Por Zenaida Ferrer

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Tita
Por Zenaida Ferrer
El fuerte olor de cabello de negra chamuscado se desprendía de
esa casa desde bien temprano en la mañana, cuando Tita
calentaba las tenazas con que estiraba “las pasas” de sus
clientas.
Ella era una mujer negra imponente: no muy alta, pero tampoco
baja; senos túrgidos y provocadores, cintura estrecha, glúteos
altos, voluminosos, soportados por muslos tersos y piernas
delgadas, típicas de su raza.
Cada amanecer la emprendía con su agotadora faena de pasar
peina caliente, poniéndose un pañuelo en la cabeza para
sujetar las hojas de salvia con que cubría su frente, tal vez
en evitación de un posible dolor de cabeza.
Las mujeres iban llegando a embellecerse y ella, peluquera
improvisada, preparaba los utensilios encendiendo el carbón
vegetal que, inicialmente despedía un aromático olor a bosque,
y que luego, cuando ya el peine y la tenaza estiraban el
cabello, impregnaba el ambiente de un humo pestilente a grasa
quemada.
Gruesas gotas de sudor iban bañando el rostro y la entrada de
los senos de Tita, y sus ojos, pequeños, con el iris azulado a
causa de una incipiente catarata, casi permanecían cerrados,
mientras repetía el rítmico movimiento de sus manos y brazos
estirando pelos, apenas por un peso.
Pero Tita no solo era conocida en el barrio por su peluquería,
ni porque era costurera de hacer remiendos y empates. No. En
el vecindario, las lenguas viperinas entretejían historias, al
convertirla en el centro de habladurías mal intencionadas.
¿Envidia de mujeres insatisfechas?, ¿despecho de hombres
ignorados?, ¿certeza de brujera que hacía maleficios? Vaya
usted a saber.
-Es medio santera.
-Le clava alfileres a muñecos de trapo que ella misma hace,
para invocar al mismísimo diablo.
-Hace maleficios para matar al pobre marido.
-A nadie se le ocurra mirarla de frente, porque puede
convertirte en lagartija.
-Tan pronto cae la noche, echa al hijo y al marido a la calle,
para recibir al querido.
Escuchaba
esos
comentarios
y
muchos
otros,
desde
mi
inadvertida posición de niña pequeña, pero mi imaginación
volaba estimulada y ponía en guardia al duendecillo de la
curiosidad.
Vivíamos pasillo por medio, en casas de madera, desde cuyos
interiores salían todos los ruidos, música y hasta
conversaciones, siempre y cuando, de la parte de afuera,
estuviera alguien queriendo escuchar. Así que no me era
difícil montar guardia en mi pasillo y pegar el oído a la
pared de la morada de la fatídica hembra.
Y digo hembra con toda intención: quien conociera a Tita, de
inmediato notaba la sobresaturación de hormonas femeninas, sus
poses de “tengo mucho para darte”, su sexualidad a flor de
piel, sus olores de perfumes baratos mezclados con hierbas, que en esa alquimia sí que era experta-. Eso me impresionaba
sobremanera.
A mi escondite me llegaban fragmentos de conversaciones con
sus clientas, regaños rudos a su adolescente hijo, peleas con
su marido, muchas veces utilizando palabras soeces, y algo de
sus cantos ininteligibles, cadenciosos y en una lengua
extraña. Español no era, de eso sí estoy segura.
Una vez oí conversar a mis hermanas, una de las cuales
preparaba su ajuar de bodas. –Tienes que hablar con Tita. Ella
hace unos “bobitos” muy atrevidos, dijo una. Así hablaban en
relación con la ropa íntima atractiva que debía ser usada en
la luna de miel, lo cual era parte del reconocimiento tácito
que hacían las mujeres a Tita en cuanto a las cosas
relacionadas con el sexo.
Vigilando y vigilando, en portales oscuros como boca de lobo,
pues ni una luminaria había en el barrio, de verdad que varias
noches después de interminables peleas, vi salir a padre e
hijo con rumbo desconocido. Tita se quedaba sola. Había música
en su casa y olor a albahaca, a infusión de tila, a sahumerio.
Como era lógico, no podía permanecer afuera de noche, así que
nunca supe, si venía el amante, ni quién era, ni a qué hora
regresaban el esposo y el descendiente.
Pero, una noche, mis hermanas mayores se preparaban para ir de
fiesta, y una quiso pasar a casa de Tita a que le retocara el
peinado. Sigilosamente me pegué a su saya y fui con ella. Mis
ojitos quedaron deslumbrados, cuando Tita entreabrió la puerta
de su casa y apareció vestida solamente con una combinación de
ropón corto de encaje negro y una bata abierta de seda rosada,
cargada de lentejuelas y
pedrería.
“Es una diosa”, pensé.
-Estaba esperando a su querido, dijo enseguida mi hermana al
llegar a casa.
-Qué desvergüenza, acotó mi madre.
Así un día y otro, Tita daba de qué hablar.
Pasaron meses, años, no sé, un día el marido no estaba más,
había muerto al caerse en la calle, borracho a más no poder.
Tita se vistió de luto como correspondía, de negro cerrado por
un tiempo, luego de blanco, gris y negro combinados. El hijo
crecía y un poco que la culpaba de ese trágico fin del padre,
pero nada cambiaba en la rutina.
Llegada la complicidad de la noche, como una sombra, llegaba
el amante.
Unas decían que era un hombre de muy buena familia, que tenía
esposa e hijos; otras, que era un tarambana, músico y medio
poeta, que venía a verla cuando no andaba de parranda por
otros lares, lo cierto es que días más, días menos, de la
morada de Tita salía esa música amelcochada con que recibía a
su amante con todas las luces apagadas, y el olor a incienso,
a hierba quemada flotando en el aire.
¿Quién se cansó primero? ¿El querido?, ¿ella misma?, ¿la
presión del hijo ya joven y fuerte?, ¿o las vecinas se dieron
por vencidas y dejaron en paz a los amantes?
No lo supe antes, no lo sé ahora, porque la vida corre de
prisa y me tocó irme del pueblo a estudiar fuera de allí.
Cuando volvía a mi casita, siempre iba a saludar a Tita. La
última vez que la vi, lloramos juntas. Ya yo era una mujer de
más de 20 años y ella una anciana con los ojos totalmente
velados por una telaraña blanca que le impedía ver.
-Soy Zenaida, la hija de Juan y Catalina, dije mientras me
acercaba a su sillón y le tomaba las manos.
Ella suspiró hondo y atrayéndome hacia sí, exclamó con
lágrimas corriendo por su rostro, todavía terso a pesar de los
muchos años:
-No puedo verte, no puedo verte, pero sé que escribes, mi
nieta me lee tus trabajos en el periódico. ¿Podrías contarles
a todos que solo he sido una mujer intentando ser feliz?
Y me dio un sonoro beso que me llegó al alma.
Imagen: Anabel Saldaqui
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