afasias adquiridas en la infancia

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ORIGINALES
Rev. Logop. Fonoaud., vol. III, n.º 1 (4-12), 1983.
AFASIAS ADQUIRIDAS EN LA INFANCIA
REVISIÓN DE CONCEPTOS BÁSICOS*
Por J. Peña Casanova,1 L. Barraquer Bordas2 y T. Roig Rovira1
P
de la definición habitual de afasia
como una alteración del lenguaje debida a una
lesión cerebral focal, diremos que las afasias
en los niños tienen unas características especiales ya
que acontecen en un cerebro que no ha alcanzado
su total maduración.
Estas características especiales de las afasias en
los niños tienen un interés especial por el hecho de
que nos aportan datos importantes sobre la ontogenia del lenguaje y de la dominancia cerebral así como
sobre la plasticidad de las estructuras cerebrales.
Las lesiones que tienen lugar durante el periodo
perinatal plantean problemas especiales ya que raramente provocan alteraciones del lenguaje y han de
ser discutidas en relación con dos factores particulares: la posibilidad de un retraso mental o de crisis
convulsivas.
Estudiaremos aquí solamente las alteraciones del
lenguaje debidas a lesiones cerebrales producidas durante la infancia. No consideraremos los casos calificados de afasias o disfasias del desarrollo (forma
grave de la serie de alteraciones de la adquisición del
lenguaje). Siguiendo en esta senda consideraremos
las alteraciones «adquiridas» cuando el niño presenta un cierto nivel de evolución del lenguaje. Basser
(1962) consideró que las lesiones de uno u otro hemisferio acontecidas durante los dos primeros años
de vida, producen un retraso en la adquisición del
lenguaje solamente proporcional al grado de afectación mental general.
ARTIENDO
* Traducido del catalán por Teresa Roig.
1. Unitat de Neuropsicologia i Logopèdia. Institut Neurològic
Municipal. Hospital Gral. de Ntra. Sra. del Mar. Barcelona.
_
2. Servei de Neurologia. Hospital de la Sta. Creu i Sant Pau.
Conviene decir ahora que determinados autores
bajan el límite inferior de las afasias infantiles a los
18 meses (Debray-Ritzen y cols., 1981). Este punto
será discutido posteriormente. En principio, se considera que las afasias infantiles se sitúan, en general,
entre los 2 y los 15 años, siendo las edades centrales entre los 5 y los 10 años de edad. Los distintos
autores se mueven entre límites variables.
Tampoco estudiaremos aquí el problema de la afasia adquirida de la infancia con epilepsia (síndrome
de Landau-Kleffner) ni las afasias transitorias consecutivas a determinados tipos de crisis epilépticas.
Clínica
La afasia adquirida con lesión estructural definida
y definitiva se refiere, como hemos dicho, a los
casos en los cuales la lesión se produce cuando existe
una previa adquisición del lenguaje. Ya que el cerebro del niño está en proceso de maduración, las
manifestaciones clínicas dependerán del grado de lenguaje adquirido por el niño en el momento de padecer la lesión cerebral. Estas manifestaciones irían
desde la pérdida del lenguaje hasta los cuadros parecidos a los habitualmente observados en adultos
(Ford, 1952). En este terreno se sitúan las consideraciones y comparaciones realizadas por J. W. Brown
(1975) entre la afasia del niño pequeño y la afasia
del zurdo y la afasia del niño «mayorcito» y la afasia cruzada.
H. Hecaen (1976), en un trabajo que habremos de
citar repetidamente, refiere que en el año 1885
Bernhardt definió los rasgos básicos de las afasias
infantiles, su carácter transitorio y su semiología bá-
Correspondencia: Unidad de Neuropsicología y Logopedia. Instituto Neurológico Municipal, Hospital de Nuestra Señora
del Mar. P.º Marítimo, s/n., Barcelona.
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sicamente expresiva. Posteriormente, Pötzl (1926) insistió en la alteración de la expresión y en la ausencia de logorrea.
Guttman (1942) presentó una serie de 16 casos de
afasia infantil en los cuales el cuadro clínico estaba
básicamente caracterizado por una inicial ausencia
de lenguaje (14 de los 16 casos) y posterior pobreza
expresiva, estilo telegráfico, titubeos y disartria. La
comprensión del lenguaje oral y escrito estaba alterada solamente en dos casos, en los cuales las lesiones hemisféricas eran extensas. En estos casos el
pronóstico fue mejor si la afasia era dominantemente
de tipo expresivo. En casos con una clínica de tipo
«mixto» aparecieron secuelas definitivas.
Antonio Branco Lefevre (1950) insistió, como los
anteriores autores, en las características semiológicas
centradas en la expresión e insistió, además, en que
en sus casos existían frecuentes e intensos defectos en
la escritura y que ésta presentaba una recuperación
más difícil que la expresión oral.
Basser (1962) publicó 30 casos de lesiones cerebrales entre las cuales había 20 casos de alteración
del lenguaje (con 13 lesiones izquierdas y 7 lesiones
derechas). En todos estos casos la evolución fue favorable con una recuperación en dos años como
máximo.
Th. Alajouanine y F. Lhermitte (1965), estudiaron 32 casos de afasia infantil y realizaron una publicación que puede considerarse clásica. Siguiendo
sus propios criterios en cuanto a las edades límite
en las afasias infantiles, M. Bridge Denckla (1979)
considera solamente nueve casos de la serie de Alajouanine y Lhermitte, ya que solamente este número
de pacientes se sitúa entre los cinco y los diez años de
edad. En estos casos —comenta Denckla— no se
realizó la distinción anterior-posterior de las topografías lesionales (cabe decir, empero, que con las posibilidades técnicas de la época del trabajo de Alajouanine y Lhermitte, es lógico que no se hiciera tal
distinción). Siguiendo el análisis de Denckla se comprueba que ocho de los nueve casos con menos de
diez años de edad, presentaban una escritura gravemente afectada así como una alteración de la comprensión oral y escrita. Los nueve casos presentaban
una desintegración fonética y una grave reducción
de la expresión oral. La recuperación de la lectura
fue más lenta en los niños que sufrieron síndromes
afásicos adquiridos antes de los diez años que en
los casos por encima de esta edad. Solamente tres
de los 23 del grupo de 11 a 15 años de edad, presentaron una grave alteración de la comprensión de
la lectura, y siete presentaron una leve alteración de la
comprensión lectora.
La alteración de la escritura y la desintegración
fonética se presentaron en menos de la mitad (10)
del grupo de los 11 a los 15 años de edad.
Hemos de destacar —como lo hace Denckla
(1979)— que ninguno de los 32 casos presentó rendimientos académicos normales.
Collignon y cols. (1968) estudiaron 18 niños (con
edades entre los tres y medio y los 13 años), afectos
de afasia. Nuevamente insistieron en la característica
alteración de la expresión e incluso supresión verbal
y la ausencia de logorrea, pero también observaron
alteración de la comprensión oral y escrita y de la
denominación.
La serie estudiada por Hecaen (1976) abarca 26
niños, de edad comprendida entre los tres y medio
y 15 años, afectos de lesiones corticales, 17 del lado
izquierdo, 6 del derecho y 3 bilaterales, habiéndose
presentado disturbios del lenguaje de grado variable
en 19 de ellos. Su análisis parece indicar una relativa
equipotencialidad hemisférica, la cual permitiría la
transferencia de la representación del lenguaje al
hemisferio opuesto en caso de lesión unilateral, dentro
de un margen que luego discutiremos. En general las
manifestaciones clínicas de sus casos siguieron los
patrones reconocidos en la actualidad como característicos de las afasias infantiles, y debe señalarse
que en más de un tercio de ellos se presentaron trastornos de la comprensión oral, de acuerdo con las
observaciones de Alajouanine y F. Lhermitte (1965)
y de Collignon y cols. (1968), pero en oposición a
los hallazgos de Guttman (1942) y de Branco-Lefevre (1950), quienes subrayaron la rareza de tales
alteraciones de la comprensión verbal en sus series.
En cuanto a los trastornos de la escritura —precisa
Hecaen— fueron al mismo tiempo los más frecuentes y los más variables de entre todos los síntomas
en el periodo agudo, y tendieron a persistir por tiempo más prolongado, incluso a veces permanentemente.
El único síntoma neuropsicológico asociado a la afa-
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ORIGINALES
sia con una frecuencia relativamente elevada fue la
acalculia.
En los casos con lesiones izquierdas, cuya topografía pudo precisarse quirúrgicamente, el cuadro
clínico mostraba una cierta correlación con el asiento
de la lesión, tanto en los niños de menor edad como
en los mayores, apareciendo el mutismo inicial principalmente asociado con las lesiones anteriores y los
trastornos de la comprensión verbal con los posteriores.
Hecaen (1976) no encontró datos localizadores de
la denominación, escritura o lectura.
Las manifestaciones clínicas generales de la afasia
adquirida en la infancia, con lesión definida y definitiva, se resumen en la tabla I.
La evolución general acostumbra ser favorable en
seis semanas a dos años. De los tres casos seguidos
durante un largo periodo por Hecaen (1976) y que
presentaron una mejoría incompleta, solamente existía una alteración de la escritura en dos casos y una
afasia global en el tercero.
En general el elemento más importante de cara al
pronóstico parece ser el tamaño y la bilateralidad de
la lesión.
En la serie de Hecaen (1976), de las seis lesiones
derechas solamente dos casos presentaron afasia. La
edad de estos niños fue de tres años y medio y de
seis años.
Woods y Teuber (1978), en un amplio número de
casos, hallaron que solamente un 6 % de los casos
acontecía como resultado de lesiones hemisféricas
derechas.
Discusión
En conjunto se puede decir que la afasia infantil
se presenta con relativa frecuencia en casos de lesiones derechas y sigue la fórmula general de reducción (con fase de mutismo inicial) con escasez de
parafasias y ausencia de logorrea y con una recuperación generalmente rápida y completa. Pero tales
alteraciones del lenguaje aparecen en lesiones derechas solamente en niños pequeños.
Los datos de que disponemos hacen pensar que
hacia el segundo año de vida el hemisferio derecho,
6
en los diestros, realiza un papel más importante, en
las funciones verbales, que en el adulto y que este
papel sería preferente. Esta preferencia se iría perdiendo a lo largo de la maduración. Este hecho es
el que A. R. Luria (1973) calificó de «ley de la lateralización progresiva de la función».
TABLA I. - Manifestaciones clínicas de la afasia adquirida
en la infancia (con lesión definida y definitiva)
1. Reducción de la expresión con pérdida de incitación verbal y frecuente mutismo. Inicialmente, o después de la
fase de mutismo, acostumbran a aparecer alteraciones
articulatorias.
Rareza de las parafasias y ausencia de logorrea.
Defectos de comprensión en más de un tercio de los casos, especialmente en la fase aguda.
Defectos en la denominación en forma de pobreza verbal
que tiende a persistir en fase de secuela.
Frecuentemente existe una alexia que generalmente tiende
a desaparecer rápidamente. En los casos en que la lesión
afecte grave y bilateralmente las zonas cerebrales posteriores, la recuperación es muy limitada.
6. Agrafía frecuente y variable en fase aguda con tendencia
a persistir, a veces permanentemente.
7. Acalculia como fenómeno neuropsicológico acompañante
más frecuente, tanto oral como escrita. Posibles defectos
en el reconocimiento de los dedos.
8. Mejor evolución que en los adultos, tanto en los niños
más pequeños como en los mayores.
L. Barraquer (1976) comentaba, en sus consideraciones sobre «la elaboración de la dominancia hemisférica como un proceso dinámico», que «el hecho
de que las afasias cruzadas de los manidextros...
tengan características similares a las de los zurdos
y, por tanto, también a las infantiles, sugiere que
en tales sujetos existe asimismo una lateralización
hemisférica incompleta de las funciones del lenguaje.
Ello resulta apoyado por el hecho de que la incidencia de afasias cruzadas es inversamente proporcional
a la edad». Estadísticas ulteriores pueden inducir a
revisar este punto.
Ch. L. Ludlow (1980), por su parte, compara el
patrón de los rendimientos verbales del hemisferio
derecho de los pacientes a los que se les ha practicado una comisurotomía, con los de los niños con
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afasia adquirida por lesión hemisférica izquierda y
a su vez con las afasias tipo Broca. 1
Partiendo de una presunta equipotencialidad hemisférica en los niños más pequeños, esta equipotencialidad se iría perdiendo de forma que existiría un
periodo crítico en el cual cada hemisferio podría asumir las funciones verbales. Este periodo crítico fue
introducido por Lenneberg (1967) con las siguientes
consideraciones: si la lesión cerebral se produce antes
de los tres años, la recuperación sería completa y rápida y no se trataría de una verdadera recuperación
sino de una adquisición. Sería más tarde, aunque
antes de los diez años, el momento en el cual se producirían las verdaderas afasias infantiles, pero la
recuperación sería la norma. Cuando la lesión se
produce entre los once y los catorce años la recuperación es menos probable y las características del
trastorno del lenguaje se acercarían a las del adulto.
Estas consideraciones fueron discutidas por Krashen (1973) quien reduce a los cinco años el límite
superior del periodo en el cual es posible la transferencia de las funciones del lenguaje de un hemisferio
a otro. Tal como señala Hecaen (1976), Krashen insistió en que en la serie de Basser (1962) no había ningún caso de afasia por lesión en el hemisferio derecho
después de los cinco años de edad. Este autor comparó la frecuencia de las lesiones del hemisferio derecho en varias series de afasias infantiles, según que
éstas se presentaran antes o después de los cinco
años de edad, con la frecuencia de las mismas en
adultos con lesiones en el hemisferio derecho y constató que a partir de los cinco años la frecuencia era
la misma. Véase más abajo.
Krashen consideró, además, que las investigaciones
con técnicas de audición dicótica en niños, están a
favor de sus hipótesis ya que existe una superioridad
del oído derecho (hemisferio izquierdo) en la percepción de material verbal, hacia los seis años de edad
y una superioridad del oído izquierdo (hemisferio
derecho) en la percepción de sonidos familiares, hacia
los cinco años de edad.
Los estudios psicométricos realizados en niños con
lesiones precoces señalan defectos diferentes según
el hemisferio afectado. Así, Landsdell (1962, 1969)
1. Véase L. BARRAQUER: Hemisferio derecho y lenguaje (en
prensa).
usó el test de Wada (amital sódico) en el estudio de
la lateralidad del lenguaje en niños que presentaban
focos epilépticos debidos a lesiones acontecidas durante la infancia. Este autor observó que los epilépticos con un foco izquierdo pero con una representación verbal en el lado derecho, presentaban unos
coeficientes verbales similares a los epilépticos con
un foco derecho y representación del lenguaje en el
hemisferio izquierdo. Este coeficiente era más elevado en los casos con foco izquierdo y lenguaje en
el hemisferio izquierdo.
Estudios posteriores de B. Milner (1974), han
puesto de relieve, al realizar estudios con el test de
Wada, que la representación del lenguaje en el lado
derecho solamente se observó en 6 (4 %) entre 140
casos cuando la lesión izquierda no fue excesivamente
temprana. Cuando la lesión fue muy temprana, la
representación del lenguaje en el lado derecho fue
mayor (13 %) y aun bilateral (6 %).
Siguiendo en el plano de los estudios psicométricos
cabe citar los trabajos de Fedio y Mirsky (1969),
Woods y Teuber (1973), Rudel, Teuber y Twitchell
(1974) y Rudel y Denckla (1974) , entre otros.
El trabajo de Fedio y Mirsky (1969) fue realizado
en niños epilépticos con focos situados en el hemisferio derecho o el izquierdo o localización centroencefálica. Los resultados muestran que existía un
déficit en el aprendizaje y memorización de los test
verbales en los casos con focos izquierdos, y un déficit en las tareas de memoria no verbal en casos con
focos derechos. No se detectaron datos significativos
en los casos de epilepsia centroencefálica.
Woods y Teuber (1973) estudiaron 36 pacientes
con lesiones prenatales o perinatales de uno y otro
hemisferio y encontraron que los pacientes con lesiones izquierdas tenían unos rendimientos claramente
más bajos en las pruebas verbales, mientras que en
las pruebas visuespaciales y constructivas aparecían
datos contradictorios. Cabe decir, también, que ambos grupos tenían coeficientes globales similares, pero
el coeficiente manipulativo fue siempre inferior al
verbal. Esta diferencia fue tres veces mayor en los
casos con lesión en el hemisferio derecho. Al comparar estos datos con los controles, se observó que
en las lesiones derechas se presentaba solamente un
defecto en las tareas manipulativas, mientras que en
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ORIGINALES
las lesiones izquierdas la disminución de los rendimientos aparecía tanto en las pruebas manipulativas
como en las verbales. En conjunto, las pruebas manipulativas aparecían siempre más bajas que en los
normales, pero el déficit fue mayor en las lesiones
derechas, mientras que las pruebas verbales, afectadas en lesiones izquierdas, se mantenían por encima
de las manipulativas.
Rudel, Teuber y Twitchell (1974) estudiaron 64
niños, la mayoría de ellos con lesiones prenatales o
perinatales; su trabajo se orienta hacia una temprana
especialización de los hemisferios. Así, en el WISC
presentaban una menor y significativa disminución
en las puntuaciones obtenidas en tareas manipulativas (en relación a las verbales) en casos de lesiones
derechas. Lo opuesto, pero no en grado significativo,
ocurría en casos de lesiones izquierdas.
Por otro lugar Rudel y Denckla (1974) observaron
que en niños con dificultades de aprendizaje relacionadas con lesiones pre o perinatales, aparecían muy
bajas puntuaciones en la repetición inversa de dígitos, especialmente en el grupo con lesiones derechas.
Según los autores, este dato se relacionaría con la
necesidad de un esquema espacial derecha-izquierda
que estaría afectado especialmente en casos de lesiones derechas.
Al considerar la realidad anatómica de la asimetría
morfológica macroscópica y aun microscópica de los
hemisferios cerebrales, surgen nuevos elementos de
discusión y de distorsión de la aproximación simplista
a la diferenciación funcional de éstos.
Nos referiremos inicialmente a la revisión que hiciéramos recientemente (J. Peña y L. Barraquer, 1982)
sobre las diferencias hemisféricas a nivel, especialmente, del planum temporale (Geschwind y Lewitsky,
1968; Teszner, Tzavaras, Gruner y Hecaen, 1972;
Witelson y Pallie, 1973; Wada, Clarke y Ham, 1975;
Mc Glone, 1977; J. G. Chi, 1977; Geschwind, Galaburda y Le May, 1979; Galaburda y Geschwind,
1980).
Resumiendo la revisión citada, diremos que el
planum temporale es, en general, significativamente
mayor en el lado izquierdo en los diestros. Así
Teszner y cols. (1972) confirmaron la asimetría y
dieron la cifra de un 64 % de casos con predominio
izquierdo. Wada y cols. (1975) encontraron que la
8
asimetría no solamente afecta al planum temporale
sino también al área de Broca. Los autores han apoyado el origen esencialmente genético de las diferencias interhemisféricas de la superficie del planum
temporale ya que éstas aparecen en cerebros de
niños.
Las conclusiones generalmente aceptadas sobre las
asimetrías del planum temporale se pueden resumir
en los puntos siguientes:
1. Las asimetrías se inician en la fase fetal y
están probablemente determinadas genéticamente.
J. G. Chi y cols. (1977) apoyan la idea de que las
asimetrías anatómicas que estarían implicadas con
la función verbal, podrían establecerse en el último
trimestre de la vida fetal. Witelson y Pallie (1973)
comentan que el niño nace con una capacidad biológica preprogramada para el procesamiento de los
sonidos del lenguaje. Esta capacidad preprogramada
no sería una realidad rígida, tal como lo demuestran
las lesiones hemisféricas precoces. Una asimetría
morfológica predeterminada contribuye al establecimiento de un patrón definido de la representación
cerebral del lenguaje después de una lesión precoz
del hemisferio predispuesto.
2. Existe un continuum de asimetría interhemisférica y se halla todo tipo de gradaciones. Esto sugiere distintos grados de dominancia.
Conviene decir, dado el interés del tema, que en
niños con determinadas formas de dislexia del desarrollo se ha hallado que las funciones verbales están
menos lateralizadas (como si tuvieran dos hemisferios
derechos).
3. Generalmente, los zurdos se diferencian de los
diestros, porque se observa con mayor frecuencia
una ausencia de asimetría morfológica o porque el
grado de asimetría es menor.
El hecho de que la asimetría del planum temporale
sea más importante en adultos que en niños estaría
a favor de la existencia de un desarrollo de éste durante la maduración.
Es preciso añadir, además, que la existencia de
asimetrías anatómicas se relaciona con diferencias funcionales observadas mediante distintas técnicas experimentales. Estudios de Eimas y cols. (1971) mos-
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traron que el niño durante el primer mes de vida
presenta una percepción de fonemas de la misma
forma que los adultos. También es importante añadir
que los estudios de Molfese (1972), con técnicas de
potenciales evocados, ponen en evidencia tanto en
recién nacidos como en adultos la existencia de una
diferencia entre las respuestas de los hemisferios que
depende de que el estímulo sea verbal, sonoro, melodías o ruido.
Crowell y cols. (1973) han demostrado que existen
diferencias en la activación fótica hemisférica en el
segundo día de vida y que se insinúa un predominio
madurativo visual del hemisferio derecho.
El conjunto de observaciones, según comenta Hecaen (1976), está en la línea de las investigaciones
neurofisiológicas de distintos autores y especialmente
de P. Goldman y cols. (1970, 1971, 1972, 1973), los
cuales sugieren que la preservación de una función
determinada puede resultar de la actividad de otras
áreas de desarrollo que sustituyen en su papel a la
región destruida. Goldman (1972), realizando destrucciones selectivas de la región frontal en simios, arguye
que la restitución de la función que sigue a la lesión
precoz de un área determinada, depende de la maduración de estructuras funcionalmente asociadas a
ella. Si estos sistemas intactos permanecen funcionalmente inmaduros «no comprometidos», en la época
en que sobreviene la lesión, son capaces, en razón
de su propia plasticidad, de asegurar la función del
área extirpada. Por el contrario, si están funcionalmente «comprometidos», no son capaces de tomar
sobre sí «esta nueva responsabilidad». La propia Patricia Goldman ha sugerido la posible aplicación de
estos conceptos al campo de las afasias infantiles. La
maduración asimétrica de los hemisferios, más precoz
por parte del izquierdo, permitiría que el menor «no
comprometido» en tal momento, pudiera asegurar las
funciones verbales en una misión compensadora, al
tener lugar una lesión temprana del hemisferio izquierdo. En cambio, la misma maduración pronta de
este último no le permitiría compensar de igual manera las consecuencias de las lesiones del hemisferio
derecho, que comportarían trastornos permanentes de
las funciones visuespaciales.
En casos de falta de estimulación verbal, no se
produciría la normal activación de las áreas corres-
pondientes del hemisferio izquierdo y la capacidad
funcional de estas áreas estaría limitada. En este sentido podemos citar el caso de Curtiss (1977), referenciado por Ludlow (1980). Se trataba de una niña
que permaneció aislada desde la infancia hasta los
13 años y medio. Nos dice la referencia de Ludlow
que después del descubrimiento de la niña y en una
terapia inicial, empezó a adquirir vocabulario a una
velocidad increíble. Después de dos años de terapia
intensiva su sistema fonológico era inmaduro, su lenguaje espontáneo muy desprovisto de sintaxis y su
comunicación se realizaba básicamente usando palabras aisladas. Las investigaciones realizadas con potenciales evocados, técnicas takistoscópicas y audición
dicótica señalaban que la lateralización del lenguaje
era derecha. Estos hallazgos hacen pensar, comenta
Ludlow (1980), que la dominancia hemisférica para
el desarrollo del lenguaje, disminuye con la edad.
Comentando posibles suplencias intrahemisféricas,
Hecaen (1976) sugiere, además, que el área de Broca
no parece estar definitivamente «comprometida» a
los 12 años. La resección de un tumor de tal topografía no entrañó una afectación (más que mínima y
transitoria) del lenguaje, en un paciente de esta edad.
Cuando, siete años más tarde, la masa tumoral recidivante (se trataba de un astrocitoma) se extendió
subcorticalmente, la afasia se hizo aparente, probablemente —comenta Hecaen— por una inhibición
secundaria del proceso de compensación.
La paradoja aparente entre la diferenciación morfológica innata del hemisferio izquierdo y la evolución de las afasias infantiles, puede, en suma, ser superada, concluye Hecaen, aceptando la existencia de
un «periodo crítico», durante el cual se requiere el
concurso de estímulos. específicos para el desarrollo
definitivo de las potencialidades funcionales del área
preformada en el hemisferio izquierdo. Cuando esto
no puede ocurrir, «una región menos especializada
podrá asegurar la función, sea a nivel inferior, sea a
expensas de otras funciones que normalmente asegura
ella misma». Las suplencias intrahemisféricas toman
parte en esta elaboración. Si las diferentes zonas del
hemisferio izquierdo poseen diferentes estadios de
maduración o representan substratos privilegiados para
ciertos tipos de rendimiento verbal, poseen, de una u
otra forma, una capacidad general para prestar so-
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porte a todos los aspectos del lenguaje. Esta vertiente
de reorganización intrahemisférica aparece apoyada
por las concepciones de J. W. Brown (1975), quien
personalmente va más allá que Hecaen en sus hipótesis sobre la inespecificidad de los síndromes afásicos
topográficos a lo largo de la elaboración de la lateralización funcional hemisférica y, más concretamente,
de la especialización intrahemisférica.
Woods y Teuber (1978) en un trabajo fuertemente
crítico acerca de las ideas vigentes en la estimación
de los problemas suscitados por las afasias infantiles
difieren considerablemente de las descripciones al
uso, pudiéndose concretar tres puntos:
1) Para ellos, las lesiones del hemisferio derecho
no dan lugar a trastornos afásicos, en la infancia,
con una frecuencia mayor, realmente valorable, de
lo que ocurre en el adulto (afasias cruzadas en los
manidextros).
2) Aunque la recuperación de los trastornos afásicos es mejor en las lesiones precoces que en las de
instauración ulterior, el tiempo que se necesita para
la recuperación no se correlaciona con la edad de
aparición del cuadro, esto es, de las lesiones.
3) «Aunque pueda ser exacto que la afasia infantil tiende a ser fundamentalmente de tipo no fluente —afirman—, puede haber excepciones, cual una
afasia con jerga en un niño de 5 años.» Quizá valga
la pena advertir, no obstante, que este paciente no
había sido explorado por los autores cuando era
niño, siéndolo tan sólo a los 21 años, cuando sus dificultades en la esfera del lenguaje eran bastante moderadas.
Woods y Teuber (1978) estiman que los estudios
sobre afasia infantil antiguos, anteriores a la introducción de los antibióticos y de otras medidas terapéuticas modernas (entre 1930 y 1940), deben incluir,
en realidad, muchos sujetos con lesiones hemisféricas
bilaterales. Y lo mismo ocurriría probablemente,
según ellos, en el trabajo de Basser, cuyos enfermos
habían sufrido hacia aquella época pretérita su lesión
cerebral. Aducen, en apoyo de este criterio sobre la
naturaleza lesiona1 topográfica de los casos antiguos,
el que en un tercio de ellos se aduzca una etiología
infecciosa.
10
Por todo ello, Woods y Teuber se muestran en
favor de una especialización precoz de hemisferio izquierdo en el lenguaje. A ello suman su experiencia
según la cual en los niños en los que se instala precozmente una hemiparesia derecha, se encuentran
rasgos manifiestos de una afectación persistente, siquiera sea sutil, de una serie de tareas no lingüísticas. «Nuestra interpretación de estos resultados —comentan— es que debe pagarse un precio para la aparente preservación del lenguaje y que este precio recae en ciertas capacidades no lingüísticas.» «Pero
—añaden— se acepte o no esta interpretación, la
equipotencialidad inicial de los dos hemisferios cerebrales y la plasticidad del cerebro humano frente a
lesiones posnatales precoces puede haber sido sobreestimada.»
Para Woods y Carey (1979), la edad promedio al
ocurrir una lesión en los niños que se recuperan de
una afasia es de 4,7 años. Pero subrayan que aun en
los casos en que el trastorno adquirido resulta de una
lesión unilateral no progresiva, la recuperación del
lenguaje es menos completa de lo que generalmente
se supone.
Los datos que indican una lateralización muy temprana de las funciones verbales en el hemisferio izquierdo se podrían compaginar con los hallazgos de
las afasias infantiles, de las hemisferectomías, etc., si
se acepta la existencia de una capacidad de reorganización funcional, que a su vez dependería del momento evolutivo en que se halla el cerebro al acontecer la lesión, y de la localización y tamaño de la
misma. La reorganización se realizaría a expensas de
las capacidades no verbales solamente en lesiones
muy tempranas.
RESUMEN
Los autores revisan las manifestaciones clínicas de
las afasias infantiles, insistiendo en sus características fundamentales: reducción de la expresión, trastornos articulatorios, rareza de parafasias, ausencia
de logorrea, relativa preservación de la comprensión
(ésta estaría afectada en un tercio de los casos) y
buen pronóstico.
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A continuación exponen los problemas, planteados por los datos que indican la muy temprana especialización funcional del hemisferio izquierdo en el
lenguaje, la rápida recuperación de la función verbal
en la afasia infantil, la presencia de afasia por lesión
derecha, muy especialmente en edades anteriores a
los cinco años, y discuten los conceptos «periodo
crítico» y «reorganización funcional».
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(Sintomatología, tratamiento)
por Claire Dinville. Prefacio de
S. Borel-Maisonny.
por D. Colin
Versión castellana de M.ª Dolores Suriá.
Un volumen de 112 páginas; formato
13,5 × 21 cm, encuadernado en rústica.
1980.
Editorial Masson, Balmes, 151 - Teléfono 217 98 54.
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PRECOZ DEL
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para padres y educadores
12
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Un volumen de 112 páginas, con 19 figuras; formato 13,5 × 21 cm, encuadernado en rústica.
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TRASTORNOS
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por C. Dinville.
Prefacio del Dr. B. Vallancien.
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Versión castellana de M.ª Dolores Suriá.
Un volumen de 120 páginas; formato
13,5 × 21 cm, encuadernado en rústica.
1978.
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