La condena de Postdam

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LA CONDENA DE POTSDAM
Militarmente quedaron hundidos los regimenes fascistas de Mussolini y de Hitler, pero
era menester levantar política y económicamente los países europeos destrozados
materialmente por los cinco años de guerra. Para esta obra reconstructora era imprescindible
una nueva reunión de los Tres Grandes. Ésta se celebró en Potsdam, nombre tan unido a las
proezas del prusiano rey Federico El Grande, del 17 de julio al 2 de agosto de 1945. A la cita
faltó el fallecido Roosevelt, que fue sustituido por el nuevo presidente Harry Truman; el brillante
Churchill, virtual vencedor de Hitler, sólo participó en las primeras sesiones, pues su lugar fue
ocupado por el aparente mediocre mayor Attlee, el líder laborista que electoralmente había
triunfado sobre los conservadores. De los Tres Grandes, únicamente quedaba en el escenario
internacional el ruso Stalin, pues los otros dos habían caído, Roosevelt por la muerte y Churchill
por los votos de los ingleses, que si bien lo habían seguido durante los dramáticos años bélicos,
dudaron de sus dotes como político de paz cuando ellos querían beneficiarse con mejores leyes
sociales. No era necesario profundizar en la política internacional para aguardar que de la
Conferencia de Potsdam saldría forzosamente la condena de todo sistema político que no se
adaptara a uno de los dos que salían triunfadores de la contienda bélica: la democracia
parlamentaria en el Oeste y el dirigismo leninista en el Este.
Como buen estratega, se preparó Franco para resistir la ofensiva que contra él se
desencadenaría después de Potsdam. El 18 de julio remodeló su gobierno con el cambio de
ocho titulares. Caso curioso fue la desaparición del ministro del Movimiento, el falangista Arrese,
íntimo amigo y devoto servidor del Caudillo, sin que se nombrara sustituto, aunque tampoco se
disolvió la Secretaria General del Movimiento; con esta vergonzosa treta buscó Franco calmar la
burocracia azul que temía perder sus rentables cargos. También Lequerica cayó en esta
reorganización, prueba de su fracaso como jefe de la diplomacia franquista, pues mientras
permaneció en Asuntos Exteriores no logró hacerse perdonar sus pecados de Vichy y establecer
buenas relaciones con los responsables del Foreign Office y del State Department. Su
reemplazante fue Alberto Martín Artajo, que nunca vistió la camisa azul ni aceptó la ideología
falangista, pues se mantuvo fiel a los principios de la democracia cristiana. «Soy la evolución, y si
no hay evolución política, me marcharé», declaró el nuevo titular de Asuntos Exteriores a los
amigos que se disgustaron al ver que, de acuerdo con la táctica de Franco, los miembros de la
Acción Católica jugarían el papel representado hasta entonces por los falangistas, que se veían
apartados por ser acusados de fascismo. Pero no faltaron los practicantes del conformismo que
aceptaron como de buena fe la declaración citada de evolución política y sus confidencias de
que en tres meses recuperaría don Juan el trono de su padre. Pronto se añadiría el anuncio del
general Kindelán, contenido en unas declaraciones que hizo a la Agencia Reuter, de Londres, de
ver en un plazo máximo de seis meses proclamado el reinado de don Juan. La estrategia de
Franco surtió efecto porque los Tres Grandes no se entendieron en Potsdam y el sector
monárquico español, que basaba su triunfo en la esperanza de ver a los vencedores de Hitler y
Mussolini intervenir en la expulsión del morador de El Pardo, pudo constatar con impotencia
que ésta no se producía, ya que los Aliados se limitaron a condenas verbales sin acompañar las
amenazas con acciones decisivas.
En Potsdam, toda esperanza de establecer una amistad permanente entre los
anglonorteamericanos y los soviéticos se perdió; la causa principal fue la decisión de Truman de
no cumplir la promesa que Roosevelt hizo a Stalin de otorgar un crédito a la Unión Soviética
para contribuir a la reconstrucción de un país que tantas pérdidas sufrió en la guerra. Tampoco
hubo acuerdo en cuanto a las reparaciones que se debían exigir a los vencidos; cada una de las
potencias ocupantes se dedicó a sacar todo lo que pudo de provecho de sus respectivas zonas.
Sobre los restantes temas hubo desacuerdo, y de manera especial sobre los sistemas políticos
que se implantarían en los países que fueron liberados por los ejércitos rusos. La Conferencia de
Potsdam marcó no solamente la terminación de la colaboración de ingleses y norteamericanos
con los rusos, sino que señalo el punto de partida de lo que pronto se llamó la Guerra Fría, que
ejerció una influencia tremenda en la historia de la posguerra, que dio el siguiente balance: la
liquidación del fascismo, el nazismo y del autoritarismo semidivino japonés, para dejar
únicamente dos claros vencedores, los Estados Unidos, con su democracia parlamentaria y sus
aliados, y la Unión Soviética, con sus satélites marxistas. La única excepción en este balance fue
el régimen franquista, que se salvó de la liquidación general porque de Potsdam salió el fin del
entendimiento anglo-ruso-norteamericano.
En el minijuicio que se hizo a Franco en Potsdam correspondió a Stalin el papel de
acusador, a Churchill el de defensor, mientras Truman actuó de juez, pues intervino
decisivamente en la sentencia. Por iniciativa rusa se incluyó el tema español en las primeras
discusiones que sostuvieron los Tres Grandes. En la tercera reunión plenaria se discutió
ampliamente lo que se haría con el general Franco. Stalin se pronunció totalmente en contra
porque «no quería pertenecer a los acusados el día de mañana» en el caso de permitir la
sobrevivencia del franquismo. Churchill aceptó que los rusos estuvieran disgustados por el envío
de la División Azul, pero afirmó que no tuvo la menor queja respecto al comportamiento de
Franco cuando se efectuó, en la bahía de Algeciras, la gran concentración que precedió al
desembarco aliado en el norte de África. Truman expreso que no tenía la menor simpatía para el
régimen de Franco y tendría una gran satisfacción en reconocer un gobierno democrático en
España. El resultado del debate en que intervinieron, además, Eden y Attlee, fue incluir en el
apartado décimo de la declaración oficial de la Conferencia las seis líneas siguientes:
Los tres gobiernos se sienten en la obligación de especificar, claramente, que por su parte
no favorecerán una petición para ser miembro por el actual gobierno español, que se creó con la
ayuda de las potencias del Eje, ya que por su origen, su carácter, su historia y los estrechos lazos
con los estados agresores no posee las aptitudes indispensables para convertirse en uno de sus
miembros.
El 4 de agosto, o sea inmediatamente después de darse a conocer la condena de
Potsdam, el gobierno de Madrid efectuó una declaración de protesta, seguida por toda clase de
comentarios de prensa y radio. Sin embargo, con notas oficiales y escritos periodísticos no fue
posible convencer a la opinión mundial que Franco no fue el amigo incondicional de Hitler y
Mussolini, como se le acusó en Potsdam. Lequerica no supo aprovechar, como lo hicieron
suecos, turcos, suizos y argentinos, las ocasiones que se le presentaron para hacerse perdonar
por los vencedores las faltas o errores que se cometieron en los primeros años de la guerra.
Defender el régimen franquista se estimaba, por muchos, como una causa perdida, hasta el
punto que algunos antifalangistas se permitieron cantar victoria.
Las bombas atómicas que destruyeron Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, y Nagasaki, el
día 9, causaron tal impacto en la opinión mundial, que cundió en el ánimo de todos los seres
humanos el temor de asistir un día al fin del mundo, como si se convirtiera en realidad el tan
anunciado apocalipsis bíblico. El presidente Truman, cuando dio su consentimiento para su
empleo, el 2 de julio, poco se preocupó de cómo y dónde sería usada; sabía, desde marzo de
1945, que los científicos que trabajaban en su producción confiaban que el terrible artefacto
quedaría listo para su empleo a finales de verano. Truman, en Potsdam, se enteró del éxito que
había tenido el ensayo efectuado en Los Álamos y la cosa que interesaba al presidente y a sus
jefes militares era derrotar al Japón con un mínimo de bajas aliadas. Y este objetivo lo
alcanzaron, pues el 14 de agosto el gobierno japonés aceptó los términos de rendición
incondicional, con la preservación de la autoridad del emperador. El 2 de septiembre, el general
MacArthur aceptaba la capitulación formal de todas las fuerzas japonesas, en una ceremonia
que tuvo lugar en la bahía de Tokio. La explosión atómica, además de destruir en un mínimo de
tiempo a toda una población y causar la muerte de sus habitantes, entre otros efectos
destacados tuvo como resultado lo que señaló el historiador inglés A. P. J. Taylor: «Las
relaciones angloamericanas se convirtieron de hecho en una dependencia de patrón y cliente.»
La aparición de la bomba atómica, en relación con Franco, tuvo una doble consecuencia: apartar
el caso español de la rabiosa actualidad internacional y hacer comprender a Madrid que estaba
en manos de Washington decir la última palabra sobre la existencia del régimen franquista.
Los adversarios de Franco pensaban y actuaban de manera bien distinta, siempre
partiendo de la base de que los vencedores obligarían a marchar al Caudillo de su residencia de
El Pardo. Estaba, de una parte, el sector monárquico intransigente que renunciaba a pactar con
Franco, convencidos sus elementos principales que todo se trataba de una operación fácil:
expulsar al dictador y reemplazarlo simplemente por el Pretendiente. Del otro lado, se hallaba el
amplio grupo republicano que se dejó llevar por la pasión del desquite y exigía simplemente el
retorno al régimen inaugurado en abril de 1931, sin pensar que los generales que apoyaban a
Franco tal vez tendrían sentimientos monárquicos, pero rotundamente eran contrarios al
régimen que imperaba en el país antes de julio de 1936. Y, naturalmente, Franco pudo
aprovechar la desavenencia total que existía entre sus varios adversarios para practicar el juego
que más le convenía.
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