Órdenes mendicantes

Anuncio
Artículo publicado en la revista Medieval (Barcelona), no. 9, diciembre de
2005:
“Órdenes mendicantes”, en Arqueología, Historia y viajes sobre el mundo
medieval (Barcelona) 9 (diciembre 2005), pp. 22-32.
LAS ÓRDENES MENDICANTES.
A comienzos del siglo XIII, la implantación de la herejía cátara alcanza su
punto culminante en el Languedoc, al sureste de Francia. Durante los dos siglos
precedentes, el Occidente europeo ha venido protagonizando un proceso histórico
de acumulación de prosperidad y eclosión de creatividad. La importante
transformación de las condiciones de vida de las sociedades europeas ha generado
nuevas necesidades espirituales entre los fieles cristianos. Pese a algunos intentos
de renovación, las viejas estructuras de la Iglesia católica se revelan, en general,
insuficientes para dar respuesta a estas necesidades nuevas, y en particular,
impotentes para luchar contra la herejía. En este contexto, con la vocación de
satisfacer las nuevas demandas espirituales de los fieles, así como de reforzar la
resistencia contra la herejía, surgen las órdenes mendicantes, llamadas a aportar
un impulso decisivo para la renovación de la Iglesia y para el desarrollo de
Occidente.
Fundamentalmente, el estudio del fenómeno mendicante puede ser abordado
desde dos posiciones distintas y complementarias: una interna, la de los miembros de
estas órdenes que desde antiguo se han ocupado de indagar la realidad del fenómeno,
desde un punto de vista eclesiástico y piadoso; otra externa, protagonizada por distintas
escuelas de historiadores que se han aproximado al tema desde fuera, analizando el
fenómeno mendicante como un cauce muy interesante para penetrar en la realidad de la
época en la que surge y evoluciona. Nuestra visión se relaciona con esta segunda
posición: lo que en estas páginas interesa considerar es, sobre todo, la significación del
fenómeno mendicante en el contexto de la sociedad de su tiempo.
El año 1000 constituye sin duda una fecha paradigmática: no tanto por haber
sido objeto de profecías apocalípticas sobre cuya mayor o menor repercusión social
todavía se discute, cuanto por haber constituido un punto de inflexión en la evolución
económica y social de Occidente. Dejados atrás los problemáticos ajustes de las
estructuras políticas carolingias con la realidad, y el clima general de inseguridad
asociado a las hostilidades protagonizadas, entre otros, por húngaros y normandos, en el
siglo XI el Occidente europeo inicia una prolongada fase de expansión y de
acumulación de fuerza. La población, la producción agraria, el desarrollo urbano, la
renovación de la cultura, la sensación de seguridad y confianza, no dejan de crecer a
buen ritmo durante los siglos XI y XII. La faz del Occidente europeo se transforma: se
amplía el espacio cultivado, la alimentación mejora, se renuevan y fortalecen los
vínculos comerciales a pequeña y a gran escala, las distintas monarquías nacionales
incrementan su poder. La continua acumulación de fuerza protagonizada por Occidente
pronto se desborda en la empresa de las cruzadas, una manifestación de la expansión de
las sociedades occidentales, decididas a establecer nuevos términos en sus relaciones
con Oriente.
En particular, la reactivación general del comercio, interior y exterior, así como
el renacimiento de las ciudades, constituyen dos manifestaciones características de la
expansión de las sociedades occidentales, al tiempo que dos fenómenos estrechamente
relacionados entre sí. “Pasado el año 1000, un manto de ciudades se extiende sobre la
tierra”: así se expresa un bello testimonio de la época (Raoul Le Glabre). Estas
ciudades, nutridas por un continuo excedente de población llegada del campo, se
constituyen en nodos de las principales redes del comercio en expansión. Medran en
ellas nuevas formas de vida: los burgueses, hombres y mujeres ocupados en actividades
comerciales, artesanales, o en profesiones liberales, y en cualquier caso más alejados del
poder de los señores que sus vecinos del campo, sujetos quizás a obligaciones y
situaciones de dependencia de los que la sociedad urbana se libera. La ciudad se
convierte en el ámbito más vital y puntero de la sociedad: los incipientes estados
nacionales concentran en la ciudad los instrumentos de su gestión administrativa; los
obispos promueven la erección de las grandes catedrales medievales, al tiempo que
patrocinan escuelas que constituyen el origen de las futuras universidades; el poder
municipal o comunal gana peso en el conjunto social.
Pero la ciudad es también un ámbito de pecado. La reactivación del comercio y
de la circulación monetaria se realiza a partir de la ciudad. En particular, en la ciudad
surgen o se difunden una nueva realidad y una nueva mentalidad relacionadas con el
espíritu de iniciativa, el cálculo racional de los riesgos: en suma, el germen del
Capitalismo. En la ciudad proliferan las primeras prácticas bancarias y crediticias. El
cambio de moneda pasa a realizarse por letras, con un vencimiento y un interés. Surgen
sociedades comerciales, en las que distintos capitalistas comparten riesgos y beneficios
a razón de las participaciones proporcionales que cada uno tiene en el negocio común.
El surgimiento de este primer Capitalismo planteó a muchos fieles cristianos
serias dudas de conciencia. No en vano, la Iglesia había contribuido, en los siglos
anteriores, a difundir una concepción negativa de la usura, esto es, del préstamo a
interés. Aunque se elaboraron argumentos destinados a legitimar en algunos casos el
interés, se puede afirmar que, por algún tiempo, la Iglesia permaneció un paso atrás, y a
la defensiva, frente a este desarrollo del Capitalismo urbano, que inicialmente no se
hallaba preparada para asumir.
Sin embargo, desde el siglo XI, la Iglesia se hallaba embarcada en un ambicioso
proceso de reforma de sus estructuras. Al menos desde mediados de dicho siglo, el
Papado libraba una batalla con el poder civil, para conquistar un espacio propio en que
se pudiera realizar la libertad de acción de la Iglesia. En paralelo, se acometían sinceros
esfuerzos de reforma para atajar ciertos vicios eclesiásticos, como la simonía (compra
de oficios eclesiásticos) y el nicolaísmo (concubinato de los clérigos). Respondiendo a
la demanda de una sociedad que precisaba reencontrarse con la fe en la ejemplaridad de
sus ministros, el Papado luchó para imponer medidas orientadas a mejorar la disciplina
del Clero, como la firme institución del celibato sacerdotal. Pues bien, como resultado
de la adopción de estas medidas, la diferencia entre laicos y eclesiásticos se perfila por
primera vez con verdadera nitidez en el seno de la sociedad cristiana. Tal vez por ello,
los laicos se sentirán en adelante más libres de desarrollar sus propias formas de
religiosidad.
Por otra parte, la Iglesia favoreció el desarrollo de dos importantes movimientos
de reforma monástica sucesivos. En primer lugar, se difunde por todo Occidente el
modelo monástico que surge en Cluny. La liturgia de los monjes cluniacenses estaba
sobre todo orientada hacia dentro, sin verdadera proyección social. Los monasterios
cluniacenses mantenían modelos de organización económica y patrimonial de corte
señorial, en estrecha alianza con los poderosos de su tiempo. Los mismos monjes
cluniacenses tendían a ser reclutados entre las filas de la nobleza. Parece evidente que
este modelo resultaba incapaz de responder a los nuevos retos de una sociedad
crecientemente urbana y capitalista en expansión. A finales del siglo XI surge otro
intento de renovación monástica, en Cîteaux. El monacato cisterciense, que se difunde
con rapidez en todo Occidente, incorpora algunas preocupaciones relacionadas con las
necesidades espirituales de la sociedad de su tiempo: la revalorización del trabajo y de
la pobreza, la renovación litúrgica, la predicación popular. Sin embargo, el
tradicionalismo de este modelo monástico lastrará sus posibilidades reales de llenar las
crecientes demandas de los laicos: en particular, la radical condena de la ciudad como
lugar de perdición, impulsada entre otros por san Bernardo de Claraval, impedirá al
monacato cisterciense desempeñar su misión evangelizadora en el ámbito urbano, que
no llegó a comprender. Precisamente, el hacerse cargo de la penetración del mensaje
cristiano en la nueva realidad urbana constituirá la razón de ser de las órdenes
mendicantes.
Probablemente, las dos áreas de mayor vitalidad de la vida urbana y comercial a
partir del siglo XII hayan sido Flandes y el norte de Italia. En estos ámbitos, en un
contexto social opulento y de vanguardia, surgirán unos movimientos religiosos muy
interesantes, porque se trata de fenómenos espontáneos, que responden a una necesidad
genuinamente popular, no dirigida, que surge del mismo dinamismo de estas sociedades
avanzadas. Se trata del movimiento de los umiliati de las ciudades lombardas, y del
movimiento paralelo de las beguinas y begardos de las ciudades flamencas. Se trata de
movimientos populares de laicos que acuerdan retirarse del mundo para consagrarse a la
vida religiosa, bien como eremitas solitarios, bien en comunidad. Relacionados a veces
con la actuación de predicadores populares, estos movimientos religiosos de laicos se
realizan a espaldas de la jerarquía eclesiástica, y la característica más destacada de su
modelo de vida es la pobreza y el trabajo manual. En Flandes, las agrupaciones de
beguinas (y luego de begardos) conocerán un gran éxito a lo largo del siglo XIII. Se
trata de un fenómeno ambiguo por su indefinición, por su carácter intermedio entre un
modo de vida religioso, al que aspiran, y la condición laica de sus miembros. En uno y
otro caso, estos movimientos espontáneos responden a las nuevas necesidades
espirituales insatisfechas de la sociedad urbana, razón por la que podemos entender que
se trata de precedentes directos del fenómeno mendicante, muchos de cuyos rasgos
prefiguran. De hecho, una vez que se produjo el desarrollo normativo de las órdenes
mendicantes, la Iglesia presionó para controlar, reducir e incorporar estos movimientos
laicos dentro de los límites de los conventos mendicantes.
Más acuciante todavía era para la Iglesia el problema de la difusión popular de
herejías en Occidente. Por mucho tiempo, la misma superficialidad de la penetración del
Cristianismo en los países de Occidente los había preservado del desarrollo de herejías,
que en el ámbito de la Iglesia ortodoxa u oriental conocían verdadero éxito popular. La
gran vitalidad que el desarrollo de los siglos XI y XII imprime a la sociedad occidental,
junto a la persistencia de necesidades espirituales insatisfechas, proporcionarán el caldo
de cultivo idóneo para la proliferación de brotes heréticos que alcanzarán amplia
difusión social. Los más peligrosos entre estos movimientos heréticos llegaron a
propugnar la abolición de la propiedad privada y el abandono de todo principio
jerárquico en la organización de la sociedad. Concretamente, desde mediados del siglo
XII, adquiere enorme fuerza y arraigo social la herejía de los cátaros o albigenses, que
profesan un extraño dualismo maniqueo de raíz oriental irreconciliable con el
Cristianismo, en la región del Languedoc. La amenaza que la fuerza subversiva de este
movimiento radical suponía para todo el establishment de la época precipita la alianza
de los poderosos para ponerle coto. La Iglesia envía misiones de cistercienses para
contrarrestar el empuje del movimiento herético, al tiempo que requiere la colaboración
del poder público o brazo secular para reprimirlo por la fuerza.
En este contexto, se desarrolla en los primeros años del siglo XIII la misión de
predicación de un clérigo castellano de procedencia nobiliaria, Domingo de Guzmán, en
el Languedoc. El futuro santo Domingo ve clara la situación de desventaja de los
predicadores cistercienses, incapaces de rivalizar en atractivo con los herejes cátaros, y
se propone fundar un nuevo movimiento religioso especializado en la predicación
contra la herejía, cuya eficacia habría de basarse en el ejemplo de pobreza y santidad de
sus miembros. Este es el origen de la orden de los predicadores, de la orden dominicana:
su espíritu se fragua en el combate contra la herejía, y en contacto con las ansias de
renovación espiritual del pueblo cristiano.
Al mismo tiempo que Domingo de Guzmán se afana en la predicación contra los
herejes, un laico italiano, Giovanne Bernardone, llamado Francisco, hijo de un próspero
mercader de paños de Asís, luego de haber llevado una vida desenfadada y muelle,
experimenta en 1206 una conversión espiritual radical: renunciando a la herencia
paterna, resolvió abrazar la más estricta pobreza y entregarse en adelante a una vida
eremítica, de oración y meditación. Hacia 1209 su vocación se concreta en el proyecto
de fundar una nueva orden penitente; acompañado de un puñado de discípulos, en 1210
fue recibido en Roma por el papa Inocencio III, de quien recibe, contra todo pronóstico,
la aprobación verbal para la primera regla de la incipiente comunidad, en la que se
consagran los fundamentos de la vida franciscana: la pobreza, la obligación de vivir de
limosnas cuando no fuera posible trabajar, y la dedicación a la oración y a la
predicación popular.
En ambos casos, se trata de movimientos de profunda renovación de las
estrategias y de los fines de la evangelización cristiana. Frente al desarrollo institucional
del monacato cisterciense, y aun frente al Clero secular, los dominicos y los
franciscanos oponen el ejemplo de una vida virtuosa y austera como medio de ganarse
al pueblo, a cuyos valores y necesidades se inclinan decididamente a través de la
predicación. Con todo, la clave del éxito de los movimientos dominico y franciscano
reside en la pronta e inteligente intervención del Papado. Suyo es el mérito de haber
cobrado conciencia precoz y asombrosamente clara de la importancia, productividad y
seriedad de estos movimientos. Después de todo, hacía falta cierta perspicacia para
intuir, a favor de Francisco, una diferencia favorable respecto del mundo de
predicadores populares, algunos heterodoxos, que proliferaban en la época en el marco
de las ciudades italianas: ¿acaso no protagonizaba Francisco gestos demagógicos o poco
serios, como el de predicar a los animales? Pues bien, la política pontificia hacia
dominicos y franciscanos consistirá en aprovechar en beneficio propio la fuerza
renovadora y el atractivo popular de estas nuevas formas de religiosidad, al tiempo que
promueve su progresiva clericalización, esto es, la reducción de su original novedad a
los esquemas institucionales, de probada eficacia, propios de la estructura jerárquica de
la Iglesia. De esta forma, el movimiento en origen laico e itinerante de pobreza
evangélica de san Francisco y sus seguidores se va organizando, por impulso pontificio,
según el molde monástico benedictino. Al mismo tiempo, santo Domingo y sus
predicadores adoptarán la regla de san Agustín como base de su vida comunitaria. En
adelante, ambos movimientos espirituales progresarán, guiados y asistidos por el
Papado, en la dirección del conventualismo, reproduciendo en buena medida rasgos que
habían caracterizado la organización de los modelos monásticos de corte cluniacense y
cisterciense, ambos de raíz benedictina.
Los dominicos se distinguen más tempranamente por una orientación clerical:
asumen los tres votos religiosos, practican el canto comunitario del oficio divino y una
vida en comunidad basada en ciertas observancias monásticas; su actividad se centra en
el estudio y en la predicación. Los franciscanos irán progresivamente imitando el
modelo conventual dominico; sus señas de identidad son la pobreza, el trabajo manual y
la predicación popular. La vocación por la pobreza, que en san Francisco había sido
radical, constituye en origen la principal diferencia entre ambas órdenes, si bien con el
tiempo los franciscanos irán comprometiéndose, pese a su modo de vida austero, en
aceptar legados y donaciones, llegando a constituir verdaderos patrimonios monásticos,
bajo el artificio de atribuir la propiedad legal de esos bienes a la Santa Sede. Los
dominicos visten túnica blanca y manto negro; los franciscanos, un áspero hábito pardo
de penitente; las figuras de unos y otros se hacen progresivamente familiares en las
ciudades, que constituyen el objetivo principal de su misión predicadora.
Desde sus comienzos, franciscanos y dominicos escogen como lugares de
asentamiento de sus respectivas comunidades puntos estratégicos, relacionados con las
rutas de comunicaciones, y con la ciudad, el objetivo por excelencia de su predicación.
En efecto, los primeros conventos mendicantes se establecen a lo largo de las más
transitadas vías de comunicación, y muy particularmente, en la inmediación de las
puertas de las ciudades, con frecuencia en el exterior del perímetro amurallado,
esencialmente por motivos fiscales. El asentamiento de los mendicantes en la periferia
urbana asegura su incardinación en el interior de la ciudad, a medida que se produce el
crecimiento urbano. La predicación de unos y otros tiene por escenario, y
frecuentemente también por tema, la ciudad. A través de la predicación, franciscanos y
dominicos entran en contacto con las nuevas realidades de la sociedad urbana, ligadas al
desarrollo del primer Capitalismo. El atractivo de los modelos de vida religiosa que
ambos movimientos ofrecen a la sociedad de su tiempo les asegura un éxito amplio y
temprano, en competencia con los modelos de monacato cluniacense y cisterciense, e
incluso con las estructuras tradicionales del Clero secular diocesano, que ven en la
predicación popular de franciscanos y dominicos una amenaza para su propia
preeminencia pastoral y social. En efecto, franciscanos y dominicos van adquiriendo un
ascendiente creciente sobre la población urbana, con cuyas necesidades espirituales y
preocupaciones propias con tanta intensidad han conseguido conectar.
Y es que la predicación representa el pilar maestro de las relaciones entre los
mendicantes y la ciudad. A través de la predicación, los frailes mendicantes influyen en
la opinión pública y contribuyen a orientar la evolución de la mentalidad de las clases
urbanas. También en esto se observan algunas diferencias entre dominicos y
franciscanos. Los dominicos son predicadores especializados, como indica el nombre
oficial de su orden: desde el primer momento, dedicaron esfuerzo al estudio y
desplegaron una solidez conceptual y un rigor teológico muy apreciados en el seno de la
Iglesia. También desde el principio, la lucha contra la herejía fue la razón de ser de la
orden, y el objetivo central de su predicación. Para los franciscanos, la tarea de la
predicación es, ante todo, un deber de amor que tienen contraído con el pueblo cristiano.
El origen del movimiento franciscano es laico, como laico fue san Francisco. Tal vez
por ello, en sus principios, los franciscanos dedicaron escasa atención a los estudios, y
de ahí que su predicación haya adquirido siempre un acento más popular que la de los
dominicos. En su predicación, que desarrollan invariablemente en lengua vulgar, los
franciscanos hacen frecuente uso de argumentos sentimentales, y especialmente de
ejemplos, fábulas, chistes incluso, con el fin de mejor ganarse la confianza y la atención
del pueblo sencillo, al que preferentemente se dirigen. Los sermones de los dominicos
son frecuentemente impecables piezas de oratoria sagrada, llegando a alcanzar notables
extremos de hondura y precisión teológicas. Los sermones de los franciscanos son
sencillos, populares, directos, carentes de refinamiento retórico, pero eficaces,
emocionantes, llenos de “interés humano”, porque su objetivo principal es llegar al
pueblo llano para convencerlo.
De esta forma, en sus sermones, los franciscanos se harán a menudo eco de las
preocupaciones más candentes de los sectores sociales a los que dirigían su predicación.
Es así que los temas y los problemas de la vida urbana se convierten en objeto de la
atención de los franciscanos, que ayudan a vehicular y moldear los sentimientos y la
mentalidad de las clases urbanas.
Al mismo tiempo, cada uno de estos movimientos desarrolla una rama o filial
femenina: en 1206, santo Domingo instituye la primera comunidad dominica femenina,
en Notre-Dame-de-Prouille; en paralelo, inspirada por el ejemplo de san Francisco, su
joven discípula Clara de Favarone, santa Clara, establece en 1212 una comunidad
femenina en la iglesia de San Damián de Asís. En particular, el decoro que tanto
convenía a las mujeres consagradas a la vida religiosa impedía a las primeras clarisas
dedicarse a la mendicidad, de forma que pronto pareció evidente la necesidad de dotar a
estas comunidades franciscanas femeninas de patrimonios monásticos estables como
medio de asegurar su subsistencia. Los modelos de vida de las dominicas y de las
clarisas resultaron muy atractivos para los mismos sectores de población femenina que
antes satisfacían su demanda de vida religiosa en las comunidades de beguinas. Con el
tiempo, ambas ramas femeninas constituirán un puntal en el crecimiento de la
implantación del fenómeno mendicante, del que forman parte.
Por otra parte, no debemos olvidar que el mismo nacimiento del movimiento
mendicante está ligado a la delicada coyuntura histórica del combate contra la herejía.
Fueron las necesidades del combate anti-herético las que proporcionaron a santo
Domingo de Guzmán el impulso del que nacería la orden de los predicadores, la orden
dominicana. Cuando pareció evidente que la fuerte implantación social de la herejía en
el Languedoc alejaba las posibilidades de un arreglo pacífico, y luego de apoyar
sucesivas iniciativas de evangelización misionera en la zona, el Papado comenzó a
considerar seriamente la opción de una solución armada, siguiendo el ejemplo de ciertas
instancias de poder secular que combatían a los herejes como a reos de rebeldía y
subversión. El asesinato del legado pontificio Pedro de Castelnau en 1208 desencadena
la cruzada contra los núcleos de herejes del Languedoc. A las operaciones militares
sucede la organización de un aparato represivo destinado a extirpar de raíz la
implantación social de la herejía: la inquisición, cuyo establecimiento como institución
requiere de la colaboración constante entre las “dos espadas” de la Cristiandad, esto es,
entre las instancias del poder civil o brazo secular, y las del poder religioso. En 1228 se
establece una suerte de inquisición secular; en 1229 el concilio de Toulouse introduce la
inquisición episcopal, dirigida en cada diócesis por el obispo; en 1231, el papa Gregorio
IX encomienda la inquisición monástica a los dominicos; en 1237, los franciscanos
serán incorporados a esta labor inquisitorial, en lo que constituye un expresivo
reconocimiento a la relevante intervención de ambas órdenes mendicantes en la lucha
contra la herejía.
Otra dirección de extensión de la influencia de los mendicantes en la sociedad es
su incorporación al mundo de los estudios, y en particular, su muy activa contribución a
la docencia universitaria, a cuyo esplendor y renovación contribuyen de manera
decisiva. Fueron los dominicos, más tempranamente relacionados con la esfera de la
cultura oficial, los primeros en introducirse en la universidad medieval, en la que
llegarían a desempeñar labores de primer orden. A esta orden pertenecieron importantes
representantes de la enseñanza universitaria en los siglos XIII y XIV, de los cuales los
más influyentes fueron sin duda san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino, grandes
figuras de referencia en el desarrollo del pensamiento occidental de la época. Por su
parte, la orden franciscana se incorporó también a la batalla del saber, contribuyendo en
la misma época con personalidades tan relevantes como las de san Buenaventura, Juan
Duns Escoto, y Guillermo de Occam, entre otros. En su conjunto, puede afirmarse que
el desenvolvimiento de los estudios en la época de oro de la universidad medieval debe
una parte notable de su brillantez a la ambiciosa y constante contribución de los
mendicantes.
Por añadidura, la destacada presencia de las órdenes mendicantes en el seno de
la sociedad medieval extenderá su influencia sobre los más variados ámbitos. Frailes
franciscanos y dominicos se distinguirán, desde muy pronto, al servicio de los
poderosos. Las familias reales europeas recurren a tomar capellanes y confesores entre
los miembros de estas órdenes, cuyo consejo es asimismo crecientemente escuchado.
Entre las personas reales, así como entre los nobles, se extiende la costumbre de
inhumarse amortajados en el hábito de alguna de estas órdenes. Los mendicantes
contribuyeron asimismo a la difusión de nuevas formas de piedad religiosa, así como a
propagar nuevos modelos de comportamiento social. Así, puede destacarse el
protagonismo decisivo de los franciscanos en la implantación y potenciación de la
devoción popular por la figura de la Virgen María, especialmente por lo que se refiere al
impulso que desde la orden franciscana se dio a la popularización de la festividad de la
Anunciación, o a la difusión del himno Stabat mater, en el que se presenta a María, en
tanto que partícipe de los sufrimientos de la Pasión de su Hijo, como corredentora de la
humanidad. Sin duda, el impulso franciscano a estas devociones marianas contribuyó a
un movimiento de revalorización de la condición de la mujer en el contexto de la
sociedad de su tiempo. Los mendicantes se implicarán también en un movimiento de
renovación en el culto a los santos y en el mismo reconocimiento eclesiástico de la
santidad. En parte por influencia de las órdenes mendicantes, se promueven a partir del
siglo XIII nuevos modelos de santidad, relacionados con una revalorización de los
laicos. La Iglesia procederá a canonizar a laicos cuya vida se presenta como ejemplar al
pueblo cristiano: este impulso de apertura de la santidad al laicado tiene mucho que ver
con el influjo de los mendicantes.
En su conjunto, pues, puede afirmarse que la aparición de los movimientos
mendicantes dio lugar a una amplia y profunda renovación de las bases de la
espiritualidad del Cristianismo medieval, al tiempo que proporcionó un nuevo camino
de organización material y de mentalidad para acometer un impulso reforzado de
evangelización de la sociedad del Occidente europeo, particularmente por lo que toca a
la influencia de estos movimientos sobre el ámbito urbano, el nuevo horizonte de
expansión de esta sociedad occidental. No es fácil exagerar el peso de la actuación de
los mendicantes sobre las transformaciones sociales que se producen a partir del siglo
XIII. Es por ello que el estudio de este fenómeno resulta tan adecuado como cauce para
el mejor conocimiento de tantas tendencias y realidades de la sociedad de la época.
Descargar