María Eugenia Gaona. El precursor de la novela

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LA NOVELA DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA
María Eugenia Gaona.∗
El precursor de la novela de la Revolución fue don Mariano Azuela con Los de Abajo, relato
donde plasmó sus observaciones durante el tiempo en que fue médico militar de las tropas
villistas. Esta obra fue escrita en 1915, pero se dio a conocer por el gran público lector diez
años después, a causa de una disputa acalorada que se suscitó en los medios intelectuales,
acerca de el valor de la obra literaria de la época. Posterior al descubrimiento de Azuela como
escritor de la revolución, empezaron a salir varias novelas sobre la lucha armada en forma de
folletín, entre ellos El águila y la serpiente (1928) de Martín Luis Guzmán.
En la novela de la Revolución Mexicana encontramos varios aspectos de ruptura con la
tradicional formal de narrar del siglo
XIX,
aunque se acentúa la visión realista, pues los
acontecimientos de la lucha armada no se prestan para una visión idílica. A partir de Los de
Abajo se establecen las bases para una nueva narrativa en la que está presente, sobre todo en las
primeras novelas del ciclo, el carácter testimonial, es decir; el novelista narra acontecimientos
que le tocó presenciar, ya sea en primera o en tercera persona de la voz narrativa, destaca la
estremecida observación de los autores al describir sucesos que les tocaron muy de cerca, y que
se plasman con una intensa fuerza dramática.
Muchas de las novelas se estructuraron en diversos cuadros sucesivos que nos presentan una
realidad amplia y global. No se da continuidad en tiempo y espacio, sino que aparecen escenas
rápidas de diversos sucesos que nos remiten a una visión totalizadora de la lucha
revolucionaria. Con relación al tiempo del discurso los relatos son lineales. Es una novela en
que se reafirman los valores nacionales; en ella predomina el lenguaje popular y los
∗
María Eugenia Gaona es profesora en el CEPE...
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protagonistas representan a un amplio sector de la sociedad. El paisaje se describe
extensamente. Los acontecimientos revolucionarios ocurren en distintos sitios de la república,
cuya geografía marca la acción.
Es importante señalar que para fijar el carácter objetivo del relato, la novela de la revolución
emplea técnicas periodísticas tales como la crónica y el reportaje.
La novela de la Revolución Mexicana nos da una visión más amplia de lo que fue este suceso
en la vida de México, que la que nos pueda proporcionar cualquier libro de historia. Los
diversos enfoques, las luchas entre las distintas facciones, las figuras de los caudillos, los
anhelos populares, el ideal de reivindicación social, se encierran entre sus páginas,
proporcionándonos un testimonio invaluable e imperecedero de lo que fue este
acontecimiento para nuestro país.
Mariano Azuela
MARÍA EUGENIA GAONA
Mariano Azuela nació en Lagos de Moreno, estado de Jalisco, el primero de enero de 1873, en
una familia con escasos recursos económicos. Su infancia transcurrió plácidamente y desde
muy joven sintió pasión por la lectura. Hizo sus primeros estudios en su pueblo natal y después
siguió en Guadalajara su carrera de Medicina. En su tercer año de la carrera publica sus
primeros cuentos titulados Impresiones de un estudiante (1896) con el seudónimo de Beleño. Se
recibe de médico en 1899 con una tesis sobre el tratamiento de la neumonía y regresa a su
pueblo a ejercer su profesión. Se casa con la joven Carmen Rivera y participa con entusiasmo
en distintas actividades literarias.
Cuando estalla la revolución, Azuela participa en ella y al triunfo de Madero en 1911 se le
designa Jefe Político de Lagos de Moreno, puesto que ocupa por poco tiempo. En octubre de
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1914 se incorpora a las fuerzas villistas de Julián Medina; recibe el grado de teniente coronel y
trabaja como médico militar. Gran parte de su novela Los de Abajo se debe a esta experiencia,
en la que convivió con los revolucionarios en lucha. De derrota en derrota, seguidos muy de
cerca por los carrancistas, las tropas donde milita Azuela llegan a Chihuahua; de allí el escritor
se traslada a Ciudad Juárez y en El Paso, Texas, en 1915, en el diario El Paso del Norte, de
octubre a diciembre, publica Los de Abajo, que aparece en libro al año siguiente, editado por el
mismo diario. Finalmente, Azuela regresa a su patria; llega a Guadalajara, recoge a su familia y
se traslada con ella a la ciudad de México.
Después de sus experiencias revolucionarias ejerce nuevamente su profesión de médico
ocupando sus ratos libres para escribir. Se mantiene apartado de los círculos literarios y su obra
no llega a ser conocida sino diez años después de haber publicado Los de Abajo. Para entonces
ya tiene publicadas más de una decena de novelas, las cuales empiezan a darse a conocer. No
obstante el éxito, Azuela no cambia su forma de vida: continúa escribiendo y atendiendo a una
clientela pobre y necesitada de sus servicios.
Los reconocimientos no le faltaron en la última etapa de su vida; en 1940 el Ateneo Nacional
de Ciencias y Artes le otorga el Premio de Literatura; en abril de 1940 se convierte en miembro
fundador de El Colegio Nacional y en 1949 recibe el Premio Nacional de Artes y Ciencias. Hay
que señalar que la Academia Mexicana de la Lengua le ofrece una membresía en 1938, que
Azuela rehusa. Muere el 1º de marzo de 1952.
Los de Abajo
La novela Los de Abajo consta de tres partes. En la primera conocemos al personaje principal,
Demetrio Macías, guerrillero revolucionario que lucha en la sierra para unirse a otros
compañeros que combaten contra los federales. La acción inicial se ubica durante el gobierno
de Victoriano Huerta, cuando ya había sido asesinado Madero y el país ardía de indignación.
Demetrio se ve obligado a abandonar su casa porque los federales le prenden fuego y con
dolor se despide de su mujer y su hijo para internarse en la sierra. Ahí se encuentra con sus
hombres, quienes lo nombran su jefe. Poco a poco vamos conociendo a los personajes que
rodearán a Demetrio. Azuela nos los presenta caracterizándolos breve pero eficazmente, entre
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ellos Anastasio Montañés “de barba y ojos espesos y muy negros”, que es su compadre;
Pancracio, de cara lampiña “inmutable como piedra”; el Manteca, con “ojos torvos de
asesino”; Venancio, el barbero que “en su pueblo sacaba muelas y ponía cáusticos y
sanguijuelas”, compañeros de Demetrio que van apareciendo a medida que avanza el relato y a
los que Azuela dota de vida. Las descripciones del escritor son breves pero precisas, los
personajes se delinean de manera inconfundible a lo largo de la novela, y acompañan a
Demetrio en todas sus aventuras. La primera de ellas será emboscar a los federales que llegan
por la hondonada del cañón de Juchipila. La puntería y el valor de los guerrilleros se demuestra
por la cantidad de bajas que les hacen a sus enemigos, hasta que hieren a Demetrio. Éste es
llevado a una ranchería donde vive la joven Camila, que le ofrece agua al herido, cuando éste se
encuentra sediento y temblando por la fiebre. A este lugar llega Luis Cervantes, quien ha
desertado de las filas de los federales y anda en busca de los revolucionarios. Cervantes es un
personaje que representa al oportunista que sólo ve por su propio provecho; sin embargo, por
pertenecer a la clase media y por haber recibido una educación, sabe aconsejar a Demetrio y a
sus hombres, y dotar de sentido a la lucha que ellos sostienen: “Mentira que usted ande aquí
por don Mónico, el cacique; usted se ha levantado contra el caciquismo que asola toda la
nación”, dice Cervantes cuando Demetrio le cuenta que por haberle escupido en las barbas a
don Mónico, el cacique de Moyahua, éste, en venganza, lo acusó de maderista y lo hizo
perseguir por los federales.
Una vez que ha sanado de su herida, Demetrio, a instancias de Luis Cervantes, decide unirse a
las tropas de Pánfilo Natera, donde destaca por su valentía en la batalla de Zacatecas.
Al final de la primera parte, en un diálogo que se entabla entre Cervantes y un conocido que
encuentra, Alberto Solís, escuchamos una crítica a la corrupción que existe dentro del
movimiento armado. El desencanto parece invadir los juicios de Solís, desencanto que es
probable que perteneciera a Azuela, quien en su cotidiana observación de los acontecimientos
revolucionarios, debe haberse percatado de las contradicciones entre los ideales y la realidad.
No obstante, Solís exclama conmovido: “¡Qué hermosa es la revolución, aún en su misma
barbarie!”
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La segunda parte nos muestra otro aspecto de la lucha armada y de los componentes de la
tropa revolucionaria. Demetrio y sus hombres pertenecen ahora a las fuerzas villistas. La masa
revolucionaria destaca y muestra su configuración; a la libertad en el campo en que vivían los
hombres de Demetrio se opone el conglomerado y hacinamiento de la ciudad, a la que llega la
tropa, mostrando con crudeza el salvajismo y la violencia que la conforman. Hay dos
personajes que enfatizan este aspecto: el güero Margarito y La Pintada, ejemplos de las formas
más brutales de la Revolución. El güero Margarito es la caracterización de alguien que entró a
la Revolución para satisfacer sus instintos sádicos; es cruel, cínico y parece carecer de cualquier
rasgo de humanidad. La Pintada es un personaje para quien la Revolución es su medio natural,
pues se encuentra totalmente adaptada para vivir en ella; consigue los mejores “avances”, se
siente como pez en el agua entre la tropa, elige a sus amantes, entre ellos Demetrio, y hace gala
de una libertad tanto como prostituta como soldadera, que la coloca en un lugar de privilegio.
Entre el güero Margarito y La Pintada existe una comprensión cómplice que los hace amigos;
aunque La Pintada no llega a los rasgos de crueldad del güero, celebra la barbarie de éste y lo
defiende de las críticas de Camila quien, ahora, ocupa el lugar de la esposa de Demetrio.
El güero Margarito y La Pintada no son los únicos que carecen de escrúpulos; Luis Cervantes
aprovecha que la joven Camila se ha enamorado de él para raptarla de su casa y entregársela a
Demetrio. Cuando Camila se da cuenta del engaño, pues se sabe que después de una
borrachera aparece en la cama del guerrillero, ya es demasiado tarde. La joven se va
acostumbrando a su nueva situación, pero le guarda un gran resentimiento a Cervantes. La
Pintada se muere de celos, pues Camila la ha desplazado en la atención de Demetrio y mata a
ésta como venganza cuando la echan de la tropa.
La muerte de Camila produce una profunda depresión a Demetrio quien, no obstante,
continúa en las filas revolucionarias y se desplaza hacia Aguascalientes para participar en la
Convención y tomar consejo del general Natera, quien le informa que sigue la lucha, pero
ahora entre Villa y Carranza.
En la tercera parte vemos a Demetrio que continúa en las filas villistas. Luis Cervantes ha
logrado sus fines y se encuentra en El Paso, Texas, desde donde le escribe una carta a
Venancio, que le anuncia que se recibió de médico y se le acabó el dinero, le ofrece asociarse
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con él, para que Venancio aporte los fondos para establecer un restaurante en Estados Unidos.
Venancio lee y relee la carta y exclama: “Este curro de veras que la supo hacer”.
Demetrio y sus hombres siguen peleando y se enteran de que Villa ha sido derrotado en Celaya
por las fuerzas al mando de Obregón. El estupor y desánimo se apodera de todos, se dan
cuenta que la lucha ya no tiene sentido, pero continúan en ella por inercia. Demetrio se
encuentra con su mujer, después de casi dos años de ausencia, y ésta le pregunta que por qué
pelean, a lo que responde el guerrillero arrojando una piedra al fondo del cañón: “Mira esa
piedra cómo ya no se para...”
En el cañón de Juchipila el ejército de Demetrio atraviesa el fondo del barranco. La mañana es
alegre y apacible y nadie piensa en la muerte. Demetrio recuerda cómo en ese mismo lugar, él y
veinte hombres, les hicieron más de quinientas bajas a los federales. Los hombres al escucharlo
se dan cuenta del peligro que corren ante una posible emboscada desde las alturas; cuando
suenan los primeros disparos ni siquiera se sorprenden de la trampa en que han caído.
Rápidamente, los hombres son aniquilados por las balas de los carrancistas y Demetrio ve con
rabia y dolor como muere su compadre Anastasio a su lado, se apresta a disparar su fusil y se
congratula de su buena puntería. Frente a la lucha de los hombres y la tragedia de la muerte, la
naturaleza permanece indiferente, y la vida de Demetrio termina como contraste trágico de una
hermosa mañana. Tal vez el fusil que sigue apuntando, nos lleve a pensar que la lucha
continuará.
Cada vez que leemos Los de Abajo, nos invade una sensación de asombro al encontrar en tan
pocas páginas una visión global de lo que fue la Revolución Mexicana. Para las generaciones
jóvenes que sólo de oídas han llegado a saber de ella, encontrarse con esta obra es un hallazgo
que se convertirá en conocimiento pleno de dinamismo y vida, que difícilmente podrían
reconstruir sin las extraordinarias páginas de Azuela. No en vano el escritor conoció la realidad
en la que se basa la novela y supo convertir en literatura aquellas impresiones que le tocaron a
fondo. Si uno lee las páginas autobiográficas de Azuela se asombrará de encontrar esos
imperceptibles vasos comunicantes que se dan entre la realidad y la imaginación, y el nuevo
fruto logrado en la obra literaria, al compenetrarse una con otra. El ejemplo más claro está en
la figura de Demetrio Macías, que basándose en el general Julián Medina y el coronel Manuel
54
Caloca, trasciende sus modelos y se convierte en un personaje inolvidable. Azuela nos dice:
“Podría decir que este libro se hizo solo y que mi labor consistió en coleccionar tipos, gestos,
paisajes y sucedidos, si mi imaginación no me hubiese ayudado a ordenarlos y presentarlos con
los relieves y el colorido mayor que me fue dable”.74
El escritor nos habla cómo fue que construyó a algunos de sus personajes basándose en varios
modelos de los cuales él consiguió caracteres únicos, y tan es así que nos dice: “...los mejores
personajes de una novela serán aquellos que más lejos estén del modelo...”75, pues añade: “Si yo
me hubiera encontrado entre los revolucionarios un tipo de la talla de Demetrio Macías, lo
habría seguido hasta la muerte”76.
En esta novela de escenas breves y estilo conciso y rápido, vamos a encontrar características
peculiares de la novela de la Revolución; por ejemplo, el paisaje será el escenario indispensable
que rodea a los revolucionarios desde la sierra hasta la llanura; Azuela describe el espacio por el
que deambulan sus personajes poniendo al ser humano en una continua relación con la
naturaleza. Los personajes, dada su condición humilde y de rebeldía en la lucha, aparecen con
dos vertientes: por un lado, la valentía, agresividad y violencia que se requiere para sobrevivir;
por otro, el fatalismo que los lleva a aceptar su destino y el de otros sin una queja. También
encontramos las hazañas de todo un pueblo que pelea por su propia redención, así como la
barbarie desatada sin freno de los resentidos por décadas. Hay en la obra una reflexión crítica
sobre los acontecimientos revolucionarios que posiblemente manifieste la conciencia lúcida
que Mariano Azuela tenía sobre la lucha armada y sus protagonistas.
74
Mariano Azuela, Páginas autobiográficas, prólogo de Francisco Monterde, FCE, México, 1974, p. 123.
Mariano Azuela, op. cit., p. 129.
76
Ibídem, p. 129.
75
55
LOS DE ABAJO77
Mariano Azuela
I
⎯Te digo que no es un animal... Oye como ladra el Palomo... Debe ser algún cristiano78...
La mujer fijaba sus pupilas en la oscuridad de la sierra.
⎯¿Y que fueran siendo federales? ⎯repuso un hombre que, en cuclillas, yantaba79 en un
rincón, una cazuela en la diestra y tres tortillas en taco en la otra mano.
La mujer no le contestó; sus sentidos estaban puestos fuera de la casuca.
Se oyó un ruido de pesuñas en el pedregal cercano, y el Palomo ladró con más rabia.
⎯Sería bueno que por sí o por no te escondieras, Demetrio.
El hombre, sin alterarse, acabó de comer; se acercó un cántaro y, levantándolo a dos manos,
bebió agua a borbotones. Luego se puso en pie.
⎯Tu rifle está debajo del petate80 ⎯pronunció ella en voz muy baja.
El cuartito se alumbraba por una mecha de sebo. En un rincón descansaban un yugo,81 un
arado,82 un otate83 y otros aperos84 de labranza. Del techo pendían cuerdas sosteniendo un viejo
molde de adobes, que servía de cama, y sobre mantas y desteñidas hilachas dormía un niño.
Demetrio ciñó la cartuchera a su cintura y levantó el fusil. Alto, robusto, de faz bermeja, sin
pelo de barba, vestía camisa y calzón de manta, ancho sombrero de soyate85 y guaraches.
Salió paso a paso, desapareciendo en la oscuridad impenetrable de la noche.
77
Mariano Azuela, Los de Abajo.
cristiano: término que se emplea para designar a un sujeto.
79
yantaba: comía.
80
petate: estera tejida de hojas de palma.
81
yugo: instrumento de madera que sirve para uncir los bueyes o las mulas.
82
arado: instrumento que sirve para labrar la tierra abriendo surcos en ella.
83
otate: planta gramínea de recios tallos nudosos que sirven para bastones.
84
aperos: instrumentos.
85
soyate: palma, hoja de la palmera, el material textil que se obtiene de ella.
78
56
El Palomo, enfurecido, había saltado la cerca del corral. De pronto se oyó un disparo, el
perro lanzó un gemido sordo y no ladró más.
Unos hombres a caballo llegaron vociferando y maldiciendo. Dos se apearon y otro quedó
cuidando las bestias.
⎯¡Mujeres..., algo de cenar!... Blanquillos, leche, frijoles, lo que tengan, que venimos
muertos de hambre.
⎯¡Maldita sierra! ¡Sólo el diablo no se perdería!
⎯Se perdería, mi sargento, si viniera de borracho como tú...
Uno llevaba galones en los hombros, el otro cintas rojas en las mangas.
⎯¿En dónde estamos, vieja?... ¡Pero con una!... ¿Esta casa está sola?
⎯¿Y entonces, esa luz?... ¿Y ese chamaco?... ¡Vieja, queremos cenar, y que sea pronto!
¿Sales o te hacemos salir?
⎯¡Hombres malvados, me han matado mi perro!... ¿Qué les debía ni qué les comía mi
pobrecito Palomo?
La mujer entró llevando a rastras el perro, muy blanco y muy gordo, con los ojos claros ya y
el cuerpo suelto.
⎯¡Mira no más qué chapetes86, sargento!... Mi alma, no te enojes, yo te juro volverte tu casa
un palomar; pero, ¡por Dios!...
No me mires airada...
No más enojos...
Mírame cariñosa,
luz de mis ojos−,
acabó cantando el oficial con voz aguardentosa.
⎯Señora, ¿cómo se llama este ranchito? ⎯preguntó el sargento.
⎯Limón ⎯contestó hosca la mujer, ya soplando las brasas del fogón y arrimando leña.
⎯¿Conque aquí es Limón?... ¡La tierra del famoso Demetrio Macías!... ¿Lo oye, mi
teniente? Estamos en Limón.
86
chapetes: mejillas.
57
⎯¿En Limón?... Bueno, para mí... ¡plin!... Ya sabes, sargento, si he de irme al infierno,
nunca mejor que ahora..., que voy en buen caballo. ¡Mira no más qué cachetitos de morena!...
¡Un perón para morderlo!...
⎯Usted ha de conocer al bandido ese, señora... Yo estuve junto con él en la Penitenciaría
de Escobedo.
⎯Sargento, tráeme una botella de tequila; he decidido pasar la noche en amable compañía
con esta morenita... ¿El coronel?... ¿Qué me hablas tú del coronel a estas horas?... ¡Que vaya
mucho a...! Y si se enoja, pa mí... ¡plin!... Anda, sargento, dile al cabo que desensille y eche de
cenar. Yo aquí me quedo... Oye, chatita, deja a mi sargento que fría los blanquillos y caliente las
gordas; tú ven acá conmigo. Mira, esta carterita apretada de billetes es sólo para ti. Es mi gusto.
¡Figúrate! Ando un poco borrachito por eso, y por eso también hablo un poco ronco... ¡Como
que en Guadalajara dejé la mitad de la campanilla y por el camino vengo escupiendo la otra
mitad!... ¿Y qué le hace...? Es mi gusto. Sargento, mi botella, mi botella de tequila. Chata, estás
muy lejos; arrímate a echar un trago. ¿Cómo que no?... ¿Le tienes miedo a tu... marido... o lo
que sea?... Si está metido en algún agujero dile que salga..., pa mí ¡plin!... Te aseguro que las
ratas no me estorban.
Una silueta blanca llenó de pronto la boca oscura de la puerta.
⎯¡Demetrio Macías! ⎯exclamó el sargento despavorido, dando unos pasos atrás.
El teniente se puso de pie y enmudeció, quedóse frío e inmóvil como una estatua.
⎯¡Mátalos! ⎯exclamó la mujer con la garganta seca.
⎯¡Ah, dispense, amigo!... Yo no sabía... Pero yo respeto a los valientes de veras.
Demetrio se quedó mirándolos y una sonrisa insolente y despreciativa plegó sus líneas.
⎯Y no sólo los respeto, sino que también los quiero... Aquí tiene la mano de un amigo...
Está bueno, Demetrio Macías, usted me desaira... Es porque no me conoce, es porque me ve
en este perro y maldito oficio... ¡Qué quiere, amigo!... ¡Es uno pobre, tiene familia numerosa
que mantener! Sargento, vámonos; yo respeto siempre la casa de un valiente, de un hombre de
veras.
Luego que desaparecieron, la mujer abrazó estrechamente a Demetrio.
⎯¡Madre mía de Jalpa! ¡Qué susto! ¡Creí que a ti te habían tirado el balazo!
⎯Vete luego a la casa de mi padre ⎯dijo Demetrio.
Ella quiso detenerlo; suplicó, lloró; pero él, apartándola dulcemente, repuso sombrío:
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⎯Me late que van a venir todos juntos.
⎯¿Por qué no los mataste?
⎯¡Seguro que no les tocaba todavía!
Salieron juntos; ella con el niño en los brazos.
Ya a la puerta se apartaron en opuesta dirección.
La luna poblaba de sombras vagas la montaña.
En cada risco y en cada chaparro, Demetrio seguía mirando la silueta dolorida de una mujer
con su niño en los brazos.
Cuando después de muchas horas de ascenso volvió los ojos, en el fondo del cañón, cerca
del río, se levantaban grandes llamaradas.
Su casa ardía...
II
Todo era sombra todavía cuando Demetrio Macías comenzó a bajar al fondo del
barranco. El angosto talud87 de una escarpa88 era vereda, entre el peñascal veteado de
enormes resquebrajaduras y la vertiente de centenares de metros, cortada como de un
solo tajo.
Descendiendo con agilidad y rapidez, pensaba:
“Seguramente ahora sí van a dar con nuestro rastro los federales, y se nos vienen encima
como perros. La fortuna es que no saben veredas, entradas ni salidas. Sólo que alguno de
Moyahua anduviera con ellos de guía, porque los de Limón, Santa Rosa y demás ranchitos de la
sierra son gente segura y nunca nos entregarían... En Moyahua está el cacique que me trae
corriendo por los cerros, y éste tendría mucho gusto en verme colgado de un poste del
telégrafo y con tamaña lengua de fuera...”
Y llegó al fondo del barranco cuando comenzaba a clarear el alba. Se tiró entre las piedras y
se quedó dormido.
El río se arrastraba cantando en diminutas cascadas; los pajarillos piaban escondidos en los
pitahayos, y las chicharras monorrítmicas llenaban de misterio la soledad de la montaña.
87
88
talud: inclinación de un terreno.
escarpa: declive áspero de cualquier terreno.
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Demetrio despertó sobresaltado, vadeó el río y tomó la vertiente opuesta del cañón. Como
hormiga arriera ascendió la crestería, crispadas las manos en las peñas y ramazones, crispadas
las plantas sobre las guijas de la vereda.
Cuando escaló la cumbre, el sol bañaba la altiplanicie en un lago de oro. Hacia la barranca se
veían rocas enormes rebanadas; prominencias erizadas como fantásticas cabezas africanas; los
pitahayos como dedos anquilosados89 de coloso; árboles tendidos hacia el fondo del abismo. Y
en la aridez de las peñas y de las ramas secas, albeaban90 las frescas rosas de San Juan como una
blanca ofrenda al astro que comenzaba a deslizar sus hilos de oro de roca en roca.
Demetrio se detuvo en la cumbre; echó su diestra hacia atrás; tiró del cuerno que pendía a
su espalda, lo llevó a sus labios gruesos, y por tres veces, inflando los carrillos, sopló en él. Tres
silbidos contestaron la señal, más allá de la crestería frontera.
En la lejanía, de entre un cónico hacinamiento de cañas y paja podrida, salieron, unos tras
otros, muchos hombres de pechos y piernas desnudos, oscuros y repulidos como viejos
bronces.
Vinieron presurosos al encuentro de Demetrio.
⎯¡Me quemaron mi casa! ⎯respondió a las miradas interrogadoras.
Hubo imprecaciones, amenazas, insolencias.
Demetrio los dejó desahogar; luego sacó de su camisa una botella, bebió un tanto, limpióla
con el dorso de su mano y la pasó a su inmediato. La botella, en una vuelta de boca en boca, se
quedó vacía. Los hombres se relamieron.
⎯Si Dios nos da licencia ⎯dijo Demetrio⎯, mañana o esta misma noche les hemos de
mirar la cara otra vez a los federales. ¿Qué dicen, muchachos, los dejamos conocer estas
veredas?
Los hombres semidesnudos saltaron dando grandes alaridos de alegría. Y luego redoblaron
las injurias, las maldiciones y las amenazas.
⎯No sabemos cuántos serán ellos ⎯observó Demetrio, escudriñando los semblantes⎯.
Julián Medina91, en Hostotipaquillo92, con media docena de pelados y con cuchillos afilados en
el metate, les hizo frente a todos los cuicos y federales del pueblo, y se los echó...
89
anquilosada: imposibilitada de movimiento una articulación móvil.
albeaban: mostraban su blancura.
91
Medina, Julián, General. De las fuerzas de Villa; llegó a ser gobernador de Jalisco. Parece haber sido el
modelo de Demetrio Macías.
92
Hostotipaquillo: municipio del Estado de Jalisco.
90
60
⎯¿Qué tendrán algo los de Medina que a nosotros nos falte? ⎯dijo uno de barba y cejas
espesas y muy negras, de mirada dulzona; hombre macizo y robusto.
⎯Yo sólo les sé decir ⎯agregó⎯ que dejo de llamarme Anastasio Montañés si mañana no
soy dueño de un máuser, cartuchera, pantalones y zapatos. ¡De veras!... Mira, Codorniz, ¿voy
que no me lo crees? Yo traigo media docena de plomos adentro de mi cuerpo... Ai que diga mi
compadre Demetrio si no es cierto... Pero a mí me dan tanto miedo las balas, como una bolita
de caramelo. ¿A que no me lo crees?
⎯¡Que viva Anastasio Montañés! ⎯gritó el Manteca.
⎯No ⎯repuso aquél⎯; que viva Demetrio Macías, que es nuestro jefe, y que vivan Dios
del cielo y María Santísima.
⎯¡Viva Demetrio Macías! ⎯gritaron todos.
Encendieron lumbre con zacate y leños secos, y sobre los carbones encendidos tendieron
trozos de carne fresca. Se rodearon en torno de las llamas, sentados en cuclillas, olfateando con
apetito la carne que se retorcía y crepitaba en las brasas.
Cerca de ellos estaba, en montón, la piel dorada de una res, sobre la tierra húmeda de
sangre. De un cordel, entre dos huizaches, pendía la carne hecha cecina, oreándose al sol y al
aire.
⎯Bueno ⎯dijo Demetrio⎯; ya ven que aparte de mi treinta-treinta, no contamos más que
con veinte armas. Si son pocos, les damos hasta no dejar uno; si son muchos aunque sea un
buen susto les hemos de sacar.
Aflojó el ceñidor de su cintura y desató un nudo, ofreciendo del contenido a sus
compañeros.
⎯¡Sal! ⎯exclamaron con alborozo, tomando cada uno con la punta de los dedos algunos
granos.
Comieron con avidez, y cuando quedaron satisfechos, se tiraron de barriga al sol y cantaron
canciones monótonas y tristes, lanzando gritos estridentes después de cada estrofa.
61
III
Entre las malezas de la sierra durmieron los veinticinco hombres de Demetrio Macías, hasta
que la señal del cuerno los hizo despertar. Pancracio la daba de lo alto de un risco de la
montaña.
⎯¡Ahora sí, muchachos, pónganse changos!93 ⎯dijo Anastasio Montañés, reconociendo los
muelles de su rifle.
Pero transcurrió una hora sin que se oyera más que el canto de las cigarras en el herbazal y
el croar de las ranas en los baches.
Cuando los albores de la luna se esfumaron en la faja débilmente rosada de la aurora, se
destacó la primera silueta de un soldado en el filo más alto de la vereda. Y tras él parecieron
otros, y otros diez, y otros cien; pero todos en breve se perdían en las sombras. Asomaron los
fulgores del sol, y hasta entonces pudo verse el despeñadero cubierto de gente: hombres
diminutos en caballos de miniatura.
⎯¡Mírenlos qué bonitos! ⎯exclamó Pancracio⎯. ¡Anden, muchachos, vamos a jugar con
ellos!
Aquellas figuritas movedizas, ora se perdían en la espesura del chaparral, ora negreaban más
abajo sobre el ocre de las peñas.
Distintamente se oían las voces de jefes y soldados.
Demetrio hizo una señal: crujieron los muelles y los resortes de los fusiles.
⎯¡Hora! ⎯ordenó con voz apagada.
Veintiún hombres dispararon a un tiempo, y otros tantos federales cayeron de sus caballos.
Los demás, sorprendidos, permanecían inmóviles, como bajorrelieves de las peñas.
Una nueva descarga, y otros veintiún hombres rodaron de roca en roca, con el cráneo
abierto.
⎯¡Salgan, bandidos!... ¡Muertos de hambre!
⎯¡Mueran los ladrones nixtamaleros!...94
⎯¡Mueran los comevacas!...
93
94
pónganse changos: ponerse listo.
nixtamaleros: insulto que se aplicaba a los federales.
62
Los federales gritaban a los enemigos, que, ocultos, quietos y callados, se contentaban con
seguir haciendo gala de una puntería que ya los había hecho famosos.
⎯¡Mira, Pancracio ⎯dijo el Meco, un individuo que sólo en los ojos y en los dientes tenía
algo de blanco⎯; ésta es para el que va a pasar detrás de aquel pitayo!... ¡Hijo de...! ¡Toma!...
¡En la pura calabaza! ¿Viste?... Hora pal que viene en el caballo tordillo... ¡Abajo, pelón!...
⎯Yo voy a darle una bañada al que va horita por el filo de la vereda... Si no llegas al río,
mocho infeliz, no quedas lejos... ¿Qué tal?... ¿Lo viste?...
⎯¡Hombre, Anastasio, no seas malo!... Empréstame tu carabina... ¡Ándale, un tiro no
más!...
El Manteca, la Codorniz y los demás que no tenían armas las solicitaban, pedían como una
gracia suprema que les dejaran hacer un tiro siquiera.
⎯¡Asómense si son tan hombres!
⎯Saquen la cabeza... ¡hilachos piojosos!
De montaña a montaña los gritos se oían tan claros como de una acera a la del frente.
La Codorniz surgió de improviso, en cueros95, con los calzones tendidos en actitud de
torear a los federales. Entonces comenzó la lluvia de proyectiles sobre la gente de Demetrio.
⎯¡Huy! ¡Huy! Parece que me echaron un panal de moscos en la cabeza ⎯dijo Anastasio
Montañés, ya tendido entre las rocas y sin atreverse a levantar los ojos.
⎯¡Codorniz, jijo de un...! ¡Hora adonde les dije! ⎯rugió Demetrio.
Y, arrastrándose, tomaron nuevas posiciones.
Los federales comenzaron a gritar su triunfo y hacían cesar el fuego, cuando una nueva
granizada de balas los desconcertó.
⎯¡Ya llegaron más! ⎯clamaban los soldados.
Y presa de pánico, muchos volvieron grupas resueltamente, otros abandonaron las
caballerías y se encaramaron, buscando refugio, entre las peñas. Fue preciso que los jefes
hicieran fuego sobre los fugitivos para restablecer el orden.
⎯A los de abajo... A los de abajo ⎯exclamó Demetrio, tendiendo su treinta-treinta hacia el
hilo cristalino del río
95
en cueros: desnudo.
63
Un federal cayó en las mismas aguas, e indefectiblemente siguieron cayendo uno a uno a
cada nuevo disparo. Pero sólo él tiraba hacia el río, y por cada uno de los que mataba,
ascendían intactos diez o veinte a la otra vertiente.
⎯A los de abajo... A los de abajo ⎯siguió gritando encolerizado.
Los compañeros se prestaban ahora sus armas, y haciendo blancos cruzaban sendas
apuestas.
⎯Mi cinturón de cuero si no le pego en la cabeza al del caballo prieto. Préstame tu rifle,
Meco...
⎯Veinte tiros de máuser y media vara de chorizo porque me dejes tumbar al de la potranca
mora... Bueno... ¡Ahora!... ¿Viste qué salto dio?... ¡Como venado!...
⎯¡No corran, mochos!...96 Vengan a conocer a su padre Demetrio Macías...
Ahora de éstos partían las injurias. Gritaba Pancracio, alargando su cara lampiña, inmutable
como piedra, y gritaba el Manteca, contrayendo las cuerdas de su cuello y estirando las líneas
de su rostro de ojos torvos de asesino.
Demetrio siguió tirando y advirtiendo del grave peligro a los otros; pero éstos no repararon
en su voz desesperada sino hasta que sintieron el chicoteo de las balas por uno de los flancos.
⎯¡Ya me quemaron!97 ⎯gritó Demetrio, y rechinó los dientes⎯. ¡Hijos de...!
Y con prontitud se dejó resbalar hacia un barranco.
96
mocho: hipócrita, partidario de la Iglesia Católica; expresión peyorativa para designar en política a los
conservadores (los mochos).
97
¡Ya me quemaron!: ya me hirieron.
64
ACERCA DE LOS DE ABAJO
Se han elegido los tres primeros capítulos de Los de Abajo para que el lector conozca el estilo
que Azuela emplea en esta novela que se inicia con un diálogo que anuncia la acción; como se
puede observar, los diálogos son cortos y plenos de sentido, pues presagian una situación de
alerta. Demetrio es el que tiene el presentimiento de que a su casa lleguen los federales, la
mujer lo apremia para que se esconda y el hombre toma su fusil y desaparece en la oscuridad.
Hay que señalar que desde el principio de la obra se nos van dando breves descripciones del
ambiente, aparecen dentro de la casa los instrumentos de trabajo de Demetrio y nos
percatamos de la pobreza en la que viven los campesinos. Asimismo vemos que las imágenes
sensoriales se van alternando; el oído, la vista hasta que se inicia la acción con la llegada de los
federales quienes gritan pidiendo de cenar. La atmósfera se vuelve violenta, saturada de la
barbarie con la que han actuado los federales contra los campesinos. Uno de los federales
intenta seducir a la esposa de Demetrio, cuando éste aparece amedrentando a los soldados.
Estos abandonan la casa y la mujer le reclama a Demetrio por qué razón no los mató. La
respuesta del hombre está llena del fatalismo característico del pueblo mexicano: “¡Seguro no
les tocaba todavía!” Como si un acto que depende de la voluntad humana, quedara en manos
del destino. Demetrio presiente que los federales van a regresar, lo cual ocurre, pues mientras
él y su mujer salen a esconderse, éstos regresan y queman la casa.
Hay que señalar que en un capítulo tan breve, Azuela nos da gran cantidad de información. El
personaje Demetrio se encuentra caracterizado desde el principio. Hombre de acción y de
pocas palabras “...alto, robusto, de faz bermeja, sin pelo de barba...” La economía de recursos
se percibe en cada una de las descripciones sin que esto signifique que el lector carezca de los
elementos necesarios para darse cuenta de lo que ocurre.
65
El capítulo dos nos muestra la naturaleza que rodea a Demetrio. Hay un barranco, un río,
pájaros y chicharras. En la cumbre a la que asciende Demetrio, se ven las rocas que adoptan
características humanas monumentales, áridas y secas, que presentan un contraste al
compararlas con las frescas rosas de San Juan. Es notable la descripción que se hace de la
sierra.
Demetrio llama a sus compañeros y les informa que le quemaron su casa. Estos responden con
indignación y dan saltos de alegría pensando en atacar a los federales. Hay que hacer notar la
solidaridad que presentan los hombres a pesar de su ruda condición. Ellos comparten alegrías y
tristezas y se unen en la desgracia. Asimismo tienen el plan común de luchar contra los
federales, no obstante la desventaja en armas y número.
La presencia de la música que acompaña muchos de los actos de los mexicanos, aparece en
estos dos primeros capítulos: el federal le canta a la mujer de Demetrio, y en la sierra los
hombres, después de comer, “cantaron canciones monótonas y tristes, lanzando gritos
estridentes después de cada estrofa”.
En el capítulo tres vemos a los hombres de Demetrio aprestarse para atacar a los federales.
Estos aparecen entre las rocas y en la hondonada por donde atraviesa el río. Los campesinos,
no obstante ser pocos, hacen gala de su puntería produciéndole continuas bajas al enemigo, y
los que no tienen fusiles, les ruegan a los que están armados que les presten su arma para darse
el gusto de matar a un federal. A pesar de que no pierden un tiro, el combate es desigual y
hieren a Demetrio, que había estado dirigiendo el ataque. En este capítulo se pone de relieve el
dinamismo de los diálogos que están señalando la rapidez de la acción en la que destaca la
valentía de los hombres de Demetrio y el desconcierto de los federales que, a base de insultos,
quieren amedrentar a los revolucionarios. El sentido del humor aparece en estas páginas, un
humor teñido de tintes sombríos, cuando la Codorniz aparece desnudo, con los calzones como
capote para torear a los federales, lo que atrae las balas hacia el escondite donde se encuentran
los campesinos.
La orden de Demetrio de que les disparen a los de abajo parece coincidir con el título de la
novela; sin embargo, éste toca un campo más amplio de significado. Los de abajo abarca a la
66
masa paupérrima y sin esperanza que entra a luchar en la Revolución para reivindicar sus
derechos. Los de abajo son los desposeídos, los que no tienen ni siquiera un nombre que los
identifique, los que carecen de lo más elemental para su superviviencia. A ellos alude el título
que empleó Mariano Azuela.
FUENTES
La novela de la Revolución Mexicana, selección, introducción general, cronología histórica, prólogos, censo de
personajes, índice de lugares y bibliografía por Antonio Castro Leal, Aguilar, México, 1960 (Tomo I).
AZUELA, Mariano, Los de Abajo, FCE, México, 1973 (Colección popular, 13).
67
MARTÍN LUIS GUZMÁN
María Eugenia Gaona
Martín Luis Guzmán nace en Chihuahua en 1887. Pasó su infancia en la ciudad de México, en
Tacubaya, y su adolescencia en Veracruz. En su discurso pronunciado en la Academia
Mexicana de la Lengua correspondiente a la Española, el 19 de febrero de 1954, titulado
“Apuntes sobre una nueva personalidad”, Guzmán dice:
Nació a la vida del espíritu quien hoy os habla como colega, en Tacubaya, rincón del Valle de
México hace más de sesenta años. Tacubaya era entonces una villa rústica y señorial. No conocía
el drenaje en sus calles ni el alumbrado eléctrico bajo sus techos, pero, en cambio, se deleitaba
mirándose a sí misma en la belleza de sus calzadas y sus fuentes y en la lozanía de sus alamedas y
sus parques, pues nada suyo carecía de luz.98
Guzmán, con su prosa excepcional, hace desfilar ante su auditorio esas primeras imágenes de
su infancia, descubriendo el bosque de Chapultepec y sus encuentros con el general Porfirio
Díaz, a quien veía “fulgurante de bordados y medallas de todos los brillos, viripotente por la
esbelta robustez de su estatura y lo ancho de sus hombros”99. Más adelante, en su juventud,
volverá a toparse con don Porfirio, y ya no le parecerá imponente, sino “artificial”.
Así como el bosque de Chapultepec deja honda huella en su memoria, cuando al cumplir los
once años se traslada con su familia a Veracruz, el mar lo conmueve profundamente:
Allí el espectáculo del mar ⎯era una visión magnífica y portentosa⎯ le dilató en el espíritu las
enseñanzas recibidas frente a las montañas y los paisajes de Tacubaya y lo condujo como de la
98
Marín Luis Guzmán, compilación e introducción de Andrés de Luna, Senado de la República, México,
1987, pág. 38.
99
Ibídem, pág. 40.
68
mano ⎯porque también era aquella una visión de anchura infinita⎯ al sentimiento y el amor de
la libertad.100
Allí, en Veracruz, empezó a formar su cultura literaria: Los miserables de Víctor Hugo, México a
través de los siglos, El contrato social de Rousseau, los Evangelios sinópticos, la Electra de Pérez
Galdós. Entra a la escuela cantoral Francisco Javier Clavijero, laica, pública y gratuita, y acorde
con las ideas de su padre recibe una formación liberal. A los catorce años, asociado con un
condiscípulo, publica un periódico: La juventud.
La empresa editorial no duró arriba de cuatro o seis meses, e igual suerte habían de correr otras
semejantes. Pero gracias a esas aventuras, que no por breves o precoces eran menos definitivas
dentro de su significado espiritual, el adolescente iba formándose y quedando apto para pisar con
pie firme los umbrales de la juventud...101
Un año después de traslada a la ciudad de México para ingresar a la Escuela Nacional
Preparatoria adonde asiste con verdadero entusiasmo, pues aunque no le atrajera la doctrina
positivista, sí encontraría los estímulos para el estudio riguroso de las ciencias. También
conoció allí a sus amigos con los que formó El Ateneo de la Juventud.
Guzmán se pregunta si durante esos años “apuntaba ya en él una vocación franca y resuelta”102.
Y recuerda que a los trece años supuso que su vocación, al igual que la de su padre, estaba en el
Colegio Militar, pero los concejos paternos lo llevaron a aguardar para decidir sobre su destino,
ya que sus capacidades le mostraban otra ruta que era la de las letras.
“De ser, pues, era la hora, otro el panorama social y político que la inercia de su actitud íntima
le mostraba, la devoción y el ejercicio de las letras, hubieran normado su vida desde
entonces”103. Pero Martín Luis Guzmán no podía ignorar la efervescencia social que se sentía
en todo México, la cual anunciaba la próxima revolución. Sobre don Porfirio dice que ya no
era el caudillo liberal sino que “de tanto mirarse a sí mismo, y de tanto consentir en que sólo
100
Idem, pág. 42.
Idem, pág. 44.
102
Idem, pág. 45.
103
Idem, págs. 45 y 46.
101
69
hacia él se mirase, o de exigirlo, se le había enturbiado la idea de su origen y de su razón de ser.
No percibía ya la realidad material y espiritual del país a quien gobernaba, sino lo que los años
habían pintado sobre la realidad para enmascararla...”104
EL 29 de diciembre de 1910 muere el padre de Guzmán, que era coronel del ejército federal, a
consecuencia de las heridas que recibió en el combate Malpaso, y de quien recibe las últimas
palabras, refiriéndose a los revolucionarios:”...y oye: no creo que esa sea la mala yerba”105. Para
entonces Guzmán ya se había casado con Ana West Villalobos, y el año de la muerte de su
padre, coincide con el del nacimiento de su primer hijo.
En 1911, reingresa en la Escuela Nacional de Jurisprudencia y forma parte del Ateneo de la
Juventud; es nombrado profesor de lengua nacional en la Escuela Superior de Comercio y
bibliotecario de la Escuela Nacional de Altos Estudios. Durante 1913, en plena Decena trágica,
funda en unión de otros maderistas, el periódico El Honor Nacional.
Indignado por la traición de Huerta, Guzmán sale de México, vía Veracruz, hacia los Estados
Unidos, con la intención de unirse a las fuerzas revolucionarias que desde Sonora y Coahuila
combaten al huertismo. Por problemas económicos, regresa a la ciudad de México. Hace un
nuevo viaje y finalmente, en Culiacán, logra ingresar al Estado Mayor del general Ramón F.
Iturbe, a quien en El águila y la serpiente dedica un comentario elogioso: “Porque Iturbe era uno
de los poquísimos revolucionarios que habían pensado por su cuenta el problema moral de la
Revolución y que habían venido a ésta con la conciencia limpia. Aunque muy joven, su
impulso revolucionario arrancaba más de la convicción que del entusiasmo”106.
El año de 1914 es para Guzmán de gran actividad política y revolucionaria: en febrero forma
parte, por breve tiempo, del Estado
Mayor del general Álvaro Obregón; en marzo,
comisionado por Venustiano Carranza, se traslada a Ciudad Juárez, donde pasa a prestar sus
servicios a las órdenes del general Francisco Villa. El águila y la serpiente da cuenta de lo que para
Guzmán representó esta experiencia. En agosto es enviado por Villa a la ciudad de México
para asistir como representante de la División del Norte a la entrada de las tropas
104
Idem, pág. 46.
Idem, pág. 48.
106
Martín Luis Guzmán, El águila y la serpiente, Porrúa, México, 1987, pág. 99.
105
70
constitucionalistas; en septiembre, por órdenes de Carranza, Guzmán, junto con otros villistas,
es encerrado en la Penitenciaría del Distrito Federal y puesto en libertad por la Convención de
Aguascalientes, a donde se traslada.
En la Penitenciaría, aparte del forzado encierro, Guzmán y sus compañeros la pasan sin
penurias: “Fuera de la política, nuestra vida de reclusos no languidecía por falta de
distracciones. Lucio Blanco nos mandaba todas las tardes una banda militar. Los músicos
hacían rueda al pie de nuestros balcones y tocaban horas enteras las piezas que les
pedíamos”107; además, contaban con toda clase de comodidades, ya que el general Carlos
Plank, director de la Penitenciaría, era amigo de ellos y no los trataba como prisioneros sino
como huéspedes.
Una vez libre, y después de haber asistido a la Convención de Aguascalientes, llega a la ciudad
de México como consejero del general José Isabel Robles, secretario de Guerra y Marina
designado por el gobierno de la Convención.
En 1915, Guzmán decide expatriarse a causa de la lucha entre carrancistas, villistas y
convencionistas. Permanece en España poco más de un año. Escribe y publica La querella de
México. En 1916 sale de España para radicar en Nueva York. Dirige la revista mexicana El
Gráfico y colabora en Revista Universal, publicación neoyorkina en español. Regresa a México en
1919 y es nombrado jefe de la sección editorialista de El Heraldo de México.
En 1920 se embarca rumbo a San Diego, en compañía del general Iturbe. Al triunfar la
sublevación contra Carranza regresa a México, se reintegra a El Heraldo y publica A orillas del
Hudson. En diciembre es nombrado secretario particular de Alberto J. Pani, secretario de
Relaciones Exteriores del gobierno de Obregón.
En 1922 funda el diario vespertino El Mundo y es elegido diputado del sexto distrito de la
ciudad de México.
107
71
Ibídem, pág. 300.
Al designar Álvaro Obregón a Plutarco Elías Calles su sucesor a la Presidencia de la República,
Martín Luis Guzmán, como fundador del periódico El Mundo ⎯y posteriormente su director⎯
y en su calidad de diputado a la XXX Legislatura, abre una campaña en apoyo a Adolfo De la
Huerta. El conflicto, que se presenta públicamente como si fuera entre De la Huerta y Calles,
pero que significa, en última instancia, el enfrentamiento entre Obregón y De la Huerta, se
acentúa hacia finales de 1923.108
Alberto J. Pani, entonces secretario de Hacienda, amigo personal de Guzmán, le advierte a éste
que si no cambia de actitud política su vida peligra. Guzmán arregla con Pani su salida del país
y se conviene que el gobierno obregonista alquile El Mundo; de esta manera Guzmán y su
familia salen de la ciudad de México el 4 de diciembre y se dirigen hacia Nueva York, donde
viven con tranquilidad y desahogo económico. Pero el asunto no queda ahí; la familia decide
viajar a Italia y en México se desata una campaña de calumnias en la prensa en contra de
Guzmán. Se le acusa de que engañó a Pani en el traspaso de El Mundo y que se encuentra en
Italia para comprar armamentos destinados a la rebelión delahuertista.
Guzmán se defiende de estas acusaciones, pero vivirá exiliado los siguientes doce años, dos en
Nueva York y diez en España. Estos años son los más fecundos de su vida: en 1928 publica El
águila y la serpiente; en 1929, La sombra del caudillo; en 1931, Aventuras democráticas; en 1932, Mina el
mozo: héroe de Navarra; en 1933, Filadelfia, paraíso de conspiradores y otras historias noveladas. Fue
editor de varios periódicos españoles y se interesa por la política española. Es amigo personal
de Manuel Azaña.
Al romper Cárdenas con Calles y poco antes de estallar la guerra civil española, Guzmán
regresa a México en 1936. Continúa su incansable labor literaria: en 1938 publica El hombre y sus
armas, primera parte de las Memorias de Pancho Villa; en 1939, Campos de batalla, segunda parte de
las Memorias. En 1940 es nombrado individuo correspondiente de la Academia Mexicana de la
Lengua. Publica Panoramas políticos y La causa del pobre, tercera y cuarta partes de las Memorias de
Pancho Villa.
108
Fragmento de la entrevista realizada a Martín Luis Guzmán por Eduardo Blanquel el 16 de mayo de 1971.
Citado en Martín Luis Guzmán: Iconografía, selección de textos, prólogo y notas de Héctor Perea.
Investigación iconográfica y documental de Xavier Guzmán Urbiola, FCE, México, 1987, págs. 51 y 52.
72
Además se convierte en hombre de empresa, pues, junto con su amigo Rafael Jiménez Siles,
funda la empresa editorial y librería EDIAPSA, iniciadora de las Librerías de Cristal, así como
Empresas Editoriales S. A. y Compañía General de Ediciones S. A., las cuales dan vida al
mundo editorial en México.
Dedicado a su obra, que en su mayor parte tendrá como tema central a México con sus
conflictos políticos y su historia, recibe en 1958 el Premio Nacional de Literatura y al año
siguiente el Premio Manuel Ávila Camacho. Con estos estímulos, Guzmán decide publicar lo
que había quedado inédito o disperso de sus escritos y aparecen sus Obras completas en 1961.
Aún así, todavía publicará Febrero de 1913 y Crónica de mi destierro.
En 1969 es elegido senador, cargo que ejerce hasta el 31 de agosto de 1976. Muere el 22 de
diciembre de ese mismo año.
El águila y la serpiente
Dentro de la narrativa de la Revolución Mexicana, destaca la obra El águila y la serpiente de
Martín Luis Guzmán, por la excelente prosa y la capacidad crítica y analítica que se ejerce
frente a los hombres y acontecimientos. La preocupación del autor por descifrar la historia y
comprender los resortes del poder, lo llevan a indagar los móviles humanos y a profundizar en
sus motivaciones. Hay en Martín Luis Guzmán un observador de la realidad que se transmuta
en literatura donde se va ordenando el caos. La Revolución Mexicana fue un movimiento
complejo y contradictorio que acepta diferentes visiones, y la de Martín Luis Guzmán es la de
un intelectual objetivo que observó a los hombres involucrados en el conflicto revolucionario,
principalmente a aquellos a quienes les tocaba tomar decisiones y estar en el poder.
Mucho se ha discutido en qué género narrativo puede ubicarse El águila y la serpiente, aunque
algunos críticos afirman, junto con el autor, que es una novela; en todo caso, sería una novela
en la que tienen cabida la crónica, la biografía y la historia, así como algunos relatos que
aparecen tan redondos como los cuentos.
73
Así, El águila y la serpiente nos muestra hechos y personajes de la Revolución con una enorme
eficacia. La obra consta de dos partes: la primera, titulada “Esperanzas revolucionarias”, y la
segunda, “En la hora del triunfo”; ambas abarcan distintos episodios de la Revolución
ocurridos en el periodo de 1913 a 1915.
La obra se inicia con el viaje a los Estados Unidos que el autor narrador emprende para llegar
al norte de México y reunirse con las tropas revolucionarias.
Este viaje aparece como una aventura llena de peripecias en la que destaca el doctor Dussart y
la bella norteamericana que resulta ser una espía de Huerta. En realidad, toda la novela, que
tiene una cronología lineal, resulta de aventuras, las cuales vive el narrador con el entusiasmo
de quien está sumergido en los acontecimientos. Al narrador le toca conocer a distintas
personalidades importantes de la Revolución como son Carranza, Villa, Obregón, Eulalio
Gutiérrez, Lucio Blanco, entre otros y caracteriza a cada uno de ellos con su descripción física
y psicológica.
El retrato que hace de Villa es magistral, “cuya alma más que de hombre era de jaguar”.
Guzmán, observador acucioso e inteligente, nos introduce en los distintos ambientes en los
que conoce a los caudillos. A Carranza nos lo muestra como un autócrata que imponía sus
puntos de vista y su autoridad sobre todos los que lo rodeaban. Su figura le hace recordar a
Porfirio Díaz; con ironía señala que cada vez que Carranza iba a desayunar o a cenar, se tocaba
la marcha de honor, para que todos los habitantes del lugar se enteraran y regocijaran. A
Obregón no lo describe con rasgos más favorables: “Obregón no vivía sobre la tierra de las
sinceridades cotidianas sino sobre un tablado; no era un hombre en funciones sino un actor”.
Y más adelante nos dice: “Era en el sentido directo de la palabra, un farsante”. No en balde
Obregón va a ser el poder oculto de La sombra del caudillo; a Eulalio Gutiérrez, presidente
provisional de la Convención de Aguascalientes, lo considera valiente, sereno y astuto: “Eulalio
representaba el ideal del revolucionario mexicano que piensa en todo, menos en salvarse”.
Hay en Martín Luis Guzmán una obsesión por describir toda la atmósfera que rodea los
acontecimientos que le tocó vivir, o aquellos que le narran. Baste señalar la manera como rodea
de luz o de sombra los objetos y la naturaleza. Los trenes ⎯elemento inseparable de la
74
Revolución⎯ forman parte de la vida cotidiana y son un personaje indispensable en el medio;
Guzmán le dedica la atención que merece. Asimismo a la ciudad de México, al Ajusco, al
paisaje, a los edificios; sus descripciones son detalladas y no escapa a su visión el más mínimo
detalle.
En el pasaje “Los zapatistas en Palacio”, donde refiere de qué manera la elegancia de los
objetos es incompatible con los campesinos zapatistas, la figura ruda de Eufemio Zapata choca
con las escalinatas de Palacio; Guzmán dice que ese contraste simbolizaba los tiempos que se
estaban viviendo: “los simbolizaba por el contraste de su figura, no humilde, sino zafia, con el
refinamiento y la cultura de que la escalera era como un anuncio”.
A lo largo de El águila y la serpiente, Martín Luis Guzmán ejerce su conciencia crítica de lo que es
la Revolución. Su posición es la de un intelectual de la clase media que toma distancia y no se
compromete con ninguno de los bandos ⎯tal vez sólo con los de la Convención⎯, en aras de
un ideal difícilmente realizable en una época convulsionada por la guerra y las luchas por el
poder. Esto no es un impedimento para que El águila y la serpiente se ubique como uno de los
libros sobresalientes de la Revolución Mexicana, por su excelente prosa, que coloca a Martín
Luis Guzmán entre los mejores escritores que ha dado nuestro siglo.
75
PANCHO VILLA EN LA CRUZ109
Martín Luis Guzmán
No se dispersaba aún la Convención110, cuando ya la guerra había vuelto a encenderse. Es
decir, que los intereses conciliadores fracasaban en el orden práctico antes que en el teórico. Y
fracasaban, en fin de cuentas, porque eso era lo que en su mayor parte querían unos y otros. Si
había ejércitos y se tenían a la mano, ¿cómo resistir la urgencia tentadora de ponerlos a pelear?
Maclovio Herrera111, en Chihuahua, fue de los primeros en lanzarse de nuevo al campo,
desconociendo la autoridad de Villa.
⎯Orejón jijo de tal ⎯decía de él el jefe de la División del Norte⎯. Pero ¡si yo lo he hecho!
¡Pero si es mi hijo en las armas! ¿Cómo se atreve a abandonarme así este sordo traidor e
ingrato?
Y fue tanta su ira, que a los pocos días de rebelarse Herrera ya estaban acosándolo las
tropas que Villa mandaba a que lo atacasen. Los encuentros eran encarnizados112, terribles: de
villistas contra villistas, de huracán contra huracán. Quien no mataba, moría.
Una de aquellas mañanas fuimos Llorente y yo a visitar al guerrillero y lo encontramos tan
sombrío que de sólo mirarlo sentimos pánico. A mí el fulgor de sus ojos me reveló de pronto
que los hombres no pertenecemos a una especie única, sino a muchas, y que de especie a
especie hay, en el género humano, distancias infranqueables, mundos, irreductibles113 a común
109
Martín Luis Guzmán, El águila y la serpiente.
La Convención de Aguascalientes se realizó del 10 de octubre al 13 de noviembre de 1914. Se acuerda
cesar a Carranza como Primer Jefe y a Villa como Jefe de la División del Norte. Nombra al general Eulalio
Gutiérrez presidente provisional.
111
Maclovio Herrera. General (1879-1915). Maderista combatió contra la sublevación de Pascual Orozco;
optó por el carrancismo.
112
encarnizados: batalla o riña muy porfiada y sangrienta.
113
irreductibles: que no se puede reducir.
110
76
término, capaces de predecir, si desde uno de ellos se penetra dentro del que se le opone, el
vértigo de lo otro. Fugaz como estremecimiento reflejo de Villa, el mareo del terror y del horror.
A nuestros «buenos días, general», respondió él con tono lúgubre:
⎯Buenos no, amiguitos, porque están sobrando muchos sombreros.
Yo no entendí bien el sentido de la frase, ni creo que Llorente tampoco. Pero mientras éste
guardaba el silencio de la verdadera sabiduría, yo, con inoportunidad estúpida, casi incitadora114
del crimen, dije:
⎯¿Están sobrando qué, general?
Él dio un paso hacia mí y me respondió con la lentitud contenida de quien reprime apenas
su rabia:
⎯Sobrando muchos sombreros, señor licenciado. ¿De cuándo acá no entiende usté el
lenguaje de los hombres? ¿O es que no sabe que por culpa del Orejón (¡jijo de tal, donde yo lo
agarre!...) mis muchachitos están matándose unos a otros? ¿Comprende ahora por qué sobran
muchos sombreros? ¿Hablo claro?
Yo me callé en seco.
Villa se paseaba en el saloncito del vagón al ritmo interior de su ira. Cada tres pasos
murmuraba entre dientes:
⎯Sordo jijo de tal... Sordo jijo de tal...
Varias veces nos miramos Llorente y yo, y luego, sin saber qué hacer ni qué decir, nos
sentamos ⎯nos sentamos el uno cerca del otro.
Afuera brillaba la mañana, sólo interrumpida en su perfecta unidad por los lejanos ruidos y
voces del campamento; en el coche, aparte el tremar115 del alma de Villa, no se oía sino el tictiqui del telégrafo.
Inclinado sobre su mesa, frente por frente de nosotros, el telegrafista trabajaba preciso en
sus movimientos, inexpresivo de rostro como la forma de sus aparatos.
Así pasaron varios minutos. Al fin de éstos el telegrafista, ocupado antes en transmitir, dijo,
volviéndose a su jefe:
⎯Parece que ya está aquí, mi general.
Y tomó el lápiz que tenía detrás de la oreja y se puso a escribir pausadamente.
114
115
77
incitadora: mover o estimular a uno para que ejecute una cosa.
tremar: temblar.
Entonces Villa se acercó a la mesita de los aparatos, con aire a un tiempo agitado y glacial116,
impaciente y tranquilo, vengativo y desdeñoso.
Interpuesto entre el telegrafista y nosotros, yo lo veía de perfil, medio inclinado el busto
hacia adelante. Le sobresalían de un lado, en la mancha oscura que hacía su silueta contra la luz
de las ventanillas, las curvas enérgicas de la quijada y del brazo doblado sobre el pecho, y del
lado de acá, al pie del ángulo poderoso que le bajaba desde el hombro, el trazo, corvo y
dinámico, de la culata de la pistola. Esa mañana no traía sombrero de ala ancha, sino salacot
gris, de verdes reverberaciones en los bordes. Prenda semejante, inexplicable siempre en su
cabeza, me pareció entonces más absurda que nunca. Cosa extraña: en lugar de quitarle
volumen, parecía dárselo. Visto de cerca y contra la claridad del día, su estatura aumentaba
enormemente; su cuerpo cerraba el paso a toda luz.
El telegrafista desprendió del bloque color de rosa la hoja en que había estado escribiendo y
entregó a Villa el mensaje. Él lo tomó, pero devolviéndolo al punto, dijo:
⎯Léamelo usté, amigo; pero léamelo bien, porque ora sí creo que la cosa va de veras.
Temblaban en su voz dejos de sombría emoción, dejos tan honda y terminantemente
amenazadores que pasaron luego a reflejarse en la voz del telegrafista. Este, separando con
cuidado las palabras, escandiendo117 las sílabas, leyó al principio con voz queda:
«Hónrome en comunicar a usted...»
Y después fue elevando el tono conforme progresaba la lectura.
El mensaje, lacónico y sangriento, era el parte de la derrota que acababan de infligir a
Maclovio Herrera las tropas que se le habían enfrentado.
Al oírlo Villa, su rostro pareció, por un instante, pasar de la sombra a la luz. Pero acto
seguido, al escuchar las frases finales, le llamearon otra vez los ojos y se le encendió la frente en
el fuego de su cólera máxima, de su ira arrolladora, descompuesta. Y era que el jefe de la
columna, tras de enumerar sus bajas en muertos y heridos, terminaba pidiendo instrucciones
sobre lo que debía hacer con ciento sesenta soldados de Herrera que se le habían entregado
«rindiendo las armas».
⎯¡Que ¿qué hace con ellos?! ⎯vociferaba Villa⎯. ¡Pues ¿qué ha de hacer sino fusilarlos?!
¡Vaya una pregunta! ¡Qué se me afigura que todos se me están maleando, hasta los mejores,
116
117
78
glacial: helado, muy frío.
escandiendo: medir el verso, contar el número de pie o de sílabas de que consta.
hasta los más leales y seguros! Y si no, ¿pa’ qué quiero yo estos generales que hacen boruca118
hasta con los traidores que caen en sus manos?
Todo lo cual decía sin dejar de ver al pobre telegrafista, a través de cuyas pupilas, y luego
por los alambres del telégrafo, Villa sentía quizá que su enojo llegaba al propio campo de
batalla donde los suyos yacían yertos119.
Volviéndose hacia nosotros, continuó:
⎯¿Qué les parece a ustedes, señores licenciados? ¡Preguntarme a mí que qué hace con los
prisioneros!
Pero Llorente y yo, mirándolo apenas, desviamos de él los ojos y los pusimos, sin chistar, en
la vaguedad del infinito.
Aquello era lo de menos para Villa. Tornando al telegrafista le ordenó por último:
⎯Ándele, amigo. Dígale pronto a ese tal por cual que no me ande gastando de oquis120 los
telégrafos; que fusile a los ciento sesenta prisioneros inmediatamente, y que si dentro de una
hora no me avisa que la orden está cumplida, voy allá yo mismo y lo fusilo, para que aprenda a
manejarse. ¿Me ha entendido bien?
⎯Sí, mi general.
Y el telegrafista se puso a escribir el mensaje para trasmitirlo.
Villa lo interrumpió a la primera palabra:
⎯¿Qué hace, pues, que no me obedece?
⎯Estoy redactando el mensaje, mi general.
⎯¡Qué redactando ni qué redactando! Usté nomás comunique lo que yo le digo y
sanseacabó. El tiempo no se hizo para perderlo en papeles.
Entonces el telegrafista colocó la mano derecha sobre el aparato trasmisor; empujó con el
dedo meñique la palanca anexa, y se puso a llamar:
«Tic-tic, tiqui; tic-tic, tiqui...»
Entre un rimero de papeles y el brazo de Villa veía yo los nudillos superiores de la mano del
telegrafista, pálidos y vibrantes bajo la contracción de los tendones al producir los suenecitos
homicidas. Villa no apartaba los ojos del movimiento que estaba trasmitiendo sus órdenes
118
boruca: escándalo.
yertos: aplícase al viviente que ha quedado rígido por el frío, y también al cadáver u otra cosa en que se
produce el mismo efecto.
120
oquis: lenguaje popular, de gratis.
119
79
doscientas leguas al norte, ni nosotros tampoco. Yo, no sé por qué necesidad ⎯estúpida como
las de los sueños⎯, trataba de adivinar el momento preciso en que las vibraciones de los dedos
deletrearan las palabras «fusile usted inmediatamente». Fue aquélla, durante cinco minutos, una
terrible obsesión que barrió de mi conciencia toda otra realidad inmediata, toda otra noción de
ser.
Cuando el telegrafista hubo acabado la trasmisión del mensaje, Villa, ya más tranquilo, se
fue a sentar en el sillón próximo al escritorio.
Allí se mantuvo quieto por breve rato. Luego se echó el salacot hacia atrás. Luego hundió
los dedos de la mano derecha entre los bermejos rizos de la frente y se rascó el cráneo, como
con ansia de querer matar una comezón interna, cerebral ⎯comezón del alma⎯, y después
volvió a quedarse quieto. Inmóviles nosotros, callados, lo veíamos.
Pasaron acaso diez minutos.
Súbitamente se volvió Villa hacia mí y me dijo:
⎯¿Y a usté qué le parece todo esto, amigo?
Dominado por el temor, dije vacilante:
⎯¿A mí, general?
⎯Sí, amiguito, a usté.
Entonces, acorralado, pero resuelto a usar el lenguaje de los hombres, respondí ambiguo:
⎯Pues que van a sobrar muchos sombreros, general.
⎯¡Bah! ¡A quién se lo dice! Pero no es eso lo que le pregunto, sino las consecuencias. ¿Cree
usté que esté bien, o mal, esto de la fusilada?
Llorente, más intrépido, se me adelantó:
⎯A mí, general ⎯dijo⎯, si he de serle franco, no me parece bien la orden.
Yo cerré los ojos. Estaba seguro de que Villa, levantándose del asiento, o sin levantarse
siquiera, iba a sacar la pistola para castigar tamaña reprobación de su conducta en algo que le
llegaba tanto al alma. Pero pasaron varios segundos, y al cabo de ellos sólo oí que Villa, desde
su sitio, preguntaba con voz cuya calma se oponía extrañamente a la tempestad de poco antes:
⎯A ver, a ver: dígame por qué no le parece bien mi orden.
80
Llorente estaba pálido hasta confundírsele la piel con la albura121 del cuello. Eso no
obstante, respondió con firmeza:
⎯Porque el parte122 dice, general, que los ciento sesenta hombres se rindieron.
⎯Sí. ¿Y qué?
⎯Que cogidos así, no se les debe matar.
⎯Y ¿por qué?
⎯Por eso mismo, general: porque se han rendido.
⎯¡Ah, qué amigo éste! ¡Pos sí que me cae en gracia! ¿Dónde le enseñaron esas cosas?
La vergüenza de mi silencio me abrumaba. No pude más. Intervine:
⎯Yo ⎯dije⎯ creo lo mismo, general. Me parece que Llorente tiene razón.
Villa nos abarcó a los dos en una sola mirada.
⎯Y ¿por qué le parece eso, amigo?
⎯Ya lo explicó Llorente: porque los hombres se rindieron.
⎯Y vuelvo a decirle: eso ¿qué?
El qué lo pronunciaba con acento de interrogación absoluta. Esta última vez, al decirlo,
reveló ya cierta inquietud que le hizo abrir más los ojos para envolvernos mejor en su mirada
desprovista de fijeza. De fuera a dentro sentía yo el peso de la mirada fría y cruel, y de dentro a
fuera, el impulso inexplicable donde se clavaban, como acicates, las visiones de remotos
fusilamientos en masa. Era urgente dar con una fórmula certera e inteligible. Intentándolo,
expliqué:
⎯El que se rinde, general, perdona por ese hecho la vida de otro, o de otros, puesto que
renuncia a morir matando. Y siendo así, el que acepta la rendición queda obligado a no
condenar a muerte.
Villa se detuvo entonces a contemplarme de hito en hito: el iris de sus ojos dejó de recorrer
la órbita de los párpados. Luego, de un brinco, se puso en pie para acercarse al telegrafista y
ordenarle, gritándole casi:
⎯Oiga, amigo; llame otra vez, llame otra vez...
El telegrafista obedeció:
121
albura: blancura perfecta.
parte: escrito, ordinariamente breve, que por el correo o por otro medio cualquiera se envía a una persona
para darle aviso o noticia urgente.
122
81
«Tic-tic, tiqui; tic-tic, tiqui...»
Pasaron unos cuantos segundos. Villa, sin esperar, interrogó impaciente:
⎯¿Le contestan?
⎯Todavía no, mi general.
⎯Llame más fuerte.
No podía el telegrafista llamar más fuerte ni más suave; pero se notó, en la contracción de
los dedos, que procuraba hacer más fina, más clara, más exacta la fisonomía de las letras. Hubo
un breve silencio, y a poco brotó de sobre la mesa, seco y lejanísimo, el tiqui-tiqui del aparato
receptor.
⎯Ya están respondiendo ⎯dijo el telegrafista.
⎯Bueno, amigo, bueno. Trasmita, pues, sin perder tiempo, lo que voy a decirle. Fíjese bien:
«Suspenda fusilamiento prisioneros hasta nueva orden. El general Francisco Villa.»
«Tic, tiqui; tic, tiqui...»
⎯¿Ya?
«Tic-tiqui, tiqui-tic...»
⎯... Ya, mi general.
⎯Ahora diga al telegrafista de allá que estoy aquí junto al aparato esperando la respuesta, y
que lo hago responsable de la menor tardanza.
«Tiqui, tiqui, tic-tic, tiqui-tic, tic...»
⎯¿Ya?
⎯... Ya, mi general.
El aparato receptor sonó:
«Tic, tiqui-tiqui, tic, tiqui...»
⎯...¿Qué dice?
⎯...Que va él mismo a entregar el telegrama y a traer la respuesta.
Los tres nos quedamos en pie junto a la mesa del telégrafo: Villa extrañamente inquieto;
Llorente y yo dominados, enervados123 por la ansiedad.
Pasaron diez minutos.
«Tic-tiqui, tic, tiqui-tic...»
123
82
enervados: con excesivo nerviosismo.
⎯¿Ya le responde?
⎯No es él, mi general. Llama otra oficina...
Villa sacó el reloj y preguntó:
⎯¿Cuánto tiempo hace que telegrafiamos la primera orden?
⎯Unos veinticinco minutos, mi general.
Volviéndose entonces hacia mí, me dijo Villa, no sé por qué a mí precisamente:
⎯¿Llegará a tiempo la contraorden? ¿Usté que cree?
⎯Espero que sí, general.
«Tic-tiqui-tic, tic...»
⎯¿Le responden, amigo?
⎯No, mi general, es otro.
Iba acentuándose por momentos, en la voz de Villa, una vibración que hasta entonces
nunca le había oído: armónicos, velados por la emoción, más hondos cada vez que él
preguntaba si los tiquis-tiquis eran respuesta a la contraorden. Tenía fijos los ojos en la barrita
del aparato receptor, y, en cuanto éste iniciaba el menor movimiento, decía, como si obrara
sobre él la electricidad de los alambres:
⎯¿Es él?
⎯No, mi general: habla otro.
Veinte minutos habían pasado desde el envío de la contraorden cuando el telegrafista
anunció al fin:
⎯Ahora está llamando⎯. Y cogió el lápiz.
«Tiqui-tic-tiqui, tiqui-tiqui...»
Villa se inclinó más sobre la mesa. Llorente, al contrario, pareció erguirse. Yo fui a situarme
junto al telegrafista para ir leyendo para mí lo que éste escribía.
«Tiqui-tic-tiqui, tiqui-tiqui...»
A la tercera línea, Villa no pudo dominar su impaciencia y me preguntó:
⎯¿Llegó a tiempo la contraorden?
Yo, sin apartar los ojos de lo que el telegrafista escribía, hice con la cabeza señales de que sí,
lo cual confirmé en seguida de palabra.
Villa sacó su pañuelo y se lo pasó por la frente para enjugarse el sudor.
83
Esa tarde comimos con él; pero durante todo el tiempo que pasamos juntos no volvió a
hablarse del suceso de la mañana. Sólo al despedirnos, ya bien entrada la noche, Villa nos dijo,
sin entrar en explicaciones:
⎯Y muchas gracias, amigos; muchas gracias por lo del telegrama, por lo de los prisioneros.
84
ACERCA DE “PANCHO VILLA EN LA CRUZ”
En “Pancho Villa en la cruz” encontramos un relato donde se puede observar lo imprevisible
de las reacciones de Villa. La sublevación de Maclovio Herrera, y el que los soldados villistas
estén peleando entre sí, lo llena de furia. En esta situación, una mañana van a visitarlo
Llorente124 y Guzmán. El narrador nos dice: “lo encontramos tan sombrío que de sólo mirarlo
sentimos pánico” (p.355).
Guzmán nos da una descripción de Villa que lo coloca como a alguien que se encuentra a gran
distancia de la normalidad dentro de la especie humana.
El relato se nos presenta con una estructura cerrada, ya que Villa acepta el consejo de sus
acompañantes y da la contraorden del fusilamiento en masa que había mandado a través del
telégrafo.
La narración es de personaje. Villa ocupa toda la atención y sus motivaciones y características
psicológicas llenan el relato.
El punto de vista está dado en primera persona: Guzmán es testigo de las reacciones de Villa y
las narra con sumo detalle. Así nos da una idea de las proporciones del guerrillero:
Interpuesto entre el telegrafista y nosotros, yo lo veía de perfil medio inclinado el busto hacia
delante [...] Esa mañana no traía sombrero de ala ancha, sino salacot gris, de verdes
reverberaciones en los bordes. Prenda semejante, inexplicable siempre en su cabeza, me pareció
entonces más absurda que nunca. Cosa extraña: en lugar de quitarle volumen, parecía dárselo.
124
Llorente, Enrique. Simpatizó con la causa constitucionalista, más tarde pasó al lado de la Convención. Fue
agente confidencial del Gobierno Convencionista en Washington. En 1923 se unió al movimiento
delahuertista en contra del gobierno del general Álvaro Obregón.
85
Visto de cerca y contra la claridad del día, su estatura aumentaba enormemente; su cuerpo
cerraba el paso a toda luz (p. 357).
El tema del relato es la capacidad que tiene Villa de escuchar consejos y de cambiar de opinión
ante las buenas razones de sus acompañantes.
Las ideas de la narración se nos dan a través de las actitudes de Villa. Primero, el que no
perdone la traición de Maclovio Herrera; segundo, que sin reflexionar, y lleno de ira, mande
fusilar a los ciento sesenta prisioneros que se rindieron. Tercero, su desconcierto al saber que
está violando las reglas del código de honor militar, y cuarto, su capacidad para retractarse ante
un error.
El tiempo objetivo es de aproximadamente dos horas en el ir y venir de los mensajes por
telégrafo. Villa se llena de inquietud al no recibir pronta respuesta a la contraorden que ha dado
del fusilamiento y se muestra impaciente ante la tardanza. Su angustia se hace evidente en sus
continuas preguntas al telegrafista sobre si le responden. Guzmán nos dice: “Iban
acentuándose por momentos en la voz de Villa, una vibración que hasta entonces nunca le
había oído: armónicos, velados por la emoción, más hondos cada vez que él preguntaba si los
tiquis-tiquis eran respuesta a la contraorden” (p. 363).
La época es el periodo de la Convención de Aguascalientes (1914) en el que difícilmente los
convencionistas logran ponerse de acuerdo y nombran como presidente provisional a Eulalio
Gutiérrez.
El ambiente físico es el vagón del tren en donde se encuentra el telégrafo. Un pequeño salón
en el cual destaca la presencia de Villa.
El ambiente moral o emotivo es de tensión. Los diversos cambios de emociones de Villa llenan
el relato. Contrastes que mantienen al lector en suspenso.
Los personajes son Villa, Llorente, Guzmán y el telegrafista. Villa es el personaje principal pues
en él se centra la acción; Guzmán y Llorente son personajes secundarios de suma importancia,
86
pues si no hubieran estado ellos con el guerrillero, seguramente se habría producido el
fusilamiento en masa. El telegrafista es un personaje ambiental.
El estilo de Guzmán es excelente: logra darnos una acuciosa descripción de Villa y de sus
reacciones. Su lenguaje es culto, adjetiva con precisión y logra crear una atmósfera de tensión y
suspenso que involucra al lector hasta el desenlace.
FUENTES
GUZMÁN, Martín Luis, El águila y la serpiente, Porrúa, México, 1987.
Martín Luis Guzmán. Iconografía, selección de textos, prólogo y notas de Héctor Perea,
investigación iconográfica y documental de Xavier Guzmán Urbiola, FCE, México, 1987.
87
RAFAEL F. MUÑOZ
María Eugenia Gaona
Nació el primero de mayo de 1899 en la Ciudad de Chihuahua. Su familia era de terratenientes
letrados y destacaron en sus funciones. Fueron propietarios de varios ranchos: El Pabellón,
Los Volcanes, La Casa Grande, donde el futuro escritor aprendió a andar a caballo, a
ejercitarse con armas de fuego y algunas bases de cómo cultivar la tierra.
Con el reparto agrario, los Muñoz perdieron sus propiedades: unas fueron confiscadas por los
agraristas, otras se malvendieron o se perdieron a causa de pleitos. Lo real fue que perdieron
todas sus posesiones, con lo cual quedó entre los Muñoz un resentimiento a los
procedimientos revolucionarios.
Rafael F. Muñoz hizo su primaria con los paulinos y en la escuela de la Sociedad Filomática de
Chihuahua, pero fue ante todo un autodidacta que devoraba libros en la biblioteca de su
abuelo. Hizo sus estudios secundarios en el Instituto Científico y Literario e inició los de
preparatoria allí mismo. Se hallaba en el segundo curso cuando la División del Norte ocupó
Chihuahua. Viajó a la capital de la República para seguir estudiando, pero el cuartelazo de
Huerta le obligó a regresar a su tierra. En Chihuahua empezó la carrera de periodista en el
diario Vista Nueva.
En 1916 por causas políticas emigró a los Estados Unidos, allí se dedicó a realizar humildes
faenas agrícolas.
Volvió a México en 1920 y continuó su labor periodística. Entró en la redacción de El
Universal. En 1921 fundó El Universal Gráfico donde aparecieron sus primeros cuentos cortos.
88
Por ese tiempo sirvió a Obregón como secretario, y durante el gobierno del licenciado Portes
Gil llegó a ser director de El Nacional.
Se casó en 1929 con Dolores Buckinham con quien tuvo dos hijos, Rafael y Eleonora. Su
actividad literaria empieza en 1923 con Memorias de Pancho Villa, que son una continuación de
las empezadas por el doctor Ramón Puente. En 1955 Populibros La Prensa editó cien mil
ejemplares cambiando sólo el título: Pancho Villa, rayo y azote.
En 1928 Muñoz comenzó a publicar en El Universal Gráfico sus primeros cuentos cortos, el
primero de ellos fue “El feroz cabecilla” y preparó una selección de sus mejores cuentos bajo
el título de El feroz cabecilla. Cuentos de la Revolución en el Norte.
En 1930 dio a la imprenta El hombre malo y otros cuentos; en 1931, en Madrid, se imprimió su
primera novela ¡Vámonos con Pancho Villa!, en 1933 Botas publicó Si me han de matar mañana.
Muñoz escribió también la biografía Santa Anna, de la cual se han hecho cuatro ediciones, dos
de ellas mutiladas en Espasa-Calpe de Madrid en 1936 y 1937; Botas editó en México el texto
completo en 1938.
Se llevaron el cañón para Bachimba es su segunda y última novela publicada en 1941. El último
libro de Muñoz se titula Obras incompletas, dispersas o rechazadas, de la editorial Oasis, México,
1967.
Entre sus propósitos estaba escribir un libro singular que se apartaba del tema revolucionario:
Yo, y el mar; llevaba preparadas 2,600 fichas y el prólogo.
En la entrevista que Emmanuel Carballo le dedica, Muñoz dice que es partidario de que los
textos se publiquen tal como fueron escritos: “El retoque es grotesco, revela insinceridad”; más
adelante añade: “Los cuentos son, quizá, mi obra más fresca, menos elaborada, no tuvieron
preparación alguna, ni modelos, ni moldes, ni retoques. Son la naturalidad. Cuando algunos
89
dicen despectivamente, que soy historiador, en mi fuero interno me conformo con ser firme
cuentista”.125
Muñoz reconoce que en su literatura influyó el periodismo, con sus vicios y virtudes. Además
ocupó varios cargos en la administración pública. En 1943, Jaime Torres Bodet, titular de la
Secretaría de Educación Pública, lo nombró jefe de publicidad y propaganda. En 1946 pasó
con la misma categoría a la Secretaría de Relaciones Exteriores.
Era un hombre sencillo que disfrutaba de la amistad, no le preocupó demasiado el dinero,
aunque le gustaba la buena mesa, las diversiones y los viajes.
Muñoz murió el 27 de julio de 1972 cuando estaba preparando su discurso para ingresar a la
Academia de la Lengua.
125
Emmanuel Carballo, Protagonistas de la literatura mexicana, Ediciones El Ermitaño - SEP, México, 1986
(Lecturas Mexicanas, Segunda serie, # 48), pp. 342-343.
90
Oro, caballo y hombre
Rafael F. Muñoz
COMO EN CASAS GRANDES TERMINABA LA LÍNEA FÉRREA, LOS VILLISTAS QUE SE
DIRIGÍAN RUMBO A SONORA BAJARON DE LOS TRENES, ECHANDO FUERA DE LAS JAULAS
LA FLACA CABALLADA Y DESPUÉS DE ENSILLAR EMPRENDIERON LA CAMINATA HACIA EL
CAÑÓN DEL PÚLPITO.
La llanura estaba oculta bajo una espesa costra de nieve endurecida que crujía a la presión
de las herradas pezuñas de los animales; a veces, éstos resbalaban y caían sobre el húmedo
colchón, blanco e interminable; los jinetes se levantaban sacudiéndose y si la bestia había
quedado tirada en el fango helado, con las manos le cerraban la nariz y el hocico para que en
un supremo esfuerzo por libertarse y respirar, el animal volviera a ponerse sobre sus cuatro
patas.
¡Qué poco amiga del hombre es la tierra nevada, agradable solamente en las pinturas
alegóricas126 de Nochebuena! No se ve el terreno que se pisa; los pedruzcos del camino apenas
hacen una levísima ondulación en la cáscara de confeti cristalizado a bajo cero. Los peatones
dan traspiés y tocan el suelo con rodillas y manos; las armas se hunden en la nieve, se moja el
costal con pinole127 que tenía que servir de alimento por toda la semana, entran esquirlas de
hielo128 por todas las aberturas de la ropa. ¡Y hay que soltar algunas maldiciones para calentarse!
Luego, no se encuentra leña seca para hacer una lumbrada, ni piedra limpia para sentarse a
descansar un rato; aun bajo los pinos, cedros y encinos de copas anchísimas, hay nieve, no
queda sitio para tender una manta y acostarse. Aun cuando la tormenta haya cesado, el viento
hace caer los copos detenidos en las ramas y bajo los árboles siempre está nevando. El deshielo
es cruel, aún más que la tempestad: hace más frío y casi siempre más viento que levanta la
126
pinturas alegóricas: pinturas de ficción en las cuales una cosa representa o significa otra diferente.
pinole: harina o polvo de maíz tostado, propio para beberse batido con agua, frío o caliente, solo o
mezclado con azúcar.
128
esquirlas de hielo: astillas de hielo.
127
91
punta de las bufandas, el vuelo de los capotes, la vuelta de las pelerinas129 y se cuela a través de
las ropas hasta el pellejo.
⎯¡No hay que rajarse, muchachos! ¡Síganle, que ya verán cómo pa’ delante está pior...!
Y los deshilachados restos de la fastuosa División del Norte, los poquísimos que no se
habían “rajado” después de los combates de Celaya, echaban “pa’ delante, a buscar lo pior”,
con movimiento de hombros que decía “¿Qué más da?” y una contracción de labios que era
desdén para la vida y reto a la muerte.
Frente a Casas Grandes, a poco trotar, hay una laguna extensa, pero poco profunda, casi
una charca donde el viento no hace oleajes, rizando apenas la superficie pantanosa, que semeja
un cristal ahumado, porque bajo un metro de agua, el barro negro y arrugado da la idea de la
piel de una gran bestia que estuviera dormitando dentro de la laguna. En algunas partes, donde
el agua era menos, el bajo cero había puesto a la ciénega un cascarón de hielo.
El grueso de la columna se desvió prefiriendo hacer un gran rodeo por tierra firme, que
atravesar la sospechosa calma de las aguas oscuras. Pero un grupo de villistas, seis o siete, bien
montados en caballos de alzada, con gruesas mitazas130 que les cubrían hasta la mitad del
muslo, y ropas de invierno entre las que no faltaban los característicos sweater rojos, se
decidieron a marchar en línea recta a través de la charca.
A la cabeza del grupo iba un hombre alto, con el sombrero texano arriscado131 en punta sobre
la frente, tal como lo usan los ferrocarrileros, “los del riel”. Rostro oscuro completamente
afeitado, cabellos que eran casi cerdas, lacios, rígidos, negros: boca de perro de presa, manos
poderosas, torso erguido y piernas de músculos boludos que apretaban los flancos del caballo
como si fueran garra de águila. Aquel hombre se llamaba Rodolfo Fierro; había sido
ferrocarrilero y después fue bandido, dedo meñique del Jefe de la División del Norte, asesino
brutal e implacable, de pistola certera y dedo índice que no se cansó nunca de tirar del gatillo.
⎯Los caballos andan mejor en el agua que en la nieve ⎯dijo y metió espuelas. El animal
dio un gran salto, penetró en la laguna levantando un abanico de agua con cada pata, siguió
adelante braceando a un metro de alto y chapoteando con regocijado estrépito.
129
pelerinas: capa militar de gala.
mitazas: calzoneras anchas.
131
arriscado: vuelto hacia arriba.
130
92
⎯Éste es el camino para los hombres que sean hombres, y que traigan caballos que sean
caballos...¡Adelante!
Los otros le siguieron, haciendo ruidos de cascada.
Fierro iba cargado de oro. Monedas americanas de veinte dólares, conocidas por “ojos de
buey”, inflaban un cinturón de los llamados “de víbora” que el bandolero llevaba apretado
poco más abajo que la canana de la pistola; oro en los bolsillos abultados del pantalón, oro en
el pliegue que hacía la camisola al voltearse sobre el cinturón ajustado... oro en las cantinas de
la silla de montar, hinchadas hasta el máximo... oro en bolsas de lona colgadas de la cabeza de
la montura... Una coraza de oro, un blindaje132 de oro...¡Kilos de oro!
Cuando caminaba en tierra firme, el caballo parecía no sentir sobre su lomo al hombre
enorme, parecía no llevar encima aquel tremendo cargamento: braceaba como un trotón inglés
de paseo, levantando las pezuñas delanteras a la altura del pecho.
Pero a cien metros, a ciento cincuenta, a doscientos metros de la orilla de la laguna, el
caballo fuese fatigando de no encontrar tierra firme bajo sus herraduras, de meter los cascos en
un lodazal negro, espeso, congelado. Y aun cuando el nivel del agua no le llegaba al vientre, ya
no sacaba las pezuñas al aire; seguía caminando firme, pero lento, recto pero fatigado,
resoplando como locomotora. De sus narices abiertas, dos grandes agujeros negros, salían
chorros de un vaho espeso. Las orejas enhiestas parecían percibir una misteriosa señal de
peligro que partiera de las aguas, agitadas en los círculos concéntricos que iban borrándose en
la distancia.
⎯Mi general, está el terreno muy pesado para los caballos ⎯aventuró a decir uno de los
acompañantes⎯ mejor es que nos devuélvanos y denos la vuelta por la orillita...
⎯¡Qué devuélvanos ni qué el demonio...! ¡Me canso de pasar este tal por cual charco! El
que tenga miedo, que se raje y dé media vuelta... no se vaya a dar un baño...
Y dio otro apretón de pies en el vientre del caballo. Las puntas de las espuelas hirieron la
piel, abriendo dos hilillos de sangre, y el animal se levantó sobre las patas traseras, quedando
casi vertical. Fierro se apoyó en la teja de la silla, pegó la cabeza al cuello del animal, y con el
puño cerrado dióle un golpe entre las dos orejas.
⎯¡Mula, mal nacida!
132
93
blindaje: planchas metálicas que sirven para proteger contra las balas, el fuego, etc.
El caballo volvió a caer sobre sus cuatro patas y se vio entonces que el agua le llegaba al
vientre. Los pies del hombre, prendidos a los ijares133 con los hierros implacables, quedaron
dentro del agua enturbiada por el pataleo.
⎯¡Cuidado, mi general! ¡El caballo se está hundiendo!
⎯Pos va a salir a puritito pulmón...
⎯No lo menee mucho, porque se le atasca...
⎯¡Vete a dar consejos a las viejas! ¡Yo sé lo que hago!
Fuese desarrollando una lucha tremenda: el caballo contra el fango y el hombre contra el
caballo. Los demás jinetes no se atrevían a acercarse y habían formado un semicírculo a cinco o
seis metros de distancia. El animal resollaba desesperadamente y en vigorosos movimientos
lograba levantar una mano y sacarla del agua, tirando luego un golpe terrible hacia abajo; pero
no encontraba resistencia en el barro y cada vez el impulso de sus músculos poderosos que
levantaban las manos era menos eficaz. Se fue hundiendo de la parte trasera y pronto quedó la
cola dentro del agua, agitándose violentamente como si fuera un remo cubierto de cerdas.
El jinete golpeaba al animal con ambos puños, dejando la rienda suelta sobre la silla
gritando los más duros insultos y acicateándolo furiosamente en la barriga. Ya se veían en el
agua revuelta, espesa de lodo, tonos rojizos de la sangre del caballo que manaba por los ijares.
⎯Mejor bájese, mi general... yo le presto mi penco134...
⎯Préstaselo a tu abuela, que lo necesita más que yo...
Llegó el momento en que el animal no pudo desprender las manos del lodo. Debía tenerlo
ya más arriba de la rodilla, porque el agua le llegaba hasta la mitad del cuerpo. Quedó un
instante inmóvil, dando unos bufidos que parecían respuesta a los insultos que le seguía
diciendo Fierro. Y entonces fue cuando éste pensó en desmontar: volvióse hacia las cantinas
de la montura, ya al nivel del agua, y sacó sendas bolsas de oro; tomó los dos costales
amarrados a la cabeza de la silla y echándoselos en el brazo izquierdo levantó la pierna derecha
sobre el lomo del animal y la sumergió en el agua tratando de tocar fondo; pero el pie se le
hundió en el barro que parecía mantequilla, y él quedóse prendido de la cabeza de la silla, con
la pierna izquierda doblada sobre el estribo135.
133
ijares: cualquiera de las dos cavidades simétricamente colocadas entre las costillas falsas y los huesos de
las caderas.
134
penco: caballo, en lenguaje popular.
135
estribo: pieza de metal, madera o cuero en que el jinete apoya el pie.
94
Sintió miedo, un miedo espantoso de quedarse ahí para siempre, con su caballo y con su
oro; volvió los ojos hacia sus hombres con una inmensa angustia. Todos estaban muy lejos
para tenderle la mano y se habían quedado inmóviles por temor a correr la misma suerte que
él. Y los demás de la columna, muy lejos, a la orilla de la laguna tersa y oscura como un espejo
ahumado, continuaban su marcha a rastras sobre la nieve, preocupado cada uno de ellos por su
propia marcha, mirando hacia abajo para evitar los preduzcos y los hoyancos y sin dirigir una
ojeada al grupo que se había atrevido a pasar en línea recta el manto de agua.
⎯¡Epa! ¡Imbéciles! A ver si hacen algo... ¿O qué, piensan dejarme aquí atascado136 en el
zoquete?137 ¡Búiganse138, démen un jalón!
Pero aquellos hombres no se movieron. En varios metros alrededor del caballo que se
sumergía y del jinete pálido por la angustia, el cieno estaba removido por los desesperados
esfuerzos que hacía el animal para escapar del peligro y quien se hubiera atrevido a avanzar en
esa zona, cayera también prisionero del fango movedizo y profundo. Así, los demás jinetes se
limitaron a dar consejos.
⎯No se mueva mucho...
⎯Párese arriba de la silla...
⎯Tire todo el peso que traiga encima...
⎯Procure venirse a nado...
Uno sacó la pistola y para avisar a la lejana columna del peligro en que Fierro se encontraba,
disparó al aire los seis cartuchos del cilindro. Inmediatamente se vio que la tropa en marcha se
detuvo y acercóse a la orilla de la laguna. Con sus prismáticos, los jefes vieron que un caballo
estaba sumergiéndose en las aguas y que un hombre intentaba escapar de un trance de muerte.
Varios jinetes trataron de ir al socorro y avanzaron sus caballos quebrando el hielo de la
superficie, mas a poco andar vieron que también para ellos había peligro, y se regresaron.
En el centro de la charca, el caballo seguía pataleando y agitándose en el barro. Pronto
quedó la montura bajo las aguas, y el animal no sacó ya sino el cuello y la cabeza mantenida en
alto.
Fierro estaba de rodillas sobre la silla, pálido, con los ojos desorbitados por el espanto. En
el brazo izquierdo sostenía aún cuatro bolsas repletas de oro.
136
atascado: quedarse detenido en un pantano o barrizal de donde no se puede salir sino con gran dificultad.
zoquete: lugar donde abunda el lodo o zoquete (Sonora).
138
búiganse: muévanse, en lenguaje popular.
137
95
⎯Una reata... ¡Echenme una reata! Le doy una bolsa a cada uno que me ayude a salir...
Algo por compasión y mucho por interés de la oferta, los villistas del grupo echaron mano a
los lazos amarrados en sus monturas y comenzaron a agitarlos en grandes círculos sobre sus
cabezas. El caballo acabó de sumergirse, soplando un bufido que alborotó las aguas; sus
pulmones potentes todavía echaron un chorro de burbujas que reventaron en pompas de
fango. El hombre había quedado en pie sobre la silla, sin sombrero, con los costales apretados
al pecho, salpicado de lodo de arriba abajo, pesadas las piernas por la costra que lo cubría hasta
la cintura.
⎯Pronto... pronto... el caballo ya se fue al diablo...
Las reatas partieron simultáneamente con un uniforme silbido, pero fuera por mal cálculo o
porque los lazadores tuvieran pocas ganas de verse envueltos en el peligro, todas quedaron
cortas y Fierro, sin soltar el oro, intentó alcanzarlas alargando el brazo derecho. Este
movimiento lo hizo perder el equilibrio y cayó al agua. A poco emergió enteramente cubierto
de lodo, agitando los brazos, ya libres del pesado cargamento. Su figura casi había perdido la
apariencia humana. Quiso decir algo, y medio ahogado por el cieno que le había penetrado en
la boca, sólo lanzó un alarido gutural como de un orangután en la selva. Instantes después
comenzó a hundirse despacio; bajó los brazos y quedó con la cabeza de fuera, nada más,
gritando.
Los villistas recogieron rápidamente sus reatas y volvieron a tirarlas, pero nuevamente
quedaron cortas. Pronto la cabeza quedó a ras de agua y luego se hundió. Surgieron los brazos
levantando la “víbora” hinchada de oro, en una última oferta por la salvación. Luego todo
desapareció bajo las aguas, que volvieron a quedar como un vidrio ahumado, sin oleaje, apenas
rizadas por el viento.
Muy despacio, con toda clase de precauciones, los testigos de la tragedia fueron saliendo
hacia la orilla. Un oficial japonés que iba entre los villistas, se devolvió a Casas Grandes para
buscar una lancha y salir a bucear en la laguna en un intento para rescatar el cuerpo.
La columna continuó su marcha en la nieve, y al ponerse el sol acampó en un bosque.
Tronchando139 ramas de pinos y cedros los villistas medio barrieron la nieve en algunos trechos
bajo los árboles más grandes, y se acostaron a descansar.
⎯¡Lástima de oro!
139
96
tronchando: partiendo o rompiendo sin herramientas un vegetal por su tronco, tallo o ramas principales.
Otros:
⎯¡Lástima de caballo!
Y ninguno lamentó la desaparición del hombre.
97
ACERCA DE “ORO, CABALLO Y HOMBRE”
En 1933, Rafael F. Muñoz publicó en Ediciones Botas, Si me han de matar mañana, libro de
cuentos donde aparece “Oro, caballo y hombre”. En este cuento, nos encontramos a un grupo
de soldados derrotados de la División del Norte que van rumbo a Sonora, con sus caballos en
la llanura nevada, dando traspiés y recibiendo todas las inclemencias del deshielo. La marcha es
fatigosa, a duras penas pueden caminar por el terreno, caen y se levantan sintiendo la helada
que se cuela por todos los intersticios de su vestimenta.
Su valentía se deja sentir al grito: “¡No hay que rajarse, muchachos! ¡Síganle que ya verán cómo
pa’ delante está pior...!” (p.234) Y los hombres siguieron para adelante con un gesto en el que
no importan la vida o la muerte.
Se topan con una laguna que la mayor parte de los hombres prefiere rodear, sólo un grupo
bien pertrechado y con buenos caballos se decide a atravesar la charca. Lo comanda Rodolfo
Fierro, “dedo meñique de Villa”, quien con su espléndido caballo se adelanta a todos echando
bravatas; pero a medida que avanza, su caballo se ve atascado por el fango del fondo.
Lentamente, por más que Fierro lo golpeé, el caballo se hunde y Fierro que va cargado de oro
“sintió miedo, un miedo espantoso de quedarse ahí para siempre, con su caballo y su oro” (p.
238).
Cargado con su oro, Fierro ofrece a sus hombres, que lo ven a la distancia, una bolsa repleta al
que lo ayude a salir. Los hombres empiezan a silbar las reatas, pero todas quedan cortas y
Fierro, sin soltar el oro, intenta alcanzarlas. Pierde pie, cae al agua y empieza a gritar cuando
emerge todo cubierto de lodo. Los villistas tratan de hacer un nuevo intento por salvarlo y
lanzan sus reatas que vuelven a quedar cortas. Lo único que ven es la “víbora” repleta de oro,
como desesperada oferta; después, todo desaparece y las aguas permanecen tranquilas.
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Muy despacio los hombres que se metieron a la laguna van saliendo hacia la orilla. Los
soldados continúan su marcha en el terreno escabroso y al ponerse el sol acampan en un
bosque. El cuento termina con comentarios de los hombres que lamentan la pérdida del
caballo y del oro, “y ninguno lamentó la desaparición del hombre”, nos dice el narrador.
La estructura del cuento es cerrada dado que conocemos el fin de Fierro, quien se ahoga en la
laguna. El punto de vista está dado en tercera persona, el narrador nos relata todos los
acontecimientos.
El tema es la avaricia, pues Fierro antes de deshacerse de su oro se hunde con todo y su
caballo en la laguna. Las ideas más evidentes dadas en el relato son las consecuencias que tiene
la imprudencia que Fierro disfraza de valor y arrojo.
Otra idea es la de la entereza de los soldados que siguen adelante y no se arredran ante las
condiciones hostiles de la naturaleza. También hay que anotar que la brutalidad de Fierro
genera la poca estima que sienten los soldados por éste, pues al final nadie lamenta su muerte.
Los acontecimientos ocurren durante la Revolución Mexicana, en 1915, después de que los
villistas fueron derrotados por Álvaro Obregón en la batalla de Celaya.
El lapso en que transcurre la acción es de unas cuantas horas. El tiempo que se requiere para
que los hombres continúen su marcha en Casas Grandes, y Fierro y unos siete compañeros
cometan la imprudencia de querer acortar el camino atravesando la laguna. El clímax de la
narración está dado en los esfuerzos que hacen el caballo y Fierro para desatorarse del fango de
la ciénaga y su final hundimiento.
La narración termina con el ocaso del día, cuando los soldados se disponen a descansar. El
ambiente físico está magistralmente descrito y abundan las referencias a la hostilidad de las
tierras en deshielo. “El deshielo es cruel, aún más que la tempestad: hace más frío y casi
siempre más viento, que levanta la punta de las bufandas, el vuelo de los capotes, la vuelta de
las pelerinas y se cuela a través de las ropas hasta el pellejo” (p. 234).
99
El relato es esencialmente descriptivo. El retrato que se nos hace de Fierro nos da una idea
cabal del hombre. Se hace énfasis en el cargamento de oro que lleva Fierro con la constante
repetición “...oro en las cantinas de la silla de montar, hinchadas hasta el máximo... oro en
bolsas de lona colgadas de la cabeza de la montura... Una coraza de oro, un blindaje de oro...
¡Kilos de oro!” (p. 236)
El caballo es también objeto de atención del narrador y se nos presenta como un magnífico
ejemplar que aguanta el peso de Fierro y del oro que éste lleva por todos lados. La escena en
que el caballo está tratando de salir del fango es impresionante por sus detalles, así como el
trágico final de Fierro que nos sorprende por su realismo.
Si bien la masa anónima de los soldados juega un papel importante en el relato, Fierro es el
personaje principal del mismo, pues es el que, forrado de oro, se aventura a atravesar la laguna.
Unos cuantos compañeros lo siguen, que son los que inútilmente tratan de salvarlo.
Estos compañeros son personajes secundarios que aparecen brevemente en el cuento. Como
es de suponer, no sabemos nada de la vida interior de ellos; sin embargo, sí vemos a Fierro
como hombre de acción, que entra a la laguna con decisión y se niega a salir de ella a pesar de
las recomendaciones de sus compañeros.
Fierro es descrito como un hombre primitivo lleno de crueldad, que hace alarde de su valentía
y que aun para pedir que le salven la vida llama “imbéciles” a los que le pueden ayudar. Sin
embargo, siente miedo por su vida y no logra escapar de una muerte trágica.
El estilo de Muñoz en “Oro, caballo y hombre” es claro y preciso, usa un lenguaje sencillo,
aunque los diálogos emplean el habla popular con algunos regionalismos. Abundan las
descripciones detalladas pero, desde luego, lo que destaca es la acción que comprende todo el
episodio de la muerte de Fierro. Muñoz, con extraordinaria habilidad, nos lo presenta con
realismo y verosimilitud.
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FUENTES
ANTOLÍN Monge, Francisco, La narrativa de Rafael F. Muñoz, tesis de maestría en la UNAM,
Facultad de Filosofía y Letras, Escuela para Extranjeros, México, 1975.
CARBALLO, Emmanuel, Protagonistas de la literatura mexicana, Ediciones El Ermitaño/SEP,
México, 1986 (Lecturas mexicanas, Segunda serie # 48).
MORTON, F. Rand, Los novelistas de la Revolución Mexicana, Cvltvra, México, 1949.
MUÑOZ, Rafael F., Relatos de la Revolución, Antología, Selección y prólogo Salvador Reyes
Nevares, SEP, México, 1974 (SEP Setentas Núm. 151).
MUÑOZ, Rafael F., Relatos de la Revolución, Cuentos completos, Enlace/Grijalbo, México, 1985
(Prólogo de Felipe Garrido).
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