El teatro del primer tercio del siglo XX

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APUNTES PARA TEATRO ESPAÑOL
Carlos Alberto Crida Álvarez
7. El teatro del primer tercio del siglo XX
El teatro de comienzos del siglo XX
Paralelamente, a los esfuerzos de los dramaturgos que buscaron la renovación
del teatro burgués español desde finales del siglo XIX, como Jacinto Benavente, y la
dignificación del costumbrismo del género chico, algunos escritores de la
Generación del 98, cultivaron un teatro muy personal.
Las obras dramáticas de Miguel de Unamuno (1864-1936) apenas tienen
relación con el teatro de su época, pues presentan la línea filosófica unamuniana
habitual; de ahí que obtuviera un éxito más bien escaso. Casi todo su teatro es de
contenido trágico y gira en torno al problema de la personalidad. Temas como la
indagación de la espiritualidad individual, la fe como «mentira vital» y el problema de
la doble personalidad son tratados en La Esfinge (1898), La venda (1899), Sombras de
sueño (1926), El otro (1932) o El hermano Juan (1934). Asimismo, Unamuno
actualiza la tragedia euripidea en Fedra (1918) y traduce la Medea (1933) de Séneca.
El teatro unamuniano presenta las siguientes características:
• Es esquemático, está despojado de todo artificio y en él solo tienen cabida los
conflictos y pasiones que afectan a los personajes. Esta austeridad es influjo de la
tragedia griega clásica.
• Si los personajes y los conflictos aparecen desnudos, la escenografía también se ve
despojada de todo artificio. Es una escenografía simplificada al máximo.
• Lo que realmente le importa es presentar el drama que transcurre en el interior de
los personajes, reflejo de su problemática personal.
Con la simbolización de las pasiones y la austeridad de la palabra y la
escenografía, el teatro unamuniano entronca con las experiencias dramáticas europeas
y abre un camino a la renovación teatral española, que será seguido por Ramón del
Valle-Inclán, Azorín y, más tarde, por Federico García Lorca.
José Martínez Ruiz, alias “Azorín” (1873-1967), siempre sintió gran afición
por el teatro, pero escribió, tardíamente y con escaso éxito, algunas piezas teatrales,
en las que suprimió la escenografía e hizo uso de lo maravilloso con el fin de crear un
vago ambiente de misterio. Sus obras teatrales son: Old Spain (1926), Brandy, mucho
brandy (1927), Comedia del arte (1927) y la trilogía Lo invisible, vinculada a la
estética del expresionismo, de la que forman parte La arañita en el espejo, El segador
y Doctor Death, de 3 a 5, considerada por algunos críticos como su mejor producción
dramática. La intención de Azorín era liberar el teatro español de todo provincianismo
y elevarlo a la categoría de teatro europeo. Pero la mentalidad española no estaba
preparada para asumir estas nuevas propuestas dramáticas. De ahí que el teatro
azoriniano, al igual que el de Ramón María del Valle Inclán y el de Miguel de
Unamuno, tuviera escaso éxito.
El Modernismo también influyó sobre el arte escénico de comienzos del siglo
XX produciendo un teatro poético en verso, cuyas características son:
• el predominio del elemento decorativo (escenografía, ambiente pseudo-histórico,
versificación sonora) y
• la temática basada en motivos exóticos o en el pasado tradicional español.
Dichas características del teatro poético lo enlazan al teatro romántico de la
primera etapa. El teatro poético fue de escaso contenido dramático, por lo que produjo
pocas obras de valor literario.
Sus principales cultivadores fueron Eduardo Marquina (1879-1946),
Francisco Villaespesa (1877-1936), Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936) y
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Manuel Machado (1874-1847), quien escribió una serie de piezas de teatro en verso,
en colaboración con su hermano Antonio Machado (1875-1939).
Eduardo Marquina (1879-1946) triunfa en teatro con Las hijas del Cid (1908),
a la que siguen Doña María la Brava (1909), En Flandes se ha puesto el sol (1910),
La alcaldesa de Pastrana (1911), El rey trovador (1911), El retablo de Agrellano
(1913) y La danza de la cautiva (1921). También escribió comedias en prosa de tema
contemporáneo, como Cuando florezcan los rosales (1913).
Francisco Villaespesa (1877-1936), quizá el mejor y más fiel discípulo de
Rubén Darío en la estética modernista, escribió piezas teatrales tan populares como El
alcázar de las perlas (1911) o Aben-Humeya (1913), personaje histórico ya tratado
por el dramaturgo romántico Francisco Martínez de la Rosa en su Aben-Humeya o La
rebelión de los moriscos (1836). Su teatro es en su mayoría de naturaleza histórica, y
en él domina la gran escenografía y el lujo formal.
Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936), en relación al teatro y a las artes
escénicas, fue actor, adaptador, traductor, escenógrafo, director teatral, productor
teatral y sobre todo, dramaturgo. Desde sus comienzos literarios mostró una atracción
por el mundo del escenario, por lo que escribió numerosas obras de teatro, que pasan
por diferentes fases.
Su primer ciclo es el correspondiente al teatro modernista. A él pertenecen El
marqués de Bradomín (1906), en que retoma el personaje de sus novelas modernistas
(Sonatas), y El yermo de las almas (1908). Luego pasará por otras etapas, con obras
que presentan un continuo contraste entre lo sentimental y lo grotesco, hasta llegar al
teatro del esperpento.
Manuel Machado (1874-1847) escribió una serie de piezas de teatro en verso,
de ambiente andaluz, en colaboración con su hermano Antonio Machado (18751939), como la conocida comedia en tres actos La Lola se va a los puertos (1929).
El argumento es el siguiente: Lola es una bella cantaora de flamenco de San
Fernando (Cádiz). Todos los hombres la desean, incluido el hacendado Don Diego,
quien la invita a su finca en Sanlúcar de Barrameda. Allí Lola conoce a José Luis, el
hijo de Don Diego, que quiere a la Lola para él, pero Lola rechaza a ambos pues solo
le interesa el cante. La obra fue llevada al cine en 1947, dirigida por Juan de Orduña,
y 1993, dirigida por Josefina Molina. Asimismo, Ángel Barrios hizo una versión en
zarzuela (1951). Por su parte, la cantante Rocío Jurado editó un disco de coplas con el
mismo título (1993).
Otras obras de los Machado fueron La duquesa de Benamejí, La prima
Fernanda, Juan de Mañara, Las adelfas, El hombre que murió en la guerra y
Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel.
Valle-Inclán, Miguel de Unamuno y Azorín se enfrentaron directamente al
teatro comercial vigente a principios del siglo XX. Estos tres literatos mostraron una
clara oposición al teatro realista, costumbrista y de corte burgués que tanto éxito tenía
en los escenarios, cuyos máximos exponentes en ese momento eran Jacinto Benavente
y los hermanos Álvarez Quintero, como antes lo había sido José de Echegaray con su
teatro neorromántico, si bien cada uno de ellos ensayó una técnica diferente que
condujo a un teatro muy personal, que obviamente no tuvo éxito en su época, a pesar
de su valor literario.
Por su parte, Jacinto Grau (1877-1958) se apartó del decorativismo fácil de la
fórmula modernista, pero también del tono y los motivos superficiales de los
comediógrafos del momento, intentando crear un teatro de altura, en verso, a partir de
los viejos símbolos de la tradición literaria, como El conde Alarcos (1917), El hijo
pródigo (1918), El señor de Pigmalión (1921), El burlador que no se burla (1930), en
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las que demuestra un gran conocimiento de los recursos del teatro europeo
contemporáneo y una excelente construcción escénica. Después de la Guerra Civil
continuó su producción en Argentina, obteniendo importantes éxitos internacionales
con su farsa Las gafas de don Telesforo (1949) y el drama Destino (1945), entre otras
obras.
Con respecto al género chico con calidad literaria se debe mencionar a Carlos
Arniches Barreda (1866-1943), quien es el continuador del sainete madrileño, a la
manera en que lo cultivó Ramón de la Cruz en el siglo XVIII y Ricardo de la Vega a
finales del siglo XIX. Comenzó escribiendo libretos para zarzuelas y sainetes
musicales.
Entre 1915 y 1916 publicó en la revista Blanco y Negro lo que él mismo llamó
“cuadros de ambiente popular madrileño”, los cuales fueron reunidos por su autor
bajo el título Del Madrid castizo. Sainetes rápidos y publicados en 1917. Arniches
escribió estas piezas pensando más en su lectura que en su puesta en escena.
Se trata de sainetes; por lo tanto, de piezas breves de no más de dos actos, que
presentan dominio de construcción, y donde prima la palabra aguda, la gracia
dialogística, el golpe imprevisto, la ocurrencia inesperada, el ingenio y la ironía, pero
donde también se abusa de la dilogía (doble sentido de las palabras) y del retruécano
(juego de palabras por el cual se invierten los términos de una proposición o cláusula
en otra subsiguiente para que el sentido de esta última forme contraste o antítesis con
el de la anterior).
Arniches, dotado de un profundo sentido de observación, supo calar hondo en el
alma del pueblo madrileño, del cual presenta una síntesis artística, en la que aparece
toda una gama de tipos, de ambientes, de circunstancias, recreados con arreglo a su
personal visión y no simplemente como un documento de época. Fue un escritor
comprometido, un escritor social, por lo que sus obras denuncian y critican la
sociedad según el espíritu reformista presente en la Generación del 98. Su finalidad
fue didáctico-moral. En sus obras aparece siempre una exaltación de la bondad y una
visión optimista de la vida, que se hace presente en los finales felices, una vez
superadas las adversidades, las maldades, los errores, las incomprensiones.
Arniches pretende llegar a lo hondo del corazón humano mediante un perfecto
dominio de la técnica del contraste que mezcla la risa y las lágrimas, es decir,
apuntando a la sensibilidad del público para extraer una emoción humana auténtica.
Junto a esta veta sentimental de su teatro, se halla el aspecto poético, de auténtico
lirismo que se presenta de manera explícita o es solamente insinuado.
Asimismo, Carlos Arniches cultivó la llamada tragedia grotesca, en la que se
funde lo dramático con lo caricaturesco, como en La señorita de Trevélez (1916) y Es
mi hombre (1921), piezas en las que se mezcla lo melodramático y moralizante con la
emoción trágico-cómica.
7.1. El zapatero filósofo o año nuevo, vida nueva
En el sainete El zapatero filósofo o año nuevo, vida nueva, Arniches hace una
observación crítica de la sociedad madrileña de su tiempo y se debate entre la
denuncia y la resignación, entre el afán de cambio y el escepticismo sobre la
posibilidad de lograr un cambio. Presenta el eterno choque entre idealismo y realidad,
o sea el típico dualismo que encontramos en la literatura española de todos los
tiempos, como en La Celestina, El Quijote, la poesía y el teatro barrocos, al igual que
en tantas otras obras y períodos. Se contrasta un plano escéptico, pesimista, de la vida,
con un plano pragmático de salida momentánea, circunstancial, ante los problemas.
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El sainete está estructurado externamente en un acto, con tres escenas. El
tema es el choque entre realidad e ilusión, cuya resolución es pragmática, según la
filosofía del personaje central: el amoldarse (acomodarse) a las situaciones, a las
circunstancias; y está presentado en tono jocoso.
Después de una serie de incidentes y complicaciones se llega a un final feliz,
pero se trata de una felicidad limitada, condicionada, pues solo se logra superar la
contrariedad momentánea, no el problema de fondo, que es la pobreza. Hay una
aceptación de la realidad y una búsqueda del placer dentro de los límites existentes e
impuestos por las circunstancias. Es decir que triunfa el carpe diem.
Los diálogos son vivaces y con contenido, y se hace uso de una lengua
coloquial, muy popular e inculta, con el fin de provocar situaciones cómicas, logradas
a través del uso de un número importante de figuras retóricas de pensamiento (como
la antítesis, la hipérbole, el símil, la ironía), los juegos de palabras (como el calambur,
el retruécano, la dilogía), los tropos (como la sinécdoque, la metonimia y la
antonomasia) y de neologismos.
Los personajes son tres: un matrimonio muy pobre y un amigo de la pareja:
 Nicasia, la esposa, es un personaje pesimista que maldice su suerte, maldice su
casamiento, que desea haberse muerto o que se hubiese muerto su marido. Es el
personaje sobre el cual recae toda la desgracia y cuyo conflicto personal no
encontrará salida.
 Sidonio, su esposo, zapatero remendón, es un personaje bonachón, cuya mayor
diversión y mayor defecto es la bebida. Acepta su situación económica, su
realidad, sin buscar una salida, pues, según su filosofía, un cambio personal no
ayudaría en nada si no cambiase toda la sociedad, como afirma al final de la pieza.
Se conforma con pequeños placeres, engañando a su pobre mujer.
 Melanio, el amigo, es más bien un actante, un personaje mediador e interlocutor de
Sidonio, que permite que la obra tenga un desenlace.
El argumento es el siguiente: Es 31 de diciembre y en el paupérrimo hogar de
Sidonio y Nicasia no tienen con qué festejar la Nochevieja. Para peor Sidonio se ha
gastado en vino y jugando a las cartas las pocas pesetas que tenía, lo cual provoca la
ira de Nicasia. Melanio trata de poner paz entre los cónyuges y termina aceptando la
filosofía de vida propuesta por Sidonio.
La pieza comienza en medias res, con un incidente: Sidonio ha regresado ebrio a
su casa; una nueva complicación surge cuando Nicasia se da cuenta de que su esposo
se ha gastado las únicas doce pesetas que tenían. Las monedas restantes funcionan
como actante, que conducirá al clímax y hará que intervenga el amigo de la pareja,
Melanio, a quien Sidonio expone su filosofía de la vida y permite que llegue el
desenlace. La resolución es en apariencia feliz, pues todo queda como estaba, y es de
carácter sexista: los hombres mienten a sus mujeres para que estas queden contentas,
mientras que a escondidas las engañan con los placeres que se pueden dar.
El sainete presenta el conflicto entre idealismo (el afán de cambio) y realismo
(escepticismo ante la posibilidad de cambio), entre ilusiones y pragmatismo, entre una
visión optimista de la vida y otra pesimista.
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El zapatero filósofo o año nuevo, vida nueva
Personas: Señá Nicasia, cuarenta y cinco años, sus labores; Señor Sidonio, cincuenta
y dos años, zapatero remendón; Señor Melanio, cincuenta y cuatro años, casquero.
Decoración: tabuco de una portería en una casa de vecindad de la calle del Salitre.
Es por la noche del día 31 de diciembre.
Escena primera
El señor Sidonio acaba de ser acostado a puñaos en un mísero camastro por la señá
Nicasia , su costilla. El buen zapatero ha salido de paseo vuelve a casa con su
habitual violina, que ha aumentado de tamaño por la solemnidad de las Pascuas que
transcurren. A cada cosa lo suyo.
Señá Nicasia: ( Desesperada , llorosa y recogiendo nerviosamente la ropa esparcida
por el suelo.) ¡Granuja, borracho, ladrón!... ¡So pregonao!... ¡Mal marido!
Señor Sidonio: (Con la voz balbuciente e indecisa del borracho.) Oye, perla: a ver si
no me vas a dar la murga, que no inauguro nada.
Señá Nicasia: ¡Maldita sea tu alma arrastrá, so pellejo!... ¿A ti te paece forma de
volver un hombre a su casa, dando unos traspiés que un día te estrellas?
Señor Sidonio: Que no sé qué acera me gusta más y vacilo. A cualquiera le ocurre.
Señá Nicasia: Pero ¿y las eses que vienes haciendo, so pasmao?
Señor Sidonio: ¿También te vas a meter en la caligrafía?
Señá Nicasia: ¡Anda de ahí, viejo chulo! La culpa la tié mi cuerpo, que te aguanta las
granujás que me estás haciendo... ¡Miá si no me hubiá muerto el día que te conocí!
¡Golfo , más que golfo!
Señor Sidonio: Amos, no me maltrates, chacha, que, al fin y al cabo, eres mi costilla.
Señá Nicasia: Pues eso es lo que me duele en el corazón, lo poco que me ha querido
Dios. ¡Yo costilla tuya!... ¡Yo costilla de cerdo!... ¡Maldita sea!...
Señor Sidonio: ¡Que nos han echao las bendiciones, Nicasia!
Señá Nicasia: ¡Pos si no fuá por eso!... Te iba a aguantar a ti tu nodriza. ¡Miá si no te
murieras!
Señor Sidonio: Pero, señor, total, ¿qué hago yo pa que me pidas la pena de muerte?...
Beberme una copa de tarde en tarde.
Señá Nicasia: ¡De tarde en tarde, y de noche en noche, y de mañana en mañana, que
debías estar abrasao del maldito vinazo!
Señor Sidonio: Todos los hombres soplamos, Nicasia.
Señá Nicasia: Pero si tú no es que soplas, es que huracaneas.
Señor Sidonio: Créeme a mí, deleite: unos chinchón, otros cazalla, otros monóvar,
cualo valdepeñas, quién méntrida, nos diferenciamos en el punto geográfico; pero,
al remate, todos turcas.
Señá Nicasia: ¿Y por qué no imitas el ejemplo del señor Cosme, el marmolista?
Señor Sidonio: Ese es pétreo.
Señá Nicasia: Será lo que quieras, pero no lo cata.
Señor Sidonio: ¡Anda esta!... ¡Pero si bebe más que yo!
Señá Nicasia: Pues yo lo que veo es que vuelve a su casa más derecho que un huso.
Señor Sidonio: (Asombrado.) ¡Derecho!
Señá Nicasia: Sin torcerse lo más mínimo.
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Señor Sidonio: Le pondrán falsilla.
Señá Nicasia: ¡Falsilla!... Y a ti una cuerda en el pescuezo es lo que te debían de
poner.
Señor Sidonio: A mí, como no me colguen de tus brazos, no me colgan, reina de mi
cuerpo. Eso, júralo. (La señá Nicasia le mira indignada.) Anda, ven aquí y
imprímeme un ósculo, chacha.
Señá Nicasia: Y la ha cogido cariñosa el muy arrastrao.
Señor Sidonio: ¡No te mereces que sea pa ti lo Abelerdo y Eloisa que soy!
Señá Nicasia: Pero si tú no quieres ni a la camisa que llevas puesta... a ratos.
Señor Sidonio: ¿Que no?
Señá Nicasia: ¡Querer !... No digo yo querer, si me apreciaras un poco na más, cómo
es posible que me dieras estos disgustos que me estás dando..., que el día menos
pensao, de una corajina de estas, me lleva Dios. (Llora y registra el chaleco.)
Señor Sidonio: (Muy afectado.) Calla, Nicasia. No me hables de tu muerte, que me
estoy viendo con la bandera a media asta y me pongo cardiaco de aflición.
Señá Nicasia: ¡A media asta!... ¡Ojalá!
Señor Sidonio: Nicasia ¿qué dices?...
Señá Nicasia: Bueno, menos pamplinas y a ver qué has hecho de las doce pesetas que
llevabas en el bolsillo.
Señor Sidonio: ¡Las doce pesetas!... (Se tapa cabeza y todo, y luego, ahuecando las
sábanas, asoma un poco las narices.) ¿Tú sabes restar decimales, Nicasia?
Señá Nicasia: Yo lo que sé es que de los bolsillos no te saco más que treinta céntimos.
Señor Sidonio: Pues si tú, que eres el ministro de Hacienda del chaleco, no sacas más
que eso, carcúlate lo que sacaría yo.
Señá Nicasia: Bueno, ¿qué has hecho de las doce pesetas, Sidonio? ¡No me consumas
la pacencia!
Señor Sidonio: Nicasia, no te acalores. Yo te lo contaré todo. ¡Compromisos de los
hombres!... Que uno no quiere quedar mal, ¿sabes gloria?... Verás qué ondisea más
funesta. Figúrate que esta tarde salgo de paseo y, sin saber cómo, por una de esas
cosas fatalistas que hay, ¡zas !, caigo en la taberna del Cervera. Entro sin darme
cuenta, y, ¡plum !, el Califa y el Tirones, que estaban allí. Me ven, se sonríen y me
mandan una circular con el medidor diciéndome que juego al mus menos que un
quinqué de petróleo. Aquello me picó el amor propio, y ya me conoces: a mí,
cuando me pican, me matan. Total: que aceté, nos jugamos tres frascos de tintillo
de Rueda, dos kilos de chuletas y una flor natural a seis juegos, y cuando
estábamos en el bueno, me echaron un órdago a pares que fue mi ruina. ¡Les quise
con medias de sotas y me sacaron cuatro reyes! ¡Tenían que jorobarme a mí los
reyecitos!... Claro, como saben que soy conjuncionista... En epílogo, te haré la
faztura. Seis del gasto, seis; una de puros de a quince escogidos, siete; dos que no
me acuerdo, nueve, y el resto, que no sé dónde lo he echao, doce. Salvo error u
omisión.
Naipes o barajas españolas. 10 = sota; 11 = caballo; 12 = rey. Palos: oro, copa, espada y basto.
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Señá Nicasia: Pos no me sale la cuenta.
Señor Sidonio: Lo mismo me ha pasao a mí, rica. Y eso que he venido haciendo unos
balances que ni el Banco de España; pero hay días que me se ponen los números de
una forma, que no doy ni con el diecisiete que es el de casa.
Señá Nicasia: (Fuera de sí.) ¡Ladrón, más que ladrón! (Le amenaza.)
Señor Sidonio: Oye, tú: no amagues, que me sobrecojo.
Señá Nicasia: ¡Golfo, borracho!... ¡Gastarse doce pesetas y no tener ni qué cenar en
una noche como esta!...
Señor Sidonio: Déjate, tonta; mañana cenamos dos veces.
Señá Nicasia: Pos no, no te lo aguanto..., ¡canalla..., ladrón..., arrastrao! (Golpes,
bofetadas, puñetazos.)
Señor Sidonio: ¡Nicasia, no abuses de mi impuznidá!
Señá Nicasia: ¡Asesino..., granuja! ¡Toma, toma y toma!... (Cada “toma” es un
metido horrible.)
Señor Sidonio: ¡Socorro, que me muerde! (Se levanta espantado en calzoncillos y se
refugia debajo de una mesa. La Nicasia, hecha una fiera, rugiente, desgreñada,
trémula de coraje, enarbola un garrote. En aquel momento aparece el señor
Melanio, vecino, compadre de los contendientes y casquero de profesión.)
Escena segunda
Señor Melanio: ¡Pero qué catacumba habéis armao!... ¿Qué pasa aquí?
Señor Sidonio: ¿Qué quies que pase, hombre, qué quies que pase? (Vuelve a
acostarse.)
Señá Nicasia: Ese ladrón, que me va a matar a desgustos.
Señor Melanio: Amos, Nicasia; cálmate y relata la ocurrencia.
Señá Nicasia: (Secamente.) Yo no relato na.
Señor Melanio: (A Sidonio.) Relata tú.
Señor Sidonio: (Mirando con ira a su mujer.) Re... lata ... ¡Y que lo digas !... ¡No se
puede con estos carázteres, Melanio!
Señor Melanio: Pero tú ¿qué haces en la cama?
Señor Sidonio: Que me ha dao la jaqueca.
Señor Melanio: ¿Quién?
Señor Sidonio: Mi media mandarina. (Señala a Nicasia.)Se ha empeñao en que he
cogío una merluza y me la está friendo.
Señá Nicasia: (Llorando.) ¡Cómo habrá venido de borracho, que me ha querido hasta
besar!
Señor Melanio: ¡Qué bárbaro!... ¡Qué desvaríos!... Bueno; un día te va a dar a ti el
delirio tremen, Sidonio. Que, cuando te calas, llegas hasta lo asurdo. ¡Miá que
besarla!...
Señá Nicasia: (Vase llorando a otra habitación.) ¡Maldita sea mi suerte!...
Escena tercera
Señor Melanio: Y vamos a ver, Sidonio, ahora que no nos oye nadie: ¿por qué no
aprovechas la época pa corregirte, hombre. Ya lo sabes, lo dice hasta el dicho: “Año
nuevo, vida nueva”. Corrígete.
Señor Sidonio: Amos, calla, guasón.
Señor Melanio: Sidonio, que hablo en serio. ¿Por qué no cambias ahora, que estamos
a primero de año?
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Señor Sidonio: (Sentándose en la cama.) Pero, ¿qué hago yo con cambiar, Melanio?...
Si cambiase to lo demás, bueno. Pero ¿qué adelanto con cambiar yo solo? Mira:
mañana mi mujer será tan vieja, tan chata y tan derrengá como de costumbre. La
taberna estará en el mismo sitio: el vino será mejor, si cabe. Me seguirán fiando.
Tú continuarás tan pelma como siempre. Tu sobrina vendrá a que le eche medias
suelas, con ese cuerpo tan regordetillo que Dios le ha dao, capaz de hacer pecar, no
digo yo a un santo, a un santo... ral. Susistirán el impuesto de inquilinato y la
basura en las calles. El pueblo seguirá creyendo que aquí lo que faltan son
políticos, y los políticos, que lo que falta es pueblo... Y lo peor es que los dos
tendrán razón. Las susistencias estarán en las nubes, y los jornales en el arroyo. La
generación del noventa y ocho seguirá creyendo que es más ilustrada que la
“Historia de Don Pirlimpín”, que cada dos versos es una viñeta. Todos seguirán
diciendo que esto está mal, y nadie procurará que esté mejor. El que trabaja servirá
de irrisión al que no trabaja. Las mujeres continuarán cada vez más cortas por
abajo y más largas por arriba... Cambio yo, ¿y qué?... Si yo cambio y no cambia to
lo que me gusta y lo que me disgusta, seguiré siendo unos días malo y otros bueno,
según me arrime a unas cosas u otras. ¿Me explico, Melanio?
Señor Melanio: Sidonio, eres el Chupenaguer de la zapatería. Ahora, que mi ojetivo es
que la pobre Nicasia no sufra contigo lo que sufre. Ese es mi consejo.
Señor Sidonio: Pues cállate, que tóo se pue arreglar.
Señor Melanio: ¿Cómo?
Señor Sidonio: Entra y dile que, en mi deseo de complacerla, la voy a hacer un
cincuenta por ciento de rebaja. ¿Cuántas curdas cojo al mes? ¿Cuatro?... Pues
desde primero de año cogeré dos. Un sábado, sí, y otro, no.
Señor Melanio: Hombre, es un arreglo. Se lo propondré.
Señor Sidonio: Así la contento, y los sábados que tenga vacantes...
Señor Melanio: ¿Qué?
Señor Sidonio: Arrima la oreja. (En voz bajísima.) Me voy a tu casa, y allí, los dos
solitos..., ¿comprendes?... ¿Qué necesidaz tiene nadie de enterarse?
Señor Melanio: (Admirado.) Sidonio, Salomón a tu lao, un Cienhigos.
Señor Sidonio: Digamos que vamos a hacer, y hagamos como que hacemos...,
¿entiendes? Y si no podemos decir: “Año nuevo, vida nueva”, digamos al menos:
“Año nuevo, mentira nueva”.
Telón
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