Hernán Rivera Letelier, cazador de cazadores

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Hernán Rivera
Letelier, cazador
de cazadores
En junio, el escritor chileno lanzará La muerte tiene
olor a pachulí, la segunda parte de una saga policial
que partió con La muerte es una vieja historia. Aquí
adelanta este nuevo libro, aclara la polémica por las
boletas de Soquimich y cuenta cómo es vivir de la
escritura: “Lo único que realmente sé hacer bien”.
Por Pedro Bahamondes Ch., Antofagasta.
C
AFÉ sin leche y un
sándwich de queso
con aceitunas.
Cada mañana,
hace ya 20 años,
Hernán Rivera Letelier sale de su
casa en la Avenida Brasil, en Antofagasta, rumbo al Paseo Prat, algo
así como la calle Huérfanos de Santiago: tiendas de un lado y del otro,
enormes vitrinas, vagabundos que
exhiben su desgracia a cambio de limosnas y, desde luego, ruidosos locales como el Café del Centro, donde casi nunca sobran mesas. Cruza
la entrada vistiendo una chaqueta
de cuero, jeans y un par de anteojos oscuros. “El clima está raro dice-, más nublado y frío que antes.
Antofagasta se está convirtiendo en
la otra Serena”. Se acomoda en una
de las mesas junto al ventanal, espía por si hay alguien conocido, y
antes de encender su computador,
le pide a la Ale, su garzona regalona, un café amargo y un sándwich
de queso con aceitunas. Su presencia no inmuta a nadie. Lo conocen
bien. “Este es un ritual para mí. Es
como llegar a mi oficina a escribir,
escribir, escribir, lo único que realmente sé hacer bien”, confiesa.
No toma micros, tampoco colectivos. Ni siquiera conduce su propio
auto. A sus 65 años, el autor de La
reina Isabel cantaba rancheras
prefiere caminar. “Cuando fumé mi
último cigarrillo hace 20 años, me
propuse moverme solo a pie hasta
este café donde escribo, miro y me
entero de anécdotas que alimentan
mi escritura”, dice. Desde que comenzó a hacerlo a inicios de los 90,
cuando aún trabajaba como minero en una de las últimas salitreras
nortinas, Rivera Letelier sabía que
no haría como otros autores que se
aislan, a lo Salinger, Proust y Pynchon, entre tantos otros. Por eso
vuelve cada mañana al ruido constante de la ciudad. “El escritor y artista en general no tiene que alejarse de la gente. Si lo hace está frito,
su obra se vuelve libresca. Acá me
inspiro en la gente, escucho lo que
dicen, los observo cuando no creen
que están siendo observados. Eso da
vida a la escritura. Mis libros pueden ser buenos o malos para mucha
gente, pero chorrean vida y nadie
puede hacerse el loco con eso”, dice.
Vuelve a su computador, a ese archivo de más de 200 páginas en el
que trabaja desde hace meses.
“Aún no la termino, pero sé que
será mi novela más autobiográfica
hasta ahora: en ella vuelvo a mis 25
años en la pampa, cuando no tenía
dónde caerme muerto y trabajaba
de sol a sol”, cuenta. Mientras, por
las noches solitarias y bajo una gran
SIGUE EN PAG. 44
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