Francisco Veiga en la introducción a su libro La trampa balcánica

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EL LUNAR DE EUROPA
Por Diego Cediel (*)
Francisco Veiga en la introducción a su libro La trampa balcánica afirma que el
conflicto de los Balcanes es para Europa la cara de la bruja perversa de los
cuentos de hadas que no se quiere ver en el espejo. Y como la mayoría de los
problemas políticos, el problema no es del espejo sino de la imagen reflejada.
Sin embargo, parece que la bruja tiene más de un lunar, y, uno de ellos es
Bielorrusia.
Erigido como el último bastión estalinista de la Europa del este, Bielorrusia está
enclavado en la zona báltica europea donde el régimen del presidente
Aleksandr Grigórievich Lukashenko ejerce su poder desde la caída de la Unión
Soviética, para algunos, con mano de hierro, para otros, como gran ícono del
socialismo soviético. Así las cosas, ni Europa ni los Estados Unidos se sienten
cómodos con el régimen de Lukashenko.
En un escenario internacional reconfigurándose por las crecientes
realizaciones, en apariencia, democráticas del norte de África y de algunos
países del orbe musulmán, sumadas a significativas muestras de apoyo de las
fuerzas militares y políticas del Occidente europeo, Bielorrusia no parece ser un
lunar que hoy afee el ya pálido rostro de la Europa del euro y de la
multiculturalidad.
No obstante, como es un problema estético, es un problema político y, de
política internacional. Al semblante macilento -por la crisis del euro- de Europa
no le luce tener enquistado un lunar que tenga todas las características de los
demás lunares o regímenes a los que hoy está ayudando a derrocar, bien sea
en defensa de la causa democrática ciudadana o por el mantenimiento del
status quo económico en la región del Magreb o del comercio petrolero.
Es probable que múltiples voces afirmen lo contrario. Sustenten que el régimen
de Lukashenko no es autoritario, ni silencia a la oposición, ni maquilla las cifras
de su autocrática economía, ni se ha mantenido en el poder mediante
fraudulentas
estrategias
electorales,
ni su régimen
partidista es
antidemocrático, ni simpatiza con ideales totalitarios y brutales como el
soviético o el alemán. Cabe recordar que Bielorrusia fue república soviética
hasta el derrumbe en 1991 y que Lukashenko ha apologizado a Hitler.
Pero la realidad estética de Europa es otra. Si pretende convertirse en el
bastión de la civilidad política y de la lucha democrática en países donde, a
juicio de la Unión Europea, la democracia es un tigre de papel, debería dejar
de solapar el lunar bielorruso con omisiones diplomáticas y con discursos de
corrección política.
¿Bielorrusia un lunar? Pues en términos europeos no parece serlo porque las
únicas zonas que alteran la estética europea son aquellos países del mundo
mediterráneo que estaban bajo regímenes de ancestral corrupción, exclusión
política y sistemática vulneración de derechos humanos. Para el Occidente
europeo, solo son regímenes perversos aquellos en los que un dictador, de
preferencia musulmán, usurpa el poder en zonas árabes, bereberes, sirias o
camitosemíticas. Pero en zonas blancas, europeas y bálticas no. Los dictadores
solo existen fuera de Europa.
Al ser un problema estético, puede que la impresión de la imagen que tengan
Francia, Alemania, España, Italia, Inglaterra, Suecia o Noruega de la situación
bielorrusa no les provoque esa sensación de fealdad y repulsión que sí
producen los regímenes de Irán, Siria, Libia o Yemen. Pero como bien lo afirmó
Burke en su texto Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas
acerca de lo sublime y lo bello, la fealdad y la belleza a pesar de tener algún
grado de subjetividad, y al ser un sentimiento, debe tener cierto grado de
objetividad.
Y la objetividad del régimen de Lukashenko es que se parece más a Libia, Siria
o al mismo Irán, que a España, Austria o a Polonia. Porque Bielorrusia, a pesar
de las emotivas defensas hechas desde Cuba, Venezuela y Rusia, es un
régimen en el que de acuerdo con Amnistía Internacional (AI) “el método de
ejecución utilizado en Bielorrusia es el tiro en la nuca, y a los familiares de los
condenados no se les comunican oficialmente ni la fecha de ejecución ni el
lugar donde se encuentra enterrado el cadáver”. Y, prosigue AI “el uso de la
pena de muerte se ve agravado por los defectos de un sistema judicial que
administra la pena capital de una manera que viola el derecho y las normas
internacionales relativos a la pena de muerte”. Mientras que Human Rights
Watch sustenta en su informe del 2010 que el régimen bielorruso ejerce
sistemáticas constricciones a la liberta de prensa, a la organización políticopartidista y al libre ejercicio de la oposición política. Desde luego para Europa
eso sólo se ve feo en África y Medio Oriente, en su zona báltica, no.
Las afirmaciones “son esbirros del extranjero” que solo buscan “desestabilizar
a la nación”, para Europa solo afean la escena internacional si son
pronunciadas por militares en el poder en Túnez o en Egipto, pero en
Bielorrusia, no. El intencional aislamiento del régimen de Lukashenko cuando
silencia brutalmente una protesta solo es comparable con el hermetismo y la
brutalidad de Siria. Pero eso solo es feo cuando lo hace Ali Abdullah Saleh,
presidente de Yemen mas no cuando la policía secreta del régimen de
Lukashenko ejecuta opositores.
Ante la evidente fealdad del régimen bielorruso se podrá preguntar el
ciudadano común y corriente de algún país europeo, si acaso será necesario
cambiar los patrones estéticos y, por lo tanto los políticos, de la Unión Europea
con tal de adecuarlos más a la imagen de una política internacional más
sincera y menos lunareja.
(*) Joven Investigadora del Centro de Estudios Políticos e Internacionales de las
Facultades de Ciencia Política y Gobierno y de Relaciones Internacionales de la
Universidad del Rosario.
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