la crisis de la trascendencia

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ROGER MEHL
LA CRISIS DE LA TRASCENDENCIA
La trascendencia resultaba algo obvio en el pasado: negarla suponía negar el hombre
como sujeto pensante, así como rechazar la existencia de Dios trascendente era
autocondenarse a carecer de sentido. La teología supo recoger esta evidencia y servirse
de ella, aunque a veces tuviera que pagar un alto precio por este servicio. Esta
evidencia está hoy en crisis. Pero esta crisis no implica única y necesariamente crisis
teológica. La bendición de esta crisis de la trascendencia que atravesamos consiste en
encararnos al acontecimiento histórico en el que Dios nos da a conocer en
trascendencia el sentido nuevo que Él otorga a nuestra historia.
Die Krise der Transzendenz, Neue Zeitschrift für systematische Teologie, (1969) 329346
Durante mucho tiempo la trascendencia fue considerada como algo intelectualmente
inevitable y evidente: puesto que pensar significa juzgar, establecer un orden de valores,
yo no podría estatuir dicho orden si no lo refiriera a la idea de una verdad absoluta e
independiente de mí, y, por tanto, trascendente. Precisamente sobre este fundamento
estableció Descartes la existencia de Dios: esta idea de lo perfecto sólo puede haber sido
implantada en el hombre por un ser realmente perfecto, es decir, por Dios.
La teología cristiana encontró casi siempre muy de su gusto esta ontología de un ser
trascendente, a la que muchas veces no hacía sino dar los últimos toques con los datos
que le aportaba la revelación de la escritura. Lo normal era, por tanto, que a la teología
revelada le precediera otra teología natural que iba a resolverse en una ontología, e
incluso que la revelación bíblica no fuese sino un medio usado por Dios para que la
creatura comprendiese una ontología que podría ya comprender directamente... si
pensase como Descartes (y más exactamente, como Malebranche). El escándalo
intelectual provocado por la teología de la Reforma fue el basarse no sobre una
ontología sino sobre la revelación bíblica, es decir, sobre una historia. Con todo, no es
seguro que se deshiciera absolutamente de todos los residuos de una ontología platónica
tan penetrantemente fraguada en la estructura mental del hombre de entonces. Y así, a
pesar de su radicalidad en basarse sobre la sola escritura, habría de seguir difundiendo la
doctrina clásica sobre los atributos divinos.
Hoy día, sin embargo, la evidencia con que se habló de la existencia de algo
trascendente se ha hecho problemática. Esta importante crisis - no sólo de la civilización
occidental sino de la conciencia misma de la humanidad- se perfila como trasfondo de
toda polémica filosófica y teológica.
ANÁLISIS DE LA CRISIS: SUS CAUSAS
No resulta fácil un análisis de esta crisis, ya que su causas son complejas y proceden de
ámbitos múltiples como son el espiritual, el intelectua l y el social. Contrapuesta a la
inmanencia, la trascendencia supone un más-allá de este mundo. Pero, ¿cómo hay que
definir la mundanidad de este mundo? La antigüedad griega la definió como el mundo
de lo sensible, el pensamiento cristiano como la realidad originada por el acto creador
de Dios, el espíritu moderno mediante la historia. Para estas tres concepciones la
trascendencia sería, correlativamente: primero, la trascendencia de lo suprasensorial,
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sólo accesible remontándonos por encima de los sentidos, es decir, por medio del
intelecto que prescinde de las cosas y sus relaciones, el puro nous; segundo, la
trascendencia del creador, que da vida a un mundo esencialmente diferente de Dios pero
que tiene al mismo Dios por causa primera; tercero, la trascendencia de la eternidad que
no incluye secuencia temporal sino que es plenitud de presencia.
La crisis de la trascendencia se ha desencadenado en cada uno de estos aspectos.
Crisis sociológica de humildad
Si la trascendencia es lo suprasensible (lo inteligible), ¿por qué mandar esto
suprasensible a un más allá o mundo de las ideas (como se hace en mito del diálogo
platónico Fedro)? Si lo que se nos da es la clave para entender lo sensible, ¿por qué
ponerlo como realidad separada (absoluta, en sentido etimológico) ? Pregunta
formulada ya por Aristóteles y que con el desarrollo de la conciencia moderna alcanza
toda su validez. Por una parte, la ciencia analiza la realidad fáctica (inmanente por
definición), construye modelos matemáticos -que no suponen ninguna clase de
trascendencia- para explicar dicha realidad y va readaptando estos esquemas de
pensamiento según ésta misma; su meta es, pues, su objeto, no unas cuantas fórmulas
pre-acuñadas. Por otra parte, dicha ciencia ha abandonado aquella conjunción que en la
antigüedad hacía entre cosmos y ser en favor de un orden eterno que provocara cierto
respeto religioso; el cosmos no es el ser ni tiene rango de trascendencia ni impone ya
una actitud de humildad. Sin la antigua invulnerabilidad trascendente, el cosmos se ha
evidenciado sólo como complejo de fenómenos que no ofrecen ahora resistencia
ilimitada a las empresas del hombre. Se acabó ya con aquella humildad religiosa frente
al cosmos. Y esta crisis de humildad es un importante factor sociológico en la crisis de
la trascendencia: al no provocar a humildad, el cosmos deja de ser trascendente, deja de
representar el trasfondo de los fenómenos, en los que no se verá ya trasfondo alguno. Lo
que con esto ha ocurrido es no sólo una desacralización del cosmos (iniciada con el
cristianismo), sino una aniquilación de la idea de una realidad eterna que se manifieste
en los fenómenos sin agotarse en ellos por el hecho de trascenderlos; se ha hecho
problemática no sólo fundamento de toda ciencia, sino también la idea misma de que
exista una absoluta y total objetividad, un sustrato de todos los fenómenos al que pueda
llamarse naturaleza. Naturaleza, en adelante, no significará sino cierta suma de
fenómenos, algunos de ellos sistematizados; pero aquella otra naturaleza, con su poder y
misterio, es ya mera imagen poética. No nos la encontramos ciertamente como algo que
el hombre no pueda cambiar, ni siquiera tratándose de la naturaleza del hombre mismo.
Y así, en la medida en que la inmutabilidad de la naturaleza refería a un acto de creación
absoluto y trascendente, también la trascendencia del creador se ha visto comprometida.
Mientras la ciencia pensó poder retroceder el efecto a la causa mediante una cadena
causal ininterrumpida y llegar así a una causa primera, la trascendencia quedaba en pie.
Descartes fue, ciertamente, el último en defender que la física tenía un fundamento
metafísico y que era la inmutabilidad de Dios lo que explicaba la inmutabilidad en la
cantidad de movimiento del mundo. En una concepción matemática de la física, sin
embargo, el movimiento habría de excluir incluso la idea de una causa primera.
La trascendencia no tiene lugar, por tanto, en el sistema de un saber científico; la meta
de este saber no tiene ya aquel carácter contemplativo (como lo tenía en Platón) de
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llegar con el espíritu a la realidad última tras el velo de los fenómenos. Para el saber
actual, según su objetivo propio, el concepto de trascendencia ha perdido todo contenido
concreto.
Crisis de inteligibilidad del concepto
En principio, esta evolución de la ciencia no tendría por qué ir contra la teología
cristiana. Al distinguir cuidadosamente la idea de creación de la emanación, la teología
excluía toda continuidad entre la realidad trascendente y los datos fácticos: Dios está
fuera de su creación, crea una realidad distinta de Él; y aun cuando ésta lleve el sello de
su gloria, en ningún modo es divina. En este supuesto, la secularización de una ciencia
que iba a ceñirse al ámbito de lo creado no habría de perjudicar en principio a la
trascendencia en sentido teológico, de la que la ciencia no podría decir sino que la
desconocía, no que la negase.
Expulsada del ámbito de la ciencia -y la ciencia se corresponde con todo el vasto campo
de las realidades que nos son accesibles- la trascendencia se refugia en aquella esencia
particular que necesariamente es el absolutamente otro, es decir, Dios. La única y
exclusiva aplicación del concepto de trascendencia será la de designar única y
exclusivamente al Dios creador. Pero entonces aparece la fragilidad de este concepto:
mientras sea evidente que Dios es la "causa primera" del mundo, todo irá bien, pero
¿qué contenido intelectual podremos dar aún a este concepto si sólo puede aplicarse a
aquel ser particular que, como creador, no tiene conexión alguna con la realidad? Un
concepto es sólo pensable en virtud de su significado; si éste remite a lo totalmente otro
y distinto, dicho concepto se hará quebradizo.
En la crisis de la trascendencia Kant ha supuesto un factor decisivo e incluso originante:
puesto que, por su misma estructura, el conocimiento es incapaz de llegar al absoluto, ni
por deducción ni por intuición, queda roto el vínculo entre saber racional y "saber"
teológico; es imposible, pues, introducir a Dios en un sistema del conocimiento y
erigirlo como su piedra capital. Durante siglos se había hecho esto; en adelante para
pasar del conocimiento del mundo al de la trascendencia habría que dar un salto, al que
Kant designó como el de la fe. La trascendencia no era negada, era incluso permitida
por la razón y exigida por la ética. Pero -y esto es capital- ya no resultaba inteligible,
sino sólo pensable. Este hiato entre lo inteligible y lo pensable iba a marcar el comienzo
intelectual de la crisis de la trascendencia; si Dios no es ya objetivable en un
conocimiento, ¿no existe el riesgo, como notó A. Dumas, de que quede reducido a una
cifra que provoca mi fe, es decir, a un elemento regulador pero no constitutivo de mi
obligación y mi esperanza? ¿Cómo podrá sostenerse la otreidad objetiva de la
trascendencia, si Dios ya no es un ser sino una pregunta que se me formula? Podrá
incluso llegarse a afirmar, con Kant, que Dios no es sino un legislador cuya ley conozco
por la razón, pero cuya esencia y ser me son desconocidos, y al que no me es legítimo,
por tanto, afirmarlo como creador ni salvador.
El resultado es, pues, por una parte, que Kant ha liberado a la teología de todo
racionalismo y, por otra, que a la vez ha dado vía libre a una especie de agnosticismo
teológico.
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Crisis en la experiencia de l mundo y de la historia
Otra de las causas de la crisis de la trascendencia radica en una profunda experiencia del
hombre moderno. El hombre antiguo, el medieval y el del racionalismo clásico
pensaban su existencia en dos ámbitos: el sensible, temporal y mundano (existencia
corporal, pasajera), y el de la existencia del espíritu y del alma, en unión ontológica con
el absoluto y trascendente. Toda la sabiduría -tanto cristiana como pagana- consistía en
liberar y despegar esta segunda existencia de la primera, de modo que el espíritu se
independizara del cuerpo y lo eterno se robusteciera a costa de lo temporal. La
trascendencia era, entonces, el lugar de la vida del espíritu.
Las ciencias humanas y biológicas han hecho muy problemática para el hombre
moderno esta dualidad. La existencia se toma ahora como un todo unitario; no es que el
hombre sea materialista, sino que sabe que todo acto humano está mediatizado por el
cuerpo y que éste no es un simple instrumento sino que está necesariamente unido al
destino de la persona.
Por su parte, el tiempo humano -es decir, la historia- no es ninguna apariencia o engaño,
sino precisamente la sustancia de la persona: la historicidad es el carácter fundamental
del hombre. Puesto que en ella se juega el destino humano, la historia no es mera
sucesión temporal sino historia del hombre con los hombres, historia de
intersubjetividad. El primado concedido a la política (para muchos tan definitivo que
toda la ética no es sino de carácter político) se basa justamente en esto: puesto que la
política constituye el drama de la historia, con mi compromiso político pongo en juego
mi destino y el de los demás; y la responsabilidad consiste precisamente en este mutuo
tomar conciencia y comprometerse. La historia no es, pues, una progresiva encarnación
de los valores absolutos y trascendentes; dichos valores sólo aparecen en la historia
como producidos por ella misma. Y si hay el éschuton, éste no puede ser sino una
recapitulación de la historia. La trascendencia no será sino una escapatoria para los que
abandonan la lucha de la historia y el esfuerzo por crear valores; sólo una humanidad en
minoría de edad e impotente podría proyectar al cielo la lucha de los dioses.
Desde aquí el par conceptual trascendencia- inmanencia y a n o ofrece dificultades
puesto que ha perdido todo significado. El hombre comprometido en la aventura
histórica no mira ya al cielo para encontrar allí modelo y juicio de su pensar y su
actuación; eso equivaldría a incompromiso y cobardía. Sólo en la historia se proyecta el
hombre a sí mismo y va realizándose. Pero en el momento en que deje de considerarse
como proyecto se asirá espasmódicamente a su pequeña posesión y carecerá de aquella
generosidad concomitante al compromiso histórico. Y en este sentido la recusación de
la trascendencia tiene enorme importancia en orden a una existencia ética.
CRISIS MODERNA Y PENSAMIENTO CRISTIANO
Influjo del pensamiento cristiano en esta evolución
En muchos respectos ha sido el pensamiento cristiano quien ha preparado esta
evolución, sobre todo por la parte protestante. La fidelidad a la escritura tenía
necesariamente que provocar una atención a la historia, ya que la salvación es historia.
Los teólogos protestantes no supieron quizá que una consecuencia de su labor sería
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privilegiar al Jesús de la historia, a expensas de aquel Cristo -segunda persona de la
trinidad- al que la tradición cristiana hacía aparecer como una esencia metafísica. La
teología de la Reforma cambió profundamente la orientación del pensamiento cristiano,
al negarse a apoyar una ontología, prohibirse en principio toda especulación sobre la
esencia de Dios y afirmar que Dios es en sí mismo tal como se nos muestra en la
revelación histórica del Cristo Jesús. En el orden del conocimiento, la dogmática
protestante es cristológica; a la doctrina de Dios y de la trinidad las considera sólo
partiendo de la cristología. En otras palabras: Dios en su trascendencia resultaría
incognoscible, y nosotros permaneceríamos en los "tiempos de la ignorancia" si este
Dios oculto no se hubiera dado a conocer en la figura histórica de Cristo, y
concretamente de tal modo que todo conocimiento de Dios se haya de realizar a través
de la historia.
Desde este supuesto, no es que se niegue la trascendencia pero resulta muy
comprensible que se la haya pasado por alto como, por ejemplo, en algunas formas
extremas de la teología de la muerte de Dios, en las que Cristo es sólo la revelación del
hombre y viene a significar la muerte definitiva del Dios trascendente. Y lógicamente lo
mismo hubiera debido pensar la teología liberal al centrarse en la vida de Jesús, de no
haberse visto retenida por una vaga metafísica teísta. Tras su descubrimiento de Cristo,
Bergson fue tal vez el más consecuente en andar el camino recorrido sólo a medias por
el liberalismo: recusando la pregunta por la divinidad de Jesucristo, le basta que este
Cristo -el de los evangelios y la historia- pronunciara el sermón del monte para
reconocer en El al santo de Dios que ilumina el devenir de los hombres. Si Bergson no
ha tenido hasta ahora gran influjo en el pensar teológico, no puede decirse lo mismo de
Kant: su obra "La religión dentro de los límites de la pura razón" depende en varios
respectos de la Reforma. Puesto que la razón humana no puede conocer a Dios, Kant
empieza con el segundo artículo del credo, es decir, con aquello que él llama "la idea
personificada del bien", el Hijo de Dios, o "la fe histórica (revelada) ", para la cual la
base más firme es la sagrada escritura. Esta mención capital de la escritura indica que,
para Kant, la religión y el reino de Dios en la tierra sólo pueden establecerse con
referencia a un arquetipo histórico, es decir, a aquel de quien la escritura da testimonio.
Kant no tiene nada que decir de la doctrina sobre Dios: yo puedo y debo servir a Dios,
pero no me es lícito arrogarme su conocimiento. La teología sólo puede ser una
cristología completada por la doctrina de la Iglesia. Así pues, el pensamiento cristiano,
en sus expresiones teológicas y reelaboraciones filosóficas, ha favorecido este
pensamiento moderno que busca las normas de su fe en la historia, no en un más-allá de
la historia.
La crisis ha afectado al pensamiento cristiano
Kant dejó claramente abierta la posibilidad del misterio de una encarnación de la
trascendencia en la historia. Pero era una posibilidad inescrutable para el espíritu
humano; y cuando una posibilidad es inescrutable, corre peligro de ser también
olvidada. Esto es lo que ha ocurrido en algunos casos: para Teilhard de Chardin la
trascendencia es inmanente al devenir del cosmos, y por eso trata él de alcanzar el cielo
mediante una perfección de la tierra; este cielo es, por su parte, metafórico ya que el
punto omega de la evolución se encuentra totalmente en la línea de nuestro devenir sin
que exista solución de continuidad.
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Algunas afirmaciones de Harvey Cox nos hacen suponer que toda la tarea de los
cristianos consiste en alcanzar, tomando modelos de la vida de Cristo, un orden social
estrictamente secular que tendría homólogo significado al del reino de Dios para los
escritores del NT. En vez de la dualidad trascendencia- inmanencia encontramos la
unificación entre Dios y el hombre en la historia: esta unificación, cumplida en Jesús,
habría de ser también nuestra propia tarea, la de todos. Los cristianos diferirían de los
demás por disponer de un modelo y arquetipo que los no-cristianos pasan por alto.
En toda la Iglesia se muestra una fuerte corriente de teología de la horizontalidad, y esta
horizontalidad es la historia. Se emprende claramente el proyecto de reencontrar en esta
horizontalidad todo lo que estaba contenido en la verticalidad. Pero en seguida se llega a
este cambio singular: no sólo se afirma, con Mt 25, que el hombre sólo puede encontrar
a Dios en el encuentro con el hombre, sino que se dice que este encuentro con el
prójimo es, él mismo, Dios. Dios es la confraternidad; Dios ha quedado absolutamente
absorbido en la horizontalidad de la historia.
KERIGMA CRISTIANO Y TRASCENDENCIA
Como hemos visto, la aniquilación de la categoría de trascendencia no tiene en sí misma
consecuencias muy graves, ya que esa idea iba unida a una concepción general del
mundo caduca y llamada irremisiblemente a su ocaso. Sin embargo, es normal que el
espíritu humano no pueda renunciar a la búsqueda de un "sentido". ¿Se sigue de ello que
la única trascendencia que pueda pensarse con significado sea la de este "sentido"?
Ciertamente al expresar yo un sentido de las cosas y la historia, las trasciendo: el fin a
que queda orientada la historia no se encuentra dentro de ella sino únicamente como
posibilidad suya. Esto es lo que hacían los profetas, relacionando este sentido
descubierto por ellos con la voluntad del Dios trascendente. ¿Deberemos contentarnos
entonces con afirmar que la única trascendencia es la del sentido, y que Dios es sólo
trascendente como sentido último de la historia? Cierto que el Dios de la biblia es, en
efecto, no sólo la última sino también la primera palabra de la historia. Pero si
reducimos a esto su trascendencia ponemos en peligro a Dios como sujeto. Dios no sólo
es el sentido de la historia sino, en primer lugar, el Señor que da a la historia su sentido
y lleva este sentido a cabo. De otro modo sacrificamos lo esencial de la revelación
bíblica (y aquí radica la herejía decisiva en un pensamiento como el de Teilhard de
Chardin).
Trascendencia y encarnación
Pero en este caso el problema permanece: ¿cómo se puede pensar esta trascendencia? Si
seguimos la línea marcada por la Reforma es incuestionable que no puede pensarse de
una manera abstracta, es decir, independientemente de la realización de aquel acto por
el que Dios se hizo hombre. Pero este acto no puede ser simplemente reducido a una
visibilización de la trascendencia (racionalismo ortodoxo), ya que entonces se está
postulando una esencia del Dios trascendente que sea distinta a la de la revelación v
desde la cual la revelación no sería sino una especie de consecuencia lógica: esto
significa un grave desconocimiento de la libertad del acto por el que Dios se revela.
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Desde un punto de vista filosófico, la trascendencia tiene que estar en relación con un
sujeto; de lo contrario se disipa en un más-allá opuesto a toda experiencia (Dios se
convierte en una "nada", como lo han visto algunos místicos). Podemos encontrar una
analogía de la trascendencia, efectivamente, en la experiencia de todo sujeto que se
expresa como tal: en el momento en que un sujeto se autoexterioriza, realiza la
experiencia de un sobrepasarse a sí mismo. La trascendencia del sujeto se muestra en
esa distancia que aparece entre mí y mi yo, tal y como ocurre en la estructura dialogal
en que el sujeto se distancia de su clausura en sí mismo, de sus condicionamientos
inmediatos, para darse a conocer.
Pero por ilimitado que sea, este sobrepasarse tiene siempre sus fronteras; y por eso la
experiencia de la trascendencia no puede ser una experiencia carente de todo velo y toda
duda. Dichas fronteras estriban, por una parte, en que el sobrepasarse a sí mismo no
puede llegar a una total auto- negación del sujeto (el sujeto tiene que seguir existiendo)
y, por otra, en que la autoexteriorización hacia el otro no puede ser tan total que sin
diferencia alguna se identifique con el otro. Puesto que dichas fronteras son insalvables,
en el sobrepasarse del sujeto no quedará abierto sin más el camino hacia la
trascendencia misma de Dios, sino hacia una analogía de esta trascendencia. No por
ello, sin embargo, es menos valiosa esta analogía, ya que nos hace presentir el
movimiento realizado por el acto de la trascendencia. Kant tenía razón: la trascendencia
no es cognoscible, pero es pensable si podemos barruntar en nuestra experiencia el
movimiento que realiza.
No hay que orillar esta analogía si, en la consideración de la cristología, queremos
encontrar el único acceso hacia la trascendencia. Si prescindimos de su humillación,
nada podremos entender de la persona y la obra de Cristo. Esta humillación, esta
kénosis, consistió en prescindir y distanciarse de su divinidad, de modo que, en su
autonegación y autoexteriorización sin reservas, rebasó aquellas fronteras que
resultaban insalvables para nuestro sobrepasarnos. Su representación y substitución en
favor de los hombres, su ser-hombre, sólo pudieron ser tan verídicos porque renunció de
tal modo a su divinidad que ya sólo podría recibirla de nuevo (resurrección, ascensión
al cielo). Según esto, ¿no habrá que decir que la Iglesia se ha equivocado al afirmar dos
naturalezas en la persona de Cristo, ya que a una -a la divina- tan totalmente renunció?
No. Porque más-allá de su renuncia queda aquel acto de la absoluta trascendencia, es
decir, de la libertad por la que Cristo renunció a todos los privilegios de su divinidad.
Desde luego, una concepción sustancialística -como fue seguramente el trasfondo del
dogma de Calcedonia- no puede explicar todo esto; dado que es imposible que se
aniquile la substancia de la divinidad, dicha divinidad habrá de permanecer presente con
todas sus posibilidades. Sin embargo, por un acto de renuncia sí que puede el sujeto no
disponer ya más de aquello a lo que renunció, sin que esto tenga que suponer una
incapacidad ontológica. Y ésta es la situación de Cristo tal como lo vemos en el relato
de las tentaciones: el tentador le propone olvidar su renuncia y hacer valer su divinidad.
No se trataría de una tentación si a Cristo le resultara esto imposible. Cristo ha de elegir
aquí de nuevo su libertad y trascender su propia esencia. Esta libertad, que es la
auténtica trascendencia, no se ve en modo alguno limitada por ninguna clase- de
sustancia.
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Conclusión
Bonhoeffer vio esto claramente: si queremos comprender lo que significa la
trascendencia bíblica, habremos de rastrearla en aquel acto de humillación que se
presenta como lo contrario a una trascendencia señorial y soberana: "Ante Dios y con
Dios vivimos sin Dios. Dios se deja sacar del mundo a la cruz, Dios es impotente y
débil en el mundo; y precisamente así, y sólo así, está junto a nosotros y nos ayuda"
(Resistencia y sumisión, 210). No con su omnipotencia, sino con su debilidad y
sufrimiento está Dios al lado del creyente, quien -a diferencia del hombre religioso- no
espera la intervención espectacular de ningún Deus ex machina. La trascendencia de un
Dios que creara un orden inmutable y dominara victoriosamente el mundo y la historia
nos sumiría en un destino determinista, no nos llamaría a aquella libertad dentro de la
historia que constituye nuestra vocación ética. La única trascendencia que posibilita
dicha libertad es aquella que se nos manifiesta en la humillación de Cristo y nos la
indica analógicamente el sobrepasarnos a nosotros mismos.
Esta humillación de Cristo posibilita y fundamenta la historia, y nos lleva a la vez a una
nueva concepción de la historicidad. Si muchos de nuestros contemporáneos excluyen
de la historia la trascendencia, no lo hacen por cierta concepción maquinista; los
mismos marxistas saben bien que el hombre hace la historia por las acciones
revolucionarias del sobrepasarse a sí mismo. Pero, como hemos dicho, nuestro
sobrepasarnos tiene siempre sus fronteras, no puede nunca prescindir totalmente del
condicionamiento histórico concreto, ni imponer nunca un ser- nuevo radical en la
historia. El acontecimiento de Cristo, en cambio, trae a la historia un ser-nuevo
absoluto, un nuevo comienzo y una nueva tensión hacia el futuro. Y esto se debe a
aquella humillación que presupone un distanciamiento total del ser consigo mismo. La
fe en Cristo significa la posible participación en este nuevo comienzo.
Tradujo y condensó: JOSÉ MARÍA MAULEÓN
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