Barack Obama vacila sobre la ayuda a Libia y a la revuelta árabe

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Barack Obama vacila sobre la ayuda a Libia y a la revuelta árabe
Extraído de Viento Sur
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Política exterior de EE UU
Barack Obama vacila sobre la
ayuda a Libia y a la revuelta
árabe
- solo en la web -
Fecha de publicación en línea: Lunes 14 de marzo de 2011
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Barack Obama vacila sobre la ayuda a Libia y a la revuelta árabe
Desde hace dos meses, Estados Unidos está viendo cómo se le hunde el suelo bajo los pies en el Magreb y Oriente
Próximo, justo cuando trata de salir penosamente de una guerra inútil y sangrienta en Iraq, de salvar en vano los
muebles en otra guerra ya perdida en Afganistán, cuando está paralizado y se muestra impotente en el conflicto
entre Israel y Palestina, además de obsesionado con los mulás iraníes y su marioneta Ahmadineyad y
confortablemente instalado en una relación engañosa con los autócratas que reinan desde Marruecos hasta Arabia
Saudí...
Estados Unidos se encuentra hoy con que tiene una política exterior totalmente inoperante frente a las revoluciones
tunecina y egipcia y a las revueltas del mundo árabe. La antigua realpolitik se considera totalmente cínica y
escandalosa a la vista de las aspiraciones y manifestaciones de la juventud árabe. El clan de los neocon está
desacreditado por completo desde hace diez años, al haberse equivocado de objetivo (Iraq en vez de Irán) y de
método (el misil en vez de la mano tendida).
A pesar de esta situación, que hace pensar en la de un personaje de cómic que de pronto se da cuenta de que está
corriendo en el vacío más allá del borde de un precipicio, el gobierno de Barack Obama, se lo ha montado hasta
ahora bastante bien. Desde el empujoncito para favorecer el cese de Zine Ben Ali hasta los mensajes enviados al
ejército egipcio para que depusiera a Hosni Mubarak, la Casa Blanca ha evitado verse "barrida por la Historia", en
palabras del propio Obama.
Aunque la CIA apreciaba al régimen de Ben Ali porque cooperaba en la lucha antiterrorista, Túnez no era más que
un peso pluma en el planteamiento geopolítico estadounidense. Egipto planteaba un dilema más complicado, como
se pudo constatar por los titubeos de los representantes de EE UU, ya que se trataba de abandonar a un aliado con
treinta años de antiguedad, un hombre con el que se contaba para los golpes duros (guerras, negociaciones con los
palestinos, tortura de prisioneros...).
Ahora, el problema planteado por Libia resulta aún más delicado. Si Muamar el Gadafi hubiera huido o hubiera sido
depuesto como sus vecinos, no cabe duda de que EE UU habría aplaudido con entusiasmo. Sin embargo, la
resistencia letal del "perro loco" plantea una cuestión que EE UU habría preferido eludir: ¿hay que intervenir
militarmente para ayudar a los rebeldes?
Cuando estos últimos, estimulados por sus primeras victorias en el este del país, proclamaban hace poco que iban a
marchar sobre Trípoli sin más armas que sus Kaláshnikov, el papel de observador condescendiente le cuadraba
bien al Tío Sam. Ahora que los enemigos de Gadafi son víctimas de los bombardeos de la aviación leal al régimen y
sus conquistas parecen sumamente frágiles, preconizan una zona de exclusión aérea. Francia y Gran Bretaña,
después de haber declarado su apoyo a los rebeldes tunecinos y egipcios, se muestran favorables a esta medida,
aunque a sabiendas de que únicamente EEUU tiene capacidad militar para llevarla a cabo.
Una mezcla de "izquierda humanitaria" y neoconservadurismo
En Washington, Barack Obama se halla más o menos en la misma situación que en las semanas que precedieron al
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cese de Mubarak: una parte de sus consejeros le susurra la cantinela del realismo político; la otra parte le apunta
que hay que apoyar a los rebeldes, como en Kurdistán en 1991 o en Kosovo en 1999.
Para Leslie Gelb, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores y decano de los analistas internacionales
estadounidenses, "las violencias en Libia son graves, pero no han alcanzado el nivel de ciertas crisis del pasado en
África o en Bosnia (...) Hay que recordar que Libia no supone un interés estratégico para Washington, en particular
porque este país solo produce el 1% del consumo mundial de petróleo... (Al fin y al cabo), si los rebeldes tomaran el
poder, ¿serían realmente mejores que el coronel Gadafi? Muchos de ellos podrían resultar ser verdaderos bandidos,
ladrones o dictadores en potencia. Algunos serían sin duda integristas islámicos."
El Pentágono tampoco parece muy entusiasmado con la idea de una intervención en Libia. En una conversación
captada por un micrófono accidentalmente abierto, David Petraeus, comandante de las fuerzas en Afganistán y el
militar más escuchado en EE UU, recibió a su jefe, el secretario de Defensa Robert Gates, con una broma: "Viene
usted en un avión más grande de lo normal. ¿Acaso piensa atacar Libia o qué?" Gates riéndose contestó: "Sí,
exactamente..."; como si la idea fuera realmente descabellada.
Pese a su experiencia con las zonas de exclusión aérea, el ejército estadounidense teme sin duda tener que
embarcarse en un nuevo frente. Escaldado por sus últimos gazapos, preferiría volver a sus cuarteles.
En el bando opuesto nos encontramos con una mezcla de "izquierda humanitaria" y neoconservadores que animan
a Obama a intervenir. Varios senadores de derecha y de izquierda, en muchos casos los mismos que habían urgido
el bombardeo de Serbia en 1999 han reclamado que se establezca una zona de exclusión aérea aduciendo que EE
UU tiene el deber de proteger a las poblaciones de los crímenes de un dictador.
Peter Galbraith, un antiguo diplomático estadounidense, piensa también que se trata de "enviar una señal: estas
medidas no protegerán totalmente a la población civil y los rebeldes tendrán que seguir luchando por sí mismos,
pero sí pueden estimular los abandonos en el ejército lealista y amenazar a los que siguen combatiendo a favor de
Gadafi con que una vez haya concluido todo tengan que rendir cuentas". A quienes dicen que las mejores
revoluciones son las que logran sus fines por sí mismas y que EE UU debería abstenerse de intervenir en los
asuntos árabes, numerosos comentaristas recuerdan que la revolución norteamericana triunfó gracias a la ayuda de
los franceses. Y que el Kurdistán iraquí y Kosovo son actualmente regiones proamericanas gracias a la ayuda aérea
prestada por el Tío Sam.
No obstante, de momento, a menos que tome una decisión por sorpresa, Obama se limita a esperar. Esperar a que
la maquinaria diplomática (ONU, OTAN, Unión Europea, Liga Árabe, Unión Africana...) termine de debatir y defina
un plan. Esperar, como ha propuesto el primer ministro británico David Cameron, a que "Gadafi inflija cosas terribles
a su pueblo"
.
Entonces, tal vez, bajo la presión de la indignación internacional, Estados Unidos actuará; es un cálculo cínico, pero
es el que parece hacer la Casa Blanca. Porque EE UU sabe también que si entra en esta batalla libia, después de
su prudente apoyo en Túnez y Egipto, ya no le será posible vacilar cuando los ciudadanos de Bahrein, de Arabia
Saudí, de Yemen o de Jordania reclamen su ayuda para deshacerse de sus autócratas amigos de Washington. Se
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hunde medio siglo de política exterior estadounidense y Obama tiene que reinventar otra a toda prisa.
11/3/2011
Traducción: VIENTO SUR
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