El encuentro

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mentalidad nueva
El encuentro
Pensamientos 128 - marzo de 2014
El encuentro
Sabemos que Dios-amor viene a buscarnos siempre y
nos acoge sin pasarnos factura por las fechorías.
Una vez reconciliados con Él, también nosotros debemos abrir nuestros corazones y nuestros brazos a los demás
e ir al encuentro de mucha gente que necesita un signo
de amistad divina. Deben poder encontrarle en nuestro
apos­tolado.
Reconciliémonos siempre que sea necesario, con Dios
y con los hermanos, y que sea con la humildad y el amor
de Jesús.
fundador del Seminario del Pueblo de Dios
GLOSA
Las acciones y las palabras de Jesús nos hacen presente la manera
de ser del Padre celestial, descrita magistralmente en la actuación del
pa­dre de la parábola del hijo pródigo, el cual sale a su encuentro sin nin­
guna condición previa, sin pasarle factura por las fechorías cometidas. La
acogida del Señor hacia los pecadores, con los que comparte la mesa
del banquete del Reino, nos muestra cómo Dios amor nos viene a buscar
siem­pre, proponiéndonos la conversión.
Saber que Dios es amor, no sólo de manera intelectual, sino tam­bién
des­de la experiencia vital, nos compromete para ser embajadores de la
re­con­ciliación que Cristo nos ha ganado en la cruz redentora, haciéndo­
nos mensajeros del amor de Dios: «Porque en Cristo estaba Dios recon­
ciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de
los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación»
(2Co 5,19).
Cuando un seguidor de Cristo va al encuentro de los demás para dar
testimonio del amor de Dios, lo hace como enviado. Se siente empujado,
por un lado, por el agradecimiento a Dios que le ha reconciliado consigo
mismo, y, por otro, por la necesidad de misericordia que capta en la gente.
Entonces, el gozo del perdón recibido se expresa en la apertura profunda
a los signos pobres de cada persona y en la acción concreta y efectiva a
favor de los necesitados de amistad divina, ya que una vez reconciliados
con Él, también nosotros tenemos que abrir nuestros corazones y nuestros
brazos a los demás e ir al encuentro de mucha gente.
Por el bautismo, todo cristiano se ha reconciliado con Dios y, por la
confirmación, es enviado a ejercer el servicio de la reconciliación con
los hermanos. Entonces, el apostolado consiste en el ejercicio del envío,
recibido en el seno de la comunidad eclesial, con vistas a dar testimonio y
transmitir la amistad con el Señor, según lo que Él mismo dijo: «A vosotros
os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he
da­­do a conocer» (Jn 15,15). El alimento de Jesús es hacer la voluntad del
Pa­­dre. Él mismo, a través de su donación salvífica, se ha hecho alimento
para todos nosotros, alimento que recibimos eficazmente cada vez que
nos reunimos para celebrar la Eucaristía. Desde entonces, el apostolado
cristiano consiste en hacer partícipes a los demás de la amistad que
Cris­to comparte con nosotros, amistad que nos reconcilia con Él y entre
nosotros.
Ahora bien, saber acoger no es fácil, ya que exige que nos hagamos
don para el otro, ofreciéndole lo mejor de uno mismo. Quien ha hecho
ex­­pe­riencia del amor de Dios es generoso y disfruta abriendo la puerta
a quienes llaman a su hogar, sedientos de amistad divina. Es lo que
Dios ha hecho con todos nosotros: esperarnos para darnos un abrazo y
conducirnos de nuevo a la fiesta de su Reino. Así nosotros, los cristianos,
hemos sido llamados para hacer presente el abrazo de Dios en el mundo,
haciendo ofrenda de lo que hemos recibido: el sosiego, la paz, el bienestar.
En cambio, el desencanto, la frustración, el juicio del otro, nos alejan del
encuentro amoroso con el Señor. Pero Él no se cansa de esperarnos para
acogernos con su gesto misericordioso.
La invitación del autor a reconciliarnos, siempre que sea necesario, con
Dios y con los hermanos, recuerda aquellas palabras del papa Francisco,
en las que afirma que Dios no se cansa de perdonar; que somos nosotros
quienes nos cansamos de pedir perdón. La auténtica humildad nos invita
a saber siempre que estamos necesitados del perdón de Dios y, a la vez,
a confiar en su misericordia, máxima expresión de su perfección. Quien
co­noce es­ta humildad no se cansa de pedir perdón a los hermanos, y
de ofrecerles el propio perdón, como signo eficaz del perdón universal
de Dios hacia la humanidad.
Joaquim Cebrián
Seminario del Pueblo de Dios
C. Calàbria, 12 - 08015 Barcelona
Tel. 93 301 14 16
[email protected]
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Dep. Legal: B-42123-1983
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