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Pilar Lozano Carbayo
Imagínate, Andrea
—Lo primero: yo no me llamo «¡Eh!». Mi
nombre es Flavio y desciendo de una notable
familia de Roma. Y en segundo lugar, no entiendo cómo te atreves a llamar «cloaca asquerosa» a
la mismísima Cloaca Máxima de Roma, de la que
todos los romanos estamos muy orgullosos.
—¿Están orgullosos de una cloaca? ¿De verdad? —interrumpió Andrea.
Javier, al ver a su hermana interesarse por
algo por primera vez en varias semanas, dio un
brinco desde el suelo donde estaba sentado y, ya
de pie, dispuesto a escenificar su relato, le siguió
contando:
—¡Es verdad, Andrea! Yo estaba a punto de
contestarle que a mí qué me importaba que fuera
la máxima o la mínima, si era cierto que se trataba de una cloaca. Hasta podía haberle dicho que
seguramente la llamaban «máxima porque era la
más oscura y apestosa de todas. Pero no le dije
nada, Andrea, porque me encontraba muy aturdido. Todavía me dolía el golpe en la cabeza,
estaba en un túnel oscuro y pestilente, con un
chico al que acababa de conocer, que vestía con
una ropa estrafalaria y que además parecía que
tenía problemas.
«¿Dónde he ido a parar? —me preguntaba—.
¿Habrá funcionado de verdad la máquina del
tiempo del señor Adánez?». Imagínate, Andrea,
estaba muy desorientado. Lo único que tenía clarísimo era que ya no estaba en la caseta del jardín y la verdad es que esa idea me asustaba un
poco, pero ¿qué podía hacer?
Cuando Flavio reanudó su carrera, yo eché a
correr detrás. Por suerte, al poco exclamó:
—¡Por fin! Se acabó. Ven, aquí está la salida.
Y empezó a subir unas escaleras, por las que
vi que entraba un rayo de luz. Miré a Flavio fijamente y me di cuenta de que iba vestido con una
túnica amarilla que llevaba prendida al hombro
con un broche. En mi vida había visto a nadie así,
salvo en las películas de romanos. Y entonces,
Andrea, se me encendió una lucecita en el cerebro. Recordaba al señor Adánez como hablando
para sí mismo, mientras programaba la máquina.
Decía algo así como: «Sí, sí, Roma es un destino
magnífico. Era una ciudad preciosa, ya verás,
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Pilar Lozano Carbayo
Vimos que allí seguían los guardias en la puerta,
que era la única zona alumbrada de la casa. El
resto estaba a oscuras y en silencio. Nos fuimos
por la parte posterior de la casa y decidimos
escalar los muros, aunque eran bastante altos,
pero no veíamos otra manera de entrar. Flavio
dijo que era mejor que saltara solo él, mientras
Claudia y yo vigilábamos la calle. Lo ayudamos a
escalar la valla y cuando estuvo arriba le pasamos
una de las lámparas de aceite. Después desapareció de nuestra vista.
Claudia estaba asustada y se agarró muy
fuerte de mi mano, y yo me sentí entonces
muy importante. Hablamos bajito, muy nerviosos,
aunque yo estaba feliz, porque Claudia me dijo:
—Muchas gracias por ser tan valiente y ayudar a mi hermano y sus amigos.
Yo le dije que no tenía importancia, y ella
entonces me dio un lazo rojo de su pelo para que
siempre me acordara de ella.
De pronto Javier se levantó y con un «vuelvo en seguida» salió disparado de la habitación,
dejando a Andrea sin habla.
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