Las metas del milenio[1]

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III SIMPOSIO SOBRE ÉTICA, POLÍTICA Y ECONOMÍA
Quito, Ecuador, Septiembre 2004
Michelle Becka
Las metas del milenio - desde la teología
1. Introducción
Canción: „Alma Cantiga“ de Sergio Prudencio. (letra en folio)
Alma cantiga
Llueve sobre una mujer
Ay, la ha vuelto piedra el hambre
La erosionaron diez cielos
cinco cielos enterró
Amamantó galaxias
Ya no tiene cuerpo, sólo mantos
Y no tiene rostro, tiene luna
Grita penumbras
Gritos de alumbre
Hambre
Cergio Prudencio
La cancion de Sergio Prudencio es una descripción de lo que no se puede describir: El hambre
que casi hace desaparacer a aquella mujer: le quitó hijos, le quitó la fuerza - le quita hasta la
cara.
El Hambre y la extrema pobreza les roban a las personas la dignidad y tal vez la vida. Por eso
hay que preocuparnos, hay que tomar posición. Desde este punto de vista voy a hablar sobre
las metas del milenio y la teología.
2. Las metas del milenio
Como ya hemos visto las metas del milenio son los siguientes:
Objetivo 1 : Erradicar la pobreza y el hambre
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Objetivo 2 : Lograr la educación primaria universal
Objetivo 3o: Promover la equidad de género y la autonomía de la mujer
Objetivo 4 : Reducir la mortalidad infantil
Objetivo 5o: Mejorar la salud materna
Objetivo 6o: Combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades
Objetivo 7 : Garantizar la sostentibilidad del medioambiente:Tierra y aire
Objetivo 8o: Formentar una asociación mundial para el desarollo: asistencia para el desarollo
y acceso al mercado
A mí ahora no me toca explicar los objetivos ni juzgar la probalidad de que sean cumplidos.
Pero una pequena nota: Segun el informe del desarollo humano respecto al objetivo de
erradicar la pobrezaAmérica Latina en los últimos años no ha avanzado sino que hubo un
regreso! Este hecho subraya la importancia del tema.
3. Desde la fe y la teología
Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo,
sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y
angustias de los discípulos de Cristo. (…) La Iglesia por ello se siente íntima y realmente
solidaria del género humano y de su historia.
Estas frases del comienzo de la Constitución Pastoral del Segundo Vaticano nos son
familiares. Las metas del milenio vuelven sobre algunas de estas preocupaciones de los
hombres y las nombran explícitamente. Resultan de una análisis del presente que señala de
manera vehemente
-
que en el supuesto mundo globalizado todavía mueren hombres y mujeres de
enfermedades „inofensivas“ porque los medicamentos disponibles no están al alcance
de sus medios,
-
que niños se mueren de hambre, mientras en otro lugar se aniquilan víveres para
mantener estables los precios,
-
que corrupción por una parte y estructuras económicas problemáticas por otra impiden
un desarrollo humano en muchas sociedades.
Si las metas del milenio quieren ser más que palabras sobre papel paciente el cual sirve a
muchos de coartada entonces deben entenderse como invitación para hacer nuestros los
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problemas. Estamos invitados a hacer esto por las frases citadas en Gaudium et Spes – y
también por el mensaje básico de nuestra fé (que es lo que expresa al fin y al cabo Gaudium et
Spes).
En el centro de nuestra fe está el Dios que se encarnó y se comprometió con la vida de los
hombres. En el centro de nuestra teología encontramos así la cristología, la enseñanza de
aquel hombre que ha vivido el amor y la solidaridad de Dios en toda consecuencia. Sobre esta
vida de solidaridad consecuente nos relata plásticamente La Sagrada Escritura contandonos la
vida de Jesu Cristo como la comparte con los demás.
Pero qué es la vida solidaria? Qué es la solidaridad?
La solidaridad ve la injusticia, se une con los que la sufren y las fortalece. Una parte esencial
de la solidaridad es trascender lo existente, intentando cambiarlo – hacia un estado de mayor
justicia. La solidaridad da el paso hacia la justicia, y como todos los cambios puede trastornar
lo costumbrado. Recordemos por ejemplo el actuar de Jesucristo que muchas veces no hacía
caso de convenciones – muy a pesar y al escándalo de muchos contemporáneos – para con
ello hacer justicia al otro: a la mujer y al hombre, con quien se encontró. Recordemos por
ejemplo el obrar de Jesús en el sábado judío, su encuentro imparcial con los excluídos de la
sociedad de entonces etc.
Solidaridad incluye cambio.
En la Eucaristía – con la transubstanciación que es una transformación– recordamos
regularmente la solidaridad vivida por Jesucristo. Celebramos y recordamos la consecuencia
de esta entrega que se convirtió en una entrega de la vida. La entrega de la vida está
relacionada sumamente íntima con la entrega en la vida. Entrega que significa hacerse
responsable del prójimo, mirar al prójimo – de cara a cara – y respetarle. Esto es lo que nos
enseña Jesucristo, nos invita a seguirle.
Jesucristo nos ha enseñado la dignidad del hombre, que reconozcamos a Dios en cada
hombre: en aquél que está sentado en la entrada de la iglesia pidiendo limosna; en la madre
que pasa hambre; en los niños que carecen de formación y futuro; en la mujer que es
maltratada; en el muchacho que limpia parabrisas en el semáforo; en el enfermo de Sida y en
cada persona que no es respetado. Nada puede robar al hombre su dignidad, pero hay
condiciones de vida que no son dignas de la persona humana y que conducen a que pierda su
autoestimación – y que su vida esté amenazada existencialmente.
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El amor solidario de Jesucristo que celebramos en nuestra fe no se puede separar del actuar
solidario – de nuestro actuar. Pide el cambio y la iniciativa en nuestra actuar. Por eso de
nuestra fe resulta un imperativo ético.
4. Imperativo ético
Este imperativo ético lo calificamos muchas veces como amor al prójimo. Y esto es correcto.
Pero hablamos tantas veces de él que el concepto amenaza llegar a ser insípido y pierde su
noción radical. Esto sucede cuando comprendemos la caridad solamente de manera espiritual.
Pero la caridad es radical y hacemos bien llenarla de contenido.
Así se trata ante todo de reconociemiento: del respeto al prójimo y de su derecho a vivir.
Como seres relacionados somos responsables del otro y de la otra desde un principio, y
tenemos que proteger sus vidas. Tal como dice la historia del buen samaritano debemos
convertirnos en el prójimo del otro, dejarnos abordar por él y ponernos a su disposición,
aceptar a la mujer y al hombre como personas con sus respectivos caracteres. Me parece
importante indicar que aquí no se trata de una „mentalidad de asistencia“. Citando las palabras
de Emmanuel Lévinas se trata de ponerme en duda a mi mismo por medio de la necesidad del
prójimo: dejar tocarme, dejar conmoverme, dejar impulsarme a actuar. Se trata de una
convivencia responsable.
A esta forma de reconocimiento pertenece también el reconocimiento del derecho a vida –
del derecho a vida en su forma absolutamente existencial y material. Pués para desarollar su
vida hay que poder vivir que requiere la base material de la vida. Me refiero entre otro a:
tener comida, a la conservación de la salud, tener vivienda, recibir formación.
Del reconocimiento del hombre resulta la exigencia por el desempeño de sus derechos. Son
más o menos las reclamaciones de las metas del milenio.
Sabemos que hay muy poca probabilidad de que se cumplan las metas del milenio. Falta la
voluntad política de los Gobiernos, el discernimiento de la necesidad, la falta de medios – no
en último término por la crisis de deudas. El cumplimiento de las metas es importante.
Igualmente importante es concretar que en ello no se trata de limosnas, sino que se trata del
desarrollo de planes para actuar y de una política estratégica para la eliminación de la pobreza
en el mundo y para que todos tengan una vida digna.
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5. Papel de la Iglesia
A esto puede aportar la Iglesia. Reclamar metas para una vida digna del hombre es tarea de
una Iglesia que está caracterizada por el espíritu profético y solidario de la Escritura. Así la
Iglesia como institución puede – y debe – recordar a los Gobiernos su responsabilidad e
indicar siempre defectos.
De esta manera la Iglesia puede ser abogada de los que sufran más, porque se les niegue sus
derechos. No es que estos hombres no tuviesen voz, la tienen perfectamente. Pero no son
escuchados ni en su sociedad ni en el discurso internacional. Pues sabemos, que para ser
escuchados es necesario tener poder – y precisamente este poder les falta a los hombres. Por
eso necesitan el acompañamiento y la intercesión de la Iglesia que percibe sensiblemente las
necesidades. (¡La Iglesia tiene poder – lo decisivo es cómo usa su poder, cómo lo invierte!)
Vienen añadiéndose grandes tareas en la formación de la conciencia.
Así hay que señalar los problemas en los países pobres. Hay que aclarar la relación entre la
creación y la conservación del medio ambiente, entre el amor de Dios y los derechos del
hombre; hay que anunciar el respeto y la promoción de la mujer que todavía carga con el
mayor peso de la pobreza, y hay que recordar a los hombres la necesidad de formación para
salir de la pobreza - y muchas cosas más. Además de esta facultad material la tarea más difícil
de la pastoral es quizás anunciar una fe que no entretiene con promesas, sino que consuela,
confirma y anima a actuar.
Algo semejante es válido para los países ricos. Además, vale aquí aguzar el sentido para la
injusticia, mirar más allá del borde del plato y no olvidar a los que están lejos, no „pasárselos
por alto“. Y también aquí se necesita una fe que desemboca en el obrar.
Esto puede tener éxito de manera especial, si la Iglesia promueve y acompaña un diálogo
internacional. ¿Dónde sino aquí llegan a unirse en una institución tan múltiples
conocimientos y experiencias de diferentes partes de la tierra? A mí me parece que se puede
extender todavía la promoción de este intercambio de conocimientos, problemas y
experiencias de manera que sea un enriquecimiento mútuo. Pues si el otro, aunque viva lejos,
obtiene un rostro es más fácil motivar a obrar solidariamente. De este modo la Iglesia puede
aportar su parte al punto 8 de las metas del milenio: la reclamación de una asociación mundial
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para el desarrollo – siempre también en una función crítica para que no se abuse la noción de
„desarrollo“ como pretexto para intereses particulares.
Michelle Becka, 31.07.2004
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