MANUEL DURÁN Y BAS

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MANUEL DURÁN Y BAS
LA LIBERTAD DE CULTOS
Y
LA UNIDAD RELIGIOSA
Biblioteca Saavedra Fajardo, 2011
Biblioteca SAAVEDRA FAJARDO
de Pensamiento Político Hispánico Manuel Durán y Bas,
La libertad de cultos y la unidad religiosa.
Transcripción y revisión ortográfica de Miguel Andúgar Miñarro.
Edición realizada a partir de: Durán y Bas, Manuel. La libertad de cultos y la
unidad religiosa. En: Estudios políticos y económicos. Barcelona: Imprenta de Antonio
Brusi, 1856.
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La libertad de cultos y la unidad religiosa.
LA LIBERTAD DE CULTOS Y LA UNIDAD RELIGIOSA.
I.
No es su poder material, sino su vida moral lo que da fuerza a los pueblos; no es
su riqueza, sino sus sentimientos lo que los hace robustos y respetables. Los pueblos
inteligentes son más fuertes y vigorosos que los pueblos ricos; los pueblos morales son
más fuertes y vigorosos que los pueblos ricos y los pueblos inteligentes. Los pueblos
religiosos -y solo siendo religiosos son morales los pueblos- son los más fuertes, más
vigorosos y de vida más perdurable, de poder más verdadero. Los pueblos no religiosos
son los más volubles, los más fraccionados, los más flacos, los menos resistentes. Los
pueblos que no tienen arraigadas las creencias religiosas, los pueblos que no han
conformado a ellas sus hábitos morales, si son inteligentes se convierten en blasfemos,
si son ricos hacen una bacanal de la vida. Esto son enseñanzas de la historia.
Los pueblos que tienen una sola creencia religiosa, los pueblos que rinden
homenaje a la Divinidad con el mismo culto, los pueblos que se prosternan a la misma
hora para adorar al Señor de cielo y tierra, los pueblos que piden al mismo Dios en sus
aflicciones y que con unánime concierto le bendicen y ensalzan con un mismo himno de
gratitud y alabanza, estos pueblos son fuertes y vigorosos y respetables, aunque a su
lado haya pueblos más ricos, más inteligentes y de más dilatados dominios. Estos
pueblos cuando descienden de su apogeo de prosperidad, no desaparecen como los
astros en su ocaso; de su pasado queda siempre una huella esplendente, la niebla que
vela su porvenir está esmaltada de esperanzas. Para su regeneración les sobra la fuerza
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de un poder sin límites; la fuerza que constituye su vida moral restaura, en días mejores,
su perdido poderío. Esto son enseñanzas de la historia también.
Y un pueblo como el español que tiene todos los grandes hechos de su historia
enlazados con las creencias religiosas; que tiene glorias como la de los Concilios de
Toledo, glorias como la guerra con los árabes, glorias como la conquista de un nuevo
mundo ganadas bajo la inspiración del Catolicismo, es decir, de la religión de Recaredo
y de S. Fernando, de Berenguela y de Isabel la Católica; un pueblo como el español que
tiene escritas sus creencias católicas en las comedias de Calderón y de Lope, en los
lienzos de Murillo y de Ribera, en esas majestuosas catedrales trazadas por tantos
piadosos oscuros artistas; un pueblo como el español que tiene todos sus Códigos
inspirados en los dogmas del Catolicismo, que tiene la invocación de la Trinidad en el
frontispicio de la Constitución de 1812; este pueblo, si hoy no es rico como la
Inglaterra, si hoy no es inteligente como la Alemania, si hoy no influye como la Francia
en el destino de las naciones de Europa, este pueblo, decimos, es aún respetado, porque
aún hay en su presente el reflejo de sus pasadas glorias, este pueblo aún guarda en su
seno una fuerza moral que podrá eclipsar estas glorias con otras glorias, su poder de
otros días con otro tal vez asombroso poder.
Y este pueblo no ha llegado a los abismos de su decadencia, porque ha
conservado los dos grandes elementos de su nacionalidad; este pueblo no ha llegado a
los últimos confines de su impotencia porque ha conservado la unidad nacional. Con la
monarquía ha conservado la unidad del Poder, con el Catolicismo la unidad de sus
creencias religiosas; y si son la familia y la propiedad las dos fuerzas que concentran la
vida de las sociedades, son la Religión y el Poder las dos fuerzas que concentran en los
Estados su vida. Y en los días en que las demás fuerzas sociales decaen, la
concentración de las fuerzas morales es la salvación de la vida de los pueblos; razón por
la cual no ha venido España al estado de postración y decadencia que le habían
preparado los errores políticos de los gobiernos de la dinastía austríaca.
¿Por qué, pues, hemos de romper a pedazos este elemento de nuestra unidad
nacional? ¿Por qué hemos de quebrantar la unidad religiosa que es nuestra tradición,
que es toda nuestra historia? ¿Por qué no hemos de ser religiosos como lo fueron
nuestros padres, por qué hemos de escribir en nuestras leyes lo que condenaron hasta
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La libertad de cultos y la unidad religiosa.
ahora nuestros monumentos legales, por qué en nuestra fisonomía moral no hemos de
ver el trasunto de la fisonomía moral de las generaciones que fueron? ¿Por qué hemos
de llevar la perturbación a nuestras creencias y herir nuestros sentimientos con un
espectáculo que les repugna?
Hemos dicho en nuestro primer Estudio que cuanto más libres los pueblos, más
necesaria es su sujeción a la ley moral del deber. Hoy debemos añadir que cuanto más
libres los pueblos, más profundas conviene que sean sus creencias religiosas. Pues bien;
romped a pedazos la unidad religiosa, y las creencias religiosas del pueblo español se
enflaquecerán. La libertad religiosa es el espectáculo de distintos cultos, es la
exposición de distintos dogmas y de opuestas disciplinas; de forma que, aún dando por
supuesto que es idéntica la moral de las diversas religiones, nunca será tan firme, tan
poderosa, tan eficaz la sanción religiosa a los preceptos morales para el que contemple
el espectáculo de diversos cultos como para el que no vea sino una forma de adoración a
su Criador.
Vive en el seno del hombre el sentimiento religioso, y necesita una forma para
su traducción, Vive el hombre -solo con raras excepciones- necesitado de un culto, y a
sus prácticas adhiere la expresión de aquel sentimiento. Pero porque en sus necesidades
de expansión se identifica el sentimiento religioso con la forma de expresarlo, porque
los hombres-vulgo, y estos son la mayoría, no saben establecer separación entre la
creencia y el culto, todo cambio en este es una causa de vacilación de sus creencias, es
una causa de fluctuación para su sentimiento; y cuando esto acontece, duda el hombre
acerca de la posesión de la verdad religiosa, y viene en pos de esta duda el
desmoronamiento de la fe. Aún puede venir en pos de esta duda otra cosa, la
indiferencia religiosa; y si el enflaquecimiento de la fe y la indiferencia religiosa son
elementos letales para todas las sociedades, son todavía elementos más disolventes en
los pueblos libres, porque en estos pueblos en que el poder de la leyes es más débil, la
sanción moral y la sanción religiosa son más que en ningún otro necesarias.
Por esto ha dicho un escritor del vecino imperio: «cuando una religión
cualquiera haya echado profundas raíces en el seno de una democracia, guardaos de
socavarla; antes bien conservadla como el precioso legado de los siglos aristocráticos.
No intentéis arrancar del hombre sus antiguas opiniones religiosas para sustituirle otras
nuevas, temerosos de que en el tránsito de una fe a otra, encontrándose el alma vacía de
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creencias venga a ocuparla el amor por los goces materiales y a llenarla por entero. Y
hablando de los norteamericanos ha añadido que estos demuestran con sus costumbres
que conocen toda la necesidad de moralizar la democracia por la Religión 1 . (1)
Pero en contradicción a esto se ha supuesto que en nuestro pueblo está en
decadencia el sentimiento religioso. Felizmente esto no es verdad; felizmente la
indiferencia -que no negaremos que existe- no es general, no ha cundido sino entre
escaso número de personas, quizás solo entre la mayoría de las que piden la tolerancia
religiosa. Pero ¡ah! si fuese cierta la decadencia de aquel sentimiento, ¿creéis que
retoñaría en su primitivo vigor, más bien con la libertad de cultos que con la unidad
religiosa por medio del Catolicismo? ¿El alma del indiferente despertaría de su letargo,
el corazón del indiferente se conmovería en alguna de sus más delicadas fibras,
contemplando cien templos de religiones distintas, escuchando a cien sacerdotes que
predicasen distintos dogmas? ¿Nuestra alma que solo en la unidad se embelesa, que
tiende a la concentración de sus creencias, que es esencialmente sintética, pudiera
sentirse enardecer en el fuego de la fe, asistiendo a contrarias ceremonias religiosas,
variadas formas de culto a la Divinidad?
Si en vuestro ardiente celo religioso queréis rehabilitar aquel decaído
sentimiento, no llaméis en vuestro auxilio más que al Catolicismo. La majestuosa
pompa de su culto, el admirable organismo de su Iglesia, la poderosa unidad de su
gobierno, predisponen más que ninguna otra religión a querer penetrar en sus misterios.
Nunca retrocede el alma de este arranque con el desconsuelo del desengaño. La inefable
sublimidad del dogma, la purísima santidad de lo moral del Catolicismo satisfacen el
alma, la apacientan amorosamente, la levantan en exaltación, y enardécese en este
estado el sentimiento religioso que en el corazón estaba inerte o dormido. Y luego, si
nosotros no podemos dudar de que sea el Catolicismo, religión de nuestros padres, la
única que posee la verdad religiosa, la única que tributa culto a Dios en la forma en que
quiere ser adorado, la única que posee el misterio de la comunicación de Dios con el
hombre, la única que tiene depositado en su Iglesia el poder de atar y desatar en la tierra
lo que Dios atará y desatará en el cielo: ¿cómo para sacudir el adormecimiento de la fe
hemos de preferir el espectáculo de las religiones que contienen el error, pudiendo dar el
sencillo espectáculo de la sola religión que posee la verdad?
1
Tocqueville.‐De la démocratie en Amerique. 6 Biblioteca SAAVEDRA FAJARDO
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Debemos decirlo sin miramientos. Creemos que no son los verdaderos católicos
sino los indiferentes, los que piden la tolerancia religiosa. Y si no es así, no
comprendemos cómo se pide. El verdadero católico, el que tiene fe piadosa y sincera, el
que en materias de religión humilla su orgullo y cree en la autoridad de la Iglesia, éste
puede aceptar la libertad de cultos como un hecho, pero no proclamarla como un
derecho. No ha de ser intolerante hasta la persecución, no ha de querer que la violencia
imponga las creencias, no ha de emplear para la persuasión más armas que las del
Salvador, no ha de desenvainar la espada como Pedro sino para defenderse contra la
infidelidad; pero ha de reconocer los hechos, jamás atraerlos cuando no existen; no ha
de proclamar la libertad de cultos como un derecho primitivo, sino reconocer el derecho
de la libertad de cultos cuando los hechos hayan venido a hacerlo necesario.
Para nosotros es comprensible que se diga: -no somos católicos, sino calvinistas,
luteranos, anabaptistas, cuákeros o adeptos de la Iglesia griega; no somos católicos y
tenemos vedado el culto de la religión en que creemos; no somos católicos y se hace
violencia a nuestras creencias.- Esto para nosotros es comprensible, más comprensible
que proclamarse católicos y pedir la libertad de cultos. Pero otra cosa es lo que ha
sucedido. Ni dentro ni fuera de la Asamblea ha osado nadie proclamarse separado de la
Iglesia católica; todos los que en ella han pedido libertad de cultos, han comenzado por
una profesión de fe católica, exceptuando uno solo que tampoco la ha hecho de ninguna
otra creencia religiosa; por algunos hasta se han hecho panegíricos de las excelencias
del Catolicismo. Y nosotros preguntamos ahora: si en el país no hay sino Catolicismo o
indiferencia religiosa, si esta indiferencia solo puede vencerse con la predicación
católica, ¿en qué os fundáis para pedir la tolerancia de cultos?
Porque la verdad es lo que se ha dicho ahora y lo que antes de ahora se había
dicho también; que mientras los hechos sociales no la reclamen, el legislador no debe
establecerla. Y nosotros sostenemos que no la reclaman los hechos. Lo que acabamos de
decir lo confirma: ni en la Asamblea ni fuera de ella se ha levantado una sola voz en
nombre de otra religión. Ni un solo diputado se ha llamado protestante. p. e., o
cismático griego. Pues bien; algo significa este hecho que no puede explicarse por la
falta de valor en sus opiniones en una Asamblea en que se han proferido discursos que
han causado el asombro del país. Y una de dos: al llamaros católicos, decíais la verdad o
no. Si la decíais, muy acomodaticia es vuestra fe que puede pedir la libertad de cultos; si
no la decíais, erais hipócritas, y ¿á quien prestabais homenaje con vuestra hipocresía?
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La libertad de cultos y la unidad religiosa.
¿Al país acaso? Si fuese esto lo que nos contestaseis, ¡qué confesión tan evidente de que
es eminentemente católico el país! Pero no; vosotros sois católicos y no ha de
enflaquecerse vuestra fe con la tolerancia religiosa; solo que esta tolerancia es un
derecho imprescriptible, y este derecho debe escribirse en la ley, porque ella forma las
costumbres. En esto buscáis vuestra defensa, y sin embargo vuestra defensa no está
aquí. No es verdad que la ley forme las costumbres; lo que hace la ley es engendrar
sentimientos. Cierto que estos crean hábitos morales, cierto que tales hábitos
convertidos en actos exteriores dan a estos cierta semejanza que los caracteriza como
con un rasgo común. Pero lo que la ley inspira son sentimientos, y de esta suerte influye
sobre la sociedad; del mismo modo que esta influye sobre las leyes, no con la presión de
las costumbres, sino llevando la ley a regularizar los actos que constituyen lo que se
llama la creación del derecho, cuando debe aplicarse a las necesidades prácticas de la
vida.
Sea con todo en buena hora, por un momento, que la ley forme las costumbres;
así y todo, aun no acertamos a ver la razón de admitir la libertad de cultos. Si esto hace
la ley, si se forman entonces las costumbres en el sentido que lo pretenden los
sostenedores de esa libertad, lo que sucederá es que la unidad religiosa dejará de existir,
¡Y he aquí otra nueva contradicción de los partidarios de la libertad de cultos! Todos
han sostenido como un beneficio de inestimable precio la unidad religiosa, todos han
confesado que ahora la poseemos; y sin embargo, aun cuando los hechos no la
contradigan, quieren que las leyes preparen las costumbres para destruirla. Esto equivale
a decir; la unidad religiosa es un bien, luego venga la ley a crear aquello que le es
contrario. Tal lógica, que es la del argumento, va a parar a destruir lo mismo que se
proclama como un inmenso beneficio. La contradicción termina en el absurdo.
Y si fuese cierto, como nosotros lo hemos sentado, que la ley crea sentimientos,
he aquí lo que resultaría de la admisión del principio que se sostiene. La ley no crearía
el sentimiento religioso, si realmente existiese la indiferencia; esto queda demostrado en
las anteriores páginas. Lo que la ley crearía es el sentimiento del libre examen en
materias de religión. ¿Pero puede ser esta aspiración la del verdadero creyente católico?
¿Debe el libre examen aplicarse a las materias religiosas? Religión revelada el
Catolicismo ¿podemos querer que se engendre el sentimiento que niega la autoridad de
la Iglesia? El libre examen es el derecho de la inteligencia en todo lo que cae bajo los
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La libertad de cultos y la unidad religiosa.
dominios de su jurisdicción; pero el que profesa las creencias católicas, el que alienta,
en la fe católica, éste sabe que hay una linde en la que el libre examen debe detenerse;
quien esto no admita, quien intente salvar esta linde, llámese protestante en buen hora;
nuestro respeto estará guardado siempre para la sinceridad de sus creencias; pero la
Iglesia católica no le llamará hijo suyo.
Precisamente porque la ley engendra sentimientos, porque estos forman hábitos
morales, queremos conservar la unidad religiosa. El Catolicismo es la religión que hace
nacer el sentimiento de respeto a la autoridad; y este sentimiento -no hemos de cesar en
repetirlo-, debe arraigarse profundamente en los pueblos libres. Y no decimos esto
pagando tributo a la vulgaridad de sostener que el Catolicismo es el perpetuo aliado de
los gobiernos absolutos. Los que para sostenerlo invocan la historia, quieren olvidar los
beneficios que deben los pueblos a los Papas, en la época en que el poder de los Reyes
no tenía otro límite que el temor de las excomuniones del Vaticano y el derecho que se
atribuía la Santa Sede de deponer a los Monarcas. No aplaudimos ni censuramos;
consignamos solamente un hecho histórico que se olvida con sobrada frecuencia.
Lo que decimos nos lo ha enseñado la experiencia y la historia; y lo decimos
porque la experiencia y la historia nos autorizan a sostener que es y puede ser
compatible la unidad religiosa con la libertad política. Compatibilidad que nos la
demuestran también los progresos que hace el Catolicismo en los Estados Unidos; y
porque así sucede, porque es esta religión la que mejor se aviene con el espíritu
democrático, porque es ella la que levantando tan alto el principio de autoridad sirve de
contrapeso al espíritu esencialmente desorganizador de las democracias, queremos
nosotros, los que creemos que la ley engendra sentimientos, que se mantenga en nuestro
país la unidad religiosa con el Catolicismo, mientras los hechos sociales no hayan
venido a quebrantarla. Y así lo queremos, porque los pueblos democráticos, cuando el
sentimiento religioso no se ha debilitado en ellos, tienden al Catolicismo; hecho que
acontece entre los Americanos del Norte en nuestros días y que el escritor que hemos
citado más arriba, Mr. de Tocqueville, explica con las siguientes palabras:
«Es preciso, dice, distinguir cuidadosamente dos cosas. La igualdad predispone a
los hombres a querer juzgar por sí mismos, pero al propio tiempo les inclina a la idea de
un poder social único, sencillo e igual para todos. Los hombres que viven en los siglos
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La libertad de cultos y la unidad religiosa.
democráticos están asaz inclinados a sustraerse a toda autoridad religiosa; pero cuando
consienten a someterse a una autoridad semejante, quieren a lo menos que sea una y
uniforme; los poderes religiosos que no convergen a un mismo centro repugnan
naturalmente a su inteligencia, y fácilmente se llega a creer que no hay una, sino
muchas religiones.» Añadiendo después: «Los hombres de nuestros días están poco
inclinados a creer; pero cuando tienen una religión encuentran dentro de sí mismos un
secreto instinto que les arrastra a su pesar al Catolicismo. Muchas de las doctrinas y
prácticas de la Iglesia romana les extrañan; pero experimentan una admiración secreta
por su gobierno, y se sienten atraídos por su grande unidad.» 2 ¡Cómo justifican estas
palabras a los que sostenemos que las leyes no deben anticiparse a quebrantar la unidad
religiosa en esta nación afortunada por no sustentar otras creencias que las del
Catolicismo!
II.
La conservación de la unidad religiosa es la defensa del principio de la
intolerancia. Esto se dice y se sostiene por sus impugnadores; y esto obliga a los
defensores de la unidad religiosa a buscar para su consignación como precepto
constitucional una fórmula que sea a la vez un escudo para ella y un escudo para la
libertad de conciencia.
¿Puede encontrarse esta fórmula? ¿Es la verdadera, es la conveniente, es la
conciliadora de las pretensiones que son y deben ser antagonistas la expresada en los
términos que se leen en el art. 14 de la nueva Constitución?
He aquí lo que pensamos.
La intolerancia religiosa, entendida como en los días de más encendidas
contiendas religiosas se entiende, no puede escribirse otra vez en las leyes: ni lo
consienten los tiempos presentes, ni es conciliable con el actual estado de las creencias
2
Tocqueville.‐De la democratie en Amerique. 10 Biblioteca SAAVEDRA FAJARDO
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La libertad de cultos y la unidad religiosa.
y las costumbres. La intolerancia religiosa de aquel modo entendida, es propia de los
siglos de fe, y nuestro siglo se distingue por el indiferentismo; la intolerancia religiosa
entendida como en otros tiempos, solo es concebible cuando los hombres religiosos son
devotos a veces hasta la exageración, creyentes hasta el fanatismo, y en nuestros días la
mayoría de los hombres de cuya sinceridad de creencias religiosas no puede dudarse
buscan la sombra para entregarse a las prácticas de piedad. No; no son las sociedades
incrédulas como las de nuestros días, las que pueden tolerar la persecución por
opiniones religiosas. De otra parte; cuando el foro de la conciencia se mira como un
santuario inviolable, cuando es un santuario inviolable también el hogar doméstico
mientras no se concierte el crimen a su abrigo, no es posible escribir en las leyes la
intolerancia religiosa, es decir, la legitimidad de la invasión del Poder en actos
puramente de conciencia o que pasan en la vida íntima de la familia.
La intolerancia religiosa solo puede existir, o mejor, debe única pero
necesariamente existir en el seno de cada sociedad religiosa; porque creyéndose cada
una poseedora de la verdad, debe ser intolerante, intransigente con lo que ella cree el
error. Cuando explica los dogmas de su fe, debe excluir de su Iglesia a todos los que no
creen en ellos; en su disciplina debe contener leyes de anatema para el incrédulo, para el
desobediente, para el apóstata; y debe ser severísima para que su moral se mantenga
ilesa, para que se conserve pura de toda contaminación. La transacción con otros
dogmas, con otras creencias, con otra autoridad que la de su Iglesia equivale a la
negación de estos dogmas, de estas creencias, de esta autoridad.
Solo en un caso debe existir la intolerancia religiosa en las leyes; cuando la
creencia religiosa de un país sea uniforme, cuando el sentimiento de obediencia y
adoración a la Divinidad no tenga sino una fórmula para ser concebido y una práctica
para ser expresado. Pero entonces lo que las leyes no pueden consentir -y más que a esto
no puede extenderse su intolerancia- es los actos exteriores de otra religión, y menos
aun los que ofendan las creencias o escarnezcan los actos del culto porque esto sería
consentir el espectáculo de una profanación de la verdad religiosa como todo un pueblo
la comprende: nunca la persecución por creencias que no se manifiesten públicamente,
nunca la persecución por actos que no trasciendan más allá del hogar de la familia.
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La libertad de cultos y la unidad religiosa.
Y a este estado se ha llegado ya en todos los pueblos cultos de la moderna
Europa, aun en aquellos que no admiten la libertad religiosa. A este estado se había
llegado ya en nuestra nación, desde la publicación del Código penal en 1848. Este
estado es el que se anhelaba conservar -mas no retroceder de él en ningún tiempo- por
los que creyendo un bien la unidad religiosa y no viendo ante sus ojos los hechos que
habían venido a quebrantarla, querían que no fuese la ley la que la rompiese,
anticipándose a lo que más temprano o más tarde vendrán a hacer necesario los hechos.
Era este estado el que indudablemente querían conservar los que rechazando la libertad
de cultos como contraria a la unidad religiosa, no admitían como precepto
constitucional para expresar esta unidad ni la redacción de la Constitución de 1812, ni la
de la Constitución de 1837, ni la de la Constitución de 1845, sino una redacción distinta.
Así que lo que debía buscarse era una fórmula que expresase esta tendencia, que
tradujese este pensamiento. Porque el precepto constitucional de 1812 no era el que
podía convenir a los que esto deseaban: esta fórmula, «la Religión de la nación española
es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La nación la
protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquier otra», era el reflejo
de una época de ardientes creencias, de una época en que la fe de nuestros mayores
estaba intacta todavía, de una época en que el que se honraba con el nombre de español
consideraba el ser conocido por católico como uno de sus más hermosos timbres. Y esta
época había pasado ya para ser sustituida por otra época durante la cual hemos
atravesado períodos de dilatado divorcio con el Jefe visible de la Iglesia y hemos visto
los templos en que se rinde culto al Dios uno y trino alumbrados por la tea de los
incendiarios y manchados con la sangre del inocente religioso; razón por la cual no era
posible en los presentes días reproducir una fórmula que siendo eminentemente católica,
parecía el anatema de la ley civil contra la libertad de conciencia.
Tampoco podía bastar la redacción del art. 11 de la Constitución de 1845. Estas
palabras: «la Religión de la nación española es la católica, apostólica, romana; el Estado
se obliga a mantener el culto y sus ministros», aunque consignaba a la vez un hecho y
un derecho -el hecho de que todos los españoles, todos los individuos de la nación
española profesan la Religión católica, apostólica, romana, y el derecho de que sola esta
es la religión de la nación, de la asociación establecida a este lado de los Pirineos, de la
reunión de todos los españoles que constituyen la entidad política para la que se dictan
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esas Constituciones, y que son inadmisibles todas las otras-, contenían un exclusivismo
en su precepto que se creía propender a la intolerancia. No era probable, pero se creía
posible que al amparo de este artículo se decretasen persecuciones por creencias
religiosas: no era probable, pero se creía posible que se persiguiesen ciertos actos, aun
los de omisión de las prácticas católicas; no era probable, pero se creía posible que la
Iglesia se apoyase en el Estado cuando no bastase el poder de su espada espiritual para
castigar a los que, viviendo en su gremio, infringen sus leyes; no era probable, pero se
creía posible que se molestase al extranjero que avecindado en nuestro país diese culto a
Dios en otra forma que los españoles; y era esto lo que querían evitar los que se
llamaban partidarios de la libertad de conciencia.
Sin embargo, una cosa no quería tenerse presente al anunciar estos temores, las
disposiciones del Código penal. Los actos que por nuestras leyes son desde mil
ochocientos cuarenta y ocho delitos religiosos, los únicos actos que como ofensas a la
Religión católica, apostólica, romana son penados por nuestras leyes, definidos se
encuentran en aquel Código y señalados están en él las penas con que deben ser
castigados. Y no son sus disposiciones, las disposiciones de la intolerancia; no son sus
reprobaciones de ciertos actos, la violación de la libertad de conciencia; no hay escrito
en él el atentado contra el derecho de profesar estas o aquellas creencias y opiniones
religiosas. La tentativa para abolir o variar en España la Religión católica, apostólica,
romana; la celebración de actos públicos que no sean los de esta religión; el hecho de
inculcar públicamente la inobservancia de los preceptos religiosos; el de mofarse con
igual publicidad de algunos de los misterios o sacramentos de la Iglesia o excitar de otra
manera a su desprecio; el de persistir en propalar doctrinas o máximas contrarias al
dogma católico, después de haber sido condenadas por la Autoridad eclesiástica; el de
hollar, arrojar al suelo o de otra manera profanar las sagradas formas de la Eucaristía; el
de hollar o profanar con el fin de escarnecer la religión, imágenes, vasos sagrados u
otros objetos destinados al culto; el de escarnecer públicamente con palabras o hechos
alguno de los ritos o prácticas de la religión, si se hiciere en el templo o en cualquier
acto del culto; el de maltratar de obra a un ministro de la religión cuando se hallare
ejerciendo las funciones de su ministerio; el de ofenderle en iguales circunstancias con
palabras o ademanes; el de impedir o turbar por medio de violencia, desorden o
escándalo el ejercicio del culto público dentro y fuera del templo; la apostasía pública y
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La libertad de cultos y la unidad religiosa.
la exhumación, mutilación o profanación de cadáveres humanos, he aquí los únicos
actos –todos inmorales de suyo, todos punibles cuando existe una religión del Estado,
todos altamente vituperables, si se exceptúan los dos primeros, aun existiendo libertad
de cultos, aun con la más ancha aplicación de la tolerancia religiosa-, he aquí los únicos
actos, decimos, que nuestras leyes penales califican de delitos. ¡Tan cierto es que
nuestra legislación penal no fue inspirada por el sistema de intolerancia religiosa que
caracteriza los siglos XVI y XVII!
De suerte que unido el artículo 11 de la Constitución de 1845 al título primero,
libro segundo del Código penal, realizado quedaba lo que era la aspiración de los
partidarios de la libertad de conciencia. No había derecho de penetrar en el santuario de
la conciencia para averiguar las creencias u opiniones religiosas que se profesaban; no
había derecho de perseguir acto alguno contrario a la religión, mientras no fuese
pública, mientras no se verificase fuera del recinto en que se vive la vida íntima de la
familia: luego la ley admitía el principio de la tolerancia religiosa, única garantía
reclamada en el estado actual de las creencias y las costumbres.
Sin embargo la fórmula que se buscaba debía estar concebida en otros términos.
Su primera parte debía ser el artículo 11 de la Constitución de 1837, añadiéndole una
palabra menos necesaria de lo que se ha supuesto; y su segunda parte, una
generalización de los principios dominantes en el citado título del Código penal, la
expresión del espíritu de sus disposiciones para elevarlo a la condición de garantía
política y es por eso que la fórmula de la tolerancia religiosa se redactó, como artículo
constitucional, en estos términos: «La nación se obliga a mantener y proteger el culto y
los ministros de la Religión católica, que profesan los españoles. Pero ningún español ni
extranjero podrá ser perseguido por sus opiniones o creencias religiosas, mientras no las
manifieste por actos públicos contrarios a la religión. Sin embargo no se advirtió o no se
quiso advertir que la primera parte de este articulo no establece la unidad religiosa, la
que solo lo queda, aunque no muy directamente, con las palabras de su segunda parte; y
que lo que en esta se estatuye o es un principio, no de tolerancia sino de laxitud en
materias religiosas, o es un pretexto que ocasionado por su vaguedad a variadas y
opuestas interpretaciones, no será una garantía para la unidad religiosa ni para la
libertad de conciencia.
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Así es que nosotros no comprendemos por qué tanta insistencia en sostener esta
fórmula. Es sobrado abstracto, sobrado vago y general, sobrado elástico el precepto que
contiene para que iguale como garantía, ni en concepto de los que la quieren para la
libertad de conciencia, ni respecto a los que la piden para que no se ofenda a la Religión
con actos vituperables, a los artículos del Código penal. No más que esta ley necesita la
religión del país para ser respetada, no más que esta ley necesita la inviolabilidad de la
conciencia para garantía, porque ni el español ni el extranjero pueden ser perseguidos
por otros actos que por los penados en aquella ley. Mientras que lo que se quiere
apellidar tolerancia, escrito como un principio abstracto y por lo mismo vago y general
en la ley política no protege ni limita; de suerte que si se consigna como un precepto,
ocasionado está a ser conculcado con falsas y opuestas interpretaciones, y si es un
término medio para poner fin a un antagonismo de pretensiones, no otra cosa significa
entonces que una capitulación con la conciencia.
Si se quería la unidad religiosa, pero sin que a su abrigo naciese la intolerancia,
bastaba pues y era más lógica la fórmula de la Constitución de 1845, manteniendo, sin
alterarlas, las disposiciones del Código penal. Porque si es a la verdad posible que estas
sean reformadas en el sentido de la intolerancia, también lo es que el que así luche con
el espíritu de los tiempos y el estado de los costumbres y la fuerza de la opinión pública,
tendrá valor y fuerzas para reformar la ley fundamental del Estado que contenga aquella
garantía; y si ella se escribe en esta ley para armonizar la legislación política con la
civil, entendiéndose decir con esto que todo lo que se detalla, todo lo que se explana,
todo lo que viene desenvuelto en las leyes comunes debe escribirse como un principio
en las leyes políticas, cáese entonces en un error en que no han incurrido sino
legisladores inexpertos, y aun dando menos generalidad a su error.
No; lo que ha de escribirse en las leyes fundamentales es fórmulas que sean
positivas, concretas, afirmativas como estas: el poder legislativo reside en las Cortes
con el Rey; la persona del Rey es sagrada e inviolable, solo son responsables sus
Ministros; todo español puede publicar sus ideas sin previa censura; no habrá más que
un solo fuero para los españoles en todos los asuntos civiles y criminales. Pero nunca
fórmulas que deban ser comentadas; nunca fórmulas que den nacimiento al casuismo
político; nunca fórmulas que deban tener referencias; nunca fórmulas que se presten a
15 Biblioteca SAAVEDRA FAJARDO
de Pensamiento Político Hispánico Manuel Durán y Bas,
La libertad de cultos y la unidad religiosa.
interpretaciones encontradas; nunca; en una palabra, fórmulas que por poco precisas en
su enunciación, no sean una garantía para los súbditos y usa regla para el Poder.
La que nos ocupa no contiene nada, en verdad, que no estuviese anteriormente
establecido; no viene a hacer más que proclamar lo que hace tiempo era el hecho común
contra el que nadie hubiera osado rebelarse; no proclama en su precepto nada que sea
heterodoxo; pero viene a vulnerar la susceptibilidad de las conciencias haciendo
controvertible lo que no lo era en la España de nuestros días: la unidad de creencias
religiosas en nuestra patria, eminentemente católica sin interrupción desde la conversión
de Recaredo.
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