VALLADOLID - Rubén Abella

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DOMINGO 16 DE MAYO DE 2010
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«Hojeando esas cartas, sus frases de un azul desteñido, sobrevolando sus líneas irregulares, volvieron a mí porciones de mi vida». / R. ABELLA.
EL SÉPTIMO DÍA
por Rubén Abella
¡Camarero,
una de ostras!
Hace unos días, mientras ordenaba los armarios y me deshacía de
lastre doméstico, encontré en un
altillo una caja repleta de cartas
antiguas. Estaba cansado y quería
acabar cuanto antes, pero no pude
resistirme a echarles un vistazo.
Algunas eran de los años noventa,
de la época que pasé en el extranjero, explorando los pliegues del
mundo. Cartas de seres queridos
llenas de noticias, afecto y, como
no, distancia. Pero la mayoría eran
anteriores, de mi adolescencia, de
cuando el correo era la única forma viable que yo tenía de mantener el contacto con los amigos del
verano. Con la pandilla de Astorga.
Dicen que una imagen vale más
que mil palabras, pero yo no lo
creo. A mí me parece que quienes
dicen tal cosa han de ser insensibles al poder evocador de las palabras. Hojeando esas cartas, sobrevolando sus líneas irregulares, sus
frases de un azul desteñido, volvieron a mí porciones de mi vida que
había olvidado por completo. Recuperé personas, circunstancias,
emociones, lugares. No hay duda:
la memoria es una dama endeble
que no puede caminar sin bastón.
Pero el rescate del pasado no fue
lo único que me conmovió de
aquellas cartas: también lo hizo lo
bien que estaban escritas. Y de eso
quiero hablarles hoy. Del lenguaje.
Del uso –cada vez más pobre– que
hacemos de las palabras.
Los autores de las cartas eran
–como yo por aquel entonces–
adolescentes normales, si es que
eso es posible. Chicos y chicas
que durante el invierno soportaban con estoicismo las exigencias
del colegio y se pasaban los meses
de julio y agosto haciendo deporte, yendo a la piscina, organizando fiestas y aventurándose sin
mapa, con mayor o menor fortuna, en los laberintos del sexo
opuesto. No eran Borges, ni
Proust, ni Carmen Laforet. Eran,
como digo, chavales normales y
corrientes, y sin embargo había
en sus cartas una tersura, una naturalidad y una corrección que
hoy me cuesta encontrar en los
trabajos que, en mi capacidad de
profesor universitario, me entregan alumnos de mayor edad y, en
teoría, mucho mejor preparados.
En esas misivas sencillas, sin pretensiones, se detectaba una conexión natural, muy íntima, entre la
vida y el lenguaje. Entre lo que se
quiere contar y las palabras que
se eligen para hacerlo. No hay sitio aquí para dilucidar las causas
–yo señalo a nuestra errátil política educativa y al desdén institucionalizado hacia las Humanidades y, en consecuencia, hacia las
preocupaciones del espíritu–, pero parece obvio que hoy en día
esa conexión se ha deteriorado.
Que se ha abierto un abismo entre
la mente y las palabras. Nunca ha
habido tantas bibliotecas públicas
–dicen–, por cierto, que la de San
Nicolás es una de las mejores de
España. Nunca hemos tenido a
nuestra disposición tantos diccionarios, tantas gramáticas, tantas
La memoria es
una dama endeble
que no puede
caminar sin bastón
Somos lo que
decimos. Lo que
escribimos. Lo
que nos cuentan
fuentes fiables de autoridad lingüística. Y sin embargo a la mayoría de la gente –incluidos, aunque
parezca increíble, muchos profesionales de la palabra– le cuesta
trabajo expresarse con propiedad,
ya sea oralmente o por escrito. Y
lo peor es que a nadie parece importarle. Se diría incluso que la lacra –porque eso es lo que es, una
lacra– se lleva con orgullo.
Les pondré algunos ejemplos.
Hace poco le quité medio punto
a una alumna que en un trabajo de
literatura había escrito «poetas nóveles» en vez de, claro está, poetas
noveles. Me dijo, bastante airada,
que no era para tanto. Que el lenguaje es flexible y cada cual lo usa
como quiere. Me quedé con ganas
de suspenderla. En el metro de
Madrid oí a un chico decirle a una
chica: «Oyes, ¿tú que pensastes de
mí el día que me conocistes?». A lo
que ella respondió: «Que molabas,
tronco. Desde entonces ando detrás tuya». Nadie, en una clase de
treinta alumnos, supo decirme lo
que significa «esporádico». La semana pasada, en el programa Ciudadano García, de Radio Nacional, entró en antena un oyente
que, deseoso de halagar al locutor,
exclamó: «¡García, tienes una voz
que te cagas!». En varias ocasiones he tenido que explicar en clase que la expresión «tirarle los
trastos a una persona» es una deformación de «tirarse los trastos a
la cabeza», y no significa tratar de
seducirla, sino discutir violentamente con ella. Les digo que lo
que ellos quieren decir es «tirarle
los tejos», expresión debida, según
parece, a la costumbre de los enamorados de arrojar por la noche
piedrecitas –tejos– a la ventana de
la amada para que ésta se asome.
Pero no me toman muy en serio.
El último ejemplo es algo más sutil, pero igual de sintomático. Se
trata de un anuncio de radio de un
conocido banco que opera a través
de Internet. Cito de memoria. Una
voz masculina grita «¡Camarero,
una de ostras!». Acto seguido, un
padre le dice a su hijo: «Eso, Guille, es un señor pidiendo un manjar». La voz, cambiando de tono,
dice entonces: «¡Ostras!». Y el padre explica: «Y eso es un señor enfadado. Parecen iguales, pero no
lo son». Consideraciones mercadotécnicas aparte, lo que me sorprende es que este padre radiofónico asocie la interjección «¡Ostras!» con el enfado, cuando en la
mayoría de los casos lo que en
realidad denota es admiración,
asombro o contrariedad. Y rara
vez –muy rara vez, diría yo–, enojo. Más sorprendente aún es que
sigan poniendo el anuncio, que nadie haya advertido que contiene
una clara imprecisión lingüística.
Dirán que exagero, que soy un
quisquilloso, y puede que tengan
razón. Pero es que a mí todo esto
–que, mucho me temo, no es más
que la punta del iceberg– me parece un asunto muy serio. Porque, lo
queramos o no, somos lo que decimos. Lo que escribimos. Lo que
nos cuentan. Somos lenguaje. ¿Y
qué pasará si un día dejamos de
serlo? ¿Qué va ser de nosotros si se
acaban derrumbando los puentes
que, cada vez con mayor precariedad, nos unen a las palabras?
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