2015-2016. Pequeños añadidos a Platón

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EPISTEMOLOGÍA
La dialéctica en el Sofista
Antes del apartado 6.1. Eros como símbolo del conocimiento humano de la página 50, y
como complemento a la exposición de la República, una breve referencia a la dialéctica en el
Sofista. En este diálogo, Platón introduce algunas precisiones terminológicas:
 Dialéctica ascendente: synagogé.
 Dialéctica descendente: diaíresis.
 Trabazón o entretejimiento de Ideas: symploké:
Afirma que no basta con elevarse (synagogé) hasta la Idea suprema (en este caso, la Idea de
Ser), sino que es preciso descender (diaíresis) estableciendo niveles en la jerarquía de las Ideas
e investigando cómo se articulan y qué relaciones guardan entre sí (symploké), en vistas a
hacer inteligible la predicación de un juicio. Esto último es importante. La ciencia (episteme) es
conocimiento verdadero; la verdad se expresa a través del juicio; el juicio verdadero es aquel
en el que el predicado conviene al sujeto. Por tanto, hay que saber de qué modo se articulan
las Ideas para discernir que juicios son verdaderos y cuáles falsos: existe symploké entre las
Ideas de Hombre y de Razón, por lo que el juicio “Los hombres son racionales” es verdadero (el
predicado conviene al sujeto); no hay symploké entre las Ideas de Error y Belleza, por lo que el
juicio “El error es bello” es falso (el predicado no conviene al sujeto).
ANTROPOLOGÍA
Pruebas de la inmortalidad del alma racional en el Fedón (aclaración y desarrollo del
apartado de los apuntes de Miguel Ángel donde se trata esta cuestión)
En el Fedón se proponen cuatro argumentos:
1. Origen de los contrarios: Todas las cosas que tienen contrario, en él precisamente
tienen su origen (lo mayor procede de lo que antes era menor; lo fuerte, de lo débil; e
inversamente). Entre cada par de contrarios hay, por consiguiente, dos generaciones
que van de cada uno de ellos a su contrario (el aumento produce lo mayor de lo
menor; la disminución, lo menor de lo mayor). En consecuencia, si de lo que vive se
produce lo que está muerto, de lo que está muerto habrá de producirse por necesidad
lo que vive. Y si el tránsito de la vida a la muerte se llama “morir”, el de la muerte a la
vida será denominado “revivir”. De ahí que las almas de los muertos necesariamente
existan en alguna parte de donde vuelan a la vida.
2. Reminiscencia: Se recupera la doctrina de la anámnesis del Menón. Si el conocimiento
no es más que el recuerdo de cosas ya sabidas en tiempos (las Ideas), es necesario que
el alma haya aprendido previamente las cosas que ahora recuerda unida a esta figura
humana. Para ello, debió existir en alguna parte con anterioridad a su unión con el
cuerpo (esta cuestión volverá a aparecer en el Fedro, en el contexto del mito del carro
alado). La objeción que cabe hacer a este argumento es que solo “prueba” la
preexistencia del ama, pero no su postexistencia. No obstante, puede combinarse, a
tales efectos, con el argumento anterior.
3. Indisolubilidad de lo simple: ¿Qué cosas son susceptibles de disolverse?
Evidentemente, aquellas que por naturaleza son compuestas, dado que sus elementos
pueden disgregarse de la misma manera que se compusieron. Ahora bien: lo que
siempre se encuentra en un mismo estado, sin estar sometido a cambios (las Ideas), es
lo simple. Las cosas, sometidas a constante devenir, son compuestas. El alma, afín a las
Ideas, es, como ellas, simple y, por tanto, indisoluble.
4. Incompatibilidad de las Ideas de Alma y Muerte: Si se pregunta: ¿Qué debe producirse
en un cuerpo para que tenga vida?, se contestará que un alma, puesto que el alma es
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principio de vida. De esta manera, vemos que la Idea de Vida se identifica con la de
Alma. Ahora bien: la Idea de Vida tiene un contrario, que es la Idea de Muerte. Luego
el alma no admite en sí el contrario de la vida, siendo, por tanto, inmortal.
ÉTICA
La virtud como sabiduría (complemento del apartado correspondiente de la p. 51)
Siguiendo la senda del intelectualismo moral de su maestro Sócrates, Platón considera que
la felicidad -la vida buena, plena- (en griego, eudaimonía) depende esencialmente de la virtud
-perfección, excelencia- (en griego, areté) y, ésta, de la sabiduría o prudencia, porque “conocer
el bien equivale a ser bueno”. Así las cosas, ¿reserva Platón algún lugar a la búsqueda de los
placeres en el proyecto de una vida feliz?
Esta cuestión es abordada por él en el Filebo, diálogo de su última etapa. Las ideas
hedonistas del cirenaico Filebo, personaje que da nombre al diálogo, y la opinión mayoritaria
(“…la masa estima que los placeres son lo más importante para nuestro bien vivir…”), suponen
que el placer es algo bueno para todos los seres vivos, y que una vida de disfrute, placer y gozo
es buena y preferible a una de prudencia. Frente a esto, la postura de Sócrates trata de
mostrar que es más noble y mejor una vida de prudencia que una de placer. Ahora bien, Platón
apuesta por salvar determinados placeres que son coordinables con la vida prudente. De entre
estos, considera que deben preferirse los placeres puros (exentos de dolor), producidos por el
alma sola. Pero, como tenue concesión al hedonismo cirenaico, admite también que ciertos
placeres del cuerpo pueden ser perseguidos, siempre que sea con mesura y moderación. La
buena vida ética resultará, pues, del establecimiento de una buena vida mixta, compuesta de
los placeres selectos y de la prudencia, que debe actuar siempre como guía. La mezcla idónea
vendrá ponderada por la Idea de Bien.
POLÍTICA
La República: ciclo de las formas de gobierno degeneradas
Los libros VIII y IX de la República analizan los distintos tipos de gobiernos injustos y su
dinámica interna, que los lleva a una degeneración progresiva: de la timocracia a la oligarquía,
de ésta a la demagogia (democracia degenerada) y de ésta a la tiranía, para volver al comienzo
del ciclo, con la imposición de la fuerza de las armas (timocracia), etc.
¿Por qué prácticamente todos los gobiernos son injustos? Cuando en lugar de gobernar los
filósofos gobiernan otros guiados no por el conocimiento (alma racional), sino por el alma
irascible o el alma apetitiva, surgen los gobiernos injustos. Gobierno justo: la monarquía o la
aristocracia, como gobierno de los filósofos. Gobiernos injustos: timocracia, oligarquía,
democracia (demagogia), tiranía.
El único gobierno justo es la monarquía o la aristocracia (en el sentido de gobierno de “los
mejores”; en Platón, gobierno de los filósofos). Si el saber es sustituido por la fuerza, por el
thymos, por el alma irascible o las pasiones (aunque sean nobles), tenemos la timocracia o el
gobierno de los guerreros (de los generales). Son la clase social mejor preparada para gobernar
después de los filósofos, pero suponen ya una desviación del gobierno justo. Los excesos en el
gobierno de los generales (sobre todo por el apetito insaciable de honores y prebendas)
empujarán a la clase de los productores más rica a coaligarse entre ellos e introducir la
oligarquía. Tenemos ya al Estado gobernado por el alma más baja, la apetitiva. Los excesos de
este gobierno de ricos, fundamentalmente la desmesurada ambición y la búsqueda del
beneficio particular, llevará a las clases medias y a las más pobres de ciudadanos a tomar el
poder: tenemos la democracia. Esta democracia es, en manos de Platón, inmediatamente
interpretada como demagogia, porque supone el gobierno de la mayoría de la ciudadanía pero
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regida, no por el saber, sino por las artimañas de quienes tienen capacidad de manipular a las
masas (los demagogos) y por métodos como el sorteo de los cargos, aparentemente neutros,
pero que en realidad muestran la arbitrariedad en que se vive. Sigue gobernando aquí el alma
apetitiva y sigue incrementándose el desorden. En este estado de cosas surge un alma
apetitiva sin escrúpulos, el tirano, y se hace con las riendas del poder aprovechando el estado
de confusión. La tiranía es el peor y más sanguinario de los gobiernos, porque está gobernado
por las más bajas pasiones del alma apetitiva.
El Político
Platón intentó aplicar sus ideas políticas a la práctica, muy particularmente, según sabemos,
en la corte de Dionisio de Siracusa, pero en todas las ocasiones su intento resultó fallido. En
sus obras de vejez, escarmentado de las insuficiencias con las que chocaba en la realidad,
remodela su teoría del Estado y de la Justicia formulada en la República.
En el Político se plantea si en la sociedad de los hombres existen abejas reinas como en las
colmenas. Concluye que los gobernantes en la sociedad humana no nacen naturalmente (por
physis), como entre las abejas y, en consecuencia, el gobierno diseñado en torno a la figura del
sabio filósofo se abandona. El individuo perfecto, el gobernante “dialéctico”, no es producto
del “enjambre humano”: no hay posibilidad de un rey filósofo, es solo un ideal. Y puesto que
no hay “ciencia política”, hay que acogerse a la segunda mejor solución: las leyes estarán por
encima de cualquier voluntad particular, evitando, sobre todo, que la tendencia al surgimiento
de la tiranía se haga realidad.
Las Leyes
Las Leyes es una obra que escribe en sus últimos años de vida; se trata del más largo de
todos los diálogos, compuesto de doce libros. En él, entra en detalles minuciosos, partiendo de
que se está sólo edificando “en teoría una ciudad, de la que imaginaremos somos los primeros
fundadores”. No abandona del todo el utopismo de la República pero sí se constata que aquí
tiene la intención de establecer un modelo político directamente basado en lo que de hecho se
daba en la sociedad de su tiempo. Se trata, por tanto, de un planteamiento más “realista”. Se
interesa por el emplazamiento de la ciudad, por el número de sus ciudadanos
(fundamentalmente agricultores), por las máximas distancias económicas entre las clases
sociales, por la distribución de las tierras y por el modo de elegir las magistraturas. Subyace, ya
no el comunismo, pero sí cierto afán de igualitarismo. Se reintroduce la propiedad privada y la
familia para todas las clases sociales. Se preocupa también de diseñar el funcionamiento de la
familia (el matrimonio obligatorio, la necesidad de la procreación) y la importancia de la
educación de la juventud; también planifica las fiestas y juegos, el trato que merecen los
criminales y la salvaguarda de la piedad religiosa.
En lo que se refiere a su ideal sobre la justicia, en las Leyes insiste en la línea de rectificación
iniciada en el Político y propone una situación mixta: monárquico-aristocrática y democrática.
No hay ya un gobernante filósofo y, además, se renuncia a aquel orden estricto de armonía
“geométrica” entre las partes del alma y las del Estado. Habrá algo de monárquicoaristocrático y algo de democrático: Los gobernantes detentan el poder, pero no van a ser la
instancia superior del Estado, sino las leyes, a las que deben sujetarse. El poder será ejercido
por 37 guardianes de la ley elegidos por los ciudadanos. Introduce, pues, además del criterio
aristocrático (gobierno de guardianes que han de ser sabios), características democráticas
esenciales: el voto y la representación universal.
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