Los libros crecidos - Red de Bibliotecas de Castilla

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Los libros crecidos
En este día del libro, cuando rememoramos de nuevo las muertes, las vidas y las obras de Cervantes y
Shakespeare, quiero recordar, otra vez, la necesidad, siempre vigente, de los libros crecidos, que son los libros
leídos, los que se expanden en la memoria de los lectores, de quienes nos sumergimos en sus páginas,
mientras ellos se alojan en nosotros, nos ocupan y proliferan por la imaginación y los sueños.
Porque necesitamos que, además de vivirla, nos cuenten la vida; con los libros que leemos no sólo por gusto, o
inquietudes culturales e intelectuales, sino también por necesidad de conocer y sentir el mundo que nos acoge,
y las otras vidas que, junto a las nuestras, también palpitan en él, y sus historias. Decía José Luis Sampedro, en
un libro sobre sus afanes literarios, que escribir es vivir. Y yo estoy convencido de que leer también es vivir. Es
percibir y sentir la existencia de forma más plena, más humana.
Quienes escribimos libros conocemos bien esa necesidad de leer a la que me refiero. En realidad, las fuentes
fundamentales de la creación literaria son la memoria, de lo vivido, visto y oído, y las lecturas, que al final son
memoria también, de lo leído, tan real como lo vivido. La vida contada, como la que escuchaba Juan Rulfo a su
tío Celerino, cuando le hablaba de geografías de la desolación y soledades incrustadas en las miradas de sus
personajes y en las tierras ásperas donde se enraizaban. Paisajes y hombres que el escritor incorporó a sus
libros. Por eso, después de muchos años de inacción creativa, cuando le preguntaron por la causa de su
escasa producción literaria, el escritor mejicano dijo que era porque se le había muerto su tío Celerino, que era
“quien le platicaba todo”.
Y, como el tío Celerino, los libros también nos platican sobre la vida, y nos la cuentan. Son los libros que nos
van dejando sus historias y emociones inoculadas en el pensamiento, y, con el paso del tiempo, no se olvidan,
sino que crecen en nosotros, a la vez que nuestra sensibilidad, inteligencia emocional y empatía.
Y entre todos los libros crecidos, en esta conmemoración, que es también la del IV Centenario de la muerte de
su autor, y aún con los ecos de los actos en que celebramos la publicación de su segunda parte, tenemos que
recordar el más expandido por las memorias, los sueños y la imaginación de los lectores de todo el mundo. Es
el libro de las andanzas y territorios de Don Quijote, que son nuestros territorios, los de la poética de La
Mancha; y también los que señaló Carlos Fuentes, los de la lengua, cuando hablaba del idioma capaz de
ofrecer con mayor elocuencia y belleza el repertorio más amplio del alma humana.
Son los libros que jalonan el devenir y las edades de la vida; algunos desde la infancia, cuando nos hacemos
lectores. Yo aún recuerdo mi primer libro, Las mil y una noches, en una vieja edición de Bruguera que aún
conservo. Y, aunque ha pasado medio siglo, en mi memoria siguen inalterados los recuerdos de las babuchas,
las lámparas maravillosas y las alfombras voladoras de aquellas páginas mágicas. Las ilustraciones eran en
blanco y negro, pero allí estaban los colores de los sueños, de la vida imaginada.
Luego, cuando leí Entre líneas: el cuento o la vida, de Luis Landero, rememoraba sin cesar aquel libro de mi
niñez. El cuento o la vida, un título, un lema, que los docentes deberíamos tener en los frontispicios de nuestros
institutos y colegios. Porque, como decía Landero, “hoy más que nunca la escuela está bajo el signo fatal de
Sherezade”. Por eso tenemos que impulsar la lectura en nuestros centros educativos, para que los alumnos
descubran cuanto antes el gusto, y la necesidad, de leer. Y para ello deberíamos avanzar hacia esa “educación
cordial” de la que habla Adela Cortina, en sentido etimológico, del “cor, cordis”, el corazón. Una educación que
también atiende al cultivo de los sentimientos, con los que descubrimos mundos inéditos, como el sufrimiento,
el gozo o la indignación ante las injusticias.
Los libros, en fin, que nos ayudan a tomar conciencia de que existimos en el vasto mundo, y de que también
existen los demás. Por ello es difícil que a un buen lector le pase lo que a aquel personaje de un cuento de
García Márquez: “El drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía
iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores
furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de
modo que al reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo,
y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía pena
ser vivida.”
A un buen lector es difícil que le ocurra eso porque la lectura nos descubre la vida con todos sus matices y
emociones, y nos incita a vivirla, a soñarla, a imaginarla. Por ello Borges estaba convencido de que leer un libro
no es una experiencia menor a la de estar enamorado. Además, según escribe Daniel Pennac en su obra
titulada Como una novela, el verbo leer está emparentado con el verbo amar, y también con soñar. Porque
ninguno de los tres soporta el imperativo.
Por eso nos adentramos en la lectura por el convencimiento, la persuasión, la fascinación, las emociones
compartidas, el placer disfrutado. Por el gusto de sentir cómo nos crecen los libros en el pensamiento y la
imaginación. Los libros que nos hacen más libres, y nos amplían las miras, los horizontes y las utopías. Para
responder mejor a nuestra vocación de seres humanos.
Francisco de Paz Tante
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