A pesar de las noticias que llegan del Medio Oriente, Ucrania

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como en el cuento “Twilight” o “Crepúsculo” empiezo
con la geografía de mi propio cuerpo (fastidiado por
los años, por supuesto), en “Words” pensé en tratar
mis facetas corporales, y hasta mis humores, en los
términos geográficos de Nevada. Es otra manera de
profundizar mis raíces en el suelo del estado y establecer mis credenciales, cuando presumo de presentar
unos cuentos que brotan de esas mismas raíces.
«End of the line» es, en la jerga de los tramperos, la
última trampa de una línea que puede alcanzar unos
cuantos cientos de kilómetros. También es el título
de uno de los cuentos de este libro. Fuiste trampero,
pero no te llevó el río. Querías prosperar, tener dinero, soñabas con diamantes, trabajabas quitando
plantas invasoras y ponías trampas… eras de Nevada.
Sí, soy de Nevada. Mis antepasados estaban aquí
cuando era un territorio y todavía no era un estado.
Antes de hacerme académico, tuve muchos empleos
manuales: corté hierba, lavé platos, serví mesas, limpié
retretes... No me importa ensuciarme las manos; es
otra manera de situarte en la vida sin miedo, porque,
si sabes trabajar y estás dispuesto a sudar, nadie te
puede arrebatar la posibilidad de buscarte la vida y
de sobrevivir. Además, siempre he sido un soñador
bastante atrevido. Mis padres tuvieron que aguantar
a un hijo que, con 19 años, anduvo solo por Latinoamérica con una mochila y la intención de pasar un
«rato» en Venezuela buscando diamantes. También
tenía ganas de hacerme trampero profesional en
Alaska. O sea, nada de profesiones «normales», como
médico o abogado. Tuve mucha suerte, porque mis
padres creían que cada uno tiene derecho a desarrollar
su propio camino en la vida. Seguramente hablaron a
menudo entre ellos de sus preocupaciones, pero jamás
me lo impidieron.
Debías enfrentarte al «fantasma» de tu nombre,
Bill, porque hay muchos Billys en la familia. Y a sus
minas, que son otros de los mundos que existen en
Nevada. Lo haces en «Tasker», la historia de un
hombre que trabajó de gobernador cuando se arruinó con las minas. El relato lo constituyen unas pocas de las cartas que él escribió, creo que tres, que a
mí me dicen mucho.
Somos tres Billys en el libro. Y también tenemos a mi
abuelo. No le conocí, porque murió diez años antes
de que yo naciera, pero llevo su nombre y mi curiosidad sobre él ha sido mi fantasma intelectual en la
vida. Era muy famoso en el centro de Nevada como
minero y hombre bueno; un generoso apoyo para los
demás. Lo que escribo sobre Billy Ford está basado en
una leyenda familiar. El abuelo protegió a la familia
Ford cuando expulsaron a los chinos de Tonopah, también apareció en Goldfield vestido de chino y se rompió el brazo allí en una caída del burro. No sé si era él
(como en el cuento) quien descubrió el cuerpo chino
en el desierto, porque aquello me lo inventé. El abuelo
era socio de Tasker Oddie y Jim Butler, el descubridor
de las minas de minerales preciosos de Tonopah. Tanto
era así que bautizó Belmont a su primer hijo, el nombre del pueblo de Oddie y Butler. La mención de Billy
Douglass en la carta de Tasker es una invención mía,
pero sí es verdad que ambos aparecen en una foto de
la primera Navidad en el campamento de Tonopah,
compartiendo la cena con una docena más de mineros
en una fonda-tienda.
«A pesar de las
noticias que
llegan del
Medio
Oriente,
Ucrania o
China, en los
ranchos de
Nevada el sol
se pone como
siempre»
En «Rent» o «El lugar secreto» tomaste algo de la
novela que estás escribiendo en la actualidad sobre
los casinos –de la que llevas ya ¿mil páginas escritas?–. Una novela que empezaste a escribir cuando
perdisteis el casino… ¿cómo se llamaba?
Cerré dos casinos en Reno: el Comstock y el Riverboat
–¡soy telonero de casinos, los voy cerrando!–, aunque
sigo con éxito en el negocio con unos pequeños en la
autopista 80. En realidad, tengo tres mil páginas escritas de la novela, a mano y en hojas de cuaderno, y
llevo quince años en ella, aunque no sé si la voy a terminar y a publicar. Ya veremos. Pero si sé que he gozado mucho escribiéndola, pese a que pasé por un periodo lleno de dudas. Me libera bastante escribir
ficción, en vez de antropología, porque inventas los
datos en vez de recogerlos. Puedo casar, divorciar y
matar a mi protagonista con impunidad, aunque eso
no deja de tener sus consecuencias. Por ejemplo, en
el caso de Sheba, la hija de Sue en este cuento (“Rent”
y en castellano “El lugar secreto”) y protagonista también de la novela que estoy escribiendo, una noche, a
las dos de la madrugada, la tuve que matar. Me eché a
llorar y durante varios días estuve de luto.
Un inciso: ¿cómo fue el congreso sobre los vascos
en Cuba, donde nos conocimos personalmente? Estábamos allí cuando se empezó a hablar de la restauración de las relaciones diplomáticas entre ambos países. Por cierto, para entonces tú ya habías
roto el bloqueo por tu amor a la pesca. ¿Cómo lo ves
ahora que tú también llevas encima algo de la isla?
Si rompí el bloqueo fue más bien por la pesca: Cuba
tiene mucha fama por la captura de macabí y, a lo largo
de los años, casi todos mis compañeros de pesca habían
entrado ilegalmente en la isla. Yo era una excepción,
porque tenía miedo de poner en peligro mi permiso
de juego en el estado de Nevada. Finalmente, Cuba se
convirtió en el único país de lengua española que yo
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