Filosofía de la mente y psicoanálisis

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Fepal - XXVI Congreso Latinoamericano de Psicoanálisis
"El legado de Freud a 150 años de su nacimiento"
Lima, Perú - Octubre 2006
FILOSOFÍA DE LA MENTE Y PSICOANÁLISIS: UN ENFOQUE INTERDISCIPLINARIO
DE LA NOCIÓN DE EMPATÍA
Dra. Patricia Brunsteins
Universidad Nacional de Córdoba
Argentina
I
Si bien gran cantidad de conceptos contemporáneos, considerados básicos para el
psicoanálisis, tienen un espacio ya establecido, tanto en el ámbito teórico como en las
evaluaciones de la práctica psicoanalítica, el concepto de empatía, en un sentido estricto,
hace sus apariciones de modo casi ondulante en la arena psicoanalítica. En un sentido
tangencial o quizás poco riguroso, es un término que aparece constantemente en los
desarrollos psicoanalíticos.
El lugar que ocupa en el psicoanálisis el concepto de empatía es variado y también
lo son, las influencias que posee
dentro de las diversas escuelas psicoanalíticas.
Asimismo, no parece haber claridad respecto de qué es lo que se comprende por
empatía, aún dentro de
una misma corriente psicoanalítica, tanto en su aspecto
semántico como en el uso que se hace del mismo, si es que ambos factores pueden
considerarse separadamente.
Al hacer referencia a la noción de empatía, es lícito preguntarse ¿Es sólo una
experiencia que el analista posee al comienzo del tratamiento o debe ésta acompañarlo
a lo largo de todas las sesiones? ¿ Es una experiencia compartida con todos los
individuos en la vida cotidiana o forma parte de la técnica del terapeuta? Si fuera así,
¿Cuál es su estátus? ¿Es meramente un factor relacionado con lo emotivo o se le
adicionan también ciertos aspectos cognitivos? ¿Está asociado a otro tipo de procesos
psíquicos?
En este trabajo intento abocarme, en un plano teórico, a reconocer y dar forma a
diversos sentidos de “empatía” en psicoanálisis y sus posibles vínculos con algunos
desarrollos teóricos de la filosofía de la mente. Mi objetivo, en consecuencia, no consiste
en brindar resultados empíricos o mostrar a través de la práctica psicoanálitica la
presencia o no de la empatía y su rol en el desempeño analítico. Más bien, quiero resaltar
la necesidad de una mayor clarificación por parte de los psicoanalistas del
empatía y la posibilidad, para ello,
término
de que hagan uso (entre otras disciplinas) de
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algunos resultados teóricos obtenidos en el ámbito de la filosofía de la mente y de las
neurociencias.
II
Hay muchas definiciones y caminos abiertos para considerar la noción de empatía
en sí misma y en relación con otros procesos psíquicos.
Los trabajos de los psicoanalistas remontan el término “empatía” tanto a Adam
Smith (1759, “De la Simpatía”), como a los desarrollos efectuados entre 1790 y 1800 en
los círculos universitarios de Leipzig, Jena y el romanticismo alemán en general, y,
finalmente, a los desarrollos de la hermenéutica (Dilthey) y de la fenomenología (Husserl)
entre otros.
Tanto Pigman, G. W. (1995) en “ Freud y la Historia de la Empatía”como Bolognini,
S. (2004) en La Empatía Psicoanalítica y Etchegoyen. L (2000) en “La Empatía en la
Práctica Psicoanalítica” (entre una gran mayoría de autores) coinciden en que Freud, en
“Sobre la Iniciciación del Tratamiento” (1913) considera a la empatía como una condición
necesaria para el análisis con el fin de permitir el desarrollo de una transferencia positiva
y para el acceso a la interpretación. Aún así, parece haber acuerdo en que, para Freud,
no es uno de los elementos fundantes y fundamentales para la comprensión de los
conflictos internos del paciente.
Según Heinz Kohut (1971) la única información válida que el psicoanalista puede
obtener es a través de su empatía. Otros seguidores de la escuela de la psicología del
self, utilizan contribuciones de otras ciencias para confirmar su observación empática
(Schneider, 1999). El objeto del psicoanálisis para Kohut es el sí mismo, el self y define a
la empatía como “una modalidad cognoscitiva específicamente adecuada a la percepción
de configuraciones psicológicas complejas”. Siguiendo a Bolognini, si el analista para
Kohut no está dotado de empatía no puede percibir y tomar los elementos que necesita,
pero, si no sabe ir más allá de la empatía, no puede establecer hipótesis y teorías y no
puede llegar a una explicación de los datos observados (Bolognini: 70).
Por ejemplo,
Roy Schafer (1959) define a la “empatía generativa como “... la
experiencia interna de compartir y de comprender la condición psicológica de otra persona
[...] en su organización jerárquica de deseos, sentimientos, pensamientos, defensas,
controles, presiones superyoicas, capacidades, representaciones de sí y representaciones
de las relaciones personales reales y fantásticas”. (Bolognini: 64)
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En la misma época se encuentra el trabajo de Greenson (1960), para quien la
empatía es un fenómeno esencialmente preconsciente, a diferencia de ciertos fenómenos
conscientes como la imitación, “un conocimiento emotivo, compartir, y experimentar los
sentimientos del otro”. Según el autor “debo dejar que una parte de mí entre en el
paciente, y recorrer sus experiencias como si yo fuese él, para ver qué sucedería en mí
mientras las vivo. Estoy intentando describir los procesos que intervienen cuando se entra
en empatía con el paciente”.
En estos autores, desde mi perspectiva, el redescubrimiento de la empatía los llevó
a sostenerla como una condición necesaria y, en algún sentido, suficiente para comenzar
el proceso de curación del paciente.
Según lo reseñado por Montaliou en “La empatía desde el diván” J. Arlow y D.
Beres (1974), consideran que el proceso empático por el cual la fantasía del paciente
provoca la del terapeuta es enteramente inconsciente, produciéndose por identificación a
través de un deseo inconsciente compartido. Acaece una ruptura cuando el terapeuta se
da cuenta de que su experiencia interior no es más que un comentario sobre el material
del paciente.
Otras veces, la empatía está particularmente conectada con el conflicto psíquico
del analista y, por ende, relacionada con otras nociones teóricas. Como, según
Hinshelwood (1989) ocurre cuando M. Klein considera a la empatía como el producto de
una identificación proyectiva normal y, así, la empatía podría considerarse, según L.
Etchegoyen, como la habilidad del analista para aceptar las perturbaciones del paciente a
través de la elucidación detallada de la identificación proyectiva.
Podría considerarse en Bion (1963), siguiendo el desarrollo de la misma autora,
que la empatía se relaciona con la noción fundamental de réverie que designa las
funciones maternas de recibir, contener, elaborar, modificar y restituir transformadas, las
proyecciones
y las identificaciones proyectivas del bebé a través de un proceso de
transformación de elementos sensoriales en elementos elaborados favoreciendo la
mentalización progresiva del niño.
Un nuevo significado de la noción de contratransferencia (Heimann, 1950, 1960;
Racker, 1948, 1960; Money-Kyrle, 1956; León Grinberg, 1956, 1976) como problema y al
mismo tiempo como recurso terapéutico, se encuentra también relacionado con la noción
de empatía en psicoanálisis. El grado de sustentabilidad teórica de tal relación depende
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fuertemente de los diversos significados asignados a la contratransferencia, a sus tipos y
variantes.
La empatía, para algunos autores, es condición necesaria para la práctica
psicoanalítica, para algunos pocos hasta suficiente. Para L. Etchegoyen provee un punto
de partida y actúa como indicador técnico en la modulación del dolor psíquico, en la
anticipación a la posible respuesta de la interpretación y en tanto es un aspecto de la
contratransferencia, se la puede utilizar para estudiar el diálogo analítico. Para Stefano
Bolognini la empatía es un fenómeno intra e interpsíquico complejo y requiere de cierta
capacidad de articulación interna y de libertad de percepción y representación de los
afectos y configuraciones de todo tipo. En otros términos, la empatía psicoanalítica es un
estado complejo no limitado a un acuerdo con
lo vivido consciente egosintónico del
sujeto, ni con una parte específica consciente o inconsciente privilegiada por una teoría,
sino que requiere espacio y suspensión para que los momentos de identificación parcial y
consciente puedan darse articulados con las diferentes zonas y niveles internos del
paciente. No es una experiencia programada y posibilita el acceso con el tiempo, a través
de la elaboración transferencial, a la reintegración de los elementos escindidos del
paciente que el analista experimenta y reconoce a través de lo que Bolognini denomina un
proceso de conciencia vivida y recuperada.
Hasta aquí, he esbozado las distinciones de algunos psicoanalistas respecto de la
noción de empatía y sólo he mostrado hacia dónde tienden sus investigaciones más que
alcanzar en tan pocas líneas cuál es su significado.
III
Intentaré ahora evaluar algunos factores que considero son determinantes para
una mejor comprensión del término empatía.
En primer lugar, es importante poder diferenciar entre dos conceptos que suelen
confundirse: la simpatía y la empatía. Muchos psicoanalistas establecen una distinción
previa entre la noción de empatía y la de simpatía. Por ejemplo, algunos consideran que
la empatía consiste en la participación afectiva y emotiva de un sujeto en una realidad
ajena y que la simpatía es una inclinación afectiva entre personas de carácter general y
mutuo.
Desde una definición ya clásica y, a menudo bien aceptada, L. Wispé (1996)
distingue ambos conceptos de la siguiente manera:
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“En la empatía el yo es el vehículo para la comprensión y nunca pierde su
identidad. La simpatía, por otra parte, tiene que ver más con la comunión que con la
certeza (...) En la empatía uno se substituye a uno mismo por la otra persona; en la
simpatía uno substituye a otros por uno mismo. Saber cómo se sentiría ser esa persona
es empatía. Conocer lo que sería ser esa persona es simpatía (...) El objeto de la empatía
es la comprensión. El objeto de la simpatía es el bienestar de la otra persona. En suma, la
empatía es un modo de conocimiento; la simpatía es un modo de relacionarse”. (Wispé:
318, 1986)
Esta distinción, si bien para muchos psicólogos sociales y filósofos, es nítida, no
siempre lo es para otros. Esto significa que o bien hasta pueden ser términos
intercambiables (Goldman, 1995; Goldie, 2000) o bien el sentido que cada uno de ellos
les otorga difiere (Gordon, 1995, Barnes y Thagart 1998, Strayer, J y von RosbergGempton, I. 1992). Existen, en el ámbito filosófico numerosas discusiones acerca del
lugar asignado a cada una de ellas, esto es, si la simpatía es anterior y fundante de la
empatía o si apuntan a describir fenómenos diferentes o si los fenómenos del contagio
emocional o la mímica de orientación perceptual son antecendentes de uno y no de otro
fenómeno.
Desde la perspectiva psicoanalítica,
si se considera a la empatía
como un
mecanismo utilizado por el terapeuta en la práctica clínica, éste debe ser explicitado.
Muchas veces, se describe al proceso empático como preconsciente, automático,
involuntario y las descripciones que hacen de tal fenómeno apuntan más hacia lo que se
comprende por simpatía que por empatía puesto que no se introduce ningún elemento de
comprensión y se acentúa la comunión de emociones por parte del analista hacia el
analizado. Por ello, es importante reconocer qué factores quedarían incluidos propiamente
dentro del concepto de empatía y no de otros conceptos, diferentes pero con base común
(como puede ser la simpatía),
en tanto responden
a relaciones básicas de
intersubjetividad, y en un nivel de mayor profundidad, cómo se diferencian de
otros
fenónemos psíquicos más relevantes para el psicoanálisis (contratransferencia,
identificación proyectiva, etc.)
En segundo lugar, quisiera referirme a una distinción que ofreció D. Dennett (en
1969 pero que sólo en estos últimos años se tomó en cuenta) acerca de la llamada
distinción personal/sub-personal. Esta distinción, en filosofía de la mente, abrió una línea
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de discusión filosófica diferente en torno al debate de la autonomía de la explicación
psicológica en relación con otro tipo de explicaciones ni filosóficas ni psicológicas,
polémica que está tomando un curso de acción efectivamente ineludible. Una explicación
es personal si atañe particularmente a fenómenos intencionales de las personas y apela a
algún tipo de relación entre los estados mismos (las creencias, los miedos, las angustias,
las intenciones, los deseos) siguiendo un criterio de racionalidad (no siempre satisfecho)
y, en consecuencia, las acciones de las personas se explicarían según razones. En el
nivel personal se encuentran las explicaciones de lo que se considera en filosofía de la
mente, la psicología intencional del sentido común.
Una explicación es subpersonal sino se apela a explicaciones que conllevan la
noción compleja de persona y sólo se consideran explicaciones referentes a los
mecanismos o tipos de capacidades que subyacen a diversos subsistemas relacionados
entre sí, de un conjunto dado. Las explicaciones sub-personales
consideradas como de dos tipos diferentes:
pueden ser
o en términos de procesamiento de la
información cognitiva (estados sub-personales o mecanismos subyacentes) o en términos
de la neurociencias, del vocabulario biológico en general.
Dada, tal diferenciación, el problema consiste en si el nivel personal es autónomo y, si lo
es, qué consecuencias se derivan de ello. Asimismo, no está aún resuelta cuál es la
relación más adecuada entre los niveles. Podría considerarse como una relación de tipo
vertical, al mismo tiempo que se sostiene la tesis de la autonomía del nivel personal. Si
fuera así,
podría sostenerse que el nivel sub-personal ofrece las bases sólo como
condiciones para que el nivel personal pueda desarrollarse o también podría pensarse
que ambas explicaciones interactúan, de una manera particular, sin confundirse, pero
coartando algún sentido específico de autonomía. Como ejemplo de esto último, se puede
citar la existencia de
desórdenes producidos por daño cerebral que pueden afectar
acciones explicadas en el nivel personal.
Desde el momento que en el psicoanálisis se
ofrecen reconsideraciones del
fenómeno de la empatía es lícito preguntarse a qué nivel de descripción se están
refiriendo
con ello. ¿Se está describiendo una capacidad emotiva que las personas
poseemos y a partir de la cuál, y sin ningún otro tipo de agregado el psicoanálisis parte y
relaciona con otros fenómenos psíquicos que la teoría psicoanalítica postula? Si es así,
parecería describir un fenómeno común a todos los individuos y el modo de comprensión
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de su uso formaría parte del bagaje del que el psicoanalista no puede desligarse en su
práctica terapéutica y correspondería a los aspectos que todo individuo posee. Sin
embargo, si el mismo refiere a otro proceso o es un refinamiento de la noción “cotidiana”
de empatía y forma parte o es condición de otro fenómeno psíquico postulado por la
teoría psicoanalítica, hay que analizar un poco más qué es lo que está ocurriendo.
Teniendo en cuenta la distinción personal-subpersonal, se podría sugerir que en el
psicoanálisis ocurren los mismos problemas epistemológicos que se presentan en otras
disciplinas tal como la psicología intencional del sentido común en relación con
las
explicaciones funcionales o las explicaciones en un nivel neural. La teoría psicoanalítica
daría cuenta de la individualidad, en un nivel personal de las acciones de las personas
con fines específicamente terapéuticos pero tales explicaciones si bien son autónomas no
estarían separadas de otras en un nivel, por ejemplo, funcional o de tipo neural. Tal es el
tipo de explicación que ofrece de la empatía Silvain Missonnier (véase “La empatía desde
el diván”) apelando a la noción de empatía de Serge Levobici y su carácter específico
humano evocando los aportes neurobiológicos tanto de Jean Decety como de Gallese,
explicaciones que pertenecen claramente a un nivel sub-personal y que integrarían, en
algún sentido no definido
del término por parte del autor, algunos de los aspectos
componentes necesarios de la empatía. Tampoco está diferenciado claramente el nivel de
explicación
cuando
se
hace
referencia
a
otros
hechos
psíquicos
como
la
contratransferencia y la identificación proyectiva. La cuestión reside, puntualmente, en
cómo se relacionan y qué elementos son intrínsecamente constitutivos a cada uno de
esos hechos psíquicos, es decir, la empatía por un lado y la contratrasferencia por el otro.
Finalmente una cuestión no menor corresponder a dilucidar a qué nivel explicativo
corresponde la noción de contratransferencia. Ocurre lo mismo con la noción de
identificación proyectiva.
De un modo análogo, en el ámbito de las diversas estrategias de atribución mental
o mindreading, la simulación mental sugiere que para atribuir tanto a uno mismo como a
los demás diversos estados mentales hacemos uso de la empatía. A diferencia de la
teoría de la teoría, que sostiene que poseemos un amplio repertorio conceptual que
utilizamos en nuestra vida cotidiana para comprender y anticipar las acciones de los
otros, a través de una estructura legaliforme, la simulación mental argumenta que no
poseemos
la capacidad para teorizar sino que nos usamos a nosotros mismos
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imaginándonos o “proyectándonos” en el lugar de la otra persona con el fin de
comprender, explicar y hasta predecir las conductas.
Uno de varios de los problemas que plantea la teoría de la simulación mental,
según mi opinión, es intentar dar cuenta de la noción de empatía que supone para llevar a
cabo la simulación. Se la puede caracterizar como un tipo de capacidad natural, no
mediada por nada, que es adecuada para poder comprender a otros y para poder poseer
la experiencia de los propios sentimientos. Si se parte de un enfoque naturalizado de la
misma, esto es, se sigue los lineamientos quineanos de la epistemología naturalista, la
explicación de la empatía, si bien es autónoma, podría relacionarse con
ciertas
explicaciones a nivel subpersonal, como la propuesta por Jean Decety y Philip Jackson
en (2004) “The Functional Architecture of Human Empathy”, y sostenida nuevamente en
un
artículo de este año “The power of simulaton: imagining one’s own and other’s
behavior” escrito por Jean Decety y Julie Grèzes.
La noción de empatía que Decety y Jackson proponen está integrada por tres
componentes
funcionales que interactúan dinámicamente y están sostenidos por
sistemas neurales específicos: un afecto compartido entre el yo y el otro, esto es, la
experiencia afectiva del estado emocional inferido o real de la otra persona, una
conciencia del yo del otro y cierta flexibilidad mental para adoptar la perspectiva subjetiva
del otro.
El primer componente, el afecto compartido entre el yo y el otro, se basa en el
emparejamiento entre la
percepción
y la acción que conduce a lo que los autores
sostienen como un elemento de la noción de empatía: las representaciones compartidas
entre el yo y el otro.
La noción de representación compartida refleja la idea de que la percepción de una
conducta dada en otro individuo activa automáticamente las propias representaciones de
uno de aquella conducta. Tal punto de vista se basa en las propiedades fisiológicas
fundamentales del sistema nervioso con respecto a la continuidad entre la acción y la
cognición, que primariamente se sustenta en ciclos de percepción y acción
(funcionalmente interconectados). Las acciones están codificadas en términos de los
efectos perceptibles que ellas generan. Las percepciones de una acción activarían las
representaciones de tal acción al grado tal de que se conciben como similares, las
acciones percibidas y las acciones representadas.
Los mecanismos motores de
representación compartida ofrecen una base para la noción de intersubjetividad porque
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establece un puente funcional entre la información desde la perspectiva de la primera
persona y desde la tercera.
El segundo componente de la empatía es la existencia de la conciencia del yo del
otro. Se parte del punto de vista de la distinción entre el conocimiento obtenido desde la
perspectiva de la primera persona y aquel obtenido desde la perspectiva de la tercera
persona. Es un supuesto de la empatía y surge, según estudios, de la interacción de
diversos procesos distribuidos en el cerebro. Es posible distinguir entre las
representaciones activadas por el propio yo y las activadas por los otros, puesto que las
cadenas neurales que subyacen al autoprocesamiento y al procesamiento de otros,
poseen algunos elementos en común y otros independientes. Se cree, también, que la
capacidad de autoconciencia requiere previamente de la habilidad para efectuar
representaciones de segundo orden puesto que el yo como objeto de conocimiento es
una representación secundaria. Ocurre lo mismo en relación con la conciencia de los
otros porque se requiere de la capacidad para explicar desde la perspectiva de la otra
persona.
El tercer y último componente necesario de la empatía es la capacidad de
flexibilidad mental y la autorregulación. Existe mucha evidencia en favor de la idea de que
la flexibilidad mental para adoptar la posición de alguien más, es un proceso controlado e
intencional y que requiere de algún nivel de regulación de las emociones para manejar y
optimizar las transacciones intersubjetivas entre el yo y el otro. Un aspecto esencial de la
empatía es el reconocimiento de la otra persona como “parecida a mí” mientras que se
mantiene una clara diferenciación entre
el yo y el otro. De esto se sigue, que la
flexibilidad mental y la autorregulación son componentes importantes de la empatía y, que
por tanto, es necesario regular la propia perspectiva que ha sido activada por la
interacción con los otros o aún la mera imaginación de tal interacción. Para ello, se
requiere de ciertos mecanismos inhibitorios con el fin de regular y disminuir el rol de la
auto-perspectiva y permitir la evaluación de la perspectiva del otro. Tales mecanismos
están presentes en los sujetos normales. Algunas investigaciones empíricas han
mostrado cómo ciertos daños cerebrales producen la falta de estos mecanismos
inhibitorios lo cual conduce a la falta de empatía.
En filosofía de la mente, la simulación es una capacidad para mentalizar, para
comprender los estados mentales de uno mismo y de los demás. El que atribuye estados
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mentales intenta copiar los estados mentales de la persona a simular utilizando sus
propias fuentes psicológicas.
Si bien la acepción de Decety y Grezes, de un lado y la definición de simulación
mental por parte de los filósofos de la mente de otro, parecen ser descripciones muy
diferentes, podrían considerarse como refiriéndose a un mismo fenómeno, explicado de
dos maneras diversas según el nivel de análisis correspondiente (un nivel personal y un
nivel subpersonal) y, en consecuencia, obteniendo una teoría de la simulación
fundamentalmente naturalista y más completa abarcando todos los niveles de este
fenómeno tan complejo.
Volviendo al ámbito psicoanalítico, podría considerarse la descripción de empatía
a nivel subpersonal en un nivel neural como fundante de la explicación psicoanalítica de la
empatía (en un nivel personal) evaluando si
los aportes ofrecidos en las distintas
versiones de empatía propuestas por los psicoanalistas, esbozadas en la primera parte de
este trabajo, estarían en concordancia con estas explicaciones en un nivel neural.
Para concluir, dentro de las explicaciones que en un nivel personal el psicoanálisis
puede ofrecer de las acciones empáticas del analista en relación con el paciente, estarían
también integrados como elementos
explicativos,
aquellos pertenecientes a
la
simulación mental como una posible estrategia de atribución mental que cotidianamente
los sujetos utilizamos en nuestra vida diaria y que el psicoanalista estimula y completa a
partir de la introducción, de un modo coherente epistemológicamente de la técnica
psicoanalítica apropiada.
IV
Un acercamiento a la noción de empatía en psicoanálisis nos revela la necesidad
de una mayor revisión.
En primera instancia, propongo comenzar por clarificar la distinción entre los
elementos empáticos y los simpáticos teniendo en cuenta los resultados obtenidos desde
la filosofía y la psicología social.
En segunda instancia, considero relevante evaluar si los elementos que se
describen fenomenológicamente de la empatía corresponden a aspectos compartidos por
todas las personas, como parte de su acervo o si son desarrollos específicamente
producidos
por el entrenamiento de una técnica a partir de esas propiedades
compartidas.
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En tercera instancia, estimo importante el intentar diferenciar
los aspectos
conscientes de los no conscientes, inmersos en la noción de empatía, y considerar su
participación (vincular o como parte de la estructura)
en otros hechos psíquicos de
relevancia en la práctica psicoanalítica (particularmente la contratransferencia y la
identificación proyectiva)
Finalmente, creo que es necesario insertar la caracterización psicoanalítica de la
empatía de un modo epistemológicamente coherente con explicaciones de la empatía en
un nivel neural, ya que, después de todo, las personas somos, por decirlo de algún modo,
unidades psicofísicas.
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