El suicidio de Hitler, 30 de abril de 1945

Anuncio
REVISTA DIGITAL EL IMPARCIAL
EN TRES TIEMPOS
El suicidio de Hitler, 30 de abril
de 1945
28/04/2015 20:19:44
La Segunda Guerra Mundial había sido un desastre
para Europa y el mundo entero, pero se acercaba
su fin después de cinco años de batallas y muertos,
aviones y tanques, invasiones y abusos.
Inseparablemente
unido
fue
que
el
nacionalsocialismo llevó a la guerra, con su líder
Adolf Hitler. Él fue un gran impulsor del proceso de
expansión alemana, que había tenido victorias
rutilantes, pero que después de su aventura en
Rusia experimentó una progresiva derrota militar.
Ya se acercaba a sus últimos días lo que había sido
una breve pero decisiva historia de campos de concentración y exterminio, odios y
violencia, días de gloria que ya eran parte del pasado. Era abril de 1945, terminaba
la guerra en Europa.
Hitler permaneció esas semanas en el búnker, desde donde pretendía dirigir la
guerra, con más voluntarismo que sentido de la realidad, reacio a aceptar sus
propias responsabilidades en la derrota y rodeado de algunas de las principales
figuras del régimen nazi. Su situación personal pasaba por momentos de delirantes
deseos de revertir la situación militar, agradecimiento hacia sus leales y también
execraciones hacia quienes no lo habían sido. Su odio a los judíos no había
cambiado un ápice, como tendría ocasión de demostrarlo para la posteridad.
Ante la derrota inminente, Hitler escogió suicidarse. No quería seguir vivo y servir
para festín de los rusos, cuyo Ejército Rojo ya se encontraba en Berlín y dentro de
poco llegaría a las puertas del búnker. Así lo expresó en su Testamento Político,
del 29 de abril: "Quiero compartir mi destino con los otros millones de hombres que
han decidido hacer lo mismo. Tampoco quiero caer en manos de un enemigo, que
querrá presentar un nuevo espectáculo organizado por los judíos, para el regocijo
de las masas histéricas". Ya sabía del final de Mussolini, cuya muerte un día antes
había servido para escarnio del dictador, colgado cabeza abajo, mientras la gente
lo escupía e insultaba.
Para ello tomó algunas decisiones e hizo ciertas cosas que cerraban su vida en
esas difíciles circunstancias. Se casó, desde luego, con Eva Braun, "quien
después de muchos años de fiel amistad, entró a la sitiada ciudad por su propia
voluntad, con el propósito de compartir su destino conmigo. Por su propio deseo,
ella irá a la muerte como mi esposa", expresó en su Testamento Político. Éste fue
el documento que dictó a su secretaria Traudl Junge, quien se encontraba "muy
nerviosa", como señala en su Hasta el último momento. La secretaria de Hitler
cuenta su vida (Barcelona, Ediciones Península, 2003). Dice que esperaba "una
confesión, incluso una confesión de culpa, tal vez una justificación", pero nada de
eso contiene el documento. Por el contrario, el Führer proclama repetidas y ya
conocidas "explicaciones, acusaciones y exigencias". Además designaba
sucesores para continuar su proyecto e incluso la guerra.
Efectivamente, en ese Testamento Político Hitler eludía responsabilidades y
culpaba a los judíos de lo acontecido en esos años brutales: "Los siglos pasarán,
pero de las ruinas de nuestras ciudades y monumentos, resurgirá el odio contra
aquellos finalmente responsables -a quienes todos debemos agradecer todo lo
sucedido- el Judaísmo Internacional y sus secuaces". Por si no quedaba claro, y
después de designar a sus sucesores en el liderazgo de una Alemania nazi que se
caía a pedazos, agregaba lo siguiente en la segunda parte del Testamento: "Por
sobre todo, encargo a los líderes de la nación y a todos sus subordinados la
observación escrupulosa de las leyes de la raza y la oposición inmisericorde a los
envenenadores de los pueblos, el judaísmo internacional". Hitler dixit.
Para entonces la situación estaba descontrolada en la guarida hitleriana. "Ya no
disimulábamos el miedo", expresa otro testigo directo, Bernd Freytag von
Loringhoven, en su En el búnker con Hitler (Barcelona, Crítica, 2007). Abundaba el
alcohol, se organizaban fiestas que procuraban la evasión, mientras los escasos
habitantes del lugar se debatían entre la supervivencia o el suicidio, finales
extremos en una época que también era extrema. El Führer ya había elegido su
camino.
Como señala Ian Kershaw en Hitler (Barcelona, Península, 2007, 2 tomos), en su
último almuerzo del 30 de abril, hacia las 13 horas, "estuvo tranquilo, no mostró el
menor indicio de que su muerte fuese inminente". Comenzaron después las
despedidas: de Bormann, Joseph y Magda Goebbels, los generales Burgdorf y
Krebs, además de otras personas que se encontraban en el búnker. Lo
acompañaba Eva Braun. Se acercaba el final, no solo de Hitler: en una decisión
dramática, los Goebbels decidieron quitarse la vida, matando previamente a sus
seis hijos, pues querían acompañar al Führer en esa última hora, y no valía la pena
sobrevivir sin el nacionalsocialismo. Goebbels dixit.
Los recién casados se fueron después a su habitación a despedirse del mundo, y
tras unos minutos Linge y Bormann entraron a comprobar el fin de esta historia.
Así lo resume Kershaw: "Hitler y Eva Braun estaban sentados juntos en el
pequeño sofá de aquel estudio angosto y agobiante. Ella estaba desplomada a la
izquierda de él. Su cuerpo despedía un olor intenso a almendras amargas, el olor
característico del ácido prúsico. La cabeza de Hitler colgaba inerte. De un agujero
de bala de la sien derecha goteaba sangre. A sus pies, estaba su pistola Walther
de 7.65 mm".
Faltaba cumplir un último encargo de Hitler: que su cuerpo fuera incinerado, para
que de ninguna manera los rusos pudieran vejarlo. Así se hizo, en unos minutos
que aparecen muy bien sintetizados en la obra de Nicholas Best, Cinco días que
estremecieron al mundo. Testigos presenciales del final de la Segunda Guerra
Mundial (Barcelona, Pasado & Presente, 2014). Los cuerpos de Hilter y Eva Braun
fueron rociados con gasolina y al rato estaba ardiente. Algunos que vieron esto
"dieron un paso adelante, con aire solemne, se cuadraron y ofrecieron el saludo
nazi". El dictador tiempo después era solo cenizas, sin ningún resto que pudiera
ser identificado por sus enemigos, ansiosos de encontrarlo.
Así terminó la vida de Hitler ese 30 de abril de 1945. Así comenzaba el fin de una
pesadilla de años de violencia y exterminio, odio acumulado y triunfo de la
sinrazón, una nueva guerra mundial, con sangre, muerte y destrucción, con Hitler
como gran motor, si bien no exclusivo, de todo ello. Historia dixit.
Descargar