EL FLAUTISTk DE

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EL FLAUTISTk DE
ISTUETTZ
J U A N URTEAGA
pueblo vasco es, igual que en casi todo, m uy viejo tam ­
bién en música.
Cuando en 1924 excavaba Passem ard en la cueva de
Isturitz, quedó sorprendido ante el hallazgo de un hueso
de ave vacío de tuétano y adem ás perforado por tres
agujeros en línea, al igual que en las flautas. Era durante
la exploración del nivel Auriñaciense, lo que supone
unos 25.000 años de antigüedad para el instrum ento que
parece ser el más antiguo de nuestros «txilibitus». Hoy
ya no es único ni por su form a ni por su antigüedad, pero
su vetustez nos sigue sirviendo para decir que nuestro
El autor, em bargado de ancestrales sensaciones trans­
m itidas por el vibrante espectáculo y fascinado por el so­
noro conjunto de nuestros antañones instrum entos del
que brotan telúricos efluvios, llega a sentir y hasta a oir
un concierto saturado de esencia racial, que en su arm o­
nía incluye el agudo silbido del m úsico de Isturitz.
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hasta llegar al m om ento álgido, en el que se oyó la voz
de bronce del carillón de cam panas...».
EL FLAU TISTA DE ISTU R ITZ E S TU V O EN « M U S IK A ENP A R A N TZA », LA NOCHE DEL 1 DE J U N IO
Y
fue entonces cuando nos dim os cuenta de la presen­
cia del flautista de Isturitz, al oir su flauta agudísim a. Fue
un trallazo en el aire, com o el zig-zag de un relám pago
vivísim o que «ilum inaba» la «M úsica Enparantza» Estaba
allí el flautista de Isturitz. Había acudido a la cita. No po­
día faltar el hom bre prim itivo que inventó su instrum en­
to hace 25.000 años.
Al día siguiente de la m agna m anifestación musical,
leíam os de un diario:
Desde ahora dispone Rentería, de un escen ario "ad
h o c" para grandes concentraciones; un anfiteatro capaz
para 1.000 cantores; escenario para 3 grupos de ballets,
y espacio para tres Bandas de m úsica y 100 txistularis.
Todo ello en proporciones gigantescas para servir al pú­
blico que ocupó 1.500 sillas, am én de los balcones de las
casas que encuadran la plaza, com o si fuera un patio de
vecindad. Los vecinos habitantes de las casas, asistieron
en sus localidades de balcón y ventana, servidos a d om i­
cilio, com o en el prim itivo teatro italiano».
Estaba cubierto com o un dantzari más de «A m aya»,
con su piel de oveja, sus abarkas y su larga pelam brera y
barba poblada. El se encontró en su am biente, en una
m anifestación de instrum entos primitivos. Estaba cu m ­
pliendo un rito y un deber, y por esos pudim os acusar su
presencia la noche del 1 de Ju n io , rodeado de las txalapartas, albokaris y atalaberos, etc. etc...
S e había introducido aprovechando la oscuridad y pa­
ra salir en el anonim ato, se filtró entre el público y los
«m usikalaris», y se esfum ó aprovechando la oscuridad,
tal com o había venido. Había hecho oir su flauta. La que
había construido con un hueso hace unos 25.000 años y
se sentía feliz sabiendo que al cabo de cientos y cientos
de generaciones, se conserva el culto a la m úsica popu­
lar.
Y continuaba así la crónica:
En m edio de un gran silencio — voluntad de Antton
Sainz— y hecha la oscuridad, resaltó el em blem a de N és­
tor Basterrechea. Y empezaron a oirse, de m enor a m a­
yor, poco a poco, en perm anente «crescendo» los gru­
pos de txalaparta, atabales, zintzarriz, albokas, etc. etc...,
en m edio de desconcertante concierto, que fue surgien­
do com o olas de ruido y sonidos de los cuatro puntos
cardinales.
Nosotros le conocíam os por ser asiduo a la fogata de
la noche de San Ju a n , en la puerta de la iglesia de San
Ju a n de Luz.
Siem p re «crescendo» de form a cada vez más estentó­
rea, adquiriendo am puloso volum en, — casi irritante— ,
¿V o lverá a Rentería en las M agdalen as?
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Reproducción de la flauta de Isturitz reducida a 2/3 de su tamaño original.
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