El cultivo del ser Por Zoraima Cuello Desde la época de Aristóteles

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El cultivo del ser
Por Zoraima Cuello
Desde la época de Aristóteles, en los años 300 antes de Cristo, el “Ser” ha sido objeto
de análisis y reflexión filosófica. En el mundo actual y sin distanciarnos de todo lo
aprendido de nuestros antepasados, la esencia de los seres humanos se entiende desde
una óptica distorsionada, asociando el ser y la valía personal a los logros profesionales,
familiares, sociales.
Son muchos los “tips” encapsulados, convertidos en betseller por sus consejos “sabios”,
que pasan a ser asumidos por la generalidad de las personas como palancas o
impulsores de lo que denominamos “éxito”. A partir de estas máximas, tendencias o
acciones de quienes han llegado a sitiales que se consideran y conciben importantes, es
que se adoptan patrones o modelos que nos sirven de referencia para llegar a esos
puestos y estatus tan codiciados por la mayoría y que por ser tan reducidos, no todos
pueden alcanzar, generando a partir de esto competencias personales y esfuerzos
desproporcionados para ser los “ganadores” en la carrera por el mejor puesto, el mejor
pagado, el más valioso, el más famoso, en fin… el superior.
Cabe destacar que los referentes o modelos son muy importantes; sin embargo, es
fundamental tener presente que para aprender y modificar un comportamiento o
conducta inadecuada, es necesario seguir pasos sin brincar la secuencia de los mismos.
Sin embargo, como hoy en día la tendencia es que casi todos disponemos de poco
tiempo, deseamos cada cosa, mientras más rápido mejor, procediendo así a brincar los
escalones que nos permitirán mejorar de forma efectiva las “reales debilidades”
personales, por lo que terminamos escogiendo el camino más corto, que en muchos
casos nos lleva a el aparentar que “somos” lo que no hemos cultivado, como un simple
“clic che”.
Es así que se adoptan posturas ficticias en cada momento de nuestras vidas, llegándonos
a despersonalizar en el afán por aparentar cosas distintas a nuestro “ser”, a sabiendas de
que existe la posibilidad de que ese verdadero “yo” salga a relucir en un momento
indeterminado. Sin embargo, y contrario a lo que piensa quien finge posturas y
opiniones contrarias a lo que siente, con estas actuaciones se reflejan los vacíos
interiores y la pobreza que existe en ese que aparenta ser lo que en realidad y de fondo
no es…
Escribe Stephen Covey, en su libro Los Siete Hábitos de las Personas Altamente
Efectivas, que en los últimos cincuenta años el éxito pasó a ser una función de la
personalidad, de la imagen pública, de las actitudes y las conductas, habilidades y
técnicas que hacen funcionar los procesos de la interacción humana, contrario a lo
fomentado en años anteriores a los citados, donde el éxito se cimentaba en la llamada
por él la ética del carácter, basada en la integridad, humildad, mesura, valor, justicia,
paciencia, entre otros valores.
Hoy la apariencia es muy importante desde diferentes puntos de vista. Tan importante
que decimos que la primera impresión es clave, ya que puede hacer la diferencia entre
conseguir o no un empleo, ascenso, noviazgo y demás, ya que culturalmente hemos sido
permeados por estos “nuevos valores” que desgastan en la mayoría de los casos y no
fomentan otras cualidades de gran relevancia para la convivencia y la sociedad.
El aparentar puede tener un efecto tal, que como expresa Alain de Botton, podemos
llegar a sentir que la vida merece la pena cuando alguien recuerda nuestro nombre y nos
envía una cesta de fruta, por lo que el afán de tener cada vez más, para sentirse que se es
más y que, por ende, se vale más, se es tenido en cuenta con simpatía, complacencia y
aprobación, termina desvinculando a las personas de su verdadera finalidad en el
mundo, olvidando su valor en sí mismos y la verdadera labor que cada uno tiene por
delante para aportar a la Sociedad: Amar, Ayudar, Servir, Comprender, Solidarizarse.
En este proceso se pierde el espacio de reflexión personal, tan importante para recargar
las baterías personales, renovarnos, analizarnos, mejorarnos, pues todo el tiempo y las
energías son dedicas a alcanzar un lugar de renombre en la sociedad que le permita
tener, más que cultivar el verdadero ser.
En realidad la vida es más que un trabajo, es más que ascensos y fama.
La verdadera felicidad de cada individuo radica en la capacidad de encontrarse a sí
mismo, de valorar lo que es, no lo que representa o tiene que dice Arthur Schopenhauer.
Hay que encontrar el equilibrio personal y trabajar para que ese “ser” sea cada vez lo
más auténtico, íntegro, sabio, bondadoso, dadivoso…
Cada uno puede sacar un verdadero provecho de su vida.
Apeguémonos pues a aquello que es espiritualmente superior… valoremos el ser de
cada persona que nos rodea y cultivemos y cuidemos diariamente, como desde una
simple semilla hasta el nacimiento de una gran y hermosa flor, ese maravilloso ser que
tenemos dentro cada uno de nosotros.
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