Capítulo del libro en pdf

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Seguramente te tropezarás con aquello que no te guste u
odies, pues cuando odiamos algo, nos fabricamos una
imagen vívida de ello en el subconsciente, lo cosificamos.
Florence Scovel Shinn,
Your Word is Your Wand (1928)*
1
Quería más a Jenny en los momentos en que, sentado a su lado mientras veíamos películas sentimentales, desviaba la mirada de la gran
pantalla, donde la hermosa actriz estaba a punto de dejar a su pareja
para siempre, y yo veía a Jenny erguida en su asiento, aquellos ojos
negros semejantes a botones intensamente concentrados en la película mientras no paraba de masticar chicle con el semblante serio, y
yo le pasaba el índice bajo los ojos para confirmar que tenía la cara
húmeda, que Jenny lloraba por las personas que aparecían en la pantalla, un llanto de felicidad perfectamente plácida por una debacle
que jamás había sucedido; y yo sabía que, tras finalizar la película,
Jenny olvidaría que había llorado, aunque se sentiría refrescada por
las lágrimas. ¡Qué inofensivo era todo aquello! A veces yo mismo,
cuando la actriz me hacía recordar mis propios fracasos, me veía escaldado por una única y pesada lágrima; pero esta sensación no me
convenía y tenía que pasarle el dedo a Jenny por el párpado mojado
para tranquilizarme.
2
—¡Me peleé con una gorda que te cagas! —exclamó la skin Marisa,
que ahora era mensajera en bicicleta. Tenía las piernas cubiertas de
* [Tu palabra es tu varita mágica] DeVorss & Company, Marina del Rey, California, p. 74.
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cardenales como manzanas podridas—. Justo donde se llega al final
de la manzana y hay que montarse en la acera. Y había un camión
Mack que venía derecho hacia mí y era totalmente obvio que yo no iba
a ser capaz de evitar al puto camión a menos que frenara con el cuerpo para evitar derrapar contra aquella mujer. Y le dije, ¡Voy, QUÍTATE! Grité fuerte de verdad; ¡Voy, QUÍTATE!, y ella va y dice, ¡No!
—para imitar la voz de la mujer, Marisa expresó esta negación tajante como el chillido de un pájaro—, y se para justo allí, y yo, ¡Perfecto!
¡Voy a por ti! Y entonces —soltó una carcajada— la atropello, de
frente. ¡Y ella le da un empujón a la bici! Le da un empujón de la
hostia a la bici y la bici va haciendo eses, y yo voy haciendo eses, ¡y
entonces me bajo y le pego un puñetazo en la cara!
—¡Así se hace! —gritaron todos, con un entusiasmo de tal brillo
y blancura como los del detergente más poderoso. Aquel entusiasmo
podría haberse comido los agujeros de las paredes.
—¡Dios! ¡BAM! —gritó Marisa, tan fuerte que el perro se puso a
ladrar—. Y yo me pongo a gritar, «¡Zorra, qué cojones te crees que
estás haciendo! ¡Zorra!». Y ella se pone a abrir su bolsito y yo me
quedo esperándola. ¡Zorra! ¡Zorra! Y ella, «¡Muy bien, te has equivocado! ¡Te has equivocado!». Y un tipo negro se mete entre nosotras,
«Vamos, no os peleéis», y yo, «¡Zorra! ¡Puta negrata de los cojones!». Y ella, «¿Y tú sabes llevar esa porquería bien?», y yo, «¡Por
supuesto! ¡Y tú eres una gorda demasiado asquerosa para que un blanco
se folle tu repugnante culo!».
3
Yo nunca le caí igual de bien a Marisa como ella a mí, en parte (supongo) porque yo tenía gafas y no sabía pelear cuerpo a cuerpo, a la
manera caballeresca de los skinheads y demás conquistadores de las
calles, pero en parte, también, porque mi novia era coreana. Le caía
lo suficientemente bien como para que se comportara educadamente
con Jenny, pues estaba establecido que si alguien era tu amigo no ibas
por ahí jodiendo a su pareja, como se demostró cuando Laurie, la
chica de Ken, se acercó a Dickie en una fiesta skinhead y le tocó el
hombro para pedirle un cigarrillo, y la skin Dan-L apareció de pronto y le aconsejó a Laurie que se quedara fuera de su territorio a menos que quisiera recibir una paliza. Por tanto, dado que Jenny estaba
en mi territorio, Marisa la toleraba. Después de todo, yo le caía
bastante bien a Marisa. Seguramente por eso a veces ella se acercaba
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y me hacía el desayuno: enormes tortillas de champiñones y queso y
panceta y cebollas rojas, mientras que en una sartén secundaria chisporroteaban obedientemente sus patatas fritas caseras, las cuales adquirían el marrón dorado de la piel de Jenny en el preciso instante en
que el queso se derretía y los champiñones estaban hechos y el vapor
ascendía desde la titánica tortilla como un acorde de algún órgano
de catedral, y Marisa se ponía a lavar los platos que había apilados en
el fregadero y decía, «Vaya, tu novia no te cuida demasiado bien,
¿eh? Menudo follón que hay en este sitio», y yo me quedaba a su lado
en el fregadero y me sentía bien porque Marisa estaba siendo buena
conmigo; y entretanto yo había estado bebiendo whisky directamente de la botella porque estaba hambriento, y el sol se abría paso
a través de la bruma y yo me sentía mareado y Marisa negaba con su
preciosa cabeza calva y me ponía mantequilla en la tostada. Siempre
que se lo pedía, me contaba historias, como la de los Niños Bonitos
que sobaban culos en Polk Street y se pasaron al Mundo de las Bragas
y después al Ático Sórdido y se convirtieron en los Macarras para así
poder morir pronto porque los Macarras eran unos skinheads duros
de verdad («Casi todos los skinheads están muertos ya», suspiraba Marisa, «todos los buenos»); y mientras Marisa regresaba a la cocina para
terminar de lavarme los platos, Thorn, su hermana skin, me contó la
vez que estaba en Londres y los fascistas italianos le sacaron un ojo a
su novio Luigi, y cuando regresó, Marisa me contó que cuando tenía
trece años y vivía en Chicago empezó a salir con un skinhead llamado Sean, que tenía dieciocho o veinte, y a Marisa le encantaba estar
en el apartamento del tal Sean, el cual debía parecer el taller de un
armero medieval porque en él había un Camaro desguazado cuyas
piezas estaban desperdigadas por sus sucios y oscuros aposentos: tapacubos debajo de la cama (eso imaginaba yo), asientos colocados
contra las paredes del salón para tirarse a Marisa y a otras chicas a
conveniencia, el brillante tubo de escape plateado y hecho trizas
junto a la puerta para golpear a los enemigos con él, el carburador
aprovechado como cesto de calcetines sucios y ropa interior sucia y
encima una cazadora de aviador de cuero negro, mientras que el
depósito estaría colocado en activo al lado de la ventana, todavía
lleno de gasolina y listo para ser arrojado como una bomba desde un
avión sobre la calle sucia y helada; y presumiblemente Marisa y Sean
debían estar constantemente pisando tornillos y el parabrisas estaría
en el baño frío y oscuro y mohoso, cubierto de mugre; y habría trozos de chasis colgando del techo del dormitorio de Sean y la batería
iría filtrando lentamente sus ácidos a través del suelo; y acabo de
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llegar a la última de todas las partes de automóvil que conozco (salvo
por la correa del ventilador): y Sean también poseía una señal de stop
robada que conservaba su base de cemento; probablemente sería su
perchero. Aunque Marisa no se había convertido aún en Marisa la
skin, ella amaba y admiraba al skinhead Sean y se tatuó su nombre
en el cuerpo y empezó a desarrollar su potencial secreto agujereándose las orejas media docena de veces y haciéndose cagadas en el
pelo, cosas que a la madre de Marisa le trajeron sin cuidado, lo cual
constituyó un incentivo para que Marisa se las hiciera porque su
madre la trataba como a un bebé; cuando ésta usaba la masa sobrante para hacer un último crepe diminuto, decía, «¡Oh, aquí tenemos
un crepe tamaño Marisa!», y aquello fastidiaba a Marisa de verdad. En
aquella época, ir a la escuela también empezó a fastidiarla. Puesto que
Sean le gustaba más que el apático viaje diario de dos horas desde el
North Side al West Side, a través de la nieve fría y sucia, con el viento
helado colándose por entre el enrejado herrumbroso, aquellas oscuras
mañanas de invierno Marisa comenzó a escabullirse hacia el sótano
en lugar de ir hasta el autobús y, en el momento en que oía el portazo
que pegaba su madre cuando se iba a trabajar, corría arriba y se zambullía en su cama calentita y esperaba al skinhead Sean para dejarle
entrar y que se metiese en la cama con ella y vieran la tele hasta que
su madre llegaba a casa al término de la jornada, y entonces Marisa y
Sean volvían al feliz apartamento metalúrgico de él. Sean era muy
fuerte. Una vez, después de que cortaran, Marisa estuvo en un concierto de los AOF en el que una banda skinhead llamada The Alive
estaba haciendo ¡duaaanggg! con los bajos, y uno de los tipos de la
banda ligó con ella y Sean le estrelló la cabeza al tipo contra la pared,
¡baaaaaam!, hasta que la sangre salió a borbotones y Marisa pensó
que aquello era lo más grande, y luego Sean lo tiró del escenario y a
Marisa le encantó. Años después conoció a otro Sean en el condado de
Marin, cuando ella y Thorn andaban por allí tratando de tirarse a
algunos novatillos vírgenes, y Marisa, astutamente, se apostó doscientos dólares con el nuevo Sean a que ella tenía el nombre de él tatuado
en el cuerpo (lo que por supuesto era así). Sean vio la apuesta. ¡Pobre
Sean! Como no tenía los doscientos, se encontró bajo la obligación
universalmente reconocida de tenerla surtida de hierba de por vida.*
* Naturalmente este timo no es tan bueno como el del vagabundo que se te
acerca y se apuesta contigo que lleva tu nombre tatuado en la punta de la polla
independientemente de quién seas tú, de manera que evidentemente caes y él se
baja la cremallera de los vaqueros y se saca la cosa de un tirón y ahí, encima del
glande, como era de esperar, lleva tatuadas las palabras tu nombre.
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—Venga, cuéntame cómo decidiste convertirte en la skin Marisa
—dije, comiéndome mis huevos (los huevos muy poco hechos, me
contó Marisa, se llaman «huevos asustados») mientras Marisa y
Thorn me hacían compañía en la mesa, Thorn fumando y mirando
por la ventana y aplastando las colillas de los cigarrillos dentro de
una taza mientras Marisa bebía té (ella nunca comía lo que cocinaba
en mi casa; lo cocinaba sólo para mí).
—Bueno, yo no decidí ser la skin Marisa —dijo—, fue una especie de regalo. —(Ante un comienzo tan notable me quedé boquiabierto y en tal estado de suspense que casi me volví incontinente.)
—¿Y eso? —dije—. ¿Te invitaron ellos?
—Vale. No sé si ya me conocías por entonces, pero cuando salía
por Haight Street y tal, yo solía ir maquillada como muy en la onda.
En la onda de verdad. No sé. Supongo que entonces tenía una actitud
muy distinta sobre un montón de cosas. Un día, Dee estaba dándole
un paseo a Rebelde y eso, ¿vale? Y yo la vi. Y me puse, «Eh, ¿por qué
no voy contigo?». Y entonces nos juntamos y nos sentamos en el
parque durante horas y hablamos. Ella dijo algo como, «¡Pareces una
flipada, Marisa!». Lo largó de sopetón, y dijo, «Pareces una flipada, y
ninguno de nosotros querrá estar contigo si vas a ir por ahí como
una flipada». Así que volvimos a su casa y me hizo sentarme, quitó
todo aquel maquillaje raro y dijo, «Ahora sí. Si quieres rebelarte contra el mundo... sabes, yo también odio el mundo, pero todo viene
desde adentro, y si lo haces desde afuera, la gente no va a respetarte
para nada y nunca vas a conseguir nada de lo que quieras». Entonces
me senté y me quité mis estúpidas baratijas y toda esa mierda y los
demás skins se pusieron, «¡Muy bien!». —Marisa aporreó la mesa—.
«¡Tú tienes potencial para convertirte en una skin!» —Y de nuevo
aporreó la mesa de tal modo que saltaron todos los cubiertos—. Y así
fue cómo pasó.
—Al principio debió herir tus sentimientos un poco, cuando ella
dijo aquello sobre tu maquillaje.
—Bueno, no —dijo Marisa—. La verdad es que yo no tenía ningún motivo para hacerlo. Jamás lo tuve. Simplemente lo hice. Qué
coño. Es sólo una de esas cosas, ya sabes.
—¿Te sentiste diferente cuando te afeitaste la cabeza?
—¡Bueno, coño, claro! Fue la leche. Fue la leche de verdad. La
gente empezó a tratarme con un poco más de respeto. Dejé de tener
los ojos morados cada dos por tres —se rió—, y Spike empezó a
enseñarme a pelear. Fue divertido.
—¿Por qué te ponían los ojos morados?
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—Porque a cualquier sitio que fuera, la gente me miraba y les
parecía que yo era una especie de bicho raro de los cojones y me
pegaban en la cara. ¡Era la hostia de divertido!
—¿Y tú que hacías después?
—Les devolvía los golpes, claro. Pero no tenía ni puta idea de
pelear. Y ahora tampoco es que sea la leche, pero sé defenderme mucho mejor que antes. Pero mira, ahora preferiría pelear con un palo
grande. Como anoche.
—¿Qué sucedió?
—¿Cuándo, anoche? —dijo con indiferencia—. Pues ya ves, iba
buscando a una chica, ¿vale? Hay una chica en Haight Street que es
una pánfila total. Ella es la flipada ahora, y yo quiero… hacerla cambiar
de idea. Quiero que lo vea desde mi óptica. —Reprimió la risa—. ¡Y
voy a hacerlo con un palo!
—¿De qué la conoces?
Marisa y Thorn cuchichearon con desprecio hacia mí por esta
pregunta imbécil.
—No la conozco —dijo Marisa con paciencia.
—Sólo sabes qué pinta tiene, ¿es eso?
—Eso. —Las dos chicas se rieron.
—Sí —dijo Marisa—. Definitivamente tiene un problema de actitud. Yo estaba flipando de verdad. Ella no es nada. Va por ahí con
una chupa que es lo bastante grande para que pueda vivir dentro. Y
lleva algo así como idiotas que babean escrito en la manga y toda
clase de mierda punk garabateada por la superficie, y va por ahí y le
gusta agarrarse a todos los tíos. Es una pava total. Una pava absoluta.
¡Así que me parece que hay que enviarla al Campamento Skin! ¿Tú
cómo lo ves, Thorn?
—Hum —dijo Thorn con voz aburrida por encima de su tostada.
4
Llevaba más de un año siendo pareja de Jenny. Ella no le había hablado a su familia de mí. Que yo fuera blanco era un problema,
aunque tanto Jenny como yo nos golpeábamos el uno al otro con
cachiporras de la lealtad más pesada siempre que alguno de nosotros
era tan irreflexivo como para contemplar la posibilidad de dejar que
el cariño se alejara como un pez escurridizo. Jenny se reía a carcajadas siempre que salía el sol, ya fuera el sol del cielo o el sol menos
fiable de mis ojos azul acero pues, como su prima Alice me explicó,
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hay muchos soles diferentes; para demostrarlo, Alice citó el cuento
del gran poeta coreano que se emborrachó frente a Su Majestad y
compuso las siguientes líneas: «Veo tres lunas: una en el cielo, otra en
tu ojo y otra en tu copa». Cuando Alice se quedaba, Jenny y ella
dormían juntas en la cama de agua de Jenny y yo en el sofá del salón,
porque aunque ella sabía que Jenny y yo compartíamos normalmente la cama de ella, Alice no había visto pruebas fehacientes de que lo
hiciéramos; si las hubiese visto, se lo habría tenido que contar a su
madre, con todo lo que ella quería a Jenny y a sabiendas de que ésta
sufriría cuando la madre de Alice (que era tan escrupulosa como para
meter papel de seda doblado dentro de los zapatos de los miembros
de la familia para evitar que acumularan polvo durante la noche) se
viera obligada por motivos de conciencia a llamar a la madre de
Jenny por teléfono; en el ínterin Jenny y Alice y la amiga de Alice,
Ivy, salieron conmigo a un restaurante coreano de Geary Street; yo
me quedé en una esquina de la mesa mezclando la ternera y el huevo
crudos en mi frío cuenco metálico de Yuck Hwe Bi Bim Bop, mientras las otras se reían y hablaban en coreano y dirigían sinfonías con
sus palillos, dando la vuelta a trozos de pollo marinado y ternera y
tripas en el pequeño grill que la circunspecta camarera había colocado en el centro de la mesa, y la carne chisporroteaba y las llamas
amarillas saltaban y nos calentaban las caras; y de vez en cuando
Jenny cogía una hoja de lechuga húmeda y la sacudía por encima del
grill para disciplinar a las llamas. «¡Ooh!», exclamaba alegremente,
sosteniendo otro pedazo de carne humeante. «¡Intestinos!»
Todas las chicas coreanas tenían bocas minúsculas y rostros tersos
y suaves. Cuando Jenny sonreía, su rostro era como un escudo ancho
y dorado. Hablaron de películas que habían visto. «Era tan cómica»,
dijo Alice riendo. «No me lo podía creer.» «Me dijeron que era malísima», dijo Ivy. «Sólo me gustó el título de la banda sonora», dijo
Alice. Hablaron de Richard, el hermano de Jenny, principalmente
en coreano, por lo que no pude hacerme con un catálogo extenso de
las cualidades que se le atribuían, pero, por el modo en que las chicas
coreanas suspiraban por entre los labios fruncidos, me quedó claro
que Richard había cometido un error y, por las ocasionales frases en
inglés que me llegaron poco después, gradualmente llegué a entender que se estaba viendo con una chica coreana americana que tenía
hábitos caucásicos. «Va en serio con ella», dijo Alice en un melodioso
tono de sorpresa. «Pero ella no sabe nada de Corea. Me parece que
no encajaría demasiado bien con la familia.» Alice me sorprendió
mirándola y le dio un bocado serio y circunspecto a su tripa.
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A veces, cuando Ice estaba demasiado borracho para cuidar de sí
mismo, Marisa y Thorn tenían que ayudarlo a mear. Thorn lo apoyaba contra una pared y lo sostenía por el hombro y le agarraba los
pantalones por el trasero. Marisa le decía que volviera a meterse la
polla en los pantalones, y si él no era capaz de hacerlo, ella lo hacía
por él.
6
En verano, Jenny me llevaba al norte para así poder ella darse chapuzones en lagos frescos, y me convencía para que yo también me
metiera, de manera que nos cogíamos de la mano y nos íbamos internando en el agua, tratando de no pisar piedras puntiagudas, que
nos pinchaban los pies de una forma casi agradable, como la comida
picante; hasta que a Jenny el agua le llegaba a los muslos y se zambullía y seguidamente me zambullía yo y el agua estaba fría y el sol
pegaba fuerte y Jenny se reía y me llamaba, «¡Venga! ¡Da brazadas
grandes! ¡Brazadas grandes!».
7
—¿Has hecho alguna vez ponche de sandía? —dijo Marisa, y como
yo dije que no, ella se inclinó hacia adelante con aire de confidencia
y dijo—: Todo lo que tienes que hacer es coger una sandía, quitarle
la corteza y meterla en la licuadora, pero no mucho rato, porque casi
todo es agua. No querrás picar las pipas. Luego la pasas por un colador para eliminar las pipas y puedes echarle tanto alcohol como quieras que nunca lo notarás. Está buenísimo.
—Tendré que probarlo —dije.
—¡Deberías hacerlo! —gruñó Marisa con una especie de dureza
bronca y amable.
—Donde Jenny y sus guapas compañeras de piso —dije, comiéndome mis huevos asustados; y hubo uno de esos silencios de transición, mientras la skin Marisa volvía en sí y se acordaba de que yo no
era tan puro e íntegro como aparentaba ser, pues me rebajaba a la
vergüenza racial con Jenny, y ella se volvió hacia Thorn y dijo secamente:
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—Jenny es su novia.
—Oh —dijo Thorn, comprendiendo lo suficiente por el tono de
Marisa para tomárselo con un dejo de asco, aunque sin conocer aún
la falta de Jenny.
—Y —sonrió Marisa, desenroscando la voz en un sonsonete alegre— ¡ella va a tener una pinta realmente asquerosa para cuando
cumpla cuarenta!
Me reí, pero cuando ahora me acuerdo de aquella risa, me parece
que fue un tanto insincera, una risa acartonada, mi imperio del humor ya acribillado por las termitas, y Marisa entró a matar, diciendo:
—¡Te estoy avisando, Bill, déjala plantada mientras todavía tienes
la oportunidad! —y le explicó a Thorn mi bochornoso secreto, con
los paréntesis que emplean dos personas que hablan de la enfermedad
terminal de un tercero—: (Ella es oriental.)
—Se lo transmitiré a ella —dije, todavía riéndome a mi manera
ruidosa e insincera, y Marisa dijo seca y fríamente:
—Hazlo, Bill. Tú sólo hazlo.
8
Di una fiesta y Jenny, inducida por su compañera de piso, Margaret,
preparó salsa de alcachofa, pastel de kahlúa, pollo agridulce y otros
platos variados; y Marisa y Thorn fueron invitadas. Los otros invitados eran en su mayoría amigos coreanos de Jenny. Marisa, cuando
llegó, exclamó, «Eh, Bill, te he traído un regalo. ¡Estábamos en el St.
John’s Grill y robamos para ti este cenicero limpio y claro!», y yo me
emocioné y le di las gracias a Marisa con un gran abrazo, pero los
amigos de Jenny se pusieron tensos y me llevé a Marisa y Thorn a mi
habitación, lejos de las bebidas, y cerré la puerta para poder disparar
con mi pistola de aire comprimido, y las chicas se rieron al ver la
diana y chillaron, «¡Esa es la cabeza de Cougar! ¡Esa es la cara de
Rona! ¡Voy a matar a esa guarra!», y Marisa gritó, «¡BRUTAL!». Después de aquello, Thorn y Marisa se quedaron casi todo el tiempo en
la cocina, ayudando a Margaret a preparar bebidas, ya que esta fiesta
era algo más tranquila que las de los skinheads, las cuales casi siempre
empezaban a primera hora de la tarde cuando te ponías las botas y te
abotonabas la cazadora negra en plan guapo y ceñido y cogías el
autobús hacia el Tenderloin o el Fillmore y allí llamabas a la puerta
de un garaje y dos skins petados de músculos te echaban un vistazo
y te cogían un dólar para cerveza y uno de ellos te sellaba la mano
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con el sello de un dinosaurio como confirmación de que habías pagado, lo que te permitía meterte en el garaje y seguir por un pasaje
que conducía a un patio yermo de tierra apisonada con edificios de
apartamentos desvencijados por encima, y los skinheads y sus chicas
se iban infiltrando en este antro y algunos subían por la escalera de
incendios hasta el rellano de la primera planta, de la segunda, de la
tercera, donde todo estaba oscuro y podrido y en cualquier momento un skinhead podía bloquearte el paso y entonces tenías que ser
terriblemente amable para conseguir que te dejara pasar y siguieras
subiendo al rellano de la cuarta planta, donde la skin Dan-L bostezaba y se rascaba la cabeza recién afeitada, y Marisa estaba sentada con
otras skinheads en la escalera sobre una charca de cerveza que se
escurría lentamente por los escalones de manera delicada e indolente, como los meados de Ice, que se sumergían en la cazadora de
Marisa y por debajo de la pierna de Marisa y detrás del hombro de la
skin Kim y así sucesivamente hasta llegar el océano. La mayor parte
del tiempo Marisa no abrió la boca, pues ya iba bastante colocada.*
Tenía la mirada perdida en el infinito; alrededor había nubes, ventanas sucias y ropa tendida en salidas de incendios alejadas, y el patio
se veía desde arriba como si miraras desde una torre de vigilancia de
bajo presupuesto, y allí estaban los skins haciendo cola ante el barril
de cerveza para pillar unas Buds en vasos de plástico para ellos mismos, sus colegas, sus chicas; y en medio de aquel patético espacio gris
había un patético árbol gris de tres plantas de altura; y los skins cogieron una cuerda y la arrojaron por encima de una de las ramas del
árbol y ataron un extremo alrededor de una jarra llena de cerveza y
lentamente y con mucho cuidado se pusieron a tirar del extremo libre para subir la jarra hasta que ésta estuvo a una altura de nueve
metros, y luego empezaron a balancear la cuerda de un lado a otro a
medida que tiraban de ella y el péndulo cervecero pasaba zumbando
alegremente por encima de las caras de todos, y los skins se emocionaron y se pusieron a tirar fuerte con sus enormes brazos tatuados y
la jarra volcó a unos quince metros de altura y llovió cerveza encima
de todo el mundo y unas chicas que iban de negro pusieron mala
cara y dijeron, «Iros a la mierda», y unos skins se rieron y otros ni si* Esto pasó no mucho después de que Marisa perdiera su empleo en la panadería de Castro Street debido a que la propietaria leyó en un informe oficial del
gobierno que los skinheads eran racistas y sexistas. ¡Vaya sorpresa! «No tengo
nada que decir al respecto», dijo Marisa en tono desafiante. «Bueno, no puedo
tener trabajando aquí a alguien con esas opiniones», dijo la propietaria, cuyo
novio era judío. Marisa le dijo que se fuera a tomar por culo.
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quiera se inmutaron. Ahora estaban un poco más borrachos y hacían
cada vez más ruido. Un tipo se acercó haciendo eses hasta Nazi Joe
y le preguntó de qué talla eran sus botas. Nazi Joe dejó de hablar con
sus amigos y se dio la vuelta con bastante lentitud y dijo, «¿Por qué?,
¿quieres robármelas?». ¡Y a continuación le estampó la cabeza al tipo
contra la pared y le pegó cinco puñetazos! Al tipo la sangre le salió
despedida por las orejas. Después de aquello, mi amigo Ken no paró
de acercarse a Nazi Joe para preguntarle de qué talla eran sus botas.
Nazi Joe tan sólo se reía, supongo que porque importaba quién se lo
preguntara. Al cabo de un rato oscureció y las cosas se pusieron en
marcha de verdad; Ken se emborrachó y se llevó al sótano a una chica
a la que no conocía y se la cepilló contra la pared. De manera que,
resumiendo, Marisa y Thorn no estaban completamente a sus anchas
en los alrededores más sosos desde un punto de vista ideológico de
mi fiesta, en la cual Jenny y sus amigas charlaban sobre Macy’s y
otros asuntos que Jenny acabó olvidando y todos los demás merodeaban alrededor de la mesa del salón y daban sorbitos del Chivas
Regal que Jenny me había comprado en Los Ángeles o, por el contrario, estaban sentados en el sofá y hablaban de nuevos avances en
programación informática, tales como el chip UNIX que iba a salir
al mercado de microprocesadores, y yo discutía, con dos de mis ingenieros mecánicos favoritos, la posibilidad de imprimir libros en
papel plastificado, y llevé a mis compañeros de universidad Paul y
Nancy a mi habitación para enseñarles la edición de 1902 del Tamerlán de Poe que Jenny me había comprado por mi cumpleaños por
ciento cincuenta dólares, y Jenny se acercó para asegurarse de que
me estaba comiendo la comida que me había preparado, y Nancy y
yo analizamos cinco libros durante cinco minutos, y después Paul y
yo nos tomamos una copa cada uno, y Jenny se tomó otra copa, y yo
volví a la cocina para hacerles una visita a Thorn y Marisa y bromear
con ellas sobre el tamaño de mi polla. «¡No jodas!», dijeron ellas al
unísono, riéndose. Yo estaba apoyado contra el frigorífico y ellas
contra el fregadero, y yo daba un trago tras otro de tequila y cerveza
pero Thorn bebía poco para asegurarse de que Marisa bebiera poco,
pues ésta se ponía violenta cuando bebía demasiado. «San Francisco
era antes la capital mundial de los skinheads», suspiró Marisa junto al
fregadero. «Ahora es tan patética que me entran ganas de vomitar.»
Entró Martin, mi compañero de piso, y nos sonrió con inseguridad.
Mientras tanto mis otros invitados bebían margaritas y deambulaban
alrededor de la mesa del salón y se levantaban y se sentaban y charlaban y evitaban a Marisa y a Thorn, mientras que Marisa y Thorn los
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evitaban a ellos; y Jenny bebió Old Bushmill’s y se mareó mucho.
Thorn me habló de sus dibujos (posteriormente ha sido aceptada por
una excelente facultad de arte), y Marisa me habló de cuando perteneció a una compañía de ballet en Australia (que no he visitado
nunca y que por tanto disfruto imaginándomela) y dondequiera que
fuese no paraba de ligar, lo que le traía sin cuidado puesto que sabía
que jamás volvería a ver a aquellos hombres; y de cuando en el Hotel
King’s Cross de Sidney jugó al strip póker en la habitación de los
chicos hasta que volvió la directora y la pecosa Marisa tuvo que ponerse la ropa a toda leche y salir arrastrándose por el alfeizar de la
ventana para volver a su habitación, y la directora la vio y le echó una
bronca por aquello y luego Marisa estuvo bajo vigilancia durante
días y días hasta que por fin llegó un día libre en que los miembros
de la compañía podían salir en grupos, pero Marisa dijo que le den
por culo a esta mierda; se puso a hacer autoestop y fue a un mercadillo
para comprarles a sus amigos de San Francisco unas estúpidas camisetas australianas y la directora la vio entrar a hurtadillas a la vuelta y
también hizo un informe acerca de aquello, pero a Marisa, que en
aquel momento llevaba el pelo teñido de rojo y verde y lo tenía corto en algunos sitios y largo en otros (y aún en otras partes casi sólo
tenía púas), le trajo sin cuidado porque en el mercadillo se había ligado a un tío guapísimo; mientras tanto, adondequiera que viajaran
circunvalando aquel continente cobrizo, un admirador más fiel seguía a Marisa en un Rolls Royce color chocolate, y ella se confundía
continuamente y trataba de montarse por el lado del conductor en
lugar de por el del pasajero, debido a que las carreteras y los coches
de allí iban al contrario que en América, pero lo único que hacía el
admirador de Marisa era reírse; éste tendría unos cuarenta años y la
directora, que tenía setenta y dos, se quedó colada por él, lo que no le
hizo ningún bien a la directora; y seguidamente la compañía bailó
en la Ópera de Sidney y otro hombre se enamoró de Marisa y la
invitó a cenar, pero la directora la pilló escabulléndose al volver al
hotel bien entrada la noche, totalmente hecha un asco, por lo que se
le prohibió bailar en las siguientes dos actuaciones y, en la siguiente
ciudad, el tipo del Rolls Royce color chocolate le dio a Marisa hierba suficiente para colocar por completo a toda la compañía, cosa que
ella hizo y, por consiguiente, tuvieron que suspender la siguiente
actuación y Marisa fue expulsada de la compañía, aunque no pudieron enviarla a su casa anticipadamente porque aquello habría costado
demasiado, por lo que tuvo que quedarse y se metió en todos los
problemas que le dio la gana. Finalmente la compañía tuvo que dejar
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de alojarla con familias que tuvieran hijos varones. Los australianos
molaban, salvo por el hecho de que untaban las tostadas con pasta de
levadura Vegemite.
9
Durante la fiesta desapareció la cartera azul de Jenny. Ella no lo advirtió hasta el día siguiente porque había bebido demasiado. Jenny
era muy descuidada con sus pertenencias, y ya antes había perdido la
cartera varias veces. En una ocasión en que volvíamos a casa tras ver
una película, justo al salir del coche Jenny se dio cuenta de que no
llevaba la cartera encima. Volvimos al cine y no la vimos; fuimos al
bar donde la había invitado a una copa y no estaba allí; a renglón
seguido la vimos tirada en medio de la calle, con el contenido milagrosamente intacto. Evidentemente a Jenny se le había caído mientras abría el coche. Por tanto ahora yo estaba seguro de que la cartera aparecería enseguida, pero no fue así. Jenny tuvo un ataque de ira
y pánico. Sus llaves también habían desaparecido. Estaba claro que
había dejado la cartera y las llaves encima de la mesa durante toda la
noche, al lado de las bebidas y las patatas fritas.
—¡Han sido tus amigas! —me gritó Jenny al oído—. ¡Fuiste tú
quien las invitó! ¡Es culpa tuya! ¡Y han cogido mis llaves, por lo que
pueden entrar en tu apartamento y en el mío y en el coche! ¡Y tienen
mis malditas tarjetas de crédito! ¡Tú eres el responsable de esto!
Apuesto a que Marisa está ahora mismo en Macy’s, comprándose
unos vaqueros. ¡Ah! Tengo un dolor de cabeza que no se me va a
quitar. ¡Te dije que no invitaras a esas skins nazis, porque son unas
delincuentes!
—Vamos a buscarlas abajo —dije—. A lo mejor las dejaste allí.
—En aquel momento, todavía convencido de que la cartera aparecería en cualquier instante, no comprendía del todo lo enfadada que
estaba Jenny. Preferí considerar su ridícula imagen de la skin Marisa
yendo a Macy’s.
—En este caso me acuerdo clarísimamente —insistió Jenny—,
porque lo que pasó fue que me dejé la cartera en el coche y luego
subí directamente a tu habitación, pensando que la llevaba encima,
pero como no era así, volví y la cogí, y me senté y la dejé ahí. A lo
que voy: los únicos sitios donde podría haberla dejado eran la cocina
o el salón. ¿Quién ha sido si no? ¡Tienen que haber sido tus malditas
amigas skinheads!
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—Ellas no harían una cosa así —dije yo.
—¡Vinieron con un cenicero robado! —chilló Jenny—. Puede
que a ti no te robaran, pero a mí no me conocen. Por lo que a mí
respecta, puedes ir olvidándote de mí si vuelves a verlas de nuevo. A
veces te detesto muchísimo. No sé por qué salgo contigo. Nunca te
has preocupado de mí. Tus amigos criminales te parecen más importantes. Y lo peor es que apuesto a que te alegras de que me hayan
robado la cartera y las llaves. Te lo estoy avisando, no quiero que
vuelvas a ver a esas malas personas jamás.
—Jenny —comencé, pero ella me pegó y dijo—: ¡No me digas
Jenny así! Ellas tienen mi cartera y mis llaves. ¿Qué se supone que
tengo que hacer ahora? Quiero que busques por toda la casa otra vez.
Mira en la basura. Tal vez alguien haya tirado las cosas ahí por error.
Esta noche no voy a poder dormir.
No encontramos la cartera.
—Te dije que ellas eran así —dijo Jenny—. Lo mejor es que me
prometas ahora mismo que no vas a volver a ver a esos skinheads.
—No —dije.
—Entonces jamás volverás a verme a mí —dijo Jenny, mientras
por su mejillas llenitas y doradas le caían las lágrimas. Jenny no quiso decir literalmente lo que dijo; únicamente dijo lo peor que se le
vino a la cabeza.
10
—Al principio pensé que eran muy divertidas —dijo Martin, mi
compañero de piso, preparándose para adoptar las opiniones de los
de su clase—. Pero después, cuando me di cuenta de que hablaban
en serio, resolví que intimidaban un poco.
—Yo no creo que hayan sido ellas —dije yo.
Pero Martin estaba seguro de que habían sido ellas.
11
Hay ocasiones en que reconocemos que algo ya no va bien o se ha
acabado, pero ese reconocimiento trae aparejada la premonición angustiosa de sus implicaciones, como si de pronto nos diéramos cuenta de que el suelo se disuelve bajo nuestros pies y de que debajo hay
oscuridad y lodo y bichos rastreros, y nuestro deseo de volver al
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consuelo de la tierra firme es tan grande que conservaremos aquello
que no va bien, con la intención de que vaya bien durante otro día
más, unos miles de pasos más, porque no queremos pensar en el
agujero oscuro que nos aguarda, y si podemos retrasar el desplome del
suelo, sin lugar a dudas lo haremos. Yo me había sentido muchas
veces de esta manera con respecto a mi relación con Jenny, y así me
sentí ahora a propósito de su desconfianza con mis amigas. No me
podía creer que Marisa se hubiera llevado nada, y tampoco me podía
creer que nadie más se hubiera llevado nada.
Jenny apenas si durmió durante dos noches. «Esas skinheads, esas
chicas skins», dijo, «me pregunto si me desaprueban. Me pregunto si
me odian porque soy asiática. A lo mejor quieren hacerme daño.
Quiero decir, ¡son nazis!» Yo no le había contado lo que las skinheads habían dicho de ella, pero aun así ella sabía que, una noche de
aquel mes o del siguiente, cuando nos hubiéramos olvidado del episodio, Marisa se acercaría sigilosamente hasta la puerta y la abriría
con las llaves robadas, y entonces Dickie y Mark Dagger y Chuckles
y Blue y Yama y Hunter y Dee y Spike y Nazi Joe y Ice y Dan-L
entrarían a la carga por la escalera y Dagger destrozaría la barandilla
de una patada con sus botas nazis y Yama reventaría el cristal con
cortinas de la puerta de la habitación de Margaret y empezaría a
golpearle la cabeza a Margaret con una silla y los demás irían a la
habitación de Jenny y nos encontrarían a ella y a mí durmiendo en
su cama de agua y Dickie rajaría la cama con la tapa afilada de una
lata y los skinheads nos chillarían, «Muy bien ¿dónde está el dinero?
¿Dónde está el dinero?», y Marisa me diría que tenía un minuto para
irme y abandonar a Jenny a su suerte, y después Yama la golpearía en
la cara y diría, «¡Cállate, zorra! ¡Vamos a coserlos a navajazos a todos
ellos!», y Chuckles y Blue se nos mearían en la cara y Ice se pondría
a desarmar el estéreo del salón con delicadeza.
12
Pasadas dos semanas, Jenny comenzó a resignarse. Ambos aceptamos
cerrar su puerta y la mía con candados que nunca antes habíamos
utilizado, y para los cuales Jenny no había tenido llaves. Aún tenía la
cara hinchada de llorar. Para Jenny, a quien le gustaban las cosas
limpias y ordenadas y organizadas a pesar de su propia negligencia,
la pérdida de la cartera implicaba tanto un desastre estético como un
riesgo para la seguridad.
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—Ojalá la hubiera extraviado —dijo, afligida—, aunque lo cierto es que daría lo mismo, porque aun así tendría que soportar todo
este rollo. Ya han pasado muchos días. Consígueme una tarjeta de
crédito nueva. Llama por lo de mi permiso de conducir. Yo anularé
mi tarjeta de Macy’s. Venga, hoy quiero que comas bien porque voy
a prepararte la carnecita de mamá. Prométeme que comerás bien.
¿Lo prometes? ¿Quieres nuggets de pollo congelados?
Al cabo de un rato estaba tarareando una canción coreana sobre
campos de cebada.
13
Entretanto, Adam, el otro hermano de Jenny, vino de visita. Era un
muchacho joven delgado y seguro de sí mismo al que le gustaba ponerse camisas polo. Jenny lo adoraba y siempre lo telefoneaba en
llamadas de larga distancia a altas horas de la noche para darle consejos que no tengo claro que él siguiera de un modo coherente. Todavía llevaba adherido el semblante de hermano pequeño. Él y sus
amigos de Yale trajeron un cubo de almejas gigantes que habían
reunido en la playa. Jenny las echó al fregadero inmediatamente y se
puso a restregar las conchas con un estropajo de acero con jabón para
librarlas de todo germen subversivo; en el mundo de Jenny, como en
el de Marisa, todo ser extraño debía ser esterilizado. Hirvió las más
grandes, que suspiraron fútilmente por sus sifones exteriores; las demás las metió en el congelador durante cinco minutos para debilitarlas de manera que sus abductores insensibilizados no fuesen capaces
de resistirse a mi cuchillo; fatigadas ya por el largo viaje anoceánico
en el maletero del coche de Adam, se entreabrieron y se rindieron
con facilidad a su sentencia sushi. Las coloqué en un plato y las puse
delante de Adam, quien estaba sentado en la mesa del comedor riendo ruidosamente con sus amigos, muchachos que era obvio lo respetaban como su líder, de la misma forma que Izutsu y Sagara respetaban a Isao en Caballos desbocados, la novela de Yukio Mishima, porque
Isao iba a convertirlos en extremistas de derechas y tras ello alcanzarían la divinidad al abrirse el vientre de un tajo en un arrebato espiritual que probablemente haría que el sol les explotara detrás de los
párpados cerrados; imagino que las almejas de Adam se sintieron de
esta manera cuando las hendí para abrirlas; sin embargo Adam las
aceptó sin mirarlas ni a ellas ni a mí y se las pasó a sus discípulos, los
cuales exclamaron, «¡Adam! ¡Adam!», y Adam le dio a Jenny una
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almeja, después se comió él una y de nuevo se las pasó a Izutsu y
Sagara, quienes sin duda estaban aprendiendo a alcanzar la divinidad
en Yale con él.
—Bueno, Adam, ¿necesitas algo? —dije.
Él continuó charlando con sus amigos. Pero cuando me vio en la
cama de Jenny, se le desencajó la mandíbula, negó lentamente con la
cabeza y salió, dejando la puerta de la habitación entornada, y al día
siguiente, antes de marcharse a su casa, pegó una nota en coreano en
la puerta de Jenny. La nota decía: «Hermana mayor: Estoy muy decepcionado con tu novio. Me avergüenzo de ti. Por favor, piensa en
madre y en la abuela». ¿Cómo explicar la repugnancia que los colores
del arcoíris sienten los unos por los otros?
En camisón, mordisqueando un melocotón lleno de jugo, Jenny
se sentó en la cama de agua y llamó a Adam. Yo la había obligado a
hacerlo.
—Llegaré allí tarde —dijo—. ¿Puedes hacerme un favor? Dile a
la abuela que no duerma en mi habitación. Margaret y yo dormiremos ahí. Otra cosa. Alquílame un par de películas. Y dile a mamá
que se lleve el coche grande al trabajo. Y dile a Richard que no salga
con el coche grande temprano. —Se envolvió en las mantas—. Y
además, no puedo pasar sin decirte esto, pero has sido muy grosero
al dejar esa carta. ¿Qué quieres decir con una opinión sincera? Y
fuiste muy maleducado. Él no paraba de hablarte, de ser amable contigo. Te comportaste como un mocoso. ¿Qué quieres decir? Adam,
en serio que tienes que comportarte. ¿Qué es una opinión sincera?
No. Escúchame. Escucha. Bill es mi novio y tú tienes que… ¡Adam!
¡Escucha! ¡Escucha! ¡ESCUCHA! Dices que me quieres, pero si es
así tienes que respetar… ¡Escucha! ¡ESCUCHA!
»Adam, no comprendo por qué piensas así. Quiero saber por qué
motivo tienes esas opiniones. Tienes que argumentar tus opiniones.
No, tienes que ofrecer un motivo razonable. No puedes decir sólo
que no te parece bien. Adam. Adam. ¡Adam! Sé que estás molesto.
Pero no puedes comportarte en base a primeras impresiones. ¿Qué
opinas ahora? ¿Qué opinas ahora? Mira, no le conoces y has dicho
cosas que me han hecho mucho daño. Quiero entender por qué escribiste esa carta, por qué te comportaste de esa manera. ¿Nada más
que por la apariencia? ¿De qué manera? ¿Qué quieres decir con que
no te acuerdas? No te estoy criticando, te estoy preguntando tu opinión. ¿Sólo porque uno es diferente? En esa nota que escribiste ponía
que te avergüenzas de mí. ¿Por qué, por qué, por qué, por qué? ¿Qué
tipo? ¿El suyo? Él no te ha hecho nada.
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Ella dio lugar a que su hermano pequeño llorara por teléfono (lo
cual me satisfizo), pero aun así él siguió odiándome.
14
Si esto hubiera sido un relato chejoviano o un cuento de Maupassant,
la cartera azul habría terminado por aparecer, demostrando con su
resuelta negativa a estar en cualquier otra parte que todas las sospechas habían sido cosificadas hasta el punto de la destrucción lógica y
moral, y por tanto ahora, mientras todas las cadenas de pensamientos
se nos retorcían dentro del cerebro, y los pequeños homúnculos reducían la marcha de los pensamientos para aprovechar al máximo la
capacidad mecánica en un fútil intento de arrastrar los bloques de
confianza cargada de plomo de vuelta a un lugar seguro, aquellos
corruptos conceptos metálicos colgarían por encima de la cumbre de
esa catarata negra por la que finalmente acaban bajando todas las
cosas, y los homúnculos pondrían toda su pequeñez en el esfuerzo
pero las cadenas entrechocarían entre sí y la confianza bajaría dando
bandazos por la catarata y caería en la espuma y jamás volveríamos a
verla, pero ahí estaría la cartera azul para recordarnos lo limitado de
nuestras existencias.
En efecto, al final encontré la cartera azul de Jenny. Se había
caído dentro de una bolsa de papel bajo el escritorio del salón, junto
con las llaves.
Fuimos a ver otras películas y Jenny se sentó arrobada con los
nudillos pegados a las mejillas, llorando de felicidad ante el espectáculo de una desintegración romántica recién imaginada.
15
Un mes antes del decimoséptimo cumpleaños de Marisa, Jenny y yo
nos la encontramos en una fiesta en Haight Street. En la puerta ponía: chicas skin de s .f. – ¡te robarán el dinero, el orgullo Y tu hombre! Marisa ya no trabajaba de mensajera en bicicleta porque había ido pedaleando hasta una torre de oficinas del Bank of America con un
mensaje urgente, y una secretaria o una niñata ejecutiva la había
mirado de arriba abajo en plan despectivo y por tanto Marisa la había
llamado zorra o probablemente zorra asquerosa, y la zorra se había
quejado y el servicio de mensajería había perdido la cuenta del B. of A.
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y por consiguiente Marisa había sido despedida. Jenny y yo estábamos sentados en el sofá escuchando a las Supremes en plan, «¡Ba-by,
ba-by! ¡Adónde se fue nuestro amor!», a un volumen idóneo para que
las brutales vibraciones nos atravesaran la membrana timpánica y
llegaran al laberinto óseo y por tanto a la cóclea y nos causaran un
daño importante; y Jenny intentó sacarme a bailar.
—Ven a bailar —dijo ella.
—No me apetece —dije yo.
—Por favor, baila conmigo —dijo ella.
—No —dije yo.
Marisa entró en el salón y se puso a bailar sola, con un aspecto
muy suave y peludo con su jersey y la aterciopelada pelusilla gris de
la cabeza; tenía los ojos cerrados y no paraba de bailar sobre la alfombra, y Jenny dijo con ironía, «¡Marisa! ¡Tira de él y haz que baile!
Nunca lo he visto bailar», y Marisa se acercó, fijó una mirada inexpresiva en la cara de Jenny y dijo con un tono frío, «Y nunca lo
verás».
Para Jacob Dickinson y Janis Kibe Dickinson
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