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EL SIGLO DE DURANGO |
| MÉXICO
DOMINGO 21 DE AGOSTO DE 2016
Brasil: el fin de Dilma
y... ¿de la izquierda?
El proceso contra la
presidenta es apenas
un aspecto de una
crisis económica,
política y social en un
país fragmentado.
EL UNIVERSAL
Ciudad de México
XBrasil, el país con la economía más grande de Latinoamérica, vive un año de
retroceso en sus indicadores que impacta en su vida
social, por lo que está sumido en una prolongada crisis
política de la que aún no ha
podido salir. Todo indica
que el gobierno del presidente interino Michel Temer se tornará oficial a fin
de mes si, como se prevé,
Dilma Rousseff es separada
definitivamente del cargo
del que fue suspendida el 12
de mayo pasado.
Rousseff transitaba su
segundo mandato y heredaba los dos de Luiz Inácio Lula da Silva cuando fue acusada de manipular las cuentas públicas en su favor y
aprobar gastos sin la autorización del Congreso, presuntamente para ocultar el
déficit de 2014 y conseguir
su reelección.
En 2015, un año signado
por el aumento del desempleo, que hoy llega a una cifra alarmante de 9% de la
fuerza laboral activa, la economía varió en negativo
3.8%. Fue el peor retroceso
en los últimos 25 años. En
2016 el PIB del país ha caído
5.4% y ya son dos temporadas de recesión. Según el
Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas (IBGE), desde el segundo trimestre de 2014 cada trimestre ha sido peor que el anterior. Si este año el resultado
total también es decreciente, sería la primera vez, desde la década de 1930, en la
que haya un periodo de dos
años en negativo.
“Brasil está en una situación económica muy mala”, dijo a EL UNIVERSAL
el sociólogo Brasilio Sallum
Jr., profesor titular de la
Universidad de Sao Paulo
(USP) y autor del libro “O
impeachment de Fernando
Collor” (La destitución de
Fernando Collor).
“El actual gobierno redujo la inestabilidad política,
pero aún no tiene demasiada
fuerza. Esta flaqueza es relativa, porque no hay duda de
que el gobierno de Temer
tiene más poder que el de
Dilma, pero [la flaqueza] se
da por su carácter provisorio y porque no hay una elección que lo respalde”, dijo.
Para Sallum Jr. hay una crisis del sistema partidario
que se manifiesta “en una
debilidad muy grande de los
partidos grandes y en una
fragmentación de la representación”. En el Congreso
hay 25 partidos y se hace difícil montar una coalición.
“La clase política brasileña está completamente
desmoralizada”,
explicó
Leandro Uchoas, miembro
del cuerpo técnico de la
Asamblea Legislativa de la
ciudad de Río de Janeiro y
del Partido Socialismo y Libertad (PSOL), de izquierda, a EL UNIVERSAL. “Las
instituciones políticas, los
gobernantes y los parlamentarios tienen un repudio popular pocas veces visto: ocurre algo parecido a lo que se
vivió en Argentina a principios de siglo, cuando en las
calles se cantaba: ‘Que se
vayan todos’”, dijo.
Encuestas y analistas
coinciden en que el problema mayor es el del PT, el
Partido de los Trabajadores,
al que pertenecen Lula y
Dilma. En las próximas
elecciones, de 2018, muy
probablemente disminuya
su caudal de votos.
Pero hay una paradoja:
en cuanto a las figuras políticas, según una encuesta de
Datafolha, en 2018 Lula ganaría con 23% de los votos.
El ex presidente lidera la intención de voto para las próximas elecciones presidenciales, probablemente porque durante sus dos gobiernos (2003-2007 y 2007-2011)
fueron creados 15 millones
de puestos de trabajo y se
disminuyó la pobreza con el
ingreso de 40 millones de
personas a la clase media.
La encuesta de Datafolha da
cuenta del embrollo político
que vive el país: uno de cada
tres brasileños no sabe
quién es el presidente.
Fue durante el segundo
gobierno de Rousseff, que
comenzó en enero de 2015,
que los problemas de recesión y desempleo se hicieron abundantes. La crisis
internacional tuvo sus con-
secuencias en Brasil y la política fiscal las empeoró:
Rousseff suele explicar que
la caída de los precios de las
materias primas y la desaceleración de China impactan mucho en su país.
Además, desde finales de
la década de 1990 y hasta
hoy, atravesando por los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso, Lula, Rousseff
y Temer, Brasil utiliza tasas
de intereses muy altas para
atraer al capital financiero
desvinculado de fines productivos. Las consecuencias
se ven ahora, cuando 44%
del presupuesto nacional se
utiliza de uno u otro modo
en pagar esos intereses.
“Los efectos de todo esto, actualmente, son dramáticos”,
consideró Leandro Uchoas,
de la Asamblea Legislativa
de Río de Janeiro, refiriéndose a la recesión y el desempleo. “Todos los indicadores económicos son desanimadores”, expresó.
Sin embargo, Rousseff
ha dejado un país con algunos méritos. El más notorio
es la lucha contra la corrupción. En 2013, impulsó una
ley anticorrupción con penas severas. “Los partidarios de su separación intentan detener, con un gran
acuerdo corporativo, la operación ‘Lava Jato’”, dijo a
este diario Tereza Campello, quien en el reciente gobierno de Dilma fue ministra de Desarrollo Social y
Combate al Hambre. “La
presidenta nunca intentó
paralizar esas investigaciones”, afirmó.
De hecho, luego de la suspensión de Rousseff, dos funcionarios de Temer fueron
grabados hablando por teléfono y negociando cómo desviar esta gran investigación,
que pone bajo la lupa a muchísimos políticos brasileños, incluyendo a Lula y al
ex presidente de la Cámara
de Diputados, Eduardo Cunha, una pieza fundamental
en el “impeachment”. Pero
no a Dilma.
MENTIRAS QUE CUESTAN
Quizá lo más sorprendente
es cómo hizo Rousseff para
perder todo su apoyo tan rápidamente. “En la disputa
electoral, ocultó en demasía
los problemas económicos
del país y la situación de las
cuentas públicas; venció por
poco y luego dijo que cambiaría su política y tendría
que hacer un ajuste fiscal
fuerte: así, casi confesó que
había sido elegida con men-
tiras”, explicó Sallum Jr.
Esa actitud le restó apoyo entre centrales sindicales y activistas de izquierda,
y su principal aliado, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB),
se dedicó a afirmar que se
debía hacer algún ajuste fiscal y que la situación económica era muy mala.
Rousseff también empeoró sus relaciones con el
Congreso. “Dilma hizo dos
gobiernos de muy bajo desempeño, muy lejos de lo
que había conseguido Lula”, consideró Uchoas.
Para Henrique Carneiro, analista político y profesor de Historia en la Universidad de Sao Paulo, “la forma del PT de hacer política
se adaptó a los vicios inherentes al sistema político
brasileño, tornándose idéntico a la de los partidos con
los que formó una red de corrupción que ya había sido
denunciada en 2005 y, a pesar de la prisión de importantes líderes petistas, siguió operando”.
El presidencialismo de
coalición se mostró así como
una forma gobernar sin concesiones populares, consideró Carneiro, pero sí “a los
partidos fisiológicos y a los
grandes grupos económicos”.
El Movimiento de los
Sin Techo (MTST), la organización social más activa
del país, cree que era mejor
seguir con el gobierno de
Dilma. “Criticábamos a los
gobiernos del PT porque no
habían realizado las reformas populares y estructurales que el pueblo brasileño
demandaba en las ciudades
y en el campo”, dijo a EL
UNIVERSAL Guilherme
Boulos, coordinador nacional del MTST. “Pero a pesar
de eso, el movimiento ha
comprendido que ahora está en juego un retroceso histórico y brutal”: en el campo de la educación, el nuevo
gobierno anunció que algunos cursos de la universidad
pública no serán gratuitos.
En el de la vivienda, recortó
11 mil construcciones del
programa Mi Casa, Mi Vida.
Aunque a decir de los sectores liberales Temer ha
puesto a los mejores hombres de los negocios, las corporaciones y los bancos al
frente del manejo de las finanzas nacionales, es indiscutible que él es ahora el presidente que debe navegar en
las aguas políticas más agitadas desde el regreso de la democracia a este país en 1985.
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