la justificación de una guerra. - Universidad Complutense de Madrid

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LA J USTIFICACIÓN DE UNA GUERRA. LA PRENSA ESPAÑOLA Y LA TEORÍA DEL “NUEVO ORDEN” EN LA II GUERRA MUNDIAL ANGEL LUIS RUBIO MORAGA Departamento de Historia de la Comunicación Social Facultad de Ciencias de la Información / Universidad Complutense de Madrid La Prensa Española nacida de la Guerra Civil y poco antes de la II Guerra Mundial surge huérfana de muchas plumas y de talleres en buenas condiciones, lo cual se complementa con el clima de exaltación que dominaba todo el país. Desde este punto de vista, puede decirse que existía paridad entre Prensa y opinión pública. No es de extrañar, pues, que cualquier criterio moderado brillase por su ausencia, al menos en un principio. Durante los primeros meses de la postguerra, la propaganda variaba o alternaba entre ataques al comunismo y sus “aliados” ingleses, franceses y norteamericanos y alabanzas desmesuradas a los regímenes de Italia y Alemania. Para los sectores más exaltados, la guerra que se avecinaba era la lógica continuación de la propia. Los enemigos, los mismos: el pasado podrido del liberalismo franco­británico y los nuevos bárbaros del Este, los comunistas rusos. Pero no solo era necesario luchar contra ellos, sino a favor del nuevo orden que sustituiría al liberalismo y al marxismo; por ello se hacía imprescindible unirse sin reservas a las potencias del recién formado Eje. A los menos exaltados les pareció evidente que la URSS había tenido la culpa del desastre directa o indirectamente. Dentro de este grupo habría que incluir al clero, fuerte y seguro tras la victoria y más igual en opiniones que tiempo atrás. Junto al clero, y por diferentes razones, los financieros y la aristocracia veían en la nueva contienda la completa ruptura con un sistema tradicional que les era grato, ya que la gran mayoría sentían una fuerte inclinación por las democracias, aunque su interés estaba más concentrado en la versión capitalista de la sociedad occidental que en la política. Por su parte, la Prensa intervencionista tenía sus valedores en dos fuerzas muy importantes y que, a fin de cuentas, eran las más implicadas directamente: el Ejercito y la Falange. Parece segura la decidida inclinación de las Fuerzas Armadas hacia el Eje y hacia la guerra. Alemania y España podrían, juntas, controlar Europa. Sin embargo, más fuerte que el amor a Alemania era el odio a la URSS, contra la que se había luchado en el propio suelo español. Esto, unido a la tradicional xenofobia dirigida en especial contra Inglaterra y Francia, en menor grado, parecía convencer a las altas esferas militares de que había llegado el momento de tomarse la revancha en condiciones reales muy menguadas. Arriba, como órgano de Falange, se convirtió en el portaestandarte del intervencionismo, máxime teniendo en cuenta que la Falange había dejado de ser eso para llamarse, cada vez más, Movimiento, y el reorganizador del partido era el influyente abogado Serrano Suñer, germanófilo convencido. La opinión pública, como suma de las opiniones de la mayoría del país, como termómetro de la política gubernamental, no contaba. El Estado, y lo mismo la Prensa como expresión suya, no recibía las sugerencias del país. Muy por el contrario, era el país el que debía ambientarse al aire del Estado y de su Partido. A pesar de ello, era evidente que nadie deseaba, dentro del cuerpo trabajador del país, una guerra de prestigio, cuando se había salido de otra de desgaste colosal. EL GOBIERNO FRANQUISTA Y LA PRENSA DE LA POSTGUERRA La Ley de Prensa de 1938 vino a marcar la pauta a la futura actuación de la Prensa en la vida española. La ley, dada en plena guerra, respondía a una rigurosa necesidad de control, no sólo de posibles contemporizaciones con el enemigo, sino también de peligrosas divergencias entre los diferentes grupos que apoyaban al Caudillo. Los directores de periódicos y revistas serían así nombrados por el Gobierno, que de este modo los hacía responsables de sus propios actos y de los de sus subordinados. El margen de libertad, en cuanto a temas y en cuanto a enfoque, era pequeño, por no decir inexistente; las noticias llegaban del Gobierno, las consignas del mismo sitio. El periodismo, por aquel entonces, era una profesión estrechamente vinculada a los intereses del Estado. Puede, pues, hablarse con razón, de un dirigismo completo por parte del Estado y del Partido a él asimilado. La nueva etapa periodística que se inicia con el final de la guerra se fundamenta, en primer lugar, en una cadena de diarios a escala nacional, dependientes de la Dirección General de Propaganda e Información y de la Falange, encabezados en Madrid por Arriba. A su lado quedan, sin formar una verdadera unidad, diarios de raigambre como ABC, Vanguardia, Informaciones o Ya , mientras que los periódicos de tradición republicana moderada como El Pueblo, en Valencia, socialistas como Mundo Obrero y los escasos comunistas que resistieron a la guerra dejaron de aparecer completamente. En consecuencia, el número de cabeceras disminuyó de forma considerable y en las principales capitales sólo quedaron a lo sumo dos o tres diarios representativos de las fuerzas de apoyo al nuevo Estado: la cadena de Falange, los diarios de significación monárquica (ABC, Pensamiento Navarro), al igual que el antiguo Debate de ideología católica­tradicionalista.
­ 1 ­ A ello hay que unir la aparición durante los años 30 de un nuevo medio de difusión, la radio, que fue arrebatando importancia a la Prensa en su labor informativa 1 , motivo por el cual ningún diario alcanzaría nunca tiradas de consideración. Al mismo tiempo, nacieron revistas semanales especializadas, que dependía también, la mayoría, de Falange, es decir, del Estado en su versión ideológica. Para el deporte, se crea Marca , cuyo éxito ha sido y sigue siendo extraordinario. Otras dedicadas a toros (El Ruedo), cinematografía, etc. El Español se encarga de llevar al gran público la actualidad política interna y externa del modo demagógico ya característico. Sin embargo, será en el campo de la política internacional donde a partir de 1940 se encuentra un brillante caudal informativo al fundarse la revista Mundo, íntimamente ligada, en principio, a la Agencia EFE y dirigida por el periodista católico Vicente Gallego, de la redacción del antiguo Debate. Su papel dentro de la Prensa Española en aquella época apocalíptica es decisivo y contará desde un principio con colaboradoras tales como R. Armada, J.C. Banciella, L. Carrero Blanco ­ministro de la presidencia desde 1951­, J. Díaz Villegas, M. Fernández Almagro, los Jiménez Arnau, P. Gómez Aparicio, E. Laorden, R. Luis y Díaz, F. Magaz, P. Merry del Val, A. de Mestas, J. Pabón, A. Palacio Bonorand, A. Revesz, Rodolfo Reyes y J. A. Torrente. Muchos de ellos habían militado en el periodismo católico de la anteguerra. Y si Mundo es la principal referencia del público en cuanto a la información internacional, las fuentes de información tanto para prensa como para radio van a ser canalizadas desde 1939 a través de la recién creada agencia EFE. Esta nueva agencia se valía para su trabajo de dos medios: sus corresponsalías en las principales capitales europeas y americanas y la transmisión, adaptada, de las noticias difundidas por las agencias internacionales o, mejor, exteriores, como la británica Reuter , la francesa Hayas (favorable a Alemania a partir del Armisticio), la germana DNB o la italiana Stefani. LA ESPAÑA DE FRANCO ANTE LA II GUERRA MUNDIAL En los cinco meses que mediaron entre el final de la guerra española y el inicio de la II Guerra Mundial, Franco, que logró la victoria gracias al apoyo de la Alemania nazi y la Italia Fascista, orientaría sus preferencias hacia el Eje germano­italiano y procuraría favorecer su esfuerzo bélico en la medida de sus capacidades. Por el contrario, los derrotados republicanos abrigarían la esperanza de un triunfo de las potencias democráticas que permitiera el restablecimiento de la República. De este modo, aun cuando España no llegó a tomar parte directa en las hostilidades, los españoles vivieron con apasionada intensidad el desarrollo de la guerra mundial y en muchos casos participaron en ella de forma abierta y destacada. En cuanto a la prensa española, al iniciarse la guerra mantuvo un tono pacifista. Aliada Alemania a la Unión Soviética, Franco proclamó la neutralidad absoluta y la prensa del Movimiento se hizo eco inmediatamente de la posición oficial, compartiendo su anhelo porque termine cuanto antes una guerra tan descabellada 2 : “[...] Como cristianos [...] deploramos la guerra, y queremos verla localizada y terminada en el más breve plazo. Como ex combatientes, deseamos a Europa y al mundo entero, sin exclusión, la economía de los dolores y quebrantos que hemos sufrido al modo numantino, por una convicción superior de que servíamos a la causa de Jesús y de la Civilización. Como españoles, proclamamos nuestra neutralidad, que es limpia, dura, estricta, cabal, de primer grado. Neutralidad absoluta, que sólo pueden proclamar los pueblos como España, que tienen Unidad, Grandeza y Libertad”. Otro artículo, también de Levante, pero reproducido de Arriba, y, por tanto, de un valor oficioso nada dudoso, profundiza más en la postura española y sorprende por el tono con que se dirige a unos intervencionistas que no queda muy claro a favor de quién quisieran intervenir, pero que, con cierto riesgo, nos permitimos suponer que de Alemania:
“La neutralidad que el Caudillo impuso, interpretando el interés de España y el mejor modo de servirlo, hace intolerable la aparición de esos “beligerantes interiores” que lo son por dos cosas: primera, porque en alguna forma reciben el oro del soborno de opulentos servicios de “inteligencia”; segunda, porque olvidan cuál fue la causa principal de la muerte de tantos españoles de verdad, caídos en la trinchera o en las checas rojas, por servir el honor y la dignidad de España” 3 . España no puede luchar a favor de un bando aliado al enemigo por excelencia. Cualquier justificación intervencionista dejaba de tener valor a la vista de una alianza tan absurda como la germano­rusa. La verdadera causa de la guerra civil había sido la lucha contra el comunismo. Los muertos les acusarían de traidores si se aliaban a quien había pactado con el diablo. También ABC adopta, quizá con mayor convicción, el patético tono de Arriba y Levante y se suma al clamor por la paz: “Nos hallamos ante los umbrales de una gran página de la Historia Universal. Diríase que esta guerra es una consecuencia de la anterior y que procede directamente de ella. España une su clamor al de 1 Pronto se formó una red nacional estatal de emisoras (RNE), mientras que las locales (URV, Unión Radio Valencia, por ejemplo) se agruparon por lo general en la SER, cadena comercial, sin programas informativos propios. El Diario hablado de las 2,30 o de las 10 de la noche, transmitido por todas las emisoras a la vez marcaba la versión oficial de los hechos 2 Levante, 6 de Septiembre de 1939. Editorial 3 Arriba , 24 de Septiembre de 1939. “Oro para la indignidad”
­ 2 ­ tantas voces desinteresadas e ilustres como se han alzado en Europa moviendo a la paz a los hombres de buena voluntad” 1 . Lo cierto es que, por mucho que la ideología oficial fuera rabiosamente antidemocrática, francófoba, anglófoba, y postulase la recuperación de Gibraltar y la expansión imperial en África, la realidad exigía paz para ejecutar una reconstrucción que no podría financiarse sin ayuda de esas mismas potencias democráticas. Por eso, la reacción de Franco ante el inicio de la guerra fue la única posible: el 4 de septiembre de 1939 decretó la “estricta neutralidad” de España en el conflicto. De todos modos, ello no impidió la identificación con la causa alemana y un apoyo encubierto a su esfuerzo bélico. Las victorias de Alemania en junio de 1940, junto con la entrada de Italia en la guerra, cambiaron la situación. Consumada la derrota de Francia y a punto de iniciarse el asalto alemán contra una Inglaterra aislada, Franco se vio seriamente tentado de entrar en la guerra al lado del eje. El problema era que España no podría soportar un esfuerzo bélico prolongado, dada su debilidad económica, su vulnerabilidad militar y el control naval británico de sus suministros alimenticios y petrolíferos. Por ello, el cauteloso Caudillo aspiraba a tomar parte en la guerra sólo cuando estuviera cerca de su final. Con este fin, el 13 de junio de 1940 España abandonó su neutralidad y se proclamó “no beligerante” en el conflicto. Al día siguiente, la ciudad internacional de Tánger fue ocupada y anexionada al Marruecos español. El día 16, Franco ofrecía secretamente a Hitler su entrada en la guerra a cambio de condiciones: previos suministros alemanes de víveres, petróleo, artillería, y el compromiso de cesión de Gibraltar, el Marruecos francés, el Oranesado y las zonas colindantes a las colonias españolas del África Ecuatorial. Sin embargo, Hitler despreció como innecesaria la costosa oferta de beligerancia española. Aun así, a finales de septiembre de 1940, en plena batalla aérea sobre Inglaterra, Serrano Suñer fue enviado a Berlín para negociar los términos de la participación española en la guerra. Y las autoridades nazis nuevamente defraudaron las expectativas de Franco. Con el fin de buscar una solución a las diferencias, se acordó celebrar un encuentro entre Franco y Hitler en Hendaya el 23 de octubre de 1940. Para entonces, el entusiasmo belicista de Franco se había atenuado debido al triunfo aéreo británico sobre la Luftwaffe en el canal de la Mancha y al mantenimiento por la Royal Navy de su hegemonía en el Mediterráneo. Además, la situación alimentaria interna se había deteriorado ­1940 fue el más duro de los años del hambre­ y los altos mandos militares españoles, en su mayoría monárquicos, se oponían a la política intervensionista. En esas condiciones, durante la entrevista de Hendaya, Franco rehusó comprometerse a una fecha fija para entrar en la guerra si antes Hitler no aceptaba sus demandas. Pero el führer ni quiso ni pudo aceptarlas. No obstante, Franco aceptó firmar un protocolo secreto en el que se comprometía a entrar en la guerra en fecha de su propia elección y en el que Hitler garantizaba futuras compensaciones territoriales en África. Tan sólo unas semanas más tarde, Serrano Suñer, ya ministro de Asuntos Exteriores en sustitución de Beigbeder, hace un nuevo viaje a Berlín. Esta vez parece ser que, más que invitación, se trata de “orden”. Hitler ha preparado minuciosamente la operación para apoderarse de Gibraltar y cortar esta entrada en el Mediterráneo de la flota inglesa, que hasta entonces tenía acobardada a la italiana. Hitler empieza a desconfiar seriamente de la colaboración española. A pesar de ello, los contactos hispano­germano­ italianos continuarían, ya que el Duce deseaba con desvelo una entrevista con Franco. Al mismo tiempo, confiaba en que él conseguiría del Caudillo lo que Hitler no había logrado. Para ello fiaba en sus mejores dotes de persuasión y, en definitiva, en su mejor conocimiento de la psicología latina. Por esto, se concertó la conferencia en suelo italiano, en Bordighera, en febrero de 1941. Sin embargo, dicha entrevista no tuvo consecuencias inmediatas como se había previsto. Las cartas cruzadas entre Mussolini e Hitler indican el desconsuelo de ambos por la ambigüedad española. Y la misma Prensa parece reservarse y verter hacia otro campo sus comentarios, tal y como podemos observar en el editorial de Mundo del día 23 de Febrero: “Lo Primero que echa de ver [...] el observador de la actividad diplomática de España, en relación con el último episodio localizado en Bordighera, es que nuestra Patria está viviendo, por vez primera, después de muchos años de angustioso aislamiento, una política de relaciones exteriores que, sobre reconocernos la alternativa para toda suerte de empresas [...] nos pone en contacto directo con realidades cuya gestión nos estaba vedada o nos era ajena, en tiempos de decadencia [...] Formulado así lo que podríamos llamar “Cuestionario” de la política exterior de España, nada interesa tanto como saber lo que ya, indudablemente, sabemos: que España es oída, que su voz es solicitada, que su existencia en el mapa de Europa representa intervención o colaboración”. El curso posterior del conflicto fue demostrando a Franco que se trataba de una contienda prolongada y, en consecuencia, fue demorando sine die la beligerancia española, a pesar de las reiteradas demandas alemanas para que fijase el inicio del previsto ataque conjunto a Gibraltar. Al mismo fin contribuyó el empeoramiento de la situación económica interna y la exacerbación del conflicto entre militares y falangistas por el control político del régimen. En ese contexto, Franco mantuvo firme su alineamiento con el Eje sin traspasar, por mera incapacidad, el umbral de la guerra. El momento cumbre de esa identificación tuvo lugar en junio de 1941, tras la invasión alemana de la URSS. Bajo el lema “Rusia es culpable”, Franco decidió el envío de la División Azul. En total, 47.000 españoles lucharían en el frente oriental hasta 1944 y 5.000 de ellos perderían la vida en combate. El Caudillo trató de defender esta medida 1 ABC, 2 de Septiembre de 1939. “En la hora decisiva”
­ 3 ­ ante los británicos con una singular “teoría de las dos guerras”: España era beligerante en la lucha contra el comunismo, pero seguía siendo no beligerante en la lucha entre el Eje y el Reino Unido en Europa occidental. Al acabar el año 1941, la guerra había vuelto a ensancharse, a universalizarse, acogiendo dentro de sí a dos nuevos contendientes. Es ahora cuando empieza a ser verdadera guerra Mundial. Japón y Estados Unidos son beligerantes desde el 7 de diciembre, y mientras el primero se abstiene de enfrentarse con la Unión Soviética ­gran fallo del Pacto Tripartito­, el segundo país se engarza con Inglaterra en la lucha con el Eje. La entrada de Estados Unidos en la guerra, los fracasos militares italianos en Libia y el freno de la ofensiva alemana en Rusia fueron socavando la confianza franquista en una victoria final del Eje. En el interior, la crisis entre militares y falangistas estalló en agosto de 1942 y forzó la salida de Serrano Suñer del Ministerio de Asuntos Exteriores y su sustitución por el general Gómez­Jordana. En esas condiciones, el desembarco anglo­americano en Marruecos y Argelia, en noviembre de 1942, frustró las veleidades intervencionistas de Franco. Desde entonces, la diplomacia española fue recuperando un tinte más cauteloso. La caída de Mussolini, en julio de 1943, y la presión de los aliados ­ materializada en un breve embargo de petróleo­ precipitaron el lento giro neutralista: el 1 de octubre de 1943, Franco decretó el retorno de España a la “estricta neutralidad”; en noviembre dispuso la disolución de la División Azul, y en mayo de 1944 suspendió las exportaciones de volframio a Alemania, clausuró el consulado nazi en Tánger y prometió acabar con las facilidades logísticas de los servicios secretos germanos. En definitiva, Franco se plegaba a las exigencias aliadas, decidido a sobrevivir al hundimiento del Eje y del fascismo en Europa. Y para ello apelaba al anticomunismo y al catolicismo de su régimen e iniciaba la operación propagandística destinada a mostrarlo como “el centinela de Occidente” y el estadista que “con hábil prudencia resistió a Hitler y preservó la neutralidad”. LA PRENSA ESPAÑOLA Y LA “NO BELIGERANCIA” El Reich hitleriano va a ser el protagonista de la política europea desde 1936 hasta la guerra, descontando, como es lógico, nuestro conflicto y la aventura italiana en Abisinia. Así, el 25 de noviembre de 1936, Alemania firma con Japón el pacto Anti­Komintern1 , el cual caerá en desuso tras la firma del pacto germano­soviético y un nuevo pacto con objetivos más concretos, el Tripartito, adelantará al primero en importancia. Frente a la lucha ideológica anticomunista del Anti­Komintern –distinguiendo entre la Unión Soviética como Estado y el comunismo como ideología, el pacto Tripartito conllevaba una mayor implicación por parte de los países firmantes, tal y como afirma Mundo: “... el Anti­Komintern no implica ninguna obligación militar, mientras que el Tripartito es una verdadera y propia alianza, que obliga a los firmantes a prestarse colaboración militar si una de las partes contratantes es atacada por una potencia que no esté actualmente en guerra” 2 . Menos clara por los momentos por que atravesaba la guerra, pero contundente, es la referencia editorial de Levante3 en el sexto aniversario del Pacto: “... Nuestra posición de adelantados define por sí sola, la calidad de unos propósitos que no pueden flaquear, ni entibiarse, cuando mayor es el entusiasmo y el tesón de los que nos siguen con el ejemplo. Sería además incongruente que tras habernos ofrecido como experiencia, fuésemos nosotros mismos los que olvidáramos las enseñanzas, todavía impresas en nuestras carnes, a los seis años del Pacto Anti­Komintern”. La tensión en Europa seguiría incrementándose en años sucesivos a la firma de estos pactos, por lo que, como último recurso para evitar un conflicto general, auspiciado por Mussolini, tendrá lugar en 1938 la Conferencia de Munich, el segundo jalón importante en la actividad diplomática europea desde 1936 visto desde la perspectiva de la guerra mundial. ABC de Sevilla, concede a la Conferencia una importancia singular. Desplaza de la primera página a las noticias de la guerra española y dice: “... A la Conferencia memorable de hoy en Munich han precedido síntomas y signos en los Estados participantes en ella que abren el corazón a la confianza... De Mussolini e Hitler ¿qué hemos de decir que pueda acrecer con alguna novedad el juicio que la Historia ha de discernir sobre su actitud de suprema ecuanimidad de prudencia sublime y de abnegados sacrificios en holocausto de la paz europea? El Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Mr. Roosevelt, por su parte, envió... el acento patético de la exhortación a la paz” 4 . No cabe duda alguna de la sinceridad con que se expresa el editorialista de ABC, tanto más cuanto que los elogios tributados al Duce y al Führer son de lo más corriente en la Prensa del momento, y sin embargo no dejan de señalarse las cualidades de los jefes demócratas, cuya escasez en aquellos tiempos era bien notoria. Munich, sin embargo, no servirá para nada. Hitler no se conformó. Exigía más. Y Mussolini veía en la debilidad de las potencias democráticas su propia fortaleza. El 22 de mayo de 1939 se firmaba el Pacto de Acero entre Italia y el Reich, antecesor del Tripartito del año siguiente. 1 Italia se adhirió a este Pacto un año después, el 6 de noviembre de 1937, y únicamente dos años más tarde, en 1939, el triángulo Berlín­Roma­Tokio vino a acrecentarse con la colaboración de Manchukuo y Hungría y la de la España del Caudillo Mundo, 7 de Diciembre de 1941. 3 Levante, 25 de Noviembre de 1942. 4 ABC, de Sevilla, 29 de Septiembre de 1938.
2 ­ 4 ­ El 23 de agosto de 1939 tiene lugar la firma del inesperado Pacto de no agresión germano­soviético. El mismo día de la rúbrica, ABC y Levante publicaban sendos comentarios en los que hacían notar su confusión y la de los ambientes gubernamentales españoles, si bien quisieron ver en dicho pacto una jugada maestra de la diplomacia germana para dividir el campo enemigo ante la inminencia del conflicto: “De genial hemos de calificar la jugada de la diplomacia alemana con Rusia. Ni los demócratas más sinceros podrán negar que desde hace cuatro años las democracias rara vez cosechan más que fracasos, mientras que los Estados totalitarios consiguen triunfo más triunfo...” 1 “Nos enseña esta reanudación de relaciones comerciales y militares de la URSS y el III Reich que la política internacional reserva sus mejores frutos a los soldados y a la audacia política. La sombra de Federico Nietzsche planea sobre al acuerdo que firmarán Ribbentrop y Molotov en el Kremlin.” 2 En ambos casos, pues, se procura ocultar los beneficios que tal tratado podría acarrear a la Unión Soviética como de hecho sucedió con la conquista de los países bálticos y la mitad oriental de Polonia en el plazo de un año. El día siguiente al de la firma del Tratado germano­soviético, ABC escribe, por pluma de J. M. Salaverría, un artículo duro en el que busca a los responsables de la inminente guerra y, aunque sorprenda, parece apuntar directamente hacia Hitler: “... Ahora es cuando puede propiamente hablarse del misterio de las almas. ¿Qué piensan esas pocas personas que tienen en su poder el resorte de las últimas decisiones de la política europea? El psicólogo genial que pudiera leer en la hondura de estas mentes se apoderaría de la clave; sabría si habría de ocurrir un cataclismo que hiera de muerte a la civilización o si todo concluirá en acuerdos y componendas que alejen la tempestad. Pero no habría psicólogo bastante genial que pudiera desvelar el misterio de esas pocas almas decisivas, que tal vez se reduzcan, en última instancia, a una sola. Y esto es lo que admira y, al mismo tiempo, amedrenta: el saber que las más grandes y terribles peripecias históricas del mundo pueden depender de un indescifrable movimiento de voluntad de una sola alma” 3 . Al día siguiente aparece en el mismo rotativo otro editorial: “España, en el momento de iniciar su reconstrucción, desea ardientemente la paz y por esto los españoles han sabido penetrar en las palabras del rey de Bélgica que levanta la voz, llegando a las mismas fronteras del grito, para contener un impulso de locura que corre desatado por los bordes peligrosísimos del abismo” 4 . Y se repite el día 29 en términos muy similares: “España sigue con el más vivo interés el curso de los acontecimientos y los españoles todos, con los más firmes anhelos de paz, hacen votos porque esta sea la rúbrica que garantice el final de un trágico pleito, en virtud del cual las naciones más poderosas y fuertes de Europa se hallan al borde del abismo” 5 . La misma falta de lógica en los motivos que iban a provocar la guerra encuentra Levante, que reacciona de modo parecido a su colega madrileño: “Nos complace haber dicho hace días, aquí mismo, cuando sólo se hablaba de la cuestión de Dantzig, que nuestra posición es finalista. Entendemos por posición finalista o terminal la que pretende solucionar todos los problemas europeos sin acudir a dirimirlos por la guerra [...] Las dificultades que en la solución interfieren las distintas posiciones del Reich y de la Gran Bretaña, servirán, asimismo, para hacer comprender a todos, que la intervención quirúrgica que debe hacerse en Europa es fatal. En otros momentos esas dificultades hubieran llevado a la guerra. Esto es: a la muerte” 6 . EN BUSCA DE J USTIFICACIÓN: LA GUERRA COMO CAMINO AL “NUEVO ORDEN” Es un hecho incuestionable que la guerra comenzó el 1 de septiembre de 1939 por el ataque del ejército alemán a Polonia a causa del asunto de Dantzig y su corredor. Para España, este primer episodio y la subsiguiente declaración de guerra entre Gran Bretaña, Francia y Alemania, es algo ajeno a los intereses del país. De principio, se declara la neutralidad estricta. Ello permite una cierta libertad de opinión a la hora de interpretar cada periódico las responsabilidades de cada cual. Para unos, es el capitalismo internacional el que, al igual que en la Primera Guerra Mundial, provocó a Hitler obligándole a tomar por las armas lo que no costaba tanto otorgarle pacíficamente, máxime teniendo en cuenta que Dantzig era territorio germano desde el punto de vista étnico e histórico. Para otros, fue Hitler el que no quiso aguardar a que los ánimos estuviesen menos exaltados y se sirvió de un pretexto para lograr fines mucho más ambiciosos. En la primera línea hay que situar a la Prensa de FET, y en la segunda, no muy a la vista, a ABC. 1 ABC, 23 de Agosto de 1939. Artículo: “A pesar del pacto ruso­alemán, el gobierno inglés reitera su decisión de prestar apoyo a Polonia” 2 Levante, 23 de Agosto de 1939. 3 ABC, 24 de Agosto de 1939. El secreto inviolable. 4 ABC, 25 de Agosto de 1939. Una hora crítica. 5 ABC, 29 de Agosto de 1939. 6 Levante, 31 de Agosto de 1939. Editorial.
­ 5 ­ De todos modos, la Prensa del Movimiento se mantiene al pairo en los primeros meses de guerra, hasta la guerra franco­alemana de mayo­junio de 1940 en que el poderío militar germano y la debilidad aliada ofrecen la oportunidad de reestructurar Europa en sentido totalitario. Por su parte ABC se atreve a apuntar un juicio que indudablemente respondía a sus deseos: “La opinión suscribe enteramente la tesis de que habiendo Hitler podido obtener Dantzig y el Corredor por negociaciones pacíficas, prefirió incorporarlo al Reich por la agresión sangrienta. ¿Explicación? Dantzig y el Corredor han sido un pretexto para desarticular al Estado vecino y mediatizarlo” 1 . El día 27 de septiembre de 1940 se firma en Berlín el Pacto Tripartito entre Alemania, Italia y Japón. Era el momento de claro esplendor histórico de los países totalitarios. Este pacto descubre los objetivos generales de tales potencias en cuanto a la estructura geopolítica de Europa y Asia Oriental. Todo ello se basa en un nuevo concepto que hará fortuna en la Prensa y en los comentarios cotidianos hasta la inversión de la suerte de las armas: el Nuevo Orden. En 1940, 41 y 42 se repite constantemente, para indicar dos cosas; un nuevo orden interno, que lleve a la consumación de cambios constitucionales decisivos y alejados de las corrientes democráticas, y en este sentido se habla del Nuevo Estado. El otro es el Nuevo Orden que específicamente determina el Pacto Tripartito cuando habla, en el preámbulo, de establecer y mantener un nuevo orden de cosas que tiende a organizar la prosperidad recíproca y el bienestar de los pueblos interesados. Mundo recalca la importancia del Pacto como previsor de posibles nuevas beligerancias. Así como el Anti­Komintern se dirigía sobre todo contra la URSS, éste lo hace contra Estados Unidos, razón que explica el que países tan dispares en intereses y mentalidad como Alemania y Japón uniesen sus objetivos ­ambos temían que los Estados Unidos apoyasen a Inglaterra y China, respectivamente, enemigos de primer orden hasta entonces de germanos y nipones­. La misma finalidad defensiva y de protección del Pacto entiende Levante al día siguiente de la firma: “Otra nueva sorpresa comparable sólo a la que al mundo produjo la conclusión del pacto germano­ ruso nos brinda el día de hoy. En Berlín, los representantes de Alemania, Italia y Japón firmaban un pacto de máxima trascendencia política e histórica. Un pacto, no destinado a la agresión, sino a la defensa. El embajador japonés, en sus declaraciones, lo comparaba con la espada del guerrero. Su misión no es matar, sino proteger” 2 . La prensa española pasará poco a poco a una beligerancia disimulada al lado de las potencias centrales. Es la época de la no­beligerancia , que matiza la neutralidad en un sentido parecido al de los Estados Unidos, pero en dirección contraria. Así, y a falta del cumplimiento del deseo de barrer el comunismo de la Unión Soviética, la Prensa Española basa las consecuencias inmediatas del desarrollo del conflicto en la ya citada teoría del nuevo orden. El nuevo orden significa el triunfo de una nueva forma de concebir el Estado. Este rompe con el liberal en cuanto a la mecánica y con el socialista con la ideología. Mundo diserta sobre ello en un editorial, donde se condensa la doctrina del Nuevo Estado totalitario, del que España había marcado la pauta: “Entre las conmociones que darán al mundo actual, indudablemente, mejor y más justo asiento, España permanece firme y en guardia, segura de cumplir su destino, y no puede por menos de considerar que el camino por ella abierto y recorrido, en el orden político, es el que tantean y buscan ahora otros pueblos, que han tardado más tiempo del que hubiera convenido en recibir su lección respectiva, la lección de un Estado y de una sociedad en quiebra por agotamiento de un período histórico [...] Todo, en el panorama universal, nos mueve al convencimiento de que España, con la victoria de Franco, obtuvo algo más ­con ser mucho­ que la conservación de su vida y libertad. Obtuvo algo que desde hace dos siglos le faltaba: iniciativa histórica. Por eso colabora España en el nuevo orden del mundo [...] Esta doble aptitud para crear y adaptar no la tuvo el liberalismo, que en gran parte vivió de copias y remedos. El Estado nuevo no imita, porque la ventaja suma de su genuino instrumento, el partido único, se cifra en servir de mediador entre aquel, con sus exigencias jurídicas, y el pueblo, con las realidades de cada jornada. Ese tercer término del Partido, entre el Estado y el pueblo, hace imposibles las dualidades que caracterizaban el régimen liberal ...” 3 Las miradas de España se vuelven hacia Francia, fiel defensora de la Democracia y que ahora, tras una derrota breve y rotunda ante los alemanes, debe abocarse a un sistema totalitario, dirigido por Pétain, cuyas medidas iniciales son duramente criticadas por la prensa española: “... Una realidad prejuzga a otra: la de la victoria alemana sobre Francia autoriza a establecer la presunción de que Francia no tiene otro remedio de hacer su revolución: hacerla, no proclamarla. Y si las circunstancias en que se ha producido la tremenda crisis de 1939 han sido de tal naturaleza que la revolución proyectada en el papel por el Gobierno de Vichy no ha surgido, como la española, entre sangre y laureles, razón de más para que sea necesario exigir mayores pruebas de sinceridad, diligencia y eficacia en el cumplimiento del propósito que, muy tenuemente, viene testimoniando el Journal Officiel en sus últimas disposiciones, en línea vacilante que no se atreve a dislocar por completo el dispositivo todavía subsistente en la Tercera República” 4 . 1 2 ABC, 3 de Septiembre de 1939. Crónica de París. Levante, 28 de Octubre de 1940. El Pacto Tripartito, arma poderosa de la paz. Titulares del Diario: “En Berlín se firma un pacto de mutuo apoyo entre Alemania, Italia y Japón. El compromiso extiende la aspiración del nuevo orden europeo a la Gran Asia”. 3 Mundo, nº 19, 15 de Septiembre de 1940.La guardia de Hierro no es sólo un Partido, sino también un movimiento religioso. 4 Mundo, nº. 40, 9 de Febrero de 1941. La Revolución Nacional francesa.
­ 6 ­ Evidentemente que a España, pendiente de un triunfo totalitario y de obtener, por ello, alguna recompensa territorial, le interesaba resaltar el doble juego galo, de cuyas posesiones africanas habría, en su momento, de entresacar España un nuevo imperio colonial. Frente a esta crítica hacia Francia, la prensa española mantiene el tono y su admiración por las reformas constitucionales y actitudes del otro integrante del Eje, el Imperio Nipón, cuyo sistema político es ampliamente descrito y analizado por la prensa española: “El gobierno comprende, sin embargo, la necesidad de una especie de semiparlamentarismo, como intermediario entre los gobernantes y los gobernados. Los parlamentarios, que ya no pertenecerán a partidos políticos ni podrán derribar al Poder ejecutivo, darán a conocer a los primeros los deseos y opiniones de los segundos y viceversa [...] Mediante la eliminación de los partidos, el gobierno ha conseguido aligerar sus cargas, y, al mismo tiempo, ha quitado a los elementos ultranacionalistas sus motivos de revueltas que a veces resultaban sangrientas...” 1 Pero, por otra parte, el Nuevo Orden es, también, un término geopolítico que indica un intento de cambiar la distribución de las tierras, ampliando el ámbito de los países firmantes. Así, se refiere a dos asuntos en sí bastante paralelos: la incorporación formal de territorios nuevos a los países del Eje, tanto en la prolongación de sus fronteras como en el mundo colonial, y el derecho a intervenir en las instituciones políticas y en la reforma de fronteras de los Estados que habrían de seguir siendo independientes. En suma, y respecto a Europa, tanto Alemania como Italia agrandarían su mapa con adquisiciones laterales y, al mismo tiempo, serían la cabeza directriz de la política continental, haciendo de Europa una especie de Confederación bajo su mando. Mundo, bajo el encabezamiento general de “La Nueva Europa”, reconoce la voluntad de Hitler de volver a la situación posterior a Sedán, de este modo: “Dejando aparte las reivindicaciones coloniales, y las reparaciones económicas que, sin duda alguna, entrañarán la paz, vienen produciéndose en Alsacia y Lorena hechos que parecen demostrar la decisión de incorporar al Reich estas dos comarcas fronterizas, viejo objeto de pleito entre galos y germanos. El último hecho, bien sensacional, es la nota del Gobierno francés que da cuenta de la expulsión de los loreneses francófonos y su entrada gradual en la Francia no ocupada. Si advertimos que en Alsacia se hizo ya algo parecido [...] advertiremos que Alemania está realizando, en su antiguo “país imperial” de antes de 1918, un traslado de poblaciones muy semejante a los de Polonia, probablemente con ánimo de fijar de un modo definitivo sus fronteras políticas y étnicas [...] Junto a las razones militares, hay otras económicas notables. Lorena posee una enorme riqueza en hierro, cuya pérdida, en 1919, significó para Alemania el colapso de su pujante economía siderúrgica. Alsacia aseguraba a Alemania el monopolio mundial de la potasa [...] Con su anexión de Alsacia y Lorena redondea su gigantesco mecanismo industrial” 2 . El mapa de la Gran Alemania incluye ya, “de facto”, con tendencia a la total anexión: Alsacia­Lorena y algunos distritos de Bélgica y Holanda, al Oeste; Schlewig­Hollstein, al Norte y, al Este, la gran extensión de tierras formada por: el Gobierno General polaco, Sudetes, Bohemia­Moravia y el Estado independiente –en teoría­ de Eslovaquia. Esto era, exceptuando lo último, un hecho consumado que la prensa nacional española ve como resultado de unas victorias justas y de una necesidad imperiosa de “espacio vital” del coloso centroeuropeo. Sin embargo, Alemania también quiere intervenir, en el futuro, en la dirección económica e institucional de los países limítrofes, algunos de los cuales antes había estado muy alejado. El hecho fundamental de excluir a Rusia de Europa y desplazarla a una condición asiática, es acogida con enorme entusiasmo por el ambiente militar y político español de la época. Rusia era el verdadero enemigo, y había que extirpar el comunismo de ella para que no dañase a Europa, pero, al mismo tiempo, Rusia era siempre un peligro latente porque, en definitiva, los fines de la política exterior soviética no eran sino los marcados, siglos antes, por el imperialismo zarista; por ello, Rusia debía quedar postergada, definitivamente a Asia. No era parte de la cultura occidental. Los planes de Hitler no eran, ni mucho menos, secretos. Conquistada gran parte de la Rusia Europea e insertada su economía dentro de la economía de guerra del Reich, estaba claro que lo único dudoso era el régimen jurídico a que se verían sometidos los territorios ocupados luego de la terminación de la guerra. Así, el 30 de septiembre de 1942, el Führer anuncia su intención de organizar las tierras del Este, el Ostland 3 . Por su parte, las ambiciones expansionistas de Italia no eran un simple producto del fascismo. Ya Mazzini había previsto una hegemonía italiana en el sur de Europa controlando una especie de confederación sudeslava que sirviese de tapón al expansionismo ruso y de apoyo frente al plurinacionalismo austro­húngaro. En este sentido, la fulgurante derrota yugoslava a manos de los alemanes en cuestión de días, dejará al reino de los Obrenovich y Karageorgevich en manos de las potencias del Este, si bien a Alemania nunca le interesaría Yugoslavia, por lo que fue Italia la que recogió los frutos y pudo realizar por un corto espacio de tiempo el sueño balcánico. En mayo de 1941, un príncipe italiano, el Duque de Spoleto, es invitado a ceñir la pesada corona de Croacia 4 . Por lo que respecta a Japón, la teoría del “espacio vital” será el factor predominante en la evolución política de su Imperio. Japón no entró de lleno en la estrategia general del conflicto mundial hasta 1941, y si lo hizo fue para evitar 1 Mundo, nº 35. 5 de Enero de 1941: Por primera vez se ha reunido el Parlamento japonés sin estar dividido en partidos. Mundo, nº 29. 24 de Noviembre de 1940. Alsacia y Lorena están a punto de ser anexionadas por Alemania 3 Mundo, nº 55, 25 de Mayo de 1941. “Aimón de Saboya, rey de la Nueva Croacia independiente” 4 Mundo, nº 55. 25 de Mayo de 1941.
2 ­ 7 ­ un posible ataque enemigo que le impidiese terminar con Chiang­Kai­Chek, generalísimo chino apoyado por los anglosajones antes de haber entre estos países y el Imperio nipón una declaración textual de guerra. Valiéndose de unas ideas occidentales ­teoría del espacio vital­, Japón desarrollaba una política de hegemonía en Asia Oriental que, por efectos de la guerra contra Estados Unidos, se convirtió en un deseo hegemónico sobre todo el Pacífico Occidental. Japón, realizada ya la incorporación de Corea y Formosa a su Imperio, y la de algunas islas adyacentes, buscaba un área de influencia, donde colocar sus capitales y donde tuvieran salida los deseos expansionistas del orgulloso militarismo triunfante. En vísperas del comienzo de la guerra declarada entre Japón y Estados Unidos, Mundo afirma que el inevitable conflicto en el pacífico “no será una cuestión de justicia ni razón, sino una cuestión de fuerza” 1 . Por su parte, ABC justifica de este modo el imperialismo nipón que desencadenó la guerra del Pacífico: “La lucha del Japón contra las potencias anglosajonas es una nueva transposición de la guerra social sobre el terreno internacional, es decir, que continua y prolonga en el Pacífico el conflicto entre el Eje y las potencias capitalistas. El Japón es un país hermosísimo, pero pobre en primeras materias, e incluso víveres tiene que importar. Como el archipiélago resulta demasiado estrecho para sus casi cien millones de habitantes, según un dicho: El Japón tiene que importar arroz y exportar hombres. Si los anglosajones hubiesen comprendido las necesidades vitales del pueblo nipón, el actual conflicto podía haber sido evitado. El pueblo japonés es proverbialmente frugal, pero puede aspirar a cierto nivel de vida. A alguna parte tenían que ir los japoneses. El Japón no dispone en su propio territorio de combustible ni primeras materias. ¿Dónde conseguirlo? Los anglosajones establecieron el cerco económico con la esperanza de verlo capitular. Se puede decir que a cambio de concesiones políticas –por ejemplo, su alejamiento del Eje­, el Japón hubiera obtenido facilidades económicas. Pero el pueblo nipón prefiere la solución heroica a la cómoda: estilo fascista, vivir peligrosamente. Aceptar los mayores sacrificios para realizar, una vez para siempre, el supremo anhelo nacional” 2 . CONCLUSIÓN La prensa española intentará, fiel a las directrices oficiales impuestas por el régimen franquista, justificar la postura beligerante y expansionista de sus “aliados” morales en la Segunda Guerra Mundial. Para ello recurrirá a un planteamiento que con machacona insistencia se repetirá una y otra vez en las páginas de los diarios españoles de la época. Ese planteamiento responde al nombre de Nuevo Orden. En el terreno interno e institucional, el Nuevo Orden implica para la prensa un resurgimiento de los valores más puros de la civilización occidental, frente a la labor disgregadora del comunismo (Unión Soviética) y el liberalismo (países anglosajones). El Nuevo Orden institucional venía a apuntalar una civilización que ya no era “creída” ante el empuje de nuevas formas internas y externas que luchaban contra este orden híbrido de feudal y capitalista, y a la que había de mantener utilizando una forma copiada del enemigo: la fuerza como única razón válida. Y el Nuevo Orden internacional seguía, como hasta entonces y después de entonces, el nada aconsejable sistema de la rotación de la hegemonía universal, de país a país, sin tener en cuenta que ni la raza, ni la inteligencia, ni tampoco la justificación ideológica son credenciales para que nadie intente la creación de un orden geopolítico ignorando metódicamente la igualdad de derechos de todos los hombres al disfrute de los bienes que la Naturaleza nos ha dado. BIBLIOGRAFÍA DASM, H. G.: La Segunda Guerra Mundial, Bruguera. Barcelona, 1966. ESTEBAN INFANTES, E.: La División Azul. Donde Asia empieza . AHR. Barcelona, 1956. GARCÍA ALIX, C: La Prensa española ante la Segunda Guerra Mundial. Editora Nacional. Madrid, 1974. MORADELLOS, E.: “España y el conflicto” en Memoria de la II Guerra Mundial, Editorial El País. Madrid, 1995. PRADO, J. M. (Dir.) La II Guerra Mundial. Ediciones Orbis. Barcelona, 1988. SINOVA, J.: La Censura de Prensa durante el franquismo (1936­1951), Espasa­Calpe. Madrid, 1989. 1 Mundo, nº 83, 7 de Diciembre de 1941. “Japón prepara la autarquía para ejecutar su política sin temor a las represalias económicas 2 ABC, 10 de Diciembre de 1941. “Nuevas hazañas japonesas”
de los anglosajones” ­ 8 ­ 
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