El hijo del desierto

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Julio 2015
El hijo del desierto
Un origen trágico y sangriento. Una historia de sacrificio. La vida de Mohed Altrad, el pastor de
animales sirio que se rebeló contra su destino y hoy, factura US$ 1700 millones anuales.
No sé cuántos años tango". Mohed Altrad, cierra sus párpados y los abre, soltando palabras de
su boca. Sus ojos, caídos y turbados, se posan perdidamente en las mesas que pueblan el
fondo de una sala de reuniones, donde accede a contarle su historia a APERTURA, en el marco
de la competición World Entrepreneur ofthe Year, organizado en Mónaco por EY y en la que él
fue el emprendedor que representó a Francia. Vuelve atrás el tiempo, ese que, aparentemente,
calmó parte del dolor y tiñó de canas su inconstante barba. Mira en recuerdos los hirvientes
granos de arena del desierto sirio desprenderse del piso sin destino. Escucha el traqueteo de
los camellos transportar a sus coterráneos beduinos con rumbo nómade. Le salpican en sus
pupilas los ríos de sangre que vio correr en asesinatos, en su lugar de nacimiento.
Altrad es huérfano. "Mi mamá murió el mismo día que me dio a luz, cuando tenía 13 años". No
tiene hermanos. “Mi padre la violó dos veces. Como consecuencia nacimos mi mayor y yo.
Luego, lo mató a él, que pesaba 20 kilos a los 10 años". Su progenitor no asesinó a Altrad
pero, tampoco, se hizo cargo de él. Quedó en manos de su abuela, quien trazó para su nieto el
destino de todo hombre beduino: ser pastor de animales. "No me dejaba ir a la escuela. Decía
que era para vagos". No sabe cómo -afirma que era intuitivo— pero lograba levantarse todos
los días antes que ella para escapar al pedazo de vida que encontraba entre tanta muerte. "Lo
sentía en mí, como si fuera un animal en un cuarto cerrado que ve un haz de luz y allí quiere
ir". Espiaba a través de una pared de roca las palabras que se dibujaban en el pizarrón, durante
algunas clases que eran dictadas cuando la tribu se detenía en un refugio de pasto, para dar de
comer a sus animales. Sólo veía garabatos: no sabía leer ni escribir. "En las primeras semanas,
la profesora me echaba. Pero yo volvía. Hasta que, un día, me dejó entrar. Ese fue el comienzo
que me permitió estar hoy aquí. Esa maestra cambió mi vida".
"LO QUE QUIEREN LOS EMPRENDEDORES ES SER MILLONARIOS. Y ESO ES UN ERROR:
GANAR DINERO DEBE SER EL RESULTADO, NO EL MOTIVO".
Lo adoptó un hombre de Raqqa, ciudad hoy bajo dominio del grupo armado SIS. "Era pobre y
no podía tener hijos. Me llevó a vivir con él". Se convirtió en el mejor de su clase, provocación
inconcebible para sus urbanos compañeros de aula, quienes cavaron un hoyo donde quisieron
ahogarlo. "Sobreviví, pude salir. Ese día, me dije a mí mismo que sería el mejor". En su
bachillerato, Altrad logró el mejor promedio del distrito sirio que habitaba (eran 12). Confiado,
le contaba al Ministro de Educación sus sueños de ser piloto de la Armada. "Irás a Kiev a
estudiar la carrera", le prometió el funcionario. Dos días antes de iniciar el viaje, lo llamó
avisándole que el cupo estaba completo. "Tienes tres opciones, Mohed. Estudiar la carrera de
maestro en Alepo (ciudad siria), ir a Asia a cursar Medicina o viajar a Francia y encontrar
algo", le ofreció.
De beduino a millonario
Aterrizó en París sin hablar una palabra de francés y bajó al Sur, a Mont-pellier, donde vivió
largo tiempo con una comida al día. Sus rasgos árabes despertaban las rencillas históricas que
dormían contra los argelinos, tras la guerra por la independencia del país africano, finalizada a
principios de los '60. "Al comienzo, no fue fácil. Ser árabe en Francia es un problema. Era visto
como un argelino y pagué algo que no merecía. A esas alturas, no se detendría en injusticias:
culminó sus estudios universitarios, a pesar de que, al principio, entendía el 10 por ciento de
las clases y emprendió su vuelta al Norte para cursar en la capital un doctorado en
Computación. "Trabajé un año en una compañía pública francesa y un segundo en Alcatel, en el
área de Telecomunicaciones", cuenta.
Regresó al desierto pero no con una vara de pastor de ovejas en la mano. "Buscamos
ingenieros árabes", leyó en un diario. Lo anunciaba la Abu Dhabi National Oil Company, que
empezaba a cavar pozos petroleros con las mismas palas con las que, hoy, recoge sus
ganancias. "Era un lugar muy pequeño. Como uno de sus empleados, me daban salario, auto".
Dejó de ser un nómade beduino en la arena para asentarse, durante cuatro años, en busca de
oro negro. "No podía ir a ningún lado. Ahorré todos los sueldos durante cuatro años".
Abandonó el petróleo y decidió volcar a la práctica su vasta teoría en Computación.
Irreverente ante los límites, se animó a crear una de las primeras computadoras portátiles en
Francia, junto a dos socios. "Era portable. Pero pesaba siete kilos". Ríe, por primera vez en la
charla. "La vendí porque, a pesar de que funcionaba, no tenía el dinero suficiente para
financiar el producto". Prefirió descansar en Florensac, el pueblo francés sureño donde había
nacido su entonces esposa. Los negocios no lo dejarían en paz. "¿Quieres comprar una
compañía de construcción que está en bancarrota?", le preguntó el vecino de la casa en la que
paraba. "Fabrica andamios", detalló el oferente. Altrad escuchaba esa palabra por primera
vez. Pero desembolsó cerca de US$ 400.000. "También, fue intuitivo. Adquirí algo que, creí,
podía ser grande. Y, si no funcionaba, no había problema. Puse todo mi dinero en ella. Y
funcionó".
La firma, Méfran, perdía varios cientos de miles de dólares por año y la deuda con los bancos
era una hemorragia de billetes. Altrad vio, una vez más, el haz de luz que descubre en las sombras más pesadas: recortó costos y aplicó remuneraciones basadas en incentivos. La empresa,
después de un año, tomaba algo de aire y generaba minúsculos ingresos, al mismo tiempo que
se ampliaba a España e Italia. Envalentonado, decidió que era tiempo de diversificarse,
adquiriendo una productora de guantes de látex. "Me equivoqué", reconoce. La vendió y
retomó la ampliación de su organización pero en segmentos que atrajeran a consumidores de
la construcción, como mezcladoras de cemento. Los obstáculos exógenos harían lo suyo: la
recesión en el nacimiento de los '90 hizo a Méfran perder un cuarto de sus ingresos en sólo
seis meses.
Altrad emergió de la crisis pero era -y aún es- un sirio en Francia. Como tal, explica que
enfrentó la discriminación que, a veces, esgrime la globalizada financiarización, a pesar de que
los números en los balances de Méfran atraían a más a de un inversor de cualquier origen.
"Sufrí mucho en ese período y perdí tiempo porque no confiaban en mí". El camino tuvo que
ser el mismo que al comienzo: comprar pequeños emprendimientos por poco dinero y exprimir
al máximo sus beneficios. Lo hizo hasta 2003, cuando el holding, ya nombrado como Altrad
Group, había plantado 21 banderas en diferentes partes del mundo y asentaba US$ 130
millones como facturación anual. Ese mismo año fue el de la inflexión: se quedó con uno de sus
máximos competidores, la constructora alemana Plettac, y ganó visibilidad en toda Europa,
además de contratos. Desde ese entonces, conquistó, aproximadamente, tres compañías por
año.
Camina con su empresa en las alturas de los negocios. No sabe que, con moño y smoking,
recibirá el premio por el que vino al lujo monegasco. A pesar de que otros de sus contrincantes
en Mónaco facturen más, el grupo cerró el año 2014 con ventas por 861 millones de euros y
cerca de 7000 trabajadores en su plantel. Es el productor de andamios y carretillas más
importante de Europa, segmento que representa, aproximadamente, el 50 por ciento de su
negocio (en esa participación incluye también, las mezcladoras de cemento). La otra mitad de
los ingresos proviene del alquiler de estos equipos y demás servicios. Exporta más de 569
millones de euros por año y está presente en más de 100 países, distribuidos en América,
África, Europa y Asia.
Con el Golfo de León custodiando su viaje, recorrerá las costas mediterráneas desde el
principado hasta Montpellier, ciudad en la que su nombre se escucha seguido. Donde lo leen los
15.000 hinchas del equipo de rugby local cuando entran a su estadio, recientemente nombrado
Altrad. Esta vez, no fue un vecino en vacaciones quien le ofreció una compañía en bancarrota,
sino el mismo alcalde de la urbe, en 2011. "El club estaba quebrado y el Gobierno no podía
poner dinero en él. Entonces, vinieron a mí". Nunca había visto un partido. "El primero fue uno
entre la Argentina y Francia". Se toca las rodillas, las palmea. "Juan Martín Hernández".
Pronuncia el nombre del jugador argentino, ahora, en el RC Toulon. "Tuvo muchos problemas
con las lesiones. Jugó con nosotros". Por políticas del grupo, el fundador no podía utilizar
dinero de la empresa para adquirir el equipo, así que decidió hacerlo con ingresos propios.
"Tomé la decisión porque este país fue el único que me permitió hacer lo que hice; fue una
forma de devolver algo". En cada visita a un encuentro, ata, orgulloso, sobre su saco, el
distintivo rojo que sintetiza su actual relación con Francia: la pertenencia a la Legión de Honor,
desde 2014. Diez años atrás, había sido elegido Caballero.
El Gobierno se sienta en la mesa de toma de decisiones de Altrad Group. "Posee el 10 por
ciento del grupo", explica el fundador: Por su parte, el Banco de Inversión Pública -donde el
Estado francés tiene participación- destinó 52 millones euros para apoyarlo en la compra de su
competidora alemana Hertel, por US$ 244 millones, en marzo. "Respeto las diferentes culturas. Si lo hago, el empleado será mejor y yo, un mejor jefe. Cada vez que un empleado va a
firmar un contrato, le pedimos que lo lea y tomamos en cuenta sus opiniones". Las
valoraciones subjetivas serán muchas más en 2015: la inclusión de Hertel aumentará el staff a
17.000 empleados y elevaría la facturación anual a US$ 1700 millones.
Se pasea por Mónaco escoltado por una representante de la consultora EY, aunque esté
acostumbrado a trabajar sin asistente en su oficina, erigida en Le Cottage, su casa de campo y
mansión. Puede nadar en cualquiera de las tres piscinas que construyó alrededor de ella. Si se
le da la gana hacerlo, tiene las llaves a mano para encender los motores de la Ferrari o el Lamborghini que se posan, brillosos, estacionados en el parque de su casa. Altrad no dedica tiempo
a hablar de ello. "¿Qué puedo hacer con US$ 1000 millones? Ser multimillonario no era un
objetivo. Lo que quieren los emprendedores es ser millonarios, trabajando duro para eso. Y es
un error Ganar dinero debe ser el resultado, no el motivo", reflexiona.
Debió elegir un año de nacimiento para su documento cuando arribó por primera vez a
Montpellier, 46 años atrás. Optó por 1948. "Siento que tengo 3000 años de vida, la vida del
desierto. Porque las condiciones en las que nací eran las mismas que hace muchísimo tiempo
atrás. Cuando te levantabas a la mañana, no sabías lo que comerías". Su madre no pudo
decirle qué día nació pero sus hijos sí. Para festejarle el cumpleaños, propusieron diferentes
fechas en distintos papeles dentro de un sombrero. Salió sorteado el 9 de marzo.
"AL COMIENZO, NO FUE FÁCIL. SER ÁRABE EN FRANCIA ES UN PROBLEMA. AL PRINCIPIO,
ERA VISTO COMO UN ARGELINO Y PAGUÉ POR ALGO QUE NO MERECÍA".
En la arena, lo despertaba la urgencia de cambiar su destino. En las posteriores noches lo
mantuvo en vela la necesidad de exponer en tinta su vida. "Duermo tres, cuatro horas por día.
Si lo hiciera más, sería mucho mejor". Dedicó el insomnio a escribir ideas sueltas en hojas
desperdigadas en su mesa de luz. "Tardé 30 años en terminar mi autobiografía novelada.
Primero, fueron un par de notas, que, luego, se convirtieron en un libro". Altrad llegó a Francia
sin conocer el idioma. Hoy, los estudiantes de primaria franceses lo leen a él: su autobiografía,
"Badawi" ("Beduino", en árabe), fue recomendada en 2012 por la Academia de Montpellier
para ser incluida en la curricula de las escuelas regionales, además de ganar un premio
literario en 2003.
Tiembla su voz más que nunca. "¿Es el fin de la vida tener dinero? Es otro el propósito. No es
el material. Las compañías son dinero. Estamos creando dinero, somos máquinas de crear
dinero. Es lo que hacemos todos los días, todo el día. Y moriremos". Pierde su mirada en las
mesas del fondo. Sigue hablando. "No soy feliz. No estoy en paz. Es difícil ser alguien doble en
todo". Junta las pestañas por última vez durante la charla. Las separa. Exhala sus últimas
palabras. "Es extraño decirlo. Pero me siento perdido en la vida y muy presente al mismo
tiempo. Estoy aquí". ■ A.E. (desde Mónaco).
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