Domingo XXVIII del tiempo ordinario

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DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO
Me pongo en tu presencia Señor. Serena todo mi ser para que te
escuche a ti en medio de mi vida. Centra mi corazón en ti, Dios
de la Vida, para que mis oídos escuchen tu voz y mis palabras
sean tu Palabra.
Mc 10, 2 - 16
En aquel tiempo, cuando salía Jesús
al camino, se le acercó uno
corriendo, se arrodilló y le
preguntó: «Maestro bueno, ¿qué
haré para heredar la vida eterna?».
Jesús le contestó: « ¿Por qué me
llamas bueno? No hay nadie bueno
más que Dios.
Ya sabes los mandamientos: no
matarás, no cometerás adulterio,
no robarás, no darás falso
testimonio, no estafarás, honra a tu
padre y a tu madre». El replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño». Jesús se le
quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el
dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme». A estas
palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.
Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el
reino de Dios!». Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les
es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello
pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios».
Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó
mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo».
Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús
dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras,
por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y
hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones—, y en la edad futura, vida eterna».
Antes de fijarnos en la pregunta central del Evangelio de hoy, ponemos nuestra
atención en los previos que nos ayudan a entrar en la escena.
Nos encontramos a Jesús en el camino, en medio de nuestra vida cotidiana. El
protagonista no tiene nombre es “uno” pero, si que vemos que tiene prisa “se le
acercó corriendo”, “se arrodilla” ante Jesús como señal de respeto, alabanza y le
llama “Maestro bueno”, Jesús no era un desconocido, sabía de él.
En este contexto es donde se desarrolla la acción. Nuestro protagonista le hace una
pregunta existencial a Jesús ¿qué haré para heredar la vida eterna?.
Aunque Jesús le contesta con otra pregunta, lo primero, le remite a Dios ”no hay
nadie bueno más que Dios” y luego a la Ley, “los mandamientos”, tan importante
para los judíos, pues eran su camino de vida eterna.
El joven rico, todo contento le dice a Jesús: “Todo esto lo he cumplido desde
pequeño”. Jesús se le quedo mirando CON CARIÑO y le dice: “una cosa te falta,
anda vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el
cielo, y luego sígueme”. A estas palabras, él frunció el ceño y se marcho pesaroso,
pues ERA MUY RICO.
Volvamos a nosotros. Esta experiencia vital es la nuestra. Queremos seguir a Jesús
con todo nuestro ser, con todas nuestras fuerzas pero, a veces, nuestro camino de
seguimiento ha estado y está más basado en cumplir las normas, preceptos … y esto
nos parece suficiente. Nosotros también podríamos decirle a Jesús “Todo esto lo he
cumplido desde pequeño”. Pero, si nos paramos y nos dejamos mirar CON CARIÑO
por Jesús, vemos que no quiere nuestro cumplimiento sino que nos pide un plus:
“vende todo lo que tienes, vende todo lo que te ata y no te permite seguirme en
radicalidad, vivir en verdad y desde tu ser libre. Vende aquello que no te deja vivir
desde lo más profundo de ti mismo”.
Vivir desde la norma, desde lo establecido, es cómodo pero Jesús ha venido a
romper con la Ley que ata y a mostrarnos el camino del AMOR, del TODO.
Hago silencio para que esta experiencia se pose en mí, para que Jesús vaya
modelando mis deseos, mis pensamientos y acciones hacia Él.
Quizá las palabras del libro de la Sabiduría 7, 7 - 11 que se nos proponen como
“Supliqué, y se me concedió la
prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría…”.
primera lectura nos pueden ayudar:
Acabo mi oración escuchando esta
canción como deseo de seguir a Jesús a
pesar de mis debilidades, mis dudas e
incertidumbres pero sabiendo que Él
me llama permanentemente.
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