El Romanticismo

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Lingua Castelá e Literatura II
EL ROMANTICISMO
El Romanticismo es un amplio movimiento cultural y político cuyo
apogeo se produce en toda Europa en las primeras décadas del siglo
XIX. Supone toda una concepción del mundo, y no sólo una nueva
escuela artística.
Ya a mediados del siglo XVIII se vislumbran los primeros síntomas de
la nueva mentalidad; en los poemas de los ingleses Young, en los del
grupo alemán Sturm und Drang (“Tempestad y Empuje”), etc., se hace
una especial valoración de los sentimientos, se manifiesta el gusto por
la poesía tradicional y popular, y se defiende la supremacía de la
creación original frente a las reglas de escuela que hasta ese momento
eran dominantes. Ambos países, Inglaterra y Alemania, se influyen y
estimulan mutuamente, mientras que en Francia, en pleno
racionalismo, clama el filósofo Rousseau por el retorno a la Naturaleza
y la exaltación del individuo.
Pero no se trata sólo de novedades literarias. En los últimos años del
XVIII se produce un cambio en el pensamiento filosófico europeo; se
comprueba que la Razón no resuelve todos los problemas ni da
explicación satisfactoria de las dudas e incógnitas que el hombre
encuentra a lo largo de su existencia. Nada hay fijo e inamovible; el
individuo es la única fuente de verdad, por lo que cada uno ha de
interpretarla desde sí mismo; no importa “cómo es” sino “cómo me
parece a mí” que es el mundo. De ahí la exaltación suprema de lo
subjetivo, la importancia del yo individual en la creación literaria.
Vemos, pues, que el Romanticismo se produce como resultado de una
evolución desde el siglo precedente.
El Romanticismo comienza siendo conservador -sobre todo en
Francia-, enfrentándose incluso con el reformismo del siglo XVIII.
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Este Romanticismo tradicional rechaza los preceptos neoclásicos,
pero se apoya en otros valores tradicionales como la religión, la
monarquía absoluta o el patriotismo. Frente a este, el Romanticismo
liberal supone un rechazo radical a todo lo pasado, combate la
monarquía absoluta, es anticlerical y republicano.
La exaltación del yo da lugar a un intimismo exagerado, pero el
contraste que la propia realidad provoca, con los anhelos idealistas
del hombre romántico, desemboca, a su vez, en una evasión hacia lo
externo, ya sea hacia lejanos y exóticos países (lo oriental como tema
literario es una de las consecuencias), ya sea hacia tiempos pasados
(de ahí la preferencia por lo histórico y legendario). Ese contraste
ocasiona a menudo decepción, angustia, desengaño y escepticismo en
el individuo.
Consecuencia del marcado individualismo y de la supervaloración del
yo es el poner de relieve la expresión de los sentimientos; es lícita la
descripción de todas las impresiones, frente a la discreción y mesura
con que estos temas eran tratados en el siglo XVIII. En la búsqueda de
la originalidad y en el desprecio consciente de toda regla, la
Imaginación se superpone a la Razón de los neoclásicos en el
momento de la creación literaria. Se abandona el concepto de “buen
gusto”, y cualquier tema es válido.
Libertad es la palabra clave del Romanticismo. Explica la importancia
de la iniciativa personal, de lo espontáneo de los hombres y pueblos,
de las tradiciones nacionales de cada país, del individualismo a
ultranza. Como consecuencia de la primacía de lo subjetivo, los
escritores buscan en la naturaleza un confidente. El paisaje a menudo
refleja sus estados de ánimo atormentados: ambientes nocturnos,
lugares agrestes, ruinas, tormentas...
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Es importante insistir en que no ha de verse una frontal oposición con
el Neoclasicismo; éste es, en realidad, el punto de partida en esta
búsqueda de novedades.
En España el Romanticismo se produce con cierto retraso con
respecto a Europa. El año 1835, fecha del estreno apoteósico del
drama Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas, supuso el
espaldarazo oficial del movimiento; por entonces ya empezaba su
decadencia fuera de nuestras fronteras. Tal retraso se debió a las
condiciones políticas de nuestro país, a la represión contra los
intelectuales y a la férrea censura que la Monarquía absolutista imponía.
Muchos de nuestros intelectuales tuvieron que emigrar, por lo que se
pusieron en contacto directo con las corrientes románticas de Europa;
en los periódicos y publicaciones nacionales empezaron a verse
reflejadas las ideas románticas; contribuyeron decisivamente las
tertulias y reuniones de los poetas jóvenes, en las que se leían y
comentaban las obras románticas; también las ediciones del
Romancero y otras obras medievales, etc.
Por otra parte, España se había convertido en el país de moda durante
estos años. Nuestra historia y nuestra literatura fueron admiradas por
los románticos y constituyeron una fuente de inspiración temática y
objeto de estudio.
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escritor, sus innovaciones formales y temáticas, su enlace consciente
con la tradición literaria española, son bases en las que se asienta
nuestra literatura contemporánea.
1.- LA POESÍA
La poesía romántica comparte con otros géneros los temas y ambientes
que caracterizan a este movimiento: el amor, la soledad, los motivos
sobrenaturales, la libertad... En cuanto a las formas, la métrica se
caracteriza por la polimetría, es decir, por el empleo de diversos tipos
de versos y estrofas en un mismo poema. Asimismo, destaca por la
revitalización de los metros populares, especialmente el octosílabo, y
otros versos de arte menor.
El Romanticismo cultiva tanto la poesía narrativa como la poesía lírica,
aunque es en esta última en la que el sentimiento romántico encuentra
su mejor expresión. La tendencia romántica a la mezcla de géneros
provoca que, no obstante, las obras presenten rasgos líricos o
narrativos de forma simultánea.
El Romanticismo español no es ajeno a nuestra cultura, ni tampoco
algo consustancial con nuestro carácter -como creían los románticos
europeos-, sino que surge tras un proceso natural, que sufrió, es sí,
graves interrupciones. Hacia 1840 acaba el apogeo del movimiento,
dando paso a lo que conocemos como Realismo.
Las muestras más representativas de la poesía narrativa, que se
expresa fundamentalmente en poemas históricos, romances y leyendas
proceden de Espronceda y de Zorrilla. En la poesía lírica de la
primera mitad del XIX, además de los dos autores mencionados,
destacan el Duque de Rivas, Gertrudis Gómez de Avellaneda y
Carolina Coronado. Ya en la segunda mitad de la centuria, y en
convivencia con la época realista, sobresalen los poetas posrrománticos
Rosalía de Castro y Gustavo Adolfo Bécquer.
Conviene recordar que el Romanticismo no es un movimiento efímero
o superficial; aunque su duración no fue excesiva ni abundan los
nombres brillantes, sus concepciones sobre la labor creadora del
José de Espronceda (1808-1842) es, junto a Larra, el escritor más
representativo del Romanticismo español. Dentro de su poesía se
incluyen un conjunto de composiciones cortas dedicadas a seres
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marginales -el pirata, el verdugo, el mendigo, el reo de muerte- y dos
largos poemas narrativos: El estudiantes de Salamanca y El diablo mundo. El
diablo mundo pretendía ser un largo poema de carácter filosófico, pero
quedó sin terminar. En él destaca por su intensidad el Canto a Teresa,
una sentida elegía compuesta tras la muerte de Teresa Mancha, que
unos años antes había abandonado al poeta. El estudiante de Salamanca es
un poema narrativo que se presenta en forma de leyenda, la de don
Félix de Montemar. Este es un mujeriego, altanero y jugador que
seduce y abandona a Elvira, quien, enloquecida, muere. Don Diego,
hermano de Elvira, lo desafía y se baten en duelo. Por la noche, don
Félix ve pasar a una misteriosa mujer y la sigue, asiste a su propio
entierro y llega a una mansión donde se celebra su boda con el
esqueleto de Elvira; la tumba será su lecho nupcial. En la obra destaca
la originalidad de la creación de un ambiente terrorífico y misterioso y,
especialmente, el titanismo y la rebeldía satánica.
La poesía de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) se publicó de
forma póstuma bajo el título de Rimas. Son poemas breves, de tono
popular y gran musicalidad, que están organizados en cuatro bloques
temáticos: poesía, acto de creación y poeta; amor esperanzado y alegre;
desengaño amoroso; soledad, dolor y desesperanza. Estas
composiciones se caracterizan por un tono intimista y melancólico y
por una sencillez opuesta al retoricismo y exaltación de los primeros
románticos.
La obra de Rosalía de Castro (1837-1885) también se inscribe dentro
de la poesía intimista de la segunda mitad del siglo XIX, caracterizada
por un tono sencillo y directo. En las orillas del Sar, su obra poética en
castellano, presenta una expresión que gira en torno a los sentimientos
personales y a los conflictos internos de la autora: la soledad, el dolor y
una profunda nostalgia del tiempo pasado son las más importantes
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consecuencias del contacto de la voz poética con los lugares de su
juventud.
2.- LA PROSA
La prosa del Romanticismo es imprescindible para comprender el
florecimiento del Realismo en la segunda mitad del XIX y, en
definitiva, la prosa moderna. Fundamentalmente se producen dos
géneros: la novela histórica y el costumbrismo.
a.- La novela histórica. A principios del XIX, tras la avalancha de
traducciones de las novelas que se estaban escribiendo en Europa
(Chateaubriand, Dumas, Víctor Hugo, Walter Scott...), los escritores
españoles intentan hacer resurgir el género. Después del largo
paréntesis del siglo XVIII, no había tradición novelística
inmediatamente anterior, por lo que los románticos españoles
comenzaron imitando e intentando aclimatar los hallazgos extranjeros.
El florecimiento de la novela histórica se explica por la importancia que
cobra para los románticos la tradición nacional.
Además, la Historia permitía al hombre romántico evadirse del
presente, que con su visión idealista del mundo no podía aceptar. Junto
a esto, le proporcionaba la posibilidad de crear un marco concebido
especialmente para el héroe que quería conformar: un marco en el que
pudiera realizarse como individuo, de acuerdo con su particular
concepción del mundo. Por eso no se eligen héroes muy conocidos,
sino personajes secundarios de la historia nacional. No importa
demasiado ser estrictamente fiel a la historia, sino, partiendo de una
base documentada históricamente, crear circunstancias nuevas y
protagonistas cuyos sentimientos y acciones puedan dar expresión a la
ideología del autor. El encuadre histórico y geográfico dará veracidad a
tales creaciones. Entre las novelas históricas españolas destaca El señor
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de Bembibre, de Enrique Gil y Carrasco; El doncel de don Enrique el Doliente,
de Larra y Los bandos de Castilla, de Ramón López Soler.
b.- El costumbrismo. La atención que los románticos prestaban a lo
propio y peculiar de cada país despertó el interés de los escritores por
los hábitos de la vida diaria, por la forma de entenderla, por los
defectos o vicios característicos. Esto da lugar también a la publicación
en periódicos y revistas de artículos en que se recogen aspectos de la
vida de todos los días, con un cierto aire moralizante, artículos que
tenían un éxito extraordinario. El periodismo cumple un papel
importante durante la época romántica. Los diarios y revistas proliferan
y se convierten en el medio más apreciado y utilizado para la
propagación de ideas y noticias, en el vehículo de la crítica social y de la
lucha política, en el medio de difusión de la literatura. El iniciador de
los artículos Larra, en su periódico El duende satírico del día. Junto a él,
los representantes más importantes son Ramón de Mesonero Romanos
y Serafín Estébanez Calderón.
Mariano José de Larra (1809-1837) no puede ser considerado un
costumbrista más, no sólo por la fuerza y calidad de su prosa, sino
también por la trascendencia y vitalidad de los contenidos de su obra.
El conjunto de sus artículos, firmados bajo los seudónimos de Fígaro o
El pobrecito hablador, le convierten en un testigo consciente, sensible e
implacable de los problemas de su tiempo, y nos descubren a un
hombre amante de la libertad, lleno de inquietudes ante el panorama
insatisfactorio que le presentaba la España de entonces. Sus artículos se
pueden clasificar en tres grupos:
•
En los artículos de costumbres el autor lleva a cabo una sátira
mordaz de los defectos de la sociedad española. No persigue
simplemente realizar una descripción o divertir; emplea sus
artículos como medio para tratar temas más profundos,
haciendo uso de la ironía, que esconde, en muchos casos, la
queja y el dolor. Ej: “El café”, “Vuelva usted mañana”.
•
En los artículos políticos analiza los acontecimientos de la época,
haciendo objeto de sus dardos tanto a absolutistas como a
liberales. Ej: “En este país”.
•
En los artículos literarios Larra ejerce la crítica literaria y defiende
los principios del Romanticismo. Destacan especialmente los
dedicados al teatro. Ej: “Quién es el público y dónde se
encuentra”.
El gusto por lo legendario invade la literatura romántica. En la segunda
mitad de la centuria este tipo de contenidos tiene su máxima expresión
en las Leyendas de Bécquer. Los dieciocho relatos que conforman esta
obra tienen frecuentemente un origen folclórico y narran diversos
hechos extraordinarios o sobrenaturales. Entre ellas destacan títulos
como El Monte de las ánimas, Maese Pérez el organista, El rayo de luna, Los
ojos verdes y La corza blanca. En estas narraciones, protagonizadas en su
mayoría por seres refinados, se pueden observar múltiples rasgos
románticos: la recuperación de la cultura popular, el medievalismo, la
atmósfera de misterio, la atracción por lo fantástico y sobrenatural...Así
también es frecuente el tema romántico de la mujer ideal, el desengaño
o el ansia de amor absoluto. Bécquer combina en las Leyendas
magistralmente el lirismo con la tensión narrativa. Precisamente, es esta
característica lo que constituye un precedente de la prosa poética
modernista.
3.- EL TEATRO
Como ocurre con otros géneros, el teatro romántico surge con fuerza
en España en la década de los años treinta, tras la muerte de Fernando
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VII. El drama romántico se inició con el estreno de La conjuración de
Venecia (1834), de Martínez de la Rosa; Macías (1834), de Larra, y Don
Álvaro o la fuerza del sino (1835), del Duque de Rivas. Los autores
románticos se rebelaron contra las normas del neoclasicismo y en sus
tramas de origen histórico o legendario proyectaron las ideas y
tensiones presentes en la sociedad de la época.
Los grandes temas son la fatalidad y el amor apasionado, por encima
de las normas e incluso de la muerte; la venganza, extremada y
sangrienta, y el poder y la autoridad, vinculados a la crítica de las
instituciones que coartaban la libertad individual y al cuestionamiento
de la autoridad paterna. También se apartan de las reglas establecidas
en asuntos como el adulterio y el suicidio. Suelen aparecer, así mismo,
elementos melodramáticos (naturaleza inhóspita, noches
tormentosas, crímenes, cadáveres) y fantásticos (sombras, fantasmas).
El protagonista (cuyo nombre suele estar en el título), de origen
desconocido o misterioso, noble y generoso, acaba víctima de la
fatalidad, de un destino aciago y de impedimentos varios, sobre todo
sociales. Las mujeres, condenadas al sufrimiento, aman
apasionadamente hasta el sacrificio. Aparecen numerosos personajes
secundarios, muchos sin nombre propio (estudiante, mesonero, majo,
dos habitantes de Sevilla, soldados...) que contribuyen a la
ambientación.
La obra se divide en jornadas (actos), frecuentemente con títulos
efectistas, que varían entre una y siete. Las jornadas se componen, a su
vez, de diversos cuadros. En la obra no es raro que se mezcle la prosa
y el verso y hay una tendencia hacia la polimetría. Se rompe la regla
de las tres unidad, lo cual se manifiesta en argumentos complejos,
con episodios secundarios y pintorescas escenas costumbristas, en el
desarrollo del conflicto en distintos lugares y en el uso del tiempo
según las necesidades del autor, que puede incluir salto de años. La
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mezcla de lo cómico y lo trágico, de escenas de máxima tensión
dramática y otras de intenso lirismo, de los estilos elevado y
coloquial también caracterizan al drama romántico. En general, se
prefiere un lenguaje sencillo, en el que priman los recursos
apropiados para la exaltación de las emociones.
Los dramaturgos concedieron gran importancia a la puesta en escena,
como evidencian las minuciosas acotaciones. Los decorados llegaron
a ser espectaculares y la iluminación contó con el aporte de la luz de
gas para los contrastes de luz y sombra. Los efectos sonoros servían al
desarrollo de la acción o destacaban momentos emocionantes
(disparos, campanas, truenos, cantos...).
Las dos obras más relevantes del drama romántico español son Don
Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas y Don Juan Tenorio, de José
Zorrilla.
Don Álvaro o la fuerza del sino, Ángel de Saavedra, Duque de Rivas
(1791-1865). La acción de la obra se desarrolla a base de sucesos
casuales y de imprevistos. Don Álvaro se ve acosado continuamente
por un sino irracional cuya única finalidad es provocar la sorpresa y el
sobresalto en el espectador. La acción se desarrolla a lo largo de más de
cinco años, en el siglo XVIII, y en diferentes espacios: Sevilla,
Córdoba, convento, Italia, convento. Don Álvaro es un mestizo
marcado por su origen oscuro, que se ve condenado por una
circunstancia azarosa, pierde su amor y luego encadena una desgracia
tras otra. Al final, desesperado y enloquecido, se describe como un
enviado del infierno, el demonio exterminador. La obra mezcla la prosa
y el verso polimétrico. En el discurso de los personajes se combina el
estilo serio y elevado, que incorpora la exaltación típica de los
románticos, con el popular y jocoso de las escenas costumbristas.
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Don Juan Tenorio, José Zorrila (1817-1893), es un drama religiosofantástico que recoge el mito de don Juan, pero la conversión final del
protagonista termina con la visión trágica de las principales obras
románticas, pues es producto de otro contexto: el del triunfo del
liberalismo. El tema más importante de esta obra es la libertad de
decidir, la capacidad del individuo de modificar el destino por medio de
la voluntad; además del amor y la misericordia de Dios. La obra se
compone de dos partes, de cuatro y tres actos cada una, que
corresponden a dos noches de 1545 y 1550, en Sevilla. La primera parte
se centra en la caracterización del protagonista, sus lances y apuestas;
en la segunda la acción se centra en el cementerio, con la aparición del
convidado de piedra, la muerte y la salvación de don Juan. Don Juan es
el protagonista absoluto y su personaje se basa en la tradición anterior.
Al principio es un hombre sin escrúpulos y cínico; pero más tarde se
presenta como un ser capaz de transformarse y borrar su imagen
anterior. Doña Inés, como contraste, es una joven inocente que
simboliza el amor que redime al libertino. La obra está escrita en verso
polimétrico. La escenografía cobra importancia en la segunda parte.
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TEXTOS
I.- El estudiante de Salamanca, José de Espronceda.
Era más de media noche,
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrego envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen,
los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso
temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan
tácitas pisadas huecas,
y pavorosas fantasmas
entre las densas tinieblas
vagan, y aúllan los perros
amedrentados al verlas;
en que tal vez la campana
de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos
de maldición y anatema,
que los sábados convoca
a las brujas a su fiesta. […]
§
Segundo don Juan Tenorio,
alma fiera e insolente,
irreligioso y valiente,
altanero y reñidor,
siempre el insulto en los ojos,
en los labios la ironía,
nada teme y todo fía
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de su espada y su valor. […]
Que su arrogancia y sus vicios,
caballeresca apostura,
agilidad y bravura
ninguno alcanza a igualar;
que hasta en sus crímenes mismos,
en su impiedad y altiveza,
pone un sello de grandeza
don Félix de Montemar.
Bella y más pura que el azul del cielo,
con dulces ojos lánguidos y hermosos,
donde acaso el amor brilló entre el velo
del pudor que los cubre candorosos;
tímida estrella que refleja al suelo
rayos de luz brillantes y dudosos,
ángel puro de amor, que amor inspira,
fue la inocente y desdichada Elvira.
Elvira, amor del estudiantes un día,
tierna y feliz de su amante ufana,
cuando al placer su corazón se abría,
como al rayo del sol rosa temprana,
del fingido amador que la mentía
la miel falaz que de sus labios mana
bebe en su ardiente sed, el pecho ajeno
de que oculto en la miel hierve el veneno.
§
DON DIEGO.- (Desembozándose con ira.)
Don Félix, ¿no conocéis
a don Diego de Pastrana?
DON FÉLIX.- A vos no, mas sí a una hermana
que imagino que tenéis.
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DON DIEGO.- ¿Y no sabéis que murió?
DON FÉLIX.- Téngala Dios en su gloria.
DON DIEGO.- Pienso que sabéis su historia
y quién fue quien la mató.
DON FÉLIX.- (Con sarcasmo.)
¡Quizá alguna calentura!
DON DIEGO.- ¡Mentís vos!
DON FÉLIX.- Cama, don Diego,
que si vos os morís luego,
es tanta mi desventura
que aún me lo habrán de achacar,
y es en vano ese despecho.
Si se murió, a lo hecho, pecho,
ya no ha de resucitar.
DON DIEGO.- Os estoy mirando y dudo
si habré de manchar mi espada
con esa sangre malvada,
o echaros al cuello un nudo
con mis manos, y por mengua,
en vez de desafiaros,
el corazón arrancaros
y patearos la lengua. […]
¡Villano!
(Tira de la espada.)
§
Y a su despecho y maldiciendo al cielo,
de ella apartó su mano Montemar,
y temerario alzándola a su velo,
tirando de él la descubrió la faz.
¡Es su esposo!, los ecos retumbaron,
¡La esposa al fin que su consorte halló!
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Los espectros con júbilo gritaron:
¡Es el esposo de su eterno amor!
Y ella entonces gritó: ¡Mi esposo! ¡Y era
-¡desengaño fatal!, ¡triste verdad!una sórdida, horrible calavera,
la blanca dama del gallardo andar!...
Luego un caballero de espuela dorada,
airoso, aunque el rostro con mortal color,
traspasado el pecho de fiera estocada,
aun brotando sangre de su corazón,
se acerca y le dice, su diestra tendida,
que impávido estrecha también Montemar:
“Al fin la palabra que disteis, cumplida,
doña Elvira, vedla, vuestra esposa es ya: […]
El carïado, lívido esqueleto,
los fríos, largos y asquerosos brazos,
le enreda en tanto en apretados lazos,
y ávido le acaricia en su ansiedad,
y con su boca cavernosa busca
la boca de Montemar, y a su mejilla
la árida, descarnada y amarilla
junta y refriega repugnante faz.
II.- Rimas, Gustavo Adolfo Bécquer.
No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira.
Podrá no haber poetas, pero siempre
¡habrá poesía!
Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
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de fuego y oro vista,
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
mientras la humanidad, siempre avanzando,
no sepa a dó camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!
Mientras se sienta que se ríe el alma
sin que los labios rían,
mientras se llore sin que el llanto acuda
a nublar la pupila,
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!
Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira,
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!
(Rima IV)
§
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Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega la fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto...La he visto y me ha mirado...
¡Hoy creo en Dios1
(Rima XVII)
¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía...eres tú.
(Rima XXI)
¡Cómo vive esa rosa que has prendido
junto a tu corazón?
Nunca hasta ahora contemplé en el mundo
junto al volcán la flor.
(Rima XXII)
Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso...¡yo no sé
qué te diera por un beso!
(Rima XXIII)
§
Cuando me lo contaron, sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas;
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de dónde estaba.
Cayó sobre mi espíritu la noche;
en ira y en piedad se anegó el alma,
¡y entonces comprendí por qué se llora,
y entonces comprendí por qué se mata!
Pasó la nube de dolor...con pena
logré balbucear breves palabras...
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¿Quién me dio la noticia?...Un fiel amigo...
Me hacía un gran favor...Le di las gracias.
(Rima XLII)
§
¿De dónde vengo?...El más horrible y áspero
de los senderos busca;
las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura,
los despojos de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura,
los despojos de un alma hecha jirones,
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.
¿Adónde voy? El más sombrío y triste
de los páramos cruza,
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas.
En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido
allí estará mi tumba.
(Rima XLVI)
III.- “En este país”, Mariano José de Larra.
Hay en el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buena hora y que se
derraman por toda una nación, así como se propagan hasta los términos de un
estanque las ondas producidas por la caída de una piedra en medio del agua.
Muchas de este género pudiéramos citar, en el vocabulario político sobre todo; de esta
clase son aquellas que, halagando las pasiones de los partidos, han resonado tan
funestamente en nuestros oídos en los años que van pasados de este siglo, tan fecundo
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en mutaciones de escena y en cambio de decoraciones. Cae una palabra de los labios
de un perorador en un pequeño círculo, y un gran pueblo, ansioso de palabras, la
recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número
de máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre
sin calcular que una palabra sola es a veces palanca suficiente a levantar la
muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una revolución.
Estas voces favoritas han solido siempre desaparecer con las circunstancias que las
produjeran […]. Una frase, empero, sobrevive siempre entre nosotros, cuya
existencia es tanto más difícil de concebir, cuanto que no es de la naturaleza de esas
de que acabamos de hablar; éstas sirven en las revoluciones a lisonjear a los partidos
y a humillar a los caídos, objeto que se entiende perfectamente, una vez conocida la
generosa condición del hombre; pero la frase que forma el objeto de este artículo se
perpetúa entre nosotros [...].
«En este país...», ésta es la frase que todos repetimos a porfía, frase que sirve de
clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos
choque en mal sentido. «¿Qué quiere usted?» -decimos-, «¡en este país!» Cualquier
acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarle perfectamente con la
frasecilla: «¡Cosas de este país!», que con vanidad pronunciamos y sin pudor alguno
repetimos.
¿Nace esta frase de un atraso reconocido en toda la nación? No creo que pueda ser
éste su origen, porque sólo puede conocer la carencia de una cosa el que la misma
cosa conoce: de donde se infiere que si todos los individuos de un pueblo conociesen su
atraso, no estarían realmente atrasados [...]Creo entrever la causa verdadera de esta humillante expresión. Cuando se halla un
país en aquel crítico momento en que se acerca a una transición, y en que, saliendo
de las tinieblas, comienza a brillar a sus ojos un ligero resplandor, no conoce todavía
el bien, empero ya conoce el mal, de donde pretende salir para probar cualquiera otra
cosa que no sea lo que hasta entonces ha tenido […].
Éste es acaso nuestro estado, y éste, a nuestro entender, el origen de la fatuidad que
en nuestra juventud se observa: el medio saber reina entre nosotros; no conocemos el
bien, pero sabemos que existe y que podemos llegar a poseerlo, si bien sin imaginar
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aún el cómo. Afectamos, pues, hacer ascos de lo que tenemos para dar a entender a
los que nos oyeron que conocemos cosas mejores, y nos queremos engañar
miserablemente unos a otros, estando todos en el mismo caso.
Este medio saber nos impide gozar de lo bueno que realmente tenemos, y aun
nuestra ansia de obtenerlo todo de una vez nos ciega sobre los mismos progresos que
vamos insensiblemente haciendo. Estamos en el caso del que, teniendo apetito,
desprecia un sabroso almuerzo con la esperanza de un suntuoso convite incierto, que
se verificará, o no se verificará, más tarde […].
Sólo con el auxilio de las anteriores reflexiones pude comprender el carácter de don
Periquito, ese petulante joven, cuya instrucción está reducida al poco latín que le
quisieron enseñar y que él no quiso aprender; cuyos viajes no han pasado de
Carabanchel; que no lee sino en los ojos de sus queridas, los cuales no son
ciertamente los libros más filosóficos; que no conoce, en fin, más ilustración que la
suya, más hombres que sus amigos, cortados por la misma tijera que él, ni más
mundo que el salón del Prado, ni más país que el suyo. Este fiel representante de
gran parte de nuestra juventud desdeñosa de su país fue no ha mucho tiempo objeto
de una de mis visitas.
Encontrele en una habitación mal amueblada y peor dispuesta, como de hombre
solo; reinaba en sus muebles y sus ropas, tiradas aquí y allí, un espantoso desorden
de que hubo de avergonzarse al verme entrar.
-Este cuarto está hecho una leonera -me dijo-. ¿Qué quiere usted? En este país... -y
quedó muy satisfecho de la excusa que a su natural descuido había encontrado […].
Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en todos los países, y me instó a
que pasase el día con él; y yo, que había empezado ya a estudiar sobre aquella
máquina como un anatómico sobre un cadáver, acepté inmediatamente.
Don Periquito es pretendiente, a pesar de su notoria inutilidad. Llevome, pues, de
ministerio en ministerio: de dos empleos con los cuales contaba, habíase llevado el
uno otro candidato que había tenido más empeños que él.
-¡Cosas de España! -me salió diciendo, al referirme su desgracia.
Curso 2011/2012
2º Bacharelato
-Ciertamente -le respondí, sonriéndome de su injusticia-, porque en Francia y en
Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar seguro de que allá todos son unos
santos varones, y los hombres no son hombres.
El segundo empleo que pretendía había sido dado a un hombre de más luces que él.
-¡Cosas de España! -me repitió.
«Sí, porque en otras partes colocan a los necios», dije yo para mí […].
Pasábamos al lado de una obra de esas que hermosean continuamente este país, y
clamaba:
-¡Qué basura! En este país no hay policía.
En París las casas que se destruyen y reedifican no producen polvo.
Metió el pie torpemente en un charco.
-¡No hay limpieza en España! -exclamaba.
En el extranjero no hay lodo.
Se hablaba de un robo:
-¡Ah! ¡País de ladrones! -vociferaba indignado.
Porque en Londres no se roba; en Londres, donde en la calle acometen los
malhechores a la mitad de un día de niebla a los transeúntes […].
¡Oh infernal comezón de vilipendiar este país que adelanta y progresa de algunos
años a esta parte más rápidamente que adelantaron esos países modelos, para llegar
al punto de ventaja en que se han puesto!
¿Por qué los don Periquitos que todo lo desprecian en el año 33, no vuelven los ojos
a mirar atrás, o no preguntan a sus papás acerca del tiempo, que no está tan
distante de nosotros, en que no se conocía en la Corte más botillería que la de
Canosa, ni más bebida que la leche helada; en que no había más caminos en
España que el del cielo […]
Cuando oímos a un extranjero que tiene la fortuna de pertenecer a un país donde
las ventajas de la ilustración se han hecho conocer con mucha anterioridad que en el
nuestro, por causas que no es de nuestra inspección examinar, nada extrañamos en
su boca, si no es la falta de consideración y aun de gratitud que reclama la
hospitalidad de todo hombre honrado que la recibe; pero cuando oímos la expresión
despreciativa que hoy merece nuestra sátira en bocas de españoles, y de españoles,
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sobre todo, que no conocen más país que este mismo suyo, que tan injustamente
dilaceran, apenas reconoce nuestra indignación límites en que contenerse.
Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante expresión que no nombra a este
país sino para denigrarle; volvamos los ojos atrás, comparemos y nos creeremos felices
[…].
Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresión que contribuye a aumentar la injusta
desconfianza que de nuestras propias fuerzas tenemos. Hagamos más favor o
justicia a nuestro país, y creámosle capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada
español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con
la expresión de desaliento: «¡Cosas de España!», contribuya cada cual a las mejoras
posibles. Entonces este país dejará de ser tan mal tratado de los extranjeros, a cuyo
desprecio nada podemos oponer, si de él les damos nosotros mismos el vergonzoso
ejemplo.
IV.- Don Juan Tenorio, José Zorrilla
DON JUAN.- Por donde quiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo a los claustros escalé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí. […]
Desde una princesa real
a la hija de un pescador,
¡oh!, ha recorrido mi amor
toda la escala social.
¿Tenéis algo que tachar?
DON LUIS.- Solo una os falta en justicia.
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DON JUAN.- ¿Me la podéis señalar?
DON LUIS.- Sí, por cierto: una novicia
que esté para profesar.
DON JUAN.- ¡Bah! Pues yo os complaceré
doblemente, porque os digo
que a la novicia uniré
la dama de algún amigo
que para casarse está.
DON LUIS.- ¡Pardiez, que sois atrevido!
DON JUAN.- Yo os lo apuesto si queréis.
DON LUIS.- Digo que acepto el partido.
Para darlo por perdido,
¿queréis veinte días?
DON JUAN.- Seis.
DON LUIS.- ¿Por Dios, que sois hombre extraño!
¿Cuántos días empeláis
en cada mujer que amáis?
DON JUAN.- Partid los días del año
entre las que ahí encontráis.
Uno para enamorarlas,
otro para conseguirlas,
otro para abandonarlas,
dos para sustituirlas
y una hora para olvidarlas.
Pero, la verdad a hablaros,
pedir más no se me antoja,
porque, pues vais a casaros
mañana pienso quitaros
a doña Ana de Pantoja.
§
DON JUAN.- ¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
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que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
Esta aura que vaga, llena
de los sencillos olores
de las campesinas flores
que brota esa orilla amena;
esa agua limpia y serena
que atraviesa sin temor
la barca del pescador
que espera cantando el día,
¿no es cierto, paloma mía
que están respirando amor? […]
DOÑA INÉS.- Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!,
que no podré resistir
mucho tiempo sin morir
tan nunca sentido afán. […]
No, don Juan, en poder mío
resistirse no está ya:
yo voy a ti, como va
sorbido al mar ese río.
Tu presencia me enajena,
tus palabras me alucinan,
y tus ojos me fascinan,
y tu aliento me envenena.
¡Don Juan!, ¡don Juan!, yo lo imploro
de tu hidalga compasión:
o arráncame el corazón,
o ámame, porque te adoro.
DON JUAN.- […] No, es doña Inés, Satanás
quien pone este amor en mí:
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es Dios, que quiere por ti
ganarme para él quizás.
No; el amor que hoy se atesora
en mi corazón mortal,
no es un amor terrenal
como el que sentí hasta ahora;
es incendio que se traga
cuanto ve, inmenso, voraz.
Desecha, pues, tu inquietud,
bellísima, doña Inés,
porque me siento a tus pies
capaz aún de la virtud.
§
DON JUAN se hinca de rodillas, tendiendo al cielo la mano que le deja libre la
estatua. Las sombras, esqueletos, etc., van a abalanzarse sobre él, en cuyo momento
se abre la tumba de DOÑA INÉS y aparece esta. DOÑA INÉS toma la mano
que DON JUAN tiene al cielo.
DOÑA INÉS.- ¡No! Heme ya aquí,
don Juan: mi mano asegura
esta mano que a la altura
tendió tu contrito afán,
y Dios persona a don Juan
al pie de la sepultura.
DON JUAN.- ¡Dios clemente! ¡Doña Inés!
DOÑA INÉS.- Fantasmas, desvaneceos:
su fe nos salva..., volveos
a vuestros sepulcros, pues.
La voluntad de Dios es:
de mi alma con la amargura
purifiqué su alma impura,
y Dios concedió a mi afán
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la salvación de don Juan
al pie de la sepultura.
DON JUAN.- ¡Inés de mi corazón!
DOÑA INÉS.- Yo mi alma he dado por ti,
y Dios te otorga por mí
tu dudosa salvación.
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