Madame Pompadour

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La Marquesa de Pompadour
Evocar el nombre de la Marquesa de Pompadour, es transportarnos a la época
más dorada y vistosa de la historia de Francia, el siglo XVIII, y a los lujosos
salones de Versalles, donde los murmullos de las animadas charlas cortesanas,
el tintineo de las finas porcelanas, la música y el galanteo de los fastuosos
bailes, el flirteo tras las máscaras y los juegos de alcoba, constituían el retrato
de la corte de Luis XV. Mientras, al otro lado de las verjas del palacio, palpitaba
ya el latido del pueblo y de una revolución incipiente.
La “pequeña reina”
En una época en la que los matrimonios reales se fraguaban más por pactos de
Estado que por dictados del corazón, era muy común que la reina o consorte
real se sintiera, en ocasiones, aliviada de su impuesto deber de ayuntamiento
carnal con un esposo al que poco amaba, y permitiera a éste desahogarse con
una o varias amantes. Tanto era así, que existía y era reconocida por todos la
“amante titular” (maîtresse en titre) del rey.
El rey Luis XV conoció a Jeanne Antoinette Poisson a principios de 1745, y en
septiembre de ese mismo año ya le había regalado el Marquesado de
Pompadour y aposentos propios en el Palacio de Versalles. En la corte se la
conocía como “la pequeña reina”. Ella tenía solo 24 años.
Madame de Pompadour reflejaba sin duda el “glamour” de la época, y fue musa
y también inspiradora del arte y la cultura de aquellos años dorados. Era una
mujer carismática, amante y confidente del monarca y con capacidad de influir
en él con cualidades que iban mucho más allá de sus artes amatorias. Su
personalidad, su cultura y su destacado refinamiento hicieron de ella la amiga y
consejera inseparable de Luis XV durante más de veinte años. De hecho, el rey
hizo construir para ella, en Versalles, el Palacio “Pequeño Trianón”, con el fin de
saberla cerca. Aunque sólo compartieron alcoba cinco años, y otras amantes
calentaron el lecho del rey, él nunca pudo prescindir de la magnética
Pompadour.
Gran bailarina y cantante como era, la Pompadour era la salsa de los bailes
cortesanos y, entre los chismorreos de la época, se cuenta que la dama tuvo la
osadía de interpretar un pasaje de ópera, en el que una heroína cantaba “Él
está bajo mi poder”, delante de la mismísima reina. Y no es menos curiosa la
anécdota de que la marquesa recibía a sus audiencias sentada en la letrina, con
toda naturalidad, cuando la ocasión así se terciaba.
La personalidad de Madame Pompadour
Etienne Chavaray decía, en relación a las cartas de la marquesa, que
“acostumbraba a escribir sobre papel de pequeño tamaño, enmarcado de oro;
no comenzaba sus cartas con el saludo de cortesía habitual, y escribía el día y
el mes en la fecha, sin mencionar el año”.
Madame Pompadour escribía muchas de sus cartas personales con ayuda de un
secretario, y ella solamente plasmaba su firma al final. Para este artículo,
hemos rescatado un original enteramente autógrafo, donde se puede apreciar,
tanto en texto como en firma, la arrebatadora personalidad de esta dama que,
con tales tintes de carácter, difícilmente podría dejar indiferente a alguien.
En esta carta, fechada en 1753, y dirigida al marqués de Bonnac, se observa la
caligrafía en ligero ascenso y plena de los matices y contrastes que son propios
de una personalidad decidida, pasional y entusiasta. Jeanne de Pompadour era,
sin duda, una dama de extrema sensibilidad y de carácter nervioso y vivaz.
En varias muestras analizadas de su escritura, se aprecia la misma caligrafía
que parece contenida en un inicio, para después arrebatarse en los finales, y
expandirse por demás en una firma con letras mucho más grandes y
sobrealzadas, signo claro del orgullo de poder de que esta ambiciosa dama se
sentía agraciada.
La escritura de palabra decreciente o afilada nos hace ver su fino instinto a la
hora de observar todo de su entorno y elegir a las personas adecuadas, para
conseguir esa sutil mezcla de empatía y carisma, que la convertían en una gran
conquistadora.
Mujer culta y valiente, sin duda, para una sociedad de hombres, en que las
damas tenían relegado tan solo un segundo puesto y debían luchar
fervientemente contra su invisibilidad y supuesta debilidad. En esta tesitura, no
era la marquesa una mujer que se dejase amedrentar fácilmente y sabía
combinar autoridad y templanza, sin perder nunca de vista el objetivo de sus
intereses. Tenía una gran seguridad en sí misma y difícil era que cejase en el
empeño por conseguir aquello que se proponía.
Extrovertida, gran comunicadora, seductora, idealista, con un gran sentido del
optimismo y exacerbada pasión por todas las actividades que hacían de ella el
centro de atención, son cualidades que enmarcan la singular personalidad de la
“pequeña reina”.
La combinación perfecta de delicada sensibilidad y carisma arrebatador, de
extrema astucia con refinada sutilidad, y de aparentemente inofensiva
ensoñación mezclada con desbocado apasionamiento, convertían a la damisela
en una auténtica diosa viva, en una época en la que el papel de la mujer se
relegaba a la procreación y a ser un mero objeto decorativo.
Gran amante del arte, fue mecenas de grandes pintores de la época, alentó,
entre otras obras, la construcción de la fábrica de cerámicas de Sévres, y fue
protectora de grandes de la cultura, como Voltaire. Ella misma llevaba la
creatividad corriendo por sus venas y un fascinante don para conseguir todo
aquello que su mente se propusiera, ya que su seguridad en sí misma y esa
altivez imperativa tan suya enmarcada de exquisita delicadeza y elegancia,
podían hacer rendirse a sus pies a cualquiera.
La marquesa Jeanne de Pompadour no sólo fue una personalidad fascinante en
la corte versallesca, de la que ella misma era plenamente consciente, sino que
fue capaz de marcar un estilo, que lega su sello hasta nuestros días, y que es
sinónimo de elegancia y seducción femeninas.
Sandra Mª Cerro
Grafóloga y Perito calígrafo
www.sandracerro.com
Fuentes:
Chateau de Versailles: http://es.chateauversailles.fr
Madame de Pompadour: www.madamedepompadour.com
Chateau de Cirey: www.visitvoltaire.com
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