Concilio de Nicea - Parroquia Inmaculada Concepción de Monte

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DIOS HABLA EN LOS CONCILIOS
Icono que representa al emperador Constantino (centro)
y los Padres del Concilio de Nicea (325)
sosteniendo el Credo Niceno-constantinopolitano de 381
Fascículo 5
Primer Concilio Universal
1º de Nicea – Mayo de 325
Parroquia Inmaculada Concepción
Monte Grande - 2011
Victoria del cristianismo
Finalmente, el mundo de los dioses paganos se derrumba oficialmente en el siglo IV de la era
cristiana. La paz religiosa decretada en el año 313 en Milán, por los césares Licinio y Constantino el
Grande, es la declaración de victoria del verdadero Dios, creador del mundo, sobre los dioses,
creados por los hombres.
Tras las diez grandes persecuciones1 perpetradas por los césares contra el cristianismo en los
tres primeros siglos de su existencia, el número prudente de mártires se puede fijar entre 15 y 20
millones. La frase de Tertuliano en su Apología, al expresar que “la sangre de cristianos es semilla
de otros cristianos”, se ve reflejada en la cifra de cristianos que poseía el imperio al comenzar el
siglo IV, la cual ascendía a la quinta parte de su población total, es decir entre quince a veinte
millones.
Pero así como al terminar las guerras florecen las virtudes y los vicios, en competencia de
energías, y al despertar el sol sobre la selva cantan los pájaros y se deslizan las serpientes, así, en la
Iglesia cristiana, la aurora de la libertad levanta a los poetas y a los herejes.
Antes, con el tumulto de la persecución, los versos y los disparates pasaban un tanto
inadvertidos; no había tiempo sino para morir por la fe, o de esconder los símbolos de la fe, para
que no fuesen profanados. Ho hubo tiempo para fijar las fórmulas dogmáticas y las costumbres
disciplinares, y aunque, siempre formando un cuerpo místico, las comunidades gozaban de excesiva
autonomía, lanzándose a hipótesis novedosas, que pretendían conciliar sus ideas cristianas con la
filosofía del paganismo.
Surge la gran herejía: el arrianismo
La Iglesia, ya en paz, sufrirá la tormenta arrasadora del arrianismo. Ésta es la primera herejía
universal; porque invade todas las provincias del Oriente y muchas del Occidente, y porque
conquista seguidores en todas las clases sociales, desde emperadores y obispos hasta soldados y
clérigos.
El arrianismo, como todos los grandes errores, condensa nubes y descarga tormentas. Recoge
muchas herejías trinitarias y cristológicas de los tres primeros siglos de la edad cristiana, y de él
brotarán el apolinarismo, pelagianismo, nestorianismo y otros.
Los seguidores del arrianismo afirmaban que Jesucristo no era Divino, sino alguien que fue
creado por Dios para apoyarlo en su plan. Al ser creado por Dios, hubo un tiempo en el que no
existía, deduciéndose de esto que el Verbo no era eterno, o sea no era Divino. En poco tiempo, con
estas ideas, el arrianismo consigue formar un gran grupo de seguidores en Alejandría.
La ortodoxia reveló siempre que Cristo era Dios encarnado en un hombre, no un hombre
influido ni creado por Dios, era Dios, y jamás retrocedió de esta afirmación. Sin embargo, al ser
esto considerado como un misterio, es comprensible que no fuera aceptado por muchísima gente
que, como los seguidores de esta herejía, se inclinaban por pensamientos más racionales, por lo
tanto más inteligibles.
Arrio, su precursor
Se sabe poco de su vida juvenil, salvo que era de origen libio, que nació hacia el año 256,
educándose en Antioquía. Hacia el año 312 es hecho diácono en Alejandría y en el 313 es ordenado
presbítero, asignándosele una parroquia en dicha ciudad.
Los historiadores coinciden en sus cualidades humanas: simpatía, gravedad, cultura más
extensa que profundizada y notable piedad que encubre una gran ambición.
Por suave que camine el error en aulas, foros e iglesias, las denuncias ortodoxas suben hasta el
obispo Alejandro. Llama éste al innovador y le reprende en estilo paternal. Arrio calla, pero sigue
actuando. Como el error se muestra muy crecido, se reúnen el año 320 unos 100 prelados de Libia y
1
San Agustín las enumera: Nerón, Domiciano, Trajano, Marco Aurelio, Septimio Severo, Maximino de
Tracia, Decio, Valeriano, Aureliano y Diocleciano.
Egipto, en la ciudad de Alejandría, para juzgar la peligrosa teoría. Salvo dos obispos, todos
condenan al hereje. Arrio marcha a la Palestina y con su atracción, conquista a algunos obispos, que
escriben a favor del viajero al colega Alejandro. El patriarca contesta, sorprendido, preguntándoles
¿cómo han aceptado a Arrio en su comunión? Unos con hipocresía, responden que no es cierto que
Arrio enseñe errores contra la fe; otros, más ingenuos, dicen que han tratado de atraerle al buen
camino.
El heresiarca tuvo suerte de ganar en Nicomedia al obispo Eusebio, favorecido de la
emperatriz Constancia, casada con Licinio y hermana de Constantino el Grande. Conocedor Arrio
de las flaquezas humanas halaga al obispo y luego reitera sus errores: “Que el Hijo ha comenzado y
que ha sido sacado de la nada. De donde se deduce que es un dios nominal, simple, criatura”. En
oposición, Alejandro dice: “Que el Hijo procede del Padre y es coeterno con Él”. Arrio conquistó,
igualmente, a otro célebre Eusebio, obispo de Cesarea. Escritor notable, polemista refutador,
expositor del Evangelio e historiador de la Iglesia, era frecuentemente consultado por Constantino,
quien tenía en mucho su erudición. Desde luego su cultura teológica era inferior a sus
conocimientos históricos.
Asentado Arrio en Nicomedia, comienza a entretejer intrigas y discordias a su favor. Con la
benevolencia de ciertos obispos, oficia sus sacrificios, sin tener en cuenta excomuniones de
prelados y sínodos de su tierra natal.
En plan de propaganda de sus errores, compone su Thalía que significa Banquete, en la que
alababa su herejía. Utilizó como base unas canciones que circulaban entre los paganos llamadas
talías. Las tomó con el mismo nombre, adaptando sus versos dirigidos a molineros, viajantes,
marinos, etc., con el fin de esparcir sus errores teológicos. Les puso un prólogo, alarde de vanidad,
pues dice así: “En compañía de los sacerdotes de Dios, de los hijos santos, de los ortodoxos, yo,
Arrio, el célebre, que ha sufrido por la gloria de Dios, he aprendido lo que sigue”.
Con este apoyo de los dos Eusebios mitrados y de otros de la misma laya, Arrio se siente tan
seguro, que se vuelve audazmente a Alejandría, pero no para implorar el perdón.
Convocación al primer concilio universal
Constantino, gozoso con la paz proclamada tras la derrota de Licinio, se entera que las Iglesias
principales (Alejandría, Antioquía, Nicomedia y Cesarea), se hallan en plena discordia y quiere a
todo trance la paz. Eusebio de Nicomedia trata de convencer al emperador de que sólo es una
cuestión de palabras, una simple, aunque molesta discusión.
El césar envía a su amigo Osio de Córdoba, como legado suyo, con cartas conciliatorias. Osio,
una vez que ha indagado a muchas personas y se ha hecho explicar bien el sentir de los conceptos,
regresa a Nicomedia para informar al césar sobre su misión. El obispo de Córdoba ilustra
claramente al emperador, existe una herejía sumamente peligrosa, tanto o más que el paganismo,
finalizando: “Mi consejo, ahora que la Iglesia está en paz con el Imperio, es un concilio
universal”. Constantino es hombre de rápidas resoluciones, inmediatamente envía sendas cartas a
todos los obispos de la tierra habitada. En ellas se leía respetuosamente: “Os comunico mi voluntad
de que os trasladéis inmediatamente a la mencionada ciudad de Nicea. Evitad todo lo posible
retardos, a fin de asistir efectivamente, en persona, a las deliberaciones. Dios sea con vosotros,
hermanos muy amados”.
La tesis de Nicea: Jesucristo es Dios
Aunque no se sabe en forma exacta, la cantidad de prelados que asistieron al concilio se
estima entre 250 y 270, de los cuales firmaron las actas 220. Algunos historiadores antiguos hablan
de 318 asistentes, pero actualmente se lo toma como un número simbólico, en relación a los
pastores que combatieron al mando de Abraham2.
Algunos de los asistentes poseen marcas de los sufrimientos padecidos en las pasadas
persecuciones. Pafnucio de la Alta Tebaida, arrastrando una pierna que le quebraron para que no
2
Génesis 14, 14.
escapase de las minas, y con un ojo quemado con hierro ardiente, todo ello en la tormenta de
Máximo. Pablo de Neocesarea, junto al Eufrates, bendiciendo con sus manos mutiladas en la
reciente persecución de Licinio. Potamión de Heraclea, que durante Máximo ha sufrido la pérdida
de un ojo. La multitud Cristiana se agolpa en derredor de estos valientes confesores de la fe, para
recibir sus bendiciones y para besar sus heridas, como lo hace el mismo emperador.
El que preside el santo concilio es Osio de Córdoba, con los adjuntos señalados por el Papa
Silvestre, que son los presbíteros Vito y Vicente. Todos esperan impacientes al más interesado en la
paz del mundo, el emperador Constantino, que está celebrando en la cercana capital su victoria
terminante sobre Licinio.
Comienza el concilio
Es el día 19 de junio de 325, el lugar es la sala de festines del palacio imperial de Nicea.
Ingresan los obispos, sus miradas se dirigen al altar, donde se abre la verdad de las Santas
Escrituras. Entran los funcionarios de la corte y se anuncia al emperador. Todos se levantan y
aparece Constantino, alto, fuerte y mayestático, de mirada penetrante, pero “marcha modesto, no
como en triunfo”, anota Eusebio. Tras una salutación pronunciada por Eustaquio de Antioquía hacia
el emperador, éste último dice “Las divisiones intestinas de la Iglesia me parecen más peligrosas
que las guerras y demás conflictos” y luego los exhorta con vehemencia a la paz.
Una vez iniciada la sesión, se hace comparecer al heresiarca, pues no tenía derecho a ingresar
al concilio por ser diácono. Éste, lleno de audacia, expone sus proyectos son sus atrevidos
postulados, en el mismo tono que compusiera el prólogo de su Thalía. Atanasio nos relata lo
sucedido: “Sostuvo muy alto que el Verbo no era Dios, que no había coexistido siempre. Que había
salido de la nada, como toda criatura; que el nombre de Verbo que se le daba, no era más que un
nombre recibido por gracia; que la pretendida Sabiduría era incapaz de conocer al Padre y que ni
aún su propia sustancia conocía”. Los beneméritos Padres se tapaban los oídos, horrorizados con
semejantes blasfemias y los más moderados no ocultaban su asombro.
Las sesiones que estudian el problema se prolongan cada vez con más pasión. Contra las
argucias de los arrianos, estaban las frases rotundas de los obispos católicos como Macario de
Jerusalén y san Filógono. Mas Dios había elegido al campeón de su fe en el diácono Atanasio,
consejero eficaz del anciano obispo de Alejandría. Sócrates nos comenta sobre Atanasio: “Era
mucho más preciso y profundo que los demás en sus intervenciones”. Mientras la mayoría veía en
él a su mejor intérprete, corría un estremecimiento de odio en las filas de los herejes. Atanasio
situaba las cuestiones en su justo enfoque: “El fundamento de la fe cristiana no es otro que el
misterio del Verbo encarnado para rescatar a los hombres y hacerlos hijos de Dios. Pero, ¿cómo
podría divinizarlos, si Él mismo no era Dios? ¿Cómo podría comunicarles una filiación divina, aún
adoptiva, si no era Hijo de Dios por naturaleza?”.
Argüían tenaces los arrianos: “Hay muchos modos de ser una cosa de la sustancia de otra.
Por lo menos tres: por división, como sucede con los minerales que se fragmentan; por derivación,
como los hijos respecto del padre; por erupción, como la planta de su raíz. ¿Cuál de estos modos
conviene al Verbo?”.
Respondían los católicos: “Cuando se trata de Dios, ciertas comparaciones son irreverentes e
inexactas. Pero en la misma creación tenemos imágenes más puras y filosóficas, de las que se sirve
la misma Sabiduría de Dios”.
La palabra clave: homoousios
Entonces, surge una palabra milagrosa, de la cual no se sabe con certeza quién la pronunció,
aunque se la atribuye a Osio de Córdoba. Esta expresión da a entender cómo el Hijo es, no
solamente semejante al Padre, sino que tan semejante, que forma una misma sustancia con Él: “El
Verbo siempre en el Padre y el padre en el Verbo, como el resplandor en la luz del Sol”. Esta
imagen de Cristo es perfecta, y en cuanto cabe, nos abre las puertas del misterio. ¿Quién dirá que el
resplandor es extraño y diferente al Sol? Resplandor y Sol. ¿Quién, mirándolos, no dirá que son una
misma cosa y a la vez distinta? La claridad. Ninguna palabra mejor para terminar la cuestión
interminable. Ninguna palabra mejor para deslindar la verdad de la herejía. Claridad, resplandor. El
Evangelio de San Juan sugiriendo el homoousios.
Ese vocablo, homoousios, proviene del griego y está compuesto por dos voces: una,
significando misma, y otra, sustancia. Tenía la ventaja de corporizar dos ideas sutiles, filosóficas,
que rastreamos en el Credo: la identidad de sustancia y pluralidad de personas en la Santísima
Trinidad. En efecto, consustancial, que es la traducción dada al homoousios, no se puede aplicar a
dos seres, sino a condición de que sean distintos entre sí. Nos los dirá más tarde san Basilio:
“Porque una cosa no es consustancial a sí misma, sino siempre con otra”.
Naturalmente, la palabra clave fue objetada por los arrianos diciendo “usáis una palabra
extraña a la Santa Escritura”. Muy bien, respondieron los católicos, vosotros, para embrollar las
discusiones, estáis robando una voz a la filosofía griega. Es ese equívoco agenethos, que puede
significar dos cosas tan distintas, como “no creado” y “no engendrado”. Si el homoousios no está en
la Biblia con sus letras, lo está evidentemente en la significación “Yo y mi Padre somos uno”. El
homoousios se adoptó luego de largas deliberaciones. Finalmente, la divinidad absoluta del Hijo, la
unidad absoluta de Dios y la distinción absoluta de las dos personas, en una sola e idéntica
naturaleza, quedaban —en cuanto cabe racionalmente— no sólo afirmadas sino explicadas.
El Símbolo de Nicea
Pero tantas discusiones debían terminar en un Símbolo, en una relación de dogmas en que
todos convenían para profesar su fe cristiana, el Credo.
¿Quién fue el autor del Símbolo de Nicea? San Hilario lo atribuye a Atanasio. En cambio,
Atanasio le atribuye a Osio una gran influencia en su composición. Fácilmente pueden ambos
testimonios conciliarse. Presidente y heraldo de la ortodoxia pudieron ser entrambos redactores. Fue
leído en sesión general por el diácono Hermógenes, secretario del concilio y luego obispo de
Cesarea.
El texto, según las versiones más fidedignas, dice así: “Creo en un solo Dios, Padre
Todopoderoso, creador de lo visible y de lo invisible, y en el Señor Jesucristo, Hijo de Dios,
unigénito del Padre, esto es, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, verdadero Dios de
Verdadero Dios, engendrado, no creado, consustancial al Padre, por quien todo ha sido creado en
el cielo y en la tierra; que por nosotros y por nuestra salud descendió del cielo, y se encarnó, y se
hizo hombre, sufrió, resucitó al tercer día, subió a los cielos y vendrá a juzgar a los vivos y a los
muertos. Y en el Espíritu Santo”. Y termina con el solemne anatema: “Los que dicen: Hubo un
tiempo en que no existía, y no existía antes de ser engendrado, salió de la nada, o que defienden
que es de otra sustancia que el Padre, o que el Hijo de Dios es creado, que no es inmutable, que
está sujeto a cambio, quedan anatemizados por la Iglesia Católica”. Concilios posteriores
completaron —de acuerdo con las herejías condenadas— el Símbolo, tal como lo rezamos hoy día
en la Santa Misa.
Parece que Constantino, contento de ver concluida la cuestión arriana, ya no creyó
conveniente asistir a las restantes sesiones y quiso despedirse, ofreciendo a los obispos una fiesta
realmente imperial. Dice Eusebio que aquellos que habían sufrido prisión en las persecuciones,
preguntaban conmovidos: “¿Quizás es un sueño?”. El emperador estaba radiante, rodeado de los
obispos de en un imperio ya cristiano, que él iba modelando en nuevo troquel.
Los problemas menores de Nicea
Con el Símbolo de Nicea termina la parte principal del concilio: el dogma. Ha sido la causa
determinante de la reunión y con ella ha ganado sobradamente su puesto primordial en la historia de
la Iglesia. Pero hay otras cuestiones, de orden interno, que necesitaban ser tratadas: el cisma
meleciano, la discusión de la fecha pascual y la legislación sobre diversos puntos de disciplina.
Cisma meleciano: este cisma consistía en que en el año 304, Melecio, obispo de Nicópolis,
durante la ausencia del obispo de Alejandría, se entronizó con toda audacia en la Sede principal, con
desprecio de los cánones y la protesta del legítimo pastor. Como todo usurpador, asentó su
autoridad ordenando nuevos obispos y sacerdotes.
Como los melecianos sólo constituían un cisma, sin negar dogma alguno del cristianismo, sólo
se dictaron las leyes necesarias para readmitir en la comunión de la Iglesia a sus integrantes.
Cuestión pascual: en Nicea no se decidió que la fiesta de la Pascua se celebrase, en adelante,
el domingo siguiente al plenilunio del equinoccio de la primavera. Esto ya había prevalecido en el
mundo cristiano. Nicea decretó: “Que le había parecido bien, dejando a un lado toda investigación
y discusión, que los hermanos de Oriente hiciesen como los de Roma y Alejandría, para que todos
con una sola voz y el mismo día, celebrasen unánimemente la santa solemnidad de la Pascua”.
Según nos refiere Eusebio el cronista, el emperador en su carta a los obispos del mundo se
regocijó mucho por haberse resuelto esta cuestión: “El Salvador no nos ha dejado más que un día
de solemnidad para celebrar nuestra redención, al igual que no ha querido más de una sola Iglesia
Católica”.
Cánones disciplinares: Nicea modeló la disciplina para el futuro de la Iglesia, en un código
pequeño pero valiosísimo, tanto que alguien afirma: “Los cánones de Nicea son tenidos como las
fuentes del Derecho Eclesiástico”.
Cierre del concilio
El 25 de julio de 325 tuvo lugar la última sesión, a la cual asistió el emperador para exhortar a
los obispos a que trabajaran para el mantenimiento de la paz; se encomendó a sus oraciones y los
autorizó a regresar a sus diócesis. La mayor parte de ellos se apresuró a hacerlo así para poner en
conocimiento de sus respectivas provincias las resoluciones del Concilio.
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