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Informe de la Conferencia General
Semestral número 165 de La Iglesia
de Jesucristo de los Santos de los
Últimos Días
Discursos y acontecimientos que tuvieron lugar los días 30 de septiembre y 1- de octubre de 1995
en el Tabernáculo de la Manzana del Templo, en Salt Lake City, Utah.
V
ivimos en una era de pesimismo. Nuestra misión es
una misión de fe. A mis
hermanos y hermanas en todas
partes, les exhorto a que afiancen
su fe y hagan progresar esta obra
en todo el mundo. Ustedes podrán
fortalecería mediante la forma en
que vivan. Hagan del evangelio su
espada y su escudo", dijo el presidente Gordon B. Hinckley en el
discurso que pronunció en la
Conferencia General el domingo
1- de octubre por la mañana.
Él declaró: "Cada uno de nosotros tiene una responsabilidad en
ésta, la causa principal de la tierra.
Su doctrina tuvo su origen en la revelación divina. Su sacerdocio ha
sido conferido de los cielos. Otro testamento ha sido agregado al testimonio de Jesucristo, y es literalmente la
pequeña piedra del sueño de Daniel
que fue 'cortada del monte, no con
mano..., [para] rodar, hasta que llene
toda la tierra'(D. y C. 65:2)".
Dirigieron los dos días de sesiones
de la Conferencia General, el sábado
30 de septiembre y el 1- de octubre,
el presidente Gordon B. Hinckley y
el presidente Thomas S. Monson y el
presidente James E. Faust, Primero y
Segundo Consejeros, respectivamente, de la Primera Presidencia.
Una semana antes de la conferencia, el presidente Hinckley anunció en la reunión general de la
Sociedad de Socorro, efectuada el
23 de septiembre, una proclamación
oficial e histórica de la Primera
Presidencia y del Consejo de los
Doce Apóstoles enfocada en la unidad familiar, y en la que hacen un
llamado "a los ciudadanos responsables y a los representantes de los gobiernos de todo el mundo a fin de
que ayuden a promover medidas
destinadas a fortalecer ia familia y
mantenerla como base fundamental
de la sociedad".
En la sesión del sábado por la
tarde se anunciaron importantes
cambios administrativos. Durante el
verano se relevó a los eideres Rex D.
Pinegar y Charles Didier de la
Presidencia de los Setenta y se llamó
a los élderes Jack H Goaslind y
Harold G. Hillam a la Presidencia de
los Setenta; el sostenimiento se efecE N E R O
DE
1 9 9 6
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tuó en la conferencia. Además, los
eideres Ted E. Brewerton y Hans
B. Ringger, del Primer Quórum de
los Setenta, pasaron a la categoría
de Autoridades Generales
Eméritas; se relevó a los élderes
Eduardo Ayala, LeGrand R.
Curtís, Piel vé cío Martins,
J Ballard Washburn y Durrel A.
Woolsey como miembros del
Segundo Quórum de los Setenta;
y se relevó a la presidencia general
de la Escuela Dominical (todos
ellos miembros de los Setenta) del
eider Charles Didier, presidente;
eider j Ballard Washburn, primer
consejero; y eider F. Burton Howard,
segundo consejero. Se sostuvo como
nueva presidencia general de la
Escuela Dominical a estos hermanos
de los Setenta: éíder Harold G.
Hillam, presidente; eider E Burton
Howard, primer consejero; y eider
Glenn L. Pace, segundo consejero.
En la sesión general del sacerdocio realizada el sábado por la tarde,
eí presidente Hinckley anunció que
se edificarán templos en Boston,
Massachusetts, y White Plains,
Nueva York, con "la posibilidad de
otro en Venezuela", y "además tenemos seis más en construcción..." El
dijo: "Tengo el ferviente deseo de
que haya un templo de acceso razonable para todo Santo de los Últimos Días, en todo el mundo".
—Los Editores
LIAHONA, ENERO DE 1996,
VOL. 20, N Ú M E R O ! 96981 002
Public lie i ó ii oficial de La Iglesia de Jesucristo de los
Simios de ios Últimos Días, en el idioma español.
La Primera Presidencia:
Gordon B, Hinekley, Tilomas S, Moiison,
james II. FÍIUSI
El Q u ó r u m de los D o c e Apóstoles:
Boyd K. Packcr, L. Tom Perry, David B. Haight,
Neal A, Maxwell, Russell M. Nelson, Dallin H. Oaks,
M. Ilusseil Ballard, Joseph B. Wirtblin,
Richard O. Scoft, Roben D, Hales, jeílrey R. Holland,
Henry B. Eyring.
Editor:
jack II Goaslind,
Asesores:
Spencer J. Condie, L. Lionel Kendrick,
Administradores del Departamento de Cursos
de Estudio:
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ÍNDICE DE TEMAS
Conferencia General de octubre de
1995 y Reunión General de la
Sociedad de Socorro
ABORTO 97,
ABUSO DE DROGAS 51
ACTITUD 48
ADVERSIDAD 9, 18, 20, 42, 66, 79
ALBEDRÍO 18, 70
AMOR 28
APOSTASÍA 36, 73
ARREPENTIMIENTO 18, 20
AUTORIDAD 95
BAUTISMO 31,90
BENDICIÓN PATRIARCAL 36, 70
BENDICIONES DEL
SACERDOCIO 6,36
CARIDAD 103,110
CASTIDAD 90,97, 113
CONSAGRACIÓN 25
CONVENIO 76
CRECIMIENTO DE LA IGLESIA 57, 79
DEUDAS 39
DISCÍPULOS 25
EDUCACIÓN 36
EJEMPLO 18,54,93
ENSEÑANZA 9, 28
ESPÍRITU SANTO 6, 9, 31, 33, 86, 102
EXPIACIÓN 9, 20, 28, 36, 73, 76, 90, 97
FAMILIA 36,48,97
FE 6,42,79,86,102
FELICIDAD 18, 25, 90, 95, 97
GOZO 86,97
HIJOS 28,113
HIMNOS 76
HOGAR 103
INMORALIDAD 97,113
JESUCRISTO 4, 9, 14, 16, 20, 25, 66,
97,107,110,113
LIBRO DE MORMÓN 33,73
MADRES 102, 113
MANDAMIENTOS 51
MUJERES SOLTERAS 113
MUJERES 103, 107, 113
OBRA DEL TEMPLO 57
OBRA MISIONAL 36,42,54,57
ORACIÓN 57, 76, 102
PADRE CELESTIAL 16, 28, 54, 107
PADRES 48,90,93
PALABRA DE SABIDURÍA 86
PAZ 103
PECADO 20, 102
PERDÓN 20,97
PERFECCIÓN 97
PREPARACIÓN 39
L I A H O N A
2
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PROFETAS 48,86
REINO DE DIOS 83
RESTAURACIÓN 31,73
REVELACIÓN 83
SACERDOCIO 12,36,51
SACERDOCIO AARÓNICO 48, 70, 76
SACRIFICIO 47
SANTA CENA 31,36,76
SOCIEDAD DE SOCORRO 103,
107,110
TEMPLOS 57,97
TESTIMONIO 57,86
VIDA PRETERRENAL 16
Los cliscurscintes de la conferencia por orden alfabético
Baliard, M. Russell 6
Beckham, Janette Hales 12
Brewerton, Ted E. 33
Burton, H. David 48
Clyde,AiíeenH. 110
Dunn, Loren C. 31
Eyring, Henry B. 42
Faust, James E. 51, 70
Goaslind, Jack H 9
Haight, David B. 83
Hales, Robert D. 36
Hillam, Harold G. 46
Hinekley, Gordon B. 4, 57, 79,
102, 113
Holíand, Jeffrey R. 76
Jack, Elaine L. 103
Maxwell, Neal A. 25
Mickelsen, Lynn A. 90
Monson, Thomas S. 24, 54, 66
Nelson, Russell M. 99
Oaks, Dallin H. 28
Okazaki, Chieko N. 107
Packer, Boyd K. 20
Perry, L. Tom 39
Porter, Bruce D. 16
Ringger, Hans B. 95
Scott, Richard G. 18
Wells, Robert E. 73
Wirthlin, Anne G. 93
Wirthlin, Joseph B. 86
Woolsey, Durrel A. 97
Zwick, W. Craig 14
Informe de la Conferencia General Semestral número
165 de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los
Últimos Días
1
57
Autoridades Generales de La Iglesia de
Jesucristo de los Santos de los Últimos Días
60
Sesión del d o m i n g o por la mañana
Sesión del sábado por lo mañana
Somos una gran familia
Presidente Gordon B. Hinckley
4
Hyrum Smith, firme como un pilar
Éldcr M. Russell Ballard
6
Las cimas espirituales
Eider Jack H Goaslind
9
El poder de la bondad
Presidenta Janettc Hales Beckham
12
Entre los brazos del amor del Salvador
Eider W. Craig Zwick
14
Redentor de Israel
Eider Bruce D. Porter
16
La confianza en el Señor
Eider Richard G. Scott
18
La luminosa mañana del perdón
Presidente Boyd K. Packer
20
La paciencia: una virtud celestial
Presidente Thomas S. Monson
66
Las bendiciones del sacerdocio
Presidente James E. Faust
70
Nuestro mensaje al mundo
Eider Roben E. Wells
73
"Haced esto en memoria de mí"
Eider Jeffrey R. Holland
76
Mantengámonos firmes; guardemos la fe
Presidente Gordon B. Hinckley
79
Sesión del d o m i n g o por la tarde
Sesión de! sábado por la tarde
El sostenimiento de oficiales de la Iglesia
Presidente Thomas S. Monson
24
"... absorbida en la voluntad del Padre"
Eider Ncal A. Maxwell
25
Conceptos excelentes
Eider Dallin H. Oaks
28
Testigos
Eider Loren C. Dunn
31
Las bendiciones del sacerdocio
Eider Robcrt D. Hales
36
"Si estáis preparados, no temeréis"
Eider L. Tom Perry
39
"Buscad primeramente el reino de Dios"
Eider David B. Haight
83
Las ventanas de luz y verdad
Eider joseph B. Wirthlin
86
Las leyes eternas de la felicidad
Eider Lynn A. Míckelsen
90
Para llegar al corazón de los niños
Anne G. Wirthlin
93
"Señor, ¿a quién iremos?"
Eider Hans B. Ringgcr
95
U n a estrategia de guerra
Eider Durrel A. Woolsey
97
La inminencia de la perfección
Eider Russell M. Nelson
99
La trama de la fe y del testimonio
Presidente Gordon B. Hinckley
El Libro de Mormón: U n a antigua historia sagrada
Eider Tcd E. Brewerton
33
.'
102
Reunión General de la Sociedad de Socorro
Sesión del sacerdocio
La fe que hace cambiar a las personas
Eider Henry B. Eyring
42
El sacrificio al prestar servicio
Eider Harold G. Hillam
46
Iré y haré
Obispo H. David Burton
48
Actuar por nosotros mismos, sin ser obligados
Presidente James E. Faust
El que honra a Dios, Dios le honra
Presidente Thomas S. Monson
Misiones, templos y responsabilidades
Presidente Gordon B. Hinckley
La Sociedad de Socorro: Un bálsamo de Galaad
Presidenta Elaine L. Jack
103
Formemos una red viviente
Chieko N. Okazaki
107
¿Cuál es la función de la Sociedad de Socorro?
Aileen H. Clyde
110
Permanezcan firmes frente a las asechanzas
del mundo Presidente Gordon B. Hinckley
113
También se dirigen a nosotros;
página para los niños
118
Noticias de la Iglesia
119
51
Los fotografías que aparecen en este número son cortesía de:
Welden Andersen, Craig Dimond, John Luke, Maren Mecham,
Matthew Reier, Támara Hamblin, Bryant Livingston y Don Thorpe.
54
E N E R O
DE
1 9 9 6
3
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SESIÓN DEL SÁBADO POR LA M A Ñ A N A
30 de septiembre del 995
Somos una gran familia
Presidente Gordon B. Hinckley
Presidente de lo Iglesia
"Todos formamos una gran familia. Somos hijos de Dios y estamos
embarcados en el servicio de Su Hijo Amado."
M
is hermanos, es maravilloso tener la oportunidad de r e u n i m o s cada
seis meses en estas grandes conferencias mundiales. Nos congregamos desde todos los puntos de la tierra para expresarnos unos a otros el
testimonio, recibir instrucción y relacionarnos como hermanos en la
fe. Esta sociabilidad de que participamos es algo muy agradable y es
parte importante de la cultura
misma de nuestra organización.
Estas reuniones han tenido lugar
regularmente desde hace más de un
siglo en este histórico Tabernáculo.
Desde este pulpito ha ido al mundo
la palabra del Señor. A través de los
años, han pasado por este lugar oradores de personalidades diferentes
pero con el mismo espíritu. Es el
espíritu al que se refirió el Señor
cuando dijo: "...El que la predica y
el que la recibe se comprenden el
uno al otro, y ambos son edificados
y se regocijan juntamente" (D. y C.
50:22)."
Este histórico Tabernáculo parece
más pequeño cada año. En algunas
conferencias regionales solemos reunimos con grupos aún más numerosos bajo un mismo techo. Por ejemplo, no hace mucho estuvimos en la
región de Tacoma, estado de
Washington, donde un domingo por
la mañana tuvimos eí privilegio de
hablar ante una congregación de
más de diecisiete mil miembros de la
Iglesia. La acústica de aquel lugar
no era tan buena como la de este
magnífico edificio.
Por supuesto, gracias a los maravillosos medios electrónicos de que
disponemos en la Manzana del
Templo, nos escuchan hoy muchas
personas más. El Tabernáculo se ha
ido convirtiendo en un estudio de
transmisión desde el cual se propagan estas conferencias por medio de
la radiotelefonía y la televisión, por
cable o satélite y por otros medios,
para el beneficio de decenas de millares de personas en casi todo el
mundo. Estas conferencias se transmiten directamente a todos los
Estados Unidos, Canadá y la región
del Caribe, como así también a las
Islas Británicas y Europa. Esperamos
que pronto podremos asimismo
transmitirlas en vivo a las islas del
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Pacífico, Nueva Zelanda y Australia,
y de igual modo a las naciones de
Asia, a México, América Central y
América del Sur. Más del cincuenta
por ciento de los miembros de la
Iglesia pueden hoy, con un poco de
esfuerzo, verme y escucharme cuando les hablo.
En el subsuelo del Tabernáculo,
precisamente debajo de donde me
encuentro, un gran número de intérpretes trabaja con devoción para
que quienes deseen escucharnos
puedan hacerlo en su propio idioma.
Yo rindo honores y expreso mi agradecimiento por sus valiosos servicios
a estos dedicados hombres y mujeres
que tan generosamente consagran
su tiempo y su talento a esta obra de
traducción.
Esta pequeña "piedra cortada del
monte, no con mano," está rodando
para llenar toda la tierra (véase
D. y C. 65:2). ¡Qué maravilloso es
el ser partícipes de este reino de
nuestro Señor, siempre en progreso!
No existen fronteras políticas que
separen los corazones de los hijos de
Dios, sea donde sea que residan.
Todos formamos una gran, familia.
Somos hijos de Dios y estamos embarcados en el servicio de Su Hijo
Amado, que es nuestro Redentor y
Salvador, y en nuestro corazón arde
el testimonio de esta gran verdad.
Cada uno de nosotros tiene derecho a tal testimonio de esta obra. Es
precisamente ese conocimiento personal de las verdades fundamentales lo que nos une en lo que llamamos la Iglesia y Reino de Dios.
Y así es que nos reunimos cada
seis meses para renovar nuestra fe,
aumentar nuestro entendimiento de .
todo lo divino y expresarnos amor y
respeto mutuos en este notable hermanamiento que todos conocemos
como La Iglesia de Jesucristo de los
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Santos de los Últimos Días. Me uno
a todos en esperar con gran interés
estos servicios en que participaremos hoy y m a ñ a n a , rogando al
Señor que bendiga a cada uno de
nosotros con la compañía de Su
Santo Espíritu.
Invoco las bendiciones del Señor
sobre todos los que harán uso de la
palabra, los que habrán de cantar,
los que pronunciarán oraciones y,
muy particularmente, con el gran
amor y aprecio de mi corazón, sobre
todos aquellos que escuchen con la
inspiración del Espíritu. En el nombre de Jesucristo. Amén. •
Hyrum Smith, firme
como un pilar
Elder M. Russell Ballard
del Quórum de los Doce Apóstoles
"José SmJth dijo una vez que sus seguidores harían bien en emular el
ejemplo de la vida de Hyrum."
M
is queridos hermanos y
hermanas, estoy agradecido de encontrarme de
pie ante ustedes hoy día. Después de
haber tenido tina operación al corazón hace dos meses, estoy agradecido de poder estar de pie en cualquier parte. Sentí el poder de la fe y
de la oración de los miembros de la
Iglesia en mi favor estos últimos
meses, y sinceramente lo agradezco.
He sido grandemente bendecido y
públicamente expreso mi humilde
gratitud a mi Padre Celestial.
A principios de julio, mi esposa y
yo tuvimos la oportunidad de viajar a
los lugares históricos de la Iglesia en
Palmyra, Kirtland y Nauvoo, con
nuestros siete hijos, sus cónyuges y
veinte de nuestros nietos. Algunas
personas me sugirieron que eso quizás
haya contribuido a causarme los pro-
blemas del corazón... Lo dudo, pero sí
sé que nuestro viaje a esos lugares
llenó nuestra alma con un mayor
amor y respeto por el profeta José
Smith, por su familia y por la gente
fiel y fuerte que abrazó el evangelio
restaurado y se unió a La Iglesia de
Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. ¡Qué experiencia extraordinaria enseñar a mi familia usando
Doctrina y Convenios en el mismo
lugar donde se recibieron muchas de
esas revelaciones e instrucciones!
El visitar esos lugares de inspiración y sumergirnos con la familia
en los acontecimientos de la
Restauración, me recordaron el maravilloso privilegio que tenemos de
vivir en una época en que poseemos
un conocimiento doctrinal tan claro
del plan de salvación y de exaltación de nuestro Padre Celestial para
nosotros. La claridad de nuestra relación con el Señor Jesucristo y Su
iglesia restaurada es un conocimiento preciado que nos fortalece.
Agradezco a Dios que en estos días
difíciles de decadencia moral y alejamiento de los valores íntegros no
nos falten las verdades reveladas
que guíen nuestra vida.
Durante varias de estas últimas
semanas de recuperación física me
encontré con más tiempo libre del
que acostumbro tener, lo que me dio
la oportunidad inesperada de pensar, meditar y orar. No recomiendo
los medios por los que recibí ese regalo de tiempo, pero creo que todos
nos beneficiaríamos si dejáramos
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algo del que tenemos para pensar y
meditar. El Espíritu nos puede enseñar mucho durante los silenciosos
momentos de introspección.
El Espíritu me ha confirmado la
importante responsabilidad que tenemos de que nunca se pierda el legado de fe que nos dejaron nuestros
antepasados pioneros. Podemos obtener gran fortaleza, en especial los
jóvenes, del conocimiento de la historia de la Iglesia. Como descendiente de Hyrum Smith, considero
una obligación solemne el asegurarme de que la Iglesia jamás olvide el
importante ministerio de ese gran
líder. Reconociendo que nadie, con
la excepción de jesús, sobrepasó la
gran obra y el singular cometido del
profeta José Smith, mi alma se conmueve al recordar y respetar ja valiente vida y las contribuciones extraordinarias de su hermano mayor,
el patriarca Hyrum Smith.
En septiembre de 1840, Joseph
Smith reunió a su familia. El venerable patriarca estaba agonizante y
deseaba dejar una bendición a su
amada esposa y a sus hijos. Hyrum,
el mayor de los hijos que todavía vivían, le pidió a su padre que intercediera en los cielos a su llegada para
que los enemigos de la Iglesia "no
tuvieran tanto poder" sobre los santos. Luego, el padre le puso las
manos sobre la cabeza y lo bendijo
para que tuviera "paz... suficiente...
para cumplir la obra que Dios le
había encomendado". Conociendo
la vida de fidelidad de su hijo, concluyó esa última bendición que le
dio con la promesa de que Hyrum
"sería tan firme como un pilar de los
cielos hasta el fin de sus días" (Lucy
Mack Smith, History of Joseph Smith,
ed. por Preston Nibley. Salt Lake
City: Bookcraft, 19.58, pág. 309).
Esta bendición define la característica más fuerte de Hyrum Smith:
la cualidad que más se destacaba en
él es que era "firme como un pilar
de los cielos". A través de su vida, se
combinaron en contra de él las fuerzas del mal en un intento de vencerlo, o por lo menos de alejarlo del camino recto.
Después de la muerte de su
hermano mayor, Alvin, ocurrida en
1823, heredó responsabilidades importantes en ía familia Smith. En
esa misma época, ayudó y sirvió a su
hermano, el profeta José, en el largo
y arduo proceso de la Restauración.
Finalmente, se unió al Profeta y a
otros mártires de dispensaciones pasadas: Se vertió su sangre como postumo testimonio al mundo.
Hyrum Smith se mantuvo firme a
pesar de las circunstancias adversas;
él sabía el curso que tomaría su vida
y con conocimiento de causa decidió seguirlo; con el tiempo, llegó a
ser compañero, protector, proveedor
y confidente del Profeta y al fin
murió como un mártir junto a él.
Vivieron rodeados de injustas persecuciones durante toda su vida y, aun
cuando era mayor, él reconocía el
llamamiento de autoridad divina de
su hermano. Aunque en ciertas ocasiones le daba firmes consejos, siempre obedeció a su hermano menor.
José Smith le dijo una ves:
"Hermano, ¡qué corazón tan fiel tienes! ¡Que el Eterno Jehová corone
tu cabeza con bendiciones sempiternas como recompensa por el cuidado que has brindado a mi alma!
¡Cuántos dolores hemos compartido
juntos!" (History of the Church,
5:107-108).
En otra oportunidad, el Profeta
se refirió a su hermano con estas palabras profundas y tiernas: "Lo amo
con un amor que es más fuerte que
la muerte" (History of the Church,
2:338).
Hyrum Smith sirvió fielmente a la
Iglesia. En 1829 estuvo entre las
pocas personas a quienes se les permitió ver las planchas de oro de las
cuales se tradujo el Libro de
Mormón, y durante el resto de su
vida testificó de la naturaleza divina
del libro, como uno de los Ocho
Testigos que "habían visto las planchas con sus ojos y las habían tocado
con sus manos" (citado por Richard
Lloyd Anderson en Investigating the
Book of Mormon Wknesses, Salt Lake
City: Deseret Book Company, 1981,
págs. 158-159).
Él estuvo entre los primeros que
se bautizaron en esta dispensación
del evangelio. En 1830 tenía treinta
años y era el mayor de los seis hombres elegidos para organizar formalmente La Iglesia de Jesucristo de los
Santos de los Últimos Días. En 1831
habló en. una conferencia en Ohio y
se comprometió diciendo que "todo
lo que tenía pertenecía al Señor y
que estaba preparado para hacer la
voluntad del Señor" (citado por
Donald Q. Cannon y Lyndon W.
Cook, editores, en Far West Record,
Salt Lake City: Deseret Book
Company, 1983, pág. 21). En 1833,
cuando el Señor reprendió a la
Iglesia por demorar el comienzo del
Templo de Kirtland, Hyrum Smith
fue el primero en empezar a cavar
para los cimientos. Como presidente
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del comité del templo, reunió a la
gente de la Iglesia para llevar a cabo
la tarea casi imposible de edificar el
Templo de Kirtland cuando la mayoría de los miembros no tenían
nada, literalmente, para dar a la
causa. Pocos años después repitió
ese servicio con ia edificación del
Templo de Nauvoo.
Hyrum Smith prestó servicio
como integrante del obispado de
Ohio, en el primer sumo consejo,
como patriarca; fue consejero en la
Primera Presidencia y, finalmente,
fue uno de los dos únicos hombres
que tuvieron el oficio de Presidente
Asistente de la Iglesia.
Cumplió muchas misiones para la
Iglesia; durante una de ellas, mientras viajaba de Kirtland a Indiana,
sufrió una de sus más grandes pruebas cuando su primera esposa,
Jerusha, murió poco después de
haber dado a luz al sexto hijo de
ambos. La madre de los Smith, Lucy
Mack Smith, escribió que la muerte
de su nuera "nos estrujó el corazón
con un dolor muy grande... Era una
mujer que todos amábamos" (Smith,
History of Joseph Smith, pág. 246).
Aun cuando Hyrum Smith quedó
muy dolorido, su fe era inquebrantable, y la determmación que tenía de
servir a nuestro Padre Celestial y a Su
Iglesia nunca disminuyó. Creo que el
Señor lo recompensó por su fidelidad
dándole una de las mujeres más grandes de la historia de la Iglesia, Mary
Fielding, con quien se casó más tarde.
Juntos edificaron un legado extraordinario de amor y de ejemplo.
En realidad, Hyrum Smith fue
uno de los pilares firmes de la
Restauración; pero lamentablemente, muchos miembros de la Iglesia
saben muy poco sobre él fuera de
que murió junto a su hermano, en la
Cárcel de Carthage; eso es de gran
importancia, pero él hizo mucho
más. En verdad, el mismo José
Smith dijo una vez que sus seguidores harían bien en emular el. ejemplo
de la vida de Hyrum (véase Histoi~y
of the Church, 5:108). Deseo mencionar algunos de los ejemplos de su
vida que quizás deberíamos seguir.
En 1829, cuando José Smith
estaba terminando la traducción del
Libro de Mormón, su hermano estaba ansioso por empezar a propagar
el evangelio y a edificar la Iglesia y
le pidió que le preguntara al Señor
qué debía hacer él. En la sección 11
de Doctrina y Convenios leemos la
respuesta del Señor:
"No intentes declarar mi palabra,
sino primero procura obtenerla...
"...estudia mi palabra que ha salido... y también estudia mi palabra...
lo que ahora se está traduciendo"
{D.yC. 11:21-22}.
La vida de Hyrum Smith es un
testimonio de obediencia a esta instrucción divina. Hasta e! último día
de su vida se dedicó a obtener la palabra por medio del estudio de las
Escrituras. Estando en la cárcel de
Carthage leyó e hizo comentarios de
pasajes del Libro de Mormón.
Indudablemente, las Escrituras formaban parte de su ser y se volvió a
ellas en momentos en que más necesitaba consuelo y fortaleza.
Pensemos en la fortaleza espiritual que lograríamos y en cuánto
más eficaces seríamos como maestros, misioneros y amigos si estudiáramos las Escrituras a diario. Estoy
seguro de que, al igual que Hyrum
Smith, podremos enfrentar las pruebas más grandes que se nos presenten si escudriñamos la palabra de
Dios como él lo hizo.
El segundo gran ejemplo de la
vida de Hyrum Smith que podríamos emular ocurrió muy a principios
de la Restauración. De acuerdo con
Lucy Mack Smith, la madre, cuando
el joven José contó por primera vez
al resto de su familia la experiencia
en la Arboleda Sagrada, Hyrum y
los demás recibieron el mensaje
"con júbilo"; la familia se sentó formando un "círculo... prestando la
mayor atención a un muchachito...
que jamás en su vida había leído
toda la Biblia" (Smith, History of
Joseph Smith, pág. 82).
En contraste con la reacción de
Laman y Lemuel ante el llamamiento divino de su hermano menor
Nefi, y con los celos de los hermanos
de José .que fue vendido a Egipto, no
había celos ni animosidad en Hyrum
Smith. Por el contrario, nació una
gran fe en su corazón como resultado de la simple y gozosa respuesta
que sintió con respecto a la veracidad del mensaje de su hermano. El
Señor le hizo saber en lo íntimo de
su ser que era verdad y siguió fielmente ai Profeta por el resto de su
vida.
"...yo, el Señor, lo amo [a Hyrum
S m i t h ] " , reveló el Salvador en
Doctrina y Convenios, "a causa de
la integridad de su corazón, y porque él ama lo que es justo ante
mí..." (D.yC. 124:15).
El fiel Hyrum tenía un corazón
creyente; para creer, no necesitaba
ver todo lo que José Smith veía sino
que le era suficiente oír la verdad de
los labios del Profeta y sentir la impresión espiritual de que era verdad.
La fe para creer fue su fuente de fortaleza espiritual y ha sido la fuente
de fortaleza espiritual de los miembros fieles de la Iglesia de antaño y
de hoy, No necesitamos miembros
que cuestionen todo detalle, sino los
que hayan sentido con el corazón,
que vivan cerca del Espíritu y que
sigan Sus impresiones con júbilo; necesitamos corazones y mentes inquisitivas que reciban con alegría las
verdades del evangelio sin argumentos ni quejas y sin demandar mani-
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festaciones milagrosas. ¡Cuan bendecidos somos cuando los miembros
responden con gozo ante los consejos del obispo, del presidente de la
estaca, de los líderes de los quórumes y las organizaciones auxiliares,
algunos de los cuales pueden ser menores que ellos o tener menos experiencia! ¡Qué bendición tan grande
recibimos cuando seguimos "lo que
es justo" contentos y sin protestas!
El tercer ejemplo proviene de la
forma desinteresada en que Hyrum
Smith sirvió a sus semejantes. El comentario de su madre al respecto
fue que "era sumamente tierno y
amable" (Smith, History of Joseph
Smit/i, pág. 55). Cuando el pequeño
José sufría fuertes dolores en una
pierna, su hermano Hyrum reemplazó a la madre y se sentó junto a él
para cuidarlo durante casi todas las
veinticuatro horas del día y por un
período de más de una semana.
El era siempre el primero en demostrar amistad a un forastero, el
primero en intentar pacificar en una
disputa, el primero en perdonar a un
enemigo; se sabía que el profeta José
Smith había dicho que "si Hyrum
no podía hacer las paces entre dos
que se habían peleado, ni siquiera
los ángeles tendrían la esperanza de
lograrlo" (J. P Widtsoe, "Hyrum
Smith, Patriaren", The Utah
Geneatogical and Historical Magazine,
abril de 1911, pág. 56).
¿Existen exigencias similares en
la Iglesia y en nuestras familias hoy
día? ¿Somos sensibles a los intereses
de aquellos que necesiten atención
especial? ¿Percibimos los problemas
de familias que luchen espiritual o
emocionalmente, a quienes les
hagan falta nuestro amor, aliento y
apoyo? El ejemplo de servicio desinteresado de Hyrum Smith sería una
fuerte influencia en el mundo de
hoy día si muchos de nosotros decidiéramos seguirlo.
Otro gran ejemplo nos llega desde
el obscuro calabozo de la cárcel de
Liberty. Allí Hyrum y José Smith y
otros hermanos sufrieron el frío, el
hambre, el tratamiento inhumano y
la separación de sus amigos. En esa
cárcel, que fue una experiencia de
aprendizaje, el Patriarca aprendió
una lección de paciencia ante la adversidad y la aflicción. En medio de
esta severa prueba, su preocupación
primordial no era por sí mismo ni por
sus compañeros, sino por su familia.
En una carta a su esposa, escribió
que "lo más duro de mi dificultad"
era preguntarse cómo estarían ella y
la familia. "Cuando pienso en tus
aflicciones, mi corazón se atormenta
de dolor... Pero, ¿qué puedo hacer?...
que se haga Tu voluntad, oh Señor"
(carta de Hyrum Smítli a su esposa,
Mary Eielding, fechada el 16 de
marzo de 1839).
Al viajar por toda la Iglesia, veo a
miembros que han sido probados
con aflicciones personales. Veo esposos, esposas y padres que viven en
circunstancias difíciles de sobrellevar
y que no pueden cambiar con respecto a su cónyuge o sus hijos. Todos
nosotros nos enfrentamos a veces
con situaciones desagradables, con
adversidades y aflicciones que no podemos cambiar. Muchas circunstancias se pueden encarar sólo con
tiempo, lágrimas, oración y fe.
Nosotros, como Hyrum Smith, sólo
lograremos la paz cuando nos digamos: "Pero, ¿qué puedo hacer?...
Hágase Tu voluntad, oh Señor".
Indudablemente, José Smith estaba inspirado cuando escribió sobre
su h e r m a n o mayor, Hyrum: "Tu
nombre será escrito... para que aquellos que vendrán después de ti lo
consideren con veneración y puedan
moldear su carácter según tus obras"
(History of the Church, 5:108).
Ruego que podamos guardar la
promesa que se le hizo a Hyrum
Smith en la sección 124 de Doctrina
y Convenios de que "su nombre se
guarde en memoria honorable, de
generación en generación para siempre jamás" (D. y C. 124:96). Su
nombre seguramente será reverenciado si seguimos su ejemplo y moldeamos nuestro "carácter según
[sus] obras". Ruego que el recuerdo
de Hyrum Smith y el de todos nuestros fieles antepasados nunca se aleje
de nuestra memoria, y lo hago humildemente, en el nombre de
Jesucristo. Amén. •
Las cimas espirituales
Elder Jack H Goaslind
de los Setenta
"El poder del testimonio de Jesucristo es una de las grandes y
desaprovechadas fuentes de dirección de nuestra vida."
H
ace poco, tuve la oportunidad de asistir a unas reuniones en Eago Jackson,
cerca de las majestuosas montañas
Tetón, del estado de Wyoming, en el
oeste de los Estados Unidos. Los
agrestes picos de las montañas y el
paisaje indescriptiblemente hermoso
se combinaban con el fresco y límpido aire otoñal para elevar y renovar
el espíritu de todo visitante. Tengo
que reconocer que el trabajo que se
me había enviado a hacer allí parecía
mucho menos arduo de lo que nos
parece el trabajo diario a la mayoría
de nosotros. El sereno panorama de
las montañas tenía un efecto renovador en mí y en otros de ios presentes.
Los problemas del mundo parecían
entonces menos insuperables; las dificultades con que me enfrentaba se
me hacían menos amenazadoras. Salí
de allí con una visión más elevada y
con el espíritu iluminado por una esperanza y un entusiasmo nuevos.
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Esos paisajes montañosos me inspiraron también otras reflexiones, de
algunas de las cuales me gustaría hablar hoy.
Muchas veces, el Señor ha empleado las cimas de las montañas
como santuarios. En la época del
Antiguo Testamento, cuando no
había un templo disponible, El utilizaba los picos de las montañas como
el lugar sagrado donde revelaba verdades a Sus profetas. Del mismo
modo, tanto el Nuevo Testamento
como el Libro de Mormón describen
las cumbres sagradas donde Dios reveló verdades a Sus siervos. José
Smith, arrodillado en la Arboleda
Sagrada, estaba simbólicamente
arrodillado en la cima de una alta
montaña espiritual.
Hoy en día, el Señor nos concede
un amplio espacio que, en forma personal, se convierte en nuestra propia
cima espiritual en la cual recibimos
verdad e inspiración. Por ejemplo,
escudriñar las Escrituras nos contesta muchas de nuestras preguntas cotidianas elevándonos el espíritu a
una altura que nos ofrece una visión
más clara de todo. Además, el
mundo está lleno de templos santos
a los que podemos asistir para recibir
instrucciones e inspiración y para
efectuar ordenanzas sagradas. Y las
conferencias como ésta, las proféticas expresiones escritas de nuestros
queridos líderes, las reuniones sacramentales y las conferencias de estaca, todo ello nos provee oportunidades magníficas de escuchar la verdad
y de que ésta penetre en lo profundo
de nuestra alma.
Nosotros mismos, en nuestro
mundo de diaria labor, podemos
crear una experiencia "de cima" espiritual tan personal y exclusiva que
me pregunto por qué no hay más
personas que lo hagan. La cima espiritual a la que me refiero es el desarrollar y refinar el testimonio de
nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
Del mismo modo en que podemos
contemplar un maravilloso panorama desde la cima de una montaña
alta, creo que podemos, en cualquier parte que nos hallemos, sentir
el sobrecogedor asombro de saber
que el Salvador, en un acto de amor
que supera la comprensión humana,
dio Su vida para tomar sobre Sí
nuestro dolor y sufrimientos.
Creo que el poder del testimonio
de Jesucristo es una de las grandes y
desaprovechadas fuentes de dirección de nuestra vida. Estoy convencido de que cada uno de nosotros,
por bueno, leal y dedicado que sea
al evangelio y a la Iglesia, podría
hacer mucho más, si lo hiciera con
el poder y la influencia de una fe inalterable en el Señor. Quiero dar un
ejemplo de esto.
Pienso que la mayoría de los padres que me escuchan tratan de enseñar a sus hijos a distinguir el bien
del mal, a ser honestos, a respetar a
los demás y a la propiedad ajena, a
llevar una vida moralmente limpia y
a amar a su familia; se esfuerzan por
enseñarles la importancia de las ordenanzas salvadoras, tal como el
bautismo para la remisión de pecados; desean que sus hijos varones reciban el sacerdocio y sean ordenados
a la edad apropiada; enseñan a todos
sus hijos que casarse en el lugar debido, con la persona debida, en el momento debido y por la debida autoridad es esencial para la exaltación.
Estas importantes lecciones y
otras similares, tan cruciales para
todo Santo de los Últimos Días, son
la marca inconfundible de todo lo
que creemos y consideramos de máximo valor. Si se aprenden por
medio del Espíritu, cuando se hayan
enseñado por la influencia de un
fuerte testimonio de la expiación del
Salvador, se habrán enseñado y
aprendido en una atmósfera de amor
y confianza que asegure con certeza
que se recordarán. Como enseña
este pasaje de las Escrituras:
"Instruye al niño en su camino, y
aun cuando fuere viejo no se apartará de él" (Proverbios 22:6). La creencia y, al final, la convicción de que
Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero, el Redentor de Israel —nuestro
Señor y Salvador Jesucristo—, dio
Su vida en un abnegado sacrificio a
fin de que nosotros alcanzáramos la
inmortalidad y la vida eterna pone
en la debida perspectiva cualquier
enseñanza que impartamos a nuestros hijos o a otras personas de quienes tengamos responsabilidad.
A veces pienso que sentimos
aprensión injustificada de relacionar
nuestras enseñanzas con este fundamento de las verdades del evangelio; quizás nos excedamos en enseñar a nuestros hijos a obedecer una
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ley o principio sólo porque la familia
espera que lo hagan. Pueden tal vez
obedecer una verdad con el fin de
complacer al obispo o a un vecino y
alguna otra por una tazón diferente;
pero cuando les enseñamos una verdad eterna y no la explicamos dentro del contexto de un firme testimonio de nuestro Salvador, desperdiciamos así el poder del ejemplo del
Maestro más grandioso que el
mundo haya conocido.
Del mismo modo, muchos hemos
logrado un estado de obediencia en
el cual guardamos continuamente la
letra de la ley, o sea, no cometemos
pecados graves; si miramos alrededor, vemos que no somos peores que
esta o aquella familia, y nos sentimos satisfechos y cómodos; estamos
a la par de otros en nuestra meseta,
que se halla a mitad de camino
hacia la cima de la montaña, y nos
gusta ese lugar panorámico donde
mantenemos a raya todo lo que debemos y no debemos hacer. Es preciso que aprendamos —y luego enseñemos— que somos obedientes a las
leyes y los principios del evangelio
por nuestra creencia, nuestro conocimiento, nuestro testimonio y
nuestra fe en Jesucristo. Nefi, que
en las Escrituras declara que su
"alma se deleita en la claridad", nos
recuerda lo siguiente en el capítulo
25 de 2 Nefi:
"Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de
Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías,
para que nuestros hijos sepan a qué
fuente han de acudir para la remisión de sus pecados" (vers. 26).
El presidente Harold B. Lee nos
aconsejó, quizás dándose cuenta de
lo difícil que nos resultaría a veces
concentrar nuestra fe en nuestro
testimonio del Salvador:
"Caminen hasta el límite de la
luz y quizás unos cuantos pasos en la
oscuridad, y verán que la luz aparece y se pone delante de ustedes" (citado por el presidente Boyd K.
Packer en el seminario para
Representantes Regionales, 1Q de
abril de 1977).
Al desarrollar nuestro testimonio, al salir de nuestra posición cómoda y movernos aunque sea un
poco hacia la cima de la montaña,
creo que es entonces que empezamos a acercarnos a nuestra propia
cima espiritual en la que recibiremos
inspiración y verdad como nunca.
Es allí, tal como lo experimenté
aquel día en la cumbre de las montañas, que podemos pensar más claramente, ver las cosas como realmente son y comprender la verdad
con una luz pura y límpida. Allí, con
la guía y la influencia del Espíritu
Santo, comenzamos a comprender y
sabemos cómo enseñar y bendecir a
otros con nuevo significado y mayor
percepción.
Si se me concediera un solo deseo
esta mañana, lo que haría sería plantar profundamente en el corazón de
los que me escuchan el recuerdo indeleble de Jesucristo. Hace poco, el
presidente Howard W. Hunter nos
inspiró con estas palabras:
"Debemos llegar a conocer a
Cristo mejor de lo que lo conocemos; debemos recordarle con más
frecuencia de lo que le recordamos;
debemos servirle más valientemente
de lo que le servimos" ("¿Qué clase
de hombres habéis de ser?", Líahona,
julio de 1994, pág. 72).
Quizás lo que haya querido decirnos el presidente Hunter con esas
palabras de admonición haya sido lo
mismo que Alma enseñó cuando
habló de experimentar un gran cambio en el corazón. Él enseñó a los
miembros de la Iglesia en Zarahemla
que debían elevar el corazón a un
plano espiritual más alto; les habló
de la importancia de confiar en Dios
y les dijo lo esencial que era ejercer
la fe; luego les hizo esta pregunta
fundamental que debemos hacernos
nosotros mismos en la actualidad:
"Y ahora os digo, hermanos
míos, si habéis experimentado un
cambio en el corazón, y si habéis
sentido el deseo de cantar la canción del amor que redime, quisiera
preguntaros: ¿Podéis sentir esto
ahora/" (Alma 5:26).
Mis hermanos, nuestra bondad
—todo empeño de rectitud—, nuestras buenas obras, nuestra obediencia y nuestros esfuerzos por bendecir
a los demás tienen que estar basados
en nuestra fe en Cristo y motivados
por ella, por el testimonio que tengamos de Su misión y de Su sacrificio y por nuestra disposición a abandonar la situación cómoda en que
nos hallamos. No nos será posible
responder afirmativamente a la pregunta de Alma hasta que hayamos
encontrado el modo de fortalecer,
aumentar y magnificar nuestro testimonio de Jesucristo y el efecto de la
Expiación en nosotros mismos.
Satanás quiere impedirnos alcanzar esa cima que nos permita desarrollar un testimonio tan fuerte
que él no pueda tener influencia en
nosotros. Su obra consiste en malograr nuestros esfuerzos, pero el
Señor nos ha dicho:
'Así que, no temáis, rebañito;
haced lo bueno; aunque se combinen
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en contra de vosotros la tierra y el infierno, pues si estáis edificados sobre
mi roca, no pueden prevalecer"
(D. y C. 6:34).
Tenemos toda confianza en que
la tierra y el infierno no prevalecerán sobre ustedes, pero es indispensable que abandonen las mesetas
bajas en que se encuentran y asciendan a terrenos más elevados.
Quisiera terminar con las magníficas palabras de nuestro amado
Profeta, Gordon B. Hinckley, que
dijo:
"Sigan adelante. Lo mejor está
por venir. Inculquen a nuestros jóvenes algo más de espiritualidad;
cultiven en el corazón de cada uno
un sentido de la relación que tiene
con el Señor, al mismo tiempo que
ellos empiezan a conocer al
Salvador del mundo entendiendo
algunos de los elementos de la expiación del Redentor por medio de
los cuales se pone la vida eterna al
alcance de cada uno de nosotros"
(Graduación del seminario de la escuela "West High", Salt Lake City,
14 de mayo de 1995; reunión de liderazgo del sacerdocio, Conferencia
Regional de Springville y Heber
City, 13 de mayo de 1995).
Que Dios bendiga a los padres.
Nosotros los queremos y sabemos
que no es fácil hacer lo que están
haciendo; sabemos que cada día les
trae dificultades y pruebas que les
parecen insuperables. Que mediante
el aumento de su fe y de su confianza en el Señor puedan obtener fortaleza, vigor y resistencia renovados
para enseñar y bendecir a aquellos
que son parte de su mayordomía paternal. Que por los consejos del presidente Howard W. Hunter, del presidente Gordon B. Hinckley y de
todos los que han dado su inalterable testimonio de Jesucristo, sepan
que sólo por medio del amor y las
enseñanzas de Aquél de quien testificamos, y gracias a las bendiciones
de Su expiación por nosotros, podemos enseñar con el poder de bendecir y salvar a nuestras familias en el
reino de Dios. De esto testifico en el
sagrado nombre de Jesucristo.
Amén. D
El poder de la bondad
Hermana Janette Hales Beckham
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes
"Dios nos ha dado a todos el poder individual de actuar, de decidir, de
servir, de amar y de realizar mucho bien."
U
na madre me dijo una vez:
"Me gustaría que encerraran a todos los niños en el
templo hasta que cumplieran los
veintiún años". Y un padre comentó: "Me siento totalmente impotente en mi propio hogar. Nuestra familia no tiene control". ¿Qué fuerza o
poder hay que mitigue el anhelo humano de disfrutar de mayor seguridad, orden, control e incluso de paz?
Mi primer recuerdo de haber tenido necesidad de poder es de cuando mi familia se mudó, el año que
comencé el tercer grado. Allí empecé a entender más sobre los amigos y
la familia de otras personas. Al charlar con mis nuevos amigos y chicos
de la vecindad, comparábamos posesiones y cantidades: quién tenía los
mejores árboles de sombra o un gallinero en el que pudiéramos treparnos. Además de enterarme de qué
papá era el más fuerte, noté que muchos chicos eran mayores que yo.
Por suerte, yo tenía dos hermanas
mayores que contaban con muchos
amigos. Y una vez dije que, si era necesario, toda la escuela secundaria
iría a ayudarme. De este modo sentía
que poseía el poder indispensable
para mi seguridad y protección.
Poco a poco, el mundo de mis
ocho años se fue ensanchando; también se hacía más necesaria la habilidad de enfrentar este mundo civilizado. Comencé a apreciar la seguridad del tamaño, de la cantidad y de
los recursos. El empleo de lo que llamamos el "poder político" empieza a
temprana edad; lo primero que se
aprende es la importancia del tamaño: "¡Si no te sosiegas, llamo a
mamá!" "¡Ya verás cuando papá
vuelva!" Los recursos pueden ser un
suplemento al tamaño. Un juguete
sirve para golpear; lo que empezó
como un muñeco de nieve se transforma en un fuerte.
El mundo estaba en guerra en
aquellos días, pero yo estaba en tercer grado y el peligro al que temía
era el niño que tenía una pistola de
madera con la que tiraba aros de
goma de los frascos de conservas; su
blanco eran las piernas cié las niñas.
Mis amigos me decían que si le daba
aros de goma, él no me iba a tirar
más a mí, pero contribuir a su arsenal me parecía un acto de traición, y
dudaba de poder confiar en la palabra de un buscapleitos. Creo que al
fin algún maestro le debe de haber
quitado la pistola. En mi mundo, yo
valoraba a la gente con poder, como
los padres y los maestros, especialmente si sus reglas eran justas.
Ese mismo año, la comunidad
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compartió la alegría de nuestra familia cuando mi madre dio a luz al
único varón después de cuatro
niñas. Mi papá era el único varón de
su familia, y pensó que ya tendría a
alguien para que perpetuara su apellido. A los pocos meses, fue obvio
que Tommy sufría de una grave
anormalidad. Entonces empecé a
sentir en mi interior una fuerza claramente diferente de la de mi
mundo exterior. Empezó a tomar
forma una nueva dimensión de
amor, ternura y compasión; observé
cómo mamá y papá cambiaban su
estilo de vida para cuidar amorosamente de un niño que en cinco años
nunca aprendió a sentarse ni a hablar, pero que iluminaba el cuarto
con su sonrisa. Todo el pueblo parecía más amable, más cuidadoso, más
atento. Mis temores a lo externo
disminuyeron; me sentía segura porque mí madre y mi hermano estaban
allí; mis padres estaban en casa por
la noche. Nuestro hogar estaba
lleno de calidez. Había un poder diferente que parecía emanar desde
adentro; era más permanente, no
como el momentáneo que sentía
con mis amigos; era sereno y lleno
de paz; era el poder de la bondad, el
poder del amor.
En la bondad hay un poder que
se aprende a veces en el seno familiar. Y hay un vacío cuando ésta
falta. Conozco a una familia que
dejó lo que llamaban "la buena
vida" por el deseo de hacer el bien.
Acordaron embarcarse en un noble
propósito que los llevó a vivir un
año en Filipinas. La madre de esta
familia contó lo anonadados que estaban de ver lo difícil que era su
nueva vida. Sin la rutina normal ni
las comodidades del hogar, según
dijo, "éramos los mismos insufribles
de siempre". Entonces iniciaron una
nueva rutina: ejercicio a las cinco y
media de la mañana, estudio de las
Escrituras a las seis y media, luego el
desayuno y la escuela. Y todas las
tardes visitaban orfanatos para jugar
con los niños.
Gradualmente, la familia comenzó a notar un cambio: tenían más
paciencia, gratitud y respeto.
Empezaron a hablar más unos con
otros, pero realmente hablar y realmente escuchar. La madre comentó:
"Nunca olvidaré la lección que
aprendimos el día en que llevaron al
orfanato a un bebé de cinco meses
al que le habían cortado la lengua y
sacado un ojo." Cuando supieron
que la propia madre, una mendiga,
era quien lo había dañado, la clase
de estudios sociales que habían tenido en el hogar cobró nuevo significado. Empezaron a sentir mayor
compasión, más reverencia por la
santidad de la vida. Esas personas
pusieron su "confianza en ese
Espíritu que induce a hacer lo
bueno" (D. y C. 11:12), y gradualmente comenzaron a experimentar
el poder que les permitió cambiar.
Los poderes del cielo están al alcance de todos por medio de la rectitud. Moroni enseña que "toda cosa
que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada
por el don y el poder de Cristo"
(Moroni 7:16; cursiva agregada).
A José Smith se le dio una revelación sobre el poder, precisamente
cuando el poder político se había
vuelto en su contra y se hallaba prisionero en la cárcel de Liberty. Su
primer ruego al Señor fue para pedir
ayuda para castigar a sus enemigos:
"Permite que tu enojo se encienda
en contra de nuestros enemigos",
suplicó. Nuestro Padre Celestial le
respondió con una bendición mayor:
"Hijo mío, paz a tu alma". Luego le
hizo una promesa, si perseveraba y
era fiel: "Dios te exaltará; triunfarás
sobre todos tus enemigos" (D. y C.
121:5,7,8).
Fue en esa misma prisión que
Dios enseñó al Profeta acerca del
poder del sacerdocio, diciendo:
"Ningún poder o influencia se
puede ni se debe mantener en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad,
mansedumbre y por amor sincero"
(D. yC. 121:41).
El poder del sacerdocio se emplea
para ministrar, predicar, enseñar,
bautizar, ordenar, sanar, sellar, restaurar, bendecir, profetizar, testificar
y hacer el bien.
El poder político, por otra parte,
puede ser una fuerza para bien o
para mal y es siempre momentáneo.
Todos tenemos poder político y cada
uno de nosotros lo necesita; debemos emplearlo para el bien. Sin un
ejercicio correcto de ese poder, estaría en peligro nuestra libertad; las
religiones podrían desaparecer. Por
supuesto, necesitamos reglas y leyes,
pero debemos recordar que las
Escrituras nos dicen que "los poderes del cielo... no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme
a los principios de la rectitud"
(D.y C. 121:36).
Una fiel hermana expresó este
testimonio de la manera que el
poder de la bondad influyó en ella:
"Hasta que tenía aproximadamente ocho años de edad, no me
había dado cuenta de que mi madre
tenía serios problemas de salud,
diagnosticados más tarde como esclerosis múltiple. Cuando estaba en
el primer año de Abejitas, desperté
una mañana de mayo y la encontré
paralizada del cuello para abajo;
previamente había perdido la vista".
Confinada a su lecho, esta valerosa mujer se convirtió en el eje del
hogar. Su hija escribe lo siguiente:
"Un día me tocaba limpiar el
horno, una tarea que acometí con
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autoconmiseración y bastantes quejas. Fui al dormitorio de mamá para
lamentarme un poco y vi que estaba
llorando. Me dijo: '¿Sabes cuánto
daría por levantarme y limpiar ese
horno?' Logré entonces una nueva
perspectiva de la naturaleza del trabajo; y hasta el día de hoy, cada vez
que limpio el horno pienso en esa
experiencia.
"Fue una bendición muy especial
el tener a mi madre siempre disponible. Ella escuchaba pacientemente
las preocupaciones y preguntas de
mi adolescencia. Me hacía sentir la
persona más importante e interesante del mundo. Ella estaba siempre
EN CASA, atenta, llena de interés,
y siempre disponible".
La madre falleció el año en que
ella se graduó. Continúa el relato:
"Uno de los momentos más dolorosos de mi joven vida fue el día que
volví de la escuela para entrar en
una casa vacía y caminar por el
largo pasillo hasta su dormitorio. Mi
consejera y confidente ya no estaba
allí, pero me había dado esos dones
eternos e intangibles de amor, interés, sabiduría y aceptación. Y estaré
siempre agradecida por su bondad".
Esa valiente mujer, aunque físicamente impedida, tuvo el poder para
amar, motivar, inspirar, para perpetuar la rectitud y hacer el bien.
Mi ruego por cada uno de nosotros es que podamos reconocer que
Dios nos ha dado a todos el poder
individual de actuar, de decidir, de
servir, de amar, y de realizar mucho
bien. Quizás sea tiempo de tomar las
riendas de nuestra vida. Nuestro
Profeta, el presidente Gordón B.
Hinckley, ha dicho: "[Sean fieles]...
considerados y buenos... No debemos temer; Dios está a la cabeza...
El derramará Sus bendiciones sobre
aquellos que caminen obedeciendo
Sus mandamientos" ("Esta es la
obra del Maestro", Liahona, julio de
1995, pág. 81). Es mi oración que
podamos buscar el poder de la rectitud en nuestro diario vivir al seguir
el consejo de nuestro Profeta, y que
vivamos según las enseñanzas de
nuestro Salvador, Jesucristo, en Su
nombre. Amén. •
Entre los brazos del
amor del Salvador
Elder W. Craig Zwick
de los Setenta
"Nuestra vida es bendecida al aprender lecciones de amigos de confianza
cuyas deficiencias físicas y humildad invitan al Espíritu. Ellos nos enseñan
una nueva dimensión de la fe, el valor, la paciencia, el amor y la
dignidad individual."
i corazón tiembla con
profunda humildad al
.ocupar este lugar sagrado
por primera vez. Sé con toda seguridad que la voz y los pensamientos
del presidente Hinckley representan
los deseos del Salvador para cada
uno de nosotros.
En una hermosa mañana de verano, nuestra familia asistió a las
Olimpíadas Especiales para ver participar a nuestro hijo Scott. Las
Olimpíadas Especiales se realizan
todos los años para dar a las personas con deficiencias físicas la oportunidad de disfrutar de una competición amistosa. Observamos que
mientras los corredores tomaban sus
puestos para la carrera de 50 yardas,
había amigos especiales que los
animaban y que se conocen afectuosamente como "abrazadores".
Segundos antes de comenzar la carrera, esos "abrazadores" ocupaban
un lugar junto a la meta. No tenía
importancia quién cruzase la línea
primero; lo que importaba era que
cada participante terminara la carrera y recibiese un abrazo de felicitaciones. Tanto los bravos corredores como los cariñosos "abrazadores"
enseñaban fundamentales principios
de la verdad.
El Señor habló claramente cuando dijo: "Sé fiel y diligente en guardar los mandamientos de Dios, y te
estrecharé entre los brazos de mi
amor" (D. y C. 6:20).
Todos queremos sentir el consuelo del abrazo del Señor.
Durante Su ministerio, el
Salvador contempló con gran compasión más allá de las imperfecciones físicas y mentales de las personas, y vio el corazón. El ser discípulo
implica la sagrada responsabilidad
de seguir Su ejemplo, de preocuparnos por ios que tienen deficiencias y
amarlos. Los discípulos valientes
procuran encontrar maneras significativas de extender su alma en el
servicio y el amor hacia los demás.
Este consejo del élder Richard G.
Scott es preciso:
"...te convertirás en un instrumento por medio del cual el Señor
pueda bendecir a otra persona. El
Espíritu te hará sentir el interés que
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el Salvador tiene en tí, y luego la calidez y la fortaleza de Su amor"
("Para ser sanado", hiahona, julio de
1994, pág. 9).
Nuestra tarea, facilitada por la
oración, es reconocer aun las más
pequeñas limitaciones de cada persona que pueda estar sufriendo
dolor o desaliento; puede que sea
una deficiencia minúscula para
aprender, una dislexia o un pequeño
impedimento auditivo; pero sin
nuestra ayuda, quizás ellos sean incapaces de participar de ia bondad
del Señor o de disfrutar de la plenitud de la vida.
Toda persona desea sentirse segura en este mundo, que a veces es
cruel y competitivo. Todos somos de
gran valor, porque somos hijos espirituales de Dios.
María, una jovencita con ciertas
deficiencias mentales, que no era
miembro de la Iglesia, tenía limitaciones, pero deseaba mucho participar en las actividades de otras jóvenes. Percibiendo sus necesidades,
varias Mujeres Jóvenes la invitaron
a participar en el "teatro ambulante" del barrio. Se invitó también a la
familia a asistir a su actuación. El
padre de María quiso saber más
sobre esa religión cuyos miembros se
interesaron tanto en su hija que la
hicieron participar de sus actividades. Toda la familia abrazó el evangelio y fue bautizada.
Agradezco a todos los atentos
amigos, maestros, obispos y a aquellos que se aseguran de que nadie se
sienta solo ni fuera de lugar.
Siempre existe la necesidad de saber
que se forma parte importante de
algo. Todos nos mejoramos y elevamos en ese proceso.
La hermana Navarro vive en una
pequeña villa del sur de Chile.
Tiene el cuerpo afectado por la artritis y sufre considerable dolor al
caminar con la ayuda de un bastón.
Pero todos los domingos, durante
diecinueve años, ha tomado la
mano de su hija que tiene un impedimento mental, y ha caminado
arrastrando los pies la distancia de
más de tres kilómetros que tiene
que recorrer para ir a la Iglesia. Su
llamamiento de directora de música
en la Sociedad de Socorro significa
todo para la querida hermana
Navarro. Su deseo de elevar a los
demás es como un imán para que, a
su vez, le sirvan de ayuda a su hija
minus válida.
El Salvador, en Su infinita bondad, permite que todos tengan gozo.
"...todo hombre tiene tanto privilegio como cualquier otro, y nadie es
excluido" (2 Nefi 26:28). Toda persona tiene dones especiales y todos
necesitan contribuir.
Jamie Wheeler es un joven excepcional de dieciséis años. Nació con
Síndrome de Down. Tiene un llamamiento en el barrio y ayuda al obispo
en tareas importantes; además, participa activamente en el programa
Scout. Verdaderamente contribuye y
recibe amor y aprecio genuínos.
El profeta José Smith enseñó lo
siguiente: "Todas las mentes y espíritus que Dios ha enviado al mundo
están capacitados para progresar"
(Enseñanzas del Profeta José Smith,
págs. 438-439).
Nuestra vida es bendecida al
aprender lecciones de amigos de
confianza cuyas deficiencias físicas y
humildad invitan al Espíritu. Ellos
nos enseñan una nueva dimensión
de la fe, el valor, la paciencia, el
amor y la dignidad individual.
Cuatro hombres jóvenes con severas incapacidades trabajan en el
Templo de Sao Paulo. Cada uno
tiene una dificultad diferente, pero
todos son una bendición para miles
de personas al contribuir al dulce espíritu que se siente dentro de ese
hermoso templo. "Recordad que el
valor de las almas es grande a la
vista de Dios" (D. y C. 18:10).
Mi alma se emociona con profundo amor y aprecio por nuestro hijo
mayor, Scott, mentalmente deficiente desde su nacimiento. Su valor y
amor han permitido que muchos
amigos y todos los miembros de nuestra familia sintamos por medio del
Espíritu "el interés que el Salvadot
tiene... y luego la calidez y la fortaleza
de Su amor" (Richard G. Scott,
Liahona, julio de 1994, pág. 9).
Agradezco mi compañera eterna,
Jan, cuya fe y tierno amor por cada
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uno de nuestros hijos ha hecho de
nuestro hogar un lugar de paz. Ella
realmente procura hallar maneras
de hacer que cada hijo de Dios se
sienta consolado.
Mediten en lo íntimo de su ser
los sentimientos del Salvador al expresar El Su amor por cada hijo de
Dios:
"...vio que estaban llorando, y lo
miraban fijamente, como si le quisieran pedir que permaneciese un
poco más con ellos.
"Y les dijo: He aquí, mis entrañas
rebosan de compasión por vosotros.
"¿Tenéis... quienes estén afligidos
de manera alguna? Traedlos aquí y
yo los sanaré, porque tengo compasión de vosotros...
"...veo que vuestra fe es suficiente para que yo os sane" {3 Nefi
17:5-7).
Ruego que nuestra fe sea suficiente para que cada uno de nosotros pueda sentirse envuelto en los
brazos del amor del Salvador. Sé que
Él vive y que nos conoce íntimamente. En el nombre de Jesucristo.
Amén. •
Redentor de Israel
Elder Bruce D. Poríer
de ios Setenta
"Él recorre largas distancias para hallar y traer de regreso al hogar a los
'hijos pródigos'. Nos encuentra fatigados, hambrientos y oprimidos, y nos
alimenta y nos da de beber."
reconciliarnos con nuestro Padre y
retornar a Su hogar.
"Hemos errado mucho, clamando
a ti,
extraños, en yermos del mal"
("Oh Dios de Israel", Himnos,
N 2 5.)
a parábola del hijo pi'ódigo se
aplica a cada uno de nosotros. Nos recuerda que todos
somos, en cierta medida, hijos pródigos de nuestro Padre Celestial.
Porque, como lo escribió el apóstol
Pablo, "todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios"
(Romanos 3:23).
Tal como el hijo errante de la parábola del Salvador, hemos venido a
"una provincia apartada", separada
de nuestro hogar premortal. Como
el hijo pródigo, tenemos parte en
una herencia divina, pero, a causa
de nuestros pecados, malgastamos
una porción y experimentamos "una
gran hambre" del espíritu (véase
Lucas 15:13, 14). Así como él,
aprendemos por dolorosas experiencias que los placeres y afanes del
mundo no tienen mayor valor que
"las algarrobas que comían los cerdos" (Lucas 15:16). Anhelamos
En la parábola del hijo pródigo,
sólo el hijo mayor permanece fiel a
su padre, según sus propias palabras,
"no habiendo [le] desobedecido
jamás" (Lucas 15:29). En forma similar, en el plan de salvación, el
Primogénito del Padre es sin pecado
y sin defecto. Pero aun así, hay una
diferencia esencial: En la parábola,
el hijo mayor está celoso de la atención brindada al retorno del pródigo; en el plan de salvación, en
cambio, el Hijo mayor hace
posible el regreso de los hijos
pródigos.
El Padre lo envía a redimir a Sus
hijos del cautiverio. El Hijo mayor
acepta la misión: "...y los salvaré de
todas sus rebeliones con las cuales
pecaron, y los limpiaré..." (Ezcquiel
37:23). El recorre largas distancias
para hallar y traer de regreso al
hogar a los "hijos pródigos". Nos encuentra fatigados, hambrientos y
oprimidos, y nos alimenta y nos da
de beber. Vive entre nosotros y comparte nuestras cargas. Después, en
un acto culminante de supremo
amor, el Hijo mayor toma de Sus
propios bienes y nos rescata, uno por
uno. A fin de pagar la totalidad de
nuestra deuda, se ve obligado a sacrificar Sus propias riquezas, sí, todo
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lo que tiene, hasta el último ápice.
Hay algunos que rehusan el rescate ofrecido; encadenados por el orgullo, prefieren el cautiverio a la contrición. Pero los que aceptan el ofrecimiento y abandonan sus caminos
erróneos, son sanados por Sus manos
y reciben el don de la libertad. A
éstos los lleva de regreso al Padre,
con cánticos de regocijo eterno.
Testifico que el Hijo mayor de
nuestro Padre Celestial nos ha redimido de los lazos del pecado. Somos
un pueblo comprado. En las palabras de Pablo, "Por precio fuisteis
comprados..." (1 Corintios 7:23).
En el jardín de Getsemaní, el
Primogénito del Padre "descendió
debajo de todo" (D. y C. 88:6); y
como dijo Isaías, "llevó nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores" (Isaías 53:4). En el Gólgota,
"derramó su vida hasta la muerte"
(Isaías 53:12) a manos de los mismos hombres cuyos pecados El
había expiado, entregando libremente Su vida mientras vencía al
mundo.
En el mundo premortal, Él fue el
Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el
Creador de la tierra, el gran YO
SOY. Desde esas exaltadas cumbres,
descendió para venir a la tierra en la
más humilde circunstancia, para
que no le fueran extraños nuestros
pesares. En lugar de un sitial mundano, eligió nacer en un humilde establo y vivir la vida sencilla de un
carpintero; creció en un oscuro villorrio de un distrito menospreciado
de Palestina. No quiso forjarse una
reputación, y fue "como raíz de tierra seca... sin atractivo para que le
deseemos" (Isaías 53:2).
Pudo haber tenido poder y honores políticos; optó en cambio por
sanar y enseñar. Pudo haberse ganado el favor de los de Su pueblo liberándolos de la opresión de los romanos; en vez de ello, los salvó de sus
pecados y fue rechazado por los
suyos. Sacrificó la gloria de Galilea
para sufrir la humillación y el juicio
de Jerusalén. Luego, de manera literal, el Señor Jesucristo pagó las máximas exigencias de nuestro rescate
al sufrir "el dolor de todos los
Los miembros del Quórum de los Doce Apóstoles saludan a la Primera Presidencia al llegar a una de las sesiones de la conferencia.
hombres" (D. y C. 18:11).
"Y el mundo, a causa de su iniquidad, lo juzgará como cosa de ningún valor; por tanto, lo azotan, y él
lo soporta; lo hieren y él lo soporta.
Sí, escupen sobre él, y él lo soporta,
por motivo de su amorosa bondad y
su longanimidad para con los hijos
de los hombres" (INefi 19:9).
Hace unos años visité Jeru salen
poco antes de la Navidad. Las calles
estaban frías y desoladas; había una
aguda tensión política en el aire.
Aun así, mi corazón se llenó de paz
pensando que ésa era la ciudad que
Él amó tanto, el lugar mismo de Su
eterno sacrificio; que allí había vivido Aquel que fue el Salvador de
toda la humanidad.
Volví a los Estados Unidos un sábado por la noche. Al amanecer del
día de reposo, desperté escuchando
estas palabras de "Oh N o c h e
Santa":
El Rey de reyes yace en un pesebre
nacido para nuestro amigo ser.
(Recreational Songs, 1949, págs.
142-144-)
Y comencé a sollozar al meditar
sobre la vida perfecta y el glorioso
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sacrificio del Redentor de Israel, de
Aquel que nació para ser el amigo
de los humildes y la esperanza de los
mansos.
Doy testimonio de que el Señor
Jesucristo ha pagado el precio de
nuestros pecados, con la condición
de nuestro arrepentimiento. El es el
Primogénito del Padre, es el Santo
de Israel; es las primicias de la
Resurrección. Testifico que El vive.
Testifico que es, verdaderamente,
"nuestro gran Redentor... del
mundo [el] Rey y Señor" ("Oh
Dios de Israel", Himnos, N- 5). En
el nombre de Jesucristo. Amén. D
La confianza en el Señor
Elder Richard G. Scotl
del Quórum de los Doce Apóstoles
Tenemos "la absoluta seguridad de que, cuando el Señor lo disponga,
aparecerá la solución, la paz prevalecerá y el vacío se llenará".
no recibir la respuesta deseada a una oración ferviente y
sincera es muy difícil, y más
aún, si el Señor contesta no cuando
hemos pedido algo que consideramos
digno y que sabemos nos daría gran
gozo y felicidad. Sea el alivio de una
dolencia o de la soledad, la recuperación de un hijo extraviado, la entereza frente a un impedimento o el
ruego de prolongar la vida de un ser
querido que se nos va, parece tan razonable y de acuerdo con nuestra felicidad recibir una respuesta favorable.
Es difícil entonces comprender por
qué, habiendo sido siempre obedientes, el ejercer una fe sincera y profunda no nos trae el resultado deseado.
Nadie quiere pasar adversidades.
Las pruebas, las desilusiones, la tristeza y el dolor surgen de dos orígenes que son fundamentalmente diferentes: los que quebrantan las
leyes de Dios siempre las tendrán;
la otra razón de la adversidad es
que se cumplan los propósitos del
Señor de que seamos refinados por
las pruebas. Para cada uno de nosotros es esencial reconocer de cuál
de esos dos orígenes provienen
nuestras tribulaciones y dificultades, puesto que la conducta a seguir
para corregir la situación es muy diferente en ambos casos.
Si sufres por los descorazonadores
efectos de la transgresión, te pido
que reconozcas que la única senda
hacia un alivio permanente de la
tristeza es el arrepentimiento sincero, con el corazón quebrantado y el
espíritu contrito. Date cuenta de
que dependes totalmente del Señor
y de la necesidad que tienes de encaminar tu vida con Sus enseñanzas; no hay ningún otro modo de lograr una paz duradera. Posponer el
arrepentimiento humilde sólo demorará o impedirá que recibas el alivio. Reconoce tus errores y busca
ayuda ahora; el obispo es tu amigo y
tiene la autoridad para ayudarte a
hallar paz de conciencia y contentamiento. Así tendrás fortaleza para
arrepentirte y recibir el perdón.
Ahora deseo dar unas ideas a los
que enfrentan la adversidad del
otro origen, el de las pruebas que
nuestro sabio Padre Celestial considera necesarias aun para los que
viven dignamente y obedecen Sus
mandamientos.
En el preciso momento en que
todo parece ideal, a veces surgen simultáneamente múltiples dificultades. Si esas pruebas no son resultado
de tu desobediencia, son evidencia
de que el Señor sabe que estás preparado para progresar más (véase
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Proverbios 3:11-12). Entonces te da
experiencias que estimulen tu progreso, tu comprensión y compasión
y que te refinan para tu bienestar
eterno. Llegar de donde estás adonde El quiere que estés exige un penoso esfuerzo que generalmente va
acompañado de pesar y dolor.
Cuando enfrentas la adversidad,
quizás tengas la propensión a hacer
muchas preguntas, algunas buenas,
otras no. El preguntar "¿Por qué
tiene que pasarme esto?, ¿Por qué
tengo que sufrir?, ¿Qué hice para
merecerlo?", te llevará a callejones
sin salida. No es bueno hacer preguntas que impliquen oposición a la
voluntad de Dios. Es mejor preguntarse: "¿Qué debo hacer? ¿Qué
aprenderé con esto? ¿Qué puedo
cambiar? ¿A quién debo ayudar?
¿Estoy dispuesto a recordar mis muchas bendiciones en medio de la
prueba?" La disposición a sacrificar
los anhelos personales más profundos sometiéndose a la voluntad de
Dios es muy difícil. Pero, el pedir
con real convicción: "Dame a saber
tu voluntad" y "Hágase tu voluntad", es la mejor forma de recibir la
máxima ayuda de tu amoroso Padre.
Esta vida es una experiencia de
profunda confianza en Jesucristo, en
Sus enseñanzas y en nuestra capacidad, guiados por el Santo Espíritu,
de obedecer las que nos darán felicidad ahora y una existencia eterna
significativa y de supremo gozo.
Confiar quiere decir obedecer voluntariamente desde el principio sin
saber el fin (véase Proverbios
3:5-7). Para producir fruto, tu confianza en el Señor debe ser más fuerte y duradera que la que tengas en
tus propias ideas y experiencia.
Ejercer la fe es confiar en que el
Señor sabe lo que hace contigo y
que lo logrará por tu bien eterno
aun cuando tú no entiendas cómo
lo hará. Somos como infantes para
comprender los asuntos eternos y el
efecto que tienen en nosotros aquí,
y sin embargo, a veces nos portamos
como si lo supiéramos todo.
Cuando pasas una prueba para
que se cumplan Sus propósitos, si
confías en Él, si ejerces la fe en Él,
Él te ayudará. Lo hará paso a paso,
poco a poco. La aflicción y el pesar
continuarán al pasar cada fase de
este proceso; si todo se resolviera
después de la primera súplica, no
progresarías. Tu Padre Celestial y su
Amado Hijo te aman con amor perfecto, y no te exigirán pasar un solo
momento más de dificultad que los
indispensables para tu beneficio o el
de tus seres queridos.
Como en todo lo demás, el
Maestro es nuestro ejemplo perfecto
de esto también. Nadie habría podido pedir con fe más perfecta, con
mayor obediencia ni con una comprensión más completa que Él cuando le dijo a Su Padre en Getsemaní:
"Padre mío, si es posible, pase de mí
esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú" (Mateo 26:39).
Más tarde, oró dos veces más: "Padre
mío, si no puede pasar de mí esta
copa sin que yo la beba, hágase tu
voluntad" (Mateo 26:42, 44).
Cuan agradecido estoy de que el
Salvador haya enseñado que debemos
terminar las oraciones más fervientes,
aquellas en las que pedimos lo que es
de máxima importancia para nosotros, con las palabras: "Hágase tu voluntad" (Mateo 26:42).
Tu disposición a aceptar la voluntad del Padre no cambiará lo que en
Su sabiduría El haya decidido hacer,
pero cambiará el efecto que esa decisión tenga en ti. La evidencia del uso
apropiado del albedrío hará que Sus
decisiones te brinden bendiciones
mucho mayores. He aprendido que,
por el deseo del Padre de vernos progresar, nos dará impresiones suaves,
casi imperceptibles, que después ampliará, si aceptamos la prueba sin
quejas, para que nos iluminen dándonos una indicación muy clara de
Su voluntad. Esa luz es el resultado
de nuestra fe y disposición a hacer lo
que Él nos pida aun cuando nosotros
desearíamos otra cosa.
Nuestro Padre Celestial te ha invitado a expresarle tus carencias, esperanzas y deseos; pero no debes hacerlo con la idea de negociar sino
con la determinación de obedecer
Su voluntad, te lleve adonde te
lleve. Sus palabras: "Pedid, y recibiréis" (3 Nefi 27:29), no te aseguran
que recibirás lo que quieras; pero te
garantizan que, si eres digno, recibirás lo que necesites de acuerdo con el
juicio de un Padre que te ama con
amor perfecto y desea tu felicidad
eterna aún más que tú.
Testifico que cuando el Señor
cierra una puerta muy importante,
demuestra Su amor y compasión
abriendo, mediante el ejercicio de
nuestra fe, muchas otras que nos
compensen. El coloca a tu paso
haces de luz espiritual que iluminan
tu camino y que surgen muchas
veces después de las pruebas más
grandes como demostración de la
compasión y el amor de un Padre
que todo lo sabe; además, te indican
la senda hacia una felicidad y comprensión mayores, fortaleciendo tu
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determinación de aceptar Su voluntad y obedecerla.
La fe en el Salvador y el testimonio de Sus enseñanzas son una bendición maravillosa. Muy pocos tienen esa brillante luz que los guíe. La
plenitud del evangelio restaurado
nos da perspectiva, pi"opósito y comprensión, y nos permite enfrentar lo
que de otro modo parecerían dificultades injustas y sin razón.
Aprende esas provechosas verdades
meditando sobre el Libro de
Mormón y las otras Escrituras; trata
de entender esas enseñanzas no sólo
con la mente sino también con el
corazón.
La felicidad real y duradera,
acompañada de la fortaleza, el valor
y la capacidad de sobreponerse a las
peores dificultades, se obtiene concentrando la vida en Jesucristo. La
obediencia a Sus enseñanzas provee
una base segura sobre la cual edificar. Pero exige esfuerzo, y no hay garantía de resultados inmediatos sino
la absoluta seguridad de que, cuando el Señor lo disponga, aparecerá
la solución, la paz prevalecerá y el
vacío se llenará.
Hace poco, un gran líder que sufría los impedimentos físicos propios
de una edad avanzada, dijo: "Me
alegro de tener lo que tengo". Es
sabio abrir las ventanas a la felicidad
reconociendo nuestras abundantes
bendiciones.
No dejes que los pesares de la adversidad absorban tu vida por completo. Trata de entender lo que sea
posible; haz lo que puedas y deja el
asunto en manos del Señor por un
tiempo, mientras te dedicas a dar de
ti a los demás hasta que llegue el
momento de ocuparte de lo tuyo
otra vez.
Entiende que al mismo tiempo que
enfrentas un problema que te causa
tristeza puedes sentir también paz y
regocijo. Sí, el dolor, la desilusión, la
frustración y la angustia son actos pasajeros en el escenario de la vida; detrás de ellos puede encontrarse un
fondo de paz y la seguridad de que el
Padre amoroso cumplirá Sus promesas. La determinación de aceptar Su
voluntad, la comprensión del plan de
la felicidad, el recibir todas las ordenanzas y guardar los convenios que
aseguran su cumplimiento te harán
digno de esas promesas.
El plan del Señor es exaltarte
para que vivas con Él y recibas
grandes bendiciones. Tu capacidad
de madurar, de progresar, de amar y
de dar de ti determinarán el tiempo
que te lleve ser digno de ello. Él te
está preparando para ser un dios y,
aunque no entiendas por completo
lo que eso significa, Él lo sabe. AI
confiar en Él, conocer y seguir Su
voluntad, recibirás bendiciones que
tu mente limitada no puede comprender acá en la tierra. Tu Padre
Celestial y Su Santo Hijo saben
mejor que tú lo que trae felicidad.
Ellos te han dado el plan de la felicidad y, al comprenderlo y seguirlo,
tendrás la bendición de ser feliz. Si
obedeces de buena gana, recibes y
honras las ordenanzas y los convenios de ese santo plan, tendrás la
satisfacción más grande de esta
vida; sí, incluso momentos de maravillosa felicidad. Y te prepararás
para una gloriosa eternidad con tus
seres queridos que sean dignos de
ese reino.
Sé que estos principios de los que
te he hablado son verdaderos y los
he probado en el crisol de la experiencia propia. El reconocer la mano
del Señor en tu vida y aceptar Su
voluntad sin quejas es el comienzo, y
esa decisión no eliminará las luchas
que tendrás para tu progreso, pero te
aseguro que es la mejor manera que
existe de desarrollar fortaleza y comprensión; te librará de los callejones
sin salida a los que te conduzcan tus
propios pensamientos y hará que tu
vida sea una experiencia fructífera y
significativa, mientras que de otro
modo quizás no supieras cómo seguir
adelante (véase D. y C. 24:8).
Testifico que tienes un Padre
Celestial que te ama y que el
Salvador dio Su vida por tu felicidad. Yo lo conozco. Él comprende
todas tus necesidades. Sé sin dudas
que si aceptas la voluntad de Ellos
sin quejas, te bendecirán y te sostendrán. En el nombre de Jesucristo.
Amén.
La luminosa mañana
del perdón
Presidente Boyd K. Pctcker
Presideníe en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles
"Con excepción de unos pocos que han optado por seguir la vía de la
perdición, no existen el hábito, la adicción, la rebelión, la transgresión, la
apostasía ni el crimen en los cuales no pueda cumplirse la promesa de un
perdón completo."
E
n abril de 1847, Brigham
Young guió a la primera
compañía de pioneros que
p a r d o de Wínter Q u a r t e r s . Al
mismo tiempo, dos mil seiscientos
kilómetros hacia el oeste, los patéticos sobrevivientes del grupo de
Donner bajaban desorganizados pollas laderas de las montañas de la
Sierra Nevada hacia el valle de
Sacr amento Habían pasado el crudo invierno
atrapados en los ventisqueros, justo
debajo de la cima. Es casi imposible
creer que alguien haya podido sobrevivir los días, las semanas y los meses
que pasaron expuestos al hambre y a
un sufrimiento indescriptible.
Entre ellos se encontraba John
Breen, de quince años de edad, que
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en la noche del 24 de abril llegó a la
hacienda de los Johnson; años más
tarde, él mismo escribió:
"Hacía mucho que había anochecido cuando llegamos a la hacienda
de Johnson, por eso, la primera vez
que realmente la vi fue a horas tempranas de la mañana. El tiempo estaba bueno, el suelo cubierto de
verde hierba, los pájaros cantaban
en las ramas de los árboles y nuestra
jornada había llegado a su fin. Me
parecía mentira estar todavía con
vida.
"La escena que se me presentó
ante los ojos esa mañana permanece
grabada en mi mente. Me he olvidado de la mayoría de las cosas que sucedieron, pero aquel campamento
junto a la hacienda de Johnson jamás
se borrará de mi memoria. (John
Breen, "Pioneer Memoirs", inédito,
citado en "The Americanization of
Utah", programa de televisión de
PBS.)
Al principio me sentí sumamente
desconcertado por su declaración de
haber "olvidado la mayoría de las
cosas que sucedieron". ¿Cómo podía
haber olvidado los largos meses de
intenso sufrimiento? ¿Cómo era posible que una mañana luminosa reemplazara en su memoria aquel brutal y tenebroso invierno?
Sin embargo, luego de reflexionar
más detenidamente, me di cuenta de
que no tenía por qué asombrarme esa
reacción, puesto que he observado
algo semejante en gente conocida.
He visto personas a quienes, después
de pasar un largo invierno de remordimiento y hambre espiritual, les ha
amanecido la mañana del perdón.
Al llegar esa mañana, aprendieron lo siguiente:
"He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y
yo, el Señor, no los recuerdo más"
(D. y C. 58:42).
"Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no
me acordaré de tus pecados" (Isaías
43:25; cursiva agregada).
"...porque perdonaré la maldad
de ellos y no me acordaré más de su
pecado" (Jeremías 31:34).
"Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de
sus pecados y de sus iniquidades"
(Hebreos 8:12).
De joven, el profeta Alma pasó
por una época así: "...me martirizaba",
dijo, "un tormento eterno", y tenía el
"alma... atribulada en sumo grado"
{Alma 36:12; cursiva agregada).
Incluso llegó a pensar: "¡Oh si
fuera desterrado... y aniquilado en
cuerpo y alma...!" (Alma 36:15; cursiva agregada.)
Pero su mente se concentró en
un pensamiento, y al reflexionar
sobre la idea y ponerla en práctica,
amaneció la mañana del perdón,
que él describe con estas palabras:
"...ya no me pude acordar más de
mis dolores; sí, dejó de atormentarme el recuerdo de mis pecados.
"Y ¡oh qué gozo, y qué luz tan
maravillosa fue la que vi! Sí, mi
alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor"
(Alma 36:19-20).
Muchos de los que han cometido
faltas graves nos escriben cartas,
preguntando: "¿Podré ser perdonado
alguna vez?"
La respuesta es "¡Sí!"
Eí evangelio nos enseña que por
medio del arrepentimiento se logra
el alivio del tormento y la culpa.
Con excepción de unos pocos que
han optado por la vía de la perdición luego de haber conocido la plenitud, no existen un hábito, una
adicción, una rebelión, una transgresión, ni una ofensa en los cuales
no pueda cumplirse la promesa de
un perdón completo.
"Venid luego, dice Jchová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados
fueren como la grana, como la nieve
serán emblanquecidos; si fueren
rojos como el carmesí, vendrán a ser
como blanca lana". Eso será, continúa diciendo Isaías, "Si quisiereis y
oyereis" {Isaías 1:18—19).
Aun la gracia de Dios que se
promete en las Escrituras se recibirá
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sólo "después de hacer cuanto podamos" (2 Nefi 25:23).
Ustedes podrán decirse que las
transgresiones que han cometido no
son verdaderos pecados, pero eso no
vale de nada, como tampoco vale
rebelarse, enojarse ni hacer bromas
sobre las transgresiones. Eso no los
beneficia, y no tienen por qué
hacerlo.
Hay un camino de regreso. Yo no
les ayudaría si, por temor a lastimar
sus sentimientos, no les hablara de
la parte ardua.
John Breen no llegó a disfrutar de
aquella mañana gloriosa en la hacienda de Johnson sólo con desearlo,
sino que luchó con gran denuedo y
sacrificio para atravesar e! desfiladero, sufriendo en cada paso del camino. Una vez que supo que sobreviviría y que el sufrimiento llegaría a su
fin, con seguridad no protestó por las
penurias que había pasado. Había
recibido ayuda en su descenso porque sus salvadores lo acompañaban.
Cuando una afrenta es pequeña,
se satisface la ley con algo tan sencillo como pedir perdón. La mayoría
de las faltas se pueden resolver entre
nosotros y el Señor, y eso debe hacerse cuanto antes (véase D. y C.
109:21). Para ello, es necesario que
nos confesemos con El y hagamos las
reparaciones que sean necesarias.
Cuando el arrepentimiento sincero es parte de nuestra vida, según la
disposición que tengamos para confesar los pecados y abandonarlos
(véase D. y C. 58:43; Ezequiel
18:21-24, 31-32), el Señor ha prometido que "siempre retendremos]
la remisión de [n]uestros pecados"
(Mosíah 4:12).
Alma le dijo de manera contundente a su hijo que "el arrepentimiento no podía llegar a los hombres a menos que se fijara un castigo" (Alma 42:i 6).
El castigo puede consistir, en gran
parte, en el tormento que nosotros
mismos nos infligimos por el remordimiento; puede constituir también
la pérdida de privilegios o el retraso
en nuestro progreso. Al final, toda
alma arrepentida que no haya cometido el pecado imperdonable recibirá
el perdón (véase Mateo 12:31); sin
embargo, como sucede en el caso de
David, el perdón no significa tener
asegurada la exaltación (véase D. y
C. 132:38-39; véase también Salmos
16:10; Hechos 2:25-27; Enseñanzas
del Profeta José Smith, pág. 419). O
sea, si no recibimos un castigo a
causa de nuestros pecados, de todos
modos somos castigados por elhs.
Hay algunas transgresiones por
las cuales se requieren medidas disciplinarias con el fin de recibir el alivio que se experimenta con la
mañana del perdón. Si sus faltas han
sido graves, vayan a ver al obispo.
Al igual que las personas que rescataron a John Breen y le ayudaron a
bajar la cordillera, el obispo los guiará a través de los pasos necesarios
para obtener el perdón en lo que a
la Iglesia se refiere. Por otra parte,
cada uno de nosotros debe esforzarse individualmente por obtener el
perdón del Señor.
Para obtener el perdón debemos
restituir; ello significa que debemos
devolver lo que hayamos tomado y
aliviar el dolor de aquellos a quienes
hayamos lastimado.
No obstante, a veces es imposible
devolver lo que se ha tomado ya que
no se tiene para restituir. Si han
causado a otra persona un sufrimiento insoportable —por haberle
mancillado la virtud, por ejemplo—,
no tienen el poder de restituirla.
Hay ocasiones en que no se
puede reparar lo que se ha quebrado.
Quizás el agravio se haya cometido
mucho tiempo atrás, o las personas a
las cuales hayan ofendido rehusen
aceptar su arrepentimiento. Puede
ser también que el daño haya sido
tan grave que les sea imposible hacer
nada para repararlo, por más que
deseen con desesperación hacerlo.
Su arrepentimiento no puede
aceptarse a menos que haya restitución. Si no les es posible reparar lo
que hayan hecho, están en un grave
aprieto. Es fácil de comprender cuán
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impotentes y desesperados se sienten entonces y por qué, como Alma,
sienten también el deseo de darse
por vencidos.
La reflexión que rescató a Alma,
cuando él ía puso en práctica, fue la
siguiente:
Restaurar lo que no se puede restaurar, curar las heridas incurables,
reparar lo que se ha quebrado y no
tiene arreglo, es el propósito principal de la expiación de Cristo.
Cuando el deseo que nos guía es
firme y estamos dispuestos a pagar
hasta "eí último cuadrante" (véase
Mateo 5:25-26), la ley de restitución queda sín efecto; nuestra
deuda se transfiere al Señor. El se
hará cargo de nuestras deudas.
Lo repito, con excepción de unos
pocos que han optado por seguir la
vía de la perdición, no existen el hábito, la adicción, la rebelión, la
transgresión, la apostasía ni el crimen en los cuales no pueda cumplirse la promesa de un perdón completo. Esa es la promesa de la expiación de Cristo.
En qué forma se puede reparar
todo, no lo sabemos; es posible que
no todo se logre en esta vida. Por
medio de visiones y visitaciones sabemos que los siervos del Señor continúan la obra de redención del otro
lado del velo (véase D. y C. 138).
Ese conocimiento debe dar no
sólo consuelo al culpable sino también al inocente. Pienso en los padres
que sufren en forma intolerable por
las faltas de sus hijos descarriados y
que están perdiendo las esperanzas.
Algunos miembros se preguntan
por qué los líderes del sacerdocio no
los aceptan como son y sencillamente los consuelan con ío que se da en
llamar puro amor cristiano.
El puro amor cristiano, el amor de
Cristo, no significa aprobar todo tipo
de conducta. Sin duda, las experiencias más comunes de la paternidad
enseñan que se puede tener un amor
intenso por otra persona y no por
eso aprobar una conducta indigna.
A la Iglesia le es imposible aprobar una conducta indigna o aceptar
a un miembro con todos sus derechos si esa persona vive o enseña
normas que sean contrarias a lo que
el Señor requiere de los Santos de
los Últimos Días.
El hecho de que, por conmiseración, aprobemos una conducta indigna, quizás pueda dar solaz temporal a alguien, pero no contribuirá finalmente a su felicidad.
En el más tierno de los sermones,
en las revelaciones acerca de la bondad, la longanimidad, la benignidad
y el amor sincero, el Señor nos instruyó diciendo que debíamos reprender "en el momento oportuno
con severidad, cuando lo induzca el
Espíritu Santo; y entonces [demostrar] mayor amor hacia el... reprendido" (D. y C. 121:43).
El Señor nos proporciona las formas de pagarle nuestras deudas. En
un sentido, nosotros mismos podemos participar en un tipo de expiación. Cuando estamos dispuestos a
restaurar a los demás lo que no hayamos tomado, a sanar las heridas
que no hayamos infligido o a pagar
una deuda que no hayamos contraído, estamos emulando Su parte en
la Expiación.
Hay tantos que viven sufriendo
de sentimientos de culpabilidad
cuando el alivio está siempre al alcance de la mano. Hay muchos
como la mujer inmigrante que ahoITÓ todo lo que pudo y se privó aun
de lo necesario hasta que, vendiendo todo lo que poseía, pudo comprarse un pasaje de tercera clase
para América.
D u r a n t e el viaje, racionó las
pocas provisiones que había podido
llevar consigo, pero aun así, se le
terminaron a los pocos días de travesía. Cuando los demás iban a
comer, ella se quedaba debajo de cubierta, determinada a sufrir.
Finalmente, el último día, pensó que
debía pagar una comida para alimentarse y adquirir la fortaleza necesaria para emprender la jornada
que le esperaba. Y al preguntar
cuánto costaba la comida, le dijeron
que todas las comidas estaban incluidas en el precio del pasaje.
La gran mañana del perdón
quizás no llegue en seguida. Pero no
se den por vencidos si fracasan en el
primer intento; muchas veces la
parte más difícil del arrepentimiento
es perdonarse a sí mismo. El desaliento es parte de la prueba. No se
den por vencidos: esa mañana luminosa llegará.
Entonces, volverán a sentir "la
paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento" (Filipenses 4:7)- Y ustedes, como El, no recordarán más
sus pecados. ¿Cómo lo sabrán? ¡Les
aseguro que lo sabrán! (Véase
Mosíah 4:1-3.)
Hace unos años me encontraba
en Washington D. O, con el presidente Harold B. Lee, cuando una
mañana temprano me llamó a su
cuarto del hotel. Todavía tenía
puesta la bata y se hallaba sentado,
leyendo Doctrina del Evangelio, por
el presidente Joseph F. Smith,
Me dijo: "Escuche esto", y leyó lo
siguiente:
"Jesús no había completado su
obra cuando fue muerto Su cuerpo,
ni la terminó después de Su resurrección de los muertos; aun. cuando había realizado el propósito para
el cual vino a ia tierra en esa época,
todavía no cumplía toda su obra.
¿Y cuándo será esto? Sólo cuando
haya redimido y salvado a todo hijo
e hija de nuestro padre Adán que
han nacido o que nacerán sobre
esta tierra hasta el fin del tiempo,
salvo a los hijos de perdición. Esta
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es Su misión. Nosotros no terminaremos nuestra obra sino hasta que
nos hayamos salvado a nosotros
mismos, y en seguida, hasta que hayamos salvado a todos los que dependen de nosotros; porque nosotros hemos de llegar a ser salvadores en el Monte de Sión, así como
Cristo. Somos llamados a esta misión" (Doctrina del Evangelio, págs.
435-436).
El profeta José Smith enseñó:
"El espíritu nunca es demasiado
viejo para allegarse a Dios. Todos
pueden alcanzar la misericordia y el
perdón, si no lian cometido el pecado
imperdonable"
(Enseñanzas del
Profeta José Smith, pág. 230; cursiva
agregada).
Por eso oramos, ayunamos, rogamos e imploramos. Amamos a los
que se han extraviado y nunca perderemos la esperanza.
Doy testimonio de Cristo y del
poder de Su expiación. Sé que, tal
como dice en la traducción que el
profeta José Smith hizo de Salmos
30:5, "su ira se enciende contra los
inicuos; ellos se arrepienten, y en un
instante cesa su ira, y hallan su
favor, y él les da vida. Por tanto, una
noche durará el lloro, pero a la mañana vendrá la alegría" (véase
Salmos 30:5; véase también D. y C.
61:20). En e¡ nombre de Jesucristo.
Amén. •
S E S I Ó N DEL S Á B A D O P O R L A T A R D E
30 de septiembre de 1 995
El sostenimiento de
oficiales de la Iglesia
Presentado por el presidente Tilomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia
is hermanos y hermanas,
el presidente Hinckley me
ha pedido que les presente
los nombres de las Autoridades
Generales y de las presidencias de las
organizaciones auxiliares de la Iglesia
para su voto de sostenimiento.
Se propone que sostengamos a
Gordon Bitner Hinckley como
Profeta, Vidente y Revelador y
Presidente de La Iglesia de Jesucristo
de los Santos de los Últimos Días; a
Thomas Spencer Monson como
Primer Consejero de la Primera
Presidencia; y a James Esdras Faust
como Segundo Consejero de la
Primera Presidencia. Los que estén de
acuerdo, sírvanse manifestarlo. Los
que estén en contra, si los hay, con la
misma señal.
Se propone que sostengamos a
Thomas Spencer Monson como
Presidente del Quórum de los Doce
Apóstoles y a Boyd Kenneth Packer
como Presidente en Funciones del
Quórum de los Doce Apóstoles, y a
los siguientes miembros de ese quórum: Boyd K. Packer, L. Tom Perry,
David B. Haight, Neal A. Maxwell,
Russell M. Nelson, Dallin H. Oaks,
M. Russell Ballard, Joseph B.
Wirthlin, Richard G. Scott, Robert D.
Hales, Jeffrey R. Holland y Henry B.
Eyring. Los que estén de acuerdo, sírvanse manifestarlo. Los que estén en
contra, con la misma señal.
Se propone que sostengamos a los
Consejeros de la Primera Presidencia
y a los Doce Apóstoles como
Profetas, Videntes y Reveladores. Los
que estén de acuerdo, sírvanse manifestarlo. Los que estén en contra, si
los hay, con la misma señal.
En vista de sus asignaciones para
servir en presidencias de área, se
propone que extendamos un voto
oficial de relevo y agradecimiento a
los eideres Rex D. Pinegar y Charles
Didier por el servicio prestado
como miembros de la Presidencia
de los Quórumes de los Setenta.
Los que estén de acuerdo, sírvanse
manifestarlo.
Se propone que sostengamos
como Presidentes de los Quórumes
de los Setenta a los eideres Carlos E.
Asay, L. Aldin Porter, Joe J.
Christensen, Monte J. Brough,
W Eugene Hansen, Jack H Goaslind
y Harold G. Hillam. Los que estén de
acuerdo, sírvanse manifestarlo. Los
que estén en contra, con la misma
señal.
Se propone que extendamos un
voto oficial de agradecimiento a los
eideres Ted E. Brewerton y Hans B.
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Ringger y que se les designe miembros eméritos del Primer Quórum de
los Setenta. Los que estén de acuerdo, sírvanse manifestarlo.
Con gratitud por el servicio
que prestaron como Autoridades
Generales, se propone que relevemos
a los eideres Eduardo Ayala, LeGrand
R. Curtís, Helvecio Martins, J Ballard
Washburn y Durrel A. Woolsey como
miembros del Segundo Quórum de
los Setenta. Aquellos que deseen
unirse en una expresión de agradecimiento, sírvanse indicarlo levantando
la mano.
Aquellos que quieran unirse a nosotros para relevar con un voto de
agradecimiento a los eideres Charles
Didier, J Ballard Washburn y
F. Burton Howard como presidencia
de la Escuela Dominical, pueden indicarlo con la misma señal.
Se propone que sostengamos como
presidencia general de la Escuela
Dominical al eider Harold G. Hillam
como presidente, al eider F. Burton
Howard como primer consejero y al
eider Glenn L. Pace como segundo
consejero. Los que estén de acuerdo,
sírvanse manifestarlo. Los que estén
en contra, con la misma señal.
Se propone que sostengamos a las
demás Autoridades Generales y a las
presidencias de las organizaciones auxiliares como están constituidas actualmente. Los que estén de acuerdo,
sírvanse manifestarlo. Los que estén
en contra, con la misma señal.
Presidente Hinckley, hasta
donde he podido observar, la votación ha sido unánime y afirmativa.
Gracias, hermanos y hermanas, por
su voto de sostenimiento, por su
amor y oraciones. •
"...absorbida en la
voluntad del Padre"
Elder Neal A. Maxwell
del Quórum de los Doce Apóstoles
"La sumisión de nuestra voluntad es la única cosa exclusivamente
personal que tenemos para colocar sobre el altar de Dios."
uando los miembros hablan
de la consagración, deberían hablar con reverencia,
reconociendo que estamos "destituidos de la gloria de Dios" (Romanos
3:23), y algunos muy destituidos. Ni
siquiera los que hacen un esfuerzo
consciente han llegado a la consagración total, pero ésos perciben lo
que les falta y se esfuerzan sinceramente. A modo de consuelo, 3a gracia de Dios no sólo alcanza a "los
que [lo] aman y guardan todos
[Sus] mandamientos" sino también
a "los que procuran hacerlo"
(D.yC.46:9).
Otro grupo de miembros son "honorables" pero no "valientes"; ellos
no perciben la diferencia que hay
entre esas cualidades ni la importancia de eliminar esa diferencia (véase
D. y C. 76:75, 79). Las personas
honorables no son desgraciadas ni
inicuas, ni injustas ni desdichadas;
su error no consiste en lo que hayan
hecho sino en lo que han dejado sin
hacer. Por ejemplo, si fueran valientes, podrían tener gran influencia en
los demás en lugar de conformarse
con dejarles solamente un recuerdo
agradable.
En otro grupo están los que se
hallan excesivamente enredados
con la maldad del mundo, haciéndonos recordar, como escribió
Pedro, que el que "es vencido" por
las cosas del mundo "es hecho esclavo" (2 Pedro 2:19).
Los que "piensan en las cosas de
la carne" (Romanos 8:5) no tendrán
"la mente de Cristo" (1 Corintios
2:16), porque sus pensamientos se
hallan lejos de Jesús, así como los
deseos y "las intenciones de su corazón" (Mosíah5:13).
Por otra parte, si el Maestro es un
extraño para nosotros, terminaremos sirviendo a otros amos; y el dominio de estos otros amos es real
aunque a veces sea muy sutil, porque ellos hacen marcar el paso a
quienes los sirven. En realidad,
todos "somos los soldados que combaten" en alguna causa (véase
Himnos, N e 162), aun cuando sólo
sea la causa de los indiferentes.
Si no estamos dispuestos a dejarnos guiar por el Señor, nuestros apetitos nos dominarán y más nos ocuparemos de las pequeneces de la vida
diaria. El remedio, sin embargo, está
implícito en este lamento maravilloso
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del rey Benjamín:
"Porque ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido,
que es un extraño para él, y se halla
lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?" (Mosíah
5:13.)
Mucha gente de nuestros días, al
oír la pregunta: "¿Qué pensáis del
Cristo?" (Mateo 22:42), lamentablemente contestarían: "En realidad,
¡nunca pienso en El!"
Consideremos tres ejemplos de
personas honorables que retienen
una porción, lo cual les impide consagrarse (véase Hechos 5:1-4):
Una hermana que rinde a la comunidad servicio digno de encomio
y muy visible, y disfruta de su merecida fama; no obstante, se mantiene
relativamente alejada de los templos
de Jesucristo y de las Santas
Escrituras, dos elementos vitales del
discipulado. Sin embargo, todavía
podría tener la imagen de Cristo en
su semblante (véase Alma 5:14).
Un padre honorable que cumple
con su deber de proveer para la familia, pero que no es bondadoso ni
amable con ella. A pesar de que se
mantiene relativamente ajeno a la
bondad y a la amabilidad de Jesús,
que se nos manda emular, si hiciera
un poco más de esfuerzo, el cambio
sería muy grande.
Consideremos al ex misionero,
cuya capacidad se agudizó mientras
cumplía una misión honorable, que
se halla ahora embarcado en el esfuerzo de lograr el éxito en su carrera; siempre ocupado, llega al fin a
una posición de cierta importancia
en el mundo; pero ha abandonado
sti responsabilidad de antes edificar
el reino, ocupándose primero de lo
suyo. Una pequeña corrección en el
curso que lleva le traería grandes
bendiciones, sobre todo en cuanto a
su destinación final.
Las deficiencias que acabo de
citar consisten en la omisión. Una
vez que se dejan de lado y se evitan
los pecados "telestiales", se debe
prestar más atención a los pecados
de omisión. El cometer esta clase de
pecado no nos permite llenar plenamente los requisitos para entrar en
el Reino Celestial. Sólo la consagración sincera corregirá esas omisiones, que tienen consecuencias tan
reales como los pecados de comisión. Muchos de nosotros tenemos
bastante fe para evitar los graves pecados de comisión, pero no suficiente para sacrificar ciertas obsesiones
que nos distraen ni para concentrarnos en las omisiones.
La mayoría de las omisiones ocurren por nuestra incapacidad de salir
de nuestro propio yo; nos dedicamos
con tanto afán a tomar nuestra temperatura, que no notamos las fiebres
ardientes de otros aun cuando tenemos algunos de los remedios para
aliviarlos: una sonrisa, un acto de
bondad, un elogio. Las manos que
más necesitan que las levanten son
aquellas que, demasiado desalentadas, ya no se extienden pidiendo
ayuda.
En realidad, todo depende de
nuestros deseos, los cuales dan
forma a los pensamientos. Los deseos preceden a las acciones y están
en el fondo del alma, inclinándonos
hacia Dios o alejándonos de Él
(véase D. y C. 4:3). Dios puede
"educar nuestros deseos" (véase de
Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 291) y otras personas tratarán de manipularlos; pero somos
nosotros quienes creamos "los pensamientos y... las intenciones [del]
corazón" (Mosíah 5:13).
La regla es: "Conforme a tus deseos... te será h e c h o " (D. y C.
11:17), "pues yo, el Señor, juzgaré a
todos los hombres según sus obras,
según el deseo de sus corazones" (D.
y C. 137:9; véase también Alma
4L5; D. y C. 6:20, 27). La voluntad
es exclusivamente del individuo, y
Dios no tratará de dominarla ni de
forzarla. Por eso, ¡mejor que estemos
dispuestos a aceptar las consecuencias de nuestros deseos!
Otra verdad eterna es que sólo si
conformamos nuestra voluntad a la
de Dios encontraremos una felicidad plena; cualquier otra cosa dará
como resultado "la menor porción"
(véase Alma 12:11). El Señor se
ocupará de nosotros aun cuando al
principio lo que tengamos "no sea
más que un deseo" pero estemos dispuestos a dar "cabida a una porción
de [Sus] palabras" (Alma 32:27).
Todo lo que Él necesita es una pequeña oportunidad, pero somos nosotros quienes debemos dársela.
Hay muchos de nosotros que nos
privamos de llegar al punto de la
consagración porque caemos en el
error de creer que si dejamos que
nuestra voluntad quede absorbida
en la del Padre, perderemos la individualidad (véase Mosíah 15:7). Lo
que en realidad nos preocupa no es
renunciar al "yo" sino a las aspiraciones egoístas como la posición
económica o social, el tiempo, el reconocimiento y las posesiones.
No es de extrañar que el
Salvador nos haya mandado perder
la vida (véase Lucas 9:24). Lo que
Éí nos pide es que perdamos el viejo
"yo" para encontrar el nuevo. No es
cuestión de perder la identidad
sino de hallar la verdadera.
Irónicamente, muchas son las personas que de todos modos ya se han
perdido al dedicarse demasiado a sus
pasatiempos y al estar absortas en
cosas de mucho menor importancia
que la salvación.
Tanto en Su primero como en Su
segundo estado, jesús sabía siempre
lo que debía hacer: continuamente
procuró emular a Su Padre:
"...No puede el Hijo hacer nada
por sí mismo, sino lo que ve hacer al
Padre; porque todo lo que el Padre
hace, también lo hace el Hijo igualmente" (Juan 5:19).
"...me he sometido a la voluntad
del Padre en todas las cosas desde el
principio" (3 Nefi 11:11).
Al ir gradualmente sometiendo
nuestra voluntad a la de Dios, recibimos inspiración y revelación para
hacer frente a las pruebas de la
vida. En la difícil y decisiva experiencia con Isaac, A b r a h a m no
"dudó, por incredulidad" (Romanos
4:20). John Taylor comentó que
"sólo el espíritu de revelación podría haber dado a Abraham esa
confianza... y haberlo sostenido en
esa peculiar situación" (Journal of
Discourses, 14:361). ¿Confiaremos
también nosotros en el Señor frente
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a una complicada e inexplicable
prueba? ¿Comprendemos que El
sabe cuando estamos tensos y perplejos? La total consagración que
llevó a Jesús a efectuar la Expiación
aseguró que El tenga una comprensión perfecta en ese sentido; Él experimentó todos nuestros dolores
antes que nosotros y sabe cómo socorrernos (véase Alma 7:11-12;
2 Nefi 9:21). Puesto que el
Inocente de inocentes fue el que sufrió más, nuestros lamentos de "¿Por
qué?" al sentirnos desamparados no
pueden compararse con ei Suyo; en
cambio, podemos decir las mismas
palabras sumisas: "...pero no sea
como yo quiero, sino como tú"
(Mateo 26:39).
El progreso hacia la sumisión trae
otra bendición: Un aumento en la
capacidad de sentir gozo. El presidente Brigham Young aconsejó: "Si
quieres gozar intensamente, hazte
Santo de los Últimos Días y después
vive según la doctrina de Jesucristo"
(Journal of Discourses, 18:247).
De ahí que la consagración no es
ni resignación fatalista ni un mero
darse por vencido, sino más bien un
deliberado esfuerzo por avanzar, haciendo que cantemos con mayor
sinceridad: "Más santidad dame,
más consagración" (Himnos, N(- 71).
Por consiguiente, la consagración no
es aceptación pasiva con un encogimiento de hombros, sino en cambio
es preparar los hombros para soportar mejor un yugo un poco más
pesado.
El consagrarnos implica "seguir
adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos
los hombres", mientras nos deleitamos "en la palabra de Cristo"
(2 Nefi 31:20). Jesús siguió adelante, y io hizo en forma sublime; El no
desmayó quedándose a mitad de camino hacia la Expiación, sino que
acabó Sus "preparativos" para toda
la humanidad, introduciendo una
resurrección universal, no una de la
que algunos de nosotros hubiéramos
quedado excluidos (véase D. y C.
19:18-19).
Tal vez sea bueno que nos pregun-
temos: "¿En qué sentido desmayo o
retengo una porción?" Una introspección humilde puede darnos una
comprensión muy clara. Por ejemplo,
¿de qué nos hemos despojado voluntariamente en la senda del discipulado? Ése es el único camino donde
está permitido y hasta se alienta a
tirar basura. En las primeras etapas,
los desperdicios se componen de los
pecados más graves de comisión; más
adelante, los desechos son variados:
nos despojamos de cosas que nos han
hecho utilizar mal o desperdiciar
nuestro tiempo y talento.
En el camino hacia la consagración, a veces las dificultades graves
nos motivan a deshacernos de lastres, lo cual es necesario para llegar
a un estado de mayor consagración
(véase Helamán 12:3). Si nos hemos
ablandado, quizás se hagan necesarios tiempos difíciles. Si nos hemos
echado para atrás demasiado contentos, tal vez tengamos que recibir
una dosis de descontento divino; la
reprobación quizás nos ayude a
comprender mejor. Un nuevo llamamiento nos saca de la cómoda rutina de cargos en los cuales ya nos hayamos capacitado. Se nos puede
despojar de algunos lujos con el fin
de extirpar el cáncer maligno del
materialismo; o se nos puede abrasar
en el fuego de la humillación con
objeto de derretir el orgullo. Sea lo
que sea que nos falte, Dios se ocupará del asunto.
John Taylor dijo que quizás el
Señor decida retorcernos las fibras
mismas del corazón (véase Journal of
Discourses, 14:360). Si hemos puesto
el corazón con mucho afán en las
cosas de este mundo, tal vez sea necesario retorcerlo o quebrarlo o someterlo a un gran cambio (véase
Alma 5:12).
La consagración es, al mismo
tiempo, un principio y un proceso, y
no se logra en un momento determinado. En cambio, se da generosamente, gota a gota, hasta que la
copa se llena y se desborda.
Sin embargo, mucho antes de
eso, como lo dijo Jesús, debemos
tomar la determinación de hacer lo
que Él nos pida (Lucas 14:28, en la
Traducción de José Smith al inglés).
El presidente Young aconsejó esto:
"...que nos sometamos a la mano del
Señor... y la reconozcamos en todo;
entonces haremos exactamente lo
correcto; pero hasta que lleguemos a
ese punto, no podremos ser totalmente correctos. A eso tenemos que
llegar" (Journal of Discourses, 5:352).
El reconocer la mano de Dios incluye, según lo explicó el profeta
José Smith, la confianza de que Él
ha preparado todo de antemano
para llevar a cabo todos Sus propósitos, incluso los que conciernen a
nuestra vida. A veces, nos dirige
claramente; otras, se limita a permitir que sucedan las cosas. Por lo
tanto, no siempre comprendemos la
acción de la mano de Dios, pero sabemos lo suficiente de Su amor y Su
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intención para ser sumisos. Aí encontrarnos perplejos y apesadumbrados, no siempre recibiremos una
ayuda que nos aclare la situación,
pero tendremos una ayuda que nos
compense. Por eso, en los momentos
en que debemos "esta[r] quietos, y
conoce [r] que yo soy Dios" (Salmos
46:10), el conocimiento da lugar a
la sumisión.
Al mismo tiempo, cuanto más
"absorbida" o consumida esté nuestra voluntad, tanto más quedarán
nuestras "aflicciones... consumidas
en el gozo de Cristo" {Alma 31:38).
Hace setenta años, Lord
Moulton inventó esta inteligente
frase: "la obediencia a lo que no se
puede imponer", que describe "la
obediencia de una persona a aquello
que no se le puede forzar a obedecer" ("Law and Manners", Atlantic
Monthly, julio de 1924, pág. 1). Las
bendiciones de Dios, incluso las que
provienen de la consagración, se reciben por la obediencia voluntaria a
las leyes sobre las cuales se basan
(véase D. y C. 130:20-21). De ahí
que nuestros deseos más profundos
sean lo que determinan hasta qué
punto obedeceremos lo que no se
nos puede imponer. Dios procura
que nos consagremos más generosamente dándolo todo, y así, cuando
regresemos a Él en el hogar celestial,
Él nos dará generosamente "todo lo
que... tiene" (D. y C. 84:38).
Para terminar, la sumisión de
nuestra voluntad es la única cosa
exclusivamente personal que tenemos para colocar sobre el altar de
Dios; todo lo demás que le "damos"
es, en realidad, lo que Él nos ha
dado o prestado a nosotros. Pero
cuando nos sometemos dejando que
nuestra voluntad sea absorbida en la
voluntad de Dios, entonces, verdaderamente le estamos dando algo.
¡Es la sola posesión exclusivamente
nuestra que podemos dar!
La consagración es entonces la
única capitulación incondicional
que constituye al mismo tiempo una
victoria total.
Que podamos desear profundamente ese fin victorioso, lo ruego en
el nombre de Jesucristo. Amén. D
Conceptos excelentes
Elder Dallin H. Oaks
del Quórum de los Doce Apóstoles
"Todo Santo de los Últimos Días debe estar constantemente interesado en
enseñar y recalcar esos grandes y excelentes conceptos que habrán de
ayudarnos a encontrar el camino para regresar a la presencia de nuestro
Padre Celestial."
E
l verano último asistí al funeral de una electa dama.
Uno de los oradores describió tres de las cualidades que la destacaron: lealtad, obediencia y fe. Al
escucharle hablar de la vida de esa
dama en relación con estas cualidades, pensé cuan apropiado era que
se tratara ese tema en un homenaje
funerario. La vida no es algo trivial,
y, cuando llega a su fin, no debiera
comentarse con incidentes triviales.
Los funerales son un momento para
hablar de conceptos excelentes
—ideas compatibles con la importancia de la vida, ideas que puedan
ejercer una influencia positiva en
quienes permanecemos aquí.
Mientras disfrutaba del espíritu
que reinaba en aquel funeral inspirador, traté de enfocar mis pensamientos en la aplicación de este
principio en otras circunstancias.
Los padres también deberían enseñar conceptos excelentes a sus hijos;
también deben hacerlo los maestros
orientadores, las maestras visitantes
y los instructores en varias clases. El
Salvador nos advirtió que seremos
juzgados "de toda palabra ociosa que
[hablemos]" (Mateo 12:36). Las revelaciones contemporáneas nos
m a n d a n que cesemos "de todas
[nuestras] conversaciones livianas,
[y] de toda... frivolidad" (D. y C.
88:121) y que desechemos nuestros
"pensamientos ociosos y risa excesiva" (D. y C. 88:69). Existen muchos
comentaristas de cosas triviales.
Todo Santo cíe los Últimos Días
debe estar constantemente interesado en enseñar y recalcar esos grandes y excelentes conceptos que habrán de ayudarnos a encontrar el
camino para regresar a la presencia
de nuestro Padre Celestial.
Hace unos treinta años, algunos
expertos escribieron un libro sobre
la educación formal —un compendio de las cosas que toda persona
educada debe saber. El título del
libro se refiere al Conocimiento de
mayor valor (Wayne C. Booth,
Chicago y Londres: The University
of Chicago Press, 1967), y sugiere
que no todo conocimiento es de
igual valor. Algunos conocimientos
son más importantes que otros. Y
este principio corresponde también
a lo que llamamos conocimiento
espiritual.
Consideremos el excelente concepto que enseña ese himno predilecto titulado "Soy un hijo de Dios"
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(Himnos, 196), que tan bellamente
interpretó el coro al comienzo de
esta sesión. He aquí la respuesta a
una de las principales pi'eguntas de
la vida: "¿Quién soy yo?" Soy un
hijo de Dios, dotado del linaje espiritual de padres celestiales. Y tal ascendencia determina nuestro potencial eterno, lo cual es un concepto
realmente confortante. Puede alentarnos a escoger con prudencia y
cultivar lo mejor que hay en nosotros. Si inculcamos en la mente de
los jóvenes el excelente concepto de
que son hijos de Dios, les facilitaremos el respeto en sí mismos y la motivación necesaria para confrontar
los problemas de la vida.
Cuando entendemos nuestra relación con Dios, entendemos también nuestra relación con los demás.
Todos los hombres y todas las mujeres de la tierra son progenie de Dios,
hermanos y hermanas espirituales.
¡Cuan poderoso es este concepto!
No es de extrañarse entonces que el
Hijo Unigénito de Dios nos haya
mandado amarnos los unos a los
otros. iCuán maravilloso sería que
lo hiciéramos! El mundo sería muy
diferente si todos tuviéramos entre
sí un amor fraternal, y el servicio abnegado al prójimo no conocería
fronteras, creencias ni color. Un
amor tal no eliminaría las diferencias de opinión o comportamiento,
pero nos alentaría a basar nuestra
oposición en las acciones más que
en los actores.
La eterna verdad de que nuestro
Padre Celestial ama a todos Sus
hijos es un concepto de inmenso significado. Es un concepto particularmente poderoso cuando los hijos
pueden reconocerla mediante el
amor y el sacrificio de sus padres terrenales. El amor es la fuerza más
poderosa del mundo. Arthur Henry
King ha dicho que "el amor no es
solamente éxtasis; no es sólo un
sentimiento intenso, sino una fuerza
dinámica, algo que nos impulsa a
través de nuestra existencia de gozosas obligaciones" (The Abundance of
the Heart, Salt Lakc City: Bookcraft,
1986,pág.84).
Todos tenemos nuestros propios
ejemplos del poder del amor. Hace
más de veinticinco años anoté en mi
diario algunos recuerdos que tengo
de mi padre, quien murió cuando yo
tenía ocho años de edad. Lo que escribí entonces refleja el efecto del
amor en la vida de un muchacho:
"No es posible demostrar con
ningún evento o palabra que pueda
recordar, cuál fue la más poderosa
impresión que tengo de mi relación
con mi padre. Es, en verdad, un sentimiento. Basado en las palabras y
las acciones que han pasado al olvido, este sentimiento persiste en mí
con toda la claridad de la fe perfecta. El me amaba y estaba orgulloso
de mí... Ésta es la clase de recuerdo
que tanto un niño como un hombre
puede atesorar." (Dallin H. Oaks,
"Memories of My Father," 15 de octubre de 1967.)
Otro concepto excelente que debiéi"amos enseñarnos mutuamente es
que la vida terrenal tiene un propósito y que la muerte física no es el fin
sino una simple transición hacia la
próxima fase de nuestra existencia,
que es inmortal. El presidente
Brigham Young enseñó que "nuestra
existencia aquí es con el solo propósito de llevar a cabo nuestra exaltación y restauración a la presencia de
nuestro Padre y nuestro Dios"
(Discourses of Brigham Young, compilados por John A. Widtsoe, Salt
Lake City: Deseret Book Co„ 1978,
pág. 37). Este concepto del progreso
eterno es uno de los más poderosos
de nuestra teología. Nos brinda esperanza cuando erramos y nos anima
cuando triunfamos. Por cierto que
ésta es una de las mayores "solemnidades de la eternidad" que se nos ha
ordenado "reposlar] en Injuestra
mente]" (véase D. y C. 43:34).
Otro concepto valioso que nos
rescatará del desaliento es que la
obra de La Iglesia de Jesucristo de
los Santos de los Últimos Días, de
"llevar a cabo... la vida eterna del
hombre," {Moisés 1:39), es de carácter eterno. No todos los problemas se solucionan y no todas las relaciones necesarias se establecen en
la vida terrenal. La obra de salvación se extiende más allá del velo de
la muerte y no debe preocuparnos
demasiado cuan incompleta sea
nuestra actuación dentro de los límites de la vida terrenal.
Un concepto excelente de inmediata aplicación práctica es que podemos dirigirnos en oración a nuestro Padre Celestial y que Él nos escucha y nos ayuda en la manera más
conveniente para nosotros. La mayoría de nosotros ha podido experimentar cuan terriblemente solos nos
sentimos cuando estamos separados
de quienes nos aman. Si recordamos
que podemos orar y que se nos escucha y ayuda, podremos resistir ese
sentimiento de soledad. Siempre podemos mantenernos en contacto
con ese poderoso Amigo que nos
ama y nos ayuda, en Su propio tiempo y a Su manera.
Hay miles de experiencias que
demuestran que podemos orar y obtener respuesta a nuestras oraciones. Algunas de ellas tienen que ver
con niños pequeños. La biografía del
presidente Spencer W. Kimball nos
relata lo siguiente:
"Una y otra vez Spencer había
observado que sus padres siempre le
llevaban sus problemas al Señor. Un
día, cuando Spencer tenía cinco
años y estaba haciendo sus quehaceres, su hermanita Fannie, de un año
de edad, salió de la casa y se perdió.
Nadie podía encontrarla. Clare, de
dieciséis años, sugirió: 'Mamá, si
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oramos el Señor nos guiará al lugar
donde se encuentra Fannie.' La
madre y sus hijos oraron. Terminada
la oración, Gordon se dirigió al lugar
exacto donde se hallaba Fannie profundamente dormida en una caja
grande... detrás del gallinero. 'Le
dimos gracias al Señor una y otra
vez,' anotó Olive en su diario"
(Edward L: Kimball y Andrew E.
Kimball, hijo, Spencer W. Kimball,
Salt Lake City: Bookcraft, 1977,
pág. 31).
Todo discípulo de Jesucristo sabe
que los conceptos más poderosos de
la fe cristiana son la resurrección y
la expiación de Jesucristo. Gracias a
El, nuestros pecados pueden ser perdonados y nosotros volveremos a
vivir. Desde este pulpito y desde
muchos otros se han explicado estos
excelentes conceptos mediante innumerables sermones. Tenemos un
buen conocimiento de estos conceptos, pero no siempre los aplicamos
bien en nuestra vida.
Nuestro modelo ejemplar no es el
más reciente héroe deportivo o personaje popular; ni las posesiones o el
prestigio que hayamos adquirido, ni
los juguetes o placeres más costosos
que nos inducen a preocuparnos por
lo temporal y olvidar lo que es eterno.
Nuestro modelo ejemplar —nuestra
prioridad cabal—- es Jesucristo.
Debemos testificar acerca de Él y enseñarnos mutuamente en cuanto a
cómo aplicar Sus enseñanzas y Su
ejemplo en nuestra vida diaria.
Brigham Young nos dejó algunos
consejos prácticos para ello. "La diferencia entre Dios y el Diablo",
dijo, "es que Dios crea y organiza,
mientras que la intención principal
del Diablo es destruir" (Discourses of
Brigham Young, pág. 69). Ese contraste es un importante ejemplo de
la realidad de "una oposición en
todas las cosas" (2 Nefi 2:11).
Tengamos presente que nuestro
Salvador, Jesucristo, siempre edifica
y nunca nos agravia. Es necesario
que apliquemos el poder de ese
ejemplo en cada ocasión de nuestra
vida, incluso en nuestros pasatiempos y diversiones. Consideremos los
temas de los libros, las revistas, las
películas y los programas de televisión a cuya popularidad contribuimos con nuestro auspicio.
Preguntémonos si los propósitos y
las representaciones de nuestros pasatiempos son edificantes o perjudiciales para los hijos de Dios. A través de los años, he podido observar
una fuerte tendencia a desplazar lo
que edifica y dignifica a los hijos de
Dios mediante representaciones y
acciones deprimentes, perniciosas y
destructivas.
El concepto excelente en este
ejemplo es que todo lo que edifica a
la persona ayuda la causa del Señor,
y que aquello que perjudica a la
gente sirve la causa de Satanás.
Mediante nuestro auspicio personal,
todos los días favorecemos una
causa o la otra. Ello debería hacernos pensar en nuestras responsabilidades y motivarnos a cumplirlas en
una manera aceptable para el Señor,
cuyo sacrificio nos ofrece la esperanza y cuyo ejemplo nos muestra el camino a seguir.
Siempre debemos poner a nuestro Salvador en primer lugar. El primer mandamiento que Jehová dio a
los hijos de Israel fue: "No tendrás
dioses ajenos delante de mí" (Éxodo
20:3). Ésta parece ser una idea sencilla, pero en la práctica puede resultarnos difícil.
Lamentablemente, es fácil subordinar a otras prioridades lo que debería ser nuestro interés primordial.
Hace cincuenta años, el filósofo
cristiano C. S. Lewis ilustró esa tendencia con un ejemplo que lastimosamente se manifiesta hoy en día.
En su obra Cartas Vermiformes, un
diablo experto explica cómo corromper a los cristianos y malograr
la obra de Jesucristo. Una de las cartas describe cómo una devoción
exagerada puede alejar a los cristianos del Señor y de la práctica del
cristianismo. Lewis sugiere dos
ejemplos: el patriotismo en demasía
y el pacifismo excesivo, y explica
cómo el fanatismo puede corromper
a cualquiera de sus adeptos. Y el
diablo dice:
"Primero debe considerar el
Patriotismo o el Pacifismo como una
parte de su religión. Después, bajo la
influencia del espíritu partidario, pasará a estimarlo como algo fundamental. Luego, tácita y gradualmente, lo irá nutriendo hasta el punto
en que la religión pasará a ser una
simple parte de su 'causa', y apreciará el cristianismo principalmente
por las excelentes razones que
puede ofrecer en favor del esfuerzo
bélico británico o del pacifismo...
Una vez que haya hecho del mundo
un fin. y de la fe un medio, habremos
conquistado a esa persona y muy
poco importa qué clase de objetivo
persiga." (C. S. Lewis, The Screwtape
Letters, Nueva York: Mac Mili an,
1982, pág. 35).
Podemos percibir muy bien esa
tendencia en esta época, con tantas
causas que, aunque bien intencionadas, pueden corromper espiritualmente a la gente cuando toman el
lugar del Señor que les ha mandado:
"No tendrás dioses ajenos delante
de mí". Jesucristo y Su obra están en
primer lugar. Todo lo que pretenda
valerse de Él o aprovechar Su reino
o Su Iglesia como un medio para
otros fines, sólo ayudará a ía causa
de Satanás.
Cierta joven noble que logró superar una terrible experiencia demostró otros dos conceptos excelentes. Virginia Reed fue una de las sobrevivientes de la tragedia que sufrió
la caravana pionera Donner-Reed,
cuando efectuaron en carretas una
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de las primeras peregrinaciones a
California. Si la caravana hubiera
seguido la ruta establecida por el
Sendero Oregón, desde Fort Bridger
(Wyoming) hacia el noreste, hasta
Fort Hall (Idaho), y de allí hacia el
suroeste, rumbo a California, habrían llegado a destino sin problemas.
Sin embargo, fueron engañados por
el especulador Lansford W.
Hastings, quien los persuadió a que
fueran por un camino más corto
para ahorrar tiempo. La caravana
Donner-Reed así lo hizo, abandonando el sendero de Fort Bridger en
camino hacia el suroeste. Abrieron
una nueva ruta por las encrespadas
montañas Wasatch y el sur del Gran
Lago Salado, en medio de temperaturas extremas a través del desierto
salitroso.
Las demoras y el increíble esfuerzo físico requerido por esta ruta virgen costaron al grupo Donner-Reed
más de un mes adicional para llegar
a las montañas de la Sierra Nevada.
Al apresurarse para evitar las primeras tormentas de nieve, se vieron
atrapados en un temporal de invierno a tan sólo un día de camino para
llegar a la cima y después emprender
eí descenso hacia California; tuvieron que permanecer allí varios
meses, durante los cuales la mitad
del grupo pereció a causa del hambre y del frío.
Después de esos meses que pasó
en la montaña y de las dificultades
que sufrió por el hambre y el terror,
Virginia Reed, entonces de trece años
de edad, llegó a California y le escribió una carta a su prima, que vivía al
otro lado del país. AI relatarle sus terribles experiencias y el sufrimiento
de su gente, concluyó la carta con
este sabio consejo: "Nunca tomes un
atajo y no malgastes tu tiempo"
(Carta de Virginia E. B. Reed a su
prima Mary Gillespie, 16 de mayo de
1847, citada en West from Fort
Bridger, Logan, Utah: Utah State
University Press, 1994, pág. 238).
Este es un potente y verdadero
consejo, especialmente para los adolescentes. Los jóvenes están rodeados de caminos tentadores y de especuladores que ofrecen consejos y
atajos como substituciones del sendero apropiado. "Prueba este atajo"
o "quédate un ratito aquí" son propuestas comunes en el viaje de nuestra vida. A mis jóvenes amigos les
sugiero que recuerden el consejo de
Virginia Reed: Nunca tomen atajos y
no malgasten su tiempo.
Deseo terminar con un ejemplo
de la vida del apóstol Pablo. Durante
todo su ministerio pudo percibir gran
frivolidad, pensamientos ociosos y
frivolidades. En Atenas observó que
"todos los atenienses y los extranjeros residentes allí, en ninguna otra
cosa se interesaban sino en decir o
en oír algo nuevo" (Hechos 17:21).
En una de sus epístolas a los corintios, Pablo pone de manifiesto su determinación de concentrarse en conceptos positivos. Les dijo que no iba
a ellos "con excelencia de palabras o
de sabiduría," agregando: "Pues me
propuse no saber entre vosotros cosa
alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado" (1 Corintios 2:1-2}.
Cumplamos los mandamientos de
Dios y sigamos el ejemplo de Sus
siervos. Enfoquemos nuestras enseñanzas en esos grandes y excelentes
conceptos que tienen un significado
eterno para promover la rectitud y la
edificación de los hijos de Dios, y
ayudémonos mutuamente en el sendero hacia nuestro destino de la vida
eterna. Ruego en ferviente oración
que podamos lograrlo. En el nombre
de Jesucristo. Amén.
Testigos
Eider Loren C. D u n n
de los Setenio
"Toda persona que se bautice en la Iglesia y que reciba y sienta la
confirmación del Espíritu mediante el don del Espíritu Santo es testigo
de Dios."
D
esde la restauración del
evangelio, se ha ofrecido
desde este pulpito y en muchos otros lugares el más maravilloso despliegue que se haya registrado
de testimonios personales sobre la
divina misión del Redentor.
La ley de los testigos ha sido siempre una parte de la obra del Señor
sobre la tierra. Esta ley establece que
"Por boca de dos o de tres testigos se
decidirá todo asunto" (2 Cor. 13:1;
Deuteronomio 17:6; 19:15; Mateo
18:15-16; Juan 8:12-29). El tener
testigos confirma que ocurrieron
ciertos acontecimientos, y que la
doctrina y los principios que Dios ha
dado son verdaderos.
El primer deber del testigo es testificar. La persona que pueda dar
testimonio de las verdades del
Evangelio restaurado de Jesucristo
habla de cosas que sabe que son verdaderas. En el Señor y en Sus testi-
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gos fieles mora una verdad que supera el entendimiento terrenal.
Pablo sabía esto cuando dijo:
"Y nosotros no hemos recibido el
espíritu del mundo, sino el Espíritu
que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido,
"lo cual también hablamos, no
con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña
el Espíritu, acomodando lo espiritual
a lo espiritual" (1 Cor. 2:12-13),
Yo era jovencito cuando asistí a
una conferencia de estaca efectuada
en la Estaca Tooele, Utah, y escuché con atención las palabras de la
autoridad visitante. Era el eider
LeGrand Richards, que predicó el
evangelio a su acostumbrada manera cálida y espiritual; nunca he olvidado aquella experiencia. No recuerdo de qué habló, pero sí recuerdo lo que sentí. Más tarde aprendí
que la razón por la que me sentí así
fue porque estaba escuchando a un
testigo especial de Jesucristo. Sé que
él estaba consciente de ello, y ese
día mi testimonio y fe en cuanto a
las verdades del evangelio se hicieron más firmes.
Orson Pratt dijo: "Una persona
no puede dar testimonio de aquello
en lo que meramente crea. Dios requiere de la humanidad, o de ciertas
personas entre la humanidad, que
sean testigos de El —testigos de Su
existencia—, para que así puedan
dar testimonio a otros" (Journal of
Discourses, 16:209-210).
Hubo muchos que presenciaron
los grandes milagros y escucharon
las enseñanzas del Salvador durante
Su ministerio terrenal, pero no
todos se convirtieron en testigos.
No hubo ministraciones personales
de Cristo a los incrédulos. El Señor
abrió los ojos de sólo unas cuantas
personas para que supieran en verdad quién era Él.
Con el llamado que el Salvador
hizo a los Doce, se instituyó el llamamiento de los testigos especiales
de Cristo.
El profeta José Smith, refiriéndose a la resurrección del Señor, dijo:
"...Dios lo levantó de los muertos, y
...ellos (los apóstoles) eran testigos
suyos... y también el Espíritu Santo,
el cual ha dado Dios a los que le
obedecen." (Enseñanzas del Profeta
José Smith, pág. 68).
Toda persona que se bautice en la
Iglesia y que reciba y sienta la confirmación del Espíritu mediante el
don del Espíritu Santo es testigo de
Dios "en todo tiempo, y en todas las
cosas y en todo lugar" (Mosíah
18:9). Al participar de la Santa
Cena, ese miembro renueva su testimonio y cometido de tomar sobre sí
el nombre del Salvador, de guardar
Sus mandamientos y recordarle
siempre. Y no sólo la persona a
quien el Espíritu le testifique de esta
manera sabe de estas cosas, sino que
El las lleva al corazón de otros. Esta
es la base del gran esfuerzo misional
de la Iglesia, "...porque cuando un
hombre habla por el poder del Santo
Espíritu, el poder del Espíritu Santo
lo lleva al corazón de los hijos de los
hombres" (2Nefi33:l).
El testimonio que nos inspira el
Espíritu Santo es más potente aún
que el testimonio de las cosas que
vemos con los ojos. Los miembros
de la Iglesia nos convertimos en testigos del Salvador y de la veracidad
de esta obra no sólo mediante la palabra, sino al guardar nuestros convenios, al tratar en la debida forma
a los demás y al vivir rectamente.
La Primera Presidencia y los
Doce son llamados como "testigos
especiales del nombre de Cristo en
todo el mundo" (D. y C. 107:23).
Son hombres que, por comisión divina, la ordenación en el sacerdocio
y el fuego del Espíritu Santo tienen
las llaves del ministerio en la tierra.
Los Setenta trabajan bajo la dirección de la Primera Presidencia y los
Doce, y son testigos especiales a los
gentiles y en todo el mundo. Todos
ellos, en conjunto, se convierten en
lo que Pablo denomina una "nube
de testigos" (Hebreos 12:1).
El profeta José Smith definió la
obra del reino en nuestra dispensación con estas palabras:
"Y ahora, después de los muchos
testimonios que se han dado de él
[Jesucristo], éste es el testimonio, el
último de todos, que nosotros
damos de él: ¡Que vive!
"Porque lo vimos, sí, a la diestra
de Dios; y oímos la voz testificar que
él es el Unigénito del Padre" (D. y C.
76:22-23).
Los Tres Testigos del Libro de
Mormón, Oliver Cowdery, David
Whitmer y Martin Harris, dijeron:
"Y declaramos con palabras solemnes que un ángel de Dios bajó
del cielo, y que trajo las planchas y
las puso ante nuestros ojos, de manera que las vimos y las contemplaL I A H O N A
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mos, así como los grabados que contenían; y sabemos que es por la gracia de Dios el Padre, y de nuestro
Señor Jesucristo, que vimos y testificamos que estas cosas son verdaderas" {"El Testimonio de Tres
Testigos", Libro de Mormón).
Wilford Woodruff dijo en este
Tabernáculo: "José Smith era lo que
profesaba ser, un Profeta de Dios, un
Vidente y Revelador. Vivió... los
años suficientes para entregar las
llaves del reino... a los Doce
Apóstoles... Nosotros hemos edificado sobre los cimientos que él
puso..." (Journal of Discourses,
13:164).
El presidente David O. McKay,
cuya vida se extendió desde la época
de algunos de los que comenzaron
esta obra hasta la de algunos de los
que hoy servimos, y que fuimos llamados por él, dijo:
"Tengo un firme testimonio de
que el Padre y el Hijo aparecieron al
profeta José Smith, y revelaron por
medio de él el Evangelio de
Jesucristo... Deidad, hermandad,
servicio: estos son los principios que
guían la vida cristiana y que influyen
en todo lo que se hace en la Iglesia"
(Testimonies of the Divinity of the
Church of Jesús Christ of Latter-day
Saints by hs Leaders, compilado por
Joseph E. Cardón y Samuel O.
Bennion, Independence, Misuri:
Zion's Printing and Publishing Co.,
1930, pág. 178).
Y éstas son las palabras de nuestro Profeta actual, el presidente
Gordon B. Hinckley:
"Tengo un testimonio de que el
Hijo de Dios, Jesucristo, mi Salvador
y mi Redentor, el jehová del Antiguo
Testamento, el Mesías del Nuevo
Testamento, realmente vive... Por
medio de Su sacrificio expiatorio...
cada uno de nosotros, si rinde obediencia a Sus verdades, podrá alcanzar la exaltación y una vida eterna
que en nuestro estado actual no podemos entender o comprender. Él es
mi Redentor, mi Señor, mi Salvador,
mi Rey, mi Amigo" (Conferencia
Regional de Vacaville/Santa Rosa,
sesión para líderes del sacerdocio, 20
de mayo de 1995).
El testimonio que han expresado
los que hoy ocuparon este pulpito es
compatible con el de aquellos que,
mediante la autoridad divina, comenzaron esta obra.
Los miembros y los misioneros de
esta Iglesia llevan ese mismo testimonio a cada uno de los hijos de
nuestro Padre. Es una invitación
para aprender la doctrina, sentir el
Espíritu y ser sanado al participar de
la plenitud del Evangelio de
Jesucristo.
A ese testimonio me gustaría añadir el mío concerniente a la veracidad de esta obra. Sé que tenemos un
Dios en los cielos que nos protege y
nos cuida. Sé que Dios vive; lo sé, lo
sé. Sé que Jesucristo es nuestro
Salvador y nuestro Redentor. Sé que
José Smith fue un Profeta verdadero
de Dios. Sé que Gordon B. Hinckley
es un Profeta de Dios hoy día, y que
éste es el Evangelio de Jesucristo.
Que Dios nos bendiga a fin de que
prestemos oído a los testigos y expresemos nuestro propio testimonio. En
el nombre de Jesucristo. Amén. •
El Libro de Mormón:
Una antigua historia
sagrada
Elder Ted E. Brewerton
Miembro Emérito del Primer Quórum de los Setenta
"Todo el que tenga dudas o inquietudes en cuanto a la Iglesia puede
aferrarse con toda certeza a esta ancla firme."
H
ay muchos que basan su fe
en símbolos de buena
suerte, como por ejemplo
una pata de conejo, pero no hay que
olvidar que ese símbolo de nada le
sirvió al conejo.
No quiero parecer trivial, pero
creo que uno debería preguntarse si
seriamente y en verdad basa su fe en
lo que corresponde y confía en los
méritos de Cristo. ¿Tenemos la certeza de que la salvación sólo se logra
por intermedio de Él y de que, si tenemos una fe firme en Él, tomará
sobre Sí nuestra carga y nuestros
pesares?
Las Escrituras declaran ser "las
que dan testimonio de [Dios]" Quí\n
5:39). La vida eterna consiste en
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conocer a Dios y a Su Santo Hijo
(véase Juan 17:3). Uno puede conocerlo al escudriñar el Libro de
Mormón ya que cada una de sus páginas da testimonio de El. Los cambios que se hicieron en 1981 en el
Libro de Mormón están basados en
algo aún más antiguo que la primera
edición del libro que salió en 1830:
se basaron en el manuscrito original,
el que se escribió a mano.
El Libro de Mormón es un antiguo d o c u m e n t o sagrado de las
Américas que fue escrito a medida
que se desarrollaban los acontecimientos, comenzando hace más de
dos mil años.
Es la historia de unas familias a
las que el Señor condujo a las
Américas con un propósito específico. Varios siglos antes del nacimiento del Salvador, tres grupos distintos
salieron de la región de Jerusalén y
cruzaron los mares para llegar a esta
tierra prometida: América.
Anales antiguos escritos por nativos de las Américas corroboran
estos orígenes. Por ejemplo, un traductor del libro Título de los Señores
de Totonicapán, cuyo texto original,
basado en leyendas antiguas, fue escrito en 1554 en el lenguaje quiche
de Guatemala, declara:
Los quichés "son descendientes
de las diez tribus del Reino de Israel,
que Salmanazar redujo a perpetuo
cautiverio y que, hallándose allá en
los confines de Asiría, determinaron
la emigración...
"Estas, pues, fueron las tres naciones de Quichés y vinieron de allá
de donde sale el sol, descendientes
de Israel, de un mismo idioma y de
unos mismos modales... pues eran
hijos de Abraham y de Jacob...
"Ahora, a veinte y ocho de septiembre de 1554, firmamos este testimonio en que hemos escrito lo que
por tradición nos dijeron nuestros
antepasados, venidos de la otra
parte del mar, de Civán—Tulán,
confines de Babilonia" (Título de los
Señores de Totonicapán, trad. por
Dionisio José Chonay y Delia Goetz,
Norman, Oklahoma: University of
Oklahoma Press, 1953, págs. 10, 12,
14,64).
El eider Mark E. Petersen, que en
vida integraba el Consejo de los
Doce Apóstoles, escribió:
'Así como los antiguos israelitas
padecieron una dispersión que los
esparció entre todas las naciones,
también los descendientes de
Laman y de Lemuel [hijos de Lehi]
fueron diseminados por las regiones
del hemisferio occidental. Hoy habitan las regiones de un polo al otro."
(The Children of the Promise, Salt
Lake City: Bookcraft, 1982, pág. 31;
cursiva agregada.)
Muchos grupos migratorios vinieron a las Américas, pero ninguno
fue tan importante como los tres a
los que el Libro de Mormón se refiere. La sangre de aquella gente corre
por las venas de los indios blackfoot
y de los blood de Alberta, Canadá;
de los navajos y de los apaches del
sudoeste norteamericano; de los
incas del oeste sudamericano; de los
aztecas de México; de los mayas de
Guatemala y de otros grupos nativos
del hemisferio occidental y de las
islas del Pacífico.
Esta gente nativa es escogida y
reconoce la verdad del Libro de
Mormón, el cual escribieron para
ellos sus propios antepasados. El
presidente Spencer W. Kimball dijo:
"Los conversos lamanitas son
muy devotos; muy pocos apostatan.
Algunos se desvían del camino
cuando participan de las cosas
-a
Donald Ripplinger dirige el Coro del Tabernáculo por última vez durante una sesión de la
conferencia. Se jubiló a fines de I 995 después de 20 años de prestar servicio como director
asociado del coro.
mundanales que los rodean; pero,
por lo general, los hijos de Lehi del
siglo veinte han heredado esa buena
voluntad y capacidad para creer que
hace mucho tuvieron sus antepasados. En Helamán 6:36 leemos: 'Y así
vemos que el Señor comenzó a derramar su Espíritu sobre los lamanitas, por motivo de su inclinación y
disposición a creer en sus palabras'"
(The Teachings of Spencer W. Kimball,
Edward L. Kimball, Salt Lake City:
Bookcraft, 1982, pág. 178; cursiva
agregada).
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Toda autoridad eclesiástica de
cualquier iglesia y toda persona agnóstica debería regocijarse y alabar a
Dios por habernos dado, tanto a
ellos como a nosotros, el valioso
Libro de Mormón. ¿Por qué? Porque
es un segundo testamento sagrado e
innegable para el mundo de que
Dios vive y de que Jesús es el Cristo,
nuestro Redentor.
El primer testamento es la Santa
Biblia, que da testimonio del
Maestro desde el Medio Oriente. En
Juan 10:16, el Señor dice que otras
ovejas habrían de oír Su voz.
Después de Su resurrección, El vino
a las Américas y dijo:
"Y de cierto os digo que vosotros
sois aquellos de quienes dije; Tengo
otras ovejas que no son de este
redil; aquéllas también debo yo
traer, y oirán mí voz; y habrá un rebaño y un pastor" (3 Nefi 15:21).
Estos dos testamentos no pueden
negarse sin poner el alma en peligro.
El importante mensaje y propósito del Libro de Mormón se explica
en su misma portada:
"...Para mostrar al resto de la casa
de Israel cuan grandes cosas el
Señor ha hecho por sus padres; y
para que conozcan los convenios del
Señor... Y también para convencer
al judío y al gentil de que JESÚS es
el CRISTO, el ETERNO DIOS, que
se manifiesta a sí mismo a todas las
naciones" (Portada del Libro de
Mormón).
La literatura de la antigua
América contiene referencias sobre
un Dios blanco y barbado que descendió de los cielos. Se le dieron
muchos nombres, y uno de ellos fue
Quetzalcóatl.
Unos historiadores del siglo XVI,
cuyos libros yo poseo, escribieron
acerca de las creencias precolombinas con respecto a un Dios blanco y
barbado que vino a las Américas
mucho antes de la llegada de los conquistadores españoles. Los siguientes párrafos contienen ejemplos en
cuanto a esas creencias:
Bernardino de Sahagún (14991590) escribió: "Quetzalcóatl fue estimado y tenido por Dios y lo adoraban de tiempo antiguo en Tulla;
tenía el cabello largo... y era barbudo... Adoraban a un solo señor que
tenían por Dios" (véase Historia
General de las cosas de Nueva
España, México: Editorial Porrúa,
S.A., 1985, págs. 195,598).
Diego Duran (H537M588) escribió: "Un gran varón... una persona muy venerable y religiosa... con
una venerable presencia... [de]
barba... alto de cuerpo; el cabello,
largo... con mucha mesura... sus hechos heroicos |y| con apariencia de
milagros... Me atrevo afirmar que
este varón puede haber sido algún
apóstol bendito" (véase Historia de
las Indias de Nueva España, 1867,
primera edición, 2 tomos, México:
Editorial Porrúa, S.A., 1967,
1:9-10).
Bartolomé de las Casas (14741566) escribió que Quetzalcóatl,
que significa la serpiente emplumada, era un personaje blanco, de
barba redonda, alto, y que había venido del mar del este, de donde un
día volverá (véase Los indios de
México y Nueva España, Antología,
México: Editorial Porrúa, S. A.,
1982, págs. 54, 218, 223).
Los tamanacos, tribus indígenas
de Venezuela, preservan la misma
leyenda de un dios barbado:
"|.Amalivacá] tenía la cara color de
las nubes ligeras de la mañana, y
blanca era la larga cabellera... Y
dijo; 'Soy Amalivacá y vengo en
nombre de Ina-Uíki, mi Padre' "
(Arturo Hellmund Tello, Leyendas
Indígenas del Bajo Orinoco, traducido
por Ted E. Brewerton, Buenos
Aires, Argentina; imprenta López,
Perú 666, págs. 19,22).
El Libro de Mormón contiene un
relato verídico de la venida del
Señor a la América primitiva. Una
vez que aceptemos las raíces antiguas del libro y creamos que José
Smith tuvo realmente en su posesión anales sagrados que no podían
estar escritos en inglés, es natural
preguntarnos cómo los tradujo. La
única respuesta razonable es lo que
él afirmó: por revelación divina.
¿Qué podría ser más peligroso
para nosotros, en la perspectiva
eterna, que decir que el Libro de
Mormón es Escritura sagrada si no
lo fuera? Todo el que tenga dudas o
inquietudes en cuanto a la Iglesia
puede aferrarse con toda certeza a
esta ancla firme, porque es una evidencia inmutable y tangible de su
veracidad.
Nefi, un Profeta del Libro de
Mormón, escribió lo siguiente:
"Porque nosotros trabajamos diligentemente para escribir, a fin de
persuadir a nuestros hijos, así como
a nuestros hermanos, a creer en
Cristo y a reconciliarse con Dios;
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pues sabemos que es por la gracia
por la que nos salvamos, después de
hacer cuanto podamos" {2 Nefi
25:23).
El eider B. H. Roberts escribió en
1909:
"[El Espíritu Santo] siempre debe
ser la fuente principal de evidencia
en cuanto a la veracidad del Libro
de Mormón. Toda otra evidencia
ocupa un lugar secundario, pues
ésta es la principal e infalible. Sea
como sea que se presenten otras evidencias y cualquiera sea la exactitud
con que se expliquen, ningún razonamiento, por más hábilmente que
se exprese, podrá jamás reemplazar
[al Espíritu Santo]...
"Toda evidencia secundaria que
apoye la verdad, tal como las causas
secundarias de los fenómenos naturales, posiblemente sean de gran
valor e importantes factores en lograr los propósitos de Dios" (New
Witnesses for God, Salt Lake City,
Deseret News, 1909, págs. vi~vü).
El sol se levanta en silencio y a
veces quizás pensemos que la voz
del Señor es igualmente silenciosa;
pero si oramos, meditamos y lo escuchamos, Su voz es audible e instila pensamientos claros en nuestra
mente.
Así como es real la salida del sol,
también lo es que Dios vive, al igual
que Su Hijo Todopoderoso. Tan
cierto como que el sol sale a diario,
es también que La Iglesia de
Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es de Él.
Gracias a que sale el sol, podemos ver todo lo demás.
Por c u a n t o Jesucristo vive,
vemos mediante Su luz las invariables verdades eternas y una senda
iluminada que nos muestra el propósito de nuestra vida preterrenal,
la razón de nuestra existencia actual y el efecto que ambas tendrán
en nosotros después de aquello que
llamamos muerte.
La Biblia es un testamento.
El Libro de M o r m ó n es un
testamento.
Y yo soy uno de los testigos de que
Él ha resucitado y de que vendrá. En el
nombre de Jesucristo. Amén. •
Las bendiciones
del sacerdocio
Elder Robert D. Hales
del Quórum de los Doce Apóstoles
"El sacerdocio de Dios provee luz a Sus hijos en este mundo de
obscuridad y tribulación."
H
ace unas semanas, estaba
en Santiago, Chile, participando en reuniones de
capacitación del sacerdocio.
Durante la reunión del sábado, tuvimos una charla acerca de cuan importante es que los hermanos reciban el sacerdocio después del bautismo. En la madrugada del domingo, me desperté sintiendo un fuerte
testimonio del poder del sacerdocio
en nuestra vida. D u r a n t e unas
horas, antes de empezar el día, reflexioné acerca de lo que el sacerdocio
significa para mí, para mi familia y
para el mundo entero.
Hermanos y hermanas, ¿se imaginan qué obscura y vacía sería la vida
terrenal si no existiera el sacerdocio? Si el poder del sacerdocio no
estuviera sobre la tierra, el adversario tendría la libertad de andar
errante y reinar sin ninguna restricción. No tendríamos el don del
Espíritu Santo para dirigirnos e iluminarnos; ni profetas para hablar en
el nombre del Señor, ni templos
donde hacer convenios sagrados y
eternos; ni autoridad para bendecir
y bautizar, para sanar y consolar. Sin
el poder del sacerdocio "...toda la
tierra sería totalmente asolada"
(véase D. y C. 2:1-3). No habría
luz, ni esperanza, sólo tinieblas.
Sin el sacerdocio, ¡qué mundo
tan obscuro sería éste para todos
nosotros!
Nuestro amoroso Padre Celestial
ha enviado a Sus hijos aquí a ía tierra para obtener experiencia y ser
probados; nos ha proporcionado la
senda de regreso a Él y nos ha brindado la luz espiritual indispensable
para encontrar nuestro camino. El
sacerdocio de Dios provee luz a Sus
hijos en este mundo de obscuridad y
tribulación. Por medio del poder del
sacerdocio, recibimos el don del
Espíritu Santo, que nos guía hacia la
verdad, el testimonio y la revelación. Este don está al alcance en
forma equitativa de hombres, mujeres y niños. Mediante las bendiciones del sacerdocio, nos vestimos con
"toda la armadura de Dios, para...
podfer] estar firmes contra las asechanzas del diablo" (véase Efesios
6:11-18). Esta protección está al alcance de cada uno de nosotros.
Por medio del sacerdocio, muchas otras bendiciones se encuentran también accesibles para todos
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los hijos y las hijas de Dios, haciendo posible que hagamos sagrados
convenios y recibamos las santas ordenanzas que nos permitan viajar
por el angosto camino que nos llevará de regreso a nuestro Padre
Celestial {véase Mateo 7:13-14).
El sacerdocio es el poder de Dios,
el cual es dado al hombre para actuar en Su nombre. El sacerdocio de
Dios es eterno, "existió en el principio, existirá también en el fin del
mundo" (Moisés 6:7; véase también
History of t/ie Church, 3:386). Antes
cié que este mundo fuera creado, se
llevó a cabo un concilio preterrenal
en los cielos bajo la dirección del sacerdocio. La formación del universo
y del mundo en el que vivimos no
ocurrió por casualidad, sino por
medio del poder del sacerdocio. El
gran Creador habló, y los elementos
le obedecieron. Los procesos de la
naturaleza que nos permiten existir
en este planeta, los recursos del
mundo para sostener la vida, todos
ellos fueron activados y continúan
su curso a través del poder del sublime sacerdocio de Dios. Aun cuando
la mayoría de los habitantes de la
tierra no creen en el poder de este
sacerdocio, toda criatura viviente se
beneficia con él.
La creación de esta tierra proporcionó un lugar para que los hijos de
Dios vivieran y progresaran, un
lugar donde nuestro Padre pudiera
conferir sobre nosotros las bendiciones de Su prodigioso sacerdocio.
Este poder se le dio primeramente a
Adán, que poseyó las llaves de generación en generación; Adán ordenó
al sacerdocio a siete generaciones de
su posteridad, a partir de sus hijos
Abel y Set (véase D. y C. 84:16;
107:40-53). Después de la muerte
de Adán, el sacerdocio continuó de
padre a hijo, hasta Melquisedec.
Originalmente, este sacerdocio
"se llamaba el Santo Sacerdocio según
el Orden del Hijo de Dios.
"Mas por respeto o reverencia al
nombre del Ser Supremo, para evitar
la demasiado frecuente repetición de
su nombre, la iglesia en los días antiguos dio a ese sacerdocio el nombre
de Melquisedec" (D. y C. 107:3-4),
debido a "que Meíquisedec fue un
gran sumo sacerdote" (versículo 2).
Abraham recibió el sacerdocio de
manos de Meíquisedec {véase D. y C.
84:14)- Más tarde, el Señor hizo convenio con Abraham, diciendo:
"...en ti {es decir, en tu sacerdocio) y en tu descendencia... serán
bendecidas todas las familias de la
tierra, sí, con las bendiciones del
evangelio, que son las bendiciones
de salvación, sí, de vida eterna"
(Abraham 2:11).
Fue por intermedio del sacerdocio que el Hijo de Dios, el Salvador,
Jesucristo, estableció Su •iglesia,
tanto en el Viejo como en el Nuevo
Mundo. En ambos continentes, El
estableció convenios sagrados y ordenanzas que son indispensables
para entrar por la "estrecha... puerta... que lleva a la vida [eterna]"
(Mateo 7:13-14; 3 Nefi 14:13-14).
En ambos lugares, ordenó doce testigos especiales para gobernar los
asuntos de la Iglesia y llevar Su palabra a los hijos de Dios.
Jesucristo expió los pecados de
todos los que se arrepintieran y se
bautizaran por el poder del Santo
Sacerdocio. Mediante la Expiación,
nuestro Salvador quebrantó las lazos
de la muerte y se convirtió en el
"autor de eterna salvación para todos
los que le obedecen" {Hebreos 5:9).
Después de la muerte de Jesús y
de Sus Apóstoles, la tierra se cubrió
de obscuridad. Ese período, la Edad
Media, conocido también como el
obscurantismo, fue una época de
gran apoetasía en la que a los mortales se les privó de las bendiciones y
las ordenanzas del sacerdocio (véase
de Joseph Fielding Smith, Answers
lo
Gospel
Questions,
comp.
por Joseph Fielding Smith, hijo,
5 tomos, Salt Lake City: Deseret
BookCo., 1957-1966,2:45).
Pero, como se había profetizado,
el sacerdocio glorioso de Dios, junto
con la plenitud de sus bendiciones,
se ha restaurado sobre la tierra en
nuestra época. La restauración del
sacerdocio y sus bendiciones dio comienzo en 1820, cuando José Smith,
un joven Profeta, contempló a Dios
el Padre y Su Hijo, Jesucristo, y
habló con los dos en una sagrada
arboleda.
Más tarde, otros mensajeros celestiales: Juan el Bautista, Pedro,
Santiago y Juan; Moisés, Elias y
Elias el profeta; y otros, le confirieron al profeta José Smith el poder,
la autoridad y las llaves necesarias
para la salvación y exaltación de la
humanidad. Como resultado, la
Iglesia de Jesucristo se restauró
sobre la tierra, juntamente con los
Sacerdocios A a r ó n i c o y de
Melquisedec de la antigüedad.
Ahora, de acuerdo con el convenio
que Dios hizo con Abraham, todas
las personas y familias sobre la tierra serán bendecidas.
Piensen en ello, hermanos y hermanas: el sacerdocio ha sido restaurado y se encuentra hoy sobre la tierra. El presidente Gordon B.
Hínckley es el Profeta actual. La
Primera Presidencia y el Quórum de
los Doce son los Apóstoles del Señor
Jesucristo en nuestros días. Bajo la
dirección de esos profetas, videntes y
reveladores, que poseen las llaves de
esta dispensación, los poseedores del
sacerdocio de la Iglesia hoy día tienen el derecho legítimo de actuar en
el nombre de Dios. Como Sus agentes autorizados, están comisionados
para ir a bendecir a otras personas
por medio del poder y la autoridad
del sacerdocio, y efectuar todos los
convenios, las ordenanzas y las bendiciones del sacerdocio disponibles
en la actualidad.
Las bendiciones del sacerdocio se
encuentran a disposición de todos.
En verdad, el Padre "invita a todos...
a que vengan a él'y participen de su
bondad; y a nadie de los que a él
vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o mujeres... y todos son iguales ante
Dios" (2Neñ26:33).
¿Cuáles son algunas de las bendiciones del sacerdocio? Repasemos
juntos lo que sería la jornada espiritual ideal de un niño por la vida.
Examinemos la cantidad de posibilidades que tiene durante su vida de
recibir bendiciones por medio del
sacerdocio.
De recién nacido, se le arrulla
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tiernamente entre manos amorosas,
mientras el padre, el abuelo, el obispo u otro poseedor del sacerdocio
pronuncia su nombre y le da una
bendición sagrada según lo dicte la
inspiración del Espíritu Santo.
Pocos años después, el niño comienza a asistir a la Primaria y luego
a la Escuela Dominical, y a recibir
lecciones e instrucciones de maestros fieles, hombres y mujeres a
quienes se ha llamado y apartado
por el poder del sacerdocio para enseñar las vías del Señor.
Cuando eí niño llega a la edad
de ocho años, la edad de responsabilidad, un poseedor del sacerdocio
lo sumerge en las aguas del bautismo. Luego, un poseedor del
Sacerdocio de Meíquisedec lo confirma miembro de La Iglesia de
Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; durante esa ordenanza, se
le confiere también el don del
Espíritu Santo, el cual, si presta
atención a Su voz suave y apacible,
le ayudará a permanecer en el camino estrecho y angosto que conduce
a la vida eterna.
Todos los domingos, a medida que
va creciendo, el niño recibe junto
con otros santos dignos la Santa
Cena de manos de poseedores del sacerdocio: el pan, que representa el
cuerpo de Cristo y el agua, que representa Su sangre que fue derramada
para expiación de nuestros pecados.
Durante la Saiata Cena, recuerda el
sufrimiento del Salvador, testifica
que está dispuesto a tomar sobre sí el
nombre del Salvador y promete recordarle siempre y guardar Sus mandamientos. A su vez, el Salvador promete "que siempre puedan tener su
Espíritu consigo" (D. y C. 20:77).
A medida que el joven continúa
madurando, puede buscar la orientación y el consejo espiritual del
obispo y otros líderes de los jóvenes.
Los líderes del Sacerdocio Aarónico
y de las Mujeres Jóvenes son personas que han sido llamadas y apartadas por la autoridad del sacerdocio
con el fin de guiar e inspirar a la juventud de la Iglesia.
C u a n d o precisa consejo o
consuelo especiales, o durante una
enfermedad, el jovencito puede recibir una bendición de su padre, del
maestro orientador, del obispo o de
otro poseedor del sacerdocio. Una
bendición patriarcal —dada por un
patriarca ordenado— contiene palabras inspiradas por Dios para Sus
hijos, que les sirven de guía y consuelo para toda la vida y que incluso
encierran un significado eterno.
Piensen en lo maravilloso que es eso.
Si al joven se le encuentra digno,
recibe el Sacerdocio Aarónico, o
sea, el sacerdocio preparatorio, y a
medida que madura, se le ordena"
diácono, luego maestro y finalmente
presbítero. Más adelante, si sigue
siendo digno, recibe el Sacerdocio
de Melquisedec y se le ordena al oficio de eider. La jovencita pasa a ser
miembro de la organización de las
Mujeres Jóvenes y más tarde de la
Sociedad de Socorro. Todas esas experiencias dan a los jóvenes muchas
oportunidades de aprender y de
prestar servicio, de disfrutar una
hermandad que es más preciada que
las amistades típicas del mundo.
Sea varón o mujer, al joven se le
puede apartar como misionero regular para prestar servicio bajo la dirección del sacerdocio de un presidente de misión, y dar testimonio
del Señor Jesucristo a todos los que
deseen escuchar. Mediante las bendiciones que se reciben al prestar
servicio y sacrificarse, experimenta
un humilde cambio de corazón que
le permite discernir la diferencia
entre tomar lo que es del mundo en
contraste con dar lo que es del reino
de Dios. Entonces, al haber establecido el hábito de dar, presta servicio
a la Iglesia y a la comunidad durante
toda su vida, mientras que a la vez,
recibe bendiciones por medio del
servicio que los demás le brinden.
Las bendiciones más sublimes del
sacerdocio disponibles para este joven
se encuentran en el templo. Allí, vislumbra el cielo. En ese lugar santo, a
pesar de encontrarse en el mundo, no
es del mundo. En el templo, se ve a sí
mismo como descendencia real, un
hijo o una hija de Dios. Los gozos de
la eternidad, que se consideran tan
distantes fuera del templo, de pronto
Las estatuas de Hyrum Smith, a la izquierda, y
del profeta José Smith, ubicadas en la Manzana
del Templo, se yerguen como recordatorio para
los visitantes a lo conferencia.
parecen estar al alcance de la mano.
En el templo se explica el plan de
salvación y se efectúan convenios
sagrados. Esos convenios, junto con
el uso del gárment sagrado del templo, fortalecen a la persona que ha
recibido su investidura y la protegen
de los poderes del adversario. Luego
de recibir su propia investidura, el
joven puede continuar asistiendo al
templo y efectuar ordenanzas vicarias con el fin de hacer posible que
las bendiciones del sacerdocio estén
al alcance de aquellos que hayan
muerto sin la oportunidad de recibirlas en este mundo.
En la ordenanza culminante del
templo —el matrimonio eterno— a
los novios se les promete que, si son
fieles, disfrutarán de una unión familiar, junto con sus hijos y con el
Señor, por toda la eternidad, en lo
que se conoce como la vida eterna.
Cuando esa persona establece un
hogar junto con un compañero o
compañera eterna, continúa disfrutando de las bendiciones del
sacerdocio. A medida que escuche y
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siga el consejo de los profetas, videntes y reveladores actuales, Dios
le dará a conocer revelación durante toda su vida. El esposo dedica la
casa de la familia "como santuario...
en donde todos ellos pueden adorar,
encontrar seguridad, progresar espiritualmente y vivir en forma tal que
puedan prepararse para vivir juntos
como una familia eterna" {Sujetaos a
la palabra de Dios, Guía de estudio
personal del Sacerdocio de
Melquisedec, 1, pág. 176).
A medida que los hijos crecen,
los padres les enseñan el evangelio
en las noches de hogar; también les
enseñan a orar en forma individual
y en familia. Estudian las
Escrituras, incluso el Libro de
Mormón y otras Escrituras de la
Restauración, escritas y preservadas
a través de las generaciones de los
tiempos por los santos profetas. Les
enseñan el plan de salvación y ayudan a cada uno de sus hijos a prepararse para recibir las bendiciones
y ordenanzas del sacerdocio que
ellos mismos han recibido.
Cada vez que esta madre esté a
punto de dar luz, su dedicado esposo
puede colocarle las manos sobre la
cabeza y, por medio del poder del
Sacerdocio de Melquisedec, pronunciar una bendición especial. Más
tarde, con ternura mecerá en sus
brazos al recién nacido, que ha nacido dentro del convenio del sacerdocio, y pronunciará sobre él palabras
inspiradas de una bendición de
padre.
Y de esa forma, el ciclo de las
bendiciones del sacerdocio comienza una y otra vez con cada generación subsiguiente, todas ellas con el
sagrado propósito del Padre de "llevar a cabo la inmortalidad y la vida
eterna" de Sus hijos (Moisés 1:39).
Mis hermanos, he sido testigo del
extraordinario poder del sacerdocio
para elevar y bendecir, para sanar y
consolar, para fortalecer y dar potestad a los hombres, mujeres y niños
de todo el mundo. De todo corazón,
deseo que las bendiciones del sacerdocio estén al alcance de todos.
Hermanos, ustedes que poseen el
sacerdocio, magnifíquenlo; los que
lo hayan poseído pero no lo utilicen,
reactívenlo; y los que no lo tengan,
esfuércense diligentemente por obtenerlo. Y que todos luchemos con
más ahínco para recibir y dar a otros
las bendiciones del sacerdocio, con
el fin de incorporar más plenamente
los poderes del cielo en nuestra vida
y en la de nuestros seres queridos.
Desde esas horas de la madrugada
en Santiago, he reflexionado y meditado mucho acerca del sacerdocio y
en lo que significa para el mundo entero. Permítanme expresar mis más
profundos sentimientos en un poema
de testimonio de las bendiciones del
sacerdocio.
Por el sacro poder del sacerdocio,
divino don,
alabamos tu bendito nombre, oh
amado Señor,
pues tu poder que eleva, da guía
y bendición
nos brinda la certeza de tu infinito
amor.
En la más profunda y lóbrega
desesperación
se hundiría nuestra vida sin tu santo
poder;
Satanás nos tendería su red de
tentación
y en abismos de tormento nos haría
caer.
Tu Santo Espíritu llena de luz nuestra vida,
y de los ardientes dardos del malo
nos libera.
Tus convenios exaltan, la esperanza
se anida;
tu poder nos conduce hacia tu eterna esfera.
¡Cantemos hosannas! ¡Tunombre
sea alabado!
¡El santo sacerdocio ha sido
restaurado!
Les prometo que, mediante nuestra obediencia, podemos gozar de las
abundantes bendiciones del sacerdocio, y que todas las magníficas y eternas bendiciones que Dios ha dispuesto para el hombre, la mujer y la
familia sobre la tierra están a nuestro
alcance por medio del poder del
sacerdocio. En el nombre de
Jesucristo. Amén. D
"Si estáis preparados,
no temeréis"
Eider L. Tom Perry
del Quórum de los Doce Apóstoles
"Así como es importante estar preparados espiritual mente, también lo es
prepararnos para nuestras necesidades temporales."
L
ehi tuvo un sueño maravilloso mientras viajaba con su
familia por el desierto. Este
sueño o visión del árbol de la vida,
presentado en forma simbólica, nos
brinda mucho conocimiento acerca
de la vida y el curso que debemos
seguir en ella. En las Escrituras
leemos:
"Y sucedió que vi un árbol cuyo
fruto era deseable para hacer a uno
feliz.
"Y aconteció que me adelanté y
comí de su fruto; y percibí que era
de lo más dulce, superior a todo
cuanto yo había probado antes. Sí, y
vi que su fruto era blanco, y excedía
a toda blancura que yo jamás hubiera visto.
"Y al comer de su fruto, mi alma
se llenó de un gozo inmenso; por lo
que deseé que participara también
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de él mi familia, pues sabía que su
fruto era preferible a todos los
demás" (INefi 8:10-12).
En el sueño Lehi vio a muchos
que se adelantaban para participar
de ese delicioso fruto, que se definió
como el amor de Dios. Una barra de
hierro, que simbolizaba la palabra de
Dios, los guiaba hasta el árbol. No
obstante, también había un vapor de
tinieblas, o sea, tentaciones, a lo
largo del camino, que hacía que muchos se desviaran y se perdieran.
Esto es lo que dicen las Escrituras:
"Y sucedió que vi a otros que se
adelantaban, y llegaron y se asieron
del extremo de la barra de hierro, y
avanzaron a través del vapor de tinieblas, asidos a la barra de hierro,
hasta que llegaron y participaron del
fruto del árbol.
"Y después de haber comido del
fruto del árbol, miraron en derredor
de ellos, como si se hallasen
avergonzados.
"Y yo también dirigí la mirada alrededor, y vi del otro lado del río un
edificio grande y espacioso que parecía erguirse en el aire, a gran altura
de la tierra.
"Y estaba lleno de personas,
tanto ancianas como jóvenes, hombres así como mujeres; y la ropa que
vestían era excesivamente fina; y se
hallaban en actitud de estar burlándose y señalando con el dedo a los
que habían llegado hasta el fruto y
estaban comiendo de él.
"Y después que hubieron probado
del fruto, se avergonzaron a causa
de los que se mofaban de ellos; y cayeron en senderos prohibidos y se
perdieron" (1 Nefi 8:24-28).
Esa es la parte del sueño de Lehi
sobre la que me gustaría comentar
hoy día. Los gritos que oímos hoy
provenientes del edificio grande y
espacioso nos tientan a participar en
las cosas de este mundo, Pensamos
que necesitamos una casa más grande, con cochera para tres autos, y
una casa rodante estacionada al costado; deseamos tener ropa de marcas famosas, varios televisores, todos
con videograbadoras, computadoras
de último modelo y el automóvil
más nuevo. A menudo estas cosas se
adquieren con dinero prestado, y sin
siquiera pensar en proveer para el
futuro. El resultado de toda esta gratificación instantánea está en los tribunales colmados de juicios de bancarrota, y familias demasiado preocupadas por sus cargas económicas..
Vivimos en una de las épocas más
emocionantes y difíciles de la historia humana. Mientras la tecnología
se infiltra en cada faceta de nuestra
existencia, los cambios se suceden
con tanta rapidez que tal vez sea difícil mantener el equilibrio en nuestra vida. Para alcanzar cierto grado
de estabilidad, es esencial que planeemos nuestro futuro. Creo que es
el momento de recordar, y quizás
con cierta urgencia, el consejo que
hemos recibido concerniente a la
preparación personal y familiar.
Deseamos ser hallados con bastante
aceite en nuestras lámparas para
perseverar hasta el fin. El presidente
Spencer W. Kimball nos ha amonestado, diciendo: "Al repasar el consejo que nos da el Señor sobre la importancia de la preparación, me impresiona la sencillez del mensaje. El
Salvador pone bien en claro que no
podemos tener suficiente aceite en
nuestras lámparas de preparación
con solamente evitar el mal.
Debemos además estar diligentemente embarcados en un programa
concreto de preparación".
En El milagro del perdón, el presidente Kimball también expresó: "El
Señor no convertirá las buenas esperanzas, deseos o intenciones de
una persona en obras. Cada cual
debe hacer esto por sí mismo"
(véase El milagro del perdón, pág. 8).
A diario somos testigos de reveses económicos, de guerras, de conflictos entre las personas, de desastres nacionales; hay grandes variaciones del clima; innumerables ataques de las fuerzas de la inmoralidad, el crimen y la violencia; acosos
y presiones sobre las familias y las
personas; avances tecnológicos que
dejan obsoletos muchos puestos de
trabajo, etc. La necesidad de la preparación es absolutamente evidente.
La gran bendición de estar preparados nos libera del temor, tal como el
Señor lo garantiza en Doctrina y
Convenios:
"...si estáis preparados, no temeréis" (D. y C. 38:30).
Así como es importante estar
preparados espiritualmente, también
lo es prepararnos para nuestras necesidades temporaíes-l Cada uno de
nosotros debe preguntarse: ¿Qué
tipo de preparación se requiere para
satisfacer mis necesidades y las de
mi familia?
Durante años se nos ha exhortado a cumplir por lo menos cuatro
requisitos a fin de prepararnos para
lo que ha de venir.
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Primero, obtener una educación
adecuada. Aprendan un oficio o
profesión que les permita obtener
un empleo estable con una remuneración suficiente para cuidar de ustedes mismos y de su familia. El
mundo cambia rápidamente y todo
pasa de moda, lo que requiere que
nos preparemos en forma continua
para el futuro. Podemos quedarnos
un tanto estancados en nuestra profesión si no nos actualizamos.
Imaginen cuántos pacientes tendría
un dentista que continuara usando
las mismas técnicas y equipos que
usaba hace diez años. ¿Qué haría un
empresario que tratara de competir
sin usar computadoras? ¿O un constructor que no estuviera al día con
los nuevos materiales y métodos disponibles? La educación, por necesidad, se ha convertido en una tarea
de toda la vida. Al programar nuestra vida, debemos apartar suficiente
tiempo para educarnos ahora y para
el futuro.
Segundo, vivan estrictamente
dentro de sus ingresos y ahorren
algo para los días de "las vacas flacas". Acostúmbrense a la disciplina
de presupuestar aquello con lo que
el Señor les haya bendecido. En
forma tan regular como el pago del
diezmo, separen como ahorro una
cantidad destinada a necesidades futuras de la familia. Incluyan a sus
hijos al planear para el futuro. Estoy
convencido de que en muchos patios un pequeño huerto de maíz, fresas o tomates, cuidado y cosechado
cada año por los hijos y vendido a
los vecinos, podría a su tiempo rendir lo suficiente para hacer una contribución significativa a un fondo
para la misión o la universidad.
Vayan a la cochera y observen todas
las bicicletas, juguetes, equipos atléticos, esquís y patines amontonados
sin uso, y calculen el beneficio que
hubieran obtenido si hubiesen invertido el costo de todo eso en sus
necesidades futuras. Recuerden que
recalqué las cosas fuera de uso.
Muchos han comprado tantas cosas
para usarlas sólo un corto tiempo,
que ahora les resulta casi imposible
guardar el auto en la cochera.
Tercero, eviten, las deudas excesivas. Las deudas necesarias deben
asumirse sólo luego de mucha oración y consideración, y después de
buscar el mejor asesoramiento.
Necesitamos la disciplina para mantenernos dentro de nuestra capacidad de pago. Se nos ha dado el sabio
consejo de evitar las deudas como
evitaríamos una plaga. El presidente
], Reuben Clark aconsejó firme y repetidamente a los miembros de la
Iglesia de esta manera:
"Vivan dentro de sus medios; salgan de las deudas; manténganse libres de deudas. Ahorren para los
días malos, que siempre han llegado
y que volverán a venir. Practiquen y
mejoren sus hábitos de ahorro, industria, economía y frugalidad" (en
"Conference Report", oct. de 1937,
pág- 107).
Deberíamos tener en un lugar visible la descripción que el presidente
Clark hace del interés:
"El interés nunca duerme, ni se
enferma ni muere... Una vez endeudados, el interés es su compañero
cada minuto del día y de la noche;
no pueden huir ni escapar de él; no
pueden despreciarlo; no cede a sü
plicas.,, demandas ni órdenes; y cada
vez que se crucen en su camino,
atraviesen su curso o no cumplan
sus exigencias, les aplastará" (en
"Conference Report", abril de 1938,
pág. 103).
El adquirir deudas es sumamente
tentador. La gran facilidad con que
nos hacemos de deudas debería ir
acompañada de la prudencia para
evitarlas. Dediquen tiempo a calcular cuánto agregarían a su patrimonio personal neto si la hipoteca de
su casa fuera a diez o quince años en
lugar de treinta. Calculen lo que
pueden ahorrar si ustedes mismos
invierten su tiempo y talentos en
agregar tamaño o comodidades a su
vivienda.
Es tan fácil meternos excesivamente en deudas. Si no tienen la
disciplina de controlar el uso de las
tarjetas de crédito, es mejor no tenerlas. Una familia bien administrada no paga intereses, los percibe.
Cuarto, adquieran y almacenen
una reserva de alimentos y bienes
esenciales. Compren ropa y tengan
una cuenta de ahorro de forma tal
que puedan contar con una reserva
para tiempos de emergencia. Desde
que tengo memoria, se nos ha enseñado que debemos prepararnos para
el futuro y tener una reserva de un
año de artículos de primera necesidad. Es muy posible que los años de
abundancia nos hayan llevado casi
umversalmente a hacer caso omiso
de este consejo. Creo que ha pasado
el tiempo de no tener en cuenta esta
admonición; con los acontecimientos cotidianos actuales, es hora de
darle seria consideración.
Las carreras cambian constantemente. Se ha pronosticado que los
jóvenes que engrosan las fuerzas de
trabajo en la actualidad tendrán que
hacer tres o cuatro cambios drásticos en sus carreras a lo largo de su
vida laboral. El cambiarse de un empleo a otro sucederá con más frecuencia, quizás de diez a doce veces
en un ciclo laboral completo. No
conozco otra forma de prepararse
para esos tiempos de ajuste que el
efectuar durante los períodos de trabajo la preparación necesaria para
los tiempos menos prósperos, cuando ello ocurra. Comiencen ahora a
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crear un plan si no lo tienen, o actualicen el plan que tengan; busquen las ofertas que encajen dentro
de su almacenamiento. No estamos
en una situación que requiera hacer
compras urgentes, pero sí necesitamos un plan de rotación y reposición de nuestras reservas anuales.
La inestabilidad en el mundo de hoy
hace indispensable que demos oído
a este consejo y nos preparemos
para el futuro.
El presidente Harold B. Lee, al
comentar en cuanto a la gran visión
de Lehi, dijo lo siguiente:
"Si hay algo realmente necesario
en este tiempo de tumulto y frustración, en que hombres y mujeres, jóvenes y adultos, buscan con desesperación las respuestas a los problemas que afligen a la humanidad, es
una barra de hierro como guía segura a lo largo del recto sendero que
conduce a la vida eterna, entre los
extraños y tortuosos caminos que al
final llevan a la destrucción y a la
ruina de todo aquello que es virtuoso, bello, o de buena reputación"
(Ensign, junio de 1971, pág. 7).
Lamentablemente, hay muchos
entre nosotros que son como los
burlones de la visión de Lehi. Se
mantienen aparte y tienden a burlarse de los fieles que aceptan a las
autoridades de la Iglesia como testigos especiales de Dios y de Su evangelio, y como Sus agentes en la dirección de los asuntos de la Iglesia.
Mi sincero consejo en este día es
que recuerden los buenos principios
básicos que se nos han enseñado
desde el mismo comienzo: los de
ahorro, laboriosidad e integridad,
que han servido a la humanidad en
todos los tiempos. Eviten el grande y
espacioso edificio que representa el
orgullo del mundo, porque caerá, y
grande será su caída.
Que el Señor nos bendiga con la
sabiduría de seguir el consejo que
hemos recibido, y que nos preparemos espiritual y temporalmente para
lograr la fuerza y la seguridad de
nuestras unidades familiares, es mi
humilde oración, en el nombre de
nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
Amén.
SESIÓN DEL SACERDOCIO
30 de septiembre de 1 995
La fe que hace cambiar
a las personas
Eider Henry B. Eyring
de! Quórum de los Doce Apóstoles
"Pueden confiar en que Él los calificará para ser Sus siervos y para
ayudarle a cambiar vidas con fe a fin de llevar a cabo la vida eterna
del hombre."
S
iento gratitud por estar reunidos aquí los del Sacerdocio
de Dios, presididos por el
Profeta que posee y ejerce el derecho de usar las llaves del Santo
Sacerdocio en todo el mundo. El
presidente Hinckley habló en la sesión del domingo por la mañana,
durante la conferencia del pasado
mes de abril, y hacia el final del discurso dijo:
"Ahora, hermanos y hermanas,
para concluir quiero dejarles un
pensamiento que espero nunca
olviden".
Después de esas palabras, las que
captaron nuestra atención, agregó:
"Esta Iglesia no pertenece a su
Presidente. A la cabeza de ella está
el Señor Jesucristo, cuyo nombre
cada uno de nosotros ha tomado
sobre sí. Todos estamos embarcados
juntos en esta obra; estamos aquí
para ayudar a nuestro Padre en Su
obra y en Su gloria, que es 'llevar a
cabo la inmortalidad y la vida eterna
del hombre' (Moisés 1:39). La obligación de ustedes es tan seria en su
esfera de responsabilidad como lo es
la mía en mi esfera de responsabilidad. En esta Iglesia no hay ningún
llamamiento pequeño o insignificante. Todos, en el desempeño de nuestras tareas, surtimos una influencia
en la vida de los demás. El Señor
nos ha dicho, refiriéndose a nuestras
respectivas obligaciones: 'De manera que, sé fiel; ocupa el oficio al que
te he nombrado; socorre a los débiles, levanta ¡as manos caídas y fortalece las rodillas debilitadas' (D. y C.
81:5)" ("Ésta es la obra del
Maestro", Liahona, julio de 1995,
págs. 80-81).
Esa idea de que el llamamiento
de ustedes es de tanta responsabilidad como el de él les habrá hecho
pensar. Pero, es obvio el porqué es
así. Ustedes y él son llamados por el
mismo Salvador, a quien esta Iglesia
pertenece; están haciendo la misma
obra, que es la de ayudar al Señor a
llevar a cabo la vida eterna del
hombre. Ustedes, por medio de su
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llamamiento, tienen influencia en
los demás, y la vida que afecten con
su servicio será de tanto valor para
Dios como cualquier otra. Por eso,
su influencia sobre los demás es un
asunto tan serio para ustedes como
lo sería para cualquiera de los otros
siervos de Dios.
El propósito que se les ha asignado hace que sea asunto serio: tienen la responsabilidad de influir en
los demás de manera que ellos
tomen las decisiones que los encaminen hacia la vida eterna, que es
el más grandioso de todos los dones
de Dios. Algunos de nuestros jóvenes quizás se sientan incómodos
ante la idea de que lo que parecen
ser asignaciones sencillas y actos
cotidianos puedan tener consecuencias eternas.
Pero es posible que hayan hecho
más de lo que creen. Quizás la semana que viene, el presidente del
quórum de diáconos les pida que inviten a la reunión del domingo a un
jovencito que nunca haya asistido,
ni su familia tampoco; van a su casa
algo desganados, lo llevan a la iglesia unas cuantas veces, y un día él se
muda. Entonces pensarán que no
han hecho gran cosa. Sin embargo,
el abuelo de un muchacho como ése
fue a hablar conmigo en una conferencia de estaca; me contó con detalles cómo un diácono había hecho
eso mismo por su nieto diez años
atrás y a una gran distancia, y con
lágrimas en los ojos me pidió que
agradeciera en su nombre a ese diácono, ahora mucho mayor, que no
tenía idea de que el Salvador se
había valido de un siervo de doce
años que había recibido una asignación de un presidente de quórum de
trece años.
Algunos de ustedes sabrán lo
que sentía aquel abuelo. La madre
de su nieto lo estaba criando sola,
sin ningún contacto con la Iglesia;
él había tratado de muchas maneras de influir en ellos, porque los
amaba y se sentía responsable de
ella y de su nieto; y sabía lo que ustedes saben: que algún día, cuando
ellos vieran las cosas comq realmente son, desearían con todo el
corazón haber tomado las decisiones que los hiciera dignos de la
vida eterna, decisiones que no se
toman ni se pueden tomar sin la fe
suficiente en Jesucristo para llevarnos a la salvación.
Su pesar era el mismo que la mayoría de nosotros hemos sentido por
alguien a quien queremos y en
quien no hemos podido influir. Y ese
pesar nos lleva a preguntarnos:
¿Cómo puedo cambiar a alguien por
medio de la fe?
Para empezar a reflexionar sobre
eso, pensemos en el Salvador y Sus
discípulos. Al principio de Su ministerio, ellos querían que El los cambiara con late.
"Dijeron los apóstoles al Señor:
Auméntanos la fe.
"Entonces ei Señor dijo: Si tuvierais fe como un grano de mostaza,
podríais decir a este sicómoro:
Desarraígate, y plántate en el mar; y
os obedecería" (Lucas 17:5-6).
No es de sorprender que el Señor
haya respondido hablando de una
semilla. Para pensar en cómo aumenta la fe en El, lo primero es
compararla con el crecimiento de
un árbol. Recordarán que Alma empleó esa ilustración. La semilla es la
palabra de Dios, y deben plantarla
en el corazón de la persona a quien
estén prestando servicio y cuya fe
deseen ver aumentada. Alma lo describe de esta manera:
"Compararemos, pues, la palabra
a una semilla. Ahora bien, si dais
lugar para que sea sembrada una semilla en vuestro corazón, he aquí, si
es una semilla verdadera, o semilla
buena, y no la echáis fuera por vuestra incredulidad, resistiendo al
Espíritu del Señor, he aquí, empezará a hincharse en vuestro pecho; y
al sentir esta sensación de crecimiento, empezaréis a decir dentro
de vosotros: Debe ser que ésta es
una semilla buena, o que la palabra
es buena, porque empieza a ensanchar mi alma; sí, empieza a iluminar
mi entendimiento; sí, empieza a ser
deliciosa para mí.
"He aquí, ¿no aumentaría esto
vuestra fe? Os digo que sí; sin embargo, no ha llegado a ser un
c o n o c i m i e n t o perfecto" (Alma
32:28-29).
Del mismo modo en que es necesario preparar el suelo para una semilla, también hay que preparar el
corazón humano para que la palabra
de Dios germine en él. Antes de hablar a las personas de plantar la semilla, Alma Íes había dicho que tenían el corazón preparado; habían
sido perseguidos y expulsados de las
iglesias.
El amor de Alma y la condición
en que se hallaban los había llevado
a ser humildes, y eso los había preparado. Ahora estaban dispuestos a
escuchar la palabra de Dios. Si decidían plantarla en su corazón, su
alma progresaría y eso aumentaría
su fe.
En esos ejemplos verán claramente lo que deben hacer para influir en alguien con fe. Para empezar, reconozcan que lo que esa persona decida hacer, y lo que haga el
Señor, será más importante para ella
que lo que ustedes hagan; pero hay
cosas que ustedes pueden hacer
para que haya más posibilidades de
que esa persona tome las decisiones
que la lleven hacia la vida eterna.
Primero, como saben, para plantar la semilla, necesitan algo más que
oír la palabra de Dios; tienen que
ponerla a prueba obedeciendo los
mandamientos. El Señor lo dijo así:
"Jesús les respondió y dijo: Mi
doctrina no es mía sino de aquel que
me envió.
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"El que quiera hacer la voluntad
de Dios, conocerá si la doctrina es
de Dios, o si yo hablo por mi propia
cuenta" (Juan 7:16-17).
No será suficiente que sólo escuchen la palabra de Dios, sino que
deben decidirse a guardar los mandamientos porque sienten por lo
menos el comienzo de un deseo de
saber la voluntad de nuestro Padre
Celestial y de someterse a ella. Pero
con toda probabilidad, ese deseo no
surgirá si no sienten que los aman y
que vale la pena ser mansos y humildes de corazón.
Ustedes pueden ayudar, además,
con su ejemplo; si los aman porque
sienten el amor que Dios les tiene,
ellos también lo sentirán. Y si son
mansos y humildes porque reconocen que de Él dependen, también
eso lo sentirán.
Además del ejemplo, pueden enseñarles la palabra de Dios de una
manera que haga más factible el que
se arrepientan y traten de vivirla.
Quizás piensen que han oído bastantes discursos, pero deben hacer
algo más que escuchar la palabra de
Dios: deben plantarla en su corazón
poniéndola a prueba.
Eso será más probable si hablan
con ellos al respecto de una manera
que les haga sentir cuánto los ama
Dios y cuánto necesitan de El.
Aarón, uno de los grandes misioneros del Libro de Mormón, sabía
cómo enseñar así. Recordarán que
le enseñó al padre del rey Lamoni,
el rey viejo.
El corazón del rey ya había sido
preparado al haber visto el amor y la
humildad con que el hermano de
Aarón había tratado a Lamoni, su
hijo. Pero aun cuando el viejo rey
estaba preparado, Aarón le enseñó
la palabra de Dios de una forma que
hizo resaltar el amor de Dios y la necesidad que tenemos de Él. Esta es
la descripción de lo que hizo:
"Y aconteció que al ver que el
rey creería sus palabras, Aarón empezó por la creación de Adán, leyendo al rey las Escrituras, de cómo
creó Dios al hombre a su propia
imagen, y que Dios le dio mandamientos, y que, a causa de la transgresión, el hombre había caído.
"Y Aarón le explicó las
Escrituras, desde la creación de
Adán, exponiéndole la caída del
hombre, y su estado carnal, y también el plan de redención que fue
preparado desde la fundación del
mundo, por medio de Cristo, para
cuantos quisieran creer en su nombre" (Alma 22:12-13).
No tendrán ustedes muchos resultados tan extraordinarios como el
que tuvo Aarón. Después de oír la
palabra de Dios así enseñada, en lo
que las Escrituras llaman el pían de
la felicidad, el viejo rey dijo que estaba dispuesto a dar todo lo que tenía
por eliminar de sí la maldad y tener
vida eterna. Cuando Aarón le dijo
que orara suplicando a Dios el perdón, en el acto el rey se inclinó a
orar. La semilla se había plantado y
él hizo la voluntad de Dios (véanse
los versículos 15-18).
Cuando influyan en alguien a
quien sirvan, no lo harán todo exactamente como Aarón, pero harán
algunas de ias mismas cosas.
Querrán hacerle sentir, por su manera de tratarlo, que Dios lo ama;
serán humildes, para que a él le sea
más fácil ser manso y humilde; le
enseñarán la palabra de Dios, cuando el Espíritu se lo indique, en una
forma que testifique del amor que
Dios le tiene y de la necesidad que
él tiene de recibir el beneficio de la
expiación de Jesucristo; y le enseñarán mandamientos que pueda
obedecer. Por eso, cuando van a la
misión, aprenden a exhortar a aquellos a quienes enseñan, a orar, a leer
el Libro de Mormón, a asistir a la
reunión sacramental y a bautizarse;
porque saben que una vez que obedezcan mandamientos, plantarán la
semilla, y saben que ésta crecerá, les
ensanchará el alma y, cuando esto
suceda, su fe aumentará.
No sólo saben lo que deben
hacer, sino también cuáles son las
ocasiones en las que es más factible
que el Espíritu les inspire a hacerlo.
El momento en que es más probable
que la gente ponga a prueba la palabra de Dios y se arrepienta es cuando empieza a sentir por lo menos
algo del amor que Él le tiene y la
forma en que depende de El.
Por ejemplo, los obispos experi-
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mentados han aprendido que un funeral ofrece esa oportunidad.
Cuando muere una persona, el obispo, los miembros del quórum y los
maestros orientadores y maestras visitantes se ocupan de la familia porque la aman. Los familiares por lo
general se sienten abatidos y necesitan consuelo y paz. Muchos de ellos
estarán preparados entonces para
oír la palabra de Dios.
Al planear el servicio funerario,
el obispo sabe eso y se asegurará de
que se expresen testimonios del plan
de salvación, de la expiación de
Jesucristo, de la Resurrección y de la
gloriosa reunión del más allá, porque sabe que esos mensajes darán
consuelo y esperanza a la familia.
Pero esas enseñanzas harán más
aún: La palabra de Dios llegará a las
personas que tienen el corazón
ablandado por el amor y el dolor y
que, por ese motivo, están más preparadas para aceptarla y vivirla más
plenamente. Y al hacerlo, su fe aumentará y habrá en ellas cambios
que las impulsarán hacia la vida
eterna.
No sólo en tiempos de tragedia o
de gran necesidad tendrán esa oportunidad. La vida presenta dificultades
que hacen que aun la persona más
endurecida para lo espiritual se pregunte: "¿No hay algo más?" Si han
sido un amigo constante, si han probado su afecto por medio del servicio
y se han hecho dignos de confianza,
quizás les haga a ustedes esa pregunta. Y cuando eso suceda, sabiendo
que la persona está preparada, pueden decir: "Sí, hay algo más, y yo te
diré dónde y cómo encontrarlo".
La enseñanza se hará más fácil a
medida que aquellos a quienes sirven pongan a prueba la palabra de
Dios. Por ejemplo, un diácono o un
eider puede seguir la admonición
de escudriñar las Escrituras y leer
pasajes que hablen del honor y de
la gloria que se confieren por medio
del Santo Sacerdocio (véase
D. y C. 124:34). Al obedecer de esa
manera leyendo las Escrituras, quizás reciban la impresión del
Espíritu Santo diciéndoles que ese
honor, ese llamamiento sagrado,
merece el uso de prendas mejores
cuando efectúan ordenanzas del sacerdocio o de un lenguaje más refinado dondequiera que estén. Como
habrá otros que no honren el sacerdocio de esa manera, la obediencia
en este caso requiere fe; pero la fe
aumenta al ejercerla, y ese aumento traerá mayor poder para escuchar y para obedecer.
Tendrán momentos hermosos en
el servicio a los demás, cuando éstos
descubran el origen de la fe o cuando su fe los lleve a pasar el dolor del
arrepentimiento para lograr la paz
del perdón.
Pero aun las personas que tienen
una fe basada en la obediencia y que
han sido limpiadas de pecados necesitarán ayuda de ustedes para reavivar y fortalecer esa fe. Hay razones
para ello. Cuando las bendiciones ya
no se ven como dones de nuestro
Padre Celestial, pueden conducir al
orgullo; la paz que sentimos después
de recibir el perdón puede llevar a
un exceso de confianza, haciendo
que se olvide de la oración que nos
protege de la tentación. Incluso los
que han ejercido una fe tal que les
ha proporcionado grandes experiencias espirituales más tarde se han
dejado engañar y llevar a la apostaría o vencer por las pruebas de la
vida. Todos necesitarán ayuda para
nutrir su fe y api"ender a poner toda
su confianza en Dios.
La forma de ayudar a todos los
que sirvan, sea cual sea ia prueba de
la vida que pasen, será más o menos
igual: les demostrarán afecto; los
alentarán en sus deseos de ser humildes; les presentarán la palabra de
Dios de la forma que más los motive
a ejercer la fe para arrepentirse y ver
así que Dios tiene mucho más reservado para ellos. Eso les ayudará a
soportarlo todo con fe.
Quizás piensen que la responsabilidad de influir en la gente sea demasiado pesada. Que les aliente el
saber que fue el Salvador quien los
llamó; y les hace la misma promesa
que hizo a los que llamó al principio
de Su ministerio terrenal. Él había
llamado a hombres humildes, sin
educación, con menos instrucción y
menor conocimiento del evangelio
que el que tenga el jovencito más
recientemente ordenado. Pero fíjense en lo que les dijo, que se aplica a
ustedes por igual:
"Andando Jesús junto al mar de
Galilea, vio a dos hermanos, Simón,
llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar;
porque eran pescadores.
"Y les dijo: Venid en pos de mí, y
os haré pescadores de hombres.
"Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron" (Mateo
4:18-20).
Y El los hará a ustedes pescadores de hombres, aun cuando se sientan muy incapaces de serlo. No será
un proceso misterioso, sino el resultado natura! de haberse decidido a
seguir al Señor. Piensen en lo que
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deben hacer para ser pescadores de
hombres, para influir con fe en los
demás, por El. Es preciso que amen
a los que sirvan, que sean humildes
y estén llenos de esperanza; tendrán
que tener como compañero al
Espíritu Santo, para saber cuándo
hablar, qué decir y cómo testificar.
Pero todo eso surgirá naturalmente, poco a poco, de los convenios que hagan y obedezcan al seguir al Señor. En el capítulo 8 de
Moroni hay una descripción de lo
que sucederá:
"Y las primicias del arrepentimiento es el bautismo; y el bautismo
viene por la fe para cumplir los
mandamientos; y el cumplimiento
de los mandamientos trae la remisión de los pecados;
"y la remisión de los pecados trae
la mansedumbre y la humildad de
corazcm y por motivo de la mansedumbre y la humildad de corazón
viene la visitación del Espíritu
Santo, el cual Consolador llena de
esperanza y de amor perfecto, amor
que perdura por la diligencia en la
oración, hasta que venga el fin,
cuando todos los santos morarán
con Dios" {Moroni 8:25-26).
Quizás todavía no hayan visto
ese gran cambio en ustedes, pero
ocurrirá si continúan siguiendo al
Señor. Pueden confiar en que El los
calificará para ser Sus siervos y para
ayudarle a cambiar vidas con fe a fin
de llevar a cabo la vida eterna del
hombre. Y encontrarán en ese servicio una satisfacción con la que ni siquiera han soñado.
Testifico que Dios el Padre vive y
que los ama. Testifico que Jesús es el
Cristo, que Él los ha llamado, y que
expió los pecados de ustedes y de
todos aquellos a quienes sirvan.
Testifico que el presidente Gordon
B. Hinckley posee las llaves que nos
permiten ofrecer a los hijos de nuestro Padre los convenios y las ordenanzas que los haga dignos de la
vida eterna. Y ruego de todo corazón
que todos podamos cambiar a las
personas con la fe que las lleve al
arrepentimiento y hagan y guarden
esos sagrados convenios. En el nombre de Jesucristo. Amén.
El sacrificio al prestar
servicio
Elder H aroId G. Hillam
de la Presidencia de los Setenta
"Que todo joven capacitado y todo matrimonio que esté en condiciones se
una a aquellos que han pagado el precio necesario para cumplir una
misión regular."
A
l contemplarles esta tarde,
veo a muchos jóvenes sentados junto a sus valientes
padres y sus leales líderes del sacerdocio. Estos padres y líderes están
dispuestos a pagar el precio, aun
con sacrificio, del éxito de ustedes,
los jóvenes.
En relación con el espíritu de sacrificio, recuerdo una conversación
que mantuve hace unos años con el
presidente de la estaca a que asistía,
en Idaho; estábamos deliberando
sobre el próximo campamento
Scout del Sacerdocio Aarónico, y le
expliqué que sería necesario que
cada persona llevara su propia bolsa
de dormir, a lo cual él comentó:
"Nunca he dormido en una bolsa de
dormir". Yo le dije: "Presidente, no
puede estar hablando en serio. Ha
vivido todos estos años en este hermoso Idaho, ¿y nunca durmió en
una bolsa de dormir?" "¡No, nunca;
nunca he podido dormir!", contestó,
"pero sí me metí muchas veces en
mi bolsa durante toda una noche".
Y luego agregó: "Y estoy dispuesto a
meterme muchas veces más si eso
va a ayudar a salvar muchachos".
El sacrificio del que me gustaría
hablar es el que acompaña al servicio misional. Desde el comienzo de
los tiempos nuestro Padre Celestial
ha llamado a siervos dignos para que
vayan por el mundo a proclamar el
evangelio y testificar del Mesías,
Jesucristo. Muchos de los que han
cumplido con sus llamamientos lo
han hecho con grandes sacrificios.
Quisiera hablarles de cuatro misioneros que cumplieron sus misiones hace mucho tiempo; eran
Ammón, Aarón, Omner e Himni,
los hijos del rey Mosíah. Su conversión había sido tan ferviente, que
deseaban que toda persona escuchara el mensaje del evangelio. Leemos
esto en el Libro de Mormón:
"Pues estaban deseosos de que la
salvación fuese declarada a toda
criatura, porque no podían soportar
que alma humana alguna pereciera;
sí, aun el solo pensamiento de que
alma alguna tuviera que padecer un
tormento sin fin los hacía estremecer y temblar" (Mosíah 28:3).
Suplicaron a su padre durante
muchos días que les permitiera efectuar la obra misional entre los
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tamañitas; pero Mosíah temía por la
seguridad de sus hijos en la tierra de
sus enemigos.
"Y el rey Mosíah fue y preguntó
al Señor si debía dejar ir a sus hijos
entre los tamañitas para predicar la
palabra".
La primera parte de la respuesta
del Señor quizás no haya sido exactamente lo que Mosíah deseaba oír:
"Y el Señor dijo a Mosíah:
Déjalos ir". Pero luego siguieron tres
promesas maravillosas; una fue:
"...porque muchos creerán en sus
palabras"; otra: "...yo libraré a tus
hijos de tas manos de los tamañitas";
y esta otra: "...y tendrán vida eterna'^ {Mosíah 28:6-7).
El no les prometió grandes riquezas, sino el mayor de todos los dones
de Dios, ¡la vida eterna! ¿Pueden
imaginar una promesa más maravillosa para misioneros fieles?
Los cuatro hijos misioneros de
Mosíah no escogieron un camino
fácil. Su decisión no era conveniente ni popular: Renunciaron al reino,
"...Mosíah no tenía a quién conferir
el reino" (Mosíah 28:10), pues todos
salieron en la misión; servir en una
misión no era particularmente aceptable y fueron ridiculizados por otros
miembros de la Iglesia. Ammón recordó la experiencia, diciendo:
"¿No os acordáis, hermanos míos,
que dijimos a nuestros hermanos en
la tierra de Zarahemla que subíamos
a la tierra de Nefi para predicar a
nuestros hermanos los tamañitas, y
que se burlaron de nosotros?" (Alma
26:23; cursiva agregada).
Su decisión de cumplir una misión no fue dictada por la conveniencia. Ammón contó tas dificultades que enfrentaron:
"...y nos han echado fuera, y
hemos sido objeto de burlas, y han
escupido sobre nosotros y golpeado
nuestras mejillas, y hemos sido...
atados con fuertes cuerdas y puestos
en la prisión". Sin embargo, continúa, "por el poder y sabiduría de
Dios hemos salido libres otra vez"
(Alma 26:29).
Las suyas no fueron misiones fáciles, pero tuvieron miles de conversos.
Ahora veamos otro grupo de
misioneros, más cercano a nuestra
época, en los tiempos de la
Restauración. Existía entonces
considerable persecución de los
enemigos, tanto de los de afuera
como de los mismos miembros de la
Iglesia. En un momento en que parecía que el Profeta los necesitaba
cerca, dos de los Apóstoles,
Brigham Young y Heber C.
Kimball, fueron llamados a cumplir
misiones en el exterior. A continuación, el histórico relato del
eider Heber C. Kimball sobre las
patéticas condiciones de su partida:
"Fui hasta la cama y le estreché
las manos a mi esposa, que temblaba
con la fiebre palúdica y tenía acostados a su lado a dos de nuestros hijos,
también enfermos; los abracé a ella y
a los niños y me despedí de ellos. El
único niño sano era el pequeño
Heber Parley, y con gran dificultad
apenas podía cargar un cubo con dos
litros de agua del manantial que estaba en la base de una colina para mitigar la sed de los enfermos.
Abrumados, subimos a la carreta y
nos dirigimos colina abajo. Sentía
como si las entrañas mismas se me
fueran a derretir aí tener que dejar a
mi familia en esas condiciones, casi
en los brazos de la muerte. Me parecía algo imposible de soportar.
Después de recorrer unos cincuenta
metros, le indiqué al conductor que
se detuviera. Entonces le dije al hermano Brigham: Esto es muy duro,
íno es cierto? Levantémonos y despidámonos alegremente. Nos pusimos
de pie en el carro, y agitando tres
veces los sombreros en el aire, gritamos: ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva Israel! Al
oírnos, Vilate [Kimball] se levantó de
la cama y salió a la puerta; tenía una
sonrisa en los labios, y ella y Mary
Ann Young nos gritaron: ¡Adiós!
¡Dios les bendiga! Devolvimos el saludo y dijimos al conductor que siguiera. Luego de eso sentí un espíritu
de gozo y gratitud por haber visto a
mi esposa de pie en lugar de dejarla
en la cama, sabiendo como sabía que
no habría de verles nuevamente durante dos arios o más" (citado por
Helen Mar Whitney en "Life
íncidents", Woman's Exponent, 15 de
julio de 1880, pág. 25).
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Aquélla fue una de las cuatro misiones que cumplieron estos dos
Apóstoles misioneros.
Ahora, vayamos al presente, a una
entrevista que tuve con un apuesto
líder de zona en la Misión Brasil
Sao Paulo Interlagos. Y le dije:
"Cuénteme sobre su familia".
Entonces me relató lo siguiente:
Había nacido en una familia acomodada. Su padre tenía un puesto de
importancia en una corporación multinacional y se mudaron de Brasil a
Venezuela. El era uno de siete hijos,
todos miembros de la Iglesia.
Cuando este joven tenía quince
años, un ladrón le disparó a su padre
y lo mató. En consejo de familia, se
tomó la decisión de volver a Brasil e
invertir los ahorros en la compra de
una pequeña casa. Un año y medio
después, la madre informó a sus hijos
que le habían diagnosticado cáncer;
y aunque emplearon los ahorros para
pagar parte de los gastos médicos, los
esfuerzos fueron en vano y seis meses
después la madre falleció, dejando
huérfana a la joven familia.
Cuando nuestro joven misionero,
el eider Bugs, tenía dieciséis años,
encontró trabajo, primero vendiendo ropa y más tarde material para
computadoras. Utilizó el dinero duramente ganado para mantener a
sus hermanos menores. "Siempre
fuimos bendecidos con lo necesario
para comer", me dijo. "Trabajaba
durante el día, y luego ayudaba a los
chicos en sus estudios por la noche.
Extraño mucho a mi hermanita
menor; yo le enseñé a leer".
El eider Bugs continuó contándome: "Un día, el obispo me invitó a
una entrevista, en la que me llamó a
cumplir una misión. Le dije que
antes de contestarle tenía que hablar con mi familia. En nuestro consejo de familia, mis hermanos me hicieron recordar que papá siempre
nos había enseñado que debíamos
prepararnos para servir al Señor
como misioneros regulares. Así que
acepté el llamamiento. Cuando recibí la carta del Profeta, retiré todos
mis ahorros, me compré un traje
nuevo, un par de pantalones, camisas blancas y corbatas, y un par de
zapatos. Entregué el resto del dinero
al obispo (suficiente para sostener a
mis hermanos unos cuatro meses).
Abracé a mi pequeña familia y salí a
la misión".
Mirando a aquel valiente joven,
le pregunté: "Pero, eider, estando
usted lejos, ¿quién cuida ahora a su
familia?" "Oh", me contestó, "mi
hermano tiene dieciséis años, la
misma edad que yo tenía cuando
mamá murió. Ahora él está cuidando a la familia".
Hace poco tuve la oportunidad
de hablar por teléfono con el eider
Bugs, que hace ya seis meses regresó
de la misión. Cuando le pregunté
cómo estaba, me dijo: "Tengo nuevamente un buen trabajo y estoy
cuidando de mi familia; pero extraño
mucho la misión. Fue lo más grandioso que he hecho. Ahora estoy
ayudando a mi hermano menor a
prepararse para su misión".
¿Por qué han sacrificado estos
grandes misioneros y muchos otros
como ellos sus comodidades, su familia, sus seres queridos y sus afectos
para responder al llamado a servir?
Porque tienen un testimonio de
Jesucristo. Y una vez que lo conocen
a Él, no hay cama demasiado dura o
pequeña, ni clima demasiado frío o
caluroso, ni comida tan diferente o
idioma tan extraño que les impida
servir a su Maestro. No hay sacrificio
demasiado grande para servir a
Aquel que lo sacrificó todo con el fin
de preparar la vía para que Sus hermanos pudieran volver a reunirse
con su Padre Celestial. Y porque
ellos han sido fieles, miles de almas
han de reverenciar su nombre por
toda la eternidad.
Testifico que no hay llamamiento
de mayor majestad que el estar totalmente al servicio de nuestro
Redentor, y ayudarle a llevar a los
hijos de nuestro Padre Celestial al
c o n o c i m i e n t o de Aquel que ha
hecho posible la vida eterna. Ruego
que todo joven capacitado y todo
matrimonio que esté en condiciones
se una a aquellos que han pagado el
precio necesario para cumplir una
misión regular. Y esto lo ruego en el
nombre de Jesucristo. Amén. D
Iré y haré
Obispo H. David Burton
Primer Consejero del Obispado Presidente
La promesa mas importante que todos podríamos hacer sería:
Seguiré a los profetas."
mande. La vía Él preparará y obedeceré" (Canciones para los niños, pág.
65). Al mismo tiempo, me pongo a
tararear y a silbar el estribillo de este
famoso himno de la Restauración:
A donde me mandes iré, Señor...
diré lo que quieras que diga, Señor,
y lo que tú quieras, seré.
(Himnos, Ng ¡75.)
H
ermanos, me siento muy
humilde al compartir este
histórico estrado con otras
Autoridades Generales, en especial
con los quince profetas, videntes y
reveladores sentados a mis espaldas,
a quienes amo y respeto. Doy testimonio de que estos extraordinarios
hombres de Dios que integran la
Primera Presidencia y el Quórum de
los Doce Apóstoles han sido preparados, refinados, probados, y llamados a presidir y dirigir esta labor del
sacerdocio que está en progreso
constante.
En un centro comercial de
Manila, en Filipinas, hay un cartel
colocado en un lugar muy visible,
que dice: "Su voluntad es mucho
más importante que su inteligencia".
Al meditar sobre el significado de
esa frase, me vienen a la memoria
las palabras de una hermosa canción
de la Primaria, basada en 1 Nefi 3:7:
"Iré y haré lo que el Señor me
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Hay muchas personas que han
sido bendecidas con gran capacidad
y una inteligencia excepcional, pero
que no están dispuestas cuando hay
que ir, hacer, decir y ser lo que el
Señor manda.
Las palabras iré, haré, diré, seré,
implican una resuelta obediencia.
Nuestro tercer Artículo de Fe
declara:
"Creemos que por la Expiación
de Cristo, todo el género humano
puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del
Evangelio."
Por cierto, el más magnífico acto
de obediencia tuvo lugar en
Getsemaní. Recordemos la sincera
súplica del Salvador; "Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se
haga mi voluntad, sino la tuya"
(Lucas 22:42).
Para aquellos que poseemos el
Sacerdocio de Dios, hay muchos importantes "seré": Seré leal al juramento y convenio del sacerdocio;
seré siempre un apoyo para el presidente del quórum; seré perfectamente fiel a los convenios hechos en lugares santos; y seré un siervo excelente en el ministerio del Sacerdocio
Aarónico, preparándome así para mi
futuro servicio en el sacerdocio.
Posiblemente, la promesa más importante que todos podríamos hacer
sería: Seguiré a los profetas.
El presidente Brigham Young dijo
lo siguiente:
"Ustedes no pueden destruir el
llamamiento de un Profeta de Dios,
pero en cambio, pueden cortar el
hilo que les une al Profeta de Dios y
hundirse en el infierno" (citado en
"Conference Report", mayo de
1963, pág. 81).
El eider John A. Widtsoe expresó:
"En cualquier época, el más importante de los profetas es el que
esté vivo en esos días... Seguir al
Profeta, el que interpreta el pasado,
es la esencia de la sabiduría. Toda la
fortaleza de la Iglesia descansa en la
doctrina de la revelación continua a
través de un profeta" (Evidences and
Reconciliations, 3 tomos en 1, arr. por
G. Homer Durham, Salt Lake City:
Bookcraft, 1960, pág. 352).
El presidente Wilford Woodruff
recordaba una reunión en la que el
profeta José Smith le dijo a Brigham
Young: "Hermano Brigham, quiero
que suba al estrado y nos diga sus
puntos de vista acerca de los oráculos escritos y de la palabra escrita de
Dios". Se dice que Brigham Young
colocó delante de sí las Escrituras,
una por una, y luego dijo que consideraba que las palabras de un profeta viviente eran más importantes
que los escritos, porque lo que dicen
los oráculos vivientes comunica la
palabra de Dios para los que vivan
en esos días. El presidente Woodruff
c o n t i n u ó diciendo: " C u a n d o él
hubo terminado, el hermano José
dijo a la congregación: El hermano
Brigham ha hablado la palabra del
Señor, y les ha dicho la verdad" (en
"Conference Report", oct. de 1897,
págs. 22-23).
¿Hasta qué punto obedecemos
nosotros a los profetas actuales?
¿Recuerdan el consejo que nos dieron, hace seis meses, en la última
reunión general del sacerdocio? Por
ejemplo, ¿recuerdan esto que dijo el
presidente Faust?:
"No hay responsabilidad más
grande que la de ser un esposo y
padre, y de ésta no se recibe un relevo... Amarás a tu esposa con todo tu
corazón, y te allegarás a ella y a ninguna otra (D. y C. 42:22) (James E.
Faust, "Las responsabilidades de los
pastores, Liahona, julio de 1995,
pág. 52).
¿Y se acuerdan del ferviente
ruego del presidente Monson?:
"Hermanos del sacerdocio, el
mundo tiene necesidad de su ayuda.
Hay pies que estabilizar, manos que
aferrar, mentes que animar, corazones que inspirar y almas que salvar...
Tienen el privilegio de no ser espectadores sino participantes en el
escenario del servicio del sacerdocio" (Thomas S. Monson, "Haced
discípulos a todas las naciones",
Liahona, julio de 1995, págs.
54-55).
Y espero, jóvenes, que todavía resuene en sus oídos este magnifico
consejo del presidente Hinckley:
"...es imposible dejarse arrastrar
por un comportamiento indigno sin
dañar la belleza de la trama de ía
vida; con los actos inmorales de
cualquier clase se entreteje en ella
un hilo repulsivo; todo tipo de deshonestidad deja una mancha, y el
lenguaje profano, vulgar o soez le
roban al diseño su belleza" (Gordon
B. Hinckley, "Esta obra está dedicada a la gente", Liahona, julio de
1995, pág. 59).
Jóvenes poseedores del Sacer-
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docio de Aarón, ¿puedo proponerles
un "seré" para que lo consideren seriamente? Es éste: Seré estudioso
para familiarizarme muy bien con el
noble profeta Nefi, escudriñando los
dos primeros libros del Libro de
Mormón, meditándolos y deleitándome con sus palabras. Mis jóvenes
amigos, les prometo que cuando realmente lleguen a conocer a Nefi,
les impresionará tanto su determinación, su valor y su deseo de obedecer "ío que el Señor ha mandado", que sentirán un fuerte deseo de
incorporar sus atributos en su propio
carácter. Entonces, cuando los tiente el adversario, como sucederá casi
todos los días, al desviarse del consejo de los profetas, de los deseos de
sus padres o de "lo que el Señor ha
mandado", de inmediato les vendrán automáticamente a ía memoria
las palabras del valiente Nefi: "Iré y
haré lo que el Señor ha mandado..."
(1 Nefi 3:7). Y cuando uno de sus
conocidos los invite a participar en
algo que no es "lo que el Señor ha
mandado", pensarán en la valerosa
súplica que Nefi hizo a sus hermanos mayores: "...seamos fieles en
guardar los m a n d a m i e n t o s del
Señor" (1 Nefi 3:16).
Conozco un grupo de bravos jóvenes que siguieron el ejemplo de Nefi.
Luego de ganar un campeonato estatal de béisbol para jóvenes de su
edad, el equipo, compuesto en su
mayoría por poseedores del
Sacerdocio Aarónico, fue invitado a
representar al estado en un torneo a
disputarse en un lugar lejano. Luego
de llegar al sitio del campeonato, supieron que algunos de los encuentros
habían sido programados para un domingo. Cada uno de estos jóvenes
debía tomar una difícil decisión personal: ¿Apoyaría al equipo y a los
compañeros que no eran miembros
de la Iglesia, o, si le tocaba jugar el
domingo, haría "lo que el Señor ha
mandado" para guardar el día de reposo? Su respeto por el día de reposo
podía dar como resultado que el
equipo perdiera las posibilidades de
ganar el torneo. Uno por uno, hablaron con sus entrenadores, y, siguiendo el ejemplo de Nefi, declinaron la
participación en el día de reposo. Lo
que sucedió fue que al llegar el domingo, por la secuencia de los encuentros y del mal tiempo, se modificó la programación. He seguido con
atención la actuación de estos jóvenes a través de los años; han continuado amoldando su vida al excelente ejemplo de Nefi; han cumplido
misiones; y continúan diciendo, enseñando y esforzándose por hacer "lo
que el Señor ha mandado".
Hace unas semanas, presencié
por televisión cómo se batía un récord muy antiguo en el béisbol, que
se consideraba imbatible. Con lágrimas en los ojos, observé cuando el
excelente jugador que batió el récord recibía, junto a su familia, en
el campo de juego las aclamaciones
del público y de sus compañeros.
Aunque me impresiona su habilidad
de jugador, mucho más impresión
me causan los atributos que demostró en la obtención de su logro, evid e n c i a n d o gran perseverancia,
constancia, sacrificio, valor y determinación para alcanzar la meta.
Estos son los mismos atributos que
necesitamos para tener éxito en ir,
hacer y decir "lo que el Señor ha
mandado".
A los hermanos adultos, quiero
sugerirles dos "haré" que los profetas de nuestros días han destacado
repetidamente. Tiene fundamental
importancia en el mundo de hoy,
Eí elder Gene R. Cook, del Primer Quórum de los Setenta, a la izquierda, conversa con los
eideres Claudio R. M. Costa y Julio E. Dávila, del Segundo Quórum de los Setenta.
donde la influencia del adversario se
intensifica y la base de nuestra sociedad, la familia, se está desintegrando. Son éstos: haré que el gobierno de mi familia sea mi responsabilidad más importante y sagrada;
y no haré que la enseñanza y la guía
de mi familia queden en manos de
la sociedad, de la escuela ni de la
Iglesia. Se nos recuerda en Doctrina
y Convenios que los padres son responsables ante el Señor de enseñar
a sus hijos la fe, el arrepentimiento,
el bautismo, el Espíritu Santo, y la
necesidad de orar y andar rectamente delante del Señor (véase D. y C.
68:25,28).
Quizás hayan escuchado a alguien decir: "Estoy tan ocupado con
las obligaciones de la vida que tengo
muy poco tiempo para dedicar a mi
familia; pero hago todo lo posible
para que ese poco tiempo sea tiempo de calidad". Hermanos, ese razonamiento falla por la base; para que
sea eficaz, la dirección de la familia
requiere tiempo, tanto en cantidad
como en calidad.
Cuando se me llamó como obispo del barrio, nuestro pequeño hijo
de cuatro años me preguntó: "¿Tú
eres entonces eí que recibe esos sobres con dinero?" Dándome cuenta
de que sería necesario darle una
pequeña lección acerca del diezmo,
le contesté: "Sí, soy yo". Brandon
entonces, palmoteando con alegría, exclamó: "¡Qué bueno, vamos
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a ser ricos!" Más tarde nos enteramos de que él pensaba que su papá
no tendría que trabajar más, y así
dispondría de más tiempo para dedicarle a él.
Si el dedicar más tiempo a su familia significa ocuparse menos de
proveer pequeños "lujos" o dejar de
lado actividades que no incluyan a
la familia con cañas de pescar, palos
de golf, botes, viajes, etc., deben
poner manos a la obra de inmediato.
Hermanos, necesitamos desesperadamente reafirmar el compromiso
con estos "haré" tan importantes.
Que nunca estemos demasiado ocupados para hacer las cosas de máxima importancia: presidir con rectitud en nuestro hogar y seguir incondicionalmente el consejo de los profetas de nuestros días.
Hermanos, ruego que podamos recordar a menudo, e incluso tararear y
cantar esa sencilla y contagiosa canción de la Primaria que mencioné:
"Iré y haré lo que el Señor me
mande. La vía El preparará y obedeceré". Que podamos someter nuestra
voluntad a la Suya. Testifico que el
Señor quiere que obedezcamos a los
profetas que tenemos en la actualidad. Y testifico que nuestro Señor y
Salvador, Jesucristo, vive; es nuestro
Salvador y Redentor. Y, basándose en
los principios de nuestro arrepentimiento, El ha expiado nuestros pecados. Testifico que así es, en el santo
nombre de Jesucristo. Amén.
Actuar por nosotros
mismos, sin ser
obligados
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
"El Señor puede llevar a cabo extraordinarios milagros con una persona
de talento común que sea humilde, fiel y diligente en servirle, y que trate
de mejorar,"
E
s siempre una sagrada responsabilidad dirigirme a!
grupo numeroso que compone el sacerdocio de esta Iglesia. Esta
noche quisiera hablar principalmente a los magníficos jóvenes del
Sacerdocio Aarónico; lo hago porque reconozco que el futuro de la
Iglesia, e incluso del mundo, depende de la manera en que ustedes, jovencitos, consideren y honren el sacerdocio que poseen.
Recientemente pregunté a unos
jóvenes qué debería yo saber en
cuanto a su generación. Uno de
ellos me respondió, hablando por
todos: "Que vivimos al borde..."
Desde ese entonces he pensado
mucho en lo que esas palabras significan; naturalmente, pueden significar muchas cosas. Creo que mi buen
amigo se refería al peligro de las motocicletas, de trepar por riscos y de
otras formas de recreo en las que se
exponen a riesgos innecesarios a fin
de enfrentar un desafío o sentir una
gran emoción.
Hace algunos años, el eider
Marión D. Hanks habló de un grupo
de Boy Scouts que había ido a explorar una caverna. El angosto sendero estaba marcado con piedras
blancas y algunas secciones estaban
iluminadas; después de más o menos
una hora, llegaron a una enorme y
elevada cúpula, debajo de la cual
había un lugar al que se conocía
como "el pozo sin fondo", llamado
así porque el suelo de la caverna se
había derrumbado, dejando expuesto un hoyo muy profundo. Era difícil
no empujarse unos a otros sin querer en la angosta senda. Al poco
rato, uno de los muchachos más
grandes accidentalmente empujó a
uno más pequeño que cayó en un
lugar oscuro, lleno de lodo.
Aterrorizado al sentir que resbalaba,
el niño lanzó un grito en la oscuridad. El guía se acercó rápidamente
al oír la exclamación de terror; el jovencito volvió a gritar cuando vio, a
la luz de la linterna del guía, que se
hallaba en el borde mismo del pozo
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{Historia adaptada de "Questions
for the Iconoclast", Improvement
Era, junio de 1957, págs. 444,
446-448,450-451).
En esa oportunidad, se rescató al
muchacho; pero esto no siempre sucede. Muchas veces los jóvenes son
tentados a llegar hasta el borde, e
incluso más allá; contando sólo con
un precario punto de apoyo, es muy
fácil salir gravemente herido e incluso morir. La vida es demasiado valiosa para desperdiciarla en favor de
las emociones, o, como dice Jacob
en el Libro de Mormón, "por traspasar lo señalado" (Jacob 4:14).
Ustedes, jovencitos, tal vez piensen que son indestructibles y que
van a vivir para siempre. Dentro de
unos años se darán cuenta de que
no es así. El vivir al borde también
puede significar estar peligrosamente muy cerca del "pozo sin fondo".
Más peligroso aún es poner el alma
en peligro al meterse en problemas
de drogas o de otras substancias nocivas para sentir un placer momentáneo.
Quizás algunos piensen que, viviendo "al borde", descubrirán sus
fuerzas y habilidades. Tal vez piensen también que esa es la manera de
encontrar su identidad y hombría.
Sin embargo, la identidad no se
puede encontrar buscando emociones, tales como el exponer su vida o
su alma intencional e innecesariamente a cualquier peligro, físico o
moral. Siempre habrá suficientes
riesgos que se presenten de manera
natural sin que ustedes los tengan
que buscar. Su fortaleza e identidad
la obtendrán al honrar el sacerdocio, desarrollar sus habilidades y servir al Señor. Cada uno tendrá que
trabajar arduamente a fin de hacerse
acreedor de lograr su potencial eterno; no será fácil. El encontrar la
verdadera identidad será una tarea
mucho más fatigosa que escalar una
montaña peligrosa o ir a alta velocidad en un auto o una motocicleta;
les exigirá toda su fortaleza, entereza, inteligencia y valor.
El mejor consejo que he recibido
en cuanto a mantenerme alejado del
borde lo escuché cuando, siendo
recién casado, el presidente Harold
B. Lee me llamó para integrar un
obispado. En esa oportunidad, me
dijo: "De ahora en adelante, no sólo
debes evitar lo malo, sino también la
apariencia del mal". No prosiguió a
interpretar ese consejo, sino que lo
dejó a mi discreción.
Todo esto me lleva a un punto
importante del que me gustaría hablar esta noche al Sacerdocio de
Dios. Cada uno de nosotros debe
tomar la responsabilidad de las decisiones morales que tomamos en
cuanto a la proximidad en que viviremos del borde. Nefi dijo:
"Y porque son redimidos de la
caída, han llegado a quedar libres
para siempre, discerniendo el bien
del mal, para actuar por sí mismos, y
no para que se actúe sobre ellos"
(2 Nefi 2:26).
Que se actúe sobre una persona
significa que alguien controla nuestras acciones, o nos obliga. Vivimos
en una época en que muchos desean
evitar la responsabilidad de sus propios actos.
Cuando era un joven abogado,
recibí el nombramiento de los jueces
para defender personas a quienes se
acusaba de infringir la ley. Un día se
me asignó representar a un muchacho. Al acercarnos al tribunal, el venerable juez federal nos miró a
ambos y preguntó: "¿Cuál de los dos
es el acusadoi"' Por las experiencias
que tuve en esa época, aprendí que
algunas personas no se consideraban
responsables ni culpables de ninguna manera a pesar de haber quebrantado la ley; pensaban que no se
les debía culpar; habían dejado a un
lado su conciencia; admitían que tal
vez hubieran cometido un acto indebido, pero pensaban que en realidad era culpa de los padres por no
haberles enseñado debidamente, o
de la sociedad porque nunca les
había dado una oportunidad en la
vida. Muchas veces recurrían a razones o excusas para culpar a alguien
o algo de sus acciones, en vez de
aceptar la responsabilidad de éstas;
las atribuían al hecho de que no actuaban por sí mismos, sino que
otras personas o circunstancias
actuaban sobre ellos.
Mickey Mande, que fue estrella
de béisbol en los Estados Unidos
hace muchos años, reconoció hace
poco que durante años se había entregado al abuso de substancias nocivas. Al recibir un trasplante de hígado con el fin de salvarle la vida,
hizo una declaración extraordinaria:
"No me pongan a mí por modelo",
dijo; y agregó que estaba dispuesto a
dedicar el resto de su vida a ser un
mejor ejemplo. Mickey Mantle por
fin aceptó la responsabilidad de sus
errores. Lamentablemente, murió al
poco tiempo.
D u r a n t e la Segunda Guerra
Mundial, muchos de nosotros pasamos por un entrenamiento para oficiales; se nos enseñó que la única
respuesta apropiada cuando cometíamos errores de gravedad debía ser:
"Es inexcusable, señor".
A veces, cada uno de nosotros
debe defender, en forma valiente y
firme, lo que es y lo que cree.
C u a n d o el presidente joseph F.
Smith era joven, se vio ante esta
dificultad:
Una mañana, cuando él y otros
misioneros regresaban a Salt Lake
City, se toparon con un grupo de
hombres rudos, montados a caballo, que disparaban las armas y
blasfemaban.
El líder desmontó del animal y
exclamó: "¡Mataremos a cualquiera
que sea mormón!" Los otros misioneros habían salido despavoridos
hacia los bosques, pero Joseph F.
Smith permaneció valientemente
sin moverse. El hombre le apuntó a
la cara con la pistola y le preguntó:
"¿Eres mormón?"
El joven Smith se irguió y le dijo:
"Sí, señor, lo soy. De pies a cabeza".
El hombre quedó sorprendido
ante la respuesta; guardó el arma y
estrechándole la mano, le dijo: "¡Es
usted el hombre más simpático que
he conocido!... Me gusta ver a un
hombre que es capaz de defender sus
convicciones". Volvió a montar a caballo y se alejó con sus compañeros
("Courageous Mormón Boy", Friend,
agosto de 1995, pág. 43).
A diferencia de Joseph F. Smith,
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el peligro que ustedes, jovencitos,
afrontan, no es tanto en lo físico,
sino más bien el peligro de ser engañados y desviados. Éste es, en cierto
sentido, más sutil y difícil, y requiere
más fuerza y valor para vencer que
el peligro físico.
El permanecer alejados del borde
es una responsabilidad individual. A
veces, nuestros bien intencionados
jóvenes quieren que se les especifique hasta el más mínimo detalle de
lo que es una conducta apropiada o
inapropiada, quizás para acercarse al
borde con más tranquilidad.
Algunos parecen más preocupados
con lo que el evangelio prohibe que
con lo que nos brinda. Por ejemplo,
unos jóvenes adultos se quedaron
sorprendidos al enterarse de que no
es apropiado que los grupos de jóvenes solteros de ambos sexos participen en actividades que duren toda
la noche. E hicieron este comentario: "(Por qué no nos lo ha dicho el
Profeta?" El consejo de la Iglesia en
este asunto ha sido bastante claro
durante machos años. No debía
haber sido necesario decirles a esos
jóvenes que evitaran la apariencia
del mal. Mi consejo es que si tienen
alguna duda en cuanto a la conducta que deben seguir, no lo hagan.
Los profetas tienen la responsabilidad de enseñar la palabra de Dios y
no de detallar con todas sus jotas y
tildes el comportamiento humano.
Nuestro albedrío moral exige que
diferenciemos el bien del mal y elijamos el bien. Si tratamos de evitar no
sólo lo malo, sino la apariencia
misma del mal, estaremos actuando
por nosotros mismos sin ser obligados.
Los poseedores del Sacerdocio de
Dios no sólo son responsables de sus
propios actos, sino que proporcionan seguridad moral y física a las
mujeres y a los niños de las familias
de la Iglesia. Ustedes, los muchachos poseedores del sacerdocio que
cortejan a las maravillosas jóvenes
de la Iglesia, tienen el deber de
hacer todo lo que puedan por proteger la seguridad física y la virtud de
ellas. El sacerdocio que poseen deposita en ustedes la gran responsabilidad de asegurarse de que siempre
se mantengan los elevados principios morales de la Iglesia. El Señor
sabe que ustedes son demasiado
prudentes para acercarse al borde de
la tentación sexual; si van más allá
del borde y abusan de los sublimes
poderes de la procreación, perderán
parte de lo que es sagrado en ustedes. Cada uno de nosotros es responsable de sus propias acciones.
¿Cómo podríamos pretender tener
una función de importancia en esta
vida o en la eternidad si no tenemos
el poder del autodominio?
Los que andan en busca de placeres pasajeros parece que quisieran
aplacar un vacío interno por medio
de la satisfacción externa del alcohol, las drogas y las relaciones sexuales ilícitas. Con el fin de apaciguar su conciencia, algunos esperan
en vano a que la Iglesia se "modernice", que "despierte", o "que se
ponga al día". Ese vacío interno únicamente se puede llenar al hacer de
nuestra relación con "Dios el centro
de nuestro ser", tal como lo enseñó
el presidente David O. McKay.
"No es fácil hacer que Dios sea el
centro de nuestro ser. Para lograrlo,
debemos tomar la determinación de
guardar Sus mandamientos; además,
la meta principal deben ser los logros
espirituales, y no las posesiones
físicas ni los caprichos ni los placeres del cuerpo.
" Ú n i c a m e n t e en la renuncia
completa de nuestra vida interior
podremos elevarnos por encima de
la influencia egoísta y sórdida de la
naturaleza... Así como el cuerpo
muere cuando el espíritu se aleja de
él, también muere el espíritu cuando
excluimos de él a Dios. No puedo
imaginar que reine la paz en un
mundo del que se haya desterrado a
Dios y a la religión (David O.
McKay, Gospel Ideáis, Salt Lake
City: The Improvement Era, 1953,
pág.295).
El Señor tiene una gran obra para
que cada uno de nosotros lleve a
cabo. Tal vez se pregunten cómo
puede ser eso, porque quizás piensen
que no hay nada especial ni sobresaliente en ustedes ni en sus habilidades. Quizás piensen o se les haya
dicho que son torpes; muchos de nosotros nos hemos sentido así y se nos
ha dicho eso. Gedeón pensó de esa
manera cuando el Señor le pidió que
salvara a Israel de los madianitas.
Gedeón dijo: "He aquí que mi familia es pobre en Manases, y yo el
menor en la casa de mi padre"
(Jueces 6:15). Contaba con tan sólo
trescientos hombres, pero con la
ayuda del Señor, derrotó los ejércitos
de los madianitas (véase jueces 7).
El Señor puede llevar a cabo extraordinarios milagros con una persona de talento común que sea humilde, fiel y diligente en servirle y
que trate de mejorar. La razón es
que Dios es la fuente máxima de
poder. Mediante el don del Espíritu
Santo no sólo podemos saber todas
las cosas (D. y C. 11:14), sino incluso "la verdad de todas las cosas"
(Moroni 10:5). Muchos de ustedes
se preocupan de su futuro; creo que
todo jovencito serio lo hace. Pero de
lo que no se dan cuenta es de las
oportunidades que les reserva el futuro. Después de toda una vida de
tratar asuntos humanos, me inclino
a pensar que el futuro de ustedes sobrepasará sus sueños si observan lo
siguiente:
1. Si no viven al borde.
2. Si evitan no sólo lo malo, sino
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también la apariencia del mal.
3. Si siguen el consejo de Nefi
de actuar por sí mismos, sin ser
obligados.
4- Si buscan primeramente el
reino de Dios y reciben la gran promesa de que todo lo demás les será
añadido.
5. Si siguen los consejos de los líderes de la Iglesia.
En este gran recinto, y escuchándonos esta noche, se encuentran
miles de líderes futuros de la Iglesia
que han sido llamados de entre los
del mundo y elegidos por el Señor
antes de la fundación del mundo, tal
como lo describió Abraham:
"Y el Señor me había mostrado a
mí, Abraham, las inteligencias que
fueron organizadas antes que existiera el mundo; y entre todas éstas
había muchas de las nobles y grandes;
"y vio Dios que estas almas eran
buenas, y estaba en medio de ellas, y
dijo: A éstos haré mis gobernantes;
pues estaba entre aquellos que eran
espíritus, y vio que eran buenos; y
me dijo: Abraham, tú eres uno de
ellos; fuiste escogido antes de nacer"
(Abraham 3:22-23).
Creo que el Señor ha traído a
esta tierra espíritus especiales que
fueron reservados desde antes que
existiera el mundo para ser fuertes y
valientes en estos tiempos tan difíciles de la historia del mundo. Sobre
ustedes, jovencitos, pronto descansará el futuro del reino de Dios
sobre la tierra. En esos días, los problemas y las oportunidades serán
más grandes de lo que jamás lo
han sido.
Con todo mi corazón, les exhorto, jovencitos, a que sean dignos y
fieles a los llamamientos del sacerdocio en su juventud. Hoy son los
poseedores del sacerdocio preparatorio. Si se conservan dignos, muy
pronto serán poseedores del
Sacerdocio Mayor, que vendrá
acompañado de la gran responsabilidad de la obra sagrada de Dios en
toda la tierra.
Que sean dignos de lograrlo, lo
ruego en el nombre de Jesucristo.
Amén.
El que honra a Dios,
Dios le honra
Haz el bien; cuando tomes
decisiones,
el Espíritu te guiará.
Y Su luz, si hacer el bien escoges,
en tu vida siempre brillará.
("Haz el bien", Himnos, N9 155).
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de lo Primera Presidencia
"El sentimiento más dulce que se puede experimentar en la tierra es el de
darse cuenta de que Dios, nuestro Padre Celestial, conoce a cada uno de
nosotros y nos permite ver y compartir Su poder divino para salvar."
amor y paz...
...El os dará consuelo y os enseñará;
estará con vosotros, y os protegerá.
("Oh vos que sois llamados",
Himnos, N s 207).
N
o es empresa fácil el estar
ante ustedes esta noche.
Estoy impresionado por su
fe, asombrado de su potencial e inspirado por su devoción al deber en
la causa del Maestro.
Un querido amigo y colega en la
obra del Señor, el eider Bruce R.
McConkie, tenía un himno favorito
que le gustaba escuchar. Decía que
las palabras de esa canción lo inspiraban a tratar de hacer lo mejor.
Estas son dos de las estrofas:
Oh vos que sois llamados a ministrar por Dios,
con santo sacerdocio, llamados por
Su voz.
a predicar al mundo palabras
de solaz,
y alto en las montañas, verdad,
veces en un día.
El consejo que se encuentra en
uno de los himnos que cantamos con
frecuencia en nuestras reuniones nos
brinda una guía inspirada:
¡Qué gran promesa proclaman
estas bellas palabras! Se aplican a
ustedes, jovencitos poseedores del
Sacerdocio Aarónico, y a sus padres
y a otros hermanos que han recibido
el Sacerdocio de Melquisedec.
Parece que fue ayer que era secretario del quórum de diáconos de mi
barrio. Nos instruían hombres sabios
y pacientes que nos enseñaban de las
Santas Escrituras, hombres que nos
conocían bien. Ellos dedicaban el
tiempo para escuchar y para reír,
para edificar e inspirar, para recalcar
que nosotros, como el Señor, podíamos aumentar en estatura y sabiduría, y en gracia para con Dios y los
hombres (véase Lucas 2:52). Eran
ejemplos para nosotros. Su vida era
un reflejo de su testimonio.
La juventud es una época para
progresar. Durante esos años formativos, nuestra mente es receptiva a
la verdad, pero a la vez, receptiva
también al error. La responsabilidad
para decidir recae sobre cada diácono, maestro y presbítero. Con el
paso de los años, las opciones se
vuelven más complejas, y a veces estaremos tentados a vacilar. La necesidad de tener un código personal
de honor surge no solamente a diario, sino que con frecuencia muchas
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La determinación de hacer lo correcto puede llegar a temprana
edad. Un día, en el cementerio, después de asistir a un hermoso funeral,
cerca del sepulcro todavía abierto,
vi a un niño; tenía en el rostro una
expresión de inocencia, y en sus ojos
brillaba la promesa de un futuro brillante. Le dije: "Jovencito, algún día
tú serás un gran misionero.
¿Cuántos años tienes?"
Me respondió: "Diez".
"Dentro de nueve años te vamos
a buscar para que cumplas una misión", le aseguré. Su respuesta inmediata me reveló algo en cuanto a él;
me dijo: "Hermano Monson, no
tendrán que buscarme, porque yo
iré a buscarlos a ustedes".
Jovencitos, ustedes aprenden de
sus padres algunas de las lecciones
de la vida, mientras que otras se
aprenden en la escuela o en la
Iglesia. No obstante, hay ciertos momentos en que se dan cuenta de que
nuestro Padre Celestial es el
Maestro y ustedes son los alumnos.
Quisiera contarles una lección que
me enseñaron eficazmente y que
aprendí para siempre. Esta tiene que
ver con la natación, pero va mucho
más allá de la habilidad para nadar.
Aprendí a nadar en las veloces
corrientes del río Provo, que corre
por el hermoso Cañón de Provo. El
"pozo" de natación de entonces se
encontraba en una parte profunda
del río, y se había formado a causa
de una enorme roca que cayó en él y
que me imagino se habrá desprendido cuando los trabajadores del ferrocarril dinamitaron el cañón. El pozo
era peligroso, con una profundidad
de aproximadamente cinco metros,
con las corrientes que se estrellaban
violentamente contra la roca y la
succión de los remolinos debajo de
ella. No era lugar para un novato ni
para un nadador inexperto.
Una cálida tarde de verano,
cuando tenía aproximadamente
doce o trece años, saqué la cámara
de uno de los neumáticos del tractor, me la eché sobre el hombro y
me fui descalzo por las vías del ferrocarril que corrían paralelas a la
orilla del río. Entré al agua a poco
más de un kilómetro de distancia
del hoyo donde nadaba, me instalé
cómodamente en la cámara y me
dejé ir notando plácidamente corriente abajo. El río no me asustaba,
pues conocía todos sus secretos.
Ese mismo día, los inmigrantes
griegos realizaban una reunión en
el Parque Vivían, que estaba en el
Cañón de Provo, tal como lo hacían todos los años. La comida típica,
los juegos y los bailes eran parte de
la diversión; pero algunas personas
se fueron de la fiesta para ir a nadar
en el río; c u a n d o llegaron ai
"pozo", no había nadie porque las
sombras de la tarde ya empezaban a
oscurecer el lugar.
La cámara había empezado a sacudirse, pues estaba a punto de entrar en la parte más rápida del río,
precisamente donde daba comienzo
el pozo, cuando oí unos gritos frenéticos: "¡Sálvenla! ¡Sálvenla!" Una jovencita, acostumbrada a nadar en las
aguas tranquilas de una piscina de
natación, se había resbalado de la
roca y caído entre los peligrosos remolinos; ninguno de los que la acompañaban sabía nadar para salvarla. Y
justo en ese momento llegué yo a la
escena trágica. Vi la cabeza de la
joven que desaparecía bajo el agua
por tercera vez, para hundirse en lo
que podía ser una tumba permanente; extendí la mano y la agarré por
los cabellos, la levanté hasta que
pude sostenerla con ambos brazos y
la coloqué en la cámara conmigo. En
el otro extremo del pozo el agua era
más tranquila, y hacia allí me dirigí
con mí valiosa carga, hasta los parientes y amigos que esperaban en la
orilla. Todos la abrazaron y la besaron, exclamando: "¡Gracias a Dios!
¡Gracias a Dios que estás bien!"
Luego, me abrazaron y me besaron a
mí. Un tanto avergonzado, me apresuré a volver a mi cámara y continué
flotando hasta el puente del Parque
Vivían. El agua estaba helada, pero
yo no tenía frío porque me embargaba un cálido sentimiento. Me di
cuenta de que había participado en
el rescate de una vida. El Padre
Celestial había escuchado las súplicas: "¡Sálvenla! ¡Sálvenla!", y me
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permitió a mí, un diácono, flotar por
ahí en el preciso momento en que se
me necesitaba. Ese día aprendí que el
sentimiento más dulce que se puede
experimentar en la tierra es el de
darse cuenta de que Dios, nuestro
Padre Celestial, conoce a cada uno
de nosotros y nos permite ver y compartir Su poder divino para salvar.
Oren siempre al desempeñar sus
responsabilidades del sacerdocio y
nunca se encontrarán en la situación de "Alicia en el País de las
Maravillas". Como dice Lewis
Carroll [el autor], Alicia iba por un
sendero del bosque, en el País de las
Maravillas, cuando vio que el camino se bifurcaba. Indecisa, le preguntó al gato que repentinamente había
aparecido en la rama de un árbol
cercano cuál sendero debía tomar.
"¿A dónde quieres ir?", preguntó a
su vez el gato.
"No lo sé", contestó Alicia.
"Entonces", le dijo el gato, "en
realidad no tiene importancia, ¿no
es así?"
Nosotros, los poseedores del sacerdocio, sabemos a dónde queremos ir.
Nuestro objetivo es el Reino Celestial
de nuestro Padre Celestial, y tenemos
el sagrado deber de seguir el sendero
bien definido que conduce allí.
Muy pronto estarán listos para
cumplir una misión; es maravilloso
que estén dispuestos y preparados
para servir dondequiera que el
Espíritu del Señor lo indique. Esto en
sí es un milagro moderno, considerando la época en la que vivimos.
La labor misional es un trabajo
arduo. El servicio misional es difícil
y requiere largas horas de estudio y
preparación, a fin de que el misionero esté a la altura del mensaje divino que proclama. Es una labor de
amor, pero también de sacrificio y
devoción al deber.
La madre de un futuro misionero
me preguntó una vez ansiosamente
qué le recomendaría a su hijo que
aprendiera antes de recibir su llamamiento misional. Estoy seguro de que
esperaba una respuesta profunda
sobre los requisitos más conocidos
para el servicio, que nos resultan familiares a todos. No obstante, le dije:
"Enséñele a su hijo a cocinar; pero, lo
que es más importante aún, enséñele.
a llevarse bien con los demás. Será
mucho más feliz y útil si adquiere esas
dos importantes habilidades".
J ove ncitos, cuando ustedes
aprenden sus deberes de diácono,
maestro y presbítero, y luego llevan
a cabo esos deberes con determinación y amor, sabiendo que están en
los asuntos del Señor, se están preparando para la misión.
Algunas lecciones se aprenden
sencillamente. Hace unas semanas,
me encontraba en una reunión sacramental que se efectuó en una
casa de convalecencia, en Salt Lake
City. Los presbíteros que iban a encargarse de la Santa Cena estaban
sentados reverentemente antes de
cumplir sus deberes, cuando se
anunció el himno de apertura. Uno
de los pacientes, que estaba en una
de las filas del frente, tenía dificultad
para abrir el himnario. Sin que nadie
se lo pidiera, uno de los jovencitos se
acercó al paciente, y, volviendo suavemente las páginas hasta el himno,
tomó un dedo del hermano imposibilitado y se lo puso al comienzo de
la primera estrofa del himno. Se intercambiaron sonrisas y el presbítero
regresó a su asiento. Aquella modesta señal de amor y cortesía me impresionó. Lo felicité y le dije: "Usted
va a ser un buen misionero".
Algunos misioneros son bendecidos con la facilidad de expresarse,
mientras que otros poseen un conocimiento superior del evangelio. Sin
embargo, hay otros que son un poco
más lentos en dar frutos, pero que
con el correr de los días van adquiriendo habilidad y aumentando en
eficacia. Eviten la tentación de desear puestos de liderazgo en la misión.
No importa si se es líder de distrito o
de zona o ayudante del presidente.
Lo importante es que uno se esfuerce por hacer lo mejor en la obra para
la que ha sido llamado. Yo tuve algunos misioneros que eran tan eficaces
para capacitar a los nuevos misioneros que me era imposible prescindir
de ellos dándoles otras asignaciones
de liderazgo.
El comienzo en la obra misional a
veces puede ser una experiencia
abrumadora y atemorizante. El presidente Harold B. Lee me habló un
día en cuanto a aquellos que se sienten incapaces y que se preocupan
cuando reciben una asignación en la
Iglesia. El aconsejaba lo siguiente:
"Recuerda, a quien el Señor llama,
el Señor califica".
C u a n d o fui Presidente de la
Misión Canadiense, con sede en
Toronto, llegó a nuestra misión un
misionero que no poseía algunas de
las habilidades de los demás misioneros, y que, sin embargo, se entregó totalmente a sus labores misionales. El trabajo era difícil para él; no
obstante, se esforzó valientemente
por hacer lo mejor.
En una conferencia de zona en la
que estuvo presente una Autoridad
General, a los misioneros no les
había ido muy bien en una pequeña
prueba que les había hecho el visitante sobre las Escrituras; con cierto
sarcasmo, él comentó: "Mmmm...
no creo que este grupo sepa siquiera
los nombres de los folletos misionales básicos ni de sus autores".
Consideré ese comentario un
desafío que no podía resistir. "Le
aseguro que los saben", afirmé.
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"Bien, veremos", me respondió, y
les pidió que se pusieran de pie. Al
•-eleccionar a un misionero para probar lo que había dicho, no escogió a
ninguno de los jóvenes sobresalienres, de experiencia y conocimiento,
sino a mi nuevo misionero, aquel al
que le era tan difícil aprender. Se me
cayó el alma a los pies. Observé la
expresión suplicante del eider y me
di cuenta de que estaba paralizado
de temor. Y oré... ¡con cuánto fervor
oré!: "Padre Celestial, ¡ven a su rescate!" Y El lo hizo. Después de una
larga pausa, el visitante le preguntó:
"¿Quién es el autor del folleto Eí
\<lan de salvación7,"
Después de lo que pareció una
eternidad, el tímido misionero respondió: "John Morgan".
"¿Y quién escribió ¿Cuál es la iglesia verdadera?"
De nuevo una pausa, y luego la
respuesta: "Mark E. Petersen".
"¿Y El diezmo del Señor?"
"James E. Talmage escribió ése",
contestó él.
Y así continuó con toda la lista
de folletos misionales que utilizábamos. Al terminar, le hizo otra pregunta: "¿Hay algún otro folleto?"
"Sí, se llama ¿Qué sigue después
del bautismo?"
"¿Quién lo escribió?"
Sin vacilar, el misionero contestó:
"El nombre del autor no aparece en
el folleto, pero el presidente de la
misión me dijo que fue escrito por el
eider Mark E. Petersen, por asignación del presidente David O.
McKay".
La Autoridad General procedió
entonces a demostrar su grandeza;
volviéndose a mí, me dijo:
"Presidente Monson, les debo una
disculpa a usted y a sus misioneros.
No hay duda: realmente conocen los
folletos básicos y sus autores". Esa actitud despertó mi admiración por él y
llegamos a ser muy buenos amigos.
¿Y qué le sucedió a aquel misionero? Terminó la misión honorablemente y volvió a su casa en el oeste.
Más tarde, fue llamado para prestar
servicio como obispo de un barrio.
Todos los años recibo una tarjeta de
Navidad de él y su esposa y familia.
Siempre firma su nombre y luego
agrega este comentario: "Su mejor
misionero".
Todos los años, cuando llega la
tarjeta, pienso en esa experiencia, y
la lección que se encuentra en el primer libro de Samuel, en la Santa
Biblia, me llega al alma. Recordarán Presidente Gordon B. Hinckley
que el profeta Samuel recibió el
mandato del Señor de ir a Belén, a
ver a Isaí, con la revelación de que
se encontraría un rey entre los hijos
de éste. Samuel hizo lo que el Señor "Es maravilloso y altamente satisfactorio saber que cada uno de nosotros
le mandó. Uno a uno, los hijos de puede hacer algo para fortalecer esta obra del Todopoderoso."
Isaí se presentaron ante Samuel,
siete de ellos. Aunque eran hermosos y de buena apariencia, el Señor
Me refiero al servicio misional.
le dijo a Samuel que no habría de
Hace poco estuve en Londres y tuve
elegir a ninguno.
una reunión con los misioneros que
trabajan allá. Había representantes
"Entonces dijo Samuel a Isaí:
de
la BBC (British Broadcastíng
¿Son éstos todos tus hijos? Y él resCorporation)
para filmar parte de
pondió: Queda aún el menor, que
esas reuniones, pues están preparanapacienta las ovejas. Y dijo Samuel a
do un documental sobre nuestra
Isaí: Envía por él...
obra misional en las Islas Británicas.
"Envió, pues, por él, y le hizo entrar... Entonces J chova dijo:
Antes de eso, ya me había entreLevántate y úngelo, porque éste es"
vistado un representante de la radio
(1 Samuel 16:11-12).
mundial BBC, que había observado
que los misioneros son muy jóvenes.
La lección que debemos aprender
El me preguntó: "¿Cómo puede esse encuentra en el mismo capítulo
perar que la gente escuche a estos
del primer libro de Samuel, en el
jovencitos inexpertos?"
versículo 7: "...el hombre mira lo que
está delante de sus ojos, pero Jehová
Con eso me quiso decir que son
mira el corazón".
inmaduros, sin experiencia y sin
Los poseedores del sacerdocio,
i puedo contar con su fe y roce social.
todos nosotros unidos, podemos haoraciones, espero decir algo
Le respondí sonriente: "¿Jovencernos dignos de la influencia guiade provecho para todos. citos inexpertos? Con estos misionedora de nuestro Padre Celestial al Hace una semana, e! sábado pasado, ros pasa io mismo que pasaba con
desempeñar nuestros respectivos lla- tuvo lugar en este Tabernáculo una Timoteo, en la época de Pablo. Fue
mamientos. Estamos embarcados en gran conferencia de la Sociedad de Pablo quien escribió a su joven comla obra del Señor Jesucristo. Socorro. Fue una experiencia inspi- pañero: 'Ninguno tenga en poco tu
Nosotros, como los de a n t a ñ o , radora contemplar los rostros de la juventud, sino sé ejemplo de los crehemos respondido a Su llamado. congregación de mujeres fuertes, va- yentes en palabra, conducta, amor,
Estamos en Sus asuntos y llevaremos lientes y capaces. También es una espíritu, fe y pureza' (1 Timoteo
a cabo con éxito este solemne man- experiencia inspiradora contemplar 4:12).
dato que dio Mormón de declarar la sus caras, hermanos, y sentir su for"Lo extraordinario es que la
palabra del Señor entre Su pueblo:
taleza, su fe, su lealtad y devoción.
gente los recibe y los escucha. Son
Éstos han sido momentos de ins- sinceros, son inteligentes, vivaces y
"He aquí, soy discípulo de
Jesucristo, el Hijo de Dios. He sido piración, en los que hemos oído sobresalientes; tienen aspecto aseado, atraen, a las personas y les inspillamado por él para declarar su pa- buenos consejos que nos bendecirán
ran confianza."
si
los
aceptamos.
Deseo
hablar
de
labra entre los de su pueblo, a fin
dos
o
tres
asuntos.
Debería haber agregado: "Son un
de que alcancen la vida eterna"
milagro".
Ellos van a golpear puer(3Nefi5:I3).
Del primero ya han hablado el
tas,
pero
como
en estos días no hay
Que siempre recordemos la ver- presidente Monson y el hermano
mucha
gente
en
casa en una ciudad
dad de que "El que honra a Dios, Hillam, pero quiero agregar mi
como
Londres,
también
se acercan a
apoyo
a
lo
que
han
dicho
y
algunas
Dios le honra". En el nombre de
las
personas
en
la
calle
y
se ponen a
observaciones.
Jesucristo. Amen. •
Misiones, templos y
responsabilidades
S
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conversar con ellas.
No es fácil para un joven sensible
hacer esto. Pero ellos creen en estas
otras palabras de Pablo a Timoteo:
"Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de
amor y de dominio propio.
"Por tanto, no te avergüences de
dar testimonio de nuestro Señor, ni
de mí, preso suyo, sino participa de
las aflicciones por el evangelio según
el poder de Dios" (2 Timoteo 1:7-8).
Reconocen que el temor no proviene de Díos sino del adversario de
la verdad. Y por eso, desarrollan la
habilidad de hablar con la gente
sobre la obra que realizan y el mensaje que llevan. Esos misioneros
traerán a la Iglesia en 1995 cerca de
trescientos mil conversos, o sea, el
equivalente a cien estacas de Sión y
a más de quinientos barrios.
"¿Jóvenes inexpertos?" Es cierto
que no tienen mucho roce social. ¡Y
qué bendición es! No hay en ellos
rastro de engaño; no se expresan
con falsedad. Hablan del corazón,
con firme convicción. Cada uno es
un siervo de Dios, un embajador del
Señor Jesucristo. Su poder no proviene de una erudición en las cosas
del mundo, sino de la fe, ía oración
y la humildad. Su obra no es fácil, ni
lo ha sido nunca.
Hace mucho tiempo, Jeremías
dijo que el Señor juntaría a Su pueblo, uno de cada ciudad y dos de
cada familia, y los llevaría a Sión y
les daría pastores según Su corazón
(véase Jeremías 3:14-15). Individualmente, la cosecha de los misioneros no es muy grande en la mayoría de los casos, pero el total es
enorme. La obra exige valor, esfuerzo, dedicación y la humildad necesaria para ponerse de rodillas y suplicar al Señor ayuda y guía.
Quiero hacer un desafío a todo
joven que me escuche esta noche:
Prepárate ahora para ser digno de
servir al Señor como misionero regular. Él ha dicho: "Si estáis preparados, no temeréis" (D. y C. 38:30).
Prepárense para consagrar dos años
de su vida a este servicio sagrado;
ese tiempo es, en efecto, un diezmo
de los primeros veinte años de su
vida. Piensen en todo lo bueno que
tienen: la vida misma, la salud, fortaleza, comida, ropa, padres, hermanos y amigos. Todos son dones del
Señor. Por supuesto, su tiempo es
muy valioso, y quizás piensen que
no pueden dedicar dos años. Pero
les prometo que el tiempo que
pasen en una misión, si lo pasan dedicados al servicio, será una inversión que les dejará mayores dividendos que cualesquiera otros dos años
de su vida. Se darán cuenta del significado de la dedicación y de la
consagración; desarrollarán un
poder de persuasión que los bendecirá toda su vida; su timidez, sus temores, su cortedad, desaparecerán
gradualmente al seguir adelante con
convicción; aprenderán a trabajar
con otras personas, a desarrollar un
espíritu de equipo. El destructivo
mal del egoísmo será reemplazado
con un sentido del servicio al prójimo. Se acercarán más al Señor de
lo que lo harían en cualquier otra
circunstancia, y llegarán a saber que
sin El son realmente "débiles y sencillos", pero que con Su ayuda pueden lograr milagros.
Establecerán el hábito de la industriosidad; desarrollarán la habilidad
de ponerse metas que les requieran
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esfuerzo; aprenderán a trabajar con
sencillez de corazón. ¡Qué base tan
sólida para sus estudios y su ocupación en el futuro! Esos dos años no
representarán tiempo perdido, sino
habilidades ganadas.
Bendecirán la vida de aquellos a
quienes enseñen y la de los de su
posteridad. Y se bendecirán ustedes
mismos. También serán una bendición para sus familiares, que los sostendrán y orarán por ustedes.
Por encima de todo, recibirán en
el corazón esa dulce paz de saber
que han servido a su Señor fielmente y bien; su servicio será una expresión de gratitud hacia su Padre
Celestial.
Llegarán a conocer a su Redentor
como el mejor Amigo que tendrán
en esta vida o en la eternidad.
Comprenderán que por medio de Su
sacrificio expiatorio Él les ha abierto
el camino hacia la vida eterna y a
una exaltación que va más allá de
sus más grandiosos sueños.
Si cumplen la misión fielmente y
bien, serán mejores esposos, mejores
padres, mejores estudiantes, mejores
trabajadores en la ocupación que
elijan. El amor es la esencia de la
obra misional; la abnegación es una
de sus principales características; la
autodisciplina es una de sus exigencias. La oración abre la reserva del
poder de esta obra.
Por eso, mis queridos jóvenes
hermanos, resuelvan hoy mismo incluir en el programa de su vida el
servicio en el campo de la cosecha
del Señor come) misioneros de La
Iglesia de Jesucristo de los Santos de
los Últimos Días.
Ahora, paso a otro tema. La obra
misional tiene el objeto de proveer
las ordenanzas salvadoras a los hijos
de nuestro Padre que viven por todo
el mundo. La obra del templo tiene
por objeto principal el beneficio de
los hijos de Dios que han pasado
más allá del velo de la muerte. Dios
no hace acepción de personas. Si los
que viven en todas las naciones merecen las ordenanzas salvadoras del
evangelio, los que han vivido en
épocas pasadas también deben de
merecerlas.
Nuestros miembros no pueden
participar de todas las bendiciones
del evangelio a menos que reciban
sus propias ordenanzas del templo y
luego las pongan a disposición de
sus antepasados muertos. Si han de
hacer esto, necesitan templos. De
ello estoy firmemente convencido.
En 1954, antes de ser yo
Autoridad General, el presidente
McKay me llamó a su oficina y me
habló de los planes de construcción
del Templo de Suiza. Me dio la asignación de hallar la manera de administrar las ordenanzas del templo a
personas de diversos idiomas sin
tener que aumentar mucho la cantidad de obreros del templo. Desde
entonces he tenido mucha participación en estos sagrados edificios y
en las ordenanzas que en ellos se
administran.
En la actualidad, tenemos cuarenta y siete templos abiertos. Ocho
están en Utah, dieciséis en otras
partes de los Estados Unidos, dos en
Canadá y los otros veintiuno en
otras partes del m u n d o . Desde
que pasé a integrar la Primera
Presidencia, en 1981, se han dedicado veintiocho de los cuarenta y
siete; además, se han vuelto a dedicar cuatro que ya estaban construidos, después de una extensa remodelación. Tenemos seis más en construcción, en American Fork y en
Vernal, U t a h ; en Saint Louis,
Missouri; en Hong Kong; en
Preston, Inglaterra, y en Bogotá,
Colombia.
Hemos anunciado la construcción de otros siete templos,
en Santo Domingo, en Madrid,
en Guayaquil, en Recife, en
Cochabamba; y en NashvÜle, Texas,
y Hartford, Connectícut [EE. UU.].
Y estamos considerando la posibilidad de un templo en Venezuela.
Después de tratar durante años
de adquirir un sitio apropiado en
Hartford, tiempo en el cual la Iglesia
ha crecido considerablemente hacia
el sur y hacia el norte de esa ciudad,
hemos decidido no construir ahora
un templo en los alrededores de
Hartford, sino que edificaremos uno
en Boston, estado de Massachusetts,
y otro en White Plains, estado de
Nueva York. En otras palabras,
donde antes habíamos planeado
tener un templo habrá en el futuro
dos para atender a las necesidades
de nuestra gente. En ambas ciudades tenemos lugares muy hermosos
para los templos.
Pedimos disculpas a nuestros fieles santos de la región de Hartford,
pues sabemos que quedarán desilusionados con este anuncio. Como
saben, hemos pasado incontables
horas con sus oficíales locales, tratando de encontrar un lugar apropiado que fuera conveniente para
los miembros de Nueva York y de la
región de Nueva Inglaterra. Aunque
nos apena muchísimo desilusionar a
los miembros de Hartford, tenemos
la seguridad de haber recibido una
guía especial al tomar esta decisión,
así como de que esos templos se edificarán en localidades que no les
exigirán recorrer grandes distancias
para llegar a ellos.
Además, estamos procurando adquirir otros seis sitios. Este es un programa de proporciones gigantescas.
Tengo el ferviente deseo de que
haya un templo de acceso razonable
para todo Santo de los Últimos
Días, en todo el mundo. Sin embargo, no podemos ir más rápido de lo
debido. Tratamos de asegurarnos de
que cada templo esté en un lugar
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excelente, donde haya buenos vecinos durante mucho tiempo. Los terrenos en esos lugares son por lo general caros. El templo es un edificio
mucho más complicado de construir
que un centro de reuniones o un
centro de estaca; su arquitectura es
mejor; su construcción lleva más
tiempo y cuesta más. La obra se
mueve con toda la rapidez con que
nos es posible. Constantemente suplico que se pueda apresurar a fin de
que haya más miembros que tengan
fácil acceso a la sagrada Casa del
Señor.
Brigham Young una vez dijo que
si los jóvenes comprendieran realmente las bendiciones del matrimonio en el templo, caminarían toda la
distancia hasta Inglaterra, si ello
fuera necesario. Esperamos que no
sea necesario caminar tanto.
Estos edificios únicos y maravillosos, y las ordenanzas que en ellos se
efectúan, representan lo máximo de
nuestra adoración; éstas son la expresión más profunda de nuestra
teología. Exhorto a nuestros miembros de todas partes, con todo el
poder de persuasión de que soy
capaz, a que sean dignos de tener
una recomendación para el templo,
a conseguir una y considerarla una
posesión preciada, y a hacer un esfuerzo mayor por ir a la Casa del
Señor y participar del espíritu y las
bendiciones que se reciben allí.
Estoy seguro de que todo hombre y
mujer que vayan al templo con sinceridad y fe saldrán de allí convertidos en mejores personas. Constantemente tenemos la necesidad de mejorar. De vez en cuando, sentimos eí
deseo de dejar atrás el alboroto y el
tumulto del mundo y entrar en los
recintos de la santa casa de Dios,
para sentir Su Espíritu en ese ambiente de santidad y paz.
Si todo hombre de la Iglesia que
haya recibido el Sacerdocio de
Melquisedec se hiciera digno de
tener una recomendación para el
templo, y luego fuera a la Casa del
Señor a renovar sus convenios con
solemnidad ante Dios y los testigos,
seríamos una gente mejor. Habría
poca o ninguna infidelidad entre
nosotros; el divorcio casi desaparecería y se evitaría gran parte del
dolor y el sufrimiento. Habría más
paz, amor y felicidad en nuestros hogares; habría menos mujeres y niños
llorando. Existiría entre nosotros
mayor aprecio y respeto mutuos. Y
estoy seguro de que eí Señor estaría
más contento con nosotros y nos favorecería más.
Ahora, hermanos, antes de concluir, debo tratar otro asunto, y si
me extiende) un poco, espero que
me disculpen.
Quiero presentar al sacerdocio de
la Iglesia mi evaluación de la condición presente de esta gran organización en la que tenemos un interés y
de la cual forma parte cada uno de
nosotros. Creo que tienen derecho a
recibir este tipo de informe de cuando en cuando.
Me siento agradecido de poder
decír que la Iglesia está en buenas
condiciones, y que sus filas aumentan. Al finalizar 1994, el número de
miembros era de 9.025.000, un aumento de 300.730 desde el año anterior. Esto quiere decir que agregamos un millón de miembros nuevos
cada tres años y medio, y estoy seguro de que esa cantidad aumentará.
La Iglesia se expande geográficamente, y creo que está bien administrada. No es que no tengamos
problemas. Demasiados miembros
caen en la inactividad, y son muchos los que no viven los principios
del evangelio. Pero con todo eso,
aún tenemos causa para regocijarnos por lo que sucede.
La Iglesia no tiene deudas. Debo
aclarar respecto a esto que tenemos
contratos para la compra de propiedades en los cuales los vendedores
han insistido en que paguemos cuotas en ciertas fechas. Sin embargo,
tenemos los recursos que aseguran
que esos contratos se pagarán a su
debido tiempo.
En nuestras pocas empresas comerciales, se utiliza la deuda como
instrumento de administración; pero
la proporción de deudas y valores
sería la envidia de los ejecutivos de
cualquier organización importante.
La Iglesia ha vivido dentro de sus
medios y así seguirá. Siento gratitud
por la ley del diezmo. Es un milagro; y
es posible mediante la fe de la gente.
Es el plan del Señor para la administración económica de Su reino.
Es muy claro y sencillo, y consiste
en unas cuantas palabras que se hallan en la sección 119 de Doctrina y
Convenios. Es un enorme contraste
con los engorrosos, complejos y difíciles códigos de los impuestos que
los ciudadanos tenemos la obligación de obedecer.
En el pago del diezmo no hay
compulsión, aparte de que es un
mandamiento del Señor lo cual se
convierte, por supuesto, en la mejor
razón para pagarlo. Ésta es la única
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sociedad que conozco que no anula
la afiliación de aquellos que no
pagan lo que se podría considerar
su cuota.
El pago del diezmo lleva aparejada la convicción de la veracidad de
esc principio.
Sabernos que estos fondos son sagrados. Hemos recibido el encargo
de emplearlos prudente y cuidadosamente. He dicho antes que tengo
sobre el escritorio de mi oficina una
blanca, como las de la viuda, que
me dio hace mucho tiempo el hermano David B. Galbraith, que entonces era Presidente de ía Rama de
Jerusalén (es tan pequeña que es
casi invisible, pero está ahí). La conservo para recordarme el sacrificio
que representa, y que administramos
la consagración de la viuda tanto
como la ofrenda del rico. Agradezco
a todo el que sea honesto con el
Señor en el pago de su diezmo y
ofrendas. Pero sé que no necesitan
que les dé las gracias, porque ustedes tienen un testimonio como el
mío de la divinidad de esta ley y de
las bendiciones que se reciben en
abundancia por obedecerla.
No sólo estamos determinados a
vivir dentro de los medios de la
iglesia, sino que todos los años ponemos en reserva una porción de nuestro presupuesto anual. Sólo estamos
haciendo lo mismo que hemos aconsejado a toda familia que haga. Si viniera una época de desastre económico, confiamos en tener los medios
para capear el temporal.
Reconocemos la importancia del
servicio voluntario para llevar adelante los programas de ía Iglesia.
Contamos con un verdadero ejército de personas dedicadas que dan su
tiempo con generosidad para ayudar
en la obra de la Iglesia. El grupo de
Recursos Humanos informa eme tenemos en el presente 96.484 voluntarios; éstos representan el equivalente a diez mil empleados regulares
y su servicio tiene un valor anual de
$360.000.000 (de dólares). Son personas que trabajan como misioneros
o voluntarios en el Sistema
Educativo de la Iglesia, en la organización de Historia Familiar, en los
templos y en otros diversos departamentos y oficinas de la Iglesia. Les
estamos profundamente agradecidos
y en deuda por sus contribuciones.
Estoy seguro de que el Señor se
halla complacido con su servicio
consagrado.
Nuestro programa diario de educación religiosa sigue adelante. En
donde esté la Iglesia organizada, se
pone en marcha el programa de
Seminario. También los institutos
proveen un maravilloso servicio a
los que están estudiando. Durante
el año escolar 1995-1996 hay más
de 583.000 alumnos inscritos en seminario e instituto. Muchos de los
jóvenes que están aquí hoy —yo
diría que casi todos ustedes— se
han beneficiado con este programa.
Por favor, pónganse de pie todos los
que asistan a clases de seminario o
instituto. ¡Son muchos! Eso lo dice
todo en cuanto a este programa.
Gracias.
Esperamos que todos aquellos
que tengan estos programas a su disposición los aprovechen. Verán que
aumenta su conocimiento del evangelio, se fortalece su fe y disfrutarán
de hermosas amistades con sus compañeros de la misma creencia.
Recuerdo los esfuerzos del
Profeta para sacar la primera edición
del Libro de Mormón. Constaba de
cinco mil ejemplares y fue posible
imprimirlo solamente gracias a la
generosidad de Martin Harris. Les
interesará saber que el año pasado
se repartieron 3.742.629 ejemplares
del libro, que se imprime, todo o en
extractos, en ochenta y cinco idiomas. No estaremos inundando la
tierra con el Libro de Mormón,
como el presidente Benson nos
aconsejó, pero no deja de ser importante el haber entregado más de tres
millones y medio en un solo año.
Tuve el privilegio de presidir la
estaca N- 150, creada en 1945,
ciento quince años después de haberse organizado la Iglesia. Ahora,
apenas cincuenta años después, hay
2.101 estacas de Sión. En 1994 se
organizaron setecientos setenta y
dos barrios y ramas nuevos, haciendo que el número total a fin de año
fuera de 21.774 unidades. Es muy
obvia la razón por la cual tenemos
que construir tantos edificios de
adoración e instrucción para nuestra
gente. Actualmente, tenemos 375
edificios en construcción; cada vez
son más caros. Esperamos que los
cuiden bien. A los jóvenes, quiero
pedirles algo para que hagan todo lo
posible al respecto: Queremos que
esos edificios se usen con el propósito para el que fueron hechos, pero
no queremos que se abuse de ellos.
Los servicios públicos son muy
caros; por favor, apaguen las luces
cuando no se necesiten; no dejen
basura dentro; mantengan los jardines limpios y atractivos. En todas
partes donde haya uno de nuestros
edificios, su estructura debe expresar lo siguiente; "La gente que adora
al Señor aquí es gente que cree en la
limpieza, el orden, la belleza y la
respetabilidad".
Ya les he hablado sobre el aumento del número de templos. Lo
mismo pasa con todos los aspectos
del programa. Veo un futuro brillante. No descuento la posibilidad de
que haya problemas, puesto que esta
obra siempre los ha enfrentado. El
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adversario sigue sus labores contra
ella. Pero seguiremos adelante, del
mismo modo que lo hicieron los que
nos precedieron. Todo hombre y jovencito que oiga mi voz esta noche
tiene la responsabilidad de ayudar
en esta gran obra de influir en otros
y fortalecernos.
Hermanos, gracias por su fe y su
devoción. Nos damos cuenta de la
gran confianza que han puesto en
nosotros, y también de la gran confianza que nos tiene el Señor. Del
mismo modo, El ha colocado una
encomienda sagrada sobre cada uno
de los que poseen Su divino sacerdocio. Como lo he dicho antes, estamos juntos en esto; cada uno de nosotros tiene su parte en la edificación de este reino. Es maravilloso y
altamente satisfactorio saber que
cada uno de nosotros puede hacer
algo para fortalecer esta obra del
Todopoderoso.
Es verdadera y es la obra de nuestro Padre; es la Iglesia de nuestro
Redentor. El sacerdocio que poseemos es un don real y precioso. Les
dejo mi testimonio, mi amor y mi
bendición, con gratitud, en el nombre de Jesucristo. Amén. •
SESIÓN DEL D O M I N G O POR LA M A Ñ A N A
Io de octubre de 1995
La paciencia: una
virtud celestial
Presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia
"El problema es que muchas veces esperamos soluciones instantáneas
para las dificultades, olvidando que frecuentemente es necesario que
pongamos en práctica la virtud celestial de la paciencia."
H
ace poco, me e n c o n t r é
con un amigo al que no
había visto desde hacía
tiempo y que me saludó con las palabras: "¿Cómo te está tratando el
mundo?" Yo no recuerdo mi respuesta exacta, pero esta provocativa
pregunta me hizo reflexionar sobre
mis muchas bendiciones y la gratitud que siento por la vida misma, y
por el privilegio y la oportunidad
que tengo de servir.
A veces, la reacción a esta pregunta trae una respuesta inesperada.
Hace unos años asistí a una conferencia de estaca en Texas. El presidente de la estaca me recibió en el
aeropuerto y, mientras íbamos en
auto hacia el centro de la estaca, yo
le dije: "Presidente, ¿cómo va todo?"
El me respondió: "¡Ojalá me hubiera hecho esa pregunta la semana
pasada! Esta semana ha sido desastrosa: El viernes me despidieron del
trabajo, esta mañana mi esposa
amaneció con bronquitis y esta
tarde nuestro perro murió atropellado por un automóvil. Pero, aparte
de eso, creo que todo anda bien".
La vida está llena de dificultades,
algunas más penosas que otras.
Parecería que hay una infinidad de
pruebas para todos. El problema es
que muchas veces esperamos soluciones instantáneas para las dificultades,
olvidando que frecuentemente es necesario que pongamos en práctica la
virtud celestial de la paciencia.
Los consejos que escuchábamos
en nuestra juventud son todavía
aplicables hoy en día y deberíamos
prestarles atención: "Espera un
poco"; "No pierdas la paciencia";
"Toma las cosas con calma"; "No te
apresures tanto"; "Sigue las reglas";
"Ten cuidado", son mucho más que
meras expresiones; son buenos consejos, resultado de la sabiduría que
brota de la experiencia.
Un automóvil, lleno de jovencitos imprudentes, que baja por un
cañón sinuoso a alta velocidad
puede perder el control, haciendo
que el auto caiga en el precipicio,
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con las trágicas consecuencias de
causar a veces incapacidad permanente a los pasajeros o quizá una
muerte prematura, dejando así destrozado el corazón de los seres queridos. El júbilo momentáneo puede
cambiar, en un solo instante, para
convertirse en una vida llena de
remordimiento.
Oh, juventud preciosa, no vivan
tan a prisa. Pongan en práctica la
virtud de la paciencia.
En las enfermedades, a las que
casi siempre acompaña el dolor, se
requiere mucha paciencia. Si al
único hombre perfecto que ha existido —Jesús de Nazaret—- se le requirió padecer gran sufrimiento,
¿cómo vamos a esperar nosotros,
que no somos ni cerca de perfectos,
estar libres de esas tribulaciones?
Sería imposible contar las innumerables personas que viven en la
soledad, los ancianos, los desamparados, aquellos que se sienten abandonados en el camino, mientras la caravana de la vida avanza inexorable
y desaparece de la vista de los que se
han quedado solos con sus pensamientos e interrogantes. La paciencia puede ser una compañera invalorable en esos tiempos de aflicción.
De vez en cuando visito hogares
de ancianos, donde se observa la paciencia. Un día, mientras asistía a
las reuniones dominicales en uno de
esos hogares, me fijé en una jovencita que iba a tocar eí violín para entretener y llevar consuelo a los presentes; antes de tocar, me dijo que
estaba nerviosa y que anhelaba ejecutar la música mejor que nunca.
Mientras estaba tocando, uno de los
espectadores exclamó: "¡Qué bonita
eres y qué hermosamente tocas!" El
arco que se movía rozando las cuerdas bien ajustadas y el elegante movimiento de los dedos de la joven
parecieron inspirados por el comentario espontáneo. La interpretación
fue magnífica.
AI concluir la reunión, las felicité a ella y a su talentosa acompañante. La respuesta que me dieron
fue: "Vinimos para dar ánimo a los
débiles, los enfermos y los ancianos.
Nuestros temores desaparecieron al
empezar a tocar; olvidamos nuestras propias preocupaciones e inquietudes. Quizá les hayamos animado a ellos, pero ellos realmente
nos inspiraron".
Algunas veces, sucede lo contrario. Un ejemplo de ello es mi querida y preciada joven amiga, Wendy
Benníon, de Salt Lake City. Hace
apenas dos días, ella partió de este
mundo y se fue "de regreso a ese
Dios que [le] dio la vida" (Alma
40:11); había luchado más de cinco
años en su batalla con el cáncer.
Siempre alegre, siempre tratando de
ayudar a otros, fuerte en la fe, su
sonrisa contagiosa atraía a otras personas como un imán atrae las piezas
de metal.
Un día en que no se sentía bien y
tenía mucho dolor, fue a visitarla
una de sus amigas, que estaba abatida por sus propios problemas.
Nancy, la madre de Wendy, sabiendo que su hija estaba con fuertes dolores, pensó que quizá la amiga
había permanecido más tiempo del
que a la enferma le convenía.
Después que ésta se fue, le preguntó
a Wendy por qué le había permitido
quedarse todo ese tiempo cuando
ella misma estaba sufriendo tanto.
La joven le respondió: "Lo que hice
por mi amiga es mucho más importante que el dolor que yo sentía. Si
con eso la ayudo, entonces el dolor
vale la pena".
La actitud de Wendy me hace recordar de Jesús, que cargó los dolores del mundo, que pacientemente
sufrió terrible dolor y desilusión,
pero que, al pasar con su paso silencioso al lado de un hombre que era
ciego de nacimiento, le restauró la
vista; se acercó a la dolorida viuda
de Naín y levantó a su hijo de entre
los muertos; subió penosamente la
empinada cuesta del Calvario, cargando su propia cruz inhumana, sin
prestar atención a las constantes
burlas e injurias que le acompañaban en cada paso. Porque El tenía
que cumplir Su destino divino. Y de
una manera muy real Él nos visita, a
cada uno, con Sus enseñanzas; nos
da ánimo y nos inspira bondad. Él
dio Su preciosa vida para impedirle
al sepulcro su victoria, para que la
muerte perdiera su aguijón, para que
tuviéramos el don de ía vida eterna.
Después que lo sacaron de la cruz
y lo sepultaron en una tumba prestada, este varón de dolores y experim e n t a d o en q u e b r a n t o [véase
Mosíah 14:3; Isaías 53:3] se levantó
en la mañana del tercer día. María
Magdalena y la otra María descubrieron que había resucitado cuando fueron al sepulcro y vieron que la
gran piedra que cubría la entrada
había sido removida. Y dos ángeles
con vestiduras resplandecientes que
estaban allí de pie les hicieron la
pregunta: "¿Por qué buscáis entre
los muertos al que vive? No está
aquí, sino que ha resucitado" (Lucas
24:5-6).
Pablo declaró a los hebreos:
"Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan
grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que
nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante" (Hebreos 12:1).
Quizá nunca haya habido tal demostración de paciencia como la manifestada por Job, a quien se describe
en la Santa Biblia diciendo que era
perfecto y justo, temeroso de Dios y
apartado del mal (véase Job 1:1).
Había sido bendecido con grandes y
abundantes riquezas, y Satanás obtuvo permiso del Señor para tratar de
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tentarlo. ¡Cuan grande fue la aflicción de Job, cuan terribles sus pérdidas, cuan torturada su vida! Después
de haberlo instado su mujer a que
maldijera a Dios y muriera, con su
respuesta demostró su fe:
"Yo sé que mi Redentor vive, y al
fin se levantará sobre el polvo;
"Y después de deshecha esta mi
piel, en mi carne he de ver a Dios"
(Job 19:25-26).
¡Qué fe, qué valor, que confianza! Job perdió sus posesiones, todas
ellas; perdió la salud, completamente, mas honró la confianza que se
había depositado en él. Job personifica la paciencia.
Otro que ejemplificó la virtud de
la paciencia fue el profeta José
Smith. Después de su sublime experiencia en la Arboleda Sagrada,
donde el Padre y el Hijo se le aparecieron, se le dijo que tenía que esperar. Con el tiempo, y habiendo padecido más de tres años de burlas por
sus creencias, el ángel Moroni se le
apareció; y le dijo que esperara más
y que tuviera más paciencia.
Recordemos el consejo que se encuentra en Isaías:
"Porque mis pensamientos no son
vuestros pensamientos, ni vuestros
caminos mis caminos, dijo Jehová.
"Como son más altos los cielos
que la tierra, así son mis caminos
más altos que vuestros caminos, y
mis pensamientos más que vuestros
pensamientos" (Isaías 55:8-9).
Hoy día, en medio de esta vida
llena de apuro y de inquietudes,
sería bueno remontarnos a una
época anterior a fin de revivir
la lección que nos enseñaban para
cruzar las calles peligrosas:
"Detente, mira y escucha", eran las
palabras de advertencia. ¿No podríamos aplicarlas ahora? Deténganse
en una ruta imprudente que lleva a
la destrucción; miren hacia lo alto
en busca de la ayuda celestial; escuchen esta invitación del Señor:
"Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré
descansar" {Mateo 11:28).
Él nos enseñará la verdad de esta
maravillosa estrofa:
¡La existencia es real e intensa
pasará!
y el sepulcro no es su meta final.
"Del polvo es y al polvo volverá"
no es el destino del alma inmortal.
(Henry Wadsworth Longfellow,
"A Psalm of Life". Traducción libre.)
Aprenderemos que cada uno de
nosotros es de gran valor para nuestro
Hermano Mayor, el Señor Jesucristo,
y que Él nos ama verdaderamente.
Su vida es el ejemplo sin defectos
de Aquel que fue afligido con dolores y desilusiones, y que, sin embargo, nos dio el ejemplo de olvidarse
de sí mismo y servir a Sus semejantes. Un verso popular de mi niñez
resuena como si fuera nuevo:
Sí, Jesús me ama;
Sí, Jesús me ama;
Sí, Jesús me ama;
La Biblia así me enseña.
("Jesús Loves Me!" Alexander's
Gospel Songs, comp. por Charles M.
Alexander, Neueva York: Fleming
H.RevellCo., 1908, pág. 139.)
También lo enseña el Libro de
Mormón, Doctrina y Convenios y la
Perla de Gran Precio. Si permiten
que las Escrituras sean su guía, siempre tendrán propósito en la vida;
nunca se encontrarán en un camino
sin destinación.
Hoy en día hay quienes no tienen
trabajo, carecen de dinero y les falta
confianza en sí mismos. El hambre
los aflige y el desaliento es su compañero constante. Pero hay ayuda,
incluso comida para el hambriento,
ropa para el desnudo y morada para
el desamparado.
Miles de toneladas de artículos se
movilizan de los almacenes de la
Iglesia semanalmente: comida, ropa,
equipo médico y provisiones van
tanto a las partes más lejanas de la
tierra como a las alacenas vacías y a
las personas necesitadas que están a
nuestro alrededor.
Observo la motivación que impulsa a ocupados y talentosos dentistas y doctores, que en forma regular dejan por un tiempo su clientela
y donan sus habilidades a quienes
los necesiten, viajando a lugares distantes para arreglar bocas defectuosas, corregir huesos deformados y
mejorar cuerpos lisiados, todo por el
amor que sienten por los hijos de
Dios. Los afligidos que pacientemente han esperado la anhelada
ayuda reciben bendiciones de estas
personas angelicales.
Utilizando las palabras de una
canción popular, me gustaría que ustedes pudieran "volar conmigo" a
Alemania Oriental, donde estuve el
mes pasado. Al viajar por la carretera, iba recordando una ocasión de
hace veintisiete años cuando, en esa
misma carretera, vi camiones llenos
de soldados y policías. Por todos
lados había perros atraillados que ladraban furiosamente y las calles estaban llenas de informantes. En esa
época, la llama de la libertad se
había debilitado y estaba vacilante;
se había edificado un muro ignominioso y la cortina de hierro se había
bajado; casi se había perdido toda
esperanza. Pero la vida, la preciada
vida, continuaba con fe, no dudando nada. Se requirió una espera paciente. Una firme confianza en Dios
caracterizó la vida de todo Santo de
los Últimos Días en esos días.
Cuando fui por primera vez a visitar a los que estaban del otro lado del
muro, los santos vivían en una época
de temor y luchaban por poder cumplir con sus responsabilidades. Noté
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la expresión de desesperanza que cubría los rostros de muchos de los
transeúntes, pero en los de nuestros
miembros se reflejaban bellas expresiones de amor. Nos reunimos en un
edificio de Gorlitz que tenía muchos
agujeros de proyectiles de guerra,
pero cuyo interior reflejaba el amoroso cuidado de nuestros líderes, quienes habían reparado y limpiado lo
que de otro modo hubiera sido un
edificio ruinoso y sucio. La iglesia
había sobrevivido tanto la época de
la guerra como la guerra fría que sobrevino después. El canto de los santos les reanimaba el alma. En esa
oportunidad cantaron el conocido
himno popular:
Si la vía es penosa en la lid,
si pesares nos abruman en la lid,
si la vida es amarga,
nuestra dicha no se tarda
y el gozo se alarga en la lid.
No te canses de luchar;
sé firme en la lid.
Dios descanso mandará
A los que luchan en la lid.
(Himnos, Ny 67.)
Me conmovió profundamente su
sinceridad, me sentí agobiado ante
su pobreza. ¡Tenían tan poco! Me
quedé apesadumbrado al saber que
no tenían un patriarca; tampoco tenían barrios ni estacas, sólo ramas;
no podían recibir las bendiciones del
templo, como la investidura y los sellamientos; no habían tenido un visitante oficial de la Iglesia en mucho
tiempo; se les prohibía salir del país.
Aun así, confiaban en el Señor con
todo su corazón, y no se apoyaban
en su propia prudencia; reconocían
al Sefior en todo, y Él los dirigía
(véase Proverbios 3:5-6). Me acerqué al pulpito, y con lágrimas en los
ojos y la voz temblorosa por la emoción, hice a ese pueblo una promesa: "Si permanecen firmes y fíeles a
los mandamientos de Dios, recibirán
todas las bendiciones que los miembros de la Iglesia gozan en otros países del mundo".
Esa noche, al darme cuenta de lo
que les había prometido, me arrodillé
truido y dedicado. Finalmente, después de cincuenta años, permitieron
que los misioneros regulares entraran en esa nación y que los jóvenes
de allí pudieran ir a cumplir misiones
en otras partes del mundo. Así, al
igual que el muro de jericó, eí Muro
de Berlín también cayó y se restituyó
la libertad, con sus correspondientes
responsabilidades.
Cada parte de esa maravillosa
promesa hecha veintisiete años
antes se cumplió con la excepción
de una. La pequeña ciudad de
Gorlitz, donde se les había hecho la
promesa, aún no tenía su propia capilla. Pero hoy en día incluso ese
sueño se ha convertido en realidad.
El edificio fue aprobado y construido y llegó el día de la dedicación.
Hace apenas un mes, mi esposa y
yo, conjuntamente con el eider y la
hermana Uchtdorf, tuvimos una
reunión para dedicar esa capilla; en
ella se cantaron las mismas canciones de hace veintisiete años. Los
miembros se daban cuenta del significado de esa reunión que marcaba
el pleno cumplimiento de la promesa. Todos lloraban al cantar. La canción de los justos había sido realmente una oración para el Señor y
Él la había contestado con una bendición sobre la cabeza de ellos
(véase D. y C. 25:12).
Al terminar la reunión, no queríamos retirarnos. Cuando lo hicimos,
notamos las manos elevadas en
señal de despedida y escuchamos las
palabras: uAuf Wiedersehen, auf
Wiedersehen; para siempre Dios esté
con vos" (Himnos, Nü 89).
La paciencia, esa virtud celestial,
había llevado a esos humildes santos
un premio del cielo. Las palabras de
Rudyard Kipling son apropiadas:
y oré, diciendo: "Padre Celestial,
estoy a tu servicio; ésta es tu Iglesia.
He pronunciado palabras que no
provenían de mí, sino de Ti y de tu
Hijo. Por lo tanto, te suplico que
cumplas la promesa que he hecho a
estas nobles personas". En ese momento, me vinieron a la memoria las
palabras de Salmos: "Estad quietos, y
conoced que yo soy Dios..." (Salmos
46:10). Pero se les requirió la celes-
tial virtud de la paciencia.
Poco a poco se cumplió la promesa. Primeramente, se ordenaron patriarcas, luego se les enviaron manuales de lecciones; se organizaron
barrios y estacas; se construyeron capillas y centros de estacas, que después se dedicaron. Luego, ocurrió el
más grande de los milagros: nos dieron permiso para construir un templo al Señor, que fue diseñado, cons-
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Vano poder los reinos son;
¡mecos los gritos y el clamor.
Constante sólo es tu amor;
al compungido da perdón.
No nos retires tu amor;
haznos pensar en ti, Señor.
(Himnos, NQ 35.)
En el nombre de Jesucristo.
Amén.
Las bendiciones
del sacerdocio
Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de lo Primera Presidencia
"Si mediante estas bendiciones pudiésemos percibir, aunque fuera en
parte, la clase de persona que Dios desea que seamos, se nos quitaría
el temor y nunca volveríamos a dudar."
M
is amados hermanos, hermanas y amigos, quisiera
afirmar mi amor y agradecimiento a todos ustedes por su fidelidad y devoción. Con fervor suplico
su fe y sus oraciones al hablar sobre
un tema muy sagrado e importante:
el poder divino, magnificador y fortalecedor que podemos recibir de las
bendiciones del sacerdocio.
Una bendición del sacerdocio es
sagrada, y puede ser una declaración
santa e inspirada de nuestros deseos
y necesidades. Si estamos en armonía con el Espíritu, recibiremos un
testimonio que confirme la veracidad de las bendiciones prometidas.
Las bendiciones del sacerdocio nos
darán guía en las decisiones que tomemos en la vida, ya sean importantes o de menor trascendencia. Si
mediante estas bendiciones pudiésemos percibir, aunque fuera en parte,
la clase de persona que Dios desea
que seamos, se nos quitaría el temor
y nunca volveríamos a dudar.
Recuerdo lo intrigado que estaba
cuando era niño con una lupa que
mi abuela usaba en su vejez para
leer y tejer. Al enfocar el lente, todo
lo que miraba me parecía mucho
más grande. Pero lo que más me llamaba la atención era lo que sucedía
cuando el lente hacía que se concentraran los rayos del sol en un objeto; al pasar a través del lente de
aumento, el poder de la luz solar era
absolutamente extraordinario.
Este grandioso efecto magnificador se puede comparar con una gran
bendición que Dios le dio a Jacob, al
luchar él la mayor parte de la noche
para recibirla:
"Así se quedó Jacob solo; y luchó
[con un mensajero de Dios (véase
de Joseph Fielding Smith, Doctrina
de Salvación, 3 tomos, 1:16)] hasta
que rayaba el alba...
"Y dijo: Déjame, porque raya el
alba. Y Jacob le respondió: No te
dejaré, si no me bendices.
"Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu
nombre? Y él respondió: Jacob.
"Y el varón le dijo: No se dirá
más tu nombre Jacob, sino Israel;
porque has luchado con Dios y
con los hombres, y has vencido"
(Génesis 32:24, 26-28).
Jacob recibió su bendición por
medio de esta maravillosa experiencia
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y, como herederos de Abraham por la
sangre de Israel, nosotros también recibimos nuestras bendiciones del
favor divino. Como el Señor dice en
Doctrina y Convenios:
"Porque sois herederos legítimos,
según la carne...
"por tanto, vuestra vida y el sacerdocio han permanecido, y es necesario que permanezcan por medio
de vosotros y de vuestro linaje hasta
la restauración de todas las cosas
que se han declarado por boca de
todos los santos profetas desde el
principio del m u n d o " (D. y C.
86:9-10).
A diferencia de Jacob, no es preciso que luchemos físicamente la
mayor parte de la noche para recibir
bendiciones que nos fortalezcan y
magnifiquen. En la Iglesia, mediante
aquellos que han sido autorizados e
incluso señalados para dar bendiciones del sacerdocio, éstas están a disposición de todos los que sean dignos. Los presidentes de estaca, obispos, presidentes de quórum [del
Sacerdocio de Melquisedec] y maestros orientadores están autorizados
para dar bendiciones. Los padres y
los abuelos dignos, así como otros
poseedores del Sacerdocio de
Melquisedec, también pueden dar
bendiciones a los miembros en tiempos de enfermedad y cuando ocurran acontecimientos importantes.
Tales bendiciones individuales son
parte de la revelación continua que
afirmamos tener los miembros de La
Iglesia de Jesucristo de los Santos de
los Últimos Días.
El eider John A. Widtsoe dijo lo
siguiente:
"Todo padre a quien le nazcan
hijos en el convenio es patriarca para
ellos, y tiene el derecho de bendecir a
su posteridad en virtud de la autoridad del sacerdocio que posee"
(Evidences and Reconciliatiom, 3a ed.,
Salt Lake City: Bookcraft, 1943,
pág. 72).
Sabemos que el evangelio siempre ha funcionado y siempre funcionará por medio de la familia. Desde
los primeros tiempos bíblicos, se ha
establecido el orden en la casa
de Israel a través de las unidades
familiares; dentro del grupo familiar
existían en forma i n h e r e n t e un
amor y una preocupación naturales
por sus integrantes, así como los
lazos de sangre para brindar paz y
estabilidad a los pueblos de Dios.
Lo mismo ocurre hoy día esencialmente por las mismas razones.
Ninguna otra unidad de la sociedad
puede servir como substituto eficaz
de los lazos de amor y afecto innatos en las familias.
Los líderes naturales de la familia
son los padres, que hombro a hombro, como iguales, comparten la responsabilidad de guiar amorosamente
a sus hijos. Cada uno de los padres
tiene su propio efecto ennoblecedor.
El poder del sacerdocio debe ser la
influencia predominante en los asuntos familiares. Las bendiciones del sacerdocio no son sólo para los hombres, sino que las reciben en forma
equitativa y plena tanto ellos como
las mujeres y los hijos de la familia.
Cualquier cosa que disminuya el
orden familiar es destructivo para la
familia y la sociedad.
Somos en verdad afortunados de
que haya hombres que han sido específicamente oixlenados y autorizados, mediante su oficio y llamamiento en el sacerdocio, para dar bendiciones y declarar nuestro linaje en
la casa de Israel. La inspirada declaración del linaje es una parte integral de la bendición patriarcal.
Rindo honor y tributo a íos hombres
nobles y fieles que han sido ordenados para ser nuestros patriarcas.
Ellos no han buscado esta pesada y
solitaria responsabilidad; muchos de
ellos se cuentan entre los más humildes y devotos de nuestros hermanos.
Estos hombres elegidos son dignos
de recibir la inspiración de los cielos.
Los patriarcas tienen el privilegio de
conferir bendiciones, ya que tienen
el derecho de hablar con autoridad
por la inspiración del Señor.
El oficio de patriarca es un oficio
del Sacerdocio de Melquisedec y su
función es bendecir, no administrar;
es un llamamiento revelador, sagrado y espiritual que por lo general
continúa durante gran parte de la
vida del que lo haya recibido.
Nuestros patriarcas se dedican plen a m e n t e a sus llamamientos y
hacen todo lo posible por vivir con
fe y dignidad a fin de que cada bendición sea inspirada.
El llamamiento de patriarca se
convierte en una experiencia bella,
sagrada, espiritual que brinda gran
satisfacción. Recibiendo guía del
Espíritu Santo, el patriarca declara,
por medio de la inspiración, el linaje
de la casa de Israel al cual pertenece
la persona que recibe la bendición,
junto con las bendiciones, los dones
espirituales, las promesas, los consejos, exhortaciones y advertencias
que el patriarca se sienta inclinado a
pronunciar. La bendición patriarcal
es, en esencia, una bendición y pronunciación profética.
La bendición patriarcal que recibamos de un patriarca ordenado nos
puede indicar las metas a las que debemos aspirar, lo cual es una revelación personal de Dios para cada uno
de Sus hijos. Si seguimos los consejos
que recibamos, seremos menos propensos a tropezar o a caer en el engaño. Nuestra bendición patriarcal
será como un ancla para nuestra
alma, y si somos dignos, ni la muerte
ni el diablo podrán privarnos de las
bendiciones prometidas; son bendiciones de las que podemos gozar
ahora y para siempre.
Al igual que muchas otras, la
bendición patriarcal la debe solicitar
por lo general la persona que desee
recibirla. Una vez que llega a comprender lo que significa esa bendición, la persona misma es quien
tiene la responsabilidad principal de
procurarla. Exhorto a todos los
miembros de la Iglesia que tengan
esa madurez a que se hagan dignos
de obtener su bendición. Por su propia naturaleza, el cumplimiento de
todas las bendiciones depende de la
dignidad del que las reciba, ya sea
que la bendición explique o no específicamente las condiciones que haya
que llenar. La bendición patriarcal es
principalmente una guía para el futuro y no una lista de los hechos del
pasado; por lo tanto, es importante
que la persona que la reciba sea suficientemente joven para que muchos
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de los acontecimientos significativos
de la vida aún estén en el futuro.
Recientemente me enteré de que
una persona de más de noventa años
recibió la bendición patriarcal; sería
interesante leerla.
La bendición que da el patriarca
no provie de de él. El eider LeGrand
Richards contaba de un patriarca
que una vez le dijo a una hermana:
"Tengo una bendición maravillosa
para darle". Pero cuando le colocó
las manos sobre la cabeza, la mente
se le quedó completamente en blanco. Entonces se disculpó y le dijo:
"Me equivoqué; yo no tengo una
bendición para usted; es el Señor
quien la tiene". La mujer regresó al
día siguiente, después que el patriarca hubo orado con fervor al Señor, y
recibió una bendición en la que se
mencionaban algunos asuntos y preocupaciones que únicamente la
buena hermana conocía. Todas las
bendiciones provienen de Dios,
Nuestro Padre Celestial conoce a
Sus hijos; El conoce sus fortalezas y
sus debilidades; conoce sus capacidades y su potencial. Nuestra bendición patriarcal indica lo que El espera de nosotros y cuál es nuestro
potencial.
La bendición patriarcal se debe
leer con humildad, con un espíritu
de oración y a menudo. Aunque es
algo muy sagrado y personal, se
puede compartir con miembros cercanos de la familia. Es una guía sagrada que contiene consejos, promesas e instrucción del Señor; no obstante, la persona no debe esperar
que la bendición detalle todo lo que
le sucederá ni que dé respuesta a
todas sus preguntas. El hecho de
que una bendición patriarcal no
mencione acontecimientos importantes de la vida, tales como una
misión o el casamiento, no significa
que no se llevarán a cabo. A fin de
que se cumpla lo que se nos promete en la bendición, debemos atesorar
en nuestro corazón las bellas palabras que contiene, meditarlas y vivir
de tal manera que obtengamos las
bendiciones prometidas en la vida
terrenal y una corona de justicia en
el más allá.
Mi propia bendición es breve, y
se limita quizás a las tres cuartas
partes de una página; sin embargo,
ha sido completamente adecuada y
perfecta para mí. La recibí al entrar
en la adolescencia. El patriarca me
prometió que sería "un consuelo y
una guía" para mí durante la vida.
Cuando era joven, la leía una y otra
vez; meditaba sobre cada palabra; y
oraba fervientemente con el fin de
comprender plenamente su significado espiritual. El haber tenido esa
bendición a temprana edad me sirvió de guía a través de todos los
acontecimientos importantes y de
las dificultades de la vida. No obtuve un pleno conocimiento de su significado hasta que adquirí más madurez y experiencia. La bendición
señalaba algunas de las responsabilidades que tendría en el Reino de
Dios aquí en la tierra.
El presidente Heber J. Grant hizo
este comentario acerca de la bendición patriarcal que él recibió:
"El patriarca me puso las manos
sobre la cabeza y me confirió una
breve bendición que quizás sería un
tercio de una página escrita a máquina. Esa bendición predijo mi vida
hasta el momento actual" (citado
por James R. Clark, comp., en
Messages of the First Presidency of
The Church of Jesús Christ of Latterday Saints, 6 tomos, Saít Lakc City:
Bookcraft, 1965-1975,5:152).
El eider John A. Widtsoe dijo:
"Siempre se debe tener presente
que el cumplimiento de las promesas recibidas puede llevarse a cabo
en ésta o en la vida futura. A veces,
las personas han tropezado porque
las bendiciones que se les han prometido no han ocurrido en esta
vida; pero no han tenido presente
que en el evangelio, la vida, con
todas sus actividades, continúa para
siempre, y que las labores de la tierra prosiguen en los cielos. Además,
el Señor, que es quien da las bendiciones, se reserva el derecho de activarlas en nuestra vida según Sus
propósitos divinos. Nosotros estamos en las manos del Señor, y así
también nuestras bendiciones. Pero,
existe el testimonio general de que
cuando se ha obedecido la ley del
evangelio, las bendiciones prometidas se han cumplido" (Evidences and
Reconciliations, pág. 75).
Este punto quedó bien ilustrado
en la bendición patriarcal de mi
padre. En ella se le dijo que sería
bendecido con "muchas bellas hijas".
El y mi madre fueron padres de cinco
varones. No les nació ninguna hija;
pero trataron a las esposas de sus
hijos como hijas. Hace unos años, en
una reunión familiar, vi a las nueras,
nietas y bisnietas de mi padre ocupadas preparando y sirviendo la comida, cuidando a los niños y a los ancianos, y me di cuenta de que la bendición de mi padre literalmente se
había cumplido. El en verdad tiene
muchas bellas hijas. El patriarca que
le dio la bendición tenía visión espiritual para ver más allá de esta vida. La
línea divisoria entre esta vida y la
eternidad desapareció.
La Iglesia está creciendo a un
ritmo acelerado. Actualmente tenemos estacas de Sión en muchos países del mundo, y la mayoría de esas
estacas tienen por lo menos un patriarca. Este progreso hace posible
que por todo el mundo mucha gente
tenga el privilegio de recibir su bendición patriarcal. Como dijo el presidente Joseph Fielding Smith:
"La gran mayoría de aquellos que
se hacen miembros de la Iglesia son
descendientes literales de Abraham
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por conducto de Efraín, hijo de
José" (Doctrina de Salvación, 3:232).
No obstante, Manases, el otro
hijo de José, así como los otros hijos
de Jacob, tienen muchos descendientes en la Iglesia. Y tal vez en
nuestros días ingresen a la Iglesia algunos que no sean del linaje directo
de Jacob. Nadie tiene por qué pensar que a esa persona se le negará
alguna bendición por no ser descendiente directo de Israel. El Señor le
dijo a Abraham:
"Y las bendeciré mediante tu
nombre; pues cuantos reciban este
evangelio serán llamados por tu
nombre; y serán considerados tu
descendencia, y se levantarán y te
bendecirán como padre de ellos"
(Abraham 2:10).
Nefi nos dice que "cuantos de los
gentiles se arrepienten son el pueblo
del convenio del Señor" (2 Nefi
30:2). Por lo tanto, no importa si se
reciben las bendiciones prometidas
a la casa de Israel mediante el linaje
o la adopción.
Algunas personas tal vez se inquieten debido a que los miembros de una
misma familia tienen bendiciones en
las que se les reveía que provienen de
linajes diferentes. Hay familias que
son de linaje mixto. Creemos que la
casa de Israel hoy día constituye una
porción considerable de la familia humana. Debido a que las tribus se han
entremezclado, a un hijo tal vez se le
declare ser de la tribu de Efraín,
mientras que otro de la misma familia
sea de Manases o de una de las otras
tribus. Es posible entonces que las
bendiciones de una tribu predominen
en un hijo, mientras que las bendiciones de otra tribu predominen en otro.
Es así que los hijos de los mismos padres podrían recibir las bendiciones
de tribus diferentes.
Una de las razones principales por
las que hablo sobre este tema es que
la bendición patriarcal testifica de la
divinidad de Cristo y de la veracidad
de la Iglesia. Además, estas bendiciones sagradas fortalecen la vida de
aquellas personas dignas que las reciben. Por lo tanto, las bendiciones de
padre, las bendiciones patriarcales y
otras bendiciones del sacerdocio son
un privilegio extraordinario que pueden recibir los miembros fieles que
posean la madurez suficiente para
comprender su naturaleza e importancia. Estas bendiciones del sacerdocio, que se dan en forma individual, son un testimonio poderoso del
amor del Sefror Jesucristo, quien
desea que todo ser humano alcance
la exaltación; son la revelación personal que recibimos proveniente
de Dios.
Nuestras bendiciones nos alientan en momentos de desánimo, nos
fortalecen, cuando tenemos temor,
nos consuelan cuando estamos afligidos, nos dan valor cuando nos sentimos llenos de dudas y nos dan fuerza
cuando nos sentimos débiles de espíritu. Nuestro testimonio se puede
fortalecer cada vez que leamos la
bendición patriarcal.
Al igual que las imágenes en el
lente de aumento de mi abuela, nos
haremos más fuertes, nuestro talento
y habilidades se magnificarán y multiplicarán, nuestro conocimiento se
ensanchará considerablemente y
nuestra espiritualidad florecerá.
Moroni enseñó que "toda buena dádiva viene de Cristo" (Moroni
10:18). Pero el Señor dijo: "...¿en
qué se beneficia el hombre a quien
se le confiere un don, si no lo recibe?" (D. y C. 88:33.)
Humilde y fervientemente exhorto a los que, por cualquier razón, no
hayan vivido de tal manera de ser
merecedores del cumplimiento de las
bendiciones del sacerdocio pronunciadas sobre ellos, a que pongan su
vida en orden para obtener esas
bendiciones.
Exhorto a los miembros fieles de
esta Iglesia a que traten de comprender el pleno significado de su bendición. Quizás se les haya conferido
dones sin que ustedes se hayan dado
cuenta de ello; esos dones pueden ser
tanto de naturaleza profundamente
espiritual como temporal. Ruego que
todos recibamos nuestros dones.
Al hacerlo, aumentará nuestro
conocimiento, nuestra fe y nuestro
testimonio en el Señor Jesucristo.
Testifico de ello humildemente en el
nombre de Jesucristo. Amén. •
Nuestro mensaje
al mundo
Elder Robert G. Wells
de los Setenta
Nuestro singular mensaje al mundo está centrado en Cristo y consta de
tres partes: la divinidad de Jesucristo como Hijo de Dios, la misión divina
de José Smith y del Libro de Mormón, y la naturaleza divina de La Iglesia
de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
E
n este día del Señor, deseo
referirme al singular mensaje
que presentamos al mundo,
que consta de tres partes y está centrado en Cristo.
LA DIVINIDAD DE JESUCRISTO
COMO HIJO DE DIOS
La primera parte se trata de la
naturaleza divina de Jesucristo como
Hijo de Dios, doctrina que es esencial para comprender el plan de salvación en su totalidad. El es el
Primogénito del Padre en la existencia preterrenal y el Unigénito del
Padre en ía tierra. Dios, el Padre
Eterno, es el Progenitor literal de
nuestro Señor y Salvador Jesucristo y
de todos Sus otros hijos espirituales
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(véase 1 Nefi 11:18, 21; James E.
Talmage, Artículos de Fe, Salt Lake
City: La Iglesia de Jesucristo de los
Santos de los Últimos Días,
pág.512).
Cuando hablamos de la naturaleza divina de Jesucristo por ser
Hijo de Dios, nos referimos también
a Su función como Dios en la esfera
preterrenal. El Primogénito de
Elohim, el Padre, fue escogido y ordenado en los primeros concilios de
los cielos para ser el Salvador de una
raza h u m a n a todavía por nacer
(véase de James E. Talmage, Jesús el
Cristo, Salt Lake City: La Iglesia de
Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pág. 6). Jesús fue también
escogido y enviado por el Padre para
organizar y crear esta tierra, nuestro
sistema solar, nuestra galaxia y aun
mundos sin número.
Jesucristo fue y es el Jehová del
Antiguo Testamento, el Dios de
Adán y de Noé, el Dios de
Abraham, Isaac y Jacob. Jehová se
manifestó y habló a los antiguos profetas, y al hacerlo, habló en el nombre de Su Padre y dijo lo que Su
Padre habría dicho. El Jehová del
Antiguo Testamento es el Jesucristo
del Nuevo Testamento que vino al
mundo como un Ser mortal.
La "naturaleza divina de
Jesucristo como Hijo de Dios" también se refiere a Su designación
como el "Unigénito en la carne".
Tanto las Escrituras antiguas como
El elder LeGrand R. Curtís, a la izquierda, relevado como miembro del Segundo Quórum de
los Setenta en ia conferencia, ¡unto con el eider Robert K. Dellenbach, del Primer Quórum de
los Setenta.
las recientes utilizan el título de
"Unigénito" para destacar la naturaleza divina de Jesucristo. Este título significa que el cuerpo físico de
Jesús era progenie de una madre
mortal y un Padre Eterno inmortal,
un hecho verídico que fue esencial
para la Expiación, ese acto supremo
que ningún hombre común podría
haber realizado. Cristo tenía el
poder para dar Su vida y volverla a
tomar, porque había heredado la
naturaleza inmortal de Su Padre
Celestial. De María, Su madre terrenal, heredó su condición de ser mortal, o sea, la facultad de morir.
Conjuntamente, esta expiación
infinita de Cristo y Su naturaleza
divina como Hijo de Dios constituyen la doctrina más importante
del cristianismo. El eider Bruce R.
McConkie dijo: "Nosotros consideramos que la expiación de Jesucristo
es el centro, el núcleo y el corazón
mismo de la religión revelada" (A
New Witness fox the Articles of Faith,
Salt Lake City: Deseret Book Co.,
1985, pág. 81). Y el libro de Alma
dice: "...éste es el significado entero
de la ley" (Alma 34:14).
LA MISIÓN DIVINA
DE JOSÉ SMITH Y DEL
LIBRO DE MORMÓN
La segunda parte de nuestro mensaje del evangelio, imprescindible
para la Restauración, es la misión
divina que tuvo José Smith y que
tiene el Libro de Mormón de guiar a
la gente hacia Cristo.
Nosotros declaramos que los cielos le fueron abiertos a José Smith y
que de ellos descendió una columna de luz más brillante que el sol.
En medio de esa columna de luz,
aparecieron dos Personajes cuyo
fulgor y gloria no admitían descripción: Dios el Padre y Su Hijo,
Jesucristo. El Padre entonces habló,
diciendo: "José, Éste es mi Hijo
Amado: ¡Escúchalo!" (José Smith—
Historia 1:7).
Una de las características del llamamiento de José Smíth fue que
recibió una capacitación divina
sobre los documentos y las profecías
de los antiguos Apóstoles y profetas.
Los escritos y las enseñanzas del
profeta José Smith son como "una
trama continua del evangelio, tejido
con las verdades sagradas de
Escrituras antiguas y modernas"
(Richard C. Galbraith, Scriptural
Teachings of the Prophet Joseph Smith,
sel. por Joseph Fielding Smith, Salt
Lake City: Deseret Book Co., 1993,
pág. 5).
José Smith era mucho más que un
simple joven campesino sin educación de las regiones de la colonización americana. Por el contrario,
en el proceso de su capacitación divina, recibió la mayor tutoría celestial
jamás otorgada al hombre. La respuesta a sus oraciones provino
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directamente de Dios, no de los libros. Después de la Primera Visión,
recibió otras visiones, como así también numerosas visitas de mensajeros angelicales y "durante varios
años fue educado por los santos ángeles que Dios envió desde los cielos
para que le enseñaran e instruyeran,
preparándolo para establecer los
cimientos de esta Iglesia" (Wilford
Woodruff, en Journal of Discourses,
16:265).
La inspiración del Espíritu Santo
fue asimismo fundamental para
que José Smith interpretara las
Escrituras bíblicas; él recibió revelaciones de Jesucristo y el Urim y
Tumim le proporcionaron otros
medios para recibir instrucciones
adicionales en c u a n t o a las
Escrituras.
Las verdades eternas que enseñó
dieron respuesta a la multitud de
dudas que durante siglos habían
tenido los filósofos. Si estudia las
enseñanzas doctrinales reveladas a
José Smith, toda persona que esté
sinceramente en la búsqueda de la
verdad obtendrá el testimonio de
Jesucristo y de Su misión como
Salvador, Redentor y Abogado nuestro ante el Padre Celestial. Al estudiar estas enseñanzas del profeta
José acerca de nuestro Salvador, desaparecen la incertidumbre y la
duda, y el corazón mismo cambia.
Toda persona honesta descubrirá
un mayor significado de la vida en
las respuestas del Profeta a estas
preguntas filosóficas: ¿De dónde
venimos? ¿Por qué estamos aquí?
¿Hacia dónde vamos? Gracias a las
revelaciones recibidas por José
Smith, el velo de la memoria que
existe entre esta vida y la existencia
preterrenal se torna a veces casi
transparente; y el velo entre esta
vida y el mundo espiritual venidero
se vuelve aún más tenue, haciendo
que los lazos familiares se hagan más
fuertes, más dulces y más significativos, a medida que el corazón de los
hijos se vuelva hacia los padres y el
corazón de los padres se vuelva
hacia los hijos.
El profeta José Smith enseñó que
la misma sociabilidad que disfrutamos
en esta vida continuará en la
venidera, lo cual nos da un gran consuelo cuando nuestros amigos y seres
amados dejan esta tierra (véase D. y
C. 130:2). Las doctrinas de salvación
que este Profeta enseñó destilan
sobre nuestra alma como rocío del
cielo (véase D. y C. 121:45). José
Smith enseñó verdades eternas que
conducen a quienes tienen hambre y
sed de justicia al Cristo viviente y a
Dios el Padre.
Tal como lo fue José Smith, el
Libro de Mormón es un instrumento divino para acercar a sus lectores
a Cristo. Es un compendio de los
anales de profetas que vivieron en
el hemisferio occidental y que
creían en Cristo y profetizaron
sobre Cristo; y algunos de ellos
conocieron en persona a Cristo durante Su breve visita a las Américas
después de Su resurrección. Esos
antiguos profetas de las Américas
escribieron el Libro de Mormón
para nuestros días. Este libro ha superado todas las pruebas a que ha
sido sometido, tanto por el escéptico como por el investigador sincero.
El libro no está en tela de juicio;
somos nosotros quienes lo estamos,
ya sea que aceptemos o rechacemos
sus verdades, enseñanzas, mandamientos y declaraciones (véase 2
Nefi 33:11-14).
El presidente Ezra Taft Benson
nos advirtió elocuentemente que si
nos olvidamos de enseñar y predicar
del Libro de Mormón, y si nos olvidamos de estudiarlo y meditar acerca del contenido de este compendio
de Sagradas Escrituras, estaremos
bajo c o n d e n a c i ó n . Tenemos la
misión y el m a n d a m i e n t o de
declarar al mundo su contenido y
dar testimonio de él (véase D. y C.
84:57-58).
LA NATURALEZA
DIVINA DE LA IGLESIA
Nuestra tercera declaración se
refiere a la divina naturaleza de La
Iglesia de Jesucristo de los Santos de
los Últimos Días para preparar el
camino para la segunda venida de
Cristo. Esta Iglesia ha recibido desde
lo alto la restauración de la autoridad divina para poseer y ejercer el
sacerdocio de Cristo y utilizarlo para
efectuar las ordenanzas que se requieren para la salvación, de modo
que lo que se registre en la tierra sea
también registrado en los cielos.
Dicha Restauración fue esencial
para la Segunda Venida, porque un
estudio de la historia eclesiástica
muestra que se habían violado las
leyes originales, modificado las
auténticas ordenanzas y quebrantado los convenios sempiternos, tal
como lo profetizó Isaías hace muchos siglos (véase Isaías 24:5). Aún
más, Pablo había anunciado que la
Segunda Venida sólo ocurriría después que aconteciera una apostasía
de las enseñanzas originales de
Cristo y Sus Apóstoles (véase
2 Tesalonicenses 2:3-4).
A fin de preparar el camino para
la Segunda Venida, se llevó a cabo,
por medio de José Smith, la restauración de todas las doctrinas y
sagradas ordenanzas necesarias que
Dios había revelado a los Profetas
en dispensaciones anteriores, incluso las ordenanzas del templo, centradas en Jesucristo.
Nosotros poseemos, en su forma
original, todo lo que ha existido en
la tierra como parte del gran plan de
salvación, en su forma inalterada y
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sin modificación. Creemos en la
misma autoridad del sacerdocio que
tuvieron los antiguos; en la misma
organización de la Iglesia original,
encabezada por Apóstoles y profetas; en los mismos dones espirituales; en las mismas Escrituras antiguas, juntamente con las nuevas
Escrituras de los últimos días: el
Libro de Mormón, Doctrina y
Convenios y la Perla de Gran
Precio.
Ruego que cada uno de nosotros
reconozca, mediante el estudio diligente y sincero, cuan importante es
obtener un cabal entendimiento en
cuanto a la naturaleza divina de
Jesucristo como Hijo de Dios, el
Salvador del mundo; de que la divina misión de José Smith fue llevar a
cabo la restauración de los principios y las ordenanzas del Evangelio
de Jesucristo, y también del Libro de
Mormón, que en verdad es otro testamento de que Jesucristo es el Hijo
del Dios viviente; y de que esta
Iglesia, La Iglesia de Jesucristo de los
Santos de los Últimos Días, es "el
reino del Señor que de nuevo se ha
establecido sobre la tierra, en
preparación para la segunda venida
del Mesías" (Introducción del Libro
de Mormón). Así lo declaro y atestiguo humildemente, en el nombre
de Jesucristo. Amén.
"Haced esto en
memoria de mí"
Eider Jeffrey R. Hollcinct
del Quórum de los Doce Apóstoles
"Si recordar es lo más importante que debemos hacer, ¿en qué debemos
pensar cuando se nos ofrecen esos sencillos y preciosos emblemas?"
L
as horas que estaban por
transcurrir cambiarían el significado de la historia de la
humanidad; serían el momento más
grandioso de la eternidad, el milagro
más extraordinario de todos; serían
la contribución suprema a un plan
concebido desde antes de la fundación del mundo para la felicidad
de todo hombre, mujer y niño que
viviera en él. La hora del sacrificio
expiatorio había llegado. El propio
Hijo de Dios, Su Unigénito en la
carne, pronto se convertiría en el
Salvador del mundo.
El lugar era jerusalén durante la
época de la Pascua, una celebración
llena de simbolismo por lo que habría
de suceder. Mucho tiempo atrás, se
había "pas[ado] por encima" de las
casas de los afligidos y esclavizados
israelitas, se les había perdonado la
vida y finalmente liberado por medio
de la sangre de un cordero, untada
sobre el dintel y los postes de las
casas egipcias (véase Éxodo
12:21-24). Eso, a su vez, había sido
sólo una reiteración simbólica de lo
que se les había enseñado a Adán y a
todos los profetas que le sucedieron
desde el comienzo del mundo: que
los corderos puros y sin mancha de
las primicias de los rebaños israelitas
eran una semejanza, señal y representación del grandioso y supremo
sacrificio del Cristo que habría de
venir (véase Moisés 5:5-8).
En aquel día, después de todos
esos años y de todas esas profecías y
ofrendas simbólicas, el símbolo estaba por convertirse en realidad. La
noche en la que el ministerio de
Jesús estaba por llegar a su fin, la
declaración que había hecho Juan el
Bautista ai comienzo de ese ministerio cobró mayor significado que
nunca: "...He aquí el Cordero de
Dios" (Juan 1:29).
Al estar por terminarse aquella
última cena preparada en forma especial, jesús tomó el pan, lo bendijo,
lo partió y se lo dio a Sus Apóstoles,
diciendo: "Tomad, comed" (Mateo
26:26). "Esto es mi cuerpo, que por
vosotros es dado; haced esto en
memoria de mí" (Lucas 22:19). De
igual manera, tomó la copa de vino,
que tradicionalmente se diluía con
agua, y, habiendo dado gracias, la
pasó para que bebieran de ella los
que se encontraban presentes, diciendo: "Esta copa es el nuevo pacto
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en mi sangre", "que... es derramada
para remisión de los pecados".
"Haced esto en memoria de mí".
"Así, pues, todas las veces que
comiereis este pan, y bebiereis esta
copa, la muerte del Señor anunciáis
hasta que él venga" (Lucas 22:20;
Mateo 26:28; Lucas 22:19;
1 Corintios 11:26).
Desde aquel acontecimiento que
tuvo lugar en el aposento alto, en la
víspera de Getsemaní y del Gólgota,
los hijos de la promesa han estado
bajo convenio de recordar el sacrificio de Cristo en esta forma nueva,
más perfecta, más santa y personal.
Con el trozo de pan, siempre partido, bendecido y ofrecido primero,
recordamos Su cuerpo herido y Su
corazón quebrantado, Su sufrimiento
físico sobre la cruz cuando clamó:
"Tengo sed" y finalmente: "Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Juan 19:28; Mateo 27:46).
El sufrimiento físico del Salvador
garantiza que, por medio de Su misericordia y gracia (véase 2 Nefi 2:8),
todo miembro de la familia humana
quedará libre de los lazos de la
muerte y será resucitado triunfal'
mente de la tumba. Claro está que
el momento de la resurrección y el
grado de exaltación que obtengamos
se basan en nuestra fidelidad.
Con un vasito de agua recordamos el derramamiento de la sangre de Cristo y la profundidad de Su
sufrimiento espiritual, la angustia
que comenzó en el h u e r t o de
Getsemaní, en donde dijo: "Mi alma
está muy triste, hasta la muerte"
(Mateo 26:38).
"Y estando en agonía, oraba más
intensamente; y era su sudor como
grandes gotas de sangre que caían
hasta la tierra" (Lucas 22:44).
El sufrimiento espiritual del
Salvador y el derramamiento de Su
sangre inocente, que El ofreció en
forma tan amorosa y voluntaria,
pagó la deuda de lo que las
Escrituras llaman la "transgresión
original" de Adán (Moisés 6:54).
Además, Cristo sufrió por los pecados, los sufrimientos y los dolores de
todo el resto de la humanidad, proporcionando también la remisión de
todos nuestros pecados, a condición
de que obedezcamos los principios y
las ordenanzas del evangelio que Él
enseñó (véase 2 Nefi 9 : 2 1 - 2 3 ) .
Como el apóstol Pablo escribió,
fuimos "comprados por precio"
(1 Corintios 6:20). ¡Qué precio tan
caro y cuan misericordiosa compra!
Es por esa razón que toda ordenanza del evangelio se concentra,
de una forma u otra, en la expiación
del Señor Jesucristo; y no hay duda
de que ésa es la razón por la que
recibimos esa ordenanza particular,
con todos sus simbolismos, más regularmente y con más frecuencia que
ninguna otra en la vida. Se presenta
en lo que se conoce como "la más
sagrada, la más santa de todas las reuniones de la Iglesia" (Joseph
Fielding Smith, Doctrina de
Salvación, comp. por Bruce R.
McConkie, 3 tomos, Salt Lake City:
Bookcraft, 1954-1956,2:320).
Quizás no siempre le demos esa
clase de significado a la reunión
sacramental de todas ías semanas.
¿Cuan "sagrada" y "santa" es? ¿Xa
consideramos como nuestra Pascua,
la forma de recordar nuestra protección, salvación y redención?
Por ser tan trascendental, esta ordenanza, que conmemora nuestra
liberación del ángel de las tinieblas,
debe tomarse con más seriedad de la
que por lo general se le da. Debe ser
un momento importante, reverente,
de reflexión; que promueva sentimientos e impresiones espirituales.
Por tanto, no debe realizarse de prisa;
no es algo que se tenga que hacer "a
la carrera" para de ese modo empezar
con el verdadero propósito de la reunión sacramental, sino que esta ordenanza es el verdadero propósito de
la reunión; y todo lo que se diga, se
cante y se ore en esos servicios debe
estar en armonía con la grandiosidad
de tan sagrada ordenanza.
La administración y el reparto de
la Santa Cena van precedidos de un
himno, que todos debemos cantar,
sea cual sea el talento que tengamos
para hacerlo. De todos modos, los
himnos sacramentales son como
oraciones, iy todos podemos expresarnos en una oración!
Uno sala del Edificio Conmemorativo José Smith, de las varias que dan cabida a la gran cantidad de visitantes que asisten a la conferencia; desde allí pueden ver los procedimientos de la
conferencia en una televisión de pantalla grande.
Jamás podremos comprender
las penas que sufrió,
mas para damos salvación
El en la cruz murió.
(Himnos, No. 119).
Un elemento importante de
nuestra adoración es el unirnos en
esas líricas y conmovedoras expresiones de gratitud.
En esa perspectiva sagrada, les
pedimos a ustedes, jóvenes del
Sacerdocio Aarónico, que preparen,
bendigan y repartan los emblemas
del sacrificio del Salvador de una
manera digna y reverente. ¡Qué
privilegio extraordinario y confianza
tan sagrada se les ha otorgado a tan
temprana edad! No puedo pensar
en mayor elogio que eí cielo les
pudiera conceder. En verdad les
amamos; traten de vivir lo mejor
posible y de vestirse con lo mejor
que tengan cuando participen en el
sacramento de la Santa Cena del
Señor.
Permítanme sugerir que, siempre
que sea posible, tanto los diáconos,
como los maestros y presbíteros que
administran la Santa Cena lleven
camisa blanca. Para las sagradas ordenanzas de la Iglesia, con frecuencia utilizamos ropa ceremonial; por
tanto, una camisa blanca se podría
considerar un tierno recordatorio de
la ropa blanca que utilizaron en la
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pila bautismal y un precedente de la
camisa blanca que pronto se pondrán en el templo y en la misión.
No deseamos que esta simple
sugerencia tenga un tono farisaico
ni formalista; no queremos diáconos
ni presbíteros uniformados que se
preocupen excesivamente por
ninguna otra cosa excepto su propia
pureza. Sin embargo, la forma en
que la gente joven se vista puede
enseñarnos un principio santo a
todos y ciertamente dar a los demás
una impresión de santidad. Como el
presidente David O. McKay dijo
una vez: "Una camisa blanca contribuye al carácter sagrado de la
Santa Cena" (véase "Conference
Report", octubre de 1956, pág. 89).
En el lenguaje sencillo y hermoso
de las oraciones sacramentales que
esos jóvenes presbíteros ofrecen, la
palabra principa! que escuchamos
parecería ser: recordarle. En la
primera y un poco más larga oración
que se ofrece para bendecir el pan,
se menciona nuestra disposición de
tomar sobre nosotros el nombre del
Hijo de Dios y de guardar los mandamientos que El nos ha dado.
Ninguna de esas frases se menciona en la bendición del agua, aun
cuando se da por sentado y se espera que las cumplamos. Lo que se
recalca en ambas oraciones es que
todo se hace en memoria de Cristo.
Cuando tomamos ¡a Santa Cena,
testificamos que siempre le recordaremos para que siempre podamos
tener Su Espíritu con nosotros
(véase D. y 0 20^77, 79).
Si recordar es lo más importante
que debemos hacerj ¿en qué debemos pensar cuando se nos ofrecen
esos sencillos y preciosos emblemas?
Podríamos recordar la vida
preterrenal del Salvador y todo lo
que sabemos que hizo como el gran
Jehová, el Creador de los cielos y de
la tierra y de todas las cosas que hay
en ella; podríamos recordar que aun
en el gran concilio de los cielos Él
nos amaba y fue maravillosamente
fuerte, que aun allí triunfamos mediante el poder de Cristo y nuestra
fe en la sangre del Cordero (véase
Apocalipsis 12:10-11).
Podríamos recordar la sencilla
grandeza de su nacimiento terrenal
a una joven mujer, que posiblemente tuviera la edad de las
jovencitas de nuestra organización
de las Mujeres Jóvenes, que habló
por cada una de las mujeres fieles de
todas las dispensaciones de los tiempos, cuando dijo: "He aquí la sierva
del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra" (Lucas 1:38).
Podríamos recordar Su magnífico
pero virtualmente desconocido
padre "adoptivo", un humilde
carpintero que nos enseñó, entre
otras cosas, que han sido personas
tranquilas, sencillas y sin pretensiones, las que han sacado adelante
esta magnífica obra desde el
comienzo y continúan haciéndolo
en la actualidad. Si prestan servicio
en forma casi anónima, recuerden
que de esa forma también lo hizo
uno de los mejores hombres que ha
vivido sobre la faz de la tierra.
Podríamos recordar los milagros y
las enseñanzas de Cristo, la forma
en que Él sanó y prestó ayuda a Sus
semejantes; podríamos recordar que
devolvió la vista al ciego, el oído al
sordo y el movimiento al lisiado, al
mutilado y al atrofiado. Entonces,
en esos días en que sintamos que
nuestro progreso se ha detenido o
nuestra alegría y la visión del futuro
se ha empañado, podremos seguir
adelante con firmeza en Cristo, con
una fe inquebrantable en Él y un
fulgor perfecto de esperanza (véase
2 Nefi 31:19-20).
Podríamos recordar que aun a
pesar de la misión solemne que se le
había encomendado, el Salvador encontraba deleite en la vida, disfrutaba de la gente y les dijo a Sus discípulos que tuvieran ánimo. Él dijo
que debíamos sentirnos tan llenos
de regocijo con el evangelio como
alguien que haya encontrado una
verdadera perla de gran precio a las
puertas de su casa. Podríamos recordar que Jesús encontró gozo y felicidad especiales en los niños, y recalcó que todos deberíamos ser como
ellos: inocentes y puros, prestos para
reír, amar y perdonar, y lentos para
recordar cualquier ofensa.
Podríamos recordar que Cristo
llamó amigos a Sus discípulos y que
los amigos son los que nos dan su
apoyo en los momentos de soledad o
a las puertas de la desesperación;
podríamos recordar a un amigo con
el cual necesitemos ponernos en
contacto o, mejor aún, a alguien a
quien debamos ofrecer nuestra
amistad. Al hacerlo, podríamos
recordar que Dios muchas veces nos
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proporciona Sus bendiciones por
medio del servicio oportuno y caritativo de otra persona. Para alguien
que se encuentre cerca de nosotros,
es posible que seamos el medio por
el cual el cielo da contestación a
una apremiante oración.
Podríamos, y deberíamos, recordar
las cosas maravillosas que hemos
recibido en nuestra vida y que "todas
las cosas que son buenas vienen de
Cristo" (Moroni 7:24). Los que
recibimos abundantes bendiciones
podríamos recordar el valor de aquellos que nos rodean y que enfrentan
más dificultades que nosotros pero
que permanecen animados, que
hacen todo lo que está a su alcance y
confían en que la Estrella
Resplandeciente de la Mañana
aparecerá nuevamente para ellos,
como por cierto lo hará (véase
Apocalipsis 22:1.6).
Habrá ocasiones en que tendremos razón para recordar el trato
cruel que se le dio, el rechazo que
sufrió y la injusticia —la terrible
injusticia— que padeció. Cuando
nosotros enfrentemos algo semejante en la vida, podremos recordar que Cristo también estuvo
atribulado por doquier, mas no angustiado; confuso, mas no desesperado; perseguido, mas no desamparado; derribado, pero no destruido (véase 2 Corintios 4:8-9).
Cuando nos lleguen esas épocas
difíciles, podemos recordar que Jesús
tuvo que descender debajo de todo
antes de ascender a lo alto, y que
sufrió dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases para estar
lleno de misericordia y saber cómo
socorrer a Su pueblo en sus enfermedades (véase D. y C. 88:6; Alma
7:11-12).
Él está allí para sostener y fortalecer a los que vacilen o tropiecen. Al
final, está allí para salvarnos, y por
todo ello Él dio su vida. Por más obscuros que parezcan nuestros días,
para el Salvador del mundo han sido
aún mucho más tenebrosos.
De hecho, en Su cuerpo resucitado y en toda otra forma perfecto, el
Señor de esta mesa sacramental ha
optado por mantener las heridas en
las manos, los pies y el costado para
beneficio de Sus discípulos, como
señales, por así decirlo, de que aun
los que son perfectos y puros pasan
por trances dolorosos; señales de que
el dolor en este mundo no es una evidencia de que Dios no nos ama. Es
el Cristo herido el que es el capitán
de nuestra alma, el que todavía lleva
consigo las cicatrices de Su sacrificio, las lesiones del amor, la humildad y el perdón.
Son esas heridas las que El invita
a ver y palpar, a viejos y jóvenes,
antes y ahora (véase 3 Nefi 11:15;
18:25). Entonces recordamos con
Isaías que fue por cada uno de
nosotros que nuestro Maestro fue
"despreciado y desechado.-, varón de
dolores, experimentado en quebranto" (Isaías 53:3). En todo eso podríamos pensar cuando un joven
presbítero arrodillado nos invita a
recordar a Cristo siempre.
Esta ordenanza no se realiza más
con una cena, pero continúa siendo
un b a n q u e t e . Por medio de ella
podemos adquirir la fortaleza que
precisaremos para hacer frente a lo
que se nos presente en la vida, y al
hacerlo, demostraremos más compasión hacia los demás a lo largo del
camino.
En esa noche de profunda angustia y sufrimiento, Cristo les pidió a
Sus discípulos una sola cosa: que le
apoyaran y se mantuvieran junto a
Él en esa hora de pesar y dolor. "¿Así
que no habéis podido velar conmigo
una hora?", preguntó entristecido
(Mateo 26:40). Yo creo que esa
misma pregunta nos la hace a todos
nosotros cada domingo en que se
parten, bendicen y reparten los emblemas de Su vida.
Jesús, en la corte celestial,
mostró Su gran amor
al ofrecerse a venir
y ser el Salvador.
(Himnos, No. 116).
"Cuan asombroso es lo que dio
por mí" (Himnos, No. 118). Testifico
de El, quien es el Autor de todo, y lo
hago en el nombre de Jesucristo.
Amén. D
Mantengámonos firmes;
guardemos la fe
Presidente Gordon B. Hinckley
"Ésta es Su obra. Nunca lo olvidemos. Aceptémosla con entusiasmo
y amor."
M
is hermanos y hermanas,
deseo agradecerles el sostén que, con la mano y el
corazón, nos brindan, y también sus
expresiones de confianza y de amor.
Lo que he visto y escuchado al
haber viajado para visitar a los
miembros de muchos lugares durante estos últimos seis meses ha fortalecido mi fe en esta gran obra.
Tengo un gran deseo de estar con
ustedes, los Santos de los Últimos
Días de todo el mundo, de contemplar su rostro, de estrechar sus
manos y, en forma más personal, expresarles mis sentimientos acerca de
esta obra santa; de sentir su espíritu
y amor por el Señor y por Su causa
sublime. Quisiera poder agradecerles
en persona la bondad que de tantas
maneras siempre nos han demostrado. Yo sé que sólo mediante el servicio que prestemos mereceremos su
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respeto, confianza y amor. Un solo
deseo tengo: que mientras el Señor
me dé fuerzas, pueda servirle con fidelidad y eficacia por medio del servicio que presto a Sus hijos, que son
ustedes, mis hermanos y hermanas.
Dedico para ello mis fuerzas, mi
tiempo y toda posible habilidad que
posea.
Amo mucho a esta Iglesia; amo al
profeta José Smith, a quien Dios,
nuestro Padre Eterno, y nuestro
Señor resucitado le hablaron tan
personalmente como yo les hablo
hoy a ustedes. Siento un inmenso
amor por todos los que aceptaron su
testimonio en aquellos primeros
años tan difíciles; la vida que llevó
esa gente constituye, en gran manera, la historia de los primeros días de
esta obra. Es maravilloso tener antecedentes tan extraordinarios. Ellos
dieron vida a esta gran causa mundial que conocemos como La Iglesia
de Jesucristo de los Santos de los
Últimos Días.
Agradezco al Señor que, desde
niño, haya plantado en mi corazón
este amor que tengo por el profeta
José Smith, por el Libro de Mormón
y por aquellos hombres y mujeres
nobles que tanto sufrieron para establecer los cimientos sobre los cuales
edificar esta causa y reino. Amo el
sacerdocio que tenemos, esta autoridad que se ha dado a los hombres
para hablar en el nombre de Dios.
Estoy agradecido por su poder y autoridad, que se extienden aun más
allá del velo de la muerte. Amo a los
santos, dondequiera que anden con
fe y fidelidad; doy gracias por la fortaleza de sus testimonios y por su
probidad. Amo a los misioneros que
se encuentran prestando servicio
por todo el mundo, dando testimonio de la restauración deí evangelio.
Ruego por cada uno de ellos para
que sean protegidos y guiados hacia
aquellos que hayan de aceptar su
mensaje.
Amo a los jóvenes de esta iglesia,
muchísimos de los cuales están llenos de entusiasmo, buscan la verdad, oran y tratan de hacer lo justo.
Guardo un enorme respeto y amor
por las hermanas de la Sociedad de
Socorro; por las hermanitas de la organización de las Mujeres Jóvenes;
por los niños de la Primaria, que son
tan hermosos, vivan donde vivan y
sea cual sea el color de su piel o sus
condiciones de vida.
Estoy muy agradecido por nuestros obispos y quienes sirven con
eílos; por nuestros presidentes de estaca y sus consiervos; por las nuevas
Autoridades de Área y por mis hermanos
de las Autoridades
Generales. Abrigo un verdadero
sentido de optimismo con respecto a
esta obra; he vivido bastante para
haber presenciado el milagro de su
progreso; he tenido el privilegio de
ayudar a consolidar su establecimiento en casi todo e! mundo; su
progreso continúa en todas partes y
tiene una gran influencia para el
bien en un número cada vez mayor
de personas.
Nuestros expertos en estadísticas
me dicen que si la tendencia actual
perdura, en febrero de 1996, es
decir, dentro de pocos meses, habrá
más miembros de la Iglesia en el
resto del mundo que en los Estados
Unidos.
El llegar a ese punto es algo maravillosamente significativo porque
representa los resultados de nuestra
noble labor en beneficio al prójimo.
El Dios de los cielos, cuyos siervos
somos, nunca tuvo como meta que
ésta fuera una obra de alcance limitado. Juan el Revelador vio "volar
por en medio del cielo a otro ángel,
que tenía el evangelio eterno para
predicarlo a los moradores de la
tierra, a toda nación, tribu, lengua y
pueblo" (Apocalipsis 14:6). Ese
ángel ya ha venido; se llama
Moroni. Su voz ha hablado desde el
polvo para traernos otro testamento
de la existencia real del Señor
Jesucristo.
No hemos llevado aún el evangelio a toda nación, tribu, lengua y
pueblo, pero hemos progresado a
grandes pasos en esta labor. Hemos
ido adonde se nos ha permitido entrar. Dios está al timón, y por medio
de Su poder las puertas se abrirán
conforme a Su voluntad. De eso
estoy seguro.
No puedo entender a aquellos
que carecen de visión y consideran
esta obra como algo limitado y de
miras estrechas, y no alcanzan a
comprender que tiene que llegar a
todas partes. Pero tan indudable
como lo es la existencia de nuestro
Padre Celestial y de Su Hijo
Jesucristo, nuestro Redentor Divino,
también lo es el hecho de que esta
obra ha sido diseñada para cubrir el
mundo entero.
Siempre me ha intrigado la historia de Caleb y Josué y de los otros
espías de Israel. Moisés dirigió a los
hijos de Israel por el desierto; en el
segundo año de su peregrinaje, escogió a un representante de cada una
de las doce tribus y los envió a la
tierra de Canaán para que recogieran datos en cuanto a sus recursos
naturales y su gente. Caleb representaba a la tribu de Judá y Josué, a
la de Efraín. Los doce se internaron
en la tierra de Canaán y encontraron que era muy productiva; cuarenta días más tarde regresaron llevando algunas de "las primeras
uvas" como evidencia de su fertilidad {Números 13:20).
Caleb y Josué se presentaron ante
Moisés y Aarón, y ante toda la congregación de los hijos de Israel y, refiriéndose a la tierra de Canaán, dijeron que allí "ciertamente [fluía]
leche y miel; y este es el fruto de
ella" (Números 13:27).
Pero los otros diez espías cayeron
víctima de sus propias dudas y temores y presentaron un informe negativo en cuanto al número y la
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estatura de los cananeos, diciendo
que ese pueblo era "más fuerte que
nosotros" (Números 13:31), y que
ellos eran, a su parecer, como langostas en comparación con los "gigantes" que decían haber visto en
ese país. Fueron, pues, víctimas de
sus propios temores.
Caleb y Josué hablaron al pueblo,
diciendo:
"...La tierra por donde pasamos
para reconocerla, es tierra en gran
manera buena.
"Sí Jehová se agradare de nosotros, él nos llevará a esta tierra, y
nos la entregará; tierra que fluye
leche y miel.
"Por tanto, no seáis rebeldes contra jehová, ni temáis al pueblo de
esta tierra; porque nosotros los comeremos como pan; su amparo se
ha apartado de ellos, y con nosotros
está Jehová; no los temáis"
{Números 14:7-9).
Sin embargo, el pueblo se inclinó
más a aceptar el informe de los diez
que dudaban que el de Caleb y
Josué.
Fue entonces que el Señor declaró que los hijos de Israel debían
deambular por el desierto durante
cuarenta años, hasta que pereciera
la generación de incrédulos, de los
que dudaban y tenían temor. Las
Escrituras nos dicen que "aquellos
varones que habían hablado mal de
la tierra, murieron de plaga delante
de Jehová.
"Pero Josué ...y Caleb ...quedaron
con vida, de entre aquellos hombres
que habían ido a reconocer la tierra"
(Números 14:37-38).
Fueron ellos los únicos que sobrevivieron después de las cuatro décadas de peregrinación y que tuvieron
el privilegio de entrar en la tierra
prometida, la tierra de la que habían
presentado un buen informe.
Vemos a nuestro derredor a algunos que son indiferentes en cuanto
al futuro de esta obra, que son apáticos, que hablan de limitaciones, que
expresan temores, que se dedican a
buscar y a escribir sobre lo que consideran debilidades pero que en realidad son de poca importancia.
Dudando del pasado, carecen de vi-
sión en cuanto al futuro.
Bien se ha dicho en tiempos antiguos: "Sin profecía el pueblo se desenfrena" (Proverbios 29:18). No
hay lugar en esta obra para aquellos
que sólo piensan con pesimismo y
desesperanza. El evangelio significa
"buenas nuevas". Es un mensaje
triunfal y su causa debe aceptarse
con entusiasmo;
El Señor nunca dijo que no tendríamos problemas. Nuestro pueblo
ha padecido aflicciones de toda índole a manos de quienes se han
opuesto a esta obra; pero aun en sus
pesares, ha manifestado su fe. Esta
obra ha progresado constantemente,
y desde sus comienzos nunca ha retrocedido. Pienso en la persecución
y las calumnias de que fue objeto el
jovencito José Smith por parte de
quienes eran mayores que él. Pero su
dolor por las heridas de la persecución fue mitigado por la declaración
de Moroni, quien le dijo que Dios
tenía para él una obra "y que entre
todas las naciones, tribus y ienguas
se tomaría [su] nombre para bien y
para mal, o sea, que se iba a hablar
bien y mal de [él] entre todo pueblo"
{José Smith-Historia 1:33).
Él y su hermano Hyrum fueron
asesinados el 27 de junio de 1844.
Sus enemigos pensaron que eso
daría fin a la causa por la cual José y
Hyrum Smith habían sacrificado su
vida; ni siquiera se imaginaban que
la sangre de estos mártires habría de
nutrir las tiernas raíces de la Iglesia.
Días pasados estuve en los viejos
muelles de Liverpool, Inglaterra. Ese
día, un viernes por la mañana, no se
notaba mucha actividad, pero años
atrás ese mismo lugar fue como una
verdadera colmena. En el siglo pasado, decenas de miles de miembros
de la Iglesia recorrieron las calles
empedradas que ese día visitamos;
habiéndose convertido a La Iglesia
de Jesucristo de los Santos de los
Últimos Días, de allí partieron personas de las Islas Británicas y de
otras naciones europeas. Llegaron
con un testimonio en los labios y
gran fe en el corazón. ¿Fue acaso difícil para ellos dejar sus hogares y
viajar hacia un mundo desconocido?
íPor supuesto que lo fue! Pero lo hicieron con optimismo y entusiasmo.
Se embarcaron en naves a vela, sabiendo que el cruce del océano
sería, en el mejor de los casos,
arriesgado; en seguida se dieron
cuenta de que en la mayor parte del
viaje tendrían que sufrir condiciones
pésimas. Semana tras semana
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debieron permanecer hacinados en
pequeños camarotes; padecieron
tormentas y enfermedades; muchos
perdieron la vida y fueron sepultados en alta mar. La travesía era
ardua y desconsoladora; y claro que
surgieron dudas, pero su fe probó ser
más fuerte que esas dudas. Su optimismo eclipsaba sus temores; su
sueño era llegar a Sión y allá se dirigían para realizarlo.
Con un enorme espíritu optimista basado en la sólida roca de la fe,
construyeron este Tabernáculo en
el que hoy estamos reunidos.
Trabajaron cuarenta años para edificar el templo que se halla a pocos
pasos de aquí. Pero a través de
todas sus dificultades brillaba la resplandeciente visión del progreso de
esta obra.
Apenas puedo imaginar la magnitud de la fe con que Brigham Young
guió a millares de personas por eí
desierto. Él nunca había visto esta
tierra, excepto en una visión; su hazaña requirió una proeza que está
más allá de nuestra comprensión.
Para él, venir aquí era parte esencial
del gran designio para el progreso y
destino de esta causa. Quienes lo siguieron iban detrás de un grandioso
sueño.
Y así fue en la última parte del
siglo pasado. Parecía que el mundo
entero se nos oponía; pero los que
ejercieron su fe podían ver el sol que
brillaba detrás de las nubes obscuras
y sabían que si se mantenían firmes,
la tormenta se disiparía.
En la actualidad andamos a la luz
de la buena voluntad. Existe en algunos una tendencia a volverse indiferentes; hay quienes, atraídos por
las cosas del mundo, se olvidan de la
causa del Señor; veo a otros que
consideran que está bien rebajar sus
normas, tal vez pensando que son
cosas de poca importancia; pero ai
hacerlo, pierden el entusiasmo por
la obra. Por ejemplo, piensan que
guardar santo el día del Señor no es
muy importante y dejan de asistir a
las reuniones; se vuelcan a la crítica
y empiezan a hablar mal de otros.
En breve, estarán completamente
alejados de la Iglesia.
¡Cuan maravilloso es el presente, a
medida que avanzamos para bendecir la vida de nuestros semejantes en
cualquier lugar donde escuchen y
obedezcan el mensaje de ios siervos
del Señor! Y cuan maravilloso
será el futuro, a medida que el
Todopoderoso haga avanzar Su obra
gloriosa y bendiga a todo aquel que
acepte y viva Su Evangelio, extendiéndose aun para bendecir eternamente a Sus hijos de todas las generaciones por medio de la obra abnegada de aquellos cuyo corazón esté
repleto de amor por el Redentor de
la humanidad.
En la época llamada la Gran
Depresión, había un cartel colgado
de un viejo alambrado, en el que el
granjero había escrito lo siguiente:
Quemado por las sequías
y anegado por las inundaciones;
devorado por los conejos;
decomisado por eljuez^
¡Todavía estoy aquí!
El profeta José Smith dijo en una
ocasión: "Donde reina la duda, la fe
pierde su poder" (Lecturas on Faith,
Saít Lake City: Deseret Book Co.,
1985,pág.46).
Invito a todos los que se hayan
alejado a que regresen al fuerte y sólido fundamento de la Iglesia. Ésta
es la obra del Todopoderoso. Si
hemos de lograr algún progreso individual, todo depende de nosotros
mismos. Pero la Iglesia nunca dejará
de progresar. Recuerdo una antigua
canción que escuché cantar con
vigor a un grupo de varones, que
dice: "Para empezar, denme
diez hombres valientes, y pronto
tendré yo otros diez mil" (Osear
Hammerstein, Stouthearted Mein).
Cuando el Señor se llevó a Su
lado a Moisés, le dijo entonces a
Josué:
"Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni
desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que
vayas" (Josué 1:9).
Ésta es Su obra; nunca lo olvidemos. Aceptémosla con entusiasmo y
amor. No temamos, porque Jesús es
nuestro líder, nuestra fortaleza y
nuestro Rey.
Vivimos en una era de pesimismo, pero la nuestra es una misión de
fe. A mis hermanos de todas partes,
les exhorto a que afiancen su fe y
hagan progi'esar esta obra en todo el
mundo. Ustedes podrán fortalecerla
mediante la forma en que vivan;
hagan del evangelio su espada y su
escudo. Cada uno de nosotros tiene
una responsabilidad en ésta, la
causa principal de la tierra; su doctrina tuvo origen en la revelación
divina; su sacerdocio ha sido conferido de los cielos. Otro testamento
ha sido agregado a su testimonio de
Jesucristo, y es literalmente la pequeña piedra del sueño de Daniel
que fue "cortada del monte, no con
mano..., [para] rodar, hasta que
llene toda la tierra" (D. y C. 65:2).
"Hermanos, ¿no hemos de seguir
adelante en una causa tan grande?
Avanzad, en vez de retroceder.
¡Valor, hermanos; e id adelante,
adelante a la victoria!" (D. y C.
128:22). Así lo escribió el profeta
José Smith en un salmo de fe.
¡Cuan glorioso es el pasado de
esta causa maravillosa! Está lleno de
heroísmo, valentía, audacia y fe.
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Y así es con nosotros. Hay quienes han atentado contra nosotros,
oponiéndose, criticándonos y pronosticando nuestro fracaso. Han intentado de todas formas dañar y
destruir esta Iglesia. Pero todavía estamos aquí, más fuertes y decididos
a seguir avanzando. Para mí, esto es
motivo de regocijo; es maravilloso.
Pienso como Ammón, cuando dijo:
"Ahora bien, ¿no tenemos razón
para regocijarnos? Sí, os digo que
desde el principio del mundo no ha
habido hombres que tuviesen tan
grande razón para regocijarse como
nosotros la tenemos; sí, y mi gozo se
desborda, hasta el grado de gloriarme en mi Dios; porque él tiene todo
poder, toda sabiduría y todo entendimiento;..." (Alma 26:35).
Invito a cada uno de ustedes, los
miembros de esta iglesia, doquiera
que estén, que se levante con un
canto en el corazón y avance, viviendo el evangelio, amando al Señor y
edificando Su reino. Juntos, nos
mantendremos firmes y guardaremos
la fe, pues el Todopoderoso es nuestra fortaleza. En el nombre de
Jesucristo. Amén. •
SESIÓN DEL D O M I N G O POR LA TARDE
Io de octubre de 1995
"Buscad primeramente
el reino de Dios"
Eider David B. Haight
del Quórum de los Doce Apóstoles
"Si buscamos primero el Reino de Dios y vivimos como debemos, todo
lo demás se coloca en la perspectiva apropiada y ocurren hechos
maravillosos."
A
medida que nos hacemos
más viejos, actuamos con
más lentitud, por lo tanto,
les ruego que tengan paciencia y
sean tolerantes con nosotros. Le
agradezco al Señor Sus bendiciones,
el haber podido asistir a esta conferencia y haber escuchado lo que se
ha dicho hasta ahora. Éste es un
período trascenderla! en la historia
de la Iglesia.
Cuando el eider LeGrand
Richards iba entrando en años, por
lo general los discursos que daba en
la conferencia eran improvisados.
Como sabrán, tenemos ciertas restricciones de tiempo; por consiguiente, surgió la preocupación de
cómo podrían avisarle que se le
había acabado el tiempo asignado
para su discurso. La solución fue instalar en el pulpito una lucecita que
se prendía y se apagaba para
hacérselo saber. Durante uno de sus
discursos, él dijo: "Aquí hay una
lucecita que se prende y se apaga".
Para la próxima conferencia hicieron
la luz roja, pero él resolvió el problema poniéndole la mano encima. Así
que tal vez hoy yo tenga que valerme
de alguna de esas ideas. A nuestra
edad, llega el punto en que el apuntador eléctrico ya no da resultado;
luego, atribuimos los problemas a los
que se encargan de la impresión y
parecen no hacer un buen trabajo al
imprimir el texto; además, encontramos que la tinta que se usa hoy
no es tan buena como la que
solíamos utilizar. De todos modos, es
un honor y estoy muy agradecido de
estar con ustedes.
Estoy seguro de que los que estuvieron presentes esta mañana
sintieron lo mismo que yo sentí al
escuchar a nuestro Profeta y líder:
que el manto del Profeta de Dios
descansa debidamente y con autoridad divina sobre Gordon B.
Hinckley. Cuando él pronunció sus
palabras de consejo esta mañana,
con firme dirección e inspiración, y
alentándonos a fijar metas más elevadas, sentí como si estuviéramos
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escuchando la voz del Señor. En la
sección 88 de D o c t r i n a y
Convenios, el Señor nos enseña
que Su voz es Espíritu (véase el
versículo 66).
Estoy agradecido no solamente
de estar aquí, sino también por la
buena música y la influencia que
ésta tiene sobre nosotros; por el
himno que el coro e n t o n ó esta
mañana, "Por tus dones loor cantamos" (Himnos, N- 19). Mientras entonaban esas palabras, pensé en la
fortaleza que he recibido, no sólo en
esta conferencia, sino a lo largo de
mi vida, en la fuerza que recibimos
cuando somos miembros fieles y
obedientes de la Iglesia. El hecho de
vivir como debemos se convierte en
nuestra fortaleza de carácter.
Mi abuelo vivió algunos años en
Farmington, Utah, pero después se
le solicitó que se mudara con su familia a la zona central del sur del estado de Idaho y colonizaran una
nueva comunidad, a la cual íe pondrían el nombre de Oakley. Cuando
se mudaron, mi padre, Héctor, era
apenas un adolescente. Por esa
misma época, mi madre, Clara, era
también una jovencita que vivía en
la ciudad de Tooele, Utah, cuando a
su padre le pidieron que se mudara a
Oakley y ayudara a construir el
primer molino de harina. Fue así
que Héctor y Clara se enamoraron
en aquel pueblito de Idaho.
En 1890, cuando les llegó el momento de contraer nupcias, no preguntaron en dónde se casarían ni lo
que harían, porque ya lo sabían.
Para aquellos que no estén familiarizados con la ubicación geográfica
de Oakley, esa parte de Idaho se encuentra a aproximadamente 300
kilómetros de distancia del Templo
de Logan. El 15 de mayo de 1890,
mis padres hicieron el viaje desde
ese pequeño pueblo al Templo de
Logan para contraer matrimonio.
Muchas veces me he preguntado
cómo harían el viaje. Imagínense
uno de esos viejos coches de doble
asiento, sin soportes laterales, y tirado por un par de caballos. A pesar
de las intensas lluvias primaverales,
salieron en ese coche para empezar
su viaje de cerca de 300 kilómetros.
No sé cuántas personas los acompañaron, pero si comparamos ese
coche de tiro con un automóvil
moderno con ventanas automáticas,
calefacción, radio y asientos cómodos, veríamos que existe una gran
diferencia. Imagínense a esos
jóvenes haciendo los preparativos
con algunos de sus familiares para
realizar el largo viaje que les llevaría
una semana. Se dispusieron a partir,
para llevar a cabo la jornada de siete
días en aquel coche tirado por caballos, sin bolsas de dormir ni ropa
de invierno como las que tenemos
actualmente. Tenían, sin embargo,
los artículos apropiados para aquella
época: mantas y acolchados, y sacos
de harina llenos de alimentos.
De modo que cuando cantamos
acerca de la fuerza que el Señor nos
ha dado, debemos darle las gracias
por la fortaleza de nuestras raíces,
de quiénes somos, de nuestras
creencias y de la manera en que
vivimos. ¿Se preguntan los jóvenes
de hoy si sería un inconveniente viajar unos cuantos kilómetros hasta
el Templo de Manti, o el Templo de
Saint George, o el Templo de
Atlanta, Georgia, o incluso el
Templo de Estocolmo, en Suecia, o
el de Johanesburgo, en Sudáfrica, o
cualquier otro? Imagínense cómo
eran las cosas hace apenas unos
cuantos años, y el viaje a un templo
quizás no les parezca un inconveniente tan grande.
Mi esposa Ruby y yo celebramos
recientemente nuestro sexagésimo
quinto aniversario de bodas, ya que
fue el 4 de septiembre de 1930 que
contrajimos matrimonio en el
Templo de Salt Lake. Cuando a la
mañana siguiente fuimos a despedirnos de su madre, que vivía en la
Calle M, en Salt Lake City, ella nos
preparó durante esos emotivos momentos una canasta con alimentos
para que nos lleváramos, y me dijo:
"David, prométeme que cuidarás a
Ruby", a lo que yo contesté: "Le
prometo que lo haré". En ocasiones,
le digo a Ruby que algún día voy a
encontrar a su madre, y que espero
poder decirle con toda sinceridad
que he cuidado bien a su hija.
Ruby y yo nos casamos de la
manera debida: fuimos sellados en
el templo con sus divinos convenios y promesas que promueven la
confianza, la fidelidad, la devoción
y la dedicación. Hoy, después de
sesenta y cinco años maravillosos,
reflexionamos sobre el tiempo que
hemos pasado juntos y nos damos
cuenta de que, con el correr de los
años, el matrimonio se hace cada
vez mejor.
Cuando Ruby y yo salimos para
California en 1930, en nuestro pequeño auto Ford T, cruzamos el estado de Nevada haciendo en partes
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160 kilómetros por carreteras sin
pavimento y llenas de baches; claro
que no eran 160 kilómetros por
hora sino que por cada cincuenta
kilómetros que avanzábamos
pasábamos ciento diez subiendo y
bajando por caminos ásperos y desiguales. Nunca habíamos estado
en California, de modo que cuando
por fin llegamos al Lago Tahoe, ese
enorme lago nos pareció cálido y
bello [el lago se encuentra en la
frontera de los estados de Nevada y
California]. Yo no sabía que el agua
estaba helada a tan sólo tres
c e n t í m e t r o s de la superficie.
Encontramos un modesto hotel,
nos fuimos al cuarto y decidimos
p o n e r n o s i n m e d i a t a m e n t e los
trajes de baño e ir al íago. Yo
quería demostrarle a mi esposa que
se había casado con un "verdadero" hombre. Caminamos por
el muelle hacia el lago, el cual me
pareció sumamente hermoso; la
tarde había empezado a caer. Con
el fin de demostrarle a Ruby la
suerte que había tenido al encontrar un marido tan excepcional, me
zambullí de cabeza. Al descender
en aquella agua casi congelada,
tuve la seguridad de que me iba a
morir y rogué con todas mis fuerzas
poder salir.
El resto del camino hasta
Berkeley, California, fue bastante
divertido. Una vez en la ciudad, encontramos un apartamento amueblado por cuarenta y cinco dólares
al mes. Al segundo día, cuando
llegué a casa, me di cuenta de que
la llave no abría la puerta. Por fin
me fui a hablar con la administradora del edificio y le dije: "No
sé por qué, pero mi llave no abre la
puerta", a lo que ella me respondió:
"Naturalmente; lo que sucede es
que su esposa se mudó". "¿Que se
mudó?", le pregunté confundido.
"Sí", me explicó, "teníamos otro
apartamento que se alquilaba por
cinco dólares menos".
Un día, Ruby y yo calculamos que
nos habíamos mudado veintisiete
veces a diversas partes de los Estados
Unidos. En tres diferentes ocasiones
nos mudamos a California; dos veces
a Illinois, y así anduvimos, de aquí
para allá. Pero a pesar de todo, contemplamos el pasado con gran gozo.
Hoy, con nuestros tres hijos y alrededor de cincuenta y tantos nietos y
bisnietos, afirmamos: "¡Cuan maravillosa ha sido la vida que hemos
disfrutado juntos!"
Si buscamos primero el Reino de
Dios y vivimos como debemos, todo
lo demás se coloca en la perspectiva
apropiada y ocurren hechos maravillosos. De manera que, al contemplar
a nuestra familia, nos complace que
todos nuestros nietos y algunas nietas hayan cumplido misiones regulares. Todos comprenden el signifi-
cado de la canción "Soy un hijo de
Dios" (Himnos, NQ 196), y les gusta
cantarla, así-corno otros maravillosos himnos de Sión. Nos sentimos
orgullosos de todos ellos. Un miembro de nuestra familia tiene una pequeña acuarela, la cual no es obra
de un pintor famoso, sino de unos
niños de Armenia que la obsequiaron en señal de agradecimiento
después de haber recibido un regalo
de vida cuando algunos de nuestros
familiares, entre ellos unos nietos, llevaron alimentos a través de las
fronteras de Armenia.
La vida es buena, plena y maravillosa; según la forma en que vivamos, todo en la vida se coloca en su
perspectiva apropiada.
Hace unas semanas, Ruby y yo
fuimos un par de días a Oakley,
Idaho, con el fin de c o n t i n u a r
restaurando nuestra vieja casa. Un
día recibí una llamada telefónica de
Lenore Romney, la esposa de
George Romney, que vive en
Detroit, estado de Michigan; me comunicó que George había fallecido
esa mañana y deseaba saber si yo
podría hacer los arreglos necesarios
para asistir al funeral. Le dije que
era para mí un honor, pero que tendría que hacer los arreglos con mis
superiores de la Iglesia.
Después de nuestra conversación, salí de la vieja casa y me fui
andando por la calle, crucé el canal
y me dirigí al lugar donde habían
vivido los Romney. El padre de
George se llamaba Gaskell Romney.
Mi padre era el obispo en aquel entonces. Contemplé los alrededores;
la casa ya no estaba ahí. Luego,
comencé a caminar por la orilla del
canal de irrigación y me detuve en
el lugar donde mi padre me bautizó;
miré también el lugar donde George
y yo solíamos ir a nadar.
En aquellos días, los trajes de
baño consistían en un par de pantalones viejos de mezclilla, con
pechera, muy diferentes de los trajes
modernos, a los que íes cortábamos
las piernas y les quitábamos los bolsillos para que no se llenaran de
agua y nos hicieran hundir; eso era
lo que utilizábamos como trajes de
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baño. Nos sentábamos en la ribera
del canal donde hubiera un poco de
sol, y tiritábamos de frío. Pero la
natación era nuestra diversión principal. George y yo éramos más o
menos de la misma edad; era mi
amigo, mi compañero.
AI caminar por la orilla del canal,
pensando en George, acudió a mi
mente un poema de Rosemary y
Stephen Vincent Benét, que habían
escrito sobre la madre de Abraham
Lincoln, Nancy Hanks. Abraham
Lincoln tenía sólo siete años cuando
su madre murió, y ambos se querían
mucho. En ese tierno poema, los
Benét expresaron la posibilidad de
que si Nancy Hanks volviera a la
vida, tal vez preguntaría: ¿Qué le
pasó a mi niño Abe? ¿Pudo ir al
pueblo? ¿Aprendió a leer? ¿Llegó a
ser alguien? (Véase "Nancy Hanks",
en Edwin Markham, compilación,
The Book of American Poetry, Nueva
York: Wm. H. Wise & Co„ 1936,
Pág. 791.)
La madre de George falleció cuando él era apenas un adolescente, y no
supo lo que su hijo llegó a ser. En el
funeral, tuve el privilegio de estar ahí
con el gobernador del estado de
Michigan, un estado que tiene una
población de nueve millones de habitantes, donde George fue elegido gobernador en tres elecciones. El gobernador comentó que George Romney
era un gran hombre, que nunca permitió que el servicio que prestaba a
los hombres le hiciera descuidar el
servicio que prestaba a Dios. El diario
The Detroit News comentó que
George Romney utilizaba su religión
como una brújula para dirigir su vida
pública.
Les dejo mi amor y mi testimonio
de que esta obra es verdadera.
Ustedes, jovencitos, que están por
salir al mundo a ganarse la vida,
tengan presente que otras personas,
que también han utilizado el evangelio como una brújula para guía,
han salido adelante muy bien. El
evangelio es verdadero. Tenemos un
Profeta actualmente en la tierra.
Que vivan el evangelio en su plenitud, lo ruego humildemente en el
nombre de Jesucristo. Amén.
Las ventanas de luz
y verdad
Elder Joseph B. Wirthlin
del Quórum de los Doce Apóstoles
"Cuando los embates de la vida nos confunden, las ventanas de
revelación pueden guiarnos sanos y salvos al hogar junto a nuestro Padre
Celestial."
M
is queridos hermanos y
hermanas, al entrar en
esta reunión esta tarde,
el presidente Hinckley comentó:
"Decidimos volver", a lo que le respondí: "Menos mal". Es un privilegio estar aquí en esta ocasión para
dirigirles la palabra, y pido que el
Espíritu del Señor esté conmigo.
En esta era de información digital, nuestras computadoras se han
convertido en ventanas por medio
de las cuales podemos contemplar
un mundo virtualmente sin horizontes ni fronteras. Literalmente, con
sólo apretar una tecla, podemos curiosear de un extremo al otro por bibliotecas computarizadas de universidades, de museos, de agencias gubernamentales e instituciones de investigación ubicadas en todo el
mundo. En la actualidad, una red
mundial de conexiones electrónicas
transporta un volumen de información cada vez mayor y a una velocidad que va siempre en aumento por
lo que se le llama la super vía de información. A través de las ventanas
de los monitores de las computadoras, ya sea en nuestra casa o en el
trabajo, tenemos acceso a este depósito interconectado de información
para ver libros de estudio, arte, fotografías, mapas y gráficas, y para escuchar música y discursos que se encuentran almacenados en lugares
ubicados a grandes distancias los
unos de los otros.
De la misma forma, hay instrumentos de muchas clases que nos
proporcionan una perspectiva que
no tendríamos si careciéramos de
ellos. Los telescopios y los microscopios nos permiten ver cosas que de
otra forma no veríamos ni conoceríamos. La medicina moderna se vale
de "ventanas" de imágenes, tales
como los detectores de imágenes
por resonancia magnética, a través
de las cuales se obtiene información
de suma importancia que de otra
forma no se podría detectar, y que
los médicos capacitados pueden, utilizar para beneficio de íos pacientes.
El radartscopio que utilizan los controladores del tráfico aéreo es otra
clase de "ventana", el cual nos permite ver objetos a grandes distancias, los que serían invisibles si no
tuviéramos ese instrumento tan
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esencial. Un controlador capacitado
puede utilizar la información del radariscopio para guiar al piloto a su
destino sin contratiempos.
VENTANAS DE REVELACIÓN
La Iglesia de Jesucristo de los
Santos de los Últimos Días declara
con firmeza que a través de otro tipo
de "ventana" —las ventanas de los
cielos—, podemos tener acceso a la
información espiritual, que proviene
de la Fuente de luz y verdad.
'"Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará muchos grandes e importantes asuntos
pertenecientes al reino de Dios"
(Artículos de Fe, 1:9).
En esta dispensación del cumplimiento de los tiempos, la super vía
electrónica de la revelación ha llevado un denso tráfico de verdades
eternas, desde aquel día de la primavera de 1820 cuando en la Arboleda
Sagrada el Señor dio respuesta a la
oración ferviente de un muchacho
campesino y se dio comienzo a la
restauración del Evangelio de
Jesucristo.
Es una bendición vivir en éstos,
los postreros días, en que un amoroso Padre Celestial ha llamado a un
gran líder, el presidente Gordon B.
Hinckley, como profeta, vidente y
revelador. Por medio de él, el Señor
abre las ventanas de la revelación
con el fin de guiar y bendecir a
todos los hijos de nuestro Padre que
escuchen y obedezcan las palabras
del Profeta. En la actualidad, como
en los tiempos antiguos, Dios abre
las ventanas del evangelio de luz y
verdad al revelar "su secreto a sus
siervos los profetas" (Amos 3:7).
Quienes tengan "ojos para ver,
ly] oídos para oír" (Deuteronomio
29:4), aprenderán principios eternos; contemplarán un majestuoso
panorama de conocimiento, prudencia y sabiduría; y recibirán dirección
sobre la mejor forma de vivir.
Si preparamos nuestro corazón y
nuestra mente en forma apropiada,
mediante la obediencia, la oración y
el estudio de las Escrituras, tendré-
mos acceso aí sistema de difusión de
verdades divinas y eternas. Podemos
escuchar las enseñanzas y el consejo
del Profeta de Dios, y de esa manera
recibir conocimiento y revelación de
nuestro Padre Celestial y de Su
amado Hijo, Jesucristo.
El Señor nos aconseja que nos
capacitemos en el uso de esas ventanas espirituales a fin de buscar y recibir revelación personal para nosotros y nuestra familia. Cuando los
embates de la vida nos confunden,
las ventanas de revelación pueden
guiarnos sanos y salvos al hogar
junto a nuestro Padre Celestial. Si
cedemos a las tentaciones del adversario y nos encontramos debilitados
espiritualmente, los inspirados obispos y otros líderes pueden abrir las
ventanas de la revelación para proporcionarnos dirección espiritual.
Los misioneros bien preparados e
inspirados pueden abrir las ventanas
de los cielos para iluminar a quienes
"...no llegan a la verdad sólo porque
no saben dónde hallarla" (D. y C.
123:12).
LA OBEDIENCIA ABRE LAS
VENTANAS DE LOS CIELOS
Las ventanas de los cielos se
abren de par en par para los fieles y
rectos; nada las cierra con más rapidez que la desobediencia. Es imposible que las personas indignas tengan
pleno acceso aí sistema de la verdad
revelada, "...los poderes del cielo...
no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios
de la rectitud" (D. y C. 121:36).
"La obediencia es la primera ley
de los cielos" (Bruce R. McConkie,
Mormon Doctrine, pág. 516).
Es por eso que Alma nos exhortó
a que seamos "...humildes... sumisos
y... diligentes en guardar los mandamientos de Dios en todo momento"
(Alma 7:23; cursiva agregada).
Para abrir las ventanas de los cielos, debemos ajustar nuestra voluntad a la de Dios. La obediencia diligente y constante a las leyes de Dios
es la clave que abre las ventanas de
los cielos. La obediencia hace posible que seamos receptivos a la
disposición y la voluntad de! Señor.
"...el Señor requiere el corazón y
una mente bien dispuesta; y los de
buena voluntad y los obedientes"
(D. y C. 64:34) son quienes reciben
las bendiciones de la revelación por
medio de las ventanas abiertas de
los cielos.
EL SERVICIO MISIONAL
El Señor ha mandado a los
miembros de la Iglesia que "proc l a m [ e n ] . . . al m u n d o " (D. y C.
1:18) la restauración de la plenitud
del evangelio, que abran las ventanas de luz y verdad a todos nuestros
hermanos y hermanas y que lo hagamos "con todo [nuestro] corazón,
alma, mente y fuerza" (D. y C. 4:2).
Nuestro Salvador ha dicho que "la
voz de amonestación irá a todo pueblo por boca de [sus] discípulos",
quienes "irán y no habrá quien los
detenga" (D. y C. 1:4-5).
Los miembros de la Iglesia del
Señor pueden con regocijo hacer
eco de las siguientes palabras del
profeta Mormón: "He aquí, soy discípulo de Jesucristo, el Hijo de Dios.
He sido llamado por él para declarar
su palabra entre los de su pueblo, a
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fin de que alcancen la vida eterna"
(3Neíi5:13).
Nosotros somos los discípulos
del Salvador que "irán". Todos
"he[mos] sido llamado[s] por él
[como misioneros] para declarar su
palabra entre los de su pueblo".
Podemos prestar servicio como misioneros regulares durante nuestra
juventud o más tarde como matrimonio jubilado. La ventana de la
oportunidad se abre sólo por un período de tiempo relativamente
corto, por lo que debemos seguir el
consejo del presidente Kimball:
"hazlo", y luego él agregó: "y hazlo
ahora". Los misioneros de estaca y
toda persona que se preocupe por su
vecino tienen la oportunidad de
prestar esta clase de servicio divino.
Todos tenemos la sagrada obligación
y la gozosa oportunidad de abrir las
ventanas de luz y verdad al proclamar las bendiciones de la vida eterna a un mundo en tinieblas. Si por
timidez evadimos esa responsabilidad, debemos recordar que el Señor
ha prometido que "no habrá quien
/nos] detenga" y que "ni habrá ojo
que no vea, ni oído que no oiga, ni
corazón que no sea p e n e t r a d o "
(D. y C. 1:5, 2; cursiva agregada).
No hay gozo más grande que el
de ver la luz del evangelio brillar en
los ojos y en el semblante de un
nuevo converso que haya "nacido
espiritualmente de Dios", quien
haya "experimentado [un] gran
cambio en [el] corazón" y que tenga
"la imagen de Dios grabada en [su]
semblante" (Alma 5:14, 19).
Si hemos de cumplir con el mandamiento de Dios de abrir las ventanas de los cielos a todos nuestros
hermanos y hermanas, debemos
prepararnos para enseñar el evangelio. Al estudiar las Escrituras, ayunar y orar, fortificamos nuestro testimonio; cultivamos los atributos
cristianos de "la fe, la virtud, el conocimiento, la templanza, la paciencia, la bondad fraternal, piedad,
caridad, humildad, [y] diligencia"
(D.yC.4:6).
Por medio de la obediencia
ejemplar, podemos hacer que "alumbre [nuestra] luz delante de los
hombres, para que vean [nuestras]
buenas obras, y glorifiquen a [nuestro] Padre que está en los cielos"
(Mateo 5:16).
Al guardar los mandamientos,
encendemos la luz del evangelio y la
ponemos "sobre el candelera, y alumbra a todos los que están en casa"
(Mateo 5:15; cursiva agregada).
LA LEY DEL DIEZMO
Las siguientes palabras de! tercer capítulo de Malaquías son familiares para los Santos de los Últimos Días:
"Traed todos los diezmos al alfolí
y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de
los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré
sobre vosotros bendición hasta que
sobreabunde" (Malaquías 3:10).
Tal vez pensemos que 3a ley
del diezmo es un m a n d a m i e n t o
temporal solamente y lo veamos
desde el punto de vista material.
Careceríamos de visión y de gratitud si no viéramos y reconociéramos las grandes bendiciones espirituales que se reciben por medio de
la obediencia a esta ley divina.
C u a n d o somos obedientes, las
ventanas de los cielos se abren no
sólo para derramar bendiciones de
abundancia material sino también
bendiciones de abundancia espiritual, bendiciones de valor infinito y
eterno.
El presidente Hinckley ha declarado que las bendiciones que se reciben por pagar el diezmo "no son
necesariamente las de ser recompensados material o económicamente". Él explicó:
"Hay muchas maneras en las que
el Señor nos puede bendecir más
allá de las riquezas del mundo. La
merced de la salud es una de ellas.
El Señor nos ha prometido que reprenderá al devorador por nosotros.
Malaquías habla de ios frutos de la
tierra. ¿No podría aplicarse esa reprensión del devorador a nuestros
esfuerzos e inquietudes en general?
("Tres asuntos vitales", Liahona,
julio de 1982, págs. 83-84).
LA PALABRA DE SABIDURÍA
En 1833, cuando el Señor abrió
las ventanas de los cíelos y reveló
"una Palabra de Sabiduría para el
beneficio de... los santos de Sión"
(D. y C. 89:1), el profeta José Smith
empezó a enseñar acerca de las bendiciones que vienen al evitar el
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consumo de tabaco y otras substancias adictivas. El Señor dio esa revelación como una advertencia contra
"las maldades y designios que existen y que existirán en el corazón de
hombres conspiradores en los últimos días" (D. y C. 89:4).
Uno de los primeros artículos
que se publicó acerca de la conexión que existe entre el fumar y el
cáncer de pulmón apareció en
1950, en la revista Journal of the
American Medical Association (la revista de la Asociación Médica
de Estados Unidos)
(véase
"Milestones", Time, 24 de julio de
1995, pág. 19), ciento diecisiete
años después de que el Señor abriera esa ventana a Su profeta.
Las bendiciones de salud y fortaleza que se prometen (D. y C.
89:18-21) mediante la obediencia a
la Palabra de Sabiduría es bien conocida y está bien documentada
(véase "El gozo vendrá mañana",
Liahona, enero de 1987, pág. 68).
Además, las bendiciones espirituales
de "sabiduría y grandes tesoros de
conocimiento, sí, tesoros escondidos" (D. y C. 89:19) los reciben
quienes guardan su cuerpo limpio de
substancias adictivas. Cuando obedecemos la Palabra de Sabiduría, se
nos abren ventanas de revelación
personal y nuestra alma se llena de
luz y verdad divinas. Si mantenemos
nuestro cuerpo sin mancha, el
Espíritu Santo "vendrá sobre [nosotros] y morará en [nuestro] corazón"
(D. y C. 8:2), y nos enseñará "las
cosas pacíficas de la gloria inmortal"
(Moisés 6:61).
LA PALABRA DE
SABIDURÍA PARA LA MENTE
Nuestro Padre Celestial abrió las
ventanas de ios cielos y dio a Sus
hijos la Palabra de Sabiduría para
prevenirlos en cuanto al consumo
de substancias que pudieran dañar y
destruir nuestro cuerpo físico.
Asimismo, Él nos ha advertido por
medio de los profetas no consumir
la constante dieta de maldad que se
ofrece implacablemente en los medios de difusión y en la prensa de la
actualidad, especialmente en las revistas, las películas, los videos, los
juegos de video y la televisión. Las
"ventanas" de los monitores de la
computadora y de la televisión nos
ofrecen información realmente valiosa, pero también pueden brindarnos información maligna, degradante y destructiva.
El Señor nos ha advertido repetidamente en contra de las maldades
y los designios de hombres conspiradores de nuestros días que buscan
esclavizarnos por medio de nuestros
apetitos y pasiones al tentarnos y
provocarnos con imágenes, palabras
y música obscenas. Mediante Sus
siervos, el Señor nos ha amonestado
a no dejar entrar en nuestra mente
pensamientos que puedan perjudicar nuestro espíritu.
Desde el año 1950, los líderes de
la Iglesia nos han aconsejado en las
conferencias generales unas setenta
y cinco veces en contra de mirar,
leer o escuchar materiales nocivos
para nuestro espíritu. En años recientes, con el deterioro de las normas de decencia y moral pública y
debido a que los medios de difusión
han reflejado y muchas veces promovido esa decadencia, se han recibido con más y más frecuencia y
premura estas palabras de tierna
preocupación de pastores inspirados
del rebaño del Señor. Los atalayas
sobre la torre han levantado su voz
de amonestación.
Yo agrego a ello mi propia voz y
sugiero que prestemos mayor atención a las voces de amonestación
que nuestro Padre Celestial ha levantado en contra de las numerosas
fuerzas de Satanás que tan fácilmente llegan a nuestros hogares a través
de los medios de difusión. Considero
que todas las palabras de consuelo y
guía que hemos recibido al respecto
constituyen en forma colectiva una
"palabra de sabiduría para la
mente". De la misma forma que
ejercemos un gran cuidado acerca
de lo que ponemos dentro de nuestro cuerpo a través de la boca, debemos ejercer una vigilancia similar
acerca de los que ponemos en nuestra mente a través de los ojos y los
oídos.
EL DON DEL ESPÍRITU SANTO
El don del Espíritu Santo se
puede comparar a una precisa brújula personal; es una ventana espiritual que nos indica el camino hacia
la salvación y que nos proporciona
sabiduría y discernimiento. El
Espíritu Santo nos da una guía y
una dirección firmes en un mundo
falto de fe. El presidente James E.
Faust expresó su inquebrantable testimonio de que "el Espíritu Santo es
lo que nos garantiza paz interior en
este mundo inestable... Calmará los
nervios; dará sosiego al alma...
Agudizará nuestros sentidos naturales haciendo posible que veamos con
más claridad, que tengamos un oído
más fino y recordemos todo aquello
que debemos recordar. Nos hace
sentir una felicidad suprema"
(Ensign, mayo de 1989, págs. 32-33;
cursiva agregada).
LA ADORACIÓN DIGNA
Las ventanas se deben limpiar
con regularidad a fin de quitarles el
polvo y la mugre. Si no se limpian
en forma regular, después de un
tiempo se ponen tan sucias que la
luz que por ellas se filtra se vuelve
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obscura. Así como es preciso limpiar
constante y concienzudamente las
ventanas en esta vida, también las
ventanas espirituales requieren esa
clase de cuidado.
La asistencia semanal a la reunión sacramental fortifica nuestra
determinación de mantener nuestras ventanas personales de los cielos libres de las distracciones engañosas del mundo y de la tentación.
Al participar dignamente de la
Santa Cena para renovar nuestros
convenios bautismales, vemos con
más claridad el propósito eterno de
la vida y el orden de prioridad de las
cosas. Las oraciones sacramentales
nos impulsan a hacer examen de
conciencia, a arrepentimos y a ser
más fieles a nuestra promesa de recordar siempre al Salvador, Jesús el
Cristo. Este cometido de ser como
Cristo, si se renueva semana tras semana, se convierte en la aspiración
suprema de todo Santo de los Últimos Días.
La asistencia frecuente al templo,
según lo permitan nuestras circunstancias, es otra forma de mantener
limpias las ventanas espirituales. El
adorar en la casa del Señor hará que
percibamos con más claridad las
cosas que son realmente importantes sin la obstrucción de la contaminación del mundo.
EL TESTIMONIO
Testifico que las ventanas de los
cielos realmente están abiertas. El
presidente Gordon B. Hinckley es el
Profeta del Señor hoy en día. José
Smith es el Profeta de la
Restauración. Jesús es el Cristo, eí
Señor y Salvador de la humanidad.
Nuestro Padre Celestial vive y ama
a cada uno de Sus hijos. El Señor
ha restaurado una "red" mediante
la cual podemos recibir verdades
eternas. Podemos abrir las ventanas
de los cielos para contemplar, junto
con el Salvador, "la vasta expansión
de la eternidad" (D. y C. 38:1), un
universo sin horizonte, "por los siglos de los siglos" (D. y C. 76:112)
De esto testifico, en el nombre de
Jesucristo. Amén. Q
Las leyes eternas de
la felicidad
Eider Lynn A. M i c k e l s e n
de los Setenta
"Cuando cumplimos los Diez Mandamientos, le expresamos a Dios
nuestro amor y, mediante la aplicación adecuada de esos principios
eternos, demostramos amor al prójimo."
P
residente Hinckley, pienso
que puedo hablar por todos
los miembros de la Iglesia de
todas partes del mundo, al decir que
nos encontramos profundamente
conmovidos por su exhortación profética de sacar adelante la obra de
Dios con más energía; y prometemos obedecer y dedicar nuestra vida
a cumplir con ese propósito.
En 1978, cuando estudiaba en la
Universidad Brigham Young, el hermano Dennis Rasmussen solicitó su
admisión para estudiar en el
Seminario Teológico Judío de los
Estados Unidos, donde se le aceptó.
Al mencionar su nombre y su universidad en la sesión inaugural, el
rabino Muffs le preguntó entusiasmado: "¿Es usted el mormón? ¿Paga
gozoso el diezmo/" El h e r m a n o
Rasmussen respondió que sí. "Yo
creo", le dijo el rabino, "que el gozo
es la esencia misma de la religión.
No hay nada más fundamental que
el gozo para la religión... en el momento, estoy escribiendo un libro
sobre ese tema".
El hermano Rasmussen entonces
comentó: "Cierto pasaje del Libro
de Mormón dice que Adán cayó
para que los hombres existiesen; y
existen los hombres para que tengan
gozo (1 Neñ 2:25; comparar con
Moisés 5:10, 6:48)".
El rabino Muffs demostró estar
profundamente emocionado y exclamó: "Ese es un pasaje que he estado
buscando toda mi vida y ahora
vengo a encontrarlo... ¡en el Libro
de Mormón!" Luego, le pidió:
"Repítamelo, pero lentamente".
A medida que le repetía las (para
nosotros) tan conocidas palabras, los
ojos del rabino reflejaban su aprecio
por esa gran verdad que él comprendía muy bien, pero que nunca había
escuchado enunciada con tanta sencillez (véase de Dennis E Rasmussen,
"An Eider Among the Rabbis",
Brigham Young Vniversity Studies,
tomo 21, 1981, págs. 344-345).
Cuan importante es conocer el
propósito de nuestra existencia! El
hombre existe para que tenga gozo,
y ese gozo lo recibimos cuando
cumplimos con los mandamientos
de Dios (véase Jacob 5:75; Joseph
F. Smith, Doctrina del Evangelio,
pág. 270).
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En febrero último, presencié una
manifestación de este gozo en
Santiago, Chile, al acompañar a varios misioneros que fueron a visitar
a algunos de sus conversos. En casa
de los Basuare, los gemelos Nicolás
e Ignacio, de ocho años, nos recibieron a la puerta, ambos vestidos con
camisa blanca y corbata, como los
misioneros. Su padre se había bautizado tres semanas antes, y una semana después él mismo bautizó a la
esposa y a los hijos. Comenzamos a
hablar de su conversión y ellos expresaron el amor que sentían hacia
los misioneros y el gozo que experimentaban al vivir el evangelio y
cumplir con los mandamientos. Con
sincero orgullo, nos mostraron la fotografía del Templo de Santiago que
tenían en la sala, como símbolo de
la meta que tienen de llegar a ser
una familia eterna, un año después
de su bautismo.
Le pregunté a Nicolás si le gustaría ser misionero cuando tuviera la
edad para ello. Me contestó que sí y
nos dimos la mano como promesa
de que se preparará para esa fecha.
Entonces le hice a Ignacio la misma
pregunta; él vaciló un momento y
me respondió: "No sé si puedo hacerle esa promesa. Sólo tengo ocho
años". Yo insistí, díciéndole:
"Nicolás me lo ha prometido. ¿No
quieres hacer tú lo mismo?" Todavía
vacilante, me contestó: "No sé si
voy a estar listo".
Al darme cuenta de que me
había excedido un poco, le sugerí:
"Quizás deberías hablar de eso con
tu papá". El niño se acercó entonces
a su padre, quien, tomándolo en
brazos, le dijo: "Ignacio, Jesús fue un
misionero. Anduvo por las calles
como el eider Sheets y su compañero, e hizo feliz a la gente al enseñarle
a cumplir con los mandamientos.
¿No te gustaría ser como Jesús?" "Sí,
papi, me gustaría". "¿No crees en-tonces que si trabajamos juntos podrías prepararte para ser misionero
cuando cumplas los diecinueve
años?" "Sí, creo que sí". "Siendo así,
¿no te gustaría prometerle al eider
Mickelsen que lo harás?"
Ignacio se acercó a mí y nos
dimos la mano para confirmar su
promesa, y yo quedé realmente maravillado de que aquel joven padre,
convertido hacía sólo tres semanas,
tuviera esa sensibilidad para ayudar
a su familia a seguir al Salvador y
emular el ejemplo de los misioneros
para enseñar a su hijo. No hay duda
de que su objetivo de llegar a ser una
familia eterna se convertirá en realidad con la guía de ese padre fiel.
Esa felicidad familiar ha sido
desde el principio de la Creación el
núcleo del plan de nuestro Padre
Celestial. Una vez desterrados del
Jardín de Edén, Adán y Eva comenzaron a multiplicarse y henchir la tierra. A medida que la familia iba en
aumento, ellos procuraron la ayuda
del Señor, quien les dio mandamientos y les encomendó que se los enseñaran a sus hijos (véase Moisés
5:1 7 5; 6:57-62; D. y C. 20:19).
Ésas son las leyes eternas que
Dios reiteró a Moisés en el monte
Sinaí, que el Salvador resumió en
los dos grandes mandamientos
(véase Mateo 22:36-40; Marcos
12:33), y que se ie repitieron a José
Smith en una revelación conocida
como "la ley de la Iglesia" (véase el
encabezamiento de D. y C. 42).
También nosotros debemos enseñar esos mandamientos a nuestros
hijos. Nuestra felicidad en esta vida
y nuestro gozo en el futuro como familias eternas dependen de cuan eficazmente los cumplamos. Yo creo
que podemos enseñar los Diez
Mandamientos a nuestros hijos de
una manera positiva que refleje la
ley más alta que el Salvador nos ha
dado.
1. "No tendrás dioses ajenos delante de mí" (Éxodo 20:3).
Enseñen a sus hijos que Dios vive,
que realmente existe y que es el
Padre literal de nuestro espíritu; que
fuimos creados a imagen Suya y tenemos todos Sus atributos en "estado
rudimentario" (véase de James E.
Talmage, Artículos de Fe, pág. 536).
El Señor nos ama y quiere que seamos como Él y que nos comuniquemos con El. Enséñenles a orar.
2. "No te harás imagen, ni... te
inclinarás a ellas..." (Éxodo 20:4-5;
véase también Mateo 19:16-22;
2 Nefi 27:25; Hechos 17:29; D. y C.
93:19).
Nuestro Padre Celestial debe estar
siempre primero. No hay nada en este
mundo que pueda tomar Su lugar.
Enseñen a sus hijos a reconocer Su
mano en todas las cosas, y a respetarlo y honrarlo (véase D. y C.
59:21; Alma 31:5).
Demuéstrenles cómo deben adorar a Dios mediante el abnegado
servicio al prójimo. Veneren al
Señor por medio de la oración familiar y la noche de hogar. Dejamos de
adorar a Dios cuando damos prioridad a los deportes, los estudios, los
pasatiempos, las riquezas, las vanidades o cualquier otra cosa de este
mundo.
3. "No tomarás el nombre de
Jehová tu Dios en vano..." (Éxodo
20:7).
Preparen a sus hijos para que
tomen sobre sí el nombre de Cristo
mediante el convenio del bautismo.
Cuando hacemos ese convenio, pasamos a ser Sus hijos y prometemos
cumplir Sus mandamientos (véase
Alma 19:35; Moisés 5:7; Moisés
5 : 1 - 9 ; D. y C. 20:37; Moroni
6:1-8).
Cuando quebrantamos nuestras
promesas y los convenios que hemos
hecho con Él y no nos arrepentimos,
estamos tomando Su nombre en
vano (véase Proverbios 30:9; D. y C.
136:21).
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4. "Acuérdate del día de reposo
para santificarlo" (Éxodo 20:8-11;
véase también D. y C. 59:9-14).
Enseñen a sus hijos a dedicar
todas las semanas una séptima parte
de su tiempo para aprender acerca
del Señor, apartarse de sus preocupaciones cotidianas y recordarle.
Cuando dedicamos ese tiempo al
Señor, ello nos ayuda a concentrar
nuestro corazón y nuestra mente en
el verdadero propósito de nuestra existencia y nos aleja de las cosas del
mundo. Ése es un día para llegar a ser
como Él, para adorarle y para ayudar
a los demás como Él lo hizo. No es
necesario que tengamos reglas para
el día del Señor cuando comprendemos su propósito y lo cumplimos.
5. "Honra a tu padre y a tu
madre..." (Éxodo 20:12).
Enseñen a sus hijos la obediencia, encaminándolos hacia donde
deben ir (véase Proverbios 22:6;
Discourses of Brtgham Young, selección por John A. Widtsoe, Salt Lake
City: Deseret Book Company, 1978,
pág. 207; Hebreos 12:9).
Nuestros hijos aprenden a obedecer a su Padre Celestial al honrar,
respetar y obedecer a sus padres terrenales. Enséñenles las normas de
la familia y establezcan para ellos
medidas de rectitud. El Señor prometió a los hijos de Israel que sus
días se alargarían en la tierra que
habría de darles. Esa misma promesa
es válida en la actualidad. Para ellos
El presidente Gordon B. Hinckley, a la derecha, saluda a los miembros del Quórum de los
Doce Apóstoles.
fue la tierra de Canaán; para nosotros es la vida eterna con nuestra familia (véase D. y C. 132:19).
6. "No matarás" (Éxodo 20:13;
D. y C. 42:18; Mateo 19:8).
Nosotros hemos sido creados a
imagen de Dios (véase Génesis 1:27;
Moisés 1:13; Mosíah 7:27; Éter
3:16-17).
Gracias a la unión de la carne y
del espíritu podemos recibir una plenitud de gozo (véase D. y C. 93:33).
Enseñen a sus hijos a respetar la
santidad de la vida humana, a reverenciarla y apreciarla. La vida humana es un valioso peldaño hacia la
vida eterna y debemos protegerla
celosamente desde el preciso momento de su concepción (véase del
eider James E. Faust, Brigham
Young University devotional address, 15 de noviembre de 1994).
7. "No cometerás adulterio"
(Éxodo 20:14; D. y C. 42:24).
Enseñen a sus hijos que nuestro
cuerpo es un templo de Dios en el
cual puede morar Su Espíritu (véase
1 Corintios 6:19).
Enséñenles el concepto sagrado
de la familia, ía belleza del matrimonio y la divina naturaleza de la procreación que nuestro Padre Celestial
nos ha conferido. En la creación de
una vida somos copartícipes con El;
y ese poder debemos respetarlo, protegerlo y utilizarlo únicamente dentro de los lazos sagrados del matrimonio (véase D. y C. 49:15-17).
Es un poder celestial que nos será
quitado si abusamos de él.
8. "No hurtarás" (Éxodo 20:15;
véase también Mateo 19:18; D. y C.
42:20; D. y C. 119; Malaquías
3:8-11).
Enseñen a sus hijos que deben ser
honrados y respetar lo que pertenece a otros, especialmente lo que pertenece a nuestro Padre Celestial.
Enséñenles mediante el ejemplo a
pagar un diezmo íntegro y a contribuir con ofrendas generosas. Al
poner un sello de honradez en sus
acciones, se llenarán del Espíritu y
el poder de Dios (Véase Discourses
of Brigham Young, pág. 43).
Enséñenles en cuanto al gozo que
se recibe cuando damos y compartimos lo que tenemos (véase Mateo
5:42; Hechos 20:35).
9. "No hablarás contra tu prójimo falso testimonio" (Éxodo 20:16;
Mateo 19:18).
Enseñen a sus hijos a decir siempre la verdad; a decir las cosas como
realmente son, a edificar y encontrar lo bueno en otros, a ser positivos y elogiosos. La verdad es más
valiosa que cualquier otra posesión
terrenal. La verdad es la esencia
misma de nuestra existencia (véase
Himnos, Ny 177; D. y C. 93:24; Juan
8:32). Cuando decimos la verdad,
nuestra confianza se fortalece ante
Dios y en presencia de nuestros semejantes (véase D. y C. 121:45).
10. "No codiciarás..." (Éxodo
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20:17; D. y C. 19:25).
Debemos amar a nuestros hijos y
enseñarles que son hijos de un
Padre Celestial quedos ama. Al sentir nuestro amor, sentirán también el
amor de Dios y la gratitud por su
buen nombre y por el nombre de
Cristo que han adoptado. Si perciben nuestro amor y el de nuestro
Padre Celestial, no sentirán deseo
alguno por las posesiones de los
demás. Ayúdenles a valorar su progreso personal y a no compararse
con los demás. Enséñenles a amar al
prójimo y a regocijarse por lo que
otros hayan logrado.
C u a n d o cumplimos los Diez
Mandamientos, le expresamos a
Dios nuestro amor y, mediante la
aplicación adecuada de esos principios eternos, demostramos amor al
prójimo. Si cumplimos con esas
leyes eternas de la felicidad, éstas
nos llevarán de regreso a la presencia de nuestro Padre Celestial (véase
2Nefi9:18-24).
Ruego que podamos enseñar a
nuestra familia esos conceptos mediante el ejemplo y el precepto. Que
podamos sentir el mismo gozo que la
familia Basuare experimentó al conocer la verdad del evangelio y al enseñar los mandamientos a sus hijos.
AI tener una percepción positiva
de los m a n d a m i e n t o s , nuestros
hijos tendrán un mayor deseo de
cumplirlos y una mejor comprensión del poder de la Expiación para
el arrepentimiento cuando cometan errores. Al entender el sacrificio que el Señor hizo por nosotros,
se arrepentirán y seguirán adelante
con un fulgor perfecto de esperanza, sabiendo que Cristo pagará sus
pecados si perseveran en El (véase
2 Nefi 31:20).
Que podamos enseñar y aplicar
los mandamientos para que, junto
con nuestra familia, podamos cumplir con la medida de nuestra creación (véase D. y C. 88:19; de John
Taylor, The Government of Gotí,
Liverpool: S. W. Richards, 1852,
págs. 3 2 - 4 6 ) y obtener el gozo
que nuestro Padre Celestial desea
para nosotros. En el nombre de
Jesucristo. Amén.
Para llegar al corazón
de los niños
Anne G. Wirthlin
Primera Consejera de la Presidencia General de la Primaria
"Nuestro Padre Celestial desea que enseñemos a Sus hijos, que les
enseñemos verdaderamente quiénes son, y que los llevemos al Salvador."
H
ace exactamente un año,
la hermana Susan Warner
y yo fuimos sostenidas
como consejeras de la hermana
Patricia Pinegar en una nueva
Presidencia General de la Primaria.
Después de haber criado nuestros
propios hijos (entre las tres tenemos
veinticuatro), tendríamos ciertas razones para confiar en nuestra habilidad de entender las necesidades de
los niños. Sin embargo, la responsabilidad de representar a los niños de
la Iglesia en el mundo de hoy era un
gran peso sobre nuestros hombros. El
mayor deseo que sentíamos era conocer la voluntad de nuestro Padre
Celestial y buscar Su dirección.
Al reunimos con el eider Robert
D. Hales, después de recibir el llamamiento, él nos sugirió que mientras
leíamos las Escrituras, marcáramos
los pasajes que se referían a los niños.
Hallamos muchos. De hecho, parece
que la totalidad de las Escrituras
hubiera sido escrita para las familias.
Los profetas no dejan duda alguna en
cuanto a los deseos del Señor con
respecto a Sus pequeñitos. Nefi comienza su registro diciendo:
"Yo, Nefi, nací de buenos padres,
y recibí, por tanto, alguna instrucción en toda la ciericia de mi padre"
(1 Nefi 1:1).
Enós inició sus escritos así:
"He aquí, aconteció que yo,
Enós, sabía que mi padre era un
varón justo, pues me instruyó en su
idioma y también me crió en disciplina y amonestación del Señor —y
bendito sea el nombre de mi Dios
por ello—" (Enós 1:1).
Y el lema de nuestra Primaria
proviene de las palabras de Isaías:
"Y todos tus hijos serán instruidos
por el Señor; y grande será la paz de
tus hijos" (3 Nefi 22:13).
Nuestro Padre Celestial desea
que enseñemos a Sus hijos, que les
enseñemos verdaderamente quiénes
son, y que los llevemos al Salvador.
En su mensaje de la Conferencia
General de octubre del año pasado,
recuerdo que la hermana Pinegar
hizo esta provocativa pregunta:
"¿Quién ha de enseñar a los niños?"
No era sólo una pregunta, sino una
invitación a todas nosotras, a todos
los que tenemos niños en nuestro
círculo de influencia, a responder al
llamado de nuestro Padre Celestial
para enseñar a Sus hijos.
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Al tratar humildemente de responder a ese llamado, surgen otras
preguntas más profundas: "¿Cómo
hemos de enseñar a los niños?
¿Cómo podemos grabar la palabra del
Señor en su corazón mientras son pequeños, para que cuando alcancen
los años de su juventud puedan ser
capaces de discernir entre la verdad y
el error, y tengan fuerza interior para
resistir la tentación? ¿Cómo podemos
nutrir su progreso espiritual para que
su obediencia pase de un mero acatamiento exterior a un deseo interior
que nazca del amor por el Padre
Celestial y de la conciencia de quiénes en verdad son?"
Estos interrogantes que nos preocupan no son exclusivos de nuestros
días, sino que han representado un
problema para los padres en todas
las generaciones. Y este consejo, que
el Señor dio hace cientos de años
por medio de Moisés a los hijos de
Israel, es tal como si nos hablara en
este mismo día.
"Y amarás a jehová tu Dios de
todo tu corazón, y de toda tu alma,
y con todas tus fuerzas.
"Y estas palabras que yo te mando
hoy, estarán sobre tu corazón;
"y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y
andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes...
"y las escribirás en los postes de
tu casa, y en tus puertas"
(Deuteronomio 6:5-7, 9).
Cuando en verdad amemos al
Señor con todo nuestro corazón,
entonces podremos guiar a Sus
hijos a El mediante cada uno de
nuestros actos. Su devoción al
Señor aumentará al observar nuestra devoción hacia El; entenderán
el poder de la oración al oírnos orar
a un amoroso Padre Celestial que
nos escucha y contesta nuestras
oraciones; comprenderán la fe al
observarnos vivir por la fe; y aprenderán la fortaleza del amor por la
forma amable y respetuosa en que
los tratemos. No podemos enseñar
la verdad a nuestros niños sin tener
con ellos relaciones de confianza y
amor. El presidente Howard W.
Hunter expresó: "Los padres que
han tenido éxito son los que han
amado, los que se han sacrificado,
los que se han preocupado, han enseñado y han atendido a las necesidades de sus hijos" (Howard W.
Hunter, Liahona, enero de 1984).
Si nuestros hijos sienten nuestro
amor hacia el Señor y el amor incondicional que tenemos por ellos, el
ejemplo que les demos se convertirá
en una guía significativa para el desarrollo de su prdpia fuerza espiritual.
Recordemos que el mandato del
Señor a los Israelitas fue que pusieran
primero Sus palabras en su corazón, y
después les dijo: "y las repetirás a tus
hijos, y hablarás de ellas estando en
tu casa, y andando por el camino, y al
acostarte, y cuando te levantes"
(Deuteronomio 6:7). En todo lo que
hagamos podemos enseñar a nuestros
hijos a amar al Señor. A veces, impartimos nuestras enseñanzas más perdurables sin siquiera darnos cuenta
de que estamos enseñando.
Recuerdo que cuando era maestra de las niñas de once años de la
Primaria, tuvimos una actividad
para las niñas y sus madres. Yo
había pedido a cada una que presentara a su mamá y mencionara
algo que admirara en ella; y si lo deseaba, podía llevar un objeto que le
recordara a su madre. Una de las
chicas dijo que sabía que a su
madre le gustaba leer las Escrituras.
Señalando los libros, dijo: "Siempre
sé en qué lugar de la casa estuvo, al
encontrar ahí las Escrituras". He recordado ese ejemplo a través de los
años y pienso cuan natural habrá
resultado para esa madre transmitirles a sus hijos el amor por ías
Escrituras, sin siquiera pensar en
ello, porque ella misma había desarrollado ese amor. Enseñamos primero lo que somos, y eso es lo que
queda grabado en la memoria y en
el corazón de nuestros niños.
Hay un espíritu especial que inunda nuestro hogar cuando en él hay
amor por el Señor, amor mutuo entre
fa familia, y un compromiso de obediencia que nace de ese amor. Al hablar de ese espíritu, recuerdo nuestra
casa de la Misión de Frankfort,
Alemania, donde mi esposo fue
Presidente de Misión. Nuestra hija
Marianne tenía en ese entonces diez
años; algunas de sus amigas de la escuela solían ir a la casa de la misión y
en ocasiones se quedaban a dormir.
Cierta noche, una de ellas dijo: "Me
gusta venir a tu casa, porque aquí me
siento segura". Marianne entendió lo
que su amiga quiso decir: toda nuestra familia conocía el espíritu de la
casa de la misión; era un legado de
miles de dedicados misioneros que
habían pasado por esa casa expresando sus testimonios y su amor por su
Padre Celestial y por el Salvador. Es
un espíritu que puede percibirse en
todos los hogares de la Iglesia cuando
la familia comparte impresiones del
Espíritu al leer juntos las Escrituras,
aí expresar el testimonio y arrodillarnos juntos en oración.
El presidente Spencer W. Kimball
guardaba vividos recuerdos de su
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hogar; él contaba:
"La familia se arrodillaba siempre
antes de las comidas para orar, retirando las sillas de la mesa. Había
siempre oraciones nocturnas en Ías
rodillas de mi madre. Siento pena
por los niños que debieron aprender
estas importantes lecciones después
de haber crecido, cuando les resultó
mucho más difícil" (Edward L.
Kimball y Andrew E. Kimball, Jr.,
Spencer W. Kimball, Salt Lake City,
Utah: Bookcraft, 1977, pág. 31).
El hogar puede ser un oasis de
paz en el mundo. Es un lugar donde
todo niño tiene el derecho a sentirse
seguro.
En una reunión de ayuno y testimonios a la que asistí hace poco en
mi barrio, tres niños expresaron su
testimonio. Richie se paró al comenzar la reunión y dijo: "Anoche estaba leyendo los capítulos 1, 2 y 3 de 1
Nefi; y mientras leía sentí una paz
muy grande, y me sentí muy bien.
Estoy agradecido por las Escrituras".
Charity relató una experiencia
que tuvo al asistir a un concierto con
su familia y encontrarse separada de
sus padres, diciendo: "Encontré un
rincón y me senté y oré al Padre
Celestial. Le pedí que enviara al
Espíritu Santo para estar conmigo
hasta que mis padres me encontraran; y no tuve nada de miedo".
Spencer había sido ordenado diácono y expresó su agradecimiento
por el obispo, que lo había ordenado
al Sacerdocio Aarónico, y habló de
lo mucho que significaba para él ser
diácono. El corazón de estos niños
ha tenido la influencia de padres,
maestros y líderes que amaron primeramente al Señor y luego encaminaron a sus hijos hacia El.
Todos podemos influir en nuestros niños y llevarlos hacia el
Salvador. Al principio, ellos lo verán
a través de nuestros ojos, y aprenderán a conocerle y amarle como su
Amigo más querido. Entenderán lo
que significa tener Su Espíritu con
ellos, y esto constituirá su fuerza. Es
mi oración que todos podamos tener
esta visión en nuestra mente, y lo
pido en el nombre de Jesucristo.
Amén.
"Señor, ¿a quién
iremos?"
Eider H a n s B. Ringger
Miembro emérito de los Setenta
"Los Santos de los Últimos Días creemos que Cristo nos muestra el
camino y el lugar hacia donde debemos ir y lo que debemos hacer
para encontrarlo."
A
l principio de Su misión
terrenal, las multitudes se
empujaban junto a las riberas del Mar de Galilea ansiosas de
acercarse a Cristo y oír Su mensaje.
Muchos discípulos lo seguían en esa
época; no obstante, algunos se ofendieron con Sus enseñanzas y se alejaron de El. Al verlos, Cristo les preguntó a ios Doce Apóstoles si ellos
también lo iban a abandonar. Simón
Pedro le contestó, preguntándole a
su vez: "Señor, ¿a quién iremos?"
(Juan 6:68).
Esa pregunta tiene tanta importancia hoy como hace dos mil años.
Los Santos de ios Últimos Días creemos que Cristo nos muestra el camino y el lugar hacia donde debemos
ir y lo que debemos hacer para
encontrarlo. Pero, reconocer el
camino de Cristo y seguirlo depende
de cada uno de nosotros.
Hace unos meses, tuve el privilegio de escuchar el poderoso testimonio de un hombre que estaba en
busca de la verdad. Por medio del
evangelio, sus ojos se abrieron a lo
eterno y le fue posible cambiar el
curso de su vida. Al mismo tiempo,
supe de un miembro fiel de la
Iglesia que se había apartado del
evangelio y había cambiado de creencias. Ambos hombres habían tratado, con buena intención, de saber
a quién debían ir, pero llegaron a
conclusiones diferentes y, por lo
tanto, tomaron caminos opuestos.
¿Cuál podría ser la causa de esas acciones contrarias?
Creo que las palabras y acciones
tienen su raíz en nuestros pensamientos, y que éstos determinan
nuestros actos. Las decisiones que
tomamos diariamente, planeadas o
espontáneas, son resultado de nuestros pensamientos y nosotros somos
responsables de ellas. Aunque como
personas individuales pensemos que
somos independientes de Dios y que
podemos actuar de acuerdo con ello,
no nos es posible escapar al hecho
de que estamos sujetos a leyes eternas. Nuestra felicidad y nuestra paz,
tanto en esta vida como en la venidera, dependen de la disposición que
tengamos de basar los pensamientos
y las acciones en las leyes de Dios.
La verdadera paz mental y la felicidad eterna se consiguen estando en
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armonía con El. Si vamos a ser uno
con la Deidad, somos nosotros quienes debemos cambiar, no Dios.
Pienso que los dos hombres tomaron caminos diferentes porque su
manera de pensar y su percepción
de Dios eran diferentes. Es esencial
conocer a Dios para obtener las
bendiciones y la salvación eternas
viviendo de acuerdo con el
Evangelio de Jesucristo. El llegar al
conocimiento de Cristo y de Dios es
un requisito para poder comprender
nuestra misión en la vida. Loweíl L.
Bennion escribió lo siguiente en su
libro Legacies of Jesús:
"Una de las cosas más importantes que debemos saber es cuáles son
los atributos de Dios. Cristo vino a
la tierra para revelarnos el carácter
de Dios. El es la revelación de Dios
a los seres humanos, enseñándonos
por el precepto y el ejemplo lo que
son la fe, la humildad, la integridad
y el amor" (Salt Lake City: Deseret
BookCo., 1990,pág.ól).
Por la vida de Cristo, aprendemos
sobre Dios; y siguiendo el ejemplo
de Cristo, llegamos a conocer a
Dios. Mis queridos hermanos, amigos y escuchas, conozcamos de verdad al Salvador y a Su Padre.
Debemos preguntarnos sí nuestras
decisiones están de acuerdo con el
ejemplo de Cristo, a fin de que podamos seguir Sus pasos. No nos dejemos engañar ni apartar del camino
de Cristo; más bien, cosechemos las
bendiciones de paz y gozo eterno
que se reciben al seguirlo.
Sus enseñanzas, Su ejemplo y Su
perfección no dejan lugar a dudas
con respecto a que El es el Hijo de
Dios. El mismo dice:
"Y he aquí, soy la luz y la vida del
mundo; y he bebido de la amarga
copa que el Padre me ha dado, y he
glorificado al Padre, tomando sobre
mí los pecados del mundo, con lo
cual me he sometido a la voluntad
del Padre en todas las cosas desde el
principio" (3 Nefi 11:11).
Con ese conocimiento, se nos
promete lo siguiente:
"Y esta es la voluntad del que me
ha enviado: Que todo aquel que ve
al Hijo, y cree en él, tenga vida
eterna; y yo le resucitaré en el día
postrero" (Juan 6:40).
A fin de seguir la dirección correcta en la vida y recibir las bendiciones del evangelio, es importante
que primero estemos dispuestos a
aceptar el evangelio restaurado en
toda su plenitud. Con respecto a la
restauración del evangelio, Cristo le
dijo a José Smith: "...resplandecerá
una luz... y será la plenitud de mi
evangelio" {D. y C. 45:28).
Además, debemos aceptar la autoridad divina de Dios y la de Sus
siervos. Pablo explicó a la rama que
había en Efeso por qué se daba la
autoridad y por qué seremos bendecidos si seguimos a los siervos del
Señor. Esto es lo que escribió:
"A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para
la edificación del cuerpo de Cristo,
"hasta que todos lleguemos a la
unidad de la fe y del conocimiento
del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la
plenitud de Cristo" (Efesios
4:12-13).
Más aún, si conocemos los mandamientos de Dios, debemos obedecerlos sin transigencias ni excepciones. A veces nos sentimos tentados a dar menos importancia a
las enseñanzas de Cristo, por conveniencia, o porque dejamos que
las circunstancias externas nos empañen la fe. Por tanto, para que
podamos escapar a las influencias
s e d u c t o r a s que nos alejan de
Cristo, El nos dice:
"Y para que más íntegramente te
conserves sin mancha del mundo,
irás a la casa de oración y ofrecerás
tus sacramentos en mi día santo"
(D.yC.59:9).
Obedecer Sus mandamientos nos
dará libertad, independencia, fortaleza y felicidad verdadera. Por consiguiente, pregunto hoy a todos: "¿A
quién iremos?" Decidámonos a seguir a Cristo y ser verdaderos discípulos Suyos, no dejándonos ofender
por Su mensaje de la verdad sino
más bien regocijándonos por él. No
sé de ningún otro camino ni. lugar
adonde podamos ir, y por eso agrego
mi testimonio al de Simón Pedro
cuando le dijo:
"Señor... Tú tienes palabras de
vida eterna.
"Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo
del Dios viviente" (Juan 6:68-69).
Les testifico que José Smith vio al
Padre y al Hijo. Ellos son Seres reales. Jesús ha resucitado; El es nuestro
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Cristo y nuestro Salvador, y es el
Hijo del Dios viviente. Este conocimiento es mi fe, mi testimonio y mi
vida. Ruego que todos podamos llegar al conocimiento de Jesucristo y
actuar de acuerdo con ese conocimiento, con un corazón puro, con
esperanza y con caridad. En el nombre de Jesucristo. Amén. G
Una estrategia de guerra
Eider D u r r e l A. Woolsey
Relevado recientemente del Quórum de los Setenta
"La solución continúa siendo la misma de siempre: guardar los
mandamientos, seguir a los profetas, leer, entender y meditar las
Escrituras."
H
oy quisiera hablarles acerca de una estrategia de
guerra. Cantamos el
himno "Con valor marchemos,
huestes de Jesús" (Himnos, No.
159). Pablo dijo, "Y si la trompeta
diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?" (1 Corintios
14:8.) En el libro del Apocalipsis se
nos habla de "una gran batalla en el
cielo" (Apocalipsis 12:7) ¿Qué clase
de batalla es? ¿De qué guerra se
habla?
Se trata de la guerra por las almas
de los hombres. La línea de combate
se ha establecido desde la época de
Adán: el mal contra la rectitud. En
esta última dispensación, y en preparación para el Milenio, las fuerzas
del mal se han intensificado y unido
bajo la poderosa influencia de
Satanás. En el bando opuesto, el
Reino de Dios hace resonar con claridad la trompeta de la rectitud,
como quizás nunca antes se ha escuchado. La Iglesia de Jesucristo de los
Santos de los Últimos Días se halla
en la ofensiva declarando que el
bien es el bien y el mal es eí mal.
Isaías profetizó acerca de nuestra
época sobre este mismo tema ai
decir:
"¡Ay de los que a lo malo dicen
bueno, y a lo bueno malo; que
hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo
por dulce, y lo dulce por amargo!"
(Isaías 5:20.)
Satanás ofrece una extraña mezcla con sólo la cantidad suficiente
de lo bueno como para enmascarar
el mal a lo largo de su sendero cuesta abajo hacia la destrucción, como
lo describiera Nefí, el antiguo profeta, al decir:
"porque he aquí, en aquel día él
enfurecerá los corazones de los hijos
de los hombres, y los agitará a la ira
contra lo que es bueno.
"Y a otros los pacificará y los
adormecerá con seguridad carnal,
de modo que dirán: Todo va bien en
Sión; sí, Sión prospera, todo va
bien. Y así el diablo engaña sus
almas, y los conduce astutamente al
infierno" (2 Nefi 28:20-21).
Satanás en verdad enfurece el
corazón de algunos, adormece a muchos con seguridad carnal, a otros
los lisonjea y les dice que no hay infierno. Ha atraído y enlistado a muchos de sus seguidores con promesas
de fama, riquezas y poder; ha hecho
un arte del llamar "bien" al mal y
"mal" al bien; ha confundido a muchos, aun a naciones y dirigentes,
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usando un enfoque inmoral de los
asuntos morales.
Permítanme mencionar sólo tres
ejemplos de potentes voces impías
entre las muchas proclamas de
Satanás. Primero: él dice que el albedrío individual justifica la destrucción de una vida humana mediante el aborto; segundo: que las
relaciones íntimas y aun los matrimonios entre personas del mismo
sexo son aceptables; y tercero: que
la castidad y la fidelidad son principios pasados de moda e intolerantes;
y considera aceptable el ser sexualmente activo con total libertad.
En este mismo momento, héroes
internacionales del deporte, de la
música y del cine no sólo viven
vidas inmorales sino que enseñan la
inmoralidad por todo el mundo mediante la poderosa influencia de los
medios masivos de difusión y prensa.
Millones en todo el mundo los idolatran y aceptan. El mundo en general parece haber caído en un coma
de inmoralidad, dejando atrás los
valores morales que Dios ha dado y
que se respetaron durante tanto
tiempo.
Las Autoridades Generales han
dicho que debemos desechar lo
mundano. Somos muchos más que
los "diez" que se necesitaban para
salvar a Sodoma y a Gomorra.
¿Cómo hemos de pelear esta batalla? Los santos fieles de Dios, con el
sostén de Su Santo Sacerdocio, son
la fuerza más poderosa de la tiei"ra.
Debemos apegarnos a las firmes proclamaciones de Dios acerca de la
santidad de la vida, y a su eterna e
imperecedera instrucción de que seamos castos y puros. Su amoroso
consejo de que las familias son ordenadas por Dios, con un padre, una
madre e hijos que viven juntos para
siempre, no se dio como una excepción, sino como la regla. El retorno
de una persona a Cristo traerá paz a
su mente en lugar de agitación,
tranquilidad para reemplazar la contención, y valor y optimismo en
lugar de temor.
Esta forma de vida centrada en
Cristo, no es sólo para las personas
en forma individual, sino para las
familias, los gobiernos y las naciones e n t e r a s , a todos los cuales
brindará resultados muy similares.
Por ejemplo, la persona o aun la
nación que viva en forma recatada
y virtuosa, no tiene por qué temerle a la terrible enfermedad del
SIDA. Las familias sin padre creadas por la contención y el divorcio
serían virtualmente desconocidas.
Al examinar su responsabilidad individua!, ¿en dónde se hallan? Hay
síntomas o señales del camino
cuesta abajo. Diez de estos síntomas podrían ser:
• Una creciente miopía espiritual,
o la incapacidad de ver claramente
¡as cosas de naturaleza espiritual.
• Una insensibilidad creciente en
cuanto a las cosas de Dios.
• Un endurecimiento de las arterias espirituales: El cuidado de las necesidades espirituales pasa a ser de
algo diario o semanal a algo mensual,
luego se hace de vez en cuando, y
por último desaparece totalmente.
• Una creciente dependencia de
un verdadero ejército de especialistas en psiquiatría, en lugar del sacerdocio, de Dios y de uno mismo.
• Una creciente independencia
de las cosas espirituales.
• Un creciente número de amigos
que poseen bajas normas morales.
• El citar temas de los programas
de televisión con invitados especiales en lugar de citar las Escrituras.
• Voces airadas en lugar de expresiones calmas.
• Abuso verbal, y aun físico, reemplazando un círculo de amor.
• Aceptación gradual del mal, no
totalmente de golpe, sino poco a
poco.
Algunos están mucho más al
tanto de la ubicación de las trampas
de arena en el campo de golf o de
un buen revés en un partido de
tenis, que de la ubicación de las
Escrituras de salvación. Muchos
buscan la felicidad en las páginas de
finanzas en lugar de ir al consejo
inspirado de los profetas. He observado que la gran mayoría de la
gente en el mundo desperdicia su
vida comprometiendo lo mejor de
su tiempo y de sus esfuerzos en proyectos que no les sirven para ganar
la exaltación, pero que tienen consecuencias eternas.
Debemos estar embarcados en
una causa buena y justa. Tenemos
que ver con claridad, no obscuramente (ver 1 Corintios 13:12),
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Debemos mirar objetivamente, a
nosotros mismos y a nuestra familia,
con el fin de que no nos atrape el
segundo gran diluvio universal de
calamidades a nuestro derredor. Se
ha profetizado que los fieles vencerán en esta batalla, y se levantarán
triunfantes para recibir al Señor
Jesucristo al tiempo de Su segunda
venida. La fórmula para obtener esa
victoria incluye oraciones diarias familiares e individuales con Noches
de Hogar familiares al menos una
vez por semana. Tal vez digan: "No
tengo tiempo". Hermanos y hermanas, simplemente no pueden darse
el lujo de no disponer de ese tiempo.
Es sorprendente c u á n t o tiempo
queda disponible con sólo apagar la
televisión. La solución continúa
siendo Ja misma de siempre: guardar
los mandamientos, seguir a los profetas, leer, entender y meditar las
Escrituras.
Testifico que Dios vive, que Su
Hijo Jesucristo ha llevado a cabo la
realidad del plan de redención. Que
gracias a Él y a Su amorosa
Expiación, todos los que así lo anhelen ganarán la batalla y estarán junto
a El eternamente. Lo testifico en el
nombre de Jesucristo. Amén. Q
La inminencia de
la perfección
Eider Russell M. Nelson
del Quórum de los Doce Apóstoles
" N o debemos desalentarnos si nuestros esfuerzos más sinceros en busca
de la perfección nos parecen demasiado arduos e interminables. La
perfección... llegará en su totalidad únicamente después de la
resurrección y sólo por medio del Señor."
S
i les preguntara cuál de los
mandamientos del Señor es el
más difícil de guardar, muchos de nosotros tal vez citaríamos
Mateo 5:48: "Sed, pues, vosotros
perfectos, como vuestro Padre que
está en los cielos es perfecto".
El guardar este mandamiento
puede ser una preocupación ya que
todos estamos muy lejos de ser perfectos, tanto en el aspecto espiritual
como temporal. Y las pruebas de
ello se nos presentan muy a menudo. Podemos dejar olvidadas las llaves dentro del auto o incluso olvidar
dónde lo estacionamos; y con frecuencia caminamos resueltamente
de un lado a otro de la casa y nos
damos cuenta de que hemos olvidado lo que íbamos a hacer.
Cuando comparamos nuestro
desempeño personal con la norma
suprema de lo que el Señor espera
de nosotros, la realidad de nuestra
imperfección puede resultar a veces
desalentadora. Me siento muy triste
por aquellos miembros de la Iglesia
que, por motivo de sus defectos,
permiten que la depresión les prive
de la felicidad de sus vidas.
Es preciso que recordemos lo siguiente: "existen los hombres para
que tengan gozo" ¡sin sentimientos
de culpabilidad! {Véase 2 Nefi 2:25.)
Asimismo, debemos recordar que
el Señor no nos da mandamientos
que sean imposibles de obedecer,
sino que a veces no los comprendemos plenamente.
Tal vez podríamos comprender
mejor la perfección si la clasificáramos en dos categorías: la primera
podría tener que ver únicamente
con esta vida: la perfección mortal;
la segunda categoría podría aplicarse
únicamente a la vida venidera: la
perfección inmortal o eterna.
LA PERFECCIÓN MORTAL
En esta vida podemos perfeccionar determinadas acciones: un lanzador de béisbol podría lograr una
victoria en la que no se anotara ninguna carrera; un cirujano podría realizar una operación sín error alguno
y un músico podría ejecutar un número musical sin equivocarse ni una
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vez. De la misma forma, una persona
puede lograr la perfección en ser
puntual, pagar el diezmo, guardar la
Palabra de Sabiduría, etc. El enorme
esfuerzo que se requiere para lograr
tal autodominio se ve recompensado
con un profundo sentimiento de satisfacción. Pero, más importante
aún, es que los logros espirituales
que obtengamos en esta vida mortal
permanecerán con nosotros en la
eternidad (véase D. y C. 130:18-19).
Santiago nos dejó una guía práctica por medio de la cual se podría
medir la perfección. Él dijo: "Si alguno no ofende en palabra, éste es
varón perfecto" (Santiago 3:2; cursiva agregada).
Las Escrituras describen a Noé, a
Set y a Jacob como hombres perfectos (véase Génesis 6:9; D. y C.
107:43; Job 1:1).
Indudablemente, se podría aplicar el mismo término a un gran número de fieles discípulos en varias
dispensaciones. Alma dijo que
"hubo muchos, muchísimos" (Alma
13:12) que eran puros ante el Señor.
Eso no quiere decir que esas personas nunca cometían errores ni necesitaban que se les corrigiera. El
proceso de la perfección abarca
retos difíciles de superar y pasos
hacia el arrepentimiento que pueden ser muy dolorosos (véase
Hebreos 5:8).
En la formación del carácter hay
un lugar apropiado para eí castigo,
porque sabemos que "el Señor al
que ama, disciplina" (Hebreos 12:6).
La perfección mortal se puede lograr cuando tratamos de llevar a
cabo toda responsabilidad, cumplimos toda ley y nos esforzarnos por ser
igualmente perfectos en nuestra esfera como nuestro Padre lo es en la
suya. Si ponemos lo mejor de nuestra
parte, el Señor nos bendecirá según
nuestras obras y los deseos de nuestro
corazón (véase D. y C. 137:9).
LA PERFECCIÓN ETERNA
Sin embargo, Jesús ha pedido más
que una perfección mortal. En el
momento en que pronunció las palabras: "como vuestro Padre que
está en los cielos es perfecto", El
hizo que eleváramos la mirada más
allá de los límites de la mortalidad.
Nuestro Padre Celestial tiene una
perfección eterna; por tanto, este
hecho en sí merece tener una perspectiva mucho más amplia.
Hace poco, estudié las versiones
inglesa y griega del Nuevo
Testamento, concentrándome en eí
uso del término perfecto y sus derivados. El estudiar ambos idiomas al
mismo tiempo, me brindó algunas
perspectivas interesantes, ya que el
Nuevo Testamento se escribió originalmente en griego.
En Mateo 5:48, el término perfectos fue traducido del griego télelos,
que significa "completo". Télelos es
un adjetivo derivado del sustantivo
telas, que quiere decir "final" '.
La forma infinitiva del verbo es
teleiono que quiere decir "llegar a un
punto distante, estar completamente
desarrollado, consumar o terminar".
Sírvanse notar que la palabra no
implica "sin errores", sino "alcanzar
un objetivo distante". De hecho,
cuando los autores del Nuevo
Testamento en griego deseaban describir la perfección en el comportamiento —la precisión o la excelencia del esfuerzo humano— no utilizaron el término télelos en ninguna
de sus formas, sino que eligieron palabras diferentes2.
El término télelos no es del todo
desconocido para nosotros, ya que
de él se deriva el prefijo te/e- que
usamos en forma cotidiana; teléfono
literalmente significa "conversación
distante"; televisión significa "ver
desde lo lejos"; telefoto quiere decir
"luz distante", etc.
Teniendo presentes estos antecedentes, consideremos otra declaración de suma importancia que hizo
el Señor. Momentos antes de Su
crucifixión, El dijo que "...al tercer
día termino mi obra" (Lucas 13:32)
[en lugar de decir "termino mi
obra", en la Biblia en inglés dice:
"seré perfeccionado"].
Reflexionen en esta declaración.
El Señor, sin pecados ni errores —
quien según nuestras normas mortales ya era perfecto—, proclamó que
Su propio estado de perfección estaba aún en el futuro.5
Su perfección eterna llegaría después de Su resurrección y de recibir
"toda potestad... en el cielo y en la
tierra" (Mateo 28:18; véase también
D. y C. 93:2-22).
La perfección que el Salvador espera de nosotros es mucho más que
actuar sin errores. Es la expectativa
eterna, tal como lo expresó el
Salvador en Su extraordinaria oración en la que intercedió por nosotros ante Su Padre, de que fuésemos
perfectos para que de esa forma pudiéramos morar con ellos en las
eternidades venideras (véase Juan
17:23-24).
La obra y la gloria completas del
Señor se relacionan con la inmortalidad y la vida eterna de cada ser
humano (véase Moisés 1:39).
Él vino al mundo para hacer la
voluntad de su Padre que lo envió
(véase 3 Nefi 27:13).
Su sagrada responsabilidad fue
prevista desde antes de la Creación
(Moisés 4 : 1 - 2 ; 7:62; Abraham
3:22-28) y profetizada por todos Sus
santos profetas desde el comienzo
del mundo (véase Hechos 3:19-21).
La expiación de Cristo cumplió el
propósito tan extensamente esperado para el cual El había venido a la
tierra. Las últimas palabras que pronunció en la cruz, en el Calvario,
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hicieron alusión a la culminación de
la asignación que se le había encomendado: de expiar en beneficio de
toda la humanidad. Entonces dijo:
"Consumado es" (Juan 19:30)4.
No es de sorprenderse que la palabra consumado se haya derivado
del término griego télelos.
El Libro de Mormón confirma el
hecho de que Jesús alcanzó la perfección después de Su resurrección;
registra la visita del Señor resucitado a la gente de la antigua
América, donde Él repitió el importante mandato citado anteriormente, pero agregando algo de gran significado. Él dijo: "quisiera que fueseis perfectos así como yo, o como
vuestro Padre que está en los cielos
es perfecto" (3 Nefi 12:48; cursiva
agregada).
Esta vez Él se nombró juntamente con su Padre como un personaje
perfecto, cosa que previamente no
había hecho (véase Mateo 5:48).
La resurrección es un requisito
para la perfección eterna. Gracias a
la expiación de Jesucristo, nuestro
cuerpo, corruptible en la vida terrenal, llegará a ser incorruptible.
Nuestro ser físico, ahora sujeto a
las enfermedades, a la muerte y al
deterioro, adquirirá una gloria inmortal (véase Alma 11:45; D. y C.
76:64-70).
Nuestro cuerpo, cuya vida se la
debe a la sangre, y que va envejeciendo paso a paso (véase Levítico
17:11), recibirá el sustento del espíritu, no envejecerá y superará los
lazos de la muerte''.
La perfección eterna está reservada para los que superan todas las
cosas y heredan la plenitud del Padre
en Sus mansiones celestiales. La perfección consiste en obtener la vida
eterna: la clase de vida que Dios
tiene. (Véase Joseph Fielding Smith,
The Way to Perfection [ Independe nce,
Misuri: La Sociedad Cenealógica de
Utah, 1946], pág. 331; Bruce R.
McConkie, Mormon Doctrine, segunda edición, [Salt Lake City:
Bookcraft, 1966], pág. 237.)
LAS ORDENANZAS Y LOS
CONVENIOS DEL TEMPLO
Las Escrituras mencionan otros
requisitos importantes para la perfección eterna, los cuales se relacionan con las ordenanzas y los convenios del templo6.
Ninguna persona que tenga uso
de razón podrá recibir la exaltación
en el reino celestial sin las ordenanzas del templo. Las investiduras y los
sellamientos forman parte de nuestra
perfección personal y se aseguran por
medio de nuestra fidelidad. (Véase
Joseph Fielding Smith, Doctrinas de
Salvación, 3 tomos, compilación por
Bruce R. McConkie; Salt Lake City:
La Iglesia de Jesucristo de los Santos
de los Últimos Días, 1979, Tomo II,
págs. 42-43.)
Este requisito también atañe a
nuestros antepasados. Pablo enseñó
"que no fuesen ellos perfeccionados
aparte de nosotros" (Hebreos 11:40;
cursiva agregada).
Nuevamente, en este versículo,
del término griego del cual se tradujo la palabra perfeccionados era una
forma del término teleios7.
En una revelación contemporánea, el Señor ha sido todavía más
explícito. Su Profeta escribió:
"...mis muy queridos hermanos y
hermanas, permítanme aseguraros
que éstos son principios referentes a
los muertos y a los vivos que no se
pueden desatender, en lo que atañe
a nuestra salvación. Porque su salvación es necesaria y esencial para la
nuestra... ellos sin nosotros no pueden ser perfeccionados, ni tampoco
podemos nosotros ser perfeccionados sin nuestros muertos" (D. y C.
128:15; véase también Enseñanzas
del Profeta]osé Smith, pág. 185).
EL EJEMPLO DEL
SALVADOR NOS DA ALIENTO
Nuestra ascención por el camino
hacía la perfección recibe el aliento
y el empuje que nos brindan las
Escrituras. En éstas se encuentra la
promesa de que si somos fieles en
todas las cosas, llegaremos a ser
como Dios. Juan, el Apóstol amado,
escribió:
"...para que seamos llamados
hijos [e hijas] de Dios...
"...cuando El se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es.
"Y todo hombre que tiene esta
esperanza en Él, se purifica a sí
mismo, así como Él es puro" (1 Juan
3:1-3. Para información adicional
véase joseph Fielding Smith, The
Way to Perfection, págs. 7-9).
El seguir el ejemplo de Jesús nos
brinda constante aliento. Él enseñó:
"Sed santos, porque yo soy santo"
(1 Pedro 1:16; véase también
Levítico 11:44-45; 19:2; 20:26).
¡Su esperanza en nosotros es muy
clara! Éí declaró:
"...¿qué clase de hombres habéis
de ser? En verdad os digo, aun como
yo soy" (3Nefi27:27).
Por consiguiente, la mejor manera de expresar nuestra adoración por
Jesús es emulando Su ejemplo.
(Véase Neal A. Maxwell, We Talk of
Christ, We Rejoice in Christ, Salt
Lake City: Deseret Book Co., 1984,
pág 145; Hugh B. Brown, The
Abundant Life, Salt Lake City:
Bookcraft, 1965, pág. 199).
Las personas nunca han dejado
de seguir a Jesús porque Sus normas
hayan sido imprecisas o no muy elevadas. Por el contrario, algunos han
descartado sus enseñanzas porque
las consideraron demasiado precisas
o inalcanzables. Sin embargo, esas
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elevadas normas, cuando se buscan
con diligencia, producen una gran
paz interior y un gozo incomparable.
No hay otro ser que se compare a
Jesucristo, ni tampoco exhortación
alguna que se asemeje a Su expresión sublime de esperanza:
"...quisiera que fueseis perfectos
así como yo, o como vuestro Padre
que está en los cielos es perfecto"
(3Nefil2:48).
Esa gran invitación divina es
compatible con el hecho de que,
como hijos engendrados de Padres
Celestiales, estamos investidos con
el potencial de llegar a ser como
Ellos; de la misma forma que a los
hijos teiTenales les es posible llegar a
ser como sus padres terrenales.
El Señor restauró Su Iglesia para
ayudarnos a prepararnos para alcanzar la perfección. Pablo dijo que el
Salvador puso en la Iglesia apóstoles, profetas... y maestros, "a fin de
perfeccionar a los santos, ...para la
edificación del cuerpo de Cristo:
"Hasta que todos lleguemos a la
unidad de la fe y del conocimiento
del Hijo de Dios, a un varón perfecto,
a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo" (Efesios 4:12-13;
cursiva agregada).
El hombre perfecto descrito en la
cita de Pablo es la persona completa
—teleios— ¡el alma glorificada!
Moroni enseñó la manera de obtener ese glorioso objetivo. En cualquier época, sus enseñanzas son un
antídoto para la depresión y un precepto para alcanzar la felicidad. Yo
hago eco a su súplica:
"Venid a Cristo, y perfeccionaos
en él, y absteneos de toda impiedad... [amad] a Dios con toda vuestra alma, mente y fuerza, entonces...
fseréis] perfectos en Cristo... santos,
[y] sin mancha" (Moroni 10:32-33).
Mientras tanto, hermanos y hermanas, hagamos todo lo que esté a
nuestro alcance por tratar de mejorar cada día. Cuando surjan nuestras imperfecciones, continuemos
corrigiéndolas; aprendamos a perdonar los defectos en nosotros mismos
así como en las personas que amamos; recibiremos consuelo y paciencia. El Señor enseñó:
"No podéis aguantar ahora la presencia de Dios...; por consiguiente,
continuad con paciencia hasta perfeccionaros" (D. y C. 67:13).
No debemos desalentarnos si
nuestros esfuerzos más sinceros en
busca de la perfección nos parecen
demasiado arduos e interminables.
La perfección es inminente; llegará
en su totalidad únicamente después
de la resurrección y sólo por medio
del Señor; está en espera de todos
los que le aman a El y guardan Sus
mandamientos; abarca tronos, reinos, principados, potestades y dominios (véase D. y C. 1.32:19).
Es el fin para el cual hemos de
perseverar.
Es la perfección eterna que Dios
tiene reservada para cada uno de nosotros; de lo cual testifico en el nombre de Jesucristo. Amén. •
La trama de la fe
y del testimonio
Presidente Gordon B. Hinckley
"El gran propósito de la obra en la que estamos embarcados es
ayudarnos en el camino hacia la inmortalidad y la vida eterna."
NOTAS
1. La forma femenina del nombre es leída, el término griego de un punto al final
de una frase.
2. Algunos de los ejemplos son:
* "De la boca de ios niños y de los que
maman perfeccionaste la alabanza" (Mateo
21:16; cursiva agregada).
" "El discípulo no es superior a su
maestro; mas todo el que fuere perfecciona*
do, será como su maestro" (Lucas 6:40). En
ambos versículos, el término perfecto se deriva de la palabra griega katartizp que significa "equipar, proveer, poner en orden,
arreglar, ajustar; formarse o moldearse a sí
mismo" —un acto de preparación.
.3. En el texto en griego, se utilizó nuevamente el verbo teleiono, esta vez en tiempo futuro: teleiouma.
4- En una revelación moderna, Jesús
utilizó un lenguaje semejante al decir.
"...bebí, y acabé mis preparativos para con
los hijos de los hombres" (D. y C. 19:19;
cursiva agregada).
5. Según el diccionario bíblico en inglés, la resurrección significa volverse inmortal, sin sangre, pero con un cuerpo de
carne y huesos.
ó. José Smith enseñó: "El nuevo nacimiento viene por el Espíritu de Dios mediante las ordenanzas" (Enseñanzas del
Profeta José Smilh, pág. 188).
7. telcioo.
E
sta conferencia ha sido un
acontecimiento magnífico.
Hemos escuchado en ella a
veintiocho discursantes, a ninguno
de los cuales se le asignó el tema del
que debía hablar: cada uno tenía la
libertad de elegir el mensaje que deseara comunicar. En ese sistema,
siempre existe el riesgo de la repetición. Pero, qué extraordinario es ver
que todo se ha entretejido para formar una hermosa trama de expresiones de fe y testimonio. Siento inmensa gratitud por lo que hemos escuchado. Siento que seré una persona mejor si pongo en práctica los
conceptos que se me han recordado
en estas sesiones, y les aseguro que
también cada uno de ustedes lo será
si aplica en su vida algo de lo que
ha escuchado en esta grandiosa
conferencia.
Mis hermanos, sé que ustedes
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oran, y eso es algo maravilloso en
esta época en que el hábito de la
oración ha desaparecido cié la vida
de muchas personas. Suplicar aí
Señor para recibir una sabiduría superior a la nuestra, para pedir fortaleza a fin de hacer lo que debamos
hacer, para obtener consuelo y expresar gratitud, es una acción maravillosa y trascendental. Sabemos que
oran por nosotros y agradecemos
esas oraciones, pues nos sostienen y
nos recuerdan la gran confianza que
ustedes nos tienen. Quiero que
sepan que también nosotros oramos
por ustedes siempre; oramos para
que sean felices y para que, al vivir
de acuerdo con eí evangelio, haya
amor y paz en su hogar y una abundancia de bondad en su vida. Esa es
la esencia de todo lo que hacemos,
porque Dios mandó a Su Unigénito
Hijo Amado "para que todo aquel
que en él cree, no se pierda, mas
tenga vida eterna" (Juan 3:16). El
gran propósito de la obra en la que
estamos embarcados es ayudarnos
en el camino hacia la inmortalidad y
la vida eterna.
Tengan la seguridad de que los
amamos. Cada mañana de mi vida
agradezco al Señor la restauración
del evangelio y la importancia fundamental que tiene en la vida de los
fieles Santos de los Últimos Días.
Padres, amen a sus hijos y valórenlos. ¡Son tan preciados y tan extremadamente importantes! Ellos
son el futuro. Para criarlos, necesitan algo más que su propio conocimiento, necesitan la ayuda del
Señor; oren para obtenerla y obedezcan la inspiración que reciban.
Ahora, al despedirnos a la conclusión de esta conferencia, les reafirmamos el afecto que sentimos por
cada uno de ustedes. Aun los que
han transgredido, sepan que los
amamos. No podemos aceptar el pecado, pero amamos al pecador.
Que Dios los bendiga. Dejo mi
bendición con ustedes para que, al
andar por la fe, haya paz en su corazón y bondad y alegría en su vida, y
que el Espíritu del Señor more con
ustedes en su hogar para nutrirlos
espiritualmente, junto con sus seres
más queridos. En el nombre de
Jesucristo. Amen. •
ilS
REUNIÓN GENERAL DE LA SOCIEDAD DE SOCORRO
23 de septiembre de 1 995
La Sociedad de Socorro:
Un bálsamo de Galaad
Presidenta Elaine L. Jack
Presidenta General de la Sociedad de Socorro
"Hermanas, testifico que una de nuestras funciones más importantes
como miembros de la Sociedad de Socorro es fortalecernos mutuamente,
y de este modo servir mejor a nuestra familia."
M
i mensaje de hoy es sencillo: sepan, que amo a la
Sociedad de Socorro.
Conozco el amor, la paz y la unidad
que lleva a la vida de las mujeres de
esta Iglesia. Esta organización ha
sido una fuente de fortaleza para mí
y me ha ayudado a criar a mi familia; debido a ella he hecho amistades
muy queridas, me ha impulsado a
aprender y progresar en el evangelio
y me ha servido para mantener la
mira puesta en Jesucristo y en lo que
Él quiere que haga.
Cuando fui llamada como
Presidenta General de la Sociedad
de Socorro, recibí consejos del presidente Thomas S. Monson. Quisiera
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mencionar una porción de lo que él
me dijo:
"Vivimos en una época de grandes cambios en el mundo y en la
Iglesia, por las modificaciones en los
estilos y en las características familiares. Reconocemos que hay muchas familias con un solo padre,
otras en las que hay dificultades
entre marido y mujer, y más aún, la
invasión de las drogas y otros problemas que causan tensión en la familia. En esta hora de necesidad,
usted ha sido llamada... para dirigir
la organización que puede brindar
esa influencia reconfortante, ese
bálsamo de Galaad para unir a todas
las hermanas de la Iglesia".
Esta noche quiero hablar sobre el
consejo del presidente Monson: hablar de nuestras familias, de la
Sociedad de Socorro y de la forma
en que esta gran organización puede
ser un bálsamo de Galaad para
todas, particularmente en nuestro
hogar.
Me enteré de dos maestras visitantes que apenas habían empezado
a hablar con una hermana en su
casa cuando las dos hijas adolescentes de ésta entraron emocionadas,
diciendo que iban a la reunión de
las Mujeres Jóvenes; el esposo, que
también salía para asistir a reuniones esa noche, entretuvo un momento al hijito de tres años que
estaba empeñado en acompañar a
sus hermanas; otras dos hijas discutían en su habitación sobre cuál
video iban a ver. Al irse cada uno a
lo suyo, la hermana empezó a llorar
y les confesó que había sido una semana muy difícil.
Prudentemente, las maestras visitantes le permitieron a la ocupada
esposa y madre la oportunidad de
desahogarse; ella íes contó todo lo
que había acontecido durante la semana y les habló de lo mucho que
extrañaba a su madre recién fallecida. Las tres conversaron y expresaron sus ideas en cuanto al evangelio
y las dificultades de llevarlo a la
práctica todos los días. Las maestras
visitantes, una de ellas soltera y la
otra divorciada, la elogiaron por
todo lo que hacía por criar bien a su
familia.
La madre se sintió mejor. Los
lazos entre ella y las maestras visitantes se fortalecieron y todas se beneficiaron. En el verdadero espíritu
de la Sociedad de Socorro, aquellas
maestras visitantes fortalecieron a la
hermana y a su hogar. A mí también
me benefició el hecho. (Por qué?
Porque este relato es testimonio de
lo que ya sé: de que en verdad la
Sociedad de Socorro es un bálsamo,
nos une y nos ayuda con nuestra familia. Hermanas, testifico que una
de nuestras funciones más importantes como miembros de la
Sociedad de Socorro es fortalecernos mutuamente, y de este modo
servir mejor a nuestra familia. Nos
reunimos juntas; aprendemos las
unas de las otras; volvemos al hogar
y fortalecemos a nuestra familia; es
así de sencillo, pero a la vez muy
profundo, que tengamos esta organización como nuestro bálsamo de
Galaad.
El presidente Boyd K. Packer, en
un discurso dirigido a las mujeres de
la Iglesia, citó a la Primera
Presidencia, diciendo:
"Pedimos a nuestras hermanas de
la Sociedad de Socorro que jamás olviden que constituyen una organización única en el mundo, pues fueron
organizadas bajo la inspiración de)
Señor... Ninguna otra organización
de mujeres en toda la tierra ha contado con tal excelso origen" ("Una
hermandad sin fronteras", Liahcma,
marzo de 1981, pág. 70).
Esa dirección divina continúa
hoy día con el consejo, la guía, el
aliento y la inspiración que nos brindan los líderes del sacerdocio. Estoy
agradecida por nuestro Profeta,
Gordon B. Hinckley, y por las
Autoridades Generales de esta
Iglesia que rinden honor a la obra
de la Sociedad de Socorro.
Nos esforzamos por cumplir con
el encargo que se nos ha dado de
demostrar caridad, de edificar el testimonio del Evangelio de Jesucristo
en las hermanas, de fortalecer a las
familias de la Iglesia y de destacar la
importancia de vivir de acuerdo con
el evangelio. Lo hacemos en las reuniones, en el hogar, en nuestras relaciones mutuas. Esta perspectiva espiritual es el bálsamo de Galaad, esa
influencia reconfortante de la que
habló el presidente Monson, que
lleva paz al alma. Llevamos este bálsamo con nosotras en todo momento, y es por eso que tenemos éxito.
En estos días hay muy poca paz
espiritual. Para muchos, ésta es una
época de confusión en cuanto a lo
que en verdad es importante en la
vida. Siempre se nos presentarán dificultades y asuntos apremiantes que
alejen nuestra atención de la obra
del Señor. Recuerden, la Sociedad
de Socorro es la organización del
Señor para las mujeres; es mucho
más que limitarse a asistir a una
clase los domingos. El prestar servicio en la Sociedad de Socorro hace
progresar a todas las hermanas. Una
hermana del estado de Virginia escribió esto:
"He prestado servicio en casi
todos los llamamientos de la
Sociedad de Socorro y siento un
gran amor por esta organización que
me ha educado de diversas maneras.
Considero esos años como los más
espirituales y felices de mi experiencia en la Iglesia. La Sociedad de
Socorro me ha hecho ver que soy
una persona de valor" (Loretta H.
Ison, Big Stone Gap, Virginia).
En la Sociedad de Socorro somos
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fieles a las virtudes que se relacionan con la mujer, la madre, la familia y una vida de rectitud. Al aceptar esa dirección divina, las hermanas de la Sociedad de Socorro
pueden emplear este bálsamo de
Galaad en tiempos de tribulación.
Contamos con las fuentes espirituales de fe, esperanza y compasión,
para aplicarlas como bálsamo.
En tiempos antiguos, el bálsamo
de Galaad era una especia aromática que se utilizaba para sanar y calmar. Provenía de un arbusto o árbol
que crecía en los alrededores de
Galaad, se usaba como mercancía
de trueque y era sumamente popular. La fortaleza del bálsamo se hace
evidente en la letra de un himno:
Hay bálsamo en Galaad
para al herido sanar.
El bálsamo de Galaad
el pecado del alma va a quitar.
(Recreational
Songs,
1949,
pág. 130).
La presidencia de la Sociedad de
Socorro desea que todas las hermanas de la Iglesia reconozcan la importancia de su servicio y progresen
en la obra que realizan para el Reino
de Dios en la tierra. Hermanas, tenemos un sagrado llamamiento. Al
dedicarnos a los propósitos de la
Sociedad de Socorro, veremos muchos cambios favorables en cuanto a
los problemas que afectan nuestros
hogares y comunidades.
El nombre "Sociedad de Socorro"
describe nuestro objetivo: proveer socorro. Aunque las mujeres muchas
veces tenemos el deseo y la tendencia
natural de tratar de resolver cualquier
problema, no somos la "sociedad de
soluciones"; somos la Sociedad de
Socorro. Comprendemos el poder y la
fortaleza de los frutos del Espíritu que
se describen en Gálatas: amor, gozo,
paz, paciencia, benignidad, bondad,
fe (Gálatas 5:22; cursiva agregada).
Aunque no nos sea posible eliminar
el problema, podemos prestar alivio al
que sufre; podemos brindarle seguridad y apoyo, bondad y tranquilidad.
Cuando el profeta José Smith sufría en la cárcel de Liberty, escribió
lo siguiente en cuanto al bálsamo
que recibió de sus amigos:
"... aquellos que jamás han sido
encerrados dentro de los muros de
una prisión sin causa... difícilmente
se pueden imaginar cuan dulce es el
son de la voz de un amigo. Una
señal de amistad, de dondequiera
que proviniere, despierta y activa
todo sentimiento de simpatía... la
voz de la inspiración llega quietamente, y susurra: ...Hijo mío, paz a
tu alma..." (Enseñanzas del Profeta
José Srnith, pág. 158).
El Profeta reconoció la función
que cada uno de nosotros tiene de
animar, de ayudar y tranquilizar, a
fin de mitigar las calamidades de la
vida y ser receptivos a la voz del
Señor.
Ése es el bálsamo que hoy día
emplean las mujeres de la Sociedad
de Socorro. En esta Iglesia mundial
hay innumerables hermanas que
ponen a su familia en primer plano:
mujeres que leen las Escrituras y las
meditan; que siguen el consejo de
los profetas que nos guían; que dedican su tiempo a cumplir llamamientos difíciles, los que varían desde
organizar campamentos para las
Laureles, hasta enseñar los Artículos de Fe a los niños de la Primaria,
o saludar a las hermanas que llegan
a la Sociedad de Socorro los domingos por la mañana. Y la influencia
de todas ellas trae bendiciones al
mundo.
Gran parte de lo que hacen lo
llevan a cabo silenciosamente, hermana por hermana. Siempre ha sido
así. Pienso en María, que lavó los
pies de Jesús después de Su calurosa
y polvorienta jornada, y luego los
enjugó con sus cabellos antes de ungírselos con perfumes (véase Juan
12:3); pienso en Dorcas, a quien a
veces se menciona como la hermana
de la Sociedad de Socorro del
Nuevo Testamento, ya que las buenas obras que realizó a lo largo de su
vida fueixin causa de que las mujeres
lloraran cuando ella murió y que le
suplicaran a Pedro que le restaurara
la vida (véase Hechos 9:36-39);
pienso en Helen, que trabaja conmigo en las oficinas generales de la
Sociedad de Socorro: incansable,
paciente y gentil, Helen es una
fuente de paz que me da consuelo,
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porque sé que siempre puedo contar
con su ayuda.
He tenido el privilegio de conocer a muchas de ustedes. Gracias
por el constante amor que se extienden unas a otras, por su ejemplo y
servicio. Gracias por estrecharse la
una a la otra, acogiéndose mutuamente en el círculo de hermandad
que es el corazón y el alma de una
rama, un barrio o una estaca.
La quinta Presidenta General de
la Sociedad de Socorro, Emmeline
B. Wells, describió la influencia de
las hermanas cuando dijo: "El sol
nunca se pone para la Sociedad de
Socorro" ("R.S. Reports: Alpine
Stake", Womarís Exponent, agosto de
1904,pág.21).
He asistido a reuniones de la
Sociedad de Socorro en muchas
partes del mundo y sé que el Señor
no tiene mejores trabajadores que
las buenas mujeres de estas congregaciones. Nuestro bálsamo de
Galaad adquiere muchas formas, ya
que prestamos servicio tanto con el
corazón como con las manos.
Recuerdo el informe de una hermana del estado de Georgia, a quien
se había dado la asignación de determinar el daño que unas inundaciones severas habían causado a las
casas de los miembros de la estaca.
Entró en la cocina de una de las
casas, caminando entre el fango que
le llegaba a los tobillos, y abrió uno
de los gabinetes; allí vio enrollada
una serpiente extremadamente venenosa; rápidamente cerró la puerta
y abrió otro gabinete, en donde se
encontró frente a frente con otra
culebra; consternada, corrió hasta la
planta alta, y allí se topó con un caimán. Esto lo clasificaría yo como caridad heroica.
Una madre del estado de
Carolina del Norte que había estado
bajo el cuidado de las hermanas de
la Sociedad de Socorro durante una
enfermedad, comentó: "Las herman.as me han enseñado una lección
en cuanto al valor de un alma, y el
hecho de que, aun cuando nos encontremos despojados de todos
nuestros títulos y responsabilidades,
somos de valor para nuestro Padre
Celestial y la una para con la otra, y
que la caridad nunca deja de ser".
Dondequiera que estemos, podemos llevar una porción de nuestro
bálsamo de Galaad para brindar alivio a los demás. Puede ser algo tan
sencillo como el sentarse junto a
una hermana que se sienta sola; podría ser un comentario positivo durante una lección, que sirviera de
respuesta a la oración de alguna de
las presentes; podría ser una mirada
de aprobación, ayudar a una criatura a tomar agua del bebedero, enviar
una nota por correo o leer las
Escrituras con alguien. Podría ser
una visita a alguien a quien no hayamos visto en las reuniones y cuyo
nombre nos revele la voz apacible y
delicada. Estos pequeños actos nos
inspiran y hacen que nuestros problemas parezcan menos serios. De
hecho, "de las cosas pequeñas proceden las grandes" (D. y C. 64:33).
Tanto el que da como el que recibe
son bendecidos.
Nuestra fortaleza como hermanas
de la Sociedad de Socorro es más
obvia y más importante en el hogar.
La mujer es el centro del hogar.
Cualesquiera sean sus circunstancias,
ustedes son el corazón de su hogar.
Les exhorto a que lo santifiquen, a
que den prioridad al fortalecimiento
y el cuidado de su familia.
Mi hermana y yo hablamos con
frecuencia de la familia en que nos
criamos. Nacimos de buenos padres.
Mi madre era fiel miembro de la
Sociedad de Socorro en Cardston,
Alberta, Canadá. Cuando yo era
joven, sentí la influencia de las hermanas de la Sociedad de Socorro
del barrio; me doy cuenta ahora de
que siempre podía contar con ellas.
Mi querido padre poseía un testimonio inquebrantable, y a los ochenta
y ocho años me dio su última bendición del sacerdocio. Nuestros abuelos eran vecinos nuestros, algo que
no es muy común hoy día; mi abuelo era el patriarca de la estaca y yo
transcribía las bendiciones que él
daba, lo cual fue una gran bendición
para mí. Mi hermana Jean y yo tenemos recuerdos felices de nuestros
años en la casa paterna.
El hogar puede ser un refugio sagrado; no sólo ofrece albergue físico
sino también un sentido de seguridad, un sentimiento de unidad, de
solidaridad con otros miembros de
la familia. En el hogar vive la familia
y ésta se compone de la madre, las
hijas, hermanas, tías y abuelas; también hay en ella abuelos, tíos, hermanos, hijos y un padre.
La familia nos brinda nuestros
mayores gozos y algunas de nuestras
más dolorosas aflicciones; provee un
ambiente de aprendizaje, un aula de
la cual nunca nos graduamos, pero
de la que siempre aprendemos. En el
seno familiar aprendemos a reconocer la paz espiritual que se logra al
aplicar los principios de la caridad,
la paciencia, la integridad, la bondad, la generosidad, el autodominio
y el servicio. Estos no son sólo valores familiares, sino que son el modo
de vida del Señor.
El objetivo de la organización de
la Sociedad de Socorro de la Iglesia,
según el manual de instrucciones, es
ayudar a la mujer y a su familia a
venir a Cristo. Esto significa llevar la
influencia de Jesucristo a nuestro
hogar; significa concentrar nuestra
atención en Su Evangelio y encontrar gozo al vivir Sus mandamientos;
significa que debemos analizar lo
que hacemos con nuestro tiempo y
hacer hincapié en llegar a ser una
familia que vive en unión y paz.
Como ustedes saben, ésta no es
tarea fácil. Todos los medios de comunicación comentan sobre el quebrantamiento o incluso ía desaparición de la familia. Las presiones económicas obligan a las familias a
tomar decisiones difíciles; hay factores que nos tiran en diferentes direcciones, y aun así, no debemos desviarnos de los principios del evangelio. Quizás nuestros esfuerzos pasen
inadvertidos, pero valdrán la pena.
La familia es la estructura básica de
nuestra vida aquí y en las eternidades. El hecho de que la familia sea
sellada indica la importancia central
que tiene en el plan del Señor. Y la
mujer tiene una función clave en la
familia: nosotras establecemos el espíritu que reina en nuestro hogar;
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establecemos el modelo para el diario vivir; establecemos las normas
para tratar a los demás; somos maestras, consejeras, confidentes, defensoras y compañeras.
En la Sociedad de Socorro contamos con un largo y significativo antecedente de dar prioridad a la familia. La "clase para las madres" fue la
primera lección regular que se enseñó en la Sociedad de Socorro.
Iniciadas en 1901, estas lecciones
formaban el curso original de
Educación para la Madre, el cual
tenía como propósito ayudar a las
hermanas a administrar el hogar,
inspirar a sus hijos, enseñar el evangelio y vivir en forma ejemplar, tal
como lo hacemos en la actualidad.
En la Sociedad de Socorro de hoy
día, enfocamos una lección del mes
en las necesidades del hogar y la familia. Pero eso no es todo. El hogar
y la familia son el foco central de referencia de todas las lecciones.
Debido al gran amor que sentimos por nuestra familia, ésta a veces
nos causa dolor o aflicción. Tenemos
el ejemplo de Lehi y Saríah. ¿Cómo
se habrán sentido con las riñas constantes de Laman y Lemuel? Cuando
José fue vendido para Egipto, ¿qué
habrá pensado de sus hermanos?
¿Deseaba en realidad la reina
Ester oír estas palabras de su tío
Mardoqueo: "¿Y quién sabe si para
esta hora has llegado al reino?"
(Ester 4:14).
La familia significa asumir responsabilidad el uno del otro. Esta primavera, mi nieto de siete años, David,
me llamó para invitarme a un concierto en el que me dijo que iba a
tener un papel estelar. Era el martes,
mi día más ocupado, pero le prometí
que trataría de asistir. El día del programa, estuve ahí, esforzándome
junto con los padres de él por encontrarlo en aquel mar de rostros
que llevaban puestas orejas del ratón
Mickey [Miguelito]. En efecto, tenía
un solo; cada niño de la clase tenía
un solo. Pero la recompensa llegó al
final del programa cuando él corrió
por el pasillo, diciendo: "Abuela,
sabía que vendrías".
Una amiga me habló reciente-
mente de su padre, que había sufrido
un ataque apoplético. Ella había enfrentado un período difícil, tratando
de determinar la mejor manera de
cuidarlo y ofrecerle apoyo, y a la vez
considerar a su madre, que gozaba
de buena salud y todavía tenía la
perspectiva de disfrutar de la vida y
de sus nietos. En la conversación, mi
amiga comentó en cuanto al sentimiento de admiración que le llenaba
el alma durante ese tiempo: "He descubierto que me gusta aprender de
él, observarlo mientras lucha con
este difícil proceso de su cuerpo que
se envejece".
Nuestra familia puede permanecer unida en los tiempos más difíciles; esto lo aprendemos bien de una
de las experiencias más dolorosas en
la historia del mundo: la crucifixión
de Jesucristo, el Hijo de Dios.
En Juan leemos: "Estaban junto a
la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre" (Juan 19:25).
Estaban juntos como lo habían estado durante Su vida. Mis pensamientos se remontaron a aquellos primeros años en que María y José criaron
a aquel niño tan extraordinario. Me
imagino a María confortando al niño
Jesús con las palabras de consuelo
tan naturales para nosotras, las madres: "Aquí estoy". Y luego, en ese
momento más dramático de todos
los tiempos, ahí estaba la madre,
María. Ella no pudo aliviarle el dolor
en ese momento, pero en cambio
podía estar a Su lado. Jesús, en un
tributo, ofreció estas grandiosas palabras: "...Mujer, he ahí tu hijo.
Después dijo al discípulo: He ahí tu
madre" (Juan 19:26-27).
Mis hermanas de la Sociedad de
Socorro, somos las poseedoras del
bálsamo de Galaad. Que la hermandad de la Sociedad de Socorro las
conforte y bendiga. Les reitero mi
apoyo en todo lo que hacen por su
familia y con ella. Ruego que sientan
la influencia reconfortante del bálsamo de la Sociedad de Socorro.
Les testifico que Dios vive, que
Jesucristo es Su Hijo y que Su evangelio ha sido restaurado en estos últimos días. En el nombre de
Jesucristo. Amén. D
Formemos una
red viviente
Chieko N. Okctzaki
Primera Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro
"Todas somos literalmente hermanas espirituales. Toda Sociedad de
Socorro debe ser un lugar donde se junten hermanas que se aprecien
entre sí."
M
is queridas hermanas,
¡Aloha! Al expresar
nuestras ideas esta noche
en cuanto a lo que podemos hacer
para fortificar a toda familia, quiero
hablar de la forma en que la
Sociedad de Socorro ofrece ayuda
entrelazándonos en una fuerte hermandad para lograr esa meta.
Ésta es una red, una red de pescador que mi padre, Kanenorí
Nishimura, hizo en Hawai hace muchos años. La he tenido en mi posesión desde que él murió, hace treinta años, y yo la aprecio ya que me
recuerda de él. Para mí, ese momento en que se lanza la red es de belleza supi'ema. Me encantaba ver a mi
padre de pie sobre una roca de la
playa, con la red en las manos;
luego, con un movimiento fuerte y
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elegante y con la agilidad de un bailarín, lanzaba hacia arriba y a la distancia la red, que se abría en vuelo
como un abanico o un paraguas,
para luego caer sobre los peces que
saltaban sobre las olas como flechas
plateadas. Las pesas que había en el
borde de la red hacían que ésta se
hundiera lentamente hasta el fondo,
aprisionando a los peces.
Luego, mi padre se metía en el
agua y recogía la red del fondo, juntando los extremos en sus manos,
hasta poder levantarla como si fuera
una bolsa. Después, subía a la playa,
sosteniendo en las manos la red mojada llena de peces que se retorcían,
la extendía y rápidamente escogía
uno para nuestra cena y para el día
siguiente, y muchas veces uno o dos
peces para nuestros vecinos; el resto
los devolvía al mar.
Quiero comparar nuestra hermandad en la Sociedad de Socorro
con esta red. Nuestro Profeta es
quien lanza la red, dirigiendo la
Sociedad de Socorro en su misión; y
hay tres formas en que la Sociedad
de Socorro funciona como una red:
primero, toda persona es importante, tal como cada una de las cuerdas
que forman la red es importante.
Segundo, la red necesita buen cuidado. Y tercero, el propósito de la
red es pescar en abundancia.
Mi padre elegía los peces que
quería y devolvía el resto, pero el
evangelio nos enseña que toda persona es un hijo apreciado y de gran
valor para sus Padres Celestiales.
Todas somos literalmente hermanas
espirituales. Toda Sociedad de
Socorro debe ser un lugar donde se
junten hermanas que se aprecien
entre sí, sin elegir a algunas y apartar a las otras. Todas merecemos que
se nos aprecie.
En el caso de los peces de mi
padre, la red los sacaba de su ambiente natural al aire donde morían.
Pero el evangelio nos junta en un
ambiente donde experimentamos el
aprecio, la bondad, el amor, el servicio, la instrucción y el cuidado de
unos por otros que nos permite darnos una idea de lo que ha de ser el
cielo. En realidad, somos los peces,
somos la red y somos los pescadores,
simultáneamente.
El segundo punto sobre la red
que se aplica a nuestra hermandad
es que no apareció por accidente ni
espontáneamente. Costó trabajo. Mi
padre hizo esta red con sus propias
manos; compró el material adecuado en la tienda del pueblo y luego
pasó muchas horas por las noches,
después del trabajo, y los fines de semana, trabajando pacientemente.
Comenzó por este cuadrado aquí,
que sería el centro de la red; luego
siguió hacia afuera en círculo, anudando con gran paciencia cada cuadrado del tamaño preciso para
poder pasar por él un dedo pulgar.
En cada esquina hizo un nudo llano
para que cada cuadrado de la malla
fuera sólido y fuerte; así, si una
hebra se enganchaba en una piedra
o se rasgaba por ser débil, los cuadrados que rodeaban a ése no se
deshacían. Todos los demás se mantenían fuertes y firmes.
Cada vez que mi padre usaba la
red, la cuidaba. Cuando llegaba a
casa, la enjuagaba en agua dulce
para impedir que el agua salada debilitara o carcomiera las fibras; luego
la colgaba en la cerca, estirando las
arrugas con cuidado para que se secara rápida y uniformemente. Una
vez seca, y antes de doblarla y guardarla, la inspeccionaba con detención; si un nudo parecía flojo o si
una cuerda estaba gastada, la reparaba de inmediato, antes de que el
daño se hiciera peor. Una red como
ésta duraba muchos años y se mantenía fuerte, porque él siempre la
cuidaba.
Esto también, pasa cuando nos
apreciamos y nos cuidamos unas a
otras. De la misma manera que mi
padre no siempre podía evitar las
piedras al lanzar la red, tampoco nosotras podemos impedir que a veces
haya roturas y daño; pero podemos
asegurarnos de cuidar y remendar
nuestras redes cada vez que las usemos y cuando estén dañadas.
Miren alrededor del salón en que
se encuentran reunidas, a las hermanas que están con ustedes. Todas
forman parte de una hermandad, investidas con muchas fortalezas y
bendiciones. Estas fortalezas incluyen miles de matrimonios felices,
testimonios fuertes, compañerismo
en el hogar con un poseedor digno
del sacerdocio, hijos que estén
aprendiendo el evangelio y lo amen,
miles de horas de servicio caritativo
prestado de buena voluntad y con
sensibilidad, testimonios fuertes de
los principios del evangelio, estudio
regular de las Escrituras, obispos y
otros líderes del sacerdocio que se
preocupan por los miembros, oportunidades para servir en el barrio y
la estaca, y la bendición de escuchar
palabras inspiradas de nuestro
amado Profeta, el presidente
Hinckley, especialmente esta noche.
Todas tenemos una visión clara del
hogar ideal, uno que se base en el
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evangelio, y las mujeres de la Iglesia
tratan de lograrlo, lo añoran, oran
por él y se regocijan por tenerlo.
Pero uno de los propósitos de esta
vida terrenal, que forma parte del
plan del evangelio, es que experimentemos tanto lo bueno como lo
malo, para que aprendamos de esa
manera a tomar decisiones sabias.
Muchas de estas experiencias son
dolorosas. En la mayoría de las congregaciones de hermanas, aun en
aquellas personas y hogares que aparentan ser ideales, existen corazones
rotos y grandes dificultades que no
se ven; algunas de ustedes son víctimas del abuso y otros actos de violencia; la muerte o el divorcio pueden ocurrir en cualquier hogar; el
sufrimiento surge del potencial desperdiciado, de una fe que falle, de
las acciones de un ser querido que
haya empleado su albedrío para
tomar terribles decisiones que les
hayan hecho daño a él y a otras personas. En su familia o en la familia
de un allegado, ¿hay alguien que
sufra de enfermedades crónicas
mentales, físicas o emocionales? ¿alguien adicto a las drogas o el alcohol/ ¿Hay inseguridad económica,
soledad, tristeza o desaliento?
Muchas hermanas están en segundas nupcias, con la triple complicación de reponerse del fracaso del
primer matrimonio, de tratar de edificar un segundo matrimonio fuerte
y de ser también madres, aunque sea
ocasionalmente, para los hijos del
primer matrimonio de su esposo.
Toda familia, ya sea con problemas que parezcan eternos o bendecida por circunstancias ideales, es
una familia de valor, preciada y querida. El Salvador quiere que tengan
éxito. Nuestro Padre Celestial las
ama. Nosotras las amamos. Oramos
por que tengan fuerza y reciban la
ayuda que necesiten y que puedan
prestar ayuda a otros.
El tercer punto de comparación
es que nuestra relación con los
demás, tal como la red de mi padre,
tiene como fin brindarles una abundancia de multitud de bendiciones,
de copioso amor y de gracia indescriptible. La red que mi padre hizo
era para utilizarla en ía playa, pero
recuerden la hermosa historia
que está en Lucas, de cuando
el Salvador le dijo a Pedro: "...Boga
mar adentro, y echad vuestras
redes para pescar" (Lucas 5:4)¿Recuerdan lo que pasó? Las redes
se llenaron de tantos peces que corrían peligro de romperse, y ellos hicieron servas a otros para que fuesen
a ayudarles y ambas barcas casi se
h u n d i e r o n bajo el peso. Las
Escrituras no dicen lo que hacía
Jesús mientras los maravillados pescadores sacaban un número mayor
de peces de lo que jamás habían sacado en toda su vida, pero me imagino que los observaría sonriente.
Saben, lo mejor de una playa es
todo io que pasa allí. Hay personas
tomando el sol o jugando a la pelota
o asando carne; hay cangrejos caminando de costado sobre sus pequerías patas frágiles y hay plantas marinas que arrastra la marea. Las gaviotas vuelan sobre las olas para pescar
algún pez que ande cerca de la superficie. En otras palabras, se puede
pasar toda la vida en la playa y siempre será hermosa e interesante, porque hay cosas interesantes y bonitas
que suceden allí en todo momento.
Pero el Salvador quiere que vayamos a lo más profundo, "mar adentro", porque El tiene tesoros para
nosotras que simplemente no existen ni pueden existir en la arena, la
espuma o la actividad constante de
la playa. El Salvador dice:
"Si pides, recibirás revelación tras
revelación, conocimiento sobre conocimiento, a fin de que conozcas
los misterios y las cosas apacibles,
aquello que trae gozo, aquello que
trae la vida eterna" (D. y C. 42:61).
Y la experiencia de Pedro,
Santiago y Juan nos dice que necesitamos compañeros que nos ayuden
para poder recibir esa abundancia.
En Salmos 42:7 dice: "Un abismo
llama a otro..." Ese "abismo" no es
solamente un profundo conocimiento del evangelio sino también lo
profundo de ustedes mismas. Espero
que parte de su personalidad sea
como la playa, donde hay juego,
sonrisas y sol. Pero también espero
que haya una parte dentro de ustedes que quiera dejar ese lugar superficial y arenoso y entrar en lo profundo. A veces, aun cuando no queramos, las fuertes corrientes de la
vida terrenal nos llevan a lo profundo, al abismo de penas y sufrimiento
y a un examen de conciencia. En
ese abismo descubrimos quiénes
somos verdaderamente y quién es el
Salvador.
Hermanas, nosotras, las de la
presidencia de la Sociedad de
Socorro sabemos de sus cargas.
Oramos en todas nuestras reuniones
para que sean fortalecidas personalmente, para que puedan proveer
fortaleza a su familia, sus amistades,
al barrio y a la comunidad. Nos
emociona su firme valor y su ánimo;
sufrimos con su dolor y nos sentimos
humildes ante su fe; nos alienta su
amor. Compartan su valor, su fe y su
amor las unas con las otras.
Fortalézcanse ustedes mismas y den
fuerzas a otras. Creen una red viviente de apoyo fraternal.
Todas tenemos días en que
aguantamos bien la carga, pero hay
días en que nos resulta tan pesada
que parece que nos aplasta. Algunas
de ustedes ya saben de la enorme
fuerza que se obtiene cuando se
comparten las cargas con alguien
que las quiera. Algunas están intentando sobrellevarlas solas o luchando con una más pesada aún: la de
no reconocer que la carga existe.
Hermanas, les pido que reconoz-
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can que nadie puede llevar por ustedes sus cargas, excepto eí Salvador,
pero comprendan también que cada
una de nosotras puede aliviar una
carga si la comparte. No traten de
sobrellevarlas solas y no dejen a otra
hermana hacerlo sola. Reconozcan
que estamos en esta vida por nuestra libre elección para tener experiencias tanto de gozo como de sufrimiento, Existe una diferencia
entre confiar las penas y hacer un
problema público.
Les pido que sean sensibles a los
problemas de sus hermanas, que
siempre que sea posible ofrezcan
una mano para aliviar una carga,
que presten un oído atento cuando
el hablar de un problema pueda llevar consuelo a un corazón agobiado;
y que ustedes mismas busquen una
amiga compasiva que sepa entenderlas y fortalecerlas en tiempos difíciles. De esta manera, lanzamos
nuestras redes, reforzamos los nudos
y mantenemos nuestra hermandad
íntegra y sana.
Hermanas, para concluir, recuerden la red de mi padre y edifiquen
una red viviente en sus Sociedades
de Socorro. Se necesita valor, fe y
amor para hacer frente a todos los
problemas que se presentan en
nuestras respectivas familias. Las relaciones de padres e hijos están basadas en relaciones más profundas y
antiguas de hermanos eternos, hijos
de un Padre Celestial que nos ama y
se preocupa por nosotros, y que espera que aumente nuestra fe, que
nuestro valor edifique a los demás y
que amemos a nuestros sem.ejan.tes
tal como Él nos ama a nosotros. En
las palabras del apóstol Pablo:
"Y el Señor os haga crecer y
abundar en amor unos para con
otros, y para con todos, como también lo hacemos nosotros para con
vosotros,
"para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en
santidad delante de Dios nuestro
Padre, en la venida de nuestro
Señor Jesucristo con todos sus santos" (1 Tesalonicenses 3:12-13).
Que así sea, lo pido en eí nombre
de Jesucristo. Amén.
¿Cuál es la función de la
Sociedad de Socorro?
Aileen H. Clyde
Segundo Consejero de la Presidencia General de lo Sociedad de Socorro
"La Sociedad de Socorro fue organizada por un Profeta de Dios, José
Smith, y ha sido guiada... por un Profeta, para que seamos verdaderas
discípulos de Jesucristo."
E
sta noche, en la presencia de
nuestro Profeta y sus consejeros, con gratitud recordamos y testificamos al mundo que la
Sociedad de Socorro fue divinamente organizada por un amoroso Padre
Celestial por medio del profeta José
Smith, y testificamos que aún la
guían los profetas de Dios. Siento
humildad al estar con ustedes en
esta reunión general de la Sociedad
de Socorro para escuchar los consejos del presidente Gordon B.
Hinckley, nuestro profeta para nuestra época.
Necesitamos su voz que nos guíe
ahora, tal como nuestras hermanas
necesitaron la intervención de un
Profeta en 1842, cuando en Nauvoo
presentaron a José Smith la constitución para una sociedad femenina
de benevolencia. Fueron a hablar
con el Profeta y le pidieron su consejo sobre el deseo que tenían de
servir en el reino y organizarse de
acuerdo con ese plan. Él les dijo que
tenía algo mejor para ellas: una
orden y un propósito que precisaba
el liderazgo del sacerdocio a fin de
que sus buenos deseos dieran aún
mejores frutos.
Muchas organizaciones compiten
por nuestro tiempo. De hecho,
nuestros llamamientos en las varias
organizaciones de la Iglesia pueden
hacernos pensar que por ahora "no
estamos trabajando en la Sociedad
de Socorro" o podemos decir:
"Cuando estaba en ía Sociedad de
Socorro". Hermanas, las que somos
miembros de la Iglesia siempre formamos parte de la Sociedad de
Socorro. No es raro que las mujeres,
especialmente las que son nuevas en
la Iglesia o en la organización, pregunten: "¿Cuál es la función de la
Sociedad de Socorro?", "¿Por qué
debo participar?", "¿Cómo me puede
ayudar?" Todas podemos sacar provecho de reflexionar sobre estas preguntas y sobre las respuestas que nos
han dado nuestros profetas y que
nos darán en lo futuro en ocasiones
como ésta.
Simplemente, participamos en la
Sociedad de Socorro porque sabemos que ésta es la organización de
Dios para nosotras y porque tenemos la firme convicción de que, tal
como Él prometió por medio de Su
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Profeta, "nos.regocijaremos y desde
hoy empezaremos a recibir conocimiento e inteligencia" (History of the
Church, 4:607; citado en History of
Relief Society, 1842-1966, Salt Lake
City: The General Board of Relief
Society, 1966, pág. 21).
O, como dijo la madre del
Profeta: "La Sociedad de Socorro es
donde podemos instruirnos unas a
otras y apreciarnos para poder sentarnos juntas en el cielo" {libro de
actas de la Sociedad de Socorro femenina de Nauvoo, 24 de marzo de
1842; citado en History of Relief
Society, 1842-1966, pág. 20).
Hermanas, necesitamos recibir
instrucción, ser apreciadas y saber
apreciar a otros. Todos los maestros
y los alumnos más preparados conocen la relación entre estos dos principios. No podemos enseñar a los
que no queramos; ni tampoco podemos aprender de aquellos que no
nos quieran.
Consideremos el poder mismo de
los medios de comunicación modernos, que prometen un sistema que
facilitará dicha comunicación entre
todos los países y seres del mundo,
pero que, a la vez, son causa de
mucha preocupación pública por el
temor de estar aislándonos cada vez
más unos de otros. Aun en nuestra
vida privada, en los barrios de la
Iglesia y también en nuestra familia,
nos sentimos aisladas o privadas del
cariño de los demás porque no tenemos ni el tiempo ni un motivo bastante fuerte para cruzar el pasillo o
la calle a fin de saludarlos; y a otros
les pasa lo mismo. Es esa falta de relación entre nosotras, ese vacío que
cada día se hace más grande en la
familia y en el barrio, lo que hace
que sea cada vez más importante
participar en la Sociedad de
Socorro.
Pedro dio instrucciones fuertes a
los santos de su época, las que se
aplicaban tanto a los hombres como
a las mujeres, y repito algo en particular de lo que dijo que nos concierne a nosotras:
"...tened entre vosotros ferviente
amor...
"Hospedaos los unos a los otros
sin murmuraciones.
"Cada [una] según el don que ha
recibido, minístrelo a [las] otr[a]s,
como buen [a] s admínistrador[a]s de
la multiforme gracia de Dios"
(1 Pedro 4:8-10).
Cómo quisiera poder transferir el
poder de ese pasaje de las Escrituras
a todas las futuras reuniones de la
Sociedad de Socorro. Ojalá sucediera algo en cada una de esas reuniones para que toda mujer presente —
ya sea casada o soltera, que trabaje
en el hogar o fuera de él, que por el
momento sienta seguridad o desesperanza— sintiera el Espíritu del
Padre Celestial y amor y aliento verdaderos de sus hermanas.
Recuerden, mis hermanas, "la caridad nunca deja de ser". Éste es
más que nuestro lema, es una comisión divina. Como hermanas, amémonos unas a otras y a nuestros hermanos en esta gran obra; y demostrémoslo por medio de nuestra caridad y fe.
"...Allegaos, pues, a la caridad,
que es mayor que todo...
"...y permanece para siempre; y a
quien la posea en el postrer día, le
irá bien.
"Por consiguiente, [amadas hermanas mías], pedid al Padre con
toda la energía de vuestros corazones, que seáis llen[a]s de este amor
que él ha otorgado a todos los
que son discípulos verdaderos de
su Hijo, Jesucristo..." (Moroni
7:47-48).
La Sociedad de Socorro fue organizada por un Profeta de Dios, José
Smith, y ha sido guiada desde aquel
entonces, y lo es hoy en día, por un
Profeta, para que seamos verdaderas
discípulas de Jesucristo. Esa es la
respuesta a la pregunta: "¿Por qué
existe la Sociedad de Socorro/" Es
por eso que participamos en ella y
esto es lo que puede brindarnos: una
instrucción más perfecta acerca de
las obligaciones y promesas, o sea,
los convenios que hemos hecho de
ser discípulas del Señor. O, como
José Smith enseñó a las primeras
hermanas que se reunieron en 1842:
"La Sociedad de Socorro de las hermanas existe no sólo para dar alivio
al pobre, sino para salvar almas"
(Enseñanzas del Profeta José Smith,
pág. 293). ¿Qué significa salvar
almas? Les daré un ejemplo de los
muchos de que he sido testigo al
andar entre ustedes:
Una hermana de África del Sur
me dijo una vez que cuando murió
su esposo y tuvo que criar a sus seis
hijos sola, se apoyó en las enseñanzas de la Biblia para recibir dirección. Muchas veces meditaba sobre
el significado de Proverbios 13, versículo 24, que comúnmente se interpreta como: "Si no se castiga al
niño, se le malcría". Cuando se hizo
miembro de la Iglesia, recurrió al
Libro de Mormón para mayor entendimiento y encontró que existe
otra manera mejor de criar a los
hijos: la de enseñarles la palabra de
Dios que nos lleva al árbol de la
vida. Entonces entendió que el no
corregirles en este sentido sería realmente malcriar a sus hijos y que
debe poner su hogar en orden y llevarles la luz del evangelio para salvar sus almas.
Vi a la hermana Mavimbela hace
poco, cuando recibió un premio en
la Universidad Brigham Young;
ahora se ha fijado metas aún más
altas. Al conversar con ella, me dijo
que por haber participado en la
Sociedad de Socorro, en Soweto, ha
aprendido a emplear los métodos
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que en ella se enseñan para ayudar
al prójimo en la comunidad.
Basándose en la práctica de tener
maestras visitantes y en los principios del programa de bienestar, que
se describen en el manual El proveer
conforme a la manera del Señor, ha
supervisado a más de mil niños para
que aprendieran a trabajar en huertos y cosechar alimentos para ellos
mismos y para otros. Además, ha reclutado la ayuda de más de doscientas cincuenta abuelas de su comunidad que ayuden en las muchas tareas esenciales para el bienestar temporal y espiritual de los niños y para
fortalecer a la familia.
La hermana Mavimbela está salvando almas. Está en la misma categoría de esas otras grandes mujeres,
como Eliza R. Snow, Phoebe
Kimball y Zina D. H. Young, quienes
hacían visitas a las hermanas de
Nauvoo con el propósito de dar comida a las familias necesitadas y de
apoyar a los faltos de fe en épocas
difíciles. Para eso es la Sociedad de
Socorro: para que seamos mujeres
que alimenten tanto el cuerpo como
el alma; para que sepamos "cómo
socorrer a los del... pueblo [de
Dios], de acuerdo con las enfermedades de ellos" (Alma 7:12). Esta es
la obra que realizó nuestro Salvador
y es la obra para la cual Él nos llamó
cuando estableció esta organización
bajo la dirección del sacerdocio.
Esta simple explicación de lo que
hace la hermana Mavimbela no significa que su obra sea fácil. Estos
son tiempos complicados, ya sea que
vivamos en Soweto o en San
Francisco, en Sapporo o Sao Paulo.
De hecho, son tan complicados que
"...engañarán, si fuere posible, aun a
los mismos escogidos, que son los
escogidos conforme al convenio"
(José Smith—-Mateo 1:22). Lo que
hará imposible que Sus discípulos
sean engañados es la capacidad que
tengan de discernir la voz de la verdad de entre todas las demás que
exijan nuestra obediencia. La palabra dé Dios que se nos da en las
Escrituras es, de cierto, una barra de
hierro que nos lleva a la vida eterna.
Ahí vemos la verdad; podemos asirnos a ella tal como se ha hecho a
través de las generaciones. Pero no
toda verdad es fácilmente aceptada;
es preciso que la reconozcamos una
vez que la encontremos. El Espíritu
tiene que testificarnos de estas
cosas, o sea, hacer que las reconozcamos como verdaderas; hacernos
sentir que vienen de Dios.
Consideremos la imagen del
Salvador cuando habló de la necesidad de discernir la verdad. El compara el reconocer la verdad con recibir "agua viva", es decir, agua que
es buena para beber, agua pura, de
vertiente. Él le dijo a la mujer que
fue a sacar agua del pozo: "...Si conocieras el don de Dios, y quién es
el que te dice: Dame de beber; tú le
pedirías, y él te daría agua viva"
(Juan 4:10).
Cuando pienso en pozos y aguas
que salvan la vida, también pienso
en Agar (véase Génesis 2.1:14-20).
La historia de su familia es complicada, puesto que ella se vio forzada
a vivir sola en el desierto de
Beerseba con su pequeño hijo,
Ismael. Al pasar cierto tiempo, se
terminaron el agua y el pan que
había llevado consigo al desierto, y
ella y su hijito sintieron mucha
hambre. Al no poder soportar oír el
llanto de su hijo, el registro nos dice
que lo "echó... debajo un arbusto, y
se fue y se sentó enfrente, a distancia de un tiro de arco" (vers. 16).
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Allí alzó su voz y lloró. En respuesta,
un ángel de Dios le habló para consolarla y le aseguró que Dios no se
había olvidado de ella. Y dice que
"Dios le abrió los ojos, y fio una
fuente de agua" (vers. 19; cursiva
agregada). Es preciso que nosotras,
como Agar, veamos "la fuente de
agua". Como la mujer en el pozo,
debemos pedirle al Señor: "...dame
esa agua, para que no tenga yo sed"
(Juan 4:15). Este es el propósito de
la Sociedad de Socorro. Nos enseña,
como hijas de Dios, a ver y pedir lo
que necesitemos del Señor a fin de
no volver a tener sed. Recuerden la
promesa que el profeta José Smith
nos hizo: que por medio de esta
Sociedad, "nos regocijaremos y
desde hoy empezaremos a recibir conocimiento e inteligencia".
Debemos vivir de tal manera que
podamos recibir esa promesa. No la
recibiremos si nos apartamos "a distancia de un tiro de arco".
Hermanas, les pido que sean unidas,
que se amen y aprecien unas a otras
para que el Espíritu les enseñe "la
verdad de todas las cosas" (Moroni
10:5). Instruyanse unas a otras.
Empleen el discernimiento que Dios
les ha dado por medio del Espíritu
Santo. Escuchen para oír Su voz de
inspiración.
Las exhorto a buscar instrucción
en la palabra de Dios, tanto en las
Escrituras y las palabras de los profetas de la antigüedad, como en las
expresadas esta noche por nuestro
Profeta actual. Vean el pozo. Pidan
agua para no tener sed. Obtengan
las promesas que un amoroso Padre
Celestial les ha hecho por medio de
la expiación de Su Unigénito, el que
prometió: "mas el que bebiere del
agua que yo daré, no tendrá sed
jamás; sino que el agua que yo le
daré será en él una fuente de agua
que salte para vida eterna" (Juan
4:14).
Testifico que esto es verdadero,
que estamos unidas en Su Iglesia por
medio de Su sacerdocio, para poder
edificar Su reino en la tierra y regocijarnos en nuestro conocimiento de
Él. Y esto lo digo en el nombre de
Jesucristo. Amén.
Permanezcan firmes
frente a las asechanzas
del mundo
Presidente Gordon B. Hinckley
"Que el Señor las fortalezca para que puedan hacer frente a los
problemas de nuestros días; que El les dé una sabiduría superior a la
humana a fin de que puedan luchar con los problemas que
constantemente enfrentan."
M
is queridas hermanas, me
siento muy privilegiado
por la invitación de participar en esta reunión. Mi amada
compañera, Marjorie, sabría dirigirles la palabra mejor que yo. Le rindo
honor por ser la que es miembro de
la Sociedad de Socorro en nuestra
familia y gracias a ella y a sus actividades, mi aprecio por esta gran organización ha aumentado. Esta ha
sido una reunión maravillosa.
Recomiendo a todas ustedes que
pongan en práctica todo cuanto
hemos escuchado de estas hermanas
líderes tan capaces. Tenemos total
confianza en ellas.
Qué congregación tan extraordi-
naria de mujeres son ustedes. Hay
tres millones y medio de hermanas
como ustedes, que viven en muchas
tierras y hablan una diversidad de
idiomas, pero comprenden con unidad de corazón; cada una es una
hija de Dios. Reflexionen en todo el
maravilloso significado de esta verdad suprema.
El, nuestro Padre Eterno, les ha
bendecido con poderes milagrosos
tanto mentales como físicos. Su intención fue siempre que ustedes fueran la corona gloriosa de Sus
creaciones.
Les hago recordar las palabras
que el profeta José Smith declaró a
las mujeres de la Sociedad de
Socorro en abril de 1842: "Si ustedes son dignas del privilegio que se
les ha dado, no se les podrá impedir
a los ángeles que sean sus compañeros" (Libro de actas de la Sociedad
de Socorro, 28 de abril de 1842,
Archivos de La Iglesia de Jesucristo
de los Santos de los Últimos Días).
¡Qué maravilloso potencial se encuentra en ustedes!
Esta noche contemplo a las hermosas jóvenes, que sueñan con una
vida llena de logros y felicidad;
contemplo a las madres, cuyo corazón abriga inquietudes en cuanto a
su hogar y sus hijos; contemplo a las
madres que están solas para criar a
sus hijos, que tienen cargas muy
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pesadas, y que, en su soledad, suplican y oran pidiendo fortaleza y compañerismo; contemplo a las abuelas
y bisabuelas, que tienen muchos
años de experiencia, que han capeado las tempestades de la vida y han
tenido múltiples experiencias profundas con el correr de los años, algunas amargas y otras dulces. Me
siento agradecido por la presencia
de cada una de ustedes. Les agradezco su fortaleza y fidelidad, su fe y
amor, y la resolución que han tomado en su corazón de andar con fe,
guardar los mandamientos, y hacer
lo que es correcto en todo momento
y en toda circunstancia.
Yo creo que ésta es la mejor
época para las mujeres en toda la
historia del mundo. En cuanto a las
oportunidades para recibir una educación, a la capacitación de sus
manos y mentes, nunca ha habido
otra época en la que las puertas de
la oportunidad hayan estado tan
abiertas para ustedes como lo están
ahora.
Pero tampoco hemos tenido otra
época, por lo menos de las últimas,
en la que hayan tenido que enfrentar problemas tan complicados. No
necesito hacerles recordar que vivimos en un mundo de confusión,
uno en el que los valores éticos
están cambiando. Hay voces tentadoras que llaman en ésta o aquella
dirección y hacen que se traicionen
las normas de comportamiento comprobadas por el paso del tiempo.
Las bases morales de nuestra sociedad se han debilitado considerablemente. Gran parte de la juventud
del mundo, e igualmente muchos de
los adultos, escuchan tan sólo las
voces que invitan a la gratificación
de los deseos personales. Ustedes, las
jóvenes solteras, enfrentan tremendos problemas y bien sabemos que
no es nada fácil. No tengo palabras
con qué expresarles mi agradecimiento en la forma que se lo merecen por su determinación de vivir de
acuerdo con las normas de la Iglesia,
de andar con la fortaleza de la virtud, de mantener la mente por encima de ía inmundicia moral que parece moverse como una inundación
por el mundo. Gracias por reconocer
que hay una mejor opción. Gracias
por la voluntad que tienen para
decir no. Gracias por la fortaleza
para apartarse de la tentación y
mirar más allá, hacia la resplandeciente luz de su potencial eterno.
Cuan amargos son los frutos de
apartarse de las normas de la virtud.
Las estadísticas son aterradoras. Más
de una cuarta parte de todos los
niños nacidos en los Estados Unidos
nacen fuera de los lazos matrimoniales, y la situación se hace más seria
día tras día. De las adolescentes que
tienen hijos, un 46 por ciento buscará la ayuda económica del gobierno
en los próximos cuatro años; de las
adolescentes que tienen hijos y no
son casadas, un 73 por ciento recurrirá al amparo del gobierno en cuatro años (véase Starting Points—
Meetíng the Needs of Our Youngest
Chitaren, Nueva York: Carnegie
Corporation, 1994, págs. 4, 21).
Yo creo que todo niño debería
tener la bendición de nacer en un
hogar donde sea bienvenido, amado
y bendecido con padres, un padre y
una madre que sean fieles el uno al
otro y a sus hijos. Estoy seguro de
que ninguna de ustedes jóvenes
querrán nada menos que eso.
Permanezcan firmes frente a las asechanzas del mundo. Los creadores
de nuestros medios de entretenimiento, Sos proveedores de gran
parte de nuestra literatura, quieren
que ustedes crean lo contrario. La
sabiduría acumulada durante siglos
declara con certeza y claridad que la
felicidad más grande, la seguridad
más grande, el mayor estado de paz
mental, los más profundos depósitos
de amor, los experimentan sólo los
que siguen las normas de virtud,
probadas por el tiempo, antes del
matrimonio, y de fidelidad total
dentro del matrimonio. Es nuestra
oración que, al recorrer ustedes los
senderos de la vida, caminen por
sendas de rectitud y tengan la fortaleza de vivir de acuerdo con las normas sagradas, aunque esos senderos
sean estrechos.
Hay quienes quieren que creamos en la validez de lo que llaman
matrimonio del mismo sexo.
Deseamos expresar nuestro amor
por los que luchan con sentimientos
de afinidad hacia los de su mismo
sexo. Oramos al Señor por ustedes;
nos compadecemos de sus padecimientos, los consideramos nuestros
hermanos y hermanas. Sin embargo,
no podemos aceptar prácticas inmorales de su parte de la misma forma
en que no podemos aceptarlas de
ninguna otra persona.
A ustedes, las esposas y madres,
que trabajan para m a n t e n e r un
hogar estable donde reine un ambiente de amor, respeto y aprecio,
les digo: Que el Señor les bendiga.
Sean cuales sean sus circunstancias, caminen con fe. Críen a sus
hijos en la luz y la verdad; enséñenles a orar mientras son niños;
léanles las Escrituras aun cuando
no puedan comprender todo lo que
les lean; enséñenles a pagar el diezmo y las ofrendas del dinero que
ganen desde la primera vez que lo
reciban. Hagan que esta práctica
llegue a ser un hábito para ellos.
Enseñen a sus hijos a honrar a la
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mujer; enseñen a sus hijas a ser
virtuosas. Acepten responsabilidades en la Iglesia y confíen en que el
Señor las hará capaces de desempeñar cualquier llamamiento que
reciban. Su ejemplo será un modelo para sus hijos. Extiendan una
mano de amor a los que padezcan
aflicción y necesidad.
Animen a sus hijos a dedicarse
más a la lectura y a mirar menos televisión. Un estudio hecho por la
Asociación Psicológica Americana
indica que el niño típico de los
Estados Unidos, que mira 27 horas
de televisión por semana, habrá
visto 8.000 asesinatos y 100.000
actos de violencia en el período que
va de los tres hasta los doce años de
edad (V.S. News & World Repon,
11 de sept. de 1995, pág. 66).
Busquen establecer un ambiente
que conduzca al estudio en el hogar.
Un editorial en el periódico norteamericano Wall Street Journal informa
en cuanto a la superioridad escolástica de los estudiantes de origen
asiático en la Universidad de
California, en Berkeley. Hablando
de los logros extraordinarios de esa
gente, dice:
"El factor más importante en el
progreso de esta nueva élite estadounidense es la intensa y devota
relación familiar que caracteriza al
hogar asiático... Esto encierra el respeto por los mayores y altas normas
de conducta para los niños, incluso
el trabajo esmerado en la escuela y
otras responsabilidades durante su
tiempo libre, en el que en muchos
casos se incluyen asignaciones en el
negocio de un p a r i e n t e " ("The
Asians in Berkeley", 30 de mayo de
1995,pág.A14).
Es en la casa donde se forma el
fundamento para nuevas generaciones. Yo espero que las madres se den
cuenta de que al final no hay responsabilidad que sea más apremiante ni que tenga recompensas más
grandes que el cuidado que den a
sus hijos en un ambiente de seguridad, paz, compañerismo y amor; una
atmósfera que los motive a progresar
y alcanzar buenos logros.
A ustedes, las madres que están
solas, sea cual fuere la causa de su
situación presente, tengan la seguridad de que las tenemos en el corazón. Sabemos que muchas viven en
soledad, con inseguridad, preocupación y temor. En la mayoría de los
casos, casi nunca tienen bastante dinero; sienten constante inquietud
por sus hijos y por el futuro de ellos.
Muchas se encuentran en circunstancias en las que tienen que trabajar y dejar a sus niños solos, sin alguien que ios cuide. Pero si les dan
mucho afecto mientras son pequeñitos, si les hacen muchas demostraciones de amor, si oran juntos, entonces hay más probabilidad de que
sus hijos tengan paz en el corazón y
un carácter íntegro. Enséñenles los
caminos del Señor. Isaías declaró:
"Y todos tus hijos serán enseñados
por Jehová; y se multiplicará la paz
de tus hijos" (Isaías .54:13).
Cuanto más eduquen a sus hijos
en los senderos del Evangelio de
Jesucristo, con amor y altas metas,
tanta más seguridad hay de que tendrán paz en la vida.
Sean un ejemplo para sus hijos.
Eso los beneficiará más que codas las
enseñanzas que les impartan. No los
echen a perder dándoles todo lo que
quieran. Ayúdenles a crecer teniendo respeto por el trabajo y comprendiendo la importancia que tiene;
deben hacer que ayuden en los quehaceres de la casa y aprendan a ganarse su propio dinero. Permitan a
sus hijos ahorrar para la misión, y
anímenles a prepararse no sólo en lo
económico sino también en el aspecto espiritual, con el deseo de ir a
servir al Señor sin egoísmo alguno.
No titubeo al prometerles que sí
hacen esto, t e n d r á n razón para
contar sus muchas bendiciones.
El lunes pasado recibí una,carta
de la cual voy a leerles parte; es de
una mujer que escribió:
"Hizo veinte años el pasado
junio, yo estaba esperando un bebé
y tenía otros cinco hijos, todos menores de nueve años. Mi esposo decidió abandonar a la familia y seguir otro camino. Ojalá pudiera
decir que fui una gran pionera,
pero por el contrario, era una ingenua madre joven, asustada e insegura, que no sabía qué hacer y cometía a diario errores tontos. Sin
embargo, busqué el consejo de los
líderes y obedecí, aun cuando sabía
que sus consejos harían que mi vida
fuera más complicada. Decidí no
dudar y di por sentado que si algún
consejo me causaba dolor pasajero,
debería ser algo que yo necesitaba
experimentar.
"Recuerdo que leí las palabras del
presidente Kimball en el mensaje
mensual de la revista Ensign. El prometía que si leíamos las Escrituras
diariamente, todos los problemas que
enfrentáramos durante el día tendrían respuesta en esas santas páginas. Yo pensé: 'Muy bien, presidente
Kimball, pondré a prueba sus consejos. Tengo muchos problemas y no
hay duda de que necesito respuestas'.
Reuní a mis hijos y estudiamos diariamente, oramos y ayunamos, por
mi esposo y por nosotros, tuvimos
nuestras noches de hogar y asistimos
a todas las reuniones. Perdonamos a
mi esposo y literalmente me entregué
a mi Padre Celestial. Le dije que si no
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podía tener a mi esposo por la eternidad como había pensado al principio,
me sentiría conforme si Él cambiaba
el amor de esposa que sentía por él,
por un amor puro de Cristo, porque
para mí era preferible morir que
continuar un minuto más odiándolo
o sintiendo resentimiento por el
padre de mis hijos. No quería enseñarles a ellos enojo, odio ni amargura. Sabía que mi esposo era un buen
hombre, lleno de gran potencial y talento; había cometido un grave error
y yo sabía que él cosecharía ío que
había sembrado; y así ha sido. Pero
mí responsabilidad en ese tiempo era
cuidar a mis seis hijos, incluido el
que esperaba, y enseñarles de tal manera que no interpretaran mal el
Evangelio de Jesucristo. Sentía que
podía soportar la pérdida de mi esposo, pero no podría soportar si perdía
uno de ios preciosos hijos de Dios
que El me había encomendado.
"Con humildad, me siento
conmovida al informarle que el
Señor ha escuchado y contestado
mis oraciones. El más joven de mis
cuatro hijos (de mi primer matrimonio) está actualmente sirviendo en
una misión... El siguió el ejemplo de
sus otros tres hermanos y de una
hermana que decidieron dar a
conocer sus testimonios literalmente
por el mundo entero... Mi hija
mayor se casó con un ex misionero
en el templo... Los tres varones
mayores han sido presidentes del
quórum de eideres y líderes misionales; mis otras dos hijas han formado
parte de la presidencia de la
Primaria y la presidencia de la
Sociedad de Socorro. Cuatro de
estos maravillosos hijos han encontrado compañeros eternos y se han
casado en el templo. Todos han seguido el sendero recto y han disfrutado algo del gozo que se recibe al
servir a! prójimo.
"Presidente Hinckley", continúa,
"esto es un milagro, no tengo ninguna duda. El Señor ha protegido y
cuidado a mis hijos. Él ha respondido a sus oraciones...
"El Señor consideró a bien darme
un segundo esposo y fuimos sellados
en el templo. Hemos sido una
familia. ¿Ha sido todo fácil? No.
Hubo un millón de problemas para
superar. Pero con las Escrituras
como nuestra guía y barra de hierro,
la oración como fundamento y la
obediencia como nuestro sendero
determinado, mis hijos están aprendiendo a fiarse del Señor de todo
corazón y a no apoyarse en su propia
prudencia.
"No le cuento todo esto para vanagloriarme, sino que me glorío en
el Señor. La Expiación es muy real
para nosotros. Las heridas de nuestros corazones han sido sanadas, la
confianza se nos ha restaurado, la
paz ha vuelto de la manera más hermosa. De hecho, tal como usted ha
dicho: 'Cada principio que Dios ha
reveiado lleva en sí su propia confirmación de su verdad'. Pienso en mi
primer esposo, si sólo se diei"a cuenta del precio que ya ha pagado por
su error... No tuvo el gozo de ver a
sus hijos crecer en el Señor, llenos
de talento. No disfrutó de sus logros
en la escuela y en las actividades en
la Iglesia, de las despedidas al partir
para la misión ni de sus informes al
regresar; de ninguna de esas cosas
que hacen que la vida sea placentera. Cuan agradecida me siento por
haber tenido el privilegio de haber
estado al lado de ellos".
Concluye la carta, diciendo: "Sé
que hoy en día hay madres y padres
que están criando solos a sus hijos.
Cuánto me gustaría poder ayudarles
a ver que no dehen perder el tiempo
reavivando sus heridas. He aprendido que si se ponen los padecimientos a los pies del Salvador, Él los cargará por nosotros y reemplazará el
dolor con amor... Que el Señor
siempre les bendiga a usted y a su
familia. Con el más profundo amor y
aprecio", y sigue la firma de ella.
A ustedes las abuelas y bisabuelas, ¿me permiten expresarles unas
palabras? Grande ha sido su experiencia; amplia es su comprensión;
ustedes pueden ser como un ancla
en un mundo donde cambian los
valores; han vivido largo tiempo, refinadas y pulidas por las adversidades de la vida; sus acciones son sin
ostentación y sus consejos cuidadosamente considerados. Ustedes,
queridas mujeres, son un tesoro en
este mundo de tanto desorden. Que
Dios les bendiga, que los años que
les queden en la tierra estén, acompañados de felicidad, del amor de
sus seres queridos y del amor por el
Señor.
He tocado brevemente algunos
de los serios problemas que tienen
que enfrentar muchas de ustedes.
Con tanta sofistería que se hace
pasar como verdad, con tanto
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engaño en cuanto a las normas y los
valores, con tanta tentación de seguir los consejos del mundo, hemos
sentido la necesidad de amonestar y
advertir sobre todo ello. A fin de hacerlo, nosotros, la Primera
Presidencia y el Consejo de los Doce
Apóstoles, presentamos una proclamación a la Iglesia y al mundo como
una declaración y confirmación de
las normas, doctrinas y prácticas relativas a la familia que los profetas, videntes y reveladores de esta Iglesia
han repetido a través de la historia.
Ahora quiero aprovechar la oportunidad para leerles esta proclamación:
"Nosotros, la Primera Presidencia
y el Consejo de los Doce Apóstoles
de La Iglesia de Jesucristo de los
Santos de los Últimos Días, solemnemente proclamamos que el matrimonio entre el hombre y la mujer es
ordenado por Dios y que la familia
es la parte central del plan del
Creador para el destino eterno de
Sus hijos.
"Todos los seres humanos, hombres y mujeres, son creados a la imagen de Dios. Cada uno es un amado
hijo o hija espiritual de padres celestiales y, como tal, cada uno tiene
una naturaleza y un destino divinos.
El ser hombre o mujer es una característica esencial de la identidad y el
propósito eternos de los seres humanos en la vida premortal, mortal, y
eterna.
"En la vida premortal, los hijos y
las hijas espirituales de Dios lo
conocieron y lo adoraron como su
Padre Eterno, y aceptaron Su plan
por el cual obtendrían un cuerpo físico y ganarían experiencias terrenales para progresar hacía la perfección
y finalmente cumplir su destino divino como herederos de la vida eterna.
El plan divino de felicidad permite
que las relaciones familiares se perpetúen más allá del sepulcro. Las ordenanzas y los convenios sagrados
disponibles en los santos templos
permiten que las personas regresen a
la presencia de Dios y eme las familias sean unidas eternamente.
"El primer mandamiento que
Dios les dio a Adán y a Eva tenía
que ver con el potencial que, como
esposo y esposa, tenían de ser padres. Declaramos que el mandamiento que Dios dio a sus hijos de
multiplicarse y henchir la tierra permanece inalterable. También declaramos que Dios ha mandado que los
sagrados poderes de la procreación
se deben utilizar sólo entre el hombre y la mujer legítimamente casados, como esposo y esposa.
"Declaramos que la forma por
medio de la cual se crea la vida mortal fue establecida por decreto divino. Afirmamos la santidad de la
vida y su importancia en el plan
eterno de Dios.
"El esposo y la esposa tienen la
solemne responsabilidad de amarse
y cuidarse el uno al otro, y también
a sus hijos. 'He aquí, herencia de
Jehová son los hijos' (Salmos
127:3). Los padres tienen la responsabilidad sagrada de educar a sus
hijos dentro del amor y la rectitud,
de proveer para sus necesidades físicas y espirituales, de enseñarles a
amar y a servirse el uno al otro, de
guardar los mandamientos de Dios y
de ser ciudadanos respetuosos de la
ley dondequiera que vivan. Los esposos y las esposas, madres y padres,
serán responsables ante Dios del
cumplimiento de estas obligaciones.
"La familia es ordenada por Dios. El
matrimonio entre el hombre y la
mujer es esencial para Su plan eterno. Los hijos tienen el derecho de
nacer dentro de los lazos del matrimonio, y de ser criados por un padre
y una madre que honran sus promesas matrimoniales con fidelidad
completa. Hay más posibilidades de
lograr la felicidad en la vida familiar
cuando se basa en las enseñanzas
del Señor Jesucristo. Los matrimonios y las familias que logran tener
éxito se establecen y mantienen
sobre los principios de la fe, la oración, el arrepentimiento, el perdón,
el respeto, el amor, la compasión, el
trabajo y las actividades recreativas
edificantes. Por designio divino, el
padre debe presidir sobre la familia
con amor y rectitud y tiene la responsabilidad de protegerla y de proveerle las cosas necesarias de la
vida. La responsabilidad primordial
de la madre es criar a los hijos. En
estas responsabilidades sagradas, el
padre y la madre, como iguales,
están obligados a ayudarse mutuamente. Las incapacidades físicas, la
muerte u otras circunstancias pueden requerir una adaptación individual. Otros familiares deben ayudar
cuando sea necesario.
"Advertimos a las personas que
violan los convenios de castidad,
que abusan de su cónyuge o de sus
hijos, o que no cumplen con sus responsabilidades familiares, que un día
deberán responder ante Dios. Aún
más, advertimos que la desintegración de la familia traerá sobre el individuo, las comunidades y las naciones las calamidades predichas por
los profetas antiguos y modernos.
"Hacemos un llamado a los ciudadanos responsables y a los representantes de los gobiernos de todo
el mundo a fin de que ayuden a promover medidas destinadas a fortalecer la familia y mantenerla como
base fundamental de la sociedad".
El presidente Gordon B.
Hinckley leyó esta proclamación
como parte de su mensaje en la
Reunión General de la Sociedad de
Socorro, el 23 de septiembre de
1995, en Salt Lake City, U t a h ,
E.U.A.
Recomendamos a todos que lean
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con cuidado y con espíritu de oración esta proclamación. La fortaleza
de toda nación radica en las paredes
de sus hogares. Instamos a nuestros
miembros, en todo lugar, a fortalecer
a su familia de acuerdo con estos valores que a través de los años han
sido probados.
Que el Señor les bendiga, mis
queridas hermanas. Ustedes son los
guardianes del hogar. Ustedes son
las que dan a luz a los hijos; son las
que cuidan de ellos y les ayudan a
establecer buenos hábitos. No hay
otra obra que se acerque tanto a la
divinidad como la obra de cuidar de
los hijos de Dios. Que el Señor las
fortalezca para que puedan hacer
frente a los problemas de nuestros
días; que El les dé una sabiduría superior a la humana a fin de que
puedan luchar con los problemas
que c o n s t a n t e m e n t e enfrentan.
Que sus oraciones y súplicas reciban como respuesta bendiciones
para ustedes y para sus seres queridos. Les dejamos nuestro amor y
nuestra bendición, que su vida esté
llena de paz y felicidad. Así puede
ser. Muchas de ustedes pueden testificar que es así. Que el Señor les
bendiga ahora y en los años venideros. Lo ruego humildemente en el
nombre de nuestro Salvador, el
Señor Jesucristo. Amén.
También se dirigen
a nosotros
Informe de la Conferencia General Semestral número 165,
30 de septiembre y 1 5 de octubre de 1995
Preparen a sus hijos para que
tomen sobre sí el nombre de Cristo
mediante el convenio del bautismo.
Cuando hacemos ese convenio, pasamos a ser Sus hijos y prometemos
cumplir Sus mandamientos.
Eider Robert E. Wells, del Primer
Quórum de los Setenta:
El Libro de Mormón es un instrumento divino para acercar a sus lectores a Cristo. Es un compendio de
los anales de profetas que vivieron
en el hemisferio occidental y que
creían en Cristo y profetizaron sobre
Cristo; y algunos de ellos conocieron en persona a Cristo durante Su
breve visita a las Américas después
de Su resurrección.
Eider Bruce D. Porter, del
Segundo Quórum de los Setenta:
Doy testimonio de que el Señor
Jesucristo ha pagado el precio de
nuestros pecados, con la condición
de nuestro arrepentimiento. Él es el
Primogénito del Padre, es el Santo
de Israel... Testifico que Él vive.
Presidente Gordon B. Hinckley:
Todos formamos una gran familia.
Somos hijos de Dios y estamos embarcados en el servicio de Su Hijo
Amado, que es nuestro Redentor y
Salvador, y en nuestro corazón arde
el testimonio de esta gran verdad.
Cada uno de [ustedes] tiene derecho
a tal testimonio de esta obra.
Presidente Thomas S. Monson,
Segundo Consejero de la Primera
Presidencia:
De una manera muy real [el
Salvador] nos visita, a cada uno,
con Sus enseñanzas. Él trae ánimo e
inspira bondad. El dio Su preciosa
vida para que el sepulcro no tuviera
victoria, para que la muerte perdiera
su aguijón, para que la vida eterna
fuera nuestro don.
Presidente James E. Fawst,
Segundo Consejero de la Primera
Presidencia:
El Señor tiene una gran obra para
que cada uno de nosotros lleve a
cabo. Tal vez se pregunten cómo
puede ser eso, porque quizás piensen
que no hay nada especial ni sobresaliente en ustedes ni en sus habilidades... El Señor puede llevar a cabo
extraordinarios milagros con una
persona de talento común que sea
humilde, fiel y diligente en servirle y
que trate de mejorar.
Eider Richard G. Scott, del
Quórum de los Doce Apóstoles:
Tu Padre Celestial y Su Santo
Hijo... te han dado el plan de la felicidad y, al comprenderlo y seguirlo,
tendrás la bendición de ser feliz.
Eider Robert D. Hales, del
Quórum de los Doce Apóstoles:
Un amoroso Padre Celestial ha enviado a Sus hijos e hijas aquí a la tierra para obtener experiencia y ser
probados... Por medio del poder del
sacerdocio, recibimos el don del
Espíritu Santo, que nos guía hacia la
verdad, el testimonio y la revelación.
Eider Lynn A. Míc/celsen, del
Primer Quórum de los Setenta:
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Eider Ted E. Brewerton, miembro
emérito del Primer Quórum de los
Setenta:
Así como es real la salida del sol,
también lo es que Dios vive, al igual
que Su Hijo Todopoderoso. Tan
cierto como que el sol sale a diario,
es también que La Iglesia de
Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es de Él
Eider Hans B. Ringger, miembro
emérito del Primer Quórum de los
Setenta:
Les testifico que José Smith vio al
Padre y al Hijo. Ellos son Seres reales. Jesús ha resucitado; El es nuestro Cristo y nuestro Salvador, y es el
Hijo del Dios viviente. Este conocimiento es mi fe, mi testimonio y mi
vida.
Janette Hales Beckham, presidenta general de las Mujeres Jóvenes:
Dios nos ha dado a todos el
poder individual de actuar, de decidir, de servir, de amar y de realizar
mucho bien.
quien fue llamado a formar parte del
Primer Quórum de los Setenta en
1978, después de prestar servicio
como presidente de estaca, presidente de misión y representante regional. A través de los años prestó
servicio en diversas asignaciones,
siendo la más reciente la de presidente del Área Noroeste de
América del Norte. Se graduó en
farmacología de la Universidad de
Alberta y trabajó como farmacéutico en Calgary, Alberta, después de
prestar servicio en la Real Fuerza
Aérea Canadiense durante la
Segunda Guerra Mundial.
También pasó a ser Autoridad
Emérita el eider Hans B. Ringger,
de Suiza, que integró el Primer
Quórum de los Setenta desde 1985.
Previamente prestó servicio como
representante regional, presidente
de estaca y obispo. La última asign a c i ó n que desempeñó como
Autoridad General fue la de primer
consejero de la presidencia del
Área E u r o p a / M e d i t e r r á n e o . El
eider Ringger es coronel jubilado
del ejército suizo y trabajó como ingeniero electrotécnico, arquitecto,
diseñador industrial y encargado de
planeamiento para laboratorios y
fábricas.
Después de cinco años de servicio, se extendió el relevo del
Segundo Quórum de los Setenta a
los eideres Eduardo Ayala, LeGrand
R. Curtís, Helvecio Martins,
J Ballard Washburn y Durrel A.
Woolsey. Todos ellos fueron llamados a prestar servicio el 31 de marzo
de 1990.
El eider Ayala, de Chile, ha sido
consejero en el Área Sur de
América del Sur y el Área Norte de
América del Sur. Actualmente es
presidente del Templo de Santiago
Chile.
El eider Curtís ha sido consejero
en las Áreas Sureste de América del
N o r t e , Europa/Mediterráneo, y
Noroeste de América del Norte.
Previamente fue miembro de la presidencia general de la organización
de los Hombres Jóvenes.
El eider Martins ha prestado los
cinco años de servicio como Setenta
en su país natal. Fue primero y segundo consejero de la presidencia
del Área Brasil.
Eider F. Burton Howard
Eider Glenn L. Pace
Se efectúan cambios en
las asignaciones de las
Autoridades Generales
D
urante la sesión del sábado
por la tarde de la conferencia general semestral número 165 se anunciaron los cambios
en los llamamientos de siete miembros de los Quórumes de los
Setenta, así como la reorganización
de la presidencia general de la
Escuela Dominical. Además, se sostuvo en sus llamamientos a los nuevos miembros de la Presidencia de
los Setenta, que se habían anunciado previamente.
Los eideres Jack H Goaslind y
Harold G. Hillam fueron sostenidos
como miembros de la Presidencia de
los Setenta, para reemplazar a los eideres Rex D. Pinegar y Charles
Didier, quienes recibieron asignaciones en las presidencias de área.
Pasó a ser Autoridad General
Emérita el eider Ted E. Brewerton,
Eider Harold G. Hillam
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El eider Washburn fue consejero
en las Áreas Norte de Utah, África,
y Centro de Utah, y en la presidencia general de la Escuela
Dominical. Actualmente es presid e n t e del Templo de Las Vegas
Nevada.
El eider Woolsey ha sido miembro
de la presidencia de las Áreas
Filipinas/Micronesia, Noreste de
América del Norte, y Centro de
Utah. Su última asignación la cumplió en la presidencia del Área del
Pacífico.
Fueron sostenidos también los
eideres Harold G. Hillam, miembro
de la Presidencia de los Setenta,
como p r e s i d e n t e g e n e r a l de la
Escuela Dominical, con F. Burton
Howard, de los Setenta, como primer consejero y Glenn L. Pace, de
los Setenta, como segundo consejero. Se relevó a los eideres Charles
Didier como presidente, j Ballard
Washburn como primer consejero,
y F. Burton Howard como segundo
consejero. D
Se anuncian los lugares
en donde se levantarán
nuevos templos
D
urante la sesión del sacerdocio de la Conferencia
General Semestral número
165 de la Iglesia, el presidente
Gordon B. Hinckley dio a conocer
los planes para la construcción de
dos templos más: uno en Boston,
Massachusetts, y el otro en White
Plains, Nueva York:
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"Después de tratar durante años
de adquirir un sitio apropiado en
Hartford, [Connectícut] tiempo en
el cual la Iglesia ha crecido considerablemente hacía el sur y hacia el
norte de esa ciudad, hemos decidido
no construir ahora un templo en los
alrededores de Hartford, sino que
edificaremos uno en Boston,... y
otro en White Plañís,...
"Pedimos disculpas a nuestros fieles santos de la región de Hartford",
dijo el presidente Hinckley. "fPerol
tenemos la seguridad de haber recibido una guía especial al tomar esta
decisión, así como de que esos templos se edificarán en localidades que
no les exigirán recorrer grandes distancias para llegar a ellos."
Además, el presidente Hinckley
anunció que los líderes de la Iglesia
estaban viendo la posibilidad de
construir un templo en Venezuela y
seis más en otros sitios. "Tengo el
ferviente deseo de que haya un templo de acceso razonable para todo
Santo de los Últimos Días, en todo
el mundo", comentó. "Sin embargo,
no podemos ir más rápido de lo
debido."
En la actualidad hay cuarenta y
siete templos abiertos: ocho están
en Utah, dieciséis en otras partes de
los Estados Unidos, dos en Canadá y
los otros veintiuno en otras partes
del mundo. Actualmente hay seis
templos en construcción, y previamente se anunciaron los planes para
la construcción de seis más.
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enid o mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y
a p r e n d e d de mí, q u e soy m a n s o y
humilde de corazón; y hallaréis descanso
para vuestras almas" (Mateo 1 1 : 2 8 - 2 9 ) .
INFORME DE LA CONFERENCIA
GENERAL SEMESTRAL NÚMERO 165
LIAHONA (SPANISH)
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