Tema 5. Prerrománico y románico

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PRERROMÁNICO Y ROMÁNICO.
1. Marco espacial y temporal.
Comenzamos presentando dos
mapas: el primero nos sitúa la
distribución de los reinos
germánicos hacia finales del
siglo VI d. C. con los visigodos
dominando la península Ibérica
y los francos extendiéndose
hacia el este. El segundo es el
mapa de la Europa del románico,
con la península dividida y la
aparición del Sacro Imperio
germánico ocupando la zona
oriental del antiguo imperio
carolingio. El marco cronológico
es complejo pero lo vamos a
simplificar de la siguiente forma:
1.
Pueblos
de
tradición
germánica (francos, visigodos,
lombardos, etc) entre los siglos
VI y VIII. Destacaremos a los
visigodos.
2.
Pueblos
y
culturas
prerrománicas de los siglos IX y X entre los que destacaremos el Imperio carolingio y
las culturas asturiana y otoniana.
3. La cultura románica de la Europa feudal de los siglos XI y parte del XII.
2. Los reinos germanos.
En el año 476, Odoacro depuso a Rómulo Augústulo acabando con el imperio
romano de occidente y dando lugar al origen de la Edad Media. El espacio europeo se
fragmentó siendo ocupado por los francos (la Galia), los visigodos (Hispania), los
anglos y sajones (Britania) y los ostrogodos y lombardos (Italia).
En cuanto a las culturas desarrolladas, políticamente estaban gobernados por un
rey (electivo al principio, hereditario después) al que asesoraba una consejo de nobles y
guerreros. La sucesión de guerras crearon un ambiente de inseguridad, las ciudades
fueron saqueadas y la población se desplazó al campo buscando la protección de ricos
propietarios. La economía era agrario-ganadera y el comercio prácticamente
desapareció. La cultura sufrió un fuerte declive aunque nos han llegado algunos restos
arquitectónicos y hermosas piezas de orfebrería. Los descendientes de los romanos y los
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germanos mantuvieron al principio distintas leyes pero acabaron mezclándose,
adoptando el latín como lengua y el cristianismo como religión.
Los visigodos habían entrado a finales del S. IV en el Imperio presionados por
los Hunos. Tras saquear y conquistar Roma el emperador les ofreció un pacto: a cambio
de expulsar a suevos, vándalos y alanos de la península Ibérica, recibirían tierras al
sureste de la Galia. Al comienzo del S. VI los francos les expulsaron de allí y pasaron a
instalarse definitivamente en Hispania creando un reino con capital en Toledo. En su
etapa de plenitud (VI-VII), consiguen unificar la península (Leovigildo) logrando la
unidad religiosa con Recaredo y la legislativa con el Fuero Juzgo de Recesvinto. Nos
dejaron pequeñas iglesias construidas en piedra con techumbres de madera y columnas
toscas con arcos de herradura como puede verse en S. Juan de los Baños. San Isidoro de
Sevilla nos dejó algo parecido a una enciclopedia en las Etimologías. En el año 711, los
musulmanes aprovecharon las disputas por el trono entre familias para invadir la
península.
3. Pueblos y culturas prerrománicas.
De la evolución de los pueblos germánicos en Europa destacamos las culturas
carolingia y su heredera la otoniana y la cultura asturiana. En el territorio de La Galia,
los reyes francos eran débiles y fueron dejando el gobierno en manos de altos
funcionarios, los mayordomos de palacio. Uno de ellos, Carlos Martel, derrotó a los
musulmanes en Poitiers (732) frenando la expansión islámica por Europa. Un hijo de
éste, Pipino el Breve, derrocó al monarca y se coronó rey. Su hijo Carlomagno se
convertirá en figura destacada de la Europa de su época: intentó refundar el imperio
romano de occidente extendiendo el reino franco por territorios de las actuales
Alemania, Suiza, Chequia, Austria, Hispania e Italia. En el año 800 fue coronado en
Roma como nuevo emperador de occidente. Culturalmente absorbió la tradición romana
e incorporó la cultura bizantina. Destacó la construcción del gran recinto palaciego de
Aquisgrán del que solo se conserva la capilla palatina. Para gobernar el imperio, lo
dividió en provincias (condados) al mando de un conde dejando las zonas de frontera
(marcas) al mando de un marqués con un aguerrido ejército. Condes y marqueses eran
nombrados por Carlomagno en una ceremonia en la que le juraban fidelidad,
iniciándose las relaciones de tipo feudal. La forma de vida era rural. Cuando un rey
franco moría, el reino se dividía entre sus hijos. Al morir el hijo de Carlomagno, sus
descendientes se repartieron el imperio: a Carlos, le quedó la zona central y occidental
de Francia actual; a Lotario la parte oriental y norte de Italia y a Luis, parte de la actual
Alemania; lucharon entre sí hasta que el tratado de Verdún (843) reconoció dicho
reparto. A la muerte de Lotario, su reino se dividió entre sus hermanos constituyéndose
el reino de Francia al oeste y el futuro imperio alemán de los otones al este; allí, la
cultura otoniana se sentirá heredera de la carolingia, construyendo grandes iglesias y
monasterios en los que floreció la escritura y la ilustración de libros.
Al tiempo que Europa caía bajo el imperio carolingio-otoniano, se desarrollaba
en el norte de la península Ibérica, la cultura asturiana. Surge tras la elección por parte
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de los visigodos que huían del Islam y que se refugiaron en la Cordillera Cantábrica, de
un rey, don Pelayo. La victoria de sus seguidores sobre una columna musulmana en
Covadonga (718), le permitió afianzar su autoridad territorial y situar su capital en
Oviedo. Hacia el año 800, el reino de Asturias abarcaba desde Galicia hasta Álava y
durante los siglos siguientes los reyes se extendieron hacia el sur coincidiendo la
máxima expansión con el reinado de Alfonso III (866-910). En el siglo X la capital se
trasladó a León y pasó a llamarse reino de León. Lo más sorprendente de esta cultura, es
que adoptando formas de organización similares a las europeas, generó formas artísticas
espectaculares. Sus Iglesias (S. Miguel de Lillo, Santa María del Naranco antigua sede
del Aula Regia o Consejo, S. Julián, San Salvador de Valdediós), se construyen con
piedra e introducen el arco de medio punto y las bóvedas de cañón presentando sus
paredes magnífica pintura al fresco, siendo pocos los restos escultóricos conservados.
4. La cultura románica.
La cultura románica se inscribe en el contexto del feudalismo y la sociedad
feudal. Las luchas derivadas de la desintegración del imperio carolingio facilitaron una
nueva oleada de invasiones: vikingos o normandos de Escandinavia que asolaban
Britania, norte de Francia y sur de Italia, húngaros que presionaban el este de Europa y
musulmanes que penetraban por el sur. La situación de inseguridad favoreció la
aparición del feudalismo: como los reyes eran débiles y no tenían ejércitos, los
campesinos buscaron la protección de nobles con ejército y castillo, quienes a cambio
de su amparo, les exigía trabajo y sometimiento a su autoridad; así pasaron de
campesinos a siervos. El rey era un noble más, pero a cambio de cederles a estos tierra
(feudo) les exigía a su vez fidelidad, ayuda militar si la necesitaba y consejo. Este pacto
era el vasallaje y la ceremonia, el homenaje; en ella se producía la investidura o entrega
del feudo. Como los nobles, a su vez, tenían vasallos, se formó una cadena de lazos
personales que llamamos relaciones feudo-vasalláticas. La sociedad así formada era
estamental y a cada estamento (nobles o bellatores, clérigos u oratores y trabajadores o
laboratores) se pertenecía por nacimiento, siendo los dos primeros privilegiados,
porque no pagaban impuestos, no realizaban trabajos manuales y controlaban los
principales cargos. Describiendo algo cada grupo, a los reyes su propia debilidad les
llevó a tener que contar con los ejércitos de sus vasallos proviniendo sus ingresos de sus
tierras y de algunas ciudades. Alrededor de él se creó una Curia o Consejo Real que le
ayudaba, desplazándose con él puesto que no había capital fija; aunque había
distinciones dentro de la nobleza, su principal actividad era la guerra, acudiendo los
caballeros en auxilio del rey junto a sus mesnadas; los campesinos podían ser siervos o
libres. Los primeros vivían en la reserva señorial, carecían de tierras y estaban
completamente sometidos a la autoridad señorial, ejerciendo tareas domésticas y
cultivando las tierras del señor. Los segundos vivían en la aldea y trabajaban los mansos
(porciones de tierra que el señor concedía para el sustento del campesino) pagando
rentas al señor; además, los nobles poseían derechos de jurisdicción sobre estos
territorios pudiendo administrar justicia y cobrar impuestos. El trabajo en el campo era
muy duro; no había abonos y se practicaba el barbecho para cultivar trigo, cebada,
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legumbres, hortalizas, viña y frutales. Mención aparte merece el clero. El Papa era la
cabeza visible y gobernaba sobre los Estados Pontificios; tenía poco poder militar pero
gozaba del poder de la excomunión. Destacaron sus conflictos con el emperador del
Sacro Imperio Germánico con quien se disputaba la supremacía en Europa. Bajo el Papa
estaba el clero secular con obispos al mando de diócesis y éstas con parroquias y
sacerdotes, y el clero regular, con las poderosas órdenes monacales encabezadas por un
abad bajo el que estaban los superiores que dirigían los monasterios habitados por
frailes, monjes y monjas.
No obstante, la cultura de la época viene determinada por la Iglesia y se
manifiesta en el arte románico donde predominan las iglesias, las catedrales y los
monasterios. En escultura y pintura se busca el sentido espiritual plasmando la esencia
interior y no la belleza, utilizándose todo tipo de símbolos; los artistas serán meros
artesanos y llevarán una vida itinerante. El monasterios, además de centros económicos
de primer orden, serán foco de la cultura monacal; en ellos se copiaban manuscritos y se
ilustraban con miniaturas, dado que solo los clérigos y algunos laicos sabían leer. La
arquitectura acabó utilizando la piedra en la totalidad del edificio. Bóvedas de arista,
cañón y cúpulas eran sostenidos por gruesos muros o pilares sobre los que descansaban
arcos de medio punto. El aspecto era sólido,
había pocas ventanas y escasa luz interior.
Aunque se usaron variados tipos de plantas
destacó la de cruz latina con una o varias naves
en los dos brazos. El más largo solía acabar en
uno o varios ábsides. Destacaron las enormes
iglesias vinculadas al camino de Santiago como
S. Saturnino de Toulouse, Santa Fe de Conques y
Santiago de Compostela. En la escultura románica se practicó la estatua (Cristo
crucificado y Virgen con el Niño), pero mucho más el relieve; éste aparece en las
portadas (tímpano, arquivoltas, jambas, dintel y parteluz) y en los capiteles de las
columnas y se convierte en la Biblia en piedra, cumpliendo la función de adoctrinar a
las masas analfabetas de campesinos. El tema preferido fue el del Juicio Final. La
pintura se practicó al fresco sobre la gran cantidad de muro que ofrecía la iglesia
románica. Las figuras carecen de naturalismo y aparecen en posturas rígidas con mayor
tamaño cuanto más importante es el personaje (perspectiva jerárquica). Los colores se
aplican en gran variedad, de forma plana, sin gradación cromática y la línea negra,
gruesa, sirve para marcar claramente las siluetas y separar las áreas de color. No
aparecen paisajes de fondo para no distraer sobre el mensaje; lo que sí aparecen son
símbolos como el tetramorfos, la alfa y la omega, la mandorla, etc. En la península
Ibérica conservamos los mejores ejemplos de pintura; destacan los frescos de las
iglesias de S. Clemente y Santa María de Tahull y los del Panteón Real de San Isidoro
de León.
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