abril 1 - Editorial Oveja Negra

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ABRIL
1
Colombia, 8 de abril.
“… les solicitamos comprueben que su mesa esté plegada, el respaldo de su asiento en posición vertical y su
cinturón de seguridad debidamente abrochado para el
aterrizaje. En nombre de este comandante y de toda la
tripulación, les deseamos una feliz estadía en Bogotá y
confiamos verlos nuevamente en un futuro próximo. Gracias por vuestra preferencia”.
El discurso protocolar de los tripulantes de cabina
me arranca abruptamente de mi sueño profundo. Con
los párpados aún pesados, empiezan a mezclarse las
imágenes oníricas con el cuerpo movedizo del comisario
de a bordo que verifica fila a fila el cumplimiento de las
disposiciones de aterrizaje.
Haciendo oídos sordos a las indicaciones, reacomodo
mi cuerpo y vuelvo a extenderme sobre el asiento a pesar de la incomodidad típica de estos espacios diseñados para torturar herejes.
Mi cuerpo se niega a abandonar el universo de los
inconscientes. Pocas veces tengo el placer de compartir
un magnífico protagónico con George Clooney, aunque
se trate de una extravagante invención de mi mente.
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María Campot
Me recuerdo caminando por un pasillo extenso, de
paredes deslucidas e iluminación tenue. Bien podría
tratarse de algún hotel antiguo o complejo habitacional;
no sabría precisarlo con exactitud.
Personifico a una agente encubierta que acude al encuentro de su intermediario para entregar información
clasificada sobre operaciones clandestinas del gobierno.
Sostengo en mi mano un trozo de papel de bordes irregulares con la inscripción 227, probablemente aludiendo al número de habitación donde aguarda mi contacto.
Me anuncio con un par de golpes de nudillo sobre la madera corroída de la puerta y aguardo en forma paciente.
Al cabo de unos segundos escucho un chirrido agudo,
provocado por el movimiento de una bisagra oxidada
y observo que la puerta se entreabre. Por la estrecha
rendija se cuelan unos rayos de luz provenientes del interior de la habitación y los acordes inconfundibles de la
banda sonora de Bond, James Bond.
Súbitamente, un personaje que raya lo excéntrico
asoma su rostro por la ranura y con voz áspera me conmina a pronunciar una contraseña.
­–Elvis –le respondo, quizá influenciada por su atuendo de karateka y el extraño mechón de pelo que exhibe
sobre la frente. Aparentemente el juego de asociación
libre funciona, pues logro acceder al interior del recinto.
–Aguarde y póngase cómoda –me indica– mientras se
dirige guitarra en mano hacia uno de los corredores laterales.
Aprovecho para escrutar los extraños alrededores
con la mirada. No sé bien por qué pero me invade la
inquietante sensación de que algo trascendente está por
desencadenarse. Algo que desafía las reglas de toda ló10
Tres Evas Sin Paraíso
gica, aún en un mundo de alucinaciones como el que
me envuelve.
Entonces percibo unos pasos rítmicos, acompasados
al péndulo del reloj cu-cú que cuelga de la pared (recuérdenme hablar con el responsable de escenografía);
lo interpreto como una señal inequívoca de que alguien
se aproxima por el pasillo. Y a continuación ocurre un
flash hollywoodense. George Clooney (en la piel de Olivier Salazar–de–Frías–Cabrera–Pintos, mi contacto)
hace su aparición estelar en escena. Lleva el pelo engominado hacia un costado y viste una camisa naranja
chillón con ancla de marinero de dudoso gusto, pero
vamos, que este hombre es merecedor de cualquier prerrogativa. Su presencia ejerce en mí una fascinación indescriptible, casi narcótica.
–Entiendo que traes algo de mi sumo interés –me dispara desafiante.
Le extiendo la mano temblorosa, sosteniendo un portafolio color marfil con información clasificada de gobierno.
–No me refiero al maletín –aclara y me clava sus ojos
avellana como una estaca, al borde de dar rienda suelta
a sus más bajos instintos.
¡¡Por fin!! El momento que he estado esperando mi vida
entera. Georgie –no podrías estar más bueno,Clooney–
y yo recorriéndonos con la mirada, casi olfateándonos
como seres primitivos en su ritual previo de apareamiento. Poco me importan las micro–cámaras, los zapatos con teléfono incorporado y toda esa parafernalia
de espías modernos. Sólo me dispongo a experimentar
el aquí y el ahora, embriagada por la química propia de
dos seres que se entienden sin necesidad de palabras.
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María Campot
–Calista Santamaría…
–Olivier Salazar–de–Frías–Cabrera–Pintos…
Y así, pronta para recibir mi primera declaración de
amor cinematográfica (y postulación al Oscar), como la
Cenicienta con licencia para matar que descubre a su
príncipe sin necesidad de calzarse un zapato, me entrego al momento en cuerpo y alma a punto de acariciar
la gloria.
–Calista… llegamos.
Mi rostro se desfigura.
–¿Cómo dices? ¡Si ni siquiera arrancamos! ¿Adónde
llegamos, me quieres decir? ¿Al altar, al Edén, a la Roma
de Julio César? ¡Esto no estaba en el libreto! –exclamó
indignada a todo el equipo de producción.
Súbitamente comienzo a sentir unas puntadas agudas en mi cintura que parecen aumentar progresivamente en intensidad.
–Aeropuerto Internacional El Nuevo Dorado, Terminal
A. No olvides abordo tus objetos personales.
Y allí es donde el sueño se me desmadra por completo, pues descubro para mi desgracia que la voz seductora de George no es otra que la de Marcus, el gordo
bigotudo del asiento contiguo que ha procurado durante
todo el vuelo entablar algún tipo de conversación, y que
con golpecitos en mi cintura redobla sus intentos por
despabilarme y arrastrarme de vuelta al mundo real. Ni
siquiera tuve la chance de despedirme de Georgie.
Típico en mí, Calista Santamaría. Basta que una historia se torne emocionante en mi vida para que el diablo
meta la cola y todo se termine escurriendo por la alcantarilla.
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Tres Evas Sin Paraíso
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Extrañaba esa voz inconfundible. Maternalmente inconfundible.
–¡¡Bienvenida cariño!! –exclama mi madre mientras
nos fundimos en un cálido abrazo de recibimiento–. Tu
hermana estará aquí en un instante, busca espacio libre en la playa de estacionamiento. Aguarda… ¿estás
acaso más delgada? ¿Has estado alimentándote bien?
No le mientas a tu madre, eh… Cuéntame qué desayunas por las mañanas.
Huelo un cierto aire a interpelación pero opto por no
enfadarme. Mi madre sólo cumple con el ritual milenario de cuestionar el peso de sus retoños. Observo entonces a una pareja que se aproxima a lo lejos y logro distinguir el andar pausado de Félix, y mi hermana –quien
claramente sujeta las riendas de esa relación– dos pasos
por delante con una sonrisa dibujada en el rostro. Llega
y se abalanza efusiva sobre mí, haciendo a un lado el
arsenal de maletas que me rodea como muralla.
–Bienvenida a casa hermana. Luces igual que siempre.
–¡Hablas como si no me hubieses visto en décadas!
¿Qué hay sobre nuestras periódicas charlas vía web–
cam?
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María Campot
Irina chista y sacude su cabeza en señal de negativa.
–Una pantalla no puede suplir el contacto personal,
más cuando surgen noticias familiares que ameritan
un tête à tête.
Mi rostro denota perplejidad.
–¿Hay algo que debería saber?
Irina sonríe por toda respuesta, y de sus ojos se desprende un brillo especial. Lleva sus manos al vientre y
se lo acaricia con suma placidez mientras posa su vista
en Félix. El resplandor que la envuelve sólo podría significar una cosa en esta tierra: criatura a bordo.
¡Por nuestra señora de la concepción! El impacto de
una noticia tan sorpresiva me hace visualizar manchas
coloridas en el aire. Me deshago en felicitaciones a Irina
y nos abrazamos todos en mitad de la terminal aérea,
como una numerosa y caótica familia italiana que se reencuentra luego de años para a continuación dirigirnos
a la playa de estacionamiento.
Tomo asiento en el espacio trasero del coche. ¿Qué
demonios sucede ahora conmigo? Debiera continuar
sintiendo un profundo regocijo por estas extraordinarias noticias familiares. Fantasear con las imágenes del
pequeño en brazos e imaginarme sumergida en un húmedo universo de chupetes. Eso es. Quizá deba mentalizarme y ensayar una adecuada composición de lugar.
Voy a ser tía… ommmmm… estoy bien y me siento de las
mil maravillas. OK, no puedo. Es esa maldita dualidad
de criterio que me ataca en ocasiones. Sé que no debiera
ser así. De hecho, llegué a considerar seriamente la opción de autocensura pero si hay algo que me ha caracterizado siempre es la frontalidad al expresarme y ésta,
les aclaro, no será la excepción.
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Tres Evas Sin Paraíso
Mi hermana embarazada y yo tía. Algún día tenía que
ocurrir, es verdad, pero amén del júbilo abierto que me
embarga por Irina esto me empuja a reflexionar también
sobre el actual estado de las cosas.
Ser la primogénita del clan Santamaría marcaba que
yo, Calista, líder y referente máxima de esta segunda
generación familiar fuese pionera en temas de maternidad. Fue éste el mandato inculcado desde aquellas
épocas infantiles de vestidos rosa vaporosos y casas de
muñecas. Mi vida sin embargo ha discurrido por otros
carriles. Soy libre, autosuficiente y he labrado un presente que contemplo con indisimulado orgullo aunque
en este preciso instante me sienta como un mosquito
aplastado contra el vidrio. Treinta y dos años, cero maridos y cero hijos son estadísticas concluyentes para ganarme el mote de oveja negra de esta familia.
Debería distraer mi mente. Sacudirme los pensamientos nefastos y concentrarme en el rugido furioso de
los cilindros o en las imágenes que desfilan fugaces, por
la ventanilla del coche. Pero el aturdimiento es tal, que
hasta he obviado reprender a Félix por infringir la ley
vehicular al atravesar tres semáforos en rojo.
–Destino –le escucho decir en su rol de improvisado
Fittipaldi.
Ingresamos por el portón y bajamos el equipaje del
coche mientras compruebo que todo continúa en su sitio, casi inmaculado. Al caminar por el estrecho sendero
adoquinado que desemboca en la entrada principal de
la casa, escucho los inconfundibles ladridos de “Ringo”,
nuestro perro guardián, y con ese súbito poder evocador
de los sentidos no puedo sino transportarme a mis antiguas épocas de rebeldía adolescente.
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María Campot
Dieciocho años recién estrenados y un regalo de aniversario tan peculiar como fastidioso en manos de quien
por aquellos tiempos, se mostraba capaz de vender hasta su reino con tal de atrapar a mi intrépido corazón
gitano. Recuerdo vívidamente la escena en mi jardín.
–Te lo advierto Julio, si no retiras ya mismo a tu banda
de mariachis ¡¡juro por mi vida y la patria que te arrojo
el rottweiler!! –le amenacé desde el pequeño balcón de
madera, como una Julieta caída en desgracia.
Claramente, podría etiquetar a Julio como uno de
esos pretendientes latosos y pertinaces que no suelen
acusar recibo de negativas. Hijo de un matrimonio de
larga amistad con el clan Santamaría, su cerebro de
macho troglodita nunca logró procesar un “NO” como
respuesta por lo que solía redoblar sus apuestas en cada
tentativa de acercamiento.
Mi decimoctavo cumpleaños no sería por supuesto la
excepción. Aquella noche fui sorprendida por una banda de mariachis con sombreros de charro y vistosos trajes de cuero gamuza que (des)entonaban: “Yo sigo siendo
el Rey” para deleite de todo el vecindario. “Sé muy bien
que estoy afuera, pero el día en que me muera sé que
tendrás que lloooooraaaaaar y lloooooraaarrrr”, los escuchaba canturrear mientras Julito se llevaba sus manos al pecho y me advertía sobre mi futuro lacrimógeno.
Nunca logré sentirme atraída por él, un flaco desgarbado de nuez prominente y andar algo torpe, aunque
reconozco que mi ego se veía regocijado ante sus continuas expresiones de interés.
–Después de ti cariño –expresa mi madre, mientras
dirige su mirada al pestillo de la puerta y aguarda expectante sobre el felpudo de bienvenida.
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Lo presiono mientras se me agolpan imágenes vertiginosas de este último trienio de mi vida. Aviones, trabajo, retazos de una historia trunca y nuevamente él, la
razón de mi indeclinable renuncia al cargo. Él y aquella
madrugada que se siente aún tan fresca en la memoria
y en la que el destino me asestó el más inesperado de
los golpes.
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