, hasta otros que podemos fechar con
posterioridad a 1623 (Quinta parte de Espejo de príncipes y caballeros [nº 35]); todos ellos
muestran cómo el género caballeresco pervive, y con salud, más allá de los últimos textos
originales impresos (el Policisne de Boecia en 1602 [nº 62]) e, incluso, más allá de la
publicación de las dos partes del Quijote.
Los libros de caballerías manuscritos han abierto un nuevo campo de estudio que la
crítica, desde una lectura parcial de las últimas líneas de la primera y la segunda parte del
Quijote, no había querido transitar: el de la supervivencia de los textos caballerescos cuando
su canal de difusión habitual (la imprenta) no puede asumir el coste económico de su
realización (por causas externas -estructurales, que se diría hoy en día-, antes que literarias).
De este modo, a finales del siglo XVI y principios del XVII se va a producir una
transformación del género caballeresco (entendido éste como simbiosis entre texto y libro),
en donde el texto no puede valerse de la imprenta para su difusión; pero no es el momento
de la muerte sino del cambio: algunos lo harán utilizando un medio de difusión activo
12
Véase Mª Carmen Marín Pina, "El tópico de la falsa traducción en los libros de caballerías españoles", en
María Isabel Toro (eda.), Actas del III Congreso de la AHLM (Salamanca, 1989), Salamanca, Universidad,
1994, tomo I, pp. 541-548.
13
Comencé a estudiarlos como objeto de estudio caballeresco en 1994 en un Curso de la
Universidad Menéndez Pelayo en Cuenca, dirigido por el profesor Carlos Alvar, cuyos
primeros resultados se publicaron en 1996: "Libros de caballerías manuscritos", Voz y Letra,
VII/II, pp. 61-125.
14
Víctor Infantes me informa, sin más detalles, del descubrimiento de un nuevo libro de caballerías
manuscrito; como hace unos años me indicó la existencia del Selva de Cavalarías (nº 68) en la Biblioteca
Nacional de Lisboa. El corpus, como se ve, está abierto a la espera de nuevos descubrimientos.
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todavía en los Siglos de Oro como es el manuscrito15; en otros, acercándose a los nuevos
géneros editoriales de éxito a principios del siglo XVII. Si a mediados del XVI, algunas
crónicas se “disfrazan” de libros de caballerías en su forma externa como una estrategia
editorial, ¿por qué no lo iba a hacer también Don Quijote de la Mancha para aprovecharse del
éxito del Guzmán de Alfarache? Las mismas estrategias editoriales, la misma voluntad de
inteligentes libreros o impresores (Francisco de Robles y Jacobo Cromberger) para
conseguir ganancias con esta industria que se llama imprenta.
En la presente Antología de libros de caballerías castellanos hemos querido recoger, por
primera vez, el corpus completo de los libros de caballerías castellanos, de los que hasta
hoy se tienen noticia. La labor ha sido larga (y fruto de varios años de trabajo), pero
también somos conscientes de que todavía queda mucho por hacer, muchos textos por
descubrir... que mañana mismo (así lo esperamos) esta antología no podrá decirse
completa, ya que faltará algún nuevo texto descubierto recientemente. No ha de olvidarse
que tenemos constancia de títulos de ediciones caballerescas, de los que, hasta hoy, no
hemos conservado ningún ejemplar, como:
1. Caballero de la Rosa, Valencia, A costa de G. Trincher, 1526 (perteneció al Duque
de Calabria)
2. Leoneo de Hungría, Toledo, 1520 (perteneció a Fernando Colón)
3. Leonís de Grecia (perteneció al Duque de Calabria)
4. Lucidante de Tracia, Salamanca, ¿Juan de Junta?, 1534 (perteneció a Fernando
Colón)
5. Taurismundo, Lisboa, Diego de Cibdad, 1549 (perteneció al Conde de
Gondomar)
No es de extrañar que en los próximos años alguno de estos títulos (y otros
diferentes) puedan formar parte de una antología similar a la nuestra al encontrarse algún
ejemplar que hoy consideramos perdidos. Lidamor de Escocia (nº 52) o Philesbián de Candaria
(nº 61), por recordar algún ejemplo, se han conservado en un único ejemplar, y durante
muchos años se consideraron perdidos.
¿Y qué decir de los libros de caballerías manuscritos que quizá se escribieron pero
que, al menos al día de hoy, no tenemos noticia de que se hayan conservado, como
Florisdoro de Grecia, del que confiesa el morisco Román Ramírez que tiene escrito una buena
parte, o el libro que Santa Teresa y su hermano Rodrigo escribieron siendo niño, según lo
relata el Padre Francisco de Ribera en su Vida de Santa Teresa de Jesús de 1590, sin olvidar los
folios que tenía ya escrito el canónigo cervantino, sin olvidar que de algunos de los títulos
de la antología sólo hemos conservado unos folios sueltos (Clarís de Trapisonda, nº 26) o
continuaciones (El caballero de la Luna, nº 17)? En su mayoría, los libros de caballerías
manuscritos se han conservado en un único testimonio manuscrito, muchos de ellos
descubiertos y dados a conocer en los últimos diez años. En los próximos años, la nómina
de nuevos textos puede crecer significativamente.
Como Apéndice se han incluido una serie de textos medievales vinculados a la ficción
caballeresca. Del conjunto de los textos medievales vinculados al universo de la caballería,
desde los textos legales o doctrinales (las Siete partidas de Alfonso X, o las obras de don Juan
15
Incluso, en algunos casos, se documenta en deseo de imitar por medio de la pluma los modelos editoriales
de la imprenta, como en el manuscrito conservado en la Real Biblioteca de Madrid que ha transmitido Flor de
caballerías (nº 40).
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José Manuel Lucía Megías, Antología de libros de caballerías castellanos (2001)
Manuel, Cartagena o el Marqués de Santillana)16 a obras de ficción como el Libro del cavallero
Zifar, la Leyenda del Caballero del Cisne o la Estoria del rey Guillelme de Inglaterra17, sólo se han
seleccionado fragmentos de los textos vinculados a la materia de Bretaña, ya porque sean
herederos directos de la misma (Amadís de Gaula [nº I]), o traducciones de sus tres grandes
ciclos: la Vulgata (nº V.a), la Postvulgata (nº II, III, IV y V.b) y la tristaniana (nº VII). En este caso, el
ms. 1877 de la Biblioteca Universitaria de Salamanca se muestra especialmente conflictivo: si
por un lado, los fragmentos allí incorporados (Libro de Josep Abarimatía, Estoria de Merlín y
Lançarote del Lago) pertenecen a una rama de la Postvulgata francesa, por otro, dentro de la
compilación, adquieren un nuevo sentido, alejado del universo caballeresco. Por este motivo,
se ha primado el relato de los orígenes del grial y de la institución de la eucaristía, elementos
esenciales para la comprensión de la Demanda del Santo Grial.
Por su parte, dada la reescritura que Garci Rodríguez de Montalvo lleva a cabo del
texto medieval del Amadís (nº 2), se ha considerado pertinente diferenciar en este caso entre
el texto medieval y el renacentista; no así con el del Tristán, o el Baladro del sabio Merlín o la
Demanda del Santo Grial, que, a pesar de ser conocidas gracias a impresiones incunables o de
los primeros años del siglo XVI, no han sufrido una transformación textual comparable.
Cada uno de los textos se han estructurado de la manera siguiente:
a) Una cabecera, en donde, junto a los datos bibliográficos de cada uno de ellos, se
indica el responsable de la edición.
b) En “Testimonios conservados”, se indican sólo las ediciones, o los testimonios
manuscritos. En la reciente Bibliografía de los libros de caballerías castellanos de Daniel Eisenberg
y Mª Carmen Marín Pina (2000), se indican los ejemplares conservados de cada una de
ellas, por lo que no hemos creído conveniente aumentar el volumen de la Antología
incluyendo este dato.
c) Se acompaña cada texto de una escueta bibliografía, en donde se indica su
número en las bibliografía de los profesores Eisenberg y Marín Pina, antes indicada (en el
caso de que aparezca), la edición moderna existente o la más recomendada (en el caso, muy
extraño, de existir varias ediciones de un mismo texto), y una serie de estudios básicos que
se hayan acercado a la obra, primando, sobre los textos clásicos, los análisis más modernos.
DE LOS CRITERIOS DE EDICIÓN UTILIZADOS (CON UN AGRADECIMIENTO FINAL)
PARA LA REALIZACIÓN de la Antología de los libros de caballerías castellanos hemos seguido los
criterios de edición de la colección los Libros de Rocinante del Centro de Estudios Cervantinos
(Alcalá de Henares). Criterios que han sido elaborados al margen de las dos posturas que, al
parecer, se encuentran enfrentadas a la hora de editar textos de los Siglos de Oro: la
“conservadora” frente a la “modernizadora”. Sí que se han tenido en cuenta dos principios
metodológicos defendidos por José Antonio Pascual y Pedro Sánchez-Prieto Borja, que
ponen algo de luz a un campo extremadamente oscuro por poco transitado: por un lado, se
considera que la disputa (o discusión) antes indicada a la hora de editar textos renacentistas
no debe plantearse tanto en si se debe modernizar o no un texto “sino en proporcionar al
16 Una excelente antología de los mismos puede consultarse en Carlos Heush, La caballería castellana en la baja
edad media. Textos y contextos, con la colaboración de Jesús Rodríguez Velasco, Montpellier, Universitè de
Montpellier, III, 2000.
17 En su gran mayoría aparecen en la antología de José María Viña Liste, Textos medievales de caballerías, Madrid,
Cátedra, 1993.
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José Manuel Lucía Megías, Antología de libros de caballerías castellanos (2001)
lector un texto susceptible de ser comprendido de la mejor manera posible” 18; y por otro,
“el principio que debería guiar toda propuesta es el de la coherencia de las soluciones en
distintos planos. Si el editor introduce puntuación para reflejar la sintaxis del texto, para
que éste sea comprensible, por la misma razón deberá acentuar discriminatoriamente,
intervenir en la ‘unión y separación de palabras’ con criterio lexicográfico, o discriminar las
grafías por su valor fonético, de acuerdo con la lexicología. Los criterios de presentación se
constituyen así como un todo indivisible en el que cada decisión exige otras decisiones” 19.
De este modo, y con la doble intención de presentar un texto que sea entendido de
la mejor manera por el lector moderno (en otras palabras, en donde se establezca la misma
relación con la forma gráfica de las palabras que tuvieron los lectores de su época), y desde
la coherencia de las soluciones adoptadas, se han seguido los siguientes criterios a la hora
de editar los textos:
1. Grafías
• u, v, b. Se usa la grafía u para el valor vocálico, frente a v, para el consonántico (cauallo cavallo, avn aun). Por su lado, se mantiene el uso de v y b según las lecturas que se
documenten en el texto base utilizado para la realización de la edición.
• i, j, y. Del mismo modo, se usa la grafía i para el valor vocálico (incluso en el caso de
contextos semivocálicos, en donde suele aparecer la grafía y: cuydar cuidar), mientras que
j se reserva para el consonántico prepalatal. Por su parte, se reserva el uso de y para: [1] la
posición final absoluta de palabra (muy, rey), [2] la conjunción copulativa, en el caso de
documentarse, y [3] el valor consonántico mediopalatal (cuio cuyo).
• Se respeta el consonantismo del texto base, incluso en sus alternancias, como en el
empleo de nasal -m- o -n- ante bilabial -p-, -b- (enperador / emperador), así como la ausencia o
presencia de h. Sólo se llevan a cabo algunas intervenciones, que se concreta en las
siguientes:
• Digrama qu-. Se mantiene la grafía qu- ante las vocales e/i (que, quien, quince...), pero se
ha de transcribir como c (/k/) seguido de a/o/u, aunque sea tónico (quando cuando,
qual cual).
• r, rr. Se usa r tanto al inicio de palabra como tras consonante (Razon, rrazon razón,
onrra onra). Por otro lado, se utiliza la grafía rr para todos aquellos contextos de la
vibrante múltiple: es habitual que el reparto de los valores de las grafías r y rr venga
determinado más por el contexto que por el dibujo de las mismas. De este modo, no
se considera un error por omisión la presencia de r como valor de vibrante múltiple, y
se deberá normalizar su grafía según su valor fonético, identidad que sí que posee para
el lector actual (tiera tierra). Lo mismo sucede para posibles errores tipográficos del
componedor, al que no debe otorgársele (siempre) un papel activo en la transmisión
de los textos.
• c, ç. Se prefiere el uso de c ante e, i (çielo cielo), mientras que la ç se debe mantener (o
restituir) ante a,o,u, para distinguirse de la oclusiva velar (cabeça, cabeca cabeça).
18
“La edición crítica de los textos del Siglo de Oro: de nuevo sobre su modernización gráfica”, Estado actual de
los estudios sobre el Siglo de Oro (Actas del II Congreso Internacional d Hispanistas del Siglo de Oro), ed. por Manuel García
Martín, Ignacio Arellano, Javier Blasco y Marc Vits, Salamanca, Universidad, 1988, pp. 37-57; cita. p. 47.
19 Cómo editar los textos medievales, Madrid, Arco/Libros, 1998, pp. 104-105.
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José Manuel Lucía Megías, Antología de libros de caballerías castellanos (2001)
• -s-, -ss- / j, x. Se debe mantener la alternancia que aparece en el texto base del
reparto entre –s- / –ss- y de j / x, aunque hemos de tener en cuenta que la distinción
entre sorda y sonora en una de las primeras de perderse en la fonología del castellano
medieval.
• Grupos cultos. A pesar de las peculiaridades (desde la connotación latinizante o el
ropaje arcaico) que presentan en diferentes textos (y contextos culturales) a lo largo del
siglo XVI, se prefieren las siguientes normalizaciones que se basan en el principio antes
indicado de la necesidad de ser coherentes en todas las decisiones de presentación
gráfica de los textos de nuestra colección; de este modo, no podemos aceptar
normalizar el uso de u/v (por poner sólo un ejemplo), y en cambio mantener los
grupos cultos por apego a una tradición crítica que los entiende (sin un verdadero
análisis diacrónico) como ejemplos de influencia o connotación latinizante: [1] la letra
ch se reserva para su valor palatal, por lo que el grupo culto ch debe ser sustituido por
las grafías que representan el sonido velar (/k/) (charidad caridad, Achiles Aquiles);
[2] el grupo culto th- se reduce a la dental t (thesoro tesoro, Matheo Mateo); [3] el
grupo culto ph- se reduce a la fricativa f (Phevo Fevo, propheta profeta). Sólo se
mantienen aquellos grupos que el editor considere que tienen un reflejo fonético (así
en especial ante los grupos como gn –digno/dino-, bd –cobdo/codo-, pt –septiembre
/setiembre, ct –víctor/vítor- , o bs –substancia / sustancia); y lo mismo puede decirse del
grupo de geminadas: -bb- (abbad ~ abad), cc (peccado ~ pecado), pp (apparecer ~ aparecer),
ff (effecto ~ efeto / efecto). La dificultad de establecer un único criterio para un corpus tan
amplio y heterogéneo, llevan a proponer en estos casos un criterio propio para cada
texto, en donde se debe establecer el valor meramente gráfico (y por tanto, deberá
reducirse por su valor meramente denotativo) o fonético (y por tanto, debería
mantenerse).
• Las abreviaturas se desarrollan sin ninguna indicación. Un caso muy habitual es la
aparición de (jhu) xpo, que, según lo dicho anteriormente, debemos presentar como (Jesu)
Cristo (y no -Jhesu- Christo). El signo tironiano en cualquiera de sus realizaciones (& / τ) se
transcribirá como e. Se mantendrá la alternancia y / e para la conjunción copulativa tal y
como aparece en el texto base.
2. Unión y separación de palabras
•
•
•
La unión y separación de palabras supone una de las primeras intervenciones críticas
del editor, por lo que se seguirán, como norma general, los usos normalizados del
español actual, con las siguientes adaptaciones al sistema del español de los Siglos de
Oro.
En el caso de fusiones por fonética sintáctica, se deben discriminar secuencias que
pueden llegar a confluir: dello d’ello, del d’el, d’él, dé—l, destas d’estas, aunquen aunqu’en...)
Se presentarán en un solo tramo los adverbios en –mente (primera mente primeramente).
3. Mayúsculas y minúsculas
•
Se seguirá para la distinción entre mayúsculas y minúsculas los criterios actuales del
español, dadas las continuas disfunciones que se documentan en su empleo en los
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José Manuel Lucía Megías, Antología de libros de caballerías castellanos (2001)
•
impresos y manuscritos de los Siglos de Oro (procedentes de los usos gráficos
medievales).
En contra de lo señalado por la Real Academia (1999, § 3.5.a), las palabras que
expresan poder público, dignidad o cargo importante (emperador, rey, conde, caballero...) se
escriben con minúsculas, y así se dirá “era rey de Dacia”; no así cuando la dignidad o
cargo se convierte en el sobrenombre de uno de los personajes (Caballero de la Selvajina
Dama, Caballero del Arco...), o sustituye le propio nombre (Emperador de Trapisonda, Rey de
Dacia...).
4. Acentuación
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La acentuación se entiende como medio para la presentación de una propuesta crítica
del texto. Se acentúa siguiendo las normas vigentes, teniendo en cuenta el valor
diacrítico que adquiere en las siguientes parejas
á (verbo) / a (preposición)
é (verbo) / e (conjunción)
dé (verbo) / de (preposición)
dó (verbo y pronombre interrogativo) / do (adverbio)
ý (adverbio) / y (conjunción)
só (verbo) / so (preposición y pronombre posesivo)
Por su parte, se distingue entre vos/ vós y nos / nós según sean átonos o tónicos, al
margen de su función sintáctica.
5. Puntuación
•
•
Se intentará por medio de los signos de puntuación del español actual tanto ofrecer un
texto comprensible al lector actual como intentar mantener la prosodia de los textos
caballerescos teniendo en cuenta dos grandes dificultades: por un lado, se encuentra
muy lejana de nuestro sistema sintáctico; y por otro, en ocasiones los autores de libros
de caballerías muestran un escaso dominio de las cláusulas sintácticas; muy alejados,
por tanto, de los grandes narradores del siglo XVI.
En todo caso, se tendrá en cuenta la particular puntuación del texto base como paso
previo para la puntuación de la edición.
6. Otros signos
•
Entre paréntesis cuadrados ([ ]) se indicarán las enmiendas textuales que lleva a cabo el
editor, y entre ángulos (< >) las letras que deben ser suplidas para una mayor
inteligibilidad del mismo. En este caso, se ha de diferenciar claramente lo que es el
texto de lo que es el ejemplar: en nuestra colección se ofrece el “texto” de una edición
concreta de un libro de caballerías castellanos, un “texto ideal”; por esta razón, lejos de
nuestra intención queda el de ofrecer una transcripción de un “ejemplar” concreto (el
que se utiliza en un momento determinado o el único que no han transmitido el
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José Manuel Lucía Megías, Antología de libros de caballerías castellanos (2001)
•
•
texto), por lo que no deben reflejarse los errores tipográficos que son tan abundantes
en algunas de nuestras ediciones caballerescas.
Entres llaves ({ }) se indicarán las anotaciones marginales que aparecen en algunos
testimonios manuscritos.
En el caso de los textos medievales fragmentarios (nº I y VIIa), entre corchetes ([ ]) se
indican aquellas lecturas que se restituyen y que han desaparecido del testimonio
conservado.
Estos mismos criterios son los que hemos utilizado para la edición de los textos
medievales caballerescos.
Todos los textos, en la medida de lo posible, se han editado a partir de sus fuentes
primarias. En el listado inicial, se indica con una flecha qué testimonio manuscrito o qué
edición se ha utilizado. En el caso de los manuscritos, se ha cotejado la transcripción con el
original o con un microfilm (a excepción del Lidamarte de Armenia [nº 51]). Para los impresos,
se ha utilizado como principio metodológico la primera edición de la que se han conservado
ejemplares.
ƒ
Al margen de los motivos y finalidad de esta antología, de la pertinencia de su
contenido o de su utilidad, este libro muestra las múltiples posibilidades, siempre positivas,
que ofrece el trabajo en equipo. Desde la idea inicial hasta el libro que tienes entre las
manos, este proyecto sólo ha sido posible gracias a que una serie de personas, todas las que
aparecen como editores y algunos más, han confiado en él. Además de los editores de cada
uno de los textos, que han dedicado muchas horas de su tiempo a editarlos, a estudiarlos, a
comprenderlos, no quisiera dejar en el silencio otros que, de la misma manera, han hecho
posible que este libro exista: a Florencio Sevilla, que en julio del 2000 me propuso
colaborar en la organización de la XIV Edad de Oro, dedicada a los libros de caballerías,
verdadero germen de esta publicación; a sus colaboradores en la Universidad Autónoma de
Madrid, que convierten el (ingrato) trabajo de la organización de un evento científico en
una diversión; a Magdalena León y David Mañero que ayudaron en la transcripción de
algunos textos caballerescos; al Centro de Estudios Cervantinos por la utilísima labor que
está realizando en dar a conocer la literatura de los siglos XVI y XVII, a Carlos Alvar, que
siempre recibe nuestras propuestas con entusiasmo y a Cervantes, que un día, como su don
Quijote, quiso “tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra” a un libro de caballerías,
escribiendo entonces su Ingenioso Hidalgo don Quixote de la Mancha, ya que “otros mayores y
continuos pensamientos no se lo estorbaron”. Vale.
JOSÉ MANUEL LUCÍA MEGÍAS
MADRID, FEBRERO 2001
© Centro de Estudios Cervantinos
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