Decadencia y caída

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LATERCERA Sábado 6 de agosto de 2016
Sociedad
Cultura
D
iego Zúñiga publicó una
novela
muy buena siendo
bastante
joven. Luego escribió otra,
más ambiciosa, que hoy,
transcurrido el tiempo, no
me parece tan efectiva o
sorprendente como la primera. Y ahora nos ofrece un
libro de cuentos mediocres,
en los que abundan taras
vistosas e irremediables: infantilismo, intrascendencia, desprolijidad, flojera.
De hecho, cuesta creer que
el autor de Camanchaca y
Racimo sea el mismo sujeto
que produjo Niños héroes.
Aunque, por otro lado, la
literatura está llena de
ejemplos similares: decadencia y caída.
Comparados con los
cuentos de otros escritores chilenos menores de
30 años, los diez relatos
de Zúñiga evidencian una
puerilidad notoria. Tal
vez por lo mismo sea difícil establecer con precisión la edad que habría
de tener el lector ideal de
Niños héroes. Puedo
aventurar, en cualquier
caso, que se trataría de
alguien cuyo desarrollo
intelectual se tambalea
en el límite entre un niño
medianamente despierto
y un adolescente lento.
El juicio anterior no guarda
relación con el hecho de que
la gran mayoría de los personajes del libro son escolares
o jóvenes que abandonaron
hace poco tiempo la enseñanza media, por cierto.
Pero sí tiene que ver con nociones empobrecidas sobre
lo que es ser joven, con un
voluntarismo ciego que en el
caso de Zúñiga se expresa,
más que nada, en contar
anécdotas sin un manejo
adecuado del suspenso y,
también, con declaraciones
de dudosa catadura, como la
que a pito de nada lanza un
escolar al que uno supone
bastante analfabeto a juzgar
por la manera en que narra:
“La juventud se parece demasiado a una hipérbole”.
La pretensión latente tras
ciertos ornamentos también
resulta un poco ridícula.
¿Era necesario ponerle un
epígrafe de Perec y uno de
Bernhard a un par de narraciones manifiestamente defectuosas? Como sea, los
guiños literatosos no terminan allí: un cuento se titula
El lenguaje de los pájaros y
otro La tierra baldía; se habla de Bukowski, de Lorrie
Moore, de la carrera de Literatura, de talleres literarios.
Todo ello pasaría desapercibido, o sería incluso un
aporte, si la escritura de Zúñiga estuviera a la altura de
sus aspiraciones.
Pero lo que uno obtiene a
cambio es una prosa plagada
de errores colegiales, como
por ejemplo el uso de la metáfora cliché por excelencia
(cierta iglesia parece “un
animal gigante, imponente”); o la frase floja, descuidada (“Se acabó el tiempo de
la paciencia, empezó, se acabaron las regalías y las faltas
de respeto”); o la manía de
escribir palabras entre guiones que no enfatizan algo relevante; o el abuso de algunas muletillas –“quién sabe
qué” y sus variantes– destinadas a salir del paso de
modo un tanto vergonzoso.
También hay inconsistencias y momentos de torpeza flagrante. Tal vez el
más llamativo de éstos sea
el siguiente: de una madre
se nos dice que es maestra
“en el arte de elegir las palabras precisas para herir
al otro”. ¿La prueba de
ello?: le lanza a su hija a la
cara “que esos aros no la
ayudaban” y, demostrándose aún más despiadada,
cuando su hijo le cuenta
que va a estudiar historia,
la mujer responde “que se
iba a morir de hambre
como profesor de colegio”.
A diferencia de los niños
héroes que al final de Amuleto, la novela de Roberto
Bolaño, se despeñan en un
precipicio entonando un
canto de guerra y de amor
que conmueve y enloquece a
la narradora, los personajes
de Zúñiga son seres unidimensionales, incapaces de
modular algún gorjeo singular, condenados en esencia a
no emitir ni una sola frase
atractiva o sugerente. El vacío, en este caso, opera como
un espacio que no ofrece
más que disonancias.
NIÑOS HÉROES
Diego Zúñiga.
Literatura Random House, 2016.
196 págs. $12.000.
CRITICA DE LIBROS
Decadencia y caída
Juan Manuel Vial
Crítico literario
Cuesta establecer con precisión la edad que habría de tener el lector
ideal de Niños héroes, el libro de cuentos de Diego Zúñiga. Si me
apuran, yo diría que hablamos de alguien cuyo desarrollo intelectual
está entre un niño medianamente despierto y un adolescente lento.
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