Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios

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Iglesia Nueva Apostólica Internacional
Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios
Al comienzo se observarán algunos testimonios del Nuevo Testamento que
muestran que Jesús efectivamente fue hombre. Luego siguen enunciados
del Nuevo Testamento que señalan la divinidad de Jesús. A continuación, se
presentan los rasgos básicos de la doctrina de las dos naturalezas de Cristo.
Jesucristo es también hoy verdadero hombre y verdadero Dios, y como tal
vendrá nuevamente.
Jesucristo – verdadero hombre
Jesucristo fue realmente un hombre, esto lo testifica el Nuevo Testamento con toda claridad. Esto está expresado en 1 Juan 1:1-3: “Lo que era desde el principio, lo que hemos
oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y
testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis
comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su
Hijo Jesucristo”. Jesucristo es calificado aquí como “Verbo de vida”, que se podía ver y
palpar. Esto significa que fue un ser humano verdadero, con el que las demás personas
podían tratar, del cual más adelante ellos también pudieron informar.
En los Evangelios se le concede mucho espacio al informe sobre Jesús como
hombre. Jesús compartió con los hombres todo el espectro de las sensaciones físicas y
psíquicas.
Ya el hecho de que Jesús haya nacido, indica que en Él nos encontramos con un verdadero hombre. Las circunstancias milagrosas de su nacimiento no modifican en nada esta
realidad. A diferencia de todas las demás madres, su madre, María, fue una virgen a la
cual el ángel Gabriel le prometió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo
de Dios” (Lc. 1:35). La concepción de María también es un hecho milagroso que tuvo su
origen en Dios mismo. Dios se muestra nuevamente en ese hecho como el Creador que
por su libre acción crea la realidad, que es el hombre Jesús. Consiguientemente, el ángel
finaliza lo expresado a María con las palabras: “Porque nada hay imposible para Dios”.
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Sobre la juventud de Jesús sólo se encuentra el informe de Lucas 2:41-49, de que el
joven de doce años fue al templo sin que lo supiesen sus padres y allí comenzó a conversar con los escribas: “Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus
respuestas”. A continuación, en Lucas 2:52 aún se informa que Jesús crecía en sabiduría
y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.
Los acontecimientos que se relatan sobre Jesús durante su actividad pública, también
hacen referencia a que Jesús era un hombre entre los hombres: se alegró con los felices,
sufrió con los tristes y lloró cuando Lázaro había muerto. Tuvo hambre cuando estaba en
el desierto; tuvo sed cuando llegó a la fuente de Jacob. Es más, estuvo lleno de temor
frente al padecimiento y la muerte que tenía por delante. Oró: “Padre, si quieres, pasa de
mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22:42). Padeció el dolor bajo
los azotes de los soldados. Cuanto estuvo frente a la muerte en la cruz, confesó: “Mi alma
está muy triste, hasta la muerte” (Mt. 26:38). También en este clamor se ve que Jesús era
un ser humano con sentimientos.
En Hebreos 4:15 se alude a la particularidad del hombre Jesús, que a pesar de ser igual
que todos los demás hombres, en un aspecto no lo fue: Él no tiene pecado.
Uno hace justicia con la persona de Jesús tan sólo cuando habla de Él como verdadero
hombre y como verdadero Dios.
Jesucristo – verdadero Dios
La divinidad de Jesucristo es tema de Juan 1:1-18 (comparar con Doctrina y reconocimiento, NUF 11/2001, pág. 17). En este contexto se hallan enunciados fundamentales
sobre la naturaleza de Dios y su revelación en el mundo. Se habla del principio, el origen
del que dependen todas las cosas y del cual emana todo. Este principio, que en sí no supone condiciones y que trasciende toda temporalidad, está estrechamente asociado con
el concepto utilizado en el griego “Logos”, que habitualmente es traducido como “Verbo”.
El Logos es un poder que constituye el principio de la creación. Aquí, el Verbo y Dios están
directamente correlacionados: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el
Verbo era Dios” (Jn. 1:1). Dios y Verbo, ambos son eternos.
En Juan 1:14 se hace referencia a la presencia del Logos sobre la tierra: “Y aquel Verbo
fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del
Padre), lleno de gracia y de verdad”. El trascendental Verbo divino, que al principio estaba
con Dios, entra ahora en la esfera terrena, y aún más: él mismo fue hecho carne, el eterno
Verbo fue hecho verdadero hombre. El Verbo es calificado aquí como unigénito Hijo de
Dios, que aparece y obra entre los hombres.
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La afirmación: “... y vimos su gloria” se refiere al Hijo de Dios hecho carne, a la realidad
histórica del “Verbo hecho carne”. Aquí se hace referencia al círculo de los testigos de la
actividad de Jesús sobre la tierra, que por un lado consistía en milagros y señales, y por
el otro, en la revelación de su esencia divina en la transfiguración (comparar con Mt. 17:1
y versículo siguiente). Los Apóstoles y discípulos tenían una comunión directa con el Hijo
de Dios, el Verbo hecho carne, sobre lo cual también habla 1 Juan 1:1-3.
La gloria del Padre, puramente de allende, se hace realidad histórica en la gloria del Hijo,
terrena y perceptible directamente. Así, el Hijo de Dios puede decir de sí: “El que me ha
visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14:9). Quién es Dios, se experimenta directamente a través de Jesucristo.
La encarnación del Hijo de Dios está descripta en Filipenses 2:6-8 como una humillación
de sí mismo: “El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa
a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Dios, el Hijo, renuncia a su sublimidad
y por su encarnación ingresa en la esfera del hombre, Él mismo se convierte en hombre
y lleva en forma extrema las cargas de la humanidad.
Hebreos 2:14 fundamenta por qué el Verbo fue hecho carne: “Así que, por cuanto los
hijos participaron de carne y sangre, él [Jesucristo] también participó de lo mismo, para
destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo”.
La epístola a los Hebreos destaca lo necesaria que fue la encarnación de Dios, justamente
para vencer a la muerte y ponerle límites al mal.
El Nuevo Testamento testifica reiteradamente que Jesucristo es el Hijo de Dios y también
que es Dios. En el Bautismo de Jesús se oyó una voz de los cielos: “Este es mi Hijo
amado, en quien tengo complacencia” (Mt. 3:17). También en la transfiguración, el Padre
enfatizó que Jesús es el Hijo de Dios, indicando que a Él hay que oír (comparar con Mt.
17:5).
Las palabras de Jesús: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere”
(Jn. 6:44) y “Nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6) expresan que Dios, el Padre, y
Dios, el Hijo, tienen la misma autoridad divina. El Padre trae al hombre hacia el Hijo, y el
Hijo lleva al hombre hacia el Padre.
Sólo como verdadero Dios Jesucristo puede afirmar: “Yo y el Padre uno somos”
(Jn. 10:30), expresando en un lenguaje simple que es de la misma naturaleza que el
Padre.
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Los siguientes pasajes bíblicos también dan prueba de que Jesucristo es verdadero Dios:
■
La forma de proceder de los Apóstoles después de la ascensión: “Ellos, después de
haberle adorado [a Jesucristo], volvieron” (Lc. 24:52). Sólo a Dios se lo puede adorar,
por lo tanto en este obrar se ve claramente la fe de que Jesucristo es verdadero
Dios.
■
Lo expresado en Juan 1:18: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está
en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”. En Jesucristo, Dios llega muy cerca
del hombre y se lo percibe como el que ama y es clemente.
■
La confesión del Apóstol Tomás después de haber visto al Resucitado: “¡Señor mío, y
Dios mío!” (Jn. 20:28). El Apóstol Tomás llama al Resucitado “Señor”; ya por este
nombre se pone de manifiesto que Jesús es Dios.
■
La confesión de la naturaleza de Cristo en el himno a Cristo: “... en él habita
corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col. 2:9). El canto de la epístola a
los Colosenses señala la presencia de Dios en el hombre Jesús. La palabra
“corporalmente” acentúa la realidad del hecho, que no es atemporal sino que
sucede en tiempo y espacio.1
■
El testimonio de 1 Juan 5:20: “Y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo.
Este es el verdadero Dios, y la vida eterna”. La 1º epístola de Juan expresa que
Jesucristo es Dios y Dador de vida eterna, es decir la eterna comunión con Dios.
■
La afirmación: “Dios fue manifestado en carne” (1 Ti. 3:16). La 1º epístola de
Timoteo, como ya era el caso en las escrituras de Juan, da testimonio de que en
Jesucristo está presente Dios y que puede ser experimentado directamente por
los hombres.
La doctrina de las dos naturalezas de Jesucristo
Los enunciados del Nuevo Testamento sobre que Jesucristo es hombre y es Dios constituyen la base de la doctrina de las dos naturalezas. Bajo “naturaleza” no deben entenderse
en este contexto hechos naturales o relativos al paisaje, sino que más bien hace referencia
a la esencia, la sustancia de un objeto o de una persona.
El enunciado de que Jesucristo es verdadero hombre y verdadero Dios, fue establecido
en el concilio de Calcedonia (451). La mayoría de las Iglesias cristianas reconoció esta
doctrina o este dogma como valedero. La doctrina de las dos naturalezas de Jesucristo
trasciende el horizonte de la experiencia y la imaginación humana. Sólo puede ser aceptada con fe y conociendo la validez del testimonio bíblico.
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El concilio de Calcedonia quiere renovar y afirmar la “fe de los Padres” expresada en los
concilios de Nicea (325) y Constantinopla (381). El concilio procura, en primer lugar, subrayar los enunciados sobre la doctrina de la Trinidad de anteriores concilios y destacar su
validez para la fe de todos los cristianos. El concilio acentúa que Jesucristo tiene una naturaleza según Dios y otra naturaleza según el hombre. Cómo se debe pensar en ambas
juntas, lo muestran –después de un largo proceso del pensamiento y de debates teológicos– los principales enunciados de la fórmula de Calcedonia:
Todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo,
nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en
la humanidad, Dios verdaderamente, y el mismo verdaderamente hombre,
[...] consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y el mismo consustancial
con nosotros en cuanto a la humanidad.
Que se ha de reconocer a uno solo y el mismo Cristo Hijo Señor unigénito en dos
naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, en modo alguno
borrada la diferencia de naturalezas por causa de la unión, sino conservando, más
bien, cada naturaleza su propiedad y concurriendo en una sola persona y en una
sola hipóstasis, no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo
unigénito, Dios Verbo Señor Jesucristo.2
La fórmula muestra con toda claridad las dos diferentes naturalezas de Jesucristo. Como
verdadero Dios es Dios, el Hijo, la segunda persona de la Trinidad. Como verdadero hombre es consustancial con la humanidad y con nosotros como seres humanos. La relación
de ambas naturalezas de Jesucristo es calificada como “sin confusión ni separación”.
Dios y hombre no se confunden en Jesucristo, Él por eso no es un semidios, como lo conoce la mitología griega. Él es ambos totalmente y por completo: hombre y Dios. Al mismo
tiempo se destaca que en Jesucristo ambas naturalezas están presentes en forma perdurable, no se pueden partir o dividir. Este “no ser dividido” se denomina unidad de la
persona, que expresa que la unidad de la persona de Jesucristo es inalterable. Pertenece
a la unidad de la persona, o sea a la persona de Jesucristo, en forma indefectible, la dualidad de su naturaleza, es decir, la vinculación de hombre y Dios.
Haciendo hincapié sobre la unidad de la persona se debe destacar que la realidad histórica
de la encarnación de Dios en Jesucristo no puede ser suprimida. Después de su resurrección y ascensión, la persona de Jesucristo también perdurará, no será sustituida por
el Logos. El Señor glorificado también tiene dos naturalezas, Él es verdadero Dios y verdadero hombre.
Existen importantes indicaciones bíblicas acerca de que la unidad de la persona no puede
ser suprimida aun en el Señor glorificado y en su venida. Una de estas indicaciones es la
visión de Esteban: “Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio
la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos
abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios” (Hch. 7:55-56). El nombre de
Jesús es una re-ferencia a la persona histórica que predicó en Judea y Galilea y que ahora
está en el trono de Dios.
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La verdadera humanidad de Jesucristo en el trono de Dios es aludida en 1 Timoteo 2:5:
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo
hombre”.
Jesús ha sido glorificado y su retorno es esperado con anhelo por los Apóstoles y la comunidad: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como
le habéis visto ir al cielo” (Hch. 1:11). Al comienzo del Apocalipsis, apoyándose en una
imagen profética del Antiguo Testamento, se destaca la unidad del Cristo crucificado y el
que retorna: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron”
(Ap. 1:7).
Las explicaciones de 1 Corintios 15:22-23 también se refieren a la unidad de la persona
hablando de Jesucristo como primicia de los difuntos: “Porque así como en Adán todos
mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden:
Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida”.
Al final de Apocalipsis habla la Iglesia dando testimonio de que el Señor que vendrá es
aquel que fue crucificado y ascendió al cielo: “Amén; sí, ven, Señor Jesús” (Ap. 22:20).
1
Comparar con “El himno cristológico en la epístola a los Colosenses” 1º y 2º parte, Doctrina y reconocimiento, julio y agosto 2011
<http://www.inasud.org/doctrina_y_reconocimiento.php>
2
Comparar con E. Denzinger, El Magisterio de la Iglesia - Manual de los símbolos, definiciones y declaraciones de la Iglesia en materia
de fe y costumbres, Ed. Herder, Barcelona 1963, pág. 57)
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