El pensamiento ilustrado en España

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2012
El pensamiento
ilustrado en España
Término <<Ciencia>>
Daniel Espejo Díaz
Filología Hispánica
28/01/2012
ÍNDICE

CIENCIA…………………………………………………………….. Pág. 3

INTRODUCCIÓN…………………………………………………... Pág. 4

Literatura newtoniana y matemáticas sublimes…………………… Pág. 7

Hipocratismo y renovación de la clínica……………………………. Pág. 8

Linneo en la botánica española……………………………………… Pág. 10

CORDE. Análisis y comentario de citas……………………………. Pág. 12

Benito Jerónimo Feijoo……………………………………………… Pág. 12

Gregorio Mayans y Siscar…………………………………………… Pág. 17

Melchor Gaspar de Jovellanos……………………………………… Pág.18

CONCLUSIÓN……………………………………………………… Pág. 21

BIBLIOGRAFÍA……………………………………………………. Pág. 23
2
CIENCIA
1. Conjunto
de conocimientos obtenidos
mediante
la observación y el
razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios
y leyes generales.
2. Saber o erudición.
3. Habilidad, maestría, conjunto de conocimientos en cualquier cosa.
4. Conjunto de conocimientos relativos a las ciencias exactas, físicoquímicas y
naturales.
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Introducción
Según en el diccionario de la Real Academia Española, el término “ciencia” se
divide en las cuatro acepciones que hemos visto antes.
Básicamente podemos ver que la palabra ciencia se puede usar en tres grandes
campos, y en ellos nos centraremos. Para empezar, se usa con el fin más puramente
científico, refiriéndose a todas aquellas conclusiones a las que se llega mediante el
raciocinio y la observación.
En segundo lugar, ciencia como saber. Este término se usa constantemente para
denotar los conocimientos de una persona en determinados campos. El término se usa
globalmente, no sólo en aspectos relacionados con la ciencia como materia. Una
persona puede poseer la ciencia sobre una materia como la literatura.
Por último, podemos reseñar un tercer campo de uso de este concepto, el de ciencia
como habilidad o maestría para realizar alguna tarea. Al igual que la segunda acepción,
en este tercer campo podemos usar esta ciencia como maestría en materias tanto de la
rama científica como en la de humanidades.
Alrededor de estas tres acepciones haremos un repaso a los grandes autores del siglo
XVIII y su forma de usarlo en las obras que han perdurado hasta nuestros días. Hemos de
decir que aunque la definición de ciencia está tomada de la última edición del
diccionario de la RAE, las acepciones son totalmente válidas para el trabajo en el que
queremos centrarnos.
Pero al estudio del término en las obras literarias nos dedicaremos más adelante.
Ahora hemos de ver la concepción de la ciencia en el siglo XVIII. Qué se entendía por
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ciencia, los avances que se realizaron en cuanto a sus predecesores, los grandes
maestros de esta materia de dicho siglo, y un largo etcétera.
A finales del siglo XVIII, España, como otros tantos países europeos se miraba en el
modelo francés en lo que a avances científicos se refiere. Consecuencia de esto, existían
instituciones para el progreso científico como el Jardín Botánico de Madrid, colegios de
cirugía en ciudades como Cádiz, Barcelona y Madrid y múltiples academias para la
formación de artilleros e ingenieros en Cartagena y Ferrol.
Estas instituciones no sólo se dedicaron a promover la ciencia dentro del ámbito
español, sino que gracias a su participación en grandes empresas cooperativas lograron
su integración en todo el sistema científico europeo.
Esas mencionadas relaciones fomentaron la elaboración de proyectos comunes
tales como gestiones de recursos financieros y plantear colectivos científicos complejos
en toda Europa.
A pesar de todas estas medidas para asemejar el modelo institucional francés, el
hecho de que en Madrid no hubiese una Academia de Ciencias constituye un problema
de gran importancia. La causa de la ausencia de tal institución fue que con la llegada de
los Borbones al trono, estos centraron todos sus esfuerzos en la rehabilitación del
ejército, ya que el panorama de España que se habían encontrado era la de un país
demasiado mermado y debilitado.
A pesar de la carencia de una institución central que promoviese el sistema
científico Nacional, la creación de la Academia de Ciencias Naturales y Artes de
Barcelona, en la cual Campomanes participó y promovió de manera más que notable,
consiguió que el modelo científico se aproximara un poco más al que tanto proliferaba
en Francia.
A la Corona española le causaba cierto resquemor para reconocer a científicos y
encomendarles las tareas pertinentes, en la mayoría de los casos, fuese cual fuese el
problema a resolver, no se buscaban científicos nacionales para tal contienda, sino que
se nombraban comisionados o incluso se contrataban a expertos en el exterior para que
se comprometiesen con dicha tarea.
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Esto lo ejemplifica a la perfección Francisco Aguilar Piñal en su “Historia
literaria de España en el siglo XVIII “:
En definitiva, el colectivo científico español no consiguió monopolizar el
discurso sobre el progreso y el bienestar social, ideología que la Corona se resistió
a compartir con otras instituciones, bloqueándose así la posibilidad de que la
ciencia se convirtiese en una institución social relevante.
Literatura Newtoniana y matemáticas sublimes
La literatura newtoniana en España brilló más que nada por su ausencia, sobre todo
en la primera mitad del siglo XVIII. Pero no sólo ocurre esto con la literatura
newtoniana, sorprende la ausencia de producciones y matemáticas así como de
bibliografía respecto al término.
Además de esta carencia de documentos, la física newtoniana tropezó en nuestro
país con un obstáculo tan inesperado como insalvable, y no sólo en la primera mitad
del XVIII sino prácticamente en la totalidad del siglo: la hipótesis aceptada por esta
literatura del heliocentrismo.
La disputa que había a principios de siglo en España no era por introducir o no el
copernicanismo, que ya estaba asimilado por algunos individuos, sino desechar de
una vez por todas el aristotelismo.
Por otra parte, lo poco que se conocía de Newton, había llegado a través de
resúmenes y divagaciones de otros autores como Tomás Vicente Tosca y el propio
Benito Jerónimo Feijoo, del que hablaremos más tarde. Como adelanto, sólo decir
que la obra de Feijoo respecto a la ciencia, al no ser científico, era insuficiente para
los entendidos en esta materia, así como demasiado avanzada para el criterio de
otros.
Por lo que respecta al newtonianismo, “se aprecia una evolución que va desde
considerarlo simplemente como un sistema más, contrapuesto al cartesiano, hasta
verlo como la unión perfecta entre razón y experiencia” (Aguilar Piñal, 1996: 972).
Lo más valorado de la ciencia de Newton por autores como Feijoo era su alto
contenido empírico, ya que la física experimental estaba en alza.
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En España se llega a la comprensión total de la obra de Newton gracias a Jorge
Juan (1713-1773) que demuestra en su teoría sobre la rotación de la tierra, que conoce
totalmente la hipótesis newtoniana. Aunque eso le llevó a tener problemas con la
Inquisición, que aún consideraba que el heliocentrismo era un sistema dignamente
condenado por la Iglesia. Se tuvo que retractar, con una escueta pero intensa frase al
final de su tratado: “aunque esta hipótesis sea falsa”. Debido a esta retractación y al
apoyo de Gregorio Mayans se libró de un castigo mayor. Más tarde se desquitó con
su obra Estado de la astronomía en Europa (1774), donde defendió sus teorías sin
tapujos ni censuras.
Como dato para concluir este apartado, resaltar que los primeros que se hicieron
cargo de la enseña sobre el cálculo integral y diferenciado en España, no fueron otros
que los militares y los jesuitas.
Hipocratismo y renovación de la clínica
Tanto en el siglo XVIII como en sus albores, la producción editorial médica se
caracteriza por las disputas entre dos grupos con divergentes opiniones. Por un lado,
los partidarios de la tradición galénica, y, por otro, un grupo de mentalidad un poco
más escéptica. La tendencia renovadora se verá impulsada por la incursión bajo el
mandato de Felipe V, de médicos franceses, que debido a la protección que tenían
por parte del rey, tuvieron carta blanca para influir en el desarrollo de la medicina en
España.
Esta disputa entre grupos, se ve reflejada en críticas y reproches que se suceden en
las obras de Diego Mateo Zapata y Juan Martín Lesaca. Lo más reseñable de estas
disputas no son los términos que defienden, sino el hecho de pujar por posturas
distintas que reflejan el cambio que estaba dando en España a lo largo de toda la
centuria.
No sólo interesaba este tema a los aludidos directamente, sino a toda la sociedad.
Esto es palpable en la velocidad con la que se publicaban textos y estudios que
polemizaban unos con otros.
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“La llegada de cirujanos y médicos franceses con Felipe V fue crucial para la
renovación de los saberes médicos” (Aguilar Piñal, 1996: 976). Junto a esta
renovación de saberes mencionada por Aguilar Piñal, España se vio inundada por
una enorme cantidad de bibliografía médica. Esto se debió en gran parte a la
traducción de obras modernas a cargo de los ya mencionados médicos franceses.
Esta confrontación deja de ser una realidad a mediados del XVIII. Ya es un hecho
que la medicina moderna se ha incorporado a la sociedad española ilustrada, así
como el asentamiento de las diferentes corrientes europeas.
Es también reseñable que una vez desaparecidas todas las epidemias que asolaban
España y Europa en los siglos precedentes, exceptuando la viruela, el interés de
estudiosos y médicos fue la fiebre. Las distintas patologías en las que la fiebre se
manifestaba así como su dureza, su duración,… La fiebre es considerada como un
mero síntoma de infinidad de patologías, por ello se convierte en una materia
independiente, de estudio obligado para todos.
Pasaron a describir todas las enfermedades que se manifestaban, con especial
atención a aquellas sin precedentes y
a las que atacaban a personalidades
importantes. Junto a la peste bubónica, claro está, que estaba presente desde la Edad
Media aterrorizando a Europa.
Todo esto conlleva al interés del ser humano por el estudio natural de las
enfermedades, ya no sólo estudiarlas cuando se habían contraído, sino el origen de
éstas y la relación del ser humano con el medio ambiente que le rodea.
Linneo en la botánica española
En 1751 se introdujo en España el sistema linneano, a manos de Pehr Löfling,
aventajado discípulo de Linneo, que vino a la península con el fin de estudiar la fauna y
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la flora ibérica. Se barajan otras formas de entrada de este sistema, pero el de Löfling
parece el más acertado.
Löfling tuvo que luchar en España contra la concepción que había de Linneo, ya que
este había criticado abiertamente el desconocimiento de los españoles en cuanto a lo que
a botánica se refiere. Esto lo hizo rodeándose de botánicos españoles.
La institución más determinante del XVIII a la hora de estudiar la botánica española
fue el Real Jardín Botánico de Madrid. No hay ningún texto escrito específico, pero si
hay comentarios de Quer muy ilustrativos en su obra Flora española, repartida en
cuatro volúmenes donde sigue el sistema en teoría más sencillo y conciso: el sistema de
Tournefort.
José Quer defendía a Tournefort y su teoría frente a Linneo, más que nada por
motivos nacionalistas. No estaba más de acuerdo con una teoría que con otra, pero la
crítica de Linneo a la botánica española antes mencionada, hizo que se posicionara a
favor de la tesis de Tournefort, a pesar de los esfuerzos de Löfling para corregir la
visión que tenían los españoles de su maestro.
Con la muerte de Quer, Miguel Barnades es nombrado profesor. Este personaje
defiende la teoría de Linneo, en contraposición a su antecesor, proclamándolo como
reformador de la botánica y maestro en la ciencia de las plantas.
A pesar del esfuerzo de Barnades, la introducción del sistema linneano tardaría unos
cuantos años más, en los que los diferentes autores y expertos del tema, en sus estudios
y publicaciones alternaban tanto la teoría de Linneo como la de Tournefort.
Una vez cimentada la teoría de Linneo en Madrid, vemos que el impulso de la
botánica en España fue notable solamente en la capital. En otras ciudades españolas
como Sevilla fracasaron una y otra vez los intentos de personalidades ilustres de crear
un jardín botánico, bien fuera por falta de fondos, o por falta de espacio.
Por ejemplo en Valencia, la enseñanza botánica moderna no se institucionalizó hasta
casi finales del siglo XVIII, cuando se introdujeron los principios básicos en la
universidad creando una cátedra de Química y Botánica.
A las reformas en el terreno de la botánica que se produjeron en Sevilla o Valencia,
se les unieron Barcelona, Cádiz, Cartagena y finalmente Zaragoza en 1796, aunque se
perdió pronto por la situación que atravesaba el país; no recuperaría la cátedra hasta
1842.
Los epígrafes que hemos visto nos sirven para hacernos una ligera idea del contexto
cultural que se vivía en España durante el siglo XVIII. La madurez científica española de
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este siglo llega en los años ochenta, cuando se consolidan un número reseñable de
instituciones no sólo en Madrid, sino a lo largo de toda la geografía española.
Conforme a los temas tratados, no es difícil apreciar que la importancia que tuvieron
las matemáticas y la medicina no es la misma que tuvo la botánica. La renovación de las
matemáticas y medicina se dio mucho antes que otras materias menos importantes, por
llamarlas de alguna manera, ya que se redoblaron los esfuerzos para mejorar aspectos
que pudieran ser útiles de cara a una política de regeneración.
Debido a la precaria situación en el aspecto de la medicina, se priorizó el estudio de
la cirugía y la medicina clínica para tratar las pésimas condiciones salubres de la
población española.
Además, tanto la medicina como las matemáticas se beneficiaron de la influencia de
los expertos franceses que llegaron a la península por la causa borbónica, si bien hay
que tener en cuenta la renovación cultural que se produjo en grandes ciudades de
España como Sevilla, Valencia, Zaragoza o Madrid.
Otras disciplinas como la química, se asentaron rápidamente en la España del siglo
XVIII, gracias en parte a la nomenclatura lavoiseriana.
La botánica, como hemos visto, tuvo un desarrollo paralelo a la química, esto se
debió mayormente al debate que produjo el proceso de transición de la perspectiva
tournefortiana a la teoría de Linneo. Pero lo que llama la atención no es la aparición de
Jardines o el repentino interés por la flora ibérica, sino el carácter normativo de esta
ciencia en auge.
Resaltar una vez más la labor de Pehr Löfling, alumno aventajado de Linneo, que se
encontró en España un ambiente hostil hacia su maestro y tuvo que debatir con Quer
sobre el monopolio de una teoría botánica, ya que éste era acérrimo defensor de la
mencionada teoría tournefortiana; pero el tiempo jugaba en contra de Quer, Casimiro
Gómez Ortega impondría la tesis linneana frente a la defendida por el primer director
del Jardin de Madrid.
Como dato hay que añadir que el Reglamento del jardín promulgado por
Floridablanca en 1783 se atenía a los principios botánicos promulgados por Linneo. Se
descartaba así cualquier tipo de conflicto con otras teorías en la España ilustrada. La
implantación de estas “nuevas” ciencias se refleja en lo rápido que llegaron manuales
sobre la química lavoiseriana o la botánica de Linneo al ámbito educativo.
A pesar de que en España no se manifestó la Ilustración con tanto peso como ocurrió
en otros países europeos, podemos afirmar que se produjo un cambio de paradigmas
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científicos; para ello tuvo una importancia absoluta la contratación de científicos
extranjeros que ocuparon puestos importantes dentro de los centros de nueva creación.
Consecuencia de esta intrusión extranjera en los núcleos científicos del país, fue la
ruptura con el pasado a la que nuestros expertos se vieron obligados. También debido a
este mismo motivo, se llevo a cabo una labor de traducción a causa del número
incipiente de trabajadores extranjeros. Sobre este tema, Feijoo haría una dura crítica, por
el “proceso de barbarización de la lengua patria”.
La información redactada a lo largo de esta introducción ha sido elaborada mediante
los datos obtenidos en “Historia literaria de España en el siglo XVIII”, de Francisco
Aguilar Piñal.
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CORDE
Análisis y comentario de citas
Una vez visto el contexto cultural en la España del siglo XVIII en lo que a ciencia se
refiere, damos paso al estudio de citas de autores como Benito Jerónimo Feijoo, Gaspar
Jovellanos o Gregorio Mayans.
Con la ayuda de estas citas intentaremos crear un arco alrededor del concepto ciencia
y cómo lo trata cada autor según su perspectiva de la época.
Comenzando Con Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), diremos que el mérito que
tiene este autor en el terreno de la ciencia es enorme. Se dedicó a la teología y no salió
apenas de su localidad natal, Oviedo. A pesar de eso, conocía muchas teorías y autores
que otros personajes que habían dedicado su vida a adquirir conocimientos sobre estos,
incluso viajando alrededor de Europa, desconocían. Si tenemos en cuenta que no salió
apenas de su ciudad como ya hemos comentado, parece fascinante que supiera tantísimo
sobre Newton; más teniendo en cuenta que la situación de la España ilustrada no era la
más idónea para que los autores extranjeros se dieran a conocer en nuestro país.
Introduciendo el término ciencia en el CORDE, en las obras de Feijoo, encontramos
222 casos en un total de 14 documentos. Nosotros nos centraremos prácticamente en su
“Teatro crítico universal”.
Vamos a comenzar analizando algunos párrafos de la obra “Theatro crítico universal
o discursos varios en todo género” (1739). CORDE, Real Academia Española (Madrid),
2003.
Solo es comparable a su ingenio su noticia. Es esta como el cetro del Júpiter, que
describió Pausanias, Paus. Eliaç. prior. formado de todos los metales, o como aquella
célebre piedra de los trogloditas que brillaba con el esplendor de sesenta piedras
preciosas diferentes. Plin. lib. 37, cap. 10 ¿Qué ciencia hai en todo el dilatadíssimo
campo de la erudición que este author no possea perfectamente? El más irrefragable
testimonio de esta verdad nos dan sus mismas obras. (Feijoo, 1739: 24).
De las acepciones del término ciencia vistas al comienzo de nuestro trabajo, ésta en
concreto se refiere a la segunda. El término ciencia en este párrafo de Feijoo está tratado
como saber, o bien como erudición.
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Hay que tener en cuenta que la obra de Feijoo puede llegar a tener algún matiz
sarcástico o irónico, ya que no eran pocos los que lo criticaban, ya fuesen expertos en
las materia tratada o simplemente lectores de su obra. Pero Feijoo fue ante todo un gran
maestro. Fue maestro para sus coetáneos, para los que vinieron después de él y para los
de hoy en día. Un maestro para siempre. Y esa maestría no consistía sólo en contar y
explicar cosas nuevas a aquellos que por su ignorancia las desconocían, sino que sabía
encender la curiosidad de todos aquellos que le rodeaban, así como enseñarles a
aprender a entender todas las cosas que pasaban a nuestro lado a lo largo de la vida.
Aquí menciona ciencia refiriéndose a que no hay recoveco en el amplio ámbito de la
erudición que el personaje al que va referido el párrafo, no posea. Su obra es tan
ilustrativa que no tiene que explicar aquello que es verdad y qué no, sino que sólo
leyendo su obra esto queda ilustrado a la perfección.
Con esta suavidad sabe amistar su ingenio, la fuerza y la valentía de la expressión.
Qualquiera que reconozca este libro fácilmente convendrá en que possee su autor
perfectamente la ciencia de ganar con su voz los corazones. El contrasta los ingenios
y persuade siempre quanto quiere. Pero principalmente se evidencia el poder de su
pluma en los discursos éthicos y en los políticos. (Feijoo, 1739:27)
En la misma obra, nos encontramos el término ciencia usado por el autor como una
habilidad. La ciencia que aquí se nombra no es una materia, o la total comprensión de
algún saber, no. Es la maestría de dominar algo, en este caso por ejemplo, la persona a
la que se refiere Feijoo, posee una voz capaz de ganarse los corazones de las personas,
ya sea por su melosidad o por su arte en la retórica, no lo sabemos con certeza.
Como ya hemos dicho anteriormente, Feijoo fue una figura muy criticada. Por ello,
consideraba de vital importancia la oratoria, el arte de persuadir con la palabra; es por
ello, también, que en esta cita apreciamos que la ciencia de ganarse los corazones solo
con la voz es un área altamente valorada por el asturiano.
Estos ataques que recibía Feijoo eran maquinados en tertulias científicas, o al menos
eso querían aparentar, donde sus contertulianos guiados por el rencor que le tenían por
sus críticas al campo de la medicina, se dedicaban más a polemizar que a aprender. Este
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ataque a cargo de los médicos ayudó a levantar cierto ambiente de hostilidad hacia la
persona del autor ovetense; pero lo que a los galenos realmente molestaba no era que
Feijoo los criticase, sino que pese a su escasa formación en ese terreno supiese mucho
más que ellos.
No, no me parece que tiene necessidad esta nave hermosa ni el diestro Palinuro
que la govierna de disputar de la patria del rayo que alumbra, aunque convenza quál
sea la patria del rayo que abrasa. Rayos se llaman unos y otros: los del sol, que
comunica benéfica luz, y los de la nube, que causan estrago y horror. Rayos son
también los rasgos de la pluma quando esta es clara, elevada y de abundante luz de
ciencia y doctrina. (Feijoo, 1739: 34).
Observando esta tercera cita del Teatro crítico universal vemos que Feijoo trata
nuestro término como consecuencia de una buena y sabia escritura, capaz de aportar luz,
literalmente, de saber.
Es de todos sabido que la ciencia, cuando va ligada a la escritura, es un arma
poderosa de convicción. Antes hemos mencionado que Feijoo era criticado por el
gremio de médicos, sobre todo por los galenos, pero esto no es del todo cierto. A pesar
de que criticaba los métodos y los preceptos que se tenían por válidos en la España
ilustrada, no fueron poco los expertos que, lejos de criticarlo y guardarle rencor, lo que
hicieron fue pedirle consejo. Eminencias en el ámbito de la medicina de esa época,
como lo fueron Martín Martínez o el catalán Casal, consideraban a Feijoo poco menos
que su maestro. Incluso la primera academia médica de España, la Regia Sociedad de
Sevilla, le nombró miembro de honor y admitió como suprema autoridad sus consejos.
Relacionándolo con la cita propuesta, la crítica de Feijoo pretendía arrojar luz y
erudición a aquellas sombras de las que se encontraba rodeada la España del siglo XVIII
en bastantes temas, y más aún a aquellas que asolaban la medicina.
A mí me sucedió mil veces en diferentes materias, leyendo este o aquel autor de los
más clásicos, notar alguna sentencia a que me era impossible conformar el
entendimiento por hallarla opuesta a lo que claramente me dictaba la razón, sin que
por esso dexasse de conocer y confessar que, en lo general, la ciencia de el mismo
autor era mui superior a la mía. ¿Quién quita practicar lo mismo con los santos? ¿Ni
qué necessidad hai, para salvar la estimación que merecen, de violentar sus dichos y
traherlos arrastrados para que se conformen a nuestras opiniones? (Feijoo, 1739: 49).
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Aquí volvemos a ver el término tratado como sabiduría. Si la ciencia o saber de otra
persona es superior a la de uno mismo, lo único que se puede hacer es aceptarla y beber
de ella para aprender. En ningún caso se debe falsear en beneficio de uno mismo, ya que
el saber es algo tan grandioso, que quedaría patente la superioridad de aquel que está
escudado por la verdad ante aquel que miente.
Feijoo no tiene ningún problema en confesar que el saber de otra persona es más
amplio que el suyo, a pesar de que muchas personas lo acusaron de copiar libros y
tratados extranjeros y hacerlos propios. Pero nada más lejos de la realidad, Feijoo no
copió a nadie. Si hay algo que superaba su sentimiento y su amor por las letras, era su
instinto de originalidad. Llegado a tal extremo, que algunos autores lo describieron
como un pecado. “Sólo así se concibe que se atreviera a sacudir la pesadumbre de los
prejuicios de su época para acometer valerosamente a los mitos intangibles de la
sociedad y de su tiempo”, como reza Gregorio Marañón Posadillo en sus
Consideraciones sobre Feijoo. En esta vida lo más fácil es criticar a aquellos que no
piensan como nosotros, cualquiera puede criticar una doctrina que sea diferente o
contraria a la que nosotros damos por válida. Lo extraordinario, lo original, es luchar
contra los presupuestos que todos dan por buenos, ya sean amigos o enemigos los que lo
prediquen. Por eso Feijoo luchó por cambiar los errores de los hombres de ciencia, y lo
hacía en nombre de la verdad.
Terminando con Feijoo, he elegido esta cita porque me parece que es la que mejor
ejemplifica la esencia del trabajo que hemos elaborado. En mi opinión, aquí el término
ciencia está magistralmente ejemplificado por el autor así como yo lo entiendo. Es el
siguiente:
Ostentación de el saber. La ciencia es un tesoro que se debe expender con economía,
no derramarse con prodigalidad. Es precioso, posseída; es ridículo, ostentado; pero
bien apurada la verdad, se hallará, que nunca le posseen los que le ostentan. Solo los
que saben poco, quieren mostrar en todas partes lo que saben. No hai conversación,
donde, sin esperar oportunidad, no saquen a plaza sus escasas noticias. (Feijoo, 1736:
72).
No puede quedar más clara la opinión de Feijoo respecto a la ciencia en cuanto a
sabiduría, que es la acepción dominante en nuestro estudio. Trata dicha sabiduría como
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un bien, como un tesoro, algo inigualable que se debe guardar y cuando se entrega,
hacerlo con sensatez. Cuando se posee, es preciosa; pero cuando se alardea de ella,
parece casi ridículo, por utilizar el mismo apelativo que el autor.
A pesar de que vaya a nombrar, aunque más brevemente, a autores como Gaspar
Jovellanos y Gregorio Mayans, he elegido a Benito Jerónimo Feijoo para que sea el
protagonista de mi trabajo porque desde mi punto de vista, me parece la figura más
eminente en lo que a ciencia respecta, eso sí, dentro del ámbito literario.
Me llamó mucho la atención que, a pesar de ser un afamado teólogo, Feijoo criticara
abiertamente los milagros. Eso despertó una vez más las sospechas alrededor de su
figura y no fueron pocos los que lo tacharon de heterodoxo.
No criticaba estos milagros porque no creyera en Dios, lo hacía porque pensaba que
estas supercherías, como él mismo las apodaba, erosionaban la fe de los religiosos, y
que cuanto más se adentraba uno en el saber y en la ciencia, menos motivos había para
creer en los milagros. Feijoo era ante todo un hombre de ciencia, y se esforzó por
demostrarlo durante toda su vida.
Es considerablemente menor el número de alusiones a la ciencia que podemos
encontrar en la producción literaria de Gregorio Mayans y Siscar (1699-1781). No le
interesa la ciencia, rechaza el escepticismo, de hecho no se le puede considerar un
ilustrado sino más bien el último humanista. Esto se ve reflejado en que, al introducir su
nombre junto al término ciencia en el CORDE, sólo hallemos 37 casos (frente a los 222
de Feijoo) en 9 documentos.
Por eso, sólo resaltaré una cita de este autor, la que a mí me ha parecido la más
ilustrativa de todas, es la que sigue:
La idoneidad en sí supone, según digimos, la edad legítima, las buenas costumbres, la
dotrina i la prudencia, cuyas buenas partes son el necessario i esencial constitutivo
della. Pero deve considerarse que esta idoneidad puede tener mayores o menores
realces en uno que en otro, i el que excede en uno puede ser excedido en otro,
teniendo Ticio, pongo por egemplo, mayor edad que Sempronio, pero menor virtud, o
mayor ciencia o prudencia que el otro, en cuyos casos no es la comparación con
absolutas ventajas, sino con respectivas, i de esto nacen las dudas de mayor dignidad i
de dificultad de la prelación, o la facilidad de preferir el indigno por medio de
sofisterías, siendo cierto que supuesta la idoneidad general o abstraída de
circunstancias, que nunca deve faltar en las buenas elecciones, deve después
considerarse para hacer una cierta i determinada elección, que importa más para el
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govierno de la iglesia la mayoría de la virtud en Ticio, que de la edad en Sempronio; i
supuesta la virtud necessaria para el buen govierno i el egemplo, aunque ésta en sí es
mejor respeto de quien la tiene que la ciencia (Mayans, 1753: 44).
Esta cita pertenece a la obra “Carta al arzobispo Andrés Mayola”. El término
ciencia está tratado aquí como saber. Lo ejemplifica con la historia de Ticio y
Sempronio, dos hermanos, el primero mayor que el segundo, que optaban al gobierno
de la iglesia. A pesar de que Ticio tenía menos virtud que su hermano, la iglesia optó
por elegirle a él, porque lo que le faltaba de virtud lo compensaba con creces en saber,
con su ciencia.
El propósito de Mayans guardaba ciertas similitudes con el de Feijoo: realizar una
fuerte crítica a los presupuestos del pasado con el fin de erradicarlos, e instaurar en su
lugar unos más acordes, que permitieran poner a España en igualdad de condiciones en
cuanto a la educación se refiere, con el resto de países europeos.
Criticó a las distintas órdenes religiosas por aferrarse a un método antiguo y no
permitir la entrada de las ciencias modernas en las aulas, ni las corrientes europeas de
prestigio, sobre todo en los ámbitos de derecho y humanidades.
Mayans se esforzó por promover una política cultural que tuviera como objetivo
prioritario la reforma de la Universidad. Pero, en contraposición a Feijoo, él no poseía el
favor de personalidades ilustres, incluso sus opiniones no estaban bien vistas en la
España del XVIII.
Por último, veremos algunos fragmentos de Melchor Gaspar de Jovellanos (17441811). Autor más importante del siglo XVIII español.
Para estudiar el concepto ciencia en la obra de Jovellanos, he utilizado su “Prosa
escogida” edición de Jean Dessaintes, publicada por Orbis (Barcelona). Más
concretamente dos apartados que le dedica exclusivamente a este tema: “Oración sobre
la necesidad de unir el estudio de la literatura al de las ciencias” y “Oración sobre el
estudio de las ciencias naturales”.
Jovellanos opinaba que las ciencias eran el más digo objeto de estudio, el más
respetable, pero no por ello, el único que merecía la pena estudiar. Él propone el estudio
de las letras al considerarlas igualmente útiles y necesarias que las ciencias.
Para apoyar esta afirmación, propone las letras como un complemento muy útil para
el desarrollo y estudio de las ciencias. La literatura adorna lo que el espíritu, las
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ciencias, esclarecen. Si la ciencia consiste en atesorar e ideas y conocimientos, la
literatura pule ese tesoro; una vez que el espíritu ha adquirido todo el saber que le brinda
la naturaleza, entran en juego las letras, para difundir y engalanar esos conocimientos.
El concepto que Jovellanos tiene de la ciencia, lo vemos ejemplificado perfectamente
en este apartado de la obra antes mencionada. Dice así:
Las ciencias serán siempre a mis ojos el primero, el más digno objeto de vuestra
educación; ellas solas pueden ilustrar vuestro espíritu, ellas solas enriquecerle, ellas solas
comunicaros el precioso tesoro de verdades que nos ha transmitido la antigüedad, y
disponer vuestros ánimos a adquirir otras nuevas y aumentar más y más este rico
depósito; ellas solas pueden poner término a tantas inútiles disputas y tantas absurdas
opiniones; y ellas, en fin, disipando la tenebrosa atmósfera de errores que gira sobre la
tierra, pueden difundir algún día aquella plenitud de luces y conocimientos que realza la
nobleza de la humana especie. (Jovellanos, 1797: 60-61).
Con estas líneas apreciamos con total exactitud la opinión de Jovellanos sobre las
ciencias, así como el respeto que les tenía.
De hecho, Jovellanos, una de las cosas por las cuales más se interesó en este ámbito
fue el porqué si los hombres de su época eran más inteligentes y más sabios que los
antiguos, sabían mucho menos que éstos. Se preguntaba por qué la grandeza de sus
coetáneos nunca llegaría a tener parangón con Cicerón, Homero o Virgilio por ejemplo.
La solución que el da a este dilema, es que estas eminencias respetadas del pasado,
llegaron a poseer tal grandeza por la simple razón de que ellos estudiaban la naturaleza,
y nosotros los estudiamos a ellos por su grandeza. Nosotros para seguir sus huellas no
debemos estudiarlos a ellos, sino estudiar como ellos. Sólo así conseguiremos poseer tal
grandeza digna de admiración en los siglos venideros.
Jovellanos era ante todo un economista, y que su interés por las ciencias era
básicamente por el uso que éstas tenían y el bien que podían aportar a la economía del
país. Por ello siempre estuvo al tanto de los avances en este terreno y se deleitaba con
las “maravillas del mundo natural”.
El veía que las ciencias al ser capaces de explicar mediante leyes objetivas el mundo
de la naturaleza, eran una herramienta indispensable para dominar la Tierra y sus
recursos en pos de la mejora económica.
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En ambos apartados, dentro de la obra antes citada, podemos encontrar referencias a
muchísimos científicos que con su estudio ayudaron a mejorar el día a día y a facilitar
un poco más la vida de los españoles, alguno de los nombres citados por el asturiano
son: Newton, Copérnico, Kepler, Galileo, Descartes, Leibniz, así como los botánicos
mencionados en nuestra introducción Linneo y Tournefort por su inmenso inventario de
las riquezas naturales.
El habla de la ciencia en este ámbito como “ciencia útil” orientada a contribuir a la
“felicidad de los Estados”, una ciencia al servicio del progreso social y económico, así
como de la prosperidad nacional.
Conclusión
El motivo por el cual elegí este término para nuestro estudio, es sin duda, la mezcla
entre mi gusto frustrado por las ciencias y por otro lado, el tiempo que le hemos
dedicado en clase a este ámbito; no ha sido de una extensión reseñable, pero teniendo en
cuenta las materias que estudiamos, me pareció tan importante como interesante.
Creo que el día que más me llamó la atención este tema, fue en el que hablamos
sobre por qué no existía la concepción de ciencia ficción en el siglo XVIII. Si nos
paramos a pensarlo parece demasiado obvio, pero al menos en mi caso, nunca me había
parado a preguntarme cuándo empezó a utilizarse el concepto de ciencia ficción. Es
evidente que en la España ilustrada no existía esa concepción ya que no se concebía que
hubiera nada más que nuestro planeta.
La ciencia ficción empezó a ser conocida cuando nos preguntamos por primera vez si
en toda la inmensidad del universo no habría otros planetas aparte del nuestro, u otras
formas de vida.
Gracias a la duda que me inculcó ese tema, me pareció oportuno e interesante
estudiar la concepción de ciencia que tenían autores que habíamos estudiado por su
producción literaria. Y debo decir que a día de hoy me alegro de haber elegido este
tema. Ver el contexto científico que había en la España del XVIII, y eso que no era tan
influyente y amplio como podía serlo en Francia por ejemplo, y como le llamó la
atención a personajes como Benito Feijoo, que sin salir de su Oviedo natal
prácticamente, atesoró muchísimos conocimientos sobre este tema, dejando anonadados
a los, en teoría, expertos médicos, cirujanos, y un largo etcétera.
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También hemos mencionado el respeto que le tenía Gaspar Melchor de Jovellanos a
la ciencia, pero él, desde mi punto de vista, no tenía el mismo tipo de ansias de saber
que podían tener Feijoo o Mayans. La suya era más un ansia de mejorar la economía y
la vida española de su siglo, y la ciencia era una herramienta para conseguir eso más
rápida y fácilmente.
En definitiva, me gustaría darle las gracias por introducirnos en este trabajo, ya que
ha sido algo nuevo, algo atípico con respecto a los demás trabajos que siempre hemos
realizado. Las opciones que nos proporciona el CORDE para estudiar cualquier ámbito
en cualquier época son innumerables, y ha sido una grata experiencia aprender a usarlo.
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Bibliografía
AGUILAR PIÑAL, FRANCISCO (1996), Historia literaria de España en el siglo
XVIII, Trotta, Madrid.
ÁLVAREZ DE MIRANDA, P. (1992), Palabras e ideas: léxico de la Ilustración
temprana en España (1680-1760), Real Academia Española, Madrid.
DOMÍNGUEZ ORTÍZ, ANTONIO (1999), Sociedad y estado en el siglo XVIII español,
Ariel, Barcelona.
JOVELLANOS, GASPAR MELCHOR. Prosa escogida. Orbis. Barcelona.
MARAVAL, JOSÉ ANTONIO, (1999), Estudios de historia del pensamiento español,
Madrid.
http://corpus.rae.es/cordenet.html
Recursos electrónicos:
-
http://www.filosofia.org/hem/dep/ine/1954c31.htm
-
http://www.eltiempodelosmodernos/tag/mayans.htm Gregorio Mayans y la
Ilustración.
-
http://ub.edu/geocrit/sn/sn-241.htm Jovellanos y la naturaleza: economía, ciencia
y sentimiento.
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