Filosofía Andina y Asamblea Constituyente

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Filosofía Andina y Asamblea Constituyente
La Asamblea Constituyente, prevista para el lapso de tiempo entre agosto de 2006 y julio
de 2007, pretende ser fundacional en un sentido bastante radical: se refundará la república
boliviana sobre fundamentos sólidos de inclusión y de participación de las grandes
mayorías indígenas del país. La fundación de la República con el acto de la Independencia
en 1825, ha sido una empresa de una élite criolla pujante, excluyendo desde el inicio no
sólo a las mujeres y mestizos, sino sobre todo a los miembros de los pueblos originarios.
Éstos sirvieron durante la República de „carne de cañón“ en las „guerras patrióticas“,
recibiendo las migajas que cayeron de las mesas de los banquetes opulentos de la oligarquía
de turno.
Hoy estamos ante una hora histórica, con un gobierno indígena y movimientos sociales que
reivindican la conducción de este país, con la inclusión de las minorías, entre ellas la de la
élite criolla y blanca (q’ara). Por primera vez en la vida colonial y republicana, la suerte del
país será determinada por sus pobladores originarios, por el 63 % de la población que se
declara „indígena“.
Ilustración europea como trasfondo de la Constitución pólitica vigente
La primera Constitución fundacional de 1826, resume el espíritu de la Revolución Francesa
y las ideas ilustristas del siglo XIX, sobre todo de vertiente francesa. El liberalismo político
que se plasma en las ideas del individualismo, de la propiedad privada de medios de
producción y en la libertad de la persona, ha entrado fuertemente en la primera
Constitución del nuevo Estado boliviano, en detrimiento de los valores ancestrales del
comunerismo, de la ayuda mútua, de la reciprocidad y de la identidad colectiva. Ha sido –y
sigue siendo- una Constitución a favor de una élite empresarial e intelectual que sabía
dominar y alienar durante más de 180 años una mayoría „sorda“, en nombre de los mismos
ideales de la Ilustración.
A pesar de que se incluyó en la Constitución vigente de 1993 la „pluriculturalidad“ y
„multietnicidad“ del país (más no el carácter „multi-nacional“), y se consideró el sufragio
universal con la Revolución de 1952, los pueblos originarios no tenían hasta hace poco
representatividad política, y las mujeres siguen formando una minoría en los cargos
políticos del país. Pese a los discursos de „participación ciudadana“, de las „autonomías“ de
pueblos indígenas, del reconocimiento de los idiomas vernáculos (sobre todo del quechua y
aymara), de una educación bilingüe, las mayorías poblacionales de Bolivia quedaron
siempre en una situación de „mendigos“ y de „solicitantes“.
El „multiculturalismo“ fijado en la Constitución, más que un inicio de inclusión política y
social, resultaba ser una palanca para fomentar una tolerancia cultural postmoderna que no
toca las cuestiones de poder, de propiedad y de autodeterminación. La élite criolla – o
q’ara- podía seguir con su proyecto de exclusión fáctica, gracias a o a pesar de un discurso
„incluyente“. El racismo de las minorías blancas, criollas y mestizas, frente a las mayorías
indígenas, se hizo soñar hasta en los últimos días antes del triunfo abrumador del MAS, es
decir: de los pueblos originarios y los movimientos sociales. En la argumentación de los
perdedores, dominaron lógicas occidentales de „progreso“, „civilización“, „eficiencia“ y
„globalización“.
Una nueva filosofía para un nuevo mundo
La Asamblea Constituyente venidera precisa –si no quiere entrar a la historia como mera
„cosmética“ de una Carta Magna obsoleta- una nueva filosofía como trasfondo e ideario de
valores y conceptos acoredes a la realidad que vivimos. Es hora de romper con el
„anatopismo“ filosófico y político, con el neocolonialismo intelectual (aunque venga en
ropaje postmoderno), con ideas surgidas y enraizadas en un contexto totalmente distinto al
de Bolivia. La Ilustración europea –a pesar de sus muchos méritos- ya no da para formar el
sustento ideológico de una Constitución política de un país como Bolivia.
Será una Constitución desde, de y para las mayorías bolivianas, con la inclusión
participativa de las muchas minorías, tal como personas de una orientación sexual distinta,
de discapacidades, de pueblos originarios pequeños, afro-bolivianas, inmugrantes desde
Europa, Asia y África, miembros de religiones y credos distintos a la religión católica aún
dominante. Si la nueva Constitución pretende ser una Constitución de las mayorías
indígenas, respetando e incluyendo a las minorías (entre ellas la minoría criolla-blanca), el
sustento filosófico tendrá que provenir de la tradición autóctona de estos pueblos
originarios mismos.
Aportes de la Filosofía Andina
La Filosofía Andina resume la sabiduría milenaria de los pueblos originarios de los Andes
que en el caso boliviano forman la mayoría absoluta de la población. Inclusive una ciudad
„criolla“ o „camba“ como Santa Cruz de la Sierra está compuesta por un porcentaje muy
elevado (más del 40%) de personas „andinas“ (qollas) y de miembros de otros peublos
originarios. Por lo tanto, la Filosofía Andina, si bien no es de lejos la única sabiduría
autóctona en el país, tiene un peso particular en la formulación de axiomas y conceptos
imprescindibles para la elaboración de una Constitución incluyente y representativa.
Ante todo, el principio fundamental de la „relacionalidad“ prohibe cualquier proyecto
excluyente, sea de índole „qolla“, „camba“, „andinista“ o „neo-elitista“; la Filosofía Andina
parte del principio de la no-dualidad, de la inclusividad de opuestos, y de la realcionalidad
de todo tipo de instancias, personas y culturas.
Más que un proyecto „multicultural“, se trata de una visión verdaderamente „intercultural“.
La interculturalidad política y social se refleja en el debate político abierto y dirigido a
consenso más que a decisiones formalemente mayoritarias. La democracia „andina“ no es
„dedocracia“ no „democradura“, sino un complejo proceso de incluir minorías en un
consenso siempre inacabado. No sería muy „andino“ la implementación e imposición de un
modelo „monocultural“ de procedencia aymara o quechua, en reemplazo al
monoculturalismo occidental vigente, tanto en las leyes, la Constitución todavía actual
como en la sociedad civil y los medios de comunicación. Un racismo moreno no es mejor
que un blanco, y una posición excluyente indígena no tiene mérito ninguno sobre la
exclusión centenaria por las élites criollas y blancas.
Por el otro lado, la descolonización mental, educacional y política requiere de fuerzas
unidas de todos los sectores, clases y étnias de este país. Según la dialéctica de „amo y
esclavo“, o de la dialéctica entre opresor y oprimido/a, no sólo los miembros de los pueblos
orignarios tienen que „descolonizarse“ o „desalienarse“, sino también las minorías
„occidentales“. El proceso constituyente podría ser una toma de conciencia de esta
dialéctica fatal que nos ha desalojado de nuestras propias identidades y nos ha alienado de
nuestras raíces, ideales y proyectos.
La Filosofía Andina plantea lo político como un instrumento del cuidado de la vida en
todas sus dimensiones, tanto cósmicas, físicas como sociales y culturales. El „poder“
político es un „poder ser“, una posibilidad de imaginarse un mundo en donde quepan todas
y todos, y también la naturaleza. La sabiduría andina no fomenta la acumulación, ni de
poder, ni de riqueza o bienes, sino el usufructo prudente de los recursos existentes,
inclusive la espiritualidad y religiosidad.
El ser humano no es dueño, sino cuidador y facilitador de vida. Por lo tanto, la „venta“ del
sustento de la vida (agua, territorio, gas, minerales, biodiversidad, etc.) es una declaración
de guerra para las poblaciones originarias. No puede ser que un puñado de „señores“ se
adueñe del fundamento de la vida que tienen carácter sagrado para las y los andinos/as
(pachamama). La economía es „ecosofía“, es decir: sabiduría para manejar la casa común
de todas y todos, para el bienestar y la „buena vida“ (allin Kawsay) de plantas, animales y
seres humanos.
De acuerdo a la Filosofía Andina, una Constitución política incluyente y culturalmente
contextualizada, no puede establecer dicotomías entre la vida humana y no-humana, entre
lo „secular“ y lo „religioso“, entre varón y mujer, entre economía y política, entre cultura y
naturaleza. Más bien tiene que tender puentes (chakanas) entre todos los abismos que la
Colonia y la República han abierto, para garantizar el flujo respetuoso y enriquecedor de
energías, saberes, ideales y proyectos de vida.
Finalmente, una Constitución acorde con los principios de la Filosofía Andina, tiene que
acabar de una vez para todas con el androcentrismo aún vigente, sea en forma del
patriarcalismo semita-occidental o del machismo hispánico. La exclusión de la mujer de la
vida política, social y cultural no peude ser tolerada más; la racionalidad androcéntrica de
Occidente tiene que ceder ante una racionalidad de complementariedad „sexuada“.
El peligro del purismo cultural
En la euforia de la victoria „indígena“, existe el peligro eminente de buscar las raíces
„puras“ y no-contaminadas de la sobiduría autóctona andina. Sin embargo, la Filosofía
Andina no pretende hacer resucitar un pasado idílico (que nunca existía), ni una sabiduría
pre-hispánica des-occidentalizada. Los pueblos originarios de Bolivia –y los andinos en
especial- no prentenden este „retorno“ anacrónico, pero sí un pachakuti, un cambio
paradigmático de las relaciones de poder y de las concepciones dominantes.
No se trata ya de „incluir“ a las y los indígenas en un proyecto político moderno o
postmoderno, sino al revés: la inclusión de lo moderno y postmoderno, de las minorías noindígenas (negras, blancas, asiáticas, criollas, etc.) y sus cosmovisiones en un proyecto
indígena incluyente.
Y la Filosofía Andina, por su insistencia en los principios de la relacionalidad,
complementariedad, reciprocidad e inclusividad, muy bien puede contribuir mucho para
elaborar tal proyecto „trans-moderno“ e intercultural. La nueva Constitución política de
Bolivia tiene que estar a la altura del tiempo, tomando en cuenta la pluri-nacionalidad,
interculturalidad y el respeto mutuo por cada minoría, si no quiere caer en la trampa ya
experimentada hasta el cansancio de un proyecto excluyente.
Para garantizar la factibilidad de una proyecto „indígena“, se requiere de una
institucionalidad política y social que respeta las minorías, sea eso en la forma de un estado
autonómico, tripartida o federal. Los pueblos originarios tienen una larga tradición de la
„toma de decisión“ democrática, sin que las minorías se sientan excluidas. Un proyecto
político incluyente no puede ser el ejercicio de una parte de la población –aunque sea esta
vez la mayoría- sobre otra, sino un proyecto en el que todas y todos quepan.
La Constitución tiene que apuntar inclusive más allá de las fronteras territoriales arbitrarias
de Bolivia, hacia la patria común de Abya Yala, como tierra fértil y acogedora para todos
los entes vivos y no-vivos. Un nacionalismo estatal no es no concorde a los tiempos en que
vivimos, ni a la concepción indígena que no conoce límites políticos con pasaporte y visa.
En la „casa cósmica“ indígena caben todas y todos, sin distinción de raza, color de piel,
credo o idioma.
La Filosofía Andina es el intento de sistematizar esta inclusión „holística“, más allá de la
indiferencia postmoderna y de la imposición por un modelo monocultural, tal como se lo
pretende la globalización mediática e informativa de hoy día.
José Estermann
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